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0158
Convertida en criada: Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera quedaron impactados por la noticia y no supieron cómo reaccionar. —¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente tu vida a esta edad? —le preguntó Catalina, mirando a su marido. —Mamá, ¿para qué hacer algo tan impulsivo? —se puso nervioso Rubén—. Te entiendo, llevas muchos años sola y me dedicaste gran parte de tu vida, pero ahora casarte es una tontería. —Sois jóvenes, por eso pensáis así —respondió tranquila Alejandra—. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo me queda. Tengo derecho a vivir el tiempo que me queda con la persona que amo. —Entonces no tengas prisa con la boda —intentaba razonar Rubén—. Apenas conoces a Jorge desde hace un par de meses y ya quieres cambiarlo todo. —A nuestra edad hay que aprovechar la oportunidad y no perder tiempo —insistió Alejandra—. ¿Qué más debo saber? Es dos años mayor, vive con su hija y su familia en un piso de tres habitaciones, cobra una buena pensión y tiene una casa en el campo. —¿Dónde vais a vivir? —no comprendía Rubén—. Aquí no hay espacio para una persona más. —No os preocupéis tanto, Jorge no aspira a nuestro espacio; me iré a vivir con él —les explicó Alejandra—. Su piso es grande, con su hija me entiendo bien, todos somos adultos y no habrá razones para conflictos. Rubén estaba intranquilo, pero Catalina le animó a entender y aceptar la decisión de su madre. —¿Somos unos egoístas? —reflexionaba—. Claro que nos viene bien que tu madre ayude y cuide a Clara, pero tiene derecho a rehacer su vida. Si tiene la oportunidad, no debemos impedírselo. —¿Pero es necesario casarse? No me imagino la boda, el vestido blanco y las celebraciones —protestaba Rubén. —Son de otra época, tal vez les dé más seguridad hacerlo así —trataba de justificar Catalina. Al final, Alejandra se casó con Jorge, a quien conoció por casualidad en la calle, y se mudó a su piso. Al principio fue bien, la familia la acogió, el esposo la respetaba y Alejandra creyó que al final de su vida había encontrado la felicidad y podía disfrutar cada día. Pero pronto empezaron los cambios en la convivencia. —¿Podrías preparar un guiso para cenar? —preguntó Inés—. Yo no puedo, el trabajo me tiene ocupadísima y tú tienes más tiempo libre. Alejandra entendió la indirecta y asumió la cocina, las compras, la limpieza del piso, la colada y las visitas frecuentes a la casa del campo. —Ahora que estamos casados, la casa del campo es también cosa tuya —le dijo Jorge—. Mi hija y su marido no tienen tiempo, la nieta es muy pequeña, así que nos ocupamos los dos. Alejandra no discutía, le gustaba ser parte de una familia grande y unida, donde todo se basaba en el apoyo mutuo. Con su primer marido nunca tuvo esa suerte, era vago y astuto y luego desapareció cuando Rubén cumplió diez años; ya han pasado veinte y nada supieron de él. Ahora parecía que todo encajaba y el esfuerzo no era pesado ni daba lugar a reproches. —Mamá, ¿qué puedes hacer en la casa del campo? —insistía Rubén—. Siempre te sube la tensión después de ir, ¿por qué te empeñas? —Porque me hace feliz y me gusta hacerlo —respondía la jubilada—. Este año, Jorge y yo recogeremos suficiente cosecha para compartir con vosotros. Pero a Rubén le inquietaba que en varios meses nadie les hubiera invitado ni una vez a casa, ni siquiera para conocerse. Ellos mismos invitaban a Jorge, pero siempre ponía excusas de falta de tiempo o energía. Finalmente, dejaron de insistir y asumieron que a la nueva familia no le interesaba demasiado mantener relación. Solo querían saber que Alejandra era feliz. Al principio, así fue, pero las tareas y exigencias aumentaban y eso empezó a incomodarla. Jorge, apenas llegaba a la casa del campo, se quejaba de la espalda o del corazón; su esposa le acomodaba en el sofá y ella sola recogía ramas, barría hojas y sacaba la basura. —¿Otra vez sopa de cocido? —se quejaba Antonio, el yerno—. Ya la comimos ayer, esperaba otra cosa hoy. —No tuve tiempo de preparar nada más ni de ir a por la compra, estuve lavando y colgando todas las cortinas y terminé agotada y mareada —se disculpó Alejandra. —Ya, pero a mí la sopa no me gusta —rechazó el plato el yerno. —Mañana Alejandra nos hará una cena de lujo —prometía Jorge. Y al día siguiente, Alejandra pasaba el día en la cocina y después todo se acababa en media hora. Luego recogía y limpiaba, y así siempre. Pero las quejas de la hija y el yerno aumentaban y Jorge se ponía de su lado, echando la culpa a su mujer. —No soy una jovencita, también me canso y no entiendo por qué debo hacerlo todo sola —protestó Alejandra. —Eres mi esposa, debes ocuparte de la casa —le recordaba Jorge. —Como esposa, tengo obligaciones pero también derechos —lloró Alejandra. Después se calmaba y volvía a poner buena disposición, buscando agradar y armonía en el hogar. Pero un día se hartó. Inés y su marido iban a visitar amigos y querían dejar la niña con Alejandra. —Que la pequeña se quede con el abuelo o vaya con vosotros, porque yo hoy voy a ver a mi nieta —dijo Alejandra. —¿Por qué tenemos que adaptarnos nosotros a ti? —saltó Inés. —No lo tenéis que hacer, pero yo tampoco os debo nada —recordó Alejandra—. Mi nieta celebra hoy su cumpleaños, os lo avisé el martes. No solo lo ignorasteis, además queréis que me quede en casa. —No se puede hacer eso, de verdad —se enfadó Jorge—. Inés tenía planes; tu nieta es muy pequeña, da igual que la felicites mañana. —Nada pasa si vamos los tres ahora a casa de mis hijos, o te quedas tú con tu nieta hasta que yo vuelva —insistió Alejandra. —Sabía que de este matrimonio no saldría nada bueno —criticó Inés—. Cocina regular, la casa está sucia, y encima solo piensa en sí misma. —Después de todo lo que he trabajado aquí, ¿también tú opinas igual? —preguntó Alejandra a Jorge—. Dime con sinceridad: ¿querías una esposa o necesitabas una criada para todos? —Estás equivocada y quieres hacerme culpable—parpadeó Jorge—. No provoques un escándalo sin motivo. —Solo pido una respuesta y tengo derecho a recibirla —no cedía Alejandra. —Habla como quieras, pero en mi casa no se admiten esas actitudes —respondió Jorge con orgullo. —En ese caso, me doy de baja —dijo Alejandra y fue a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de vuelta, aunque sea la abuela menos perfecta? —llevaba su bolso y el regalo—. Fui a casarme y he regresado. Ya no me apetece nada más, solo decidme: ¿me aceptáis? —Por supuesto —le respondieron Rubén y Catalina—. Tu habitación te espera y estamos felices de que vuelvas. —¿Felices porque sí? —quería oír Alejandra. —¿Por qué iban a alegrarse los que te quieren? —no entendía Catalina. Ahora Alejandra sabía seguro que no era una criada. Ayudaba, cuidaba de su nieta, pero su hijo y nuera nunca abusaron ni se aprovecharon. Allí era madre, abuela, suegra, parte de la familia y no un servicio. Alejandra volvió para siempre, pidió el divorcio y procuró no pensar en lo que había vivido.
Te cuento lo que le pasó a Carmen. Mira, cuando decidió casarse, su hijo, Sergio, y la nuera, Lucía
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0244
EN VISITA…A MI HIJO…
No, mamá, ahora mismo no hace falta que vengas. Piensa bien, la carretera es larga, una noche entera
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0149
Se fue, y casi mejor — «¿Cómo que el usuario no está disponible?» ¡Si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Natália se quedó en medio del recibidor con el auricular pegado al oído. Dirigió una mirada al aparador. La cajita donde guardaba sus joyas seguía en el mismo sitio, pero algo en su posición no cuadraba: la tapa no estaba bien cerrada. — ¡Román! — gritó hacia el fondo de la casa — ¿Estás en el baño? Natália se acercó lentamente al aparador. Al tocar la madera pulida, un escalofrío le recorrió la espalda: la cajita estaba vacía. Ni rastro del ticket de compra que usaba de marcapáginas. Habían desaparecido las joyas y el dinero. Aunque, pensándolo, el dinero ella misma se lo dio… — Madre mía… — exhaló desplomándose en el suelo — ¿Por qué? ¡Si ayer discutíamos por los papeles pintados… y prometiste que este agosto iríamos al mar…! Y todo empezó de manera tan común. En junio del año pasado, su SEAT Ibiza tuvo un problema en el pistón. En el taller le pidieron un dineral, así que, cabreada, entró en el foro “AutoAyuda Madrid”. “Chicos, ¿sabéis si se puede aflojar un pistón de freno agarrotado por una misma?