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¡Ay, pero ¿quién es este?” — exclamó Lucía, sorprendida al entrar en la cocina de su amiga.
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¿Y este tarrito para qué es, cariño? El niño ni levantó la vista. «Para comprarle una tarta al abuelo… él nunca ha tenido una.» Lo dijo con tal pureza y seriedad que a la madre se le hizo un nudo en la garganta antes siquiera de asimilar lo que escuchaba. Sobre la mesa sólo había unas monedas y un pequeño montón de céntimos, que él guardaba con el mayor de los cuidados, como si fueran un tesoro. No fue el dinero lo que le conmovió… Sino el corazón de ese niño, que aún no entendía de precios, pero conocía el verdadero valor de la gratitud. El abuelo cumplía años en una semana. Un hombre de manos gastadas, silencioso, acostumbrado a dar sin esperar. Nunca pedía nada. Pero un día, casi de broma, había dicho: «Yo nunca he tenido una tarta sólo para mí…» Palabras que para un adulto serían apenas una frase. Pero para el niño se convirtieron en una misión. Desde entonces: — Ahorraba las monedas en vez de gastarlas; — No compraba chucherías al salir del cole; — Vendió dos de sus dibujos; — Y cada noche metía otra moneda en ese tarrito que sonaba a esperanza. Llegó el domingo de cumpleaños. En la mesa, una sencilla tarta de pastelería. Una vela puesta de lado. Un niño temblando de emoción. Y un abuelo que se quebró en el acto. No lloró por el sabor. Ni por el tamaño. Ni por el precio. Lloró porque, por primera vez en su vida… alguien había pensado en él con un amor tan pequeño por fuera y tan infinito por dentro. Porque a veces el mayor gesto cabe en la hucha más humilde. Y, a veces, el amor más sincero viene de quien menos tiene… pero más siente.
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Secretos Familiares: El Robo que Destruyó un Matrimonio
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Hola. Soy la esposa de Yura. ¿Puedo entrar?
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—¿Cómo que no piensas ocuparte del hijo de mi hijo? —no pudo contenerse la suegra —Para empezar, no rehúyo a Igor. Quiero recordar que en esta casa, precisamente yo, después de trabajar, como una buena esposa y madre, me marco otra jornada preparando la cena, lavando y limpiando. Puedo ayudar y aconsejar en lo que sea, pero no pienso asumir por completo las responsabilidades parentales. —¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Así que eres de esas, una hipócrita? —Anda ya, Rita. ¿A quién le interesa un trabajo por el que no pagan? —como era de esperar, en la reunión de antiguos alumnos, Svetlana seguía fiel a su costumbre de opinar y criticar a todo el mundo. Pero hacía tiempo que pasaron los días en que Rita no tenía respuesta. Ahora no se callaba, y no perdió la ocasión de poner a la bocazas de Svetla en su sitio. —Que tú tengas que preocuparte por llegar a fin de mes no quiere decir que todo el mundo tenga los mismos problemas —se encogió de hombros Rita sin darle mayor importancia—. A mí me dejó mi padre dos pisos en Madrid. Uno era suyo, donde vivimos antes de que se divorciara de mi madre, y el segundo lo heredó de mis abuelos y luego me lo dejó a mí. Ya te imaginas cómo están los alquileres allí, y me da de sobra para vivir bien y darme algún capricho, así que puedo elegir trabajo sin pensar primero en el sueldo. ¿No cambiaste tú de médico a dependienta por eso? Eso, en realidad, era un secreto. Rita había prometido no contárselo a nadie. Pero si Svetlana realmente quería mantenerlo en secreto, podía ser más cuidadosa al hablar. Al menos, no llamar “idiota” a Rita delante de todos. ¿Pensaba que se lo iban a dejar pasar? Si alguien había sido torpe, desde luego no era Rita. —¿Dependienta? ¿En serio? —¡Tú juraste callártelo! —chilló Svetlana, herida. Enseguida, agarró su bolso y salió llorando del restaurante. —Bien merecido lo tiene —dijo tranquilo Andrés tras un par de segundos en silencio. —Eso, desde luego. Ya estaba cansando —añadió Tania. —Fui yo la que organizó la reunión —respondió la exdelegada de clase, ahora anfitriona, Ana, en tono conciliador—. Ya sé que Svetlana en el cole no era la más simpática, pero la gente cambia… O eso parece. Algunos. —Pero no siempre —comentó Rita con una sonrisa. Las risas inundaron la mesa. Luego, empezaron a preguntarle a Rita sobre su trabajo. La curiosidad era natural—quién no, si lo piensas, pocas veces ves esa profesión de cerca y hay muchos mitos y prejuicios. Rita los desmontó uno por uno ante sus viejos amigos. —Pero, ¿para qué tratarlos si no tiene sentido? —preguntó un compañero. —¿Y quién ha dicho que no sirve para nada? Mira, tengo a un niño de cinco años, Igor. El parto se complicó, tuvo hipoxia, y por eso tiene retraso madurativo. Aun así, el pronóstico es bueno: empezó a hablar a los tres años, y ahora los padres lo llevan a logopedas