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0145
Mi paciencia se ha agotado: Por qué la hija de mi esposa nunca volverá a pisar nuestro hogar
Mi paciencia se ha agotado: por qué la hijastra de mi esposa nunca más podrá cruzar el umbral de nuestro
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032
Con él, las cosas son diferentes conmigo, no como con ella
¿Quién es esa? El móvil de David estaba sobre la mesada de la cocina, la pantalla volteada hacia arriba
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020
Tocar con la mirada y sentir la felicidad
Te cuento lo que lleva pasando mi amiga Braulia desde que tiene 19 años. Vive en el pueblecito de San
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095
Escucha tu voz interior
Crisanta, teníamos un acuerdo. El abuelo nos espera. Isabel estaba en el umbral del cuarto de su hija
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0247
—¡Papi, no te vayas! ¡Querido, no nos abandones! Papá, no me compres nada más, ni a Lech tampoco. ¡Solo vive con nosotros! No queremos coches ni caramelos. ¡No necesitamos regalos! ¡Solo que estés cerca! —gritaba el pequeño Héctor, de seis años, abrazando la pierna de su padre.
¡Papá, no te vayas! ¡Querido, no nos abandones! Papá, no me compres nada más, ni a Leandro tampoco.
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0110
Me he convertido en madre de alquiler dos veces: Ahora mis hijos y yo tenemos todo lo que necesitamos para vivir bien
Nací en un barrio humilde de Sevilla, y a los dieciocho años ya había dado a luz a mi primera hija, Alma.
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098
“¡No me mires así! No necesito a este bebé. ¡Tómalo!” – exclamó la desconocida al lanzarme la mochila portabebés. No entendía qué estaba sucediendo.
¡No me mires así! ¡No quiero ese bebé! ¡Déjalo! la desconocida mujer me arrojó el portabebés sin más.
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0426
¿Un piso para dos? ¡Sin mí!
¿Un piso para dos? ¡Ni de coña! Voy a ceder el piso a María y me mudaré contigo. De todas formas vives
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0238
Me casé con un chico pobre. Toda mi familia se rió de mí.
Me casé con un hombre sin un duro. Toda mi familia, desde la vieja casona de la sierra de Guadarrama
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034
Las reglas del verano Cuando el tren de cercanías se detuvo junto al andén diminuto, María del Carmen ya aguardaba al filo, abrazando contra el pecho su bolsa de tela. Dentro, bailoteaban unas manzanas, un tarro de mermelada de guindas y un táper lleno de empanadillas. Todo aquello, bien mirado, era innecesario: los nietos venían de la ciudad, bien comidos, cargados con mochilas y bolsas, pero las manos, tozudas, no sabían recibirlos sin preparar algo. El convoy dio un bandazo, se abrieron las puertas, y del vagón saltaron de golpe tres figuras: Diego, alto y larguirucho, su hermana pequeña Laura, y una mochila que parecía tener vida propia. —¡Yaya! —gritó Laura la primera al verla, agitando la mano y tintineando las pulseras. María del Carmen sintió cómo algo cálido le subía a la garganta. Con cuidadito dejó la bolsa en el suelo y abrió los brazos. —¡Ay, pero cómo… —quiso decir “habéis crecido”, pero se mordió la lengua. Ellos ya lo sabían. Diego llegó más despacio, la abrazó con un brazo y con el otro retenía la mochila. —Hola, abuela. Ya le sacaba casi una cabeza. Tenía barba rala, muñecas delgadas y unos auriculares colgando de la camiseta. María del Carmen se sorprendió buscando al chiquillo que años atrás correteaba por la casa del pueblo en botas de agua, pero los ojos sólo encontraban detalles de adulto. —Vuestro abuelo os espera abajo —dijo—. Venga, que se me enfrían las croquetas. —Déjame