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0314
Abuela, aquí es un restaurante de lujo. Tenemos que pedirle que se marche…” La frase se pronunció suave, pero clara. Tan clara que todos a su alrededor pudieron oírla. La anciana se quedó parada en medio del restaurante, aún con la mano en la puerta. El aire cálido le golpeó tras el frío de la calle y por un momento creyó que había hecho bien en entrar. — Yo… no vengo a comer —susurró—. — Solo quiero entrar en calor… hasta que llegue el tranvía… El camarero la miró de arriba abajo. Abrigo gastado, zapatos viejos, una bolsa de tela apretada contra el pecho. — Entiendo, abuela, pero aquí es un restaurante elegante. Tenemos clientes. No podemos admitir a cualquiera. Algunas miradas se levantaron de los platos. Unas curiosas. Otras, molestas. La anciana agachó la cabeza, avergonzada. — Sí, sí… perdóneme… no lo sabía… Decía la verdad. Realmente no sabía lo que significaba “restaurante de lujo”. Solo conocía el frío que le calaba los huesos. Retrocedió un paso. Luego otro. — Espere un momento… —murmuró, casi para sí misma—. — Déjeme recuperar el aliento… El camarero se acercó. — Por favor, debe salir. Ahora mismo. En un rincón, dos mujeres susurraron: — ¡Lo que faltaba! — Nos arruina el ambiente… La anciana apretó su bolsa aún más fuerte. Dentro había una barra de pan, un tarro de sopa y una bufanda vieja. Cosas que no importaban a nadie allí. — No quiero molestar a nadie… —dijo con voz baja—. — Me voy… Justo entonces, de una mesa junto a la ventana, se escuchó una voz: — Ella no se va a ninguna parte. El camarero se giró, sorprendido. — ¿Perdón? Una mujer de unos cuarenta años se había puesto de pie. Elegante, tranquila, pero con una mirada firme. — La señora se queda. — En mi mesa. La anciana se asustó. — No… no hace falta… yo… — Sí hace falta —respondió la mujer—. Porque nadie merece que lo echen como a un trasto. El camarero intentó protestar: — Pero las normas… — Las normas son para servir a las personas, no para apartarlas, lo cortó la mujer. — Tráigale un té caliente. En la sala se hizo un incómodo silencio. La anciana fue acompañada a la mesa. Le acercaron la silla. Le pusieron el té delante. Le temblaban las manos al tocar la taza. — Gracias… —musitó—. — Hace mucho que no me siento en un sitio así… La mujer le sonrió tristemente. — No es importante el lugar. — Son importantes las personas que hay dentro. La anciana se quedó un rato. Bebió el té. Entró en calor. Solo eso. Al levantarse para irse, la mujer se acercó y le dejó algo en la palma de la mano. No era dinero. Era una nota doblada. — Aquí hay una dirección —dijo bajito—. — Es una cafetería pequeña, mía. La anciana miró el papel, sin entender. — Pero… no tengo dinero para cafés, hija. La mujer sonrió. — No hace falta. Puedes venir cuando quieras a tomar algo caliente o cuando te sientas sola. Siempre tendrás la puerta abierta. La anciana levantó la vista, como si ya no estuviera acostumbrada a la bondad de la gente. — Tenemos té caliente, una sopa al mediodía… y sillas donde nadie te apura, le dijo la mujer de delante. La anciana apretó el papel con ambas manos. — Estoy sola —susurró—. Muchas veces… demasiado sola. — Pues no vuelvas a estarlo, contestó la mujer. La puerta está abierta. Cada día. Permanecieron un momento frente a frente. Sin grandes discursos. Sin promesas vacías. Solo dos mujeres que sabían lo que es el frío. Uno en los huesos. Otro en el alma. La anciana se marchó despacio, con paso más firme que al llegar. El camarero quedó mirando la puerta cerrada, aprendiendo su lección en silencio. Porque a veces, un lugar cálido no tiene que ver con el lujo. Sino con quién te espera al entrar. ¿Conoces tú a alguna persona mayor que no se valga por sí misma? Quizá ya no vivimos en otros tiempos, pero la bondad no debería desaparecer nunca. Si estás de acuerdo, comparte este mensaje.🙏
Abuelita, este es un restaurante de lujo. Debe marcharse La frase se pronunció en voz baja, pero lo bastante
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09
