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0238
Felicidad Renacida —¡Señor, deje de seguirme a todas partes! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me persiga más! ¡Empiezo a tenerle miedo!— terminé por gritarle. —Lo recuerdo, lo recuerdo… Pero tengo la sensación de que el luto que lleva es por usted misma. Perdóneme —insistía mi pretendiente… …Me encontraba en un balneario, buscando paz y el canto de los pájaros, no la atención insistente de hombres pesados. Hacía poco que había perdido a mi marido de manera repentina. Necesitaba recomponerme y asimilar la dolorosa pérdida. Con Oleg, mi marido, habíamos empezado las obras en casa, estábamos ahorrando, privándonos de caprichos y… de repente, él se puso mal, la ambulancia no llegó a tiempo. Fue su segundo infarto. Al enterrarle, me quedé sin pareja y sin reformas, pero con dos hijos adolescentes. Me sentía derrotada. ¿Cómo superar la pérdida? En el trabajo me adjudicaron un viaje al balneario. Me resistí: no quería ni salir de casa. Las compañeras insistieron: —No eres la primera ni la última viuda. Tienes que vivir, por tus hijos. Anda, Marina, despeja la cabeza. Así que, a regañadientes, fui. Habían pasado cuarenta días desde la muerte de mi marido. El dolor no remitía. En el balneario, compartí habitación con una chica risueña, Vicky. Destilaba alegría y luz, lo cual me irritaba un poco. No quería compartir mi pena con una chica tan joven, ni me parecía algo que ella necesitase. Un animador ya la rondaba. En estos sitios, ya se sabe: tanto solteros como divorciados o viudos abundan. A mí no me engañan… Advertí a Vicky sobre el tipo: seguro que estaba casado dos o tres veces. Ella se reía: —Ay, Marina, no se preocupe por mí. No soy una inocente… Y ese “pajarillo” cada tarde salía a sus citas. Yo pasé la primera semana sin moverme de la habitación. Leía libros sin saber de qué iban, miraba la tele sin ver la pantalla. Una mañana me desperté de mejor humor. Decidí pasear por el bosque y respirar aire fresco: entonces me crucé con un desconocido. Ya le había visto en el comedor: bajito, con mirada descarada, francamente nada de mi gusto. Era un hombre pulcro, impecablemente vestido, afeitado al milímetro. Cada noche me saludaba exageradamente; yo le devolvía el saludo solo por cortesía. Al final, una noche se sentó a mi mesa. —¿Se aburre usted, señora? —preguntó con voz aterciopelada. —Para nada —me puse en guardia. —No mienta, señorita. En su cara se lee tristeza. Quizá pueda ayudarla —insistía aquel hombre. —Acertó. Mi tristeza es por mi marido fallecido. ¿Alguna otra pregunta? —me levanté, dando por finalizada la conversación. —Lo siento, no lo sabía. Le doy mi pésame. Aun así, permítame presentarme. Soy Valentín —se apresuró a decir. Se notaba que Montoro (así lo llamé en mi cabeza) tenía miedo de verme marchar. —Marina —dije a regañadientes y salí pitando. Desde entonces, Valentín se sentaba a cenar conmigo y me traía ramitos de campanillas, que crecían por todos lados. No negaré que era agradable. Pero yo no buscaba ninguna relación… No era el momento. Pero Valentín no cejaba. Hasta empezó a sumarse a mis paseos. Yo incluso evitaba llevar tacones para que la diferencia de altura no fuera tan latente. A él le daba igual: parecía invulnerable a los complejos. Finalmente caí en la cuenta: conquistaba a las mujeres con la voz. Una voz masculina y tentadora, como nunca había oído. Y sí, me estaba atrapando. Empezamos a ir juntos a los bailes de la noche para jubilados, a comprar fruta al pueblo… Varias veces intentó que subiese a su habitación. Yo resistía, cual soldado de plomo. Hasta que Valentín me lo soltó: —Marina, mañana te marchas. ¿Vendrás a mi habitación esta noche… a tomar un té? —Me lo pensaré —respondí, sin comprometerme. Llegó la última noche. Decidí no hacerle un feo y fui a su cuarto, sabiendo en el fondo cómo terminaría… La mesa estaba impecable, llena de exquisiteces. “Habrá tomado prestados los utensilios del comedor”, pensé, divertida. Valentín me