Es interesante
0336
El regalo del padre
Mi madre era una mujer de una belleza que, según mi padre, era su único mérito. Yo, que lo adoraba con
MagistrUm
Es interesante
031
Oksana, ¿tienes un momento? – preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija. —Un minuto, mamá. Ahora mando este correo y te ayudo —respondió la hija sin despegarse de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No lo he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te acercas a la tienda antes de que cierre? —Vale. —Perdona por hacerte ir. Ya te has peinado y todo… Con estos preparativos de Nochevieja, tengo la cabeza a mil —suspiró la madre. —Ya está —Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas y el abrigo de pelo, pero la boina no, para no estropearse el peinado. La tienda estaba enfrente; no le daría tiempo a helarse. Fuera hacía un frío suave y caía copos finos, como en un cuento de Navidad. Había poca gente en la tienda. Solo iban los que, en el ajetreo, habían olvidado comprar algo. Solo quedaba eneldo en un paquete con perejil y cebollino, bastante mustio. Oksana pensó en preguntar a su madre si ese valdría o mejor no cogerlo, pero entonces cayó en la cuenta: se había dejado el móvil en casa. Dudó, pero al final cogió el manojo de hierbas, rebuscó entre las pocas bolsas de mayonesa y pagó. Apenas había salido de la tienda cuando un coche apareció de repente en la esquina y la deslumbró con las luces. Se apartó bruscamente. El tacón resbaló sobre el hielo oculto bajo la nieve y cayó con un golpe seco en la acera. El bolso salió volando. Intentó levantarse, pero un dolor agudo la atravesó el tobillo y se le llenaron los ojos de lágrimas. No había nadie alrededor, ni móvil. ¿Qué iba a hacer? No oyó cómo, detrás de ella, se cerraba suavemente la puerta del coche. —¿Te has hecho daño? —Un joven la miraba inclinado sobre ella—. ¿Puedes levantarte? Te ayudo —le tendió la mano. —Me he debido romper el pie por tu culpa. Vais con los coches como locos y dejáis la acera como una pista de hielo… —sollozó Oksana entre dientes, ignorando su mano. —Tú sabrás, ¿quién te manda andar con tacones a estas horas? —Pues vete a la porra —se rebotó Oksana, sollozando. —¿Vas a quedarte toda la noche sentada aquí? Mira, no soy asesino de chicas guapas. ¿Dónde vives? —Ahí —dijo Oksana, señalando el portal de al lado. El joven se marchó de repente. Pero enseguida oyó el motor: el coche reculó y se paró a su lado. —Te voy a levantar; apóyate solo en la pierna buena. Una, dos, tres… —y, sin que le diera tiempo a protestar, él la alzó y la apoyó con sumo cuidado. —¿Te mantienes? —la sujetó con una mano mientras abría la puerta del coche con la otra—. Ahora, agárrate a mí y siéntate. —El bolso —jadeó Oksana dejándose caer. Él echó un vistazo hacia atrás, cogió el bolso y lo dejó en el asiento trasero. En el portal, la ayudó a bajarse y en seguida la cogió en brazos. Con un golpe de pie cerró la puerta del coche. Ante el portal, se detuvo: —¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? —Mi madre. —Entonces marca el portero y dile que baje a abrir. En su bloque no había ascensor. El joven, sin preguntar, empezó a subir con ella en brazos hasta el tercer piso. Oksana se agarró a su cuello y pudo oír su respiración agitada. Bajo la tibia luz de las escaleras, le vio gotas de sudor en la sien: “Así aprendes. Para que no corras por la calle cerca de la tienda”, pensó vengativa. —Déjame aquí, ya sigo yo —pidió Oksana ante la puerta. Él solo jadeaba, sin responder. En ese momento, se abrió la puerta y apareció la madre. —¿Oksana? ¿Qué ha pasado? El joven entró empujando suave y colocó a Oksana de pie. —Tráigale una silla —ordenó a la madre, asustada. La madre trajo una silla, y Oksana se dejó caer aliviada, estirando la pierna dolorida. El joven se arrodilló frente a ella. —¿Pero esto qué es? —protestó la madre. Él, como si no la oyera, sujetó la pierna de Oksana mientras le abría bruscamente la cremallera de la bota. Oksana dio un grito. —¡Qué hace! ¡Duele! —¡Está sufriendo! —chilló la madre, horrorizada al ver cómo el tobillo se hinchaba y tomaba un color oscuro visible aún a través de las medias. —Voy a llamar a urgencias —dijo la madre. —Solo es una luxación. Soy médico. Tráigame hielo, deprisa —dio la orden. Y la madre fue corriendo a la cocina, para volver con un pollo congelado. —Póntelo en el tobillo —dijo el joven y se levantó para abrir la puerta–. —¿Te vas? —preguntó nerviosa Oksana. —Bajo al coche. Tengo una