Tengo sesenta años y vivo en Toledo. Nunca imaginé que, tras dos décadas de silencio absoluto, el pasado regresaría con tal descaro. Lo más doloroso es que el iniciador de este regreso no fue otro que mi propio hijo.
En mis veinticinco, estaba locamente enamorada. Eduardo —alto, carismático, divertido— parecía mi sueño hecho realidad. Nos casamos rápido, y al año nació nuestro hijo, Javier. Los primeros años fueron un cuento: vivíamos en un piso modesto, compartiendo sueños. Yo era maestra, él ingeniero. Nada parecía amenazar nuestra felicidad.
Con el tiempo, Eduardo cambió. Mentías, se ausentaba, se distanciaba. Ignoré los rumores, los perfumes ajenos en su ropa. Hasta que la evidencia fue innegable: me traicionó, repetidamente. Todos lo sabían. Yo aguanté, por Javier. Hasta que una noche, al ver su cama vacía, entendí que no podía más.
Tomé a mi hijo de cinco años y me fui a casa de mi madre. Él ni nos retuvo. Meses después, se marchó al extranjero —«por trabajo»—, encontró a otra y nos borró de su vida. Sin llamadas, sin cartas. Yo seguí adelante sola. Tras la muerte de mis padres, Javier fue mi todo. Trabajé turnos dobles, vendí hasta mi anillo de bodas para comprarle un abrigo en invierno. Nunca me quejé.
Cuando entró en la Universidad de Salamanca, le apoyé como pude. Pero un piso… imposible. Él jamás se quejó. Hasta que hace un mes vino con noticias: quería casarse. La alegría duró poco. Evitaba mi mirada, hasta que soltó:
—Mamá… necesito tu ayuda. Es… sobre papá.
Resultó que Eduardo, de vuelta en España, le ofrecía un piso heredado en Valencia. Con una condición: debía casarme de nuevo con él y dejarle vivir aquí.
Me faltó el aire. Él insistió:
—Estás sola… ¿Por qué no intentarlo? Por mí. Por mi futuro. Ha cambiado…
Me retiré a la cocina, manos temblorosas. Veinte años cargando sola. Veinte años sin una pregunta por nosotros. Y ahora… esto.
Regresé y dije firme:
—No.
Javier estalló. Gritó, me acusó de egoísta, de robarle un padre, de arruinar su vida. Callé. Cada palabra cortaba como navaja. No supo de mis noches en vela, de las comidas que saltaba para que él comiera carne.
No estoy sola. Tengo mi trabajo, mis libros, el huerto, mis amigas. No necesito a quien me traicionó, y ahora vuelve por comodidad, no por amor.
Se fue sin despedirse. No ha llamado. Sé que me odia. Lo entiendo: busca su bien, como yo hice. Pero no venderé mi dignidad por metros cuadrados. Es demasiado caro.
Quizá algún día lo entienda. Esperaré. Porque le amo sin condiciones, sin pisos ni «si». Lo parí con amor, lo crié con amor. Y no permitiré que ese amor se convierta en moneda de cambio.
Y mi ex… que se quede en el pasado. Allí pertenece.







