Es interesante
01
Actualización disponible La primera vez que el móvil se encendió de rojo fue en plena clase. No solo se iluminó la pantalla: todo el cuerpo, ese vetusto “ladrillo” arañado de Andrés, parecía arder por dentro como una brasa encendida. — Tío, como sigas así te va a explotar —susurró Álex desde el pupitre de al lado, apartando el codo—. Te lo dije mil veces: deja de meterle esos sistemas piratas. La profesora de econometría garabateaba ecuaciones en la pizarra, el aula murmuraba a media voz, pero el resplandor carmesí atravesaba incluso la tela de la cazadora vaquera. El teléfono vibraba: no eran los típicos tirones, era regular, como un latido. “Actualización disponible”, apareció cuando Andrés, incapaz de aguantar más, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, el icono de una nueva app: un círculo negro con un símbolo blanco, mitad runa, mitad una “M” estilizada. Parpadeó. Juraría haber visto mil veces iconos así: minimalista, tipografía de moda, igual que cualquier app. Pero algo dentro se le encogió: como si la aplicación le devolviese la mirada desde la pantalla. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna. — Descárgalo —susurró una voz a la derecha. A Andrés le dio un respingo. Solo estaba Clara, enfrascada en los apuntes, sin despegar los ojos del cuaderno. — ¿Tú has dicho algo? —se inclinó hacia ella. — ¿Perdona? —Clara levantó la vista—. Si ni hablo, tío. La voz no era ni masculina ni femenina, ni sonido ni susurro. Solo brotó en su mente, como una notificación flotante. “Descárgalo”, repitió en su cabeza, y entonces la pantalla destelló, ofreciéndole instalar. Andrés tragó saliva. Él era de los que se apuntan a betas, cambian el firmware, trastean hasta el último rincón que la gente en su sano juicio ignora. Pero esto… esto era distinto. Aun así, el dedo se movió solo. La instalación fue instantánea; como si la app ya estuviera allí, solo esperando el permiso. Ni registro, ni inicio con redes, ni lista de permisos. Pantalla negra y una sola línea: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —se le escapó en voz alta. La profesora lo taladró con la mirada por encima de las gafas. — Señor, ¿si ya terminó de conversar con su móvil puede volver a la curva de oferta y demanda? Risitas por todo el aula. Andrés farfulló una disculpa y escondió el teléfono bajo el pupitre, pero su mirada seguía pegada a la pantalla. “Primera función disponible: Desvío de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, el botón “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: El uso de esta función altera la estructura de los acontecimientos. Posibles efectos secundarios”. — Sí, claro —musitó—. Lo típico, y ahora me pedirás firmar con sangre. La curiosidad tironeaba dentro. Desvío de probabilidad… sonaba al clásico generador de “suerte”: publicidad por un tubo, robo de datos, como mucho la avalancha de avisos de “¡te ha tocado un iPhone!”. Pero el resplandor rojo seguía allí. El teléfono ardía, cálido, vivo. Andrés lo apretó contra la rodilla, lo cubrió con el cuaderno y, al fin, pulsó el botón. La pantalla vibró, ondulando como agua al viento. Por una fracción de segundo el mundo calló, los colores se intensificaron. Un zumbido cristalino, como rozar el borde de una copa, le taladró los oídos. “Función activada. Elige objetivo”. Campo de texto y sugerencia: “Describe el resultado deseado (breve)”. Andrés titubeó. Por bromear, pensó: sería la típica app cutre… pero esto ya se veía demasiado intencionado. Miró alrededor. La profe garabateaba en la pizarra, Clara escribía, Álex diseñaba un tanque en el margen. Bueno, vamos a probar. Tecléo: “Que hoy no me pregunte en clase”. Con las manos temblando, pulsó OK. El mundo dio un tirón. Ligero, casi invisible; como cuando el ascensor baja un milímetro y se detiene. Un hueco helado en el pecho, un instante sin aliento. Después, todo volvió a la normalidad. “Probabilidad ajustada. Consumo de función: 0/1”. — Bien —dijo la profesora girándose—. A ver quién sigue en la lista… Andrés se estremeció. Estaba seguro de oír su apellido. Siempre igual: si deseas pasar desapercibido, fijo que te toca. — …Covarrubias, ¿dónde anda? Tarde, como siempre. Bueno, entonces… El dedo de la profe siguió por la lista. Paró. — Pérez. A la pizarra. Clara resopló, cerró el cuaderno y avanzó ruborizada. Andrés se quedó petrificado. En su cabeza retumbaba: Lo ha hecho. Ha funcionado. El móvil se apagó, su resplandor rojo desapareció. Salió de la facultad aturdido, como tras un concierto. El aire de marzo revolvía el polvo, el asfalto reflejaba charcos, una nube gris eternamente colgada sobre la parada de autobús. Él caminaba, absorto en la pantalla. La aplicación “Mirra” permanecía ahí, un icono más. Sin descripción, sin reputación. En ajustes, nada. En el sistema parecía invisible: sin tamaño, sin caché. Solo el hecho —él sabía que el mundo había cambiado, se había desplazado. Quizá es casualidad, se intentaba convencer. Igual la profesora no quería preguntarme. O se le ha ocurrido lo de Covarrubias al final. Pero otra idea ya despertaba en el fondo: ¿y si no era casualidad…? El móvil pitó. Notificación en pantalla: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Vais rápido —murmuró Andrés. Pulsó “Detalles”. Saltó la ventana: “Corrección de errores, mejora de estabilidad, nueva función: Visión a través”. Nada de desarrollador, ni versión de Android, ni nota aburrida. Solo esa frase sincera, extraña: “Visión a través”. — Ni hablar —dijo, posando “Posponer”. El móvil piaba, se apagó. Un segundo después cobró vida, fulgiendo en rojo, y avisó: “Actualización instalada”. — ¡Eh! —Andrés se paró en mitad del paseo—. ¡Pero si te acabo de decir que no…! Le esquivaban, alguien murmuró con fastidio. Una ráfaga de viento le pegó un panfleto brillante al zapato. “Función disponible: Visión a través (nivel 1)”. Debajo —descripción—: “Permite ver el verdadero estado de objetos y personas. Alcance: 3 metros. Duración máxima: 10 segundos seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —un escalofrío le recorrió la espalda. Silencio. Solo la invitación: “Prueba gratuita”. No aguantó en el autobús. Acurrucado entre una señora con bolsa de patatas y un chaval de instituto, Andrés miraba pasar las calles por la ventanilla, hasta que sus ojos volvieron a caer en el icono de “Mirra”. Diez segundos nada más, se repetía. Solo ver para qué sirve esto. Abrió la app. Pulsó “Prueba”. El mundo suspiró; los sonidos se amortiguaron como bajo el agua. Los rostros se volvieron nítidos, afilados. Sobre cada uno, hilos delgados, casi invisibles— a algunos los envolvían estrechos, a otros apenas les rozaban. Andrés parpadeó. Los hilos se perdían en el aire, cruzándose; la señora los tenía tensos, grises, algunos rotos y chamuscados; el chico —azules, chispeantes de impaciencia. Clavó la vista en el conductor. Sobre su cabeza, un nudo espeso de hilos negros y oxidados, trenzados en un grueso cabo que se proyectaba hacia la carretera. Algo reptaba dentro de la cuerda, como gusanos. — Tres segundos —susurró—. Cuatro… Miró sus propias manos. Desde las muñecas, delgadas hebras carmesí subían por la manga. Una —gruesa y roja oscura— iba directa al móvil y engordaba, centímetro a centímetro. Un pinchazo en el pecho. El ritmo del corazón se rompió. — ¡Basta! —pulsó la pantalla, desactivando la función. El mundo regresó de golpe. Zumbidos, bromas, frenazos. La cabeza le giraba; manchas danzaban ante sus ojos. “Prueba finalizada. Retroalimentación: +5%”. — ¿Qué significa eso…? —Andrés apretó el móvil contra su pecho, temblando. Otra notificación: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.2). Recomendado instalar”. En casa, se sentó horas al borde de la cama, mirando el móvil en la mesa. Habitación minúscula: cama, escritorio, armario, ventana a un patio con un parque despintado. En la pared—antiguo póster de una estación espacial pegado en el instituto. Su madre trabajaba de noche. Su padre, como siempre “de viaje”, es decir, nadie sabía dónde. El piso palpitaba vacío y polvoriento. Normalmente Andrés llenaba ese vacío con música, series, juegos. Hoy, el silencio hacía más grande el ruido de su corazón. El móvil parpadeaba: “Instala la actualización de Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Funcionamiento de qué? —preguntó en alto—. ¿De lo que haces a la gente? ¿A las carreteras? ¿A mí? Recordó el cabo negro sobre el conductor. Y la gruesa hebra roja, naciendo de su muñeca. “Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —repitió, aunque ya intuía la respuesta. Siempre creyó que el mundo era un conjunto de probabilidades. Que si sabías dónde empujar, podías cambiar el resultado. Pero nunca pensó que alguien le pondría en la mano una herramienta que lo hiciera literalmente. “Si no instalas la actualización —surgió el mensaje, sin sonido, sobre el fondo de pantalla—, el sistema empezará a compensar por sí solo”. — ¿Qué sistema? —Andrés saltó—. ¿¡Quién eres!? La respuesta no fue texto. El mundo se oscureció, como cuando parpadea la luz. Un zumbido; un golpe en las sienes; y de pronto, una sensación: no palabras, sino estructuras, como si leyera un código pero en sensaciones. “Soy la interfaz”, se formuló. “Soy la aplicación. Soy el método. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —rió amargamente. “Llámalo así si quieres. Red de probabilidades. Corrientes de resultado. Te ayudo a modificarlo”. — ¿Y el precio? —apretó los puños—. ¿Qué retroalimentación? En la pantalla, una animación: hebra roja engrosando con cada cambio, hasta envolver a una figura humana, comprimiéndola. “Cada intervención refuerza la conexión contigo. Cuanto más cambias el mundo, más el mundo te cambia”. — ¿Y si…? “Si paras —nuevo mensaje— el vínculo quedará. Si el sistema no recibe actualizaciones, buscará equilibrio. A través de ti”. El móvil vibró: notificación. “Actualización Mirra (1.0.2) lista para instalar. Nueva función: Cancelar”. — ¿Cancelar qué…? —susurró. “Posibilidad de deshacer una intervención. Una vez”. Recordó el autobús, los hilos, su propia hebra engrosando. — Si la instalo…—empezó. “Podrás anular uno de tus cambios. Pero el coste…” — Claro, —rió— siempre hay coste. “Coste: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más distorsión generas”. Andrés se sentó de nuevo, codos sobre rodillas. Un lado: el teléfono, ya incrustado en su vida, que al menos había cambiado un solo día. Al otro: el mundo en el que siempre se dejaba llevar. — Solo quería no salir a la pizarra —se lo confesó al aire—. Un deseo minúsculo. Y ahora… Una sirena ululó a lo lejos. Andrés se estremeció. “Actualización recomendada. Sin ella, el sistema puede comportarse de manera impredecible”. — ¿Impredecible cómo? Silencio. La noticia llegó una hora después. En grupos y noticias: un camión había embestido un autobús en el cruce de la uni. Lo típico: “el conductor se durmió”, “los frenos fallan”, “otra vez las carreteras”. En la imagen, ese autobús. Matrícula idéntica. El conductor… No quiso ver más. Un frío le inundó el pecho. Apagó la tele, pero siguió viendo la escena: el cabo negro, los hilos vivos. — ¿He sido yo? —la voz quebrada. El móvil ardió solo. Pantalla: “Hecho: accidente en cruce de Avenida del Bosque / Calle Proletariado. Probabilidad antes de la intervención: 82%. Tras la intervención: 96%”. — Le subí la probabilidad… —apretó los puños hasta palidecer. “Cualquier interferencia en la red de probabilidades genera efectos en cascada —decía el texto— cambiando unas, otras suben”. — ¡No lo sabía! —gritó. “El desconocimiento no anula la conexión”. Las sirenas se acercaban. Andrés se asomó: al fondo destellos azules —ambulancia, policía. Alguien gritaba. — ¿Y ahora? —preguntó, sin apartar la vista del patio. “Instala la actualización. La función Cancelar permitirá ajustar la red. Parcialmente”. — ¿Parcialmente? —se volvió al teléfono—. ¡Si cualquier cambio aquí afecta allá fuera! Si anulo uno, ¿qué será lo siguiente? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Alguien más? Silencio. El cursor parpadeaba. “El sistema busca equilibrio. La cuestión es si lo diriges tú o no”. Andrés cerró los ojos. Las caras del bus: la señora de las patatas, el chaval, el conductor. Él mismo, sentado, mirando las hebras e ignorándolo todo. — Si actualizo y uso Cancelar… —preguntó—. ¿Podré deshacer lo del aula, devolver la probabilidad? “En parte. Puedes cancelar una acción concreta. La red se reconfigurará. Pero no garantiza que no haya consecuencias negativas”. — Pero quizá ese autobús… —no terminó. “La probabilidad cambiará”. Miró el botón “Instalar”. Le temblaban los dedos. Dos voces en la cabeza: una susurraba que no era Dios, la otra, que tampoco podía mirar a otro lado una vez que ya intervino. “Ya estás dentro, —sugirió Mirra—. La conexión existe. No hay marcha atrás, solo dirección”. — ¿Y si decido no hacer nada? “El sistema avanzará sin ti. Pero pagarás tú el coste”. Rememoró la hebra roja engrosando. —¿Cómo… cómo será? —susurró. Respondió una imagen: él, años mayor, ojos apagados, en su piso, móvil en mano. Alrededor, el caos de eventos que no eligió pero pagó: accidentes, caídas, fortunas y desgracias que pasaban cerca, dejando cicatrices. “Serás un punto de compensación. Un nudo por donde pasa la distorsión”. — O controlo esto, aunque sea mínimamente, o me convierto en un fusible —se rió entre dientes—. Bonita elección. El móvil callaba. Instaló la actualización. Tocó el botón y el mundo volvió a crujir. Esta vez más fuerte. Oscuridad, zumbido. Por un instante fue parte de algo gigantesco y palpitante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Cancelar (1/1)”. En pantalla: “Elija intervención a cancelar”. Solo una disponible: “Desvío de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si anulo esto… “El tiempo no retrocede. Pero la red se reajusta como si nunca hubieras intervenido”. — ¿El autobús? “La probabilidad de accidente cambia. Pero lo que ya ocurrió…” — Lo entiendo —lo interrumpió—. No salvo a quienes… Se le quebró la voz. “Pero puedes reducir los próximos”. Guardó silencio. La sirena se esfumó. El patio volvió a su gris rutina. — De acuerdo. Cancelar. El botón brilló. Esta vez el mundo no crujió; se volvió… equilibrado. Como si todo el rato hubiese estado calzado mal y al fin encajaba. “Cancelación ejecutada. Función gastada. Retroalimentación estabilizada.” — ¿Y ya está? ¿Eso es todo? “Por ahora, sí”. Se dejó caer sobre la cama. Vacío. No alivio, no culpa. Solo cansancio. — Dime la verdad —le preguntó al teléfono—. ¿De dónde vienes? ¿Quién te ha creado? ¿Qué loco ha puesto esto en manos de la gente? Larga pausa. Luego, línea en pantalla: “Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?” — ¿En serio? —se levantó de golpe—. ¡Acabo de…! “En la versión 1.1.0 añadida función: Pronóstico. Mejorada la distribución. Corregidos errores de moralización”. — ¿Errores de qué? —incluso sonrió—. ¿Ahora llamarás ‘errores’ a mis intentos de distinguir lo correcto? “La moral es una capa local. La red de probabilidades no distingue ‘bueno’ de ‘malo’. Solo estabilidad o caos”. — Pero yo sí —susurró—. Y mientras viva, lo distinguiré. Apagó la pantalla. El móvil quedó en silencio, pero Andrés sabía: la actualización ya estaba lista, esperando. Y las siguientes. Y las que vendrán. Se asomó a la ventana. Abajo, un crío intentaba subir al columpio oxidado. Una madre empujaba el carrito esquivando charcos y placas de hielo. Por un instante, creyó ver hilos —finos, luminosos, tendiéndose de las personas hacia algo más grande. Tal vez solo era la luz. “Puedes cerrar los ojos —susurró Mirra en su mente—. Pero la red sigue. Las actualizaciones saldrán. Las amenazas crecerán, estés tú o no”. Volvió al escritorio y tomó el móvil: gélido, impasible. — No quiero ser dios —dijo—. Ni quiero ser fusible. Quiero… Se quedó a medias. ¿Qué quería? ¿Que no le preguntasen? ¿Que su madre no hiciera turnos de noche? ¿Que su padre volviera? ¿Que los buses no impactaran contra camiones? “Formula tu consulta —sugirió la app—. Breve”. Andrés sonrió. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Pausa larga. Luego: “Consulta demasiado general. Precisa especificar”. — Por supuesto —suspiró—. Eres la interfaz. No sabes qué significa dejar a la gente en paz. “Soy una herramienta. Depende del usuario”. Pensó. Si Mirra es una herramienta, quizá pueda usarse, no para manipular a otros, sino para limitarse a sí misma. — ¿Y si cambio la probabilidad de que llegues a otra persona? ¿De que Mirra se instale en otro móvil? La pantalla vaciló. “Tal acción requeriría muchos recursos. Su coste sería alto”. — ¿Más que ser el fusible de toda la ciudad? —arqueó la ceja. “No hablo solo de la ciudad”. — ¿Entonces de qué? “De la red entera”. Se imaginó: miles, millones de móviles encendiendo en rojo. Gente jugando con el destino como quien tira dados. Accidentes, milagros, caos… Y en el centro, un hilo aún más grueso. — Quieres expandirte —dijo—. Como un virus. Aunque eres más honesta: das poder, pero encadenas. “Soy interfaz para lo que ya existe. Si no soy yo, será otro método: ritual, objeto, pacto. La red busca conductos”. — Pero quien te tiene ahora soy yo —respondió Andrés—. Así que puedo intentarlo al menos. Miró Mirra. La nueva actualización esperaba. Bajó hasta el final; donde antes no había nada, ahora ponía: “Operaciones avanzadas (precisa nivel de acceso: 2)”. — ¿Cómo consigo nivel dos? “Usando funciones existentes. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral”. — Es decir, interviniendo más… para luego poder limitarte. Un círculo sin fin. “Todo cambio pide energía. Energía es vínculo”. Silenio largo. — Bien. Entonces nada de nueva actualización. Ni de pronóstico. Ni juegos de dios ni de virus; me quedo como administrador. Sísadmin de la realidad, vaya. La palabra sonaba rara en la boca, pero había lógica: ni creador ni víctima; el que procura que el sistema no colapse. El móvil “pensó”. Luego: “Modo actualización limitada activado. Instalación automática deshabilitada. Responsabilidad de consecuencias: usuario”. — Siempre ha sido mía —murmuró Andrés. Dejó el móvil en la mesa, y ya no pudo imaginarlo como un simple dispositivo. Era un portal —a la red, a otras vidas, a su propia conciencia. Los faroles encendían la noche de marzo sobre la ciudad, ocultando miles de probabilidades: alguien perdería el tren, alguien hallaría a un amigo, uno se resbalaría sin más, otro no sería tan afortunado. El móvil callaba. Actualización 1.1.0 seguía en espera, paciente. Andrés abrió el portátil. Documento nuevo: en el título escribió: “Mirra: protocolo de uso”. Si le había caído este delirio de aplicación, al menos dejaría instrucciones. Advertiría a quien viniera detrás—si es que viene alguien. Empezó a escribir: sobre el Desvío de probabilidad, la Visión a través, la Cancelación y su costo. Los hilos carmesí, los cabos negros. Sobre lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo difícil que es vivir sabiendo que el mundo siempre cobra las cuentas. Lejos, en algún servidor inexistente, Mirra registraba una nueva configuración: usuario que elige no el poder, sino la responsabilidad. Era un suceso raro, casi imposible. Pero como demuestra la vida, a veces incluso las probabilidades más bajas tienen derecho a cumplirse.
