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045
«¿¡Cómo ha podido hacerme esto?! ¡Sin preguntar! ¡Sin consultarme! ¡Hay que ver: presentarse en casa ajena y comportarse como si fuera la suya! ¡Ningún respeto! Señor, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Toda la vida pendiente de ella, y así me lo agradece… ¡Es que ni me considera persona! – Nines se secó las lágrimas que le asomaban, – ¡Que resulta que no le gusta mi vida! ¡Como si la suya fuera perfecta! Encerrada en su piso de un dormitorio, creyéndose que ha cazado la felicidad. Sin pareja estable, trabajando a distancia, ¡vete tú a saber de qué vive! Y encima me viene a dar lecciones… ¡Si yo hace años superé lo que ella apenas empieza a vivir!» Ese último pensamiento levantó a Nines del sillón. Fue a la cocina, puso agua a hervir y se asomó a la ventana. Contemplando la panorámica de la ciudad encendida de luces y ambiente festivo, no pudo evitar romper a llorar de nuevo: «Todo el mundo preparándose para Año Nuevo, menos yo… Sin ganas de celebrar, más sola que la una…» El hervidor silbó. Nines, enfrascada en sus recuerdos, ni se dio cuenta… Tenía veinte años cuando su madre, ya a sus cuarenta y cinco, dio a luz a su segunda hija. A Nines aquello le pareció insólito: ¿para qué tanta complicación a esa edad? —No quiero que acabes sola, hija —explicó la madre—, ya verás cómo es una suerte tener una hermana. Lo entenderás luego. —Lo entiendo ahora, pero que conste: no pienso ocuparme de la niña. Yo tengo mi propia vida —contestó entonces Nines, indiferente. —Ya no tienes solo tu vida —le sonrió la madre. Y aquellas palabras fueron proféticas. Con apenas tres años, la pequeña -Nati- quedó huérfana: madre fallecida y el padre, ya tiempo atrás. Toda la responsabilidad recayó sobre Nines, que prácticamente hizo de madre para Nati. Hasta los diez años, la niña la llamó “mamá”. Nines nunca llegó a casarse. No por culpa de la hermana, sino porque nunca encontró al hombre capaz de conquistar su corazón. Tampoco tenía muchas oportunidades: su rutina era casa, trabajo, hermana; casa, trabajo, hermana… Madura a la fuerza, Nines lo sacrificó todo por Nati: la crió y la educó. Hoy Nati es adulta, vive independiente y planea casarse. Suelen verse a menudo: son muy unidas, aunque difieren mucho en edad, carácter y modo de ver la vida. A Nines, por ejemplo, le cuesta desprenderse de nada. Su piso parece un almacén de trastos inservibles: todavía guarda la bata de cuando era mucho más joven y facturas del año de la polca. En la cocina se acumulan tazas astilladas y cazuelas sin mango. Ni las usa, ni se decide a tirarlas: ¿y si algún día hacen falta? Los arreglos en casa, ni pensarlo. No por falta de dinero, sino porque “los papeles aún aguantan”. La costumbre de ahorrar por ella y por su hermana ha hecho mella en su día a día. Nati, en cambio, es alegre, dinámica, tiene todo lo justo y práctico en casa, sin montañas de cachivaches: “Si una cosa no la uso en un año, fuera”. Por eso su casa es luminosa y agradable. Cuántas veces le ha insistido a Nines: —Deberías hacer reforma y deshacerte de lo que no usas, que pronto no vas a tener sitio ni para ti. —No voy a tirar nada ni quiero que cambie nada —contestaba siempre Nines—, ni falta que me hace una reforma. —¿Cómo que no la necesitas? ¡Mira cómo tienes el recibidor! ¡Estas paredes rugosas parecen sacadas del siglo pasado! Y tanta cosa acumulada roba energía, ¡no sabes cuánto! Así no hay quien se encuentre bien —trataba de convencerla Nati. Pero Nines siempre se negaba. Así que un día Nati decidió sorprenderla con una reforma. Eligió arreglar la entrada, la parte menos complicada. A pocos días de Fin de Año, aprovechando que Nines tenía turno de noche, Nati y su prometido fueron a su piso (ambas tenían llaves de la otra), empapelaron el recibidor de un tono verde suave con detalles dorados y regresaron todo a su lugar, sin atreverse a tocar los trastos de Nines. Se marcharon. Nines, al volver, salió corriendo pensando que se había confundido de piso. Miró el número de la puerta. Sí, era el suyo. Entró de nuevo. Y lo entendió todo. ¡Nati! ¿Cómo se había atrevido? Llamó indignada a su hermana y le echó una bronca monumental. Media hora después, Nati apareció en el piso. —¿¡Quién te lo ha pedido!? —la recibió Nines indignada. —Nines, solo quería darte una sorpresa. ¡Mira lo bonito y luminoso que está todo! —¡No vuelvas a adueñarte de mi casa! —la interrumpió Nines. Las palabras hirientes llovieron sobre Nati una tras otra. Hasta que la muchacha no aguantó más: —Basta. Haz lo que quieras con tu trastero. No volveré a pisar tu casa. —Vaya, ¿la verdad duele, eh? ¡Sales huyendo! —Me das pena —respondió bajito Nati antes de marcharse… Una semana sin hablarse. Jamás habían estado peleadas tanto tiempo, y ahora Nochevieja a punto de llegar. ¿La pasarán separadas? Nines salió al recibidor y se sentó. “Pues sí, la verdad, está más amplio”, pensó. Se imaginó a Nati y Santi empapelando, cuidando cada arruga, intentando adivinar su reacción. “¿A qué tanto enfado? Así está mucho mejor. Más luz, más alegría. A lo mejor tiene razón mi hermana”. De pronto sonó el teléfono… —Nines —la voz de Nati sonó llorosa—, perdóname. No quería molestarte, solo alegrarte… —No, cielo, yo ya no estoy enfadada contigo. No hay nada que perdonar: llevas toda la razón y las paredes han quedado preciosas. Cuando pasen las fiestas, sí quiero que me ayudes a ordenar mi caos —si no te importa, claro. —¡Por supuesto que quiero! Y además hoy es especial… No concibo una Nochevieja sin ti… —Ni yo sin ti… —Pues venga, prepárate, que está todo listo: árbol natural, luces, velas. Como te gusta. Y no te líes, que conozco tus prisas: ya lo tengo casi todo hecho, Santi va a recogerte. Yo tenía fe en que lo arreglaríamos y estaríamos juntas en Año Nuevo. Prepárate, pero sin prisas. Nines volvió a mirar por la ventana. La ciudad festiva parecía otra. Miró y pensó: “Gracias, mamá… Por darme una hermana…”
¿Cómo ha podido hacerme esto? ¡Ni siquiera me lo preguntó! ¡Ni pensó consultarme! Hay que tener poca
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023
Regresó tras un año de silencio. Me preguntó si podía ser de nuevo mi marido.
