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«Han pasado dos años desde que mi hija no escribe: Me ha borrado de su vida y ya casi tengo 70…»
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Infancia en el umbral: una historia que lo cambió todo
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Amó, pero no a mí
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La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —el médico, de avanzada edad y sonrisa profesional, miraba a su joven paciente con amabilidad. —Todavía no lo hemos decidido —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es una decisión importante, Dasha necesita pensarlo bien. —No quiero llamarla de ninguna manera —dijo de pronto la joven madre, sorprendiendo a todos—. Ni siquiera pienso llevármela de aquí. Firmaré la renuncia. —¿Pero qué dices? —saltó la mujer, lanzando una mirada fulminante a la chica y dirigiéndose después al médico—. No sabe lo que está diciendo. Por supuesto nos llevaremos a la niña. —Pasaré más tarde, intentad descansar —al médico no le interesaba nada presenciar aquella bronca familiar. En cuanto el doctor cerró la puerta tras de sí, la madre se abalanzó sobre la joven con reproches. —¿Cómo te atreves a decir semejante cosa? ¿Qué va a pensar la gente de nosotros? Bastante tuvimos ya que mudarnos a esta ciudad para mantener todo en secreto. Esa criatura debe quedarse en nuestra familia. —¿Y de quién es culpa todo esto? —Dasha clavó su mirada en la mujer—. Si me hubieras escuchado entonces, nada de esto habría pasado. Habría terminado mis estudios y podido empezar una carrera. Así que si tanto te importa ese bebé, quédatelo tú. La chica se giró hacia la pared, dando por zanjada la conversación. Natalia intentó razonar con su hija unos minutos más, hasta que una enfermera asomó la cabeza y le pidió que se marchara: la paciente necesitaba descansar. Dasha se quedó sola en la habitación. Lloriqueaba bajito, pidiendo a todos los santos que aquello terminase cuanto antes. Un tímido golpeteo la obligó a secarse las lágrimas. Respiró hondo y dijo: —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal o, en el peor de los casos, a su padre. Pero la mujer que entró era una completa desconocida. —¿Puedo ayudarte en algo? —a nadie le imaginaría lo difícil que le resultaba mantener la calma. —He oído… ha sido por casualidad, de verdad. Los médicos hablaban cerca de mi habitación. —La mujer vacilaba, sin atreverse a preguntar de frente. —Sí, quiero dar a la niña en adopción. Es cierto. ¿Es eso lo que te interesa? —Vi a tu madre… —¡No es mi madre! —saltó Dasha, abandonando de golpe su actitud fría—. Es solo mi madrastra, una que se cree mucho. Mi madre trabaja en el extranjero. —Perdona, no quería ofenderte —la mujer parecía cada vez más incómoda—. Pero tengo tres hijos y no puedo evitar comprender lo duro que es. Además, yo crecí en un orfanato, y me da miedo por tu bebé. ¡Ella no tiene la culpa de nada! —A los bebés los adoptan enseguida, eso me han dicho —respondió Dasha encogiéndose de hombros—. No consigo ni siquiera cogerla en brazos, no soy capaz. Si Natalia no se hubiese metido aquella vez, yo ni siquiera estaría aquí ahora. —Ya tienes edad para decidir por ti misma, ¿no? Tienes más de quince… —¡Eso es una vergüenza! —repitió Dasha, imitando a la madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Pues se lo cuento —dijo la joven con una mueca—. Así dejará de juzgarme… ********************************************** El último año de instituto fue nefasto para Dasha. No solo se llevaron a Pasha, su gran amor, al servicio militar, sino que a su clase llegó un chico nuevo. Hijo de un pez gordo de Madrid, castigado por su padre y enviado a su pueblo sin remedio, empezó a coquetear con todas. No buscaba pareja, solo aumentar su “colección”. Por eso su padre lo había desterrado: para parar el daño a la reputación familiar. Macario regalaba cosas caras, llevaba a las chicas a discotecas y restaurantes. Todas caían a sus pies, soñando ser la novia del “príncipe”. Pero Dasha resistía: estaba enamorada y solo quería a Pasha. Al final, su compañero pareció resignarse y fijarse en otras. O eso creyó ella. ¡Qué