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A Varuca la condenaron en el pueblo el mismo día que se le empezó a notar la barriga bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza! A su marido, Simón, lo habían enterrado hacía diez años, y ella —mira tú por dónde— aparece embarazada. —¿De quién será? —susurraban las comadres junto al pozo. —¡Vete tú a saber! —contestaban otras—. Callada, decente… ¡y mira ahora! Se ha quedado preñada. —¡Las hijas en edad de casarse y la madre haciendo de las suyas! ¡Una deshonra! Varuca no le levantaba la vista a nadie. Volvía de Correos —el bolso pesado al hombro— mirando al suelo y apretando los labios. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero, ¿cómo no meterse, si su propia sangre lloraba de desesperación? Y todo empezó, en realidad, no con Varuca, sino con su hija Marina… Marina no era una chica, era un cuadro. Clavada al difunto padre, Simón. Él también fue un guapo, el más apuesto del pueblo. Rubio, de ojos azules. Así nació Marina. Todo el pueblo se giraba a mirarla. La menor, Catalina, esa había salido toda a Varuca. Morena, de ojos muy oscuros, seria, discreta. Varuca se desvivía por sus hijas. Las quería con locura y tiraba ella sola de todo, como una burra. Dos trabajos: por el día, cartera; por la tarde, limpiar en la granja. Todo por ellas, por sus niñas adoradas. —Tenéis que estudiar, chicas —les decía—. No quiero que acabéis como yo, toda la vida en la porquería, cargando bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, haceros alguien. Marina no tardó en marcharse a la ciudad. Lo hizo fácil, volando. Entró en la Escuela de Comercio. Y al poco, ya la tenían vista. Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y tenía novio. No uno cualquiera, sino el hijo de un jefe. “¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!” —le escribía. Varuca se sentía feliz. Catalina, en cambio, se quedaba seria. Cuando acabó el cole, se quedó en el pueblo y se puso de auxiliar en el centro de salud. Quería ser enfermera, pero no alcanzaba el dinero. Toda la pensión de viudedad y el sueldo de Varuca iban para Marina, para su “vida de ciudad”. *** Ese verano, Marina volvió. No como otros años, alegre, arreglada, con regalos. Sino callada, pálida. Dos días sin salir de la habitación, y al tercero Varuca entró y la encontró llorando sobre la almohada. —Mamá… mamá… estoy perdida… Y se lo soltó todo. Su precioso novio le había hecho la envolvente y la dejó tirada. Y ella estaba de cuatro meses. —¡Ya no me puedo deshacer del niño, mamá! —lloraba Marina—. ¿Qué hago? ¡No me quiere ver ni en pintura! Que si lo tenía, no le daba ni un duro. Y a ella la iban a echar del instituto. ¡Su vida… acabada! Varuca se quedó petrificada. —Hija, ¿cómo es que… no te cuidaste? —¡Bah!, ¿qué más da ahora? —estalló Marina—. ¿Qué hago? ¿Llevo al niño al orfanato? ¿Lo tiro a la basura? A Varuca se le paró el corazón. ¿Al orfanato? ¿A su nieto? Esa noche Varuca no pegó ojo. Iba y venía por la casa, como un fantasma. Al alba, se sentó en la cama de Marina. —No pasa nada —dijo firme—. Vamos a tenerlo. —¿Mamá? ¿Pero cómo…? ¡Van a enterarse todos! ¡Se va a armar la marimorena! —Nadie se va a enterar —sentenció Varuca—. Diremos… que es mío. Marina se quedó boquiabierta. —¿Tuyo? ¡Mamá, que tienes cuarenta y dos! —Mío —repitió Varuca—. Diré que me voy con la tía al pueblo de al lado, a ayudarla. Allí nazco y allí me quedo