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0175
Fui a visitar a mi hermano por Navidad… y resultó que no me había invitado porque su mujer “no quiere a gente como yo” en su casa.
Hoy quiero dejar constancia de algo que me ha pesado demasiado en estas fiestas navideñas. Fui a visitar
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081
Que otro te elija a ti
«Que otra te recoja». No quiero sacrificarme. Lo que te ha pasado tú mismo te la has buscado, ¿sabes?
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09
El perro agachó la cabeza al ver a sus dueños, pero no se movió del sitio Todo comenzó en diciembre, cuando la nieve ya cubría los patios y aceras de nuestro barrio como una alfombra espesa. Rex, un perro grande de raza pastor alemán con canas en el hocico, apareció de repente junto al portal número dos. Como si se hubiera materializado del aire invernal. — ¡Otra vez ese perro gimiendo bajo la ventana! — protestó enfadado Vicente, corriendo las cortinas. — Ana, ¿no lo oyes? — Lo oigo, Viente — respondió ella cansada. ¿Y cómo no oírlo? Los lamentos se metían en los huesos. Una joven pareja del piso veintitrés, Andrés y Cristina, se mudó aquí en septiembre. Con el perro. Rex les recibía siempre al llegar por las tardes, saltando con alegría y lamiéndoles las manos. Fiel como un reloj. Pero con las primeras heladas, algo cambió…
El perro, al ver a sus supuestos dueños, bajó la cabeza, pero ni un músculo se movió. Todo empezó una
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025
Mi marido invitó a su exmujer y a sus hijos a la fiesta; yo hice la maleta y me fui a casa de mi amiga
¿Lo dices en serio, Diego? Dímelo, por favor, que esto es una broma de mal gusto. ¿O quizá he entendido
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012
El Hada Ya en sexto de primaria estaba claro que Elisa Bocanegra llegaría a ser una magnífica médica. Todo empezó una tarde, cuando un niño del vecindario se cayó de los columpios y se hizo una herida tremenda en la rodilla y la cabeza. Aquello no era un espectáculo apto para pusilánimes, pero la niña, con doce años recién cumplidos, no dudó ni un momento. —¡Yanka, tráeme agua, vendas y agua oxigenada! —ordenó a su amiga que vivía en el portal justo frente al parque, y la otra no tardó en salir corriendo. Para cuando apareció la tía Tania, la madre del chico, que ya se había enterado de lo ocurrido por algún misterioso canal, Elisa había lavado, desinfectado y vendado las heridas de forma rápida y sorprendentemente profesional. Al saber quién había hecho la primera cura, la madre se quedó sorprendida y, tras dar las gracias, sentenció: —Tú vas a ser doctora. Y no de las cualesquiera; vas a ser una muy buena. Has estado a la altura, hija. Ni algunos médicos lo hacen tan bien. Así da gusto. En las excursiones Elisa no tenía precio. Nadie quería lesionarse, pero con Elisa Bocanegra cerca todo se sentía menos grave. Después vino la carrera de Medicina, el MIR, las sucesivas especializaciones y los cursos de actualización continuos. Un buen día, ya médico en activo, le encomendaron sustituir a la jefa de la Unidad de Diagnóstico Funcional en el hospital. Elisa Alejandra, ahora Tizón tras su boda, era una profesional respetada y querida. El ambiente de compañeros era fantástico, exceptuando quizá al veterano subdirector médico, don Vladimir Yúrevich Estévez, cascarrabias, peleón y, todo hay que decirlo, auténtico vampiro energético. Era feliz buscando broncas. Elisa procuraba no caer en sus provocaciones, pero solo ella sabía lo que le costaba ese esfuerzo. Lo único que consolaba a Elisa Alejandra era que coincidían poco. Una vez por semana, en la comisión médica donde discutían los diagnósticos recientes. Pero aún