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Normas para el verano Cuando el cercanías frenó junto al andén diminuto, doña Natividad ya aguardaba en el borde, sujetando contra el pecho su bolsa de tela. Dentro rodaban manzanas, un tarro de mermelada de cereza y un táper de empanadillas. Todo innecesario, claro—los nietos llegaban saciados, directos de Madrid, cargados de mochilas, pero a Natividad siempre le nacía el impulso de agasajarles con algo casero. El tren dio un tirón, las puertas se abrieron y de golpe saltaron al andén tres: alto y larguirucho Daniel, su hermana menor Lara y una mochila tan gorda como inquieta. —¡Abu! —Lara fue la primera en verla y agitó la mano, tintineando las pulseras. Natividad sintió cómo le subía al pecho un calor dulce. Depositó la bolsa en el suelo, abriendo los brazos. —Ay, pero cómo estáis… —Quiso decir “mayores”, pero se mordió la lengua. Ya lo sabían. Daniel se acercó más despacio, la abrazó con un brazo, con el otro sujetaba la mochila. —Hola, Yaya. Ahora casi le sacaba una cabeza. Lucía barba incipiente y muñecas huesudas; y de la camiseta asomaban los auriculares. Natividad no pudo evitar buscar en él al crío que antaño corría por la finca en katiuskas verdes, aunque su mirada se topó solo con detalles adultos y extraños. —El abuelo os espera abajo —anunció ella—. Vamos, que si no, me enfrío las albóndigas. —Espera, que hago una foto —Lara ya sacaba el móvil, capturó el andén, el vagón, a su abuela—. Para Stories. “Stories” le sonó como pájaro fugaz. Ya en invierno preguntó a su hija qué era eso, pero la explicación se le olvidó. Lo importante era que la nieta sonreía. Bajaron la escalera de cemento. Junto al “Panda” gastado aguardaba don Víctor, que palmoteó a Daniel en el hombro, abrazó a Lara y asintió a Natividad. Era parco en gestos, pero ella bien sabía que la felicidad le rebosaba igual. —¿Entonces, vacaciones? —preguntó él. —Vacaciones… —suspiró Daniel, lanzando la mochila al maletero. Camino a casa los niños callaban. Por la ventanilla desfilaban chalés, huertos, algún rebaño de cabras. Lara revisó un par de veces el móvil, Daniel se rió con algo en la pantalla, y Natividad se sorprendió mirando las manos de ambos, siempre aferrados a esos rectángulos negros. No pasa nada, —se dijo—. Lo principal es que en casa estén “a la española”. Luego, que hagan como sea habitual hoy en día. El hogar los recibió con aroma a albóndigas y eneldo. En la galería esperaba la mesa de madera vieja, cubierta por hule de limones. En la cocina chisporroteaba la sartén y el horno terminaba de dorar la empanada de berza. —¡Menuda fiesta! —se asomó Daniel. —Qué fiesta ni fiesta, esto es comida —respondió instintiva Natividad y se corrigió—. Venga, id lavándoos las manos, en el lavabo aquel. Lara ya iba a sacar el móvil otra vez. Mientras su abuela sacaba la ensalada, el pan y el guiso, veía de reojo cómo su nieta fotografiaba platos, ventana y a la gata Musa, que se colaba bajo la silla. —En la mesa nada de móviles —soltó Natividad disimulando. Daniel alzó la vista. —¿Perdón? —Eso —remató Víctor—. Después de comer, como queráis. Lara dudó, aun así dejó el móvil boca abajo junto al plato. —Solo era una foto… —Ya la has hecho —dijo Natividad, suave—. Primero comamos, luego ya… subes lo que sea. El verbo “subes” sonó titubeante. No sabía bien cómo se llamaba, pero suponía que bastaba. Daniel, viendo la atmósfera, también apartó el móvil. Era como si le pidieran desabrocharse el casco dentro de una nave espacial. —Aquí se va por horarios —prosiguió ella mientras servía el zumo—. Comer a la una, cenar a las siete. Por la mañana no más tarde de las nueve. Después, salís a jugar, lo que os plazca. —¿No más tarde de las nueve…? —farfulló Daniel—. ¿Y si por la noche veo pelis? —Por la noche se