El aroma del Pinesol me ardía en la nariz mientras el sol de las tres de la tarde rebotaba contra las persianas de aluminio del estudio. Era mi único día libre en el salón de uñas y ahí estaba, en Huntington Park, restregando el piso de mi propia propiedad antes de que llegara el nuevo inquilino. Afuera, en el pasillo, el chihuahua de la señora del 3B ladraba como loco y una bocina de un elotero se colaba por la ventana entreabierta.
De repente, unos golpes en la puerta y esa voz que reconocería hasta en un entierro.
—¡Valeria, abre! ¡Ya llegamos con los muchachos!
Era doña Marisol, mi suegra. Me sequé las manos en el pants y entreabrí la puerta, dejando la cadenita puesta. A través de la rendija alcancé a ver dos mudanceros con camiseta empapada cargando cajas de cartón amarradas con mecate. Detrás de ellos, doña Marisol abanicándose con un folleto del supermercado.
—¿Qué pasó? —pregunté sin quitar la cadena.
—Que Pau ya no aguantó a ese inútil de Alan. Se salió de la casa y ocupa un lugar tranquilo. Y como aquí tienes el estudio vacío, pues ya le dije que se viniera —dijo muy quitada de la pena, como si estuviera pidiendo un vaso de agua.
—Mañana entra la persona que lo va a rentar, doña Mari. Ya firmamos contrato —respondí, midiendo el tono.
—Ay, mija, eso se cancela. Le devuelves su depósito y ya. Es la hermana de Alex, no una desconocida. Además, estos muchachos ya cobraron el viaje, no me los vas a tener aquí parados como postes.
Uno de los mudanceros soltó la caja en el suelo con tan mala suerte que algo adentro tintineó como campanita rota.
—¡Cuidado! —chilló mi suegra—. ¡Traigo las copas de cristal que le regalaron a Pau en su boda! No me las vayas a desgraciar.
Me crucé de brazos. El estudio lo había comprado dos años antes de casarme con Alex, con mis ahorros de tres turnos dobles en el salón. La hipoteca la pagaba yo sola, religiosamente, cada día cinco. Alex y yo rentábamos un depa de una recámara en Lynwood íbamos a medias con los gastos, pero su mamá siempre vio mi propiedad como la “reserva familiar” para cualquier emergencia ajena.
—Doña Marisol, aquí no se va a quedar Pau. El contrato ya está firmado.
—Pues habla con Alex, a ver si él opina lo mismo —bufó mi suegra, y acto seguido me puso el teléfono en altavoz a través de la rendija. La voz de mi marido salió cortada, como quien contesta desde el baño del trabajo:
—Oye, Val… es que Pau anda bien mal. Durmió en el sofá de mis papás y ya sabes cómo está mi apá de las rodillas. Échale la mano, no seas mala. Un par de meses y ya.
—Alex, el depa es mío. Yo lo pago. Tú no has puesto ni un centavo en la hipoteca.
—Ay, sí, pero somos familia. Luego yo te ayudo, te lo juro. De la siguiente quincena te caigo con algo.
—La última vez que te pediste prestado para completar la renta me dijiste que eran mis “lujitos” de propietaria. ¿Ya se te olvidó? —le recordé sin subir la voz.
Del otro lado hubo un silencio espeso, de esos que huelen a orgullo herido.
—Habla con ella, pues —le ordenó su mamá al teléfono.
—Val, si no ayudas a mi hermana, luego no me digas que no te apoyo… —amenazó Alex.
Colgué. Ni una palabra más. Doña Marisol enrojeció como jitomate de lata y empujó la puerta con la palma.
—Mira, muchachita —me espetó—, o le cedes el estudio a Pau, o ahorita mismo aviento las cajas aquí en el pasillo y que tus renteros las brinquen. A ver si no se rajan las copas.
—Usted sabrá, doña Mari. Pero si algo se rompe, no me llame luego para que le pague el servicio de limpieza.
Y sin darle tiempo a nada más, le quité la cadena al mismo tiempo que empujaba la puerta con fuerza. El golpe seco rebotó por todo el pasillo y los ladridos del chihuahua se volvieron todavía más frenéticos.
Terminé de pasar el trapeador, cerré bien las llaves del lavabo y me fui en mi Corolla rumbo a Lynwood. No me quedé a ver cuánto tiempo estuvo doña Marisol sentada en las cajas. Me constaba que luego Alex pagaría otro flete de su bolsillo para devolver todo.
