Querido diario, Carmen, ven aquí, que te meto los calcetines en la mochila gritó Elena desde el salón
Mira, te tengo que contar el lío en el que me he metido con mi suegra. Te juro, parece sacado de una
Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, sopa agria en la nevera: así es nuestro hogar. Decidí hablar con delicadeza con mi mujer sobre estas cuestiones y, sin embargo, acabé siendo acusado.
Me enamoré de María a primera vista, nada más conocerla. Fue imposible resistirse a su belleza y encanto. Me sentía increíblemente afortunado de tener a mi lado a una mujer tan inteligente, atractiva y ordenada, así que no dudé en pedirle matrimonio.
Decidimos mudarnos juntos y, desde el principio, María me dijo que no le gustaban las tareas del hogar. Prefería centrarse en su carrera y repartir las labores domésticas de forma equitativa. No vi ningún problema y estuve de acuerdo. Me pareció un acuerdo justo y razonable en ese momento, pero desconocía lo que nos deparaba el futuro.
Nos repartimos las tareas y María me aseguró que podía con todo, tanto trabajo como casa. Confié en su decisión y no insistí en la mía.
Pasaron seis meses y empecé a notar que las cosas no iban como esperábamos. La vida profesional de María no resultó como ella quería: trabajaba a media jornada en una empresa poco conocida, con un sueldo irregular y horarios cambiantes. Además, todo su salario lo gastaba en caprichos personales. Mientras tanto, yo trabajaba sin parar desde la mañana hasta la noche. Sin embargo, María recordaba perfectamente el reparto de tareas y a veces pasaba por alto sus propias responsabilidades.
Al principio, cumplía con su parte diligentemente, pero, poco a poco, fue perdiendo interés. La casa se volvió cada vez más desordenada, con montones de ropa sin planchar por todas partes. Para mi sorpresa, me culpó a mí, diciendo que debería ayudarle más. Esta actitud me dolió profundamente. Se me hacía insoportable compatibilizar todo el trabajo fuera y dentro de casa cuidando del hogar. Desde un primer momento, acordamos repartir las responsabilidades de forma justa.
Esperaba que la situación mejorara tras el nacimiento de nuestro hijo, suponiendo que María se ocuparía de ella misma y de la casa durante el permiso de maternidad. Por desgracia, la situación empeoró. A veces pienso que estaría mejor sin mi mujer. Además de nuestros problemas, las discusiones constantes se han instalado en nuestras vidas.
Aunque intento ponerme en el lugar de mi esposa y comprender su punto de vista, no puedo quitarme la sensación de que mis necesidades quedan relegadas. Trabajo en la oficina y en casa, repartido en varias tareas, y además hago los quehaceres domésticos. Todo lo que deseo es poder descansar.
Intento comprender en qué emplea el tiempo María durante su baja de maternidad, qué le impide preparar la cena o limpiar una habitación. Nuestro bebé sólo tiene 2 meses y duerme la mayor parte del día. Pienso que yo, en su lugar, podría sacar adelante algunas tareas domésticas en ese tiempo. No puedo dejar de preguntarme cómo nos las arreglaríamos si tenemos otro hijo. Apoyo la igualdad y el apoyo mutuo, pero da la impresión de que a María le cuesta comprender este concepto.
No quiero romper nuestra familia, porque amo a nuestro hijo profundamente. Sin embargo, siento que estoy llegando al límite de mi paciencia. No sé cómo seguir viviendo en esta situación. ¿De qué lado estás tú en esta historia? Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, gazpacho agrio en la nevera: todo esto es nuestro hogar.
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