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034
Me casé con un chico pobre. Toda mi familia se rió de mí.
Hace siete años, en un sueño que empezó bajo la lluvia de Madrid, me casé con un hombre sin nada más
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034
He sido madre de alquiler en dos ocasiones: Ahora mis hijos y yo tenemos todo lo que necesitamos para vivir bien
Recuerdo que, con apenas dieciocho años, di a luz a mi primera hija, Luz. La experiencia me enseñó que
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070
Antes de que sea demasiado tarde Natalia sostenía en una mano la bolsa con medicamentos, en la otra una carpeta con informes médicos, intentando no dejar caer las llaves mientras cerraba la puerta del piso de su madre. Su madre estaba en el pasillo, negándose a sentarse en el taburete a pesar de que las piernas le temblaban. — Yo puedo sola —dijo la madre, alargando la mano hacia la bolsa. Natalia la apartó con suavidad, como cuando se aparta a un niño de la lumbre. — Ahora te sientas. Y sin protestar. Conocía ese tono en sí misma: solo salía cuando todo se desmoronaba y había que reunir lo esencial: dónde están los papeles, cuándo tomar las pastillas, a quién llamar. La madre se ofendía por ese tono, pero callaba. Ese día, el silencio pesaba aún más. En la sala, el padre estaba junto a la ventana, en camisa de estar por casa y con el mando del televisor, pero este estaba apagado. No miraba la calle, sino algún punto dentro del cristal, como si allí pasaran otro canal. — Papá —Natalia se acercó—. He traído lo que recetó el médico. Aquí tienes el volante para el TAC. Mañana por la mañana vamos. El padre asintió con un gesto preciso, como una firma al pie de un papel. — No hace falta que me llevéis —dijo—. Puedo ir solo. — Sí, cómo no —cortó la madre, suavizando el tono enseguida, como si se arrepintiera—. Yo voy contigo. Natalia quiso decir que su madre no aguantaría las colas, que con lo de la tensión luego se quedaría hecha polvo y ni lo admitiría, pero guardó silencio. Dentro, se removía el viejo enfado: ¿por qué todo vuelve a recaer en mí?, ¿por qué nadie puede simplemente hacer lo que toca? Colocó los papeles en la mesa, revisó fechas, grapó juntas las analíticas de la semana pasada y sintió otra vez el cansancio conocido de ser “la responsable”. Tenía cuarenta y siete años, su propia familia, trabajo, la hipoteca del hijo, pero en cuanto pasaba algo con los padres, ella era la que llevaba la voz, aunque nadie la hubiera designado. El teléfono sonó: era la consulta médica. Natalia fue a la cocina, cerró la puerta. — ¿Natalia Sánchez? —la voz era joven, cortés—. Habla la oncóloga del hospital. Sobre la biopsia… La palabra “biopsia” ya la había escuchado, pero siempre le sonaba ajena, como si no fuera su vida. — Hay sospecha de proceso maligno. Hace falta más pruebas. Sé que es duro, pero el tiempo apremia. Natalia se agarró al borde de la mesa para no sentarse. Se encendieron en su cabeza imágenes no buscadas: pasillos de hospital, goteros, caras extrañas, la espalda de la madre con el pañuelo. Oyó toser al padre, y ese tosido le sonó de pronto a confirmación. — ¿Sospecha? —repitió—. Es decir, ¿no es seguro, pero…? — Hablamos de una alta probabilidad. Recomiendo no demorar —respondió la médica—. Mañana venga con los documentos, la atiendo sin cita. Natalia agradeció, colgó, y se quedó unos segundos mirando la cocina y el fuego apagado, como si ahí fuera a encontrar solución. Al regresar, la madre ya la esperaba. — ¿Qué? —preguntó—. Dímelo. Natalia fue a hablar, pero las palabras salieron secas: — Sospecha de cáncer. Han dicho urgente. La madre se sentó. El padre no varió el rostro, sólo apretó el mando hasta blanquearle los nudillos. — Mira tú —dijo—. Hasta aquí hemos llegado. Natalia hubiese querido replicar: “no digas eso”, “aún no se sabe”, pero se le hizo un nudo en la garganta. Notó de pronto cuánto en su familia se sostenía por no decir en alto lo temido. Ahora la palabra se había dicho, y las paredes parecían más frágiles. Esa noche en