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Sucedió hace cinco años: mi vecina enterró a su esposo y se quedó sola.
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—Que vuele ella sola. ¡A lo mejor allí la secuestran!,—frunció el ceño la suegra Una calurosa tarde en vísperas de las vacaciones que debería estar llena de ilusión y preparativos, en el piso de Antón y Alicia la tensión se podía cortar con cuchillo. En medio del salón, cual monumento a la inquietud, estaba doña Mercedes, la suegra, con el mando de la tele apretado en la mano. —¡No lo permitiré! ¿Pero es que os habéis vuelto locos?—en su voz, acostumbrada a imponer orden en las aulas (jubilada y con tablas), se colaba un timbre acerado. En la pantalla se había congelado la imagen de otro programa alarmista: un presentador con cara de pocos amigos, delante de un mapa del Sudeste Asiático y flechas rojas pintadas de amenazas. Alicia, que hacía la maleta con una calma asombrosa dada la tensión, solo suspiró. Ya conocía el guion. Antón, con la cara de resignación del que ya no puede más, trató de intervenir. —Mamá, basta ya, ¡es una tontería! Vamos a un hotel normal, con todo organizado… —¿Tontería?—doña Mercedes alzó las manos y casi tira el mando contra la pared.—¡Antón, ábrele los ojos! ¡Te va a llevar al otro barrio! ¡En Tailandia… la mitad son traficantes de personas! Te mandarán a por una cerveza, te metes por un callejón y no vuelves: te quitan los riñones, el hígado, lo que pillen—¡y a la nevera! Y a ella—señalando a Alicia teatralmente—¡la venden en un burdel! ¡Lo he visto en la tele! Alicia dejó de meter ropa en la maleta. Levantó la mirada, sorprendida, y guardó el silencio que Antón nunca lograría soportar. —Doña Mercedes,—dijo con voz serena pero firme.—¿De verdad cree que todos los tailandeses son mafiosos, cirujanos clandestinos y proxenetas? —¡No me vaciles! ¡No tienes argumentos! ¡¡Si lo dan por la tele!! ¡Gente sin nada que perder va en busca de “lo exótico”, y luego sus familias reciben los órganos en un bote de aceitunas! Antón se tapó la cara con la mano. —Mamá, es contenido para jubilados con ganas de emociones. Lo hacen para que sigan pegados a la pantalla. Van millones de turistas allí año tras año… —¡Y miles desaparecen!—replicó doña Mercedes.–Y tú, Alicia, ya tendrás los billetes… ¿no los devolverás? —Ya los tengo. Y no, no los devuelvo.—respondió sencillamente Alicia.—Llevamos dos años ahorrando, me he leído todas las opiniones, foros, lo tengo todo cerrado con una agencia de confianza. No planeo irme de aventura por barrios chungos. Iré de excursión, a la playa de Pattaya, a comer Tom Yam… —Seguro que te envenenan con cualquier cosa rara que le echan a la sopa…—masculló la suegra.—Antón, hijo, te lo ruego, recapacita. Que vaya ella sola, si le da la gana. Su riesgo, su problema. Tú te quedas vivo y sano. El corazón de madre lo nota. El aire se volvió más denso. Y entonces, Alicia dijo lo que tal vez llevaba años esperando. —De acuerdo,—cerró la maleta con un chasquido.—Tiene razón, doña Mercedes. Asumir riesgos es de valientes. Viajaré sola. —¡Alicia! ¡¿Pero qué dices?!—Antón se quedó de piedra. —Lo has oído. La intuición de tu madre es infalible. Yo no quiero cargar con la responsabilidad de tus órganos vitales, ni arriesgarme a que termines de esclavo. Te quedas en casa. Entre tazas de té y documentales de conspiraciones con mamá. Yo…—sonrió con frialdad.—yo me voy a ese infierno. Sola. Doña Mercedes lucía tan victoriosa como descolocada. Con su desafío, Alicia había desbaratado todas las amenazas de la suegra. —Y bien hecho,—murmuró sin el anterior ímpetu.—Tú te lo has buscado. Antón intentó protestar, rogar… pero Alicia no cedió. La noche antes del vuelo durmieron espalda contra espalda, en silencio. —¿Te lo has pensado mejor?—preguntó él. —¡No!