ofreció sentarme con galantería. A saber de dónde sacó una botella de cava. —¿Empezamos, Marina? No sé cómo mañana podré separarme de ti. Escríbeme tu dirección. Iré sin falta —dijo, algo triste. —Lo olvidarás al segundo día. Ya os conozco a los hombres. ¿Por qué brindamos, Valentín? —ahora sí, estaba dispuesta a todo. —¿No lo ves? Por el amor, Marina, ¡por el amor! —alzó la copa. A la mañana siguiente, despertamos abrazados. Ay, Dios, ¡por qué me hice tanto de rogar! En fin, me había enamorado como una chiquilla, y ahora tocaba hacer la maleta e irme. Me despedí de mi compañera Vicky, que lloraba en la cama. —¿Qué te pasa, Vicky? —le pregunté. —Estoy embarazada, Marina. Y no sé de quién… —lloriqueaba. —¿El animador? —intenté averiguar. —No sé. Conocí a otro… del balneario de al lado. Casado —se explayó el ‘pajarillo’. —Ay, Vicky, llama a tus padres para que vengan. Y, de momento, vamos al despacho del director del balneario a ver si aclaramos algo —sentencié. Así, la chica salió corriendo, entre sollozos. Aprenderá, pensé. Preparé mi equipaje. No quería irme. En poco más de tres semanas todo se había vuelto familiar, sobre todo Valentín… Llegó el autobús. Valentín vino a despedirme con otro ramito de campanillas. Lloré y le abracé con cariño. Ya estaba: el romance relámpago había terminado. Si él me hubiera pedido quedarme, lo habría dejado todo… Vivíamos en diferentes ciudades. Solo cabía cartearse. Un día recibí una carta… de la esposa de Valentín. Decía que lo sabía todo y que, aunque lo intentase, ella tenía treinta años y yo cuarenta, así que nunca conseguiría nada con él. No respondí. ¿Para qué? Seis meses después, Valentín apareció de improviso en mi puerta. Mis hijos se sorprendieron, pero fueron correctos. —¿Valentín? ¿De paso o…? —pregunté, deseando oír: “Me quedo contigo”. —O… ¿me dejas quedarme, Marina? —dudó en el umbral. Mis hijos, cortados, se marcharon a su cuarto. —Pasa. ¿A qué se debe? ¿Una carta de tu esposa, quizás? —ironizaba yo. —Perdóname, Marina. Te escribí y ella la encontró… Asumo mi culpa. Ya estamos divorciados —me informó. —No sabía que estabas casado… Si lo llego a saber, nada hubiese pasado. ¿Y ahora qué? —no adivinaba sus intenciones. —Cásate conmigo, Marina —propuso, de repente. —No sé… Tengo hijos, ya lo ves. ¿Cómo se lo tomarán? No puedo precipitarme —dudé, aunque su propuesta me alegró. —Los hijos son una bendición. Yo también tengo una hija de diez años —me sorprendió Valentín. —¿Una hija? ¿La dejaste? —me escandalicé. —No, Marina, ¿cómo iba a hacer eso? Me la traeré. Su madre bebe. Seremos una familia unida —me dejó atónita. —Un momento, Valentín. No conozco a tu hija y ya me adjudicas de madre. Estás yendo demasiado deprisa. Déjame pensarlo. Hablaré con mis chicos y veremos. Anda, ven, que te pondré de comer, ‘novio’ —sonreí. La familia “unida” no fue idílica: hubo peleas, discusiones y altibajos. Todos diferentes de carácter y no siempre dispuestos a ceder. …El tiempo vuela. Mi hijo mayor, Andrés, y Alena (la hija de Valentín) se casaron y terminaron enfrentándose a nosotros. Salieron a vivir por su cuenta, acusándonos de haber desmontado las familias anteriores. Según ellos, Valentín nunca debía haber abandonado a su mujer, ni yo, viuda, volver a casarme. Se marcharon orgullosos. Valentín y yo solo podíamos encogernos de hombros y seguir queriéndonos. Pasó un año. Los hijos pródigos no volvían. Alena llamaba a Valentín solo por su cumpleaños. Tres años después, nos invitaron a casa de Andrés y Alena. Sopresivamente —y con cierta sospecha— aceptamos. Resultó que acababa de nacer su hijo. Nuestro nieto común. ¡Qué felicidad! En la comida nos pidieron perdón. Dijeron que la vida da muchas vueltas y hay que saber perdonar. A los padres hay que honrarles: nos dieron la vida. Por eso llamaron al niño Miroslav, para que reine la paz en la familia. Así fue como tuvimos con Valentín nuestra felicidad recién nacida…
¡Ay, Juan, por favor, deja de seguirme! ¡Te lo he dicho ya varias veces, llevo luto por mi marido!
