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0286
Hasta el cuello en mis ocupaciones, ¡y aquí estás tú!
¡Vamos, Natacha, una última vez, tíralo! suplica por teléfono la hermana, con la voz que siempre usa
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0554
Cada uno a lo suyo —Mamá, no te imaginas cómo está el mercado ahora mismo —Maxim pasaba nervioso hojas impresas, a veces ordenándolas en una pila perfecta, otras extendiéndolas en abanico sobre la mesa de la cocina—. Los precios suben cada semana. Si no damos ahora la entrada, nos quitan este piso de las manos. Lidia deslizó una taza de té frío hacia su hijo y se sentó enfrente. En los papeles se veían planos, cifras, gráficos de amortización. Un piso de tres habitaciones en obra nueva; por fin un cuarto para Timoteo y Sofía, habitaciones separadas como siempre habían soñado. —¿Cuánto os falta? —Ochocientos veinte mil —Maxim se frotó el ceño—. Sé que es mucho. Pero Anabel ya está desesperada y los niños crecen… seguimos de alquiler en pisos cutres… Lidia veía ante sí al mismo niño que le traía ramos de dientes de león: treinta y dos años, dos hijos, y la arruguita entre las cejas seguía igual que cuando sufría porque no había hecho los deberes. —Tengo unos ahorros. Guardados en la cuenta. —Mamá, te los devuelvo, te lo prometo. En cuanto todo se estabilice, empezaré a devolvértelo. Lidia le cubrió la mano con la suya, endurecida por años de cocina y limpieza. —Maxim, esto es por los nietos. No vamos a hablar de devolver. La familia está antes que cualquier dinero. En la sucursal, Lidia rellenó los formularios con letra perfecta, pulida tras treinta años de contable. Ochocientos veinte mil euros, casi todo lo que había juntado todos estos años. “Para lo que pueda pasar”, “por si acaso”. Maxim la abrazó fuerte en la ventanilla, sin preocuparse por la cola. —Eres la mejor, mamá. De verdad. No lo olvidaré. Lidia le dio unas palmaditas en la espalda. —Anda, vete ya; que Anabel estará esperando. …Los primeros meses tras la mudanza se confundieron en un torbellino de trayectos a través de todo Madrid. Lidia llegaba con bolsas del Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Anabel a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra. —¡Timoteo, cuidado con las herramientas! —gritaba mientras colgaba cortinas y explicaba a la nuera cómo se cocinan las albóndigas de la abuela. Anabel asentía, móvil en mano. Maxim sólo aparecía por las noches cansado, cenaba deprisa y se perdía en la habitación. —Gracias, mamá —decía casi de paso—. No sé qué haríamos sin ti. …Medio año después, un número conocido en la pantalla. —Mamá, verás… La cuota de la hipoteca coincide este mes con la reparación del coche. Nos faltan treinta y cinco mil. Lidia hizo la transferencia. Los jóvenes tienen que adaptarse, pensó, los niños son pequeños, el trabajo estresante. Ya lo devolverán. O no. Qué más da, cuando es familia. Los años pasaron volando. Timoteo cumplió siete y Lidia le regaló el Lego que llevaba meses pidiendo. Sofía giraba contenta con un vestido rosa de brillantes, igualito al de una princesa de dibujos. —¡Abu, eres la mejor! —Sofía se colgó de su cuello, oliendo a colonia infantil y caramelos. Cada fin de semana Lidia recogía a los nietos, los llevaba al Retiro, al teatro, al parque de atracciones, a la pista de hielo. Siempre con bolsillos repletos de chuches y toallitas. Cinco años de esta generosa cárcel voluntaria. Dinero para hipoteca: “mamá, este mes muy justo”. Bajas con los niños: “no podemos faltar al trabajo”. Compras: “mamá, ya que vas al súper…”. Las gracias, cada vez más escasas… …Aquella mañana, Lidia miraba las manchas de humedad en el techo de su cocina. Se había inundado, la casa inhabitable. Llamó a su hijo. —Maxim, necesito ayuda con una reforma. Sufrí una gotera y hasta que me paguen… —Mamá —la interrumpió—, entiéndelo, ahora tengo otras prioridades. Los críos con las actividades extraescolares, Anabel ha empezado unos cursos… —Sólo pido ayuda para encontrar un albañil, o al menos… —No tengo tiempo, mamá, ni para detalles así —repitió Maxim, como si no escuchara—. Ya lo hablaremos, ¿vale? Nos llamamos. Tono de llamada… Lidia dejó el móvil sobre la mesa. Apareció la