venda elástica. Y tu bolso. Vuelvo ahora —dijo él y salió. —¿Le has dejado el bolso en el coche? Oksana, ¿quién es ese muchacho? —La madre le aplicó a Oksana el pollo congelado. Oksana se estremeció de dolor. —[Él] apareció con el coche en la esquina, me asusté, resbalé y caí. Me ha traído a casa. No sé más. —¿Y si es un timador? Ahora se va con el bolso, con las tarjetas y las llaves. ¿Llamo a la policía antes de que desaparezca? —susurró la madre. —¡Qué policía ni qué policía! Si quisiera robarme, me habría dejado tirada. Si me ha traído a casa… —No sé, no sé… —replicó la madre. En ese momento, sonó el portero. —Es él. Mamá, ábrele —pidió Oksana. El joven entró, miró a las dos mujeres y dejó el bolso en la cómoda. —Compruebe que está todo —dijo, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, arrodillándose sobre ella. —Ahora dolerá. Hay que reducir la luxación. Agárrate fuerte a la silla. Así será más fácil. Con una mano sujetó el pie, lo giró despacio. Oksana gimió, mordiéndose los labios. —Se os está quemando algo —le dijo a la madre el joven. La madre salió corriendo a la cocina. En el siguiente instante, el tobillo de Oksana explotó de dolor. Todo se nubló. —Tranquila. Ahora ya está —dijo él, en voz baja. La madre volvió, quedó petrificada al ver a Oksana llorar. —En la cocina todo… —empezó ella, pero el joven la interrumpió. —He colocado la luxación. Dolerá unos días. No le cargues peso. —Le apoyó la pierna y se levantó. —Muchas gracias. Perdón por lo que he pensado de ti —dijo la madre—. ¿Quieres quedarte? Queda poco para las campanadas y no llegarás a casa. Y yo tengo todo preparado, así que… El joven lo pensó un instante: —Vale, si no molesto. —¡Qué va! Ayuda con el cava. —¡Mamá! —protestó Oksana. —¿Qué pasa? Saco la carne del horno. Tú, joven, lleva a Oksana al salón. Con ayuda, Oksana fue saltando hasta el sofá. Probó pisar con la punta: dolía, pero soportable. Pero le gustaba sentir su mano en la cintura. —Gracias —dijo al sentarse y estirar la pierna. —A ti. La culpa ha sido mía —respondió él. —No digas eso. Yo me asusté sola. ¿Cómo te llamas? —Valentín. ¿Nos tuteamos? —Vale. ¿De verdad eres médico? —Cirujano. Iba a comprar algo… —dijo él, sentándose junto a Oksana. —Te espera tu esposa —insinuó ella. —Me dejó hace medio año. Se cansó de que estuviera siempre de guardia. Se llevó a la niña con ella a casa de su madre. —Seguro que estoy horrible —suspiró Oksana. —Todo lo contrario. Así, los tres recibieron el Año Nuevo. Como lo empiezas, así lo sigues. Cuando Valentín se fue, ella y su madre se acostaron. Oksana no podía dormir. Seguía sintiendo las manos de Valentín en la cintura, recordando cómo la llevó en brazos… ¿Cómo iba a olvidarlo? Por la mañana pudo apoyar el pie; el tobillo estaba más hinchado, la venda apretaba, pero podía andar. No pudo ocultar una sonrisa cuando Valentín volvió a pasar por casa. Le revisó el pie y volvió a vendarlo. —Todo bien. ¿Puedes apoyar? —Claro, ayer ya nos tuteábamos. Sí, puedo —replicó Oksana. —¿Un té? —ofreció la madre. —Era sólo una visita rápida. Me toca guardia. —¿Vendrás más? —preguntó rápido Oksana. El joven sonrió. Dos meses después, Oksana se mudó con él. —Ni siquiera está divorciado. ¿Y si vuelve la esposa? —rezongaba la madre mientras Oksana hacía la maleta. —No va a volver. Si lo hace, él dice que no le importa. —No sé, hija, te precipitas. Fue un año feliz. Oksana sentía celos cuando él iba con la hija. Le veía con la ex. Había visto fotos de ella: guapa. Viviendo con él empezó a comprender a la exmujer: las guardias, los turnos, los festivos… Y en el hospital, todas esas enfermeras jóvenes. Era imposible no enamorarse de él. Pero cuando estaba con ella, Oksana era feliz. Pasó el año. Pese a todo, fue feliz. Valentín no llegó a divorciarse. Eso era el único borrón. Otra vez su madre rondándole con consejos de hablar claro y definir la relación. Pero Oksana dudaba. La noche del 31, ella trajinaba en la cocina. En el salón brillaba el árbol de Navidad, en la habitación estaba el vestido nuevo. Oksana revisó la carne y oyó el teléfono. Cuando entró, Valentín hablaba por la ventana. —Vale, ahora voy —dijo, volviéndose hacia ella. —¿Te reclaman en urgencias? —preguntó Oksana con voz ahogada. —No. Mi ex me ha llamado. Dice que la niña llora, que no quiere dormirse sin mí. Vuelvo enseguida. —Valen, faltan menos de tres horas para el Nuevo Año —la voz se le quebró de contener el llanto. —Me da tiempo. La acuesto, dejo el regalo y vuelvo. Tardo