duerme —sentenció Víctor, sin mirar del plato. Natividad percibió que una fina hebra de tensión flotaba. Así que se apresuró: —No es una academia militar, claro. Pero si dormís hasta el mediodía, no veis el día. Tenemos río, bosque, bicicletas… —¡Yo quiero ir al río! —saltó pronto Lara—. Y foto sesión en el jardín también quiero. Ya estaban acostumbrados a la palabra “foto sesión”. —Perfecto —asintió Natividad—. Pero primero un pequeño favor. Hay que escardar patatas y regar fresas. No habéis venido a un resort. —Abu, que son vacaciones… —empezó Daniel, pero Víctor le cortó con la mirada. —Vacaciones, no balneario. Daniel suspiró pero no rebatió. Bajo la mesa, Lara le dio un toque con el pie y él sonrió, apenas. Después de comer, los niños se esparcieron a deshacer maletas. Media hora después Natividad fue a buscarles. Lara ya había colgado las camisetas del respaldo, puesto sus cremas, cargadores y frascos en la ventana. Daniel, sentado en la cama, seguía deslizando el dedo por la pantalla. —Os he cambiado las sábanas —anunció ella—. Si hay algo, decídmelo. —Todo bien, Yaya —sin alzar la vista del móvil, respondió Daniel. Le dolió ese “todo bien”. Pero solo asintió. —Por la tarde hacemos barbacoa —avisó—. Ahora, cuando descanséis, al huerto. Un rato ayudáis. —Vale… —bufó Daniel. Cerró suavemente la puerta y se detuvo fuera. Desde dentro se oía la risa de Lara, hablando por videollamada con alguien. Natividad, por primera vez, se sintió vieja. No por la espalda, sino porque la vida de los chicos discurría en otra dimensión invisible. No pasa nada, —se repetía—. Lo principal es no agobiar. Por la tarde, con el sol decayendo, los tres estaban en el huerto. La tierra templada, la hierba crujía a sus pies. Víctor señalaba qué arrancar, qué no. —Esto lo arrancas; esto lo dejas, —enseñaba a Lara. —¿Y si me equivoco? —No pasa nada —intervino Natividad—. No somos un koljós, no pasa nada. Daniel, a un lado, se apoyaba en la azada, mirando la casa. De su cuarto titilaba el azul del monitor, olvidado. —¿No perderás el móvil? —preguntó Víctor. —Lo dejé arriba —gruñó Daniel. Por alguna razón, aquello alegró más de lo que esperaba a su abuela. Los primeros días pasaron en temple. Por las mañanas los despertaba golpeando la puerta, protestaban, daban vueltas, pero a las nueve y media estaban en la cocina. Desayunaban, ayudaban algo y se dispersaban: Lara organizaba fotos con Musa y las fresas, las subía; Daniel leía, se ponía música, o se largaba con la bici. Las normas se sostenían en pequeños detalles. Móviles fuera durante la comida. Por la noche, silencio. Solo una vez, la tercera noche, Natividad se despertó entre risas apagadas tras la pared. Miró el reloj—casi la una. ¿Tiro o me espero? —dudó en la oscuridad. Las risas se repitieron. Luego el sonido de un audio. Suspiró, se echó una bata y llamó flojito. —Dani, ¿no duermes? Todo calló de inmediato. —Ya, —susurró él. Abrió la puerta con el ceño arrugado y el pelo revuelto, móvil en mano. —¿No duermes? —preguntó, buscando sonar calmada. —Veo una peli… —¿A la una? —Quedamos los amigos para verla a la vez y chatear… Le imaginó como, en distintos pisos de la capital, otros chicos hacían lo mismo, en penumbra, debatiendo el filme. —Mira, hacemos trato —dijo—. No me importa que veas pelis. Pero si trasnochas no sirves al día siguiente y no te puedo sacar al huerto. Hasta medianoche, venga. Después, a dormir. Frunció el ceño. —Pero es que ellos… —Ellos están en Madrid; tú aquí. Aquí mandamos nosotros. Tampoco pido que te acuestes a las nueve. Él se rascó la cabeza. —Vale —admitió—. Hasta medianoche. —Y cierra la puerta, que la luz molesta. Y el sonido, bajito. Al regresar al lecho, dudó si había sido demasiado blanda. Antes habría sido más firme, como con su hija. Pero algo se le