foto del último Año Nuevo: ella, Timoteo, Sofía. Todos sonriendo. Ese dinero que él cogía sin pensar. Aquellos fines de semana regalados a sus nietos. Aquella entrega, amor, tiempo… todo era “antes”. Ahora, “otras prioridades”. Una gota fría cayó del techo sobre su mano… Al día siguiente fue Anabel quien llamó, algo inusual. —Lidia, Maxim me ha contado la conversación. Entenderá que cada uno debe resolver sus propios problemas, ¿verdad? Nos encargamos solos de nuestra hipoteca… A Lidia casi le entró la risa. ¿La hipoteca? La que ella había estado tapando cada tercer mes. El anticipo, prácticamente pagado por ella. —Por supuesto, Anabel —respondió, firme—. Cada uno a lo suyo. —Así mejor. Es que Maxim creía que estabas ofendida. ¿A que no? —No, en absoluto. Tono de llamada… Lidia se quedó mirando el móvil como si fuese un insecto extraño. Miró por la ventana, pero tras el cristal polvoriento no había nada que le consolara. Las noches, largas y oscuras, la atrapaban repasando los últimos cinco años como cuentas de un rosario. Ella misma lo había creado. A mano, había construido en su hijo la seguridad de que su madre era un pozo sin fondo. Por la mañana, llamó a una inmobiliaria. —Quiero poner en venta mi parcela con chalet. Seis áreas, zona de la Sierra, luz conectada. La casa de campo que había levantado con su marido durante dos décadas. Los manzanos plantados embarazada de Maxim. El porche de tantos veranos. Encontró comprador en un mes. Sin pensar en lo que estaba vendiendo, firmó, y distribuyó el dinero: reformas en casa, nuevo depósito a plazo, un pequeño fondo para imprevistos. Al poco entró la cuadrilla de reformas. Lidia eligió azulejos, papel, grifos. Por primera vez en años, gastó en sí misma sin ahorrar “por si acaso” ni preocuparse por quién pediría ayuda. Maxim no llamó. Dos semanas, tres, un mes. Lidia, tampoco. La primera llamada fue cuando ya había acabado la obra. Cocina nueva reluciente, ventanas en silencio, tuberías sin manchas ni fugas. —Mamá, ¿por qué no vienes? Sofía ha preguntado. —He estado ocupada. —¿Con qué? —Con la vida, Maxim. Con mi vida. Una semana después fue. Llevó libros a los nietos, regalos pequeños pero buenos, sin excesos. Charló dos horas sobre el tiempo y el cole de Timoteo. Rechazó quedarse a cenar. —Mamá, ¿puedes cuidar a los niños el sábado? Anabel y yo… —No puedo. Tengo planes. Lidia vio cómo el rostro de su hijo cambiaba, confuso. No lo entendía. Todavía. El tiempo pasó. Ahora la hipoteca se comía el presupuesto, sin las transferencias de mamá; sin niñera gratuita, nadie se hacía cargo de los críos. Lidia abrió una cuenta de ahorro remunerada. Se compró un abrigo nuevo, de calidad, no de rebajas. Se fue dos semanas a un balneario. Se apuntó a cursos de marcha nórdica. Recordó cómo los padres de Anabel siempre mantenían distancia. Felicitaciones de compromiso en Navidad, una visita cada dos meses. Nada de dinero, nada de ayuda, ningún sacrificio. Y su hija, nunca les reprochó nada. Quizá siempre llevaron razón. Las visitas a los nietos se volvieron puntuales y formales. Lidia regalaba sencillos detalles, hablaba de escuela, se iba a las pocas horas. Ya no noches con ellos, ni parques, ni circo. Timoteo preguntó una vez: —¿Abu, por qué ya no vamos juntos al parque? —Ahora la abuela tiene sus cosas, Timoteo. El niño no entendió. Pero Maxim, parado en la puerta, quizá empezaba a hacerlo. Lidia volvía a su piso renovado, olía a pintura fresca, muebles nuevos. Se hacía un buen té, se sentaba en el sillón, comprado con lo de la casa del campo. ¿Culpa? Sí, a veces, en la noche. Pero cada vez menos. Porque por fin había aprendido una verdad sencilla: amar no es sacrificarse siempre. Sobre todo cuando nadie lo aprecia. Eligió cuidarse. Por primera vez en treinta y dos años de madre…
Cada uno a lo suyo Mamá, no te imaginas cómo está ahora el mercado decía nervioso Javier, pasando una
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023
Dos líneas en un test de embarazo le abrieron la puerta a una vida nueva y fueron el billete al infierno para su mejor amiga. Celebró su boda entre los aplausos de los traidores, pero el final de esta historia lo escribió aquel a quien todos veían como un simple peón tonto.