EL ÚLTIMO AMOR —¡Irene, que no tengo dinero! ¡Ayer le di lo último a Natalia! ¡Ya sabes que tiene dos críos! Desconsolada, Ana Fernández colgó el teléfono. No quería ni recordar lo que su hija le acababa de decir. —¿Por qué? Hemos criado a tres hijos con tu padre, siempre volcados en ellos, les dimos todo. ¡Todos con carrera y buen trabajo! Y, sin embargo, en la vejez ni paz ni ayuda. —Ay, Vicente, por qué te fuiste tan pronto… Contigo todo era más fácil —pensó Ana, dirigiéndose mentalmente a su difunto marido. Sintió un pinchazo en el pecho y buscó sus pastillas, de las que apenas le quedaban uno o dos comprimidos. Si empeoraba, no tendría con qué ayudarse. Tendría que ir a la farmacia. Trató de levantarse, pero tuvo que dejarse caer de nuevo en el sillón: le daba vueltas la cabeza. —Ya pasará cuando haga efecto la medicación. Pero el tiempo avanzaba y no mejoraba. Marcó el número de su hija menor: —Nati… —apenas logró decir. —¡Mamá, estoy reunida, te llamo luego! Llamó a su hijo: —Hijo, me encuentro mal y se acabaron las pastillas. ¿Podrías después de trabajar…? —ni la dejó terminar. —Mamá, yo no soy médico, y tú tampoco. ¡Llama al 112, no esperes! Ana suspiró hondo. —¡Pues eso! Tiene razón. Si no me pasa en media hora, toca llamar a emergencias. Se recostó con cuidado y cerró los ojos, empezando a contar mentalmente para relajarse. Le sonó el móvil. —¡Hola! —contestó casi sin fuerzas. —¿Anita? Soy Pedro, ¿cómo estás? Algo me ha inquietado, sentí que tenía que llamarte. —Pedro, no me encuentro bien… —Voy para allá. ¿Puedes abrirme? —Pedro, últimamente la dejo siempre abierta… El móvil se le cayó de las manos. —Bueno, qué más da… —pensó ella. Imágenes en blanco y negro desfilaban ante sus ojos: universitaria en Finanzas, dos cadetes con globos… —¡Qué gracia —pensó entonces—, tan grandotes y con globos! ¡Claro, el nueve de mayo! El desfile, la fiesta. Ella entre Pedro y Vicente, con globos. Eligió a Vicente porque era más decidido, y Pedro era más callado y tímido. La vida los separó: con Vicente se fue a Madrid, Pedro fue destinado a Alemania. Después volvieron al pueblo, ya jubilados. Pedro nunca se casó ni tuvo hijos. Le preguntaban por qué, y él bromeaba: —No tuve suerte en el amor. ¡Será que tengo que jugar a las cartas! Ana oyó voces, palabras sueltas; apenas pudo abrir los ojos: —¡Pedro! A su lado, un sanitario: —No te preocupes, pronto estarás mejor. ¿Es usted su marido? —Sí, sí. Pedro recibía instrucciones. No la soltó de la mano hasta que Ana se sintió mejor. —Gracias, Pedro. Ahora estoy mucho mejor. —¡Me alegro! Toma, una tacita de té con limón. Pedro se quedó en casa, cocinando, pendiente de Ana. Temía dejarla sola aunque ya estaba mejor. —¿Sabes, Ana? Yo solo te he amado a ti. Por eso nunca me casé. —Ay, Pedro… Vicente y yo fuimos felices. Me quiso, lo respeté. Tú nunca dijiste nada. Pero qué sentido tiene mirar atrás, los años ya pasaron. —Ana, ¿y si lo que nos queda lo vivimos juntos y felices? ¡El tiempo que Dios quiera, pero juntos! Ana apoyó la cabeza en su hombro y le tomó la mano: —Vamos a hacerlo —rió radiante. Una semana después, por fin, llamó la hija: —Mamá, te llamé, luego se me pasó, ya sabes cómo voy… —Nada, todo bien. Por cierto, para que no te pille de sorpresa: ¡me caso! Silencio en la línea. Se oyó a su hija inspirar y buscar palabras. —¿Mamá, estás bien de la cabeza? ¡Si ya hace tiempo que te espera el cementerio y tú te vas a casar! ¿Y quién es el afortunado? Ana, encogiéndose, con lágrimas saltadas, logró responder serena: —Es asunto mío. Colgó y miró a Pedro: —Pues nada, hoy vendrán los tres a la carga. ¡Preparaos! —¡A ello! ¡Donde fuimos valientes, no flaquearemos! —rió Pedro. Por la tarde, ahí estaban: Íñigo, Irene y Natalia. —Venga, mamá, preséntanos a tu conquistador —ironizó Íñigo. —Pero si ya me conocéis —salió Pedro de la cocina—, siempre amé a Ana y al verle la semana pasada me di cuenta de que no podía perderla. Le pedí matrimonio y aceptó. —A ver, ¿se puede saber en qué estáis pensando? —gritó Irene—. ¡Con esas edades! —¿Qué edades? Reprochó Pedro—. Apenas cumplimos setenta, ¡tenemos cuerda para rato! Y vuestra madre sigue siendo una belleza. —A ver, ¿y no será que quiere quedarse con su piso? —intervino seria Natalia. —¡Por Dios, quién habla de propiedades! Tenéis vivienda los tres —replicó Ana. —Pero “nuestro” piso sigue siendo “nuestro” —matizó su hija. —No quiero nada —respondió Pedro—. Pero dejad de insultar a vuestra madre ahora mismo! —¿Tú quién te crees que eres, vejestorio? —se encaró Íñigo alzando el pecho. Pedro ni se movió. Se cuadró y miró al chico a los ojos. —Soy el marido de vuestra madre, os guste o no. —¡Y nosotros sus hijos! —chilló Irene. —¡Y mañana mismo la metemos en una residencia o en el psiquiátrico! —apoyó Natalia. —¡Vamos, Ana, prepárate, nos vamos! Y se fueron juntos, de la mano, sin mirar atrás. Ya no les importaba el qué dirán. Eran felices y libres. Una farola solitaria les marcaba el camino. Y los hijos, viéndolos marchar, no llegaban a entender en absoluto: cómo podía existir el amor… a los setenta años.