poco —le dio un beso rápido y salió. Oksana trató de no tener celos, de no ponerse nerviosa, pero no lo lograba. Tenía todo listo, se vistió. El reloj corría hacia las doce y Valentín no volvía. No le llamó por si iba conduciendo, le escribió, pero no respondió. Cansada de esperar, con pena vio la mesa preparada; apagó las velas. Ahora comprendía a su ex. ¿Y si la madre tenía razón y ella volvía a por él? ¿Qué haría ella? Porque le quería. Esperar y estar pendiente de la puerta era insoportable. Se acordó de la vecina del primero: vivía sola. Valentín le contó que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana, esta Nochevieja, también estaba sola. No era justo recibir el año así. Cogió dos tuppers, metió ensaladilla y un trozo de tarta y bajó al primero. La anciana tardó en abrir. Oksana le explicó a trompicones por qué venía. Al fin, la abrió y la miró con curiosidad. —Le he traído ensaladilla y tarta. La he hecho yo. ¿Le molesta si le hago compañía? —Pasa, hija —dijo la anciana. Era menuda, encogida. Pero la casa, limpia y cálida. No había árbol ni mesa festiva. Solo encendido el televisor y poco más. —Aquí tienes —puso Oksana la comida en la mesa. —Gracias. Siéntate, que voy a poner el té —dijo la anciana. —¿Vives con Valentín? —preguntó después, sirviendo el té. —Sí. La anciana asintió como aprobando. —Su mujer no saludaba, iba a lo suyo, ni trabajaba. Tú parece que eres diferente. ¿Le han llamado otra vez del hospital? —Ha ido con su hija. La anciana volvió a asentir. —Volverá, no te preocupes. Es un buen hombre. —¿Y usted, está sola? —Siempre. Tenía que haber tenido hijos, pero qué voy a decir ahora… También tuve un gran amor. Pero mi amiga me lo quitó. —¿Cómo fue eso? —Después del colegio me fui a estudiar enfermería, a la capital. Mi Fede se quedó en el pueblo. El 31, tras las clases, fui a verle para Nochevieja. Pero el autobús se rompió por el camino, pinchazo y todo. Ya era de noche. El conductor fue a buscar ayuda; los demás, en el bus. Así que, como se acercaba la medianoche, seguí andando. Empezó a nevar, luego viento, la ventisca de verdad. Ya había caminado bastante, y no retrocedí. Era joven, la ilusión me empujaba. Pensé que el bus me alcanzaría luego. Así recibí el año en la carretera. Cuando llegué, tenía todo el rostro y los dedos helados, aunque el frío no era para tanto, pero el viento sí. Estuve varios días grave. Y cuando desperté, mi amiga me dijo que Fede ya no era para mí, que estaba embarazada. Él quiso hablar, pero no quise escuchar. Me marché a la ciudad, no le volví a ver. Aunque nunca le olvidé. Solo muchos años después supe que ella había mentido sobre el embarazo. Y mi Fede se dio a la bebida y murió de frío una noche. Era un buen chico —suspiró la anciana. —Así que nunca me casé. Solo le quise a él y nada más. Tenía que haber hablado con él, haber perdonado. Mi vida habría sido distinta. —Se enjugó los ojos. —Vi por la ventana que Valentín nunca era tan feliz con ella como contigo. Si le quieres, perdónale; no tengas celos. O mejor, marchaos los dos. Ella no te dará tregua. No hagas como yo. Hazle caso al corazón. Oksana volvió a casa, guardó todo en la nevera. Valentín llegó la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué ha pasado. Creo que me puso algo en el té. Me acabo de despertar ahora con un dolor de cabeza brutal. —¿Por qué no te divorcias? ¿Es que aún la quieres? —No. Si la conocieras, no preguntarías. Quiero a mi hija. Oksana, sé que has tenido que esperar y que te has imaginado de todo. No hay nada entre nosotros. ¿Me crees? Oksana se acercó, le abrazó y le miró a los ojos. —Vámonos. Donde sea. Hospitales hay en cualquier sitio. Tú eres un gran cirujano… —Ahora no puedo hablar de eso. Me duele mucho la cabeza. Luego, ¿vale? Te quiero. Él se quedó dormido y Oksana pensó en las palabras de la vecina. “La niña es aún pequeña. Se olvida de todo, y llevan medio año sin vivir juntos. La ex lo ha planeado todo. Quizás solo quiera que yo me canse y le deje. Se equivoca. Yo lucharé por él. Cuando despierte, hablaremos…” Oksana apagó las luces del árbol y se acurrucó junto a Valentín. “Te quiero. Esa palabra no lo dice todo. Te quiero. Te quiero. Hay mil formas de decirlo, pero te quiero.” (Annie Hall) “Cuando amas, se puede perdonar todo… menos una cosa, que dejen de amarte.”
21 de diciembre, Madrid ¿Estás ocupada, Cayetana? me preguntó mi madre, asomándose a la puerta de mi
MagistrUm
Es interesante
059
Voy al colegio de mi nieto todos los días.