Regresó después de un año de silencio. Llevaba la misma maleta con la que se marchó hace doce meses
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03.5k.
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: cómo eché a la caradura familia de mi marido y cambié las cerraduras El portero automático no solo sonó, sino que aulló exigiendo atención. Miré el reloj: siete de la mañana, sábado. El único día que planeaba dormir a pierna suelta tras cerrar el informe trimestral, no para recibir visitas. En la pantalla apareció la cara de mi cuñada. Lucía, la hermana de mi marido Diego, tenía el gesto de quien va a asaltar la Bastilla, y tras ella asomaban tres coronillas de niños despeinados. — ¡Diego! —grité sin levantar el auricular—. Es tu familia. Arregla esto. Mi marido salió del dormitorio poniéndose los calzoncillos al revés. Sabía que si usaba ese tono, es que mi paciencia con sus parientes había tocado fondo. Mientras él balbuceaba algo por el portero, yo ya estaba en la entrada, con los brazos cruzados. Mi piso, mis normas. Ese piso de tres habitaciones en el centro me había costado sangre y sudor, pagado yo sola antes de casarme, y lo último que quería era ver allí a extraños. La puerta se abrió y mi pasillo, siempre impecable y oliendo a difusor de Loewe, fue invadido por la tribu. Lucía, cargada de bolsas, ni se molestó en saludar; simplemente me apartó de un empujón de cadera, como si yo fuera un mueble. — ¡Ay, menos mal que hemos llegado! —exclamó, tirando los bultos sobre el suelo de gres italiano—. ¿Qué haces ahí plantada, Elena? Pon agua para el té, que los niños vienen muertos de hambre. —Lucía… —mi voz era tan fría que Diego encogió los hombros—. ¿Qué está pasando aquí? —¿No te lo ha contado Diego? —puso cara de santa ingenua—. ¡Estamos en obras! Cambian tuberías, levantan el suelo, imposible vivir allí, el polvo es insoportable. Nos quedamos con vosotros una semanita. Total, en este piso sobra espacio. Mire a Diego, que fingió interés por el techo, sabiendo que esa noche le esperaba juicio sumarísimo. —¿Diego? —Bueno, Elena… —balbuceó—. Es mi hermana. ¿Dónde van a ir con la reforma? Es solo una semana. —Una semana —repetí—. Siete días justos. La comida, cosa vuestra. Los niños no corren por la casa, no tocan las paredes, y de mi despacho ni se acercan. Quiero silencio después de las diez. Lucía puso los ojos en blanco: — Qué sargento estás. Ni la directora de un internado. Bueno, vale, ¿dónde dormimos? Espero que no en el suelo. Así empezó el infierno. La “semanita” se alargó a dos, luego a tres. Mi piso, que había decorado con mimo y una interiorista de Salamanca, se convirtió en una cuadra. En la entrada, montañas de zapatos mugrientos. La cocina era un caos: manchas de grasa en la encimera, migas, charcos pegajosos. Lucía actuaba como si el piso fuera suyo y yo la sirvienta. —Oye, ¿y qué pasa con la nevera? —protestó una noche—. Los niños necesitan yogures y nosotros carne. Tú que ganas bien, podrías ocuparte de la familia. —Tienes tarjeta y supermercado. A por ello. El Glovo no cierra —respondí sin levantar la vista del portátil. —Tacaña —refunfuñó dando un portazo a la nevera—. Dinero no te vas a llevar a la tumba. Pero la gota que colmó el vaso no fue esa. Un día, al volver temprano del trabajo, encontré a mis sobrinos en mi dormitorio. El mayor saltaba en mi colchonazo ortopédico, casi nuevo, y la niña pequeña… se dedicaba a pintar la pared. Con mi barra de labios. De Carolina Herrera. Edición limitada. —¡Fuera! —rugí. Los niños salieron disparados. Lucía llegó corriendo. Vio la pared, la barra de labios rota y solo exclamó: — Pero qué escándalo, si son niños. Eso se limpia. Y lo de la barra… es grasa colorá, te compras otra. Por cierto, hemos pensado que, como la reforma se alarga y los albañiles son un desastre, nos quedamos hasta el verano. A vosotros os viene bien la compañía. Diego, junto a ella, callaba. Un pelele. No dije nada. Me fui al baño a respirar hondo y no cometer un delito. Por la tarde, Lucía dejó su móvil en la cocina. Una notificación enorme apareció en pantalla: mensaje de “Marina Alquileres”: “Lucía, transferido el próximo mes. Los inquilinos encantados, ¿pueden quedarse hasta agosto?” Y enseguida, ingreso bancario de 900 euros. Se me hizo la luz. No había reforma: mi cuñada había alquilado su piso para sacarse un dinero y se