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Gente distinta A Igor le tocó una mujer peculiar. Bellísima, sí: rubia natural de ojos negros, curvas generosas, pechos llamativos, larguísimas piernas. Y en la cama, un volcán. Al principio fue solo pasión, y ni tiempo hubo para pensar. Luego embarazo. Así que se casaron, como mandan los cánones. Nació un hijo, tan rubio y de ojos negros como la madre. Y todo fue como en cualquier familia: pañales, primeros pasos y palabras. Yana se comportaba como cualquier joven madre: cariñosa con el niño, atenta, normal. Todo cambió cuando el hijo llegó a la adolescencia. Yana empezó a interesarse por la fotografía. Siempre con la cámara encima, metida en cursos y talleres. —¿Qué te falta? —preguntaba Igor—. Eres abogada, pues trabaja de abogada. —Abogado —le corregía Yana. —Bueno, abogado. Dedica más tiempo a la familia y deja de ir dando vueltas por ahí. Ni él mismo entendía lo que le irritaba. Ella cumplía con la casa: la comida hecha, todo limpio, pendiente de los estudios del hijo. Llega el marido de trabajar, se tumba en el sofá delante de la tele, como debe ser. Pero lo que le sacaba de quicio era la sensación de que su mujer desaparecía a algún lugar donde él no tenía cabida. Estaba y a la vez no. Nunca veía la tele con él, ni comentaba lo interesante. Le daba de cenar y volvía a irse. —¿Eres mujer de tu marido o no? —se enfadaba Igor, viéndola otra vez ante el ordenador. Yana callaba. Se encerraba en sí misma. Además, le encantaba viajar a países exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara. Igor no lo entendía. —Vámonos con los amigos a la parcelita. Han puesto sauna, el orujo es de primera. Ya va siendo hora de tener nuestra propio chalet. Yana siempre se negaba, pero intentaba que él fuera con ella de viaje. Probó una vez. Nada bueno: todo era ajeno, no entendía el idioma, la comida incomible, demasiado picante. Y a las maravillas del mundo él era indiferente. Así que Yana empezó a viajar sola. Hasta dejó el trabajo. —¿Y la pensión, qué? —se indignaba Igor—. ¿Qué te crees, gran fotógrafa? ¿Sabes el dineral que hay que poner para hacerse un hueco? Yana no respondía. Solo un día le contó tímida: —Tendré mi primera exposición. Mía, personal. —Todo el mundo hace exposiciones —bufó Igor—. ¡Gran cosa! Pero fue a la inauguración. No entendió nada. Caras ajadas, ni siquiera guapas. Manos arrugadas, gaviotas sobre el agua. Todo tan extraño como Yana. Se rió de ella. Y luego Yana le regaló un coche. Así, somos familia, úsalo. Ni siquiera tenía carné; todo lo había ganado ella con sus fotos, haciendo encargos. Entonces él sintió miedo. Algo desasosegante: ¿qué clase de extraño animal era esa mujer? ¿De dónde venía el dinero? ¿Se lo daban otros hombres? Imposible ganar para un coche con esas tonterías. ¿Le era infiel? Aunque no, seguro que lo sería. Hasta intentó “enseñarle”: le dio una bofetada. Ella cogió un cuchillo de cocina, cortó al azar —dos puntos de sutura en el vientre. Menos mal que no tuvo puntería la histérica. Luego ella le pidió perdón, y él nunca más levantó la mano. Le encantaban los gatos. Siempre recogía, curaba y buscaba hogar a gatos abandonados. En casa siempre vivían dos. Cariñosos, sí, pero no son personas. ¿Cómo podía querer más a los gatos que a su propio marido? Un día se le murió un gato entre los brazos, no pudo salvarle en la clínica. Qué disgusto cogió Yana. Lloraba, bebía coñac, se culpaba. Días así. Al final Igor, harto, soltó: —Solo te falta hacer duelo por las cucarachas. Se topó con una mirada dura. Calló, escupió y se fue. Que hiciese lo que quisiera. Los amigos y las amigas de Yana le apoyaban a Igor: decían que Yana se había subido mucho y perdido el norte. Así fue como buscó consuelo en la vecina, que además era amiga de infancia de Yana. Irka era más sencilla, fácil de entender. Trabajaba de dependienta, no le interesaba el arte, siempre dispuesta para sexo y conversación. Eso sí, bebía mucho, pero bueno, no iba a casarse con ella… Esperaba que Yana se diera cuenta, montara un escándalo, una escena de celos, platos rotos. Así podría decirle: “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes?” Después se perdonarían y la familia se recompondría. Irka podría dejarla. Pero Yana callaba. Solo le miraba mal. Hasta en la cama todo fue a peor. Ella se contraía si él intentaba acariciarla. Se fue a otra habitación. El hijo creció, terminó la universidad. Igualito que la madre: ojos negros, rubio, y raro. —¿Cuándo me darás nietos? —preguntaba Igor. Denis solo reía: primero quiero hacer algo con mi vida, y encontrar el amor verdadero. Entonces habrá nietos, papá. Distante, ajeno, sangre de su madre. Entre Yana y él siempre hubo una compenetración absoluta, se entendían sin palabras. Igor se sentía un intruso, le daban miedo esos ojos negros y esa mirada impenetrable. Iba a buscar consuelo con Irka. Y Yana se enteró. Algún vecino se lo contó. Igor ni siquiera se escondía. Un día llegó a casa y la encontró fumando en la mesa. Silencio, voz queda: —¡Lárgate! ¡Fuera de casa! Ojos negros, duros, con ojeras. Se fue con Irka. Esperaba que la mujer le llamara de vuelta. Una semana después, mensaje de WhatsApp: tenemos que hablar. Se ilusionó, duchado y perfumado. Y Yana en la puerta: —Mañana vamos a solicitar el divorcio. Después todo fue como un sueño. Papeles, firmas, renunció a su parte del piso (era de la familia de Yana)… —¿Y ahora qué harás? ¿Vivir de divorciada? —le preguntó amargado al salir del registro. Quiso añadir: “¿Quién te va a querer?”, pero se contuvo. Yana sonrió. Por primera vez en años le sonrió a él, francamente, de verdad: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante allí. —Por lo menos no vendas el piso —pidió él, sin saber por qué—. ¿A dónde volverás? —No volveré —respondió serena su ya ex mujer—. Verás, hace tiempo que amo a otra persona. También es fotógrafo, de Madrid, me entusiasma estar con él. Pero pensaba: estoy casada, sería feo engañar, y tampoco hay motivo para divorciarnos. Solo que somos personas distintas. ¿Por eso se divorcian las parejas? ¿O se quedan? —No se divorcian —confirmó Igor. —Pues mira: ya estamos divorciados —rió Yana—. Me dio rabia lo de Irka, pero luego pensé: todo está bien. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella y que os vaya bien. Y se fue. —No me casaré —le dijo Igor, de espaldas ya. Pero Yana ya no le oyó. Desde entonces no supo más de ella. Solo, una vez al año, un corto mensaje de WhatsApp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo.”
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