Voy al colegio de mi nieto todos los días. No soy ni profesor ni conserje, solo un abuelo con bastón
MagistrUm
Es interesante
087
Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Don Victor salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un pequeño taburete. Un nudo amargo le apretaba la garganta, intentó recomponerse, pero sus manos temblaban traicioneras. ¿Cómo iba él a imaginar que llegaría el día en que no habría espacio para él en su propio piso…? —¡Papá! ¡No te enfades ni te pongas así! —salió Larisa al balcón, la hija mayor de Don Victor—. No te pido mucho… Déjanos tu habitación y ya está. Si no tienes pena por mí, piensa al menos en tus nietos. Ya van al colegio dentro de poco, y tienen que dormir conmigo en la misma habitación… —Lara, no pienso irme a una residencia —respondió el anciano con calma—. Si estáis tan apretados aquí, idos a casa de la madre de Miguel. Ella vive sola en un piso de tres habitaciones. Allí tendrás cuarto para ti y para los chicos. —¡Sabes que nunca podría convivir con esa mujer! —gritó su hija, cerrando la puerta del balcón de un portazo. Don Victor acarició a su viejo perro, que le había acompañado toda la vida, y recordando a su querida esposa Nati, rompió a llorar. Siempre le brotaban lágrimas al pensar en ella, fallecida cinco años atrás, dejándole solo. Se sentía huérfano desde entonces. Toda la vida caminaron juntos, ¿cómo imaginar una soledad así teniendo hija y nietos? A Lara la criaron con cariño… pero algo debió fallar. Su hija resultó fría y egoísta. Barcino gimió y se tumbó a sus pies, sintiendo el dolor de su dueño y sufriendo con él. —¡Abuelo! ¿No nos quieres nada? —entró su nieto, de ocho años. —¡Claro que sí! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? —se asombró el anciano. —¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena darnos tu habitación? ¿Por qué eres tan avaro? —el niño lo miró con rabia. Victor quiso explicarle, pero se dio cuenta de que eran palabras de Lara. —Está bien. Me iré —dijo el anciano con voz apagada—. Os dejo la habitación. Ya no aguantaba más aquel ambiente. Sentía que todos le detestaban: el yerno ni le dirigía la palabra, y el nieto creía que le robaba la habitación. —¿De verdad lo harás, papá? —asomó Lara, exultante. —Es verdad —susurró el anciano—. Prométeme que cuidarás de Barcino. Me siento como un traidor… —¡Déjate ya! Lo cuidaremos, lo sacaremos mucho a pasear. Y los fines de semana te visitaremos con él —prometió su hija—. Te he buscado el mejor centro, te gustará. Dos días después, Don Victor se fue a la residencia. Lara ya lo tenía todo preparado esperando que su padre por fin claudicara. Al llegar a la habitación, húmeda y maloliente, Don Victor se arrepintió enseguida. Su hija había mentido: era una residencia pública, llena de personas desgraciadas y solitarias. Entre recuerdos y conversaciones con una mujer llamada Valentina, la única luz en su vida allí, el anciano sobrevivía entre paseos y comida mediocre. Esperaba que Lara se arrepintiera, que le echara de menos… pero el tiempo pasaba y nadie le visitaba. Un día, al llamar a casa para preguntar por Barcino, nadie respondió. Un día, se encontró con su vecino, Esteban, que le reveló que Lara decía a los demás que Victor se había ido al pueblo y que había dado a su perro a un refugio. La hija vendía el piso y se iba a vivir con su suegra, y justificaba el abandono del perro diciendo que ya era viejo. Desesperado, Don Victor confesó a Esteban todo lo sucedido, arrepintiéndose de su decisión. —Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo —susurró el anciano. Esteban, abogado defensor de ancianos, le ayudó: si Victor no había sido dado de baja del padrón, aún podía salvar su situación. —Prepara tus cosas, te espero en el coche —le dijo Esteban. Victor se despidió de Valentina, prometiéndola volver por ella. Al volver, encontró que la hija ya no vivía allí y que había alquilado el piso. Con ayuda del vecino, Victor pudo recuperar sus derechos y acordaron vender la vivienda, repartiendo la parte de Lara y comprando un pequeño chalet para el anciano y su perro, Barcino. Tres meses después, Victor y Barcino estrenan nuevo hogar en el campo. No podía dejar atrás a Valentina, así que pasó a buscarla ofreciéndole vivir con ellos, con aire puro, pesca, bayas, setas y tranquilidad. —¿Me esperas diez minutos? —preguntó ella, emocionada. —Por supuesto —respondió Victor. Contra la maldad de los cercanos, ellos dos encontraron la felicidad. Descubrieron que hay más gente buena que mala y que, luchando juntos, lograron paz y alegría en su vida…
Echo de menos mi hogar, hijo Petrovich salió al balcón, encendió un cigarro y se sentó en el taburete
MagistrUm
Es interesante
013
Divorcio implacable: la historia de Olga y Arcadio
Madrid, 12 de septiembre Hoy vuelvo a la oficina después de tres semanas de ausencia y, al cruzar la
MagistrUm
Es interesante
0296
¿FAMILIA?
¡Dile a Carlos que venga ya! exclamó la hija, la voz quebrada. Los tres niños están con fiebre, están llorando.