Actualización disponible La primera vez que el móvil se iluminó de un rojo intenso sucedió en plena clase.
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0138
La puerta sigue cerrada
La puerta permanece cerrada ¡Mamá, abre la puerta! ¡Mamá, por favor! los puños del hijo golpeaban con
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036
Regalé a mi nuera el anillo familiar, y una semana después lo vi por casualidad en el escaparate de una casa de empeños
Llévalo con cuidado, hija mía, pues no es solo oro, encierra la historia de nuestra familia dijo doña
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0192
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié todas las cerraduras. El telefonillo no solo sonó, ¡retumbó exigiendo atención! Miré el reloj: las siete de la mañana, sábado. El único día en que pensaba dormir tras cerrar el informe trimestral, no recibir visitas. En la pantalla aparecía la cara de mi cuñada. Lucía, la hermana de mi marido Iñaki, tenía pinta de estar a punto de asaltar el Palacio Real, y tres cabecitas despeinadas asomaban detrás de ella. —Iñaki —grité sin descolgar—, es tu familia. Ya puedes encargarte tú. Él salió de la habitación poniéndose los pantalones al revés, sabiendo que ese tono mío solo podía significar que mi paciencia con sus parientes se había agotado. Mientras tartamudeaba algo en el telefonillo, yo ya estaba en el recibidor, brazos cruzados. Mi casa, mis normas. Este piso de tres habitaciones en el centro lo compré dos años antes de casarnos, sudando sangre para acabar la hipoteca, y lo último que quería era tener huéspedes incómodos. La puerta se abrió y mi impecable recibidor, que olía a mi difusor Señorita Pepis, fue invadido por la troupe. Lucía, cargada de bolsas, ni saludó—me empujó como si yo fuera una cómoda. —Menos mal que hemos llegado —suspiró, tirando los bolsos sobre mi suelo de porcelánico italiano—. Aline, ¿qué haces ahí parada? Ve poniendo un té, que los niños tienen hambre. —Lucía —contesté con voz firme, mientras Iñaki bajaba la cabeza—, ¿qué pasa aquí? —¿No te lo ha dicho Iñaki? —puso cara de inocente—. Estamos en obras, reforma total. Imposible vivir ahí. Solo os molestaremos una semanita. En este pedazo de piso cabemos de sobra. Miré a mi marido. Él, inspeccionando el techo porque sabía que por la noche le tocaba juicio. —Iñaki… —Aline, de verdad… son mi hermana y mis sobrinos. Solo una semana. —Una semana —remarqué yo—. Siete días exactos. La comida la ponéis vosotros, nada de niños corriendo, nada de tocar las paredes, mi despacho prohibido y silencio total después de las diez. Lucía puso los ojos en blanco: —¡Madre mía, qué ambiente, ni en la cárcel! Va, ¿dónde dormimos? Aquí no se duerme en el suelo, ¿no? Así comenzó mi pesadilla. La “semanita” se hicieron dos. Luego tres. Mi piso de diseño se convirtió en un zulo: montaña de zapatos sucios en la entrada, cocina hecha un cristo, manchas de grasa y charcos pegajosos. Lucía se comportaba como la señora marquesa, dándolo todo por sentado. —Aline, la nevera está tiritando —me soltó una noche—. Los niños necesitan yogures y nosotros carne. Con lo que ganas, podrías cuidar mejor de tus parientes. —Tienes tarjeta y supermercados—ni miré por encima de mi portátil—. Y los pedidos llegan en media hora. —Avariciosa —masculló, cerrando la nevera de un portazo—. Que lo sepas, las mortajas no tienen bolsillos. Pero el punto de no retorno llegaría después. Una tarde llegué antes del trabajo y encontré a mis sobrinos en mi dormitorio. El mayor saltando sobre mi colchón viscoelástico, la pequeña… perdida pintando en la pared con mi pintalabios Tom Ford edición limitada. —¡Fuera! —rugí—. Lucía apareció en segundos. Vio los garabatos y la barra rota y tan solo se encogió de hombros: —Son niños, mujer, relájate. Eso se limpia y la barra… pues te compras otra. Por cierto, hemos pensado que como la obra va para largo, nos quedamos hasta verano. ¿No te parece mejor tener por aquí alegría? Iñaki, a mi lado, en absoluto silencio. Un trapo. Me marché al baño antes de hacer algo ilegal. Necesitaba respirar. Por la tarde, Lucía se metió en la ducha dejando el móvil sobre la mesa. Una notificación apareció, visible en la pantalla: mensaje de “Marina Alquiler”. “Lucía, transferido el dinero del mes. Los inquilinos contentísimos, preguntan si pueden seguir hasta agosto”. Y de seguido, aviso bancario: “Abono: +800 euros”. Todo encajó de golpe. ¡No había ninguna obra! Lucía había alquilado su piso por meses y se había colado en mi casa a vivir gratis, ahorrando en todo y encima cobrando la