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Él odiaba a su esposa. La odiaba… Habían convivido juntos durante 15 años. Ni más ni menos que 15 años viendo su rostro cada mañana, pero solo el último año comenzaron a irritarle salvajemente sus costumbres. Especialmente una: estirar los brazos en la cama y decir: “¡Buenos días, solecito! Hoy será un gran día”. Era una frase común, pero sus manos huesudas y su cara somnolienta le provocaban rechazo. Ella se levantaba, recorría la ventana y miraba al horizonte unos segundos. Luego se quitaba el camisón y entraba al baño. Antes, al inicio del matrimonio, él admiraba su cuerpo, su libertad casi descarada. Y aunque seguía teniendo una figura envidiable, verla desnuda solo le generaba enfado. En algún momento quiso incluso empujarla para acelerar el “despertar”, pero reunió toda su fuerza y apenas logró gruñir: — ¡Date prisa, ya basta! Ella no tenía prisa por vivir; sabía de su aventura, conocía incluso a la joven con la que su marido la engañaba desde hacía tres años. El tiempo curó el orgullo herido, dejando solo una estela de tristeza y la sensación de ser innecesaria. Ella perdonaba su agresividad, su indiferencia, su afán de revivir la juventud, pero no permitía que él interfiriera en su modo pausado de vivir y comprender cada minuto. Así había elegido vivir desde que supo que estaba enferma. Mes a mes, la enfermedad le robaba la vida y pronto la vencería. Su primer impulso fue contarlo todo, aliviar el peso compartiendo la verdad con sus seres queridos, pero al final, tras una noche de dolorosa soledad, decidió callar y contemplar la vida en silencio. Encontraba refugio en una pequeña biblioteca de pueblo, a hora y media de su casa. Cada día se perdía entre los estantes titulados “Misterios de la vida y la muerte”, buscando respuestas en los libros. Él acudió a la casa de la amante. Allí todo le resultaba cálido y familiar. Tras tres años de relación, la quería con locura, la deseaba, sentía celos y se humillaba, incapaz de vivir sin su cuerpo joven. Ese día, tomó la decisión definitiva: divorciarse. ¿Para qué seguir torturándose? No quería a su esposa; la odiaba. Aquí empezaría una vida nueva, feliz. Trató de recordar qué sentía por su mujer y le fue imposible; sentía que ella lo irritaba desde el primer día. Sacó una foto de su esposa de la cartera y, para sellar su decisión, la rompió en pedazos. Quedaron en verse en un restaurante: el mismo en el que celebraron su quince aniversario hace seis meses. Ella llegó primero. Él, antes de salir, pasó por casa y se puso a buscar los papeles para el divorcio. Rebuscando nervioso, desordenó todo hasta encontrar una carpeta azul oscuro sellada. Nunca la había visto. Al abrirla, esperaba cualquier cosa, hasta evidencia comprometedora, pero solo halló numerosos análisis, informes médicos, diagnósticos, todos a nombre de su esposa. Una sospecha le atravesó, como un rayo helado. ¡Estaba enferma! Buscó el diagnóstico en internet y la pantalla le devolvió una sentencia atroz: “De 6 a 18 meses”. Miró las fechas: hacía ya seis meses del primer informe. Lo demás lo recordaba confusamente; solo resonaban en su cabeza las palabras: “6-18 meses”. Ella le esperó cuarenta minutos. El móvil no respondía. Pagó la cuenta y salió. El tiempo era precioso, un día otoñal con sol amable, la reconfortaba el alma. “Qué hermosa es la vida, qué a gusto se está aquí, entre el sol y el bosque”. Por primera vez desde que supo de la enfermedad, sintió piedad por sí misma. Había tenido suficiente fuerza para guardar el secreto a su marido, a sus padres, a sus amigas. Buscaba evitarles el dolor, aunque fuera a costa de su propia destrucción. Pronto solo quedaría su recuerdo. Caminaba viendo los ojos de la gente, brillantes por la ilusión de que todo está por llegar, que tras el invierno vendrá la primavera. Ese sentimiento ya no le sería dado experimentar. El dolor crecía y salió en forma de lágrimas inagotables… Él se desmoronaba y, por primera vez, sentía de forma casi física lo fugaz de la vida. Recordaba a su esposa joven, cuando acababan de conocerse y soñar juntos. La había amado. Ahora sentía que esos quince años no existieron; todo estaba por venir: la felicidad, la juventud, la vida… En esos últimos días la colmó de atenciones, estuvo con ella a todas horas y fue inmensamente feliz. Temía perderla, habría dado su vida por salvarla. Si alguien le recordase que un mes atrás quería el divorcio, habría jurado que no era él. Veía lo duro que era para ella despedirse de la vida, el llanto en la noche creyendo que él dormía. Comprendía que no hay peor castigo que saber la fecha de la propia muerte. La veía luchar, agarrarse a la más mínima esperanza. Murió dos meses después. Él llenó de flores el camino del hogar al cementerio. Lloró como un niño mientras bajaban el ataúd. Envejeció mil años de golpe… En casa, bajo la almohada de ella, halló un papel con un deseo escrito en Nochevieja: “Ser feliz a su lado hasta el final de mis días”. Dicen que lo que pides en Nochevieja se cumple. Quizá sea verdad, porque ese mismo año él escribió: “Ser libre”. Cada uno consiguió, al parecer, lo que tanto había deseado…
Él odiaba a su esposa. Odiaba… Habían vivido juntos quince años. Nada menos que quince años despertando
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014
¿Por qué pisotear mi amor?
