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026
— ¡Otra vez está relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro de en medio! Nuria contemplaba con fastidio a Teo, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió acabar con un chucho tan desastre? Se lo pensaron tanto, mirando razas, consultando con adiestradores. Comprendían la responsabilidad. Al final, decidieron traer un pastor alemán, para tener un amigo fiel, un buen guardián y un defensor del hogar. Como un champú de esos: todo en uno. Solo que a este supuesto protector había que salvarlo hasta de los gatos… — Que es muy cachorro aún, espera a que crezca y verás. — Ya. Estoy deseando ver cuándo ese caballo termina de crecer. ¿Has notado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, burro, que vas a despertar a la niña! — rezongaba Nuria mientras recogía los zapatos desperdigados por Teo. Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo de un señor edificio antiguo, con ventanas bajas, casi pegadas al asfalto. Era buen sitio, si no fuera por una pega: las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches se movían sombras, se reunían algunos para beber y, a veces, había broncas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién llegada Lucía. Maxi se iba temprano a trabajar al Museo del Prado y, en su tiempo libre, recorría el Rastro y las tiendas de libros de viejo. Su ojo de historiador del arte –el mejor, decía Nuria bromeando– encontraba tesoros insospechados: cuadros, libros raros, cacharros antiguos. Maxi era un apasionado coleccionista. Sin darse cuenta, habían llenado el piso de pinturas, porcelanas españolas de los años sesenta, figuritas de realismo social y cubertería de plata. A Nuria le inquietaba quedarse sola tantas horas con ese tesoro y una niña pequeña, y los robos no eran raros en la finca. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Teo a pasear, ahora o después de comer? — No sé. ¡Y la verdad es que no es asunto mío de perros! Teo, al oír el ansiado “pasear”, salió disparado al recibidor, casi derrapando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Un caballo, no un perro. Quiere a todos, saluda a todo el mundo, les lleva la pelota, menos a los invitados: por ahí no pasan. Un alma abierta, muy campechano, aunque lo trajeron para guarda… ¡y resulta que ni persigue a los gatos del patio! Va hacia ellos feliz, pelota en boca, pensando que va a jugar, y claro, lleva dos hostias en el morro. Los gatos del patio sí son duros, a esos habría que haberlos traído de guardianes… Mañana otra vez sola en casa. El marido se va a Aranjuez a la Feria de los Pintores, ¿y ella? ¿Guardar la porcelana y pasear con el orejudo? Por si no hubiese bastante… Al amanecer, Maxi se levantó en silencio para no despertar a su mujer. ¿Pero cómo? Nuria escuchó cómo silbaba la tetera, el tintineo de la correa, las susurrantes órdenes a Teo para que no gimoteara ni pisara fuerte. Con esos ruidos de fondo, se quedó dormida, y cuando Lucía la despertó, Maxi ya no estaba. La jornada comenzó como siempre. Una mañana tranquila, normal. ¿Acaso no es eso ser feliz? Las amigas decían: “Nuria, te has casado muy joven, tirando entre esposo y niña, metida todo el día en casa, atrapada por la rutina…” Pero, ¿no tiene la vida cotidiana su encanto? Puede que no todo saliese como soñaba: fastidiaba la falta de espacio, el dinero justo y, sobre todo, esa pasión de Maxi por coleccionar, que devoraba tantos ahorros… Ahora, el amigo de cuatro patas lo había traído él, pero quien tenía que bregar con él era Nuria. Pero sabía que a los que uno quiere hay que quererlos enteros, con sus virtudes y defectos. Nadie promete la perfección. Cuando comprendió esa simple verdad, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de llorar por lo que faltaba. Sentada en la habitación de la niña, daba el pecho a Lucía, que siempre se dormía mamando y tocaba esperar a que despertara para seguir. Sonó el timbre, pero Nuria no acudió. No esperaba a nadie y, sin aviso, nadie cruza Madrid para visitarla. Eran sus preciadas horas matutinas, cómo las disfrutaba. En casa solo sonaba el tictac del reloj antiguo y, por la ventana, el rumor de la ciudad: el trolebús, los coches, la escoba del barrendero, voces infantiles… ¿Y el orejudo? ¿Hace rato que no aparece? Claro que de orejudo nada, las tiene bien tiesas, solo que de carácter era un poco zoquete. Ahora a vivir con él, a darle de comer, sacarle, y para nada. ¿No habría acertado más con un bichón? Nuria se quedó embobada mirando a Lucía, que tras mamar se había soltado del pecho como una sanguijuela saciada. ¡Qué niña les había salido! Mi tesoro, susurraba, acostándola. Crece, hija… ¿qué más necesitamos? En ese momento, un ruido extraño le llegó desde el salón. Como un crujido, como un chasquido. Se quedó quieta. El ruido se repitió. Sin respirar, se descalzó y fue resbalando en silencio al salón. Lo primero que le inquietó fue la espalda de Teo. Estaba como escondido tras la cortina que separaba la entrada del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, en postura tensa, con la lengua fuera, observaba el fondo de la habitación. Nuria siguió la dirección de la mirada y se le heló la sangre: en la ventana, o más bien en la ventanilla, asomaba medio hombre. Una cabeza rapada y patibularia, brazos y hombros dentro del cuarto, y el tipo forcejeando para empujar su cuerpo flaco hacia el interior. Nuria no podía creerlo. ¡Eso no le estaba pasando a ella! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El tipo casi dentro! Un segundo, y… Un alarido la sobresaltó. Una sombra negra saltó hacia la ventana y solo entonces comprendió que era Teo. De un salto subió al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. —¡Aaaay!