hacer una foto antes —Laura ya había sacado el móvil, retratando el andén, el vagón y a María del Carmen—. Para las stories. La palabra “stories” le sobrevoló como un gorrión. En invierno había preguntado a su hija qué era eso, pero la explicación se le escapó. Lo importante era que la nieta sonreía. Bajaron los escalones de cemento. Abajo, junto al viejo Nissan Terrano, esperaba don Gregorio. Se acercó, dio una palmada en el hombro de Diego, abrazó a Laura y asintió a su mujer. Era más comedido, pero ella sabía que la alegría era igual. —A ver, ¿vacaciones? —preguntó. —Vacaciones —dijo Diego, tirando la mochila al maletero. Por el camino los chavales fueron quedando silenciosos. Por la ventanilla pasaban casitas bajas, huertos, algún corral con cabras. Laura trasteaba con el móvil, Diego se reía mirando la pantalla, y María del Carmen se descubría observando sus manos: pulgares deslizándose sin descanso por el rectángulo negro. No pasa nada —se dijo—. Aquí “en casa” mandamos nosotros. Lo demás, ya… a la moda. La casa los recibió con olor a croquetas y perejil. En la galería, la mesa de madera, protegida por un hule de limones; en la cocina, la sartén chisporroteaba y el horno acababa un pastel de repollo. —¡Vaya festín! —dijo Diego asomando la cabeza. —Festín no, comida de diario —respondió ella sin pensar y corrigió enseguida—. Venga, pasad y lavaos las manos. Ahí tenéis la pila. Laura ya había sacado el móvil de nuevo. María del Carmen, mientras ponía la ensalada y el pan, veía por el rabillo del ojo a su nieta fotografiar platos, la ventana, el gato Chispa asomando. —Aquí en la mesa no se usan los móviles —dijo como quien no quiere la cosa cuando se sentaron. Diego levantó la cabeza. —¿Cómo? —Tal cual —intervino don Gregorio—. Se come, luego ya, lo que queráis. Laura vaciló y dejó el móvil, boca abajo, junto al plato. —Sólo era para… —Ya retrataste todo —sonrió María del Carmen—. Ahora a comer y luego haces… lo tuyo de subirlo. La palabra “subirlo” le sonó rara, pero supuso que bastaba. Diego, dudando, también apartó el móvil, como si le obligaran a quitarse el casco en una nave espacial. —Aquí —prosiguió ella, sirviendo el gazpacho—, hay horario: comida a la una, cena a las ocho. Por la mañana, todos en pie antes de las nueve. Luego, a su aire. —¿Antes de las nueve…? —protestó Diego—. ¿Y si me quedo viendo pelis por la noche? —Por la noche se duerme —dijo don Gregorio, sin alzar la vista. María del Carmen notó que la tensión flotaba como un hilo invisible. Apresurada, añadió: —No es un cuartel, hombre. Si os dormís hasta el mediodía, os perdéis el día. Y aquí hay río, monte, bicis… —¡Yo quiero ir al río! —saltó Laura—. Y en bici. Y sesión de fotos en el jardín. La palabra “sesión” ya le sonaba familiar. —Eso es. Pero antes, hay que echar una mano: desyerbar las patatas, regar las fresas. No habéis venido de marqueses. —Yaya, es que son vacaciones… —empezó Diego, pero don Gregorio lo miró serio. —Vacaciones, no balneario. Diego resopló y calló. Laura, bajo la mesa, rozó el pie de su hermano con la zapatilla y él sonrió apenas. Después de comer, los nietos subieron a organizar las cosas. Media hora después, María del Carmen asomó a la habitación: Laura ya había colgado camisetas en la silla, colocado neceser y cargador, en el alféizar, cremitas y perfumes alineados. Diego, en la cama, con el teléfono pegado al pulgar. —Os he cambiado sábanas, —dijo—. Si necesitáis algo, avisad. —Todo ok, yaya —sin mirar, contestó Diego. Le molestó ese “ok”. Pero sólo asintió. —Esta noche haremos una barbacoa —dijo—. Y después del descanso, al huerto un rato. —Vale —respondió Diego. Ella cerró y se detuvo en el pasillo. Desde dentro llegaba la risa de Laura, hablando por videollamada. María del Carmen