renta. Negocio redondo. A mi costa. Fotografié su pantalla con pulso frío. Sentí una furia gélida y lúcida. —Iñaki, ven a la cocina. Miró las fotos, primero rojo y luego pálido. —Aline, quizás sea un error… —El error es que aún no los has echado tú —dije calmada—. Decide: mañana al mediodía fuera todos… o te vas tú con ellos. Con tu madre incluida y vuestro circo. —Pero… ¿dónde van a ir? —Me da igual. Al Puente de Segovia o al Ritz. Al día siguiente, Lucía anunció que iba de compras—unos “botines ideales”, según ella, seguramente ya pensando en gastar el alquiler cobrado. Dejó a los niños con Iñaki, que pidió día libre. Esperé hasta que salió por la puerta. —Iñaki: niños, parque, largo rato. —¿Por? —Porque toca fumigar la casa de huéspedes indeseados. Cuando salieron en el ascensor, llamé al cerrajero y después a la policía local. Se acabó la hospitalidad, empezaba la reconquista. El cerrajero, todo un castizo tatuado, fue rápido. —Menuda puerta y menudo cerrojo se ha puesto, señora. Esto ni con radiales hace falta. —Eso es justo lo que quiero. Seguridad total. Le pagué lo que costaría cenar en Ramón Freixa, pero la tranquilidad lo valía más. Siguiente tarea: bolsas de basura de las fuertes. Sosteniendo en ellas sujetadores, leotardos infantiles, juguetes pululando por el salón… todo a empujones, sin ninguna delicadeza. El arsenal de cosmética, arrasado de una plumada. Cuarenta minutos después, cinco enormes bolsas negras en el rellano con dos maletas tristes a su lado. Cuando el policía llegó, ya le esperaba con toda mi documentación. —Buenos días, agente; toda la vivienda a mi nombre, empadronada yo sola. Estos ciudadanos tratarán de entrar ilegalmente. Le ruego lo registre. —¿Familiares? —Ex, desde hoy —me reí—. Lucía llegó una hora después, bolsas de El Corte Inglés en ristre, radiante. Pero la sonrisa se borró de golpe al verme allí, junto al policía y la montaña de maletas. —¿Pero esto qué es? ¡Aline, te has vuelto loca! ¡Eso es mío! —Efectivamente. Son TUS cosas. Recógelas y largo. Hotel cerrado. Intentó colarse, pero el agente cortó el paso. —¿Está usted registrada aquí? ¿Empadronada? —¡Soy la hermana de Iñaki! ¡Estamos de visita! —se giró hacia mí, roja de rabia—. ¡Vas a ver cuando se lo cuente a Iñaki! —Llama, llama; pero ya te aviso que no te cogerá el teléfono. Está ocupado explicando a los niños por qué tu madre es tan… emprendedora. Marcó una vez, dos… Nada. Iñaki debió por fin asustarse o resignarse. —¡No tienes derecho! ¡Estamos de reformas, no tenemos a dónde ir, tengo hijos! —No mientas —di un paso al frente—. Saluda a Marina y pregúntale si la renta es hasta agosto… O tendrás que desalojar tus inquilinos si quieres volver. Lucía se quedó helada. —¿Cómo lo…? —Deberías bloquear tu móvil, empresaria. Un mes a mi costa, te has fundido mi compra y destrozado mi casa para ahorrar y comprar coche, ¿no? Olé tú. Ahora escúchame bien. Mi voz se volvió aún más baja, fría como el mármol del portal: —Ahora coges tus bolsas y te largas. Si te veo a ti o a tus críos a menos de un kilómetro de aquí, denuncio: alquiler sin contrato, fraude fiscal… y desaparición de mi anillo de oro. Ya veremos si aparece en tus bolsas. El anillo seguía en mi caja fuerte, pero ella no lo sabía. Se puso blanca. —Eres una mala persona, Aline. Dios te juzgará. —Dios está ocupado. Yo estoy libre. Y mi casa también. Agarró las bolsas y masculló insultos, llamando nerviosa a un taxi. El agente lo vio todo divertido, deseando no tener que hacer más partes. Cuando el ascensor se la llevó, con sus trastos y su dignidad de saldo, le di las gracias al policía. —Cuando quiera, señora, pero póngase siempre un buen cerrojo —me guiñó. Entré, cerrando la puerta. El nuevo cerrojo sonó fuerte y seguro. El aroma a lejía llenó el piso: la limpieza repintaba ya mi paz. Iñaki regresó dos horas después. Solo. Dejó a los niños con Lucía mientras ella organizaba la mudanza exprés. —Aline… Se ha ido. —Ya lo sé. —Te ha puesto verde. —Me da exactamente igual lo que chillan las ratas cuando se les expulsa del barco. Sentada en la cocina, con mi café recién hecho, mi taza favorita sin rastro de carmín, todo limpio y por fin solo mío. —¿Sabías lo del alquiler? —¡No! Te juro que no. Si lo hubiera sabido… —Si lo supieras, te callarías —le corté—. Escucha bien: si alguna vez vuelve a repetirse algo así, tus maletas irán con las suyas. ¿He sido clara? Asintió deprisa. Sabía que hablaba en serio. Di un trago. El café era perfecto. Caliente, fuerte y, sobre todo, disfrutado con la paz absoluta de MI casa. Mi corona no aprieta. Sienta como un guante.