— chilló el hombre con voz ronca, desorbitado, a punto de caérsele los ojos. Nuria corrió al descansillo a pedir ayuda a los vecinos, y a partir de ahí, el miedo pasó. Acudió todo el mundo, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque poco podían hacer: su compañía era lo mejor. ¿Qué habría hecho ella sola? Al volver a mirar al intruso, temió que Teo acabara por morderle de verdad en la garganta. ¡Solo faltaba eso! Pero Teo, tan listo, le había mordido por el cuello de la camisa, sujetándole fuerte pero sin hacerle sangre. Solo apretaba si el hombre forcejeaba, en cuanto se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? Ese tontorrón de la pelota actuaba como un profesional. Oyó el ruido, fue a mirar y ni ladró. ¿Por qué? Lo natural sería ladrar. Pero prefirió esconderse y esperar. Dejó que el ladrón entrara justo hasta atascarse, así no podría escapar y entonces saltó encima y le sujetó como un experto: sin herir, sin ahogar. Lo suyo era detener, lo demás, que lo resolviera la justicia. Ni los policías más veteranos recordaban ver a un ladrón tan feliz de dejarse detener. El tipo lo había pasado tan mal con Teo que se rindió enseguida, pero el perro se resistía a dejar su trofeo. Tan metido estaba en su papel y tan orgulloso estaba, que hubo que convencerle hasta que llegó el entrenador de la policía. Dio una orden y Teo soltó inmediatamente. Escupido el ladrón, el perro se sentó ante la ventana y miró al agente como diciendo: “A sus órdenes, señor”. Solo le faltó hacer el saludo. — Qué suerte tienes con este perro, —dijo el agente, dándole unas palmaditas—. Uno así nos vendría bien en la patrulla… Esa noche Maxi llegó muy tarde. Abrió la puerta con sigilo y se quedó pasmado en el umbral. Y tenía motivos. Primero: Teo estaba tumbado en el sofá, absolutamente prohibido. Segundo: estirado de espaldas, pata arriba, en la postura más desvergonzada y relajada, mientras Nuria le rascaba la barriga y lo mimaba, casi dándole besos, diciendo: “¡Ay, mi alegría, polluelito, caballito mío! Crece y disfruta, que nos das a papá y a mamá muchas alegrías. ¡Qué mala fui contigo, no te lo merecías, no te enfades conmigo!” Esta historia me la contó un día en Aranjuez el verdadero protagonista: Maxi, el historiador del arte. Teo lo habría contado aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón a la policía. De esto hace ya años, pero la historia sigue viva, siento a Teo rascar la puerta pidiendo salir, así que he querido compartirla con vosotros…
¡Otra vez se está lamiendo! ¡Javier, quita al perro! Lucía miraba, frustrada, a Trufo, que saltaba a
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La ingenua esposa de provincia, la tarjeta usada para el gran banquete y el día en que dejé de fingir: veinte años de silencios, una traición y la libertad encontrada en un restaurante de Madrid
La tarjeta me la pidió Pablo un miércoles, mientras desayunábamos. La voz la tenía seria, de esas que
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017
El Renacer de una Nueva Vida
El regreso a la vida Carmen no había visitado el piso de su hijo durante mucho tiempo. No quería.
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022
No tuve paciencia suficiente — Voy a pedir el divorcio —dijo Vera con calma, entregando a su marido una taza de té—. Mejor dicho, ya lo he pedido. Lo dijo con tal naturalidad que parecía estar hablando de algo cotidiano, como: “esta noche hay pollo con verduras”. — ¿Se puede saber desde cuándo…? Bueno, dejémoslo, no delante de los niños —Arturo, al ver las dos caritas preocupadas, bajó la voz y se mostró más tranquilo—. ¿En qué te he fallado? Y eso sin mencionar que los niños necesitan un padre. — ¿Crees que no les puedo encontrar otro? —contestó Vera con un ojo en blanco y una sonrisa sardónica—. ¿En qué me has fallado? ¡En todo! Yo esperaba que la vida contigo fuera como un lago en calma, y en cambio ha sido un río desbordado. — Bueno, chicos, ¿habéis terminado de comer? —Arturo no quería seguir la conversación delante de sus hijos—. A jugar. Y ni se os ocurra escuchar —les gritó mientras se marchaban, conociendo el carácter inquieto de sus hijos—. Ahora sí podemos seguir. Vera frunció los labios, molesta. ¡Hasta ahora insiste en mandar! Se las da de padre del año… — Estoy cansada de vivir así. No quiero pasarme ocho horas diarias trabajando, sonriéndole a los compañeros, complaciendo a clientes… Quiero dormir hasta tarde, ir de compras a tiendas caras, disfrutar de los mejores salones de belleza. Y tú no puedes darme eso. Así que basta. Te he dado los mejores diez años de mi vida… — ¿Podrías ahorrarte esas palabras tan grandilocuentes? —la cortó en seco Arturo, todavía su marido—. ¿No fuiste tú quien hace diez años puso todo su empeño en casarse conmigo? Yo ni siquiera tenía muchas ganas de casarme. — Me equivoqué, ¿a quién no le pasa? El divorcio fue rápido y discreto. Aunque le costó, Arturo accedió a dejar a los niños con la madre, con la condición de que pasaran los fines de semana y las vacaciones con él. Vera aceptó sin problemas. Medio año después, Arturo presentó a sus hijos a su nueva esposa. La simpática y vitalista Lucía conquistó el corazón de los niños y estos esperaban los fines de semana con ansias, algo que enfurecía muchísimo a su madre. Peor aún fue cuando Arturo heredó la fortuna de un tío lejano, compró un gran chalet a las afueras y vivía tranquilo y feliz. Eso sí, no dejó su trabajo y pagaba solo una pensión modesta, prefiriendo vestir él mismo a los niños y abastecerlos de todo tipo de gadgets. ¡Y encima controlaba cada euro de la pensión! ¿Y por qué no aguantó, aunque fuera medio año más? ¡Si Vera hubiera sabido que su vida iba a cambiar así… Ahora todo sería diferente! Aunque, ¿quizá aún no estaba todo perdido? ************************* — ¿Tomamos un té? Como en los viejos tiempos —sonrió coqueta, enroscándose en el dedo un mechón de cabello. El vestido corto resaltaba sus encantos, el maquillaje la rejuvenecía… Había invertido mucho para estar irresistible. — No tengo tiempo —le respondió Arturo con una mirada vacía—. ¿Están listos los niños? — No encuentran algo, tardarán unos diez minutos más, los conozco —dijo ella con deje de decepción, pero sin rendirse—. ¿Por qué no celebramos juntos la Nochevieja? Nicolás y Jorge han estado decorando el árbol toda la tarde. — Ya acordamos en el juzgado que las vacaciones serán mías. Vamos a una aldea preciosa, con mucha nieve, esquí y snowboard. Lucía ha organizado todo. — Pero es una fiesta familiar… — Y la celebraremos en familia. Si tienes algún problema, puede que te quite también la custodia. Apenas cerró la puerta detrás de su exmarido y los niños felices, Vera, enfurecida, destrozó la vajilla de boda. Lucía… otra vez esa Lucía. ¿Por qué siempre metida en todo? Finge estar encantada con los niños, aunque seguro que está contando los días hasta que vuelvan a casa. ¡Si Vera sabe mejor que