se sintió vieja. No de espalda, sino porque la vida de los chicos iba por una capa invisible donde no llegaba. No pasa nada —se animó—. Ya nos apañaremos. Lo importante, no apretar. Esa tarde, ya atardeciendo, trabajaron juntos en el huerto. La tierra estaba tibia y la hierba crujía. Don Gregorio señalaba las plantitas. —Esto se arranca; esto, déjalo. —¿Y si me confundo? —preguntó Laura agachada. —No pasa nada —terció María del Carmen—. No somos una cooperativa. Diego, apoyado en la azada, miraba el brillo azul del monitor olvidado en su cuarto. —¿No te dejas el móvil? —bromeó don Gregorio. —Lo he dejado dentro —gruñó Diego. Ese detalle alegró a María del Carmen más de la cuenta. Los primeros días pasaron con equilibrio. Ella llamaba junto a la puerta a las ocho y media, ellos gruñían y arrastraban los pies, pero para las nueve y media estaban todos desayunando. Ayudaban a medias con la casa; luego, Laura con el móvil y el gato, Diego leyendo, en bici o con cascos. Las normas se sostenían en pequeños hábitos. Nada de móvil en las comidas, ni ruidos de madrugada. Sólo una vez, la tercera noche, la despertó una risa lejana. Miró el reloj: doce y media. ¿Aguanto o voy? —se preguntó. La risa volvió, se oyó el sonido de una nota de voz. Se levantó, se puso la bata y tocó la puerta. —Diego, ¿no duermes? Silencio inmediato. A los segundos, Diego abrió el pestillo, deslumbrado. —¿Qué haces despierto? —Viendo una peli con amigos. A la vez, chateando. Se imaginó otros chavales, en otras ciudades, igualmente a oscuras y conectados. —Mira, —le propuso—: ver pelis me da igual, pero si trasnochas, luego no vales para faena. Hasta las doce, pase. Después, a dormir. Él torció el gesto. —Pero ellos están… —Ahí —cortó— es la ciudad. Aquí, estamos nosotros. No te digo a las nueve, pero hay límites. Al final, resignado, asintió. —Hasta las doce. —Y cierra la puerta, que la luz me molesta. Y el volumen bajo. De vuelta a la cama se preguntó si no era demasiado blanda. Quizá debería ser más firme, como con su hija. Pero eran otros tiempos. Los conflictos surgieron de lo más pequeño. Un día de calor, ella pidió a Diego que ayudase a su abuelo a mover unas tablas. —Ahora voy —contestó, absorto en el móvil. Diez minutos después, ni se había movido. —Diego, tu abuelo ya las arrastra solo —advirtió, endureciendo el tono. —Acabo y voy —repuso él, molesto. —¿Qué tienes ahí que no puede esperar? El mundo no se acaba sin tu mensaje. Diego levantó la cabeza, mosqueado. —Es importante —dijo cortante—. Estamos en un torneo, es por equipos. Si me voy, pierden todos. Ella, a punto de soltar que hay cosas más importantes que esas chorradas, vio su expresión tensa y ablandó la voz. —¿Cuánto te falta? —Veinte minutos. —Pues veinte minutos, luego a ayudar. ¿Sí? Diego asintió. Veinte minutos después ya se estaba calzando. —Voy, voy —dijo, antes de que ella le recordara nada. Pequeños pactos que mantenían la paz. Hasta que, a mitad de julio, saltó la chispa. Aquella mañana iban a ir al mercado a comprar: Gregorio necesitaba ayuda, cargar bolsas, cuidar el coche. —Diego, mañana vas con tu abuelo —anunció María del Carmen en la cena—. Laura y yo nos quedamos con las mermeladas. —Es que mañana he quedado con unos amigos, —saltó de inmediato—. Hay un festival de música y comida en la ciudad. ¡Os lo dije! Ella no recordaba que lo hubiera dicho. O quizás sí, entre tantos otros temas. —¿A la capital? —frunció el ceño Gregorio. —No, a la nuestra. Es cerca del tren. El “cerca” no le gustó. —¿Sabes el camino? —Van todos, y ya tengo dieciséis. Ese “dieciséis” sonó definitivo. —Quedamos con tu padre que aquí no andabas solo —dijo el abuelo. —No estoy solo, voy en grupo. —¡Eso lo empeora! La tensión creció. Laura apartó el plato y María del