resistía. Otros tiempos. Los conflictos emergían de cosas mínimas. Un día de calor, Natividad pidió a Daniel ayudar a Víctor a mover unas tablas al cobertizo. —Ahora voy —dijo, sin apartarse del móvil. Diez minutos después, seguía sin moverse. —Dani, tu abuelo cargando solo… —acusó, con dureza creciente. —Termino de escribir y voy —respondió con irritación. —¿Y qué escribes tú que es tan vital, que el mundo sin ti no anda? Él levantó la cabeza de golpe. —Es importante —clamó—. Estamos en un torneo. —¿Qué torneo? —De juego online. Si me voy, mi equipo pierde. Quiso replicar que hay deberes más esenciales, pero notó cómo apretaba los labios, la tensión en sus hombros. —¿Cuánto te queda? —Veinte minutos. —Vale. En veinte minutos, ayudas. ¿Trato? Asintió y siguió escribiendo. A los veinte, ya se ponía los tenis. —Ya voy, ya voy. Pequeños pactos así le hacían sentir que aún se podía manejar la situación. Pero llegó un punto de ruptura. Fue a mediados de julio. Iban a ir al mercado de abastos con Víctor, que pidió ayuda para cargar bolsas y vigilar el coche. —Dani, mañana vas con el abuelo —avisó Natividad cenando—. Yo y Lara nos quedamos, hacemos mermelada. —No puedo —saltó él. —¿Cómo que no? —He quedado con los chicos para ir a la ciudad. Hay festival de música, food trucks… —miró a Lara en busca de apoyo, pero ella encogió los hombros—. Os lo dije. No recordaba que lo dijera. Quizá sí, pero sería de pasada. Últimamente eran muchos temas. —¿A qué ciudad? —se inquietó Víctor. —A la nuestra. El tren—es solo una parada. Lo de “una parada” no convenció a su abuelo. —¿Sabes el camino? —preguntó. —Van todos. Y además, tengo dieciséis años. Ese “dieciséis” sonaba a desafío definitivo. —Con tu padre quedamos en que no ibas solo —insistió Víctor. —No voy solo, voy con amigos. —Todavía peor. Natividad sintió cómo la tensión espesaba el aire en la cocina. Lara apuró el plato y apartó la silla. —¿Y si vais hoy al mercado y mañana él va al festival? —intervino Natividad conciliadora. —El mercado es solo mañana —cortó Víctor—. Y necesito ayuda. No puedo solo. —Voy yo —dijo Lara inesperadamente. —Tú te quedas con la abuela —respondió él, sin pensar. —Puedo ir sola —propuso Natividad—. La mermelada espera. Lara te ayuda. Víctor la miró—admirado, agradecido, y desafiante. —¿Y este, el rey del mambo? —indicó a Daniel. —Es que… —¿No entiendes que no estamos en Madrid? Aquí no es tan sencillo. Además, respondemos por ti. —Siempre respondéis por mí —soltó Daniel—. ¿No puedo decidir nada por mi cuenta? Tras aquello, silencio sepulcral. Natividad sintió el alma oprimida. Quería decirle que lo entendía, pero solo oyó su voz, seca: —Mientras estés aquí, se respetan nuestras normas. Él apartó la silla de un golpe. —Pues nada. No voy. Se alejó, portazo incluido. Arriba, sonó un golpe sordo—quizá la mochila. La tarde pasó tensa. Lara intentó bromear, habló de una youtuber, pero no levantó mucho el ánimo. Víctor callaba con la vista en el plato. Natividad fregaba y revivía las palabras “nuestras normas”, repicando en la cabeza. Aquella noche la despertó un silencio inusual. Normalmente la casa crujía suave, una rata chillaba, pasaba algún coche. Ahora—demasiado silencio. Se fijó. Ninguna luz bajo la puerta de Daniel. Quizá al menos descanse —pensó, dándose vuelta. A la mañana, en la cocina, las nueve menos cuarto. Lara ya en la mesa, Víctor con el periódico. —¿Y Daniel? —preguntó. —Durmiendo, creo —dijo Lara. Natividad subió, llamó. —Dani, arriba. Nada. Abrió. La cama mal hecha, como siempre cuando no quería hacerla. Pero él no estaba. La sudadera en la silla, el cargador, el móvil no. Un vacío le atravesó. —No está —bajó. —¿Cómo que no? —Víctor se levantó. —Se ha ido. —Estará fuera… Buscaron por el patio, cobertizo, huerto. La bici estaba. —El tren de las ocho