nadie lo trasto y caprichosos que son! En realidad, eso le daba una idea… Quizá aún no estaba todo perdido. Pronto todos los dineros de Arturo serían solo suyos… ******************** — ¿Y esto? —preguntó Arturo al ver las maletas en la puerta. — ¿Cómo que qué? Las cosas de Nico y Jorge —Vera le pegó una patada leve a la maleta repleta para asegurar su contenido—. He decidido que ya que tú has rehecho tu vida, me toca a mí. Pero tú sabes, no todos los hombres quieren criar hijos ajenos, así que los niños se quedan contigo. Ya lo he comunicado en Asuntos Sociales, solo falta formalizarlo. Eso ya lo arreglas tú. Yo me voy unos días de vacaciones con un nuevo… candidato. Dejó a Arturo con la boca abierta y se marchó despacio hacia el coche que la esperaba. ¿Cuánto aguantaría esa “santa” de Lucía? ¿Una semana? ¿Dos? ¡Seguro que dos! Y cuando Arturo tenga que elegir entre los hijos y su nueva mujer, sin duda elegirá a los niños. Y volverá a ella. Con todo su dinero… Pasaron dos semanas. Un mes. Dos. Y no llamaron para reclamarle a los niños. Y por lo que decían los hijos, Lucía ni les levantó la voz una sola vez. ¿Cómo puede ser? ¿Los dos diablillos se habían vuelto angelitos? ¡Imposible! — ¿Cómo se portan los chicos? ¿Ya estáis hartos de ellos? —Vera no pudo evitar llamarle. — Se portan fenomenal, obedecen, ayudan —la voz de Arturo se suavizó al hablar de sus hijos—. Son unos chicos de oro. — ¿Ah, sí? —dijo Vera, sorprendida—. ¡Conmigo siempre armaban lío! — Porque a los niños hay que dedicarles tiempo —soltó Arturo, desdeñoso—. Tú siempre estabas pegada al móvil. Por cierto, que sepas que nos mudamos. Si quieres, te traigo a los niños en vacaciones. — Pero… ¡también son mis hijos! — Tú misma me diste todos los derechos, —se rió Arturo—. Vaya madre. A Vera solo le quedaba lamentarse. No recuperó al marido (ni su dinero); lo del nuevo novio nunca funcionó, y encima ahora los niños estaban lejos. Aunque, para ser sinceros, tampoco los iba a echar mucho de menos: le había gustado demasiado dedicarse solo a sí misma. ¿Dónde está la justicia? Aguantar diez años… y bajarse del tren justo antes de que empiece la buena vida… Qué injusticia…
No pudo esperar Voy a pedir el divorcio dijo Carolina con absoluta calma, mientras le acercaba a su marido
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098
Le propuse a mi madre que viviera con nosotros un mes tras el nacimiento del bebé, pero decidió mudarse un año y traer a mi padre
Soñé que estaba en mi octavo mes de embarazo y la culpa me devoraba como un animal hambriento.
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07
A la orden del pez mágico…
4 de diciembre Hoy me he despertado con la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos, como
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015
Ruptura Por Defecto —Tranquila, todo irá bien —susurró Vova, procurando que su voz sonase segura. Inspiró hondo, soltó el aire despacio y pulsó el timbre. La noche pintaba complicada. ¿Pero acaso podía ser de otra manera? Conocer a los padres siempre es una prueba… La puerta se abrió casi al instante. En el umbral, de pie, estaba Doña Alejandra Pérez. Lucía impecable: un recogido pulcro en el cabello, un vestido sobrio que realzaba la elegancia y un maquillaje discreto. Su mirada pasó por encima de Clara, se detuvo en la cesta de pastas y tras unos segundos frunció levemente los labios. El gesto fue fugaz, casi imperceptible, pero Clara lo captó. —Pasad —dijo Alejandra Pérez, sin apenas calidez, haciéndose a un lado para dejarles entrar. Vova dio el primer paso, procurando evitar la mirada de su madre, y Clara le siguió, entrando con suma cautela a la casa. El ambiente les recibió con una luz tenue y el perfume sutil del sándalo. Todo era acogedor, pero denotaba una perfección casi forzada. Ningún objeto fuera de su sitio, ni un libro tirado ni una bufanda olvidada. Cada cosa permanecía en su lugar exacto, imposible no notar el grito silencioso de control y orden. Doña Alejandra les condujo al salón: una estancia espaciosa, dominada por un ventanal cubierto con cortinas crema gruesas. En el centro, un sofá robusto de tela cara, junto a una mesa baja de madera oscura. Con un gesto elegante indicó que se sentaran. —¿Queréis té? ¿Café? —preguntó, sin mirar a Clara, con un tono suave pero tan distante que sonaba casi como una rutina vacía, más que como una muestra de hospitalidad. —Un té estaría bien, gracias —respondió Clara, esforzándose porque su tono sonara cordial. Dejó la cestita sobre la mesa, desató con mimo el lazo y levantó ligeramente la tapa. El olor de las pastas recién hechas se esparció al instante—. He traído pastas, las he horneado yo. Si os apetece probar… Alejandra se detuvo un instante a mirar la cesta antes de asentir. —Perfecto —dijo, desapareciendo hacia la cocina—. Ahora traigo el té. Cuando salió, Vova se inclinó hacia Clara y le susurró al oído: —Perdona. Mi madre siempre es así… distante. —No pasa nada —sonrió ella, tomando su mano—. Lo importante es que tú estás conmigo. La espera se hizo en silencio. Clara observó la decoración: todo de calidad, todo en orden, pero extrañamente frío. Parecía la sala de un museo, no el hogar de alguien. Alejandra regresó al poco con una bandeja: delicadas tazas de porcelana, un precioso tetera plateada y un plato donde las pastas se ordenaban en círculo. Sirvió el té y tomó asiento frente a ellos, cruzando las manos sobre las rodillas. —Bueno, Clara —empezó, escudriñando cada detalle de la joven: el peinado, el brillo de la mirada, la manera de coger la taza—, Vova me dijo que estudias Magisterio, ¿verdad? —Sí, voy por tercero —respondió Clara, intentando esconder cómo le temblaban un poco las manos—. Me encanta el contacto con los niños, es importante ayudarles a crecer y descubrir el mundo. —Con niños… —repitió Alejandra, con una ironía apenas perceptible—. Muy bonito, desde luego. Pero ya sabes que los profesores ganan poco. En estos tiempos hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. Vova alzó la voz: —Mamá, no empieces con el tema del dinero. Lo importante es que a Clara le apasiona su trabajo. Ya nos apañaremos —añadió, más suave—. Al final lo que cuenta es apoyarnos mutuamente. Alejandra giró la cabeza hacia él, aunque tardó en responder. Dio un sorbo al té. —Amar lo que uno hace está bien —acabó