Dos rayas en el test de embarazo fueron su pase a una vida nueva y el billete al infierno para la mejor amiga.
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0102
“¡Calvo, despierta!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer algo que nunca antes había considerado. Hace un tiempo empecé a notar que tenía granitos por toda la cabeza, como un sarpullido, el cuero cabelludo me picaba muchísimo y empecé a perder pelo. Las visitas al dermatólogo y al tricólogo no dieron ningún resultado. La médica me desaconsejó tomar vitaminas porque, según ella, no ayudaban a nadie. Después leí un artículo en el que decían que raparse la cabeza fortalecía mucho los folículos pilosos. Me lo pensé mucho antes de dar el paso. Incluso después de que mi hijo dijera que le daría miedo verme calva, aún así me decidí… Le pedí a mi marido que primero pasara la maquinilla de cortar el pelo y luego la de afeitar por mi cabeza. Mi marido me hizo caso y fue a por la maquinilla, aunque no creía que de verdad quisiera hacerlo. Cuando todo terminó y me miré en el espejo, me sorprendí al ver que tenía una cabeza perfectamente formada. El mayor problema era el frío, salir con la cabeza al descubierto, y cuando el pelo me empezó a crecer, se me quedaba pegado a la almohada, lo cual era muy incómodo. Después de afeitarme la cabeza, mi marido empezó a despertarme por la mañana diciendo: “¡Calvo, despierta!”, cosa que me hacía reír mucho porque ahora era la persona más calva de la familia. Al principio mis hijos se quedaron sorprendidos, pero luego mi hijo también quiso parecerse a mí. Mi madre me dijo que no me presentara delante de ella hasta que me volviera a crecer el pelo, porque no podría soportar el aspecto. Mi hija me pidió que no fuera sin gorro a la reunión del colegio, y mi marido, con flema, dijo que si iba sin gorro todo el mundo se olvidaría de a qué iban y que las amigas de clase de nuestra hija estarían celosas de tener una madre tan estilosa. Al raparme, los granitos desaparecieron solos. Mi hija no para de reírse de mí y dice que ya no sabe qué esperar de mí. Un día escuché cómo le decía a su hermano que pensaba que me iba a hacer un tatuaje en la cabeza rapada.
¡Calva, despierta!Así suele despertarme mi marido por las mañanas. El año pasado decidí hacer algo en
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015
Cuando quise salir airoso de la tempestad
Querido diario, Hoy he vuelto a sentir lo pesado que es cargar con la culpa ajena. Esta mañana, mientras
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016
La Carta Perdida: Un Paseo Nevado, la Inocencia de un Niño y la Magia de la Navidad en las Calles de Madrid
Carta Javier camina de vuelta a casa tras terminar su jornada en la oficina, mientras el suelo cruje
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0112
Mi marido trajo a casa a un amigo “solo por una semanita”, así que yo, sin decir nada, hice las maletas y me fui a un balneario — Venga, pasa, no te cortes, siéntete como en casa —se oyó desde el recibidor la voz animada de mi marido, seguida de un golpe sordo de algo pesado contra el suelo—. Elena va a poner la mesa ahora, hemos llegado justo a tiempo. Elena se quedó inmóvil, con el cucharón en la mano. No esperaba a nadie. Es más, la cena de hoy debía haber sido una tranquila velada familiar frente al televisor, y el único invitado al que habría recibido con gusto era el ansiado descanso tras una dura semana en la gestoría. Dejó despacio el cucharón sobre el soporte, se secó las manos con el paño y salió al recibidor. La escena que se encontró no presagiaba nada bueno. Sergio, su marido, sonreía como un farol, ayudando a quitarse la chaqueta a un hombre corpulento de cara hinchada y nariz rojiza. En la esquina, abandonada y desbordada de ropa, se apretaba una enorme bolsa deportiva, tan llena que parecía a punto de explotar la cremallera. —¡Mira, Elena! —Sergio se deshizo en una sonrisa aún más amplia cuando vio a su mujer—. ¡Te he traído una sorpresa! ¿Te acuerdas de Paco? ¡Estudiamos juntos en la facultad! Aquel que tocaba la guitarra mejor que nadie, ¿te acuerdas? A