**El Día de Mañana**
Ana vivió con Javier durante cinco años, pero nunca recibió una propuesta de matrimonio. Era una excelente ama de casa, pulcra, cariñosa y dulce. Sin embargo, últimamente notó un distanciamiento. Él se volvió frío, malhumorado y evasivo. Tras cenar, se encerraba frente al televisor.
—Estoy cansado, necesito estar solo— decía, rechazando sus muestras de afecto.
—Irene, ¿qué le pasa? —Ana confesó a su hermana—. Lleva dos meses así.
—¿Y en la cama? —preguntó Irene.
—Casi nada. He intentado de todo: pasteles, cenas románticas… Nada funciona. ¿Ya no me quiere?
—¿Crees que hay otra? —inquirió Irene.
—No lo sé. Viene directo del trabajo, pero… ¿Y si hablamos? No somos marido y mujer. Quizá cree que puede hacer lo que quiera.
—¿En serio? —las lágrimas brotaron en los ojos de Ana—. ¡Si nunca le he fallado!
—Basta, Ana. Eres joven, hermosa y capaz. No mereces esto. Busca la verdad, aunque duela.
Esa noche, Ana confrontó a Javier:
—Si te aburro, vete. No te retendré, aunque aún te amo.
—¿De qué hablas? —él titubeó al verla llorar—. No necesito dramas—. Nervioso, empacó una bolsa deportiva con ropa arrugada. Ana, aturdida, no podía creer que su compañero de años huía así.
—¿Y esto es todo? ¡Cinco años juntos! —gritó.
—Ya lo dijiste todo. No nos amamos.
—¡Tú no me amas! —corrigió ella, mientras él salía al rellano.
—¿Hay otra? —Ana corrió tras él.
—No. Simplemente… eres mi ayer. Un callejón sin salida—. Sus palabras la golpearon como una bofetada.
«El ayer… como un vestido viejo», pensó Ana, enfermando de tristeza. Irene la animó:
—¡Arriba ese ánimo! Vamos a renovar la casa.
Juntas pintaron paredes, cambiaron cortinas y vajilla. Ana se refugió en el gimnasio y el teatro. Dos años después, ascendió en la redacción del periódico.
Conoció a Sergio, un poeta tímido que publicaba versos en el diario. Tras semanas de charlas, la invitó a un café:
—Valoro tu opinión, Ana. Eres brillante… y especial—. Él leyó poemas llenos de humor y ternura.
—¿Podemos vernos más? —murmuró, besando su palma.
—Sin prisa, Sergio—. Ana sonrió, aceptando el «tú».
Un mes después, en el Día de la Mujer, Ana preparaba una cena con música de Alejandro Sanz cuando llamaron. Era Javier, con flores.
—¿Invitas a entrar? —sonrió, oliendo el pastel de espinacas—.
—Vete. Espero a alguien—. Ana cerró la puerta, temblorosa.
En las escaleras, Javier cruzó con Sergio, quien subía con mimosa. «¿Ese es tu mañana? —pensó él, amargado—. No vale nada». Tras dos años de amantes efímeras y soledad, Javier seguía vacío.
Ana y Sergio se casaron. En la boda, Irene susurró:
—La desgracia trajo suerte. Sin Javier, no lo habrías conocido.
Un año después, nació su hijo. Los versos de Sergio se llenaron de luz. Mientras, Javier, a los treinta, vagaba entre bares, repitiéndose: «Quedan mil mujeres…». Pero la felicidad nunca llamó a su puerta.







