Los suegros nos invitaron a su casa. Al ver su mesa, el alma se me heló.
Tres días preparé aquella visita como si fuera a presentarme a una oposición. Crecí en un pueblo cerca de Segovia, donde la hospitalidad no era costumbre, sino ley sagrada. Mi madre me repetía: «Un invitado jamás debe marcharse con hambre, aunque tengas que vaciar la despensa». En casa, la mesa rebosaba de embutidos, quesos curados, encurtidos y empanadas. No era solo comida, sino un símbolo de cariño y respeto.
Nuestra hija Marta se casó hace medio año. Ya habíamos coincidido con los suegros en bodas y terrazas, pero nunca en nuestro piso de las afueras de Madrid. Los nervios me traían sin sueño. «¿Y si piensan que somos unos paletos?», rumiaba. Cuando la suegra, Elena Martínez, aceptó venir un domingo, me lancé a comprar jamón, frutas del tiempo y helado de turrón. Hice mi tarta de almendras, la que siempre triunfa en las celebraciones. La hospitalidad me corre por las venas, y esta vez no iba a fallar.
Los suegros, catedráticos los dos, tenían esa elegancia que impone sin esfuerzo. Temía silencios incómodos, pero la velada fluyó entre risas y planes para los recién casados. Marta y su marido llegaron al atardecer, y el ambiente se llenó de complicidad. Al despedirse, nos invitaron a su casa. «Les hemos caído bien», pensé, y el pecho se me hinchó de orgullo.
La invitación me ilusionó tanto que me compré un vestido azul noche, sencillo pero elegante. Volví a hornear la tarta —nada de postres comprados, que no tienen alma—. Mi marido, Pedro, refunfuñó por la mañana: «¿Ni un pincho de tortilla me dejas?». «Elena insistió en que iríamos a comer —le corté—. Si llegas con hambre, se ofenderá». Obedeció, pero con gesto de niño regañado.
Su ático en el centro me dejó boquiabierta. Todo olía a reforma reciente: muebles de diseño, cuadros modernos, lámparas que parecían esculturas. Esperaba una mesa llena de delicias, pero al entrar en el salón, el corazón me dio un vuelco. Sobre el cristal impecable… nada. Ni un plato, ni una aceituna. «¿Café o infusión?», preguntó Elena con naturalidad, como si ofrecer algo más fuera de mala educación. Solo sacaron mi tarta, que elogiaron entre sorbos de manzanilla.
Contemplé aquel vacío mientras una bola de indignación me subía por la garganta. Pedro, callado, tenía la mirada fija en el reloj. Aguanté media hora antes de inventar una excusa. «¡La semana que viene repetimos en vuestra casa!», dijeron al despedirnos. Claro, pensé. Donde la mesa siempre está repleta, no decorada para una revista.
En el coche, la imagen me taladraba. ¿Cómo recibir a alguien sin poner ni un queso? Para mí, la mesa es el corazón del hogar; para ellos, un adorno. Pedro seguía en silencio, pero adiviné sus pensamientos: la fabada que esperaba en la nevera, la que le prohibí probar al mediodía. Yo tampoco podía quitarme el nudo del estómago. No era hambre: era la tristeza de entender que, para algunos, compartir no va más allá de las palabras.