y cuarenta —susurró Víctor, mirando la carretera. Natividad notó las manos heladas. —Igual está con chicos del pueblo… —¿Qué chicos? Aquí no conoce a nadie. Lara sacó el móvil. —Le escribo. Sus dedos iban y venían ansiosos por la pantalla. —No lee —alzó la vista un minuto después—. Una sola marca. Lo de “una marca” no decía nada a Natividad, pero por la cara de su nieta supo que era mala señal. —¿Qué hacemos? —consultó a Víctor. Él meditó. —Voy a la estación —decidió—. A ver si alguien le vio. —Pero a lo mejor… —Ha salido sin avisar, —cortó él—, eso ya es grave. Rápido cogió las llaves. —Tú quédate —le dijo—, por si vuelve. Lara, si recibes noticias, me lo dices. El coche se fue. Natividad se quedó en la galería, trapo en mano. Por la mente le cruzaban todas las imágenes—Daniel en el andén, subiendo al tren, siendo empujado, perdiendo el móvil… Sacudió la cabeza. Tranquila. No es un niño. No es tonto. Una hora. Luego otra. Lara revisaba el móvil, negaba con la cabeza. —Nada, —susurraba—. Ni en línea. A las once volvió Víctor, cansado. —Nada. Ni un alma lo ha visto. Fui a la estación. Nada. —Quizá fue al festival —musitó Natividad—. A la ciudad. —Sin dinero ni nada… —Con la tarjeta. Y el móvil —interrumpió Lara. Se miraron. Para ellos el dinero era de monedero. Los chicos, en el aire digital. —¿Llamamos a su padre? —propuso Natividad. —Llama —aceptó Víctor—. Se enterará igual. La llamada fue dura. Su hijo empezó callando, luego maldijo, luego se quejó de su falta de control. Natividad colgó más agotada aún. Se sentó, cubriéndose la cara. —Abu —susurró Lara—. No ha desaparecido. Solo está enfadado. —Enfadado y se va, —musitó—. Como si fuéramos el enemigo. El día pasó eterno. Ocupaban las manos como podían: mermelada, herramientas… Sin ganas. El móvil, en silencio. Al atardecer, crujió el porche. Natividad tembló. Chirrió la verja. En el hueco—Daniel. Misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila, cara de cansado pero intacta. —Hola —saludó bajito. Natividad se puso en pie. Un segundo quiso abrazarle; algo la frenó. Solo preguntó: —¿Dónde estabas? —En la ciudad —bajó los ojos—. En el festival. —¿Solo? —Con chicos. Del pueblo vecino. Quedé con ellos. Víctor salió detrás, secando las manos. —¿Tienes idea de cómo… —empezó, pero se le quebró la voz. —He escrito —se adelantó Daniel—. Perdí cobertura y el móvil murió. Sin batería. Lara ya estaba allí, móvil en mano. —Yo también te escribí. Siempre una marca. —No era aposta —dijo, mirándoles—. Es que… sabía que si pedía permiso, no me dejaríais. Y ya había quedado. Entonces… Se atascó. —Y decidiste que era mejor no preguntar —acabó Víctor. El silencio reinó otra vez, ahora mezclado de agotamiento. —Entra y come —dijo Natividad. Daniel obedeció, sentándose en la cocina. Ella le puso un plato de sopa, pan, zumo. Comió con ansia, como quien no prueba bocado en el día. —Allí es todo carísimo —musitó él—. Vuestros “food trucks”. Ese “vuestros” sonó raro, pero no le reprochó. Comido ya, salieron a la galería. El sol cedía el paso a la noche. —Mira, —dijo Víctor tomando asiento—. Ya entendemos que quieres libertad. Pero somos responsables de ti. Mientras estés aquí, no podemos hacer como si no preocuparas. Daniel callaba. —Si quieres ir a algún lado —prosiguió él—, nos avisas. Con antelación. Y lo hablamos tranquilos. Miramos rutas, horarios. Si nos cuadramos, vas. Si no, no. Pero desaparecer así, no. —¿Y si no me dejáis? —preguntó. —Entonces te enfadas y te quedas —dijo Natividad—. Y nosotros te llevamos al mercado. Él la miró; en esa mirada se mezclaban rabia y pena. —No quería preocuparos —susurró—. Quería decidir. —Decidir está bien, —dijo ella—. Pero también implica cuidar de los que se preocupan por ti. Sus propias palabras la sorprendieron—no eran moraleja, sino