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031
Vete y no regreses jamás —¡Vete, ¿me oyes?! –susurraba Miguel con lágrimas en los ojos–. ¡Vete y no vuelvas nunca! Jamás. Con manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de metal y arrastró a Berta hasta la valla; al abrir de par en par la puerta, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no entendía lo que pasaba. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo pido –repitió Miguel, abrazando a la perra–. No puedes quedarte aquí. Él en cualquier momento volverá y… En ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche Basilio, ebrio y con un hacha en la mano… ***** Si las personas pudieran imaginar, aunque solo por un instante, lo dura que puede ser la vida de los perros que terminan en la calle sin quererlo, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y pena, y no con desprecio y desaprobación, como suele ocurrir. Pero, ¿cómo va a saber la gente por lo que tienen que pasar nuestros amigos de cuatro patas? ¿Cómo va a saberlo si los perros no pueden contarlo? Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan dentro. Pero yo sí os lo contaré: una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta fue indeseada desde muy pequeña. ¿Por qué no agradó a su primer dueño? Eso nadie lo sabe con certeza. Tal vez simplemente por haber nacido. Y a su dueño no se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorrita, que apenas tenía dos meses, a un pueblo cercano y… …dejarla en la cuneta. Así, sin más. Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizás algún vecino la habría acogido. En vez de eso, la abandonó junto a la carretera y regresó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada. Un paso en falso y la pequeña Berta podría haber acabado bajo las ruedas. Quizás eso era justo lo que su dueño esperaba. Y aunque no fuera ese el final, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido mucho: demasiado pequeña. Pero aquel día tuvo suerte. Ese día una personita aún sin nombre conoció a Miguel. Y eso le salvó la vida. Resultó que ESE DÍA el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva y el chaval, que acababa de cumplir catorce años, salió a “estrenar” su regalo. —No salgas del pueblo —le gritó Toñi cuando su hijo montó en su “caballo de hierro” y, acelerando con ansia, se fue calle abajo—. ¿Me has oído, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel feliz—. Todo irá bien… Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles no habían sido arregladas desde hacía siglos: baches por doquier y ni caminar era seguro. Habían asfaltado hacía un mes la carretera principal que unía el pueblo con la ciudad y a Miguel le apetecía rodar con el viento por ella. Además, un sábado apenas pasaban coches por allí: la gente descansaba en casa. Ya de vuelta, casi en la carretera, Miguel vio al borde del asfalto un cachorro que corría de un lado a otro sin sentido. Ora se lanzaba hacia los coches, ora se apartaba justo antes de ser atropellada. Daba pavor verlo. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?”, pensó Miguel, bajando de la bici. La dejó en la hierba y se acercó deprisa al animalito… ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel al entrar sonriente en casa—. Alguien lo ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármelo? Es tan bueno… —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Toñi—. ¡Si te lo dije! —Mamá, solo llegué hasta la carretera y volví —el chico bajó la vista, apenado—. Si no llego a recoger a la perra, habría muerto allí… —¿Y tú? —suspiró Toñi—. ¿No pensaste en ti, hijo? ¿Y si te pasa algo en esa carretera? Es peligroso, sobre todo en bici… —No volverá a pasar, te lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Yo la cuidaré. Además, siempre he querido un perro. Y hoy es mi cumpleaños… —Vaya, tu cumpleaños —negó con la cabeza Toñi—. Y mira que poco castigo tienes por no obedecer… Miguel abrazó fuerte a la perrita, temeroso de que los padres se la quitaran. —Toñi, no le regañes tanto, que ya no es un niño pequeño —intervino el padre, de buen humor tras un par de copas—. Hoy cumple nada menos que catorce años. Y el cachorro no es cualquier cosa, ¡es de raza! Nos cuidará el patio. Déjale, hijo, puedes quedártelo. —Pues si papá está de acuerdo, yo tampoco me opongo —sonrió Toñi, mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel no cabía en sí de contento. Ese mismo día la llamó Berta. Se dio cuenta enseguida de que era una hembra: una perra buena y cariñosa que conectó de inmediato con Miguel. Y el chico, olvidándose incluso de su bici nueva, pasaba todo el día con su amiga peluda. ¿Y qué podía salir mal? El cachorro estaba a salvo, Miguel, feliz con la perra que tanto había soñado… Hasta sus padres, antes tan reacios, le veían radiante. ¿Colorín, colorado? Ojalá… La desgracia llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su empleo y se echó a la bebida. Se gastó todo el dinero ahorrado con Toñi y no hubo forma —ni lágrimas ni súplicas— de hacerle entrar en razón. Ya todo le molestaba. El alcohol lo volvía otra persona: frío, cruel, violento… A veces incluso golpeaba a la esposa, por cualquier motivo o ninguno. Toñi prohibió a Miguel acercarse cuando su padre se enfurecía: mejor no tentar la suerte. Cuando el ambiente se ponía imposible en casa, Miguel salía al patio y acariciaba a Berta en silencio. Ella lamía sus mejillas saladas y le daba consuelo. Una vez, incluso el propio Miguel acabó recibiendo golpes: solo por jugar con Berta. Basilio le llamó a gritos, lo agarró y le propinó un par de bofetones. Berta, siempre tan dócil, de pronto se encaró al padre con furia, ladrando como una fiera… Miguel aprovechó la confusión para soltarse. Pero entendió lo que venía. Su padre volvería, seguramente armado. ¿Qué podía hacer? —Vete, ¿me oyes? —susurraba llorando a Berta—. ¡Vete y no vuelvas nunca! La desató y la empujó fuera, abriendo la puerta del patio de par en par. Berta no entendía nada. ¿La echaban? ¿Por qué? —Vete, por favor —repitió Miguel, abrazándola—. No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces Basilio salió de la casa, tambaleándose y con un hacha en la mano… —¡Miguel! —bramó—. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dicho que lo hagas? —Papá, no por favor —suplicó Miguel, retrocediendo. —¿No por favor, qué? ¡La perra me desafió y ahora yo le enseñaré quién manda! —No lo hagas, Basilio —gritó Toñi, volviendo justo de hacer la compra—. ¡Es solo una perrita! ¡La vas a matar! —No me vengas con tonterías. Esa chucha sabrá quién manda aquí. Miguel sabía que no podía retrasarlo más. Le miró a los ojos, besó su hocico y la empujó hacia la calle: —¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos, Berta. Basilio rugió al comprender que Miguel quería salvar a la perra. Berta miró por última vez a Miguel y corrió hacia el bosque. —¡No vuelvas nunca, Berta, o él te matará! —gritó Miguel. ***** Han pasado siete años desde aquel día. Siete años de espera para Berta, aguardando un milagro y la esperanza de reencontrar a Miguel. Pero cada año la esperanza menguaba, porque ni Miguel ni Toñi volvieron jamás al pueblo. Regresó meses después, pero ya no había ni casa ni familia… Deambuló de aldea en aldea, hasta que un viejo la recogió en la carretera. Era un hombre bondadoso, aunque solitario y bebedor, que trabajaba de vigilante en el cementerio. Allí Berta aprendió a hacerle compañía en sus noches de tristeza, escuchando sus pesares y dándole refugio. Un día, paseando entre tumbas, Berta encontró la de Basilio: —Ese fue el que acabó calcinado en su propia casa —explicó el viejo—. Su mujer y su hijo escaparon al fin. Nadie en el pueblo le echa de menos… Cinco años vivió Berta junto al vigilante, pero cuando él faltó, se quedó de nuevo sola. Decidió quedarse en el cementerio. Era un lugar tranquilo para esperar la muerte. Hasta que, al llegar el primer invierno, sucedió lo inesperado: Un día escuchó voces junto a la tumba de Basilio. Era Miguel, convertido ya en hombre y acompañado de su pareja, Oksana, que le pedía que perdonara a su padre para poder dejar atrás los fantasmas. Miguel lo hizo… Sin saber que a su espalda lo estaba viendo Berta. Ella le reconoció al instante y, aunque habían pasado siete años, ambos corrieron el uno hacia el otro, fundiéndose en un abrazo que borró de golpe todos los sufrimientos. ***** Miguel se llevó a Berta consigo. Ella se hizo amiga de Oksana y juntos formaron una familia: primero tres, luego cuatro (gracias a un gatito recogido por Berta), y finalmente cinco cuando nació Nikita, su hijo. Tiempo después, Miguel reconstruyó la casa rural y cada verano volvían allí todos juntos. A pesar de todas las desgracias, tanto Miguel como Berta tuvieron finalmente una vida feliz.
Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos Vete y no vuelvas jamás.
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023
BARBA CANA, ALMA LOZANA: “Tú siempre me mentiste. Doy por terminada nuestra correspondencia. Muy decepcionado de las mujeres. ¿Cómo has podido fingir y mentir durante tanto tiempo? Yo quería casarme contigo y has echado todo por tierra. No se puede empezar una vida en común con mentiras y desconfianza. Adiós. No me escribas más. No contestaré. Tu ex caballero.” Esto es lo que me escribió un inglés. Llevábamos casi un año escribiéndonos, todo iba encaminado a nuestro encuentro en Sheffield, en su tierra. Pero nunca ocurrió… Por entonces tenía cuarenta y nueve años, hacía tiempo que me había divorciado y ya tenía hijos y nietos. Quería sentirme mujer una vez más, que los años van corriendo. Mis hijos ya tienen sus intereses. Yo no podía quedarme entre cuatro paredes recordando viejos tiempos, acabando por amargarse, tejiendo calcetines kilométricos o bordando sábanas a punto de cruz. Mis amigas están casadas, atadas a su hogar y su familia. Revisé a conciencia todos los “pretendientes” del trabajo, pero ninguno me convenció. Siguiendo el consejo de una compañera, entré en una web de citas. Total, no tenía nada que perder. Rellené un largo cuestionario, me describí lo mejor posible y colgué una foto favorecedora. Y me senté a esperar el milagro, sin escribir yo a los hombres, guardando la dignidad. Al par de semanas, recibo un único correo, que leo con emoción sentada en mi casa de Albacete. Era un inglés, Connor, de 59 años, empresario, divorciado, con dos hijos adultos. En la foto, elegante, apuesto y distinguido, frente a una casa de tres plantas. Me propone conocernos. Y por qué no, quizá casarnos luego… La felicidad parecía a un paso, bastaba escribir bien la respuesta. Me daban ganas de contestar que sí, que me plantaba en Sheffield y me casaba ya mismo, o como lo llamen allí. Pero fingí ponerme difícil: “Demasiados candidatos, no me da la vida para todos… No se ofenda, señor Connor.” Connor fue cortés y fino: “Es natural, una mujer como usted cautiva