Carmen, conciliadora, propuso: —Podéis ir esta tarde y que venga mañana. —Sólo es mañana el mercado —cortó Gregorio—. Y me hace falta ayuda. —Puedo ir —soltó Laura. —Tú te quedas a ayudar —respondió él, por inercia. —Me arreglo sola, —intervino ella. —Las mermeladas pueden esperar. Que vaya Laura contigo. Gregorio la miró, entre agradecido y testarudo. —¿Y él siempre libre? —señaló a Diego. —Es que… —intentó replicar él. —¿No ves que esto no es la ciudad? Mandamos nosotros. Respondemos por ti. —Siempre hay alguien mandando —saltó Diego—. ¿Puedo decidir una vez yo solo? Cayó un silencio de plomo. María del Carmen sintió dentro una presión; querría decirle que lo entendía, que ella también quiso “ser mayor”, pero en vez de eso se oyó decir, seca: —Mientras estés aquí, sigues nuestras normas. Él se levantó tirando la silla. —Pues nada, no voy. Desapareció dando un portazo. Luego, ruido sordo arriba; mochila contra el suelo o él cayendo sobre la cama. La cena fue tensa. Laura quiso aliviarlo, pero nada sonaba natural. Gregorio guardó silencio, el periódico intacto. María del Carmen lavó platos con las “normas de la casa” resonando como campanas. De noche, la inquietante quietud la desveló. El chico, pensó, por lo menos dormiría. Al levantarse, aún de noche, no vio luz bajo la puerta de Diego. Quizá duerme bien —se dijo. Al bajar a la cocina, ya casi eran las nueve. Laura bostezaba al lado del abuelo. —¿Y Diego? —preguntó. —Durmiendo, supongo —contestó Laura. María del Carmen subió y llamó. —Diego, arriba. Silencio. Abrió ligeramente la puerta. Cama revuelta —lo normal—, pero vacía. En la silla, la sudadera, el cargador sobre la mesa. Sin rastro del móvil. Sintió un agujero en el pecho. —No está —anunció, bajando. —¿Cómo que no está? —preguntó Gregorio ya erguido. —No. No está en su cuarto. Se ha llevado el teléfono. —Igual está fuera —apuntó Laura. Buscaron por el patio, en los trasteros, entre los árboles. La bici, en su sitio. —El primer tren sale a las ocho cuarenta —murmuró Gregorio, mirando la carretera. María del Carmen tenía las manos heladas. —Quizá está con los del barrio… —¿Qué barrio? —dijo Gregorio—. Aquí no conoce a nadie. Laura escribió un mensaje. —No lee, sigue sin doble check. “Doble check” no significaba nada para María del Carmen, pero por la cara de Laura supo que no era bueno. —¿Qué hacemos? —preguntó a su marido. Él dudó. —Voy a la estación —dijo—. Pregunto si alguien lo ha visto. —¿Y si vuelve? —dudó ella. —Salir así, sin avisar, no es normal. Salió a todo correr. —Tú quédate —ordenó—. Por si aparece. Laura, avísanos si contacta. Cuando la furgoneta cruzó el portón, María del Carmen se quedó en la galería, apretando el trapo. Mil imágenes le pasaban por la cabeza: Diego en el andén, Diego en el tren, Diego perdiendo el móvil… Se obligó a serenarse. Tranquila. No es ningún crío, ni tonto. Pasó una hora. Luego otra. Laura revisaba el móvil cada poco. —Nada de nada. A las once volvió Gregorio. —Ni rastro —dijo—. He preguntado hasta en el café de la estación. —Igual sí se fue a la ciudad —aventuró ella—. Al festival. —Sin dinero, —dudó Gregorio. —Con la tarjeta, y en el móvil —avisó Laura—. Los amigos saben tirar. Se miraron. Para ellos, el dinero era algo físico; para los chicos, digital. —¿Avisamos a papá? —preguntó María del Carmen. —Sí, llámale. Mejor enterarse por nosotros. La llamada fue dura. Su hijo la acusó de no vigilar. Ella sintió agotamiento. Al colgar, se cubrió el rostro con las manos. —Abuela, —susurró Laura—. No está perdido. Sólo está enfadado. —Enfadado y se va, —respondió con un hilo de voz—. Como si fuéramos enemigos. El día pasó despacio. Trataron de entretenerse: Laura con la mermelada, Gregorio en el taller, pero todo mecánico. El móvil de Laura, en silencio. Al