había instalado gratis en el mío, gastos incluidos, mientras cobraba sin mover un dedo. Le saqué una foto a la pantalla, sin temblar. —Diego, ven a la cocina —llamé a mi marido. Él leyó el mensaje y se puso lívido. —Elena, ¿y si es un error? —El error es que aún no has echado a tu familia de mi casa. Tienes hasta mañana a mediodía: o se van ellos, o te vas tú también. Con todos tus trastos. —¿Y a dónde van a ir? —Me da igual: debajo de un puente o al Ritz si les llega. Por la mañana, Lucía anunció que iba de compras, que había visto unos botines divinos (con los ingresos del alquiler, claro). Dejó a los niños con Diego. Esperé a que saliera. —Diego, lleva a los niños al Retiro. Que no vuelvan pronto. —¿Por? —Porque aquí se va a hacer una desinfección urgente. De parásitos. Cuando salieron, llamé al cerrajero y al portero. Fin de la hospitalidad; comenzó la limpieza. El cerrajero, un hombre robusto con brazalete, lo hizo en media hora. — Buena puerta, pero este bombín es una fortaleza. —Eso buscaba, seguridad. Pagué y empecé a meter todas las cosas de la familia en bolsas de basura gigantes. Nada de doblar: lo empujé todo a presión. Su ropa, sus juguetes, la colonia de Lucía, todo fuera. A los cuarenta minutos, cinco bolsas negras esperaban en el rellano. Dos maletas al lado. El portero llegó enseguida. Le di escrituras y DNI. —¿Son familia? —Ex —respondí, casi riendo—. Aquí el culebrón va subiendo de nivel. Lucía tardó una hora en volver, sonriente, bolsas de El Corte Inglés al brazo. Se le heló la cara al ver las bolsas y al portero. —¿Pero esto qué es? ¡Elena, te has vuelto loca! ¡Son mis cosas! —Exacto: tus trastos. Te los llevas y te largas. Se acabó el hotel. Intentó colarse, pero el portero le cortó el paso. —¿Tiene usted domicilio aquí? ¿Registro? —¡Soy la hermana de Diego! ¡Estamos de paso! —Se volvió hacia mí, roja de rabia—. ¡Te vas a enterar cuando venga Diego! —Llámale, anda. Ahora explica a tus hijos por qué mamá es tan lista. Marcó varias veces, sin respuesta. Diego ya debía habérselo olido. —¡No tienes derecho! —chilló, tirando las compras. De una bolsa se cayó una caja de zapatos nuevos—. ¡Estamos en obras! —No mientas. Saluda a Marina y pregunta si amplían hasta agosto. O igual tienes que desalojar tú a los inquilinos… Lucía se quedó atónita, sin saber qué decir. —¿Cómo lo sabes…? —Bloquea tu móvil la próxima vez, empresaria. Has vivido de mi cuenta, destrozado mi casa, y alquilado la tuya para pagarte el capricho. Felicidades. Pero escucha bien. Bajé la voz, acompañando cada palabra con una mirada heladora: —Ahora te llevas las bolsas y desapareces. Si te veo cerca de mi casa, denuncio a Hacienda por alquiler en negro. Y de paso, denuncio robo de joyas. Seguro que la policía lo encuentra en una de tus bolsas, si las revisan. El anillo seguía en mi caja fuerte, pero ella no lo sabía. Palideció, su maquillaje parecía de carnaval. —Eres una bruja, Elena —murmuró—. Que Dios te juzgue. —Dios tiene mucho trabajo. Yo ya soy libre. Y, por fin, mi piso también. Cargó las bolsas como pudo y llamó a un taxi con manos temblorosas. El portero lo miraba aburrido, feliz de no tener que hacer papeleo. Cuando el ascensor desapareció llevando a Lucía, sus trastos y sus planes frustrados, di las gracias. —Para eso estamos —dijo—. Pero póngase otro bombín bueno, por si acaso. Cerré la puerta, el nuevo bombín sonó seguro, seco. Ya olía a limpieza recién hecha; la empresa ya iba por el dormitorio. Diego volvió a las dos horas. Solo. Entregó los niños a Lucía cuando ella cargaba las bolsas en el taxi. Entró dando vueltas, con miedo de la tormenta. —Elena… ya se han ido. —Lo sé. —Ha dicho de todo de ti… —Me da igual lo que griten las ratas cuando se hunde el barco. Me senté a tomar un café, en mi taza favorita, intacta. La pared ya no tenía pinturas de pintalabios: todo limpio. En la nevera, solo mi comida. —¿Sabías lo del alquiler? —le pregunté sin mirarle. —¡No! De verdad, Elena. Si lo llego a saber… —Si lo llegas a saber, te callas —concluí—. Escúchame: esto ha sido la última vez. Si tu familia vuelve a hacer una de estas, tus maletas dormirán fuera. ¿Entendido? Asintió rápido, asustado. Sabía que no bromeaba. Bebí un sorbo de café. Estaba perfecto: caliente, fuerte, y sobre todo, en el silencio absoluto y delicioso de mi casa. Mi corona no aprieta. Me queda como un guante.