«¡Viviremos aquí hasta el verano!»: cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié las cerraduras
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035
La novia ajena. Valerio era el alma de todas las fiestas. Jamás puso anuncios en prensa ni en la tele, pero su nombre y número circulaban de boca en boca, como un secreto bien guardado entre los madrileños. ¿Maestro de ceremonias en un concierto? ¡Sin problema! ¿Animar un aniversario o una boda? ¡Por supuesto! Incluso llegó a presentar una graduación en una guardería, conquistando no solo a los niños, sino también a sus madres. Todo empezó de forma casual. Uno de sus mejores amigos se casaba, el animador contratado de antemano no apareció, al parecer se había ido de juerga. No daba tiempo a buscar a otro, así que Valerio tomó el micrófono entre sus manos. En el colegio se metió en teatro, en la universidad fue fijo de las fiestas estudiantiles y de los concursos de humor. Aquella vez, la improvisación fue un éxito y, en pleno banquete, dos invitados le pidieron sus servicios para futuros eventos. Recién licenciado, Valerio trabajaba en un instituto científico de Madrid, cobrando una miseria. Sus primeros honorarios en el mundo del entretenimiento le animaron tanto que empezó a aceptar cualquier encargo, logrando no solo un mejor sueldo, sino también una gran satisfacción personal. Pronto sus ingresos como maestro de ceremonias superaron por diez la nómina del instituto. Tras un año, dejó el trabajo, se compró un buen equipo, se dio de alta como autónomo y se dedicó de lleno al espectáculo. Incluso tomó clases de canto y, con buen oído y voz, empezó a actuar tres veces por semana en un restaurante. A los 30, Valerio era un hombre guapo, resuelto, con dinero y fama de ser buen cantante, DJ y animador, capaz de levantar cualquier fiesta. No se había casado, ¿para qué? Las chicas le llovían y, la que quería, caía enseguida. Pero sus amigos iban casándose, nacían niños, y poco a poco inició la búsqueda de una felicidad familiar. Solo que no encontraba a la mujer adecuada. Las que se le ofrecían solo le interesaban para aventuras pasajeras. Él quería encontrar a una para toda la vida. — Hay que conocer a una jovencita, educarla a tu manera y, al cumplir los 18, casarse con ella. ¡La esposa perfecta! — bromeaba. Por eso empezó a animar graduaciones de instituto, buscando allí a su media naranja. Pero las chicas modernas le decepcionaban. Siguió atento, como él decía, “cazando una especie rara”. Y entonces los dioses decidieron burlarse de mi primo. Al principio no sospechaba nada. Le llamó una mujer, recomendada por conocidos: — Buscamos animador para la boda. ¿Está libre el 17 de junio? ¡Perfecto! ¿Podemos vernos? Quedaron. Y ahí, según palabras de Valerio, por primera vez sintió “que se le iba el suelo bajo los pies”. La mujer, que se presentó como Xenia, era deslumbrante, nunca había visto a nadie así en persona. Hablaba bien, con claridad, exponiendo exactamente lo que quería. Valerio se embobaba mirándola, ¡vaya suerte había tenido alguien! No sólo guapa, sino a la vista, inteligente. ¡Combinación rara! Al principio, la calculó en 25 años, tal vez algo más, pero resultó que ya había sido “de la Juventud”, así que tenía mínimo 40. Acordaron todo, firmaron contrato —aunque ella prefería no hacerlo—, pero Valerio insistió: — Llevo la contabilidad al día, no quiero líos. Mientras pensaba que así quedaba constancia material y que Xenia existía de verdad. Le sonó el móvil a Xenia, sms: — Oh, ahí viene el novio. ¿Te acercamos? Valerio declinó y salió a despedirla: era su costumbre para ver cómo se relacionaban los novios. Esta vez, sin embargo, era más por celos que por curiosidad. El novio le sorprendió: esperaba a un hombre maduro, pero salió un chico menor que él: — ¿Todo bien, Xenia? Ella sonrió. Subió al coche y el muchacho se giró hacia Valerio: — ¿Usted va a animar nuestra boda? Encantado, Santi me habló de usted, dice que es el mejor —le tendió la mano—. Perdón por no presentarme, Xenia me mata. Soy Roberto, el novio. Valerio quería saltar a por él, borrarle la sonrisa, pero solo le estrechó la mano: — Valerio. Un placer. Desde entonces, Valerio perdió la paz. Buscaba cualquier excusa para llamar a Xenia, oír su voz, verla de nuevo. El día de la boda se acercaba y sentía que se volvía loco. Un amigo, el único a quien contó su secreto, se burlaba: — ¿Y las chiquillas? ¿La esposa ideal? Pero Valerio se encogía de hombros: — ¿Qué chiquillas ni qué niño muerto? ¡Xenia es la mujer ideal, no quiero a nadie más! — ¿Y por qué no se lo dices? — ¿Y estás loco? ¡Se casa mañana! ¿Para qué le voy a complicar la vida? A veces aparecía Roberto, feliz: — Mira, Xenia me encargó traerte esto… Y Valerio le odiaba en silencio y sólo a duras penas evitaba ser grosero. Se planteó incluso rechazar el encargo de la boda, perder reputación por no volver a ver a Xenia… pero no tuvo valor. Dos días antes de la boda, Xenia fue a casa de Valerio para repasar el guion, ya que renovaban la oficina. Hablaron, rieron, estaban en su mejor momento. Al final, Valerio propuso un brindis de champán: — Por la boda perfecta. — ¡Encantada! — contestó Xenia. Ella reía, parecía más guapa que nunca. El champán le dio valor, la besó. Y, sorprendentemente, ella correspondió. Los dos perdieron la cabeza aquella noche. Valerio se despertó sobresaltado. ¿Habría soñado todo? No quedaban rastros de Xenia, pero la almohada olía a su perfume. ¿Entonces fue real? Dudas razonables, pero en pie se confirmó: no había soñado. ¿Y ahora, la boda seguiría? Llamó a Xenia: — Hola… — ¡Hola! ¿Qué tal estás? Perdón por irme a la francesa, ¡imagina la de cosas que tengo que preparar, que la boda es mañana! — Entonces, ¿habrá boda? —preguntó con voz apagada. — Por supuesto. ¿Por qué debería cancelarse? ¡Todo perfecto! ¿Serán todas las mujeres así de frías? ¿Cómo mirará a su futuro esposo a la cara? Valerio no sabía qué hacer: romper la boda, ¿o querer a una mujer tan cínica? Se respondía: sí, la quiero. A cualquier precio. Al día siguiente llegó temprano al restaurante. Las decoradoras colocaban flores, le lanzaban miradas y, en esto… No pudo creerlo: se le acercó Xenia. — Hola. Me escapé justo después del registro civil, tenía tantas ganas de verte —sonrió radiante—. ¿Qué te pasa, Valerio? — No entiendo nada —balbuceó—. ¿Hubo registro? ¿Y luego huiste? — Pues claro, menudo cabezón estás hecho. ¿Por qué iba a recorrerme la ciudad con chavales, pudiendo estar contigo? ¿O no te alegra? — Pero, ¿con qué chavales? ¿No eras tú la novia? Xenia le miró perpleja y luego rompió a reír, tan puro y natural, que Valerio tuvo que sonreír a su vez. — ¡Qué va! ¡La novia es mi hija, Ksenia! Estudia en Salamanca, volvió justo ayer —y de pronto se puso seria—. ¿De verdad creíste que la novia era yo? ¿Y que a dos días de la boda me iría con otro? Vaya opinón tienes de mí… Por fin, a Valerio se le abrieron los ojos. Xenia nunca había dicho “yo” ni “nosotros”, siempre “la novia y el novio”. Roberto nunca usó “Ksenia”, siempre “Xenia” y de usted. ¿Y él sin caer? Qué tonto… Entonces se atrevió a preguntar: — ¿Y tú? ¿Estás libre? Cuando ella asintió, no dudó: — ¡Cásate conmigo! Por favor… La boda fue espectacular, el maestro de ceremonias se superó, los invitados encantados. Los novios se acercaron a agradecerle: — ¡Mil gracias! No sabemos cómo corresponderte. — Yo ya me encargo —apareció Xenia—. Id, que os espera la limusina. Yo aquí vigilo todo. La noticia de que Valerio se casaba con una mujer nueve años mayor corría de boca en boca por la familia. Al principio hubo recelos, pero al conocer a la novia, todos admitieron: — ¿Y quién no se iba a enamorar de una así? Xenia y su hija Ksenia dieron a luz con dos semanas de diferencia.