ÚLTIMO AMOR Isabelita, que no tengo ni un euro. Lo último se lo di ayer a Laurita. ¡Ya sabes, tiene dos niños!
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031
Olga pasó el día entero preparando la Nochevieja: limpiando, cocinando, poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año sin sus padres, solo con su pareja. Llevaba ya tres meses viviendo con Toni en su piso. Él le sacaba 15 años, había estado casado, pagaba la pensión y le gustaba el copeteo… Pero todo eso a Olga le daba igual porque estaba enamorada. Nadie entendía qué le veía: atractivo no era, más bien feo, de carácter imposible, más tacaño que un catalán en los chistes y siempre sin un duro. Y cuando tenía algo de dinero, era solo para él. Pero Olga, aun así, se enamoró de este “personaje”, Toni. Durante los tres meses, Olga confiaba en que Toni reconociera que es una mujer buena y apañada, y quisiera casarse con ella. Él siempre decía: “Hay que vivir juntos, ver cómo llevas la casa. No vaya a ser que seas igual que mi ex”. ¿Y cómo era la ex? Para Olga, un misterio—él nunca contaba detalles. Así que Olga sacrificaba, aguantaba borracheras, cocinaba, lavaba, limpiaba, hasta compraba la comida de su bolsillo (no fuera que Toni creyera que era interesada). Incluso preparó toda la cena de Nochevieja y le compró un móvil nuevo de regalo. Mientras Olga se volcaba en los preparativos, su “Tesoro Toni” tampoco perdía el tiempo: lo pasó bebiendo con sus amigos. Llegó a casa animado y anunció que para Nochevieja vendrían sus colegas, desconocidos para Olga. Preparó la mesa, faltaba una hora para las uvas, pero su humor se vino abajo—aguantó sin decir nada, no quería parecerse a la ex de Toni. Media hora antes de medianoche, irrumpió en casa un grupo de hombres y mujeres borrachos. Toni, todo alegría, acomodó a todos en la mesa; la fiesta seguía. Ni presentó a Olga, y nadie la tuvo en cuenta—comían, bebían, tenían sus conversaciones y bromas. Cuando Olga propuso sacar el champán, la miraron como si fuera una intrusa. —¿Y esa quién es? —preguntó una chica con voz pastosa. —Vecina de cama, —se rió Toni, y todos lo jaleaban. Devoraban la comida de Olga y se reían de ella. Durante las campanadas se burlaban de su ingenuidad y felicitaban a Toni por encontrar gratis cocinera y asistenta. Toni no la defendió—reía junto a todos, atracando la comida de Olga y pisoteando su dignidad. Olga salió sin ruido, recogió sus cosas y volvió a casa de sus padres. Nunca vivió una Nochevieja peor. Su madre le dijo lo de siempre: “Te lo advertí”, el padre respiró aliviado, y Olga, llorando su desengaño, abrió por fin los ojos. Una semana después, cuando a Toni se le acabó el dinero, fue a buscarla haciéndose el inocente: —¿Y tú por qué te fuiste? ¿Te has mosqueado o qué? Viendo que Olga no cedía, atacó: —¡Muy bien, te largas con papá y mamá y aquí ni un chorizo en la nevera! Vas camino de parecerte a mi ex… La cara de Olga se quedó de piedra. Había ensayado mil veces cómo cantarle las cuarenta, pero en ese instante solo atinó a mandarle a paseo y darle con la puerta en las narices. Así, aquel Fin de Año marcó el principio de la nueva vida de Olga.
Olaya pasa el día entero preparando la celebración de Nochevieja: limpia cada rincón, cocina platos típicos
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07
En la adversidad y en la dicha
Mira, te cuento la historia porque sé que te encantan estas cosas de pueblos y vueltas de la vida.