equivocada estaba! A finales de diciembre fue el cumpleaños de una amiga. Toda la clase acudió, incluso Macario, pero su objetivo no era felicitar a la cumpleañera. A mitad de la fiesta, Dasha salió al pasillo a responder una llamada. Al regresar, Macario estaba sentado junto a su sitio. No le dio importancia, pero al poco empezó a encontrarse mal… Dasha apenas pudo abrir los ojos por la mañana. Macario estaba a su lado, sonriendo satisfecho. —¿Ves? Y eso que te las dabas de digna —soltó, como si nada—. Considera esto tu recompensa. Hasta me sorprende, ese Pasha tuyo es un pringado. Llegar a casa fue una odisea. Tambaleándose, aturdida, los transeúntes la miraban con asco. Ni buscó las llaves, simplemente llamó al timbre: sabía que la madrastra estaría en casa. —¿Dónde te has metido? —saltó Natalia al verla—. Ni apareciste a dormir, ni respondías al móvil. Y mira el estado en que vuelves… Si tu padre te ve así… —Llama al médico y a la policía —la interrumpió Dasha—. Quiero denunciar. Que lo metan en la cárcel. Natalia se puso tensa. Junando sus aspectos y palabras, sacó conclusiones: —¿Quién? —Macario, ¿quién si no? Nadie más se atrevería. Llama, o llamo yo. —Espera —Natalia reflexionaba, siempre buscando sacar partido—. De todos modos se librará. Es mejor hacerlo de otra manera. Hablaré con su padre, que pague una buena compensación. —¿Estás loca? ¿Qué compensación? ¡Voy a ir yo misma! —No irás a ningún lado —la madrastra la agarró del brazo y la metió en la habitación. No le quedaban fuerzas para resistirse—. Encima serás tú la mala, se reirá todo el pueblo. Ya lo arreglo yo. Dasha había perdido el móvil, o lo dejó en casa de su amiga. No podía salir: la madrastra cerró la puerta con llave. El mundo giraba, la cama la reclamaba… Unos días más tarde visitó a su abuela, que vivía a cien kilómetros, anciana ya. No quería preocuparla, así que fingía normalidad. Al mes, la noticia: aquel horror tuvo consecuencias. Estaba embarazada. Natalia saltaba de alegría: ese bebé les garantizaría el futuro. El abuelo pagaría una fortuna, como siempre, para tapar a su hijo. Lo importante era no decir nada hasta que pasaran cinco meses. A Dasha nadie le preguntó. Apenas insinuó su deseo de abortar, Natalia armó un escándalo y la vigiló día y noche. El abuelo, poco entusiasta, puso el dinero y prometió seguir manteniéndolos generosamente. ************************************************ —¿Lo comprende ahora? Por culpa de ese bebé lo he perdido todo. Pasha me dejó, no creyó mis palabras. Las amigas se apartaron, tuvimos que mudarnos. Ni el instituto acabé. —Perdona, te juzgué sin conocer los hechos —la mujer se sentía fatal—. Pero la pequeña sigue sin tener culpa… —¡Dasha, tenemos que hablar! —entró Natalia llevando al marido casi a rastras—. Los extraños fuera, esto es asunto de familia. La mujer lanzó a Dasha una última mirada de compasión y se fue, cerrando la puerta con firmeza. —No dejaré que destroces mis planes. Si dejas a la niña aquí, olvídate de volver a casa. ¿Dónde vas a ir? Tu abuela murió, su piso lo tiene tu tío. ¿Vas a mendigar? —No, ella se vendrá conmigo —dijo una mujer elegantemente vestida entrando en la habitación. Los ojos de Dasha se iluminaron. —¡Mamá! ¡Has venido! —Por supuesto, hija, ¿cómo iba a dejarte sola? —Albina la abrazó con fuerza—. Si me lo hubieras contado antes, hace mucho que te habría llevado conmigo. Pensé que aquí te sería más fácil terminar los estudios. —Creí que no te importaba —lloriqueó Dasha. Sigue siendo solo una niña, pese a todo. —Alguien insistía en que no querías saber nada de mí. Me devolvían los regalos, no podía contactarte. Pensé que no podías perdonarme. Pero se acabó —la madre le secó las lágrimas y sonrió—. Nos vamos juntas y pronto lo olvidarás todo… ******************************************************** Dasha se marchó. Natalia se quedó con la niña, soñando con una vida fácil. Pero… cuando el abuelo influyente lo supo, vino enseguida y se llevó a la pequeña con él. Macario tuvo que reconocer a la hija, a su pesar. Dasha, por fin, fue feliz: junto a la única persona que nunca la abandonaría ni traicionaría…
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