—zanjó ella. ***** El avión aterrizó en Bangkok y una ráfaga de calor húmedo envolvió a Alicia como una manta. ¿Miedo? Ninguno. Solo cansancio y una insaciable curiosidad. Los primeros días avenida arriba, enamorada de la vida en la calle, flipando con los templos, probando comidas callejeras imposiblemente buenas. Nadie le robó la cartera. Ni rastro de secuestradores. Los vendedores del mercado solo le sonreían tímidos y regateaban diez baths. Mandó una foto al grupo: Alicia sonriente con un batido de frutas y el mar turquesa detrás. Pie de foto: “Órganos intactos. Ni rastro de esclavistas. Sigo esperando ofertas”. Antón le mandaba corazones. Doña Mercedes leía y callaba. Después, Alicia viajó al norte, a Chiang Mai. Y allí, en una pequeña pensión familiar, la anfitriona—una señora tailandesa llamada Noi—le enseñó a preparar pad thai. Noi, con su inglés chapurreado, se parecía mucho a doña Mercedes. Ambas sufrían por sus hijas. La de Noi trabajaba en Seúl. —Está tan sola, allí hace frío, nadie sonríe y la comida es rara—se quejaba, removiendo la sartén.—¡En la tele dicen que hay radiación en el aire y son todos antipáticos! Alicia la miró. Y se echó a reír hasta las lágrimas. Noi la miró extrañada. Alicia, a base de gestos, fotos y palabras sencillas, le explicó lo de su suegra, la tele, el tráfico de órganos y demás terrores. Noi escuchó, ojos como platos. Y luego también se echó a reír. Su carcajada sonaba a campanillas. —¡Ay, las madres!—exclamó.—Son iguales en todas partes. Nos asustan con lo que no conocemos. ¡La tele mete miedo aquí también! Aquella noche, bajo las estrellas, Alicia llamó a doña Mercedes por videollamada. La suegra apareció en pantalla, cansada y a la defensiva. —Bueno, ¿sigues viva?—disparó sin preámbulos. —Ilustre, sí. Y mis órganos también—bromeó Alicia.—Mire. Giró la cámara: en la terraza, con una bandeja de té, apareció Noi. Saludó sonriente al ver la cara de la suegra española en la pantalla. —¡Hola!—dijo alegre.—¡Tu nuera es una crack cocinando! ¡No te preocupes, aquí está segura! ¡Nada de esclavitud!—y abrazó a Alicia. Doña Mercedes callaba. Miraba alternativamente a la tailandesa y a la cara tranquila de su nuera. —¿Y… y los órganos?—balbuceó, ya sin tanta seguridad. —Todo en orden—sonrió Alicia.—¡Hasta he recuperado el apetito! Aquí todo el mundo es amable y generoso. Por cierto, la hija de Noi está en Corea y ella cree que allí son malos y hace frío. ¡Por culpa de lo que ve en la tele! Un largo silencio. —Pásame a esa… Noi.—ordenó de repente doña Mercedes. Alicia pasó el móvil. Las dos mujeres, a mil kilómetros y con culturas tan diferentes, charlaron diez minutos. No se entendían, pero se comprendían. Finalmente, la cara de la suegra se ablandó. Incluso sonrió, torpe pero sincera. Después, Antón mandó un mensaje: “Mamá ha apagado la tele. Ha dicho: ‘Basta ya de paranoias’ y te ha preguntado cuándo vuelves”. Alicia no contestó al momento. Miró las estrellas. Hizo una foto: ella y Noi, abrazadas, sonriendo. La mandó al grupo. Pie de foto: “He encontrado aliada. Mañana vuelo en parapente. De momento, riñones a salvo. Besos”. El vuelo de regreso fue fácil. En el aeropuerto, la esperaban Antón y, un poco más lejos, doña Mercedes con un ramo de astras chillones. No se lanzó a abrazarla, pero tampoco montó ningún drama. Le tendió las flores con desgana. —¿Cómo ves? ¿Vuelves entera? —Como ve. Y sin nuevos dueños… —En fin,—bufó la suegra.—Ya me contarás. ¿Cómo está tu Noi? De camino a casa, Alicia relató templos, comidas, historias divertidas y amabilidad. Doña Mercedes escuchaba y preguntaba de vez en cuando. La tele, en el salón, permanecía muda. En su pantalla negra se reflejaban tres figuras: marido, mujer abrazada, y suegra… que por fin estaba dispuesta a ver el mundo no a través de las “sensaciones” televisivas, sino con los ojos de quien ha vuelto “del mismo infierno” no solo entera, sino feliz. Esa noche, tomando té, doña Mercedes murmuró, a modo de tanteo: —El año que viene… si os animáis… quizá podría ir yo. Pero nada de locuras, ¿eh? Antón y Alicia se miraron y sonrieron. Sorpresa ver cómo la suegra cambiaba de perspectiva. Pero días después, volvió doña Mercedes al piso, roja de indignación: —¡No voy! ¡A ti, Alicia, simplemente te ha sonado la flauta! Acabo de ver que han rescatado a mucha gente de una secta. ¡No quiero acabar como ellos! —Como quiera,—Alicia se encogió de hombros. —Antón, tú tampoco pintas nada allí. Por España también se puede viajar muy a gusto—concluyó doña Mercedes, con tono solemne. El hijo negó con la cabeza, sin discutir, sabiendo perfectamente que era batalla perdida.
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