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076
El marido de la vecina solía venir a casa, ¡hasta que apareció su esposa!
30 de agosto. Llegué a este pueblecito de la provincia de Ávila a finales de agosto. Tras el divorcio
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041
Convertida en sirvienta: Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera quedaron impactados y no sabían cómo reaccionar ante la noticia. —¿De verdad crees que a tu edad estás lista para dar un giro así a tu vida? —preguntó Catalina, mirando a su esposo. —Mamá, ¿no crees que es una locura? —nervioso, respondía Rubén—. Entiendo que llevas años sola y dedicaste gran parte de tu vida a criarme, pero casarse ahora me parece absurdo. —Sois jóvenes y por eso pensáis así —contestó Alejandra con calma—. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo me queda, pero tengo todo el derecho a vivir lo que queda junto a alguien a quien quiero. —No te precipites con la boda —intentaba convencerla Rubén—. Conoces a Julián desde hace apenas meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo. —A nuestra edad hay que aprovechar y no perder tiempo —reflexionaba Alejandra—. ¿Qué más debo saber de él? Me saca dos años, vive con su hija y su familia en un piso grande, tiene buena pensión y una casa en el campo. —¿Dónde vais a vivir? —no entendía Rubén—. Aquí apenas tenemos espacio para nosotros… —No os preocupéis, Julián no pretende meterse en nuestra casa. Me iré a vivir con él —les contaba Alejandra—. Su piso es amplio, con su hija me llevo bien, todos adultos, así que no habrá problema. Rubén estaba intranquilo, y Catalina procuraba que comprendiese a su madre. —¿No estaremos siendo egoístas? —decía ella—. Nos viene bien que tu madre nos ayude, siempre está para cuidar de Clara. Pero tiene derecho a rehacer su vida si ahora puede hacerlo. —Si sólo fueran pareja, lo entendería, pero ¿por qué casarse? —insistía Rubén—. No quiero verla vestida de novia ni organizar concursos en una boda. —Son de otra época, quizá eso les da seguridad —intentaba justificar Catalina. Alejandra se casó con Julián, a quien había conocido por casualidad en la calle, y pronto se trasladó a vivir con él. Al principio todo iba bien: los familiares la aceptaban, su marido la trataba bien, y Alejandra creía que por fin encontraba la felicidad en la recta final de su vida. Pero poco después comenzaron las consecuencias del día a día en la nueva familia. —¿Podrías preparar un guiso para la cena? —le preguntaba Inés—. Yo lo haría, pero entre el trabajo y todo, no tengo tiempo y tú tienes mucho libre. Alejandra entendió la indirecta y se hizo cargo de la cocina, además de las compras, la limpieza, la colada y hasta de las labores en la casa del campo. —Ahora que estamos casados, la finca es de los dos —decía Julián—. Mi hija y yerno tienen mucho lío, y la nieta aún es pequeña. Lo haremos todo juntos. A Alejandra le gustaba formar parte de una familia grande y unida, basada en la ayuda mutua. Algo que nunca tuvo con su primer marido, que era vago y listo, y acabó marchándose cuando Rubén tenía diez años. Veinte años después, nada sabía de él. Ahora sentía que todo era como debía ser, y el trabajo no pesaba. —Madre, ¿crees que puedes con la finca? Seguro que cada vez que vas te sube la tensión, ¿te compensa? —le preguntaba Rubén. —Claro, además me gusta —respondía la jubilada—. Cuando cosechemos con Julián, habrá para todos, también para vosotros. Pero Rubén tenía sus dudas: en meses nunca les habían invitado ni siquiera para conocerse. Ellos mismos invitaron a Julián, pero siempre había excusas. Al final, dejaron de insistir y sólo esperaban saber que su madre era feliz. Al principio así fue, y Alejandra disfrutaba de los quehaceres, pero cada vez eran más. Julián, siempre que iban al campo, se quejaba de la espalda o del corazón. La esposa, solícita, lo mandaba a descansar y ella sola recogía ramas, barría hojas y sacaba la basura. —¿Otra vez sopa? —protestaba Antonio, el yerno de Julián—. Pensaba que hoy habría algo diferente. —No tuve tiempo, estuve lavando todas las cortinas y me sentí tan cansada que tuve que parar —se explicaba Alejandra. —Ya, pero no me gusta la sopa —decía