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07
Sin una pizca de magia El Año Nuevo se acerca a toda velocidad, como un tren sin frenos. Lena se siente atrapada en el andén, sin billete, convencida de que la suerte y la felicidad no son para ella, y que el espíritu navideño este año tampoco va a aparecer. ¿Por qué demonios invitó a nadie a casa? ¿Quién quiere celebrar la Nochevieja con una fracasada? *** El 31 de diciembre arranca con un desastre: la lavadora, tras diez años de servicio fiel, decide jubilarse en el peor momento, inundando el baño como si fuera la Gran Vía en un diluvio. Encontrar un fontanero en el último día del año es toda una aventura made in Spain, pero Lena lo consigue, pensando que los líos han terminado. Pero no… Por la tarde, su gato pelirrojo Basilio, auto-proclamado gourmet, se zampa toda la mortadela para la ensaladilla rusa, dejándole a su dueña solo los guisantes de lata y unos pepinillos. Y para colmo, decide lanzarse a la caza de un gorrión que se posa en la ventana abierta. El ficus gigante cae del alféizar, tumba el árbol de Navidad y estropea para siempre aquella vieja guirnalda que tanto le gustaba a Lena. https://clck.ru/3R634b Los trozos de tiesto y de las bolas, recuerdos de su infancia, se mezclan con la tierra… Casi se le saltan las lágrimas mientras recoge el estropicio. Después, una jarra hecha añicos, el pollo quemado y la gota que colma el vaso: justo cuando los invitados están a punto de llegar, Lena se da cuenta, horrorizada, de que se ha olvidado del roscón. Llama a su hermana entre pánico y resignación. —¡Katy, es una tragedia! ¡No tengo postre! —¡Tranquila! –responde la voz animada de su hermana al móvil—. Ya estoy en la puerta. Baja y lo compramos juntas. —¿Estás abajo? —Que sí, mujer, sal ya. Al bajar, Lena se encuentra un auténtico cuadro costumbrista: al lado del coche de Katy están su amiga del alma, María, con una bolsa enorme, y la tía Galia —con una ensaladera llena de gelatina fría entre las manos. —¿Y esa gelatina, la de tu especialidad, en una ensaladera?—se asombra Lena. —¡Por si acaso!—responde tía Galia con su habitual tono de ‘yo sé más que nadie’—. Que conozco yo vuestras cenas rápidas… ¡y tenemos toda la noche por delante! ¿Habrá ensaladilla? Lena se limita a encogerse de hombros… Mientras las chicas salen a por el roscón, María cuelga serpentinas por el salón, enredando a Basilio, que parece un alienígena con todo ese papel alrededor. El encargado de rescatar al gato es Igor, el marido de Katy. Recién llegado del trabajo, entra con el tiempo justo. Basilio no pone resistencia… hasta que ve a Lena, y sale disparado a saludarla, dejando un arañazo sangrante en el brazo de Igor. Tras curarle, el valiente Igor se ofrece a ayudar en la cocina, aunque acaba filosofando sobre que “la ensaladilla rusa es cuestión de espíritu, no de ingredientes”, reflexiones más que suficientes para Katy y Lena. —Lena, ¿qué es esa caja? —grita desde el salón María—. Pone “¡Feliz Año Nuevo!” y una nota: “Abrir de madrugada. Abuela Valeria”. Lena acude rápido: —¡Uy, que me había olvidado! Katy, ¡es de la abuela! Antes de irse dijo que la abriésemos en Nochevieja, sobre las dos. Que había preparado una sorpresa. https://clck.ru/3R62hu —¿Y no podemos verla ya? —pregunta Katy, curiosa—. ¡Ábrela ya, anda! Lena niega con la cabeza: —¿Tú qué crees? ¡La abuela lo tiene todo calculado! Ya verás, seguro que lleva algún candado con clave. Mejor nos esperamos como pidió. La intriga es total. Hasta tía Galia se acerca, no quitando ojo a la misteriosa caja. *** Después brindan con cava, ven el discurso del presidente, comen ensaladilla “gatuna”, se ríen, discuten… y finalmente: —¿Ya son las dos? —pregunta Lena—. Pues entonces… ¡es el momento! —levanta la caja y anuncia—: ¡Sorpresa de la abuela Valeria! El hombre de la casa, Igor, tiene el honor de abrirla. Da vueltas a la tapa, y dentro, sobre una cama de algodón, ni dinero ni fotos antiguas: decenas de papelitos enrollados, atados con cintas de colores y cada uno con una etiqueta con un nombre. —¿Esto qué es? —dice Igor, intrigado. Lena abre el primero, con su propio nombre y lee en voz alta: —Lenita, mi querida nieta. ¿Otra vez el día se te ha torcido? ¿Se te ha estropeado la lavadora? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? ¡No pasa nada! Acuérdate: cualquier problema es una excusa para pedir una pizza y ponerte tu serie favorita. El roscón lo puedes comprar mañana. Lo importante es estar rodeada de quienes te ayudan a comer esa pizza. Te quiero hasta la luna y vuelta. Tu abuela Valeria. Se hace un breve silencio. Y luego… ¡carcajadas! Lena ríe tan fuerte que se le saltan las lágrimas. —¿Pero cómo… cómo lo sabía? —Eso es magia —susurra tía Galia. —¡A ver la mía! —exclama Katy. Lee en voz alta: —Katita, cariño. Deja de pelearte con Igor por tonterías. Dale un abrazo. Que tienes un buen maridito, aunque le guste filosofar. Y si empieza otra vez, dale un beso. Es lo más efectivo para desmontar la lógica masculina. Os quiero a los dos. Igor se tiñe de rojo y besa a Katy entre los aplausos de todos. María abre su papel, sonriendo: —María, guapa. La próxima vez busca el amor en la biblioteca o en el súper de tu barrio, no en los bares. Allí hay gente normal como tú—aunque no vistan pantalones pitillo de última moda. Y deja de teñirte el pelo de morado. Que te sienta bien tu color natural. —¿Pero cómo…? ¡Si solo llevo dos días con el tinte nuevo! Llega el turno de tía Galia, que desenrolla la nota como si fuera un mensaje codificado. —Galita, querida. Sé que eres la más lista y siempre te enteras de todo. Pero hay un secreto que quizá no sabes. Recuerda: los consejos inteligentes y la bondad son maravillosos, pero a veces es mejor callar y comerte un trocito de roscón. Abracitos, mi niña. Tía Galia enmudece y, colorada, se sirve un buen trozo de postre, consiguiendo el milagro de pasar la noche sin dar ni un solo consejo. https://clck.ru/3R636x Las risas y charlas se alargan hasta el alba. Al final, las chicas llaman por videollamada a la abuela Valeria, que desde otra ciudad les sonríe en bata y les dice: “¡Ay, mis niñas! ¡Qué alegría que os haya gustado la sorpresa! ¡Y nada de magia! Todo porque os conozco mejor que nadie. ¡Y porque os quiero infinito!” A la mañana siguiente, recogiendo el desorden, Lena mete todos los papelitos en un bote bonito y lo deja bien a la vista. No son simples deseos: es el auténtico manual de la felicidad de su abuela. No tenerle miedo al caos. Reírse de las meteduras de pata. Valorar a quienes tienes cerca. Comer lo que te apetezca sin atracones. Y, por supuesto, saber que el mejor regalo es tener a alguien que te quiera y te entienda. Siempre.
Ninguna magia El Año Nuevo se acercaba rápida e implacablemente, como un AVE cruzando Castilla rumbo a Madrid.
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053
MXC – Todos Se BUrlaron del Pobre Portero, Sin Saber Que Era un Billonario en Busca del Verdadero Amor
Érase una vez un joven llamadoMarcos. Nadie sospechaba que, bajo la cara de portero de la finca Los Álamos
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055
¡Ay, Qué Prisa por Casarse! A Alia le urgía casarse bien tras un primer matrimonio fallido. Tenía un hijo, Artur, de 20 años, y mucho pasado a sus espaldas: descubrió la infidelidad de su marido cuando volvió antes de un viaje y encontró a su amiga en la cocina con su bata y él arreglando la cama a toda prisa. Fiel a sí misma, cortó todo y se centró en su carrera, llegando a ser doctora en filología y jefa de cátedra en la universidad. Diez años de soledad, pretendientes poco inspiradores y, justo cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareció ÉL: un exalumno argelino, ahora empresario, que la corteja con ternura y romanticismo. A pesar de la diferencia de edad y de los prejuicios familiares (su madre insiste en reconciliarla con su exmarido, Dima), Alia vive un intenso idilio con Wahid, aunque sabe que su destino está marcado: él debe volver a Argelia, casarse con la prometida de su familia y cumplir con su tradición. Antes de marcharse, Wahid le regala la cajita tallada con un anillo en forma de dos angelitos y un corazón de diamante—su corazón para siempre. Alia sobrevive al adiós, perdona al exmarido y cuando nace su nieta, pide que la llamen Aila, para que la historia de su gran amor nunca se olvide. Ahora, ya reunida con Dima y volcada en su familia, teje calcetines con dibujos árabes para su nieta—porque nunca es tarde para un nuevo capítulo de felicidad.
30 de septiembre, Madrid Hoy me he quedado pensando en este anhelo que me acompaña: volver a casarme
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046
Natalia, llevas cinco años desaparecida, no te importa cómo vivo ni qué es de mí: la historia de una mujer que lo dejó todo por riqueza y regresó cuando ya era demasiado tarde
Madrid, 17 de febrero Han pasado ya cinco años desde que Lucía se fue. Ni una carta, ni una llamada.
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016
Eco en la noche: Una Nochevieja de soledad y esperanza para doña Alejandra en una clínica de rehabilitación de Madrid
Eco en la noche Al Centro de Rehabilitación entró Carmen González justo dos semanas antes de Nochevieja.
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045
Un hombre debe sacrificar a su perro por falta de recursos para salvarlo.
Un hombre debe sacrificar a su perro por falta de medios para salvarlo. Un anciano llevó a su perro para
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031
Barba canosa, pero alma hermosa: La historia de una mujer española de 49 años, divorciada, con hijos y nietos, su búsqueda de amor en Internet, su apasionado romance epistolar con un inglés de Sheffield, la inesperada traición familiar, el desencanto, y cómo finalmente redescubrió la felicidad junto a su vecino Nicolás entre tomates, nietos y tardes de té en la sierra.
