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049
Un año más juntos… Últimamente, don Arcadio no salía solo a la calle. No desde aquel día en que fue a la consulta y olvidó dónde vivía y hasta cómo se llamaba. Caminó en dirección contraria y estuvo dando vueltas por el barrio hasta que su mirada se detuvo en un edificio muy conocido: era la fábrica de relojes donde don Arcadio trabajó casi cincuenta años. Sabía que conocía aquel edificio, pero no lograba recordar por qué ni quién era él mismo, hasta que alguien le dio una palmada en el hombro. —¡Iváñez! ¡Don Arcadio, hombre, cuánto tiempo! Justo el otro día hablábamos de usted, del gran maestro y mentor que fue. ¿No me reconoce? Soy Yura Akulov, ¡el mismo al que usted convirtió en persona! De repente, algo hizo clic en la mente de don Arcadio y la cabeza dejó de estar vacía: lo recordó todo. Bendito sea Dios… Yura se alegró mucho, abrazó a su viejo mentor: —¿Ya me reconoce? Es que me afeité el bigote, por eso no me parezco. ¿Por qué no viene a casa a saludar a los chicos? —Mejor otro día, Yura, estoy cansado —confesó don Arcadio. —Tengo el coche aquí, le acerco a casa, aún me sé la dirección —celebró Yura. Lo llevó a casa y desde entonces Natalia, su mujer, no volvía a dejarlo salir solo, aunque la memoria le funcionaba bien de nuevo. Salían juntos al parque, a la consulta, al supermercado, siempre de la mano. Un día, Arcadio cayó enfermo, con fiebre y fuerte tos. Su mujer fue sola a la farmacia y al supermercado aunque tampoco se sentía bien. Compró medicamentos y alimentos, no muchos; pero se sintió débil, con dificultad para respirar, y la bolsa parecía pesar como nunca. Natalia se detuvo para recobrar el aliento y siguió hacia casa. A los pocos pasos, volvió a detenerse, colocó la pesada bolsa sobre la nieve recién caída y… suavemente, se sentó en el sendero hacia la puerta de casa. El último pensamiento que cruzó por su mente fue — ¿para qué compré tanto de golpe?, ¡qué poca cabeza tengo ya! Por suerte, los vecinos salieron del portal, la vieron en la nieve, corrieron y llamaron a las urgencias… Natalia fue llevada en ambulancia; los vecinos tomaron su bolsa y llamaron a la puerta. —Su marido Arcadio debe estar en casa, está malito, no le he visto en días —dijo doña Nina, la vecina—. Dormirá, que Natalia decía que también está flojito… Bueno, luego paso. Don Arcadio escuchó el timbre pero la tos y la fiebre le dejaron sin fuerzas, casi se desmaya… La tos cesó, cayó en una especie de sueño, ¿dónde está Natalia, por qué tarda tanto? Siguió tumbado, pero de pronto oyó unos pasos suaves. Natalia vino, su mujer, qué alegría verla. —Arcadio, dame la mano, agárrate, levanta, levanta —le pidió Natalia. Y él se levantó, sujetándose a su mano extrañamente fría y débil. —Ahora abre la puerta, rápido —le dijo ella bajito. —¿Para qué? —se extrañó Arcadio, pero la abrió. Entraron enseguida la vecina Nina y Yura. —¡Iváñez, que te llamábamos y nada! —¿Dónde está Natalia? ¡Acaba de estar aquí! —preguntó Arcadio pálido como la pared, buscando a su mujer. —Pero si está en la UCI en el hospital —respondió atónita la vecina Nina. —Creo que delira —dedujo Yura, y justo a tiempo agarró a su viejo amigo antes de que cayera desmayado… Llamaron a la ambulancia, era un desmayo por la fiebre… Dos semanas después, dieron de alta a Natalia. Yura la llevó en coche a casa, él y la vecina ayudaron a Arcadio durante esos días, y ya se recuperaba. Lo importante: seguían juntos. Por fin solos, no pudieron contener las lágrimas. —Menos mal que existe buena gente en el mundo, Arcadio, Nina es una buena mujer; ¿te acuerdas de cuando sus hijos venían tras el cole y les dábamos la comida y ayudábamos con los deberes? —Sí, no todo el mundo es agradecido, pero ella no ha perdido el corazón, y eso vale mucho —asintió Arcadio. —Y Yura, era un chaval cuando te conoció, tú fuiste su maestro. Los jóvenes olvidan a los mayores, pero él, mira, siempre vuelve. —Dentro de unos días es Nochevieja, Arcadio, ¡qué suerte que seguimos juntos! —dijo Natalia abrazando a su marido. —Dime, Natalia, ¿cómo es posible que vinieras del hospital para ayudarme a abrir la puerta? Sin ti habría muerto… —se atrevió por fin a preguntar Arcadio. Temía que su mujer pensase que había perdido