Antonio apartando el plato. —Mañana Alejandra nos hará un banquete —apoyaba Julián. Al día siguiente, Alejandra pasaba horas en la cocina y la comida desaparecía en minutos. Luego, otra vez la limpieza y así siempre. Ahora, la hija y el yerno se quejaban por cualquier cosa, y Julián tomaba partido por ellos y echaba la culpa a su esposa. —No soy una cría y también me canso, no veo por qué tengo que hacerlo todo sola —se atrevió a protestar por fin Alejandra. —Eres mi esposa, tienes que ocuparte de la casa —recordaba Julián. —Como esposa también tengo derechos, no sólo obligaciones —lloraba Alejandra. Después se calmaba, volvía a intentar agradar y a poner buen ambiente en casa. Pero un día perdió la paciencia. Inés y Antonio iban a casa de unos amigos y querían dejar a la niña con Alejandra. —Que la pequeña se quede con su abuelo o se vaya con vosotros; yo tengo que ir al cumpleaños de mi nieta —dijo Alejandra. —¿Ahora tenemos que adaptar nuestros planes por ti? —se enfadó Inés. —No, pero yo tampoco estoy obligada. Ya os avisé el martes. Encima que ignoráis el cumpleaños queréis dejarme aquí atada. —No está bien, de verdad —se molestó Julián—. Inés tenía sus planes y tu nieta es pequeña, puedes verla mañana. —O vamos juntos los tres a ver a mis hijos, o tú te quedas con tu nieta hasta que vuelva —resolvió Alejandra. —Sabía que tu boda acabaría mal —soltó Inés—. Cocina regular, mal limpia, y sólo piensa en sí misma. —¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho estos meses? —le preguntó Alejandra a Julián—. ¿Querías una esposa o una criada para todos? —Ahora no es justo —se defendía Julián—. No busques líos. —Tengo derecho a una respuesta clara —persistía Alejandra. —Si piensas así, haz lo que quieras, pero en mi casa esas cosas no se toleran —alardeó Julián. —Entonces me despido —dijo Alejandra, y empezó a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de vuelta aunque sea la abuela menos útil? —entró con la maleta y el regalo de su nieta—. Ya está, me casé, regresé, no preguntéis. Sólo decidme: ¿me aceptáis? —Claro que sí —acudieron Rubén y Catalina—. Tu habitación te espera, felices de verte de vuelta. —¿Felices por qué? —buscaba Alejandra oír lo que deseaba. —¿Por qué se alegra uno de ver a la familia? —respondía Catalina. Alejandra supo, al fin, que no era una sirvienta. Ayudaba en casa y cuidaba a su nieta, pero Rubén y Catalina nunca se aprovecharon. Aquí era madre, abuela, suegra y familia, nunca criada. Alejandra volvió para siempre, pidió el divorcio y trató de olvidar lo vivido.
Se convirtió en sirvienta Cuando Asunción anunció que iba a casarse, su hijo Sebastián y su nuera Belén
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09
Me negué a alojar a mi madre en nuestro piso y ahora me siento culpable
No puedo dejar a mi madre sin techo en mi piso y seguir sintiéndome culpable dije, con la voz a punto
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023
La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado al destino. Solo quedaba armarse de valor y cumplir su propósito. Mila suspiró hondo y, decidida, salió del coche. Caminó unos cincuenta metros hasta detenerse ante la entrada de una pequeña cafetería. “El Paraíso del Café”, rezaba el cartel luminoso. “Vaya nombre… tan celestial”, pensó Mila con sorna. Tenía que entrar allí, pero de repente flaqueó su voluntad. ¿Y si daba media vuelta, se subía al coche y se marchaba lo más lejos posible? No, Mila no era de esas. No había venido hasta aquí para eso. Tiró de la puerta y entró. Ahora vería a ELLA, la amante de su marido y la destructora de su hogar. ¿Qué sabía Mila de esa chica? Pues en realidad, no demasiado. La traicionera rival se hacía llamar “Gatito”, o así la llamaba su marido cariñosamente, y trabajaba de camarera en esa cafetería. Mila escogió una mesa junto a la ventana y esperó, observando con nerviosismo a las camareras. Y ahí estaba. ¡Esa era ella! Mila reconoció a la chica de la foto que había visto fugazmente. Se acercaba a su mesa. Unos segundos que a Mila le parecieron una eternidad. Su mente se llenó de pensamientos que podrían llenar una novela. —¡Buenas tardes! —saludó la camarera. Mila echó un vistazo disimulado a su chapa: “Catalina”. Así que ese era su nombre. Imaginación poca la de su marido, llamarla “Gatito” a una Catalina. Mientras, Catalina, sin imaginar el huracán de pensamientos de su clienta, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me avisa. Mila le sonrió con su mejor sonrisa, pero la observaba con mirada escrutadora, como analizando a su rival bajo un microscopio. ¿Cómo había llegado a estar cara a cara con la amante de su marido? Es una larga historia. Pero vamos por partes. Hace diez años que Mila era felizmente casada con Alejandro. O eso pensaba. Tienen una hija, Eva, de ocho años. Alejandro adora a Eva, su princesa consentida. Ante las miradas reprobatorias de Mila (“¿Otra muñeca más?”), él solo se encoge de hombros. Eva es muy de papá; a veces a Mila le parece que incluso lo quiere más a él que a ella, pero no se lo toma a mal. Mila es psicóloga, psicoterapeuta, y sabe lo importante que es el cariño del padre para el futuro emocional de una niña. Siempre han intentado hablar de los problemas y evitar discusiones serias. Una familia corriente: piso con hipoteca, coche y una pequeña casa en el campo a cincuenta kilómetros de Madrid. Y de repente, como un rayo: ¡la amante! Mila lo descubrió por casualidad. Unos días antes, Alejandro estaba en la ducha cuando sonó su móvil. Él le gritó: —¡Debe de ser mi padre! ¿Puedes cogerlo tú? Yo no puedo ahora. Mila nunca había contestado a llamadas para Alejandro, pero si él lo pedía, ¿por qué no? Fue hacia el teléfono y vio que no era su suegro: era una llamada por WhatsApp del contacto “Gatito”, con una foto de una chica desconocida abrazando a su marido. ¿Qué significaba eso? Indecisa, no supo si contestar, y la llamada se cortó. Al instante entró un mensaje: “Ale, la semana que viene trabajo 2/2 desde el lunes. Pásate por el Paraíso del Café al acabar mi turno, quiero invitarte a nuestro café especial. Te echo de menos, te quiero…”. Emoticones incluidos. Mila retiró la mano del teléfono como si quemara. No quedaban dudas. “Gatito” abrazando a su marido, llamada, mensaje. Por más duro que fuera asumirlo, parecía evidente: su marido tenía amante. ¿Desde cuándo? ¿Qué tipo de relación tenían? Fuera como fuera, era un golpe devastador. Alejandro salió del baño preguntando si había hablado con su padre. Mila mintió: “No me ha dado tiempo”, y fingió dolor de cabeza para salir a la farmacia. En realidad, se sentó en un banco del parque, repasando su vida familiar en busca de fisuras. Pero había que afrontar la realidad. No era de las que hacen como si nada. Pero tampoco era su estilo organizar escenas y gritos: prefería hablarlo todo y tomar decisiones maduras. Pensó en ir directamente con Alejandro y preguntarle por “Gatito”, pero habría tenido que explicar cómo se enteró. No, tenía que encontrar otro modo… Entonces recordó el nombre de la cafetería, el turno de la amante, y que la había visto en una foto. ¿Y si iba a verla cara a cara? ¿Quizá hablar con ella? Los días siguientes fueron un infierno de insomnio, falta de apetito y fingimientos. Pero su malestar no pasó desapercibido a Eva ni mucho menos a Alejandro. A todos les decía que estaba muy cansada por el trabajo. Finalmente, Mila se autoconvenció: tenía que ir al Paraíso del Café y ver a “Gatito” para calmarse. *** —Quiero un café latte y algún postre —pidió Mila—. ¿Qué me recomienda? —Tenemos una tarta de miel casera muy rica —propuso Catalina. —Vale, la tarta de miel entonces. Cuando la “amante de su marido” trajo el pedido, Mila apenas lo tocó. El café mediocre, la tarta nada especial. Era pronto, poco ambiente. Mila había elegido esa hora para poder hablar con Catalina. Y acertó. Al cabo de un rato, Catalina volvió y preguntó, discreta: —Apenas ha probado el postre. ¿No le ha gustado? ¿Prefiere que le traiga otra cosa? —No, no es por la tarta. Simplemente no tengo hambre. Estoy pensando en muchas cosas. —Perdón, no quiero molestarle. —No me molesta, Catalina. Precisamente pienso en qué hacer ahora. ¿Termino el postre o pido el divorcio? ¿Usted qué elegiría? —Mila la miró fijamente. Catalina se asustó un poco. La cliente debía parecerle excéntrica. —Nunca he tenido que elegir algo así… —¿Y si le pasara? Imagine que descubre que su marido le