así, esos ratos se le hacían eternos. Estévez discutía siempre con Elisa y a veces lanzaba comentarios sarcásticos. Veía que la doctora Tizón intentaba no morder el anzuelo, y eso, lejos de calmarlo, le divertía aún más. —¡No hay quien aguante a ese hombre! —se lamentaba Elisa a su marido durante la cena—. Te lo juro, hago lo posible por ser paciente, pero Estévez parece disfrutar provocándome. —Seguro que acabarás ganando tú, —sonreía Valeriano—. ¡Eres toda una diplomática! —Mamá, es verdad —asentía su hijo Max, de trece años—. Si te cansas de ser médico, métete en diplomacia. Además, ganan más. —Ya lo pensaré, —decía Elisa riéndose. Siempre fue una persona diplomática. Pero persona, no robot. Y sus fuerzas, como las de cualquiera, eran limitadas. Sabía que tarde o temprano la paciencia acabaría y habría buenas razones para ello. Al día siguiente, la rutina de la comisión médica iba como de costumbre hasta que, cuando Elisa Alejandra presentó el caso de una paciente de unos sesenta años, todo se torció. Todo seguía su mecánica habitual: tras la exposición, si el paciente podía, salía de la consulta y los médicos discutían. Pero esa vez, la paciente preguntó: —Solo dígame una cosa, doctora, ¿es algo grave? ¿Podré curarme? Tengo una nieta huérfana a la que sacar adelante. La voz de la enferma temblaba, parecía a punto de llorar, con una mirada llena de esperanza. Justo cuando Elisa iba a tranquilizarla, Estévez soltó a voz en grito: —¡¿Con ese diagnóstico?! Señora, usted tiene tan avanzado el proceso que ningún médico en su sano juicio podría darle garantías. ¡Y encima ha tardado años en venir! La mujer se quedó petrificada, los labios temblorosos, pero el subdirector insistía: —¡Ya las conozco yo! Primero aguantan, luego se automedican y, cuando la cosa se pone fea, entonces vienen al médico. ¡Pero nosotros no hacemos milagros…! La pobre, hecha un mar de lágrimas, salió de la consulta. Más tarde Elisa se sintió fatal por no haber frenado antes a Estévez, pero se había quedado bloqueada. Gritar así a una anciana, necesitada de apoyo… No era de humanos. La jefa de la unidad también movió la cabeza con desaprobación. Aunque reconocían que, en parte, el subdirector tenía razón, pensaban que podía haber sido más delicado. Al menos por respeto a la edad de la paciente. Y entonces, Elisa estalló. Se acabó la paciencia; aquel hombre lo iba a oír. —Con todos mis respetos, don Vladimir, ¿pero quién se cree que es para permitir cosas así? —¿Que qué he hecho yo mal? —se encogió de hombros Estévez—. No somos magos, y los pacientes deberían saberlo. Cuanto antes se coge una enfermedad, mejor, y tú eso lo sabes mejor que nadie. Viendo la sonrisa triunfante de Estévez, Elisa frunció el ceño; la jefa entendía perfectamente a qué venía ese aire de victoria: el subdirector creía haberla sacado de quicio. No sabía lo que le esperaba. —Don Vladimir, es cierto que cuanto antes se trate una enfermedad, mejor. Es más, a veces es la única opción. Pero, ¿sabe todo el esfuerzo que me costó convencer a esa señora para que se tratara? Creía de verdad que se pondría bien. ¿Y qué ha hecho usted? Cargarse de golpe toda la esperanza. ¡Muy bien! Elisa agitó la mano con rabia y Estévez, sorprendido por la arenga, intentó retomar el mando de la situación. Aunque enseguida comprendió que no sería fácil; la doctora Tizón no era alguien que se dejara pisotear. Estévez gritaba, pero Elisa ni lo oía. Solo veía cómo la jefa se marchaba del despacho. Sola con él, sintió que el aire se le acababa. Era imposible compartir el mismo aire con semejante vampiro energético. Sentada frente al escritorio, Elisa sacó la libreta y se puso a trabajar. —Doctora Alejandra… —escuchó una voz titubeante. Tardó en reconocerla. No era