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075
Cuando el tren ya ha partido
¿Jorge, me escuchas? ¿Entonces tengo que esperar a los cuarenta años para corregir los errores de tu juventud?
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020
Examen para adultos — Luz, ¿por qué no vienes a celebrar con nosotros el fin del proyecto? —le preguntó Miguel sonriendo y además le guiñó el ojo. —Porque, querido amigo, tengo una cita esta noche —respondió ella, un poco avergonzada. —¡Vaya sorpresa! —Miguel se mostró sorprendido. Conocía a Luz desde hacía casi cinco años y siempre había sido madre soltera, parecía que no buscaba pareja… Qué extraño. Aunque quizás sí lo hacía y él, Miguel, simplemente no lo había notado. —Bueno, entonces no te retenemos. ¡Ojalá todo te salga genial! —le deseó, y luego se giró hacia los demás compañeros—. ¿Nos vamos? —Sí. —¡Venga, deprisa! —¡Por supuesto! —corearon todos y se encaminaron juntos al bar. Miguel caminaba con ellos esbozando una sonrisa, pero en el fondo sentía una punzada de celos. ¿Celos? ¿Por qué? Entre Luz y él nunca hubo nada más allá de una relación cordial y de amistad. «Qué raro es todo esto», pensó Miguel. * * * Aquel día llegó a casa más tarde que de costumbre. Mucho más tarde. Nada más entrar, sus hijos corrieron hacia él gritando: «¡Papá ha llegado, papá ha llegado!». Luego apareció su mujer. —¡Miguel, por fin! Le abrazó y le besó. —Hemos salido a pasear y hemos construido un barco impresionante. Tú siempre trabajando y trabajando —bromeó Sonia. —Anda que no. Estoy trabajando para traer dinero a casa —gruñó Miguel—. Además, tengo derecho a quedarme en la oficina el tiempo que me apetezca. —Por supuesto que sí —le concedió Sonia, con paciencia. —No hace falta que me interrogues —insistió él, de mal humor. Si alguien le hubiera preguntado en ese momento por qué se ponía tan a la defensiva, Miguel no habría sabido qué contestar. Ni él mismo lo comprendía. —¿Miguel, te ha picado algo? —quiso saber Sonia, todavía sonriendo. Fue entonces cuando él comprendió que en realidad deseaba borrar esa sonrisa de su rostro, hacer que le doliera tanto como a él en ese preciso momento. —No. Solo estoy cansado. Sirve la cena —intentó responder con el tono de siempre. Cuando Sonia se marchó a la cocina, él se sentó junto al perchero y se tapó la cara con las manos. «¿Qué estoy haciendo?», pensó horrorizado. * * * Días después, a Miguel se le fue pasando, y llegó a la conclusión de que su disgusto aquel día había sido simplemente porque todos querían celebrar el éxito del proyecto, menos Luz. Y se entristeció por su ausencia. Ahora tenían un nuevo proyecto y se volcó en él de lleno. * * * —Luz, hoy seguramente tendrás que quedarte un poco más —le dijo un día—. Necesito los cálculos terminados. —Lo siento, Miguel, hoy voy a ver a mi madre —se excusó ella, negando con la cabeza—. Es importante para mí. Mañana llegaré antes y lo preparo todo. —De acuerdo —asintió él—. Trato hecho. En realidad, estaba bastante molesto. ¿Acaso había algo más importante que el proyecto? —¿Tu madre está enferma? —preguntó Miguel. —Sí… bueno, un poco —respondió Luz, bajando la mirada. —Entiendo —dijo él. En ese caso, sí comprendía que quisiera marcharse. Pero luego supo que no era verdad, que la madre de Luz no estaba enferma. Que aquello fue solo una excusa para que Miguel no la hiciera quedarse. —¿Cómo que no va a ver a su madre? —preguntó atónito cuando se lo contaron unas compañeras del departamento. —¿Que no la va a ver? ¡Claro que sí! Va, pero con su novio nuevo —contestó Olga, asomándose a la ventana e invitando a Miguel a mirar—. Mira, ahí van… Miguel se acercó. Vio cómo Luz salía del edificio y un chico joven la esperaba. Se cogieron de la mano y se encaminaron juntos hacia el coche. Subieron y se marcharon. En ese instante, Miguel sintió celos. No esa punzada leve, sino celos en toda regla. «¡Dios mío! Es verdad… ha encontrado pareja», pensó. —Bueno… —intentó que su voz sonara indiferente—, terminamos a las seis; cada uno puede irse entonces a lo que quiera. Se sentó, intentó aparentar normalidad. Pero no pudo trabajar. * * * El tiempo pasaba y Miguel cada vez estaba más nervioso. No entendía qué le pasaba. Al principio era solo inquietud —cada vez que oía la voz de Luz o veía un mensaje suyo, el corazón le latía deprisa—. Justo igual que cuando comenzó a salir con su esposa. «¿De verdad me he enamorado?», pensaba Miguel. La idea le resultaba cómica y a la vez terrorífica, así que prefería ignorarla. Vamos a ver, él era ya un hombre hecho y derecho: acababa de cumplir los cuarenta, tenía familia, quería a su mujer. Bueno… más bien la respetaba, la apreciaba, le tenía cariño y agradecimiento. Pero el amor… ese de película, loco, apasionado, hacía tiempo que se le había apagado. Pero, quizá, como a casi todos. Luego el nerviosismo fue a más. Notó que, cada vez que Luz entraba al despacho, se erguía, inconscientemente. Parecía que necesitaba que se fijara en él. Hablaba más a menudo con ella, le pedía opinión. Y, después, repasaba mentalmente cada mirada, cada palabra, como si se ocultara en ellas algún secreto. Un día se sorprendió a sí mismo pensando: «¿Y si la hubiera conocido antes? Antes de tener hijos, antes de todo?» La idea le sacudió como un calambrazo. Porque entendió que, sí, tal vez entonces se habría marchado. No de golpe, pero poco a poco. Habría buscado pretextos, excusas, cualquier