es infiel. Catalina guardó silencio, incómoda. Mila cambió de tema. —¿Lleva mucho aquí trabajando? —Cerca de un año —contestó cautelosa Catalina. —¿Es estudiante? —Sí —respondió, con desconfianza. —¿Qué estudia? —En la Universidad de Cultura, una carrera artística… —Interesante. ¿Y tiene buena imaginación? ¿Le resultaría fácil ponerse en el papel de una esposa engañada? ¿O de la amante? Catalina no contestó, nerviosa. Mila decidió terminar la conversación absurda. De repente, sintió que no debería haber ido. ¿Y ahora qué? ¿Le tiraría el café encima a la rival? ¿Le arañaría? Nada de eso le haría sentir mejor. Mila pidió la cuenta cansada. Cuando Catalina volvió, Mila ya se había ido, dejando el dinero y una propina generosa. Catalina miró por la ventana y suspiró. *** En la cafetería, Mila tomó una decisión: celebraría el décimo aniversario con Alejandro, como estaba planeado. No iba a privar a Eva del día especial que había preparado. Después, hablaría con Alejandro de todo. Y así, los tres están en su restaurante favorito, celebrando. ¿Bodas de hojalata? ¿De madera? “De cristal, mi matrimonio está a punto de romperse y aparento normalidad”, pensaba Mila. Se acerca el final de la cena. Alejandro guiña un ojo a Eva: —¿Y el postre? ¡Ninguna fiesta sin tarta! Eva se entusiasma: —¡Tarta! ¡Para mí el trozo más grande! Alejandro hace una seña y la tarta llega a la mesa. Mila apenas mira de reojo hasta que ve QUIÉN la trae. No puede creérselo: es Catalina, la “amante”, la “Gatito”. Alejandro le sonríe con complicidad y le dice a Mila: —¡Feliz aniversario, cariño! Esta tarta es para ti. Se acerca una animadora para llevarse a Eva a jugar. Mila no puede pronunciar palabra. Alejandro la auxilia: —Por lo que veo, ya conoces a Catalina. Catalina asiente con cortesía. —Nuestro amor puede con todo —dice Alejandro con solemnidad—. Gracias por estar a mi lado. Intenta besar a Mila, pero ella se aparta. —¿Qué significa todo esto? —logra balbucear Mila. —Mila, era una broma. Una broma de esas tontas… Contacté con una agencia que organiza celebraciones originales. Para cada pareja, un guion y actores. Nuestro “infiel”, en mi caso. Pero eres tan fuerte y serena… ¡Bravo por ti! Intenta abrazarla, pero ella lo rechaza. —¿Estás diciendo que no tienes amante? —¡No! —¿Y Catalina es actriz? —Todavía soy estudiante —aclara “la amante”—. Pero hago bolos en la agencia y trabajo en la cafetería. Qué temple el suyo, Mila. ¡Hay cada esposa…! Alguna me ha arrojado el café, otra me ha puesto de vuelta y media. Usted me habló con calma y hasta dejó una propina. —No tengo palabras… —Mila, atónita, mira a su marido y a Catalina—. ¿Te parece graciosa esta broma? ¿Oportuna? ¿Humana? —casi grita—. ¿Por qué me haces esto? Catalina amaga con irse, pero Mila lo impide. Alejandro nunca la había visto así. Siempre tan tranquila, hoy explota. —¿Sabes cómo me sentí todos estos días? ¿En qué momento te pareció buena idea esta “broma” antes de nuestro aniversario? —Mira, Mila —se excusa Alejandro—, es que tú eres tan equilibrada… ¡Nunca un poco de chispa! Quise darle emoción a la relación. Fue estúpido. Perdón. Mila contenía a duras penas la rabia. Catalina encuentra el momento para huir. —¿Te hace falta más chispa? Pues toma, aquí la tienes —dice Mila mientras estampa la tarta en la cara de Alejandro—. ¡Ahí tienes tu chispa y tu relleno, todo junto! Alejandro trata de quitarse el merengue sin éxito. —¿De qué vas? —Nada, querido —contesta Mila melosa—. ¡Solo intento animar un poco el matrimonio! —y se va directa hacia la salida. —¿Pero qué te pasa? ¡Que no te he sido infiel! —le grita Alejandro. Mila se detiene, lo mira y le dice despacio: —¡Ojalá lo hubieras sido! Va con Eva, le toma la mano y salen del restaurante. Ya en la calle, Mila respira el aire fresco y de repente se echa a reír. —¿Mamá, qué te pasa? ¿Por qué te ríes? —Nada, hija. Solo me acordé de un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro, pero antes tenemos que hablar. Mira, vamos a tener que vivir separadas de papá por un tiempo… —¿Sin papá? ¿Para siempre? —se alarma Eva. —No lo sé, cariño —responde Mila sincera—. El tiempo lo dirá. ¿Vienes conmigo? Eva asiente. Y avanzan juntas por la calle al atardecer.