MagistrUm
Es interesante
022
“Perdóname, hijo, esta noche no habrá cena”, gritó la madre… Un millonario escuchó: —Mamá… tengo hambre. Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía apenas cuatro años, pero su estómago ya entendía una lengua que ningún niño debería aprender nunca: ese vacío que ni las promesas logran calmar. Le acariciaba el pelo con una mano, mientras con la otra sostenía una bolsa casi ridícula de pequeña, llena de botellas de plástico vacías recogidas durante el día. —Pronto comeremos algo, mi amor —murmuró. Pero la mentira le raspaba la garganta. Esa semana había mentido demasiado. No por costumbre, sino por necesidad. Porque contarle la verdad a un hijo sería como arrojarlo al suelo sin colchón. El supermercado resplandecía con luces de Navidad, guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carros llenos. Olía a pan recién hecho y canela, algo que para Lucía era puro lujo. Madrid brillaba aquella noche, como si la ciudad se vistiera de gala… pero ella caminaba con zapatos gastados, atenta a cada paso, para que Mateo no percibiera el miedo. Mateo se detuvo frente a una montaña de roscón envuelta en papel brillante. —¿Compramos uno este año? Como el año pasado con la abuela… El año pasado. Lucía sintió un latigazo en el pecho. El año pasado, su madre estaba viva. El año pasado tenía un trabajo estable limpiando casas, y aunque apenas le alcanzaba, al menos había mesa. Al menos había techo y no el vaho de las ventanas de un coche prestado donde dormían desde hacía dos semanas. —No, cariño… este año no. —¿Por qué? Porque el mundo puede romperse sin avisar. Porque la fiebre de tu hijo pesa más que cualquier turno de limpieza. Porque un jefe te despide por faltar una sola vez, aunque ese día tu hijo arda entre tus brazos en la sala de hospital. Porque el alquiler no espera, ni la comida, ni el dolor. Lucía tragó y se obligó a sonreír. —Porque hoy haremos otra cosa. Ven, ayúdame con las botellas. Pasaron por pasillos donde todo parecía decir “sí” y, al tiempo, “esto no es para ti”. Refrescos, galletas, chocolate, juguetes. Mateo miraba todo con ojos enormes. —¿Puedo tomar zumo hoy? —No, cariño. —¿Y galletas? Galletas de chocolate… —No. —¿Y las simples…? Lucía contestó más duro de lo que quería y vio cómo el rostro de Mateo se apagaba, como una pequeña luz que se rinde. Su corazón se rompió otra vez. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón sin dejar de existir? Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía metió una botella, luego otra. Sonidos metálicos, números que subían despacio. Diez botellas. Diez pequeñísimas oportunidades. La máquina soltó un cupón. Veinticinco céntimos. Lucía lo miró como si se burlara. Veinticinco. En Nochebuena. Mateo tiraba de su mano con esperanza dolorosa. —Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucha hambre. Lucía sintió su resistencia rendirse. Hasta ahí, se había aferrado al mundo con dientes, pero la mirada confiada de su hijo la desarmó. No podía mentirle más. No esa noche. Lo llevó a la frutería. Las manzanas brillaban, las naranjas perfectas, los tomates como joyas. Rodeada de abundancia ajena, Lucía se arrodilló frente a Mateo y tomó sus manitas. —Mateo… mamá tiene que decirte algo muy difícil. —¿Qué pasa, mami? ¿Por qué lloras? Lucía ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba. Las lágrimas bajaban solas, como si su cuerpo supiera antes que ella que ya no podía seguir. —Hijo… perdóname. Este año… no hay cena. Mateo frunció el ceño, sin entender. —¿No vamos a cenar? —No tenemos dinero, mi amor. No tenemos casa. Dormimos en el coche… y mamá ha perdido su trabajo. Mateo miró la comida alrededor, como si el mundo lo traicionara. —Pero aquí hay comida. —Sí, pero no es nuestra. Entonces Mateo lloró. No gritos, sino ese llanto callado que duele más que cualquier berrinche. Sus hombros temblaban. Lucía lo abrazó desesperada, como si apretarlo fuerte bastara para obrar un milagro. —Perdóname… perdóname por no poderte dar más. —Disculpe, señora. Lucía alzó la mirada. Un guardia de seguridad la observaba incómodo, como si la pobreza manchara el suelo. —Si no va a comprar nada, debe marcharse. Está molestando a los clientes. Lucía se secó la cara rápido, avergonzada. —Ya nos vamos… —Ahora, señora, por favor… ya se lo he dicho una vez. La voz llegó desde atrás, firme y serena. Lucía se giró y vio a un hombre alto, traje oscuro, canas en las sienes. El carro vacío, presencia imponente. Miró al guardia sin levantar la voz, pero con una autoridad que forzó su retirada. —Son mi familia. He venido a buscarlos para hacer la compra juntos. El guardia vaciló, miró la ropa ajada de Lucía, al niño hambriento, al hombre impecable… y acabó cediendo. —Disculpe, señor. Lucía quedó inmóvil, sin saber si agradecer o huir. —No sé quién es usted —dijo ella, incorporándose—, y no necesitamos… —Sí, sí lo necesitan. No sonaba cruel, sino sincero. La miró directo a los ojos. —Les he oído. Y nadie debería pasar hambre en Navidad. Menos un niño. Se agachó a la altura de