justificación. Habría dejado casa, familia, todo por estar con ella. Ese pensamiento lo inundó de culpa. De repente, como una ola, arrasó todo su autocontrol. Miró la foto de su familia en el escritorio. Sonia, los niños, sus vacaciones en la playa. Todos sonriendo, él también. Todo en orden. Todo correcto. ¿Por qué, entonces, sentía que no vivía su vida? No encontraba explicación. ¿Por qué ahora? ¿Por qué Luz, precisamente? Habían compartido tres años juntos en el trabajo y nunca antes había sentido eso por ella. ¿Por qué ahora no podía dejar de pensar en ella? Sentía su mundo interior resquebrajarse. Sus valores, antiguos pilares, empezaban a tambalearse. Quería a su familia, no quería perderla ni herir a nadie, pero tampoco podía dejar de sentir lo que sentía. * * * Ese día se despertó temprano. La habitación aún estaba oscura, solo un fino hilo de luz se filtraba por la persiana. Miguel contemplaba el techo en silencio. No podía sacarse de la cabeza a Luz. Ni un segundo. Ni siquiera en esa paz matutina, sentía su presencia clavada en el alma como una astilla. Pensó en el día anterior. Ella volvió a marcharse pronto. Con aquel chico de nuevo. Y cada vez, sentía que algo se rompía en su interior. «Estoy perdiendo el norte. Si no paro ahora, lo perderé todo. No de golpe, pero poco a poco. Me volveré frío. Distante. Extraño para los niños. Y para Sonia. Y para mí. Odiaré en lo que me convertiré. Y después será demasiado tarde». Se levantó, fue a la cocina, se preparó café y miró por la ventana. La mañana era gris, callada, solitaria. Y allí tomó una decisión. * * * —¿Cómo que te cambias de departamento? —le rodeaban sus compañeros—. Y Luz también lo escuchaba. —Así es. Hay problemas en otro departamento y me han pedido que lo arregle —respondió él. —¿Es solo temporal, verdad? —Por supuesto… temporal —asintió Miguel, aunque sabía que no había nada más definitivo que lo temporal. Al principio había pensado incluso en dejar el trabajo. Pero se dio cuenta de que sería absurdo: estaba bien valorado en esa empresa, el sueldo era bueno, había posibilidades futuras. Decidió pedir el traslado a otro departamento. Al menos por un par de meses. Sabía que eso le permitiría romper el círculo vicioso, donde cada palabra o mirada de Luz le conmovía el alma. No quería ser ese hombre que lo arriesga todo por un arrebato. No quería decir: «Solo soy humano…». Sabía que, aunque doliera, el dolor pasaría. Aquella tarde le dijo a Sonia: —Quiero pasar más tiempo contigo y los niños. No quiero estar siempre fuera por trabajo. Ella le miró sorprendida. —¿De verdad? —Sí. Creo que me estoy perdiendo muchas cosas. Contigo. Con los críos. Sonia no contestó, pero le sonrió como hacía tiempo no le sonreía, y a Miguel se le encogió el corazón. Empezó a llevar a los niños al parque, a recogerlos del colegio, a implicarse en actividades escolares. A hablar con Sonia de sus días, de sus inquietudes, de todo lo que solía callarse. A preguntarle por su vida. A veces se preguntaba: «¿Por qué no hice esto antes? ¿Por qué lo veía como un deber y no como una oportunidad de conocer de verdad a la persona que tengo al lado?» Siguió pensando en Luz. Pero cada vez menos. Cuando se cruzaban por la oficina, sentía un leve pellizco. No dolor ni celos. Solo el rastro de lo que pudo ser, de alguien a quien eligió no buscar. Eligió a su familia. Y se sentía agradecido consigo mismo. * * * —¡Miguel! ¡Migueeel! Miguel iba hacia la juguetería del centro comercial cuando oyó su nombre. Se giró y vio a Luz. —¡Miguel! ¿Dónde te has metido? Todo el equipo te echa de menos. ¡Hace un año que no sabemos de ti! Miguel sonrió. Se alegró sinceramente de verla, pero no sintió dolor alguno. —Hola, Luz. Me alegra mucho verte. —¿Cómo estás? —Bien. Bueno, no… excelente, la verdad —y al decirlo, comprobó que era cierto. —¿Por qué no volviste con nosotros? Fuiste el mejor jefe que tuvimos. —Me apetecía cambiar —respondió sin más—. ¿Y tú? —Yo… —sonrió aún más—. Me he casado. Es un buen hombre. De verdad. Mi hija le quiere. Miguel asintió. No sentía celos. Solo una ligera sorpresa. Como cuando te reencuentras con un amigo que regresa cambiado. —Me alegro mucho por ti —dijo sinceramente. Charlaron un rato sobre la empresa, los conocidos de ambos. Ninguno propuso tomar un café juntos. Sabían que aquello era un final, o el inicio de algo distinto, pero ya lejos el uno del otro. Se despidieron y Miguel siguió su camino. Compró el regalo, salió del centro comercial y subió al coche. Solo entonces se dio cuenta de que ya no sentía nada por ella. Ni dolor, ni ansias, ni ganas de empezar de nuevo. Miró al frente. Al semáforo, a la gente cruzando la calle, a los niños de la mano de sus padres. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba justo donde tenía que estar. No en una vida de ensueño. No en una fantasía. Sino en su vida real. Con sus implicaciones y dificultades. Pero suya. * * * Luz y Sonia estaban juntas en las cintas de correr. Llevaban tiempo coincidiendo en el mismo gimnasio y solían ir a las mismas clases. —¿Cómo fue vuestra charla? —quiso saber Sonia. Luz se encogió de hombros. —Sin más. Me deseo lo mejor, y ya está… Así que tú ganaste —añadió—. Tu marido es un hombre extraordinario. —Lo sé —afirmó Sonia—. Y siempre lo he sabido. Sonrió y guiñó un ojo a su amiga.
Examen para adultos Luci, ¿por qué no vienes a celebrar el final del proyecto con nosotros?
