Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Hija Olvidada
0
277
Yana compró una casa para su madre, la mudó con todas sus pertenencias, ¡y resulta que su suegra ya se había instalado y hasta cambió las cerraduras!
0
41
Los niños me sorprendieron: ellos aceptaron la traición de su madre, ¡y yo sufrí como nunca!
0
188
La súplica
0
40
Convertida en sirvienta: Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera quedaron impactados y no sabían cómo reaccionar ante la noticia. —¿De verdad crees que a tu edad estás lista para dar un giro así a tu vida? —preguntó Catalina, mirando a su esposo. —Mamá, ¿no crees que es una locura? —nervioso, respondía Rubén—. Entiendo que llevas años sola y dedicaste gran parte de tu vida a criarme, pero casarse ahora me parece absurdo. —Sois jóvenes y por eso pensáis así —contestó Alejandra con calma—. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo me queda, pero tengo todo el derecho a vivir lo que queda junto a alguien a quien quiero. —No te precipites con la boda —intentaba convencerla Rubén—. Conoces a Julián desde hace apenas meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo. —A nuestra edad hay que aprovechar y no perder tiempo —reflexionaba Alejandra—. ¿Qué más debo saber de él? Me saca dos años, vive con su hija y su familia en un piso grande, tiene buena pensión y una casa en el campo. —¿Dónde vais a vivir? —no entendía Rubén—. Aquí apenas tenemos espacio para nosotros… —No os preocupéis, Julián no pretende meterse en nuestra casa. Me iré a vivir con él —les contaba Alejandra—. Su piso es amplio, con su hija me llevo bien, todos adultos, así que no habrá problema. Rubén estaba intranquilo, y Catalina procuraba que comprendiese a su madre. —¿No estaremos siendo egoístas? —decía ella—. Nos viene bien que tu madre nos ayude, siempre está para cuidar de Clara. Pero tiene derecho a rehacer su vida si ahora puede hacerlo. —Si sólo fueran pareja, lo entendería, pero ¿por qué casarse? —insistía Rubén—. No quiero verla vestida de novia ni organizar concursos en una boda. —Son de otra época, quizá eso les da seguridad —intentaba justificar Catalina. Alejandra se casó con Julián, a quien había conocido por casualidad en la calle, y pronto se trasladó a vivir con él. Al principio todo iba bien: los familiares la aceptaban, su marido la trataba bien, y Alejandra creía que por fin encontraba la felicidad en la recta final de su vida. Pero poco después comenzaron las consecuencias del día a día en la nueva familia. —¿Podrías preparar un guiso para la cena? —le preguntaba Inés—. Yo lo haría, pero entre el trabajo y todo, no tengo tiempo y tú tienes mucho libre. Alejandra entendió la indirecta y se hizo cargo de la cocina, además de las compras, la limpieza, la colada y hasta de las labores en la casa del campo. —Ahora que estamos casados, la finca es de los dos —decía Julián—. Mi hija y yerno tienen mucho lío, y la nieta aún es pequeña. Lo haremos todo juntos. A Alejandra le gustaba formar parte de una familia grande y unida, basada en la ayuda mutua. Algo que nunca tuvo con su primer marido, que era vago y listo, y acabó marchándose cuando Rubén tenía diez años. Veinte años después, nada sabía de él. Ahora sentía que todo era como debía ser, y el trabajo no pesaba. —Madre, ¿crees que puedes con la finca? Seguro que cada vez que vas te sube la tensión, ¿te compensa? —le preguntaba Rubén. —Claro, además me gusta —respondía la jubilada—. Cuando cosechemos con Julián, habrá para todos, también para vosotros. Pero Rubén tenía sus dudas: en meses nunca les habían invitado ni siquiera para conocerse. Ellos mismos invitaron a Julián, pero siempre había excusas. Al final, dejaron de insistir y sólo esperaban saber que su madre era feliz. Al principio así fue, y Alejandra disfrutaba de los quehaceres, pero cada vez eran más. Julián, siempre que iban al campo, se quejaba de la espalda o del corazón. La esposa, solícita, lo mandaba a descansar y ella sola recogía ramas, barría hojas y sacaba la basura. —¿Otra vez sopa? —protestaba Antonio, el yerno de Julián—. Pensaba que hoy habría algo diferente. —No tuve tiempo, estuve lavando todas las cortinas y me sentí tan cansada que tuve que parar —se explicaba Alejandra. —Ya, pero no me gusta la sopa —decía Antonio apartando el plato. —Mañana Alejandra nos hará un banquete —apoyaba Julián. Al día siguiente, Alejandra pasaba horas en la cocina y la comida desaparecía en minutos. Luego, otra vez la limpieza y así siempre. Ahora, la hija y el yerno se quejaban por cualquier cosa, y Julián tomaba partido por ellos y echaba la culpa a su esposa. —No soy una cría y también me canso, no veo por qué tengo que hacerlo todo sola —se atrevió a protestar por fin Alejandra. —Eres mi esposa, tienes que ocuparte de la casa —recordaba Julián. —Como esposa también tengo derechos, no sólo obligaciones —lloraba Alejandra. Después se calmaba, volvía a intentar agradar y a poner buen ambiente en casa. Pero un día perdió la paciencia. Inés y Antonio iban a casa de unos amigos y querían dejar a la niña con Alejandra. —Que la pequeña se quede con su abuelo o se vaya con vosotros; yo tengo que ir al cumpleaños de mi nieta —dijo Alejandra. —¿Ahora tenemos que adaptar nuestros planes por ti? —se enfadó Inés. —No, pero yo tampoco estoy obligada. Ya os avisé el martes. Encima que ignoráis el cumpleaños queréis dejarme aquí atada. —No está bien, de verdad —se molestó Julián—. Inés tenía sus planes y tu nieta es pequeña, puedes verla mañana. —O vamos juntos los tres a ver a mis hijos, o tú te quedas con tu nieta hasta que vuelva —resolvió Alejandra. —Sabía que tu boda acabaría mal —soltó Inés—. Cocina regular, mal limpia, y sólo piensa en sí misma. —¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho estos meses? —le preguntó Alejandra a Julián—. ¿Querías una esposa o una criada para todos? —Ahora no es justo —se defendía Julián—. No busques líos. —Tengo derecho a una respuesta clara —persistía Alejandra. —Si piensas así, haz lo que quieras, pero en mi casa esas cosas no se toleran —alardeó Julián. —Entonces me despido —dijo Alejandra, y empezó a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de vuelta aunque sea la abuela menos útil? —entró con la maleta y el regalo de su nieta—. Ya está, me casé, regresé, no preguntéis. Sólo decidme: ¿me aceptáis? —Claro que sí —acudieron Rubén y Catalina—. Tu habitación te espera, felices de verte de vuelta. —¿Felices por qué? —buscaba Alejandra oír lo que deseaba. —¿Por qué se alegra uno de ver a la familia? —respondía Catalina. Alejandra supo, al fin, que no era una sirvienta. Ayudaba en casa y cuidaba a su nieta, pero Rubén y Catalina nunca se aprovecharon. Aquí era madre, abuela, suegra y familia, nunca criada. Alejandra volvió para siempre, pidió el divorcio y trató de olvidar lo vivido.
0
40
Hace una semana volví a ver a mi primer amor – fue en el funeral de su esposa – y desde entonces siento que toda mi vida está patas arriba
0
280