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024
El Amigo de la Infancia
Perdona, Carlos, pero me he enamorado de tu esposa. Lo dije mirando al otro lado de la mesa, como si
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016
El corazón de una madre Esteban estaba sentado en la mesa de la cocina, acomodado en su sitio de siempre. Delante tenía un plato hondo con el cocido madrileño de su madre, tan suyo: sabroso, caliente y con ese punto justo de sabor casero. La cuchara iba y venía pausada del plato a la boca, mientras sus pensamientos se escapaban sin querer. Reflexionaba sobre lo mucho que había cambiado su vida en los últimos años. Ahora tenía una vida cómoda: desayunaba en cafeterías modernas de Malasaña, almorzaba en restaurantes con estrella Michelin por el centro, y cenaba donde los chefs más innovadores de Madrid sorprendían con cocina de autor. Podía encargar ostras gallegas, trufa de Soria o solomillo de ternera avileña, lo que se le antojase. Sin embargo, nada se comparaba al cocido de su madre. Las salsas sofisticadas, las especias exóticas, los emplatados artísticos… todo eso le parecía vacío en comparación con esa comida sencilla, tan suya, tan cercana. En el cocido de su madre había algo más que ingredientes. Había cariño, calor de manos, recuerdos de días despreocupados. Esteban comprendía que por más restaurantes que conociera, por más exquisiteces que probase, para él solo habría una cocina auténtica: la de su madre. Mientras pensaba en esto, María entró en la cocina y apoyó suavemente una taza de té a su lado, procurando no hacer ruido. Parecía inquieta, como si algo la tuviera muy preocupada. —Esteban, ¿cuándo te toca marcharte? Él apartó la vista del plato, sonrió y contestó: —Mañana a primera hora. Se me ha estropeado el coche, así que iré con un amigo. Observó a su madre con atención. Le gustaba verla así: saludable, descansada, con ese rubor alegre en las mejillas. Nadie le echaría más de cuarenta, aunque llevaba tiempo superados los cincuenta. —No vamos tan lejos, mamá, solo son un par de horitas. No te preocupes —añadió con voz tranquilizadora. María se quedó de pie, quieta, como si acabara de oír algo pavoroso. Apretó el borde de la mesa en busca de apoyo. El silencio se hizo espeso, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared. —¿Con un amigo…? —repitió bajito, con la cara desvaída y la voz un poco temblorosa—. No, Estebancito… mejor que esta vez no vayas con él. Esteban se desconcertó. Llevaba mucho sin ver a su madre tan alterada. Generalmente era calmada, lógica, ahora la notaba desbordada por la preocupación. Dejó la cuchara a un lado y la miró fijo. —Pero si ni siquiera sabes de quién hablo —intentó bromear para restarle peso, aunque se le coló cierta inquietud—. Va a ir todo bien, ya lo verás. Es Eugenio, mi amigo de toda la vida. Conduce con cuidadito, el coche es alemán, de lo más seguro, y la matrícula… triple siete, nuestra suerte de siempre. María se acercó despacio y le cogió la mano. Sus dedos, fríos, contrastaban con su piel cálida. —Por favor, hijo… —su voz titubeaba, pero intentó mantenerse firme—. Mejor pide un cabify o un taxi, que me quedo más tranquila. No tengo buen presentimiento… —¡Y si el taxista ni tiene carné, mamá! —intentó bromear él, sonriendo de medio lado—. Va, no te angusties. Te llamo en cuanto llegue, te lo prometo. Antes de que me eches de menos. Esteban besó a su madre en la mejilla, notando cómo la ansiedad de ella se le contagiaba. La abrazó fuerte, transmitiéndole toda la seguridad que pudo. Ella se aferró a él ese instante, como intentando retener el calor de su abrazo, luego se separó con ternura. —Ya verás cómo todo va bien, mamá —repitió mirándole a los ojos—. Te lo juro. Cuando salió de casa, caminó despacio por la calle donde había crecido. El aire fresco de la noche y el resplandor de los faroles lo envolvían en calma. No tardó en llegar a su piso. Todo estaba recogido, la maleta lista para la mañana. Dejó la mochila junto a la puerta y revisó