Mateo, sonrisa cálida. —Hola. Me llamo Sebastián. Mateo se escondió tras la pierna de su madre, pero miró de reojo. —¿Cómo te llamas tú? Silencio. Sebastián no insistió. Solo preguntó: —Dime… si pudieras cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué sería? Mateo miró a Lucía, buscando permiso. No entendía, pero en los ojos del hombre no había burla ni lástima sucia ni curiosidad hiriente. Solo humanidad. —Puedes contestar, amor —susurró Lucía. —Albóndigas rebozadas… con puré de patatas —dijo Mateo casi sin voz. Sebastián asintió como si le encargaran la orden más importante del mundo. —Perfecto. Es mi cena favorita. Ven, ayúdame. Y comenzó a empujar el carro. Lucía lo siguió, el corazón galopando en las costillas, esperando el truco, la condición, la humillación escondida. No llegó. Sebastián llenó el carro de carne, patatas, pan rallado, ensalada, zumo y fruta. Todo lo que Mateo señalaba, Sebastián lo añadía sin contar, sin suspiro, sin mirar el precio. En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio la suma y se mareó: era más de lo que había ganado en dos semanas trabajando. —No podemos aceptarlo —intentó decir ella, temblando. Sebastián la miró serio. —Eso que le dijiste a tu hijo… nadie debería tener que decirlo. Déjame hacerlo, por favor. En el aparcamiento, Lucía se dirigió al viejo Renault de la señora Paz. El coche parecía más triste junto al Mercedes negro de Sebastián. Él lo entendió todo en una mirada: la miseria en el asiento trasero, la manta, la bolsa con ropa. —¿Dónde van después? —preguntó. El silencio cayó. —A ningún sitio —admitió Lucía por fin—. Dormimos aquí. Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó una mano por el pelo, como si la realidad le pesara de golpe. —Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Vengan a cenar conmigo. Después… ya veremos. Pero esta noche no dormirán en el coche. Le entregó una tarjeta: Hotel Emperador. Lucía la sostuvo como si quemara. Cuando Sebastián se fue, Mateo tiró de la ropa de su madre. —Vamos, mamá. Cenaremos albóndigas. Lucía miró a su hijo, al coche, a la tarjeta. No tenía opción. Y sin saberlo, al aceptar esa cena también abría una gran puerta… una que podía salvarles o destrozarles, si todo era solo una ilusión. El restaurante era otro mundo: manteles blancos, luz cálida, música suave, flores frescas. Mateo no soltó nunca la mano de su madre. Lucía, con ropa gastada, sentía que todos la miraban aunque nadie lo hiciera realmente. —Son mis invitados —dijo Sebastián al camarero—. Pidan lo que quieran. Al principio, Mateo comía despacio, temiendo que le quitaran el plato. Luego más rápido, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía lo veía con la garganta cerrada: que su hijo dijera “lo más delicioso que he probado” era una tragedia disfrazada de frase bonita. Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas simples, preguntó a Mateo por dinosaurios. El niño sacó de su bolsillo un pequeño tyrannosaurus rex de plástico, arañado y viejo. —Se llama Rex —dijo orgulloso—. Me protege cuando duermo. Sebastián lo miró con tristeza contenida. —Los tyrannosaurus son los más fuertes —contestó. Más tarde, cuando Mateo tenía ya chocolate en la cara, Sebastián preguntó con respeto: —Lucía… ¿cómo han llegado a esto? Y Lucía contó su historia. La madre muerta. Los trabajos perdidos. El hospital. El desahucio. El padre que se marchó cuando Mateo era bebé sin volver jamás. Sebastián escuchó sin interrumpir, como si cada palabra le confirmase algo. —En mi hotel necesito personal de limpieza —dijo por fin—. Contrato legal, horario fijo, todo en regla. Hay pequeños pisos para empleados. Son modestos, pero dignos. Lucía lo miró con recelo; la esperanza también da miedo. —¿Por qué lo hace? —Porque necesito trabajadores —respondió—. Y porque ningún niño debería vivir en un coche. Al día siguiente, Lucía volvió. La encargada, Patricia Méndez, hizo una entrevista normal, sin sensacionalismos. Tres días después, Lucía y Mateo entraron por primera vez en un piso con ventanas de verdad. Mateo corrió por las habitaciones como quien descubre un planeta nuevo. —¿Es nuestro, mamá? ¿De verdad? —Sí, cariño… es nuestro. La primera noche, Mateo durmió en cama… pero se despertó varias veces llorando, asegurándose de que su madre seguía allí. Lucía encontró galletas escondidas bajo su almohada. Su hijo acumulaba comida por si el hambre volvía. Y entendió que la pobreza no desaparece al cambiar de casa: queda dentro por un tiempo, como murmullo de fondo. Sebastián aparecía de vez en cuando. Llevaba libros, charlaba con Mateo, jugaba fútbol en el parque. Y un día, por el cumpleaños, llevó una tarta gigante en forma de dinosaurio. Mateo pidió un deseo en voz alta y sin vergüenza: —Quiero que el tío Sebas se quede para siempre. Que nunca se vaya. Sebastián se arrodilló, ojos húmedos. —Haré todo lo posible, te lo prometo. El problema surgió con un cotilleo en el edificio… y llegó a la persona equivocada. Roberto, el padre biológico, apareció un martes en el vestíbulo, olía a