— escribió, adjuntando foto de la rueda sucia”. Las respuestas no tardaron. Unos decían “ni se te ocurra”, otros ofrecían recambios. Entonces llegó el mensaje de un tal Roman85: “No les hagas caso. Compra un bote de WD-40 y un kit de reparación por 15 euros. Quita la rueda, suelta el pistón con el pedal, pero no del todo. Límpialo con líquido de frenos y lubrica. Si el cilindro está bien, te irá de lujo”. Natália leyó el consejo. Claro, directo, sin fanfarronería. “¿Y si el cilindro está picado?” — respondió. “Entonces, toca cambiar. Pero por la foto, tu coche parece bien cuidado. Si quieres, escríbeme en privado”. Y así empezó todo. Román sabía muchísimo de mecánica. En una semana le guió con el cambio de aceite, las bujías y hasta el tipo de anticongelante a evitar. Natália empezó a esperar sus mensajes con ilusión. “Oye, Román, eres mi salvavidas — le escribió en julio —. ¿Quedamos a tomar café? Invito yo. O una copita, que me he ahorrado un buen pico”. La respuesta tardó. Pasaron tres horas hasta que apareció en la pantalla. “Natália, me encantaría. Pero estoy… de viaje de trabajo. Largo, en el extranjero, digamos”. “¿Tan lejos?” — se sorprendió. “Más no se puede. No quiero engañarte. Me gustas mucho. En realidad, no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena. Prisión de Ocaña, por si te suena”. Natália dejó el móvil en el sofá. Un nudo le apretaba el pecho. ¿Un preso? ¿Ella, contable en una asesoría madrileña, llevaba dos semanas chateando con un delincuente? “¿Por qué?”— tecleó con dedos temblorosos. “Artículo 248. Estafa. Hice una tontería, me liaron, y acabé metido hasta el cuello. Me queda menos de un año. Si quieres, borra la conversación, lo entenderé”. Natália no contestó. Simplemente lo bloqueó. Pasó tres días sin poder pensar en otra cosa. En la oficina le preguntaron si estaba enferma. Y ella pensaba: “¿Por qué a mí? Hombres listos y hábiles acaban entre rejas, y los otros… o casados o ‘ni-ni’…” A la semana recibió un email: Román le preguntó por dirección alguna vez, y no lo borró de los contactos. “Natália, no me ofendo. Lo sabía. Eres buena, brillante. No necesitas tipos como yo. Gracias por hablar conmigo. Han sido mis mejores dos semanas en tres años. Sé feliz. Adiós”. Natália lo leyó en la cocina y rompió a llorar. Le dio pena él, ella, el sinsentido de la vida. — ¿Por qué otros tienen suerte y yo solo casados o niños de mamá, y el único decente… entre barrotes? —se preguntaba. Y ni aun así contestó. *** Probó a tener citas, pero nada salía bien. Uno hablaba toda la noche de sellos, otro llegó con las uñas negras y quiso pagar a medias. En marzo, el día de su 35 cumpleaños, Natália se sintió especialmente sola. Por la mañana sonó la notificación. “¡Feliz cumpleaños, Natália! — escribió Román — Sé que no debería, pero no he podido resistirme. Que te vaya mejor que bien. Te mereces que te lleven en palmitas. He hecho una cosilla con miga de pan y alambre… Si pudiera, te la regalaría. Solo quiero que sepas que en algún rincón de Castilla-La Mancha, alguien hoy brinda por ti con té malísimo”. “Gracias, Román— respondió al fin —. Me hace mucha ilusión”. “¡Has contestado! — él parecía eufórico —. ¿Cómo estás? ¿La ‘abejita’ aguanta el frío?” Y todo se reinició. Ahora hablaban cada día. Román llamaba cuando podía. Su voz era grave y cálida. Le contaba su vida: crecer con su hermano, los sobrinos, su sueño de empezar de cero. — Al pueblo no vuelvo, Natália —decía mientras ella preparaba la cena—, allí los de siempre me lían. Quiero ir donde nadie me conozca. Trabajo no me va a faltar: soy manitas, de peón o mecánico me cojo lo que sea. — ¿Y adónde quieres ir? — preguntaba sin aliento. — Donde estés tú. Alquilaría un cuarto o un estudio barato. Solo por saber que respiras el mismo aire. Y luego… lo que la vida quiera. No me voy a imponer, que conste. En mayo, Natália estaba profundamente enamorada. Sabía su horario de revisiones, cuándo tenía ‘ducha’ y cuándo curro en taller. Le enviaba paquetes: tés, caramelos, calcetines, recambios para sus apaños. — Solo aguanta tranquilo, Román — le pedía—. No te metas en líos. — Por ti, corazón, ni respiro alto — bromeaba él—. En abril, salgo libre. — Te espero. *** En