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045
Un regalo tardío
Regalo tardío El autobús aceleró de nuevo al salir del semáforo, y yo me agarré con ambas manos a la
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042
He cortado los lazos con mi familia – y por primera vez, respiro con libertad
**Diario de un alma liberada** Crecí creyendo que la familia lo era todo. Mis padres tenían muchos hermanos
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054
— ¡Mamá, me caso! — exclamó Víctor con alegría. — Me alegro. — replicó Sofía Paloma sin entusiasmo. — ¿Qué te pasa, mamá? — preguntó Víctor sorprendido. — Nada… ¿Dónde pensáis vivir? — inquirió la madre, entornando los ojos. — Aquí. No tendrás problema, ¿no? — respondió el hijo. — El piso es de tres habitaciones, seguro que cabemos. — ¿Y tengo elección acaso? — preguntó la madre. — ¿Vamos a buscar otro alquiler? — suspiró el hijo, apesadumbrado. — Se entiende, no tengo alternativa. — aceptó Sofía Paloma, resignada. — Mamá, es que ahora un alquiler cuesta tanto que apenas nos llegaría para comer — explicó Víctor. — No será para siempre, trabajaremos y ahorraremos para comprar nuestro propio piso. Así será mucho más rápido. Sofía Paloma se encogió de hombros. — Eso espero… — murmuró. — De acuerdo, os instaláis y vivís aquí el tiempo que necesitéis, pero pongo dos condiciones: la cuenta de los gastos la pagamos a partes iguales y yo no seré la criada. — Vale, mamá, como tú digas — asintió Víctor enseguida. La pareja celebró una boda sencilla y empezaron a convivir los tres en el mismo piso: Sofía Paloma, Víctor y la nuera, Irene. Desde el primer día, en cuanto los recién casados se instalaron, Sofía Paloma empezó a tener ocupaciones urgentes. Cuando la pareja regresaba del trabajo, su madre no estaba en casa, las cazuelas vacías y la casa desordenada, tal como la habían dejado por la mañana. — Mamá, ¿dónde has estado? — preguntaba Víctor extrañado por la noche. — Verás, Vitu, me llamaron del Centro Cultural, me invitaron a cantar en el Coro de Canción Popular; ya sabes la voz que tengo… — ¿De verdad? — se asombró el hijo. — ¡Claro! Lo habrás olvidado, pero te lo conté. Allí nos juntamos otros jubilados como yo y cantamos. Me lo pasé genial, ¡mañana repito! — contó Sofía Paloma con energía. — ¿Y mañana también es coro? — preguntó su hijo. — No, mañana toca velada literaria, leeremos poemas de Lorca. — respondió Sofía Paloma. — Ya sabes cuánto me gusta Lorca. — ¿De verdad? — repitió Víctor, desconcertado. — ¡Claro! ¡Te lo dije! ¡Qué poco atento eres con tu propia madre! — le reprochó, aunque suavemente, Sofía Paloma. La nuera observaba el diálogo sin decir palabra. Desde que el hijo se casó, Sofía Paloma pareció rejuvenecer: asistía a talleres y clubs para jubilados, nuevas amigas se sumaron a las antiguas y de vez en cuando llegaban de visita, ocupaban la cocina hasta la madrugada, tomaban té y galletas, jugaban al bingo, salía a pasear o se enfrascaba viendo una serie hasta el punto de no oír a los jóvenes saludarla al volver del trabajo. De las tareas del hogar Sofía Paloma se desentendía por completo, dejando toda la faena doméstica a la nuera y al hijo. Al principio no se quejaban, luego la nuera empezó a mirar de reojo, más tarde murmuraban entre ellos y después Víctor suspiraba en voz alta. Pero Sofía Paloma no prestaba atención a esos matices y seguía con su vida activa. Un día, llegó especialmente contenta a casa, tarareando “Clavelitos” y apareció en la cocina, donde los jóvenes tomaban tristemente un caldo recién hecho: — Queridos hijos, ¡podéis felicitarme! He conocido a un hombre encantador, y mañana nos vamos juntos a un balneario. ¿No es una noticia estupenda? — Lo es, — contestaron al unísono Víctor e Irene. — ¿Es algo