casa no pudo dormir. El marido dormía, el hijo chateaba, y ella hacía una lista: documentos, analíticas que repetir, llamadas. Llamó a su hermano. — Santi —intentó sonar normal—. Hay sospecha. Mañana vamos al hospital. — ¿Sospecha de qué? —preguntó él, como si no oyera. — De cáncer. Un largo silencio en la línea. — Mañana no puedo —al fin él—. Me toca turno. Cerró los ojos. Sabía que Santi de verdad curraba, no era jefe para ausentarse, pero sentía la vieja ola: él siempre “no puede”; ella siempre “sí puede”. — Santi —le tembló la voz—. No es cuestión de turno. Es papá. — Voy por la tarde —respondió rápido—. Ya sabes, yo… — Sí, claro —le interrumpió—. Sabes desaparecer cuando hay miedo. Se arrepintió al instante, pero las palabras ya estaban. Silencio. Soplido en el auricular. — No empieces —él—. Controlas todo y luego nos lo echas en cara. Colgó. Le entró una soledad en el pecho. No era momento de buscar culpas, pero el miedo hace aflorar todo. Al día siguiente fueron al hospital: ella conduciendo, madre al lado, padre detrás. Él abrazaba la carpeta como si fueran algo irremplazable. En admisión, rellenando papeles, mostrando DNI, tarjeta sanitaria, el volante. La madre, intentando intervenir, se hacía un lío con apellidos y fechas. El padre mirando las cabezas calvas, los pañuelos, los rostros grises, no con pena sino con silencioso reconocimiento. — Natalia Sánchez —la llamó la enfermera—. Pase. El médico hojeaba los papeles deprisa. Ella buscó en su rostro pistas del desastre. Las palabras “agresividad”, “estadificación”, “hay que precisar” le punzaban. El padre, rígido como en una junta. — Repetiremos pruebas —explicó—. Y otra biopsia. A veces no hay suficiente muestra. — Entonces, ¿no están seguros? —preguntó. — En medicina rara vez hay certeza sin confirmación —el médico—. Pero hay que actuar como si fuera grave. Ese “actuar como si el tiempo escaseara” la impactó más que la sospecha. Entró en piloto de emergencia. Todo lo demás —trabajo, planes, cansancio— pasó a segundo plano. Los días se confundieron: llamadas, citas, colas, desayunos en casa de los padres fingiendo que solo hablaban de logística. — Pediré vacaciones —dijo ella vertiendo sopa—. En el trabajo ya se apañarán. — No hace falta —dijo el padre—. Tienes tu vida. — Papá —le sirvió el plato—, ahora no es momento de orgullo. La madre temblaba de labios. Siempre fue la que aguantó: cuando el padre se quedó parado en los noventa, cuando Natalia se divorció, cuando Santi se metió en líos. Aguantó tanto que nunca se preguntó cómo estaba ella. — No quiero que… —empezó la madre, calló. — ¿Que qué? —ella levantó la vista. — Que no os perdonéis luego —apretó la cuchara. Natalia quiso decir que hay cosas que ya no están perdonadas, pero no lo dijo. Esa noche no durmió. Pensó en cómo el padre envejecía, en lo que pesaba sostener la casa entera como una vez él le sostuvo el sillín de la bici. Al tercer día, Santi apareció. Entró con una bolsa de fruta y sonrisa incómoda. — Hola —él. A Natalia le hervía la rabia, esa sonrisa le parecía fuera de lugar. — Hola —le respondió seca. Sentados en la cocina, la madre partía manzanas, el padre callaba. Santi hablaba de su trabajo para tapar el silencio. — Santi —no aguantó ella—. ¿Te das cuenta de lo que pasa aquí? — Sí, no soy tonto —cortó él. — ¿Entonces por qué no viniste ayer? ¿Por qué siempre haces lo que te es más cómodo? Él se puso pálido. — Alguien tiene que currar —dijo—. ¿Te crees que el dinero crece solo? Tú eres la perfecta, todo te sale según lo planeado. Y yo… — ¿Y tú qué? —ella—. Ya eres un hombre, no un crío. El padre levantó la mano. — Basta —susurró. Pero ya no podía frenar. Miedo, enfado acumulado, familia. De Santi, de la madre, de sí misma. — Siempre te largabas cuando venían mal dadas —escupió—. Cuando mamá estuvo ingresada, cuando papá… cuando bebía. Tú desaparecías. Yo me quedaba. La madre dejó el cuchillo en la tabla. — Eso fue hace mucho —dijo. — Hace mucho —repitió Natalia—. Pero no se ha ido. Santi golpeó la mesa. — ¿Y tú crees que quedaba gusto quedarse? —gritó—. A