abril, Natália fue a la puerta de la cárcel. Le compró cazadora, vaqueros y deportivas. El corazón se le salía. Cuando salió, bajito, fuerte, pelo gris cortado al uno, ella se quedó paralizada. En las fotos parecía otra cosa. Pero sonrió y dijo: — Hola, jefa. Y ella se tiró en su cuello. — Estás vivo — susurraba pegada a su barba. — ¿A dónde iba a ir? —la rodeó con los brazos — Hueles bien, como flores con colonia. Se fueron a casa. La primera semana fue de cuento. Román arregló el grifo, la cerradura… todo lo que llevaba meses dando problemas. Por la noche, sentados en la cocina con vino semidulce, él le contaba anécdotas divertidas evitando lo duro. — Oye, Román —dijo al décimo día—. Dijiste de alquilar piso. No hace falta. Sobra espacio y estamos mejor juntos. Aprovecha, ahorra y compra tus herramientas. — Natália, esto no está bien — se inquietó él —. Un hombre debería aportar la vivienda. Me tienes a la sopa boba. — ¡Por favor! —le cogió la mano—. Ya saldrás adelante y todo se arreglará. — Mi hermano llamó ayer —de repente evitó su mirada—. El niño está muy malito, necesita operación privada. Me pide dinero, pero como ves, estoy tieso. Me da vergüenza, de verdad. — ¿Cuánto necesita? —preguntó. — Unos cinco mil euros. Una parte ya la tienen. Pensaba ir a Madrid a trabajar de lo que sea, a ver si sale algo más rápido. Natália se calló. Esos 5.000 euros estaban en su cajita. Años ahorrando, renunciando a todo. Quería renovar el baño y poner cabina de hidromasaje… — Los tengo yo —susurró. Román levantó la cabeza de golpe. — Ni lo sueñes. Son para ti. No los acepto. — Es familia, Román. Dijiste que eso es sagrado. Cógelo, me lo devuelves cuando puedas. Ahora somos equipo. Discutió dos días, paseando taciturno. Hasta volvió a fumar en la terraza. Al final, Natália sacó el dinero y lo puso en la mesa. — Aquí, coge y vete con tu hermano, si no, haz una transferencia. — Mejor algo personal — la abrazó — De paso, le pregunto por trabajo en su zona. Es solo dos días, vuelvo enseguida. Ya verás. *** Natália llevaba sentada en el suelo del recibidor más de una hora. Ni sentía las piernas. Recordaba la noche anterior. Película tonta, risas, abrazos… y se sentía la mujer más feliz del mundo. — A lo mejor pasado mañana salgo temprano — dijo él. Pero huyó un día antes. Ella dormía, ni oyó cómo se vestía. Soñó que la puerta sonaba, pensó que eran los vecinos. A las dos de la tarde marcó el número del hermano. El que Román le dio “por si acaso”. — ¿Hola? — gruñó voz masculina — ¿Quién es? — Hola, soy Natália, novia de Román. ¿Ha llegado ya? Silencio. Luego un suspiro muy hondo. — Señorita, ¿qué Román? Mi hermano se llama distinto y hasta octubre sigue en la cárcel. El estómago de Natália se cerró. — ¿Cómo? Si salió en abril, fui yo a buscarle a la prisión de Ocaña. — Escuche — el tono se agrió—. Mi hermano, Alex, está en la prisión de Cuenca. Román no es mi hermano. Es mi excompañero de celda, salió hace dos meses. Me robó el móvil y se quedó los contactos. Usted será otra víctima suya. Es bueno, muy bueno. Tiene carrera, mucha labia. Natália dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le enseñó a cambiar bujías. — No aprietes demasiado — decía — o te cargas la rosca. — La he destrozado — susurró Natália —, me he cargado la rosca. Me busqué yo sola el problema. Al fin entendió que no sabía nada de su “pareja”. Jamás vio su DNI, ni los papeles del excarcelamiento. ¿Y si ni siquiera se llamaba Román? *** Natália acudió a la Policía y denunció. Mostró la foto y se enteró de más detalles. Sí se llama Román. Y eso es lo único cierto. Condenado por delito grave, toda una vida en la cárcel. A Natália la conoció desde prisión, ya durante su tercer ingreso. Natália se santiguó, cambió las cerraduras y dio gracias. En comparación con otras víctimas suyas, salió bastante bien parada.
¿Cómo que el móvil está apagado? ¡Pero si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Lucía se quedó
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025
La “cuco” diurna cantó más veces: Cuando tu suegra convierte tu casa en su reino y tu matrimonio en una batalla por el territorio
La cucaracha diurna ha cantado de más No puede ser, ¡esto es una tomadura de pelo! explotó Carmen.