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046
Te echo de menos. Nunca antes había echado de menos a alguien así. Y no entiendo por qué, cuando en realidad a su lado no me sentía plenamente bien y había cosas que no me gustaban. Nos conocimos por Facebook. Empezamos a hablar y un día me invitó a tomar un café. Fuimos a un parque. Ese día me sentía fatal, muy desanimada, y además me dolía el cuerpo porque había entrenado mucho en el gimnasio y tenía las piernas destrozadas. Hablamos en el parque—era de noche, el cielo estaba despejado y hacía mucho frío. Charlamos de cosas personales, de nuestras vidas, de quiénes somos. Cuando nos despedimos, le abracé. Un abrazo que duró varios minutos. Lo sentí como “hogar”, aunque viniera de un hombre que parecía frío, serio y distante. En ese abrazo percibí que, en el fondo, él no era así. No sé si estaba incómodo—igual que yo. Pero se notaba que tampoco él estaba bien y que el abrazo le tranquilizó. Nos despedimos con otro, más breve. Seguimos hablando hasta tarde. Así pasaban los días—”buenos días” de su parte, charlas todo el día, mensajes constantes. Empezamos a quedar. Hablábamos de cosas profundas, compartíamos sueños y escenarios vitales. Me contó que vivía con un amigo. Me habló de su exnovia. Me dijo que le gusta hablar con chicas, amigas con las que ha salido. Después volvió a vivir con sus padres. Oficializamos la relación y entonces me confesó la verdad: en realidad, había estado viviendo con su ex. Según él, ya no había nada entre ellos—ni antes tampoco—pero trabajaban juntos. Subió una foto de los dos. El día de su cumpleaños decidí llevármelo a cenar a un restaurante precioso de estilo medieval—quería sorprenderle. Pero al mediodía recibí un mensaje por Instagram de una mujer insultándome. No respondí. Solo le pregunté qué era aquello. Entonces me habló de su ex—que le gustaba mandar a otros para molestar y enviar mensajes ofensivos. No contesté hasta que hablé con él. Me dijo que ya estaba arreglado, pero los mensajes siguieron. Al final respondí solo lo necesario. No soy una mujer que se humilla o que baja al nivel de la arrogancia ajena. Después bloqueé. Superamos aquello. Seguimos adelante. Nuestra relación incluso se fortaleció. Compartíamos más cosas. Yo estaba en paro y él me animaba a buscar trabajo. A veces me ayudaba con gastos que me daban vergüenza. Nunca le pedí nada—él lo hacía por su cuenta. Cuando se fue de vacaciones, me dijo que me quedara en su casa. Me quedé, pero cometí el error de quedarme las dos semanas. Me “ponía a prueba”—quería ver cómo era yo en casa. Gastaba mucho dinero en comida fuera porque decía que si cocinábamos “perderíamos tiempo”, que siempre se podía comprar comida ya hecha. Las vacaciones acabaron y se había gastado mucho dinero. Le dije que debía ahorrar, pero no me hizo caso. Después me dijo que yo no le había ayudado a ahorrar, que si él gastaba, era porque yo le dejaba—cuando yo le aconsejaba que cocináramos y que vigilaramos los gastos. Luego me dijo que había que pagar facturas, que eso le ponía nervioso—y eso me hacía sentir mal. Encontré trabajo y me dijo que ahora me iba a “poner a prueba”. La prueba consistía en ver si yo le daría dinero por vivir en su casa y por todo lo que había gastado. Dijo que sentía que me mantenía. No sabía qué decir. Aprendía cómo se vive en pareja. Dijo que todo iba a cambiar—y así fue. Apenas hacíamos planes ni quedábamos. Los mensajes eran breves. Decía que debía recuperar el dinero, que estaba inestable económicamente, que ni comía bien. Todo empezó a venirse abajo. Un día me dijo que le había “metido la mano en el bolsillo”, que le había perjudicado económicamente—a pesar de que nunca le pedí nada. Ya trabajaba. A veces pagaba yo, a veces él. Pero ya no había planes. Todo cambió. Decidimos dejarlo. Nos separamos bien—agradecidos por lo bueno y por las lecciones. Cerramos la puerta con dignidad. Después lo intentamos otra vez. Hablábamos. Pero no me gustaba pasar por su casa después del trabajo sin comida. A veces ni me invitaba a cenar. Yo dudaba si llevarme algo para comer o desayunar fuerte para no pasar hambre. Le conté cómo me sentía, pero no dijo nada ni propuso una solución. Eso me hacía sentirme sola y era lo que mataba la relación. Un día, estando con él, me mareé en el metro y casi me desmayé. Me senté en el suelo para no caer. Él no reaccionó. Eso me alejó definitivamente. Me distancié por dentro. En el fondo lo quería, pero sabía que no es el hombre que quiero a mi lado—pese a los sueños y metas de las que hablábamos. Muchas veces le pedí no irnos a dormir enfadados. Pero acabé durmiendo a su lado, llorando. Hasta que un día decidí no aguantar más. Me levanté temprano, recogí mis cosas y me fui. Hablamos. Le expliqué cómo me sentía. Le había regalado un dibujo que él adoraba, pero lo quité de la pared y me lo llevé. No debí hacerlo. Algo se rompió en mí—y en él. Semanas después volvimos a hablar. Me dijo que al llevarme el dibujo le quité la felicidad que sentía con él, y que algo se había roto para siempre. Volvimos a cerrar la puerta. A veces le mandaba mensajes de agradecimiento o algún vídeo, pero él no respondía. Todo estaba vacío. Una noche, sobre la medianoche, recibí un mensaje lleno de insultos—me acusaba de haberle separado de su familia. Eliminé el chat y bloqueé. Después empezaron a buscarme por redes sociales desde la empresa donde trabajaba. Sabía que era la ex o su nueva pareja. No contesté. Hablé con la dirección y puse límites—les avisé de que si seguía, tomaría medidas legales. Entonces pararon. Sentí tristeza. Cambié. Entendí que él no es el hombre que quiero. Nos despedimos bien, pero volver a verle con alguien que le había causado tanto caos fue doloroso. A veces le echo de menos. Echo de menos algunas cosas bonitas. Pero hasta ahí. Hay algo que tengo totalmente claro: conmigo sentía paz y orgullo. No creo que con ella lo vaya a tener—ni que vaya a ser el hombre que le gustaría mostrarle al mundo.