el móvil y el despertador. Las agujas marcaban las nueve y cuarenta y cinco. “A las seis en pie. No quedarse dormido”, se repitió, memorizando la rutina de la mañana. Esteban se tumbó en la cama, apagó la luz y se quedó oyendo los sonidos de la ciudad tras la ventana, pensando en su madre, en la inquietud que no lograba quitarse de encima. Para distraerse, repasó en silencio su plan para el día siguiente, hasta que se fue quedando dormido. ***************** La mañana comenzó de forma muy distinta a lo planeado. Despertó cegado por la claridad y con la vaga sensación de que algo le había hecho saltar. Miró el reloj: las ocho y cincuenta y cinco. —¡Maldición! —exclamó, incorporándose sobresaltado. Cogió el despertador y volvió a mirar la hora: imposible, se había quedado dormido. —¿Por qué no me avisó Eugenio? ¡Lo tenía todo preparado! Miró el móvil, apagado. Juraría haberlo puesto a cargar. Lo encendió y enseguida sonaron avisos de mensajes. “El corazón de madre nunca se equivoca”, pensó mientras leía rápidos los WhatsApps de Eugenio: “Esteban ¿estás? Llevo un cuarto de hora bajo. Si en diez minutos no bajas, me voy solo. La carretera es larga y no quiero perder tiempo”. “Estás seguro, ¿vienes? Llámame”. “Me voy, lo siento. Esperé todo lo posible”. Esteban se quedó de piedra. Así que Eugenio sí había venido, sí le había esperado. El rostro preocupado de su madre del día anterior le vino de golpe a la mente… Ella lo presentía, le pidió que no fuera con Eugenio. Pero ya daba igual. Se levantó deprisa, haciendo balance. Iba a tener que tirar de taxi o alquilar un coche, aunque ya no merecía la pena el disgusto. Cuando iba a llamar a Eugenio para disculparse, vio varias llamadas pérdidas: todas de su madre, más de veinte intentos seguidos. El estómago se le encogió por la ansiedad. Sin pensarlo, cogió las llaves y salió escopetado hacia el piso de su madre con el corazón dándole golpes en las sienes. Solo podía pensar: “Que todo esté bien, por favor”. La puerta estaba sin echar. Esteban entró casi sin aire. —¿Mamá, estás bien? —gritó inquieto. María, sentada en el salón, tenía el rostro desencajado, los ojos irritados de llorar y el gesto agotado. Al ver a su hijo, sus ojos se abrieron desmesuradamente, sin creérselo. —¿Esteban? ¿Eres tú de verdad? Dios mío… gracias… Él se quedó parado sin entender qué pasaba. Nunca había visto a su madre así. Quería calmarla, pero no acertaba a empezar. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó por fin, tomándole las manos frías y temblorosas—. ¿Por qué estás tan asustada? Cuéntamelo todo. En ese instante, en la tele, la voz sin emociones de un presentador decía: —Accidente múltiple en la A2 cerca de Alcalá de Henares. Hay cuatro vehículos implicados; las primeras informaciones confirman que solo hay un superviviente, el conductor de un Audi… Esteban miró instintivamente la pantalla. Las imágenes eran sobrecogedoras: coches destrozados, pertenencias esparcidas, luces azules de ambulancias. Su mirada se clavó en un coche blanco con matrícula 777. Un escalofrío le recorrió la espalda: era el Audi de Eugenio. Comprendió al fin. Su madre lo había visto en las noticias, había reconocido el coche de su amigo y, al no poder contactar con él, se imaginó lo peor. Sintió un nudo en la garganta, sabiendo hasta qué punto María había sufrido. —Mamá, soy yo. Estoy bien —le dijo con la voz más serena que pudo, intentando contener el temblor. La sentó con cuidado y corrió a la cocina a buscar agua. De vuelta, la ayudó a beber un sorbo. María, aún temblando, le apretaba el brazo como si temiera perderle de nuevo. Se abrazó a él sollozando en silencio. —Esteban, me asusté tanto… —susurró, cortada por la emoción—. Dijeron que solo había un superviviente… y tú no cogías el teléfono… Pensé… pensé que nunca más te vería… Él la abrazó con mimo, acariciándole la espalda para reconfortarla. Sentía cómo se le iba desprendiendo la tensión, pero intuía que necesitaba tiempo y atención médica. Marcó rápido el 112: —¿Urgencias? Vengan