Una noche tranquila. La calle está desierta, sólo unas cuantas farolas sueltan manchas amarillas sobre
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069
Tú no lo amas y nosotros estuvimos bien, ¿por qué no intentamos empezar de nuevo, ¿te parece bien?
No le quieres, y nosotros estábamos bien juntos, ¿por qué no intentamos empezar de nuevo, vale?
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0455
Levanté a mi suegra de la cama, pero estoy enfadada porque no quité las malas hierbas del huerto. —¿Qué haces aquí? —gritó mi suegra de pie en medio de los bancales de verduras—. Jamás se ha visto tal deshonra en esta casa. Yo no necesito esconderme tras un niño, crié siete y ni una sola mala hierba tuve. Con su grito, los vecinos se asomaron al instante al otro lado de la valla como bandadas de cornejas a cuchichear cada palabra escuchada. Viendo el público, mi suegra no perdió la oportunidad y comenzó su exhibición, mientras yo permanecía muda de asombro. Cuando se cansó del alboroto, respiró hondo y, bien alto para que todos los vecinos la oyeran, sentenció: No respondí nada. Pasé junto a mi suegra en silencio y estreché con más fuerza a mi hijo en brazos. Ya de vuelta en casa, fui al armario, separé en una caja especial todo lo que mi suegra debía llevarse aquella tarde y al día siguiente. Sin miramientos, metí en una bolsa mis cosas y las de mi hijo. Salí sin dirigirle palabra. Tres días después, me llamó mi suegra: —¿Qué has hecho con todas esas cosas que te dejó el profesor? Le pedí a una vecina que comprara algunas, pero me dijo que uno de los tarros era carísimo. Y de los que llevan letreros en idioma extranjero, ni hablamos, dicen que ni los prueban ni los cambian. ¿Y ahora qué hago? Te has ido, te has ofendido por no sé qué, ¿y yo aquí, esperando a entregar el alma a Dios? No contesté. Apagué el móvil y saqué la SIM. Eso fue todo, no podía seguir, me faltaban las fuerzas físicas y psicológicas. Un año antes, justo antes de nacer mi hijo, mi marido perdió el control del coche al patinar en la carretera. Recuerdo confusamente cómo lo acompañé en su último viaje, cómo se lo llevó la ambulancia. A la mañana siguiente fui madre… No tenía ánimos para nada. Todo me resultaba inútil y sin sentido sin mi amado esposo. Alimentaba y acunaba a mi hijo por inercia, porque era lo que debía hacer. Me sacó del letargo una llamada. “Tu suegra está muy mal. Dicen que no sobrevivirá mucho a su hijo”. No dudé. Nada más darme de baja en la ciudad, vendí de inmediato mi piso en Madrid. Invertí una parte en construir uno nuevo, para que mi hijo tuviera algo propio en el futuro. Y me fui a salvar a la suegra. Aquel año no viví, sólo sobreviví. No dormía. Cuidaba de la suegra y el peque. Mi hijo estaba inquieto y la suegra necesitaba de mí en todo momento. Por suerte tenía dinero. Contraté a los mejores médicos de toda España para que vinieran a verla. Compré todo lo que recetaron hasta que la suegra volvió a la vida normal. Al principio la paseaba por la casa, luego por el jardín. Al cabo de un tiempo recuperó las fuerzas y volvió a caminar sola — y entonces… No quiero saber nada más de ella. Puede buscar por sí misma lo que necesite para seguir sana. Al menos fui lo bastante sensata como para no gastarme todo mi dinero en ella. Nos mudamos con mi hijo a nuestro nuevo piso. No imaginaba que acabaría así. Quise compartir mi vida con la madre de mi esposo, porque soy huérfana. Ahora solo me tengo a mí misma. Sólo debo enseñar a mi hijo una cosa: no todo el mundo merece tu generosidad. Hay quien valora más tener el huerto libre de malas hierbas.