a muchos hombres, incluyéndome.” Supe en ese instante que yo, dama española de provincias, podía encontrar príncipe extranjero. Comenzamos una correspondencia diaria, confidencial y tierna. Parecíamos hechos el uno para el otro. ¿Por qué habríamos nacido en países distintos? Connor me llamaba “mi Rosa Misteriosa”, yo lo bauticé “mi caballero”. Yo ya no podía vivir sin sus cartas. Me veía casada, paseando por una gran casa inglesa, charlando cada mañana con mi esposo. Cuanto más nos conocíamos, más sentía que el destino nos unía. Llegué a decir a mis hijos que pronto me iría, que les dejaba el piso, que dejaría el trabajo. Ellos, mi hijo y mi hija, intentaron devolverme a la realidad: — Mamá, ¿estás bien? ¿Te has vuelto loca? Casi en la jubilación, y tú pensando en casarte… ¿A qué vas allí? Tu inglés es casi tan mayor como tú, pronto estará enfermo, y te tocará hacer de enfermera… Piénsatelo, mamá, no vayas tan rápido a servir a un inglés. Pero yo no les hice caso. ¡Quería ser lady, y punto! Me compré ropa nueva, cambié de peinado, pulí mis modales. Esperaba el visado cuando, de repente, recibo la dura carta de Connor: “Tú no eres ninguna Rosa Misteriosa, sino una mentirosa cualquiera. No me escribas — no responderé.” No entendía nada. ¿Cuándo mentí yo? Dándole mil vueltas, acabé escribiéndole de nuevo… Esperé medio año en vano su respuesta. Cuando ya lo tenía olvidado, y estaba a punto de dejar a mis hijos el piso, llegó una carta de “mi caballero”: “Rosa Misteriosa, perdóname. He estado ingresado largo tiempo, pensando que iba a morir. No quise preocuparte. Encargué a mi hijo Oliver seguir nuestra correspondencia. Le pedí discreción, pero me dijo que tú habías cortado el contacto de repente. ¿Por qué? Ahora estoy de nuevo saludable y dispuesto a recibirte como esposa en mi casa.” Leí la carta varias veces y rompí a llorar. No supe qué contestar. Oliver no quería que su padre se casara. Él fue quien me acusó injustamente de mentir. Pensándolo bien, imagina que viajo a Sheffield y el hijo, en cualquier ocasión, me envenena el desayuno o llena de mentiras los oídos del padre… Connor seguro que cree antes a su hijo, y adiós “diosa” y adiós palacio. ¿Para qué pasar por eso? Que resuelvan ellos sus líos familiares. …Y además mis nietos van al cole en septiembre. Hay que repasar con ellos lectura y cuentas, y no vendrá mal escaparse al chalet a plantar tomates o regar las flores. Que lo propio, como dice el refrán, hasta al conejo le tira el monte. Descansaré de nuevas aventuras sentimentales. Demasiada energía gastan. Y la vida va pasando, sin esperas. —¡Buenos días, vecina! No esperaba verte, llevabas tiempo sin venir. ¿Preocupaciones, o te has casado? —el vecino no me dejaba en paz, mirando con picardía. —¡Hola, Nicolás! Pues sí, te he echado de menos. ¿Tú no has encontrado novia en mi ausencia? ¿Me echas una mano con la leña? Te invito a un té luego. Se me han acumulado las tareas, no te haces una idea…— no cabía en mí de la alegría al verle. —¿Qué dices, Anita? ¿Cómo iba a casarme, si la novia llevaba un año sin aparecer?— y me sonrió con su socarronería habitual. —¿Cómo es eso?— quise seguir el juego, aunque había entendido perfectamente. —Cásate conmigo, Anita. ¿Qué más vamos a esperar? Nos conocemos hace cien años… Como dice el dicho: “Árbol viejo cruje, pero vive”. Y así es: Mi pretendiente tendrá barba cana, pero un alma hermosa. …Llevamos siete años felices de matrimonio.
BARBA CANOSA, PERO ALMA HERMOSA ¡Me has mentido todo este tiempo! No quiero seguir con esta correspondencia.
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068
Ya está bien la cosa: el día en que una nuera española se planta ante su suegra perfecta y el marido por fin toma partido
Lucía, ¿es que ya no aspiras nunca? Mira cómo está el suelo. De tanta pelusa, hasta me lloran los ojos, hija.
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0218
Ahora tendrás tu propio hijo, y a ella le toca volver al orfanato —¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero? —preguntó doña Luisa, con fastidio, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Ya sabe usted tan bien como yo que llevamos tres años intentando tener un hijo —suspiró con pesar Cristina. Cada visita empezaba siempre igual. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Sergio tenían problemas. —Eso mismo digo yo. Lleváis casados un montón de tiempo y, sin embargo, el niño no llega —se burló la mujer con desdén—. Seguro que tuviste una juventud… movidita. —Doña Luisa, ¿me está insinuando algo? —Cristina no aguantó más y cerró el portátil de golpe. Trabajar, desde luego, ya no podría. —¿Le he dado motivos acaso? Y, en general, ¡deje de hablarme en ese tono! —¿Y si no… qué? —La suegra fingió sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Sergio? ¿No temes que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de golpe. Por supuesto, Cristina no pensaba decirle nada a su marido. No porque él fuera a ponerse de parte de su madre, sino simplemente por no preocuparle. ************************************************** Desde el primer día, la relación entre Cristina y su suegra no iba bien. A doña Luisa no le gustaba nada de ella: la encontraba demasiado sencilla, le disgustaba su forma de vestir, de cocinar… La lista era interminable. Se opuso rotundamente al noviazgo y presionó a su hijo, aunque él supo hacerse valer. Se casaron. Durante un tiempo, la suegra pareció calmarse, y mudarse a un piso lejos