Le echo de menos. Nunca había añorado a alguien de esta manera. Y no sé por qué, especialmente teniendo
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01
Cuidadora para la esposa — ¿Cómo dices? — A Lidia le pareció que no había escuchado bien. — ¿A dónde se supone que debo irme? ¿Para qué? ¿Por qué? — Ay, por favor, ni una escena más — él frunció el ceño —. ¿Qué hay que no se entienda? Ya no tienes a quién cuidar. Y a dónde te vayas es cosa tuya, no me importa. — Edy, ¿pero qué dices? ¿No íbamos a casarnos? — Eso te lo inventaste tú. Yo nunca prometí nada semejante. A los 32 años, Lidia decidió cambiar su vida de raíz y marcharse de su pueblo natal. ¿Qué tenía que hacer allí? ¿Escuchar los reproches constantes de su madre? Su madre no paraba de criticarla por haberse divorciado, como si fuera culpa suya perder al marido. Y aquel Vasco no valía ni una palabra amable — ¡un borracho y mujeriego! ¿Cómo pudo casarse con él hace ocho años? Lidia, en realidad, ni se entristeció por el divorcio — al contrario, sentía que respiraba mejor. Pero discutía constantemente con su madre por eso. Y también peleaban por el dinero, que siempre les faltaba. Así que se iría a la capital de provincia y allí se apañaría. Su amiga del colegio, Silvia, llevaba cinco años casada con un viudo. ¿Y qué si él era dieciséis años mayor y nada guapo? Tenía piso propio y dinero. Y Lidia no era peor que Silvia. — ¡Pues ya era hora! — apoyó Silvia la idea —. Ve preparando tus cosas, puedes quedarte en casa el tiempo que haga falta, ya se te buscará trabajo. — ¿Y tu marido, Rodrigo Ponce, no pondrá pegas? — dudó Lidia. — ¡Qué va! Él me hace caso en todo, tranquila, saldremos adelante. Aun así, no se quedó mucho en casa de su amiga. Pasó un par de semanas hasta que ganó algo de dinero y pudo alquilar un cuarto. Y apenas un par de meses después, tuvo una suerte inesperada. — ¿Cómo una mujer como usted vende en el mercado? — preguntó con simpatía un cliente habitual, don Eduardo. Lidia ya conocía a todos los habituales por el nombre. — Hace frío, se pasa hambre… no es vida. — ¿Y qué le voy a hacer? — respondió ella — Hay que ganarse la vida de alguna forma. Y añadió coqueta: — ¿O tiene usted otra propuesta? Don Eduardo no era lo que se dice un galán. Al menos veinte años mayor, cara hinchada, poco pelo y mirada penetrante. Siempre escogía los vegetales con esmero y pagaba justo. Pero iba bien vestido, en buen coche — estaba claro que no era un sintecho ni nada por el estilo. Eso sí, llevaba anillo de casado, así que como marido Lidia no lo consideraba. — Veo que eres una mujer responsable, seria, limpia — don Eduardo se pasó al tuteo con naturalidad —. ¿Alguna vez cuidaste a enfermos? — Sí, claro. Mi vecina tuvo un ictus y sus hijos vivían lejos, no podían atenderla. Así que me llamaron a mí. — ¡Perfecto! — se animó él, poniendo cara compungida —. Mi esposa, Amparo, también ha tenido un ictus. Los médicos dicen que tiene pocas posibilidades. La he traído a casa, pero no puedo cuidarla. ¿Me ayudas? Te pagaré como es debido. Lidia no se lo pensó mucho. Mejor estar en un piso calentito, aunque sea limpiando cuartos, que aguantando frío en el mercado y clientes tiquismiquis. Además, don Eduardo le ofreció alojamiento. — ¡Si tienen tres habitaciones! — le contaba a Silvia entusiasmada —. Y no tienen hijos. La madre de Amparo era otro caso: coqueta a sus 68, recién casada de nuevo. Nadie más para cuidar a la enferma. — ¿Tan mal está tu señora? — preguntó Silvia. — Pues sí… La pobre apenas puede moverse ni hablar. No creo que se recupere. — ¿Y a ti parece que te alegra? — Silvia la escrutó. — No me alegro, pero tampoco voy a dejar pasar mi oportunidad. ¡A ti te va demasiado bien! Aquella vez discutieron fuerte, y solo medio año después Lidia le contó a su amiga lo que sucedía con don Eduardo. No podían vivir el uno sin el otro, pero él no dejaría a su esposa, así que tendrían que ser amantes discretos. — Estás con él mientras la esposa agoniza en la habitación de al lado — volvió a recriminarle Silvia —. ¿Tú te oyes? ¿O solo te ciegan sus supuestas riquezas? — Nunca tienes una palabra amable — se tomó Lidia a mal. Dejaron de hablarse, aunque ella no se sentía culpable (apenas un poco). ¡Todos tan santos ahora! Desde luego, quien nunca pasa hambre nunca entiende al que sí. ¡Pero no importa, se las apaña sola! Lidia cuidó a Amparo con esmero y, desde que comenzó con Edy, también se encargaba de todo en casa. Supuso que Edy estaba contento, y ella también disfrutaba de la vida. Hasta casi se olvidó de que él había dejado de pagarle. Al fin y al cabo, ya eran casi un matrimonio. Él le daba dinero para la compra y ella gestionaba el presupuesto, aunque apenas le alcanzaba. Él ganaba bien, pero ya lo arreglarían cuando se casaran. La pasión se fue enfriando y Edy ya no corría a casa, pero Lidia lo achacaba a la fatiga por la esposa enferma. Aunque casi no la atendía, ella le tenía compasión. Era previsible, pero Lidia no pudo evitar llorar cuando Amparo falleció. Había dedicado año y medio a esa mujer enferma, y de organizar el entierro también tuvo que encargarse, porque Edy no podía con el dolor. Le dio el dinero justo, pero ella logró organizarlo todo con dignidad. Nadie pudo reprocharle nada. Ni las vecinas, que miraban mal a Lidia por su lío con Edy — no hay secretos en una comunidad — y hasta la suegra pareció quedar conforme. Así que Lidia no esperaba lo que Edy le soltó días después. — Como comprenderás, ya no necesito tus servicios. Tienes una semana para irte — le dijo, frío, al décimo día del funeral. — ¿Cómo dices? ¿A dónde se supone que debo