«¡Vamos a vivir aquí hasta verano!»: cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié la cerradura
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037
La novia ajena. Valerio era el animador más solicitado: nunca había anunciado sus servicios ni en prensa ni en televisión, pero su nombre y su móvil se pasaban de boca en boca, como suele ocurrir en España en los pueblos y ciudades. ¿Presentador de conciertos? ¡Sin problema! ¿Maestro de ceremonias para bodas o aniversarios? ¡Perfecto! Incluso una vez condujo una fiesta de fin de curso en una guardería, conquistando no solo a los niños, sino también a sus madres. Todo empezó de manera sencilla: un amigo íntimo se casaba y el animador contratado de antemano no apareció, simplemente porque se había ido de juerga. Sin tiempo para buscar a otro, Valerio cogió el micrófono. En el colegio participaba en actividades extraescolares, fue parte del grupo de teatro “Logos” y en la universidad era fijo en las “Primaveras Universitarias” y en el club de humor KVN, similares a nuestras chirigotas. Su improvisación fue todo un éxito y ahí mismo, durante el banquete, dos personas más le pidieron que llevara también sus celebraciones. Tras acabar la universidad, Valerio encontró trabajo en un centro de investigación local, cobrando un salario irrisorio. Sus primeros ingresos como presentador le animaron tanto que aceptaba cualquier encargo, obteniendo no solo un buen incentivo económico sino también una gran satisfacción personal. Muy pronto ganaba casi diez veces más animando fiestas que como joven investigador. Pasado un año, Valerio tomó una decisión: dejó el instituto, compró un buen equipo de sonido con sus ahorros, abrió su propia empresa y se lanzó oficialmente al mundo del espectáculo. Al mismo tiempo empezó clases de canto: había nacido para ello. Pronto se convirtió en maestro de ceremonias cantante, y tres veces por semana, se ganaba un sobresueldo actuando en un restaurante. A sus 30 años, Valerio era guapo, bastante acomodado y conocido como buen cantante, DJ y animador capaz de salvar cualquier evento. ¿Casarse? ¿Para qué? Las chicas se le echaban encima, sólo tenía que elegir. Pero sus amigos empezaron a casarse y a tener hijos y, poco a poco, Valerio también empezó a soñar con una tranquilidad familiar. Solo había un problema: ninguna candidata le convencía. Las fáciles solo le interesaban para lo que eran, él quería que fuera “una, para toda la vida”. — Debo conocer a una chica joven, educarla a mi gusto y casarme en cuanto cumpla los 18. ¡La esposa perfecta! Incluso empezó a aceptar encargos para ceremonias de fin de curso de bachillerato, buscando posible novia. Pero las adolescentes actuales no terminaban de convencerle. Valerio seguía esperando y, como decía, “buscando la presa rara”. Fue entonces cuando los dioses decidieron ponerlo a prueba. Al principio, nada hacía presagiar nada especial. Una mujer llamó recomendada por conocidos: — Necesitamos un maestro de ceremonias para una boda, ¿tiene libre el 17 de junio? ¡Estupendo! ¿Podemos vernos? Se citaron. Y, según Valerio, él entendió por primera vez lo que es “que se te caiga el suelo bajo los pies”. La mujer, que se presentó como Ksenia, era deslumbrante; Valerio no había visto a nadie así en persona. Hablaba clara y sensatamente, sabía lo que quería. El chico no podía dejar de mirarla: ¡menuda suerte para el futuro marido! No solo era guapa, sino también inteligente: una combinación única. A primera vista parecía que tendría unos 25 años, pero en la conversación mencionó haber sido “de las juventudes comunistas”, así que debía rondar los 40 o más. Acordaron los detalles y Valerio insistió en firmar un contrato, requisito habitual en España para quienes son tan formales, aunque Ksenia lo veía innecesario: — No hace falta, confío en usted, me han dado unas referencias estupendas. Valerio era estricto con los papeles; además, internamente pensaba que así tenía “una prueba material” de que Ksenia era real y no un sueño. De pronto sonó el móvil de la mujer: — Mira, ya ha llegado mi prometido a recogerme. ¿Te llevo? Valerio declinó, pero salió a despedirla, como solía hacer, para observar la química entre los novios. Pero esta vez, más que curiosidad, se sentía marcado por los celos. El novio le sorprendió: esperaba ver a un hombre madurito, de unos cuarenta, y apareció un chico más joven que él mismo. — ¿Eres tú el que llevará nuestra boda? Encantado, Slava me ha dicho que eres el mejor —le dijo mientras le tendía la mano—. Perdona, no me he presentado: soy Roberto, el prometido. Valerio moría de envidia, pero disimuló: — Valerio, un placer. Desde ese día, no pudo quitarse a Ksenia de la cabeza. Buscaba cualquier excusa para llamarla, oír su voz, verla… El día de la boda se acercaba y él sentía que iba a perder la razón. Se lo confesó a un amigo, que, no sin sorna, le preguntó: — ¿Y las estudiantes? ¿No eran las mejores candidatas para esposa? Valerio ya solo suspiraba: — ¡Qué estudiantes ni qué leches! ¡Ksenia es la mujer perfecta! — Pues díselo —insistía el amigo—. — ¿Estás loco? ¡Se casa! ¿Y yo para qué le serviría con mis tonterías? A veces, el afortunado Roberto pasaba para dejarle recados: — Mira, Ksenia me pidió que te trajera esto… Valerio lo odiaba en secreto, y meditó incluso en abandonar la boda. Pero entonces no volvería a ver a Ksenia. Al final decidía que no podía. Dos días antes del gran evento, Ksenia fue a casa de Valerio para “pulir” el programa, porque en la oficina había obras. Hablaron