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014
El hombre de la fotografía
Cuando Alba cumplió treinta sentí que mi vida se había quedado en pausa. De día trabajaba en una pequeña
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0108
— ¡Aquí a nadie se les ha echado! — respondían tanto a una como a otra — ¡Ellos mismos no han querido quedarse por algún motivo! ¡Que vengan cuando quieran! ¡Nosotros estaremos encantados! — ¡Quietos! ¡No estamos en casa! — pronunció Pedro con tranquilidad. — ¡Pero están llamando! — Valeria se quedó petrificada, levantándose del sofá. — Déjalos. — contestó Pedro. — ¿Y si es alguien importante? — preguntó Valeria. — ¿O alguien con asuntos pendientes? — Es sábado, son las doce — dijo Pedro. — Tú no has invitado a nadie, yo tampoco espero visita. ¿Conclusión? — ¡Sólo voy a mirar por la mirilla! — susurró Valeria. — ¡Siéntate! — su voz sonó firme como el acero. — ¡No estamos en casa! ¡Quienquiera que sea, que vuelva por donde ha venido! — ¿Y tú sabes quién está ahí? — preguntó Valeria. — Lo sospecho, por eso te digo que te sientes y no te pongas delante de las ventanas. — Si es lo que pienso, no se van a ir así como así… — dijo Valeria, encogiéndose de hombros. — Depende de cuánto tiempo tardemos en no abrir la puerta — respondió Pedro con calma. — Tarde o temprano se irán. En cualquier caso, tampoco van a pasar la noche en el portal. Y nosotros no tenemos nada que hacer fuera. Así que siéntate, ponte los auriculares, coge el móvil y ponte una peli. — Pedro, es mi madre la que llama — dijo Valeria, enseñándole la pantalla del teléfono. — Entonces ahí fuera está tu tía, con ese hijo suyo tan inútil — concluyó Pedro. — ¿Cómo lo sabes? — Valeria lo miró sorprendida. — Si fuera mi primo — y Pedro pronunció la palabra “primo” con desdén — sería mi madre la que llamaría. — ¿No contemplas otras opciones? — preguntó Valeria. — Si fueran los vecinos, no me apetece charlar. Si son nuestros amigos, habrían llamado un par de veces y ya se habrían ido. Lo más normal, siendo personas decentes, sería haber telefoneado antes y preguntado si podían venir. ¡No estar media hora dale que dale al timbre! ¡Y esa manera impertinente y sin vergüenza de aporrear el timbre sólo la tienen nuestros familiares más pesados! — Pedro, es mi tía — suspiró Valeria con resignación. — Mi madre me ha mandado un mensaje. Pregunta que dónde diablos estamos. Que la tía Natalia se va a quedar unos días en casa, ella tiene que hacer gestiones en la ciudad. — Escríbele que la ciudad está llena de hoteles — Pedro sonrió. — ¡Pedro! — protestó Valeria. — ¡Eso no puedo decírselo! — Lo sé — Pedro reflexionó. — Escribe que no estamos en casa, que nos hemos mudado a un hotel por fumigación de cucarachas en el piso. — ¡Genial! — Valeria escribió el mensaje y lo envió. — Pedro, dice que reservemos dos habitaciones: una para ella y una para Constantino — Valeria se quedó de piedra. — Dile que no hay dinero. Escribe también que hemos cogido dos camas en un hostal y compartimos la habitación con quince extranjeros — Pedro se regodeó en su ocurrencia. — Mi madre pregunta cuándo volvemos — dijo Valeria, mirando a su marido. — Dile que en una semana — replicó Pedro, sin darle importancia. Dejaron de llamar al timbre. El matrimonio respiró aliviado. — Pedro, mi madre dice que la tía vendrá en una semana — anunció Valeria con voz agotada. — Y justo no estaremos en casa — comentó Pedro. — Pedro, sabes que eso no arregla el problema. No podemos estar huyendo de ellos eternamente… ¿Y si vienen entre semana? ¿O si nos esperan en la puerta después del trabajo? Tanto mi tía como tu primo, son capaces de cualquier cosa. — Ya… — suspiró Pedro. — ¿Quién demonios nos mandó comprarnos un piso de tres habitaciones? — Pedro, era para nuestra futura gran familia — recordó Valeria. — ¡Necesitamos un hijo! — dijo Pedro con seriedad. — Mejor dos de golpe. — ¿Crees que yo me opongo? — se revolvió Valeria. — Tú sabes