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Llevó a Su Exmarido al Límite
Alejandro, quédate con Mikel al menos dos horas dice Begoña, lanzándole una mirada de disgusto a su marido.
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018
Todos los martes Liana apuraba el paso hacia el metro con una bolsa de plástico vacía en la mano; aquel trozo de plástico era el símbolo de su fracaso del día: dos horas perdidas vagando sin rumbo por centros comerciales y ni una sola idea decente de regalo para su ahijada, la hija de su amiga. A sus diez años, a Masha ya no le gustaban los ponis y le fascinaba la astronomía, pero encontrar un telescopio decente sin gastar una pequeña fortuna resultaba una misión de dimensiones cósmicas. Ya estaba anocheciendo, y bajo tierra se sentía esa fatiga especial del final del día. Liana, apartándose del flujo que salía, se abrió paso hacia las escaleras mecánicas. Entonces, su oído, hasta entonces ajeno al murmullo ambiente, captó un fragmento de conversación cargado de emoción. —…No pensaba que pudiera volver a verle, de verdad te lo digo —se escuchaba la voz de una joven a sus espaldas, un poco temblorosa—. Y ahora cada martes va a recogerla al cole. Él solo. Llega con su propio coche y se la lleva al mismo parque de siempre, el de las atracciones… Liana se detuvo, inmóvil en el escalón descendente de la escalera mecánica. Incluso se volvió un instante, vislumbrando a la que hablaba: un abrigo rojo intenso, el rostro agitado, los ojos chispeantes. Y a la amiga, escuchando atenta, asintiendo con la cabeza. “Todos los martes”. Ella también había tenido un día así. Tres años atrás. No era un lunes exigente, ni un viernes festivo: era el martes. El día sobre el que giraba su mundo. Todos los martes, a las cinco en punto, salía corriendo del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura españolas y cruzaba medio Madrid. Iba a la Escuela de Música Manuel de Falla, en una vieja casona de suelos de madera que crujían. Allí recogía a Marcos. Siete años, serio para su edad, con un violín casi tan alto como él. No era su hijo, sino su sobrino. El hijo de su hermano Antonio, fallecido en un trágico accidente tres años antes. Al principio, esos martes fueron un rito de supervivencia. Para Marcos, que se había encerrado en sí mismo y casi no hablaba. Para su madre, Olga, que estaba rota y apenas podía levantarse de la cama. Y para la propia Liana, que trataba de reconstruir los restos de sus vidas, convirtiéndose en el ancla, el apoyo, la mayor entre los adultos heridos. Recordaba cada detalle. Cómo Marcos salía de clase sin mirar a nadie, con la cabeza baja. Cómo le ofrecía el estuche del violín, pesado, casi sin decir palabra. Caminaban juntos hasta el metro y ella le contaba historias: sobre una falta graciosa en un dictado, sobre un cuervo que robó el bocadillo a un compañero. Un día, bajo el cielo plomizo de noviembre, él le preguntó de repente: “Tita Lía, ¿a papá tampoco le gustaba la lluvia?” Y ella, con el corazón en un puño, respondió: “La odiaba. Siempre salía corriendo hacia el primer portal”. Entonces él le tomó la mano. Fuerte, a lo mayor. No para que le guiara, sino como si intentara retener algo fugaz, no a ella, sino a aquella imagen. En ese apretón cabía toda la fuerza de su tristeza infantil, mezclada con la certeza punzante de que su padre había sido real, que corría bajo los balcones del barrio, que existía no solo en recuerdos y suspiros, sino en esa calle mojada de Madrid. Tres años de vida divididos entre “antes” y “después”. Y el martes era el único día que de verdad contaba. Los demás eran apenas relleno, espera. Ella lo preparaba con esmero: compraba zumo de manzana, como le gustaba a Marcos, bajaba dibujos divertidos al