serio entre vosotros? — preguntó Víctor, preocupado ante la posibilidad de sumar otro miembro a la familia. — Todavía no lo sé, espero aclararlo después del balneario. — dijo Sofía Paloma, se sirvió caldo y comió con ganas, incluso repitió. Tras el viaje, Sofía Paloma regresó decepcionada: Andrés no estaba a su nivel y rompieron, pero enseguida añadió que aún le quedaba mucho por vivir. Los clubs, paseos y tertulias siguieron igual de animados. Al cabo de un tiempo, una tarde los jóvenes entraron en casa y vieron el piso patas arriba y la despensa vacía. La nuera, harta, dio un portazo a la nevera y exclamó irritada: — ¡Sofía Paloma! ¿No podría usted ocuparse un poco de las tareas domésticas? ¡La casa es un desastre! ¡La nevera está vacía! ¿Por qué tenemos que hacer nosotros todo el trabajo y usted no? — ¿Qué os pasa, estáis irritados? — preguntó Sofía Paloma, sorprendida. — Si vivierais solos, ¿quién haría todas las tareas? — ¡Pero usted está aquí! — replicó la nuera. — No soy vuestra criada, yo ya he servido bastante a la familia, ¡y ya basta! Desde el principio advertí a Víctor que no sería la sirvienta, era mi condición. Si él no te lo dijo, no es culpa mía. — respondió So-fía Paloma. — Yo pensé que era broma… — dijo Víctor, confuso. — ¿Pretendéis vivir cómodos y encima que yo recoja todos vuestros trastos y cocine cazuelas para todos? ¡No! Dije que no sería la criada y lo mantengo. Si algo os incomoda, ¡podeís buscaros otro sitio y vivir en paz! — sentenció Sofía Paloma, y se retiró a su cuarto. A la mañana siguiente, como si nada, tarareando “Ay, no era tarde, no era tarde, apenas había dormido…”, se puso una blusa bonita, se pintó los labios de rojo y se fue al Palacio de Cultura, donde le esperaba el Coro de Canción Popular…
¡Mamá, me voy a casar! exclamó su hijo con alegría. Me alegro respondió Teresa Jiménez sin mucho entusiasmo.
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019
El banco del patio Don Víctor Esteban salió al patio poco después de la una. Notaba una presión en las sienes: la noche anterior había terminado las últimas ensaladas y, esa mañana, desmontó el belén y guardó los adornos navideños. La casa estaba demasiado silenciosa. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó las escaleras, aferrado como siempre a la barandilla. Al mediodía de enero, el patio parecía un decorado: los caminos despejados, montones de nieve intactos, ni un alma a la vista. Don Víctor Esteban sacudió el banco junto al portal número dos. La nieve caía suavemente de los tablones. Allí se pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie: podía sentarse cinco minutos y volver a casa. —¿Le molesta que me siente? —preguntó una voz masculina. Don Víctor Esteban giró la cabeza. Alto, con chaqueta azul marino, unos cincuenta y cinco años. El rostro le resultaba vagamente familiar. —Siéntese, sobra sitio —respondió, apartándose un poco—. ¿De qué piso es usted? —El cuarenta y tres, segundo. Llevo aquí tres semanas. Me llamo Miguel. —Víctor Esteban, para servirle —le estrechó la mano automáticamente—. Bienvenido a este rincón tranquilo. Miguel sacó un paquete de tabaco. —¿Le importa? —Fume sin problema. Don Víctor Esteban llevaba al menos diez años sin fumar, pero el olor del tabaco le recordó de repente la vieja redacción del periódico de barrio, donde pasó gran parte de su vida. Se sorprendió deseando aspirar el humo, pero enseguida espantó esa idea. —¿Lleva usted mucho por aquí? —preguntó Miguel. —Desde el ochenta y siete. Por entonces acababan de construir todo el barrio. —Yo trabajaba cerca, en la Casa de la Cultura de los Metalúrgicos. De técnico de sonido. A Don Víctor Esteban le dio un respingo: —¿Con don Valerio Zacarías? —¡Exacto! ¿Y usted cómo…? —Escribí un reportaje sobre