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Hijo de sangre —¡Len, no te lo imaginas! ¡Matveo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a ir a Turquía! —El padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Y quién soy yo para decirle que no a mi hijo de sangre? Cómo remarcó, sin pretenderlo, que era precisamente su “hijo” de verdad. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que ese Matveo reapareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia, que no había diferencia entre hijos biológicos y no biológicos. Eso decía. Que ella era su hija, que lo de la sangre no importaba. —Ya estamos otra vez… ¿Cómo puedes pensar eso, Len? ¡Eres mi hija, no hay nada que discutir! Sabes que te quiero como si fueras mía. Pero Matveo… Sin querer, acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matveo es el hijo. Yo, simplemente, una conocida. —¿Qué dices, Len? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como mi propia hija… ¿Tú alguna vez me llevaste al mar? ¿En estos quince años que te haces llamar mi padre? No, nunca. Arturo repetía constantemente que entre ella y Matveo no había ninguna diferencia, pero Lena, viendo todo lo que hacía por su hijo, lo tenía claro: la diferencia era abismal. —No se pudo, Len. Ya sabes que antes el dinero no daba para lujos. Tú no eres una niña, sabes lo que cuestan dos semanas en un hotel de cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Lena—, los gastos. Soy demasiado cara para el mar. Pero Matveo, del que te acuerdas desde hace medio año, ya está a punto de tener un piso a tu costa, para que “pueda llevar allí a su mujer”. ¿Ese gasto sí cuenta, si se trata del hijo? —Que no le voy a comprar ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —La gente bienintencionada. —Diles que dejen de inventar. A Lena casi le salió una sonrisa. —¿De verdad? ¿No le compras nada? —Por supuesto que no. ¡Ah, por cierto! Adivina a dónde vamos este sábado. —Y ni la dejó responder—. ¡A hacer karting! En la universidad Matveo hasta participó en unas carreras, yo solo me uno por acompañarle. —Karting —repitió Lena—. Qué emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —La pregunta escapó antes de poder pensarla. Arturo, que no tenía la más mínima intención de incluirla, balbuceó: —Eh… Len… Te vas a aburrir. Es una cosa de chicos. Matveo y yo… queremos hablar de lo nuestro, de eso de padre e hijo. Dolía. —O sea… ¿te parece divertido para ti, pero para mí no? —No exactamente… —Arturo se removía nervioso—. Es que no nos habíamos visto en la vida, estamos intentando recuperar el tiempo perdido. Queremos ir solos, ¿entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era ya una burla. Había que entender que lo de sangre es lo que cuenta. Había que entender que ahora su sitio estaba fuera, detrás de una verja. Matveo, en verdad, era un encanto. Crecido sin padre, porque su madre nunca le comentó a Arturo que existía, había superado todos los obstáculos. Inteligente, guapo, carismático. —Papá, he ayudado en la perrera. He arreglado jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que he terminado la carrera con matrícula? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Esa misma tarde, cuando Arturo se marchó después de un rato más, Lena repasaba viejas fotos… La boda de Arturo con su madre (la madre, que falleció cinco años atrás, dejándolos solos). Esta en la casa del pueblo… Esta otra, Lena el día de su graduación… Nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo algo urgente —su padrastro fue a verla a las ocho de la mañana. —¿Y esa urgencia? Lena se apartó el flequillo con la diadema y puso la cafetera. —Es por lo del piso para Matveo. —¿O sea que era verdad? —le cortó la respiración. —Perdóname, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería que te preocuparas. Pero necesito que me aconsejes. Hay que darse prisa. Si Matveo quiere casarse, antes de que sea más mayor, es mejor que tenga al menos un techo. Sabes cómo me crié yo… —Pues pide una hipoteca —murmuró Lena, sin ganas de hablar de comprar pisos para Matveo—. Bien acomodadito vive ese chico. —Sí, lo sé. Pero tú sabes mi historial… Matveo merece que su padre, al que ha perdido toda su vida, le compre una casa. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías, si te lo pido? —Depende. —Te explico. Tengo doscientos mil euros para la entrada. Pero el banco a mí no me lo dará. A ti sí, estás limpia. Lo ponemos a tu nombre, firmamos la hipoteca, pago yo. No tendrás que pagar nada, lo juro. