Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Su padre la obligó a casarse con un mendigo porque era ciega – Lo que ocurrió después dejó a todos boquiabiertos
0
235
Eres mala. Me iré con papá.
0
91
Yo fui el hijo no deseado, mientras que mi hermana era la princesa de la familia. ¿Y ahora se supone que debo hacerme cargo de nuestros padres?
0
2.1k.
Olvida a esa chica, amigo
0
24
Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Todo llega a su debido momento Polina tenía una antigua y algo peculiar tradición. Cada año, justo antes de Nochevieja, la joven acudía a una vidente. Vivir en una gran ciudad le facilitaba encontrar a una nueva cada temporada. El caso es que Polina estaba sola. Por mucho que intentase conocer a un hombre noble, siempre sin suerte. Resultaba que los caballeros ya habían sido conquistados hacía tiempo… —Este año encontrarás tu destino —anunció solemnemente la vidente de ojos oscuros, observando un cristal reluciente. —¿Dónde? ¿Dónde lo encontraré? —preguntó Polina impaciente—. Cada año me dicen lo mismo. Los años pasan y mi destino aún no aparece. Me han recomendado a usted por ser la más fuerte vidente. Exijo que me diga el sitio exacto. O me encargaré de que todo el mundo conozca mi decepción… —amenazó la joven. La vidente puso los ojos en blanco. Ya entendía que lidaba con alguien testarudo y que no se libraría de ella fácilmente. Sabía que si no le mentía en ese momento, Polina se quedaría allí hasta la noche, retrasando a la cola de los que querían saber su destino. —¡En un tren lo encontrarás! —murmuró con los ojos cerrados—. Lo veo claramente… un rubio alto y muy guapo. Como un príncipe de cuento… —¡Guau! —se alegró Polina—. ¿En qué tren y cuándo exactamente? —En vísperas de Año Nuevo —prosiguió la vidente—. Ve a la estación. Tu corazón te dirá hacia dónde comprar el billete… —¡Gracias! —sonrió feliz Polina. Polina salió del portal de la vidente y, tras coger un taxi, se dirigió a la estación. Frente a la ventanilla de la taquilla, su entusiasmo disminuyó algo. Observaba el horario de manera confusa, sin saber hacia dónde comprar el billete… —¡Diga! —la voz irritada de la taquillera la sacó de su trance. —A Córdoba… Para el treinta de diciembre. Vagón cama —balbuceó Polina. Ya se veía sentada en un acogedor compartimento, tomando té, cuando de repente se abría la puerta y entraba él, su príncipe… En casa, Polina comenzó a preparar rápidamente la maleta con lo esencial, pues el tren salía tarde por la noche… No pensó en las consecuencias del viaje. Ni en qué haría en Nochevieja en una ciudad desconocida. Solo quería que la predicción de la vidente se cumpliera cuanto antes. Es que sentirse innecesaria era muy doloroso. Especialmente en días de fiesta. Todos iban en familia a hacer la compra para la cena de Nochevieja, se daban regalos… Todos, menos ella. Horas después, Polina estaba sentada en el compartimento, con su vaso de té. Todo como imaginaba. Solo quedaba esperar que entrara el príncipe por la puerta… —¡Buenas noches! —saludó una anciana, lanzando una gran maleta al compartimento—. ¿Dónde está el otro sitio? —Aquí… —dijo Polina con los ojos muy abiertos, indicando la litera de enfrente—. ¿No se ha equivocado de vagón? —No, hija, no me he equivocado —sonrió la señora, acomodándose en la otra litera. —Perdone, ¿puedo salir? —murmuró Polina. Por fin cayó en la cuenta del error que estaba cometiendo—. ¡Déjeme salir! He cambiado de idea. —Espera, que coloco la bolsa —dijo la anciana, sin entender lo que ocurría. —Ya está… El tren ha partido —suspiró la joven—. ¿Y ahora qué? —¿Por qué quieres salir de repente? ¿Has olvidado algo? —preguntó la señora. Polina ignoró la pregunta y se volvió hacia la ventana. Sabía que aquella mujer no tenía culpa: ella misma había provocado la situación. Mientras tanto, la señora, doña Carmen, sacó de la bolsa unos bollos caseros aún calientes y comenzó a compartirlos con su compañera de viaje. —He estado de visita en casa de mi hija —explicó Carmen—. Ahora regreso, que mi hijo viene a casa con su prometida. Recibiremos el Año Nuevo juntos. —Qué suerte… Yo en cambio, probablemente lo pase en la estación —comentó Polina triste. Palabra tras palabra, la joven se animó a contarle toda la verdad a la anciana. —¡Tonta! ¿Por qué vas a esos charlatanes? —la regañó Carmen—. Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Todo llega a su debido momento… Al día siguiente, Polina bajaba del tren en una ciudad que veía por primera vez. Ayudó amablemente a su compañera y se quedó parada, sin saber qué hacer. —Gracias, Polina. ¡Feliz Año Nuevo! —le agradeció Carmen. —Igualmente —sonrió tristemente Polina. La señora la miró intentando animarla. Comprendía que pasar Nochevieja en la estación no era la mejor manera de empezar el año. —¡Polina, ven a casa conmigo! —propuso de repente—. Decoraremos el árbol, prepararemos la mesa… —No sé… Me da apuro —balbuceó la joven. —¿Y estar en la estación te parece mejor? —sonrió la anciana—. Vamos, ni lo pienses. Al final, Polina aceptó la invitación. Carmen tenía razón. Afuera comenzó una ventisca y no tenía sentido vagar por la estación. —Sergio y Alicia ya están en casa —sonrió la señora. Sergio vio a su madre llegar en taxi desde la ventana. Se apresuró al ascensor para ayudarle con la pesada maleta. —Sergio, cariño, hola. Y no vengo sola, traigo visita. Esta es Polina, la hija de una vieja amiga —dijo Carmen guiñándole un ojo a Polina. —¡Perfecto! —respondió Sergio—. Adelante, Polina. La joven miró al apuesto rubio alto y se sonrojó. Era justo el que había imaginado en el tren. Al parecer, el destino volvía a jugarle una broma… —¿Y dónde está Alicia? —preguntó la madre. —Mamá, Alicia se ha ido, y no volverá. No quiero hablar de ello. ¿Está bien? —respondió Sergio, serio. —Vale… —titubeó la señora. Esa noche todos se sentaron a la mesa para despedir el año. —Polina, ¿te quedarás muchos días? —sonrió Sergio, sirviéndole ensalada. —No. Me marcho mañana por la mañana —respondió ella, por alguna razón, con tristeza. No quería marcharse tan pronto de aquella casa acogedora. Sentía que ya conocía a Carmen y Sergio de toda la vida. —No entiendo, ¿por qué la prisa? —protestó la anciana—. Polina, quédate un poco más. —En serio, Polina, quédate. Tenemos una pista de hielo estupenda. Mañana por la tarde podemos ir. No te marches tan rápido —pidió Sergio. —¡Convencida! —sonrió Polina—. Encantada de quedarme. El siguiente Año Nuevo lo celebraron ya en familia: Carmen, Sergio, Polina y el pequeño Arturo… ¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Nochevieja?
0
42
Todo estaba planeado por mamá
0
59