Se presentó en casa de su suegra con su amiga y vació su nevera sin preguntar

– ¿Estás en casa? He hecho unas chuletas deliciosas. Mira, con la corteza dorada, tan apetecibles, hoy han salido muy bien.
– Te he dicho muchas veces que no comemos chuletas de pescado. ¿Por qué tuviste que traerlas?
– Acabo de cocinar una montaña entera de ellas, no podía comer tantas yo mismo, así que decidí traerlas aquí y darte el gusto.

Estas situaciones ocurrían muy a menudo. Ella traía albóndigas de pescado, o pescado al horno, o incluso pescado crudo. Le dijimos cien veces ya, que no comemos ese tipo de pescado, pero era como si no nos oyera. Y así sucede por la razón de que su marido (mi suegro) no puede vivir sin pescar. El pesca un cubo lleno de karas, y luego mi suegra no sabe que hacer con estas cosas.

Mi cónyuge dice que ni siquiera puede ver las karas, y no sólo comerlas. A lo largo de los años de vivir con su padre, tuvo suficiente de estos peces, y ahora en el espíritu de la misma no puede soportar. Ahora su suegra trae este pescado a nuestra casa, y a cambio se lleva la comida que solíamos comprar. Ella viene y abre la nevera y dice:

– Oh, ¿es queso lo que tienes? Voy a cortar un trozo para mí. ¿Y eso es salchicha? También tomaré un poco, he compartido el pescado contigo.

Entonces la situación se volvió aún más absurda. La suegra empezó a venir con su amiga con el pretexto de que estaban paseando cerca de nuestra casa y se quedó helada.

Cuando mi suegra venía a mi casa, iba y ponía la tetera en el fuego, abría la nevera y ponía lo que quería en la mesa. Además, también discutían sobre mí. Se indignaban porque los jóvenes de hoy en día no cocinan nada, sino que compran comidas preparadas o recurren a servicios de reparto.

Durante un mes soporté pacientemente estas visitas, pero luego mi paciencia se agotó. Como no quería pelear, se me ocurrió una forma inteligente de mantener a mi suegra alejada de mi nevera.

Al día siguiente también me presenté en su casa con una amiga. Saqué los panecillos de la bolsa y le dije que era un regalo, aunque sé que mi suegra odia la comida japonesa.

Mi suegra puso cara de desconcierto. Entonces saqué una olla de sopa de la nevera, la puse al fuego y empecé a calentarla. En la nevera había albóndigas y arenques bajo un abrigo de piel. Dije que me llevaría la mitad de la ensalada a casa, porque nos gusta mucho y no tenemos tiempo para cocinarla.

Mi suegra no dijo nada, pero me miró con evidente insatisfacción. Era evidente que lo único que la retiene es la presencia de mi amiga. Mi amiga y yo comimos, le dimos las gracias a mi suegra por el delicioso manjar y nos fuimos a casa. Han pasado casi dos meses desde entonces. Mi suegra ya no viene, no trae pescado y ni siquiera mira en la nevera. Me alegro de haber podido solucionarlo todo sin escándalos ni regañinas.

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