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Solo quería ser feliz.
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Examen para adultos — Luz, ¿por qué no vienes a celebrar con nosotros el fin del proyecto? —le preguntó Miguel sonriendo y además le guiñó el ojo. —Porque, querido amigo, tengo una cita esta noche —respondió ella, un poco avergonzada. —¡Vaya sorpresa! —Miguel se mostró sorprendido. Conocía a Luz desde hacía casi cinco años y siempre había sido madre soltera, parecía que no buscaba pareja… Qué extraño. Aunque quizás sí lo hacía y él, Miguel, simplemente no lo había notado. —Bueno, entonces no te retenemos. ¡Ojalá todo te salga genial! —le deseó, y luego se giró hacia los demás compañeros—. ¿Nos vamos? —Sí. —¡Venga, deprisa! —¡Por supuesto! —corearon todos y se encaminaron juntos al bar. Miguel caminaba con ellos esbozando una sonrisa, pero en el fondo sentía una punzada de celos. ¿Celos? ¿Por qué? Entre Luz y él nunca hubo nada más allá de una relación cordial y de amistad. «Qué raro es todo esto», pensó Miguel. * * * Aquel día llegó a casa más tarde que de costumbre. Mucho más tarde. Nada más entrar, sus hijos corrieron hacia él gritando: «¡Papá ha llegado, papá ha llegado!». Luego apareció su mujer. —¡Miguel, por fin! Le abrazó y le besó. —Hemos salido a pasear y hemos construido un barco impresionante. Tú siempre trabajando y trabajando —bromeó Sonia. —Anda que no. Estoy trabajando para traer dinero a casa —gruñó Miguel—. Además, tengo derecho a quedarme en la oficina el tiempo que me apetezca. —Por supuesto que sí —le concedió Sonia, con paciencia. —No hace falta que me interrogues —insistió él, de mal humor. Si alguien le hubiera preguntado en ese momento por qué se ponía tan a la defensiva, Miguel no habría sabido qué contestar. Ni él mismo lo comprendía. —¿Miguel, te ha picado algo? —quiso saber Sonia, todavía sonriendo. Fue entonces cuando él comprendió que en realidad deseaba borrar esa sonrisa de su rostro, hacer que le doliera tanto como a él en ese preciso momento. —No. Solo estoy cansado. Sirve la cena —intentó responder con el tono de siempre. Cuando Sonia se marchó a la cocina, él se sentó junto al perchero y se tapó la cara con las manos. «¿Qué estoy haciendo?», pensó horrorizado. * * * Días después, a Miguel se le fue pasando, y llegó a la conclusión de que su disgusto aquel día había sido simplemente porque todos querían celebrar el éxito del proyecto, menos Luz. Y se entristeció por su ausencia. Ahora tenían un nuevo proyecto y se volcó en él de lleno. * * * —Luz, hoy seguramente tendrás que quedarte un poco más —le dijo un día—. Necesito los cálculos terminados. —Lo siento, Miguel, hoy voy a ver a mi madre —se excusó ella, negando con la cabeza—. Es importante para mí. Mañana llegaré antes y lo preparo todo. —De acuerdo —asintió él—. Trato hecho. En realidad, estaba bastante molesto. ¿Acaso había algo más importante que el proyecto? —¿Tu madre está enferma? —preguntó Miguel. —Sí… bueno, un poco —respondió Luz, bajando la mirada. —Entiendo —dijo él. En ese caso, sí comprendía que quisiera marcharse. Pero luego supo que no era verdad, que la madre de Luz no estaba enferma. Que aquello fue solo una excusa para que Miguel no la hiciera quedarse. —¿Cómo que no va a ver a su madre? —preguntó atónito cuando se lo contaron unas compañeras del departamento. —¿Que no la va a ver? ¡Claro que sí! Va, pero con su novio nuevo —contestó Olga, asomándose a la ventana e invitando a Miguel a mirar—. Mira, ahí van… Miguel se acercó. Vio cómo Luz salía del edificio y un chico joven la esperaba. Se cogieron de la mano y se encaminaron juntos hacia el coche. Subieron y se marcharon. En ese instante, Miguel sintió celos. No esa punzada leve, sino celos en toda regla. «¡Dios mío! Es verdad… ha encontrado pareja», pensó. —Bueno… —intentó que su voz sonara indiferente—, terminamos a las seis; cada uno puede irse entonces a lo que quiera. Se sentó, intentó aparentar normalidad. Pero no pudo trabajar. * * * El tiempo pasaba y Miguel cada vez estaba más nervioso. No entendía qué le pasaba. Al principio era solo inquietud —cada vez que oía la voz de Luz o veía un mensaje suyo, el corazón le latía deprisa—. Justo igual que cuando comenzó a salir con su esposa. «¿De verdad me he enamorado?», pensaba Miguel. La idea le resultaba cómica y a la vez terrorífica, así que prefería ignorarla. Vamos a ver, él era ya un hombre hecho y derecho: acababa de cumplir los cuarenta, tenía familia, quería a su mujer. Bueno… más bien la respetaba, la apreciaba, le tenía cariño y agradecimiento. Pero el amor… ese de