Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Un marido vale más que mil agravios amargos —¡Íñigo, esta ha sido la gota que ha colmado el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! Puedes ahorrarte arrodillarte como tanto te gusta, ¡esta vez no servirá de nada!— Así puse punto y final, bien gordo, a nuestro matrimonio. Íñigo, claro, no me creyó. Estaba convencido de que todo seguiría el guion de siempre: él se arrodillaría, entonaría el mea culpa, compraría otra sortija y yo acabaría perdonándole. Así había pasado más de una vez. Pero esta vez decidí romper del todo las cadenas del matrimonio. Mis dedos, hasta los meñiques, estaban cubiertos de anillos, pero de dicha no había ni rastro. Íñigo se había entregado por completo al alcohol. …Y pensar que todo empezó tan románticamente. Mi primer marido, Eduardo, desapareció sin dejar rastro. Fue en los noventa, una época en la que ya era peligroso simplemente vivir. Eduardo no era precisamente fácil de tratar: siempre iba de cabeza al peligro. Como solemos decir aquí, “ojos de águila, pero alas de mosquito”. Si algo no le gustaba, montaba un cisco tremendo. Estoy convencida de que a Eduardo lo mataron en alguna reyerta. No tuve nunca noticias suyas. Me quedé sola con dos hijas: a Lisa, cinco años; a Raquel, dos. Pasaron cinco años desde su misteriosa desaparición. Llegué a pensar que me volvería loca. Quise mucho a Eduardo a pesar de su carácter; éramos una piña, una sola alma. Decidí que mi vida estaba acabada, que me dedicaría a criar a mis hijas y ya. Me puse una cruz encima. Pero… Me las vi y me las deseé en aquella época tan turbulenta. Trabajaba en una fábrica y la “nómina” la recibía… en planchas. Había que venderlas para comprar comida. Así pasaba los fines de semana. En invierno, colorada de tanto frío, vendiendo planchas en el mercadillo, se me acercó un hombre. Le di lástima. —¿Pasa frío, muchacha? —preguntó el desconocido con delicadeza. —¿Cómo lo ha adivinado? —intenté bromear, aunque los dientes me castañeaban. Pero su cercanía me transmitió calor humano. —Menuda tontería acabo de soltar… ¿Le apetece entrar a una cafetería y entrar en calor? Le ayudo a llevar las planchas. —Pues vamos, si no, me voy a morir de frío aquí —le respondí entre dientes. Al final no fuimos a ninguna cafetería. Me lo llevé cerquita de casa, le pedí que esperara en la portería cuidando la bolsa de planchas, mientras recogía a las niñas del cole. Apenas sentía las piernas de tanto frío, pero por dentro me sentía cálida y acogida. Ya volviendo con mis hijas, vi de lejos a Íñigo (así se presentó). Fumaba y cambiaba de un pie a otro. Pensé: “Le ofrezco un té, y a ver qué pasa”. Íñigo me ayudó a subir la bolsa hasta el sexto piso: como siempre, el ascensor estropeado. Mientras yo subía con las niñas al tercero, él ya bajaba. —¡Espere, mi salvador! ¿Se va ya? No le dejo marchar sin tomar un té calentito —le agarré del abrigo con mi mano helada. —Bueno… ¿no molesto? —Íñigo miraba de reojo a las niñas. —¡Qué dice! Lleve usted a las peques de la mano que yo voy adelantando y pongo el agua a calentar —le propuse sin miedo ninguno. No quería perder a ese hombre. Ya sentía que era de la familia. Durante el té, Íñigo me propuso trabajar de ayudanta para él, pagándome más que las planchas de la fábrica en todo un año. Por supuesto, asentí humildemente, aunque por dentro me daban ganas de besarle las manos de agradecimiento… Íñigo estaba en trámites de divorcio; de su primer matrimonio tenía un hijo. Se desató la historia… A los pocos meses nos casamos. Íñigo adoptó a mis hijas. Todo era como en una jota aragonesa. Compramos un piso de cuatro habitaciones, lo llenamos de muebles y tecnología. Luego una casa de campo. Cada año, vacaciones en la playa. Una vida de ensueño… …Pasaron siete años de felicidad plácida. Al alcanzar la cima del bienestar, Íñigo