irme? ¿Por qué? — Por favor, ni una escena más. ¿Qué no entiendes? Ya no hay a quién cuidar. Y el resto no es mi problema. — Edy, ¿pero no íbamos a casarnos? — Eso lo inventaste tú. Nunca prometí nada de eso. La mañana siguiente, tras una noche sin dormir, Lidia intentó hablar otra vez con Edy, pero repitió lo mismo y le pidió que se apresurara con la mudanza. — Mi prometida quiere hacer obra antes de casarnos — soltó Edy. — ¿Prometida? ¿Quién es? — No es asunto tuyo. — ¿Cómo que no? Me voy, claro, pero antes me pagas por mi trabajo. ¡No pongas esa cara! Me prometiste 1.500 al mes y solo lo cobré dos veces. Me debes 24.000. — ¡Vaya, qué rápido cuentas! — se burló él —. Ni sueñes con ese dinero… — ¡Y me deberías más por las tareas domésticas! Bueno, no lo calcularé al céntimo — me das treinta mil y aquí paz y después gloria. — ¿Y si no? ¿Vas a llevarme a juicio? Si ni contrato tienes. — Se lo contaré a doña Camila — respondió Lidia en voz baja —. Ella os compró ese piso. Y sabes que si hablo, te quedas sin trabajo. La conoces mejor que yo. Don Eduardo se puso blanco, pero recuperó la compostura. — ¿Y quién te va a creer? Amenazas baratas. Además, ¡lárgate ya, no quiero verte más! — Tres días tienes, querido. Sin mi dinero, habrá escándalo — Lidia recogió sus cosas y se fue a un hostal. Algo de dinero había logrado ahorrar. Al cuarto día, ya sin respuesta, fue al piso de Edy. Por suerte, allí estaba doña Camila. Solo de verle la cara a Edy supo que no le pagaría, así que lo contó todo a su suegra. — ¡Eso son cuentos! ¡Ni le hagan caso! — explotó Edy. — Ya oí algo en el entierro, no quise creerlo — respondió ella con los ojos fijos en él —. Ahora me queda todo claro. A ti también debería, ¿no? No se te olvide de quién es este piso. Edy se quedó helado. — Así que quiero tu ropa fuera en tres días. No, mejor, en uno. Doña Camila se fue, pero al pasar junto a Lidia, le lanzó una mirada feroz. — ¿Y tú qué miras aquí plantada? ¿Esperas una recompensa? ¡Fuera de mi vista! Lidia salió disparada. Ya sabía que no vería ni un euro. Tocaba volver al mercado — allí siempre habría trabajo…
Cuidadora para la esposa ¿Cómo? A Lucía le pareció que no había entendido bien ¿Que tengo que irme?
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0209
Mi suegra llamó maleducados a mis hijos y le prohibí volver a entrar en nuestra casa
¿Y los codos? ¿Quién pone así los codos en la mesa? En una casa decente ya te habrían echado de la mesa
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05
No dejaron pasar a la hija al umbral de casa —¿Y por qué no la dejasteis entrar? —se atrevió a preguntar Verónica, la duda que más la atormentaba—. Antes siempre la dejabais pasar… Su madre esbozó una amarga sonrisa. —Porque tengo miedo por ti, Nika. ¿Crees que no vemos cómo te encoges en un rincón cuando tu hermana aparece de madrugada? ¿Cómo escondes tus libros para que no te los destroce? Ella te mira y se enfada. Se enfada porque tú eres una chica normal, distinta. Te espera otra vida, mientras que la suya la ahogó hace tiempo en el fondo de una botella… Verónica encogió los hombros sobre el libro abierto—en la habitación de al lado volvía a armarse el escándalo. Su padre ni se quitó la chaqueta—estaba plantado en medio del pasillo, móvil en mano, gritando a pleno pulmón. —¡No me vengas con cuentos! —rugía al teléfono—. ¿En qué has despilfarrado todo? ¡Sólo han pasado dos semanas desde la nómina! ¡Dos semanas, Larisa! Tatiana asomó desde la cocina. Escuchó un momento el monólogo de su marido y preguntó: —¿Otra vez? Valerio sólo hizo un gesto, puso el altavoz—del móvil brotaron sollozos. La hermana mayor de Verónica tenía un don natural para ablandar a cualquiera, incluso a una roca. Pero los padres, tras tantos años de sufrimiento, se habían hecho de hierro. —¿Cómo que “te han echado”? —Valerio empezó a caminar por el estrecho pasillo—. Bien hecho. ¿Quién va a aguantar ese estado tuyo, siempre igual? ¿Te has mirado al espejo alguna vez? Tienes treinta años y la cara de un perro apaleado. Verónica entreabrió la puerta de su cuarto apenas unos centímetros. —Papá, por favor… —de repente, los sollozos cesaron—. Ha puesto mis cosas fuera en el descansillo. No tengo a dónde ir. Fuera llueve, hace frío… Iré a casa. Unos días. Sólo necesito descansar. Su madre se agitó, quiso arrebatarle el teléfono a Valerio, pero este se dio la vuelta bruscamente. —¡No! —cortó él—. No pisarás esta casa. ¿Quedamos en algo la última vez? Sí. Cuando te llevaste la tele al empeño mientras estábamos en la sierra, te advertí: ¡esta casa está cerrada para ti! —¡Mamá! Mamá, dile algo… —gritó la voz al otro lado. Tatiana se cubrió el rostro. Los hombros le temblaban. —Larisa, hija… —balbuceó la madre sin mirar a su marido—. Llegamos a llevarte al médico. Tú prometiste. Dijeron que era la última vez, que duraría tres años. ¡No llegaste ni a un mes! —¡Esas terapias vuestras no valen para nada! —saltó Larisa, que en un segundo pasó de la súplica al reproche—. Solo os sacan el dinero. ¡Yo me muero por dentro, no puedo respirar! Y vosotros con la tele… ¡Como si le tuvieras tanto cariño! Os compraré otra. —¿Con qué dinero? —Valerio se detuvo y clavó la mirada en la pared—. ¿Con qué, si ya no tienes ni un euro? ¿Has pedido otra vez a tus amigos? ¿O te has llevado algo de casa de ese… novio tuyo? —¡Eso no importa! —chilló Larisa—. Papá, no tengo dónde ir. ¿Queréis que me quede debajo de un puente? —Métete en un albergue social. O donde quieras, —la voz de su padre se volvió peligrosamente serena—. Aquí no entrarás. Si te veo en el portal, cambio todas las cerraduras. Verónica se sentó en