realidad. Él suspiró. —Vale. Lo he entendido. —Tengo otra norma —añadió Víctor—. Si se te apaga el móvil, buscas dónde cargarlo. Bar, estación, lo que sea. Y primero avisas. Aunque temamos regañar. Daniel asintió. Se quedaron un rato en silencio. Detrás del seto, ladró un perro. Musa maulló en el huerto. —¿Y el festival, qué tal? —preguntó Lara. —Normal, la música, regulera, pero la comida rica. —¿Me enseñas fotos? —El móvil sin batería. —Nada, —suspiró ella—. Ni pruebas, ni contenido. Él sonrió de medio lado. Desde aquel día, todo cambió apenas. Las normas seguían, pero algo se flexibilizó. Por la noche Natividad y Víctor redactaron en un papel lo importante: levantarse antes de las diez, ayudar en casa dos horas, avisar de salidas y comidas, móviles fuera de la mesa. El papel quedó en la nevera. —Esto parece internado —bromeó Daniel. —Pero uno familiar, —corrigió ella. Lara propuso sus propias condiciones. —Y vosotros, no me llaméis cada cinco minutos si voy al río —dijo—. Y no entréis nunca sin tocar. —Ni lo hacemos —sorprendida, confesó Natividad. —Pues apuntadlo, —secundó Daniel—. Así es justo. Añadieron más líneas. Víctor resopló, pero firmó. Así surgieron tareas nuevas, compartidas. Un día Lara sacó un viejo juego de mesa. —Jugamos hoy —propuso. —Yo era un as con esto —se animó Daniel. Víctor, de primeras, reprochó tener faena en el garaje, pero al final se sentó. Resultó que recordaba las reglas mejor que nadie. Hubo risas, reproches amistosos y alianzas. Los móviles, olvidados. Cocinar pasó a ser otro reto colectivo. Harta del eterno “¿qué hay de cena?”, Natividad soltó: —El sábado cocináis vosotros. Yo solo os indico dónde está todo. —¿Nosotros? —bramaron los dos. —Sí. Cualquier cosa, con tal de que se pueda comer. Aceptaron en serio. Lara buscó una receta de moda, Daniel cortaba verduras debatiendo el método. Olía a sofrito, subía la montaña de cacharros, pero vibraba una alegría infantil. —No os ofendáis si luego hacemos cola al baño —gruñó Víctor, pero repitió plato. En el huerto también pactaron. En vez de imponer ración diaria de escarda, Natividad planteó “parcela propia”. —Ésta es tu línea —señaló a Lara junto a las fresas—. Y ésta, tuya —indicó a Daniel con las zanahorias—. Haced lo que queráis. Si sale, bien; si no, no os quejéis de la cosecha. —Un experimento —apuntó Daniel. —Con grupo control y experimental —añadió Lara. Y así ella hacía fotos diarias a sus fresas, las subía como “mi huerto”; él regó dos veces sus zanahorias y olvidó el resto. Al final del verano la cesta de Lara rebosaba, la de Daniel… sólo dos raíces tristes. —¿Conclusión? —preguntó Natividad. —Que el campo no es lo mío, —admitió él. Rieron. Ya sin tensión. Al final del verano, la casa bullía en ritmo propio. Desayuno juntos; a mediodía, cada uno a lo suyo; por la noche, la mesa los reunía. Daniel seguía trasnochando, pero a las doce apagaba luces; y Natividad, al pasar su puerta, solo oía un resuello tranquilo. Lara podía irse con la amiga al río, pero avisaba siempre. Las discusiones existían: por la música, la sal del guiso, la pila de cacharros. Pero ya no era una guerra generacional. Más bien la ajustada convivencia de quienes comparten techo. La última noche, Natividad horneó tarta de manzana. Todo olía a fiesta, la galería recibía el fresco, los macutos aguardaban ordenados. —Selfie de despedida —pidió Lara, ya cortando la tarta. —Otra vez con lo vuestro… —empezó Víctor, pero calló. —Solo para nosotros —aclaró Lara—. No hace falta subirla. Salieron al jardín. El sol rozaba los tejados, dorando manzanos. Lara puso el móvil en un cubo, programó el disparo y corrió. —Abu en el centro, abuelo a la derecha, Daniel aquí. Se arrimaron, incómodos pero unidos. Daniel rozó el codo de su abuela, Víctor también se acercó más. Lara los