Querido diario, Esta mañana, sentado en mi coche frente a una pequeña cafetería en el madrileño barrio
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084
Cuando Beatriz se enteró de que estaba embarazada, su familia se quedó en shock. No les gustaba la idea de que estuviera en una relación con alguien que, según ellos, no iba a quedarse mucho tiempo. Beatriz es una chica normal de Zaragoza, criada en una familia corriente. Creció con su madre y su padrastro, que siempre fue un buen sustituto paternal. Sus padres la apoyaban en todo, siempre supo que era querida y que podía contar con ellos. Terminó el instituto y aprobó la Selectividad, pero sus posibilidades de entrar en la universidad eran inciertas por su bajo nivel de inglés. Beatriz decidió que las clases particulares le ayudarían a mejorar el idioma más rápido, así que empezó a buscar un profesor. Se decantó por Roni, que venía de Guinea pero había llegado a España para estudiar. Dominaba el inglés y llevaba varios años dando clases particulares. Al principio las clases no iban bien para Beatriz, pero poco a poco fue cogiéndole cariño a Roni y pronto su relación se volvió muy estrecha. No querían estar separados. Cuando Beatriz se enteró de que estaba embarazada, su familia se quedó en shock. No les gustaba la idea de que estuviera con alguien que, según ellos, no iba a quedarse mucho tiempo. Se imaginaban que tendría que criar sola a su hijo y lidiar con el hecho de que destacaría entre los demás niños por su apariencia. Al acabar la carrera, Roni regresó a su país, pero mantenía un contacto constante con Beatriz. Ambos esperaban con ilusión el nacimiento de su hijo; hablaban a diario por teléfono y por Skype. El bebé de Beatriz nació a término, pero la hostilidad de la familia la llevó a tomar la decisión de irse a Guinea. Beatriz y su marido tuvieron problemas en África: no lograban adaptarse al clima y por eso regresaron a España. Al poco tiempo nació su segunda hija. La familia se niega a mantener contacto con ellos, y Beatriz no está dispuesta a separarse de su amado solo para contentarles. Ahora planean mudarse a Canadá, esperando encontrar allí personas más tolerantes.
Cuando me enteré de que Lucía estaba embarazada, mi familia quedó completamente descolocada.
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051
Déjala aquí, que se muera sola” – dijeron al abandonar a la abuela en la nieve. No sabían que el karma pronto les alcanzaría.
**Diario de un Hombre** “¡Déjenla aquí, que se muera sola!” dijeron, abandonando a la abuela
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021
UN ERROR FELIZ… Crecí en una familia incompleta, sin padre. Me criaron mi madre y mi abuela. Sentí la ausencia de padre desde la infancia, y en primaria… Cómo envidiaba a los compañeros que paseaban orgullosos de la mano de sus padres altos y fuertes, jugaban juntos, iban en bicicleta, en coche… Me dolía especialmente ver padres que besaban a sus hijos, los cogían en brazos y se reían juntos… ¡Dios mío, al ver aquello pensaba: «Qué felicidad debe ser eso!» Yo también tenía un padre… Pero solo lo veía en una única foto, en la que, como los demás padres, sonreía… Pero no para mí. Mi madre decía que era polarista, que vivía en el lejano norte, tan lejos que no podía venir. Se había marchado allí a trabajar, pero siempre enviaba regalos por mi cumpleaños. En tercero de primaria, para mi amarga decepción, descubrí que no había ningún padre polarista… ¡Nunca lo hubo! Por casualidad oí a mi madre decirle a mi abuela que ya no tenía fuerzas para seguir engañándome, regalando cosas en nombre de un padre que, en realidad, la había traicionado. Aunque vivía bien, jamás llamó a su hijo ni lo felicitó por su cumpleaños o en Navidad. «A Artiom le encantan estas fiestas. Son los únicos días en los que recibe algo de apoyo, aunque sea lejano, mítico, pero de alguien de su sangre». Así que, antes de mi cumpleaños, les dije a mi madre y mi abuela que no quería más regalos en mis