Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Bailó Con Mi Madre En La Boda—Y Luego Ella Le Reveló Algo Que Nadie Sabía
0
41
Dos noches y un día
0
36
Renacer de las Cenizas
0
36
Un día ordinario y una separación
0
108
Espera un poco más, mamá
0
163
Él odiaba a su esposa. La odiaba… Habían convivido juntos durante 15 años. Ni más ni menos que 15 años viendo su rostro cada mañana, pero solo el último año comenzaron a irritarle salvajemente sus costumbres. Especialmente una: estirar los brazos en la cama y decir: “¡Buenos días, solecito! Hoy será un gran día”. Era una frase común, pero sus manos huesudas y su cara somnolienta le provocaban rechazo. Ella se levantaba, recorría la ventana y miraba al horizonte unos segundos. Luego se quitaba el camisón y entraba al baño. Antes, al inicio del matrimonio, él admiraba su cuerpo, su libertad casi descarada. Y aunque seguía teniendo una figura envidiable, verla desnuda solo le generaba enfado. En algún momento quiso incluso empujarla para acelerar el “despertar”, pero reunió toda su fuerza y apenas logró gruñir: — ¡Date prisa, ya basta! Ella no tenía prisa por vivir; sabía de su aventura, conocía incluso a la joven con la que su marido la engañaba desde hacía tres años. El tiempo curó el orgullo herido, dejando solo una estela de tristeza y la sensación de ser innecesaria. Ella perdonaba su agresividad, su indiferencia, su afán de revivir la juventud, pero no permitía que él interfiriera en su modo pausado de vivir y comprender cada minuto. Así había elegido vivir desde que supo que estaba enferma. Mes a mes, la enfermedad le robaba la vida y pronto la vencería. Su primer impulso fue contarlo todo, aliviar el peso compartiendo la verdad con sus seres queridos, pero al final, tras una noche de dolorosa soledad, decidió callar y contemplar la vida en silencio. Encontraba refugio en una pequeña biblioteca de pueblo, a hora y media de su casa. Cada día se perdía entre los estantes titulados “Misterios de la vida y la muerte”, buscando respuestas en los libros. Él acudió a la casa de la amante. Allí todo le resultaba cálido y familiar. Tras tres años de relación, la quería con locura, la deseaba, sentía celos y se humillaba, incapaz de vivir sin su cuerpo joven. Ese día, tomó la decisión definitiva: divorciarse. ¿Para qué seguir torturándose? No quería a su esposa; la odiaba. Aquí empezaría una vida nueva, feliz. Trató de recordar qué sentía por su mujer y le fue imposible; sentía que ella lo irritaba desde el primer día. Sacó una foto de su esposa de la cartera y, para sellar su decisión, la rompió en pedazos. Quedaron en verse en un restaurante: el mismo en el que celebraron su quince aniversario hace seis meses. Ella llegó primero. Él, antes de salir, pasó por casa y se puso a buscar los papeles para el divorcio. Rebuscando nervioso, desordenó todo hasta encontrar una carpeta azul oscuro sellada. Nunca la había visto. Al abrirla, esperaba cualquier cosa, hasta evidencia comprometedora, pero solo halló numerosos análisis, informes médicos, diagnósticos, todos a nombre de su esposa. Una sospecha le atravesó, como un rayo helado. ¡Estaba enferma! Buscó el diagnóstico en internet y la pantalla le devolvió una sentencia atroz: “De 6 a 18 meses”. Miró las fechas: hacía ya seis meses del primer informe. Lo demás lo recordaba confusamente; solo resonaban en su cabeza las palabras: “6-18 meses”. Ella le esperó cuarenta minutos. El móvil no respondía. Pagó la cuenta y salió. El tiempo era precioso, un día otoñal con sol amable, la reconfortaba el alma. “Qué hermosa es la vida, qué a gusto se está aquí, entre el sol y el bosque”. Por primera vez desde que supo de la enfermedad, sintió piedad por sí misma. Había tenido suficiente fuerza para guardar el secreto a su marido, a sus padres, a sus amigas. Buscaba evitarles el dolor, aunque fuera a costa de su propia destrucción. Pronto solo quedaría su recuerdo. Caminaba viendo los ojos de la gente, brillantes por la ilusión de que todo está por llegar, que tras el invierno vendrá la primavera. Ese sentimiento ya no le sería dado experimentar. El dolor crecía y salió en forma de lágrimas inagotables… Él se desmoronaba y, por primera vez, sentía de forma casi física lo fugaz de la vida. Recordaba a su esposa joven, cuando acababan de conocerse y soñar juntos. La había amado. Ahora sentía que esos quince años no existieron; todo estaba por venir: la felicidad, la juventud, la vida… En esos últimos días la colmó de atenciones, estuvo con ella a todas horas y fue inmensamente feliz. Temía perderla, habría dado su vida por salvarla. Si alguien le recordase que un mes atrás quería el divorcio, habría jurado que no era él. Veía lo duro que era para ella despedirse de la vida, el llanto en la noche creyendo que él dormía. Comprendía que no hay peor castigo que saber la fecha de la propia muerte. La veía luchar, agarrarse a la más mínima esperanza. Murió dos meses después. Él llenó de flores el camino del hogar al cementerio. Lloró como un niño mientras bajaban el ataúd. Envejeció mil años de golpe… En casa, bajo la almohada de ella, halló un papel con un deseo escrito en Nochevieja: “Ser feliz a su lado hasta el final de mis días”. Dicen que lo que pides en Nochevieja se cumple. Quizá sea verdad, porque ese mismo año él escribió: “Ser libre”. Cada uno consiguió, al parecer, lo que tanto había deseado…
0
1.4k.