¿Pero qué haces aquí? gritó mi suegra en medio de los bancales de verduras. Nunca ha habido tanta vergüenza
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054
Margaritas para el abuelo
Gregorio Pérez vivía al final de la calle, en una casita pequeña pero muy sólida. Las paredes, que su
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014
La promesa Denis conducía tranquilo y con seguridad por la autovía mientras su amigo Kirill, sentado a su lado, conversaba animadamente. Regresaban de una ciudad cercana tras una breve estancia por encargo de su jefe, que les había mandado en viaje de negocios durante dos días. — Kir, qué bien nos ha salido todo, el contrato firmado es de una cifra enorme, el jefe va a estar encantado —sonreía Denis con satisfacción. — Sí, hemos tenido suerte, compañero —afirmó Kirill, colega de oficina y amigo de toda la vida. — Qué gusto regresar a casa sabiendo que te esperan —añadió Denis—. Mi Ariadna está embarazada y se queja mucho de las náuseas. Me da mucha pena, pero los dos deseábamos el bebé, ella dice que aguantará por nuestro hijo. — Los hijos son una bendición… Nosotros con Marina no hemos conseguido, ella no logra retener el embarazo. Ahora nos preparamos para el segundo intento de FIV, el primero fue fallido —compartió Kirill, casado siete años con Marina y ansioso por ser padre, aunque la vida les ponía obstáculos… Denis se casó tardíamente, a los treinta y dos. Tuvo otras mujeres, pero hasta que apareció Ariadna nunca sintió ese amor arrollador. Se enamoró tan perdidamente que dejó de mirar a cualquier otra. Cuando Denis presentó a Ariadna al grupo y luego fue su boda, Kirill asistió como testigo y, aunque algo envidioso, comprendía el magnetismo especial de ella, tan dulce y bella. Llovía suavemente sobre el parabrisas, los limpiaparabrisas sonaban de vez en cuando, y los amigos charlaban alegres. Denis recibió una llamada de Ariadna. — Hola, cariño, sí, estamos en camino; llegamos en unas dos horas. ¿Tú cómo estás? ¿Igual que ayer? No levantes peso, yo lo haré todo al llegar. Te quiero, hasta pronto. Kirill escuchaba y pensaba en cómo Ariadna esperaba ansiosa a Denis, y lo comparaba con Marina, que raramente llamaba, nunca preocupado; era práctica, distante, trabajo y casa sin más sentimentalismo. De repente, Denis hizo un brusco giro: un camión les venía de frente. El choque fue inevitable, pero Denis logró que la peor parte recayera sobre él, estrellándose contra una farola lateral. Kirill recobró el sentido: dolor de cabeza, sangre en el brazo, la puerta de su lado abierta. Vio a Denis, inmóvil. Gente acudió corriendo, coches se detenían en la cuneta. Kirill yacía en la hierba mojada, sentía la cabeza y el brazo doler. Esperaban a la ambulancia; Denis fue sacado y puesto en una camilla. Kirill, tembloroso, se acercó y escuchó: — Ayuda a Ariadna… Ambos fueron trasladados al hospital. Kirill tenía el brazo roto y una fuerte conmoción, pero estaba consciente. Preguntaba sin cesar por su amigo, hasta que una enfermera le dio la peor noticia: — Denis ha fallecido… Kirill cayó en una profunda depresión. No pudo asistir al funeral. Marina, que sí estuvo, describió la desesperación de Ariadna, las lágrimas inconsolables frente al ataúd de Denis. Tras salir del hospital, Kirill fue al cementerio con Marina, pasó largo rato ante la tumba de su amigo, y mentalmente le prometió: — Tranquilo, no dejaré sola a tu mujer, la ayudaré, como tú pediste… Unos días después visitó a Ariadna. Al abrirle la puerta, ella rompió a llorar. — ¿Cómo vivir sin él? No puedo asumir que Denis ya no está. — Lo prometí: te ayudaré. No dudes en llamarme cuando lo necesites, vendré a verte. El tiempo pasó. Ariadna, un poco más recuperada, temía perder el embarazo por el estrés, y su médico la advertía. Kirill la visitaba dos veces por semana, le llevaba comida, vitaminas, la acompañaba a la clínica y donde hiciera falta. Ariadna no abusaba de su ayuda, solo recurría en casos justificados. — Me sabe mal quitarte tiempo, Kirill… — No me cuesta nada, lo prometí a Denis. Kirill sentía por Ariadna algo más que amistad; era la