por favor lo antes posible; mi madre está muy afectada, le doy la dirección… Al llegar el médico, comprobó sus constantes y sugirió llevarla al hospital, por prevención. —Sí, sí, vamos ahora mismo —contestó Esteban, sin dudar. Pensaba en cómo organizar el ingreso y qué papeles harían falta. En la clínica privada la atendieron enseguida; la enfermera fue cálida y eficaz, el médico profesional, atento, midió el pulso, la presión y pidió pruebas, sin transmitir nerviosismo, pero tampoco indiferencia. —Lo mejor es quedarse un par de días en observación —sentenció—. Más vale ser prudentes. Esteban se sentó junto a ella, sin soltarle la mano. Sentía la inquietud a flor de piel, los dedos de su madre fríos, la mirada agotada, y su propio corazón latiendo más deprisa de lo normal. —Tú tranquila, mamá, solo ha sido un susto. Ya verás cómo pronto estamos en casa —le repetía. María le sonrió débilmente. En sus ojos ya no brillaba el pánico de aquella mañana. —Sabía que algo no iba bien —susurró—. La intuición de madre nunca me falla… Esteban tragó saliva, sumido en una oleada de culpa y ternura. Por primera vez comprendía cuánto lo quería su madre, todo lo que había sacrificado por él. Hoy casi la había hecho vivir, por un instante, el mayor temor de una madre: perder a su hijo. —Perdón por asustarte, mamá. A partir de ahora, haré caso a tu intuición. Prometido. María le acarició la mejilla con ternura, como cuando era niño. —Lo importante es que estás conmigo —respondió. Y esa sencillez tenía más amor que mil palabras. Esperando las siguientes pruebas, Esteban siguió sujetándole la mano. Para cualquier madre, pensaba, ver a su hijo vivo y cerca es la mejor cura. ******************** No se separó de ella en el hospital. Dormía mal en la butaca al lado de su cama, pero se sentía seguro: podía verificar en cada instante que su madre respiraba, que descansaba, que despertaba y le sonreía por la mañana. Una tarde, cuando el último sol de Madrid encendía en rosa y oro las paredes de la habitación, María habló en voz baja, como si al fin se atreviera a decir algo que llevaba tiempo guardando: —Siempre temí que algún día te fueras y no volvieras. Esteban la miró, descubriendo a la mujer tras la madre, una mujer que llevaba años viviendo con un miedo callado. —¿Por qué? —preguntó él, sin solemnidad, solo con calor humano. —Porque siempre fuiste muy independiente —contestó María, sonriendo un poco—. Con cinco años te atabas solo los cordones, aunque acabaran hechos un lío. No te dejabas ayudar. Y en el colegio, ordenabas la mochila y no se te olvidaba un libro jamás. Me sentía orgullosa, pero a veces me daba miedo perderte, ya no eras mi pequeño; eras un hombre yendo por su camino. Él le apretó la mano, como cuando era pequeño y ella lo llevaba de la calle a casa. —Nunca te dejaré, mamá. Pase lo que pase, siempre serás lo más importante para mí, aunque a veces no sepa cómo decírtelo. María le acarició el dorso de la mano. —Eso ya lo sé con verte, cariño. Él volvió a sonreírle y, conmovido, pensó en Elena, su compañera desde hacía poco: una chica dulce, sensata, que entendía sin palabras. Siempre habría querido contárselo a su madre, pero por miedo, nunca encontraba el momento. —Hay una chica que me gusta —se atrevió por fin—. Se llama Elena. Trabaja conmigo. Es especial. Me entiende y me da paz. María se iluminó. —Cuéntame cómo es, ¿cómo os conocisteis? Y Esteban empezó a hablar. Descubrió que abrirle su corazón a su madre le reconfortaba. Lo fue contando despacio, compartiendo detalles, emociones, momentos con Elena, y escuchando de María las palabras cálidas de siempre. —Lo importante, hijo, es que seas feliz —le aseguró su madre—. Y yo, solo por verte sonreír, ya tengo el corazón en paz. Esteban la abrazó una vez más. —Nunca voy a olvidarlo, mamá. Y gracias: por quererme tanto, por preocuparte, por comprenderme siempre. En silencio, sintiendo el calor de la mano de su madre, Esteban comprendía más que nunca lo que significa el corazón de una madre.