ti te gusta mandar. Te gusta que todos dependan de ti y luego culparles. Las palabras le dolían, porque tocaban un nervio escondido: ser imprescindible da derecho. — No os odio —susurró, dudando si creérselo. El padre se puso en pie, despacio. — ¿Os creéis que no lo veo? Que no os entiendo. Que me repartís como una pertenencia. Como si ya… No terminó. La madre le cogió la mano. — No lo digas. Natalia vio al padre no como “papá” sino como un hombre en pasillos, escuchando diagnósticos, luchando por no mostrar miedo. Sintió vergüenza. Vibró el móvil: la analítica. Voz cansada, no de médico. — Ha habido un error de etiquetado. Las muestras pueden estar mezcladas. Hay que repetir mañana, es gratuito. Disculpe. Natalia necesitó segundos para asimilar. — ¿Mezcladas? ¿Qué significa? — Detectamos problemas con los códigos de barras. Repetimos todo, incluida la biopsia. Por favor, acudan mañana. Colgó. Miró fija el móvil. — ¿Qué pasa? —preguntó Santi. — Puede que hayan confundido las pruebas. La madre se tapó la boca; el padre volvió a sentarse, como si fallaran las piernas. — O sea… ¿igual no…? —Santi. Ella asintió. No sintió alivio, sino un vacío extraño, como si apagaran una sirena y de repente oyeran lo que se habían dicho. Al día siguiente, todos juntos a la clínica. Nadie bromea ni habla del tiempo. Padre en silencio mientras le hacen la extracción. Natalia mira la sangre entrar en el tubo, piensa en cómo una errata en un código puede dar la vuelta a unos días. Dos jornadas de espera llenas de incomodidad. La madre, disimulando; el padre más callado; Santi llamando solo para preguntar “¿y ellos?”. Ella deseando que alguien dijese “perdón”. Nadie lo hacía. Cuando el hospital confirmó que no había signos de cáncer, Natalia estaba en un atasco en la M-30. El médico explicó la confusión de pruebas, la falta de muestra, la revisión, el control a medio año. — ¿Entonces no es cáncer? —la voz tembló. — No hay datos por ahora —el médico—. Pero hay que vigilar. Cerró la llamada y se sujetó al volante. Lloró no de alegría, sino al sentir aflojarse una cuerda interna. Aquella tarde, reunión familiar con roscón de pastelería porque no le quedaban fuerzas. Flores para la madre. El padre los miraba como si volvieran de un largo viaje. — Podemos respirar —dijo Santi. — Respirar sí, pero volver a inspirar cuesta —contestó el padre. Natalia buscó palabras. — Me asusté y empecé a mandar, como siempre. Y me pasé con Santi. Perdón. Él bajó la mirada. — Yo también me asusté. Me refugié en el curro. Lo siento. La madre sollozó, sin lágrimas. Se sentó junto al padre. — Yo fingía que estaba todo bien, para que no discutierais ni te asustaras. Pero eso solo nos alejaba. El padre le tomó la mano. — No os quiero perfectos. Solo juntos. Y que no me uséis de excusa. Natalia asintió, dolía porque entendía que quedará huella. Pero también algo cambió: empezaron a decir cosas en alto. — Hagamos así —ella intentó calmarse—. No decidiré sola. Ayudo, pero también os toca a vosotros. Santi, ¿puedes venir una vez a la semana, a las revisiones? No “si puedes”, ponlo en agenda. Santi tardó, pero asintió. — El miércoles libro. Iré. — Yo —la madre— dejaré de fingir que puedo sola. Si estoy mal, lo diré. Y no gritaré. El padre les sonrió levemente. — A la revisión, juntos. Así luego no hay… estas historias. Natalia sintió una tibieza nueva. Después, recogiendo la mesa, Natalia se quedó en la puerta de la cocina. — Mamá —dijo bajito—. No quiero ser la que manda. Temo que si suelto, se desmorona todo. La madre la miró seria. — Suelta poco a poco. Aprendemos todos. Natalia asintió. Salió al rellano, comprobó luces y llaves. En la escalera, se quedó quieta oyendo murmullos tras la puerta. No había gritos. Ni portazos. Bajó al coche, dándose cuenta de que “antes de que sea demasiado tarde” no era un aviso por una llamada terrible, sino la oportunidad de hablar antes de que el miedo les convierta en extraños. Y esa oportunidad hay que ganársela, cada semana, con visitas, confesiones pequeñas, mucho más que con el control.