mujer de sus sueños, aunque la situación le desbordaba. Mientras Ariadna lidiaba con los males del embarazo, Kirill y Marina repetían análisis, visitaban médicos, y la frustración no cesaba… La infertilidad era el dolor que les acompañaba a diario. Marina ignoraba la relación de Kirill con Ariadna: el número guardado en el móvil como “Caridad”, por si Marina veía quién llamaba. Tras otro intento fallido de embarazo, la pareja vivió tensión. Marina creía que Kirill era el responsable de su fracaso, aunque él ya no pensaba en ello. Marina notaba a su marido distante, ausente, y algo irritable; a veces se marchaba sin explicación. Aunque la posibilidad de una infidelidad le parecía remota, no notaba frialdad en ese aspecto. Kirill intuía que su vida personal estaba lejos de ser perfecta, mientras en el trabajo los éxitos se acumulaban; acabó el proyecto que inició con Denis y firmó un gran contrato. Cuanto más avanzado el embarazo de Ariadna, más vulnerable y sola se sentía. Sus padres vivían lejos, en Salamanca, y en Madrid no tenía familia cercana. Malgré las migrañas y los pies hinchados, no solía quejarse a Kirill. Un día, este llegó a casa con la compra y la vio encaramada a una escalera, cambiando cortinas. — Limpié la ventana, —sonrió cansada— y estoy colgando las nuevas cortinas. — Baja de ahí, —ordenó Kirill al ver la prominente tripa—. Si caes, puedes perder al bebé, no te la juegues. La ayudó a bajar, sintiendo de repente un estremecimiento. — Gracias, Kir… —y Ariadna corrió al baño, víctima de las náuseas. Kirill suspiró y pensó: “¿Estás viendo esto, Denis, donde estés? Fuiste tú quien me pidió ayudarla.” Ariadna le planteó otro favor: — Kirill, ¿me ayudarías a montar la habitación del bebé antes de que nazca? He visto unos papeles pintados preciosos. Kirill no permitió que Ariadna se esforzara sola; compartieron la tarea, aunque ella solo apoyaba moralmente, y acabaron la reforma. Entre Marina, cada vez más deprimida, y Ariadna, cerca de dar a luz, Kirill se debatía entre sus responsabilidades y emociones. Marina sintió que debía salvar su matrimonio; se volcó en el trabajo, escribía artículos, y una revista conocida le ofreció una columna. Feliz y animada, llegó a casa con una compra especial y un par de botellas de vino. — ¿Qué pasa? ¿Es fiesta? —se sorprendió Kirill al volver. — Celebramos mi contrato con la revista, ¡tenía que darme una alegría! Pusieron su película favorita y brindaron. De repente, el móvil de Kirill sonó; Marina miró la pantalla y vio “Caridad”. Él fue al cocina a contestar. — ¿Qué pasa? —susurró. — Kir, perdona, creo que estoy de parto… He llamado a la ambulancia. — Pero aún es pronto. — Siete meses, podría ser… —hablaba con dolor. — Voy al hospital, espérame. Se vistió apresuradamente. Marina lo observaba con inquietud. — ¿Te vas ahora? — Sí, tengo que hablar urgentemente con el jefe por un tema de caridad, luego te explico… Confía en mí. Marina no creyó ni una palabra. — ¿Jefe, caridad…? No me engañas, Kirill. Kirill salió disparado y fue al hospital. Supo que Ariadna ya había llegado; esperó horas hasta que le dijeron que había dado a luz a un niño. Sintió alivio y condujo a casa, agotado. Marina no dormía, lo miró fijamente: — Te ha dejado hecho polvo tu “caridad”, ¿no? Kirill se desplomó en el sofá sin responder. — Sí, Marina. Ariadna ha tenido un hijo y le prometí a Denis ayudarla, está completamente sola. — Ahora encaja todo… —susurró Marina—. ¿Y ahora ayudarás con el bebé también? — Sí —respondió sinceramente. — Pues yo no voy a permitir que dediques tu tiempo al hijo de otra, sobre todo cuando ya parece que nunca lo seremos nosotros. Me divorcio. Haz lo que quieras. Yo también puedo encontrar otro hombre y ser madre. Kirill la miró sorprendido; ella seguía culpándolo por no poder tener hijos. — Es tu decisión. No voy a disculparme. Tengo que ayudar a Ariadna. El tiempo pasó, Marina inició el divorcio. Kirill se fue con Ariadna y ayudó con el pequeño Daniel. Luego se casaron y, a los dos años, tuvieron una hija. Gracias por leer, por seguirme y por vuestro apoyo. ¡Os deseo suerte en la vida!