diciendo—, pero en la vida real eso no suele bastar. ¿Sabes ya dónde trabajarás cuando termines la carrera? ¿Tienes plan de futuro? Clara respiró hondo. Sabía que aquellas preguntas no eran mera curiosidad. —Por supuesto. Me gustaría empezar en un colegio, coger experiencia e incluso formarme más, quizá especializarme en necesidades educativas. Es difícil, pero es lo que me motiva. Alejandra asintió en silencio, analizando cada palabra. —No pretendo vivir a costa de Vova —añadió Clara—. Quiero trabajar, crecer y aportar. Para mí lo importante no es tanto ganar, sino hacer algo que me llene. —Interesante postura —asintió Alejandra—. ¿No has pensado en algo más lucrativo? Tienes habilidades de sobra para ventas, marketing… allí se paga mucho mejor. Clara detuvo un gesto de Vova y decidió responder ella misma. —¿A qué te dedicas tú? —preguntó, mirándola a los ojos. Alejandra vaciló una fracción de segundo. —Yo no trabajo fuera de casa —dijo—. Mi marido nos mantiene, me ocupo del hogar y le ayudo en todo lo que puedo. Eso también es trabajo, aunque no esté pagado. —Lo entiendo perfectamente —asintió Clara—. Entonces, ¿por qué esperas que yo sí renuncie a mi vocación sólo por dinero? Yo no le pido a Vova que me mantenga. El silencio se espesó. Alejandra la observaba con renovada atención. —Mi marido quiso que no trabajara, podía permitírselo. Vova… Vova se removió inquieto. Miró a su madre, después a Clara, erguida y serena pero con los ojos llenos de dudas. —Clara, tú lo entiendes… —empezó él, dubitativo—. Mamá sólo quiere que estemos bien, que no suframos por algo que se puede evitar. Clara lo miró, sorprendida por su vacilación—. ¿Entonces piensas como ella? ¿Crees que tengo que despreciar mi trabajo sólo por ganar más? ¿Que tengo que sacrificarme aunque eso me haga infeliz? —No digo eso… pero hay que pensar en el futuro. No podemos vivir siempre al día. Hay que ser realistas. Alejandra dedicó a su hijo una fugaz mirada de aprobación, antes de volver hacia Clara: —¿De verdad crees que mi hijo debe renunciar a todo por ti? Su sueño siempre fue el periodismo, viajar, escribir… No es sólo un empleo, es su vocación. ¿Tú podrías pedirle que lo deje por ti? Vova quiso intervenir, pero Alejandra lo cortó en seco: —Responde, Vova. ¿Renunciarías a tu sueño por esta chica? ¿Dejarías tus viajes, tu trabajo soñado, por mantener a una familia de cualquier manera? Vova se quedó en blanco. Miraba a Clara, dolida y en silencio. Dentro sentía el conflicto: protegerla y apostar por su felicidad o ceder ante el miedo de que quizá su madre tuviera razón. —Yo… no quiero renunciar a mi sueño. Pero tampoco quiero perder a Clara. Creo que podremos lograr un equilibrio: seguir escribiendo, no tan activamente, pero sí… y que ella esté conmigo, y yo con ella. Alejandra bufó, pero no discutió más. Se recostó en su asiento: la discusión estaba zanjada. Clara sonrió, aunque la sonrisa era amarga. —Curioso —se atrevió—. Vova no debe dejar sus sueños, pero yo sí el mío. ¿No tiene lógica, verdad? Vova bajó la vista, intentando no romper la frágil taza entre los dedos. —Quizá habría que… equilibrar—balbuceó. —¿Equilibrar? —rió Alejandra—. Cuando te dedicas a algo de verdad, o te entregas del todo o no sirve. No hay medias tintas. Vova deseó replicar, pero el valor se le atragantó. —Creo que por hoy está bien —sentenció Alejandra, poniéndose en pie con elegancia—. Ya está anocheciendo y este barrio no es seguro. Será mejor que vuelvas a casa, Clara. Vova, tenemos que hablar. Vova protestó tímidamente: —Mamá, al menos acompaño a Clara al metro… —Ni lo pienses —zanjó ella—. Me preocuparías más si sales. Vova se rindió, hundido en el sofá. —Lo siento, Clara. Es mejor que no vaya. Por favor, coge un taxi. Clara asintió sin discutir, dejando la taza sobre la mesa, recogiendo el bolso. Se irguió con la mejor dignidad que pudo. —Gracias por el té —dijo, y en su tono la amabilidad era sólo un formalismo. —Adiós —contestó Alejandra, sin mirar. Clara caminó tranquila hacia la salida. En el umbral miró atrás: Vova seguía hundido, la mirada baja. No hizo nada. Ese silencio selló lo que llevaba días temiendo. Salió a la noche y respiró hondo. El aire fresco alivió la tensión, aunque no el dolor. Vova, comprendió, no la defendería frente a su madre, por muy difícil que fuera. Mientras se alejaba, primero despacio, luego acelerando sin querer, las ideas la golpeaban: “No me protege. No respeta mi decisión. Prefiere agradar a su madre antes que apoyarme”. Aprieta los puños en los bolsillos, conteniendo el llanto. Al llegar a casa, apaga la luz de entrada y se deja caer en el recibidor. El silencio la arrulla. Por fin puede dejar de fingir y respirar de verdad. Poco a poco, la tormenta amaina. No es el fin del mundo, se dice. Es sólo el final de algo que quizás debía terminar así. Mañana será otro día. ******************* Al día siguiente, Clara ignora las llamadas de Vova. Necesita tiempo para aclararse. Sabe que, aunque siguieran juntos, siempre estarían la madre y la duda entre ellos. Pasan los días. Clara va a la facultad, cumple con sus responsabilidades, queda con sus amigas, pero en modo automático. No quiere pensar en Vova, pero no lo consigue del todo. El último encuentro, su silencio, pesan. Un día, al volver a casa, ve a Vova esperándola. Se acerca titubeante. —Tenemos que hablar —dice, sin apenas mirarla—. Mi madre cree que no eres para mí. Clara levanta las cejas. El corazón se le encoge, pero su voz es serena. —¿Y tú qué crees? Vova titubea. —Es mi madre… No quiero hacerle daño. No hay convicción en sus palabras. Clara lo mira un instante y comprende. —¿Estás de acuerdo con ella? —No es eso —se apresura, levantando por fin la mirada—. Es mi familia. No puedo darles la espalda. Clara guarda silencio. Se pregunta: ¿Y si esto nunca cambia? ¿Si cada decisión depende siempre de su madre? —¿Quieres estar conmigo? —pregunta entonces, directa. Vova no responde. Suspira y baja los hombros. Clara asiente, resignada. Se da la vuelta y sube a casa. Él se queda allí, con una sensación amarga. Esa noche, Clara sale a pasear. El aire de otoño lo llena todo de promesas. Se permite sonreír sin peso, y comprende que, aunque el futuro traiga retos, ya no necesita convencer a nadie ni pedir permiso para ser quien es. Ahora es libre. Y eso, en ese instante, es lo único que importa.