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0251
Cuando deseaba salir airoso de la situación
Oye, te tengo que contar lo que ha pasado en casa, y ahora mismo me siento como si el mundo se me fuera
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031
Mi marido me obligó a organizar su noche de chicos mientras llevaba collarín cervical… y entonces apareció su madre
Mi marido me obligó a hospedar su noche de amigos mientras llevaba un collarín y entonces apareció su madre.
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058
Vitya, no te lo tomes a mal. Pero quiero que sea mi padre quien me lleve al altar. Al fin y al cabo, es mi padre de sangre. Un padre es un padre. Y tú… bueno, tú eres el marido de mi madre, lo entiendes, ¿verdad? Las fotos con él quedarán más bonitas, tiene mucha presencia con su traje. Víctor se quedó quieto con la taza de té en la mano. Tenía cincuenta y cinco años, manos ásperas y llenas de callos de camionero, y la espalda maltrecha. Frente a él estaba sentada Alina. La novia. Guapísima. Veintidós años. Víctor la recordaba con cinco, la primera vez que fue a esa casa. Aquella vez se escondió detrás del sofá gritando: «¡Vete, eres un extraño!». Pero él no se fue. Se quedó. Le enseñó a montar en bicicleta. Veló noches enteras a su lado cuando tuvo varicela y su madre, Vera, caía rendida del cansancio. Le pagó los brackets (vendió su moto). Le pagó la universidad (trabajando el doble y destrozando su salud). Y su “padre biológico”, Igor, sólo aparecía cada tres meses. Llevaba un oso de peluche, la llevaba a la heladería, contaba historias de conquistas empresariales y desaparecía. Ni rastro de una pensión alimenticia. — Por supuesto, Alina —dijo Víctor, dejando la taza sobre la mesa. La taza tintineó—. Un padre es un padre. Lo entiendo. — ¡Eres un amor! —Alina le dio un beso en la mejilla. —Por cierto, falta adelantar el resto del depósito del restaurante. Papá me dijo que lo iba a transferir, pero le han bloqueado las cuentas por una inspección de Hacienda. ¿Me puedes prestar cien mil? Te lo devuelvo… de los regalos. Víctor se levantó en silencio, fue al aparador, sacó un sobre de debajo de unas sábanas. Era el dinero para reparar su viejo “Toyota”. El motor fallaba, hacía falta arreglarlo. — Toma. No hace falta que devuelvas nada. Es mi regalo. La boda fue espectacular. En un club campestre, arco de flores, animador caro. Víctor y Vera en la mesa de los padres. Víctor, en su único traje bueno, que ya no le cerraba bien de los hombros. Alina deslumbraba. La llevó al altar Igor. Igor era impresionante. Alto, moreno (recién llegado de Canarias), esmoquin impecable. Caminaba orgulloso, sonreía a las cámaras, fingía lágrima. Los invitados susurraban: «¡Qué clase! ¡Si la hija es idéntica al padre!». Nadie sabía que el esmoquin era alquilado, y que el dinero para alquilarlo lo puso… la misma Alina, a escondidas de su madre. En el convite, Igor tomó el micrófono. — ¡Hija mía! —su voz sonaba como miel—. Recuerdo la primera vez que te cogí en brazos, eras una princesa diminuta. Siempre supe que merecías lo mejor. Ojalá tu marido te lleve tan alto como yo. Aplausos. Mujeres llorando. Víctor, con la cabeza gacha, no recordaba a Igor llevándola en brazos, sí recordaba que ni pasó a recogerla del hospital. En pleno jolgorio, Víctor salió al jardín a fumar. El corazón le dolía, la música estridente, el salón asfixiante. Se apartó hacia la sombra de unos árboles y escuchó voces. Era Igor, hablando por teléfono con un amigo. — Todo bien, Sergio. Boda de lujo. Los pringaos pagan y nosotros bailamos. La niña… bueno, ha salido guapa. Ya he hablado con el novio, el padre trabaja en la administración. Le he soltado que al suegro habrá que echarle un cable con el negocio, y parece que pica. Ahora me bebo un poco más y le saco otros