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020
El otro día fui a casa de mi nuera y me encontré con una mujer encargada de la limpieza; siempre le dije a mi hijo que la situación económica de su futura esposa no importaba, así que se casó feliz con María, que nunca tuvo dinero y siempre vivió con comodidades. Tras casarse, los chicos se mudaron a la casa que compramos y renovamos para ellos, y ahora les ayudamos económicamente y les llevamos comida. Mi nuera está bien, tuvo a mi nieto y por eso no trabaja, y mi hijo tampoco tiene un puesto con gran prestigio ni un buen sueldo. Imaginaos mi sorpresa al entrar en la casa y ver a una desconocida limpiando: ¡mi nuera ha contratado a una asistenta y no hace nada ella! ¿Cómo puede permitírselo? ¿Dónde está su conciencia? Eché a esa mujer, porque al fin y al cabo sigue siendo mi casa y limpia con mi dinero. Decidí esperar a mi nuera y cuando llegó le pregunté, y me contestó: “Mamá, me he hecho bloguera en mi baja de maternidad y gano un buen sueldo; además, necesito la asistenta porque trabajo mucho”. Y yo me pregunto: ¿qué es eso de ser bloguera? ¿Es un trabajo de verdad? ¿Se gana dinero así? No quiero que una extraña limpie mi casa. Le dije que si tanto dinero tiene, que me lo pague a mí y ya limpio yo, que aquí no hace falta nadie más. Mi nuera se fue a dar de comer al niño en silencio. Esperé a mi hijo y le conté todo, y él me contestó: “Mamá, ya sabía lo de la asistenta. María trabaja mucho y yo después del trabajo quiero pasar tiempo con nuestro hijo, así que no hay problema”. No entiendo a los jóvenes de hoy, ¡¿cómo pueden permitirse esto?! Fui corriendo a decírselo a mi marido y ¿sabéis qué me dijo? “No tienes que meterte en la vida de los jóvenes, ellos ya se apañan solos”. Hacía mucho que no estaba tan enfadada, ¡estoy segura de que tengo razón en todo lo que digo! ¿Qué opináis vosotros?
Hace poco tuve un sueño extraño en el que visitaba a mi nuera, y una mujer desconocida se encargaba del
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0129
— ¡Lárgate! — Gritó Borja. — ¿Qué haces, hijo…? — La suegra empezó a incorporarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió su bolso y lo lanzó al pasillo. — ¡Que no quede ni rastro tuyo aquí! — ¡Lárgate! — Gritó Borja. María se sobresaltó. En seis años, jamás lo había escuchado gritar así. — ¿Qué haces, hijo…? — La suegra empezó a levantarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió su bolso y lo tiró al pasillo. — ¡Ni el más mínimo rastro tuyo quiero aquí! …Anita dormía, con los bracitos extendidos como una pequeña estrella de mar. María ajustó la manta. Le gustaba quedarse de pie, mirando a su pequeña. Había soñado tantos años con ella, luchado tanto por ser madre… Su marido regresó del turno de noche — lo supo por el ruido en el recibidor. María salió del cuarto infantil y cerró suavemente la puerta. Borja se quitaba los zapatos. Cansado, visiblemente demacrado. Trabajaba como una mula para pagar cuanto antes los préstamos del tratamiento de fertilidad. — ¿Duerme? — susurró él. — Duerme. Comió y cayó rendida. Borja atrajo a María hacia sí, hundiéndole la cara en el cuello. Él hablaba poco de amor, pero ella sabía que le estaba agradecido hasta la locura. Por no haberlo dejado, por no haberlo cambiado por un hombre sano, por hacerlo feliz. A los dieciséis años Borja padeció las paperas “sin decir nada”, avergonzado de contar a su madre que aquello le dolía y se le hinchaba. Cuando finalmente lo contó, era tarde. La