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083
ÉL VIVIRÁ CON NOSOTROS…
Él va a vivir con nosotros Suena el timbre con un repiqueteo molesto que avisa de que ha llegado alguien.
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0129
Ganas un dineral, ¿verdad? La hermana de mi esposa me pidió dinero prestado y se fue de vacaciones a la costa. Este verano, la querida hermana de mi mujer vino a visitarnos. La llamo “la mimada”, porque en las reuniones familiares la madre, el padre y todos no hablan de otra cosa: fue una estudiante genial, terminó la universidad, encontró trabajo en su especialidad, ¿acaso no es la hija perfecta? En cambio, la hermana mayor ni siquiera terminó sus estudios y se casó joven, pero eso no les preocupaba porque yo tenía una posición desahogada, con mi propio negocio, un piso, coche y buenos ingresos. Desafortunadamente, la mejor hija siempre fue la hermana menor de mi esposa. Y este verano la hermana de mi mujer vino y me pidió un préstamo para ahorrar para la entrada de un piso porque quería pedir una hipoteca y no tenía dinero para el depósito. Para mí no era tanto, así que accedí sin problema. Me dijo que trabajaba en la administración pública y que me devolvería el dinero puntualmente. Así que le dejé el dinero y casi me juró que cada mes me lo devolvería. Solo una semana después se marchó de vacaciones a la playa. La verdad, me quedé perplejo, porque una persona que no tenía dinero para una hipoteca, sí encontraba para unas vacaciones. Cogió unos días libres y les iba diciendo a los familiares que se había pasado el año ahorrando para esas vacaciones, pero había algo curioso: aún no había pedido ninguna hipoteca. Le pregunté y me dijo que lo había pensado mejor y que ya no le interesaba el piso. Le pedí que me devolviera el dinero y me respondió que no tenía nada, que se lo había gastado todo en la playa. Fue entonces cuando entendí que nunca pensó en comprarse ningún piso. Le pedí educadamente que devolviera la deuda cuanto antes, ya que ese dinero se lo di para comprarse un piso, no para irse de vacaciones. Su respuesta fue muy ofensiva: -Voy a ganar muchísimo dinero, puedes esperar, ahora mismo no tengo nada. ¿Adivinas cómo terminó la historia? Pues sí, porque le contó a su madre que yo le había pedido el dinero antes de tiempo y que así no se puede tratar a la familia, con lo que la hija pequeña volvió a ser un angelito y nosotros pasamos a ser los ricachones despiadados.
¿Ves qué cantidad de dinero tenía? La hermana de mi esposa pidió un préstamo y luego se fue a la playa.
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040
Tenemos dos hijos, pero solo amamos a uno.
Tenemos dos hijos, pero solo queremos a uno. Yo siempre supe que mis padres ponían a mi hermana, Carmen
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049
LA SUEGRA Ana Fernández estaba sentada en la cocina contemplando cómo el leche hervía suavemente en la vitrocerámica. Tres veces había olvidado removerlo y siempre se daba cuenta tarde: la nata subía, se desbordaba, y ella limpiaba la encimera con fastidio. En esos momentos sentía con claridad: el problema no era la leche. Desde el nacimiento del segundo nieto, todo en la familia parecía descarrilado. Su hija estaba cansada, cada vez más delgada, hablaba poco. El yerno regresaba tarde a casa, cenaba en silencio y a veces se iba directo a la habitación. Ana Fernández lo veía y pensaba: ¿de verdad se puede dejar sola a una mujer? Se lo decía. Primero con tacto, después con más dureza. Al principio a su hija, luego al yerno. Pero empezó a notar algo raro: después de sus palabras, la casa se volvía más tensa en vez de relajarse. Su hija defendía al marido, el yerno se mantenía sombrío y ella misma volvía a casa sintiendo que, otra vez, no había hecho lo correcto. Ese día acudió al párroco no buscando consejo, sino simplemente porque no tenía a dónde más ir con ese sentimiento. —Creo que soy mala —dijo, sin mirarle a los ojos—. Todo lo hago mal. El cura estaba sentado en la mesa escribiendo. Dejó el bolígrafo a un lado. —¿Por qué piensa eso? Ana Fernández se encogió de hombros. —Quería ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos. La miró con atención, pero sin brusquedad. —Usted no es mala. Está agotada. Y muy preocupada. Suspiró. Aquello le sonaba cierto. —Me da miedo por mi hija —dijo—. Desde que dio a luz ha cambiado tanto. Y él… —hizo un gesto— como si no se diera cuenta. —¿Y ve usted lo que él sí hace? —preguntó el sacerdote. Ana Fernández lo pensó. Recordó cómo la semana pasada el yerno fregaba los platos por la noche, creyendo que nadie lo veía. O el domingo paseando al bebé, aun con toda la pinta de querer tirarse a dormir. —Hace cosas… supongo —respondió con inseguridad—. Pero no como debería. —¿Y cómo debería? —preguntó el sacerdote con tranquilidad. Quiso responder de inmediato, pero se dio cuenta de que no sabía. Solo pensaba: más, con más