que tenemos que hacernos pruebas. ¡No hay manera! — Hay que quitarse los nervios y todo fluirá — afirmó Pedro. — Nos alteran unos días los tuyos, otros los míos. ¡Si pudiéramos echarlos a todos al sitio de dónde salen… Por su culpa no conseguimos nada! Valeria no discutió. Sabía que Pedro tenía razón. Al planear su boda se habían hecho todas las pruebas de compatibilidad y genética. También la fertilidad estaba comprobada. Todo estaba perfecto. Pero después de casarse, tuvieron que posponer los planes de hijos para ahorrar para el piso. Herencias, ninguna. Antes de casarse, tanto Pedro como Valeria vivían con sus madres, en minúsculos pisos de una habitación. Sólo podían confiar en ellos mismos. Cinco años de sacrificio y ahorro les permitieron comprar un piso grande. Un piso de segunda mano, el edificio antiguo; reformas, muebles casi desde cero. ¡Pero qué felicidad! Ni tiempo tuvieron de celebrar su mudanza cuando la tía de Valeria apareció en la puerta, acompañada de su hijo. Y para evitar que los jóvenes dueños se rebelaran, la tía venía con la suegra detrás. — Aquí hay sitio de sobra, menos mal, no como con Valeria, que vivíamos apretados en una sola habitación. — Muy cómodo — aprobó la tía Natalia. — ¡Me quedaré con una habitación y a Constantino otra! — En el salón no se duerme — sentado Pedro. — Es el cuarto para relajarse. — Pero si yo, trabajar, no pienso hacer aquí — se rió la tía Natalia. — Valeria, explícale a tu marido que no me resulta cómodo estar con mi hijo, que además ronca. ¡Por cierto, aún no habéis puesto la mesa con invitados en casa! — No esperábamos visita… — se disculpó Valeria. — Y la nevera está vacía — añadió Pedro. — Venga, hombre — la tía Natalia se mostró simpática. — Pedro, baja al súper, y tú, Valeria, a la cocina corriendo. — ¿Pero qué hacéis ahí parados? ¡Así se acoge a los invitados! — gritó la suegra. — ¿No estarán abusando ustedes demasiado…? — se rebeló Pedro, pero Valeria lo arrastró a otra habitación. Cuando Pedro logró liberar la mano de Valeria de su boca, preguntó: — ¿Valeria, aquí nadie se ha confundido de casa? Yo ahora mismo los echo a donde está tu madre. ¡Y también me llevo a tu madre! Si se viene de visita, al menos que se comporten como invitados, ¡pero esto…! — Pedro, es gente sencilla. ¡Del pueblo! Es su costumbre… — Yo conozco a los campesinos y no en todas partes se permite ser tan descarados. ¡Esto es puro abuso! — Cariño, no te pelees con mi madre ni mi tía, por favor. ¡Luego me vuelven loca! Y tú te convertirás en su enemigo. ¿Te apetece? — En absoluto me importa. Si ellos me tratan así, no me cuesta nada ignorarlos siempre. No los veré nunca. ¡Que desaparezcan, no les echaré de menos! — Pedro, amor… ¡Ten compasión de mí! Si yo echo a mi tía Natalia mi madre me maldecirá. ¡Y yo sólo la tengo a ella! Ese argumento funcionó. Pedro apretó los dientes y se fue al supermercado. La tía Natalia se quedó dos semanas, aunque dijo que apenas tres días. Pedro ya se había enganchado a la valeriana en el segundo día. Su marcha fue celebrada por el joven matrimonio con baile, escoba y fregona. Tardaron tres días en limpiar el piso. Pero el mismo drama se repitió, sólo que por el otro lado. — ¡Hermano, vengo sólo un rato! — Dimitri abrazó a Pedro hasta casi romperle el pecho. — Un par de asuntos que resolver, luego nos volvemos. — ¿No puedes ir solo? — preguntó Pedro. — ¡Cómo iba yo a dejar a la familia en el pueblo y venir solo a la ciudad! ¡Piensa, hombre! — se rió Dimitri. — ¿Y si me meto en líos? ¡Mi mujer me controla! — ¿Por eso has traído a los niños? — le dijo Pedro. — ¿A quién los dejaba si no? — Dimitri le dio una palmada en la espalda. — ¡Ellos que se diviertan! ¡Vamos a revolucionar la ciudad como en los viejos tiempos! — ¡Dimitri! — chilló Svetlana. — ¡Te voy a revolucionar yo, verás! A la hora y media de la llegada del hermano de Pedro y su familia, Valeria cayó rendida con dolor de cabeza. Los niños correteaban