BARBA CANA, PERO ALMA LLENA DE LUZ ¡Me has mentido todo este tiempo! Dejo de escribirte. Estoy profundamente
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084
¿Acaso la orquídea tiene la culpa? —Polina, llévate esta orquídea o la tiro a la basura —dijo Katia, tomando despreocupadamente la maceta transparente con la planta del alféizar y tendiéndomela. —¡Ay, gracias, amiga! Pero, ¿qué te ha hecho esta orquídea para que ya no la quieras? —le pregunté, sorprendida, porque junto a ella aún lucían otras tres orquídeas espléndidas y cuidadas. —Esta planta se la regalaron a mi hijo en su boda. Y ya sabes cómo terminó todo… —suspiró Katia con tristeza. —Sé que Denis se divorció antes de cumplir el año de casado, no te pregunto por la razón. Intuyo que fue muy seria, porque tu Denis adoraba a Tania —no quise hurgar en una herida que aún no estaba cerrada. —Ya te contaré algún día, Polina, ahora aún me cuesta recordarlo —Katia se quedó pensativa y se le escapó una lágrima. Me llevé a casa la orquídea “desterrada” y “rechazada”. Mi marido la miró con lástima: —¿Y para qué quieres este pobre planta? Se le ve sin vida, hasta yo me doy cuenta. No pierdas el tiempo. —Quiero darle una segunda oportunidad. Le voy a ofrecer mi cuidado y amor. Ya verás, aún te sorprenderá esta orquídea —me nació el deseo de “devolverle” la vida a ese ejemplar marchito y agonizante. Mi marido bromeó y me guiñó un ojo: —¿Quién se resiste al amor? Al cabo de una semana, me llamó Katia: —Polina, ¿puedo ir a verte? No puedo seguir cargando con esto. Quiero contarte todo sobre el fracaso matrimonial de Denis. —Ven cuando quieras, Katia. Te espero —no podía negarle nada a una amiga que me apoyó tanto en mis momentos duros, después de mi primer divorcio, y cuando las cosas tampoco iban bien con mi segundo marido… Nuestra amistad es de toda la vida. Katia llegó una hora después. Se acomodó bien en la cocina. Entre una copa de vino, un café recién hecho y un poco de chocolate negro, comenzó el largo relato de su vida… Nunca imaginé que mi exnuera fuese capaz de algo así. Denis y Tania estuvieron siete años juntos antes de casarse. Denis observaba mucho a esa chica. Por Tania dejó a Ania —cuánto me gustaba Ania, tan hogareña y dulce; la llamaba “mi niña”. Pero de pronto apareció la bellísima Tania, y Denis perdió la razón, se desvivía por ella, como un abejorro revoloteando sobre la flor. Su amor por Tania era abrasador. Ania quedó inmediatamente en el olvido. Lo admito: Tania parecía una modelo. A Denis le encantaba que sus amigos suspiraran al verla y que los desconocidos se giraran en la calle para admirarla. Pero me sorprendía que, en siete años juntos, no tuvieran hijos. Pensé: él quiere casarse legalmente antes. Denis no es de contar sus cosas. Y nosotros nunca nos metimos en sus asuntos. Un día, sin más, lo soltó: —Papá, mamá, me caso con Tania. Ya hemos entregado la solicitud en el registro. Haré una boda por todo lo alto, no escatimaré en gastos. Nos pusimos muy contentos. Por fin, con treinta años, iba a formar una familia de verdad. Fíjate, Polina, tuvo que aplazar la boda dos veces: primero se puso malo, luego yo me quedé más tiempo en un viaje de trabajo. Entonces pensé: esto de la boda está saliendo raro, no me gusta… Pero como veía a Denis tan feliz, no le dije nada. Además, él quería casarse por la Iglesia. Pero tampoco pudo ser: el padre Svyatoslav marchó varias semanas a su pueblo, y Denis sólo quería casarse con él. Nada salía como debía, Polina, eran señales por todos lados… Por fin hicieron una boda sonada. Mira las fotos: ¿ves la orquídea que les regalaron? Florecía, espectacular. Las hojas firmes como soldados. Ahora ya no queda nada de eso, sólo hojas mustias. Denis y Tania iban a irse de luna de miel a París, pero no dejaron salir a Tania del país por una multa enorme sin pagar. Los devolvieron en el aeropuerto. Denis ni se fijó en esas desgracias. Andaba por las nubes, soñando con su familia feliz. Pero de pronto, Denis cayó gravemente enfermo y fue ingresado. La cosa pintaba fatal; los médicos no daban esperanza. Tania aguantó una semana acompañándolo, luego le dijo: —Perdona, pero no me vale un marido inválido. He solicitado el divorcio. Imagina, Polina, lo que sintió mi hijo, postrado en cama. Pero Denis le respondió tranquilo: —Te entiendo, Tania. No te pondré pegas al divorcio. En fin, se separaron. Y mi hijo mejoró. Encontramos un excelente doctor y en seis meses Denis salió adelante. Nos hicimos amigos de la familia del médico, don Pedro Bogdanovich, y tiene una hija de veinte, Masha, muy simpática. Al principio, Denis no quería saber nada: —¡Pero si es un tapón! Y ni siquiera es guapa… —Mira, hijo, la belleza no lo es todo. Ya tuviste una esposa de portada; mejor vivir lo sencillo y feliz que amargar la vida en busca de perfección. A Denis le costó olvidar a Tania, la traición le dolía. Pero Masha se enamoró de él a primera vista: le llamaba, le seguía a todos lados… Hicimos todo lo posible para acercarlos: excursiones, barbacoas, naturaleza. Denis seguía triste, no levantaba cabeza; nada lo animaba. Masha le miraba con adoración, pero Denis ni la veía. Le dije a mi marido: —Nos hemos equivocado, Denis aún la quiere. Pasaron varios meses. Un día, Denis apareció en casa con la famosa orquídea: —Aquí tienes, mamá, los restos de mi antigua felicidad. Haz lo que quieras, yo ya no quiero esta planta. La cogí sin ganas, le tomé manía. Como si el pobre flor