La madre de la historia se llama Leticia García, tiene cuarenta y tres años. Me tuvo joven, justo al terminar el instituto, con dieciocho recién cumplidos. Su primer amor no acabó en boda, sino en pañales, noches en vela y una lucha feroz por salir adelante. Mi padre nos abandonó al nacer yo, y fueron mis abuelos quienes la ayudaron a recomponerse. Gracias a ellos, ella pudo estudiar Magisterio mientras yo crecía entre juegos y meriendas en el patio de la abuela.
Leticia nunca se volvió a casar, aunque tuvo pretendientes. «Cuando tú seas mayor, pensaré en mí», decía mientras elegíamos vestidos para salir juntas al cine. Compartíamos todo: desde rebajas en El Corte Inglés hasta secretos entre risas frente al espejo del baño. Mis locuras adolescentes —mechas violetas, piercings en la ceja, cadenas oxidadas— las celebraba con selfies para Instagram. Creía que éramos cómplices. O quizá solo era lo que yo creía.
Ahora tengo veintiún años. Estudio un ciclo de Diseño Gráfico, comparto piso con dos amigas en Lavapiés y salgo de botellón los viernes. Supuse que ella se sentiría vacía, pero en vez de apagarse, ¡ha florecido! Y lo peor: se ha enamorado de un chaval que podría ser su hijo.
Todo empezó con comentarios inocentes. Da clases de Geografía en un instituto de Vallecas. El claustro, puro hormiguero femenino, hasta que llegó él: Adrián López, el nuevo profesor de Tecnología. Veintidós años, pelo teñido de ceniza y camisetas de videojuegos. Mi madre, mujer sensata, empezó a actuar como una colegiala: le lleva tortillas envueltas en papel de aluminio, «se le olvidaba» el tupper con lentejas estofadas, inventa reuniones para corregir exámenes juntos…
Aluciné. ¡A mí ni siquiera me hacía la cama cuando faltaba al trabajo! Fui a hablar con su compañera Carmela, la de Matemáticas. «Esa mujer está como una cabra —susurró en la cafetería—. Se ha teñido de pelirroja, va con faldas por encima de la rodilla… Dice que Adrián le ha dicho que parece Alaska joven.»
El colmo llegó cuando anunció que querían vivir juntos. «Me lo merezco, hija. Por fin voy a ser feliz», argumentaba mientras se probaba pendientes de aro en el recibidor. Intenté razonar: «¿No ves que solo busca el piso? ¡Vive en una habitación alquilada en Usera!».
«Él me comprende —replicó—. Hasta tu padre jamás me hizo sentir así. Pensamos en boda civil.»
Se me encogió el estómago.
«¿Estás demente? ¡Es un crío sin oficio ni beneficio!», grité.
«¡No le faltes! ¡Es más maduro que muchos de cuarenta!»
Discutimos como nunca. Portazos. Lágrimas. Me acusó de egoísta, de no querer verla disfrutar. Tomé una decisión: escondí su DNI, la partida de nacimiento y el libro de familia en una caja bajo mi cama. Sin papeles, no hay bodas exprés.
¿Me llamarán histérica? Quizá. Pero prefiero eso a recoger sus pedazos cuando este «novio» desaparezca tras empadronarse. Observo. Aguardo. Si sigue a su lado sin presionar, quizá sea sincero. Pero si en siete días exige urgencia… entonces sabré la verdad.
El amor necesita cabeza fría. Sobre todo cuando se trata de quien más quieres.