días preferidos “de parte de un padre” que no existía. «Sólo preparadme mi tarta favorita, “Leche de Ave”, y nada más.» Vivíamos modestamente con los sueldos justos de mamá y la abuela, así que al convertirme en estudiante, trabajaba como mozo en la estación o en tiendas. Una vez mi vecino Slava me propuso suplirle como Papá Noel en guarderías y a domicilio durante las fiestas. Rechacé las guarderías, me parecía difícil: hacían espectáculos, había que actuar, trabajar en dúo con una “Hada de la Nieve”. Pero acepté hacer las visitas individuales en pisos. Slava me pasó su libreta con poemas, acertijos y direcciones. El repertorio era fácil – ¡no era un examen de matemáticas! Aunque el miedo a meter la pata me superaba. Sin embargo, sorprendentemente, la primera vez salió bien. Al llegar a casa, cansado pero satisfecho, conté la ganancia y casi bailé de alegría. No había ganado tanto ni en seis meses de cargar cajas y bultos. Desde entonces cada invierno hacía de Papá Noel y en verano intentaba ganar algo en brigadas de construcción estudiantil. Mientras estudiaba, mi vida sentimental no avanzaba mucho: ya sabéis, estudios, pequeños trabajos de supervivencia… Chicas hubo, pero nunca llegué al matrimonio. «Cuando acabe la carrera, tenga un buen trabajo, un sueldo decente y me asiente… entonces podré pensar en formar familia», soñaba. Al acabar el instituto, al principio como ingeniero y aún con poca antigüedad, decidí comprarme un coche de segunda mano. La familia iba ya justa, pero no alcanzaba para el coche, y tenía unas ganas tremendas de tener vehículo propio. Así que volví a trabajar como Papá Noel. Mi madre sacó del armario el traje navideño, lo quitó del plástico y lo renovó con más purpurina —el traje brillaba— y la barba blanca y esponjosa me encantó, ocultaba mi rostro. Me pegué unas cejas pobladas y, al verme en el espejo convertido en Papá Noel, quedé satisfecho. Mi madre suspiró: —Artiom, ya es hora de tener tus propios hijos, y sigues haciendo reír a los de otros. —Ya llegará —le respondí—. Bueno mamá, deséame suerte, ¡hasta luego! —La besé y fui a ganar dinero. Una semana antes de Nochevieja puse un anuncio en el periódico y recibí quince encargos. Completé seis domicilios y taché los nombres; el siguiente era: “Calle Jardín, 6, piso 19”. Bajé del tranvía y fui andando. Calle Jardín es casi las afueras de la ciudad, poco iluminada. Pero enseguida encontré el número 6. Subí al segundo piso y llamé al timbre. Me abrió un niño de cinco o seis años. —En el claro del bosque, vivo en mi casita… —dije mi frase habitual. El niño me interrumpió: —¡No hemos llamado a Papá Noel! —A mí no me llaman, vengo solo a visitar a los niños buenos —improvisé, aunque algo desconcertado—. ¿Está mamá o papá en casa? —No. Mamá fue a casa de la abuela Toñi a ponerle una inyección. Pronto vuelve. —¿Y tú cómo te llamas? —Artiom. “Vaya, tocayo”, pensé sorprendido. Pero me contuve. No iba a decirle que yo también era Artiom. ¡Yo era Papá Noel! —Artiom, ¿dónde está vuestro árbol? —En mi habitación. El niño me cogió la mano y me llevó. El piso, muy modesto. En la mesilla sobre la cama, en vez de árbol, solo un ramito de pino en un bote de tres litros, decorado con juguetitos y una guirnalda de lucecitas de colores. Junto al bote, dos fotos en marcos iguales: un hombre y una mujer. Miré bien y… Me quedé helado… ¡De la foto me miraba yo mismo! “¡Pero esto es imposible…!” Repasé la foto. Sí… En el marco de la izquierda, mi foto de estudiante con cazadora. A la derecha, la chica —Elena Guernova. La conocí un verano en una brigada de estudiantes. Solo que su foto era ya de adulta. Me miraba con mirada dulce pero triste, muy parecida a la divertida Elena joven que recordaba. —¿Quién es? —pregunté, casi sin reconocer mi voz. —Es mamá. —¿Tuya?