Corazón de madre Te cuento Imagina a Álvaro sentado en la cocina de la casa de su madre en Salamanca
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0350
Alejandro, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que ‘me voy’? —Eso mismo. Llevo tiempo con otra mujer, ¡mi amante! Es 16 años menor que yo, y he decidido que estoy mejor con ella. —¡Pero si podría ser tu hija! —Nada de eso, tiene ya 20 años. Alejandro se acercó a ella. —Además, Valeria tiene un padre riquísimo. Por fin viviré como siempre he soñado, ¿lo entiendes? Después ella me dará un hijo, ¡no como tú! Cada palabra suya era un golpe para Tania. Ella sabía que tarde o temprano ocurriría, porque nunca tuvieron hijos. Pero jamás imaginó que todo pasaría de una forma tan humillante. Habían estado casados casi 15 años. Hubo de todo, como en cualquier familia. Pero Tania siempre creyó que el respeto era imprescindible en una pareja. —Tania, ¿ni siquiera vas a llorar por las apariencias? Me haces sentir incómodo. Ella levantó la cabeza, orgullosa. —¿Y por qué debería llorar? ¡Me alegro por ti, de verdad! Al menos uno de los dos cumplirá su sueño. Él frunció el ceño. —¿Por qué siempre me hablas de tus pinceles? ¡Eso no es un trabajo, ni se le parece! —Bueno, es un hobby. Pero si yo trabajara menos y tú ganases más, también podría dedicarme a mi pasión. —Anda ya… ¿A qué vas a dedicarte? Como no puedes tener hijos, trabaja y punto. Tania se volvió hacia Alejandro mientras él intentaba cerrar la maleta. —¿Y tu nueva… pareja? Ella no trabajará, ¿cómo vais a vivir? Tú tampoco eres muy trabajador. —¡Eso ya no es asunto tuyo! Pero mira, te voy a contar: nos apañaremos con nuestro dinero poco tiempo. Luego, cuando Valeria esté embarazada, su padre nos colmará de dinero. ¡Y aun así, tendremos de sobra! Así que no te preocupes… Por fin, Alejandro cerró la maleta y salió dando un portazo. Tania se contrajo; nunca soportaba los ruidos fuertes. Volvió a mirar por la ventana. Casi junto al portal, un coche rojo reluciente frenó. De él bajó una joven y corrió a abrazar a Alejandro. Por supuesto, todas las vecinas fisgonas del barrio no perdieron detalle de la escena. ¿No podía haberse ido discretamente, sin ridiculizarla? Sin embargo, Tania sintió alivio. Sus vidas los últimos tiempos eran farsa pura. Alejandro apenas dormía en casa. Ella lo intuía todo, pero no era capaz de romper ese ovillo llamado familia. Cogió el móvil: —Hola, Rita, ¿qué planes tienes para esta noche? La amiga, sorprendida: —¿Pero qué pasa? ¿Por fin has salido de esa depresión? —¡Que va! Si nunca estuve deprimida, sólo algo baja de ánimos. ¿Y si salimos esta noche? Lo necesito, y tengo motivo. Hubo un silencio, luego Rita preguntó, tanteando: —Tania, ¿estás bien? ¿Qué has tomado hoy, paracetamol, ibuprofeno? ¿Tienes fiebre? —¡Rita, déjalo ya! —En serio, si lo dices de verdad, adelante. Ya era hora de ver otra cara tuya. Pero… —¿Qué pasa? ¿No puedes? —No es eso. ¿Y Alejandro te deja salir? ¿Quién le llevará la cena al sofá, quién le aguantará las quejas? —Rita, a las siete en el Diamante. Colgó. Algún día mataría a su amiga, y no tardaría mucho. Tania se sonrió. Siempre quiso hacerle algo desde que se conocieron. Pero nunca afectó a su amistad. Cogió el bolso y salió a la carrera. Ya era mediodía y le quedaban mil cosas por hacer. Rita miraba el reloj. Tania nunca llegaba tarde, pero ya llevaba cinco minutos de retraso. Entonces, su amiga entró al restaurante y a Rita casi se le cae la mandíbula. Lo mismo les ocurrió a todos los comensales. Tania siempre llevaba el pelo largo