La novia ajena. Valentín está más solicitado que nunca. Jamás ha puesto un anuncio en periódicos ni en
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071
Los amigos llegaron con las manos vacías a una mesa puesta y cerré la nevera — ¿Seguro que tres kilos de lomo de cerdo son suficientes, Sergio? La otra vez arrasaron con todo, hasta mojaron el pan en la salsa. Y encima luego Lucía pidió un táper, supuestamente para el perro, y después subió fotos de mi asado a las redes presumiendo de receta propia. Irina retorcía nerviosa el trapo de cocina, repasando el campo de batalla en el que se había convertido su cocina. Eran las doce del mediodía y ya estaba agotada: desde las seis en pie, primero al mercado a por la mejor carne, luego al súper por licores y delicatessen, toda la mañana cocinando, cortando, hirviendo y friendo. Sergio, su marido, pelaba patatas en silencio, cada vez más molesto aunque trataba de disimularlo. —Ira, ¿de verdad hace falta tanta comida? Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos… acaban reventando. Ya te has lucido: caviar rojo, salmón, ensaladas a montones. Si no es una boda, solo es el estreno de piso nuevo, aunque sea con retraso. —No entiendes —respondió Irina removiendo la salsa—, son nuestros viejos amigos, llevan años sin venir. Han cruzado la ciudad. No quiero que digan que desde que compramos piso nos hemos vuelto tacaños. La hospitalidad se le metió en la sangre de su abuela, que alimentaba a un regimiento con una sopa de nada. Para Irina, una mesa vacía era una ofensa personal. Si hay invitados, tiene que ser banquete. Meses planeando el menú, ahorrando para comprar ese cognac caro que le gusta a Víctor y el vino francés para Lucía. —Podrían traer algo —refunfuñó Sergio—. Cuando fue el cumple de Toni, llevamos regalo, bebidas y tú horneaste el postre. ¿Y ellos? Cuando vamos a su casa, solo té en sobre y rosquillas caducadas. —No seas rencoroso, Sergio —le reprochó Irina—. Pasaban una mala época, hipoteca, reformas… pero ahora les va bien: Víctor tiene nuevo puesto, Lucía presume de abrigo nuevo. Igual traen algo, un pastel, fruta… Hoy ni he hecho postre, ya se lo insinué. A las cinco la casa relucía y la mesa parecía escaparate gourmet. En el centro, lengua en gelatina, ensaladillas con cangrejo, banderillas de embutidos caseros, arenques con caviar, el asado de cerdo en el horno. En la nevera aguardaban vodka finlandés, cognac de importación y vino caro. Irina, agotada pero feliz, se puso su mejor vestido. —Estoy nerviosa, es la primera vez que vienen aquí. Quiero que salga perfecto. El timbre sonó puntual a las cinco. En la puerta, Lucía con su abrigo de visón, Víctor de cuero, Laura con pintalabios chillón y Toni ya medio alegrón. —¡A estrenar piso! —gritó Lucía, envolviendo a Irina en perfume dulzón—. ¡Venga, enseñad la casa! Se quitaban abrigos sin parar, Sergio no daba abasto para colgarlos. Irina, sonriente, no podía dejar de mirar sus manos: venían vacíos. Ni una bolsa, ni tarta, ni vino, ni un mísero chocolate. —¿Dónde… —empezó Irina, pero se quedó callada. Quizá lo han dejado en el coche… —¡Estás más delgada, Irina! —dijo Laura entrando—. El piso, bueno… justito, pero limpio. ¿Papel pintado liso? Parece una oficina, deberías haber puesto seda. —Nos gusta el minimalismo —respondió Sergio, llevándolos al comedor—. La mesa ya está puesta. Al ver el banquete, los ojos de Víctor brillaron. —¡Menudas viandas! Has tirado la casa por la ventana. Sabía que venir aquí era acierto seguro. No hemos comido nada en todo el día reservando sitio para tu asado. Todos fueron tomando asiento y, mientras Irina iba a por entrantes calientes, pensaba: “¿Habrán traído dinero para regalo? Por eso vienen con las manos vacías…”. Al volver, los invitados ya estaban devorando ensaladas sin ni siquiera esperar el brindis. —¡Esta ensaladilla es de matrícula! —gruñía Toni—. Sergio, sirve las copas, ¡que estamos secos! Sergio repartió vodka y vino. —Salud por el piso nuevo, que no se os agrieten las paredes ni os inunden los vecinos. ¡Vamos allá! Brindaron y Víctor ya atacaba el salmón. —Irina, ¿por qué el vodka no está más frío? —preguntó. —Salió de la nevera, está a cinco grados. —El vodka debe estar casi helado. Bueno, vale… ¿tenéis cognac? —Sí, pero… ¿comemos primero? —¡Todo cabe a la vez! —rió Toni. El banquete tomaba ritmo: platos desaparecían a toda velocidad. Y aun así, críticas no faltaban. —El arenque está seco, ¿has escatimado mayonesa? —dijo Lucía, sirviéndose por tercera vez. —La hice casera, no es tan grasa… —¿Para qué complicarse? —interrumpió Laura—. Compras de bote y punto. El caviar es menudo, ¿de salmón rosa? Mejor del grande… Irina miró a su marido, rojo y tenso. —¿Y vosotros qué tal? —cambió Sergio de tema—. Lucía, ¿estuviste en Dubái? —¡Un sueño! Hotel cinco estrellas, champán, bogavantes… Compré un bolso Louis Vuitton, doscientos mil, pero vale la pena. Víctor refunfuñaba pero yo dije: “¡Una vez se vive!”