propio del subdirector, pero era él, con un frasco de valeriana y la cara medio derrotada. No sintió triunfo; más bien le dio pena. Decían que Estévez estaba solo. ¿Sería por eso su carácter? —Elisa Alejandra, tome, —dijo torpemente—. Y… perdone. Probablemente tiene razón… —También usted, don Vladimir, tiene parte de razón —aflojó Elisa—. Pero nuestra misión es curar y dar al menos un rayo de esperanza. A veces, cura milagros. —Sí, sí… sin duda, —musitó el subdirector. La metamorfosis sorprendía, pero Elisa no tenía tiempo para asombros. Mejor aprovechar para dejar las cosas claras. —Don Vladimir, grabe esto a fuego: nunca permitiré que nadie alce la voz o cuestione mi profesionalidad delante de un paciente, sea quien sea. —Entendido, doctora Alejandra. “Bien, esperemos que sí”, pensó Elisa mientras miraba el reloj. Y siguió con sus tareas. Una hora después, estaba junto a la cama de la paciente, Verónica Gregoria. Un ramo de tulipanes adornaba su mesilla. Al ver a Elisa, la mujer sonrió. —¿Se lo puede creer? Su jefe vino a verme, me trajo estas flores y se disculpó. Me dijo: ‘Haremos todo lo posible, y lo imposible, por curarla’. —Me alegro mucho, —sonrió Elisa Alejandra, acariciando la mano de la señora—. Haremos todo para que se recupere. Usted está como una rosa. —¡Anda que no es bromista usted! —rió la paciente. Un mes después, Verónica Gregoria mejoró y, el día del alta, Estévez apareció con una caja de bombones para su nieta y un ramo de rosas para ella. Todos los presentes estaban boquiabiertos. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”, se preguntaban. Nadie creía que el subdirector supiera ser tan delicado. Entre Elisa y Vladimir Estévez, nacieron, si no lazos de amistad, sí de cordialidad. A menudo compartían café tras las comisiones, incluso coincidían en el café del hospital. —En la vida no hay felicidad, —confesó un día Estévez—. Por eso tengo tan mal carácter. Se me ha pasado la vida y no he tenido tiempo de nada… —¿Cómo dice eso? ¡Usted tiene una posición importante! —respondió Elisa. —Eso sí, pero la felicidad se me esfumó hace tiempo. “Bueno, está claro”, pensó Elisa. Estévez le caía cada vez mejor. El cambio de Estévez no pasó inadvertido. Durante una merienda, la enfermera Albina preguntó, intrigada: —Oye, Elisa, ¿qué le has hecho tú a ese hombre? Nunca le vi sonreír y ahora hasta parece simpático, aunque a su manera… Cada semana, las mujeres del hospital celebraban un animado café: galletas, repostería, mermeladas caseras… Olor a hogar en la cocina del hospital. —¡Nada especial! —sonrió Elisa—. Todo depende de nuestra actitud. Hay que tener confianza y dignidad, sea uno médico o auxiliar. La joven celadora Jeanne no lo veía tan fácil: —Eso tú, que eres una doctora estupenda, te atreves, pero yo, con ese monstruo… —No digas eso, —intervino Elisa—. Cualquiera tiene derecho a su dignidad. La psiquiatra Galina Ivánova asintió: —Sobre todo delante de vampiros energéticos. Si ven que tienes autoestima, no se meten. —Lo que pasa es que Estévez es un hombre desgraciado, —reflexionó la cocinera Vera—. Todas estuvieron de acuerdo, salvo Elisa, que bien lo sabía ya. Justo entonces llegó la castelera, Catalina, jadeando: —¿Me he perdido algo? —No, llegas a tiempo… justo estábamos hablando de Estévez. —¡Ah, así que ya os habéis enterado! —¿Enterado de qué? —¡Que Estévez se casa! —soltó Catalina. —¿En serio? —¡Vaya sorpresa! ¡Eso sí que es noticia! —¡Va a nevar en Sevilla! Las exclamaciones brotaron por toda la mesa. —Elisa, no me digas que tú lo sabías, —le dijo la jefa de cocina, maliciosa. —Ni idea, —se asombró Elisa—. Hablamos mucho, pero de eso nada. La psicóloga Tamara añadió con autoridad: —A personas como él, no se les nota nada. No muestran sus