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La nuera de toda la vida —Mamá, me caso con Emilia. En tres meses tendremos un hijo—, mi hijo me dejó sin palabras. No me sorprendió mucho la noticia, ya que conocía a Emilia de antes. Lo que me inquietaba era su juventud: aún no había cumplido los dieciocho, y mi hijo ni siquiera había ido al servicio militar. Dos niños pidiendo boda y un bebé en camino. Costó encontrarle un vestido de novia a Emilia, pues el embarazo de siete meses era evidente. Tras la boda, los recién casados se quedaron a vivir con los padres de Emilia, pero mi hijo venía cada semana a casa. Se encerraba en su cuarto y pedía no ser molestado. Como madre, aquello me preocupaba. …Llamé a Emilia. —¿Todo bien con Román? —Claro, ¿por qué? —respondió mi nuera, tranquila como un lago. —Emilia, ¿sabes dónde está ahora tu marido? —insistí. —Galina Yurievna, atienda a sus cosas. Nosotros ya nos las arreglaremos sin usted —fue la primera, y ni mucho menos la última, vez que me hablaba de esa manera. —Perdona por robarte tiempo —me despedí y colgué. Soy una persona tranquila, así que no quise meterme. Que resolvieran sus líos. …Al poco nació Varvara, nombre que no me gustaba nada, así que yo la llamaba Baśia. A mi hijo lo llamaron a filas y yo visité a la pequeña todo el servicio. Siempre veía lo guapa que se ponía Emilia: era una belleza, quizá demasiado. Me daba mala espina, con todos los peligros de la universidad, y temía que mi hijo no tuviera sitio a su regreso. No era bienvenida en casa de Emilia. Cuando iba, me entregaba enseguida el carrito y me mandaba a pasear con Baśia, deseando perderme de vista. Me ofendían hasta sus miradas. Sabía lo que valía y lo dejaba claro. Yo solo deseaba irme pronto. …Al volver Román del servicio, parecía que todo marchaba. Baśia creció, Emilia era una ama de casa ejemplar y los dos iban de la mano. Quince años de armonía. …Hasta que Emilia cambió. Empezaron los amantes, muchos. Ella ni intentaba ocultarlo, y Román aguantó tres años por amor. Sufría, pero no dejaba a Emilia. Yo nunca le hablé de moral: sinceramente, temía a mi nuera. Su mirada me helaba la sangre. —¿Qué pasa con Emilia, hijo? —pregunté. —Tranquila, mamá, se solucionará —me dijo Román. Nunca le conté mis charlas con Emilia. Lo que fuera, sería. …Se divorciaron y Baśia se quedó con su madre. Román se lanzó al desenfreno. Pasaba de una mujer a otra, morenas, rubias, pelirrojas. Emilia se casó enseguida, cosa que me contó Román llorando. La siguiente esposa fue Juana: menuda, enérgica, mandona. Román tenía 35, Juana 40. Ella le marcó el territorio: matrimonio oficial, un piso para su hija, y que no le faltara de nada. A diferencia de Emilia, Juana quería ser mi amiga y me llamaba por mi nombre. No me convencía esa confianza. No me iba con ella y sus regalos nunca los usé. Juana sonreía forzada, hablaba sin sinceridad y, desde luego, no amaba a mi hijo. Solo era una “buscadora de posiciones”, siempre exigente y calculadora. Emilia me gritaba, pero al menos era honesta y le quería. Juana ni cocina: todo lo compra hecho. Cuando le sugerí que preparara sopa para Román, respondió: —Gala, no me des lecciones, que yo ya me las sé todas. Sus amigas, lo mismo: saunas caras, cafés, tiendas. Si algo le molesta, monta un drama monumental. No soporto a esta esposa. No entiendo cómo Román aguanta. …Echo de menos a la eficiente Emilia, sus platos exquisitos y su energía incansable. ¿Por qué rompió mi hijo aquella felicidad? Él mismo perdió a una gran mujer. Menos mal que Baśia no me olvida. Para mí, Emilia sigue siendo mi verdadera nuera, aunque sea la ex. Solo reconocemos el valor de lo perdido. Juana es solo la nuera de repuesto. Lo siento por mi hijo. Estoy convencida de que en su corazón, Emilia sigue viva. Pero ese camino ya está cerrado…
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