Todavía a tiempo María sostiene una bolsa de medicamentos en una mano y una carpeta con informes en la
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020
Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez se dio cuenta de que había vivido su vida equivocadamente.
Me jubilé y me sentí irremediablemente sola. Sólo al llegar a la vejez me di cuenta de que no había vivido
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0602
Tras el funeral de mi marido, mi hijo me sacó del pueblo. A las afueras, se volvió hacia mí y me dijo fríamente:
Después del funeral de mi marido, mi hijo me llevó fuera del pueblo. En el límite del caserío, se volvió
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0602
Una amiga organizó una fiesta de cumpleaños en nuestra casa de campo invitando a compañeros sin pedirnos permiso
Hace seis años, mi marido y yo compramos una acogedora casita de campo en las afueras de Segovia.
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068
Mi nuera se enojó cuando le dije que en nuestra familia es tradición nombrar a un hijo en honor a su abuelo.
Mi nuera, Dolores, se enfadó cuando le dije que, según la costumbre de nuestra familia, el niño debía
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049
La traición de los propios hijos Dasha, una vez más, contemplaba con asombro a su hermano y su hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, de pelo negro, ojos azules. Otra vez les entregaban premios. Habían vuelto a ganar en una competición. Dasha se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando por su pierna derecha, se dirigió hacia ellos. Había tejido para su hermano y su hermana dos conejitos: uno con falda, otro con pantalones de cuadros. Quería regalárselos. Torpe, muy rellenita, el pelo escaso y apenas recogido, en sus labios flotaba la sonrisa más inocente. Cristina y Marcos fingieron no verla. Dasha hacía todo lo posible por llegar hasta ellos. ⎯ Dejádme pasar, por favor. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme! —exclamaba Dasha, radiante. ⎯ Cris, esa chica gorda por ahí adelante dice que es vuestra hermana… ¿Es verdad eso? —preguntó la amiga de Cristi, la rubia Lidia. Cristina miró de reojo y vio a Dasha. ⎯ ¡Gansa gorda! ¡Otra vez aquí! Seguro que mamá se lo ha pedido. ¡Qué vergüenza! —pensó para sí. Pero en voz alta dijo: ⎯ No, claro que no. Yo sólo tengo un hermano. Marcos. ⎯ Ya me parecía. Mira que querer colarse ahora… ¡Qué ridícula! Encima viene con unos juguetes —se rió Lidia. ⎯ Será alguna fan que tenemos por aquí… Cógeles los muñecos, Lidia. Y nos alcanzas, que nosotros vamos para la entrega de premios —Cristina lanzó un beso al aire, agarró a su hermano del brazo y se abrieron paso entre la multitud. Lidia recogió los conejitos de Dasha, asegurándole que los entregaría. ⎯ ¡Vale! ¡Os espero luego en casa! ¡Haré rosquillas! —y la niña, tambaleándose torpemente, se alejó. ⎯ Toma, me ha dicho que os espera en casa y que hará rosquillas. Ella misma parece una rosquilla. Cris, ¿estás segura de que no es familia vuestra? ¿Por qué os persigue así? —insistía Lidia. ⎯ ¡Que no! ¡No sé ni quién es! Aquí todo el mundo quiere arrimarse para salir en la foto… Venga ya, vamos —Cristina tiró los conejitos al cubo de basura y, junto con su amiga y Marcos, se fueron. Cristina le había mentido a su amiga. Dasha era de verdad su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés Ibáñez, la acogió en casa cuando una pariente, lejana, falleció. Viajaban todos juntos de vacaciones cuando ocurrió el accidente… Dasha se quedó sola. Pequeña y con una lesión. En realidad, Inés Ibáñez era familia lejanísima —un parentesco de esos que ni apellido comparten. Los parientes