recogido en moño; ahora lucía un corte bob claro y moderno. Casi nunca usaba maquillaje, salvo rímel y crema; hoy traía un maquillaje impecable. Siempre vestía pantalón, pero ahora llevaba un vestido fluido que insinuaba más de lo que mostraban sus vaqueros ajustados. —Tania… no me lo creo. Tania dejó el bolso triunfalmente en la silla y se sentó: —¿Te gusta? —¡Vaya si me gusta! Pareces diez años más joven. Dime que no has echado a Alejandro. —No te lo diré. ¡Se ha ido él solo! Las dos se miraron y estallaron en carcajadas. Media hora después, un camarero les llevó unas bebidas de parte de un hombre cercano, de algunos años más. Rita miró cómplice a Tania: —Ya tienes admiradores… Tania sonrió, y saludó al hombre haciéndole gesto de acercarse. Rita soltó: —¡Hoy me encantas! Se quedaron hasta tarde. El hombre se llamaba Íñigo, y resultó gracioso, atento y muy simpático. Depois de llevar a Rita al taxi, Íñigo propuso acompañar a Tania a casa: —¡Camino contigo hasta el otro extremo de la ciudad! Tengo coche, pero no conduzco así. —No hace falta, vivo a dos manzanas. Llegaron al portal al amanecer. Habían paseado y charlado toda la noche. —Tania, vi que celebrabas algo. ¿Tu cumpleaños? Tendré que hacerte un regalo… —No… aunque, según se mire, sí. Ayer mi marido me abandonó. Y Tania lució su sonrisa más radiante. Íñigo la miró sorprendido. —Vaya, Tania… sí que sabes sorprender. Tres semanas después, Tania y Rita tomaban café. —¿Qué tal con Íñigo? Tania sonrió. —Nunca he sido tan feliz. No tengo secretos con él. Y es increíble cómo gestiona mis emociones. —¿Pero te pasa algo? —Bueno…, Alejandro no termina de calmarse. No sé, pero me ha invitado a su boda. —Vaya… ¿para qué? —Imagino que quiere ver a su exmujer hundida, o lucirse ante la otra. —Qué cabrón… Tania, ve con Íñigo. Llegáis, saludáis y os vais. ¡Déjale flipando! …Alejandro contemplaba a Valeria. —Estás guapísima… —Ya lo sé. ¿Vendrá mi padre? —¿Cómo no va a venir? —¡Claro! Un año sin darme un duro, siempre diciendo que tengo que trabajar. ¡Qué padre! Alejandro la abrazó: —No te preocupes, hoy tu padre estará. Se casaron endeudados, convencidos de que el padre perdonaría y abriría el grifo del dinero. —Alejandro, ¿crees que vendrá tu ex? —¡Imagínate, sí! Me llamó ayer. —No puede ser. —¡Sí! Seguro viene a pedirme que vuelva. —Adoro estas escenas… Cuando Tania explicó a Íñigo el plan para la boda, él se sorprendió: —¿A qué hora es? —A las dos. ¿Tienes plan? —¿Cómo se llama tu ex? —Alejandro. ¿Por? —Vaya, qué cosas. ¡Por supuesto que iré contigo! Sólo le contó la verdad a Tania de camino al evento. Ella quedó tan en shock que ni pensó en dar marcha atrás. Caminaron juntos hacia la mesa nupcial, Tania agarrada de Íñigo, sonriendo orgullosa. Pero ni Alejandro ni Valeria parecían felices. Al acercarse, Valeria murmuró: —¿Papá? Y Alejandro apenas pudo balbucear: —¿Tania? Ni la reconoció a primera vista. Íñigo entregó flores y un sobre a la novia: —Bien hecho; te has casado y eres independiente. Tania y yo nos vamos a viajar por el mundo. Se giró hacia Alejandro: —Supongo que sabe que su futura suegra también necesita vacaciones. Le dejo a mi hija en buenas manos. Disculpen, debemos marcharnos. Salieron del restaurante. Tania quería reír a carcajadas, pero no sabía cómo lo tomaría Íñigo. Y entonces él se volvió y le dijo: —Sabes que ahora tendrás que casarte conmigo, ¿no? Tania lo pensó y respondió seria: —Bueno, si hay que hacerlo, se hace. Se abrazaron y caminaron hacia el coche. Íñigo ya buscaba billetes a algún lugar donde hiciera calor y hubiera mar.