Promesa Javier conducía sin prisa por la autovía saliendo de Valladolid, a su lado iba su inseparable
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024
En el caserón olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa sólo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, Águeda. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y aquellas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa vuelve, con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta… *** La masa olía a hogar. No ese hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal donde creció Elisa, sino el de verdad. El que ella misma imaginaba sentada en una banqueta de cocina viendo las manos de Águeda, rojas por el agua, amasar el pan. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba Elisa, con cinco años. —Porque respira —respondía Águeda, sin soltar el pan—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Es raro, ¿no? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no entendía. Ahora sí. De pie al borde de una carretera secundaria destrozada, apretando a su hijo Mateo, de cuatro años, contra el pecho. El autobús se marchó y sólo quedó el silencio especial de los pueblos; tan profundo que hasta se oía la nieve crujir bajo los pasos de algún desconocido, tres casas más allá. Mateo ya no lloraba. Había aprendido en el último medio año. Miraba con ojos oscuros, demasiado serios para su edad, y Elisa se estremecía cada vez: los ojos de Samuel. Su mentón. Su silencio. Ese silencio que siempre ocultaba algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, hijo. Ahora veremos dónde ir. Elisa no sabía la dirección. Ni siquiera si Águeda seguía viva —han pasado veinte años, una vida entera—. Sólo recordaba: “Pueblito de Soto, provincia de Ávila”. Y el aroma de aquella masa. Y el calor de manos que fueron las únicas en acariciarla sin motivo. El camino pasaba junto a verjas torcidas. Una ventana aquí y allá con luz amarillenta, débil pero viva. Elisa se paró frente a la última casa, simplemente porque ya no podía más y Mateo pesaba demasiado. La verja rechinó. Dos peldaños cubiertos de nieve, una puerta vieja, la pintura cayéndose. Llamó. Silencio. Luego pasos arrastrados, el cerrojo abriéndose, y una voz —ronca, envejecida pero conocida— que le cortó la respiración. —¿Quién andará por ahí a estas horas? Se abrió la puerta. En el umbral, una ancianita diminuta, con un jersey de lana sobre el camisón. Cara arrugada como una manzana asada. Pero los ojos, sí, los de siempre: azules, desvaídos pero vivos. —Águeda… La anciana se quedó quieta. Luego levantó una mano —la misma, llena de nudos— y acarició la mejilla de Elisa. —¡Virgen Santa… Elisa, hija mía! A Elisa se le doblaron las rodillas. Abrazaba a su hijo y no podía decir nada. Sólo lloraba, lágrimas calientes sobre mejillas heladas. Águeda no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿para qué?”, ni “¿qué ha pasado?”. Simplemente cogió su viejo abrigo de la percha, se lo puso por los hombros, y cogió a Mateo en brazos. El niño ni se movió: sólo miraba con sus ojos oscuros. —Ya estás en casa, paloma. Entra. Entra, hija. *** Veinte años. Suficientes para levantar imperios y verlos caer, para olvidar el idioma, para enterrar padres —aunque los de Elisa seguían vivos, ahora extraños, como muebles de alquiler. De niña pensaba que su casa era el mundo entero: cuatro plantas de felicidad; el salón con chimenea, el despacho del padre con olor a tabaco y severidad, el dormitorio de la madre con cortinajes de terciopelo, y abajo del todo, la cocina. Su lugar. El reino de Águeda. —No andes aquí, Elisa, —decían niñeras y preceptores—. Tienes que estar arriba, con tu madre. Pero su madre arriba hablaba siempre por teléfono. Con amigas, socios, amantes —esto Elisa no lo entendía pero lo sentía: algo andaba mal. Algo en la risa de su madre, en cómo se apagaba su rostro al entrar su padre. En la cocina, en cambio, todo era correcto. Águeda le enseñaba a hacer empanadillas, torcidas y con los bordes mal cerrados. Juntas esperaban que subiera la masa: “Shhh, Elisa, no hagas ruido, que se molesta y baja.” Cuando en el piso de arriba