de la familia ayudó. Pero pronto Luisa encontró otra cosa que criticar: la ausencia de hijos. Al principio Cristina intentó quitarle hierro, diciendo que todavía eran jóvenes, que quería centrarse en su carrera… Pero la suegra insistía en que debían tener hijos cuanto antes, y mejor más de uno. La joven se rindió ante la insistencia de la suegra. Pero entonces llegaron los problemas. Tres largos años de análisis y tratamientos sin resultado. Un médico sugirió que quizá el estrés influía. Luisa solo se rió y recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otro encontronazo con doña Luisa, Cristina trataba de distraerse mirando las redes sociales y vio fotos de niños. El corazón se le encogió: realmente quería ser madre, no por complacer a la suegra, sino por sí misma. De pronto, leyó un mensaje de una mujer que trabajaba en un centro de acogida. Pensó en la posibilidad de acoger a un niño sin familia. Se imaginó con un bebé sonriendo y al instante buscó información. La burocracia era enorme, con papeles, certificados médicos y demás, pero las ganas pesaban más que el miedo. Solo faltaba el sí de Sergio. A ella le inquietaba la reacción de su marido, pero, para su sorpresa, aceptó sin poner pegas, solo sugirió acoger a un bebé de la casa cuna. Decidido. Al poco tiempo, su familia creció con la llegada de Angelines, una preciosa niña de cinco meses. Tanto Sergio como Cristina se enamoraron de ella nada más verla. La única que se oponía era, por supuesto, doña Luisa, aunque nadie le preguntó. Sergio incluso amenazó con mudarse a otra ciudad si su madre seguía con sus escenas. Así que tuvo que fingir ante los demás que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines acabó primero de Primaria y tenía muchísimos amigos. Era una niña adorable, responsable y cariñosa. Cristina no podía estar más orgullosa de su hija. Aquel verano, toda la familia se fue de vacaciones a la costa: sol, olas, arena blanca… Felicidad absoluta, con la suegra bien lejos. Al final del viaje, Cristina no se encontraba bien, aunque no dijo nada para no preocupar a nadie. Pero, de vuelta a casa, fue al médico. Sergio, atento como siempre, lo notó. Insistió en regresar, prometiendo unas nuevas vacaciones en Navidad. Ella aceptó a regañadientes. Los resultados sorprendieron a ambos: ¡Cristina estaba embarazada! La noticia hizo especialmente feliz a Angelines, entusiasmada con la idea de ser hermana mayor. Luisa no se enteró hasta meses después, cuando la barriga de Cristina era evidente. Aprovechó un momento en casa a solas para aparecer sin avisar. —No te pregunto por qué no me lo dijiste antes —soltó nada más cruzar el umbral, estudiando la barriga—. Tengo otra pregunta. —¿Cuál? —a Cristina le entró mala espina. —¿Cuándo vais a devolver a Angelines al orfanato? —preguntó muy seria—. Ahora que vais a tener un hijo vuestro, la adoptada debe volver. Cristina se quedó helada. ¿Cómo se podía decir algo así de una niña que ya era parte de su familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó Luisa, mirándola con exigencia—. ¿Cuándo? —¡Váyase! —le espetó Cristina, a punto de saltar—. ¡Y no vuelva nunca más! Tras echar a la suegra, Cristina intentó serenarse. ¿Avisar a Sergio? Hoy tenía una reunión importante… Pero tendrían que hablarlo. ********************************************* Luisa se fue directamente a la oficina de su hijo. Sin atender a la secretaria, irrumpió en su despacho. —¡Tu mujer acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera! —Y hola a ti también —suspiró Sergio—. ¿Qué le has dicho para que mi paciente esposa reaccionara así? —Solo pregunté cuándo vais a devolver a esa niña al orfanato —Luisa se sentó indignada—. Por fin vais a tener un hijo propio. Ahora todo el tiempo y el dinero deben ser para él. —¿Pero cómo se te ocurre tal barbaridad? —Sergio apretó el bolígrafo con rabia hasta partirlo—. No vamos a devolver a Angelines. Es mi hija, te guste o no. —¿Y eso por qué? No es más que adoptada. Y ya mayorcita. Si se lo explicáis, lo entenderá. —Ni se te ocurra decirle nada —tiró el bolígrafo roto y golpeó el escritorio—. ¿Lo has entendido? —¿Y cómo piensas impedirlo? —se burló ella al marcharse—. Esa niña no tiene sitio en esta familia. Y haré todo lo posible para que así sea. Sergio miró la puerta cerrándose. La secretaria asomó indignada por haber dejado pasar a la visita, pero él no la oyó. Se quedó pensando. Debía tomar una decisión. Cogió el teléfono… **************************************** Cristina paseaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines jugando con su hermanito pequeño. Estaba siendo una hermana mayor ejemplar. En un banco cercano, dos señoras hablaban de sus nueras. Cristina no pudo evitar recordar a su suegra. Desde aquella visita, no habían vuelto a verla. Sergio, apenas una semana después, se llevó a toda la familia a vivir muy lejos del pueblo natal. Era la única forma de proteger a Angelines: su madre podría ir contando a todo el mundo que era adoptada. Ahora vivían tranquilos. Tenían una hija maravillosa, un hijo pequeño y pronto vendría un tercero. Sergio llamaba a veces a su padre. Así se enteró de que su madre seguía igual, solo que ahora había volcado toda su energía en su hija recién casada. Él sentía pena por su hermana, pero ella parecía más tolerante a tanta atención. Ellos tenían su propia vida, y Sergio la suya, feliz con su familia. No podía pedir más, y así deseaba que fueran felices los demás.