un tiempo. Y tú te vuelves a la ciudad, a estudiar. Catalina, tras la delgada pared, oyó todo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada. Le dolía su madre. Y le asqueaba su hermana. *** Un mes después, Varuca se marchó. El pueblo cotilleó y se olvidó. Medio año más tarde, volvió. No sola: con un bebé envuelto en una mantita azul. —Toma, Catalina —le dijo a su hija, pálida de la impresión—. Te presento a tu hermano… Mitín. El pueblo se quedó de piedra. ¡Con que la callada Varuca! ¡La viuda, mira! —¿De quién será? —volvían a murmurar las comadres—. ¿A que ha sido el alcalde? —¡Qué va, ese es muy viejo! Del ingeniero, seguro. ¡Está buen mozo y está solo! Varuca aguantaba, callando los chismorreos. Empezó un calvario. Mitín era un torbellino, berreaba todo el rato. Varuca no daba abasto. El bolso de cartera postal, la granja, y ahora además noches sin dormir. Catalina ayudaba como podía. Lavaba, acunaba al “hermano”. Pero por dentro estaba que bullía. Marina escribía desde la ciudad. “Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora ando fatal de dinero, pero os mandaré algo pronto”. Un año después llegó el dinero… Mil pesetas. Y unos vaqueros para Catalina que le quedaban dos tallas pequeños. Varuca se las apañaba. Catalina, siempre a su lado. Pero su vida también se fue al traste. Los chicos la miraban pero no se acercaban. ¿Quién quiere una novia con ese “paquete”? ¡Madre deshonrada, “hermano” bastardo…! —Mamá —dijo un día Catalina, ya cumplidos los veinticinco—, ¿y si contamos la verdad? —¡Ni se te ocurra, hija! —Varuca se asustó—. ¡No debemos! ¡A Marina le arruinamos la vida! Ahora… está casada. Con un buen hombre. Marina, en efecto, “triunfó”. Terminó sus estudios, se casó con un empresario, se mudó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre de revista. Del “hermano” jamás preguntaba. Varuca le escribía: “Mitín ya va a primero, saca todo sobresalientes”. Marina contestaba mandando juguetes caros —inútiles para la aldea—… Pasaron los años. Mitín cumplió dieciocho. Creció guapísimo. Alto, de ojos azules, igual que Marina. Alegre, trabajador. Adoraba a su “madre” (Varuca) y a “su hermana”, Catalina. Catalina ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal. “Una solterona”, murmuraban a sus espaldas. Ella ya se había resignado. Toda su vida, entre su madre y Mitín. Mitín terminó el colegio con matrícula. —¡Mamá! ¡Me voy a Madrid! ¡Voy a entrar en la uni! —gritó. A Varuca el corazón le dio un vuelco. Madrid… Allí estaba Marina. —Igual podías intentarlo aquí, en la provincia… —sugirió tímida. —¡Qué dices, mamá! ¡Tengo que luchar! —reía Mitín—. ¡Os vais a quedar boquiabiertas! ¡Os llevaré a vivir a un palacio! Y el día que hizo el último examen, una berlina negra reluciente se plantó en la puerta. Se bajó… Marina. Varuca se quedó muda. Catalina, que salió del portal con el trapo, se quedó clavada. Marina bordeaba los cuarenta, pero parecía de revista: delgada, en traje caro, llena de oro. —¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola! —cantó, besando a Varuca en la mejilla—. ¿Dónde está…? Vio a Mitín. El chico estaba limpiándose las manos con un trapo, venía del granero. Marina se quedó fría. No dejaba de mirarlo. Al poco, se le llenaron los ojos de lágrimas. —Buenas tardes —dijo cortésmente Mitín—. ¿Tú eres… Marina? ¿La hermana? —La hermana… —repitió ella, como un eco—. Mamá, tenemos que hablar. Se sentaron en