móvil, por si el viaje en metro se hacía muy duro, inventaba temas de conversación nuevos. Hasta que… Olga comenzó a remontar. Halló trabajo, y luego un nuevo amor. Decidió cambiar de aires, lejos de los recuerdos, en otro rincón de España. Liana ayudó a preparar la mudanza, empaquetó el violín en su funda nueva, abrazó a Marcos en el andén. “Escríbeme, llámame —le decía, conteniéndose—. Siempre estaré cerca”. Al principio, él llamaba cada martes, a las seis en punto. Durante unos minutos volvía a ser la tía Lía, la que debía preguntar rápido por todo: el cole, el violín, los nuevos amigos. Su voz a través del teléfono era un lazo fino que cruzaba cientos de kilómetros. Luego las llamadas se espaciarían; cada dos semanas. Marcos creció, le salieron otras actividades, deberes, amigos. “Tía, perdona, el martes pasado se me pasó, tenía examen”, le escribía, y ella contestaba: “No pasa nada, cielo. ¿Qué tal el examen?”. Sus martes se marcaron, ya no por la llamada, sino por esperar un mensaje que podía no llegar. No se enfadaba. Entonces era ella la que escribía primero. Más adelante, solo en fechas señaladas: cumpleaños, Navidad. Su voz se volvió segura. Ya no contaba detalles, solo frases hechas: “Todo bien”, “Vamos tirando”, “Seguimos”. Su padrastro, Sergio, resultó ser un buen hombre, sereno, que nunca quiso reemplazar al padre, solo estar al lado. Eso era lo importante. Hace poco llegó una hermanita —Alicia. En la foto de las redes, Marcos la sujetaba con ternura torpe y encantadora. La vida, a la vez dura y generosa, se abría paso. Iba cerrando heridas bajo capas de rutina, cuidados del bebé, tareas escolares y nuevos planes. En esa vida, a Liana le quedaba una esquina discreta: la “tía del pasado”. Y de pronto, en el rumor del metro, esas palabras al azar —“todos los martes”— no sonaron a reproche, sino como un eco suave. Como un saludo de esa Liana que durante tres años llevó en sí una responsabilidad y un cariño inmensos, a flor de piel, como una herida y el mayor de los dones. Aquella Liana sabía quién era: el soporte, el faro, una pieza indispensable en la rutina de un niño. Era necesaria. La señora del abrigo rojo tenía su propia historia, su equilibrio entre el dolor del pasado y las exigencias de su presente. Pero el ritmo, el intercambio exacto —“todos los martes”— es un lenguaje común. Habla de presencia: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí en esta hora y este día”. Es un idioma que Liana antes hablaba con fluidez y casi había olvidado. El tren arrancó. Liana se enderezó, viendo su reflejo en el cristal oscuro del túnel. Bajó en su parada con la certeza de que, al día siguiente, encargaría dos telescopios iguales —buenos y asequibles. Uno para Masha. Otro para Marcos, con envío a domicilio. Al recibirlo, le escribiría: “Marcos, esto es para que miremos el mismo cielo, aunque vivamos en ciudades distintas. ¿Qué te parece si el próximo martes, a las seis, los dos buscamos la Osa Mayor al mismo tiempo? Ponemos el reloj. Un beso, tía Lía”. Subió la escalera hacia la ciudad nocturna. El aire era frío y puro. El martes ya no estaba vacío. Volvía a estar señalado, no por obligación, sino por un pequeño milagro acordado entre dos seres, unidos por el recuerdo, la gratitud y un hilo callado e irrompible de familia. La vida seguía. Y todavía quedaban días en la agenda para algo más que sobrevivir: días para citarse con un milagro discreto, para una mirada sincronizada al cielo desde cientos de kilómetros, para un recuerdo que ya no duele, sino abraza. Para un amor que aprendió el idioma de la distancia, y así se hizo más suave, más sabio y más fuerte.
Todos los martes Elena corría hacia el metro de Madrid, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía.