doscientos mil “de préstamo”. Alina… bah, está loca de amor, me idolatra. Le dices dos palabras bonitas y se derrite. La madre, Vera, allí sentada con su pardillo del chófer. Menos mal que yo me largué a tiempo. Víctor se quedó de piedra. Los puños se le cerraron solos. Quiso salir y reventarle la cara a ese pavo engominado. Pero no lo hizo. Porque vio que, al otro lado, en la sombra, estaba Alina. También había salido a tomar aire. Y ella lo oyó todo. Alina se quedó paralizada, mano en la boca, el maquillaje corriéndosele. Miraba a ese “padre de sangre” riendo y llamándola “recursito” y “boba”. Igor colgó, ajustó su pajarita y volvió al salón, sonriente. Alina se dejó caer, de cuclillas, el vestido blanco rozando el suelo sucio. Víctor se le acercó, despacio. No le dijo “te lo advertí”. No la juzgó. Se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. — Levanta, hija. Te vas a resfriar, el suelo está frío. Alina le miró. En sus ojos: horror y vergüenza, una vergüenza tan profunda que dan ganas de desaparecer. — Tío Víctor… —susurró—, papá… Víctor… él… — Ya lo sé —dijo Víctor serenamente—. No hace falta. Vamos. Es tu boda, los invitados esperan. — ¡No puedo volver a entrar! —lloró, la máscara de rímel extendida—. ¡Te he traicionado! Le invité a él, a ti te senté en la esquina. ¡Qué tonta soy! ¡Dios mío, qué tonta! — No eres tonta. Sólo querías un cuento de hadas —Víctor le ofreció su mano, firme y cálida—. Pero los cuentos, a veces, los escriben los estafadores. Vamos, lávate la cara, ponte guapa y sal a bailar. No le dejes ver que te ha hecho daño. Es tu día, no su espectáculo. Alina regresó. Pálida, pero erguida. Anunciaron: — ¡Ahora, el baile de la novia con su padre! Igor, sonriente, se adelantó brazos abiertos. Silencio. Alina tomó el micrófono. La mano le temblaba, la voz, firme. — Quiero cambiar la tradición. Mi padre biológico me dio la vida. Se lo agradezco. Pero el baile de padre e hija es con quien cuidó esa vida. Con quien curó mis heridas, me enseñó a no rendirme y lo dio todo para que hoy esté aquí. Se volvió a la mesa familiar. — Papá Víctor. Ven a bailar. Igor se quedó congelado, sonrisa de cartón. Susurros en la sala. Víctor se levantó, rojo como un tomate. Se acercó. Torpe, encogido en el traje estrecho. Alina lo abrazó por el cuello y escondió la cara en su hombro. — Perdóname, papá… perdóname, por favor —lloró, bailando. — Ya está, pequeña. Ya está —la acariciaba con su mano áspera. Igor se apartó y, poco después, desapareció de la boda. Pasaron tres años. Víctor está ingresado, infarto. Débil, bajo el gotero. Se abre la puerta. Entra Alina, de la mano de un niño de dos años. — ¡Abuelo! —grita el niño, corriendo a la cama. Alina se sienta, coge la mano de Víctor y le besa cada callo. — Papá, te hemos traído naranjas. Y caldo. El médico dice que vas a recuperarte. Tú tranquilo, que te vamos a sacar adelante. Ya te tengo el balneario reservado. Víctor la mira y sonríe. No tiene millones ni coche nuevo, la espalda le duele siempre. Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es Papá. Sin el “padrastro”. La vida pone a cada uno en su sitio. Ojalá aprenderlo no costara tanto en humillación y arrepentimiento. Pero mejor tarde que nunca: padre no es el que pone el apellido, sino el que te sostiene cuando caes. Moraleja: No os dejéis engañar por los envoltorios bonitos, que suelen estar vacíos. Valorad a los que están a vuestro lado, los que os apoyan en los días de diario y nunca piden nada a cambio. Cuando acabe la fiesta y se apague la música, sólo quedará quien de verdad os quiera, no el que disfruta luciéndose a vuestra costa. ¿Tuviste un padrastro que fue más padre que tu propio padre? ¿O crees que la sangre lo es todo? 👇👨‍👧
Mira, Diego, no te lo tomes a mal, ¿vale? Pero quiero que sea mi padre quien me lleve hasta el altar.
