Me humillaban por mi «aire campesino», aunque ellos mismos provenían de la España profunda…
Crecí en un pueblo pequeño de Extremadura. Desde niña aprendí a amar la tierra, el trabajo honesto, el valor de lo que se crea con las manos. No teníamos lujos, pero vivíamos con dignidad. Aquellos años me enseñaron a ver el campo no como una carga, sino como un refugio del alma. Me encanta cuidar la huerta, ver crecer tomates, pimientos y hierbas que planto yo misma. Esas tareas me conectan con lo esencial, me dan paz. Por eso, al casarme con Adrián, lo dejé claro: «Necesitamos una casa con terreno. Si no, ahorraremos hasta conseguirlo».
Al principio, él dudaba, pero al ver mi pasión, accedió. Compramos una casita con jardín cerca de Salamanca. Todo iba bien… hasta que entraban en escena sus padres. Desde el primer día, me miraron con desdén, especialmente mi suegra, Carmen Fernández. Cada visita suya era una lección de ironía fina.
«¿Otra vez con las berenjenas? Pareces una hortelana de ferias», soltaba, arqueando el ceño.
«Mi hijo no estudió una carrera para remangarse junto a un bancal».
Yo callaba, pero me hervía por dentro. No de vergüenza, sino de incomprensión. ¿Por qué tanto desprecio? Yo solo compartía lo que amo, invitaba a sumarse, no a sufrir.
Aguanté años. Pensaba: «Son urbanitas, no entienden». Hasta que descubrí, por casualidad, algo que me hizo reír con amargura.
Resulta que los padres de Adrián eran de pueblo. Ella, de un caserío cerca de Cáceres; él, de una aldea perdida en Castilla y León. Sus mayores aún vivían allí, entre gallinas y sembrados, pero ellos, al mudarse a la ciudad de jóvenes, borraron su pasado como si fuera una mancha.
Y aún así, Carmen se permitía burlarse de mí: «Mira cómo tienes el salón: cerámica, mantones, fotos viejas… Nosotros preferimos líneas puras, nada de chismes».
Para mí, eso era hogar: calor, recuerdos en cada rincón. Puede que no fuera chic, pero latía vida.
Un día, tras oír por enésima vez «paleta», estallé. Estábamos en el porche, ella ponía cara de asco ante mi mermelada de ciruela y el pastel de membrillo:
—«Esto parece una venta de carretera».
Sonreí y respondí tranquila:
—«Ya sabe el refrán: puedes sacar al hombre del pueblo, pero no al pueblo del hombre. Aunque no hablaba de mí. Hablaba de usted, Carmen».
Quedó tiesa, con un tic en el párpado. Intentó reírse:
—«¿Me lo dices a mí?».
—«A los dos. Yo enorgullece mi origen. Usted lo esconde. Ahí está la diferencia».
Desde entonces, calló. Ni indirectas, ni burlas. Hasta cogió respeto cuando llevaba conservas o embutidos caseros.
No guardo rencor, pero duele que quisieran rebajarme por algo que llevaban dentro. ¿Acaso las raíces son motivo de vergüenza? ¿El esfuerzo merece desprecio?
Soy una mujer que honra la tierra. No me avergüenzo de mi pueblo. Sé sembrar, cosechar, encurtir y guisar. Y valgo tanto como quienes viven en lofts de cemento pulido. Donde no hay alma, no hay calor. Yo tengo ambas. Y así seguirá.