más cercanos la habían rechazado. Pero ella aceptó quedarse a Dasha. Aguantando antes las rabietas de su marido y de sus hijos. Cuando se enteraron, sus gritos se oyeron por toda la casa. Cristina y Marcos habían crecido mimados, nunca les faltaba de nada. ⎯ ¡Mamá, no la traigas con nosotros! Es gorda, coja, tonta. Da vergüenza ir a su lado. ⎯ Hijos míos, la niña da pena… Está completamente sola. La gente recoge perros y gatos, y esto es una niña, de carne y hueso. No nos molestará, ya veis qué casa tan grande tenemos —los trataba de convencer Inés. A regañadientes, aceptaron. Inés era la directora de una tienda y era quien mantenía la economía familiar. El padre de los niños era su adjunto y no se esforzaba mucho… Siempre en líos a escondidas. Si Inés lo sabía, nunca lo demostró —Leónidas era un guapo de postal, y los hijos salieron a él. Dasha creció. Menudita, simpática. Pelo clarito, ojos casi transparentes, como los de sus hermanos. ⎯ Los tiene como leche aguada. ¡Gordita! —se reía Cristina. Dasha era como un bollo. Dulce, con hoyuelos en los mofletes. Muy buena niña. Pero jugaba siempre sola. El hermano y la hermana nunca la incluían. Y siempre le caía algún castigo. Marcos rompió un jarrón caro corriendo y Cristina dijo que había sido Dasha. Ella misma destrozó el jersey nuevo de mamá, y de nuevo la culpa fue para Dasha. Y ella nunca se defendía. Sólo asentía y se disculpaba. Sabía perfectamente quién era el culpable, pero no quería que su hermano y su hermana fueran castigados. ¡Porque eran tan guapos! Tampoco la “mamá adoptiva”, Inés Ibáñez, la regañaba nunca. El padre sí, explotaba a menudo. ⎯ Pero ¿para qué, para qué trajiste este espantajo a casa? ¡Qué vergüenza me da delante de la gente! Apenas puede caminar, pesa como un ternero. Nuestros hijos parecen de portada, ¿y traes a este monstruo sólo para hacer contraste? Otros han sido más listos que tú, ni se lo han planteado. Pero tú… ¿A quién le va a interesar cuando crezca este adefesio? —gritaba Leónidas. Dasha escuchaba tras la puerta cerrada. Después, frente al espejo, detestaba su reflejo. Quería ser tan hermosa como Marcos y Cristina. Pero… La mandaron a un colegio diferente. Los mellizos insistieron. Amenazaron a su madre con escaparse de las clases y dejar de sacar buenas notas. Inés Ibáñez no tuvo más remedio que ceder. Sabía que ese frágil puente, el que intentaba construir entre sus hijos y la hija adoptiva, estaba a punto de colapsar… Y ella no podía evitarlo. El tiempo pasó. Marcos y Cristina se fueron a estudiar fuera. Dasha pidió a su madre quedarse en casa. ⎯ Pero hija, donde quieras puedes estudiar, yo lo pago, ¡de verdad! ¿Qué te gustaría ser? ¿Diseñadora, traductora…? Dímelo, Dashita —Inés la abrazó fuerte. Dasha, como un gatito, se restregó en su mejilla y la rodeó con los brazos. Inés se tranquilizó: sus hijos de sangre, con suerte, le daban a veces un beso forzado. Nunca sintió con ellos el calor y la ternura que había con Dasha. Siempre esperaba a su madre, incluso por la noche. En la entrada, en el patio, hasta en los días más fríos. El marido y los demás, a lo suyo; ni saludaban. Cuando se lo hizo notar, Cristina le gritó: — ¡Mamá, estamos ocupados! ¡Esa tonta te espera porque no tiene nada mejor que hacer… ni sabe soñar! Dasha levantó sus ojos transparentes y susurró: — Mamá, ¿puedo cuidar animales? Perros, gatos… conejos, cerditos. Quiero ser veterinaria. Se puede estudiar aquí. Su decisión tenía sentido: Dasha siempre recogía animales. Los curaba y buscaba hogar para ellos. Un perro grande y peludo, de esos a lo pastor, se quedó con ellas. Cristina protestó, ella quería uno de raza, pero Inés se puso de parte de Dasha. Y así