gritando. Svetlana sólo sabía chillar, era su modo de hablar. Dimitri quería salir a armar fiesta, y Svetlana elevaba aún más el volumen. — Pedro, sólo tienes un hijo, ¿verdad? — se acurrucó Valeria en la almohada. — ¡Es primo por la línea materna! — gruñó Pedro. — Le llamo “el primo”. — Me da igual cómo lo llames, ¿puedes pedirles que se larguen? — Lo haría encantado — puso Pedro la mano en el pecho — pero es igual que con tu tía. Mi madre después me come la cabeza. No terminaban de recuperarse de una visita que llegaban los siguientes. La tía Natalia y su hijo nunca se quedaban sin “gestiones” en la ciudad. El primo Dimitri y familia venían de vez en cuando a “resolver asuntos”. Y las madres, como no; la suegra amargaba al yerno, la suegra materna, a la nuera. La tensión constante destrozaba la salud emocional y psicológica del joven matrimonio. Por supuesto, ni hablar de hijos en medio de esta ruleta de invitados sin fin. — ¿Cambiamos el piso por otro? — sugirió Valeria. — ¿Por una celda acolchada? — sonrió Pedro. — Pronto nos encerrarán allí. — No, hombre — sonrió tímidamente Valeria. — Cambiamos por otro igual. Hay gente que quiere vivir en otro barrio. Nos mudamos sin decir nada y nadie sabrá a dónde fuimos. — Es sólo aplazar el problema — dijo Pedro. — Tanto mi primo como tu tía intentarán sonsacar a los nuevos vecinos, que les dirán dónde estaba el piso. ¡Nos encontrarán! Y nos crucificarán por la jugada. — Tal vez tengamos tiempo para hacer un niño… ¿no? — Valeria preguntó esperanzada. — No sólo hay que hacerlo, también que nazca. Al menos será una excusa — Pedro negó con la cabeza. — O directamente dejar el piso… — suspiró Valeria. — ¿Nos vamos a casa de amigos? ¡A escondernos por fin! — ¿Te refieres a Valerio y Catalina? — preguntó Pedro. — Sí — asintió Valeria. — ¡Tienen habitación de sobra! — Pero allí vive Tera — sonrió Pedro. — ¿Has olvidado? — Prefiero vivir con una pastora alemana que con nuestros parientes — Valeria bajó la cabeza derrotada. — ¡Espera! — gritó Pedro, cogiendo el teléfono. — ¡Valerio, préstame a tu perro! — ¡Amigo! ¡Mi eterna deuda contigo! Nos queremos ir de vacaciones y dejar a la niña, pero no sabemos con quién. Ella no tolera a extraños, pero os conoce y respeta. Yo llevo comida, cama, juguetes, cuencos… ¡Y os pago! — ¡Por supuesto! — contestó Pedro encantado. Volvió junto a Valeria, con la cara radiante. — ¡Llama a tu madre, que la tía viene mañana! Y yo aviso a mi hermano, que venga entre semana. — ¿Estás seguro? — preguntó Valeria. — Por supuesto. ¡Nosotros encantados de recibirles! ¿A quién le importa si no les gusta la nueva mascota? A Dimitri y familia les bastó un “guau” para elegir el hotel con todo lujo de comodidades. La tía Natalia quiso defender su derecho a estar en casa ajena. — ¡Encerrad a ese bicho donde sea! — chillaba, escondida detrás de su hijo. — ¿De broma? — sonrió Pedro. — ¡Son 45 kilos de músculo puro! No es un maltés, ¡es una pastora alemana! Puede tirar cualquier puerta abajo. — ¿Por qué me enseña los dientes? — tembló la voz de la tía. — No le gustan los extraños — se encogió de hombros Valeria. — ¡Deshaceos de ella! ¡No puedo vivir con ese animal en casa! — ¿Deshacernos? — Pedro se indignó. — ¡Este precioso perrito es nuestro ahora! No tenemos niños, ¡pero a alguien hay que querer! ¡Y a ella la adoramos! — ¡Y jamás la dejaremos! — añadió Valeria. Después las madres llamaron a preguntar por qué les negaban el alojamiento a la familia. — ¡Aquí a nadie se les ha echado! — respondían a ambas — ¡Ellos mismos no han querido quedarse! ¡Que vengan cuando quieran! ¡Nosotros estaremos encantados! — ¿Y el perro? — Mamá, ¡pero nosotros no rechazamos a nadie! Aunque las madres tampoco insistieron en venir de visita. Al mes, Tera volvió con sus dueños, pero lista para regresar a la mínima llamada. No hizo falta. Valeria esperaba gemelos.
Nadie los echó respondieron tanto a una como a otra , simplemente ellos no quisieron quedarse.