Elena Paco le sonaba de lejos; un chico ruidoso de las últimas filas, siempre pidiendo apuntes y cigarrillos. Del estudiante apenas quedaba ya nada: Paco se había ensanchado, lucía panza y calva, y su mirada recorría el piso con un descaro evaluador. —Buenas, jefa —gruñó el invitado mientras se quitaba los zapatos y los tiraba sin miramientos hacia la estantería—. No está mal vuestro piso. Espacioso. —Buenas noches —respondió Elena, eligiendo las palabras. Su mirada decía más que cualquier reproche y Sergio, que la conocía bien, empezó a inquietarse. Su marido se le acercó y, en voz baja, le susurró para que el invitado no oyera, mientras este iba a lavarse las manos: —Elena, mira, es que Paco está fatal. Su mujer, una bruja, le ha puesto de patitas en la calle. El piso era de ella, de la suegra, ni siquiera estaba empadronado ahí, y ahora no tiene a dónde ir ni dinero. Solo será una semana, hasta que encuentre piso o se reconcilie. No podía dejarle en la calle, mujer. Tú me conoces. Sí, Elena le conocía demasiado bien. Sergio era bueno, pero esa bondad rayaba la ingenuidad. No sabía decir que no a nadie, menos aún si alguien le recordaba “los viejos tiempos”. —¿Una semana? —murmuró ella—. Sergio, vivimos en un piso de dos habitaciones. ¿Dónde va a dormir él? ¿En el salón? ¿Y nosotros dónde pasamos la noche? —Bah, relájate, mujer —zanjó él—. Solo será una semana de tomar té en la cocina. Además, le echamos una mano. Es buen tío, callado. Ni notarás que está. Pero el “buen tío callado” salió del baño secándose las manos… en su toalla de invitados recién colgada ese mismo día. —¿Hay algo para comer? —preguntó Paco, mirando la cocina como a su propio reino—. No he probado bocado en todo el día. Entre recoger las cosas y venir hasta aquí… estoy para el arrastre. La cena fue, para Elena, “un monólogo con público”. Paco comía como si se preparase para una hambruna nuclear. El caldo desaparecía alarmantemente, las croquetas también. Y todo lo comentaba. —No está mal la sopa, bien potente —mascullaba, mojando pan en el bol—. Aunque poca cebolla. Mi ex, Silvia, la hacía más espesa, de las que se queda la cuchara de pie. Esta parece dieta, ¿no? Elena apretó los labios y no dijo nada. Sergio sonreía con culpabilidad y servía nuevas raciones a su amigo. —Tú come, Paco, que Elena cocina de lujo. —No digo que no —contestó Paco, sirviéndose un chupito de orujo que traía consigo—. Para una chica de ciudad, no está mal. Los currantes de verdad comemos más fuerte. Por cierto, ¿tienes cerveza, Sergio? Es que esto con croquetas no entra igual. El resto de la noche el televisor tronaba a un volumen tal que las copas vibraban en el mueble-bar. Paco, repantigado en el sofá, veía una peli de acción y narraba cada torta entre carcajadas, mientras Sergio le acompañaba y traía tazas de té y bocadillos. Elena, sin sitio en su propio salón, se fue al dormitorio e intentó leer; de fondo, gritos y risas se colaban a través de la puerta. Por la mañana la pesadilla seguía. Cuando Elena fue a hacer café antes de ir al trabajo, encontró la pila rebosando de platos sucios, migas y manchas por la mesa, y una botella vacía decorando las sobras. Paco dormía despatarrado en el sofá-cama, ronquido temblando las paredes, y un olor rancio a resaca y calcetines invadía el aire. Sergio, ojeroso, salió tambaleante del baño. —Ay, Elena, perdona, ayer nos entretuvimos, no dio tiempo a recoger… lo dejo listo esta noche, te lo prometo. —¿Esta noche? ¿Y para desayunar? No queda un plato limpio. —Enjuago un par ahora mismo… Elena tomó su café en silencio, sin mirar hacia el salón, se vistió y se marchó. Todo el día se sorprendió pensando que no quería volver a casa. A su propia casa, que había decorado con tanto mimo, no quería volver. Por la noche se confirmaron sus peores temores. Los platos, sí, estaban fregados… pero mal, aún grasientos. El piso olía a algo frito y pesado. Paco estaba en la cocina en camiseta vieja, fumando por la ventana abierta, ignorando cien veces la prohibición de fumar en casa que Elena le había repetido a Sergio. —¡Mira quién llegó! —la saludó el invitado, soltando