tuviese la culpa de las desgracias de mi hijo. La aparté del todo y ni la regaba. Hace poco, una vecina me dijo: —Katia, vi a tu Denis con una chica menudita. Tu exnuera era más guapa, ¿no? No podía creerlo, ¿Denis y Masha juntos? Hasta que me lo confirmaron: —Os presento oficialmente a mi esposa, Masha —Denis la tomó delicadamente de la mano. —¿Y la boda? ¿Y la fiesta? —No hace falta tanto jaleo, ya lo viví. Hicimos algo sencillo, sólo lo esencial. El padre Svyatoslav nos casó por la Iglesia. Ahora estamos juntos para siempre. Aparté a mi hijo: —Denis, ¿de verdad la quieres? ¿No vas a hacerle daño? ¿No será por despecho? —No busco venganza, mamá. Ya superé aquello —y ni la llamaba por su nombre. —Sobre el amor… sólo te diré que el mundo de Masha y el mío encajan a la perfección. Así fue la historia, Polina. Katia se desahogó hasta el final. Después de aquella íntima charla no nos vimos en dos años, la vida lo enreda todo. Pero la orquídea resucitó y floreció como nunca. Las flores saben agradecer el cariño. Nos reencontramos en el hospital: —¿Qué haces aquí, amiga? —Masha dio a luz gemelos. Hoy reciben el alta —Katia sonreía. En el vestíbulo esperaban Denis y su padre, con un gran ramo de rosas rojas. Apareció Masha, cansada pero feliz, seguida por la enfermera con dos pequeños paquetitos dormidos. Detrás de ellas, mi hija con mi nieta recién nacida. Tania le suplicó a Denis que la perdonase, que volvieran a intentarlo… Una taza rota se puede pegar, pero beber de ella nunca será igual…
¿Es culpable la orquídea? Sofía, llévate esta orquídea o la tiro a la basura dijo Clara con desgana
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069
Solo tenéis envidia de mi felicidad —¿Pero mamá, hablas en serio? ¿El restaurante Botín? ¡Eso son al menos 100 euros por persona para cenar! Iñaki tiró las llaves sobre el aparador con tal fuerza que salieron rebotando hacia la pared. Olga se giró desde la vitrocerámica, donde removía la salsa, y enseguida notó los nudillos blancos de su marido, agarrado al teléfono con gesto crispado. Todavía escuchó unos minutos más a su madre, hasta que, maldiciendo, cortó la llamada de golpe. —¿Qué pasa? En vez de responder, Iñaki se dejó caer pesadamente en la mesa de la cocina y se quedó mirando el plato de patatas. Olga apagó el fuego, se limpió las manos en el paño y se sentó enfrente. —Iñaki… —Mi madre se ha vuelto loca. De verdad, debe habérsele ido la cabeza del todo. —Alzó la mirada, y Olga vio en sus ojos tal mezcla de rabia e impotencia que se le encogió el corazón—. ¿Recuerdas que te hablé de ese tal… Valentín? Del grupo de baile del centro cultural. Olga asintió. La suegra lo había mencionado hacía un mes, de pasada, con una sonrisa tímida y jugueteando nerviosa con el mantel. Entonces parecía tierno: una viuda de cincuenta y ocho años, cinco años sola, apuntada a bailes en el centro, y de pronto, un caballero atento que la saca a bailar pasodobles. —Pues eso. —Iñaki apartó el plato—. Lo ha llevado tres veces en dos semanas al Botín. Le ha comprado un traje de seiscientos euros. El fin de semana pasado se fueron a Toledo… ¿Adivina quién pagó hotel y excursiones? —Doña Carmen. —¡Bingo! —Se tapó la cara con la mano—. Mi madre ha ahorrado ese dinero durante años. Para reformas, para emergencias. Y ahora se lo está gastando en un tío que conoce de hace mes y medio. Es surrealista… Olga guardó silencio, escogiendo las palabras. Conocía muy bien a su suegra: romántica, abierta, de una ingenuidad entrañable. De esas mujeres que todavía creen en el gran amor, incluso después de medio siglo de vida. —Iñaki… —Le cubrió la mano con la suya—. Doña Carmen es adulta. Es su dinero, su decisión. No te metas, no va a escucharte en este estado. —¡Está cometiendo error tras error! —Sí. Y tiene derecho a equivocarse. Y, sinceramente, creo que exageras. Iñaki se encogió de hombros, pero no apartó la mano. —No soporto verla así… —Lo sé, cariño. Pero tú no puedes vivir su vida por ella. —Le acarició la muñeca—. Debe asumir las consecuencias. Nos guste o no. Al fin y al cabo, es perfectamente consciente. Iñaki asintió sombrío. …Los meses pasaron volando. La conversación sobre Valentín se fue desvaneciendo; su suegra llamaba menos, se mostraba esquiva, como si ocultara algo. Olga pensó que el amorío se había apagado solo y dejó de preocuparse. Por eso, cuando un domingo por la tarde llamaron a la puerta y apareció Doña Carmen, Olga tardó en reaccionar. —¡Hijos, mis queridos! —La suegra entró en el piso dejando un perfume dulzón en el aire—. ¡Me ha pedido matrimonio! ¡Mirad, mirad! En su mano brillaba un anillo con una piedrita minúscula, pero Doña Carmen lo miraba como si fuese un diamante enorme. —¡Nos casamos el mes que viene! Es tan, tan… —Se llevó las manos a las mejillas y se rió como una niña—. Nunca pensé que a mi edad… que volvería a sentirme así… Iñaki la abrazó, y Olga notó cómo se relajaban sus hombros. Quizá no fuera tan grave. Quizá ese Valentín sí la quisiera, y todo fuera paranoia suya. —Enhorabuena, mamá —Iñaki se separó sonriendo—. Te lo mereces. —¡Y ya le he puesto el piso a su nombre! ¡Ahora sí que somos una familia! —exclamó Doña Carmen, y el tiempo pareció detenerse. Olga dejó de respirar. Iñaki se quedó petrificado, como si hubiera chocado contra un muro de cristal. —¿Qué has dicho? —El piso. —La suegra hizo un gesto distraído, sin mirarles—. Para que confíe en mí. Esto es amor, hijos, amor del de verdad. Y el amor