15 de noviembre de 2025 Hoy la lluvia se ha llevado el último aliento del otoño y la calle de la Palma
¿Ves qué cantidad de dinero? La hermana de mi esposa pidió un préstamo y se fue a la costa.
María Semirena, una abuela de ochenta y cuatro años, está sentada en la parada del autobús que hay a
He perdido las ganas de ayudar a mi suegra cuando descubrí lo que había hecho. Pero tampoco puedo abandonarla.
Regresé a casa al anochecer, la cena ya esperaba en la mesa, preparada por mi esposa, Lucía.
Querido diario, María y yo llevábamos cinco años soñando con un hijo, y cuando nació nuestro pequeño
Fui criado por mi abuela, pero ahora mis padres han decidido que debo pagarles una pensión alimenticia.
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro antes que a mí!
Viví con mi padre hasta los 5 años, el periodo más feliz de mi infancia. Cuando falleció, mi madre dejó de preocuparse por mí y se enfocó en rehacer su vida. A los 8 años, apareció mi padrastro, que intentaba controlar todos nuestros movimientos y cambió mi vida por completo.
Yo vivía siguiendo el horario impuesto por mi padrastro, él repartía las tareas del hogar pero no hacía nada porque ‘estaba cansado de trabajar’. Mi madre me obligaba a obedecer todo lo que él pidiera porque temía que se enfadara y hubiera discusiones.
Al llegar a la adolescencia, empecé a rebelarme porque después de volver del instituto me tocaba cocinar, limpiar, lavar el coche de mi padrastro y cualquier otro encargo, mientras la ‘parejita enamorada’ se tumbaba a ver la tele. Y después, encima, recibía un bofetón y lecciones sobre mi supuesta ingratitud por todo lo que me daban.
Salvo un techo y la comida, que conseguía gracias a mis tareas domésticas, no recibía nada más. Si quería ir a una academia, a clases particulares o al gimnasio, se burlaban diciendo que primero debía aprender a ganarme el dinero. Rara vez me compraban ropa, y si lo hacían, me lo recordaban durante semanas…
Al terminar el bachillerato, con 18 años, mi madre me dijo que tenía que buscarme un piso y no ir a la universidad, sino empezar a trabajar ya, porque no podía seguir viviendo con ellos.
Somos de una ciudad pequeña y allí es complicado encontrar trabajo. Yo aún tenía la esperanza de que mis padres recapacitaran si me veían intentando estudiar por mi cuenta. Pero mi madre insistía cada vez más, así que los últimos tres meses, en vez de estudiar para la Selectividad, trabajé de camarera — diez a doce horas diarias, ganando poquísimo y apenas propinas, lo justo para pagar un par de meses de alquiler… Y no sabía ni qué comer. Suspendí muchos exámenes por faltar a clase, así que no entré a la universidad pública y tampoco podía permitirme la privada.
Dejé el trabajo ese verano y busqué algo mejor pagado porque mi madre y mi padrastro cada día me preguntaban cuándo me iría, hasta que finalmente me echaron…
Probé suerte en una droguería, pero después de unos días me intoxiqué. Cuando quise volver, ya me habían sustituido. El tiempo pasaba, intenté varios empleos, pero en ninguno lograba mantenerme sola.
En pleno verano fue mi cumpleaños y vino a verme mi tía. Nunca le había contado nada, pero cuando me preguntó en privado, no aguanté más y me derrumbé. Ese mismo día me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Cumplí el deseo de mis padres y me alejé de ellos, lo que me aligeró mucho.
Mi tía me ayudó a encontrar un buen trabajo en una librería en mi ciudad, podía estudiar a la vez y, el siguiente año, aprobé la Selectividad y conseguí plaza en la universidad pública por mis propios méritos. Mi tía me apoyó en todo, nunca me dejó sola, ni siquiera cuando mis padres reaparecieron para llamarme mala hija e ingrata.
Con el tiempo, terminé la carrera y conseguí un buen empleo. Hoy doy las gracias a mi tía por no haberme abandonado en mis peores momentos: la apoyo, la llevo de viaje… Le debo todo lo que soy. ¡Mi propia madre me echó de casa porque quería mucho más a mi padrastro! Viví con mi padre biológico
Ya estaba Marina a punto de meterse en la cama cuando, de golpe, alguien golpeó la puerta. Se echó el
Vivo junto a mi madre. Mi madre tiene ya 86 años. Así ha sido mi vida: nunca llegué a casarme y tampoco