humo al techo—. Sergio y yo hemos hecho patatas con torreznos. ¡Con nuestras manos! Tu hombre me dio dinero porque tuve que ir al súper, ¿sabes? Mi tarjeta sigue bloqueada. Elena miró la encimera, inundada de grasa. Peladuras de patata, por el suelo. —No tengo hambre —respondió seca—. Sergio, ¿puedes venir un momento? Se lo llevó al dormitorio y cerró la puerta al entrar. —¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué fuma en la cocina? ¿Por qué este desastre? Dijiste que no me iba a enterar de que estaba. —Elena, mujer, no te sulfures —intentó abrazarla—. El hombre está estresado, se relaja. Ya recogeremos luego. Es sencillo, sin ceremonias. Aguanta una semana y todo arreglado. Está buscando piso, de verdad. —¿Buscando? ¿Viendo la tele con cerveza? —¡Llamó a alguien! Lo vi. Vamos, no seas cascarrabias, a los amigos se les ve en los aprietos. Los siguientes días fueron un infierno. Paco parecía invadir cada rincón. Siempre estaba en casa, “de vacaciones sin sueldo”. Se zampaba todo lo que Elena cocinaba para varios días de golpe. Paseaba en calzoncillos sin cortarse. Ocupaba el baño con largas duchas y salía dejando agua y suciedad. Pero el viernes colmó el vaso. Elena regresó anticipadamente, soñando con bañera y descanso. Al abrir la puerta oyó carcajadas y música. En el recibidor, aparte de las cosas de Paco y Sergio, había unos tacones y otros zapatos. Fue al salón. Densas nubes de humo flotaban. En la mesa estaban Paco, un hombre desconocido y una chica escandalosa. Sergio, colorado, se arrinconaba en una banqueta con cara de niño pillado. La mesa, repleta de botellas y aperitivos, directamente sobre la mesa de nogal favorita de Elena, sin cuidar nada. —¡Mira quién llegó! —bramó Paco—. Sergio, pon una ronda para la jefa. Elena, te presento a Nico y a Carol. Estamos de viernes, pásalo bien. Ella vio la marca de un vaso húmedo sobre la mesa pulida. Vio una colilla en el cuenco de cristal de caramelos. Vio a su marido bajando la cabeza. No gritó. No rompió platos. No echó a nadie. Dentro de sí, sintió cómo el enfado se transformaba en una calma cortante y gélida. —Buenas noches —dijo con voz plana—. No pienso molestaros. Se fue al dormitorio y cerró con llave. Afuera el jaleo bajó, Sergio debió intentar calmar los ánimos, pero la música volvió, más baja. Elena sacó una maleta grande. Obró con rapidez fría. Bata, zapatillas, bikini, vestidos, pantalones cómodos, cosméticos, libros. Daba gracias por tener dos semanas de vacaciones guardadas y unos ahorros fuera del alcance de Sergio. Abrió su portátil y reservó en un buen balneario cerca de Madrid. Suite con vistas, pensión completa, spa, masajes. Reservar. Confirmado. Entrada, al día siguiente por la mañana. Hecho el equipaje, se metió en la cama con tapones en los oídos. El ruido de la fiesta se volvió distante. Por la mañana reinaba el silencio. Los invitados, dispersos tras la juerga, dormían. Elena se duchó, se vistió, cogió la maleta y salió. En la mesa, entre restos grasientos, dejó una nota breve y serena: “Me he ido al balneario. Vuelvo en una semana. No hay comida en la nevera. La comunidad este mes la pagas tú”. Un taxi la esperaba. Mientras arrancaba, sintió cómo se le quitaba un peso de encima. En el balneario los dos primeros días pasaron en total paz: paseos por el parque nevado, cócteles saludables, piscina y lectura. Elena puso el móvil en silencio y solo lo miraba una vez al día. El primer día por la tarde comenzaron las llamadas. Primero perdidas, luego mensajes: “Elena, ¿dónde estás?” “No tiene gracia, ¿dónde te has metido?” “Nos hemos despertado y no estabas”. “Aquí no hay nada para comer, podrías haber dejado algo listo”. Elena sonrió y apagó el móvil, camino de un tratamiento de chocolaterapia. Al tercer día el tono cambió: “Elena, ¿dónde están los calcetines limpios?” “¿Cómo se enciende la lavadora? Está dando luces y no arranca”. “Paco pregunta dónde guardas las toallas, la suya está sucia”. “No queda detergente ni papel. ¿Dónde hay?” Solo contestó una vez: “Las instrucciones de la lavadora están en internet. El detergente y el papel, en el súper. Tienes