complicación trajo casi total infertilidad. — Ha llamado mamá — dijo Borja en voz baja, sin soltarla. María se tensó. — ¿Y qué quiere doña Pilar? — Viene. Al mediodía estará aquí. Dice que hizo empanadas, que nos extraña mucho. María suspiró, soltándose de los brazos de su marido. — Borja, ¿de verdad hace falta? La última vez me provocó una crisis de nervios con sus remedios absurdos. — María, es mi madre… Quiere ver a su nieta. Un año ha pasado y sólo ha visto a Anita en fotos. Al fin y al cabo, es la abuela. — La abuela — Sonrió María amargamente — Que considera a nuestra hija una “bastarda”. Adoptaron a Anita el año anterior. Las listas de espera para bebés sanos en Madrid eran eternas. Ayudaron los contactos, el sobre con dinero “para necesidades del hospital” y la sagacidad de una buena matrona. La niña había nacido de una joven escolar, asustada e incapaz de criarla. María recordaba el día: un paquetito de tres kilos y doscientos gramos, con ojitos azules mirándola. — Bueno, — María se giró — que venga. Lo soportaremos. Si vuelve a empezar… — No lo hará, — prometió Borja. — De verdad. La suegra apareció en el almuerzo. Doña Pilar entró llenando la casa con su presencia. Era una mujer grande, ruidosa, con ese temple de pueblo capaz de atajar un toro, arreglar una casa y volver locos a todos. — ¡Ay, Virgen! — Exclamó dejando la bolsa de cuadros en el recibidor. — El viaje, horrible; el tren sofocante, el metro un agobio. — ¿Por qué vivís tan alto? El ascensor hace un ruido… pensé que moría. — Buenos días, mamá, — Borja la besó en la mejilla y tomó la bolsa. — Pasa, lávate las manos. Doña Pilar se quitó el abrigo, luciendo un vestido floreado ceñido a su poderosa figura, y miró a María de arriba abajo. La examinó como si fuese una yegua en una feria. — Buenas, doña Pilar, — sonrió María. — Hola, María, — la suegra frunció los labios. — Te veo como traslúcida, puro hueso. ¿De qué se agarra mi hijo? También veo que Borja está demacrado. ¿No lo cuidas bien? ¿Tú a dieta y él muerto de hambre? — Borja come estupendamente, — cortó María, sintiendo cómo le ardían las mejillas. — Pase al comedor, por favor. En la cocina doña Pilar empezó a descargar la bolsa — sacó empanadas, pepinillos, un buen trozo de tocino. — Comed, que aquí en Madrid todo es química. Plástico. Se sentó a la mesa, apoyando los codos pesadamente. — Contad, ¿cómo vivís? ¿Ya pagasteis el préstamo por vuestros “experimentos”? María apretó el tenedor. ¡Experimentos! Así llamaba ella a seis años de dolor, esperanzas y desesperación. — Casi, mamá, — murmuró Borja, sirviéndose ensalada. — No hablemos de dinero. — ¿Y de qué vamos a hablar? ¿Del tiempo? En el pueblo, a tu tío Julio, le nació una niña. Sana y guapísima, ¡cuatro kilos! Y tu hermana Marta espera mellizos. ¡Esa sí tiene raza! Nuestra familia es fuerte, Borja, gente fértil. — Miró a María con significado. — Si no estropeas los genes, claro… María dejó el tenedor en la mesa con lentitud. — Doña Pilar, hemos hablado esto mil veces. El problema no soy yo. Los médicos lo han dejado claro. — Bah, ¡tonterías! — agitó la mano doña Pilar. — Esos papeles los escriben para sacar dinero. ¿Las paperas? ¡Y qué! — En el pueblo la pasaron muchos chicos y todos tienen hijos por doquier. — Borja, tu mujer te ha engañado con eso para disimular su defecto. — ¡Mamá! — Borja dio un golpe seco en la mesa. — ¡Basta! Doña Pilar se llevó la mano al pecho teatralmente. — ¡No levantes la voz a tu madre! He criado a cinco, sé lo que digo. ¡Si se ve! Tan