Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Dos semanas un gato se presentaba en la ventana: los empleados no podían creerlo al descubrir la razón
0
191
No intentes educar a tus padres mayores: una historia que todos deben leer
0
60
Cuando solo queda la sobrina para la madre
0
376
MIRANDO AL VACÍO Dani y Ana se casaron cuando ambos tenían 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro. Era un amor desenfrenado. Por eso, sus padres decidieron de inmediato legalizar la relación de sus hijos, para que no ocurriese nada indebido… La boda fue grandiosa e inolvidable, con todos los ingredientes típicos: muñeca sobre el capó, un mar de flores, fuegos artificiales, salón de banquetes, gritos de “¡Que se besen!”… Los padres de Ana no pudieron aportar dinero a la fiesta, pues apenas les alcanzaba para la comida y… el vino. Todos los gastos los asumió la madre del novio, Alexandra Fernández. Sabiendo que su nombre completo resultaba complicado, ella prefería que la llamasen Sandra Fernán. Sandra Fernán, por supuesto, intentó disuadir a su hijo Dani de salir con una chica cuyos padres tenían problemas con la bebida. Pero, ¿se puede impedir eso? Dani aseguraba a su madre que eso no afectaría a Anita de ninguna manera. Que su amor celestial superaría cualquier maldición genética. Sandra Fernán intentó advertirle: -Hijo, de un membrillero no nacen naranjas. No vaya a ser que vuestro amor dure menos que un caramelo en la puerta de un colegio… Ana y Dani veían la felicidad ante sí, creyendo que solo el amor y la alegría les esperaban. Todo el mundo estaba a sus pies. Pero la vida les contó su “fábula”. Sandra Fernán y su marido les regalaron un piso por la boda. “¡Vivid y sed felices, hijos!” Al principio la convivencia fue buena. Ana tuvo dos hijas, Tania y Lucía. Dani las adoraba y se sentía el dueño de su familia. Pero antes de los cinco años, Ana comenzó a desaparecer misteriosamente. Cuando volvía, Dani notaba claramente el olor a alcohol en su mujer. Cuando él le pidió explicaciones, primero ella guardó silencio, luego le soltó que nunca le había amado, que solo fue un enamoramiento juvenil. Ahora, según Ana, había encontrado al hombre de su vida y se iba con él, aun sabiendo que él estaba casado y tenía tres hijas. Dani quedó conmocionado y devastado por la traición. Ana huyó con su amante a un pueblo perdido, alegando que con amor, hasta en una cabaña se es feliz. Abandonó a sus hijas. Sandra Fernán, siempre dispuesta y difícil de atrapar, se hizo cargo de las niñas. Dani, destrozado y solo, terminó metido en una secta religiosa a instancias de un amigo. Ahí le casaron con una viuda madre de dos hijos. Pronto se casó también por el rito de la secta. A Dani no le quedaba tiempo para sus hijas. Su nueva mujer, Clara, siempre tenía problemas y cuando él mencionaba a sus hijas, le decía: -Daniel, tienen madre, que se ocupe ella. Tú lleva a Óscar al cole y dale la merienda a Víctor… Dani obedecía resignado. Aún amaba a Ana, pero sabía que no había camino de vuelta. …Pasaron siete años y un día, Ana se presentó en casa de Sandra Fernán con una niña de cuatro años de la mano. Sandra la observó de arriba abajo: -Te han dado mala vida, Ana. Imposible reconocerte. ¿Es tu hija? —dijo irónicamente Sandra. -Sí, mi hija María. ¿Podemos alojarnos aquí? decía Ana, inquieta. -No esperaba visitas así. ¿Te echaron? -No, me fui. No aguanto más. Mi pareja me pega y no deja de beber —se quejó Ana. -A nadie le pusieron una pistola para casarse. ¿Por qué no vas con tus padres? —insinuaba Sandra. -Echaba de menos a mis hijas. ¿No me dejarás verlas, verdad? —dijo Ana, intentando conquistar a Sandra. -Vaya, ¡por fin te acuerdas de tus niñas! ¡Eres una auténtica “cucú”, Ana! —resopló Sandra. En ese momento llegaron Tania y Lucía, ya adolescentes. Miraron a la invitada con recelo, conscientes de que era su madre, pero sin sentir apego. Solo amargura. Por supuesto, Sandra Fernán acogió a Ana y la niña. Pero al mes, Ana desapareció de nuevo. Resultó que regresó al pueblo con su “dulce verdugo”, dejando a María con su abuela. Ahora Sandra y su marido, acogieron a las tres nietas. La casa rebosaba cariño y respeto. El tiempo voló. Sandra y su marido fallecieron. Tania se casó, pero no tuvo hijos. Lucía llegó a la vejez en soledad. María, a los diecisiete, fue madre de un niño sin padre conocido y se marchó con su madre al pueblo. La juventud se esfumó sin despedirse, la vejez llegó sin saludar. Ana vivía ahora sola, ya que el hombre con el que vivió fue llevado a Madrid por sus hijas, sus cuidadoras y acusaban a Ana de su enfermedad. Los vecinos calificaban a Ana de borracha sinvergüenza; en el pueblo todos los muros tienen oídos y la fama vuela. Dani, mientras tanto, se fue de casa de Clara y huyó de la secta. Vivía solo, en el piso de su madre, intercambiando sopas instantáneas por gazpacho, durmiendo en una cama fría, acompañado de tres gatos para no perder la cabeza. Y pensar que la felicidad llamó a la puerta de Ana y Dani…
0
155
Vida entre lo inexplorado
0
1.5k.
Refugio Rural en Lugar de Familia
0
94