la cabeza, pero Natalia lo miró sorprendida: —¿De verdad fue así? Me dijeron que tuve muerte clínica, y mientras tanto, como dormida, fui a verte… Recuerdo que me vi en la UCI y después salí y fui a casa… —¡Qué cosas nos pasan de mayores! Y aún así, te quiero como antes, o quizá más —Arcadio le tomó las manos y se quedaron largo rato mirándose en silencio. Como si temieran volver a separarse… Esa Nochevieja fue especial: Yura apareció con regalos y la vecina Nina vino a tomar té con ellos y dulces. La llegada del Año Nuevo Natalia y Arcadio la celebraron juntos. —He pedido un deseo: si logramos recibir el año juntos, será nuestro, este año, y aún viviremos —dijo Natalia. Rieron juntos, felices por la esperanza. Un año más de vida juntos, es mucho, es pura felicidad.
Un año entero juntos… Últimamente Arcadio Jiménez no salía solo a la calle. Desde aquel día que
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022
Lo hago de corazón
Querido diario, Hoy, mientras limpiaba la cocina, escuché a mi esposa Carmen decir: «Mira, mamá ha traído
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035
En el confín del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse botas de felpa, prefería unos botines altos, aunque allí le quedarían ridículos. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad piensas vivir en el pueblo? —preguntó él, torciendo la boca con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, el turismo rural, cualquier sitio libre de las comodidades urbanas. Goyo era igual, por eso Rita se iba al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir, aunque sí le gustaba el senderismo, las tiendas de campaña y cierto romanticismo campestre. Pero vivir… no. Aunque a su padre le decía otra cosa. —Quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí? ¿Atar colas de vaca? Yo pensaba que te casarías con Goyo este verano, que empezaríamos a preparar la boda… La boda. Su padre le encasquetaba a Goyo como una papilla fría y con grumos, tan repugnante que le revolvía el estómago durante horas. No, Goyo no era desagradable por fuera, incluso resultaba atractivo: nariz recta, ojos vivos bajo esas cejas tan finas, pelo cuidadosamente recortado con una leve ondulación, cuerpo fuerte. Era el ayudante de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía tiempo solo soñaba con que su hija se casara con ese hombre tan “apropiado”. Rita no soportaba a Goyo. Le exasperaba su voz monótona, esos dedos gordos como salchichas que siempre manipulaban algo, los relatos sobre el precio de su traje, de su reloj, de su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Rita buscaba amor. Sentimientos de esos que te dejan sin aliento, como en los libros. Nunca los había sentido, pero sabía que llegarían. Se ilusionaba con uno u otro chico, pero eran historias pasajeras, sin huella ni cicatriz. Quiere cicatrices, quiere drama, no a Goyo y su aburrida predictibilidad. Así que irse al pueblo para dar clase parecía una idea fabulosa. Goyo nunca la seguiría. Temería la falta de internet, de agua caliente, de alcantarillado. Buscó adrede un pueblo donde no hubiera nada de eso. El director dudaba que aguantase, pero como la anterior maestra falleció de repente y Rita insistió mucho, terminó en el departamento de educación agitando sus títulos y certificados. —¿Y qué va a hacer una profesora joven tan cualificada en el pueblo? —preguntó la estricta señora pelirroja. —Enseñar a los niños —respondió Rita, igual de seria. Y allí enseñaba. Vivía en una casa sin agua caliente ni alcantarillado, encendía la estufa sola. Tal y como previó Rita, Goyo vino, pasó una noche y huyó. Le llamaba, le rogaba que volviera, pero lo veía como un capricho pasajero. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno, y la casa se helaba por la noche, hasta bajo el edredón. Cargar la leña resultó agotador. Quería volver, pero no era de rendirse. Ahora tenía una responsabilidad, y no solo consigo misma. También con los niños. Eran doce en clase. Rita se horrorizó: en el centro creativo de la ciudad donde estuvo año y medio, los niños eran listos y creativos. Aquí parecían perdidos. Tercer curso, y apenas leían. No hacían deberes. Había ruido. Pero eso fue al principio. Después Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales de madera dignos de exposición, Nacho siempre limpiaba el aula, Ana escribía poesía blanca, Irene tenía un corderito que la acompañaba como un perro. Saber leer sabían, pero apenas lo intentaban ni les daban libros adecuados. Rita ignoró el currículo y traía otros libros, que tenía que buscar en la capital del municipio: el internet apenas llegaba. Solo no consiguió conectar con una niña. Y justo a su padre lo vio aquel día, cuando se le arrugó la cara por el frío y tenía las manos llenas de leña. —Buenos días, Margarita Eguiluz —dijo él, a unos pasos de la verja. Rita le tenía cierto respeto. Tenía una cara… dura, como de bandido. Nunca sonreía. Y con su presencia, la pulsación se le aceleraba tanto que temía que él lo percibiera. —Buenos días. La voz le salió más aguda de lo que quería. —¿Por qué Tanya saca solo suspensos? —Porque no hace nada. —Pues hágala hacerlos. ¿Quién es la profesora aquí? Profesa era Rita. Pero no pensaba obligar a la niña. Sospechaba autismo: otro especialista haría falta. —¿Siempre fue así? —preguntó. Vladimir titubeó. —No siempre. Antes lo hacía todo con Olga. —¿Y Olga es…? Se arrugó como si también le molestara la nieve en el zapato. —Su madre. Quedaba claro que la siguiente pregunta era mejor no hacerla. —¿Y dónde está? —En el cementerio. Así que tal cual era la historia. Estar con esa leña era incómodo. Pero resultaba embarazoso admitirlo. Cuando un leño cayó directo sobre el pie de Rita, soltó la madera, se mordió las lágrimas. Dolía por partida doble: por el golpe y la vergüenza de fallar ante un adulto. ¡Si ella también era adulta! Pero no se sentía así. —Déjese ayudar —propuso Vladimir. —No hace falta, puedo sola. —Ya veo cómo sola… Le llevó más leña, ajustó el marco de la puerta de un porrazo y se marchó. ¿Pensaría que con unas cargas de leña le iba a poner a Tanya un aprobado? Imposible… No se sacaba a la niña de la cabeza. Intentó acercarse varios días, sufrió por su falta de método y por la situación de la niña. Consultó con la jefa de estudios. —Mira que eso no tiene arreglo. Ponle suspensos, y en verano la mandamos a especial. —¿Cómo? —Una comisión y fuera. Que la declaren retrasada. Qué se le va a hacer si la niña es así. —Pero su padre dice que antes… —Déjalo. Antes no cuenta. La madre se ocupaba, él no sabe. —¿No le gusta ese padre, verdad? La jefa frunció los labios. —Él no tiene que gustarme, no es de azúcar. La niña necesita formación adecuada. Rita no estaba de acuerdo. Dudaba que debiera ir a especial. Por eso consultó con su mentora Lidia y fue a la casa de Tanya. Tenía miedo, y se hizo un té de manzanilla, como su propia madre solía hacer antes de una cita difícil. Su madre también había fallecido. Eso la tocaba. Vladimir la recibió seco, aunque Rita pensó que se alegraría. —Aquí no se atienden visitas. Rita puso cara de jefa de estudios y le informó que la tutora debe comprobar las condiciones de crianza. La habitación de Tanya era preciosa. Papel rosa, peluches y libros. Rita le tenía envidia: su padre era minimalista y no soportaba el color ni los adornos. La primera vez no hubo gran avance. Rita preguntó por los cuentos favoritos, hojeó libros, pidió lápices. La niña los trajo en silencio. Solo al final, preguntó el nombre del conejo rosa: —Plushi. A la siguiente, llevó a Plushi un jersey. Aprendió a tejer con su mamá, y Rita tejía desde entonces para recordarla. No lo hace muy bien, el hilo era grueso. Pero Tanya sonrió, se lo puso, dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Plushi con el nuevo jersey. Tanya lo dibujó. Rita puso el nombre con error a propósito. Tanya lo corrigió. No era para nada retrasada. —Vendré tres días por semana —le anunció a Vladimir. —No puedo pagar extra. —No quiero dinero —se sintió herida. Y así quedó la cosa. Cuando la jefa supo de esas visitas, se enfadó: —¡Eso es unilateralidad! ¡No se debe destacar a un niño, no es pedagógico! Y es inútil, sé de estos casos. —Yo también sé —la cortó Rita— y hay que luchar. La niña era peculiar: callada, evitaba las miradas, dibujaba en vez de escribir, pero contaba bien y captaba la gramática. Al final de trimestre sacó los aprobados plenamente merecidos. —¿Se va en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla. —No, no