flaca, las caderas de niña, ¿de dónde van a salir hijos? ¡Estéril! — Somos felices, mamá, — dijo Borja bajito. — Tenemos a nuestra hija Anita. — Hija… — Doña Pilar bufó. — Enséñamela, anda. Fueron al cuarto infantil. Anita estaba despierta, jugando con su osito de peluche. Al ver a la extraña se puso seria, pero no lloró. Tenía carácter tranquilo. Doña Pilar se acercó a la cuna. María permanecía lista para defender a la niña. La mujer observó largo rato, entornando los ojos. Finalmente, alargó la mano y tocó una mejilla regordeta. Anita se apartó. — ¿De quién habrá sacado eso? — preguntó con disgusto. — Ojos negros… En nuestra familia todos los tenemos claros. — Son azules, — corrigió María. — Azules oscuros. — ¿Y la nariz? De patata. Tú, María, tienes la nariz afilada, Borja recta. Y ella… Se sacudió las manos, como si se hubiera ensuciado. — ¡Es sangre ajena, ajena es! Volvieron a la cocina. Borja se sirvió agua, le temblaban las manos. — Mamá, escucha, — empezó con voz suave — Amamos a Anita. Es nuestra. En los papeles, en el corazón, todo. — Y seguimos intentando tener un hijo propio. Los médicos dicen que hay alguna esperanza. Pero incluso si no sale, ¡ya tenemos una familia! Doña Pilar apretó los labios. Parecía que iba a estallar. Madre de cinco, abuela de doce, le dolía ver a su hijo “gastando la vida en ajenos”. — Eres un inútil, Borja, — suspiró. — ¡Un inútil! Treinta y cinco años, ¡el mejor momento! Y te dedicas a cuidar una hija de nadie. — ¡No la llames así! — gritó María. — ¿Y cómo debo llamarla? ¿Princesa, quizá? — Tú calla, bonita — escupió doña Pilar — tú misma no puedes tener hijos, has liado a mi hijo, os habéis comprado una niña como quien compra un gato. — ¡Es nuestra hija! — Una hija es la propia, la que crías desde la noche en vela, el embarazo, el parto… — Y esa… — hizo un gesto desdeñoso hacia la habitación — es un juego, de “mamá y papá”. Cogisteis algo listo. ¡De una cualquiera jovenzuela! — ¿Pensáis que los genes son de cera? ¡Cuando crezca os enseñará lo que vale! Va acabar como la madre, ¡devolvedla antes de que sea tarde! María vio cómo Borja abría mucho los ojos. Se levantó despacio. — Fuera, — dijo suave. Doña Pilar se extrañó. — ¿Cómo? — ¡Lárgate ya! — gritó Borja. María se estremeció. Jamás lo había oído gritar así. — ¿Qué haces, hijo…? — Doña Pilar comenzó a levantarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió la bolsa y la lanzó al pasillo. — ¡No quiero ni tu sombra aquí! ¿¡Dejar a mi hija!? ¿¡Dejarla!? ¿Confundes a una persona con un objeto? ¡Es mi hija! ¡Mía! Y tú… tú… Se quedó sin aire. — ¡Eres un monstruo, no una madre! Vuelve a tu pueblo, cuenta tus “de pura cepa”, ¡y no te metas más con nosotros! ¡Nunca más! Un llanto sonó en el cuarto infantil. María corrió, pero se detuvo al ver la cara de la suegra. El rojo se volvió gris ceniza. Doña Pilar abrió la boca, boqueando como un pez fuera del agua. La mano que le oprimía el pecho apretó convulsamente el vestido. — Borja… — gimió. — Quema… Me quema… Y se desplomó, como un saco de harina, tirando la silla. El ruido se mezcló con el llanto de la niña. María llamó al 112. Borja, de rodillas junto a su madre, le desabrochaba el cuello del vestido con manos temblorosas. — Mamá, ¿qué te pasa? ¡Mamá, respira! Doña Pilar jadeaba. Los médicos llegaron rápido. Nada más entrar, el enfermero gritó: — ¡Infarto agudo! ¡Camilla, deprisa! Cuando se cerró la puerta, Borja se quedó sentado en el suelo del recibidor, apoyado contra la pared. Miraba el pañuelo olvidado de