empezó a frecuentar la botella. Al principio ni lo notaba demasiado; comprendía que trabajaba mucho, necesitaba desconectar. Pero cuando empezó a beber de más en el trabajo, me alarmé. Rogarle no servía. He de decir que soy una aventurera de armas tomar. Para distraerle del alcohol, decido… ¡tener un hijo! Ya tenía treinta y nueve años. Mis amigas, al saber del “proyecto”, ni se asombraron. —¡Ánimo, Tania! Igual nos animamos nosotras también a ser mamás a los cuarenta —bromeaban. Siempre decía: —Si interrumpes un embarazo, igual lo lamentas toda la vida. Pero si tienes el niño, aunque no estuviera planeado, jamás te arrepientes. …Con Íñigo tuvimos gemelas. Ahora éramos padres de cuatro niñas. Íñigo siguió bebiendo. Yo aguanté y aguanté, y al final quise volver a la vida en la naturaleza, criar animales, tener huerto: salud para las niñas y menos tiempo libre para los vicios de Íñigo. Vendimos piso y casa de campo. Compramos un chalé en un pueblo grande. Abrimos un restaurante divino. Íñigo se volvió cazador. Compró escopeta y todos los trastos. De caza no faltaba. Todo iba regular hasta que Íñigo se emborrachó otra vez. No sé qué demonios bebió, pero se desató la bestia: rompió todo, vajilla, muebles, y hasta nos persiguió a nosotras. Cogió la escopeta y disparó al techo. Las niñas y yo corrimos a casa de los vecinos. Un infierno. Al día siguiente, todo en calma. Volvimos de puntillas. Un panorama dantesco. Ojalá las niñas no hubieran visto semejante escena: todo roto. Íñigo dormía tirado en el suelo. Recogí lo que pude, cogí a las niñas y nos fuimos a casa de mi madre, que vivía cerca. —Ay, Tania, ¿qué hago yo con tanta muchacha en casa? Vuelve con tu marido. Peores cosas se han visto en familia. Todo se pasa —me decía mi madre, que era de la escuela de “aguanta los dientes apretados, pero marido guapo siempre”. …A los días Íñigo vino a casa. Allí le puse fin a la relación. Él ni recordaba su “noche loca”. No creyó ni una palabra de lo sucedido. Ya me daba igual. Rompí todos los lazos. Quemé los puentes. No sabía cómo seguiría, pero prefería pasar hambre y estar viva antes que acabar muerta por su culpa. Tuvimos que malvender el restaurante para salir pitando del pueblo. Nos fuimos a la aldea de al lado, a una casita minúscula. Mis hijas mayores encontraron trabajo y al poco se casaron. Las gemelas iban a quinto de primaria. Todas las niñas adoraban a “papá Íñigo” y seguían en contacto. Así que por ellas me enteraba de su vida. Mi ex rogaba que volviese; las hijas también: “Mamá, deja el orgullo, papá ha entendido que se pasó, lo ha pedido mil veces, ¡piensa en ti, que no tienes veinticinco años!”. Pero yo, cabezota, me mantuve firme. Buscaba sólo tranquilidad, nada de más dramas. …Pasaron dos años. Empecé a echar de menos a Íñigo. La soledad pesaba. Tuve que empeñar todos los anillos que me regaló. No logré recuperarlos. Lo sentí. Empecé a pensar en todo lo pasado. En nuestra casa hubo amor. Íñigo quería igual a las niñas, siempre me cuidó, sabía disculparse. Éramos una familia ejemplar. Cada uno tiene su felicidad y nadie puede meter baza en la de otros. ¿Qué más podía pedir? Ahora, las mayores sólo llaman por teléfono, nunca vienen. Las entiendo, la juventud manda. Dentro de poco las gemelas también volarán y me quedaré sola, haciendo eco en casa. Así que convencí a las gemelas para que sonsacaran a su padre. ¿Tendrá novia, estará solo? Ellas lo averiguaron: vive en otra ciudad, no bebe ni una gota, está soltero, les dejó la dirección por si acaso. En fin, llevamos juntos cinco años otra vez. Ya lo decía yo: soy una aventurera de pura cepa…
0
64
Cuando llegó la Alegría
0
142
Deseo por fin vivir para mí, no solo para mi hija y nietos.
0
132
Tu número ha desaparecido
0
53
Derecho a Equivocarse.
0
187
Mi Cuñada Dijo que No Merecía la Casa — Pero las Palabras de Mi Esposo la Callaron
0
128