voy a ninguna parte —Rita se puso colorada. —Tanya quería invitarla. Qué raro, Tanya apenas hablaba. Si era verdad, no quería herirla. Pero no le apetecía celebrar con extraños. —Gracias, lo pensaré —respondió Rita. No durmió bien esa noche. No entendía por qué la había dejado inquieta. Había logrado que Tanya confiara en ella. ¿No era eso lo que quería? ¿Qué más da lo que piense Vladimir… Así se durmió. Por la mañana llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —Pues en Navidad. No celebrarás en el pueblo, ¿no? —Claro que sí. —Rita… ¿no basta ya? Papá tiene la tensión alta, está desesperado. Su padre ni le había llamado. —Que vaya al médico —masculló Rita. —O sea, ¿no vienes? —No. —Vaya. ¿Y qué hago? —Lo que quieras. Nunca pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensaladas y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita quedó sorprendida. No se lo esperaba, Goyo siempre celebraba en restaurantes con música en vivo. Allí no había ni televisión. —Da igual. Lo importante eres tú. Rita buscaba la trampa, pero no la veía. “¿Estaré equivocada con él?”, pensó. Más se emocionó al descubrir sus platos favoritos y, en la caja de regalos, libros de pedagogía, un proyector y un planificador para profesoras. —Gracias —le dijo, emocionada—. Pensé que regalarías joyas o tecnología. Goyo sonrió. —He entendido que tú eres lo más valioso. Si quieres vivir aquí, nos quedamos. También traje joyas. Sacó una caja de terciopelo rojo. Se veía claro lo que era. —¿Puedo no contestar ahora? Goyo no se ofendió. —Pensé que dirías “no” enseguida. Espero lo que haga falta. Rita no sabía qué decir y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil. Pero llamó al fijo. —¿Ha pensado? —le preguntó. —Perdone, tengo visita. —Ya veo. Colgó. Sintió una punzada. ¿Qué era ese tono? “Ya veo”… ¿Qué ve? ¡No prometí nada!”, pensó. ¿Estará molesto por Tanya? Él no quiere que su hija se disguste. Goyo seguía buscando internet para poner pelis navideñas. Rita oyó un silbido, como para llamar al perro. Recordó que Vladimir silbaba así. Miró por la ventana. Vladimir y Tanya, junto a la verja. Le subió el color al rostro. —¿Quién es? —preguntó Goyo, molesto. —Una alumna —susurró Tanya—. Ahora vengo. Había preparado dos regalos: para Tanya, una amiga para Plushi, otra coneja rosa; a Vladimir, unas manoplas de lana. Cogió los regalos y salió corriendo, sin abrigo ni botas, y se le empaparon los pies de nieve. Pero no le importó. —¡Hola, Tanya! —dijo con cariño— ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te he traído. Tanya sacó la coneja y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le dio dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanya abrió el grande: una libreta con cómic dibujado, reconoció sus dibujos. —¡Qué cómic tan bonito! En el pequeño, una broche de pajarito, un colibrí dorado. Rita miró a Vladimir, que evitaba la mirada. Tanya dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —murmuró Vladimir. —Sí, ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente. Rita quiso abrazar a Tanya, pero no se atrevió: la niña solo abrazaba su peluche, en silencio. Rita miró atrás en la puerta. Al ver esas dos figuras, se le contrajo el pecho y entró al hogar parpadeando y con la nariz húmeda. —¿Qué tal? —preguntó Goyo, ceñudo. Rita miró la libreta y la broche en su mano. Recordó que olvidó las manoplas. Recordó lo de “era de mamá” y la sonrisa infecciosa de Vladimir cuando miraba a su hija. Algo se despertó en su pecho. Le compadecía a Goyo, pero mentirse ya no tenía sentido. Sacó la cajita, se la devolvió: —Vuelve a casa. Perdóname, no puedo casarme contigo. Lo siento. A Goyo se le quedó cara de pasmado. No estaba acostumbrado a que le dijeran “no”. Por un momento temió que la fuese a golpear, pero él guardó la cajita, cogió las llaves del coche y salió sin decir una palabra. Rita metió la comida en un tupper, cogió las manoplas de lana y salió corriendo tras aquellos dos, tan ajenos, tan necesarios…
En el confín del mundo. La nieve se metía por las botas, helaba la piel. Pero Rita ni pensaba comprarse
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0217
— ¿A los padres, mi piso; a mí, uno de alquiler? No, querido, tú uno de alquiler, ¡y yo la libertad!