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0372
Oleg volvía a casa tras el trabajo, en una gélida tarde de invierno de esas en que todo parece cubierto por el manto de la rutina. Al pasar delante del supermercado, vio a un perro abandonado, pelirrojo y desgreñado, con los ojos de un niño perdido. —¿Y tú qué haces aquí? —gruñó Oleg, pero se detuvo. El perro levantó el hocico y le miró. No pedía nada, solo miraba. “Quizá espera a sus dueños”, pensó Oleg y siguió su camino. Pero al día siguiente, y al siguiente, la misma imagen. El perro seguía allí, como pegado al sitio. Oleg notó que la gente simplemente pasaba, alguno tiraba un trozo de barra, otro una salchicha. —¿Y tú por qué no te vas? —preguntó él, agachándose a su lado—. ¿Dónde están tus dueños? Entonces el perro se le acercó con cuidado y apoyó su hocico en su pierna. Oleg se quedó quieto. ¿Cuándo había acariciado a alguien por última vez? Desde el divorcio llevaban tres años. El piso vacío; solo trabajo, el televisor y el frigorífico. —Mi Lada —susurró sin saber de dónde había salido ese nombre. Al día siguiente le llevó salchichas. Y una semana después puso un anuncio en internet: “Se ha encontrado perro. Se buscan dueños”. Nadie llamó. Un mes más tarde, al volver de una guardia —trabajaba de ingeniero, a veces pasaba la noche entera en obra— vio un alboroto en la puerta del súper. —¿Qué pasa? —preguntó a una vecina. —Han atropellado al perro, ese que llevaba aquí un mes. El corazón se le vino abajo. —¿Dónde está? —Lo han llevado a la clínica veterinaria de la Avenida de Rosalía de Castro. Pero piden una pasta, ¿qué vas a hacer por un perro sin dueño? Oleg no dudó. Se dio la vuelta y salió corriendo. En la clínica, el veterinario meneó la cabeza: —Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento será caro. Y ni siquiera sabemos si sobrevivirá. —Cúrela —dijo Oleg—. Pagaré lo que sea. Y cuando la dieron de alta, la llevó a casa. Por primera vez en tres años, su piso se llenó de vida. Todo cambió, de arriba abajo. Oleg ya no se despertaba con el despertador, sino con Lada rozándole la mano con la nariz: vamos, jefe, es hora de levantarse. Y él se levantaba, sonriente. Antes el día empezaba con café y telediario. Ahora, con un paseo por el parque. —¿Salimos, chica? —le decía, y Lada movía el rabo llena de alegría. En la clínica arreglaron todos los papeles: pasaporte, vacunas. Oficialmente era su perro. Oleg incluso fotografiaba cada papel, por si acaso. Sus compañeros de trabajo le miraban sorprendidos: —Oleg, ¿te veo más joven o es cosa mía? ¡Se te ve otra cara! Y era verdad: por primera vez en años, se sentía necesario. Lada resultó ser lista, increíblemente lista. Le entendía con media palabra. Si Oleg tardaba en volver del trabajo, ella le esperaba en la puerta con una mirada que decía: “Me estabas asustando”. Por las tardes paseaban largo rato por el parque. Oleg le contaba cosas del trabajo, de la vida. ¿Ridículo? Tal vez. Pero a ella le bastaba escuchar. Le miraba de cerca y, a veces, le respondía con un quejido. —¿Sabes, Lada? Antes pensaba que era más fácil estar solo. Nadie molesta, nadie agobia. Pero resulta —la acariciaba en la cabeza—… resulta que simplemente daba miedo volver a encariñarme con alguien. Los vecinos se acostumbraron a verles juntos. La señora Carmen siempre guardaba un hueso. —Es buena perrita —decía—. Se nota que es querida. Pasó un mes. Luego otro. Oleg incluso pensó en abrirle una cuenta en redes sociales, colgar fotos de Lada. Era fotogénica: el sol hacía brillar su pelaje rojizo como oro. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Un día, paseando por el parque, Lada olisqueaba arbustos y Oleg leía algo en el móvil. —¡Gerda! ¡Gerda! Oleg levantó la cabeza. Se acercaba una mujer de unos treinta y cinco, rubia, pintada y vestida con ropa deportiva de marca. Lada se puso tensa, bajó las orejas. —Disculpe —dijo Oleg—, se confunde. Es mi perra. La mujer se plantó firme, manos en las caderas. —¿Cómo que suya? ¡Veo perfectamente que es mi Gerda! ¡Hace medio año que la perdí! —¿Qué? —Justo eso. Se escapó en el portal y la busqué por todas partes. ¡Usted me la ha robado! A Oleg se le fue el mundo al suelo. —Espere. ¿Cómo que robado? Yo la recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes, sola. —¿Y por qué? Porque se había perdido. ¡Yo la quería! ¡La compramos de raza, carísima! —¿De raza? —Oleg miró a Lada—. Pero si es una chuchilla. —¡Es mestiza! ¡Muy valiosa! Oleg se puso en pie. Lada se pegó a sus piernas. —Bien. Si es suya, muéstreme papeles. —¿Qué papeles? —Pasaporte veterinario, cartilla de vacunas, lo que sea. La mujer vaciló. —Los tengo en casa. ¡Pero da igual, la reconozco! ¡Gerda, ven! Lada no se movió. —Gerda, ¡aquí! ¡Ahora mismo! La perra se apretó más a Oleg. —¿Ve? —dijo Oleg bajito—. No le conoce. —Se enfada porque la perdí, ¡pero es mía! Exijo que me la devuelva. —Yo tengo los papeles —dijo Oleg tranquilo—. El alta de la clínica, los recibos de comida, juguetes, todo. —¡Me da igual! ¡Esto es un robo! La gente empezaba a mirar. —¿Quiere que llamemos a la policía? —¡Llame! ¡Ya verán! Tengo testigos. —¿Qué testigos? —Vecinos vieron cómo se escapaba. Oleg marcó el número. El corazón le latía a mil. ¿Y si tenía razón esa mujer? ¿Y si Lada sí se había escapado? Pero entonces, ¿por qué se quedó un mes sentada en la puerta del súper? ¿Por qué no halló el camino a casa? Y, sobre todo, ¿por qué ahora temblaba, pegada a él? —¿Policía? Tengo una situación… La mujer sonrió con rencor. —Ya verá. La justicia se hará. Devuélvame mi perra. Y Lada seguía apretada a él. Entonces Oleg comprendió: lucharía por ella. Hasta el final. Porque Lada, en estos meses, había dejado de ser una simple perra. Era su familia. El agente de barrio llegó en media hora. El sargento Morales, hombre pausado, eficaz. Oleg lo conocía de la comunidad de vecinos. —A ver, ¿qué pasa aquí? —preguntó sacando la libreta. La mujer empezó a hablar atropellada: —¡Es mi perra! ¡Gerda! La compré por mil euros. Se perdió hace medio año, la busqué por todas partes. ¡Él me la ha robado! —No robé nada —replicó Oleg tranquilo—. La recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes sin moverse, perdida y hambrienta. —Porque estaba perdida. Morales miró a Lada, que seguía apretada a Oleg. —¿Alguien tiene documentos? —Yo —Oleg sacó la carpeta. Por suerte llevaba los papeles desde la última revisión veterinaria. —Alta de la clínica, tras el atropello. Pasaporte, vacunas al día. El agente revisó los papeles. —¿Usted aporta algo? —le pregunta a la mujer. —Todo está en casa. Pero da igual, sé que es mi Gerda. —Cuénteme cómo la perdió. —Se soltó del collar y se escapó. La busqué, puse anuncios. —¿Dónde fue eso? —En el parque, aquí cerca. —¿Y dónde vive? —En la Avenida de Rosalía de Castro. Oleg se estremeció. —Espere. Eso está a dos kilómetros del súper donde la encontré. Si se perdió en el parque, ¿cómo acabó ahí? —Pues se perdería. —Los perros suelen encontrar el camino de vuelta. La