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0965
Nada más brilla para ti
¡Víctor, me han ascendido! exclamó Aitana con una voz que saltaba como un chirrido de coche viejo mientras
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046
Me fui a Italia a trabajar. Le enviaba dinero a mi hermana para que cuidase de mamá, pero el día que volví a casa me quedé sin palabras. Me fui a Italia con una maleta pequeña y el corazón desgarrado. No porque quisiera dejar mi casa, mi barrio, mi gente… sino porque la vida a veces no te pregunta si estás preparado. Simplemente te empuja. Y te obliga a elegir entre “quiero” y “debo”. Mamá se quedó en casa. Ya no era joven y la enfermedad le robaba la fuerza cada día. Lo sabía. Lo notaba en su voz, aunque intentara sonar bien. — Tranquila, mamá, estoy bien… Cuídate tú, de eso preocúpate —decía siempre. Y yo la creía, porque necesitaba creerla. Acordé algo sencillo con mi hermana: yo trabajo, mando dinero… y ella cuida de mamá. La visita, la ayuda, vigila que no le falte nada, compra medicinas, paga las facturas, le hace la vida más fácil. Para mí, era un plan justo. Un plan familiar. De buena gente. Cada mes mandaba el dinero. Sin retraso, sin queja. Trabajaba de sol a sol, con las manos destrozadas y la espalda hecha polvo. Y cuando me costaba, me decía: “Es por mamá. Se lo merece”. Imaginaba que en casa estaba todo bien, que mi madre estaba cuidada y dormía tranquila. Imaginaba que mi dinero no era solo dinero… era una forma de amor. Pasaron los meses. Luego los años. Hasta que un día la añoranza fue insoportable. Esa nostalgia que te grita: “Vuelve a casa. Ahora”. Compré un billete sin decir nada. Ni a mi madre ni a mi hermana. Quería que fuese una sorpresa; quería entrar por la puerta y verla sonreír, regañarme por no comer, decirme que estoy más delgado, tocarme la cara y decirme: “Hijo, has venido…”. Ese día bajé del tren con el alma llena. Fui directo a casa. Subí corriendo las escaleras, como si el tiempo apremiase. En el bolsillo, la llave vieja: la de mi infancia. La que abre no solo una puerta… sino todo un mundo. La metí en la cerradura. Giré. Y entonces lo sentí. Un olor fuerte, agrio, como de habitación cerrada, como una tristeza empozada en las esquinas. El estómago se me encogió. Entré. Y me quedé mudo. No porque no supiera qué decir, sino porque lo que veía no cabía en ningún pensamiento que hubiese tenido jamás. Mamá estaba en la cama. No en esa cama de descanso, sino en la donde uno ya no puede levantarse. Tapada con una manta vieja, sucia por los bordes. El pelo tan blanco que parecía que los años se le hubieran desplomado de golpe. El rostro demacrado; sus ojos… los que antes brillaban, ahora apagados y vacíos. Alrededor, el caos: bolsas tiradas, ropa sucia, cajas de medicinas vacías, platos sin lavar, polvo, desorden. Todo parecía abandonado. Como si mamá… hubiera sido abandonada. La miré y sentí el frío en la sangre. Donde debía estar “hogar”… solo había herida. — Mamá… —susurré, con la voz rota. Ella se giró lentamente y, por un segundo, vi un destello. — ¿Eres tú? Me acerqué y me fallaron las piernas. — ¿Qué ha pasado aquí? — ¿Por qué estás así? — Te he mandado dinero… cada mes… No grité. Pero por dentro era un grito. Mamá respiró hondo, como si hasta hablar doliera. — Mi niña… venía poco. Decía que estaba cansada, que tenía muchas cosas. Y yo no quería preocuparte… En ese instante me dio vergüenza. Vergüenza por creer que el amor se puede mandar en un sobre. Vergüenza por pensar que el dinero suple la presencia. Vergüenza por estar tranquilo, lejos, imaginando que todo iba bien sólo porque hacía “lo que debía”. Me senté a su lado, tomé su mano, y sentí lo fría que estaba. La mano de mamá… la que me sostuvo al aprender a andar, la que me secó lágrimas, la que me persignaba antes de salir de casa. Ahora… temblaba. — Perdóname, mamá… —musité—. Perdóname por no ver… Por pensar que bastaba con enviar dinero… Ella me miró e intentó sonreír. — Tú has sido bueno, hijo… Tú trabajaste… Yo solo… he estado sola. Y esas palabras dolieron más que nada. “He estado sola”. Así de simple. Así cabían todos esos años. Aquella noche limpié hasta que me sangraron los dedos. Tiré todo lo inservible, ventilé, lavé, cambié la ropa de cama, la tapé con una manta limpia. Y por primera vez en mucho tiempo, mamá durmió tranquila. No por las medicinas. Sino porque tenía a alguien a su lado. Al día siguiente fui a ver a mi hermana. Sin odio. Solo con la verdad, con ese dolor que ya no necesita escándalo porque es demasiado grande. — ¿Dónde fue el dinero? — ¿Dónde estabas cuando mamá se apagaba al teléfono contigo en la misma ciudad? Mi hermana intentó justificar, balbucear… Pero ya no era el que se fue a Italia con esperanzas. Era el que había vuelto y había visto. Y cuando ves… ya no puedes mentirte. Me quedé en casa. Porque entendí algo que nadie me enseñó: a veces, la mayor ayuda no es el dinero. Es la presencia. Es “estoy aquí”. Es “no estás sola”. Mi madre no necesitaba lujos. Necesitaba una persona. Me necesitaba a mí. Hoy, cuando la veo sentada a la mesa, con el té delante, las manos aún temblorosas pero los ojos más en calma… sé que no puedo devolver el tiempo. Pero puedo darle los días que resten… con amor verdadero. Y si lees esto, por favor… no esperes a que sea tarde. Llama a tu madre. Ve a verla. Pregúntale de verdad cómo está… y escucha la respuesta. Porque algunas madres dicen “estoy bien”… cuando en silencio se apagan. 💔 Y un día puedes volver a casa… y quedarte sin palabras. No esperes a volver y quedarte sin habla. No esperes a ver demasiado tarde lo que no quisiste creer. A veces, las personas no piden ayuda… por vergüenza. Y se apagan en silencio. Envía esta historia a quien tenga padres solos. Quizás hoy… salves un corazón.