la cama, abrazando las rodillas. Normalmente, cuando su hermana enfurecía a sus padres, el enfado salpicaba a ella. —¿Tú qué haces ahí? ¿Otra vez con el móvil? Vas a salir igual que tu hermana, una inútil como ella…—frases que oía desde hacía tres años. Pero hoy nadie le decía nada. Nadie gritaba, nadie la reñía. Su padre colgó, se desvistió, sus padres se fueron a la cocina. Verónica se asomó con cautela al pasillo. —Valerio, no deberíamos hacerlo —lloriqueó su madre—. Se va a perder, se va a perder del todo. Sabes bien cómo se pone en esas condiciones. No se controla. —¿Tengo que hacerme yo responsable de ella? —su padre lanzó la tetera sobre la encimera—. Tengo cincuenta y cinco años, Tania. Quiero llegar a casa y sentarme en mi sofá. No quiero esconder la cartera bajo la almohada. Ni aguantar a los vecinos porque la han visto en el portal con indeseables a los que ha faltado al respeto. —Es nuestra hija —susurró la madre. —Lo era hasta los veinte. Ahora es una carga que nos consume. Es alcohólica, Tania. Y no se cura si no quiere. A ella le va esta vida. Se despierta, busca, se bebe su botellita y se olvida del mundo. El teléfono volvió a sonar. Los padres guardaron silencio un instante, hasta que contestó el padre. —Dime. —Papá… —era Larisa—. Estoy en la estación. Por aquí ronda la policía, como me vean, me llevan. Por favor… —Oye bien lo que te digo —interrumpió el padre—. No vas a volver a casa. Es definitivo. —¿Entonces lo que queréis es que me quite la vida? —en la voz de Larisa asomó una amenaza—. ¿Eso queréis? ¿Recibir la llamada del depósito? Verónica se quedó inmóvil. Era el as que Larisa sacaba cuando no le quedaba nada más. Antes funcionaba. Su madre rompía a llorar, su padre se llevaba la mano al pecho, y a la hermana le daban dinero, la dejaban volver, le daban de comer y la lavaban. Pero hoy su padre no cayó en la trampa. —No asustes, —le dijo—. Te quieres demasiado para eso. Mira, haremos esto. —¿El qué? —Larisa parecía aferrarse a una esperanza. —Te buscaré una habitación. La más barata, en las afueras. Te pago el primer mes. Algo para comprar comida. Y ya está. Todo lo demás, tú sola. Encuentras trabajo y te pones las pilas, vivirás. Si no, en un mes, estarás en la calle y me dará igual. —¿¡Una habitación!? ¿Ni un piso, sólo una habitación? Papá, no puedo sola. Me da miedo. Allí los vecinos pueden ser malas personas… ¿Y cómo voy a estar de alquiler si no tengo ni sábana? ¡Ese imbécil se lo quedó todo! —Tu madre te prepara un juego y lo dejamos con la portera. Vas cuando quieras. Eso sí, a casa, ni te acerques. —¡Sois unas bestias! —Larisa rompió en gritos— ¡Vuestra propia hija, y me echáis! ¡A una cuadra! Vosotros con un piso de tres habitaciones y yo como una rata escondida. La madre no aguantó más, tomó el teléfono. —¡Larisa, cállate! —le gritó de tal forma que Verónica dio un respingo—. ¡Escucha a tu padre! Es tu única oportunidad. O la habitación, o la calle. Decide porque mañana ni eso tendrás. Al otro lado del teléfono hubo silencio. —Vale, —masculló Larisa al fin—. Mandadme la dirección. Y…mandad algo de dinero. Tengo hambre. —No habrá dinero —zanjó Valerio—. Llevaré alimentos en la bolsa. Ya sé yo a qué te lo gastarías si no… Colgó. Verónica comprendió que era momento de moverse. Apareció en la cocina simulando que solo iba a por un vaso. Esperaba que se le cayera encima la tensión. Que su padre la mirara por la camiseta y le llamara desastrada. Que su madre le reprochara que le da igual todo—con semejantes problemas y ella andando como si nada. Pero nadie giró la cabeza. —Verónika —susurró la madre. —¿Sí, mamá? —En el armario de arriba hay unas sábanas y fundas viejas. Sácalas y mételas en esa bolsa azul del trastero. —Vale, mamá. Verónica siguió las instrucciones. Sacó la bolsa, la vació de trastos. No podía creer cómo Larisa iba a vivir sola. Si no sabía cocinar ni unos macarrones. Y con su adicción… Verónica estaba convencida: su hermana no aguantaría ni dos días sin beber. Regresó al cuarto de los padres, subida en el taburete, sacando la ropa de cama. —¡No te dejes las toallas! —gritó el padre desde la cocina. —Ya las metí, —respondió Verónica. Vio a su padre calzarse en el pasillo y salir, sin una palabra más. Habría ido en busca de la “cueva”. Verónica fue a la cocina. Su madre seguía sentada igual. —Mamá, ¿quieres una pastilla? —preguntó bajito, acercándose. La madre la miró. —¿Sabes, Nik…? —empezó con una voz extraña—. Cuando era pequeña, soñaba que me ayudaría algún día. Que lo compartiríamos todo… Ahora solo rezo porque no olvide la dirección esa. Que llegue… nada más. —Llegará, —le aseguró Verónica—. Siempre sale adelante. —Esta vez no —su madre negó con la cabeza—. Tiene la mirada distinta. Vacía, como si ya no quedara nada dentro. Sólo una carcasa que necesita estar alimentándose de eso… Sé que le tienes miedo. Verónica calló. Siempre pensó que sus padres no lo notaban; que estaban demasiado ocupados intentando salvar a la “perdida” Larisa. —Creía que no os importaba mi miedo, —confesó en un susurro. La madre le acarició el pelo. —Nos importa todo, hija. Pero ya no quedan fuerzas. ¿Sabes, como en el avión? Primero ponte tú la mascarilla, luego a la niña. Llevamos diez años intentándolo con ella. Diez años, Nik. Remedios, brujos, clínicas carísimas… Y casi nos ahogamos nosotros. Sonó el timbre. Verónica se sobresaltó. —¿Es ella? —susurró. —No, tu padre tiene llaves. Seguramente la compra, que la encargó antes. Verónica fue a abrir. El repartidor dejó dos bolsas pesadas. Las llevó a la cocina y empezó a repartir. Arroz, latas, aceite, té, azúcar. Nada superfluo. —Esto no