Ruptura por defecto Todo irá bien susurró suavemente Iván, procurando que su voz sonase segura.
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011
Vecinos Extraños en el Piso 222 de la Calle de los Poetas: La Singular Pareja Que Revoluciona la Vida Cotidiana en el Edificio y Despierta las Conversaciones de las Familias Españolas con Sus Peculiares Juegos y Gestos de Amor Maduro
VECINOS EXTRAÑOS Al piso 222, del edificio 8, situado en la calle Machado, llegaron unos nuevos vecinos.
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0489
LA NUERA DEL ALMA —Mamá, me caso con Emilia. En tres meses vamos a tener un hijo—. Mi hijo me lo soltó sin rodeos. No me sorprendió tanto la noticia, porque ya me había presentado a Emilia. Lo que me chirriaba era la edad de la novia: aún no había cumplido dieciocho años. Y el novio, mi hijo, aún tenía por delante el servicio militar obligatorio. Eran dos críos y ya querían boda, y un bebé en camino. Costó un mundo encontrarle vestido de novia a Emilia: la barriga de siete meses se hacía notar. Pasada la boda, los novios se instalaron con los padres de Emilia. Pero mi hijo venía cada semana a verme. Se encerraba en su cuarto y pedía que no le molestara. Como madre, aquello me inquietaba. …Llamo a Emilia: —¿Va todo bien con Román? —Por supuesto, ¿por qué lo preguntas?— mi nuera, más tranquila que un ocho. —Emilia, ¿sabes dónde está ahora tu marido?— intento sacar algo en claro. —Señora Galina, ocúpese de sus asuntos, que nosotros nos apañamos—. Fue la primera, y desde luego no la última, falta de educación hacia mí. —Perdona por quitarte tu tiempo— me retiro y cuelgo el teléfono. Soy una persona pacífica y conciliadora. Así que no me metí en su relación. Que se las arreglasen solos. …Poco después, Emilia dio a luz a Varvara. El nombre no me gustaba nada, así que yo llamé a mi nieta Baśa. A mi hijo lo llamaron a filas. Román sirvió lejos de casa. Los dos años de servicio me dediqué a visitar a Baśa. Cada vez que iba, Emilia estaba más guapa, la condenada. Me preocupaba aquel desparpajo. Emilia entró en la universidad, y tentaciones no faltaban allí. Me temía que esa estudiante pizpireta no esperaría al marido. Diría que Emilia nunca fue muy hospitalaria conmigo. Cuando yo iba a ver a Baśa, Emilia suspiraba con resignación, me plantaba el carrito en la puerta y me largaba a pasear. Vamos, que ni quería verme. Emilia hasta podía ofenderme con la mirada. Había un rechazo abierto por parte de mi nuera. Y, desde luego, tenía muy claro cuánto valía. Yo no intenté enemistarme; solo quería irme cuanto antes de esa casa. …Román, tras licenciarse, volvió a la familia. Y todo parecía bien: paz, armonía, mucho amor. Baśa crecía; Román babeaba por la mujer; la nuera era una belleza, hacendosa y simpática. Me sentía en la gloria. Así pasaron quince años de felicidad doméstica. …Pero luego algo cambió en Emilia: comenzaron los amantes, y muchos. Mi nuera ni lo ocultaba. Se desmadró por completo. Es cierto lo que dicen: a ciertas personas no se las puede tener atadas. Román aguantó tres años esa situación. Amaba a Emilia y sufría. Ella, a su vez, le hacía daño y se burlaba. Me quedé en shock con la actitud de mi nuera. Pero nunca discutí con ella sobre moralidad. Para ser sincera, le tenía miedo: con solo mirarte, te sentías fuera de lugar. —Hijo, ¿qué pasa con Emilia? ¿Desavenencias? ¿Por qué?— intento averiguar. —No te preocupes, mamá, ya se arreglará todo— me tranquilizaba Román. Me daba la sensación de que mi hijo se sentía culpable, por eso soportaba las salidas de la esposa. Decidí hablar con Emilia; me corroía la ruptura. —Emilia, ¿puedo preguntarte algo?— musité, temiendo su enfado. —Señora Galina, pregunte mejor a su hijo qué hace y, mejor dicho, con quién en la empresa. Mi tía trabaja allí y me lo ha contado todo, con detalles. En fin, ¡su hijo me engaña! ¡Él empezó!— Emilia estalló a gritos. Dios mío, ¿para qué me metí? No le conté nada a Román. Que pase lo que tenga que pasar. Una no puede hacerse mala sangre por intentar contentar a todos. …Emilia y Román se divorciaron pronto. Baśa quedó al cuidado de su madre. Román se desató: mujeres pasaban por su vida como si fueran guantes. Morenas, rubias, pelirrojas… Jamás le faltó compañía. Emilia no tardó en casarse de nuevo, según me contó mi hijo, incluso llorando. Había sido una buena esposa. La siguiente mujer querida fue Juana. Pequeña, atractiva, astuta. Román tenía treinta y cinco, ella cuarenta. Mi hijo flotaba por ella, era su alfombra. Juana conquistó su alma y su cuerpo al instante. Puso sus condiciones desde el principio: boda oficial; un piso para su hija; y manutención completa para ella. Román se derretía ante su segunda mujer. Juana, a diferencia de Emilia, se empeñaba en hacerse mi amiga: me llamaba por mi nombre y me tuteaba. No me hacía gracia tanta familiaridad, pero evité conflictos y aguanté. Todos los regalos de mi nuera, comprados con el dinero de mi hijo, siguen sin estrenar en el armario. No les tengo aprecio. Y Juana sonríe forzada, habla sin sinceridad y, en realidad, no quiere a Román. Solo ve en él un saco de dinero, pone condiciones imposibles y actúa con picardía. Emilia, al menos, me gritaba, pero de corazón, y me trataba con respeto, amó a Román de verdad. Juana no cocina, prefiere comprar platos preparados. Un día le solté: —Podrías, al menos, hacerle una sopita a Román. Siempre coméis de microondas… —Galia, no me des lecciones de cómo hacer las cosas— me soltó. …Sus amigas, igual. Salidas a la sauna cara, tardes de café sin sentido, recorridos por boutiques… Así era Juana. Si algo no le va, monta un drama, llora, grita. A Juana dale el huevo, y encima pelado. ¿Cómo puede aguantarla mi hijo? Nunca lo he entendido. Creo que lo suyo fue un error, una equivocación absurda. …Cada vez recuerdo más a la hacendosa Emilia. Ahora sé lo que era bueno: sus pescados rellenos, los deliciosos rollitos de repollo, esos pasteles… ¿Por qué Román no supo conservar una mujer así? Él tiene la culpa. Menos mal que mi nieta Baśa me recuerda y me regala detallitos cada vez que puede. Para mí, Emilia siempre será mi nuera del alma, aunque sea la ex. El valor de las cosas se aprecia al perderlas. Juana es solo una nuera secundaria. Me da pena mi hijo. Creo que en su corazón, aún vive Emilia. Pero ese camino, para él, está cerrado…