largo y tendido, todo fluyó, rieron juntos. Ya ultimados los detalles, Valerio propuso brindar: — Por una boda perfecta. Ksenia aceptó encantada. Ella reía y le parecía aún más guapa. El brindis le dio alas a Valerio y acabó besándola. Para su sorpresa, ella respondió. Se dejaron llevar. Valerio se despertó sin saber si había soñado la mejor noche de su vida. No había rastro de Ksenia, pero la almohada olía a su perfume. ¿Había sido real? Dudando, la llamó. — Hola… — ¡Hola! Perdona que saliera sin avisar, pero, ya sabes, con la boda tan cerca, ¡hay mil cosas! — ¿Entonces la boda sigue? —preguntó Valerio con voz apagada. — ¡Por supuesto! ¿Por qué iba a cancelarse? ¡Todo bien! ¿Así son todas las mujeres? ¿Tan cínicas? ¿Y podría mirar a su novio a los ojos sin remordimiento? Valerio no sabía qué hacer. ¿Arruinar la boda? ¿Sería capaz siquiera de amar a una mujer tan fría? Pero se respondía: sí, me da igual, la quiero igual. El gran día llegó y Valerio acudió temprano al restaurante. Las chicas de la decoración le lanzaban miradas, pero entonces… No podía creerlo: se le acercó Ksenia. — Hola. He venido nada más terminar la ceremonia civil, quería verte —le sonrió. — No entiendo nada —balbuceó Valerio—. ¿Entonces, os habéis casado y tú te has escapado? — Pues claro, mi cabeza loca. ¿Para qué iba a recorrer la ciudad en limusina con los jóvenes, pudiendo estar contigo? ¿O acaso te molesto? — Espera… ¿Con los jóvenes? ¿No eras tú la novia? Ksenia se quedó parada y luego soltó una carcajada tan genuina que contagió a Valerio. — ¡Por supuesto que no! ¡La novia es mi hija, Ksyusha! Estudia en Santiago, solo vino ayer. —Dejó de reír.— ¿Pero tú pensabas que la novia era yo? ¿Y que dos días antes dormiría con otro? ¡Bonito concepto tienes de mí…! Y Valerio por fin cayó en la cuenta: Ksenia nunca dijo “yo”, siempre hablaba de “la novia y el novio”. Y Roberto siempre la llamaba Ksenia, de usted, nunca Ksyusha. ¡Vaya lío! Al fin se atrevió a preguntar: — ¿Y tú? ¿Estás libre? —Cuando ella asintió, se le escapó:— ¡Cásate conmigo, por favor…! La boda fue espectacular, el maestro de ceremonias se superó y todos los invitados quedaron encantados. Los novios le agradecieron: — ¡Gracias por esta noche maravillosa, no tenemos palabras! — Ya me encargo yo de agradecérselo —intervino Ksenia. La noticia de que Valerio iba a casarse con una mujer nueve años mayor corrió como la pólvora entre los familiares, que primero dudaron, pero al conocerla afirmaron: — ¿Y quién no se iba a enamorar de una así? Ksenia y Ksyusha dieron a luz con apenas dos semanas de diferencia.
La novia ajena Hace ya muchos años, en un Madrid donde la comunicación aún no pasaba por las redes sociales
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024
El Patio en la Misma Sintonía
El patio en sintonía Un vecindario en las afueras de una gran ciudad despertaba con el bullicio de siempre
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010
— ¡En nuestra familia, durante cuatro generaciones, los hombres han trabajado en el ferrocarril! ¿Y tú qué has traído? — A Galina, — respondió Ana en voz baja, acariciándose el vientre. — La llamaremos Galina
¡En nuestra familia, durante cuatro generaciones, los hombres han trabajado en los ferrocarriles!
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022
En busca de la amante perdida — ¿Varya, qué te pasa? — preguntó asombrado el marido, mientras ella le tendía unos pantalones cortos y una camiseta. — Nada. ¡Mientras tú aquí roncas, se van a repartir todas las amantes! — respondió la esposa, apartando la manta y dejando a Rómulo indefenso ante el ataque de escalofríos. — ¿Pero de qué hablas? — Después de lo que soltaste ayer, que no tardarás en buscarte una amante, he tomado una decisión. Ha llegado tu hora, Rómulo. Son las cinco y media: toca levantarse y salir al frente del adulterio. — Pero si lo decía en broma. Solo discutimos, ¿lo has olvidado? Perdón, me equivoqué. — No, no, lo dijiste claro. La equivocada fui yo. He dejado que nuestro fuego de pasión se apague. Gasté toda la gasolina en mí misma. Ahora ahí solo queda ceniza, y ni siquiera serviría para asar unas patatas. Así que, ¡al lío! — ¿Me estás echando? — Te estoy alejando. A partir de hoy, ejercicio diario hasta que se te vaya esa barriga. Una amante no será tan comprensiva como una esposa, no querrá tener a un Michelin de talismán. ¡Arriba, cuando te hablen! Rómulo, comprendiendo que su esposa no cejaría, se levantó obediente y logró encajarse los pantalones cortos sobre los calzoncillos. — Acuérdate de que tenemos que comprarte un bañador. Con esos “paracaídas”, me temo que te llevará el viento del lecho amoroso. Diez minutos más tarde, tras correr alrededor de la casa bajo la mirada de su “entrenadora”, Rómulo regresó medio moribundo y empezó a arrastrarse hacia la cama. — ¿Dónde crees que vas? — le paró la esposa. — Quiero morir en la cama, dormido. — Morirse, nada. Buscamos amante, no forense. A la ducha. Al menos dos veces al día. Ni se te ocurra agobiar a otra con tus aromas naturales. Y los dientes, a partir de ahora, mañana y noche — se oyó desde la otra habitación —. Lávate bien la cabeza, hoy vamos a un estudio fotográfico. — ¿Para qué? — Para hacer una buena foto para la web de citas. Yo no puedo, te conozco demasiado bien y en el objetivo seguiría viendo al cervecero fan de la pasta frita; necesitamos plasmar a un auténtico “alfa”. — Varya, ¿no es suficiente ya? — Deja de gastar palabras inútiles. Guárdalas para los oídos de esas señoritas. Vamos a