emociones. “Eso es verdad”, pensó Elisa, que aún se preguntaba quién sería la novia. —¿Y con quién se casa? —preguntó Jeanne. —No lo sé seguro… Creo que con una paciente. —¡No me digas! Elisa sonrió; sospechaba de quién se trataba. —Chicas, esta noticia merece otro brindis. El té está bien, pero un vinito mejor. Todos aclamaron la idea y brindaron por la felicidad del eterno gruñón. Al día siguiente, Elisa, tomando café tras la ronda, recibió la visita de Estévez, radiante como nunca. Ella fingió sorpresa. —Estás radiante, don Vladimir. —Sí, tengo un día especial. Me caso, Elisa Alejandra. —¡No me digas! ¿Y quién es la afortunada? ¿Puedo saberlo? —La mismísima Verónica. Sí, la misma por la que tuviste que cantarme las cuarenta. Me gustó desde aquel día. Así que me lancé. Busqué su dirección y me presenté en casa. —Vaya, ¡qué sorpresa! Eso sí que es una gran elección. —No podía haber elegido mejor. Y quiero invitarte a la boda, a ti y tu familia. Si no fuera por ti, no la habría encontrado. Eres toda una diplomática. —¡Anda ya! Si está escrito, dos personas siempre acaban encontrándose. La boda fue preciosa. El traje sentaba fenomenal al novio, y la novia, espléndida. Nada que ver con la anciana enferma y asustada que suplicaba ser curada por su nieta. Verónica se había cortado el pelo a lo garçon, se había dado tinte y rejuvenecido diez años. Ella tampoco dejaba de dar las gracias a Elisa…
Diario de Fernando A los doce años ya estaba claro para todos que Lucía Jiménez acabaría siendo una médica
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036
Cometí el error financiero más romántico de mi vida: construí mi paraíso en una tierra que nunca sería mía. Cuando me casé, mi suegra sonrió y me dijo: “Querida, ¿por qué pagar alquiler? Encima de nuestra casa hay sitio. Podéis haceros ahí un piso y vivir tranquilos.” Entonces me pareció una bendición. La creí. Creí también en el amor. Mi marido y yo invertimos cada euro ahorrado en ese futuro hogar. No compramos coche. No nos fuimos de vacaciones. Todos los bonus, todos los ahorros iban para materiales, albañiles, ventanas, azulejos. Cinco años construyendo. Despacio. Con esperanza. De un espacio vacío hicimos un verdadero hogar. Con la cocina con la que soñaba. Con ventanales. Con las paredes en los colores que imaginaba para “nuestro hogar”. Decía con orgullo: “Esta es nuestra casa.” Pero la vida no pregunta si estás listo. El matrimonio empezó a resquebrajarse. Discusión tras discusión. Gritos. Diferencias insalvables. Y el día que decidimos separarnos, recibí la lección más cara de mi vida. Mientras recogía mi ropa entre lágrimas, miré las paredes que yo misma había pintado y lijado, y pedí: “Al menos devolvedme parte de lo invertido. O pagadme mi parte.” Mi suegra —la misma que un día me dijo “construye aquí arriba”— estaba en la puerta con los brazos cruzados y una mirada fría: “Aquí no hay nada tuyo. La casa es mía. Los papeles están a mi nombre. Si te vas, te vas solo con lo puesto. Todo lo demás se queda aquí.” Entonces lo entendí. El amor no firma escrituras. La confianza no da derechos de propiedad. Y el esfuerzo sin un título es solo una pérdida. Salí a la calle con dos maletas y cinco años de vida convertidos en paredes que ya no me pertenecían. Me fui sin dinero. Sin casa. Pero con claridad. El dinero peor gastado no es el que usas en placeres. El dinero peor perdido es el que inviertes en algo que nunca estará a tu nombre. Los ladrillos no sienten. Las palabras se las lleva el viento. Pero los papeles permanecen. Y si pudiera decirle algo a cualquier mujer: nunca, por mucho que ames, construyas tu futuro sobre una propiedad que no es tuya. Porque a veces “el alquiler que te ahorras” te puede costar toda la vida.