dinero, ya encontraste para cervezas”. El cuarto día Sergio consiguió hablar con ella mientras estaba en el bar de infusiones: —¡Por fin! ¿Cuándo vuelves? Esto es un caos. —¿Qué ocurre, Sergio? Yo estoy en mis tratamientos. —¡Paco ha traído amigos a ver el partido y estuvieron gritando hasta las dos! La vecina, doña Carmen, llamó a la policía. Me pusieron una multa. Aquí no hay quién viva. No hay cena, me paso el día fregando, Paco solo manda y me llama mal marido… —Díselo a tu amigo, que yo soy una “pija de ciudad” y cocino mal. Que te enseñe él, haced más torreznos. —No puedo echarle, es mi amigo… —suplicó Sergio. —Es tu amigo, tu piso, tus reglas… o falta de ellas. El domingo por la tarde vuelvo. Si no está todo como al principio y si Paco no se ha ido, me vuelvo con mi madre. Y pido el divorcio. No es una amenaza, Sergio. Es un hecho. Colgó y fue directa a un masaje facial. Todo era más fácil de lo esperado. Los días pasaron volando. Elena descansó como no recordaba en años. Mejor aspecto, mirada brillante, la frente sin surcos de preocupación. El domingo regresó a casa. El piso olía a lejía, limón… y a pollo recién hecho, pero bien cocinado. En el recibidor todo recogido y ordenado. Ni rastro de bolsa gigante ni zapatos extra. En la cocina, Sergio, ojeroso pero limpio, camisa planchada. —Hola… —dijo bajito. Elena inspeccionó. Limpieza impoluta. La mesa, reluciente. Ventanas abiertas, olor a fresco. —¿Dónde está Paco? —preguntó quitándose el abrigo. Sergio suspiró y apoyó un hombro en la puerta. —Le eché. El jueves, después de tu llamada. —¿En serio? ¿No te dio apuro? —Cuando me mandó a comprarle cerveza después del curro y yo aún estaba fregando su sartén… me harté. Le dije que cogiera las cosas y se fuera. —¿Y qué hizo? —Me armó bronca. Que soy un calzonazos, que traicioné la amistad por la mujer, que le debía dinero… Le di veinte euros para el taxi y le puse la bolsa en la puerta. Luego dos días limpiando, pidiendo perdón a Carmen. Sergio le cogió las manos. Tenía las palmas ásperas de tanto frotar. —Perdóname, Elena. Fui idiota. Pensaba que no era para tanto. Me he dado cuenta de todo lo que haces por la casa. Yo estaba agotado. No sé cómo aguantas tú, además del trabajo. Elena le miró. En sus ojos vio no solo arrepentimiento, sino respecto y comprensión. —No es aguantar, Sergio. Cuido de nosotros dos. Pero no he firmado para encargarme de parásitos. —Lo sé. Nunca más una noche con invitados en casa. Paco no vuelve. Me ha escrito mensajes feos. Lo he bloqueado. —Siéntate, anda. Que se quema el pollo. Cenaron en silencio, un silencio cómodo. Sergio atendía a su mujer con esmero. —¿Y en el balneario qué tal? —preguntó él, tímido. —Genial. Voy a ir cada seis meses. De una semana en una no tengo suficiente. Y tú deberías aprender a cocinar algo más que huevos. Por si acaso algún día repito. —Aprenderé —asintió serio. Al día siguiente Elena se enteró, por una amiga en común, que Paco había vuelto a casa de su suegra, montó allí otro escándalo y ahora su exmujer le demandaba por las deudas, pues le habían despedido hacía un mes por beber en el trabajo y todo era una excusa para buscar alojamiento gratis y orejas que le escucharan. Sergio, al saberlo, solo negó con la cabeza y abrazó a Elena. La lección quedó aprendida; el hogar se volvió sagrado, y nadie volvería a invadir sus fronteras. Elena comprendió que hay veces en las que, para que te escuchen, solo hace falta marcharse en silencio y dejar al otro con las consecuencias de sus actos. Ese episodio cambió sus vidas. No, Sergio no se volvió perfecto de la noche a la mañana, pero dejó de dar por hecho el trabajo doméstico de su esposa. Aprendió a decir que no. Y cuando un primo pidió “quedarse una noche de paso”, Sergio le dio con amabilidad la dirección de un hostal barato. Elena, desde la cocina, sonreía mientras removía la sopa. Sí, el balneario está muy bien, pero en casa —si te valoran y respetan—, uno está todavía mejor. Gracias por leer hasta el final. Si te ha gustado la historia, no te olvides de dar “Me Gusta” y suscribirte al canal para no perder nuevas historias de la vida real.
