Lo supe siempre del romance de mi marido… Y un día ideé el plan perfecto de venganza.
Es cierto lo que dicen: nada se puede ocultar para siempre. Sabía desde hace tiempo que mi marido tenía a otra. Él creía que lo estaba ocultando hábilmente: largas horas en el trabajo, teléfono apagado, “viajes de negocios” inesperados. Pero una mujer lo siente. Y yo lo sentía. Me callé. No porque fuera débil, sino porque estaba reuniendo fuerzas. Necesitaba tiempo para actuar de manera precisa, fría y definitiva.
No quería escándalos, humillaciones ni lástima. Quería una venganza tan inolvidable que él la recordara el resto de su vida. Y lo conseguí.
Primero, solicité el divorcio sin que él lo supiera. Lo hice todo en silencio, de manera astuta y legal. Las notificaciones que llegaban las destruía. Las tres. Nunca vio ni una sola. Cuando el tribunal aprobó el divorcio, él no tenía ni idea. Oficialmente ya no éramos marido y mujer. Rápido, silencioso, justo como había querido.
La segunda parte del plan fue más complicada, pero lo logré. Le convencí de solicitar un préstamo, supuestamente para la entrada de nuestro nuevo piso. Tenía algunas dudas, pero yo fui más persuasiva que nunca. Obtuvo el dinero y lo guardó en una caja en nuestro armario, para que “fuera más fácil pagarlo de una sola vez”.
Al día siguiente, me fui con nuestro hijo a casa de mi madre, no sin antes vaciar la caja con el dinero. Él ni siquiera supo qué había pasado. Esa misma noche me llamó angustiado contando cómo había desaparecido el dinero. Estaba seguro de que su amante lo había hecho. Se arrepentía y pedía perdón.
Desempeñé mi papel de esposa engañada a la perfección: llantos, reproches, gritos. Luego, lo eché de la casa. Se fue, sin sospechar que ya estábamos divorciados. Para entonces, ya había alquilado un piso acogedor en Valladolid, donde mi hijo y yo empezamos una nueva vida. El dinero de la caja cubrió varios meses de alquiler.
Al día siguiente, volvió con un ramo de rosas, los ojos llorosos y suplicando perdón. Pero en lugar de recibirle con abrazos, le entregué los documentos del divorcio. Montó un escándalo, gritó que no sobreviviría sin él, que me arrepentiría en una semana.
Cerré la puerta sin decirle nada.
Más tarde supe que intentó volver con aquella mujer, pero ella lo rechazó en cuanto supo de sus deudas. Deudas que contrajo “por nosotros”. Mejor dicho, por él mismo.
Ahora vive con su madre, hundido en deudas, soñando con que vuelva con él. Pero eso nunca ocurrirá. Me liberé. Lo destrocé como él me destrozó a mí.
Ahora tengo una nueva vida. Sin mentiras. Sin traiciones. Estoy en una casa acogedora con mi hijo, haciendo planes, respirando con libertad y sin remordimiento alguno por mis acciones. La venganza no siempre es maldad. A veces, es liberación. Y sí, mi plan funcionó a la perfección.
He ganado.