Ahora, tendrás tu propio hijo, y a ella le toca regresar al orfanato. ¿Cuándo va a ser que mi hijo vea
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0697
Vete y no regreses jamás —¡Vete, ¿me oyes?! –susurraba Miguel con lágrimas en los ojos–. ¡Vete y no vuelvas nunca! Jamás. Con manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de metal y arrastró a Berta hasta la valla; al abrir de par en par la puerta, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no entendía lo que pasaba. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo pido –repitió Miguel, abrazando a la perra–. No puedes quedarte aquí. Él en cualquier momento volverá y… En ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche Basilio, ebrio y con un hacha en la mano… ***** Si las personas pudieran imaginar, aunque solo por un instante, lo dura que puede ser la vida de los perros que terminan en la calle sin quererlo, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y pena, y no con desprecio y desaprobación, como suele ocurrir. Pero, ¿cómo va a saber la gente por lo que tienen que pasar nuestros amigos de cuatro patas? ¿Cómo va a saberlo si los perros no pueden contarlo? Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan dentro. Pero yo sí os lo contaré: una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta fue indeseada desde muy pequeña. ¿Por qué no agradó a su primer dueño? Eso nadie lo sabe con certeza. Tal vez simplemente por haber nacido. Y a su dueño no se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorrita, que apenas tenía dos meses, a un pueblo cercano y… …dejarla en la cuneta. Así, sin más. Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizás algún vecino la habría acogido. En vez de eso, la abandonó junto a la carretera y regresó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada. Un paso en falso y la pequeña Berta podría haber acabado bajo las ruedas. Quizás eso era justo lo que su dueño esperaba. Y aunque no fuera ese el final, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido mucho: demasiado pequeña. Pero aquel día tuvo suerte. Ese día una personita aún sin nombre conoció a Miguel. Y eso le salvó la vida. Resultó que ESE DÍA el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva y el chaval, que acababa de cumplir catorce años, salió a “estrenar” su regalo. —No salgas del pueblo —le gritó Toñi cuando su hijo montó en su “caballo de hierro” y, acelerando con ansia, se fue calle abajo—. ¿Me has oído, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel feliz—. Todo irá bien… Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles no habían sido arregladas desde hacía siglos: baches por doquier y ni caminar era seguro. Habían asfaltado hacía un mes la carretera principal que unía el pueblo con la ciudad y a Miguel le apetecía rodar con el viento por ella. Además, un sábado apenas pasaban coches por allí: la gente descansaba en casa. Ya de vuelta, casi en la carretera, Miguel vio al borde del asfalto un cachorro que corría de un lado a otro sin sentido. Ora se lanzaba hacia los coches, ora se apartaba justo antes de ser atropellada. Daba pavor verlo. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?”, pensó Miguel, bajando de la bici. La dejó en la hierba y se acercó deprisa al animalito… ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel al entrar sonriente en casa—. Alguien lo ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármelo? Es tan bueno… —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Toñi—. ¡Si te lo dije! —Mamá, solo llegué hasta la carretera y volví —el chico bajó la vista, apenado—. Si no llego a recoger a la perra, habría muerto allí… —¿Y tú? —suspiró Toñi—. ¿No pensaste en ti, hijo? ¿Y si te pasa algo en esa carretera? Es peligroso, sobre todo en bici… —No volverá a pasar, te lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Yo la cuidaré. Además, siempre he querido un perro. Y hoy es mi cumpleaños… —Vaya, tu cumpleaños —negó con la cabeza Toñi—. Y mira que poco castigo tienes por no obedecer… Miguel abrazó fuerte a la perrita, temeroso de que los padres se la quitaran. —Toñi, no le regañes tanto, que ya no es un niño pequeño —intervino el padre, de buen humor tras un par de copas—. Hoy cumple nada menos que catorce años. Y el cachorro no es cualquier cosa, ¡es de raza! Nos cuidará el patio. Déjale, hijo, puedes quedártelo. —Pues si papá está de acuerdo, yo tampoco me opongo —sonrió Toñi, mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel no cabía en sí de contento. Ese mismo día la llamó Berta. Se dio cuenta enseguida de que era una hembra: una perra buena y cariñosa que conectó de inmediato con Miguel. Y el chico, olvidándose incluso de su bici nueva, pasaba todo el día con su amiga peluda. ¿Y qué podía salir mal? El cachorro estaba a salvo, Miguel, feliz con la perra que tanto había soñado… Hasta sus padres, antes tan reacios, le veían radiante. ¿Colorín, colorado? Ojalá… La desgracia llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su empleo y se echó a la bebida. Se gastó todo el dinero ahorrado con Toñi y no hubo forma —ni lágrimas ni súplicas— de hacerle entrar en razón. Ya todo le molestaba. El alcohol lo volvía otra persona: frío, cruel, violento… A veces incluso golpeaba a la esposa, por cualquier motivo o ninguno. Toñi prohibió a Miguel acercarse cuando su padre se enfurecía: mejor no tentar la suerte. Cuando el ambiente se ponía imposible en casa, Miguel salía al patio y acariciaba a Berta en silencio. Ella lamía sus mejillas saladas y le daba consuelo. Una vez, incluso el propio Miguel acabó recibiendo golpes: solo por jugar con Berta. Basilio le llamó a gritos, lo agarró y le propinó un par de bofetones. Berta, siempre tan dócil, de pronto se encaró al padre con furia, ladrando como una fiera… Miguel aprovechó la confusión para soltarse. Pero entendió lo que venía. Su padre volvería, seguramente armado. ¿Qué podía hacer? —Vete, ¿me oyes? —susurraba llorando a Berta—. ¡Vete y no vuelvas nunca! La desató y la empujó fuera, abriendo la puerta del patio de par en par. Berta no entendía nada. ¿La echaban? ¿Por qué? —Vete, por favor —repitió Miguel, abrazándola—. No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces Basilio salió de la casa, tambaleándose y con un hacha en la mano… —¡Miguel! —bramó—. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dicho que lo hagas? —Papá, no por favor —suplicó Miguel, retrocediendo. —¿No por favor, qué? ¡La perra me desafió y ahora yo le enseñaré quién manda! —No lo hagas, Basilio —gritó Toñi, volviendo justo de hacer la compra—. ¡Es solo una perrita! ¡La vas a matar! —No me vengas con tonterías. Esa chucha sabrá quién manda aquí. Miguel sabía que no podía retrasarlo más. Le miró a los ojos, besó su hocico y la empujó hacia la calle: —¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos, Berta. Basilio rugió al comprender que Miguel quería salvar a la perra. Berta miró por última vez a Miguel y corrió hacia el bosque. —¡No vuelvas nunca, Berta, o él te matará! —gritó Miguel. ***** Han pasado siete años desde aquel día. Siete años de espera para Berta, aguardando un milagro y la esperanza de reencontrar a Miguel. Pero cada año la esperanza menguaba, porque ni Miguel ni Toñi volvieron jamás al pueblo. Regresó meses después, pero ya no había ni casa ni familia… Deambuló de aldea en aldea, hasta que un viejo la recogió en la carretera. Era un hombre bondadoso, aunque solitario y bebedor, que trabajaba de vigilante en el cementerio. Allí Berta aprendió a hacerle compañía en sus noches de tristeza, escuchando sus pesares y dándole refugio. Un día, paseando entre tumbas, Berta encontró la de Basilio: —Ese fue el que acabó calcinado en su propia casa —explicó el viejo—. Su mujer y su hijo escaparon al fin. Nadie en el pueblo le echa de menos… Cinco años vivió Berta junto al vigilante, pero cuando él faltó, se quedó de nuevo sola. Decidió quedarse en el cementerio. Era un lugar tranquilo para esperar la muerte. Hasta que, al llegar el primer invierno, sucedió lo inesperado: Un día escuchó voces junto a la tumba de Basilio. Era Miguel, convertido ya en hombre y acompañado de su pareja, Oksana, que le pedía que perdonara a su padre para poder dejar atrás los fantasmas. Miguel lo hizo… Sin saber que a su espalda lo estaba viendo Berta. Ella le reconoció al instante y, aunque habían pasado siete años, ambos corrieron el uno hacia el otro, fundiéndose en un abrazo que borró de golpe todos los sufrimientos. ***** Miguel se llevó a Berta consigo. Ella se hizo amiga de Oksana y juntos formaron una familia: primero tres, luego cuatro (gracias a un gatito recogido por Berta), y finalmente cinco cuando nació Nikita, su hijo. Tiempo después, Miguel reconstruyó la casa rural y cada verano volvían allí todos juntos. A pesar de todas las desgracias, tanto Miguel como Berta tuvieron finalmente una vida feliz.
Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos Vete y no vuelvas jamás.
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016
Mi marido dijo: ‘¡Vive con tu amiga, tía de Soria se queda un mes con nosotros!’ mientras sacaba mi maleta por la puerta.
17 de octubre Hoy ha sido uno de esos días que parecen sacados de una película, aunque la realidad sea
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0110
¿Y si en realidad no es mi hija? Debo hacerme una prueba de ADN Nicolás observaba pensativo cómo Alicia, su esposa, mimaba a la recién nacida y no podía quitarse una idea de la cabeza: de verdad creía que esa niña no era suya. El año pasado le tocó irse de viaje de trabajo durante un mes. Apenas un par de semanas después de volver, su mujer le anunció la noticia que a ella le parecía maravillosa: iban a tener un hijo. Al principio, Nicolás se alegró. Pero la hermana de Alicia vino de visita y soltó una historia de lo más interesante, sobre que ella misma se hizo una prueba de paternidad a su propio hijo, para que su pareja no dudase. —Alicia, ¿por qué no nos hacemos también nosotros una prueba de ADN? Así yo me quedo tranquilo. La reacción de su esposa no se hizo esperar. El escándalo fue monumental. Hasta los vecinos empezaron a golpear la pared. —¿Pero qué tiene de malo? —insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Seguro que ella le fue infiel; si no, ¿por qué la rabieta por una petición tan inocente?—. Solo quiero estar seguro, nada más. —¿¡Pero cómo se te ocurre!? —gritaba la mujer, lanzándole otro cojín más—. ¿Alguna vez te he dado razones para dudar de mí? —Estuve un mes fuera, —sonrió irónicamente el hombre—. ¿Cómo sé lo que hacías? Hacemos la prueba, sé el resultado y nunca más saco el tema. ¿Cuándo vamos? Podemos preguntarle a tu hermana por la clínica. —Cuando me reencarne, —espetó con rabia Alicia, desapareciendo en la habitación de la niña y dando un portazo final. *************************************************** —Mamá, —se quejaba Nicolás frente a su madre—, no le estoy pidiendo nada del otro mundo… ¿Por qué se ha puesto así? —Tu mujer tiene la conciencia sucia, —contestó doña Ana mientras le servía un café—. Te lo aseguro, ha tenido algo con otro, y ahora teme que salga la verdad. Además, —dudó un momento—, cuando tú te fuiste pasó algo… —¿El qué? —preguntó el hombre, intrigado. —No me gusta entrometerme en tu matrimonio —dijo Ana, evitando su mirada—. Solo pasé para hablar del cumpleaños de tu padre. Alicia tardó un montón en abrir la puerta, aunque estaba en casa. Y salió hecha un desastre… y había unos zapatos de hombre en la entrada. —¿Y qué te dijo? —preguntó Nicolás con enfado, preparado