cerveza y llevaba una sonrisa falsa. —Vengo a ver a mi hijo —dijo—. Tengo derecho. Lucía sintió que le faltaba el aire. Sebastián se alzó como muro delante de ella. Roberto gritó, amenazó, prometió juicios. Y llevó a cabo: llegaron papeles solicitando visitas, custodia compartida. Lucía era “una mujer en circunstancias discutibles”. Sebastián, el “empresario”, confundía al niño. Todo sonaba elegante. Todo era veneno. La primera visita supervisada fue un desastre. Mateo no soltó la pierna de Sebastián. Roberto intentó cogerlo, Mateo chilló. Esa noche el niño tuvo pesadillas. Lloró, temiendo que lo llevaran lejos, que no volviera a ver a su madre, que perdiera a “papá Sebas”. —Yo también quiero ser tu padre —confesó Sebastián al amanecer, sentado en la cama del niño—. Más que nada. —Entonces… ¿por qué no puedes? No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil. El abogado fue claro: como matrimonio, Sebastián podría comenzar la adopción. La familia parecería estable ante el juez. El miedo de Lucía era inmenso, pero la verdad ya estaba ahí, creciendo silenciosa desde hacía meses: Sebastián no estaba por compromiso. Se quedaba por amor. —No sería mentira —dijo una tarde, voz temblorosa—. Me enamoré viéndote ser madre. Y de él… porque es imposible no hacerlo. Lucía, tras años sobreviviendo sin dejarse soñar, dijo “sí” con lágrimas que no eran derrota, sino algo nuevo: alivio. La boda fue sencilla. Civil. Patricia de testigo. Mateo, con traje corto, llevó los anillos serio, custodiando un tesoro. —¡Ahora somos una familia de verdad! —gritó el niño al declararlos marido y mujer, y todos rieron entre lágrimas. La audiencia fue la revelación. Roberto, de traje, se hizo pasar por víctima. Sebastián habló de aquella Nochebuena en el supermercado, de Lucía pidiendo perdón por no cenar, de cómo no podía mirar hacia otro lado. Lucía relató cuatro años de ausencia y silencio. El juez miró todo. Papeles, cartas, partes médicos donde Roberto nunca aparece. Testimonios del colegio, del hotel, vídeos de rutinas: cenas, risas, desayunos. Y pidió hablar a solas con Mateo. Lucía casi se desmayó de miedo. En el despacho, le dieron zumo y galletas. Mateo respondió con la sencillez más pura: —Antes vivíamos en un coche y no era bonito. Ahora tengo mi cuarto. Hay comida. Mamá se ríe. —¿Quién es tu papá? —preguntó el juez. Mateo no dudó. —Sebas. Mi papá es Sebas. El otro señor… No le conozco. Él hace llorar a mamá. Y no quiero que mamá llore más. Cuando el juez dictó sentencia, todo quedó en suspenso. Custodia total para Lucía. Visitas supervisadas solo si el niño las deseaba, y por tiempo limitado. Permiso a Sebastián para iniciar la adopción. Roberto salió enfadado, lanzando amenazas en el eco del vestíbulo. No regresó jamás. Nunca pidió visita. No quería un hijo. Quería control, ventaja, dinero. Al no obtenerlo, se esfumó. En la escalinata del juzgado, Mateo entre sus dos padres, en una abrazo donde al fin ya no cabía el miedo. —¿Entonces… puedo quedarme contigo para siempre? —preguntó. —Para siempre —dijeron ambos. Meses después, llegó el certificado de adopción, sellos oficiales que solo confirmaban lo que el corazón sabía. Mateo Romero Ortiz. Sebastián lo enmarcó y colgó en la pared como medalla de la batalla más importante. Cambiaron el piso por una casa con jardín. Mateo eligió su cuarto y colocó a Rex en lugar especial, aunque a veces lo traía “por si acaso”. No por dudar de su familia, sino porque el niño que fue no se ha ido del todo: apenas empieza a aprender que la seguridad también puede ser real. Un sábado, Sebastián sugirió ir al supermercado. El mismo de Nochebuena. Entraron de la mano. Mateo, saltarín, eligió naranjas, manzanas y cereales de dinosaurio para la caja. Lucía lo miró y sintió que el pecho se le llenaba de algo que creía imposible: tranquilidad. En la frutería, Mateo se detuvo donde ella había llorado meses antes. Tocó una manzana, la puso con mimo en el carro y presumió: —Para nuestra casa. Lucía pestañeó para contener el llanto. Sebastián le apretó la mano. No dijeron nada, porque a veces lo más grande no se dice: se respira. Aquella noche, los tres compartieron la mesa. Mateo contó chistes malos del jardín, Sebastián fingió que eran los mejores del mundo, Lucía reía de corazón, como sólo se ríe cuando el cuerpo ya no está en guardia. Luego, como siempre, Sebastián leyó cuentos. Tres. Mateo se durmió en el segundo, con Rex tranquilo en el pecho. Lucía se quedó un rato en el umbral. Pensó en la mujer que fue: la que pedía perdón por no cenar, la que dormía en un coche prestado, la que creía que vivir era solo resistir. Y entendió algo que no sale en los papeles ni en los autos judiciales: a veces, en el instante más oscuro, un acto de humanidad puede desencadenar una cadena de milagros. No milagros de películas. Milagros verdaderos. Un trabajo. Un techo. Pan recién hecho. Cuentos al dormir. Una mano extendida. Y, sobre todo, un niño que ya no tiene hambre… ni miedo… porque al fin tiene lo que siempre mereció: una familia que nunca se irá.