él. En el 89 organizamos un concierto de aniversario. ¿Recuerda, cuando tocó “Agosto”? —¡Ese concierto me lo sé al dedillo! —Miguel sonrió—. Aquella vez trajeron un pedazo de altavoz, la fuente de alimentación echaba chispas… La conversación fluyó sola. Salían nombres, historias: unas divertidas, otras amargas. Don Víctor Esteban pensaba que ya era hora de regresar a casa, pero siempre surgía un nuevo tema: músicos, cacharros, secretos del backstage. Hacía tiempo que no compartía largas charlas. Los últimos años en la redacción solo escribía noticias urgentes, y tras la jubilación, se había encerrado más aún. Se convencía de que así estaba mejor: sin depender de nadie, sin apegarse. Pero ahora, sentía algo derretirse en su pecho. —¿Sabe? —Miguel apagó el tercer cigarro—. Tengo todo el archivo en casa. Carteles, fotos. Y cintas de los conciertos, grabadas por mí. Si le apetece… ¿Para qué? —pensó Don Víctor Esteban—. Luego habrá que ir, conversar, igual quiere ser amigo… me trastoca la rutina. ¿Y qué voy a ver que no haya visto ya? —Por mí, encantado de verlas —respondió—. ¿Cuándo le viene bien? —Mañana mismo, sobre las cinco, si quiere. Justo vuelvo del trabajo. —De acuerdo —Don Víctor Esteban sacó el móvil y abrió la agenda—. Apunte mi número. Si hay cambio, nos avisamos. Por la noche, le costó dormirse. Repasaba la charla, recordaba detalles de historias pasadas. Varias veces pensó en cancelar, poner cualquier excusa. No lo hizo. Al día siguiente, le despertó una llamada. En pantalla: «Miguel, vecino». —¿Sigue en pie? —se oía algo inseguro al otro lado. —Sí —respondió Don Víctor Esteban—. Nos vemos a las cinco.
El banco del patio Don Ernesto Salvatierra salió al patio un poco después de la una. Sentía una leve
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07
El Valor de una Amistad Duradera
El precio de una amistad de años Yo y Yolanda siempre soñamos con que terminásemos juntos Entiendo que
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071
A veces la vida nos cruza con quien no debemos, y acabamos casándonos con quien no toca Recorrer el camino de la vida nunca es fácil, y no se puede huir del destino. Cada uno tiene su propia suerte, su verdad. Vero creció en una familia de mujeres, un pequeño reino femenino al más puro estilo castellano: una casa modesta, huerto que cuidar, leña, el pozo del pueblo, faena interminable, y un trabajo que nunca se acaba. La abuela Fina llevaba años viuda en el pueblo. Su hija, María, también se quedó sola: el marido se marchó cuando Vero tenía solo dos años. Así comenzó aquel matriarcado. Desde niña, Vero sabía ordeñar vacas, limpiar el corral, y también se las ingeniaba para preparar comida sencilla. Fina ya había pasado de los cincuenta cuando, un día agotada tras su jornada en la granja, se sinceró: —Marta, hija, estoy harta de todo esto… —¿Qué te pasa, madre? —le preguntó María, y enseguida la pequeña Vero se acercó preocupada. —¿Sabes lo que me pasa? Que ya no quiero seguir rompiéndome el lomo aquí. ¿No tenemos derecho nosotras a otra vida? —dijo apoyando sus manos curtidas en el regazo. —¿Y qué propones, mamá? —Vámonos a la ciudad. Vendemos todo. He ahorrado algo en todos estos años, compraremos un piso en Madrid. —¡Abuela, yo quiero! —saltó Vero con ilusión—. ¡Quiero vivir en la ciudad! Y así lo hicieron. El hermano mayor de Fina, Nicolás, vivía en la capital y las acogió. —Os puedo ceder una habitación unas semanas —comentó su mujer—, ya buscaréis piso propio. La familia las recibió con paciencia y cariño. María buscaba piso, y Nicolás echaba una mano. Por fin encontraron uno y se mudaron. —Deberíamos hacer reforma —dijo Fina—, pero nos lo hemos dejado todo en el piso. Bueno, ya lo arreglaremos con el tiempo. —Sí, madre. Por cierto, he