frecuencia, con más atención. Pero concretar, le resultaba difícil. —Solo quiero que todo sea más fácil para ella —dijo. —Eso dígaselo —dijo suave el sacerdote—. Pero no a él: a usted misma. Lo miró, sorprendida. —¿Cómo dice? —Ahora mismo usted no está luchando por su hija, sino contra su marido. Y luchar significa estar siempre en tensión. Y de eso se cansan todos. Usted, y ellos. Ana Fernández guardó silencio largo rato. Luego preguntó: —¿Qué hago entonces? ¿Fingir que todo está bien? —No —contestó él—. Haga sólo lo que ayude de verdad. No palabras, sino hechos. No contra nadie, sino por el bien de alguien. De camino a casa, pensaba en ello. Se acordaba de cuando su hija era pequeña: no daba sermones, solo se sentaba a su lado si la niña lloraba. ¿Por qué ahora era diferente? Al día siguiente fue a casa de su hija sin avisar. Llevó una olla de sopa. La hija se sorprendió, el yerno se incomodó. —No me quedo mucho —dijo Ana Fernández—. Sólo vengo a ayudar. Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó en silencio, sin decir una palabra sobre lo difícil que estaba todo ni sobre cómo debían vivir. La semana siguiente regresó. Y la siguiente, también. Aún veía que su yerno no era perfecto. Pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía al bebé con cuidado, cómo en las noches arropaba a su hija creyendo que nadie miraba. Un día no pudo contenerlo y le preguntó en la cocina: —¿Se te está haciendo duro? Él se sorprendió, como si jamás le hubieran hecho esa pregunta. —Mucho —contestó tras unos segundos—. Mucho. Y nada más. Pero a partir de ahí, entre los dos desapareció algo áspero que flotaba en el aire. Ana Fernández entendió que esperaba de él una sola cosa: que fuera distinto. Y que debía empezar por ella misma. Dejó de comentar sus defectos con su hija. Cuando ésta se quejaba, ya no decía: “Te lo advertí”. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que la hija descansara. A veces llamaba al yerno sólo para preguntar cómo estaba. No era fácil. Era mucho más sencillo estar enfadada. Pero poco a poco la casa se dulcificó. No era mejor ni más perfecta: sólo más tranquila. Sin esa tensión constante. Un día su hija le dijo: —Mamá, gracias por estar ahora con nosotros, y no contra nosotros. Ana Fernández reflexionó mucho sobre esas palabras. Comprendió algo sencillo: la reconciliación no es cuando uno admite la culpa; es cuando alguien deja de pelear el primero. Seguía deseando que su yerno fuera más atento. Ese deseo no desaparecía. Pero junto a ese deseo ahora vivía otro más fuerte: que reinase la paz en la familia. Y cada vez que reaparecían el enfado, el rencor o las ganas de decir algo hiriente, se preguntaba: ¿Quiero tener razón o quiero que ellos estén mejor? Casi siempre, la respuesta le mostraba el camino.
DOÑA CARMEN Carmen Ortega estaba sentada en la cocina, observando cómo la leche burbujeaba en el cazo.
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036
Me he separado de mi marido, ahora él es muy feliz. Me demuestra que fui yo quien lo limitaba y no le permitía llevar una vida normal.
Me llamo Javier Martínez y hace ya tres meses que corté los lazos con mi exesposo, Antonio García.
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029
Aventuras de una Viaje Compartido
Querido diario, Hoy he pasado dos horas y media apretada en el mismo coche del AVE MadridBarcelona, y
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0267
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro! Viví con mi padre biológico hasta los cinco años y fue la época más feliz de mi infancia. Cuando murió, mi madre dejó de cuidarme y empezó a hacer su vida. A los ocho años apareció mi padrastro, que intentó controlar cada paso mío y de mi madre, cambiándome la vida por completo. Desde entonces, vivía bajo el horario y las normas de mi padrastro, que repartía las tareas domésticas, aunque luego él no hacía nada porque “estaba cansado de trabajar”. Mi madre me obligaba a cumplir con todo lo que él quería para evitar discusiones en casa. Cuando fui adolescente, empecé a rebelarme porque tenía que volver de clase y, en vez de estudiar, cocinar, limpiar, lavar el coche de mi padrastro y todo lo que se le ocurría, mientras “la pareja enamorada” se limitaba a ver la tele. Si me quejaba, recibía una bofetada y un sermón sobre lo poco agradecida que era por todo lo que supuestamente hacían por mí. Aparte de un techo y comida que, además, ganaba yo con las tareas de la casa, no me daban nada más. Cuando pedía ir a clases, apuntarme a la academia o al gimnasio, se reían de mí y decían que primero debía aprender a ganar mi propio dinero antes de gastarlo. Rara vez me compraban ropa. Y si lo hacían, me lo recordaban durante semanas… A los 18, tras terminar el bachillerato, mi madre me dijo que tenía que buscarme piso, que no debía ir a la universidad y que debía buscar trabajo cuanto antes, porque ya no podía seguir viviendo