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No remuevas el pasado Taísia reflexiona a menudo sobre su vida al sobrepasar los cincuenta años. No puede decir que su matrimonio haya sido feliz, especialmente por su esposo Yuri. Se casaron jóvenes por amor, ambos enamorados, y sin darse cuenta un día todo cambió. Vivían en una aldea en la casa de su suegra Ana. Siempre procuró que reinara la paz, respetaba a su suegra y ésta la trataba con cariño. La madre de Taísia vivía en el pueblo vecino con el hermano menor y enfermaba con frecuencia. —Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera Taís? —le preguntaban las cotillas al cruzarse en el pozo, en la tienda o por el camino. —De Taís no puedo decir nada malo, es respetuosa, todo lo sabe hacer y lleva muy bien la casa. Me ayuda en todo —respondía siempre la suegra. —¡Vamos, claro que sí! Como si la suegra alguna vez hablara bien de la nuera. No nos lo creemos —respondían las vecinas. —Allá vosotras —zanjaba Ana y seguía su camino. Taísia tuvo una hija, Vera, todos estaban felices. —Taís, la pequeña Vera se parece a mí —la suegra buscaba sus rasgos en la nieta, la nuera reía y le era indiferente a quién se pareciera la niña. Cuando Vera cumplió tres años, Taísia tuvo un hijo. Más alegrías en casa. Yuri trabajaba, Taísia se quedaba con los hijos, y la suegra ayudaba en todo. Vivían tranquilos, quizás mejor que otros. El marido no bebía, a diferencia de otros hombres del pueblo. Algunas mujeres iban a buscar a sus esposos detrás del casino, allí bebían tanto que no podían volver a casa, y ellas los arrastraban entre insultos y lamentos. Ya embarazada del tercer hijo, Taísia descubrió la infidelidad de Yuri. En el pueblo no hay secretos, pronto corrió el rumor sobre Yuri y Tania, la viuda. La vecina Valentina vino a contárselo. —Taís, llevas el tercer hijo de Yuri y él… —dijo bruscamente —es un desagradecido, va de mujer en mujer. —¿De veras, Valen? No había notado nada raro —se sorprendió la mujer. —Claro, ¿cuándo vas a darte cuenta? Dos niños, el tercero en camino, la casa, la suegra, la finca. Él vive a su aire. En el pueblo todo el mundo sabe que tiene líos con Tania, y ella no lo esconde. Taísia se disgustó, la suegra también lo sabía pero callaba, temía que la nuera lo supiera y sentía pena por ella. Regañó varias veces a su hijo, que se justificaba diciendo que eran rumores de mujeres. Una tarde Valentina volvió corriendo. —Taís, tu Yuri acaba de entrar al patio de Tania, lo vi yo saliendo de la tienda. ¿Quieres quedarte sola con tres niños? Ve con esa descarada y arráncale los pelos. Estás embarazada, Yuri no se atreverá a tocarte —la incitaba. Taísia sabía que no tendría valor para pelearse. Conocía a Tania, vivaz y conflictiva, su marido se ahogó borracho en el río y vivían mal, con peleas diarias. Tania era dura, sabía defenderse. Igual, pensó y fue. —Voy a mirar a los ojos a mi Yuri y a descubrir la verdad. Él dice que son habladurías —le confesó a su suegra, que intentaba disuadirla. —Taís, ¿adónde vas con tripa? Cuídate… Era finales de otoño, ya oscuro. Tocó la ventana de Tania esperando que saliera, pero desde dentro le contestó. —¿Qué quieres? ¿Por qué tocas? —Ábreme la puerta, sé que mi Yuri está contigo, me lo han contado. —Ahora mismo, sí, corre que te abro —oyó cómo reía Tania, pero no abrió. Tras esperar un rato, se fue a casa con la certeza de que no abriría. El marido volvió borracho de madrugada. Rara vez bebía, pero alguna vez sí. La esposa no dormía. —¿Dónde has estado? Sé que andas con Tania, ya fui y no abrió la puerta. Lo sabes bien. —¿Por qué inventas? No estuve ahí. Bebí con Genaro el cojo, se nos pasó el tiempo. Taísia no le creyó, pero no discutió, era tarde y no le gustaban los escándalos. ¿Qué podía hacer? “No hay delito sin pruebas”, pensó. Pero no durmió, inquieta. —¿Dónde voy con dos pequeños y el tercero en camino? La madre enferma, el hermano con familia e hijos… No cabremos todos. La madre le repetía, cuando se quejaba de los engaños: —Aguanta, hija, ya