elegir candidata. Esto animó algo a Rómulo; le gustaba pasear inocentemente por webs de citas, y era la primera vez que tenía permiso. Empezó a señalar fotos. — ¿Y esta? — ¿Bromeas? — ¿Por qué no? — Rómulo, con tu amante tengo que sentir vergüenza de mí, no de ti. Fíjate. Tu viejo “SEAT Panda” antes de venderlo tenía mejor pinta. Le pondría un cartel: “Atención, elementos delantera desprendibles”. — Entonces, esa otra. — ¿Esa “cosa”, quieres decir? Dios, ¿cómo miraré a mis amigas si me eres infiel con “cualquieras”? Mira, ésta sí es un buen partido. — ¿Te has vuelto loca? Ni en sueños me contestaría… — ¿Y cómo me conquistaste tú a mí, inseguro Pinocho? ¿Qué me enganchó para aguantar quince años juntos? — ¿El sentido del humor? — sugirió Rómulo. — Rómulo, seamos honestos: si la risa alargara la vida, ya serías viudo sólo de tus chistes en la luna de miel. Mejor no tentar a la suerte. Vamos a comprarte un traje, que a la amante se la pesca bien vestidito. — Basta, Varya, volvamos a la paz. — ¿Cuándo hemos peleado? Tener amante es el distintivo del hombre de éxito. Y la que soporta a un hombre exitoso, también tiene su mérito. De hecho, igual necesitamos más de una amante. En el centro comercial, Varya llevó a su marido al escaparate más caro y desvistieron todos los maniquíes posibles. — Varya, estos pantalones y la americana cuestan como un juego completo de neumáticos — protestó Rómulo. — No pasa nada, de condones también te compro los que quieras. De invierno, de verano, doble protección, que no quiero sorpresas ajenas en casa. — ¡Varya! — ¡Qué Varya ni qué niño muerto! Seguridad ante todo, que esto no es un patinete, estamos escogiendo la hipotenusa para este triángulo. ¿Ya llamaste a tu jefe? — ¿Para qué…? — dijo Rómulo, metiéndose en la americana. — Para pedir aumento, claro. ¿De qué piensas mantener a dos mujeres? Yo aún, me conformo con sopas en casa, pero la amante exige fórmula de hormigón: una cena, tres copas de vino, hotel cinco estrellas. Como ahorres en el cemento, el edificio se viene abajo. Por fin, Rómulo se arregló la corbata. — Guapísimo, como en nuestra boda — soltó emocionada su esposa. — Le sienta bien — ratificó una señora del probador. — ¿Se lo lleva? Está buscando amante. — No, gracias, yo ya tengo amante… tres — replicó descarada. — De esa nada, — remató Varya —, ni mires; queremos una fiel y segura, como una tarjeta de otro banco, para transferir fondos sin miedo. Ahora, perfumería, te rociamos y te lanzamos a la jungla. Pasaron otra hora paseando hasta que Varya asintió satisfecha. — Listo, Rómulo, ya puedes irte incluso sin foto. Recuerda: sé tenaz, galante y confiado, como el día en que vendiste nuestro “Panda”. Varya volvió a casa a preparar sopa. Rómulo salió a la conquista de la amante, para la que le habían preparado todo un largo día. Una hora después, sonó el portero automático en casa de Varya. — Buenas tardes, señorita. ¿Está su marido en casa? — la voz, desconocida, aterciópelada y ardiente, hizo temblar a Varya y hasta el auricular sonaba seductor. — Ay, — suspiró Varya mientras el cucharón resbalaba de su mano —, no, se ha ido con la amante. — ¿Y no piensa invitarme a subir? Quisiera hacerle una propuesta. El tono sugerente hizo que a Varya le subiese la fiebre y luego el escalofrío; pensó en tomarse un frenadol, pero prefirió apretar tres veces el botón del portero. Rómulo apareció en casa a los tres minutos, con un ramo de flores rojas. La empujó suavemente hacia dentro. La entrada se llenó de calor. — ¿Has llorado? — se sorprendió Rómulo. — Un poco. Pensé que la había fastidiado, pero ahora veo que hacía falta leña para encender la hoguera. — ¿Le gustaría pasar una velada con un caballero interesante y agradable? — a Rómulo le brillaban los ojos con pasión (y creo que un poco de coñac para el valor) —. Le invito al restaurante más elegante, donde contaré la increíble historia de su belleza. Es narrativa real, pero le gustará. — S-sí quiero — balbuceó Varya, entrando al juego —, sólo saco la sopa del fuego y me pinto las pestañas. — Yo pido un taxi — asintió Rómulo. — ¿Dónde vamos? — Varya sonreía de oreja a oreja. — ¡A un restaurante cinco estrellas! — Si aquí solo hay pizzería de cinco quesos. — Pues ahí mismo. Para mi amante — lo mejor de lo mejor. — ¿Y su esposa, no se pone celosa? — Vamos a hacer todo lo posible para ponerla bien celosa — contestó Rómulo, guiñando un ojo.
EN BUSCA DE UNA AMANTE ¿Clara, qué te pasa? pregunté, asombrado, al ver a mi mujer tendiéndome unos pantalones
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0135
Me dejó por una más joven. Luego me llamó y preguntó si podía volver
Antonio me abandonó por una mujer más joven. Unos días después, me llamó y, como si fuera una película
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0134
El secreto en la familia de Tonya: la inesperada llegada de un hijo ilegítimo tras la muerte de su marido, una decisión difícil ante el abandono, y el poder del corazón para acoger a un niño pelirrojo huérfano en una aldea castellana
Que no es mi hijo, mujer. Es de mi vecina, Catalina. Tu marido pasaba mucho por allí, y mira, le dejó
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Es interesante