empezaban los gritos, Águeda la sentaba en su regazo y tarareaba algo rural, simple, sin letra; sólo con la voz. —Águeda, ¿eres mi mamá? —le preguntó una vez con seis años. —¡Ay, cielo! Yo sólo soy la asistenta. —¿Y por qué te quiero más que a mamá? Águeda se quedó callada. La acarició y luego susurró: —El amor no pregunta, sólo llega. Tú quieres a tu madre, pero de otra manera. Elisa sabía que no. Lo tenía claro, con el miedo frío de los niños. Su madre era bella, elegante, le traía vestidos y la llevaba a París, pero nunca estuvo sentada a su lado cuando ella enfermaba. Eso lo hacía Águeda —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego llegó aquella noche. *** —Ochenta mil euros —oyó Elisa tras una puerta mal cerrada—. Del cajón de seguridad. Yo misma los puse. —¿No los gastaste sin darte cuenta? —decía su padre, la voz cansada, hueca. —¡No digas tonterías! —¿Quién tenía acceso? —Él suspiraba. —Águeda limpiaba en el despacho. Sabe el código —yo se lo di, para quitar el polvo. Silencio. Elisa pegada a la pared, notando cómo algo importante se rompía por dentro. —Su madre tiene cáncer —dijo su padre—. El tratamiento cuesta muchísimo. Pidió un adelanto hace un mes. —Yo no se lo di. —¿Por qué no? —Porque es asistenta. Si a cada asistenta hay que darle para su madre, su padre, su hermano… —Marina. —¿Qué Marina? Lo ves claro. Necesitaba dinero, tenía acceso… —No estamos seguros. —¿Vas a llamar a la policía? ¿Hacer escándalo? ¿Contar a todos que aquí roban? Silencio otra vez. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años: suficiente para entender, demasiado pequeña para cambiar nada. A la mañana siguiente, Águeda hacía las maletas. Elisa la miraba desde la puerta, pequeña, en pijama, descalza. Águeda doblaba sus pocas cosas en una bolsa vieja: la bata, las zapatillas y una estampa de san Nicolás gastada. —Águeda… Se giró. El rostro sereno, sólo los ojos hinchados de llorar. —Elisa, ¿no duermes? —¿Te vas? —Sí, cielo. Mi madre está enferma. —¿Y yo? Se arrodilló a su altura. Olía a masa, siempre olía así. —Crecerás, Elisa. Serás buena persona. Y quizás algún día vengas a verme. Al Soto. ¿Te acuerdas? —Al Soto. —Eso es. Listísima. La besó en la frente y se fue. La puerta se cerró. Y ese aroma —a masa, a hogar, a calor— se desvaneció para siempre. *** La casa era diminuta. Una estancia, una estufa, una mesa con hule, dos camas tras una cortina estampada. En la pared, la misma estampa de san Nicolás, ennegrecida por el tiempo y las velas. Águeda trajinaba, ponía agua, sacaba una mermelada del sótano, hacía la cama de Mateo. —Siéntate, Elisa. Que en las piernas no está la verdad. Entremos en calor y después hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. Estaba plantada en medio de la pobre cabaña —ella, hija de un caserón de cuatro plantas— y sentía algo extraño. Paz. Por primera vez en años, verdadera paz. Como si algo tirante por dentro, por fin, se aflojara. —Águeda, —dijo, la voz temblándole—. Águeda, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por callar veinte años. Por… No sabía cómo explicarlo. Mateo se había dormido apenas tocó la almohada. Águeda, con una taza de té entre manos, esperaba. Y Elisa habló. De cómo, tras la marcha de Águeda, la casa dejó de ser suya. De cómo sus padres se divorciaron dos años después, al quebrar el negocio familiar y perderlo todo. De cómo su madre se marchó con otro a Alemania; su padre se hundió en el alcohol y murió solo cuando Elisa tenía veintitrés años. De cómo ella quedó completamente sola. —Luego conocí a Samuel —mirando la mesa—, nos conocemos desde el colegio. Venía a casa, ¿te acuerdas? Flacucho, siempre robando caramelos. Águeda asintió. —Me acuerdo. —Pensé: “al fin, una familia”. Pero… resultó ser jugador. Cartas, tragaperras, de todo. No lo sabía. Cuando me di cuenta ya era tarde. Deudas, usureros, Mateo… Calló. El fuego crepitaba en la estufa. —Cuando pedí el divorcio, me confesó todo. Creía que le perdonaría, que valoraría su sinceridad. —¿El qué te confesó, hija? Elisa levantó la vista. —Que él robó aquel dinero. Lo vio cuando estuvo en casa. Se lo llevó para jugar. Y le echaron la culpa a