Mira, aún me cuesta hablarlo sin que se me quiebre la voz. Me fui a trabajar a Alemania porque aquí
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08
Esposa y Padre Carina solo fingía interés en conocer a los padres de Vadim. ¿Para qué le iban a servir? No pensaba convivir con ellos, y además, del padre de Vadim, que según decían tenía buena posición, solo podía esperar problemas y sospechas. Pero ya que se había decidido a casarse, había que continuar la farsa hasta el final. Carina se arregló, aunque de manera bastante sencilla, para aparentar ser una chica simpática y natural. El encuentro con los padres del novio siempre es una situación llena de trampas invisibles, y más aún si los padres son inteligentes: una prueba de fuego. Vadim pensó que Carina necesitaba ánimos: —No te agobies, Carina, de verdad, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, pero dialogante. No te van a decir nada terrible, ya verás. Te van a coger cariño. Mi padre es un poco raro, sí, pero mi madre es el alma de la familia —le aseguró justo antes de entrar. Carina simplemente sonrió, apartando un mechón de pelo del hombro. Así que el padre, taciturno, y la madre, el alma de la fiesta. Vaya dúo. Esbozó una sonrisa para sí. La casa no le impresionó. Ya había estado en domicilios mucho más lujosos. Nada más llegar, les abrieron la puerta. Carina no se puso especialmente nerviosa. ¿Para qué? Personas normales, como cualquiera. Había escuchado que Nina Petrovna, la madre, era ama de casa desde hacía años, casi nunca había trabajado y a veces viajaba con sus amigas, pero poco más. El padre, Valerio Alejandro, aunque decían que no era muy risueño, al menos era discreto. Pero su nombre le sonaba sospechosamente familiar… Les recibieron… Y Carina se quedó paralizada en la entrada, sin llegar a cruzar el umbral. Aquello era el final… No conocía a su futura suegra, pero al futuro suegro lo reconoció al instante. Ya se habían visto antes. Tres años atrás. No fue algo habitual, pero sí, muy beneficioso para ambos. En bares, hoteles, restaurantes. Por supuesto, ni la esposa ni el hijo de Valerio Alejandro supieron nunca de aquellos encuentros. Se acabó lo bueno. Valerio la reconoció también. Sus ojos brillaron con una chispa indescifrable: sorpresa, tal vez asombro, o quizás algo más oscuro, algún plan que ya estaría tramando. Pero mantuvo silencio absoluto. Vadim, ajeno a todo, la presentó con entusiasmo: —Mamá, papá, os presento a Carina. Mi prometida. Me ha costado traerla porque es muy tímida. Vaya… Valerio Alejandro le tendió la mano. Su apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carina —dijo, y en su voz flotaba una sutil nota… difícil de descifrar: ¿ira, advertencia o…? Carina solo pensaba cómo lograría salir de aquello, en cualquier momento esperando que Valerio revelara quién era ella en realidad. —El placer es mío, Valerio Alejandro —contestó Carina, intentando no descubrirse de inmediato. Le devolvió el apretón de manos, sintiendo cómo el impulso del momento le aceleraba el pulso. Ahora, ¿qué pasaría…? Pero… nada. Valerio, forzando algo parecido a una sonrisa, le acercó él mismo una silla para sentarse a la mesa. Seguro que pensaba dejarla en evidencia después… Pero nada ocurrió. Y entonces Carina se dio cuenta: él no lo contaría. Porque si la delataba, se delataba también a sí mismo delante de la esposa. En cuanto se relajaron, el ambiente fue distendido. Nina Petrovna relataba anécdotas de la infancia de Vadim y Valerio Alejandro parecía escuchar a Carina con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Bah, él la conocía de sobra. Pero su fina ironía ya no le afectaba. Incluso bromeó un par de veces y, para sorpresa de Carina, ella se rió. Aunque en sus bromas había dobles sentidos solo comprensibles para ambos. Por ejemplo, cuando él, mirándola, comentó: —¿Sabe, Carina? Me recuerda muchísimo a una antigua… colega. Muy inteligente y siempre sabía cómo tratar a la gente. A cualquier persona. Carina no se inmutó: —Cada uno tiene sus talentos, Valerio Alejandro. Vadim, como buen enamorado, la miraba embelesado, sin captar ni pizca de los mensajes ocultos. De verdad sentía amor por ella. Y eso, quizá, era lo más importante. Y lo más amargo. Para él. Después, cuando la conversación derivó en viajes, Valerio Alejandro, lanzando una mirada cargada de intención a