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029
Barcín esperaba junto a la puerta; pasó un día, dos, ¡una semana! Cayó la primera nevada y aún seguía allí. Sus patitas temblaban de frío y su estómago rugía de hambre, pero él persistía en su espera.
Barí se quedó junto al portal esperando. Día tras día, dos, una semana Cuando cayó la primera nevada
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076
Desde que era una niña pequeña, mis padres me decían que nadie me necesitaba y que no valía para nada. Se suele decir que los miembros de la familia son los más cercanos, especialmente las madres. Al fin y al cabo, han llevado a su hijo durante nueve meses, han dado a luz, han pasado noches en vela y se han entregado por completo por el bien de su hijo. En parte es cierto, pero no fue mi caso. Mi madre y yo somos personas completamente diferentes. Nunca encontramos un idioma común. Jamás me apoyó en nada. Cada vez que sentía ilusión por algo, ella se encargaba de apagar mis sueños con su actitud negativa. Según mi madre, yo era una niña torpe y poco inteligente, incapaz de hacer nada ni de lograrlo nunca. No entendía por qué me trataba así. Pero en cuanto necesitaba algo, era la primera en pedirme ayuda. Sí, sí, la hija que, según ella, no podía hacer ni lograr nada. Por suerte, al menos mi padre me quería y me apoyaba. Por eso decidí irme de mi ciudad natal a Madrid en busca de una vida mejor y de mi propia felicidad. En cuanto mi madre se enteró, entró en cólera. Me lo dijo todo, pero su único objetivo era retener a quien ella consideraba su esclava útil. Sin embargo, no me dejé manipular por su presión psicológica e hice todo tal y como yo quería. Y aquí estoy. Vivo en la capital, tengo un piso grande, mi propia empresa, dos hijos y un marido maravilloso. Y pensar que mi madre siempre decía que no podría lograrlo. Pero sí pude, y cualquiera que sepa taparse los oídos, ignorar las críticas y creer en sí mismo, también puede hacerlo.
Desde que era una niña pequeña, mis padres me decían que nadie me necesitaba y que no servía para nada.
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0208
Natalia, ya no estás desde hace cinco años, no te importa cómo vivo ni qué es de mí
Natalia, llevas cinco años sin estar aquí, sin preocuparte en absoluto de cómo vivo o qué ha sido de mí.
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062
Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían en la mesa. Marina los miraba sin verlos, pero veía perfectamente los números del reloj, que parecían avanzar despacio, burlándose de ella. 22:47. Kike prometió llegar a las nueve. Como siempre… El móvil no sonaba. Marina ya no estaba enfadada. Todo lo que quedaba vivo por dentro se había quemado por completo, dejando sólo un cansancio frío. Sobre las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni siquiera volvió la cabeza. Sentada en el sofá, arropada con una manta, miraba un punto fijo. —Hola, cariño. Perdona, se me hizo tarde en el trabajo —en la voz cansada de Kike sonó el tono falso y forzado de siempre. Kike siempre hablaba así cuando mentía. Se acercó para besarla en la mejilla. Marina se apartó de manera automática, apenas perceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, desenroscando la bufanda. —¿Te acuerdas qué día es hoy? —la voz de Marina era baja, apagada. Se quedó un segundo inmóvil, pensando. —Miércoles. ¿Por? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a verla con la tarta. Dijiste que vendrías. La expresión de Kike cambió de inmediato. La sonrisa se esfumó, dando paso a la culpa y al pánico. —Dios, Mari, se me ha ido por completo… Lo siento, de verdad, el trabajo me tiene desbordado. Mañana la llamo, te lo prometo. Kike fue a la cocina. Marina oía cómo rebuscaba en la nevera, el tintineo de platos y cubiertos. Siempre se refugiaba así, en la rutina de la cocina, como si las tazas y los tenedores pudieran esconderlo de las preguntas incómodas. Pero aquella noche ella no pensaba ahorrarle nada. Se levantó y fue a la puerta de la cocina. —Kike, ¿con quién estuviste hoy “liado” en el trabajo hasta las once de la noche? Él se volvió. La mano que sujetaba el brick de leche tembló. —Con el equipo. Estamos lanzando un proyecto nuevo. Ya sabes cómo es esto. Todo a contrarreloj. —Sí, ya —asintió Marina—. Y también sé que a las tres llamaste y dijiste: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglar esto”. Elena. Su exmujer. El fantasma que llevaba tres años viviendo con ellos. Ese frío de reproches y heridas sin cerrar. Kike se quedó blanco. —¿Me estabas escuchando? —No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño, que se te oía perfectamente. Le dejó el brick en la mesa y se sentó, pesadamente. —No es lo que tú crees. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué debería pensar? —por primera vez la voz de Marina se rompió—. ¿Que llevas medio año inquieto? ¿Que desapareces por las noches? ¿Que ya no me miras? ¿Qué pasa, intentas volver con ella? Dímelo de una vez, puedo soportarlo. Kike miró sus manos. Esas manos que eran buenas con las cosas, pero no supieron construir felicidad. —No pienso volver con ella —dijo en un susurro. —¿Entonces qué? ¿Vuelves a acostarte con ella? —¡No! —había tanta sinceridad y desesperación en sus ojos que Marina dudó de sus propias sospechas—. Mari, créeme, nada de eso. —¿Entonces qué? ¿Qué “arreglas” tú ahí? —casi gritaba—. ¿Pagas sus deudas? ¿Le solucionas la vida? ¿Vives para ella y no para mí? Kike guardó silencio. Las palabras que Marina llevaba meses callando rompieron el dique. —Vete, Kike. Vete con ella, si te importa tanto. O con quien sea. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. No quiero vivir así. Se encaminó a la salida, pero él le cortó el paso: —¡Que no tengo a nadie! ¡Ni a Elena ni a nadie! ¡No sé qué me pasa! Sólo… quiero arreglarlo todo. Se volvió, tragando saliva. —No hables en acertijos —logró decir Marina. —¿Quieres saber qué arreglo? —estalló Kike—. ¡A mí mismo! Intento arreglarme. Y no puedo. ¿Entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena. Creíste en mí cuando ni yo creía. Contigo todo iba a ser distinto. Yo iba a ser mejor. Pero no me sale. Lo estoy echando todo a perder: olvido fechas, paso más horas en el trabajo aunque sé que me esperas. Me encierro. Cuando te miro, veo cómo se apaga la luz en tus ojos. Exactamente como le pasó a ella. Marina permaneció en silencio. —No quiero buscar a otra —siguió Kike en voz baja—. Tengo miedo de que vuelva a pasar lo mismo. Que otra vez lo importante se me escape de las manos. Otra vez lágrimas, desesperación o rencor. No sé… ser marido. No sé compartir la vida, el día a día, sin dramas. Lo destrozo todo. Vivo al borde de la cuerda floja, temiendo caerme. Y tú… tú también pareces muerta conmigo… Kike la miró. Esta vez, su mirada era honesta y perdida: —Así que el problema no eres tú. Ni Elena. Soy yo… Marina escuchó todo aquel desvarío y vio la verdad: Kike no le fue infiel con otra mujer, le fue infiel a su vida por miedo. No era un villano, sino un hombre perdido, sin saber cómo seguir. —¿Y ahora qué, Kike? —preguntó aún sin reproche—. Ya lo has reconocido. ¿Y ahora? —No lo sé —reconoció él. —Pues aclárate tú solo —le cortó Marina—. Ve al psicólogo, lee, date de cabezazos, lo que quieras, pero deja de dar vueltas y buscar el botón mágico para arreglar tus errores. Ese botón no existe. Sólo hay trabajo. Contigo mismo. Hazlo tú solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó rozándole y se puso el abrigo en el recibidor. *** La puerta se cerró. Kike se quedó solo, rodeado sólo por el golpeteo de la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo la silueta de Marina se desvanecía bajo la lluvia, y de golpe sintió el peso insoportable de lo que le quedaba. Su fracaso ya no era un fantasma. Estaba allí, en el piso vacío, en la cena fría, en sus propias manos que ya no sabían agarrar nada. En vez de salir corriendo tras Marina, abrió una botella de brandy…
Los platos con la cena fría seguían en la mesa como islas olvidadas entre la niebla. Eugenia los contemplaba
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0469
Natalia, ya no estás desde hace cinco años, no te importa cómo vivo ni qué es de mí
Natalia, llevas cinco años sin estar aquí, sin preocuparte en absoluto de cómo vivo o qué ha sido de mí.