Álvaro, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Qué significa eso de que te vas? Eso mismo. Hace tiempo
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033
La inesperada enfermedad de Doña Nadia Leónida dejó su vida en manos de su nieta Natalia: ninguna de sus hijas fue a verla mientras yacía en cama, y sólo Natalia la cuidó. Las hijas solo reaparecieron cerca de Pascua, como siempre en busca de los manjares rurales que su madre solía preparar. Pero esta vez, Doña Nadia las recibió en la verja con frialdad: —¿A qué habéis venido? —preguntó secamente. Su hija mayor, Svetlana, apenas salió del asombro: —¡Mamá, qué te pasa! —exclamó. —¡Nada, hijas, nada! Pero os lo aviso: he vendido toda la hacienda… —¿Cómo? ¿Y nosotras? —sin entender, preguntaron las hijas, incapaces de asimilar la noticia. La vida en Olénivka solía ser gris y monótona, hasta la llegada de Natalia, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, que revolucionó el ambiente, despertando envidias y suspiros, como en el cuento de la Cenicienta. Nadie quedó indiferente: desde los músicos del club, como don Pablo, hasta las ancianas del lugar. El destino de Natalia estuvo marcado por esfuerzos y sacrificios desde niña, creciendo entre animales y faenas bajo el ojo severo de su abuela. Pero su talento para el canto cambió su suerte: la joven conquistó corazones en concursos y escenarios rurales, sin jamás perder la nobleza ni el respeto hacia su abuela, incluso cuando esta enfermó y todos desaparecieron, menos Natalia. Las hijas de Doña Nadia, llegadas solo por interés, se encontraron con la amarga sorpresa: —¡Id al supermercado si os falta algo! Natalia no es vuestra criada y yo también merezco una vejez tranquila. Dejad a la niña estudiar y perseguir su sueño de artista, que ya bastante ha trabajado en esta casa. Años después, Natalia, convertida en cantante y docente, volvió a Olénivka con su hijo para visitar a Doña Nadia y agradecerle todo lo vivido: —Si no hubieras estado tú y don Pablo, nunca habría dejado de ser Cenicienta. Pero yo mi destino me lo gané con estas manos. Entre lágrimas y abrazos, abuela y nieta sellaron el perdón y el cariño que ninguna ausencia o reproche pudo quebrar, convencidas de que la familia y el amor verdadero pesan más que cualquier herencia.
Nadiega León no se lo esperaba: cayó enferma de improviso. Ninguna de sus hijas fue a visitarla mientras
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0212
¡Es tu madre, así que es tu responsabilidad!” – Él insistió, pero ella ya estaba harta
¡Esa es tu madre, así que es tu responsabilidad! dijo él, pero ella ya estaba harta. Carmen abrochó la
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088
¿Viviendo en casa ajena? ¡Paga el alquiler al usar el piso de otro!
¿Vivir en la casa de otro? ¡Pues paga alquiler! No sé si la boda de mi hija se va a celebrar.
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0124
Los padres de mi marido no aceptan la realidad: siguen empeñados en reconciliarle con su exmujer – “¿Es que no lo entiendes? ¡Tienen un hijo en común!” – Mi suegra no para de quejarse y tomar partido.
Los padres de mi esposo nunca lograron aceptar del todo que su hijo estaba divorciado. Ya han pasado
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048
Mi suegra se ofreció a ayudarnos con el cuidado de los niños durante el verano: está jubilada y tiene mucho tiempo libre, así que aceptamos. Ambos trabajamos y tenemos tres hijos, pero no podemos permitirnos unas vacaciones normales, ya que solemos turnarnos en el trabajo si alguno está enfermo o tiene algún compromiso especial. Además, seguimos pagando una hipoteca de veinte años porque estábamos cansados de mudanzas por alquiler y necesitábamos nuestro propio hogar, aunque eso supusiera una cuota mensual más alta. A pesar de que trabajamos durante todo el verano, el dinero de la hipoteca nos impide irnos de vacaciones, y sin colegio en verano no tenemos con quién dejar a los niños, así que nos tranquiliza saber que están seguros y en su casa durante estos meses calurosos. Mi suegra se ofreció como solución, y en verano, al ir a casa de mi suegra, llevamos siempre la compra y le damos dinero para caprichos, porque ella nunca gasta de su pensión en los niños y solo acepta lo que le damos en mano para que, al menos, nos salga más barato que una niñera. Todos estábamos conformes hasta que el hermano de mi marido, que también tiene tres hijos, decidió dejar también a sus pequeños con la abuela. Sin embargo, sus hijos eran más revoltosos y aún menores que los nuestros, así que requerían atención constante; además, no les llevó ni comida ni dinero y acabamos pagando nosotros de nuestro bolsillo para alimentarlos. Es normal sentirme así: he pedido varias veces a mi marido que hable con su hermano, pero él no quiere discutir. ¿Por qué debería yo trabajar más duro para que otros cuiden de sus hijos? ¿Cuál es la mejor manera de hablar con mi cuñado y resolver la situación sin peleas?
Una noche sin forma, flotando entre las brumas suavemente doradas del verano madrileño, la madre de mi
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0251
Tú no le amas, pero nosotros estuvimos bien, ¿por qué no intentamos empezar de nuevo, vale?
Tú no le quieres, y nosotros estuvimos bien juntos, ¿por qué no intentamos empezar de nuevo, vale?
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039
Alimentando a forasteros cada noche durante quince años — hasta que
15 de marzo de 2024 Cada tarde, desde hace quince años, a las dieciocho en punto, he colocado una comida
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