ti. Silencio. Águeda no se movía. La cara impasible. Los nudillos blancos sobre la taza. —Águeda, perdóname. Lo supe hace una semana. No tenía idea, yo… —Shhh. Se levantó. Fue hasta Elisa y, como veinte años antes, se arrodilló —con dificultad, crujían las rodillas— y la miró a los ojos. —Pero, hija mía, tú no tienes culpa de nada. —Pero tu madre, necesitabas ese dinero… —Mi madre murió al año. Dios la tenga en su gloria —se santiguó—. Yo estoy bien. Huerto tengo, una cabrita, buenos vecinos. No necesito más. —Pero te echaron. Como ladrona. —¿Y no será que a veces Dios te lleva hacia la verdad por medio de la injusticia? Si no me hubieran despedido, quizá no habría estado ese año con mi madre. El año más importante. Elisa callaba. Tenía el pecho ardiendo con vergüenza, dolor, amor, gratitud. —¿Me dolió? Claro que sí. Duele mucho que te tomen por ladrona. Pero luego… luego se pasa. No rápido, pero pasa. Porque si guardas el rencor, te come por dentro. Y yo quería vivir. Tomó las manos de Elisa: frías, ásperas, nudosas. —Y ven aquí, con tu hijo, a verme a mí, vieja, a este cuchitril. ¿Sabes lo que vale eso? Más que ninguna caja fuerte. Elisa lloró. No como los adultos. Como una niña, desconsolada, la cara hundida en el hombro flaco de Águeda. *** Al alba, Elisa se despertó por el olor. A masa. Abrió los ojos. Mateo dormía a su lado. Tras la cortina de flores, Águeda andaba de un lado a otro, moviendo papeles. —¿Águeda? —¿Ya estás despierta? Levántate, paloma, que se enfrían los panecillos. Panecillos. Elisa se levantó y, como en un sueño, fue hasta la mesa. Sobre papel de periódico estaban ellos: dorados, deformes, con borde mal cerrado, como los de antes. Y olían a hogar. —Mira, —Águeda le servía té en una taza mellada— en el pueblo hace falta ayudante en la biblioteca. Pagan poco pero aquí tampoco se gasta mucho. A Mateo lo llevamos a la guardería, que la dirige doña Carmen, una santa. Después ya veremos. Lo decía con una naturalidad tranquila, como si todo estuviera resuelto. —Águeda, —Elisa se atrevió—. Yo… Yo no soy nadie para ti. Han pasado tantos años. ¿Por qué…? —¿Por qué qué? —¿Por qué me acoges? ¿Sin preguntar? ¿Así, sin más? Águeda la miró con aquella mirada limpia y sabia de toda la vida. —¿Recuerdas que me preguntabas por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor también. Respira y respira. No se puede despedir ni echar. Vive donde quiere. Aunque pasen veinte años. Le puso un panecillo delante —caliente, tierno, de manzana. —Come, hija. Has adelgazado mucho. Elisa mordió. Y, por primera vez en años, sonrió. Afuera amanecía. La nieve brillaba con los primeros rayos, y el mundo—enorme, complicado, injusto—por un instante se volvía sencillo y bueno. Como los panecillos de Águeda. Como sus manos. Como el amor que no se puede despedir. Mateo salió de detrás de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, huele rico. —Es la abuela Águeda, que ha horneado. —¿A-bue-la? —probó la palabra en la boca, miró a Águeda. Ella le sonrió, las arrugas iluminándose. —Abuela, abuela. Ven, mi niño. Vamos a desayunar. Sentado a la mesa, comió, y por primera vez en medio año, soltó una carcajada cuando Águeda le enseñó a hacer muñecos de pan. Elisa les miraba— a su hijo y a la mujer a la que consideró su madre—. Entendía: ésa era su casa. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo unas manos cálidas. Sólo olor a masa. Sólo amor común, callado, de todos los días. Ese amor que no se compra. Que no se paga. Que simplemente existe mientras haya un corazón vivo. Extraña cosa es la memoria del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el aroma de las madalenas de mamá lo recordamos hasta el último aliento. Quizá porque el amor no vive en la cabeza, sino más adentro, donde nunca llegan ni el rencor ni el tiempo. A veces hace falta perderlo todo—estatus, dinero, orgullo— para recordar el camino a casa. A esas manos que siguen esperando.
En el caserón olía a colonia cara y a falta de cariño. La pequeña Jimena solo había conocido unas manos
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0169
Durante dos años, María fue solamente la cuidadora de su suegra.