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– ¿Hola… Vasili? – No, no es Vasili. Soy Elena… – ¿Elena? ¿Y usted quién es?… – Señora, ¿y usted quién es? Yo soy la novia de Vasili. ¿Necesitaba algo?… Mi marido no está, se ha quedado en el trabajo… Me empezó a marear la cabeza, noté gotas rojas en el suelo. El vientre me dolía muchísimo, me retorcía… Sentía que el bebé estaba a punto de nacer. Mi marido Vasili lleva cinco años marchándose a trabajar fuera. Primero en Alemania, conduciendo camiones, luego en Polonia, haciendo reformas. Se fue por dinero. Tenemos dos hijos varones, queríamos darles el mejor futuro posible. Sabíamos perfectamente que aquí en España no lograríamos mucho. Descubre más aquí Y ya veis, allí a mi marido le fue bien. Cada mes nos enviaba paquetes con comida: conservas, arroz, aceite, dulces. También me mandaba dinero a mi cuenta para que lo pusiera en el banco a plazo. Con esfuerzo pudimos ahorrar lo suficiente para comprarle un piso al mayor. Parecía que todo iba bien, pero hace unos meses noté que algo en mi cuerpo no funcionaba. Pensé en la menopausia, pero no era eso. Engordaba, quería dormir todo el día, comía mucho y el humor me cambiaba por momentos. Según internet, todos los síntomas indicaban que estaba embarazada. ¿Embarazada con 45 años? No me lo creía, pero hice la prueba y vi dos rayas rojas clarísimas. No quería contárselo ni a mis hijos ni a mis nueras. ¿Para qué? ¿Para que mis propios hijos se burlasen de mí? ¿Para que dijeran que su madre se ha vuelto loca en la vejez? Decidí ocultar el embarazo. Justo llegaba el invierno, vestía toda la ropa ancha y abrigada que tenía. Nadie veía la barriga bajo el abrigo. Pero no quería tener ese bebé. Algunos dirán que no tengo a Dios en el corazón, pero a mis 45 años ya no soy joven. Tengo hijos y nietos a los que quiero dedicar tiempo, no pasarme el día cambiando pañales. Además, no tenemos dinero para mantener a un tercero. Vasili tendría que volver a irse a trabajar fuera, y yo sin él, no puedo. El médico dijo que ya era tarde y muy arriesgado operarme, quizá incluso me perjudicara. Así que intenté convencerme de que todo iría bien. Quizá Vasili se alegraría de tener otro hijo. Decidí llamarle por Skype para contarle la noticia. Pero no puse la cámara, solo el micrófono. – Hola, Vasili… – No es Vasili. Soy Elena. – ¿Elena? ¿Y usted quién es? – Señora, ¿y usted quién es? Yo soy la novia de Vasili. ¿Necesitaba algo? Mi marido se ha quedado en el trabajo. Colgué enseguida y me puse a llorar. Así es la vida, tu marido puede serte infiel en cualquier parte y con cualquiera. Quise pedir el divorcio al instante, tirar todas las cosas de Vasili, no verle, no oírle nunca más. Pero aún así, esperaba que él volviera a la familia al saber lo del bebé. Sabía que en febrero vendría, porque era el cumpleaños de los chicos y tenía vacaciones. Incluso soñé que los tres paseábamos por el parque, Vasili cogiendo de la mano a nuestra hija y yo de la otra. Justo el 14 de febrero, Día de San Valentín, Vasili llegó. Preparé una cena romántica, puse velas y la música. Quería crear buen ambiente. – Vasili, tengo una sorpresa para ti. Estoy embarazada. Dicen que será una niña. – ¡Pero qué pieza eres! – gritó mi marido. Se puso rojo de rabia, volcó los platos al suelo, golpeó la mesa: – ¿Así que mientras yo me mato trabajando, tú te lías con otros? ¿Ahora quieres colgarme ese bastardo? – Vasili, déjame explicarte… – ¡Aléjate! ¡No quiero verte! – me empujó tanto que me golpeé la barriga con el borde de la mesa y caí al suelo. Vasili se fue, cogió la maleta y dio un portazo. Me mareé, vi gotas rojas en el suelo, el dolor en el vientre era insoportable. Apenas pude buscar el teléfono y llamar a emergencias. Sabía que el bebé estaba a punto de salir. Cuando llegaron los médicos, ya tenía a nuestra hija entre mis brazos. La niña estaba tranquila, sin llorar, dormía profundamente. – Bueno, mamá, ¿vienes con nosotros? – No. Llévate a la niña, no la quiero. – ¿Cómo? – Así. Llévatela, te lo digo. Esta niña me ha destrozado la familia. Quizá alguien la quiera, pero yo no. Llévatela, no quiero verla. Sin ningún remordimiento, entregué la niña a los médicos. Ellos me revisaron, no hubo desgarros, el parto fue tranquilo. Cuando se fue la ambulancia, limpié la casa, me duché y me acosté. Nadie de mis hijos sabe que entregué a la niña. Cada día voy a la iglesia y rezo para que mi hija crezca sana, para que encuentre una familia. Sé bien que yo no podría afrontarlo. No quiero volver a pasar por la maternidad. Sólo quiero que Vasili vuelva a casa. Pero él se ha marchado otra vez a Alemania, solo habla con los chicos. Podéis decir que soy una mujer desequilibrada. Pero aquí elijo a mi marido antes que a mi hija. Y que sea Dios quien me juzgue.
¿Hola? ¿Es Javier? No, no es Javier. Soy Carmen ¿Carmen? ¿Y tú quién eres? Señora, ¿y usted quién es?
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0140
La “cuco” diurna cantó más veces: Cuando tu suegra convierte tu casa en su reino y tu matrimonio en una batalla por el territorio
La cucaracha diurna ha cantado de más No puede ser, ¡esto es una tomadura de pelo! explotó Carmen.
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013
La casa en las afueras
Llegaron a la casa al anochecer, cuando el cielo empezaba a tornarse añil sin haber oscurecido del todo.
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0625
El marido decidió enviar a nuestro hijo al pueblo con su abuela sin contar conmigo
Sergio decidió mandar a nuestro hijo al pueblo de la madre, contra mi voluntad. ¿Bromeas, Sergio?
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