Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Una vez me llamó una tía lejanísima para invitarme a la boda de su hija — mi prima tercera, a la que no veía desde que tenía seis años. Por supuesto, intenté escabullirme, pero no coló: “¡Al menos una vez en veinte años podemos vernos, ni se te ocurra faltar!”, me sentenció la tía. Al final, con invitación de palomitas y rosas de parte de Lucía y Alberto, recordatorio incluido dos días antes, no quedó más remedio que ir. Así acabé perdiendo el sábado, con mi ramo y mi mal humor, entrando en el restaurante con la idea de largarme a la francesa al primer descuido, cuando me sentaron en la mesa de los amigos del novio, todos jóvenes, alegres, animados, sorprendiéndose de lo poco de tía que tenía yo, proponiendo pasarlo en grande. La novia, por supuesto, ni la reconocí: de ratoncito oscuro pasó a voluptuosa rubia de escote generoso, y a mí me gustaba más antes… La cosa era un tanto lúgubre: muchas tías y tíos enfurruñados, un novio con cara de asustado, novia convencida de su impactante belleza y, si no fuese por la animada compañía, aquello parecía más un velatorio. Las tías, ojo avizor y miradas de reproche. Me perdí el primer brindis, y justo arranca el segundo: me toca hablar. El maestro de ceremonias averigua quién soy y exclama: “¡Ahora unas palabras de la joven y guapa tía de la novia!” Así que yo, muy sentida: “Queridos Lucía y Alberto…” Y de pronto, silencio sepulcral. En ese instante me percato de que mi tía no está y que, seguramente, no ha cambiado tanto como para no reconocerla… “La novia se llama Marta,” — me sisea una señora de rosa enfrente — “y el novio, Óscar.” “¿Cómo que Marta? ¿Qué Óscar?” “Vienen a los banquetes ajenos a hartarse por la cara,” resopla otra tía. “En la despedida del cuñado pasó igual, casi tuvimos que echarlos. ¡Sinvergüenzas!” Ahí entendí que la fiesta iba para largo: todos se giran cortantes, medio incorporados, acechando, preparándose para la gresca. “¡Pero si tengo aquí la invitación!” grito yo, agitando el papel con los nombres Lucía y Alberto, sala Tal, restaurante Cual. El camarero me salva: “Señorita, tenemos otra sala en la planta de arriba, ¿no será ahí?” “¡Claro, quiere una segunda cena! Aquí marca, luego sube; vete tú a saber – ¡menuda caradura!” remata la de rosa. “¡Trepidante la aventurera!” añade la otra, de verde fosforito. No parezco ni busca-vidas ni caradura, pero desde fuera cualquiera sabe… Los amigos del novio me defienden y reciben de la tía morada: “¡Mira tú, ya encandila a los chicos!” y la de rosa remata: “Así le quitó el marido a la contable… Giras la cabeza y ya te la ha liado.” Jamás le quité el hombre a nadie, pero ahí ya una se replantea cosas… Gracias a Dios, el camarero localiza a mi tía en la otra sala, que llega, evalúa la situación y jura conocerme, guiñando el ojo como para que todos entiendan que yo siempre he tenido mis cosillas… Total, que me evacuan al otro salón, donde sí estaban la auténtica Lucía, el verdadero Alberto y, tras muchos brindis, por fin me relajé. Para colmo, los amigos del novio de la primera boda fueron los que me despidieron tras el cóctel.
0
637
Un hombre adinerado llegó temprano a casa y sorprendió a la asistenta bailando con su hijo en silla de ruedas; lo que sucedió después dejó a todos boquiabiertos
0
993
Cada noche, mi suegra llamaba a la puerta de nuestra habitación a las tres de la madrugada, así que instalé una cámara oculta para descubrir qué estaba haciendo.
0
22
Golpe al núcleo familiar: «Trajo a otra en mi lugar»
0
247
El pasado permanece atrás
0
14
Nos divorciamos porque mi esposa se niega a cocinar
0
228