He cometido el error financiero más romántico de mi vida: construí mi paraíso sobre tierra ajena.
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045
La familia imperfecta
Lo he visto todo refunfuñó mamá en cuanto nos sentamos en nuestro viejo Seat 9. ¿Me tomas por ciega?
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080
Mi marido me comparó con su madre y salí perdiendo, así que le propuse que se fuera a vivir a casa de sus padres
¿Y por qué las albóndigas están tan secas? ¿Has empapado bien el pan en leche? ¿O, como siempre, solo
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012
Al final de este verano Trabajando en una biblioteca, Diana siempre consideró su vida aburrida: ahora casi no vienen visitantes, todos están en Internet. Cambiaba de sitio los libros en las estanterías y les quitaba el polvo. La única ventaja de su trabajo, pensaba, es que había leído una cantidad indecente de libros de todo tipo: románticos, filosóficos… Y a los treinta años comprendió de pronto que la propia vida romántica se le había escapado. A su edad, debería haber formado ya una familia. No era especialmente llamativa, y su trabajo estaba mal pagado. Pero nunca se le había ocurrido cambiar: todo le resultaba cómodo. Solo venían por la biblioteca estudiantes, a veces algún escolar o jubilado. Hace poco, tuvo lugar un concurso profesional a nivel provincial. Para su sorpresa, Diana ganó el premio principal: dos semanas pagadas en la costa, junto al mar. —¡Qué suerte! Esta vez sí que iré, —le dijo contenta a su amiga y a su madre—, con mi sueldo, nunca habría podido permitírmelo. Pero a veces la vida te sorprende. El verano estaba llegando a su fin. Diana caminaba por la orilla de una playa vacía; la mayoría de turistas se refugiaban en los cafés, porque el mar estaba especialmente bravo aquel día. Era su tercer día junto al mar y, esa tarde, necesitaba pasear sola, pensar y soñar. De repente, vio cómo una ola arrancaba de un muelle a un chico y se lo llevaba. Sin pensar en sí misma, corrió a ayudarle. Por suerte, estaban cerca de la orilla. Aunque no era gran nadadora, sabía mantenerse a flote desde pequeña. Las olas ayudaban a arrastrar al chico hacia la orilla, pero luego lo devolvían atrás. Diana logró sostenerse en pie, ya casi con el agua al pecho. Finalmente, lo consiguió. Miró entonces al chico, con su bonito vestido pegado por el agua, y se sorprendió: —Parece un adolescente, no tiene más de catorce, aunque es alto, incluso un poco más que yo, —pensó, y preguntó—: ¿Pero cómo se te ocurre bañarte con este mar? El chico se puso en pie, le dio las gracias y, aún tambaleándose, se alejó de ella. Diana se encogió de hombros y le siguió con la mirada. Al despertar a la mañana siguiente en la habitación del hotel, sonrió. Hacía un día espléndido. El sol brillaba, el mar resplandecía con esa limpieza azul y una pequeña brisa lo hacía vibrar, pero nada que ver con lo de ayer. Como si el mar pidiera disculpas por sus olas. Desayunó y fue a la playa, donde se tumbó gustosa al sol. Por la tarde decidió pasear y se acercó al parque, donde entró en una galería de tiro. De adolescente y estudiante había tenido buena puntería, aunque el primer disparo falló, pero el segundo fue directo. —¡Mira, hijo, así hay que disparar! —oyó la voz de un hombre tras ella. Al girarse, reconoció al chico