Durante dos años, María solo fue la cuidadora de la madre de su marido. María logra casarse con un hombre
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013
El Guardián del Patio
22 de octubre. Hoy, mientras estaba en mi caseta junto al portón, observaba cómo la lluvia golpeaba el
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013
Por favor… no me dejes solo otra vez. No esta noche. Fueron las últimas palabras que susurró el jubilado inspector de policía de 68 años, Calvino Álvarez, antes de desplomarse sobre el parqué de su salón. Y la única criatura viva que le oyó fue quien había escuchado cada palabra de su boca durante los últimos nueve años: su leal y anciano compañero K9, Sargento. Calvino nunca fue un hombre de muchas emociones. Ni siquiera tras retirarse, ni después de perder a su esposa, permitió que nadie viera sus luchas interiores. En el barrio, todos le conocían como el viudo silencioso que paseaba a paso lento cada tarde con su viejo pastor alemán. Caminaban al mismo ritmo, como si el tiempo hubiese decidido pesarles juntos. Para el resto, parecían dos guerreros cansados que no necesitaban nada ni a nadie. Pero todo cambió aquella gélida noche. Sargento dormía junto al calefactor cuando escuchó el estruendo: el cuerpo de Calvino cayendo al suelo. El perro se irguió, captando el olor urgente del miedo, el sonido de la respiración dificultosa. Sus huesos protestaban pero arrastró su cuerpo hasta su compañero. La respiración de Calvino era inestable. Sus dedos temblaban en el aire, buscando algo invisible. Su voz quebrada dejó escapar palabras que Sargento no comprendió, pero sí el sentimiento: miedo. Dolor. Despedida. Sargento ladró. Una vez. Otra. Rápido, cada vez más desesperado. Arañó la puerta con tal fuerza que la sangre tiñó la madera. Ladró y ladró hasta que su voz resonó por la escalera y el patio de la vecina. Fue entonces cuando Elena, la joven del piso de al lado, la que solía regalarle magdalenas caseras a Calvino, corrió escaleras abajo. Supo al instante que ese no era el ladrido de un perro aburrido, sino la llamada rítmica y urgente de una emergencia. Elena aporreó el timbre. Cerrado. Buscó la llave de repuesto bajo el felpudo, tal y como Calvino le había contado “por si acaso la vida le sorprendía”. La llave resbaló un par de veces antes de abrir la puerta. Irrumpió en la casa y vio a Calvino inmóvil en el suelo. Sargento, a su lado, le lamía la cara y gemía bajo, una melodía que partía el corazón. Elena marcó a emergencias con manos temblorosas. “¡Por favor, 112, mi vecino no respira bien!” Minutos después, el salón se llenó de caos controlado con la llegada de dos sanitarios. Sargento, normalmente tranquilo, se plantó entre Calvino y los servicios de emergencia, erguido con esa entrega feroz de quien aún cumple con su deber. —¡Señora, necesitamos que retire al perro! —le gritó un técnico. Elena intentó apartar a Sargento por el collar, pero el viejo pastor alemán no se movía. Sus patas, sacudidas por la artrosis, se aferraron al suelo, suplicando con los ojos. El sanitario más mayor, Herrero, se fijó en las canas, las cicatrices, la placa desvaída colgando del collar de Sargento. —Este no es un perro cualquiera —susurró a su compañero—. Es un compañero de servicio. Está haciendo su trabajo. Herrero se arrodilló y habló con voz suave: —Hemos venido a ayudar a tu compañero, chico. Déjanos cuidarle. Algo en la expresión del pastor alemán cambió. Con esfuerzo, se apartó… pero no dejó de rozar las piernas de Calvino. Al elevar a Calvino en la camilla, su marcapasos sonó frenético. Su mano colgó hacia abajo. Sargento soltó un aullido tan profundo y desgarrador que todos se paralizaron. Al sacarlo de casa, Sargento quiso subir a la ambulancia, pero sus patas cedieron en la acera, arañando el suelo en su intento de seguirle. —El perro no puede venir —insistió el conductor—. Es protocolo. Ya medio inconsciente, Calvino susurró al aire: —Sargento… Herrero miró al hombre y al perro, apretando la mandíbula. —Que se vaya el protocolo al carajo —gruñó—. Ayudadme a subirle. Entre los dos, lograron subir al pastor alemán y tumbarlo al lado de Calvino. Nada más tocarle, el monitor cardíaco se estabilizó lo suficiente para devolver la esperanza. Cuatro horas después En la habitación del hospital, entre pitidos y luces bajas, Calvino despertó. Confuso, intentó sentarse. —Tranquilo, don Calvino, está a salvo —le susurró la enfermera—. Nos dio un buen susto. Él tragó saliva. —¿Dónde está… mi perro? La enfermera iba a recitar la norma de “prohibido perros”, pero se detuvo. Abrió la cortina. Sargento dormía en una manta, agotado pero en calma. Herrero había contado lo que sucedió: cada vez que separaban a Sargento, las constantes vitales de Calvino caían. Así que el médico concedió una “excepción por cuidados compasivos”. —Sargento… —susurró él. El pastor alemán levantó la cabeza. Al ver a Calvino despierto, se arrastró hasta su cama y apoyó el hocico en su mano. Calvino le acarició entre lágrimas. —Creí que hoy te dejaba atrás… que esta noche iba a ser el final. Sargento se pegó más a él, lamiendo sus lágrimas mientras movía débilmente la cola. Desde la puerta, la enfermera se limpiaba los ojos. —No solo ha salvado su vida, don Calvino—. Yo creo que usted también ha salvado la suya. Aquella noche, Calvino no tuvo que enfrentarse solo a la oscuridad. Su mano colgaba, aferrada a la pata de Sargento —dos viejos compañeros que habían sobrevivido juntos, jurándose en silencio no dejarse nunca solos otra vez. Que esta historia llegue a quienes más lo necesitan. 💖💖
Por favor… no me dejes solo otra vez. No esta noche. Esas fueron las últimas palabras que susurró
MagistrUm