película, loco, apasionado, hacía tiempo que se le había apagado. Pero, quizá, como a casi todos. Luego el nerviosismo fue a más. Notó que, cada vez que Luz entraba al despacho, se erguía, inconscientemente. Parecía que necesitaba que se fijara en él. Hablaba más a menudo con ella, le pedía opinión. Y, después, repasaba mentalmente cada mirada, cada palabra, como si se ocultara en ellas algún secreto. Un día se sorprendió a sí mismo pensando: «¿Y si la hubiera conocido antes? Antes de tener hijos, antes de todo?» La idea le sacudió como un calambrazo. Porque entendió que, sí, tal vez entonces se habría marchado. No de golpe, pero poco a poco. Habría buscado pretextos, excusas, cualquier justificación. Habría dejado casa, familia, todo por estar con ella. Ese pensamiento lo inundó de culpa. De repente, como una ola, arrasó todo su autocontrol. Miró la foto de su familia en el escritorio. Sonia, los niños, sus vacaciones en la playa. Todos sonriendo, él también. Todo en orden. Todo correcto. ¿Por qué, entonces, sentía que no vivía su vida? No encontraba explicación. ¿Por qué ahora? ¿Por qué Luz, precisamente? Habían compartido tres años juntos en el trabajo y nunca antes había sentido eso por ella. ¿Por qué ahora no podía dejar de pensar en ella? Sentía su mundo interior resquebrajarse. Sus valores, antiguos pilares, empezaban a tambalearse. Quería a su familia, no quería perderla ni herir a nadie, pero tampoco podía dejar de sentir lo que sentía. * * * Ese día se despertó temprano. La habitación aún estaba oscura, solo un fino hilo de luz se filtraba por la persiana. Miguel contemplaba el techo en silencio. No podía sacarse de la cabeza a Luz. Ni un segundo. Ni siquiera en esa paz matutina, sentía su presencia clavada en el alma como una astilla. Pensó en el día anterior. Ella volvió a marcharse pronto. Con aquel chico de nuevo. Y cada vez, sentía que algo se rompía en su interior. «Estoy perdiendo el norte. Si no paro ahora, lo perderé todo. No de golpe, pero poco a poco. Me volveré frío. Distante. Extraño para los niños. Y para Sonia. Y para mí. Odiaré en lo que me convertiré. Y después será demasiado tarde». Se levantó, fue a la cocina, se preparó café y miró por la ventana. La mañana era gris, callada, solitaria. Y allí tomó una decisión. * * * —¿Cómo que te cambias de departamento? —le rodeaban sus compañeros—. Y Luz también lo escuchaba. —Así es. Hay problemas en otro departamento y me han pedido que lo arregle —respondió él. —¿Es solo temporal, verdad? —Por supuesto… temporal —asintió Miguel, aunque sabía que no había nada más definitivo que lo temporal. Al principio había pensado incluso en dejar el trabajo. Pero se dio cuenta de que sería absurdo: estaba bien valorado en esa empresa, el sueldo era bueno, había posibilidades futuras. Decidió pedir el traslado a otro departamento. Al menos por un par de meses. Sabía que eso le permitiría romper el círculo vicioso, donde cada palabra o mirada de Luz le conmovía el alma. No quería ser ese hombre que lo arriesga todo por un arrebato. No quería decir: «Solo soy humano…». Sabía que, aunque doliera, el dolor pasaría. Aquella tarde le dijo a Sonia: —Quiero pasar más tiempo contigo y los niños. No quiero estar siempre fuera por trabajo. Ella le miró sorprendida. —¿De verdad? —Sí. Creo que me estoy perdiendo muchas cosas. Contigo. Con los críos. Sonia no contestó, pero le sonrió como hacía tiempo no le sonreía, y a Miguel se le encogió el corazón. Empezó a llevar a los niños al parque, a recogerlos del colegio, a implicarse en actividades escolares. A hablar con Sonia de sus días, de sus inquietudes, de todo lo que solía callarse. A preguntarle por su vida. A veces se preguntaba: «¿Por qué no hice esto antes? ¿Por qué lo veía como un deber y no como una oportunidad de conocer de verdad a la persona que tengo al lado?» Siguió pensando en Luz. Pero cada vez menos. Cuando se cruzaban por la oficina, sentía un leve pellizco. No dolor ni celos. Solo el rastro de lo que pudo ser, de alguien a quien eligió no buscar. Eligió a su familia. Y se sentía agradecido consigo mismo. * * * —¡Miguel! ¡Migueeel! Miguel iba hacia la juguetería del centro comercial cuando oyó su nombre. Se giró y vio a Luz. —¡Miguel! ¿Dónde te has metido? Todo el equipo te echa de menos. ¡Hace un año que no sabemos de ti! Miguel sonrió. Se alegró sinceramente de verla, pero no sintió dolor alguno. —Hola, Luz. Me alegra mucho verte. —¿Cómo estás? —Bien. Bueno, no… excelente, la verdad —y al decirlo, comprobó que era cierto. —¿Por qué no volviste con nosotros? Fuiste el mejor jefe que tuvimos. —Me apetecía