Me sentí decepcionado con la mujer que había elegido y la dejé después de visitar su casa.
Durante trece años estuve casado con mi exesposa, quien nunca fue la clásica belleza. En mi juventud, me cautivó su delicadeza, suavidad y una especie de ternura sutil que atrapaba el alma. No diría que era deslumbrante, pero siempre supo cómo presentarse. La lencería de encaje caro con la que se consentía, las estanterías de nuestro baño abarrotadas de cremas, perfumes, aceites y cosméticos: todo ese era su mundo. Había tantas botellitas que me perdía en su cantidad, pero ella siempre olía a un jardín en flor. Ambos ganábamos bien, vivíamos cómodamente, y ella podía permitirse esos pequeños lujos.
Mi exesposa nunca permitió verse en casa con ropa descuidada: su cabello siempre estaba arreglado, y su ropa, planchada. Me gustaban las mujeres así: cuidadas, que valoran su propia estima. Pero el destino quiso otra cosa: nos divorciamos hace cinco años, y desde entonces mi vida se convirtió en una sucesión de encuentros fugaces. Las mujeres iban y venían sin dejar rastro hasta que conocí a Inés. Era como de otro mundo: hermosa, atractiva, con finas facciones y una pisada segura. Conducía un equipo de hombres en el trabajo con tanta facilidad que no podía dejar de admirarla. Decidí que no debía dejarla escapar.
Todo comenzó con conversaciones inocentes, pero pronto la invité a mi piso en Sevilla. No cociné, pedí cena de un restaurante, pero puse la mesa yo mismo, y lo hice con el alma. La velada fue mágica: vino, risas, miradas prolongadas. Inés se quedó esa noche, y desde entonces se convirtió en una visitante frecuente. Pero cuanto más venía, más me incomodaba su comportamiento. Nunca traía consigo ni un neceser, ni ropa de cambio, ni lencería. Por la mañana la veía en un mal estado: rímel corrido, cabello enmarañado, rostro cansado. Después de ducharse se ponía la misma ropa que había usado el día anterior, y esto me resultaba chocante. Honestamente, me sentí decepcionado hasta lo más profundo.
Un día, Inés me invitó a su casa. Fui pensando que encontraría el caos, ya que sus hábitos en mi casa insinuaban cierta dejadez. Pero al cruzar el umbral de su piso me quedé en shock. No había desorden, sino… algo completamente distinto. Había una reforma reciente, elegante, cara, con muebles de calidad y detalles modernos. Todo hablaba de buen gusto y bienestar. Pero cuando entré en el baño para lavarme las manos, mi corazón se encogió de tristeza. En el estante había solo un champú y un tubo de pasta de dientes. Y nada más. Ni una pizca de lujo, nada que indicara cuidado personal. Recordé a mi exesposa: sus estanterías repletas de frascos, el baño rebosante de aromas, para mí, eran signos de feminidad y autoestima. Y aquí sólo había vacío.
Inés acababa de cumplir 33 años, pero parecía que no pensaba en cómo mantener la juventud. ¿Acaso no le preocupaban las arrugas, la piel que empieza a marchitarse? Me quedé mirando ese estante escaso y sentí cómo crecía la desilusión dentro de mí. Pero el verdadero golpe me esperaba en el balcón. Allí, colgada en una cuerda, estaba su ropa interior —gris, sencilla, sin el más mínimo atisbo de gracia. Notó mi mirada y soltó despreocupadamente: “Para mí, lo principal es la comodidad”. Esas palabras sonaron como una sentencia.
¿Será que, a mis 42 años, me he vuelto demasiado exigente? ¿Acaso mis hábitos, mis expectativas son un lastre del pasado que no puedo dejar atrás? Pero comprendí: con una mujer así no podría vivir. Nos separamos; yo mismo puse el punto final. Me fui sin mirar atrás, con el corazón pesado, pero seguro de que no podría aceptar ese vacío donde esperaba encontrar belleza y cuidado. Inés era impresionante por fuera, pero dentro de su hogar vi solo indiferencia hacia sí misma, y eso arruinó todo lo que podía haber entre nosotros.







