Lo he intentado en tres ocasiones, he contraído matrimonio tres veces y en cada una de ellas me he esforzado por ser la esposa perfecta: ahora me aterra la idea de quedarme sola en la vejez.
He unido mi destino al de tres hombres mediante el matrimonio, y cada vez lo he dado todo para ser una esposa ejemplar: atenta, paciente, dispuesta a sacrificarme por mis seres queridos. Pero los tres intentos de construir mi felicidad terminaron en amarga decepción, y ahora me invade el miedo: ¿y si la vejez me encuentra en la soledad más absoluta?
Mi primer marido, Fernando, se fue arrojándome palabras crueles: “Me has aburrido”. Le harté yo, nuestros hijos, mi cuidado, mis esfuerzos. “Eres aburrida”, dijo mirándome con desprecio. “Lo único que sabes hacer es cocinar cocidos”. En aquel momento creía que ahí residía la felicidad femenina: ser ama de casa, madre, un pilar para el esposo. No sabía cómo retenerlo, qué hacer para que se quedara. Y así, me quedé sola, con dos pequeños en brazos, desorientada y destrozada.
El segundo marido, Luis, apareció en mi vida cuando pensaba que todo sería diferente. Aprendí de mis errores: intenté ser más sabia, exigir menos, perdonar más. Pero el destino nos volvió a golpear: el dinero era escaso, ambos trabajábamos sin descanso y, además, yo caí enferma. No era grave, pero lo suficientemente serio como para necesitar apoyo. En ese momento vi su verdadero rostro. No hizo escenas ni gritó, simplemente recogió sus cosas y se fue con otra. Una esposa enferma, tres hijos… ¿para qué querría él tal carga? Se desvaneció de mi vida como una sombra en la noche, dejándome luchar sola.
Mi tercer marido, Javier, fue mi verdadera prueba. Cuando nos conocimos en un pueblecito cerca de Toledo, él era un nadie, un hombre roto y perdido, sin rumbo. Literalmente, lo saqué del abismo: le ayudé a levantarse, le ofrecí parte de mi salario, apoyé sus sueños. Lo arrastré hacia adelante como el galeote arrastra la barca contra la corriente, sin importarme a mí misma. Y él, por su parte, no hizo nada por mí —ni un pequeño gesto de gratitud—. Pero me convencía a mí misma: un hombre es la cabeza de la familia, debo apoyarlo, aunque eso suponga cargar con todo. Recientemente, me miró con ojos fríos y pronunció un juicio: “Te has dejado ir. Vieja, descuidada”.
Él es tan solo tres años más joven que yo, pero se considera vigoroso, mientras que a mí me ve casi como una ruina que no merece atención. Y es él quien durante años sostuve, alimenté, ayudé a levantarse. La ira se adueñó de mí. Ya no podía soportarlo: dejé de darle dinero, y él me llamó tacaña, me recordó todos mis “defectos”, como si estuviera obligada con él para siempre. Sus palabras me hirieron, pero me abrieron los ojos: ya no quiero vivir para quien no me valora.
Y aquí estoy, en esta encrucijada en mis cuarenta y tantos, con el corazón roto y las manos vacías. Tantos años dedicados a estas relaciones, tanto esfuerzo por mejorarlas, ¿y qué he conseguido?, vacío. Temo hasta pensar en el futuro. ¿A quién le importo ahora? Porque, ¿a quién le gustan las mujeres mayores, o estoy equivocada? Estas ideas me atormentan como el viento frío de una noche otoñal, y no sé dónde encontrar respuestas. Tres veces intenté formar una familia, tres veces me quemé, y ahora el miedo a la soledad golpea cada vez más fuerte en mi puerta. ¿Será esto lo que me espera? ¿Me quedaré sola, viendo pasar la vida?