que te casaste y tienes hijos. ¿Crees que fue fácil con tu padre? Bebía y nos pegaba, lo recuerdas. Dios se lo llevó, pero aguanté. Por mucho que tu hombre no beba ni te pegue, siempre ha sido cosa de mujeres aguantar. Taísia no estaba del todo de acuerdo, pero sabía que no podría dejar a su esposo. La suegra también la consolaba. —Hija, ¿a dónde vas con los niños? En todo caso, entre las dos podremos controlar a Yuri. La tercera, Aris, nació delicada y enfermiza, seguro por los disgustos pasados durante el embarazo. Con el tiempo se calmó, la suegra se volcó en ella. —¿Has oído la última? —Valentina volvió con chismes— Tania ha metido a Miguel en casa, la mujer lo echó. —Que lo meta, me da igual —respondió Taísia, pero por dentro se alegró, su marido ya no iría allí. Pero al mes, otra vez Valentina. —Miguel volvió con la esposa, Tania buscará otro, y tú sujeta a tu Yuri, a ver si no vuelve a las andadas. Yuri y Taísia vivieron tranquilos un tiempo, la suegra estaba feliz. Pero si un hombre tiene inquietud, no se puede calmar cerca de su esposa. Un día Ana habló con su vieja amiga Anisia en el mercado. —Ana, ¿cómo salió tu Yuri? Taís es buena y guapa, tú misma la elogias. ¿Para qué busca más? —¿No me digas que Yuri sigue con otras mujeres? —¡Y bien que sigue! Vive a cuerpo de rey con vosotras, cuidado, comida… Ahora anda con Vera, la divorciada que trabaja en el comedor del pueblo. Ana no se lo dijo a Taísia, regañaba en secreto a su hijo, pero los secretos no paran en el pueblo. La esposa lo supo por Valentina. Ni lágrimas ni súplicas lograron cambiar a Yuri. Seguía con sus aventuras, pero nunca pensó en marcharse de casa. Le convenía: mujer, hijos, madre y hogar asegurado, y también otra mujer fuera para sus placeres. Ana regañaba abiertamente a Yuri, intentaba hacerle entrar en razón. Pero ¿qué hombre adulto escucha a su madre? Él gritaba, que no metiera la nariz en sus asuntos. —Trabajo para la familia, traigo dinero y ahora me culpáis las dos. Solo creéis los rumores. Antes no abusaba, y ahora dejó de beber por completo Pasaron los años. Los hijos crecieron. La mayor, Vera, se casó en la ciudad donde estudió en el instituto y se quedó allí. El hijo también estudió fuera y se casó con una chica local. La pequeña Aris termina el colegio y quiere irse al distrito. Yuri se calmó, ya no sale, sólo trabajo y casa. Para colmo, la salud le falla. Ya ni bebe, y antes tampoco era dado a ello. —Taís, el corazón me da punzadas, me duele la espalda —se queja—. Los tobillos me duelen, ¿serán los huesos? ¿Voy al médico del distrito? A Taísia no le da pena. Lleva años con el alma endurecida, tantas lágrimas y decepciones por Yuri mientras él no paraba. —La salud le falla, así sí se queda en casa y se queja —pensaba—. Que lo cuiden sus antiguas amigas. Ahora que se apañe. Ana murió, la enterraron junto a su marido. La casa de Yuri y Taísia quedó en silencio. A veces vienen los hijos y nietos. Los dos se alegran. El padre se queja de la salud, hasta echa la culpa a su esposa por no cuidarle. La hija mayor trae medicinas y se desvive por el padre, y reprocha a la madre: —Mamá, no riñas a papá, está enfermo —Taísia se resiente, la hija se pone de parte de él. —Hija, la culpa es suya, vivió demasiado intensamente y ahora quiere lástima. Yo también sufrí y mi salud se resentió por tanto disgusto —protesta la madre. El hijo anima al padre, habla sobre todo con él, es normal, son hombres. Los hijos parece que no entienden a la madre cuando les cuenta que su padre la engañaba y ella aguantó por ellos. No quería dejarles sin padre. ¿Y qué le decían en respuesta? —Mamá, no remuevas el pasado, no amargues a papá —decía la hija mayor, el hijo también la apoyaba. —Mamá, lo que pasó, pasó —le consolaba él y la acariciaba. Taísia se resiente un poco porque sus hijos están del lado de él, pero lo entiende y no se lo toma a mal. Así es la vida. Gracias por leer, suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!
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