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La ronda matutina En la puerta del ascensor alguien había vuelto a pegar una hoja con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo aguantaba a duras penas y el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del portal parpadeaba, y el letrero parecía, unas veces tajante, otras difuso, como el ambiente en el grupo de WhatsApp de la comunidad. Nieves Martín tenía las llaves en la mano y escuchaba, tras la pared del sexto, cómo un taladro buscaba su tono, se atascaba y volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí, sino otra cosa: que todo terminaba siempre en tribunal. Unos escribían en el grupo en mayúsculas, otros respondían con sarcasmo, alguno enviaba foto de zapatos ajenos en el rellano como prueba del declive moral. Y todo eso parecía requerir de ella una participación —cuando ella, desde hace tiempo, sólo deseaba silencio en la cabeza—. Subió a casa, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el grupo. Arriba colgaba el mensaje: «QUIÉN HA APARCADO ANOCHE EN EL PARQUE INFANTIL». Seguía la foto de una rueda en la acera. Después alguien añadía: «¿Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL?». Nieves hojeó, notando la ola de irritación subirle al pecho, y de pronto se sorprendió pensando que estaba harta de ser espectadora de disputas ajenas. Y también de su propia disposición a alimentar el fuego, aunque fuera en silencio. A la mañana siguiente se desveló temprano, no porque hubiera descansado. Más bien por costumbre, como un viejo despertador. En la habitación hacía fresco, los radiadores silbaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró las zapatillas de andar que casi no usaba, y salió al rellano. Olía a escalera, a polvo, a pintura vieja, y algo más indescriptible, como siempre. Junto al ascensor se detuvo y miró el tablón de anuncios. Allí colgaban fotocopias sobre la revisión del contador, un gato perdido y una «reunión de propietarios». Nieves sacó el papel que había preparado la noche anterior y lo sujetó con chinchetas: «Paseos matinales alrededor de la manzana. Sin charla ni compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en la puerta del portal. Sólo una vuelta para estirar las piernas y a casa. Nieves M.» Se sorprendió lo fácil que había sido escribirlo. No «Hagamos amigos», ni «Hay que ser vecinos», sólo —pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta, comprobando por tercera vez que había cerrado el gas y las ventanas. Llaves en mano, móvil, gorro. Pensaba que pasaría un minuto y se iría sola, fingiendo que era su idea. La cancela resonó y al porche salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido con cuidado y el gesto de quien espera dolor. —¿Vienes por el cartel? —preguntó, arreglándose la bufanda. —Sí —dijo Nieves—. Soy Nieves. —Soy Marta. Tengo la espalda regular, el médico me mandó andar. Pero sola me aburro, —añadió rápidamente, como disculpándose—: No soy muy habladora. —No hace falta, —dijo Nieves. Al minuto llegó un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Saludó con un gesto a medio camino entre el saludo y la duda, y por fin dijo: —Buenos días. Soy Sergio. Del quinto. —Yo del sexto, —precisó Nieves automáticamente, sabiendo perfectamente cómo se repartía el bloque. Se corrigió al instante: ese afán de clasificarlo todo. Sergio sonrió irónico. —Sexto, vale, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto, casi sesenta, gorro deportivo y paso de exatleta de barrio. No preguntó nada; sólo se colocó al lado: —Víctor. Yo ando por las mañanas de todos modos. Pensaba que era el único. A las 7:16 empezaron a andar. Nieves había escogido un recorrido simple: rodear la manzana, pasar por el súper, cruzar el patio trasero, bordeando el colegio y de vuelta. La nieve, dura bajo las suelas, resbalaba a ratos. El aire entraba frío, y los primeros minutos nadie decía nada, atentos sólo al ritmo de sus propios pasos. Nieves notaba como el cuerpo, primero reacio, se iba soltando. La cabeza, donde normalmente retumbaban reproches ajenos, se quedaba en blanco, pero no de miedo, sino como un folio limpio. En la esquina, Sergio comentó: —Pensé que era broma lo de «sin conversación». Aquí siempre hay charla. —Si apetece, adelante, —dijo Nieves—. Pero