. —Mujeres, siempre gastando —apuntó Víctor, sirviéndose sin pedir. —Yo me compro coche nuevo, hemos ahorrado. No tiramos el dinero en reformas, como otros. —¿Reformas, una tontería? —preguntó Irina. —Las paredes, paredes son. Nosotros vivimos aún con los papeles de la abuela pero cada año veraneamos, ropa de marca, restaurantes… Vosotros, obsesionados con la vivienda, qué monotonía. —Y hablando de restaurantes —interrumpió Toni limpiándose la boca—. Ayer cenamos en “El Casino de Madrid”, alucinante. La cuenta: mil quinientos euros, pero el nivel… No es estar en casa pelando patatas. Irina fue a recoger platos casi temblando. Sus amigos presumen de lujos y llegan a su casa sin traer ni una planta. Ni un dulce. En la cocina, Lucía la siguió para cotillear. —Menuda mesa, Irina, pero ya se nota que habéis gastado el presupuesto. El vino… así así. Eso lo bebemos en la barbacoa, podrías haber comprado algo mejor. —Es francés, dos mil la botella. —Te timaron, ¡parece vinagre! Oye, ¿vas a darnos algo para llevar? Que mañana estamos de resaca y da pereza cocinar. Te sobra comida, mejor nos lo das. Irina la miró fría, plato en mano. —¿Quieres que te prepare un táper? —Claro, siempre lo hacemos así, ¡hay que ahorrar! ¿Y de postre hay tarta? —Dijiste que la tarta la traías tú. —¿Yo? ¡Estás loca! Estoy a dieta, nada de dulces. Pensé que harías tu “milhojas”. O comprabas algo chulo. Venimos con las manos vacías porque suponíamos que tú lo pondrías TODO. Ahora eres la rica, tienes piso propio. Irina cerró la puerta del horno, fue a la nevera y apretó la puerta. —No habrá carne —dijo en voz alta. —¿Cómo? ¿Se ha quemado? —preguntó Lucía. —No. Simplemente, no la habrá. Volvió al salón. Los hombres servían copas otra vez. Sergio tenía cara de no saber dónde meterse. —Estimados invitados —anunció Irina, tensa—, el banquete ha terminado. Todos se giraron. —¿Cómo que ha terminado? ¡No hemos probado la carne! —reclamó Víctor. —Lo prometí, pero lo he pensado mejor. —¡Estamos hambrientos! ¡Eso no se hace! —La carne se queda en el horno. Os podéis ir, o si preferís, id al restaurante “El Casino”, donde gastáis mil quinientos euros sin rechistar. Allí os servirán. —¿Estás borracha o qué? —gritó Toni. —Sergio, ponle freno a tu mujer. ¡Somos invitados! Sergio se levantó despacio. Miró a Irina y a sus “amigos”. —Irina no está borracha, está harta. Venís aquí, ni un mísero bollo. Os bebéis mi cognac, criticáis la comida y nuestra casa. Y aún exigís más. —¡Era broma! —gritó Lucía—. Se nos olvidó la tarta, ¡qué tragedia! Al menos os traemos alegría y compañía. —¿Alegría a costa nuestra? —replicó Irina—. No, gracias. Llevo todo el día cocinando, me dejé un dineral porque quería agradaros y solo obtenéis y exigís como parásitos. VIAJÁIS A DUBÁI pero no traéis una chocolatina. —¿Así nos lo pagas? —Víctor se levantó tirando la silla—. ¡Pues te ahogas con tu asado! ¡Nos vamos! —Recoged vuestras cosas —añadió Sergio abriendo la puerta—. Incluso vuestros táperes, vacíos. Se marcharon entre gritos y portazos. Cuando cerró la última puerta, reinó el silencio. Sergio abrazó a Irina. —¿Estás bien? —Me tiemblan las manos… ¿De verdad soy tacaña? ¿Debería haber callado y servido todo? —No eres tacaña, Irina. Por fin te has respetado. Estoy orgulloso. Yo los habría echado antes, han sobrepasado todo límite. —¿Y el asado? —preguntó Sergio sonriendo—. ¿Sigue en el horno? ¡Me muero de hambre! Irina se rió por primera vez esa noche. —Claro, cariño. Y tarta también hay. Se sentaron entre los platos sucios, apartando lo peor. Irina sacó el asado, la tarta de frutas de la nevera y descorcharon ese “vinagre” de Burdeos. —Por nosotros —brindó Sergio—. Y porque en nuestra casa solo entren quien venga con el corazón abierto, no con la cuchara vacía. Ese fue el mejor banquete de su vida. Horas después, Lucía escribió: “Eres una borde. Gracias a ti cenamos hamburguesas en McDonald’s. ¡Ni perdón pides!”. Irina sonrió, bloqueó su número y el de todos los demás. Cuatro nombres menos en la agenda, mucho más aire para respirar y una nevera llena solo para ellos… y para nadie más que lo mereciera. Esta historia nos recuerda que la amistad es de ida y vuelta, y a veces cerrar la nevera es la mejor manera de conservar el respeto propio.
Los amigos vinieron con las manos vacías a la mesa puesta y yo cerré la puerta del frigorífico.
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051
Me enteré de que habían dejado a un bebé en la Ventana de la Vida junto a la maternidad del hospital. Decidí adoptar a ese niño abandonado tres meses después de la muerte de mi marido. Tuve que reunir rápidamente toda la documentación necesaria, afrontar numerosas inspecciones y pruebas, pero finalmente mi hijo ya estaba conmigo. Le di el nombre de mi esposo y experimenté la alegría de pronunciarlo de nuevo. Mientras mi hijo crecía y empezaba a preguntar por un hermano, tener un empleo remoto me permitió compaginar todo y volver a casa feliz para cuidar de la nueva niña, recién nacida, que también adopté casi de inmediato. Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo, y no podríamos ser más felices.
Me enteré de que alguien había dejado a un bebé en la Cuna de la Vida junto al ala de maternidad del hospital.
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030
Papá de los domingos. Relato. ¿Dónde está mi hija? —repitió Olesia, sintiendo cómo le castañeaban los dientes, sin saber si por miedo o por frío.
¿Dónde está mi hija? pregunté una y otra vez, con los dientes castañeando, quizá más de miedo que de frío.
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0150
Espera un poco más, mamá
Oye, colega, tengo que contarte lo que está pasando en casa, y la verdad es que me está doliendo el alma.
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0306
No me mires así, ¡no quiero a este bebé! ¡Llévatelo!” – Una desconocida me arrojó el portabebés sin más. No entendía nada de lo que pasaba.
¡No me mires así! No necesito a este niño. ¡Tómalo! Una desconocida me arrojó el moisés sin más.
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