del día anterior. El chico la miró asustado, también la reconoció, y Diana entendió que el padre no sabía nada de lo ocurrido. Ella sonrió. —¿Nos da usted un curso exprés? —preguntó el hombre, simpático y alto—. Mi chico, Javi, no acierta ni una, y yo… reconozco que tampoco. Caminaron juntos después, se sentaron en una terraza y comieron un helado, y subieron a la noria. Diana pensó que quizá pronto llegaría la madre de Javi, pero nadie acudía; los dos estaban tranquilos. El padre, quien se presentó como Antonio, era un excelente conversador, y cada minuto a su lado le gustaba más. Descubrieron que ambos vivían en la misma ciudad. Se rieron del azar: “No nos cruzamos en la ciudad, ¿y aquí, en la playa…?” Javi se integró poco a poco al grupo, dándose cuenta de que Diana no diría nada sobre el incidente del mar. Se despidieron cerca de medianoche, los hombres acompañaron a Diana a su hotel y quedaron en verse de nuevo en la playa. Los días siguientes fueron de ensueño: cada mañana se encontraban en la playa, se despedían tarde. Excursiones, paseos, charlas. Diana sentía que Javi llevaba algo dentro; quería hablar con él a solas. Por fin tuvo ocasión; un día, Javi apareció sin su padre. —Hola, papá está con fiebre —le contó el chico—. Me dejó venir contigo, así no tengo que quedarme aburrido en el hotel. Le di tu teléfono… Llamó a Antonio. —Buenos días… Bueno, no tan buenos. Tengo fiebre. Por favor, cuida de mi chico, que hará todo lo que le digas… —No te preocupes, recupérate. Aquí está a salvo, y, además, es casi un hombre. Javi salió del agua, se tumbó junto a ella y le dijo: —Eres una amiga de verdad. —¿Por qué lo dices? —Por no contarle a mi padre lo del muelle. Me caí, fue un caos, me asusté… —No fue nada —sonrió Diana. Luego preguntó—: ¿Y tu madre, Javi? ¿Por qué solo venís tú y tu padre? El chico dudó, pero acabó contándole lo ocurrido: la familia feliz era solo apariencia. La madre, Marina, tenía desde hacía tiempo una aventura con su compañero de trabajo, lo supo todo cuando su padre marchó a un curso en Madrid. Marina le pidió que entretuviera a la hija del compañero mientras ella y aquél trabajaban juntos “en unos planos”. La historia de Javi se le hizo dura a Diana: infidelidad, separación, la marcha de Marina con su nueva pareja… Él había decidido quedarse con su padre, al que quería, y no le nacía ver a su madre por ahora. Aquella tarde, después de la playa, llevaron frutas a Antonio, que ya se encontraba mucho mejor. Volvería con ellos al arenal al día siguiente. Tres días más tarde, Antonio y Javi tuvieron que marcharse, pero Diana aún se quedaba en la costa. El verano llegaba a su fin. Se despidieron junto al mar. Antonio prometió esperarla en el aeropuerto. Javi sonreía. Diana no hacía planes. Solo leía y releía los dulces mensajes que Antonio le enviaba, confesándole que ya la echaba de menos. Poco después, Diana se mudó al piso de Antonio y Javi: quizá el más feliz de todos era el hijo, por él, por su padre y por Diana. Al filo de este verano.
En el Borde de aquel verano Trabajando en la Biblioteca Municipal de Valladolid, Amalia siempre había
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0105
Papá
¡Entonces demuéstrame que eres mi hijo! soltó él de pronto, con voz áspera como la de un viejo callejón.
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