NUERA DE CASA Mamá, me caso con Lucía. En tres meses vamos a tener un bebé mi hijo me dejó caer la noticia
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017
Jamás habrá perdón —¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta pilló a Vika tan desprevenida que no pudo evitar estremecerse. Mientras disponía en la mesa de la cocina los documentos que acababa de traer de la oficina—una montaña de papeles a punto de desmoronarse que sujetaba cuidadosamente con la mano—se detuvo en seco, bajó las manos muy despacio y alzó la mirada hacia Álex. El asombro puro brillaba en sus ojos: ¿Cómo se le ocurría semejante idea? ¿Por qué iba a buscar a quien, con un simple gesto desganado, destrozó casi por completo su destino? —Por supuesto que no —respondió Vika, esforzándose por mantener la voz serena—. ¿Pero qué tontería es esa? ¿Por qué me iba a poner yo a buscarla? Álex pareció incomodarse. Se pasó la mano por el pelo, como intentando ordenar sus ideas, y sonrío con cierta incomodidad, lo que delataba que ya se estaba arrepintiendo de la pregunta. —Es que… —empezó a decir, buscando las palabras—. Muchas veces he oído que los chavales de hogares de acogida y orfanatos sueñan con encontrar a sus padres biológicos. Pensé que… Si alguna vez quieres hacerlo, estoy dispuesto a ayudarte. De verdad. Vika negó con la cabeza. Algo se le apretó en el pecho, como si una fuerza invisible le oprimiera las costillas. Inspiró hondo, intentando contener la repentina oleada de enfado, y volvió a fijar sus ojos en Álex. —Gracias por el ofrecimiento, pero no hace falta —dijo con firmeza, alzando un poco la voz—. ¡Jamás voy a buscarla! Para mí, esa mujer hace mucho que dejó de existir. ¡Jamás la perdonaré! Sí, había sido un poco brusca, pero no podía ser de otra manera. Si no, tendría que revivir mil recuerdos desagradables y desnudarse el alma ante su prometido. Le quería, le quería de verdad, pero hay cosas que uno no quiere compartir ni con los más cercanos. Así que volvió la vista a los papeles, fingiendo estar ocupadísima. Álex frunció el ceño y no insistió. Estaba claro que su respuesta le había dolido. En su interior, le costaba comprender la postura de Vika. Para él, su madre siempre había sido una figura poco menos que sagrada, independientemente de su implicación en la crianza. El simple hecho de que una mujer gestara un hijo durante nueve meses, de que le diera la vida, la encumbraba, la convertía casi en un ser venerado. Creía sinceramente en ese lazo misterioso e irrompible entre madre e hijo, invulnerable al paso del tiempo o las circunstancias. Vika, sin embargo, no solo no compartía esa creencia: la rechazaba frontalmente y sin un solo titubeo. Lo tenía muy claro: ¿cómo desearía ver a alguien que fue tan cruel contigo? Aquella “madre” ni siquiera se conformó con abandonarla en un orfanato; fue algo muchísimo peor, mucho más doloroso… En su adolescencia, Vika se atrevió por fin a formular la pregunta que había roído su interior durante años. Acudió a la directora del orfanato, doña Tatiana, una mujer severa pero justa a la que todos los niños respetaban. —¿Por qué estoy aquí? —preguntó Vika, en voz baja pero firme—. ¿Mi madre… ha muerto? ¿O le quitaron la tutela? ¿Ocurrió algo grave, verdad? Doña Tatiana se quedó inmóvil, dejando los papeles a un lado. Guardó unos segundos de silencio, sopesando cada palabra, luego suspiró hondo e invitó a Vika a sentarse con un gesto. La niña tomó asiento, apretando los bordes del taburete, mientras la expectativa, ansiosa y aterradora, crecía en su interior. Imaginaba que iba a escuchar algo que cambiaría para siempre su idea del propio pasado. —A tu madre le retiraron la custodia y fue procesada penalmente —dijo al fin doña Tatiana, midiendo bien las palabras. Mantenía una quietud tensa, y en sus ojos se leía la preocupación: iba a contarle una verdad dolorosa a una niña de doce años, algo que cualquier adulto preferiría edulcorar. Pero estaba convencida: Vika tenía derecho a conocer la verdad. No importaba lo dura que fuera, mejor saber que vivir en la ignorancia. Hizo una pausa antes de proseguir: —Llegaste aquí con cuatro años y medio. Unas personas te vieron deambulando sola por la calle, menuda y confusa, y avisaron. Después se supo que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación, se subió a un tren de cercanías y se fue. Era otoño, hacía un frío tremendo, llovía, y solo llevabas un abrigo fino y unas botas de agua. Varias horas en la calle acabaron en el hospital. Pillaste una bronquitis tremenda y te costó meses recuperarte. Vika se quedó inmóvil, pétrea. Los dedos se le cerraron en puños, aunque en su rostro apenas se notaba nada; sólo sus ojos se oscurecieron, como si de repente cobijaran toda la tormenta. —¿Y… la encontraron? ¿Qué dijo para justificarse? —murmuró Vika, sin abrir los dedos. —La encontraron y fue condenada. ¿Su explicación…? —La directora vaciló, esbozando una mueca amarga—. Dijo que no tenía dinero y le surgió un trabajo. El problema es que allí —era un hostal, o algo así— no le permitían entrar con niños. Dijeron que sería más fácil dejarte y empezar de nuevo… sin ataduras. Vika no se movió. Lentamente aflojó los puños, posó las manos en las rodillas y, perdida en la lejanía, pareció estar viendo aquello que ni siquiera recordaba: aquella mañana de otoño. —Entiendo… —susurró al fin, con voz plana, casi sin vida. Después miró a doña Tatiana y dijo—: Gracias por la sinceridad. En ese instante, Vika supo con certeza que jamás buscaría a su madre. Nunca. Aquella pregunta que a veces le asaltaba la mente de refilón —quizá conocerla por simple curiosidad, mirarla a la cara y decirle “¿por qué?”