la casa. —Mamá… Lo tengo todo. Casa, dinero, marido… Menos hijos. Rompió a llorar, manchándose el rímel. —Hemos… lo hemos intentado todo. FIV… médicos… Nada. Mi marido se cabrea. Y yo… yo no puedo más. —¿A qué has venido, Marina? —preguntó Catalina en tono seco. Marina alzó la vista, bañada en lágrimas. —He venido… por mi hijo. —¿Tú estás loca? ¿Qué hijo? —¡No grites, mamá! —saltó Marina—. ¡Es mío! ¡Mío! ¡Yo lo parí! ¡Le voy a dar la mejor vida! ¡Tengo contactos! ¡Entra en cualquier universidad! ¡Le compramos un piso en Madrid! ¡Mi marido… él está de acuerdo! ¡Le conté todo! —¿Le contaste todo? —suspiró Varuca—. ¿Y le hablaste de nosotras? ¿De cómo me señalaban en el pueblo? ¿Del sufrimiento de Catalina? —¡Ay, lo de Catalina! —restó importancia Marino—. Se quedó en el pueblo, y ahí sigue. ¡Pero Mitín tiene la oportunidad de su vida! Mamá, ¡dámelo! Tú entonces me salvaste, gracias. ¡Ahora devuélveme a mi hijo! —¡No es un objeto para devolver! —gritó Varuca—. ¡Es mío! ¡Yo lo crié sin dormir, lo eduqué! ¡Yo… Entonces entró Mitín. Lo había escuchado todo. Pálido como la cera. —¿Mamá? ¿Cata? ¿De qué… de qué hablan? ¿Qué hijo? —¡Mitín! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre! ¿Me entiendes? ¡La tuya de verdad! Mitín la miró como un fantasma. Luego a Varuca. —Mamá… ¿es cierto? Varuca se tapó el rostro y se echó a llorar. Catalina estalló. La siempre callada Catalina se acercó a Marina y le dio un bofetón que la tiró contra la pared. —¡Mal bicho! —gritó Catalina, y ahí salió todo: años de humillaciones, su vida truncada, el dolor por su madre—. ¿Madre? ¡Tú nunca lo fuiste! ¡Lo abandonaste como a un perro! ¿Sabes que por tu culpa mamá tuvo que ir cabizbaja por el pueblo mientras todos se burlaban? ¿Sabes que yo… he acabado sola por “tu pecado”? ¡Sin hombre, sin hijos! ¡Y ahora quieres venirte aquí y llevártelo! —Cata, basta… —susurró Varuca. —¡No basta, mamá! ¡Ya está bien! —Catalina se giró hacia Mitín—. ¡Sí! ¡Esa es tu madre! ¡La que te endosó a mi madre para irse a la ciudad a buscarse la vida! Y esa —señaló a Varuca—, ¡tu abuela! ¡La que destrozó su vida por vosotras dos! Mitín guardó silencio. Mucho rato. Luego fue hacia Varuca, que lloraba, y se arrodilló ante ella, abrazándola. —Mamá… —susurró—. Mamá querida. Levantó la cabeza y miró a Marina, allí tirada tras el bofetón. —No tengo madre en Madrid —dijo en voz baja pero firme—. Mi madre es ella. Y mi hermana, Cata. Se levantó y tomó la mano de Catalina. —Y usted… tía, márchese. —¡Mitín! ¡Hijo! —lloriqueó Marina—. ¡Te daré todo! —Ya lo tengo todo —cortó Mitín—. Tengo una familia maravillosa. Y usted ya no tiene nada. *** Marina se marchó esa misma noche. Su marido, que vio toda la escena desde el coche, ni salió a saludar. Cuentan que al año la dejó. Encontró a otra que sí pudo darle un hijo. Marina se quedó sola, con su dinero y su “belleza”. Mitín no fue nunca a Madrid. Entró en la facultad provincial, a ingeniería. —Mamá, aquí hago falta. Hay que construirnos una casa nueva. ¿Y Catalina? Aquella noche, después de todo aquel grito, fue como si le quitasen un tapón. Revivió. Floreció, de repente, a los treinta y ocho. Empezó a fijarse en ella el mismo ingeniero del que murmuraban antaño. Un buen hombre, viudo. Varuca los miraba y lloraba. Pero ahora, de felicidad. El pecado, claro que existió. Pero un corazón de madre… cubre todo eso y mucho más.
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