abrazó. —¡Sonreíd! Click. Y otra vez. —¡Listo! —miró la pantalla—. Sale genial. —Enséñala —pidió Natividad. Parecían algo pintorescos: ella con el delantal, Víctor en su camisa vieja, Daniel despeinado, Lara con su camiseta chillona. Pero juntos, conectados. —¿Me la imprimes? —preguntó ella. —Claro, te la mando. —¿Y cómo la imprimo si está en el móvil? —dudó Natividad. —Yo te ayudo —intervino Daniel—. Ven a vernos y la imprimimos, o te la traigo en otoño. Ella asintió, tranquila. No porque se entendieran a la perfección—discutirían mil veces más—sino porque sentía que, entre las reglas y la libertad, se abría una senda para ir y venir. Ya tarde, cuando los chicos dormían, salió a la galería. El cielo, oscuro, con estrellas escasas. La casa, en calma. Se sentó en el escalón, abrazándose. Víctor salió también, se sentó a su lado. —Mañana se van, —dijo. —Se van, —repitió. Silencio juntos. —Al final, bien —añadió él—. Se arregló. —Y hasta hemos aprendido algo —concedió ella. —Quién ha enseñado a quién… —bromeó bajito. Ella sonrió. En la ventana de Daniel, oscuridad. En la de Lara, igual. El móvil, seguro, cargando callado, reuniendo fuerzas para el siguiente día. Natividad entró, cerró la puerta, vio el papel en la nevera. Los bordes ya enrollados; el boli, junto. Pasó el dedo por las firmas y pensó, sorprendida, que quizá el próximo verano habrá que reescribirlo. Añadir, quitar. Pero lo esencial seguirá ahí. Apagó la luz y fue a dormir, sintiendo la casa respirar serena, guardando todo lo que fue aquel verano, dejando dentro sitio para lo que venga.
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NO PUEDO CREERLO
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Maxim ocultaba en su interior el pesar de haber apresurado el divorcio. Los hombres sabios convierte…
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Suegra que nunca está quieta
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Comenzar desde el principio
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Él odiaba a su esposa. Odiaba… Llevaron juntos 15 años. Nada menos que 15 años viendo su rostro cada mañana, pero sólo en el último año comenzaron a irritarle profundamente sus costumbres. Sobre todo una: estirar las manos y, aún en la cama, decir: «¡Buenos días, sol! Hoy será un día maravilloso». Parecía una frase cualquiera, pero sus manos delgadas, su cara soñolienta, le provocaban rechazo. Ella se levantaba, pasaba junto a la ventana y se quedaba unos segundos mirando a lo lejos. Luego se quitaba el camisón y se iba al baño. Al principio del matrimonio, él admiraba su cuerpo y esa libertad suya que rozaba el descaro. Aunque aún su cuerpo estaba en forma, verle desnuda ahora le llenaba de rabia. Un día incluso estuvo a punto de empujarla para apurar el ritual del “despertar”, pero se contuvo y sólo le dijo de malas maneras: — ¡Date prisa, ya estoy harto! Ella no tenía prisa para vivir; sabía de su aventura con otra mujer, conocía incluso a la joven con la que su marido salía ya desde hacía tres años. Pero el tiempo curó las heridas del orgullo y dejó sólo la triste sombra de la inutilidad. Le perdonaba su agresividad, su indiferencia, su ansia de rejuvenecer; pero tampoco permitía que perturbase su modo pausado de vivir y entender el valor de cada momento. Así decidió vivir desde que supo que estaba enferma. Mes a mes, la enfermedad la consumía y pronto ganaría la batalla. El primer impulso fue contárselo a todos, repartir la carga brutal de la verdad. Pero vivió las horas más duras sola, asimilando la idea de una muerte inminente, y solo al día siguiente tomó la firme decisión de guardar silencio. La vida se le escapaba y en cada jornada crecía en ella la sabiduría de quien aprende a contemplar. Encontró refugio en una pequeña biblioteca rural, a hora