«Perdóname, hijo, esta noche no hay cena», gritó mi madre una vez Un hombre adinerado escuchó.
MagistrUm
Es interesante
0393
Igor no regresó de sus vacaciones: el marido de Ludmila desaparece durante un viaje al Mediterráneo, el silencio de la policía y la amarga verdad tras su inesperado regreso en la España de los años ochenta
¿Y tu marido, aún sin dar señales de vida? Nada, Carmen, ni ha escrito ni ha llamado, ni al novenario
MagistrUm
Es interesante
0132
— ¡¡Pero qué harta me tienes!!!… Que si como mal…, que si visto fatal…, que si todo lo hago mal!!! — la voz de Pablo rompió en un grito. — ¡Tú es que no vales para nada!… ¡Ni ganas dinero como Dios manda!… ¡Ni se te espera nunca para ayudar en casa!… — rompió a llorar Marina — …Y tampoco tenemos hijos…, — añadió casi en un susurro. Belka — una gata blanco-canela de unos diez años, subida al armario, observaba en silencio la enésima «tragedia» familiar. Sabía con certeza, incluso sentía, que papá y mamá se querían, y mucho… Por eso no entendía — ¿para qué decirse palabras tan amargas que solo hacen daño? Mamá, llorando, corrió a su cuarto, y papá encendió cigarro tras cigarro. Belka, comprendiendo que la familia se venía abajo delante de sus ojos, se quedó pensando: «Hace falta que la casa vuelva a ser feliz…, y para que haya felicidad hacen falta niños…, tengo que buscar niños en algún sitio…». Belka no podía tener gatitos — hacía tiempo que la esterilizaron, y mamá…, los médicos decían que sí podía, pero “no terminaba de cuajar”… Por la mañana, cuando los padres se marcharon a trabajar, Belka salió por primera vez por la ventana y fue a visitar a la vecina Patitas — para charlar y pedir consejo. — ¿Pero para qué queréis niños? — bufó Patitas — Si las nuestras vienen con crías y no hago más que esconderme…, que si me embadurnan el hocico de carmín, que si me estrujan tanto que no se puede ni respirar… Belka suspiró: — Nosotros queremos niños de verdad… Si supiera dónde buscarlos… — Pues mira…, la callejera Misha ha parido por ahí… tiene cinco…, — dijo Patitas pensativa — escoge… Belka, arriesgándose, saltando de balcón en balcón, bajó a la calle. Temblando, se coló entre los barrotes de una ventana del sótano y llamó: — ¡Misha, sal un momento, por favor…! Desde lo más profundo del sótano se oían quejidos desesperados. Belka, acercándose con sigilo, se contuvo las ganas de llorar al verlos. Debajo del radiador, sobre la grava, había cinco gatitos ciegos, chillando y buscando a su madre en el aire. Al olerlos, Belka notó que Misha no estaba desde hacía al menos tres días, y que los pequeños morían de hambre… Belka, a punto de echarse a llorar, llevó cuidadosamente a cada gatito hasta el portal. Intentando mantener al hambriento grupo en su sitio, se tumbó a su lado, vigilando con preocupación el final del patio de donde debían venir papá y mamá. Pablo, que recogió a Marina del trabajo en silencio, llegaron a casa igualmente callados. Al llegar al portal, se quedaron atónitos — en el umbral estaba su Belka (que, por cierto, nunca había salido sola a la calle) y cinco gatitos de todos los colores intentaban mamar de ella. — ¿Pero esto qué es? — se quedó perplejo Pablo. — Un milagro…, — respondió Marina, y cogiendo a la gata y los gatitos, subieron corriendo al piso… Mientras miraban a la satisfecha Belka ronroneando en la caja con los pequeños, Pablo preguntó: — ¿Y ahora qué hacemos con ellos? — Los alimentaré con biberón…, y cuando crezcan, los daremos…, llamaré a las amigas…, — respondió Marina en voz baja. Tres meses después, una Marina “aturdida” por la noticia acariciaba a la “manada” de gatos mirando al infinito y repitiendo una y otra vez: — Esto no puede ser, esto no puede estar pasando… Y después, ella y Pablo lloraban de alegría, él la alzaba en brazos, los dos sin parar de hablar a la vez… — ¡No habrá sido en vano terminar la casa! — ¡Sí, para el niño será lo mejor, aire libre! — ¡Y los gatitos podrán corretear por ahí! — ¡Aquí cabemos todos! — ¡Te quiero! — ¡Yo sí que te quiero! Belka, la sabia, secó una lágrima… porque la vida, al fin, empezaba a arreglarse…
¡No puedo más contigo, de verdad! Que si como mal, que si visto peor, ¡que si en general todo lo hago fatal!
MagistrUm
Es interesante
0126
Mi suegra se burlaba de que mi madre limpiaba casas ajenas… hoy limpia la mía.
Jamás olvidaré la primera vez que llevé a mi esposo a casa de mis padres, en Madrid. Mi madre, Doña Pilar
MagistrUm