— se desvaneció para siempre. ¿Dejar a tu hijo en la calle? Era inimaginable. ¿Cómo puede hacerse algo así? ¿No tenía ni pizca de conciencia o compasión esa mujer que le dio la vida? ¡A un niño pequeño le pudo pasar cualquier cosa! “Eso no lo haría ni una fiera”, pensaba Vika, atenazada por un dolor agrio e hiriente. Intentó, de veras que lo intentó, buscarle una excusa. ¿Estaría desesperada? ¿De verdad no le quedaba otra salida? ¿Quizá creyó que así le hacía un favor a su hija? Nada de eso encajaba. Los hechos eran demasiado contundentes. ¿Por qué no renunció oficialmente? ¿Por qué no la entregó al orfanato de manera segura? ¿Por qué jugarse la vida de una niña de cuatro años, en plena calle, bajo el frío implacable del otoño? Vika desechó todas las explicaciones. Nada justificaba ni mitigaba el daño, ni convertía esa traición en un acto forzado: fue una decisión consciente y fría para librarse de un estorbo. Cuanto más lo pensaba, más se arraigaba su decisión. No. No la buscaría. No le preguntaría nada. No trataría de entenderla. Porque, aunque comprendiera, nada borraría lo que ya había pasado. Y perdonar eso… estaba fuera de su alcance. Y con esa determinación, le invadió una extraña sensación de liberación… ******************** —¡Tengo una sorpresa para ti! —Álex parecía un crío en la mañana de Reyes, con la cara iluminada de alegría y los pies inquietos en el recibidor—. ¡Esto sí que te va a gustar! ¡Venga, no hagas esperar a la gente! Vika se quedó clavada en la puerta del salón, sosteniendo la taza del té ya frío. Miró a Álex perpleja, dejó la taza sobre la mesa y frunció el ceño. ¿Qué sorpresa sería esa? Y, sobre todo, ¿por qué sentía un presentimiento tan incómodo, a pesar del tono radiante de Álex? Dentro de ella, era como si una cuerda tensa fuese a romperse de un instante a otro. —¿A dónde vamos? —preguntó, esforzándose por sonar tranquila. —Ya lo verás —Álex sonrió, aún más ancho, le tomó la mano y tiró de ella hacia la puerta—. Créeme: merece la pena. Vika no se resistió, pero sus entrañas se encogieron de un temor difuso. Se puso el abrigo, se calzó y le siguió. Mientras caminaban hacia el Retiro, dio vueltas y más vueltas: ¿habría conseguido entradas para un concierto? ¿Iba a reencontrarla con algún antiguo amigo? Nada le cuadraba. Al llegar al parque, Vika distinguió enseguida a una mujer sentada en un banco, junto a la avenida. Iba con un abrigo oscuro, bufanda ciñendo el cuello y un bolso pequeño sobre las rodillas. Su cara le resultó extrañamente familiar, pero no lograba ubicar de qué. ¿Una pariente de Álex? ¿Una colega del trabajo? Álex se encaminó directamente hacia el banco, mientras Vika intentaba encajar las piezas de la enigmática escena. Al acercarse, la mujer levantó los ojos y le dedicó una tímida sonrisa. De golpe, algo dentro de Vika se removió —ya sabía por qué le resultaba tan familiar. Era su propio rostro, con treinta o cuarenta años más. —Vika —la voz de Álex sonó solemne, como si estuviera presentando algo de suma importancia en público—, me alegro de anunciarte: después de mucho buscar, he encontrado a tu madre. ¿No estás feliz? Vika se quedó sin poder moverse, sintiendo que el mundo se detenía. ¿¡Cómo se atrevía!? ¡Le había dejado claro que no quería ni oír hablar de esa mujer! —¡Hija mía! ¡Qué guapa te has hecho! —La mujer dio un paso, extendiendo los brazos para abrazarla; la voz le temblaba, los ojos le brillaban al borde de las lágrimas, como si estuviera realmente emocionada. Pero Vika retrocedió bruscamente, acrecentando la distancia entre ellas. Su cara se volvió fría, la mirada pétrea. —¡Soy yo, tu madre! —insistía la mujer, haciendo caso omiso a la actitud rígida de Vika—. Llevo buscándote toda la vida. Siempre he pensado en ti, he sufrido por ti… —¡No sabes lo que ha costado! —interrumpió Álex, ufano—. Tuve que llamar a amigos, recabar información en mil sitios, hacer todas las gestiones… Pero lo logré, y me alegro muchísimo. Sus palabras se vieron cortadas de golpe por una bofetada sonora. La mano de Vika se alzó sin pensar. Sus ojos, llenos de lágrimas de rabia y dolor, miraban al novio con una mezcla de asombro e incomprensión: ¿cómo podía haberle hecho eso? ¡Le había repetido mil veces que no quería saber nada! —¿Pero qué haces? —dijo Álex, llevándose la mano a la mejilla. No esperaba tal reacción—. ¡Todo lo hice por ti! Solo quería ayudarte, darte una alegría… Vika no dijo ni palabra. El corazón le hervía de indignación y de dolor. De pronto, sentía que Álex —su mayor apoyo— había sacudido el suelo bajo sus pies, violando el principio fundamental: jamás remover su pasado. Sus heridas más profundas, celosamente escondidas, quedaban de pronto al desnudo por las buenas intenciones de él. La mujer, a su lado, miraba de uno a otro, perdida y temblorosa, sin saber cómo actuar. Quiso decir algo, pero la cara de su hija la desarmó. —No te pedí que la buscaras —por fin murmuró Vika, muy baja—. Te lo dejé claro: no lo