… —Mía. —¿Se llama… Elena? —se me escapó. —¡Sí! ¡Ha acertado! ¿De verdad es Papá Noel? ¡Creí que no existía! —¿Y este? —dije señalando mi propia cara, ya intuyendo que Artiom era mi hijo. —¡Es mi papá! ¡Es de verdad polarista! ¡Imagínese, vive y trabaja en un iceberg gigante! Mamá dice que se fue hace mucho cuando yo era bebé; por eso nunca lo he visto ni recuerdo. Pero siempre envía regalos por mi cumpleaños y Navidad. Y este año, Papá Noel esconderá su regalo bajo mi almohada. Me quedé en shock, recordando a mi “padre polarista” de la infancia. ¿Será que todas las madres llaman polaristas a los padres ausentes y los mandan al Polo Norte? Y yo era uno de ellos. Me sentí fatal, como si el destino me hiriera en el corazón. Recordé aquel romance fugaz y apasionado con Elena… Nos intercambiamos teléfonos al despedirnos, pero al volver nunca la llamé, y me robaron el móvil días después. A veces pensaba en ella, pero los estudios y las salidas lo eclipsaron todo. Pero ella vivía en mi ciudad, no solo no me olvidó sino que criaba sola a nuestro hijo, y puso mi foto junto a la suya. Quise decirle a Artiom que era su padre, cuando entró Elena: —Perdona hijo, tardé porque hubo que llamar a urgencias para la abuela Toñi. Al verme exclamó: —¡Uy, no habíamos llamado a Papá Noel! Lágrimas de felicidad me brotaron. Me quité gorro y barba a la vez, arranqué las cejas… —¿¡Artiom!? —susurró Elena, y se dejó caer en el puf de la entrada, llorando tanto que el pequeño Artiom se asustó un poco. Pero Elena al ver a su hijo se recompuso. Le dije a Artiom que había volado desde el Polo Norte, convertido en Papá Noel, para sorprenderlo a él y a su madre. Artiom no cabía en sí de alegría. Reía, cantaba, nos recitaba poesía, descansaba y volvía a cantar, sujetándonos fuerte de la mano, como temiendo que yo volviera a marcharme lejos. No se acordó ni del regalo: sabía que Papá Noel pondría el de papá bajo la almohada. Artiom se durmió, y Elena y yo hablamos hasta la madrugada, como si no hubiera habido años de separación. Por la mañana salí en busca de otro regalo y descubrí que por error me había equivocado de dirección. Entré al portal 6A, no al 6. De noche no vi la letra A y entré en la casa equivocada. Pero en realidad… ¡EN LA CORRECTA, la que debía encontrar! «Qué error más feliz, que cambió mi destino», pensaba sonriendo. Ahora somos tres, ¡y somos tremendamente felices! Y mamá y la abuela no paran de mimar al nieto y bisnieto —¡Artiom Artiomovich!
UN ERROR FELIZ… Crecí en una familia pequeña, sin padre. Mi madre y mi abuela fueron quienes me criaron.
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066
Estás de más aquí, mamá
No recuerdo bien el momento exacto en que la puerta se abrió; lo sé porque aún puedo ver las lágrimas
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0694
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la cara dura de la familia de mi marido y cambié todas las cerraduras El portero automático no sonó, aulló exigiendo atención. Sábado, siete de la mañana. Único día para dormir tras cerrar el informe trimestral, y aparece mi cuñada en la pantalla, con su ejército de tres niños despeinados detrás. —¡Íñigo! —grité sin descolgar—. Es tu familia, apáñatelas tú. Íñigo salió de la habitación poniéndose los pantalones del revés, sabiendo por mi tono que la paciencia con sus parientes andaba bajo mínimos. Mientras él balbuceaba algo al portero, yo me crucé de brazos en el recibidor. Mi casa, mis normas. Este piso de tres dormitorios en el centro lo compré antes de casarnos, a base de hipoteca y sacrificio—y no pensaba aguantar a invasores. Entró la troupe: mi cuñada Marta con sus bolsas ni saludó, me apartó como si fuera un mueble. —¡Menos mal, ya estamos! —resopló, soltando todo en el suelo de gres italiano—. ¿De qué te quedas parada ahí, Sara? Pon el agua, que los niños vienen muertos de hambre. —Marta,—dije firme, pero Íñigo ya se encogía de hombros—. ¿Qué pasa aquí? —¿No te dijo Íñigo? ¡Que estamos de reforma! Nos cambian tuberías, levantan suelos… Imposible vivir. Una semanita y os dejamos en paz, que aquí sitio sobra. Miré a mi marido, que evitaba mi mirada, sabiendo que esa noche le caía