Cuando metí la llave en la cerradura de nuestro depa, ya eran casi las ocho. Alex estaba tirado en el sillón, con los tenis puestos sobre el cojín nuevo, viendo el televisor sin volumen. En la mesita de centro, un plato con migas de pan dulce.
—¿Sabes el oso que me hiciste pasar? —soltó sin voltear—. Mi mamá tuvo que andar rogándole a un vecino que le prestara una camioneta para regresar las cosas. Y todo porque tú no sueltas ese estudio ni a palos.
—Tu mamá llegó sin avisar e intentó meterse a la fuerza. Yo defendí lo que es mío. ¿Tú por qué le prometes algo que ni siquiera es tuyo? —pregunté mientras me quitaba las chanclas de la entrada.
—Porque aquí se supone que remamos parejo. Pau es mi sangre y está pasando por un divorcio. Un poco de empatía no te mataría.
—Empatía es lo que tuve los tres años que pagué la hipoteca sola. Cuando no completaba y pedía que me echaras la mano, te volteabas para el otro lado. Ahora que a tu hermana le urge, ¿sí es cosa de dos?
Alex apagó la tele y se incorporó. Se le marcaba una vena en el cuello.
—Ya estuvo. O dejas que Pau se mude mañana mismo, o yo me voy a casa de mis papás. No pienso vivir con alguien que le niega un techo a mi familia.
Me le quedé viendo un instante. Esperaba verme doblar las manos, seguro. Así funcionaba siempre: un ultimátum, yo cedia para no alargar el pleito. Pero esa noche el cansancio de años me pesó de otra forma.
—¿Quieres que te ayude a bajar la maleta deportiva del clóset? —le ofrecí sin alterarme.
Titubeó. No se esperaba esa respuesta. Farfulló algo entre dientes, empujó la mesita de centro con la rodilla y se metió a la recámara hecho una furia. En menos de media hora oí cómo vaciaba cajones y arrancaba ganchos. Al rato, el portazo de la calle retumbó en todo el edificio. Sobre la repisa de la entrada quedaron las llaves de nuestro depa.
Dos semanas después, el teléfono vibró a las diez de la mañana. Estaba en el salón lijando una uña de acrílico cuando leí en la pantalla: “Suegra”. Me quité un guante y contesté.
—Valerita, qué gusto oírte. Oye, fíjate que Pau ya arregló las cosas con Alan, volvieron a juntarse el fin de semana. Ya no va a ocupar el estudio, gracias de todos modos.
—Qué bueno que se arreglaron —dije mientras hacía una bola con una toallita de acetona.
—Sí, bendito Dios. Oye, cambiando de tema… Alex dejó olvidada su chamarra de pluma de ganso en el clóset, la negra, la que le regalé en Navidad. Con este frío que está haciendo en las mañanas, ¿no me la podrías traer el sábado? O si quieres yo voy, y de paso platicamos un café. Ya estuvo bueno de andar peleados, ¿no crees?
—Doña Marisol, las cosas de Alex están en una bolsa negra junto a la puerta. Que pase por ellas cuando quiera, con gusto se las entrego. Pero yo no tengo nada que platicar. Su hijo decidió irse, y donde yo cierro una puerta, no la vuelvo a abrir.
—Ay, criatura, pero si fue una tontería. Una familia siempre tiene sus cositas, no me salgas ahora con que…
—Doña Mari, la dejo porque tengo clienta en la silla. Buen día.
Toqué la pantalla y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesita de las limas. Respiré hondo y volví a enfocarme en la uña número siete. El esmalte color vino se deslizó parejo, sin burbujas.
Al salir del trabajo, pasé al estudio. La nueva inquilina, Rosa, una chava de veintipocos que trabaja en logística, ya le había puesto su toque: una manta guatemalteca sobre el sillón, dos veladoras del Santísimo en la esquina y un difusor que olía a eucalipto. Me entregó el sobre con la renta en efectivo y me mostró una foto de su gato recién adoptado.
—¿Todo bien con las llaves del agua? —le pregunté.
—Todo al cien, Val. Quedó precioso. Gracias por respetar el contrato —me dijo con una media luna honesta en los labios.
Ya en mi depa —solo mío, por fin— me serví un café de olla y me acurruqué en el sillón. Afuera, las luces del este de Los Ángeles titilaban entre las palmeras. No había trastes sucios en el fregadero ni tenis sobre el cojín. Solo el ronroneo del calentador de agua, el aroma a canela y la cuenta del banco marcando por fin un saldo verde. No me urgía ninguna chamarra ajena.