lo va a comer —apuntó Verónica, apartando el paquete de lentejas—. Ella quiere todo hecho. —Si quiere vivir, aprenderá —cortó la madre recuperando la firmeza—. Ya basta de compadecerla. Así sólo la mandamos a la tumba. Una hora después, volvió el padre. Parecía que llevaba tres días sin parar. —Ya está —dijo—. Tengo las llaves. La dueña es una señora mayor, exprofesora, muy estricta. Me ha dicho: si huele o arma bulla, la hecha sin miramientos. Le he dicho que me parecería bien. —Valerio… —suspiró la madre. —¿Qué, Valerio? Hay que dejar de engañar a la gente. Es lo que hay. Cogió la bolsa con la ropa de cama, los alimentos, y se fue. —Llevaré las cosas a la portera, le aviso dónde recogerlas. Verónika, cierra bien la puerta. Si llaman, no cojas. El padre se fue y la madre se encerró en la cocina a llorar. A Verónica se le encogió el corazón. ¿Cómo puede ser? Ni vive ella, ni deja vivir a los padres… *** Las previsiones familiares fallaron: a la semana, llamó la dueña. La inquilina no sólo la lió, sino que llegó la policía. Larisa había metido en la habitación a tres hombres y montaron la fiesta toda la noche. Y otra vez, los padres no pudieron abandonarla—a Larisa la ingresaron en un centro de rehabilitación cerrado y vigilado, donde prometieron curarla en un año. Quizá allí, milagrosamente, lo consiga…
¿Sabes? El otro día, en casa de los Alonso en Madrid, pasó algo que me dejó helada. Te lo cuento como
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Cuida de tu abuela, no te costará nada
A ver, Begoña, que no te cueste nada empezó Doña Carmen, con esa voz que siempre da por sentado que todo
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01
—«Mi madre tenía uno igual», comentó la camarera mirando el anillo del millonario…🤵 Su respuesta la dejó sin habla y la hizo caer de rodillas… Una noche, en pleno centro de Madrid, en un café donde el aroma a café recién molido y flores frescas inundaba el ambiente y las paredes parecían vestidas de terciopelo, una camarera llamada Ariadna terminaba su jornada. El día había sido largo, pero las últimas horas siempre transcurrían con calma, sobre todo cuando el sol teñía el cielo de tonos rojizos y un nuevo cliente hacía su entrada en el restaurante. Él era don Leonardo Pérez, un hombre cuyo nombre conocía todo el mundo pero cuya vida privada estaba envuelta en misterio y rumores. Sus visitas siempre guardaban un halo especial. Ariadna, como siempre, era cortés y reservada, consciente de su necesidad de tranquilidad. Él pidió una cena ligera y una copa de Rioja. Mientras depositaba el plato, Ariadna reparó en el anillo de su mano izquierda: no era de oro ni de piedras preciosas, sino de plata envejecida, con un pequeño zafiro en el centro rodeado de diminutas estrellas grabadas a mano. Ariadna sintió un vuelco en el corazón. Con voz temblorosa, casi en un susurro, se atrevió a decir: —Disculpe… pero mi madre tenía un anillo idéntico. Esperaba una respuesta protocolaria o un gesto distante, pero don Leonardo la miró con unos ojos llenos de emoción. —¿Su madre se llamaba María? ¿María Villalba? El mundo se paró en seco para Ariadna. Aquel nombre solo lo conocían unos pocos. Su madre había fallecido hacía años, llevándose consigo el enigma de aquel anillo y de las viejas cartas que guardaba con tanto celo. —Sí… —balbuceó Ariadna—. ¿Pero cómo lo sabe usted…? —Por favor, siéntese… —indicó don Leonardo, no como una orden, sino como un ruego sincero. Ella se sentó, sintiendo temblor en las piernas. —Hace muchos años yo no tenía nada, salvo grandes sueños y un amor infinito. Estaba enamorado de su madre. Forjé ese anillo como símbolo de mi promesa y de mis más hondos sentimientos. Pero su familia no me consideró idóneo; la obligaron a casarse con otro… su padre. Yo entonces juré hacerme digno… pero cuando lo conseguí, ya era demasiado tarde. Ariadna reconoció, entre lágrimas, al hombre que su madre nunca había logrado olvidar. —Ella solía ponerse el anillo cuando la invadía la melancolía —susurró Ariadna—. Decía que le traía luz. —Una luz que nos engañó a los dos —musitó él—. Ahora lo tengo todo, menos lo que verdaderamente importa. Don Leonardo se quitó el anillo y se lo tendió a Ariadna. —Guárdelo usted. Es lo único que queda de lo que sentimos. Ella sintió el peso, no solo físico sino de la tristeza y el amor que unieron a sus padres y que, a pesar del tiempo, seguían latiendo. Aquella noche terminó su turno como enajenada. Ya en casa, buscó el diario de su madre y descubrió que, más allá de la historia contada por don Leonardo, había otra verdad: entre las cartas y fotos, emergía el nombre de Valentín, el verdadero amor de juventud de su madre; y don Leonardo, aquel hombre exitoso, había reescrito la historia para sí, ocultando sus propios errores. Al día siguiente, Ariadna se lo reveló todo a don Leonardo en el retiro del parque del Retiro, junto a la fuente principal. Entre confesiones y lágrimas, él pidió perdón por su cobardía y suplantó el mito por la verdad de un hombre vulnerable. Arianda no lo llamó padre: era demasiado tarde. Pero le ofreció su escucha y la opción de empezar de nuevo, como dos desconocidos con una historia en común. El tiempo les permitió crear una relación distinta, mientras dos anillos —reunidos en uno solo por un viejo joyero— colgaban del cuello de Ariadna, símbolo de aceptación y reconciliación. Cuando don Leonardo murió dos años más tarde, legado a Ariadna su diario y una nota de gratitud, ella comprendió que el eco más importante vive en el corazón de las personas y que el perdón auténtico transforma cualquier dolor en una serena memoria.