mujer se sonrojó. —¿Y usted qué sabe? —Sé —dijo Oleg en voz baja— que un perro querido no pasa un mes solo y hambriento en el mismo sitio. Busca a su familia. —¿Puedo preguntar? —interrumpió Morales—. Dice que puso anuncios, ¿por qué no avisó a la policía? —¿A la policía? No lo pensé. —¿Se le perdió una perra de mil euros y en seis meses no lo pensó? —Pensé que aparecería… Morales frunce el ceño. —¿Su DNI y dirección? La mujer rebuscó nerviosa en el bolso. —Aquí está. Morales miró. —Correcto. Vive en Rosalía de Castro, piso quince, puerta veintitrés… ¿Y la fecha exacta de la pérdida? —El veinte o el veintiuno de enero, más o menos. Oleg sacó el móvil. —Yo la recogí el veintitrés de enero. Y llevaba ya allí casi un mes. Así que se perdió antes. —Quizá me equivoqué con la fecha… —la mujer empezó a temblar. Y entonces se rindió: —Vale, quédese con ella. Pero yo la quería. Silencio. —¿Cómo pudo ser? —preguntó Oleg. —Mi marido dijo que no permitirían perros en el piso de alquiler al que nos mudábamos. No la vendimos porque no era de raza. Así que la dejé junto al súper. Pensé que alguien se la quedaría. Oleg sintió un nudo dentro. —¿La abandonó? —Solo la dejé. No la tiré. Pensé que alguien la recogería. —¿Y ahora por qué la quiere recuperar? La mujer sollozó. —Me he divorciado, él se fue y yo estoy sola. Quiero a Gerda de vuelta. Yo la quería. Oleg no daba crédito. —¿La quería? —repitió—. A los que se quiere no se les abandona. Morales cerró la libreta. —Está claro. Los papeles están a nombre del señor… —miró el DNI—, González. La curó, la inscribió, la cuida. No hay dudas legales. La mujer se echó a llorar. —Pero he cambiado de opinión, ¡la quiero devolver a casa! —Demasiado tarde —dijo el agente secamente—. Quién abandona, abandona. Oleg se agachó junto a Lada, la abrazó: —Ya está, pequeña, ya pasó. —¿Puedo al menos acariciarla una vez más? —suplicó la mujer. Oleg miró a Lada. La perra escondió la cabeza. —¿Ve? Le tiene miedo. —No fue adrede. Fueron las circunstancias. —¿Y sabe? Las circunstancias no vienen solas. Las creamos nosotros. Usted creó las que la dejaron en la calle. Y ahora quiere deshacerlo porque le apetece. Ella rompió a llorar. —Ya lo sé. Pero ahora me siento tan sola. —¿Y cómo cree que se sintió ella, esperándola solita aquel mes? Silencio. —Gerda —la llamó una última vez. La perra ni siquiera se movió. Entonces la mujer se dio la vuelta y se fue. Sin mirar atrás. Morales palmeó a Oleg en el hombro. —Buena decisión. Se nota que te ha cogido cariño. —Gracias. Por comprenderlo. —Qué va. Yo también soy amigo de los perros, sé lo que es esto. Cuando se hubo ido, Oleg se quedó a solas con Lada. —Bueno —le dijo acariciando su cabeza—, ya nadie nos separa. Te lo prometo. Lada le miró a los ojos. Y en ellos Oleg vio algo más intenso que gratitud: vio un amor perruno, infinito. Amor. —¿Vamos a casa? Lada ladró feliz y fue a su lado. De camino, Oleg pensó que, en eso, la mujer tenía razón: las circunstancias cambian. Puedes perder trabajo, hogar o dinero. Pero hay cosas que no deberíamos perder nunca: la responsabilidad, el cariño, la compasión. En casa, Lada se tumbó en su alfombra favorita. Oleg se preparó un té y se sentó a su lado. —¿Sabes, Lada? —dijo pensativo—. Al final, quizá ha salido todo bien. Ahora lo sabemos: nos necesitamos el uno al otro. Lada suspiró satisfecha.
Óscar volvía a casa tras otra jornada de trabajo. Era una tarde de invierno cualquiera en Madrid.
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