atardecer, un bruñido en la verja. María del Carmen se tensó, taza en mano. Alguien cruzó el patio. Era Diego. Misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila al hombro. Cara cansada, pero ilesa. —Hola —dijo, bajito. María del Carmen se puso de pie. Un segundo dudó si abrazarlo o reñirle, pero sólo preguntó: —¿Dónde estabas? —En la ciudad —bajó la cabeza—. En el festival. —¿Solo? —Con amigos. Bueno… casi solo. De un pueblo de al lado. Gregorio apareció secándose las manos. —¿Sabes lo que hemos pasado? —empezó, pero se le quebró la voz. —Os he escrito —se apuró Diego—. Se me fue la cobertura. Luego me quedé sin batería. Olvidé el cargador. Laura, al lado, el móvil en la mano. —Te escribí. Sólo salía un tick. —No ha sido aposta —se disculpó él—. Es que… Sabía que si pedía permiso no me dejabais ir. Y ya había quedado. Entonces… —Entonces has preferido no avisar —concluyó Gregorio. Silencio. Esta vez menos tenso, más cansado. —Pasa dentro, —dijo María del Carmen—. Come algo. Obedeció. Le puso un plato de sopa, pan y zumo. Comió rápido, como si llevara un día en ayunas. —Allí cuesta caro —murmuró—. Esos foodtrucks vuestros… Ese “vuestros” sonó raro, pero ella no quiso sacar punta. Al terminar, volvieron a la galería. Ya refrescaba. —Hagamos un trato —dijo Gregorio, sentándose en el banco—. Tú quieres tener libertad, vale. Pero aquí respondemos por ti. Mientras estés aquí, no podemos desentendernos. Diego apretó los labios. —Si quieres salir, avisas con tiempo. No la víspera por la noche: lo hablamos, vemos cómo ir, cómo volver, quién te recoge. Si cuadra, bien; si no, lo siento. Pero sin avisar, no cuela. —¿Y si no me dais permiso? —preguntó Diego. —Entonces te fastidias y vienes al mercado —intervino María del Carmen—. Nosotros también nos enfadamos. Él los miró: en su gesto mezcla de rabia y desconcierto. —No quería preocuparos —dijo bajo—. Sólo… decidir por mí. —Decidir —le dijo ella— también es asumir por quién te espera. Se asombró de oírse tan clara: no era sermón, era un hecho. Él suspiró. —Vale. Entendido. —Y una cosa más —añadió Gregorio—. Si se acaba la batería, busca dónde cargar. Cafetería, estación, lo que sea, y nos escribes o llamas. Aunque protestemos. —Vale —aceptó Diego. Se quedaron allí, en silencio. De fondo, un ladrido. En la huerta, un maullido perezoso. —¿Y el festival, qué tal? —preguntó Laura. —Bueno —respondió—. Música normalita, pero la comida genial. —¿Fotos? —Móvil sin batería. —Pues vaya, —resopló ella—. Ni pruebas ni contenido. Él sonrió por fin. Forzado, pero sonrisa. Tras ese día, algo cambió. Las normas no desaparecieron, pero se hicieron flexibles. María del Carmen y Gregorio, una noche, las escribieron en una hoja: levantar antes de las diez, dos horas de ayuda diaria, avisar salidas y quedadas, nada de teléfonos en la mesa. Peor que en un campamento, bromeó Diego. —Pero es campamento familiar —sonrió ella. Laura propuso sus propias peticiones: —Y vosotros no llaméis cada cinco minutos si estoy en el río. Ni entréis a mi cuarto sin llamar. —Nunca entramos —se sorprendió María del Carmen. —Igual, por escrito —apoyó Diego—. Para que sea justo. Añadieron un par de líneas. Gregorio rezongó, pero firmó. Las tareas se convirtieron en juegos. Un día Laura quiso rescatar el parchís de la galería: —Juguemos esta noche. —Eso jugaba yo de niño —se entusiasmó Diego. Gregorio protestó, pero luego se sentó y resultó que dominaba las reglas. Acabaron todos riendo y picados, con los móviles olvidados en el aparador. Otra tarde, la abuela anunció: —El sábado cocináis vosotros. Yo sólo asisto. —¿En serio? —se asombraron. —En serio, haced lo que se os ocurra. Sólo que se pueda comer. Se implicaron con ganas. Laura encontró en el móvil una receta moderna, Diego picó