se construye en la confianza. Un silencio tan espeso que hasta el reloj del salón parecía sonar como una campana. —Doña Carmen —habló Olga despacio, controlando cada palabra—. ¿Le has puesto el piso a nombre de un hombre al que conoces desde hace tres meses? ¿Antes de casarte? —¿Y? —alzando la barbilla—. Confío en él, es bueno y honrado. No es como vosotros pensáis. Estáis deseando criticarle, lo sé. —No pensamos nada raro —Olga se acercó—. Pero… podríais esperar a la boda, no hay prisa. —No lo entendéis. Es… prueba de mi amor —cruzó los brazos—. ¿Qué sabéis vosotros de sentimientos? ¿De confiar de verdad? Iñaki apretó la mandíbula: —Mamá… —¡No! —Pisoteó el suelo y Olga ya no vio a una mujer madura, sino a una adolescente obstinada—. ¡No quiero escucharos! ¡Sólo envidiáis mi felicidad! ¡Queréis estropearlo todo! Dio media vuelta y salió casi corriendo, golpeando el marco de la puerta. Al segundo, un portazo hizo que las copas del aparador tintinearan… …La boda fue discreta: juzgado de barrio, vestido de tienda de segunda mano, ramo de tres rosas. Pero Doña Carmen irradiaba una felicidad resplandeciente, como si se casara en la catedral de Sevilla. Valentín —un hombre robusto, calvo y de sonrisa untuosa— se comportó de forma impecable. Besaba las manos de la novia, arrimaba la silla, servía cava. Novio perfecto. Olga le observaba tras su copa de albariño. Algo no cuadraba. Sus ojos. Cuando Valentín miraba a Doña Carmen, el brillo en sus pupilas era frío y calculador. Cariño de profesional bien ensayado. No dijo nada. ¿Para qué discutir si no iban a escuchar? …Los primeros meses, la suegra llamaba cada semana: desbordante de emoción, relatando restaurantes y teatros adonde la llevaba su maravilloso esposo. —¡Es tan atento! ¡Ayer me trajo rosas solo porque sí! Iñaki escuchaba, asentía, colgaba y luego se quedaba mirando al vacío. Olga decidió esperar. El año voló. Hasta que una tarde llamaron a la puerta… Olga abrió y apenas reconoció a la mujer frente a ella. Diez años más vieja, el rostro surcado, los ojos hundidos, los hombros caídos. En la mano, una maleta raída. La de los viajes a Toledo. —Me ha echado. —lloriqueó Doña Carmen—. Ha pedido el divorcio y me ha echado. El piso… ahora es suyo, legalmente. Olga se hizo a un lado en silencio para dejarla pasar. El agua hervía rápido. Su suegra se sentó abrazando la taza, llorando bajo y sin esperanza. —Le quería tanto. Lo hice todo por él. Y él… él simplemente… Olga no la interrumpió. La acariciaba suavemente la espalda y esperaba a que las lágrimas se secasen. Iñaki llegó una hora después. Se paró en la puerta, la vio, y su rostro se endureció. —Hijo… —Doña Carmen se levantó, los brazos por delante—. Hijo mío, no tengo dónde ir… No me vais a echar, ¿verdad? Sólo necesito una habitación. Los hijos tienen que cuidar de sus padres, es… —Basta. —levantando la mano—. Basta, mamá. —No tengo dinero. Lo gasté todo, hasta el último céntimo, con él. Ya sabes que mi pensión es poca… —Te lo advertí. —¿Qué? —Te lo advertí. —Iñaki se dejó caer en el sofá, como si cargara un saco de piedras—. Te dije: no te precipites. Te dije: conoce bien a esa persona. Te dije: no pongas el piso a su nombre. ¿Recuerdas lo que me contestaste? Doña Carmen agachó la mirada. —Que no entendíamos el amor de verdad. Que sólo te envidiábamos. ¡Claro que lo recuerdo! —Iñaki… —intentó terciar Olga, pero él negó con la cabeza. —No. Que lo escuche. —Se volvió hacia su madre—. Eres adulta. Tú tomaste las decisiones. Ignoraste a todos los que intentamos avisarte. ¿Y ahora quieres que afrontemos nosotros las consecuencias? —¡Pero soy tu madre! —¡Precisamente por eso estoy enfadado! —Gritó Iñaki, poniéndose en pie—. ¡Estoy harto de ver cómo tiras tu vida por la borda y luego me vienes llorando! Doña Carmen se encogió y pareció diminuta. —Me engañó, hijo. Le quise de verdad, confié… —Confiar —repitió Iñaki, pasándose la mano por el pelo—. Tanto confiaste que regalaste el piso a un desconocido. Genial, mamá, simplemente genial. ¡Y ese piso lo había comprado papá! —Perdóname —volvieron las lágrimas—. Fui una ingenua, lo sé. Pero, por favor… dame otra oportunidad. No lo haré más, lo juro… —Los adultos asumen las consecuencias de sus actos —ahora hablaba bajo, cansado—. ¿Querías independencia? Pues actúa como tal. Búscate la vida. Búscate un sitio. Un trabajo. Arréglatelas. Doña Carmen se marchó sollozando, sus lágrimas resonando en la escalera. Esa noche, Olga se quedó en silencio junto a Iñaki, solo cogiéndole la mano. Él no lloró. Se quedó mirando al techo y soltó algún que otro suspiro. —¿He hecho lo correcto? —preguntó al amanecer, cuando la luz empezaba a entrar. —Sí. —Olga le acarició la mejilla—. Ha sido duro. Doloroso. Pero lo correcto. A la mañana siguiente, Iñaki llamó a su madre y le alquiló una habitación en un piso compartido en la periferia. Pagó seis meses por adelantado. Era la última ayuda que accedía a darle. —A partir de aquí, tú sola, mamá. Si hay juicio, ayudaremos con abogados, sí. Pero en casa, no. Olga escuchaba pensando en la justicia. Y que a veces sólo aprendemos con el golpe más duro. Su suegra había recibido exactamente lo que su ceguera se ganó. Y eso era a la vez amargo y tranquilizador. Aunque no podía quitarse de encima la sensación de que aquello no era el final y que, de algún modo, todo acabaría saliendo bien…
¿Pero mamá, hablas en serio? ¿El restaurante Lhardy? ¡Eso no baja de ciento cincuenta euros por cabeza!
