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A veces la vida nos cruza con quien no debemos, y acabamos casándonos con quien no toca Recorrer el camino de la vida nunca es fácil, y no se puede huir del destino. Cada uno tiene su propia suerte, su verdad. Vero creció en una familia de mujeres, un pequeño reino femenino al más puro estilo castellano: una casa modesta, huerto que cuidar, leña, el pozo del pueblo, faena interminable, y un trabajo que nunca se acaba. La abuela Fina llevaba años viuda en el pueblo. Su hija, María, también se quedó sola: el marido se marchó cuando Vero tenía solo dos años. Así comenzó aquel matriarcado. Desde niña, Vero sabía ordeñar vacas, limpiar el corral, y también se las ingeniaba para preparar comida sencilla. Fina ya había pasado de los cincuenta cuando, un día agotada tras su jornada en la granja, se sinceró: —Marta, hija, estoy harta de todo esto… —¿Qué te pasa, madre? —le preguntó María, y enseguida la pequeña Vero se acercó preocupada. —¿Sabes lo que me pasa? Que ya no quiero seguir rompiéndome el lomo aquí. ¿No tenemos derecho nosotras a otra vida? —dijo apoyando sus manos curtidas en el regazo. —¿Y qué propones, mamá? —Vámonos a la ciudad. Vendemos todo. He ahorrado algo en todos estos años, compraremos un piso en Madrid. —¡Abuela, yo quiero! —saltó Vero con ilusión—. ¡Quiero vivir en la ciudad! Y así lo hicieron. El hermano mayor de Fina, Nicolás, vivía en la capital y las acogió. —Os puedo ceder una habitación unas semanas —comentó su mujer—, ya buscaréis piso propio. La familia las recibió con paciencia y cariño. María buscaba piso, y Nicolás echaba una mano. Por fin encontraron uno y se mudaron. —Deberíamos hacer reforma —dijo Fina—, pero nos lo hemos dejado todo en el piso. Bueno, ya lo arreglaremos con el tiempo. —Sí, madre. Por cierto, he encontrado trabajo en la panificadora. Empiezo mañana. Y hay un colegio cerca, tendríamos que matricular a Vero: en mes y medio acaban las vacaciones. —Bien, hija. Vero y yo iremos al cole, tú ahora no tendrás tiempo con tu trabajo —respondió Fina. Admitieron a Vero en sexto. El cole estaba cerca, ella feliz: —Abuela, me esforzaré mucho, quiero aprender en el cole de la ciudad. Cuando María volvió de su primer día de trabajo, su madre le contó: —Me han contratado de limpiadora en el colegio donde va a estudiar Vero. Trabajaré mientras pueda, necesitamos el dinero. —¡Ay, madre, ya estás jubilada, podrías descansar! —No, hija, mientras tenga fuerzas. Además, así vigilo a tu hija, que es nueva en la escuela… Pasó el tiempo. Fina era feliz en su trabajo aunque cansada. María también trabajaba y Vero estudiaba, sin destacar demasiado. Al acabar octavo, Vero decidió dejar la escuela y ayudar en casa. Al pasar por un restaurante vio un cartel: ‘Se necesita friegaplatos’. Entró y la contrataron en el acto. Trabajaba con ganas, ayudaba incluso en la cocina, y pronto se unió a las chicas que iban a bailar al club del barrio. —Mamá, me voy de baile, volveré tarde. —Cuídate con los chicos, Vero —le recordaba la abuela—, sé astuta. —Tranquila, abuela, ya no soy una niña… En las fiestas conoció a Toñín. Bailaron, y después no la dejó sola en toda la noche. —Hoy te acompaño a casa —le dijo, tan seguro, que ella no supo negarse. Empezaron a salir y Toñín le confesó: —Vero, me voy a la mili. ¿Me esperarás? Te escribiré cartas, prométeme que me contestarás. —Lo haré, no te preocupes. Así fue: le escribió siempre, él también, y prometió visitarla en un año cuando tuviera permiso. Llegó ese momento. Se vieron. —¿Qué tal? No te habrás casado, ¿no? —bromeó él, pero su tono era distante. —Te prometí que te esperaría y aquí estoy. —Ya, ya… —respondió él sin mirar a los ojos. Pronto se marchó. Las cartas escasearon y luego desaparecieron. Pasó el tiempo y Toñín volvió de la mili, pero ni la avisó. En la pista de baile ya no aparecía. Sus amigas le soltaron la noticia: —¡Vero, Toñín se ha casado! Trajo a la mujer de la mili. —¿Cómo? ¡Yo le estaba esperando! —se lamentó Vero entre sollozos. Un día se cruzó con Toñín en el parque. La intentó parar. —Perdóname, Vero… No amo a mi mujer, pero espero un hijo y tuve que casarme. No dejo de pensar en ti… Ella, firme, le dijo: —¿Qué quieres de mí? ¿Que sea tu amante? No. Me has decepcionado. Quédate con la que tú elegiste, cuida de vuestros hijos, que yo no estoy para eso. ¡Buena suerte, Toñín! En el restaurante la propusieron para hacer un curso de cocina en una gran ciudad. Aceptó ilusionada. En el andén, mientras esperaba el tren, unos chicos tocaban la guitarra para despedir a un amigo que volvía de la mili. De repente, uno se acercó. —Hola, soy Yago. ¿Tú cómo te llamas? —Vero —le contestó. —¿Vas en el tren? Dame tu dirección, te escribiré —le propuso. Terminaron charlando todo el trayecto. Ella ya no confiaba en el destino ni en los soldados, pero la simpatía de Yago la conquistó. Aceptó cartearse con él. Casi un año después, Yago volvió de la mili y fue a buscarla. Vero sintió que podía confiar en él, no la defraudó. Con el tiempo, se casaron. Vero trabajaba de cocinera en un restaurante, su esposo en la fábrica. Orden y pulcritud, dos mellizos, y una casa en perfecto estado… salvo por el desorden de Yago, que aprendió a corregir con paciencia y cariño. —Al final, sí que conocí al indicado y me casé con el que debía, pese a lo que decía la abuela Fina —pensó Vero. Vivió feliz muchos años, hasta que la muerte sorprendió a su esposo de un infarto. Vero se quedó sola, como la abuela y su madre. Solo la familia y la vida misma la visitan ya. Porque del destino, no se escapa nadie.
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