sin informes. Marta sonrió, aunque se llevó la mano a la cintura enseguida. —¿Te va bien? —le preguntó Nieves. —Sí, mientras no pare, —respondió Marta. Víctor marcaba el paso con precisión deportiva. Ya de vuelta resumió: —Bien. Sin reuniones. Sólo andar. Al llegar, eran las 7:38. Todos permanecieron un instante, como después de una breve reunión. —¿Mañana? —preguntó Marta. —Si bajáis, —contestó Nieves. —Yo sí, —afirmó Sergio levantando la mano en señal de despedida. Al día siguiente fueron tres. Víctor faltó, pero apareció la vecina del cuarto, Teresa, poco más de cuarenta, plumífero chillón y el gesto de quien inspecciona si aquí se está formando una secta. —Sólo vengo a mirar, —dijo, sin presentarse. —Mire, —contestó Nieves, arrancando sin esperar explicaciones. Teresa andaba junto a Sergio y callaba. A la semana, en la segunda vuelta, ya decía: —Yo estoy en contra de estas «juntas». Que luego vienen los cobros y el que no paga es enemigo. —Aquí no se paga, —afirmó Sergio—. Yo después de mi divorcio le tengo alergia a cualquier fondo común. Nieves escuchó la palabra «divorcio» y prefirió no indagar. Sabía cómo el dolor ajeno se convertía en tema y luego en cuchillo. Los paseos se asentaron en la rutina: a las 7:15 salían, a las 7:40, cada uno a lo suyo. Hubo ausencias y regresos. Marta traía su botella de agua y bebía caminando, sin detenerse. Sergio un día se olvidó la gorra y estuvo todo el rato protestando, pero no volvió atrás. Teresa primero se rezagaba, luego caminaba cerca. Y esa costumbre se fue filtrando al portal. Nieves notó que la gente saludaba más seguido. No por deber, sino porque al alba ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, al volver de la consulta, cansada, con papeles en el bolso, se cruzó con Víctor junto al ascensor estropeado. —¿No va? —dijo Nieves. —Sólo hay que apretar con decisión, —y el ascensor apareció. Él añadió de repente: —Gracias por estos paseos. Pensé que ya no tenía con quién. Y, bueno… se agradece. Nieves asintió. Sintió un calor suave por dentro, pero no le dejó endulzarse; sólo tomó nota: alguien estaba mejor. Pequeños gestos brotaban solos: una mañana Sergio avisó a Marta de que se le desató el cordón. Más tarde, en el grupo, Marta escribió: «Gracias a quien me avisó del cordón, me salvó de una caída». Sin nombres, pero con sonrisas en el mensaje. Teresa trajo un saco de sal un día para las escaleras del portal. —No es para todos, es para mí, que si no me mato bajando. —Gracias igual, —saludó Nieves. Salaron los escalones juntas, y Teresa murmuró, limpiándose los guantes: —Bueno, ya que estáis… El grupo se llenó menos de mayúsculas. No desaparecieron enfados ni broncas por la basura o el aparcamiento, pero a veces alguien sugería: «Hablemos sin gritar, que se puede dialogar». Ya no era lema, sino un recordatorio. El problema surgió a finales de noviembre, cuando en el sexto piso empezaron obras en casa de Álvaro, el joven del perro. No eran sus primeras reformas, pero ésta tenía un taladro hasta por la noche. El grupo ardió: «¡Ya basta!», «¡Que hay niños!», «¡Estáis locos!». Teresa apuntó: «Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo». En el paseo Marta caminó rígida, casi dolida. —Es él —dijo, ya cerca del colegio—. El de arriba. Ayer hasta las diez. Me acosté oyendo el taladro en la cabeza. Sergio contestó: —Por ley puede hasta las once, si no molesta más… —No quiero leyes, —saltó Marta—. Hablo de respeto. Teresa, que normalmente respondía con burla, se mostró seria. —Hay que apretarle. Firmas, llamar a la policía. Que se entere. Nieves sintió cómo el grupo, tan cálido la víspera, volvía a las trincheras del vecindario. Le asustaba más la facilidad para volver al «nosotros contra él» que el ruido. —Lo de las firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —se ofendió Teresa—. Pero si es… —Es una persona, no un enemigo, —respondió Nieves—. No somos un jurado. Sergio la miró de cerca: —¿Quieres hacerlo tú? Nieves no quería. Quería que todo se calmara solo. Pero sabía que si formaban el linchamiento público se cargaban los paseos. —Voy yo. Pero que venga alguien conmigo. Sin multitudes. Sergio asintió. —Voy contigo. Esa noche subieron al sexto. Nieves avisó antes por WhatsApp a Álvaro: «¿Puedes un minuto? Soy Nieves, del portal». Él