Mi madre tenía uno igual, murmuró la camarera, con los ojos fijos en el anillo del millonario…
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La chica estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas, y repetía con irritación:
Se recuerda, como si fuera un eco de los años pasados, aquel día en el Hospital Universitario La Paz
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—¡Sin mí no durarías ni un asalto! ¡No eres capaz de nada sin mí!— gritaba su marido, metiendo a toda prisa sus camisas en una bolsa enorme. Pero ella pudo. No se vino abajo. Quizá si se hubiera parado a pensar en cómo iba a apañárselas sola con dos niñas, se habría asustado y hasta habría perdonado la infidelidad. Pero no hubo tiempo: tenía que llevar a las niñas a la guardería y salir corriendo al trabajo. El marido, mientras tanto, regresó a casa hace apenas media hora, feliz como unas castañuelas con su nueva conquista y lleno de una seguridad que apestaba a egoísmo. Así que, abrochándose el abrigo, Tania daba órdenes claras y concisas: —Olga, ayuda a Anabel a cerrar el abrigo y vigila que coma bien en el cole; la profesora se ha quejado de que pone pegas a la papilla. —Alejandro, te pido que hoy mismo te lleves todo tu “patrimonio ganado con sudor”, y no me vengas con rodeos. Y deja la llave en el buzón cuando te vayas. Hasta luego. Olga nació exactamente media hora antes que Anabel y hacía el papel de “hermana mayor”. Ahora tienen cuatro años. Son muy listas y con carácter: si Olga se comerá la detestable papilla solo porque “hay que hacerlo”, Anabel defenderá su opinión: —Eso tiene grumos y yo no lo como. Por suerte la guardería está al lado, apenas diez minutos. Las niñas charlan y ayudan a Tania a distraerse de los fantasmas del futuro. En el trabajo, ni tiempo de pensar en el desamor: la consulta del centro de salud va cronometrada y después hay visitas domiciliaras. Solo al caer la noche, al ver en la entrada las perchas vacías donde solían estar las chaquetas de su marido, se da cuenta de que es de verdad: está sola. Pero no es de las que se rinden ni dramatizan. Todo debe seguir igual, o mejor aún. Siempre se puede venir abajo y quedarse lamentándose, o sentarse serenamente a pensar; buscar una salida y, si se puede, un poco de luz. Para empezar, toca hacer la cena. —¿Qué ha cambiado en casa desde que él se marchó?—se pregunta Tania mientras pica verduras—. ¿Qué hacía él? ¿Qué me toca asumir ahora? Nada que no pueda manejar. Solo tengo que reorganizar un poco el horario. Yo puedo. Todo está bien. Y va a ir a mejor. No quiero vivir pensando todo el rato si está o no con la amante. Prefiero ser libre. Más difícil, sí; pero también más tranquilo. Después de leer otro capítulo de “Las Aventuras de Pinocho” y arropar a las niñas, Tania fue al baño: tocaba tender la colada. Antes de acostarse se preparó una taza de té con su querida melisa, encendió una lámpara suave y se sentó a ordenar ideas y planear el día siguiente. Sus hijas son como dos gotas de agua—gemelas. Dos parece más complicado que uno, pero Tania nunca lo ha visto así. Hasta le extrañaba que la gente la compadeciera. —Estamos bien—contestaba siempre—. Nadie aquí se desvive. Sé apañarme. El agua hervía. Tania preparó el té, puso en la mesa una cesta de galletas y encendió la lámpara. Fuera hacía un tiempo horrible, nieve y lluvia; dentro, todo era calor y silencio, solo el tictac del reloj… Y entonces sonó el timbre. Tania, al ver a la vecina en la puerta, se sorprendió: aquella anciana siempre le había caído mal. Una pensionista solitaria que paseaba a su chucho pulgoso y contestaba el saludo con los labios apretados. Había visto al perro más de una vez husmeando en los contenedores. Debió de apiadarse la vieja y lo adoptó. Nadie la visitaba. Solo salía para hacer la compra y sacar a la perrita. —Perdona que moleste—dijo la anciana, enroscada en una toquilla de lana—, pero vi que tu marido sacaba las maletas al coche. ¿Te ha dejado? —Eso no es asunto tuyo—respondió Tania, cortante. —Tu marido no es de mi incumbencia. Solo quiero que sepas que si alguna vez necesitas ayuda, puedes contar conmigo. Para quedarme con las niñas, lo que sea. —Pase—la invitó Tania. ¿Cómo se llama?—preguntó sirviendo el té y acercándole la cesta de pastas—. —Me llamo Genoveva. Y tú eres Tania. Pues mira, hija—continuó la señora mientras partía una galleta—, no quiero inmiscuirme. Solo que sepas que si algún día necesitas algo, estaré encantada de ayudarte. Y no por dinero, ni mucho menos. Me haría ilusión, simplemente. Genoveva dio un sorbito y asintió: —Está buenísimo. ¿Es melisa? Yo en mi huerto cultivo de todo, también melisa. Vente en verano si quieres desconectar. Tengo sitio de sobra. Una manzana deliciosa… Tania miraba ahora a Genoveva y se preguntaba por qué pensaba que le caía mal. ¿Quizás por no hacerse la simpática ni preguntar si se las apañaba con las mellizas? No se metía en su vida privada, como otros, solo pasaba en silencio. Y Tania pensaba que era creída o altanera. Pero ahí estaba, sin preguntar por el marido, sin remover la herida, solo tendiéndole la mano. Tania la miró de otro modo: iba limpia, con zapatillas nuevas, el pelo recogido en moño, un vestido con cuello de blonda. Olía a un perfume ligero, agradable. Disfrutaba escuchando relatos de huertos, manzanos, un pequeño baño de leña, los patos glotones del lago… y poco a poco las preocupaciones se disipaban y sentía el corazón más cálido. Tania lo recuerda todo perfectamente, aunque hayan pasado cinco años. Se acuerda de los gritos de su marido: —¡Te hundirás! ¡No podrás! Pero eso ya es historia. Genoveva corta manzanas con agilidad, las decora sobre la masa y mete la bandeja al horno. Las ensaladas listas, el guiso burbujeando en el fuego. Hoy es el cumpleaños de la mejor vecina del mundo. Agosto en plena efervescencia. Las puertas y ventanas abiertas de par en par en la acogedora casa de campo. El aroma a tarta de manzana lo inunda todo. —¡Cuánto me ayudó!—piensa Tania mirando emocionada a la anciana arrebolada por el horno—. ¿Qué habría hecho yo sin ella? Las niñas se mueren por la abuela Genoveva. Y pensar que la hubiese podido rechazar… Ahora las gemelas tienen nueve años, van al cole. Y no hay verano que no pasen aquí: lago, amigos y la abuela más buena. —Voy a coger más manzanas, vamos a preparar compota—dice Tania saliendo al jardín con la cesta. A la sombra bajo el manzano descansa la perra Alba. ¿Quién iba a decir que aquella chucha desgreñada sería esta preciosidad de labradora? —Todo es amor. Solo el amor nos salva—piensa Tania, tendiéndole a Alba una galleta en la palma…
¡Sin mí no podrías sobrevivir! ¡No eres capaz de nada! gritaba su marido mientras doblaba apresuradamente
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