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Unos amigos llegan con las manos vacías a una mesa puesta y yo cierro la puerta del frigorífico —Sergio, ¿estás seguro de que tres kilos de secreto ibérico van a bastar? La última vez no dejaron ni las migas del pan, rebañaron hasta la salsa. Y a Lupe le dio por pedirme tupper ‘para el perro’, pero luego subió fotos de mi asado a Instagram como si fuese obra suya. Irene retorcía nerviosa el borde del trapo, mirando el campo de batalla en el que se había convertido la cocina. Apenas son las doce de la mañana y ya lleva seis horas de pie: primero el mercado, para escoger la mejor carne fresca; luego el súper, a por bebida premium y delicatessen; después, cortar, hervir, asar, emplatar… sin parar. Sergio, su marido, lleva rato pelando patatas en el fregadero, con la montaña de peladuras creciendo igual que su mosqueo (aunque lo disimula). —Irene, ¿para qué tanto? —suspira él enjuagando otra patata—. Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos… ¡Medio kilo por cabeza! Vais a reventar todos. Vas sobrada: hay ensaladas, jamón, caviar… No celebramos una boda, sólo el estreno de piso. Y con retraso. —No lo entiendes —niega Irene, removiendo salsa en la sartén—. Que vienen Lupe y Tomás, y Vane y Antonio. Nunca coincidimos. Se vienen desde el otro lado de Madrid. Da apuro que la mesa se vea pobretona; dirán que ahora, con piso propio, nos hemos vuelto tacaños. La hospitalidad la lleva Irene en la sangre. No soporta una mesa a medias. El menú lo planea toda la semana y ahorra de su sueldo para vinos franceses (que le gustan a Vane) y ese coñac caro favorito de Tomás. —Ya podían traer algo ellos —murmura Sergio—. Cuando fuimos al cumple de Antonio llevamos regalo, alcohol… y tú, encima, preparaste el pastel. Y ellos, ni una cerveza; y cuando fuimos de visita, solo había infusiones de marca blanca y bizcochos rancios. —No seas rencoroso, Sergio —le recrimina Irene—. Pasaban un bache, hipotecados todo el día. Ahora ya van sobrados: Tomás ha ascendido, Lupe presume de abrigo, a ver si esta vez traen aunque sea una tarta… A las cinco la casa reluce y la mesa parece la de una boda: lengua en gelatina al centro, ensaladilla con langostinos, embutidos artesanos, vodka frío en la nevera, vino y coñac preparados. El solomillo con patatas y setas burbujea en el horno. Irene, exhausta pero contenta, se planta el mejor vestido, se arregla y aguarda en el sillón el timbre de la puerta. —Estoy nerviosa —confiesa a su marido mientras él se abotona la camisa—. Primera vez en nuestro nuevo hogar. Quiero que todo salga perfecto. Dan las cinco exactas. Suenan al timbre. Puntuales. Irene corre abrir. Aparecen los cuatro, armando bullicio. Lupe con abrigo nuevo que cuesta lo que medio salón de Irene, Tomás en cazadora piel, Vane perfecta de maquillaje y Antonio ya contento. —¡Estreno de piso, por fin! —grita Lupe entrando en tromba, soltando un halo de perfume caro—. ¡Enseña la casa! Todos dejan los abrigos sobre el brazo de Sergio, que ni da abasto colgando. Irene, sonriente, mira discretamente… y ve las manos de todos: vacías. Ni una bolsa, ni tarta, ni botella, ni bombones. —¿Y… —empieza, pero se calla; qué corte preguntar. ¿Y si lo han dejado en el coche? —¡Irina, estás en los huesos! —le espeta Vane plantándole dos besos sin descalzarse—. ¿Y esa reforma? Todo blanco, paredes lisas… Parece una oficina, hija. ¿Por qué no papel pintado? —Nos gusta el minimalismo —dice Sergio mordiente—. Pasad al salón, tenemos la mesa lista. Nada más ver la mesa, a Tomás se le iluminan los ojos. —¡Vaya banquete! —frota las manos—. Sabía que veníamos a tiro hecho, desde el desayuno estamos a agua. Reservamos sitio para tu asado. Los cuatro se sientan; Irene corre a la cocina por los entrantes calientes. Por la cabeza le ronda: ¿habrán traído dinero en un sobre, por eso las manos libres? Al volver, ya remueven las ensaladas sin esperar brindis. —¡La ensaladilla, de diez! —masca Antonio—. Venga, Sergio, sirve que hay sequía. Sergio llena las copas: vodka a los chicos, vino a las chicas. —Por vuestro piso nuevo —brinda Tomás—. Que las paredes duren y los vecinos tampoco fastidien. ¡A vuestra salud! Bebe de golpe, se limpia con la manga (aunque hay servilletas de lino) y ataca el salmón sin pudor. —Oye, Irene —dice casi sin tragar—, ¿por qué está templada la vodka? Hay que meterla en el congelador. —Está recién sacada del frigorífico, cinco grados —musita Irene, notando hervir la rabia. —Sí, bueno, debería estar casi granizada. Pero cuela. ¿Y coñac? Apetece rematar. —Hay, sí. Pero mejor comemos primero. —¡Lo uno no quita lo otro! —ríe Antonio. El banquete se acelera. La comida desaparece de los platos a velocidad de vértigo mientras critican. —Esta ensaladilla, sequita —dictamina Lupe echándose el tercer platillo—. ¿Has racaneado mayonesa? —La he hecho yo, es más ligera —se excusa Irene. —Ay, deja de experimentar —dice Vane—. En el súper compras sobre y lo tiras por encima. Y la huevas, las de salmón pequeñas. Hay que coger de las gordas, las de keta. Irene cruza una mirada con Sergio; él se agarra la tenedor con los nudillos blancos. —Contadnos, ¿cómo os va? —corta Sergio—. Vane, ¿has vuelto de Dubái? —¡Una pasada! Hotel cinco estrellas, buffet, langosta a saco, champán… Me traje un bolso Vuitton de verdad, doscientos mil pagué, pero merece la pena. Tomás se quejaba, pero solo se vive una vez. —Las mujeres sois un pozo sin fondo —secunda Tomás, llenándose el coñac—. Yo me voy a pillar coche nuevo, crossover. El dinero hay que gastarlo bien, no tirarlo en reformas. —En reformas, dice… —Irene no entiende. —Las paredes son paredes —aclara Vane—. Nosotros seguimos con el papel de la abuela desde hace diez años, y cada verano: crucero, marcas de moda, restaurantes… Vosotros siempre gastando en cemento. Aburrido. —Por cierto, hablando