y neurólogos. Con un poco de suerte, irá a un cole normal y no tendrá problemas en la vida. Si no lo hubieran tratado, la historia sería otra. —En resumen, que como no tienes que preocuparte de llegar a fin de mes, te dedicas a algo socialmente útil —concluyó Valerio. La charla derivó en historias de las vidas y familias de otros compañeros. Pero Rita sintió de repente que la observaban. Pensó que era imaginación suya, pero la sensación volvió. Disimulando, echó un vistazo alrededor, pero nadie estaba mirando, así que volvió a la conversación y olvidó el asunto. Pasó una semana desde la reunión. Una mañana, al salir al trabajo, Rita vio que su coche estaba bloqueado. Llamó al número en la otra ventanilla, y un joven muy simpático bajó enseguida a apartarlo. —Perdona, de verdad, es que estaba imposible para aparcar —sonrió él—. Me llamo Max. —Yo soy Rita —respondió ella. Había algo en Max que inspiraba confianza. Su forma de estar, la ropa, el perfume… todo hacía que Rita aceptase salir con él sin dudar. Salieron varias veces más. A los tres meses, no podía imaginar su vida sin él. Y su madre y el hijo de su primer matrimonio la aceptaron como a una más. El niño, Igor, tenía necesidades especiales, pero Rita, gracias a su experiencia, conectó enseguida con él. Incluso le enseñó a Max métodos nuevos para mejorar la relación y socialización de Igor. Al año de relación, se fueron a vivir juntos. Rita se mudó al piso de Max y su hijo, y alquiló su propio estudio como siempre hacía. Los primeros problemas surgieron enseguida. Primero eran detalles: “Ayuda a Igor a prepararse”, “¿puedes quedarte con él mientras hago la compra?”. A Rita no le importaba, ya que se llevaba bien con Igor y no tenía otros compromisos en ese momento. Pero las “peticiones” fueron en aumento. Hasta que Rita tuvo que hablar con Max: su hijo era su responsabilidad, no la de ella. Sí, podía ayudar, pero no iba a asumir la mayor parte del cuidado de Igor, porque él no era su hijo y, de hecho, ya trabajaba con niños especiales todo el día. Max pareció entenderlo. Luego, justo antes de la boda, él y su madre empezaron a hablar de la rehabilitación del niño. Más bien, le contaban el programa a Rita como si fuera a ser ella quien lo llevase en su tiempo libre. —Bueno, bueno, un momento, —les interrumpió Rita—. Max, tenemos un acuerdo: tú cuidas de tu hijo. Yo no te pido que vengas a limpiar la casa de mi madre ni que le repares cosas, ¿verdad? Lo arreglo yo sola dentro de lo que puedo. —Eso no es lo mismo —rió la futura suegra—. Tu madre es adulta y vive sola. Un niño es un niño. ¿O es que piensas seguir dándole la espalda a Igor también después de la boda y crees que lo vamos a ver normal? —No le doy la espalda a Igor. Recuerdo que aquí, después del curro, soy yo quien hace la cena, la colada y limpia. Pero no pienso encargarme también de la rehabilitación, porque Igor es tu hijo, Max, así que eres tú el que debe hacerlo ante todo. Puedo ayudar y aconsejar, pero no voy a ser la madre total. —¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Entonces eres una falsa? Contar a tus amigos tu trabajo, ahí sí, pero cuando de verdad toca cuidar del niño, ni hablar, ¿no? —¿De qué estáis hablando? —preguntó Rita, extrañada. Entonces se dio cuenta de todo—recordó que la madre de Max lavaba platos como extra en el restaurante de la reunión de exalumnos. Y ató cabos. —¿Así que lo teníais todo planeado para colarme al niño? —¿Y qué te creías, que realmente me apetecía estar con alguien como tú? —no aguantó más Max—. Si no fuera por Igor y tu profesión, nunca te habría mirado ni de lejos… —¿Ah, no? Pues deja de mirar —dijo Rita, quitándose el anillo y lanzándoselo a su ex. —Ya lo lamentarás —le amenazaron Max y su madre—. Un hombre de verdad no quiere a una ratita gris, con un trabajo sin futuro y sin dinero. —En Madrid tengo dos pisos, así que de dinero no me falta —respondió Rita con una sonrisa. Y al ver las caras de Max y su madre, fue a hacer la maleta. Por supuesto, intentaron que volviera y pidieron disculpas. Prometieron mil cosas: que cuidaría él del niño, que nunca más hablarían así, que había sido el estrés, que la quería. Naturalmente, Rita no se creyó nada. Solo se rió y dijo que el que había perdido la ratita había sido Max, y no parecía que quien se arrepentía fuera ella. Después, los compañeros de clase se echaron unas risas con la historia. Y Rita sigue esperando encontrar a alguien que la quiera no por su dinero o por sus habilidades, sino por quién es. De momento, le basta con su trabajo y sus amigos. Y si le falta algo, siempre puede adoptar un gato—ellos sí entienden de cariño, al contrario que algunos hombres.
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Mi marido trajo a casa una ‘segunda esposa’ — Yo acepté, pero mi única condición lo dejó sin nada
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