encontrado trabajo en la panificadora. Empiezo mañana. Y hay un colegio cerca, tendríamos que matricular a Vero: en mes y medio acaban las vacaciones. —Bien, hija. Vero y yo iremos al cole, tú ahora no tendrás tiempo con tu trabajo —respondió Fina. Admitieron a Vero en sexto. El cole estaba cerca, ella feliz: —Abuela, me esforzaré mucho, quiero aprender en el cole de la ciudad. Cuando María volvió de su primer día de trabajo, su madre le contó: —Me han contratado de limpiadora en el colegio donde va a estudiar Vero. Trabajaré mientras pueda, necesitamos el dinero. —¡Ay, madre, ya estás jubilada, podrías descansar! —No, hija, mientras tenga fuerzas. Además, así vigilo a tu hija, que es nueva en la escuela… Pasó el tiempo. Fina era feliz en su trabajo aunque cansada. María también trabajaba y Vero estudiaba, sin destacar demasiado. Al acabar octavo, Vero decidió dejar la escuela y ayudar en casa. Al pasar por un restaurante vio un cartel: ‘Se necesita friegaplatos’. Entró y la contrataron en el acto. Trabajaba con ganas, ayudaba incluso en la cocina, y pronto se unió a las chicas que iban a bailar al club del barrio. —Mamá, me voy de baile, volveré tarde. —Cuídate con los chicos, Vero —le recordaba la abuela—, sé astuta. —Tranquila, abuela, ya no soy una niña… En las fiestas conoció a Toñín. Bailaron, y después no la dejó sola en toda la noche. —Hoy te acompaño a casa —le dijo, tan seguro, que ella no supo negarse. Empezaron a salir y Toñín le confesó: —Vero, me voy a la mili. ¿Me esperarás? Te escribiré cartas, prométeme que me contestarás. —Lo haré, no te preocupes. Así fue: le escribió siempre, él también, y prometió visitarla en un año cuando tuviera permiso. Llegó ese momento. Se vieron. —¿Qué tal? No te habrás casado, ¿no? —bromeó él, pero su tono era distante. —Te prometí que te esperaría y aquí estoy. —Ya, ya… —respondió él sin mirar a los ojos. Pronto se marchó. Las cartas escasearon y luego desaparecieron. Pasó el tiempo y Toñín volvió de la mili, pero ni la avisó. En la pista de baile ya no aparecía. Sus amigas le soltaron la noticia: —¡Vero, Toñín se ha casado! Trajo a la mujer de la mili. —¿Cómo? ¡Yo le estaba esperando! —se lamentó Vero entre sollozos. Un día se cruzó con Toñín en el parque. La intentó parar. —Perdóname, Vero… No amo a mi mujer, pero espero un hijo y tuve que casarme. No dejo de pensar en ti… Ella, firme, le dijo: —¿Qué quieres de mí? ¿Que sea tu amante? No. Me has decepcionado. Quédate con la que tú elegiste, cuida de vuestros hijos, que yo no estoy para eso. ¡Buena suerte, Toñín! En el restaurante la propusieron para hacer un curso de cocina en una gran ciudad. Aceptó ilusionada. En el andén, mientras esperaba el tren, unos chicos tocaban la guitarra para despedir a un amigo que volvía de la mili. De repente, uno se acercó. —Hola, soy Yago. ¿Tú cómo te llamas? —Vero —le contestó. —¿Vas en el tren? Dame tu dirección, te escribiré —le propuso. Terminaron charlando todo el trayecto. Ella ya no confiaba en el destino ni en los soldados, pero la simpatía de Yago la conquistó. Aceptó cartearse con él. Casi un año después, Yago volvió de la mili y fue a buscarla. Vero sintió que podía confiar en él, no la defraudó. Con el tiempo, se casaron. Vero trabajaba de cocinera en un restaurante, su esposo en la fábrica. Orden y pulcritud, dos mellizos, y una casa en perfecto estado… salvo por el desorden de Yago, que aprendió a corregir con paciencia y cariño. —Al final, sí que conocí al indicado y me casé con el que debía, pese a lo que decía la abuela Fina —pensó Vero. Vivió feliz muchos años, hasta que la muerte sorprendió a su esposo de un infarto. Vero se quedó sola, como la abuela y su madre. Solo la familia y la vida misma la visitan ya. Porque del destino, no se escapa nadie.