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017
Caminando por una nueva ruta turística
Caminando por la nueva ruta Sergio García salió del portal de la antigua fábrica de rodamientos de la
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0283
Frotó sus manos mojadas, gimiendo de dolor, y se dirigió a abrir la puerta.
Secó sus manos húmedas, gimiendo de dolor, y se dirigió a abrir la puerta. María López se enjugó las
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023
Dos preocupaciones
Madrid, 8 de septiembre, 06:45 El autobús me deja frente a la verja del edificio de la residencia asistida
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0671
Esto no es negociable: —Nina se viene a vivir con nosotros, esto no se discute —dijo Zacarías, dejando la cuchara a un lado. Ni siquiera probó la cena, claramente preparándose para una conversación seria—. Hay habitación libre, justo acabamos de terminar la reforma. Así que en un par de semanitas mi hija se muda con nosotros. —¿No se te olvida nada? —preguntó Ksenia, contando mentalmente hasta diez—. Como, por ejemplo, que esa habitación era para nuestro futuro hijo, el de los dos. Y también que Nina tiene una madre, con la que debería quedarse. —Me acuerdo de que hablábamos de un hijo —gruñó Zacarías, esperando que su esposa aceptara sus palabras sin rechistar y la conversación no tuviera más recorrido—. Pero, mira, podemos posponerlo unos años. Además, tú aún tienes que acabar la carrera, ahora no toca pensar en eso. Y, además, a Nina no le apetece tener hermanos. Y lo de su madre… —hizo una mueca burlona—. Le voy a quitar la custodia. ¡Es peligroso que la niña conviva con esa mujer! —¿”La niña”? —Ksenia arqueó las cejas, sorprendida—. ¿No tiene ya doce años? Bastante mayor, por cierto. ¿Qué peligro hay? ¿Que no la dejen salir a la calle después de las diez? ¿Que la obliguen a hacer los deberes bajo amenaza de quitarle el móvil o cortarle el wifi? Pues tu ex es una santa si aún no ha cogido la zapatilla. —No tienes ni idea —replicó Zacarías entre dientes—. Nina me ha enseñado moratones y mensajes con insultos y amenazas. ¡No voy a dejar que le destrocen la vida a mi hija! —Y eso es justo lo que estás haciendo, cediendo a todos sus caprichos. Ksenia se levantó suavemente de la mesa, dejando el plato de sopa casi intacto. Se le había quitado el apetito y la cara de su esposo solo le daba dolor de cabeza. ¡Bien le decían que no corriera a casarse! Que vivieran primero juntos, que pusieran a prueba la relación… ¡Pero ella, como siempre, todo lo sabe! Había querido adelantarse a sus amigas… ¿Por qué decían que no se precipitara? Pues muy fácil: Zacarías es divorciado, quince años mayor que ella, y con una hija bastante crecida, a la que adora. Tres motivos que, separados, parecen poca cosa, pero juntos… casi un desastre. Las dos primeras razones no le molestaban demasiado; al revés, le gustaba que su marido tuviera experiencia de vida. Sabía incluso que la separación fue amistosa y sin rencores con su anterior esposa, Alba. La tercera razón… era Nina. Una niña mimada hasta el extremo y bastante rebelde, criada por la abuela, pues los padres se deslomaban trabajando por su futuro. La separación apenas la afectó: tenía claro que su padre no la abandonaría, ni aunque se casara de nuevo. Pero el nuevo matrimonio de su madre… eso era otra cosa. Poco le faltó para que el padrastro cogiera las riendas de su educación y, además, la madre, ahora con un trabajo más estable y pasando más tiempo en casa, apoyaba totalmente al nuevo marido. Toque de queda, deberes, profesores particulares porque Nina iba mal en el cole… Todo eso sacaba de quicio a la niña, acostumbrada a pasar horas frente al televisor o al ordenador. Tanto la enfadaba que empezó a inventar historias que ponían de los nervios a su padre. Sí, ella quería vivir con él, porque sabía que sus horarios de trabajo la dejarían prácticamente todo el día sola. Ni pensaba obedecer a la madrastra, solo nueve años mayor que ella. Por conseguir esa “vida libre”, estaba dispuesta a todo. ************************ —Nina