Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
En el balneario fui a bailar y conocí a mi primer novio del colegio
0
33
“Si un hombre gana menos, ¿sigue siendo un hombre?”
0
476
El miedo de un hombre al descubrir la diferencia de edad en el amor.
0
10
Cuando solo queda la sobrina para la madre
0
372
¡Huye de él! —¡Eh, Lidia! —dijo Natalia tomando asiento junto a su amiga—. Cuánto tiempo sin vernos, ¿cómo te va? —Hola, Nati —respondió la chica con desgana—. Todo bien. —¿Y por qué no me miras a los ojos? —Natalia le clavó la mirada—. ¿Otra vez te ha liado algo Rubén? ¿Qué ha sido esta vez? —Ay, no exageres —Lidia rodó los ojos, arrepintiéndose de haber entrado en esa cafetería—. Todo va genial. Y con Rubén tenemos una relación perfecta, de verdad. Es un buen chico. Mejor cambiemos de tema. Sin querer escuchar nada más, Lidia abandonó la mesa dejando un trozo de tarta sin terminar. No quería oír nada, pensando ingenuamente que solo le tenían envidia. Rubén era… Bueno, espectacular. Guapo, con dinero, detallista. Eso sí, a veces tenía unas manías muy extrañas. Por ejemplo, le prohibió a Lidia teñirse de rubia. Fue su primera gran bronca. ¡A punto estuvieron de romper! Y por una tontería. Lidia fue a la peluquería a arreglarse el pelo. Un estilista conocido le decía siempre que había nacido para ser rubia. No pudo resistirse. Volvió a casa con unos rizos platino. Rubén se puso blanco de ira. Le tiró el libro que hasta entonces leía plácidamente en el sofá. Le soltó mil barbaridades y le exigió que se tiñera de nuevo. Inmediatamente. Porque en su casa no tenía sitio ninguna rubia. Entre lágrimas, Lidia salió corriendo al primer salón que encontró. Las peluqueras intentaron disuadirla porque el color le quedaba fenomenal, pero al verla sollozar, lo hicieron todo rápido. Rubén solo asintió satisfecho y no volvió a hablar del asunto. Al día siguiente, eso sí, le regaló una pulsera carísima, en compensación. Y tampoco podía vestir de blanco. Rojo, azul, verde… Cualquiera, menos blanco. Una vez Lidia bromeó preguntándole de qué color sería su vestido de novia. La mirada que recibió la dejó helada y le quitó las ganas de preguntar más cosas. —Lidia, sal de ahí mientras puedas —le insistía entonces Natalia—. Sal sin mirar atrás. Hoy no puedes vestir de blanco, ¿mañana qué? ¿No poder salir a la calle? Por muy “bueno” que sea, tienes que buscarte a otro, uno normal. —Cada uno tiene sus rarezas —encogía los hombros Lidia—. Lo nuestro va en serio. Incluso hemos decidido tener un hijo. Rubén quiere mucho tener niña. Hasta le ha puesto nombre: Ángela. Anda ya, déjalo estar. **************************************** Qué pena que Lidia no escuchara a su amiga. Porque no se equivocaba al hablar de las rarezas de Rubén. Muy pronto, Lidia lo comprobaría con sus propios ojos. Había una habitación en la casa a la que Lidia no tenía acceso. Siempre cerrada con llave. Un día le preguntó: —¿No serás pariente del mismísimo Barba Azul? —No te preocupes —rió Rubén de forma extraña—, no guardo cadáveres de ex en ese cuarto. Y ahí quedó la conversación. Hasta que, por casualidad, Lidia pudo echar un vistazo. Volvió a casa antes de lo habitual: el profesor había cancelado la última clase. Sabía que Rubén estaba en casa, pero no lo encontraba. Al pasar frente a la puerta prohibida, escuchó una voz. Empujó la hoja, apenas entreabierta, y vio algo que la dejó helada. Un retrato de una chica enorme, ocupando toda la pared. Y Rubén, de rodillas ante él. La chica del cuadro sonreía con dulzura y tendía las manos a alguien invisible. Además, era idéntica a Lidia, salvo por el color del pelo: aquella muchacha era rubia. —Aguanta un poco más, Ángela. Pronto estaremos juntos —murmuraba él. Lidia sintió un escalofrío y estaba dispuesta a irrumpir en la habitación y decirle todo a la cara, pero lo que oyó entonces la paralizó. —Ella me dará una hija, seguro que sí. Y así tu alma podrá vivir en ese cuerpecito. Entonces estarás conmigo para siempre. Te cuidaré. Y cuando crezcas, volveremos a amarnos. “¡Qué perturbado!” fue lo único que pasó por la cabeza de Lidia antes de salir corriendo, presa del pánico. ¡Cuánta razón tenían sus amigas! ¿Pero ahora qué? ¿Cómo se escapa una de un psicópata? Y lo peor: de verdad esperaba un niño, aunque aún era pronto para saberlo. Su familia estaba lejos, solo tenía a Natalia de amiga cercana. Y allá fue. —Ni me lo imaginaba, Nati, juro que si no lo veo con mis propios ojos, no lo creo —susurraba temblorosa. —Tranquila —le sirvió un vaso de agua, que Lidia tomó de un trago—. ¿Y ahora qué harás? ¿Piensas volver con él? —¡Jamás! —negó rotundamente—. ¡Está demente! Tengo miedo por mí y por el bebé —esbozó una sonrisa amarga—. Ahora entiendo lo del tinte y la ropa blanca: así me parecía demasiado a ella. —Menos mal que ahora lo sabes y no después de casaros —dijo Natalia con sensatez—. ¿No le has contado nada del embarazo? —Pensaba darle la sorpresa… —Mejor así. Le dices que hay otro y te vas. —suspiró—. Lo mejor será que vuelvas a casa, te matriculas en la universidad de allí y ya está. Pero lo más lejos posible de él. —Eso haré… ***************************************** Los siguientes seis meses fueron los más duros de su vida. Más por lo emocional que lo físico. Mudanza, explicaciones a los padres… Tuvo que dejar los estudios por el embarazo. No quiso abortar, el bebé no tenía culpa de nada. Más bien, la bebé: Lidia tuvo una niña, justo como quería Rubén. Él, contra lo que temían las chicas, la dejó marchar con facilidad. Solo le advirtió que no hablara demasiado. Ni preguntó a dónde iba, como si de verdad no le importase. A veces, Lidia dudaba si había hecho bien dejando a Rubén y ocultándole la existencia de la niña. Como esa noche, tras acostar a la pequeña Geli, se quedó pensando junto a la ventana. Llamaron al timbre: era el repartidor de comida que había pedido. Comer no se le daba bien, así que prefería pedir. Cenó rápido y se sumergió en los libros, decidida a retomar la carrera. Las letras se difuminaban, la cabeza le daba vueltas. Intentó coger el móvil para llamar al 112, pero no podía moverse. Antes de desmayarse, vio a Rubén, sosteniendo a la recién nacida con ternura. *********************************************** Despertó en el hospital. Su madre había acudido a visitarla justo a tiempo. La policía buscó a la niña por todas partes, sin éxito. Rubén, con la pequeña, había desaparecido del mapa. Solo años después, la desconsolada madre recibiría una postal. Una foto de Rubén abrazando a una preciosa niña rubia.
0
15
Cómo Vicente encontró a una mujer que no le costaba dinero. Pero no le gustó.
0
53