Recuerdo, como si fuera ayer, aquella discusión que se desató en mi antiguo piso de la calle Serrano
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030
Cuando regresó del trabajo, el gato no estaba. Patricio era un joven sencillo, sin malas costumbres. El día que cumplió 25 años, sus padres le regalaron un piso propio. ¿Cómo lo hicieron? Le ayudaron a conseguir el dinero para la primera cuota de la hipoteca. Así que Patricio empezó a vivir solo. Trabajaba como programador, prefería llevar una vida tranquila y no tenía mucho trato con nadie. Para no aburrirse tanto, decidió adoptar un gatito. El gatito tenía una malformación en las patas delanteras. Las personas que tenían a la madre del minino querían sacrificarlo, pero Patricio sintió lástima por él y lo llevó a casa. Le llamó Guapetón. Y así vivían bien juntos: Patricio se apresuraba desde el trabajo para ver a Guapetón, que siempre le esperaba en el felpudo del pasillo. Al cabo de un tiempo, Patricio comenzó a salir con una chica del trabajo. Resultó ser espabilada, conquistó rápido a Patricio y menos de un mes después se mudó con él. Desde el principio no le cayó bien Guapetón y pidió a Patricio que lo regalara, pero él se negó, explicando que Guapetón era muy importante para él. Sin embargo, María no se dio por vencida y volvió a insistirle a Patricio para que se deshiciera del gato. Entonces Patricio le dijo que el gato se quedaría. María le explicó que el animal arruinaba su imagen porque los invitados se sentían incómodos al ver sus patitas. Patricio estaba dividido entre María y Guapetón, porque los quería a ambos. Por cierto, sus padres no aprobaban la elección de su hijo. Les parecía que María era descarada y maleducada. Le pidieron que no se apresurase a formalizar la relación, que la observara mejor. Cuando los padres de María les visitaron, Patricio comprendió que no quería compartir su vida con ella. El padre de María se rió nada más ver a Guapetón al entrar por la puerta. Lo llamó “el rarillo”. Patricio defendió al gato, pero durante toda la velada, María y su padre se burlaron de lo feo que era el animal y aconsejaron que se deshicieran de él. Se entretenían ideando lugares donde dejar al gato. La madre de María también se reía de Guapetón. Al día siguiente, cuando Patricio regresó del trabajo, Guapetón no estaba. Le preguntó a María dónde estaba el gato, y ella le respondió que lo había llevado a la clínica veterinaria y lo dejó allí. Patricio salió corriendo a buscar a su gato. Lo estuvo buscando durante cinco horas… Y lo encontró. Guapetón ronroneaba suavemente en los brazos de Patricio, feliz de que su dueño lo hubiese encontrado. Al regresar a casa, Patricio ordenó a María que recogiera sus cosas y se marchara. No quería verla nunca más. Para él, se había vuelto repulsiva. Por la mañana, María hizo las maletas y se fue. Sin hacer ruido. Ofendida. Nunca imaginó que el gato sería para Patricio más importante que ella. Ahora Guapetón y Patricio viven juntos, y el gato sigue esperando con alegría a su dueño cada día después del trabajo.