de comer bien —interrumpe Antonio, limpiándose los labios y tirando la servilleta arrugada a la mesa—. Ayer cenamos en el “Galdós”. Eso es nivel —la cuenta, claro, salió carita, pero hay clase. No esto de andar guisando en casa. Irene, ¿para cuándo la carne? Lo otro es para el hambre… Irene recoge platos; tiembla de rabia. Estos que presumen de viajes y cenas no han traído ni planta al piso nuevo. Ni un detalle. Sale a la cocina. Lupe la sigue, entre comadreo y cotilleo. —Hija, qué mesa has puesto, aunque se nota que habéis apurado. El vino… normalito, ¿eh? De esos que sacamos de oferta en el pueblo. —Es francés, dos mil la botella —masca Irene mientras mete platos al lavavajillas. —Te timaron, sabe a vinagre. Oye, ¿me darás algo en tupper para mañana? Que con la resaca nos viene de perlas: carne, ensaladilla… Has hecho un montón y os sobra. Así no se tiene que tirar. Irene se queda paralizada, plato en alto. —¿Quieres que te prepare comida para llevar? —Claro, ¿qué hay de raro? Así ahorramos —se ríe Lupe—. Por cierto, ¿hay postre? Me apetece dulce. ¿Tienes tarta? —Habíamos quedado en que la traíais vosotros —susurra Irene. —¿Yo? ¿Cuándo he dicho eso? Estoy a dieta, no compro dulces. Creía que tú harías tu milhojas. O comprarías algo bueno. Nosotros venimos con las manos vacías porque imaginamos que ya teníais de todo. Con piso nuevo, seréis ricos. Irene deja el plato —el chinchín suena a disparo. —Entonces, venís porque pensáis que aquí ya hay de todo. Y que somos ricos. —¡Pues claro! Si os habéis comprado piso y hecho reforma, dinero habrá. Nosotros, mientras, ahorrando para Maldivas. Venga, trae la carne, que los chicos tocan la mesa con las cucharas. Irene la mira fijamente. Recuerda: el dinero prestado a Lupe, la mudanza gratis a Tomás… Toda la vida aguantando visitas sin gesto y cenas de compromiso, pero a la mínima que se invierte algo ellos brillan por su ausencia. Se acerca al horno. Lo abre y el aroma le llena la cocina: carne jugosa, con hierbas y ajos. Piensa en el pastel de frutos rojos que espera en la nevera, encargado para sorprender a todos a pesar de la conversación. Cierra el horno, apaga el gas. Se acerca al frigorífico y lo cierra con firmeza. —No hay carne —anuncia en voz alta. —¿Cómo? ¿Se quemó? —No. Simplemente, no hay. Entra al salón. Los chicos, copa en mano, debaten política, mientras Sergio luce una mueca amarga. —Irene les mira:—Estimados amigos, la fiesta ha acabado. Todos enmudecen. Tomás se queda con el chupito a medias. —¿Qué broma es esta, Irene? Ni asado, ni postre… —Lo prometí, pero he cambiado de opinión. —¿Cómo? —protesta Vane—. ¡Estamos muertos de hambre! Saca la carne. —La carne se queda en el horno. Y vosotros, a casa. O al “Galdós”. Seguro allí os dan de cenar por quince mil. —¿Estás borracha? —Antonio—. Sergio, controla a tu mujer. ¡Menudo numerito! ¡Somos vuestros invitados! Sergio se levanta, mide la sala, ve a Irene temblando de rabia y tristeza. Lo comprende todo. —Irene no está borracha. Está cansada. Venís a casa, ni un mísero detalle, os bebéis mi coñac, os burláis de su comida, criticáis el vino… y luego exigís más. —Era una broma —grita Lupe—, que se te va el carácter. Olvidamos la tarta, tampoco es para tanto. ¡Hemos venido a hacer ambiente! —¿Ambiente a nuestra costa? —sonríe Irene—. No, gracias. Me pasé la mañana guisando y gastando la mitad de mi sueldo para hacer una noche agradable. Y vosotros, ni una tableta de chocolate. Solo aprovechados, que viajan mucho pero no gastan ni para una planta. —¡Ah, ya veo! —Tomás da un portazo—. ¿Ahora echas en cara la comida? ¡Pues que te aproveche! ¡No cuentes más con nosotros! —Recoged, por favor —dice Sergio, abriendo la puerta—. Y no olvidéis los táper. Vacíos, claro. Salen de casa a voces y portazos. Lupe grita que Irene ya no es su amiga, que va a contar en el grupo lo tacaña y amarga que es. Vane se queja de noche arruinada, los hombres farfullan. Al cerrar la puerta todo queda en silencio. Irene, en mitad del salón, observa el destrozo: platos vacíos, manchones de vino, servilletas arrugadas. Sergio se le acerca y la abraza. —¿Estás bien? —Tengo las manos que me tiemblan —susurra—. ¿He sido una rancia? Igual debería haberles dado la cena y callar… Al fin y al cabo, eran invitados. —No, Irene. Has aprendido a respetarte. Estoy orgulloso. Yo les habría echado antes. Han pasado todos los límites. Irene suspira, se apoya en su marido. —¿Y la carne? —bromea Sergio—. ¿Hay de verdad, o sólo huele? Irene se ríe, por fin de verdad. —Hay carne, Sergio. Y tarta. Como para una boda. Se sientan entre los restos de platos ajenos, apartándolos. Irene saca la bandeja, el pastel frío y vierte para ambos el “vinagre” que era en realidad un Burdeos fabuloso. —Por nosotros —brinda Sergio—, y porque en esta casa sólo entren quienes vengan con el corazón abierto, no con la cuchara vacía. Disfrutan de la mejor cena de su vida. Una hora después, Irene recibe un mensaje de Lupe: “¡Menuda borde estás hecha! Aquí estamos en el McDonald’s, tragando hamburguesas por tu culpa. ¡Podías disculparte!”. Irene sonríe, pulsa “Bloquear”. Hace lo mismo con los demás. Ahora hay cuatro contactos menos en su móvil, pero mucho más aire en su vida. Y el frigorífico lleno, sólo para quienes lo merecen. Porque la amistad, en España también, es una calle de doble carril. Y a veces, para mantener la dignidad, basta con cerrar la puerta del frigorífico.
Los amigos llegaron con las manos vacías a una mesa digna de boda y yo cerré la puerta de la nevera.
MagistrUm