para enfrentarse a su esposa. —Que se le había roto una tubería —Ana puso los ojos en blanco—. Podía haberse inventado algo mejor. —¿Por qué no me contó nada? —No llegué a entrar, así que pruebas no había —respondió bajando la voz—. No quise fastidiaros la relación. —¡Mal hecho! —Nicolás casi volcó la taza—. ¡Muy mal! ¿Y qué hago ahora? —Oblígala a hacerse la prueba, —repuso su madre con calma, disimulando una sonrisa, pues nunca le había caído bien su nuera—. O hazla tú mismo. Tienes derecho como padre. ************************************************ —Puedes estar tranquila, —dijo Nicolás tirando el sobre inutilizado que le acababa de traer un mensajero—. Ariadna es mi hija. Como te prometí, no volveré a sacar el tema. —No me estoy enterando, —contestó con desconfianza Alicia, mirando el sobre abierto—. ¿Te has hecho la prueba de ADN sin mi permiso? —Sí, claro —repuso tan campante Nicolás—. Aproveché un paseo con la niña, no me llevó nada de tiempo. Es mi hija, asunto zanjado. —Sí hay un problema, —dijo ella en voz baja—. Y es una pena que no lo comprendas. Al día siguiente, Nicolás se fue al trabajo como siempre, pero por la tarde le esperaba una desagradable sorpresa: la casa estaba vacía, y ya no había ni rastro de las cosas de Alicia ni de la niña. Solo encontró una nota en la mesa del salón. “Con tu desconfianza has destruido todo lo que había entre nosotros. No pienso vivir con alguien que me traiciona, así que he solicitado el divorcio. No quiero nada de ti, ni piso ni pensión. Solo quiero que desaparezcas de nuestra vida.” Nicolás se puso furioso. ¿¡Cómo se atrevía Alicia a dejarle?! ¡Y encima llevándose a su hija! Cogió el móvil y empezó a llamarla. Le contestó un hombre. Escuchó en silencio todos los insultos antes de pedirle que no llamara más. —¡Sabía que me estaba engañando! —Nicolás temblaba de rabia—. ¡No ha tardado nada en irse con otro! ¡Que le den! Ni siquiera pensó que Alicia podría estar en casa de sus padres y que fuese su hermano quien cogió el teléfono para no molestar a su hermana dormida. Nicolás ya había tomado su decisión. El divorcio fue inmediato y de mutuo acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó con su madre y nunca más volvió a ver a su padre biológico…
¿Y si resulta que no es mi hija? Habrá que hacerse una prueba de ADN Nicolás miraba con el ceño fruncido
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0497
Mi marido creía que no sabía de su segunda familia, y se sorprendió enormemente cuando llegué a la graduación de su hija.
Mira, te cuento lo que pasó. Mi marido, Sergio, siempre creyó que yo no sabía nada de su segunda familia
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036
Sin enterrar el pasado —Ponte el gorro, que fuera hace diez grados bajo cero. Te vas a resfriar. María le tendió el gorro de lana —ese azul con borla, el que Valentina eligió el mes pasado en El Corte Inglés. —¡Tú no eres mi madre! ¿Está claro? El grito rompió el silencio del recibidor. Valentina lanzó el gorro al suelo con tal furia que parecía tóxico. —Valen, solo intento… —¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Nunca! La puerta pegó un portazo. Los cristales reclamaron temblorosos, y una ráfaga de aire frío barrió el piso madrileño desde el rellano de la escalera. María se quedó allí de pie. El gorro en el suelo, desmadejado, inútil. Las lágrimas asomaron en la garganta, calientes y rabiosas. Se mordió el labio, levantó la cabeza, con la vista perdida en el techo de estuco. No llorar. No ahora. Seis meses atrás, se imaginaba la vida de otra manera. Cenas familiares acogedoras. Charlas sinceras. Quizá alguna excursión alrededor de la sierra de Guadarrama. Sergio le hablaba de su hija con tanto cariño —inteligente, talentosa, sólo un poco encerrada tras perder a su madre— “Necesita tiempo”, decía él. “Se soltará”. Pero el tiempo pasó. Valentina no cambiaba. Desde el primer día que María cruzó el umbral de ese piso ya no como invitada, sino como esposa, la niña le plantó una muralla. Cualquier acercamiento se estrellaba contra un muro de hielo. Ofreces ayuda con los deberes: “Me apaño sola”. Propones dar un paseo: “No puedo”. Un cumplido sobre el flequillo nuevo: mirada larga y desdeñosa, sin respuesta. —Yo ya tengo madre —declaró Valentina al segundo día de convivir. Estaban desayunando, y Sergio apuraba el café antes de salir pitando al trabajo. —La tuve y la tendré. Tú aquí no pintas nada. Sergio se atragantó entonces. Musitó algo conciliador. María sonrió —una sonrisa tiesa, dolorida— y no dijo ni una palabra. Desde entonces, las cosas solo fueron a peor. Valentina ya no gritaba delante de su padre; era más sutil. Pasaba junto a María como si fuera invisible. Respondía entre dientes y nunca más de una palabra. Salía de la habitación en cuanto entraba su madrastra. —Papá antes era otro —comentó la niña un día, cenando—. Antes de ti, era normal. Nos hablábamos. Ahora… No terminó la frase. Bajó la vista al plato. Pero Sergio se quedó blanco, y María notó que el tenedor pesaba demasiado. Sergio saltaba entre ambas como un ciervo acorralado. Por las noches venía al dormitorio —su dormitorio, aunque nunca se sintió verdaderamente suyo— y le suplicaba paciencia a María. —Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo. Después iba a la habitación de Valentina a pedirle que fuera menos dura. —María es buena, hace lo que puede. Intenta aceptarla. María alcanzaba a oír aquellos diálogos a través de la pared. La voz de Sergio —cansada, al borde de quebrarse— y las respuestas de Valentina —breves, ásperas, hirientes. El hombre se consumía. Lo veías en la arruga entre las cejas, cada día más marcada. En el respingo cada vez que las dos coincidían en la misma estancia. En las ojeras, que se habían instalado bajo sus ojos. Pero