A veces, de verdad, parece que la vida nos va marcando el camino y no hay escapatoria, ¿no?
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01.7k.
Mi marido propuso ceder nuestra habitación matrimonial a sus padres en todas las fiestas y que nosotros durmiéramos en el suelo
Ya sabes que mi padre tiene ciática, ¿verdad? No puede dormir en el sofá, luego se queda encogido todo el día.
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064
La Abuela se Aburre
Abuela está aburrida. ¿Qué porquería has preparado? ¡Es imposible comerlo! ¡Demasiado dulce, demasiado
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046
— ¡Mamá, me caso! — exclamó Víctor con alegría. — Me alegro. — replicó Sofía Paloma sin entusiasmo. — ¿Qué te pasa, mamá? — preguntó Víctor sorprendido. — Nada… ¿Dónde pensáis vivir? — inquirió la madre, entornando los ojos. — Aquí. No tendrás problema, ¿no? — respondió el hijo. — El piso es de tres habitaciones, seguro que cabemos. — ¿Y tengo elección acaso? — preguntó la madre. — ¿Vamos a buscar otro alquiler? — suspiró el hijo, apesadumbrado. — Se entiende, no tengo alternativa. — aceptó Sofía Paloma, resignada. — Mamá, es que ahora un alquiler cuesta tanto que apenas nos llegaría para comer — explicó Víctor. — No será para siempre, trabajaremos y ahorraremos para comprar nuestro propio piso. Así será mucho más rápido. Sofía Paloma se encogió de hombros. — Eso espero… — murmuró. — De acuerdo, os instaláis y vivís aquí el tiempo que necesitéis, pero pongo dos condiciones: la cuenta de los gastos la pagamos a partes iguales y yo no seré la criada. — Vale, mamá, como tú digas — asintió Víctor enseguida. La pareja celebró una boda sencilla y empezaron a convivir los tres en el mismo piso: Sofía Paloma, Víctor y la nuera, Irene. Desde el primer día, en cuanto los recién casados se instalaron, Sofía Paloma empezó a tener ocupaciones urgentes. Cuando la pareja regresaba del trabajo, su madre no estaba en casa, las cazuelas vacías y la casa desordenada, tal como la habían dejado por la mañana. — Mamá, ¿dónde has estado? — preguntaba Víctor extrañado por la noche. — Verás, Vitu, me llamaron del Centro Cultural, me invitaron a cantar en el Coro de Canción Popular; ya sabes la voz que tengo… — ¿De verdad? — se asombró el hijo. — ¡Claro! Lo habrás olvidado, pero te lo conté. Allí nos juntamos otros jubilados como yo y cantamos. Me lo pasé genial, ¡mañana repito! — contó Sofía Paloma con energía. — ¿Y mañana también es coro? — preguntó su hijo. — No, mañana toca velada literaria, leeremos poemas de Lorca. — respondió Sofía Paloma. — Ya sabes cuánto me gusta Lorca. — ¿De verdad? — repitió Víctor, desconcertado. — ¡Claro! ¡Te lo dije! ¡Qué poco atento eres con tu propia madre! — le reprochó, aunque suavemente, Sofía Paloma. La nuera observaba el diálogo sin decir palabra. Desde que el hijo se casó, Sofía Paloma pareció rejuvenecer: asistía a talleres y clubs para jubilados, nuevas amigas se sumaron a las antiguas y de vez en cuando llegaban de visita, ocupaban la cocina hasta la madrugada, tomaban té y galletas, jugaban al bingo, salía a pasear o se enfrascaba viendo una serie hasta el punto de no oír a los jóvenes