Carmen cumplía sesenta años. Una fecha redonda, un aniversario importante. Toda su vida trabajó como profesora en la universidad, criando a su única hija, Pilar, que creció siendo una mujer honesta, independiente y, según Carmen, sabia. Tras jubilarse, comenzó a sentirse especialmente sola, y como muchas mujeres de su edad, empezó a decirle cada vez más a menudo a su hija: «Pilar, ten un hijo. Ya es hora. Quiero nietos». Al parecer, no era más que un deseo maternal. Pilar sonreía y se quitaba importancia, hasta que un día, decidió realmente darle a su madre un nieto.
Su marido, Javier, era un programador exitoso con buenos ingresos. Pilar no se quedaba atrás: activa, emprendedora, con carácter y siempre en movimiento. En los dos años que llevaban casados, habían abierto su propia tienda online y luego la cerraron, viajado por Europa haciendo autostop, asistido a un festival de motociclismo, vivido un par de meses en un albergue en Portugal, recorrido España en bicicleta y celebrado Año Nuevo en un camping. Pilar no usaba faldas ni le gustaba el maquillaje, y conoció a Javier en un festival de música de verano en algún lugar cerca del Ebro.
Cuando su madre volvió a mencionar el tema de los nietos, Pilar inesperadamente no se opuso. Y poco después, en el cumpleaños de Carmen, se escuchó un brindis que ella recordaría para siempre: «¡Mamá, vas a ser abuela!» Lágrimas de felicidad, el brillo en los ojos lo decían todo. Desde ese momento, Carmen vivió con un sueño: comenzaba a tejer botitas, compraba ropa para el bebé y leía en Internet sobre el desarrollo infantil. Mientras tanto, Pilar y Javier seguían con su vida habitual: viajes, reuniones, exposiciones, nuevos proyectos. Pilar ni siquiera tenía la intención de quedarse en casa. El embarazo era fácil, y decía: «No estoy enferma, solo estoy embarazada».
Los problemas empezaron en el séptimo mes, cuando no le permitieron abordar un avión con destino a Italia. Pilar no se molestó por su esposo, que voló solo, sino por la aerolínea. «Un servicio horrible», refunfuñaba.
Nació un niño al que llamaron Diego. Rubito, de ojos azules, parecía un ángel. Carmen lloraba de alegría. Pero la felicidad duró poco. Ya en la maternidad, Pilar anunció: «No voy a amamantar. Que no se acostumbre a mí. Quiero vivir mi vida». Ya había hecho un trato con una agencia para encontrar una niñera. Pero su madre la miró de tal manera que Pilar guardó silencio. «Niñera, solo por encima de mi cadáver», dijo Carmen firmemente. Así empezó todo.
Desde los tres meses, Diego se convirtió en parte diaria de la vida de su abuela. Carmen iba a su casa como a un trabajo: temprano por la mañana allí, tarde por la noche de vuelta. Cambiaba pañales, le daba de comer, lo bañaba, lo dormía. Todo por su nieto. Y un día, Javier recibió una llamada: unos conocidos vendían una casa en Tailandia por un precio irrisorio. Una oportunidad. Él y Pilar se fueron al extranjero, dejando al niño con la abuela «por una semanita».
Pasó una semana. Luego un mes. Luego dos. Pilar no regresó. Apareció casi un año después, cuando Diego cumplió un año. Llegó, pasó dos días con él y volvió a desaparecer «por asuntos». Al despedirse, besó a su hijo en la coronilla y le entregó dinero a la abuela. «Volveremos cuando tenga unos cinco años. Mientras tanto, contrata una niñera para no agobiarte».
Pero Carmen se negó. No veía a su nieto como una carga temporal. Él se había convertido en el sentido de su vida. Amanecía a su lado, le contaba cuentos, le enseñaba sus primeras palabras. Sí, le resultaba difícil. Sí, la edad. Pero el corazón no envejece.
Ahora, cada día está con él, en el parque, de paseo, en el médico del niño. Y Pilar envía fotos desde la playa, haciendo surf, con cócteles, explorando «nuevos horizontes» en la vida. Pero en sus horizontes no está Diego. Sin embargo, la abuela está segura: algún día él entenderá quién estuvo realmente a su lado. Y aunque sus padres estén lejos, él tiene una persona que nunca lo dejará.
Porque a los nietos no se les regala por un cumpleaños. Se les tiene para amar.