con ellos. Vivimos en un pueblo pequeño, donde es difícil encontrar empleo. No quería pasarme toda la vida trabajando, aún confiaba en que mis padres cambiarían de opinión al ver que podía estudiar por mi cuenta. Pero mi madre insistía cada vez más y, durante los tres últimos meses, en vez de preparar la selectividad, trabajé de camarera—de diez a doce de la noche, cobrando muy poco y casi sin propinas, apenas suficiente para dos meses de alquiler sin saber ni qué comer. Saqué malas notas porque falté mucho a clase, así que no entré en la universidad pública y no tenía quién me pagara los estudios. Dejé el trabajo en verano y traté de encontrar uno mejor pagado, ya que mi madre y mi padrastro me preguntaban cada día cuándo me iría por fin, y acabaron echándome de casa… Probé en una droguería, pero tras unos días me intoxiqué. Cuando fui a reincorporarme, me dijeron que habían contratado a otra chica. Se me acababa el tiempo; probé otros trabajos, pero en ninguno podía ganarme la vida. En pleno verano llegó mi cumpleaños y mi tía vino a verme. No le había contado nada, pero cuando me preguntó en privado cómo estaba, no pude aguantar más y rompí a llorar contándole todo. Aquella misma tarde me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Al fin había cumplido el deseo de mis padres y me fui de su lado, con lo cual sentí un gran alivio. Mi tía me ayudó a encontrar un buen trabajo en mi ciudad, trabajé en una librería y pude compaginarlo con el estudio, y cuando por fin aprobé la selectividad al año siguiente, logré entrar en la universidad pública por mis propios medios. Mi tía me apoyó en todo momento, no me dejó sola con mis pensamientos negativos, ni cuando mis padres intentaron hacerme sentir mal, diciéndome lo desagradecida que era. El tiempo ha pasado, terminé mis estudios y encontré un buen trabajo. Ahora agradezco a mi tía que nunca me dejara sola en los momentos duros, la cuido, la llevo de viaje… y siempre será mi familia.
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro! Viví con mi padre hasta los cinco años
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0225
Tengo 25 años y desde hace dos meses vivo con mi abuela. Mi tía—su única hija viva—falleció repentinamente hace dos meses. Hasta entonces, mi abuela vivía con ella. Compartían casa, rutina, silencios. Yo las visitaba a menudo, pero cada una tenía su vida. Todo cambió en el momento en que mi abuela se quedó sola. La pérdida no me es ajena. Mi madre murió cuando yo tenía 19 años. Aprendí a convivir con la ausencia como algo cotidiano. Nunca conocí a mi padre. No hay una historia oculta ni una verdad a medias—simplemente, nunca estuvo. Así que, cuando mi tía se fue, lo entendí muy claro: sólo quedamos mi abuela y yo. Los primeros días tras el funeral fueron extraños. Mi abuela no lloraba todo el tiempo, pero el dolor se notaba en los detalles: se movía despacio, olvidaba apagar las luces, se sentaba a mirar al vacío. Me dije que me quedaría “unos días”. Esos días se convirtieron en semanas. Y un día, al ordenar mi ropa, comprendí que ya no me iba. Desde entonces, no han faltado las opiniones. Siempre hay quien opina. Algunos dicen que hice lo correcto—¿cómo dejar sola a una señora mayor que acaba de perder a su hija? Otros aseguran que estoy malgastando mi juventud, que a los 25 debería viajar, salir, tener pareja, “vivir la vida”. Me preguntan si no me pesa, si no me siento atrapada, si no temo quedarme sola después. La verdad es que yo no lo veo así. Trabajo, ahorro, mantengo la casa, llevo a mi abuela al médico, cocinamos juntas, por las noches vemos la tele. No siento que me esté privando de nada. Siento que estoy eligiendo. Ahora mismo no tengo pareja, no pienso en hijos ni en irme al extranjero. Pienso en estabilidad, en estar presente, en no repetir la historia de abandono que conozco demasiado bien. Mi abuela es lo único que me queda de mi familia directa. No tengo madre, no tengo tía, no tengo padre. Y no quiero que pase sus últimos años sintiéndose una carga o un estorbo. No quiero que coma sola cada día, ni que se acueste pensando que no tiene a nadie. Quizá más adelante mi vida tome otro rumbo. Tal vez viaje, me enamore, me vaya. Pero hoy, este es mi lugar. No por obligación. No por culpa. Sino porque quiero a mi abuela y porque me quiero a su lado. ¿Y tú, qué harías en mi lugar?
Tengo 25 años y desde hace un par de meses vivo con mi abuela. Mi tía su única hija viva falleció de
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0266
La Familia Insaciable
¿Entonces, invitados, ya han saciado el hambre? ¿Se han tomado algo? ¿Les he servido bien? pregunté
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057
Saqué mi traje de boda del armario y de repente un sobre cayó al suelo.
Sacé mi traje de boda del armario y, de pronto, un sobre cayó al suelo. Aquella noche no cerré los ojos;
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