En enero, la llegada de la menopausia no trajo problemas inmediatos.

En enero, a Carmen García le llegó la menopausia. Al principio, el suceso no trajo mayores complicaciones. No sufrió sofocos, sudores nocturnos, taquicardias ni migrañas. Simplemente cesó su menstruación: «Hola, vejez, ¡aquí estoy!», pensó.

No acudió al médico; había leído tanto y escuchado tantas experiencias de sus amigas en sus tertulias de los jueves, que creía saberlo todo. «Tienes suerte, Carmen —le decían—. ¡Qué ligera llevas la menopausia!».

Pero como si le hubieran echado mal de ojo, pronto comenzaron las rarezas. Sabía que eran cambios hormonales, pero el cuerpo no perdona: cambios de humor sin motivo, mareos, una fatiga que le pesaba como plomo. Le costaba agacharse para jugar con su nieta Lolita, perdió el apetito y la espalda le dolía de un modo distinto. Las mañanas la encontraban con el rostro hinchado; las tardes, con las piernas como globos. Restó importancia… hasta que sus nueras sonaron la alarma: «Madre, está pálida. Hágase pruebas, por favor. ¡No espere más!».

Carmen callaba. La duda de que algo andaba mal ya anidaba en ella. Luego, el dolor en el pecho: un fuego que no cedía. Las noches en vela, junto al ronquido sereno de Andrés, su marido, mirando al techo y llorando en silencio.

No quería morir. Solo tenía cincuenta y dos años. Aún no jubilada. Con planes de comprar una finca en Toledo para retirarse. Dos hijos ejemplares, nueras cariñosas que la ayudaban a teñir las canas y elegir vestidos que disimularan sus kilos. Y Lolita, su joya: empezaría primaria en otoño, patinaba sobre hielo los sábados y tejía bufandas bajo su tutela.

La vida, pensaba, se le escapaba como arena. ¿Tan rápido? Apenas había vivido. Ahora, el miedo. Las lágrimas mojaban la funda de la almohada; las ojeras moradas se volvieron su maquillaje.

***

La primavera y el verano pasaron a cuestas. En otoño, empeoró: falta de aire, dolor lumbar insoportable, vientre en llamas. Finalmente, pidió cita en el centro de salud y confesó su agonía a Andrés.

En la consulta de ginecología, la acompañaron casi todos: Andrés y el hijo mayor esperaron en el coche; las nueras, Elena y Marta, en la sala.

Temblando sobre la camilla, Carmen respondió a la doctora: última regla, síntomas, revisiones… La exploración fue larga. La ginecóloga frunció el ceño, murmuró «vístase» y llamó por teléfono:

«¿Oncología? Soy la Dra. Ruiz. Necesito derivación urgente. Paciente de 52 años, posible estadio terminal. Primera consulta… Sí, sí. Increíble, con la información que hay…».

Carmen, al oír «terminal», se abrazó a sí misma. Las nueras entraron al oírla sollozar. «Directas al hospital —ordenó la doctora—. Tercera planta, oncología. Demasiado tarde…».

En el coche, silencio. Andrés, con la mirada perdida, apretaba el volante hasta blanquear los nudillos. Las nueras sujetaban a Carmen, cuyos gritos desgarraban el aire.

En las pausas del dolor, Carmen miraba los chopos dorados tras la ventana. Se despedía de Lolita, de los domingos de paella, de abrazos que ya no daría.

***

En urgencias, la atendieron al instante. La familia, acurrucada junto a una ventana, vio entrar médicos corriendo. Una enfermera escarlata empujó una camilla. Cuando Carmen salió cubierta por una sábana, Andrés gritó: «¡Soy su marido! Déjenme despedirme…».

«¡Abuelo, no es moratoria! —lo interrumpió una matrona—. Está de parto. ¡La cabeza asoma!».

***

En paritorio, dos mujeres: Carmen y una universitaria. Entre gritos, la joven maldecía la fiesta de su ex. El ginecólogo, canoso y tranquilo, preguntó:

«¿Y usted, señora?».

Carmen, exhausta, musitó: «Por amor… Mi cumpleaños. Cincuenta y dos. Nos confiamos…».

«Vaya confianza —ironizó él—. ¿Ninguna señal?».

«¡Creí que era menopausia! Hasta hoy…».

«Menos mal que el «cáncer» era susto —refunfuñó—. ¡Empuje! Su «error» quiere nacer».

***

La matrona salió radiante: «Carmen García. ¿Familiares?».

«Sí —avanzaron al unísono—».

«Enhorabuena: niño, tres kilos quinientos. Cincuenta y un centímetros. Por poco… —miró a Andrés—. ¿Padre?».

«Yo —tartamudeó él, mientras las nueras asentían—».

«¡Increíble! —rió la matrona—. Celebre con una buena tortilla, abuelo. ¿Para qué servía la oncología?… ¡Esto es un milagro!».

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En enero, la llegada de la menopausia no trajo problemas inmediatos.