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El síndrome de la vida eternamente aplazada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido los 60. Y nadie de mi familia me ha felicitado por teléfono en mi cumpleaños. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y hasta mi ex marido sigue por ahí. Mi hija tiene 40; mi hijo, 35. Ambos viven en Madrid, ambos se graduaron en universidades bastante prestigiosas de la capital. Ambos son inteligentes y exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un gran empresario madrileño. Los dos tienen carreras brillantes, varias propiedades, y además de sus empleos públicos, cuentan con sus propios negocios. Todo parece estable. Mi ex marido se marchó cuando mi hijo terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él siempre trabajó tranquilo, en la misma empresa, los fines de semana los pasaba con amigos o tirado en el sofá, y en vacaciones se iba el mes entero con sus familiares al sur. Yo, en cambio, nunca cogía vacaciones, trabajaba en tres sitios a la vez: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los fines de semana – de empaquetadora en el supermercado del barrio desde las 8 hasta las 20, además de limpiar los almacenes. Todo lo que ganaba, iba para mis hijos – Madrid es una ciudad cara y estudiar en una universidad prestigiosa requiere ropa decente. Más alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, a veces la remendaba, arreglaba los zapatos. Iba siempre limpia y arreglada. Eso me bastaba. Mis únicos momentos de evasión eran los sueños, a veces soñaba que era joven, feliz, y reía. Mi ex marido, en cuanto se fue, se compró un coche nuevo, caro y elegante. Se ve que tenía ahorrado. Nuestra vida juntos fue peculiar – todos los gastos corrían de mi parte, excepto el alquiler, eso sí lo pagaba él, y ahí terminaba su aportación familiar. A los hijos los saqué adelante yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Es un buen piso, de los de antes, de techos altos y bien cuidado. Tenía dos habitaciones, reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 metros cuadrados con ventana, lo renové y cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos otra habitación, aunque yo solo iba de noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. Mi hijo siguió en su cuarto. La separación fue cordial, sin peleas ni división de bienes, sin reproches. Él quería VIVIR otra vida, y yo estaba tan agotada que lo viví como un alivio… Ya no tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar ni planchar su ropa, ni organizar nada, podía descansar. Tenía ya un montón de achaques – la espalda, las articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. Los trabajos extra no los dejé. Me recuperé. Contraté a un buen profesional y, junto con su ayudante, me hicieron un baño nuevo en dos semanas. ¡Para mí eso fue felicidad! ¡Felicidad personal! ¡Felicidad para mí! Todo ese tiempo, enviaba dinero a mis hijos en vez de regalos por los cumpleaños, Navidad, San Valentín, Día del Padre. Después vinieron los nietos. Así que no podía dejar los extras. Para mí no quedaba dinero. Rara vez me felicitaban en los días señalados, casi siempre en respuesta a mis mensajes. Nunca recibí regalos. Lo más doloroso es que ni mi hijo ni mi hija me invitaron a sus bodas. Mi hija me lo dijo con sinceridad: “Mamá, tú no encajarías en el ambiente. Habrá gente del Gabinete de la Presidencia.” La boda de mi hijo la supe por mi hija, después… Al menos no me pidieron dinero para la boda… Ninguno de mis hijos viene nunca, aunque siempre los invito. Mi hija dice que aquí no tiene nada que hacer en el pueblo (ciudad de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde “Mamá, ¡no tengo tiempo!” ¡Hay vuelos a Madrid siete veces al día! Solo dos horas… ¿Cómo llamaría esa etapa de mi vida? Quizá, vida de emociones reprimidas… Vivía entonces como Escarlata O’Hara – “ya lo pensaré mañana”… Ahogaba las lágrimas y el dolor, reprimía emociones… Vivía como un robot programado para trabajar. Después, unos madrileños compraron la fábrica y la reorganizaron. A los que estábamos cerca de la jubilación nos despidieron, perdí dos trabajos de golpe, pero eso sí, pude prejubilarme. La pensión: 900 euros… A ver quién vive con eso. Al final tuve suerte – en mi edificio de cinco plantas con cuatro portales quedaba una plaza de limpiadora… Me puse a limpiar los portales – otros 900 euros. No dejé el empaquetado ni la limpieza del súper, pagaban bien: 90 euros por turno. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reparar poco a poco la cocina. Fui haciéndolo yo, encargué los muebles al vecino – rápido, buen precio. Volví a ahorrar. Quería renovar las habitaciones, cambiar algunos muebles. Tenía planes… Pero para mí misma no había ningún plan. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla – nunca he comido mucho. Y medicinas. Gastaba mucho más en medicinas. El alquiler tampoco ayudaba – cada año subía. Mi ex marido me decía que vendiera el piso, en el barrio está bien valorado, me darían buen dinero. Que me comprara uno pequeño. Pero a mí me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Me crió mi abuela. Y el piso, donde ha transcurrido toda mi vida, me resulta muy valioso. Con mi ex mantuvimos buena amistad. Hablamos a veces como viejos conocidos. Le va bien. De su vida personal nunca habla. Una vez al mes viene, me trae patatas, verduras, arroz, agua. Lo pesado. No quiere aceptar dinero. Dice que no pida por internet, que te traen todo pocho, podrido… Y le hago caso. Dentro de mí todo está como apagado – hecho un ovillo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y a mis nietos solo los veo por Instagram. La vida de mi hijo la sigo en el perfil de mi nuera. Me alegra que les vaya bien. Que estén sanos y felicies. Van de vacaciones a sitios increíbles, frecuentan restaurantes caros… Tal vez no les di suficiente amor. Por eso no sienten amor hacia mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre le digo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces me envía mensajes de voz por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Cuando era joven, mi hijo me dijo que no quería escuchar problemas de padres, que el negativismo le afectaba. Y dejé de contarle nada, solo le digo “sí, hijo, todo está bien.” Me gustaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni siquiera saben que tienen una abuela viva – abuela pensionista y limpiadora. Seguro que según la leyenda, la abuela falleció hace años… No recuerdo haber comprado nunca nada para mí; a veces compro ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido jamás a hacerme la manicura, ni la pedicura… Una vez al mes voy a cortarme el pelo a la peluquería del barrio. Me lo tiño yo misma. Me alegra que tanto de joven como ahora sigo usando la misma talla – 46/48. No hace falta renovar el armario. Me da mucho miedo no poder levantarme un día de la cama – los dolores de espalda me torturan siempre. Me da miedo quedarme postrada. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeñas alegrías, trabajando siempre y dejando todo para “después”. ¿Dónde está ese “después”? Ya no existe… En mi alma hay un vacío… en mi corazón, absoluta indiferencia… Y a mi alrededor, vacío también… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí misma. He trabajado toda mi vida y sigo trabajando. Intento ahorrar un poco por si no puedo seguir. No es mucho, pero algo es algo… Aunque, ¿a quién engaño? Si caigo, no viviré… No quiero que nadie tenga que encargarse de mí. ¿Y sabéis qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… de verdad, para partirse de risa…
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Hace unos meses empecé a crear contenido en las redes sociales. No porque quiera ser famosa, ni porque busque atención. Simplemente porque lo disfruto. Me gusta grabar recetas, compartir momentos cotidianos con mi hija, pequeños instantes de nuestro hogar. Nada preparado, nada profesional. Vídeos sencillos, desde la cocina o el salón, mientras hago mis tareas diarias. Desde el principio, mi marido empezó a sentirse incómodo. Al principio eran solo comentarios. ¿Por qué lo hago? ¿Quién va a verme? ¿Para qué necesito subir vídeos? Le expliqué que no buscaba nada, que simplemente es una distracción para mí. Pero él no lo veía de esa manera. Un día me dijo abiertamente que lo hacía para atraer la atención de otros hombres. Para gustarles. Para que me miraran. Me quedé callada porque no entendía de dónde salía esa idea. Mis vídeos son sobre comida, sobre la fiambrera de mi hija, sobre una receta que me ha salido bien. No voy en bikini, no bailo, no muestro mi cuerpo. Lo más absurdo es que solo tengo 99 seguidores. Noventa y nueve. Y la mitad son de mi familia: primos, tías, amigas del colegio. Se lo dije. Le enseñé el perfil. Le enseñé los comentarios. Y a pesar de eso, insistía en que lo importante no era el número, sino la intención. Que yo estaba “buscando algo”. Empezaron las discusiones. Cada vez que cogía el móvil para grabar algo, me miraba mal. Si subía un vídeo, me preguntaba quién lo había visto. Si alguien dejaba un emoji, lo interpretaba como un coqueteo. Una vez me pidió que le enseñase mis mensajes privados, aunque no tenía ninguno. Me dijo que era una falta de respeto hacia él como marido. Llegó un punto en el que dejé de grabar con tranquilidad. Empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa. Me sentía observada. Algo que empezó como un hobby se convirtió en una fuente de tensión. Él decía que estaba cambiando, que ya no era la misma, que quería “exhibirme”. Y yo sentía que no podía hacer nada sin que se malinterpretase. Hoy en día publico menos. No porque no quiera, sino porque cada publicación me parece un motivo para otra discusión. ¿Qué puedo hacer?
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