vivieron. Pronto, por problemas de salud, Inés tuvo que dejar de trabajar. El marido, viendo que el dinero podía acabarse, enseguida se fue con la amiga peluquera de su esposa. Los niños venían de visita sólo por el dinero de mamá. Por suerte, ahorros había. Sólo Dasha se quedó a su lado. Arrastrando la pierna, preparaba manjares, le hacía masajes, tés de hierbas. Por las tardes, juntas bajo el manzano, tomaban té. En esos momentos, nadie era más feliz que Dasha. Cristina y Marcos hicieron sus familias, la madre les compró vivienda a ambos. Hasta que llegó la desgracia. Marcos apareció llorando casi de madrugada, diciendo que estaba enterrado en deudas. ⎯ ¿De dónde vas a sacar tanto? ¿Le has preguntado a tu padre? ¿No tiene nada? Aunque tampoco… Hijo, aunque te diera todo lo que tengo, no llego ni a un décimo. ¿Qué vamos a hacer? ⎯ Pues ya está. Deja de llamarme hijo —respondió Marcos, frío. ⎯ ¿Cómo que deje de llamarte hijo? —Inés lo abrazó, horrorizada. La solución la dio Marcos: vender el chalet. Así, sumando todo, podría saldar la deuda. ⎯ Pero hijo… ¿Y nosotros? ¿Dasha y yo? ¿Dónde vamos a vivir? —preguntó la madre, aterrorizada. ⎯ Donde se busque la vida esa gorda tonta me da igual. Es mayor, que espabile. Ya bastante hemos aguantado. Tú… ¡ven conmigo! ¡Lerita estará encantada! —sonrió Marcos. Lera era su mujer. Inés sinceramente dudaba que tuviera ganas de que la suegra fuera a instalarse. Pero, claro, no discutió. ¡El hijo lo necesitaba! Sólo puso una condición: que Dasha fuera también. Marcos no tuvo más remedio que aceptar. Pero luego Dasha fue a ver a su madre y le dijo: — Mamá… ve tú sola. Yo… Bueno, voy a irme a vivir con alguien. Llevamos tiempo, él me lo ha pedido. ¡No te preocupes! — ¿Cómo? ¿Quién es? ¿Por qué no nos lo has dicho? ¡Quiero conocerle, Dashita! —dijo Inés, sonriendo. — Ya lo harás. No te preocupes, mamá —la abrazó Dasha. A Marcos hasta le vino bien: así no hizo falta pedirle a Cristina que ‘buscase la forma’ de que Dasha no fuera con ellos. No quería verla en casa ni en pintura. Pero todo era mentira: Dasha no tenía a nadie. Sólo su corazón sensible le hizo ver que no sería bienvenida. No quería darle problemas a su madre, cuya salud ya estaba delicada. No tenía dónde ir, pero no quería molestar. Porque a su madre la quería más que a nadie. Alquiló una habitación en una casa particular. Allí vivía un viejecito, el abuelo Próspero. Vivir solo le costaba ya, así que buscaba inquilinos. Porque la soledad pesaba. Y tenía gallinas, cabras, cerditos. Se puede decir que Dasha y él se encontraron en el momento justo. Al enterarse de que su inquilina era veterinaria, el abuelo Próspero se puso tan contento que quiso ni cobrarle alquiler. Pero Dasha insistió, aunque él siempre le devolvía el dinero a escondidas. A Dasha todo le empezó a ir bien. Encontró alojamiento, tenía trabajo, la gente la respetaba. ¡Y los animales la adoraban! No se resistían, incluso después de pincharles les daba una golosina, comprada con su sueldo. —¡Toma, Chiqui! Anda, solete. A ver, ¿qué te ha traído Dasha? No te preocupes, pequeñajo. Aquí tienes las gotitas. Y si pasa cualquier cosa, ¡llámame a la hora que sea! —decía siempre a quienes venían con sus mascotas. —Madre mía, ni en el hospital reciben así… ¡Eres oro puro! —asentía doña Ana, dueña de un gato tan pompón como un visón. Y Dasha florecía. Sólo su corazón sufría de vez en cuando: ¿cómo estaría mamá? Llamaba seguido. Pero la madre cada vez parecía menos dispuesta a hablar. Y al final, era Marcos quien contestaba, de malas maneras: que la madre estaba descansando y no podía atenderla. —No sé. La echo tanto de menos… medio año sin verla —suspiraba Dasha en las tardes de té con el