Cuando volvió del trabajo, el gato no estaba. Javier era un chico sencillo, sin malos hábitos.
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0115
Catalina avanzó con elegancia sobre el césped perfectamente cortado, como si pisara un escenario. Cada gesto suyo era preciso y calculado al milímetro. Sabía que no era un simple regreso. Era su venganza.
Carmen avanzó lentamente sobre el césped recién cortado, como si pisara un escenario. Cada movimiento
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0106
— ¡Ludovica, que se te ha ido la cabeza con la edad! ¡Si ya tienes nietos en el colegio, ¿a qué viene una boda ahora?! — Así me habló mi hermana cuando le conté que me casaba. Pero, ¿por qué esperar más? En una semana firmamos Tolo y yo; pensé en contárselo. Sabía que no vendría a la celebración: vivimos en puntas opuestas de España. Y tampoco pensamos montar una fiesta con gritos de “¡que se besen!” a los 60. Nos casaremos en silencio y celebraremos solos los dos. Podríamos no casarnos, pero Tolo insiste; es todo un caballero a la antigua: me abre la puerta del portal, me da la mano al bajar del coche, me ayuda con el abrigo. Dice que él sin sello en el DNI no se ve: “¿Te crees que soy un chaval? Yo quiero algo serio.” Y para mí Tolo sí es un chaval, aunque tenga canas. En el trabajo le llaman siempre por nombre y apellido, le respetan; allí es otro — serio, formal y, en cuanto me ve, parece que rejuvenece cuarenta años, me agarra y nos ponemos a girar en plena calle. Y yo, aunque feliz, me da corte. “Nos mira la gente, se van a reír”, le digo. Y él: “¿Qué gente? ¡Solo te veo a ti!”. Cuando estamos juntos de verdad siento que no existe nadie más en el planeta. Pero aún tengo una hermana a la que contárselo. Tenía miedo de que Tania, como muchos otros, me juzgara. Y más que nunca necesitaba su apoyo. Así que me atreví y la llamé…
¡Luisa, estás perdiendo el juicio a estas alturas! ¡Si tus nietos ya van al colegio! ¿Qué boda ni qué boda?
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0388
Leonardo jamás creyó que Ira fuera su hija. Vera, su esposa, trabajaba en una tienda y se rumoreaba en el pueblo que, a menudo, se encerraba en la trastienda con otros hombres, por eso el marido dudaba que la diminuta Ira fuera suya y no la quería. Sólo el abuelo ayudaba a la nieta y le dejó en herencia su casa. Solo el abuelo quería a Ira De niña, Ira era muy enfermiza, siempre delicada y de pequeño tamaño. “En mi familia y en la tuya nunca hubo alguien tan pequeño”, decía Leonardo. “Esta niña mide menos que una maceta”. Con el tiempo, el desamor del padre hacia su hija terminó por contaminar también a la madre. La única persona que de verdad amaba a Ira era el abuelo Mateo. Su casa estaba en el último rincón del pueblo, junto al bosque. Mateo había sido forestal toda la vida y, aunque jubilado, acudía casi cada día al bosque, recogía bayas, plantas curativas y en invierno alimentaba a los animales. Se le tenía por un hombre algo extraño, incluso se le temía un poco. A veces decía cosas que luego se cumplían. Sin embargo, todos acudían a él en busca de hierbas medicinales y remedios. Mateo había enterrado a su mujer hacía tiempo; su consuelo era el bosque y su nieta. Desde que Ira empezó el colegio, pasaba más tiempo en casa del abuelo que en la suya. Mateo le enseñaba los secretos de las plantas y las raíces. Ira aprendía con facilidad y, cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía: “Quiero curar a la gente”. Pero la madre le decía que no había dinero para sus estudios. El abuelo la consolaba, asegurando que no era pobre, que la ayudaría y que, si hacía falta, vendería hasta la vaca. Le dejó la casa y la esperanza de ser feliz La hija, Vera, apenas visitaba al padre, pero un día apareció inesperadamente en su puerta para pedirle dinero: su hijo Andrés había perdido una partida de cartas en la ciudad, le apalearon y exigieron que buscara dinero como fuera. “¿Solo vienes cuando de verdad lo necesitas?”, le dijo Mateo con dureza. “¡Años sin pasar por aquí!”