su madre sobre el mueble. — ¿La he matado yo? — preguntó. María se sentó a su lado y le tomó la mano helada. — No. Ella sola, con su odio. — Es mi madre, María. — Ella nos propuso que echáramos a nuestra niña como producto defectuoso. Borja, despierta. Defendiste a tu familia. El móvil vibró una hora después: su hermana, Marta. Luego su hermano, Julio. Borja no respondió. Después llegó el mensaje de una tía: — Mamá está en reanimación. Los médicos dicen que no hay esperanza. La has matado, desgraciado. ¡Te maldecimos toda la familia! ¡No aparezcas! — Pues ya está, no tengo familia. María lo abrazó, sintiendo cómo temblaba. — Sí que tienes — dijo firme. — Me tienes a mí. Tienes a Anita. ¡Somos tu familia! La de verdad, la que no traiciona. Se levantó y lo instó a seguirla. — Vamos, que Anita tiene que comer. Se ha asustado. Por la noche estaban en la cocina. Anita jugaba ya tranquila con unos bloques en la alfombra a sus pies. Borja la miraba como si la viera por primera vez. — ¿Sabes? — dijo de pronto, — mamá tenía razón en una cosa. María se tensó. — ¿En qué? — Los genes no se borran. Pero los genes no son sólo el color de ojos, o la forma de la nariz. Son la capacidad de amar. Mi madre tiene cinco hijos, pero amor… como una piedra. ¿Y si yo soy adoptado? Porque sí sé amar… ¿A que sí, mi pequeña? Se agachó y tomó a Anita en brazos. La niña le agarró la nariz y se rió.— Papá, — dijo de repente, claro. Por primera vez. Hasta ahora sólo había balbuceado. Borja se quedó quieto. Las lágrimas que contenía se deslizaron por sus mejillas, cayendo sobre el pijamita rosa. — Papá — repitió él. — Sí, pequeña. Soy tu papá. Y no dejaré que nadie te arrebate. La madre se recuperó, pero Borja jamás volvió a verla. Para la familia es el enemigo número uno. A María le da vergüenza admitirlo, pero está más tranquila así. Sin rencores, sin humillaciones se vive mucho mejor. ¿Para qué necesitamos familiares así? Mejor sin ellos… ¿Qué os parece el monólogo de la madre? Escribid vuestras opiniones en los comentarios y dadle a “Me gusta”.
¡Vete de aquí! bramó Borja. ¿Pero qué dices, hijo? la suegra empezó a levantarse, aferrándose al borde
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013
Seguir siendo humano
A mediados de diciembre, la estación de autobuses de Zaragoza estaba grisácea y soplaba un viento que
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¿Otra vez estuvo aquí tu querida Lieselotte? ¡Después de sus visitas, la nevera siempre queda vacía!
¿Ha venido otra vez tu hermana pequeña Rosalía? preguntó Ana a su marido Juan, mientras revisaba el frigorífico
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0118
Fuera de Este Mundo: Un Viaje a lo Inusual
Desde pequeña, Almudena López ha crecido tierna y bondadosa. Su madre siempre le dice: Nuestra hija ha
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0228
Mi marido me humilló delante de toda nuestra familia – Sufrí en silencio, pero un día decidí vengarme con elegancia
Cuando me casé con Miguel, estaba convencida de que el amor y el respeto serían los pilares de nuestro
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059
Ya no puedo vivir en la mentira – confesó una amiga durante la cena
No puedo seguir viviendo en mentira confesó la amiga entre cuchillos y tenedores. ¿Estás loca?
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035
No toques las cosas de mi madre, – dijo el marido.
No toques nada de lo que era de mi madre dije, pero mi marido me interrumpió. Esa ropa es de mi madre.