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se desvaneció. Claro que hay diferencia. No van a lanzar a Matveo como carne de cañón. —O sea, que para Matveo el piso, y a mí el crédito. ¿Eso es? Arturo negó con un gesto, herido de una sinceridad casi infantil, como si fuera ella la que se lo hubiera propuesto. —¡No digas eso! Pago yo… No te pido pagar. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo… —Mira, Arturo, no pienso en si debo endeudarme o no. Pienso en cómo dejas claro que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo, uno de verdad. Me conoces desde hace quince años, a él desde hace seis meses, pero solo importa que es sangre de tu sangre. —¡No es cierto! —bramó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Eso no es justo! Pero… él es mi hijo biológico… Se acabó. Ya no era su hija. Solo aceptable mientras no había surgido su “verdadero” hijo. —Entiendo —intentó estar correcta Lena—. No puedo, Arturo. Algún día necesitaré comprarme yo mi propio piso. No me van a dar dos hipotecas. Recién entonces pareció que Arturo recordaba que ella también necesitaba casa. —Claro, cierto, tú también vas a necesitar… —ajustó el reloj—. Pero hasta que llegue ese momento, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Solo sería complementar un poco más. Serían solo un par de años. —No voy a poner nada a mi nombre. Tampoco esperaba que Arturo lo entendiera. —De acuerdo —dijo él—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré yo mismo. Ya no importaba si alguna vez la quiso como a una hija. Ahora Lena veía a Arturo solo en las fotos. Un día, al mirar el móvil, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matveo, ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matveo; y la leyenda debajo: “Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo primero”. Familia. Lena dejó el móvil. De pronto recordó un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivían humildemente y su muñeca, regalo de su abuela, se rompió. Lloraba, y su padre de verdad le dijo: “Len, ¿por qué lloras por esas tonterías? ¡Déjame tranquilo!” A él nunca se le podía molestar. Su mayor compañía era una botella. Se podía decir que tampoco tenía padre. Pero siempre pensó que Arturo lo había suplido… Arturo intentó convencerla de nuevo unos días más tarde. —Len, creo que tendríamos que hacer algo con esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te dije que no. —No entiendes la situación. Matveo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarle. Es ya mayor. Necesita una casa. Solo te pido que estés, nada más, ni gastarás un euro. Lo prometo. —¿Quién me compensa a mí mis ausencias…? Aquello le enfureció. —¡Lena, basta! No quiero discutir. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matveo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero diferente, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como un recurso. —¡Lena, por favor! Te pasas. —Te volcaste en él en seis meses, Arturo —dijo Lena—. No te pido que elijas. Es que la elección es obvia. Tienes razón: Matveo es tu sangre. Yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo, ni una llamada. Un día, en la misma red social, vio otra foto. Arturo y Matveo, posando ante un paisaje de montaña. Arturo lucía un equipo de esquí de última moda. El texto: “Enseñando a papá a hacer snowboard. Es mayor para esto, pero con un hijo, ¡todo es posible!” Lena contempló mucho rato la imagen. Extendió la mano a su escritorio, para acabar un informe, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matveo. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quiere que sepas que ya resolvió el tema del piso sin ti y que está preocupado por ti. También te pide mucho que vayas con ellos en el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le haría mucha ilusión”. Tardó en escribir una respuesta, borrándola y volviéndola a empezar varias veces. “Hola, Matveo. Dile a Arturo que me alegro muchísimo de que todo le vaya bien. Y que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar.” No mencionó que el billete lo había pagado ella y que en vez de Turquía, iría a Málaga. Ni que, en vez de con su padre, viajaba con una amiga. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que tal vez se puede ser feliz incluso sin él.
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