abuelo Próspero. —¿Y por qué no vas? Venga, te llevo yo. Tengo mi “Seat Panda” viejo como yo, pero anda. Y tengo carné —le animó el abuelo Próspero. Dasha se animó. Tenía la dirección de Marcos. Y fueron allá. Llamaron largo rato. Por fin, abrió la puerta una rubia alta en un albornoz corto, bostezando. —¿Quiénes sois? ¿Vais vendiendo algo? No necesitamos nada —e intentó cerrar. —¿Eres Lera? ¿La esposa de Marcos? —preguntó Dasha. —Sí… ¿Y tú quién eres? —¡Soy Dasha! ¡Su hermana! —intentó pasar, pero Lera se interpuso. —Ya. ¿Y qué quieres? —Es que sólo venía un momento. Este es el abuelo Próspero, viene conmigo. ¿Dónde está mamá? Sólo quiero verla y ya me marcho, no os molesto —suplicó Dasha. —Que aquí no está. Marcos la llevó… a una residencia. Se puso muy mal, nadie podía cuidarla. Él trabaja, yo tengo mis cosas. ¿Dónde? Pues no sé, nunca fui. Ahora le llamo… Vale, te lo apunto aquí. Pero no vengas más —soltó Lera con un perfume caro que a Dasha la nubló. Pero ella no escuchó nada más. Agarró el papel y se fue con el abuelo Próspero. —¿Por qué? ¿Por qué no me avisaron? Yo… Ya sé, como no tengo casa propia… Pero algo habría hecho —murmuraba Dasha. —¡Eso! ¡Si tu madre podía venir con nosotros! ¡En mi casa hay sitio! Tenían que haberte avisado, ¡qué falta de alma! —protestó el abuelo Próspero. Fueron al sitio. ¿Era esa anciana delgadita, con ojos hundidos, la madre de Dasha? Antes era alta, robusta, vivaracha. Todo el día resolviendo problemas. Ahora yacía inerte, mirando el techo. —¡Mamá! Soy yo, Dasha. Mamá, perdona que no viniera. Yo pensaba… No tengo perdón. Mamá, ¡te llevo a casa! Ven con el abuelito este, que tiene gallinas. Te haré tortilla todos los días, leche fresquita… Te vas a poner buena. Mamá, háblame. ¡Te quiero! ¡Nos vamos a casa, mamá! —lloraba Dasha, tomando la ligera mano de Inés Ibáñez entre las suyas. Lograron llevarla a casa. Al fin y al cabo, Dasha es hija legal. Y el abuelo Próspero, veterano de guerra, puso su voz de trueno y prometió llamar a un general amigo si no la dejaban llevarse a la madre consigo. Porque Marcos ya había firmado que la quería allí para siempre… Inés Ibáñez se levantó al décimo día. Se acercó a la ventana. En el patio, la cerdita Felisa paseaba tranquila. El gallo cantaba. Olía a hierba y a leche fresca. Y a rosquillas. Las que hacía Dasha. Entró en la habitación, cojeando, y vio a su madre de pie, llorando. Dasha se acercó, torpona, y la abrazó. Y allí le pedía perdón por no haber vuelto antes, por tener que irse a vivir con ella, y no con Marcos y Cristina. Inés Ibáñez la sostenía en silencio. Como si de nuevo viera a la niña pequeña y alegre que recibió un día, no hija de su sangre, pero sí la única buena, la única que no la había dejado sola al llegar el final de la vida, cuando dejó de ser útil para sus bellos y exitosos hijos. ⎯ No pasa nada, Dashita. Ahora todo saldrá bien. No pasa nada, hija —susurraba Inés Ibáñez. ⎯ ¡Chicas! ¿Nos vamos a tomar un té o qué? —entró el abuelo Próspero en la habitación. Y, riendo, los tres juntos se fueron de la mano… a comenzar una nueva vida.
La traición de los propios hijos Recuerdo aquellas tardes en las que Dolores, con sus ojos llenos de
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0834
— ¡Si el niño no es de mi hijo, que lo lleven al centro de acogida! — Dijo la suegra sonriendo.
¡Entrégale al orfanato al niño si no es hijo mío! dijo, con una sonrisa helada, la suegra. ¿Acaso esperas
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039
¿Qué te cuesta, si vives tan cerca?
Querido diario, Hoy, a las diez menos cuarto de la mañana, el móvil volvió a vibrar con un mensaje de
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