viene hoy. Prepárale su habitación y, por favor, no la estreses que ya bastante ha pasado —Zacarías puso a Ksenia frente al hecho, mientras elegía una corbata para su nuevo traje—. Si hubiera sabido que Alba, por un hombre, iba a tratar así a su hija… Pero bueno, no sirve de nada hablar del pasado. —O sea, que, ¿no has cambiado de idea? ¿De verdad piensas traer a tu hija aquí? —Ksenia aún esperaba que su marido no lo lograra—. ¿Quién la va a cuidar? Si llegas a casa, con suerte, a las ocho. —Tú podrás estar pendiente —zanjó Zacarías encogiéndose de hombros—. No tiene tres años, sabe apañarse sola. —Tengo los exámenes a la vuelta de la esquina, tú mismo me dijiste que debía concentrarme en los estudios —se vengó Ksenia con una sonrisa—. Que Nina se porte bien y no me moleste. Espero que sepa fregar platos y barrer, porque durante las próximas dos semanas, ¡eso será su cometido principal! —No es una criada… —Ni yo tampoco —cortó Ksenia las protestas—. Si va a vivir aquí, tendrá que ayudar en casa. Y más te valdría dejarle claras las normas de convivencia. ************************ —Papá, ¿de verdad vas a dejar que ella me trate así? Ni siquiera puedo salir con mis amigas tranquila, tu esposita me ha endosado todas las tareas domésticas y mientras ella se tumba en el sofá viendo la tele. Ksenia, que justo pasaba por allí y escuchó la conversación, sonrió con ironía. Si consiguiera que la niña hiciera algo, ¡sería un milagro! —Hablaré con Ksenia, te lo prometo. Pero tú también intenta llevarte bien con ella. Nina, sé que es duro, pero yo no tengo tiempo para vigilarte. Haz un esfuerzo, demuéstrale que eres una chica responsable. —Vale, lo intentaré —aceptó Nina a regañadientes, sabiendo que de su padre, por hoy, no sacaría más—. Por cierto, ¿es verdad que le has comprado un coche? —Pues sí, ¿por? —Nada, nada… A mí me dijiste que no había dinero para llevarme de vacaciones fuera este verano. ¡Tenía tanta ilusión! —No podías ir sola, recuerda que solo tienes doce años y yo trabajo. Ya nos iremos de viaje toda la familia en verano. —¡Pero yo no quiero ir con toda la familia! Ni siquiera me quieres, ¿verdad? ¿Para qué te la llevaste de mamá entonces? A tu mujer solo le estorbo y tú siempre estás ocupado… Ksenia decidió dejar de escuchar. Sabía que, al final, Nina lograría lo que quisiera. Y no solo en las vacaciones. La niña lista había decidido deshacerse de la “intrusa” que podía quitarle parte del dinero de papá. Y, por desgracia, parecía que lo conseguiría. Harta de reproches, Ksenia se lo pensó muy en serio: una discusión más y pedía el divorcio. Antes de irse, le quitaría a la niña el gusto de ganar: le dejaría bien claro que Zacarías pagaría igualmente, ahora en concepto de pensión. ************************ Llegó la noche, cargada de reproches, como ella había previsto. Los escuchó todos y al final anunció tranquila que pedía el divorcio. —Quiero vivir en paz, no aguantar día tras día que me insulten. Y sí, te advertí que hacerle caso a todo a tu hija era muy mala idea —al ver la sonrisa victoriosa de Nina, le echó un jarro de agua fría—. Y tú, no te alegres tanto. Quién sabe cómo va a acabar tu vida. Por ejemplo, podría darle un ultimátum a tu padre: si alguna vez quiere ver a nuestro hijo… —acarició deliberadamente su vientre—, tendrá que devolverte con tu madre. O algo por el estilo. Mientras Nina intentaba encontrar palabras para protestar y Zacarías digería la situación, Ksenia cogió su maleta, ya preparada, y salió del piso. La verdad, no estaba embarazada. Solo quería poner nerviosa a la niña y dar una lección a un hombre que claramente no sabe nada de psicología infantil…
Ni hablar, Lucía se viene a vivir con nosotros y punto sentenció Eloy, dejando la cuchara sobre el mantel
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047
Ya está bien la cosa: el día en que una nuera española se planta ante su suegra perfecta y el marido por fin toma partido
Lucía, ¿es que ya no aspiras nunca? Mira cómo está el suelo. De tanta pelusa, hasta me lloran los ojos, hija.
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