necesito. Igual has hecho lo que tú querías. Álex se retiró la mano del rostro pero calló, sin saber qué decir. Buscó en la mirada de Vika algún atisbo de compasión, de arrepentimiento, pero sólo encontró una firmeza irreductible. —¡Te lo dije claramente: no quiero ni oír hablar de esa mujer! —le temblaba la voz por la rabia contenida—. ¡Esa “madre” me dejó en un banco de la estación, con cuatro años, sola! ¡Sola, en una estación llena de desconocidos, en pleno otoño y casi desnuda! ¿Y pretendes que lo perdone? Álex palideció, aunque se mantuvo en su sitio. Se irguió, como queriendo dar más entidad a sus palabras: —¡Es tu madre! Da igual lo que haga: madre es madre. En ese momento, la mujer —que se había mantenido al margen— dio un paso adelante y habló en voz débil, como pidiendo perdón aunque ni ella se creyera su excusa: —Te ponías siempre mala, y no podía comprar medicinas —empezó, eligiendo cada palabra—. Era mi única oportunidad de ganar algo… Luego iba a volverte a buscar, en cuanto me estabilizara. ¡Íbamos a estar juntas de nuevo! Vika se giró hacia ella. Ni rastro de ternura: solo una amargura helada, forjada durante años. —¿De dónde ibas a buscarme? ¿Del cementerio? —respondió duramente, incapaz de seguir callando—. Podías haber ido a los servicios sociales y pedir ayuda. Podías dejarme en el hospital, si tanto enfermaba. Pero no en la calle, nunca sola y sin amparo. Álex, superado por el conflicto, trató de tomarle la mano. Sus dedos buscaron los de ella en un gesto de consuelo, pero Vika la apartó sin mirarle. —El pasado ya pasó, hay que mirar adelante —insistió él, como si quisiese convencerse a sí mismo también—. Soñabas con tener familia el día de tu boda. Quise cumplirte ese sueño… Vika alzó la vista; su mirada, tan llena de decepción, hizo que Álex diera un paso atrás. —He invitado a doña Tatiana, la directora del orfanato, y a Julia, mi educadora —su voz era más calmada, pero firme—. Ellas fueron mis madres. Estuvieron conmigo en lo peor, me cuidaron, fueron mi familia. ¡A ellas las considero mi verdadera familia! De un tirón, Vika soltó su mano y echó a correr fuera del parque. Recorrió a toda prisa alamedas y parterres; solo quería alejarse de ese diálogo, de esas personas, de aquel en quien confiaba tanto. Por dentro, la rabia y el desgarro no la dejaban ni respirar. Jamás habría esperado semejante traición. No le había ocultado nada. Todo lo contrario: le había desnudado su infancia tal cual fue, sin omitir ni dulcificar nada. Habló de los años en la residencia, de los primeros días con la esperanza de que la madre volviera. Él asintió mil veces, afirmando que entendía. Y aun así la buscó y la trajo. “No importa lo que sea, es tu madre”: sus palabras retumbaban, abriendo una grieta aún más honda. “¡Nunca!”, decidió Vika. Jamás aceptaría a esa mujer en su vida. Jamás fingiría que nada pasó. Sin detenerse, salió del parque y se alejó sin cuidar el rumbo. Los pensamientos le bullían en la cabeza; el rostro de su madre —tal como lo viera esa tarde— volvía una y otra vez a su mente. Cerró los puños y apartó la visión. Solo deseaba estar lejos de todo aquel horror. Ni pasó por casa a por las cosas de Álex. Por fortuna, apenas tenía enseres allí: dos bolsas con ropa y algunos objetos personales. La mudanza definitiva estaba prevista para después de la boda, así que todo seguía en su pisito de protección oficial. Mejor así. Sobre todo, no volver ahora, mientras la herida sangra y cada recuerdo de Álex le arde por dentro. El teléfono vibró sin parar: Álex llamando y llamando. Vika veía su nombre, pero rechazaba la llamada. Temía ceder y, en caliente, soltar cosas de las que luego se arrepintiera. Mejor dejar pasar la tormenta. Álex resultó insistente. Además de llamar, le dejó varios mensajes de voz, con un tono seco y casi furioso. —Vika, ¡te comportas como una cría! He querido hacerte un bien y tú… Eres una desagradecida. Esto es una rabieta, así de claro. El siguiente mensaje, aún más tajante: —Ya está decidido. Ludmila estará en la boda. Punto. No voy a ceder por tus caprichos. Mantendremos los lazos familiares y nuestros hijos la llamarán abuela. Es como debe ser. Vika escuchó los audios en la parada del bus, sintiendo cómo se le helaba el alma. Apagó el móvil, lo metió en el bolsillo, y alzó la mirada al cielo. Su mundo acababa de resquebrajarse, y ya no sabía cómo recomponerlo. Vika contempló mucho rato la pantalla con los últimos mensajes de Álex. En su mente sonaban las palabras, firmes y tajantes, sin espacio para tratar de entenderla. “Ludmila irá a la boda. Punto”. Esas frases se le incrustaban como puñales. Abrió el WhatsApp —o Telegram—, tecleó un mensaje corto y lo leyó varias veces. Las palabras eran sencillas, directas, sin una sola ambigüedad: «La boda no se celebrará. No quiero veros—ni a ti, ni a esa mujer». Envió el mensaje. Miró el tick de entrega. Dejó el móvil a un lado. Inmediatamente, la pantalla se iluminó: Álex llamando de nuevo. No se movió. Llegaron más mensajes, pero ni los abrió. En vez de eso, buscó el número ya de su exnovio en la agenda y lo bloqueó sin dudar. Y el móvil quedó en silencio—sin llamadas, sin notificaciones, sin nuevas tentativas. El silencio la envolvió como una manta cálida, dándole un extraño alivio. Quizá, más adelante, se arrepienta de esta decisión. Tal vez… Pero ahora mismo, era lo único que podía hacer. Poco a poco, la tempestad fue cediendo dentro de ella, dando paso a una claridad resignada y cansada. Era lo correcto. No podía tener futuro junto a alguien capaz de actuar así…
No habrá perdón ¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta llegó con tal brusquedad
MagistrUm