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053
Vete y no vuelvas nunca —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete y no regreses jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desabrochó la pesada cadena metálica, luego arrastró a Berta hasta la valla y, abriendo de par en par la verja, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no comprendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte aquí. Él volverá y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche un Vasili borracho, empuñando un hacha. ***** Si la gente pudiese imaginar, aunque solo fuese por un instante, lo dura que a veces es la vida de los perros que terminan en la calle sin desearlo, seguramente muchos cambiarían su forma de verlos. Como mínimo, los mirarían con compasión y lástima, y no con rabia y desprecio, como suele suceder. Pero ¿cómo van a saber qué clase de pruebas deben soportar nuestros amigos de cuatro patas y por qué situaciones deben pasar? ¿Cómo entenderlo?… Los perros no pueden contar nada. Tampoco pueden quejarse de su suerte. Todo su dolor lo llevan por dentro. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta no fue necesaria para nadie desde pequeña. No se sabe a ciencia cierta qué hizo mal a su primer dueño. Pero algo debió de hacer, quizá, simplemente, haber nacido. Y su dueño no encontró nada mejor que hacer que llevar al cachorro, apenas con dos meses, hasta la aldea más cercana y… …abandonarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera tuvo la decencia de meterla en la aldea, donde con suerte alguien la hubiese adoptado. En vez de eso, dejó a la pequeña junto a la carretera y se marchó tranquilamente a la ciudad. Por esa carretera pasaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y toda clase de vehículos pesados. Un paso en falso, y la perrita podía acabar bajo las ruedas. Quizás, eso era lo que quería su dueño. Incluso si el cachorro esquivaba los coches, sin comida ni agua no sobreviviría mucho. Moriría. Tan solo era una cachorra. Pero ese día tuvo suerte. Ese día el pequeño, todavía anónimo, conoció a Miguel. Y gracias a eso se salvó. Todo ocurrió así: justo ese día el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva, y el chico, que cumplía catorce años, salió a estrenarla. —No te salgas del pueblo —le gritó Antonina cuando su hijo montó sobre su “caballo de hierro” y, moviendo los pedales con entusiasmo, se lanzó por la calle.— ¿Me has oído, hijo? —¡Sí, mamá…! —respondió Migue, feliz.— Todo estará bieeen… Pero Miguel, al final, salió del pueblo. Las calles estaban llenas de baches y no eran cómodas ni para pasear, y menos aún para pedalear. Mientras que hacia la carretera que lleva a la ciudad, habían asfaltado hacía un mes, y le apetecía probar la bici “a toda velocidad”. A esas horas, además, el tráfico era escaso. Era día de descanso y todos estaban en casa. Ya casi llegaba a la carretera y pensaba darse la vuelta, cuando vio en el arcén a un pequeño cachorro, corriendo de un lado a otro como loco. Se lanzaba a los coches, y en el último momento saltaba hacia atrás. Era doloroso de ver. “¿Qué le pasa?… ¿Qué hace ahí?” se preguntó Miguel, bajando de la bici. Dejó la bici sobre la hierba y se acercó rápido al animal. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel sonriendo cuando entró en casa.— Alguien lo abandonó en la carretera. ¿Podemos quedarnos con él? Es tan bonito… —¿Has salido del pueblo, Migue? —se enfadó Antonina.— ¡Te lo advertí! —Mamá, sólo fui hasta la carretera y ya, —el chico bajó la mirada, avergonzado.— Y mira, no fue en vano. Si no hubiese recogido a este cachorro, podría haber muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonina.— ¿En ti no piensas, hijo? También podías haber tenido un accidente. Es peligroso para los niños. —No volveré a hacerlo, lo prometo. ¿Qué hacemos entonces con el perrito? ¿Podemos quedárnoslo? Te juro que cuidaré de él. Y además, es mi cumpleaños… —Sí, sí, tu cumpleaños —negó con la cabeza Antonina.— ¡Te mereces un buen azote por desobediente! Miguel estrechó al cachorro, temiendo que sus padres se lo quitaran. —Toni, ¿por qué reprendes así al chaval? —intervino el padre, medio borracho y de buen humor.— ¡Hoy cumple catorce! A esa edad, anda que no hacíamos locuras. Y el cachorro es bueno, no es un chucho cualquiera. Vigilará la casa. Quédate con él, hijo. No tengo inconveniente. —Pues si tu padre está de acuerdo, yo también —sonrió Antonina mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba feliz. Ese mismo día la llamó (o le llamó) Berta. Al principio Miguel pensó que era un chico, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Una muy buena. Cariñosa, dulce. Desde el primer día hubo un vínculo especial entre Miguel y Berta. Y, olvidándose de la bici, Miguel empezó a pasar todo su tiempo con su nuevo amigo peludo. Parecía que nada malo podía ocurrir si todo había salido bien al final, ¿no? La perrita, rescatada de la muerte, Miguel feliz con la perra que siempre había soñado (en secreto, convencido de que su padre nunca lo permitiría por ser estricto y poco amante de los perros). Sus padres también estaban contentos de ver a su hijo feliz. ¿Final de cuento? Por desgracia, no… Lo malo ocurrió. Seis meses después. Todo comenzó cuando Vasili, el padre de Miguel, perdió su trabajo y se entregó a la bebida. Bebía como nunca. Todo el dinero guardado para emergencias lo gastó en alcohol. Las súplicas de Antonina (con llantos, gritos, ruegos) fueron inútiles. Solo lograban irritarle. Y pronto, la propia esposa empezó a molestarle. Vasili se había convertido en otro hombre. O, mejor dicho, el vodka, consumido en cantidades industriales, lo volvió bruto, insensible, enfadado con todo. Llegó incluso a levantar la mano sobre su mujer. Por cualquier motivo, el más insignificante. O incluso sin causa alguna. No había embutido en la nevera, el techo tenía goteras, el tabaco y el alcohol subían de precio… Todo era culpa de Antonina. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Vasili. Y sí, él era el único culpable. Nadie le había obligado a beber. Podía haber buscado otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, sino en la ciudad. Conductor, cargador… muchas opciones. El hijo pronto ingresaría en la universidad y se necesitaría dinero. Pero Vasili no quería trabajar en la ciudad. Y en el pueblo, tras la quiebra de la empresa donde trabajó veinte años, ya no había trabajo. Al menos, no bien pagado. —¡Toni! ¡Toni, ¿dónde has escondido el vodka?! —por las mañanas gritaba Vasili con resaca. Antonina intentó de todo para salvar a su marido, pero nunca acababa bien. Bastaba decirle una palabra y el escándalo era inevitable. Y si escondía el vodka, rara vez todo quedaba sin golpes. Vasili se transformaba en una fiera. Además, Antonina prohibió tajantemente a su hijo que se metiera. No quería que Miguel también recibiera una paliza. Vasili tenía la mano dura. No era cuestión de tentar a la suerte. Miguel, en esos momentos, se iba a estar con Berta, la acariciaba y miraba en dirección a la casa donde sus padres discutían. Berta le lamía las mejillas (siempre húmedas y saladas), apoyándose en él como podía. Y también miraba hacia la casa. Hasta que un día le tocó al propio Miguel. Antonina había ido a comprar, y él… …él no hacía nada malo. Jugaba en el patio con Berta. Vasili lo vio, lo llamó, le cogió fuerte del brazo y le dio una buena bofetada. Luego otra, y otra… Miguel aguantó al principio, pero no pudo más, gritó de dolor e intentó escapar. Pero su padre lo sujetaba como un torno de hierro. Entonces Berta, siempre buena y tranquila, de repente, empezó a ladrar a Vasili con ferocidad. Tanto que el padre se quedó impactado. Miguel aprovechó el momento y consiguió escapar. Pero… …con un “¡Te mato!” el padre se dirigió tambaleándose hacia la casa. Miguel supo que volvería. Y con algo peligroso. ¿Qué podía hacer? —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete, y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, desenganchó la pesada cadena, llevó a Berta hasta la valla, abrió de par en par y la empujó. Pero ella no comprendía nada. ¿La estaban echando? ¿Por qué?… —Vete, te ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces se abrió la puerta y en el porche apareció Vasili, borracho y con un hacha en la mano. —¡Migue!… —gritó con voz furiosa— ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no lo hagas —dijo Miguel, dando un paso atrás, aterrorizado. En ese momento quería irse lejos con la perra, pero… …Miguel no podía dejar a su madre sola con ese monstruo. —¿¡No hacerlo?! —rugió Vasili, con la mirada perdida en su hijo y la perra, a la que Miguel protegía. —No toques a la perra, papá. Vete a dormir. Ni pareces una persona… —¿Así que no debo tocarla? ¿No debería haberme ladrado? ¡La alimentaba y me ladra!… Voy a encargarme de ella, y después de ti. A ver si aprendes a respetar a los mayores. Vasili dio un paso, tropezó, pareció que iba a caer, pero se sujetó a una viga y bajó corriendo las escaleras. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, por favor…! No la mates, es solo una cría, —gritó Antonina, que acababa de llegar con las compras. —¡No me vengas con tonterías! ¡Esta chucha debe recordar quién manda aquí! ¡Miguel! ¡Tráela aquí, te digo! No podía esperar más. Así que Miguel miró a los ojos a Berta, le dio un beso en la nariz húmeda y, empujándola lejos, gritó: —¡Vete! ¡Vete ya! Perdónanos… perdónanos, Berta. No quería que esto fuera así. —¡Te voy a…! —Vasili estalló al darse cuenta de las intenciones de su hijo. Y Berta, mirando por última vez a Miguel, salió corriendo hacia el bosque. Era el único lugar donde podía esconderse. “Y no vuelvas, Berta, o te matará,” gritaba Miguel mientras corría. Berta no vio lo que ocurrió después. Solo podía esperar que su querido amigo y su madre estuvieran a salvo. ***** Desde entonces ha pasado… …no un mes ni un año. Siete años han pasado desde entonces. Siete largos años de esperar un milagro. Berta tenía la esperanza de que algún día volvería a ver a Miguel. Pero año tras año la esperanza se hacía más débil. Porque hacía mucho que Miguel y Antonina ya no vivían en el pueblo. Volvió a su aldea solo medio año después de huir al bosque. Pero… …se acercó con cuidado a la verja (ligeramente abierta), la empujó con la pata y entró con un suave chirrido. Detrás, la casa estaba quemada. Ni rastro de vida. Ni Miguel, ni Antonina, ni, menos aún, Vasili. Volvió tres o cuatro veces más, pero nunca vio a nadie. Pero tampoco sentía que les hubiese pasado nada malo. Seguramente, solo se mudaron. Pero ¿cuándo y adónde? Eso, por desgracia, Berta no lo sabía. Solo comprendía que era muy poco probable que Miguel y Antonina regresaran jamás. Porque ya no tenían casa. Ni ella tampoco tenía ya familia… ni hogar. Pasó así, vagando de aldea en aldea, cerca de un año, quizá más. Hasta que la recogió un anciano, en la carretera cerca del mismo pueblo donde había vivido. Era como un déjà vu… —¿Te has perdido? —preguntó el hombre, de pelo cano y barba larga.