verdura, discutieron sobre salsas. Olía a cebolla y especias, la pila se llenó de cacharros, pero el ambiente era de fiesta. —Eso sí —bromeó Gregorio—, que no me intoxiquéis. En el huerto, aplicaron un “experimento” nuevo. Cada cual tendría una hilera: Laura con las fresas, Diego con las zanahorias. Podían cuidar o no. Al final, Laura iba cada tarde a fotografiar y subir su “huerta propia”. Diego regó un par de días y lo dejó. Al cosechar, el cesto de Laura rebosaba, el suyo apenas tenía dos zanahorias esmirriadas. —¿Conclusiones? —preguntó la abuela. —Sí —serio, Diego—. No valgo para la zanahoria. Se rieron, por primera vez espontáneamente. En agosto, la casa tenía su ritmo. Desayunaban juntos, cada uno a lo suyo por el día, cena compartida por la noche. Diego a veces se quedaba hasta las doce con el móvil, pero respetaba el horario. Laura salía a veces con una amiga, pero avisaba siempre. Seguían discutiendo: por la música, la sal de la sopa, fregar la vajilla al momento o por la mañana. Pero ya eran broncas cotidianas, propios de compartir techo, no una guerra. La última noche, María del Carmen horneó tarta de manzana. El aire olía dulce, afuera soplaba leve el cierzo. Los bultos preparados aguardaban junto a la puerta. —Vamos a hacernos una foto —sugirió Laura cuando cortaron la tarta. —Otra vez con vuestros… —empezó Gregorio, y calló. —Sólo para nosotros —explicó—. No hace falta subirla a ningún lado. Salieron al patio. El sol se escondía tras los tejados. Laura colocó el móvil en un balde invertido, puso temporizador y se unió a los demás. —La abuela al centro, el abuelo a la derecha, Diego a la izquierda. Así posaron, un poco ridículos, codo con codo. Diego rozó suave el brazo de la abuela. Gregorio, también, se acercó más. Laura los abrazó a la cintura. —¡Sonreíd! —dijo ella. Click. Repetición. Laura fue corriendo al móvil, sonrió satisfecha. —¡Quedó genial! —Déjame ver —pidió la abuela. En la pantalla eran casi cómicos: ella con el delantal, Gregorio con la camisa de diario, Diego medio despeinado, Laura con su camiseta chillona. Pero había algo familiar en la imagen. —¿Me la puedes imprimir? —preguntó. —Claro —respondió Laura—. Te la paso. —¿Y cómo la imprimo si está en tu teléfono? —se desorientó la abuela. —Yo te ayudo —intervino Diego—. Vente a casa en otoño, la imprimimos juntos. Ella asintió. Sintió paz. No porque se entendiesen ya sin palabras, sino porque entre sus normas y la libertad de los chavales habían trazado una senda para transitar de ida y vuelta. Aquella noche, ya en silencio, salió a la galería. El cielo oscuro, con pocas estrellas. Todo en calma. Se sentó en el escalón, abrazando las rodillas. Gregorio la acompañó. Se sentó junto a ella. —Mañana se van —dijo. —Sí, mañana. Enmudecieron unos minutos. —Oye, —añadió él—, al final hemos salido bien parados. —Eso creo —asintió ella—. Incluso hemos aprendido algo. —¿Quién ha aprendido más, ellos o nosotros? —bromeó él. Sonrió. En la ventana del cuarto de Diego ya no había luz, tampoco en la de Laura. En la mesita, seguramente, el móvil de él se recargaba, reuniendo fuerzas para el día siguiente. María del Carmen se levantó, echó el cerrojo y, al pasar junto al frigorífico, miró la hoja de las normas. Las esquinas un poco dobladas, el bolígrafo cerca. Pasó un dedo por las firmas y pensó que tal vez, el verano siguiente, reescribirían esa hoja. Cambiarían cosas, añadirían otras. Pero lo esencial seguiría allí. Apagó la luz de la cocina y subió a dormir, sintiendo que la casa respiraba tranquila, absorbiendo todo lo vivido aquel verano y dejando hueco, a dentro, para lo nuevo.
Normas para el verano Cuando el Cercanías frenó frente al andén pequeño, María del Carmen ya estaba en
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