cambiar —respondió sin más—. ¿Y tú? —Yo… —sonrió aún más—. Me he casado. Es un buen hombre. De verdad. Mi hija le quiere. Miguel asintió. No sentía celos. Solo una ligera sorpresa. Como cuando te reencuentras con un amigo que regresa cambiado. —Me alegro mucho por ti —dijo sinceramente. Charlaron un rato sobre la empresa, los conocidos de ambos. Ninguno propuso tomar un café juntos. Sabían que aquello era un final, o el inicio de algo distinto, pero ya lejos el uno del otro. Se despidieron y Miguel siguió su camino. Compró el regalo, salió del centro comercial y subió al coche. Solo entonces se dio cuenta de que ya no sentía nada por ella. Ni dolor, ni ansias, ni ganas de empezar de nuevo. Miró al frente. Al semáforo, a la gente cruzando la calle, a los niños de la mano de sus padres. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba justo donde tenía que estar. No en una vida de ensueño. No en una fantasía. Sino en su vida real. Con sus implicaciones y dificultades. Pero suya. * * * Luz y Sonia estaban juntas en las cintas de correr. Llevaban tiempo coincidiendo en el mismo gimnasio y solían ir a las mismas clases. —¿Cómo fue vuestra charla? —quiso saber Sonia. Luz se encogió de hombros. —Sin más. Me deseo lo mejor, y ya está… Así que tú ganaste —añadió—. Tu marido es un hombre extraordinario. —Lo sé —afirmó Sonia—. Y siempre lo he sabido. Sonrió y guiñó un ojo a su amiga.
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¡Nada, querida madre! Tienes tu propia casa, ahí vives tú. No vengas aquí salvo que te invitemos nosotros. Mi madre vive en un pequeño y acogedor pueblo a orillas de un río. Un tramo de bosque empieza justo detrás de su terreno, y en temporada se pueden recoger abundantes bayas y setas. Desde niña recorría los prados familiares con una cesta, disfrutando de la comunión con la naturaleza. Me casé con un compañero del colegio, sus padres también viven cerca de mi madre, aunque al otro lado de la carretera, y su parcela no tiene acceso ni al río ni al bosque. Por eso, cuando venimos desde la ciudad, nos quedamos en casa de mi madre. Mi madre ha cambiado mucho últimamente, quizá por la edad, quizá por celos hacia mi marido, pero nuestras vacaciones empezaban a terminar casi siempre entre discusiones. Resolverlo pacíficamente se volvió cada vez más difícil. Cuando alguna vez nos alojamos con los padres de mi marido, mi madre también consiguió iniciar una pelea, esta vez con su pretendiente, por nimiedades. Mi suegra se enfadó tanto que acabó gritando bien alto. Toda la calle escuchó cómo ambas expresaban viejos resentimientos. Un mes después, cuando todos se calmaron, mi marido y yo tuvimos una gran idea: construir nuestra propia casa, para que nadie se molestara y tuviéramos un lugar donde sentirnos realmente como en casa. El tema del terreno llevó bastante tiempo solucionarlo, pero al final, de alguna manera, lo conseguimos. Mi suegro y mi suegra empezaron a ayudarnos con mucho entusiasmo en la construcción. Mi suegro estaba presente casi a diario en la obra. La única que dio problemas fue mi madre. Venía, daba consejos, criticaba lo hecho, en resumen: tampoco aquí nos dejó en paz. Y así fue como construimos la casa. Todo, un auténtico calvario. Al año, la casa estaba lista y esperábamos poder respirar tranquilos, pero no fue así. Mi madre no quiso dejar de visitarnos, acusándonos de egoístas y ahora diciendo que no le prestaríamos ayuda. Olvidaba que mi marido siempre hacía los arreglos en su terreno: segaba, reparaba el tejado, etc. Un día, mi madre soltó: —¿Para qué vienes ya por aquí? Quédate en tu ciudad, y si vienes, te paseas con tus cosas. Eso fue la gota que colmó el vaso para mi marido. Se acercó tranquilo a mi madre, aunque había algo en su calma que la hizo retroceder hacia la puerta: —¿Qué haces, yerno? —Nada, querida madre. Tienes tu casa, vives allí. No vengas aquí salvo que te invitemos. Danos algún fin de semana libre de vez en cuando. Si necesitas ayuda, llámanos, y si hay un incendio, vendremos. —¿Qué quieres decir? ¿Qué incendio? Ante esto, mi madre prácticamente salió corriendo por la puerta. Me costó contener la risa al verla marchar mirando de reojo hacia la cancela. Mi marido, tras calmarse, levantó las manos: —Bueno, quizá me pasé con lo del incendio. —No, así está bien. Nos reímos juntos recordando la expresión de mi madre. Desde entonces, nuestra casa ha vivido tranquila. Mi madre no nos visita, acepta la ayuda de mi marido pero sólo se comunica para decir sí o no. Probablemente, sigue recordando lo del incendio.
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