— ¿Quieres venirte conmigo? Berta fue con él. No le quedaba otra. El anciano no era mala persona, aunque le gustaba el vino. Y Berta nunca pasó hambre. Sopas, guisos, huesos grandes. Nunca le faltó nada. Además, la llevaba con él a trabajar. Era sereno de noche. Y también guardián. Del cementerio. Al principio a Berta le asustaba andar entre tumbas humanas pero, con el tiempo, se acostumbró. Y a don Nicolás también se acostumbró. Era buen hombre. Pero muy solo. Y desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Vasili, no se volvía fiera; suspiraba profundamente y le contaba sus penas a Berta. Que su mujer lo dejó, que su hija ni quería hablarle porque era un “fracasado”. En esos momentos, Berta se tumbaba junto a él, apoyando su hocico en su pierna, y escuchaba, sabiendo lo importante que es dejar que alguien hable. Cuando don Nicolás se callaba, ella recordaba aquellos días felices. A Antonina, a Miguel. A Vasili, mejor ni recordarlo. Y fue así como, en uno de sus paseos por el cementerio, Berta encontró la tumba de Vasili. Al principio no lo creyó; hacía tiempo que había muerto, pero ella… todavía olía su aroma. Un aroma a odio y alcohol. —¿Por qué te detienes? —preguntó don Nicolás al ver que la perra no caminaba junto a él, sino que se quedaba junto a una tumba.— Veamos, quién es… Vasili… Será aquel que murió quemado en su casa. Berta miró sorprendida al anciano. —Sí, ese era. Su mujer y su hijo, por suerte, se largaron a la ciudad, y él, de tanto beber, murió asfixiado. Estúpida muerte. Decían que maltrataba a su familia. Así que, bien merecido. Aunque… —don Nicolás se quedó pensativo.— De los muertos, bien o nada. Vamos, sigamos. Que la tierra le sea leve. Berta vivió casi cinco años con el sereno del cementerio. Hasta que él también falleció. Y ella volvió a quedarse sola. ¿Dónde ir, ahora? Ya no era una cachorra. Nadie más la adoptaría. Así que Berta decidió quedarse en el cementerio. Allí todavía encontraba algo de comida. Allí… Sí, Berta ya lo tenía decidido. Aunque el cementerio fuese para humanos, ella esperaría allí el final. No le hacía falta otro dueño (a don Nicolás nunca lo consideró realmente su dueño, sino un compañero de desgracia). Y así, cuando cayó la primera nieve, ocurrió algo que Berta jamás imaginó. Ese día, como siempre, merodeaba por el cementerio buscando algo de comer cuando oyó voces. Era raro que algún humano viniese en domingo. Pero allí estaban, dos voces: una masculina y otra femenina. Estaban junto a la tumba de Vasili. Berta lo encontró extraño, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea venir a la tumba de mi padre. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber nada de él después de lo que hizo, y dices que tengo que perdonarlo… ¿Por qué? ¿Por meter a mi madre en la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Migue… Perdónalo y déjalo ir en paz. Así terminarán las pesadillas. Estoy segura. Por muy monstruo que fuese, era tu padre. Si te aparece siempre en sueños, es que está sufriendo. —¿Tú crees? —Eso decía mi abuela. Perdónalo y todo irá mejor. Para ti y para él. —Bueno… Tal vez tengas razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño, luego relajó el gesto y dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, y por Berta… Solo lamento haber tenido que echar de casa a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que ella esté bien. Todo ese tiempo, Berta había estado detrás de Miguel, quieta, sin creérselo. ¡Era él! Su humano querido. Sí, habían pasado muchos años. Había crecido, era otro, pero ella lo reconoció enseguida. ¿La reconocería él? Y Miguel, al notar la mirada a su espalda, se giró de pronto y se quedó pasmado. —¿Qué pasa, Migue? —preguntó Oksana.— ¿Parece que has visto un fantasma? —No un fantasma… una perra —dijo distraído. —Hay muchas perros callejeros. ¿Te asusta? —Me parece… Me parece que la conozco… ¡Espera, es…! Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se detuvo a cinco metros, esperado, observándola. Avanzó otro poco. La duda desaparecía a cada paso. Berta agitó ligeramente la cola. También avanzó. Y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, en cuclillas, ya abrazaba a su perra, a la que no veía hacía siete años, y Berta, encaramada sobre sus hombros, le lamía la cara, la nariz y la barbilla. El sueño más grande de Berta se cumplía. Al fin volvía a ver a su amigo, al que había esperado siete largos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta consigo. Se hizo muy amiga de su humana, Oksana. Y vivieron todos juntos. Primero, tres. Luego, cuatro (un día Berta encontró un gatito en la calle y decidieron adoptarlo), y luego cinco. Llegó, finalmente, un pequeño humano llamado Nikita. Y, al poco, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo, donde cada año iban de vacaciones toda la familia. Y, pese a todo lo que habían sufrido Miguel y Berta, al final, fueron felices.
10 de abril Aún tengo el pecho apretado y la garganta llena de nudos. No dejo de preguntarme si he hecho
MagistrUm