escoger bando, no podía. O no quería. María recogió el gorro del suelo. Lo sacudió, lo colgó en el perchero. Entró al salón… y se quedó quieta en el umbral, igual que cada vez. Fotos. Decenas de fotografías enmarcadas: en las baldas, en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia de sonrisa suave. La misma mujer con Valentina de niña en brazos. Con Sergio —joven y feliz, irreconocible—. Fotos de boda, de vacaciones, de Navidad. Elena. La primera esposa. La difunta. Su ropa seguía en los armarios. Vestidos, jerséis y bufandas —bien doblados, perfumados con lavanda. Su maquillaje aguardaba en una baldita del baño. Sus zapatillas rosas y suaves, listas en la entrada. Como si su dueña hubiera bajado a por el pan y estuviera a punto de volver. —Mamá lo hacía mejor —observaba Valentina a la hora de comer. —Mamá jamás hacía eso. —A mamá no le gustaría. Cada comparación, un puñal. María sonreía, asentía, masticaba el enfado con la comida. Por las noches no dormía, pensando: ¿cómo se compite con un fantasma? Con una memoria idealizada de una mujer cada año más perfecta. Sergio seguía queriendo a Elena. María lo supo pronto. Miraba sus fotos con la melancolía apretada, el rostro se le transformaba cada vez que Valentina hablaba de su madre. ¿Para Sergio, qué era ella? ¿Un intento de avanzar? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer adecuada en el momento oportuno? Por las noches, cuando Sergio se dormía, María se quedaba mirando el techo —el techo de una casa ajena, donde ella era una inquilina prestada— y aceptaba, cruelmente lúcida, que el matrimonio hacía aguas. Sergio se había casado sin enterrar el pasado. Y Valentina nunca la aceptaría. Y entonces pensó, quizá por primera vez con toda claridad, que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Esa idea cristalizó en mitad de la noche, entre las tres y las cuatro, mientras escuchaba la respiración pareja de Sergio. Él dormía siempre sin problemas: se daba la vuelta y a los cinco minutos, caía rendido. Ella se quedaba varada junto al techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena en el sinfonier, que Sergio nunca quitó. Basta. La decisión vino de golpe, calmada. Una certeza fría: esa batalla no la iba a ganar. No se vence a los recuerdos. No puedes ocupar el sitio de una santa. María se sentó en la cama. Sergio no se movió. Tres días después presentó la solicitud. Sola, sin abogado ni avisos. Se plantó en el Registro Civil con su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario y firmó de mano firme. La funcionaria la miró con la compasión profesional de quien ve decenas como ella cada semana. —María… Sergio encontró los papeles por la noche. Se quedó clavado en la cocina, el folio en la mano, pálido y perdido. —¿Qué es esto? —Lo pone ahí. —María seguía fregando. —He pedido el divorcio. —¿Por qué? ¿Cómo? No lo hemos ni hablado… —¿Para qué, Sergio? Cerró el grifo. Se secó las manos, se giró. —Me he cansado de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija repetir que no soy nadie. —Valen solo es una niña, no entiende… —Valen entiende. Y tú también. El problema es que no quieres admitirlo. Sergio avanzó hacia ella. Le sujetó los hombros —con suavidad, como si fuera de porcelana. —María, por favor. Hablamos. Lo arreglo todo. Hablo con Valen, guardo las fotos, empezamos de cero… —Tú la quieres. No era pregunta, era certeza. María le sostuvo la mirada y vio la respuesta incluso antes de que intentara negarlo. —Aún quieres a Elena. ¿Y yo qué soy para ti? ¿Un reemplazo? ¿Una compañera? ¿La que hace la compra y plancha tus camisas? —Eso no es así… —Entonces dime que no la amas. Dilo. ¿A ver? Silencio. Sergio apartó las manos. Retrocedió un paso. El rostro —gris, desfondado— había envejecido diez años. María asintió. No esperaba otra cosa. Valentina estaba en su cuarto. La puerta entreabierta, tal vez a propósito. Cuando María pasó, la niña levantó la vista del móvil y sonrió. Muy levemente, apenas un gesto orgulloso. Había vencido. Las siguientes horas fueron un ritual mecánico. El armario. Las perchas. La maleta. El vestido que Sergio regaló por su aniversario —tres meses, toda una vida. El perfume que eligió en la perfumería del barrio, olisqueando probadores. El libro que no terminaron de leer. María hizo la maleta con cuidado, doblando bien cada prenda. Sin pensar. Sin recordar. Sólo recoger. La tarde fue eterna. María se sentó en la cama, junto a las dos maletas cerradas. Maletas: el saldo de su intento de hacer una familia. Se marchó a las ocho. Pidió un taxi con antelación, bajó sus maletas sola —el ascensor ni chirrió, ninguna puerta se abrió. Dejó las llaves en la mesa del recibidor. El conductor le ayudó con el equipaje; el coche arrancó. María no miró atrás. Madrid, al anochecer, era extraño y vacío. Farolas encendidas, pocos transeúntes corriendo al metro. Atrás quedaba el piso lleno de recuerdos. Sergio con su amor intacto; Valentina y su lealtad feroz. María miró por la ventanilla y respiró. Por primera vez en seis meses, libre. La soledad daba miedo. Pero más miedo daba vivir bajo la sombra de un fantasma. Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones. Pero al menos, sin la carga de medirse a la mujer perfecta —la que ya no vivía allí.
Ponte el abrigo, fuera hace un frío de mil demonios. Vas a pillar una pulmonía. Isabel me tendió el gorro
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021
Iván y María: Sueños, desencuentros y segundas oportunidades en la España rural — De la vida en el campo al bullicio de la ciudad, pasiones, desengaños y el valor de volver a empezar junto al verdadero amor
Juan y María A Juan nunca le había seducido la idea de mudarse de su pueblo a la ciudad. Amaba los paisajes
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