y media de camino. Allí, cada día, recorría un estrecho pasillo entre estanterías rotuladas por una bibliotecaria mayor como “Los misterios de la vida y la muerte” y sacaba algún libro en el que parecía que al fin hallaría todas las respuestas. Él iba a casa de la amante. Todo allí era luminoso, cálido, como en casa. Llevaban tres años juntos y él la amaba de un modo casi obsesivo: celos, humillaciones, sumisión, incapaz de respirar lejos de su juventud. Ese día llegó con una decisión firme: divorciarse. ¿Para qué prolongar la agonía de los tres? Ya no amaba a su esposa, es más, la odiaba. Aquí, en cambio, empezaría una vida nueva y feliz. Trató de recordar lo que sentía por ella antaño y no pudo. De pronto sentía que le fastidiaba desde el primer día que la conoció. Sacó de la cartera la foto de su esposa y, para sellar su decisión, la rompió en pedazos. Quedaron en verse en un restaurante, el mismo donde seis meses antes celebraron el quince aniversario. Ella llegó primero. Él, antes de ir, pasó por casa a buscar los papeles necesarios para el divorcio. Rápido, nervioso, vaciaba cajones al suelo en su búsqueda. En uno de ellos encontró una carpeta azul oscuro, cerrada. No la recordaba. Se agachó en el suelo y de un tirón rompió el precinto. Esperaba cualquier cosa… menos lo que vio: informes médicos, sellos hospitalarios, pruebas clínicas. En todas las hojas, el nombre de su esposa. Una sospecha le atravesó como un rayo helado. ¡Enferma! Tecleó en Internet el diagnóstico y en la pantalla apareció: “De 6 a 18 meses”. Consultó las fechas: habían pasado ya seis meses desde el primer parte. Lo demás pasó en brumas. Una frase le martilleaba la mente: “De 6 a 18 meses…” Ella le esperó cuarenta minutos. No contestaba al teléfono. Pagó la cuenta y salió. Era un día otoñal precioso; el sol no quemaba, pero reconfortaba el alma. “Qué bella es la vida, qué feliz se está en la tierra, junto al sol, el campo…” Por primera vez desde que supo su enfermedad, sintió lástima de sí misma. Había logrado guardar su secreto, ese terrible secreto, a su marido, a sus padres, a sus amigas. Había buscado que ellos vivieran más leves, aun a costa de su propia destrucción. Al fin y al cabo, pronto sólo quedaría de ella un recuerdo. Andaba y veía los ojos de la gente, esperanzados: el invierno vendría, pero después seguro llegaría la primavera. A ella no le quedaba ya esa esperanza. La pena crecía hasta desbordarle en un llanto incontenible… Él iba de un lado a otro en la habitación. Por primera vez sintió de verdad, casi físicamente, la fugacidad de la vida. Recordaba a su esposa joven, cuando se conocieron y todo era porvenir. Y sí, la amó entonces. De repente le pareció que aquellos quince años no habían existido, que todo estaba aún por vivir: felicidad, juventud, vida… En esos últimos días la colmó de cuidados, estuvo con ella veinticuatro horas al día y experimentó una felicidad inmensa. Tenía miedo a perderla, habría dado la vida por salvarla. Y si alguien le recordase que un mes antes quería divorciarse y la odiaba, habría respondido: “Ese no era yo”. Veía cómo le dolía despedirse de la vida, cómo lloraba por las noches creyendo él dormía. Comprendía que no hay peor castigo que saber la fecha de tu muerte. La veía luchar aferrada a una esperanza desesperanzada. Murió dos meses después. Él cubrió el camino de casa al cementerio de flores. Lloró como un niño al bajarla a tierra, envejeciéndose mil años… En casa, bajo su almohada, encontró un papel, su deseo de Año Nuevo: “Ser feliz con Él hasta el último día de mi vida”. Dicen que los deseos de Nochevieja se cumplen. Debe de ser cierto, porque ese mismo año él escribió: “Ser libre”. Cada uno consiguió lo que, en el fondo, parecía desear…
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