contestó a los diez minutos: «Sí, pasad, estoy». En la puerta, bolsas de escombros, atadas. Importante: no era una montaña, sólo temporal. Nieves llamó. Silencio de taladro. Álvaro abrió, camiseta, manos polvorientas. El perro, mediano, asomó y volvió dentro. —Buenas —dijo, algo a la defensiva—. ¿Qué pasa? —No vamos a echarte la bronca —dijo Nieves (y le sonó tonto, no halló otra frase)—. Es sobre la obra. Sergio sólo acompañaba. —Intento terminar antes de las nueve —se apresuró Álvaro—, pero sólo puedo hacerlo por las tardes después de trabajar. —Lo sabemos —dijo Nieves—, pero arriba hay gente… Marta, tiene problemas de espalda, necesita descansar. Hasta las diez es mucho. Álvaro suspiró: —No lo sabía. Pensé que todos… Bueno, que sólo se quejaban en el grupo, nunca a la cara. Nieves sintió vergüenza. Cara a cara, poco se decía. —Hagamos esto: dime qué días tienes que hacer ruido por la tarde. El resto, intenta acabar antes. Y la basura, no la bajes de noche. Álvaro miró sus bolsas. —Mañana la bajo en coche. No quiero que se quede aquí, sólo hoy era tarde. —Vale, —asintió Sergio— ¿Y el horario? Álvaro pensó. —Hasta las nueve, seguro. Algún día, quizá 9:30. Pero aviso antes por el grupo y que no sea más de una vez a la semana. Nieves asintió. —Y sobre el perro. Por la noche a veces ladra… Álvaro se sonrojó. —Eso es cuando salgo. Se pone nervioso. Le compraré algo, para que no se queje. Avisadme si pasa más. Por privado, por favor. Salieron, y en la escalera Sergio murmuró: —No es tan malo. Sólo joven y solo. —Aquí todos estamos solos a nuestra manera, —dijo Nieves, sorprendida de decirlo en voz alta. Al día siguiente, en el grupo, Álvaro escribió: «Vecinos, haré obra hasta las 21:00. Si necesito quedarme más, aviso. La basura la bajo mañana». Alguien puso una reacción, otros no comentaron. Teresa sólo: «Veremos». Pero no hubo mayúsculas. Teresa fue al paseo con gesto de mármol. —¿Entonces? —dijo—. ¿Hablasteis? —Sí, —dijo Nieves—. Se ha comprometido. —¿Y ya? —esperaba corona de victoria a su método. —Y ya, —respondió Nieves—. No tenemos que ganar. Teresa resopló, pero siguió andando. Al cabo de un rato, sin mirar, murmuró: —Bueno, si vuelve el ruido, yo lo diré en el grupo. —Dilo, —aceptó Nieves—. Pero primero a él. Marta caminaba junto a Nieves y susurró de pronto: —Gracias por no hacer una caza. No habría aguantado eso también. Nieves tragó saliva, inspiró hondo, el aire frío le aclaró por dentro. Una semana después, Víctor dejó de venir. Nieves lo encontró junto a los buzones. —Se te echa de menos, —dijo ella. —La rodilla —contestó breve—. El médico me ha dicho que pare. —Vaya, —comentó ella. —Igual os veo desde casa. Abro la ventana cuando pasáis. Es un poco como estar ahí. Tenía algo de gracioso y de tierno a la vez. Por Reyes, la costumbre era fija para tres: Nieves, Marta y Sergio. Teresa iba y venía, a veces desaparecía días, antes de volver —como viendo si aquel extraño grupo seguía en pie—. Álvaro un par de veces salió a caminar, sobre todo si la obra le dejaba de los nervios; andaba callado, escuchando el crujir de la nieve, y se despedía el primero. El bloque no era perfecto. Las bolsas volvían a aparecer junto al tubo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat a veces la tensión renacía. Pero Nieves sentía ahora que la casa tenía memoria de lo que podía ser distinto. Un día de enero, a las 7:14, bajó al portal. Sergio ya esperaba, abrochándose la chaqueta. La miró: —Buenos días, Nieves. —Buenos días, Sergio. Marta se acercó, bajando los escalones salados con cuidado. —Hola. La espalda hoy aguanta, —sonrió, como una pequeña victoria. Asomó Teresa, medio dormida, sin su característico sarro. —Voy con vosotros. Pero nada de hablar del grupo, —murmuró. —Trato hecho, —dijo Nieves. Caminaron. Los pasos se sumaron en un ritmo común, imperfecto pero firme. En la esquina, Sergio ayudó a Marta cuando resbaló, tan natural que nadie agradeció. Al regresar, Álvaro esperaba con su perro atado. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, me toca trabajar. Pero… gracias por hablar en persona la otra vez. Nieves asintió. —Al final, todos vivimos aquí, —dijo. No sonaba a lema. Era un simple hecho, que por fin había dejado de ser motivo de guerra.
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