tormenta. —Una. Semana. —marqué mis condiciones—. Comida, la vuestra. Los niños quietos, ni tocan mi despacho. Y silencio a partir de las diez. Marta puso los ojos en blanco: —Qué cuadriculada eres, hija. Anda, ¿dónde dormimos? ¿No será en el suelo? El infierno comenzó. La “semanita” fueron tres. Mi piso de diseño se convirtió en cuadra: recibidor repleto de zapatos sucios, cocina convertida en caos. Marta no era invitada, se creía la dueña. —Aquí no hay ni yogures para los niños ni carne para Íñigo, con lo bien que ganas, podías cuidar a la familia… —Tienes tarjeta y supermercado, pide lo que quieras. —Qué agarraíta eres, Sara. Recuerda que no te vas a llevar nada al otro lado… El punto de no retorno fue volver antes de tiempo y encontrar a los niños en mi dormitorio: saltando en mi colchón ortopédico y la pequeña pintando la pared ¡con mi pintalabios de Carolina Herrera, edición limitada! —¡Fuera! —rugí, y los niños salieron volando. Marta llegó y se encogió de hombros: —Bah, sólo es una raya. Y la barra, vaya drama con lo que te costó… Por cierto, la reforma se alarga, la cuadrilla son unos manazas. Mejor nos quedamos hasta verano. ¡Así hay más ambiente! Íñigo en silencio, una marioneta. No dije nada, me encerré en el baño a evitar un crimen. Por la tarde, su móvil quedó a la vista, parpadeando: “Marina Alquiler: Marta, transferencia hecha, los inquilinos felices, ¿pueden extender hasta agosto?” Y notificación bancaria de ingreso: 800 euros. Casa alquilada para forrarse y viviendo a mi costa. Negocio redondo. Fotografié la pantalla. —Íñigo, ven. Le enseñé la foto. —¿Será un error? —El error es que no los hayas echado ya. Mañana o se van ellos o te vas tú con todo tu circo. Al día siguiente, Marta salió de compras—zapatos nuevos con el dinero del alquiler—dejando los niños con Íñigo. —Llévalos al parque. Largo rato. —¿Por? —Porque aquí se va a hacer una desinfección de… parásitos. En cuanto salieron, llamé primero al cerrajero, segundo al policía de barrio. Le enseñé mis papeles de propietaria: solo yo inscrita. —¿Familia? —Antigua—sonreí—. Conflicto patrimonial. Apareció Marta, contenta con sus bolsas de Serrano. Cuando vio la pila de bolsas de basura y al policía, se le cayó la cara. —¿Estás loca, Sara? ¡Son mis cosas! —Recógelas y vete. El hotel está cerrado. Intentó pasar y el agente la paró. —¿Vive usted aquí? ¿Empadronada? —Soy la hermana de mi cuñado, ¡estaba de visita! ¡Llama a Íñigo! —Llama lo que quieras, no va a responder. Se puso a gritar. —Tenemos reforma, no tenemos adónde ir, ¡los niños! —Miente, saluda a Marina y pregúntale si los inquilinos seguirán hasta agosto… Abrió la boca, sin palabras. —Tenías que haber puesto clave al móvil. Has vivido a mi costa, alquilando tu casa para sacarte un dinerito, ¿verdad? Ahora escucha: agarra tus cosas y lárgate. Si te veo a menos de un kilómetro denuncio alquiler ilegal y “desaparición” de una joya. Ella palideció: —Eres mala persona, Sara, que Dios te juzgue. —Dios está ocupado y yo, por fin, soy libre. El ascensor se la llevó con sus bolsas y sueños rotos. —Gracias, agente. —Ponga usted buenas cerraduras mejor. Entré, giré la llave del nuevo cerrojo: música para mis oídos. Olía a lejía, la limpieza avanzaba. Íñigo volvió solo. —Sara, mi hermana se ha ido. —Ya lo sé. Y escucha: una más como esta de tu familia y tus cosas acaban en el descansillo. ¿Me oyes? Asintió, asustado. Sabía que hablaba en serio. Di un sorbo a mi café, fuerte, caliente y, lo más importante, en el silencio impecable de MI piso. La corona no aprieta. Es perfecta.
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié la cerradura
MagistrUm
Es interesante
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Mi hermano no quiere llevar a mamá a una residencia y tampoco quiere llevársela a su casa – dice que allí no hay sitio para ella
Mi hermano no quiere llevar a mamá a una residencia y tampoco se la puede llevar a su casa ¡no hay sitio allí!
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