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Lina era mala. Muy, muy mala, pobrecilla, con lo mala que fue esa Lina. Todos intentaban hacérselo ver a la mujer, que era mala. Mala, además de desafortunada. Claro, no tiene marido, el hijo ya es mayor, vive solo. Lina está sola, no le importa a nadie. Llega el lunes al trabajo, y todas presumiendo de lo que han limpiado y cocinado el finde. Unas en la casa del pueblo trabajando, otras haciendo mermeladas. Y Lina calla, ¿qué va a contar? No tiene nada que decir: no tiene “hombre”, el hijo ya creció, y se queda callada, pasando desapercibida. Hoy pidió irse antes, todas saben que un par de veces al mes Lina sale antes del curro. Asienten con desaprobación; todas saben a dónde va: a encontrarse con sus supuestos múltiples amantes. En la oficina están convencidas: Lina tiene un montón de amantes, porque claro, Lina es así de mala. Lina es muy mala, sí. Ellas, en cambio, son las buenas, todas casadas y ocupadas, y Lina es la mala. —Lina —dice mamá—, ¿por qué eres así, hija? —¿Así cómo, mamá? —Pues desarreglada… Aunque sea, podrías buscarte un maridito cualquiera, hija mía. Todavía estás a tiempo de tener un segundo hijo, ahora todas tienen hijos después de los cuarenta. —¿Y para qué quiero un hombre cualquiera, mamá? ¿Para qué quiero un segundo hijo de un maridito cualquiera? Mamá —se asombra Lina—, ¿para qué? Si ya tengo a mi hijo, con mi Lucho soy feliz de sobra… ¿Y ese “maridito” del que hablas, para qué lo quiero? ¿Qué hago yo con él? De hecho, ya tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre, dolida—, Lina, ¡reacciona! ¡Óscar no es tu hombre! —¿Y cómo que no es mío? Claro que lo es —ríe Lina—, me invita a salir una vez por semana, me hace regalos, me ayuda con las vacaciones, no me come la cabeza, no me manda a limpiar ventanas al chalet de su madre, no me manda lavar calzoncillos y calcetines, no exige cena, no me carga con sus problemas ni deja el sofá hundido. Una bendición. —¡Claro, bendición! Y todo eso ¿a costa de su pobre esposa? —¿Y quieres que todo eso me toque a mí? No gracias, mamá, tengo cuarenta y pocos, he estado dos veces —te recuerdo, dos— casada, y de esa “felicidad” salí corriendo a toda prisa. Mi primer marido, padre de Lucho, ¿recuerdas? Tú me empujaste a casarme con él apenas cumplí los dieciocho, porque era mayor, supuestamente más listo, más serio, me quería, me respetaba y encima tenía dinero. ¿Verdad, mamá? Cinco años, cinco años de “cárcel”: sin poder estudiar, sin amigas, ni siquiera ocuparme mucho del niño: “eres joven, seguro lo harás mal”. Solo a currar por él y su madre. Eso sí, vestida de oro, claro. Una vez al mes me sacaba del encierro, presumía de “esposa joven y decente”, no como “las muñequitas” de los demás. Él, claro, con las “muñequitas” sí que se entretenía… Y cuando huí y pedí el divorcio, gracias a la abuela querida que me ayudó, él lo quiso todo de vuelta, ¡hasta la ropa interior…! La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba a la vez, ¿te acuerdas, mamá? Por el día estudiaba como una condenada para recuperar la vida perdida, por la noche trabajaba para no ser una carga para vosotros… —¡Lina! ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cuándo te he reprochado nunca ni un trozo de pan o un plato de sopa a ti o a tu hijo? —Tú, no, mamá… Pero no eras solo tú. También estaba él, el que no quería que “me subiera” a tu cuello, ni con mi hijo ni sin él. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién va a ser? Y de Nikito, “el grandote” que, ni oficio ni beneficio, total, ¿para qué, si mamá lo resuelve todo? Tú dos trabajos, de compras, cocinas, limpias, recoges… Y yo, por ansias de amor, volví a casarme. Sin amor ya había vivido. ¿Y qué cambió? Nada. Más líos. Lina la Angélica se convirtió en Lina la-de-todos. Mi “amor” tirado en el sofá, Lina en el curro, luego corriendo al cole, el niño era mío y no se podía molestar al hombre (ni siendo suyo). Sin coche, claro, porque ¿qué iba a hacer el marido yendo en bus? Todas las mujeres lo aceptan, ¿no? “¿Estás cansada? ¿Y quién hace la cena?” Hacía de todo, incluso tenía que “dar cariño” para que no se me despistara el “tesoro” por otro lado… ¿Dinero? “Eso será para tu hijo, el mío no