Tía, tienes que escuchar lo que me pasó. Mira, resulta que Miguel, mi marido, me cae a casa con uno de
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025
Julia aguardaba junto al portal. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 22 se había ido por mucho tiempo, y ahora en el barrio vivía una perra empeñada en esperarlos… Esto ocurrió a principios de los años 90 en una pequeña ciudad de provincias. En una mañana temprana de junio, el chirrido agudo de unos frenos rompió la calma frente a la puerta de una librería. Las empleadas salieron enseguida, pero la calle parecía desierta. Casi vacía… Junto al bordillo yacía una perra que intentaba levantarse, gimoteando de dolor y arrastrando sin fuerzas sus patas traseras. Vera, la más valiente de las chicas, se acercó de inmediato y, acariciando suavemente a la perra, intentó averiguar qué le ocurría. — ¿Qué pasa, Vera? — preguntó Natasha mientras la encargada, Elena Victoria, dudaba en acercarse, atemorizadas ante la posibilidad de ver algo especialmente horrible. La perra no presentaba heridas visibles, pero el modo en que arrastraba las patas traseras indicaba una lesión grave. — Chicas, mejor llevémosla al almacén, — propuso Vera —. A lo mejor mejora. No podemos dejarla en la calle. Natasha miró a la encargada que, tras vacilar, aceptó: — De acuerdo, busquemos algo para ponerle de base… ¿Crees poder cogerla tú sola? — Sí, puedo, — respondió Vera, calculando la mejor forma de sujetarla. La perra era mestiza, de tamaño mediano, con un aire de pastor. Estaba sucia, delgada y sin collar: una callejera. Pasó el día entero en el almacén y al atardecer, un poco recuperada, logró beber agua y comer sin moverse, pues no podía caminar. Al día siguiente, Vera convenció a su padre para que la llevasen al veterinario durante la pausa del almuerzo. Solo había una pequeña consulta sin equipamiento ni rayos X, así que el veterinario no pudo dar un diagnóstico claro: — Quizá con el tiempo mejore… Es joven y fuerte. Bien cuidada, vivirá, — dijo serio —. Pero lo más probable es que no vuelva a caminar. El trayecto de vuelta fue en silencio. Vera abrazaba a la perra y su padre suspiraba mirándolas por el retrovisor. En la cena, le advirtió: — Veru, no te encariñes demasiado. No te acostumbres a ella, que en otoño nos mudamos. — Lo sé, papá, — respondió Vera en voz baja. La perra fue bautizada como Julia, y se quedó en el almacén de la librería. Las primeras semanas apenas se movía, luego empezó a salir al patio arrastrando las traseras. — ¿Qué hacemos con ella? Si acaba en la calle no sobrevivirá, y nadie puede llevársela a casa… — comentaban las empleadas —. Menos mal que Elena Victoria permite que la tengamos aquí. Julia no parecía especialmente triste por su situación. Olisqueaba el patio, hacía sus necesidades y volvía a su rincón tranquilamente. Los fines de semana, las chicas se la llevaban a casa por turnos, menos Vera, que pronto debía mudarse dos años al norte de España porque su padre tenía trabajo allí. Era cierto: encariñarse solo haría la despedida más difícil. Pero Vera ya estaba unida a Julia desde el primer cruce de miradas. Y la perra la miraba con cariño y devoción. Un fin de semana, Vera tuvo que llevársela a casa porque las demás no podían. — ¡Solo será una vez! — le dijo a su padre —. Todas tienen viajes, barbacoas, planes… — Nosotros también íbamos a la casa del pueblo, — respondió su madre desde la cocina. Julia fue directa a su madre, como si entendiera que allí debía conquistar a la jefa. Las patas arrastradas inspiraban compasión, pero además lanzó una mirada triste y hambrienta — al instante su madre se doblegó: — Pobrecita… ¿Tienes hambre? ¿No le dais de comer en la librería? Tranquila, te llevamos al pueblo. Tu padre prepara una barbacoa, te va a encantar… Vera y su padre se cruzaron una mirada significativa, pero él solo sonrió negando con la cabeza. En el pueblo Julia fue feliz: comió barbacoa, jugó con el perro vecino Bim, que la aceptó enseguida. Al volver a casa se tumbó junto a la cama de Vera como si fuera su rutina. Pero regresar a la librería supuso un drama: Julia se inquietó, y al mediodía, cuando salió al patio, desapareció. La buscaron, la llamaron, pero Julia no volvió al cierre. Vera no cabía en sí de preocupación y fue llamándola por todo el camino a casa: — ¡Julia! ¿Dónde estás? ¡Ven… Y Julia apareció, agotada, junto al portal. La travesía le había costado, pero al ver a Vera, explotó de alegría: chillaba, lechaba las manos, se retorcía de felicidad, como si el rabo reviviera. Ya no hacía falta volver a la librería — sabía el camino a casa. Ni Vera volvería a encerrarla. — ¿Y ahora qué? — preguntaba el padre al ver a Julia feliz a los pies de su hija. — Voy a intentar curarla, papá. Y