saludarla al volver del trabajo. De las tareas del hogar Sofía Paloma se desentendía por completo, dejando toda la faena doméstica a la nuera y al hijo. Al principio no se quejaban, luego la nuera empezó a mirar de reojo, más tarde murmuraban entre ellos y después Víctor suspiraba en voz alta. Pero Sofía Paloma no prestaba atención a esos matices y seguía con su vida activa. Un día, llegó especialmente contenta a casa, tarareando “Clavelitos” y apareció en la cocina, donde los jóvenes tomaban tristemente un caldo recién hecho: — Queridos hijos, ¡podéis felicitarme! He conocido a un hombre encantador, y mañana nos vamos juntos a un balneario. ¿No es una noticia estupenda? — Lo es, — contestaron al unísono Víctor e Irene. — ¿Es algo serio entre vosotros? — preguntó Víctor, preocupado ante la posibilidad de sumar otro miembro a la familia. — Todavía no lo sé, espero aclararlo después del balneario. — dijo Sofía Paloma, se sirvió caldo y comió con ganas, incluso repitió. Tras el viaje, Sofía Paloma regresó decepcionada: Andrés no estaba a su nivel y rompieron, pero enseguida añadió que aún le quedaba mucho por vivir. Los clubs, paseos y tertulias siguieron igual de animados. Al cabo de un tiempo, una tarde los jóvenes entraron en casa y vieron el piso patas arriba y la despensa vacía. La nuera, harta, dio un portazo a la nevera y exclamó irritada: — ¡Sofía Paloma! ¿No podría usted ocuparse un poco de las tareas domésticas? ¡La casa es un desastre! ¡La nevera está vacía! ¿Por qué tenemos que hacer nosotros todo el trabajo y usted no? — ¿Qué os pasa, estáis irritados? — preguntó Sofía Paloma, sorprendida. — Si vivierais solos, ¿quién haría todas las tareas? — ¡Pero usted está aquí! — replicó la nuera. — No soy vuestra criada, yo ya he servido bastante a la familia, ¡y ya basta! Desde el principio advertí a Víctor que no sería la sirvienta, era mi condición. Si él no te lo dijo, no es culpa mía. — respondió So-fía Paloma. — Yo pensé que era broma… — dijo Víctor, confuso. — ¿Pretendéis vivir cómodos y encima que yo recoja todos vuestros trastos y cocine cazuelas para todos? ¡No! Dije que no sería la criada y lo mantengo. Si algo os incomoda, ¡podeís buscaros otro sitio y vivir en paz! — sentenció Sofía Paloma, y se retiró a su cuarto. A la mañana siguiente, como si nada, tarareando “Ay, no era tarde, no era tarde, apenas había dormido…”, se puso una blusa bonita, se pintó los labios de rojo y se fue al Palacio de Cultura, donde le esperaba el Coro de Canción Popular…
¡Mamá, me voy a casar! exclamó su hijo con alegría. Me alegro respondió Teresa Jiménez sin mucho entusiasmo.
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026
Sin “hay que”: Un padre agotado, dos hijos perdidos y una conversación honesta alrededor de la mesa de la cocina en Madrid, entre platos sin lavar y deberes sin terminar, donde por fin, sin presiones ni sermones, todos reconocen sus miedos y cansancios, descubriendo que, más allá de las obligaciones, ser familia también es atreverse a hablar de verdad.
Sin deber Al entrar en casa, dejé la bolsa en el suelo y vi que, sobre la mesa de la cocina, había tres
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