. Y se negó a ayudarla: “No pienso saldar las deudas de Andrés. Yo tengo que ayudar a mi nieta con sus estudios”. Vera, fuera de sí, gritó: “No quiero volver a veros, ¡ya no tengo ni padre ni hija!”, y salió corriendo de casa. Cuando Ira entró en la escuela de enfermería, sus padres ni un céntimo le dieron. Solo Mateo seguía apoyando a su nieta, y además a Ira le ayudaba la beca, porque estudiaba bien. Poco antes de terminar el curso, Mateo enfermó. Sintiendo su cercano final, el abuelo le confesó que le había dejado la casa en herencia. Le recomendó buscar trabajo en la ciudad, pero no olvidar el caserón: la casa vive mientras en ella se siente el alma humana. En invierno hay que encender la chimenea. “No temas quedarte sola. Aquí te encontrará la suerte”, le profetizó Mateo. “Serás feliz, pequeña”. Seguramente sabía algo. La profecía de Mateo se hizo realidad Mateo falleció al llegar el otoño. Ira trabajaba de enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana iba a la casa del abuelo, encendía la estufa y tenía leña para rato, pues Mateo había dejado suficiente. El tiempo prometía nieve continua, pero Ira no quería pasar el fin de semana en el piso donde alquilaba una habitación a unos parientes mayores de una amiga de la escuela de enfermería. Por la tarde llegó al pueblo y, ya de noche, comenzó una ventisca. Por la mañana el viento amainó algo, pero seguía nevando y el camino estaba bloqueado. Un golpe en la puerta puso a Ira en alerta. Al abrir, encontró a un joven desconocido. “Buenos días. Tengo el coche atascado frente a su casa. ¿Tiene una pala?”, preguntó él. “Hay una en la entrada, cójala. ¿Quiere que le ayude?”, respondió Ira. Pero el chico, alto y robusto, miró con sorna a la menuda Ira y dijo: “Solo falta que te quedes tú también atrapada bajo la nieve”. El joven se las apañó con la pala y logró arrancar el coche, pero apenas avanzó unos metros volvió a quedarse atascado. Después volvió a por la pala. Ira le invitó a entrar en casa para tomar un té caliente mientras la tormenta amainaba, pues por esa carretera pasan bastantes coches y no tardarían en despejar la nieve. El desconocido, tras pensarlo, decidió entrar con Ira. “¿No te asusta vivir sola junto al bosque?”, le preguntó. Ella explicó que sólo iba los fines de semana, que trabajaba en la ciudad y ahora le preocupaba cómo regresar si el autobús no llegaba. El joven, que se presentó como Esteban, se ofreció a acercarla, ya que él también necesitaba ir al centro comarcal. Ira aceptó. Al volver del trabajo, Ira decidió ir andando hasta casa y se llevó una sorpresa: de repente, junto a ella apareció Esteban. “Creo que tu té de hierbas es mágico”, bromeó él. “No podía dejar de pensar en volver a verte y, además, podrías invitarme de nuevo, ¿no?” No hubo boda. Ira no quiso. Esteban insistió, pero luego cedió. En cambio, nació entre ellos un amor sincero. Y ahora Ira sabía que no sólo en los libros los hombres llevan a sus esposas en brazos. Cuando nació su primer hijo, en el hospital todos se sorprendían: ¿cómo de una mujer tan frágil podía nacer semejante mocetón? Y al preguntarles cómo se llamaría el niño, Ira respondió: “Se llamará Mateo, en honor a una persona muy buena”.
Leandro jamás creyó que Nuria fuera su hija. Vera, su mujer, trabajaba en el ultramarinos. Se rumoreaba
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057
Le arrebataste a mi padre
He llevado a mi padre ¡Mamá, ya estoy dentro! ¡Imagínate, por fin! Claudia apretaba el móvil entre el
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034
Mi esposo me educó y creía que sin él no podría sobrevivir; por eso me fui.
¡¿Otra vez estás hurgando en mis cosas?! grita Alejandro, con la voz temblorosa. Yo no estoy hurgando
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