espero que me ayudes. En una semana, Vera tenía vacaciones y después dejaría el trabajo. Los más de dos meses antes del traslado los dedicaría a Julia. El padre las llevó varias veces a la capital provincial, donde había una clínica veterinaria completa. Los médicos no prometieron nada, pero aceptaron operarla — había esperanza. Vera y Julia se instalaron en la casa del pueblo; Vera la cuidaba minuto a minuto — medicinas, masajes, ejercicios de patas. La perra aprendía a caminar otra vez. Al principio no parecía mejorar, pero los padres, de visita, notaban los avances: las patas ya no se arrastraban muertas. Un mes después, Julia corría tras Bim, medio tambaleante, y dos meses después solo conservaba una ligera cojera. Vera se alegraba, aunque el corazón se le encogía ante la inminente despedida. La vecina, dueña de Bim, le ofreció: — Déjala conmigo. Les hará compañía a los dos, y el sitio le será familiar. El día de la despedida, Vera llevó a Julia a “visitar” a Bim. Esa noche su familia ya viajaba en tren a Madrid, luego en avión hasta Vigo y de ahí al norte. Al llegar y acomodarse, Vera llamó a la vecina. Escuchó lo que más temía. Por la noche Julia detectó que algo iba mal y cavó toda la madrugada. Por la mañana solo quedó Bim en el patio. Al comprender que no servía esperar, la vecina fue al portal de Vera. Y encontró a Julia allí, aguardando. La perra la reconoció, pero la ahuyentó: no pensaba irse. Los vecinos se reunieron — todos sabían que la familia del piso 22 se había ido por largo tiempo. Ahora la perra sentada junto al portal estaba decidida a esperar. Lo que hiciera falta. Vera llamó a Olga, vecina del piso 23, que la mantenía informada: — Tu Julia sigue aquí, como un centinela. Nadie puede acercarse. Tu vecina del pueblo intentó llevarla y atraerla con chorizo, pero no hay manera. Vera quiso enviarle dinero para el pienso pero Olga se negó: — Pero niña, todo el patio la alimenta, ¡qué dinero ni qué nada! Llegó el invierno, y los vecinos, incluidos Olga, solían dejar entrar a Julia al portal para que se calentara. Siempre subía al tercer piso, se tumbaba frente a la puerta del 22 y, tras un rato, volvía a salir para seguir con su silenciosa espera. Vera mantenía el contacto con las chicas de la librería, que también iban a verla de vez en cuando. Julia se alegraba, agradecía los regalos, pero jamás aceptaba marcharse con ellas. Partía el alma a Vera: quería dejarlo todo y regresar cuanto antes, pero las circunstancias no lo permitían. Solo pudo volver en junio. Al llegar al portal, vio a Julia: sentada, con las orejas erguidas y todo el cuerpo temblando de emoción mientras reconocía a su dueña. Hubo abrazos, lágrimas y la sensación de un milagro. El corazón de Vera latía tan fuerte como el de la perra. El verano pasó volando. En agosto llegaron los padres; su padre tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre tocaba otra mudanza de un año. Vera rogó que llevaran a Julia con ellos. La madre miraba al padre, que no respondía: el viaje era largo y muy duro incluso para humanos, más para una perra sin experiencia en transportes. Se notaba la tensión. Julia captaba cada estado de ánimo y no se alejaba de Vera. Una mañana, el padre anunció de pronto: — Vamos. Hay que sacar sus papeles. Sin las vacunas no puede ir ni en tren ni en avión. El veterinario local hizo el pasaporte y completó las vacunas a cambio de unas latas de bonito. No quedaba tiempo para trámites oficiales. Esa noche el padre le confeccionó un bozal casero — era imposible encontrar accesorios caninos en las tiendas. Julia, que nunca había usado nada, se dejó hacer como si comprendiera su importancia, y rebosaba orgullo y felicidad. — Ya está, te vienes con nosotros, — dijo el padre, rematando la última puntada —. Pero, Julia… no nos falles. Julia nunca les falló. Jamás se arrepintieron de llevarla. Primero viajaron en tren, luego por aeropuertos; Julia voló con ellos en aviones a toda España, recorrió Galicia, Asturias y Aragón, y estuvo en las Islas Canarias y Baleares. Al año regresaron a casa. Julia vivió trece años junto a ellos, llenos de alegría y fidelidad, siguiendo siempre los pasos de Vera, dondequiera que ella fuese.
Querido diario, Hoy he vuelto a pensar en Julia, la perra que apareció aquel verano delante de nuestro portal.
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084
Nada brilla para ti en el horizonte
¡Víctor, me han ascendido! exclamó Aitana, su voz rompiéndose en un agudo chasquido mientras se quitaba
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0150
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Pero, Lucía, ¿esta ensalada la has cortado tú o es otra vez de esas bandejas de plástico con las que
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