es, si tuvieras uno mío, quizás. Y, oye, búscate otro pringado que os mantenga a los dos.” “No cuentes conmigo para arreglarte el coche… ¿Que es tuyo? ¡Somos familia!” “¡Mira lo que tú ganas sin hacer nada, y lo que yo tengo que trabajar!” “Tú has tenido suerte…” “¿Que te vas? ¡Anda ya! ¿Quién te va a querer, con un crío? Ja-ja-ja.” Así fue, mamá, tuve un marido que ganaba más y otro que ganaba menos. No hubo ninguna diferencia. Todo bien para todos excepto para mí, mamá, yo era la única que no era feliz. —Lina, todas vivimos así, hija… —¡Que lo vivan, mamá! Pero yo no quiero. —¿Y el sábado qué tal? —Nikita y Masha me encasquetaron a Olya y Vanya, los nietos. Paseé, hice tortitas, limpié, cociné, lavé, dormí a los críos, alimenté a tu padre, planché… Me acosté, exhausta. Al día siguiente, lo mismo. —Mamá, no recuerdo que tú te pelearas mucho por cuidar de Lucho… Yo no te metí el niño y me fui de marcha. —Tú has sido siempre muy independiente, hija, pero estos… ay… —¿Quieres saber cómo pasé el otro finde, mamá? El viernes Lucho me preguntó si podía dejarme a Timoteo, el gato de su novia Marina, porque se iban a la sierra. Pues claro, ¿por qué no? Hicieron el favor de traerme una pizza de paso y se fueron. Me la zampé por la noche viendo una serie. Como no tenía que madrugar, dormí tranquila. Por la mañana, cuidé del gato, me hice un café, limpié un poco y te llamé para invitarte a un museo o a charlar. Respondió papá: tú estabas ocupada, con las manos mojadas lavando algo. Me llamó vaga, dijo que tú te matabas, que estabas con los nietos, y yo de “señorona” en los museos. Me dio rabia, pero luego se me pasó: papá siempre tiene razón, ¿verdad? Fui al museo, vi la exposición de tu pintor favorito, me senté en una cafetería, hice unas compras, volví a casa y el gato dormía tranquilo. No me apetecía salir más: me tiré en el sofá y continué mi serie. El domingo dormimos con el gato hasta las once. Quise llamarte para ir en barco, pero cogió el teléfono Masha, masticando, diciendo que estabas ocupada (seguro cocinando o limpiando la mesa). Por la noche me llamó Óscar para invitarme a cenar y fui. ¿Por qué tenía que decir que no? Soy libre, no le pregunto por su mujer ni qué tal le va, no me carga con problemas; yo tampoco hago lo contrario. Pasé una velada estupenda y el lunes fui a trabajar descansada. Probé a salir con hombres solteros, mamá. Horrible. O buscan una “madre” o son divorciados con kilo de problemas y niños. —¿Por qué me miras así, mamá? El mundo ha cambiado, ¿sabes? Uno me dijo que yo tenía que querer a sus hijos por “instinto de mujer”, que él le pasaba pensión y cuidaba de la ex, porque es la madre de sus hijos. Con lo que le sobrara de su sueldo, pescador que es, lo gastaría en su hobby; nosotros viviríamos de mi sueldo. A cambio, me invitaría a pescado. Pregunté si ayudaría con mi hijo y se ofendió: “Lucho tiene su padre”. ¿Justo no? Pues por eso le mandé a paseo: Lucho tiene madre también, y esa soy yo. Ahora de pronto soy mala, interesada, tramposa, mala bestia que quería cargarle mi hijo a un pobre hombre para vivir la vida. Así que, mamá, tengo a Óscar. Sí, soy “mala” para todos, pero yo no siento vergüenza por cómo vivo. Lo que sí me da tristeza y rabia es cómo vives tú, por eso intento sacarte de casa, engañarte o lo que sea para que salgas conmigo, como hoy. Mamá, yo estoy bien, ¡pero hoy vamos a dedicarnos un poco a nosotras, y vas a disfrutar un rato, conmigo, tu hija! —¡Estás loca, Lina! ¿Y papá? —¿Qué le pasa a papá? ¿Está enfermo? —No, pero… la comida… —No me creo que no tengas preparada la comida. —Pero hay que calentarla y, además, Nikita… —Mamá, me voy a enfadar, de verdad… Sé que soy la mala, déjame ser buena un rato, vámonos a descansar… Te lo pido por favor… El lunes, en el trabajo, todas las mujeres comparten lo cansadas que están de “descansar” el finde. Y Lina sonríe con picardía: todos saben que Lina es mala, y ella va por la oficina bailando bajo una música que solo ella escucha, feliz de algo que solo ella comprende. Y todas lo tienen claro: ¡vaya pensamientos tiene esa Lina! Por supuesto, pensamientos de los malos…
Elena era mala. Muy mala, de verdad, hasta daba pena lo mala que era esa Elena. Todos intentaban convencer
MagistrUm