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El invierno había cubierto el patio de Andrés con un manto suave de nieve, pero su fiel perro Graf, un enorme pastor alemán, se comportaba de forma extraña. En vez de acomodarse en la espaciosa caseta que Andrés le construyó con cariño el verano pasado, se empeñaba en dormir fuera, directamente sobre la nieve. Andrés lo observaba desde la ventana y sentía un nudo en el pecho — Graf jamás se había comportado así. Cada mañana, al acercarse, veía cómo Graf lo miraba con tensión. Si Andrés intentaba acercarse a la caseta, el perro se interponía entre él y la entrada, gruñía suavemente y lo miraba suplicante, como diciendo: «Por favor, no entres». Este comportamiento, tan inusual tras tantos años de amistad, dejó pensativo a Andrés — ¿qué ocultaba su mejor amigo? Decidido a descubrir la verdad, Andrés ideó un pequeño plan — tentó a Graf hacia la cocina con un trozo de chuletón bien jugoso. Mientras el perro, encerrado en casa, ladraba desesperado en la ventana, Andrés se acercó a la caseta y se agachó para mirar en su interior. El corazón le dio un vuelco cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra y vio algo que le heló la sangre… …Dentro, recogido en una manta, había un gatito diminuto — sucio, aterido y casi sin aliento. Apenas abría los ojos y su cuerpecito temblaba de frío. Graf lo había encontrado en algún lugar y, en vez de espantarlo o dejarlo allí, lo había rescatado. Dormía fuera para no asustarlo y vigilaba la entrada como si dentro de la caseta guardase un tesoro invaluable. Andrés contuvo la respiración. Alargó las manos, recogió con delicadeza la pequeña criatura y la apretó contra su pecho. En ese momento, Graf corrió hacia él y se acomodó a su lado — sin gruñir, solo atento, dispuesto a ayudar. — Eres un buen perro, Graf… — susurró Andrés, abrazando al gatito. — Mejor que muchas personas. Desde aquel día, ya no vivían solo dos amigos en el patio, sino tres. Y la caseta, construida con tanto amor, recuperó su sentido — convertirse en un hogar para almas rescatadas.
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