Carina, soltó: —A mí, por ejemplo, me gustan los lugares apartados. Sin bullicio. Para estar tranquilo, reflexionar. Sobre todo si acompaña un buen libro. ¿Y a ti, Carina, qué sitios te gustan? Intentando pillarla. —A mí me gusta estar rodeada de gente, con jaleo y alegría —respondió Carina, sin dejarse provocar—. Aunque a veces los oídos de más pueden ser peligrosos. Quizá, por un segundo, Nina notó algo raro. Carina se fijó en un pequeño gesto de preocupación en el rostro de su futura suegra, que pronto olvidó. Valerio Alejandro sabía que Carina no era de las que buscan el silencio. Y sabía por qué. Al terminar la noche, y antes de irse a la cama, Valerio Alejandro abrazó a Vadim. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a burla a la vez. Aunque nadie, salvo Carina, lo captó. A Carina le invadió una repentina sensación de frío. “Especial”. Vaya elección de palabra. *** Por la noche, ya con la casa a oscuras, Carina apenas pudo dormir. Daba vueltas a la inesperada coincidencia y buscaba cómo sobrevivir a aquellas circunstancias. La perspectiva no era nada prometedora. Sospechaba que Valerio Alejandro, como ella, tampoco dormiría. Por la incomodidad de lo vivido, por todo, sinceramente. Se levantó en silencio, se puso encima una sudadera sobre la camiseta y los shorts de estar por casa y salió sin hacer ruido. Bajando las escaleras, se aseguró de que sus pasos se oyeran lo justo para que, si alguien estaba despierto, supiera que pasaba. Salió a la terraza, donde, como esperaba, pronto apareció Valerio Alejandro. No tuvieron que esperar mucho. —¿Tampoco puedes dormir? —preguntó él, acercándose por detrás. —No consigo conciliar el sueño —respondió Carina. Sopló una pequeña brisa. Notó a la perfección el aroma característico de su perfume. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas con mi hijo, Carina? —en ese momento no quedaba rastro del hombre de antes—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y sé que siempre te han movido los intereses. Por lo menos, lo reconocías, aunque fuera con rodeos. ¿Qué te aporta Vadim? Si él no pensaba hablar del pasado, Carina tampoco iba a fingir. Respondió con una mueca: —Le quiero, Valerio Alejandro —entonó, melodiosa—. ¿Por qué no podría? Él no se tragó la respuesta. —¿Le quieres? ¿Tú? Es ridículo. Sé perfectamente de qué vas, Carina. Y se lo voy a contar a Vadim todo. Lo que eras. Quién eres en realidad. ¿Crees que se casaría contigo después de eso? Carina se acercó, quedando a menos de un brazo de distancia. Le sostuvo la mirada, con aire desafiante. —Cuéntalo, Valerio Alejandro —dijo, exagerando cada sílaba—. Pero entonces tu esposa también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que explicar también todo lo que hicimos juntos. Créeme, no me callaré nada. —No es lo mismo… —¿No? ¿Se lo dirás así también a tu mujer? Valerio Alejandro se quedó helado. El intento de intimidar a Carina había fracasado. Comprendió que estaba perdido. Estaban atados el uno al otro. —¿Y qué piensas contarle? —No solo a ella. A todos. Incluso a Vadim. Les contaré qué clase de marido eres y a qué dedicabas aquellas supuestas horas extra. Lo contaré todo, ya no tendría nada que perder. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Inténtalo. Una elección complicada. Desanimar a su hijo de casarse, era firmar su propio divorcio. —No te atreverás. —¿Ah no? —Carina estalló en una risa seca—. ¿Tú sí y yo no? No lo haré, si tú tampoco lo haces y no desvelas mi supuesto “interés” cuando tienes tanto que perder. Y Nina Petrovna… ella aprecia mucho la fidelidad. En cierta ocasión, borracho, él mismo le había confesado a Carina su remordimiento por sus infidelidades. Que Nina no merecía eso y él era un canalla. Nina no lo perdonaría jamás. Así que debía escoger muy bien. Sabía que Carina no iba de farol. —De acuerdo —dijo al fin—, no diré nada. Y tú tampoco hables. Nadie debe saber nada. Olvidemos lo que fue. Por eso Carina estaba tan tranquila. Él perdería mucho más que ella. —Como quieras, Valerio Alejandro. A la mañana siguiente, abandonaron la casa de los padres de Vadim. Bajo la mirada indignada del futuro suegro, Carina se despidió de su esposa, que ya la trataba como a una hija. A Valerio le tembló un ojo de la rabia. Él sufría por no poder advertir a su hijo de la verdadera Carina, pero no se atrevía a incriminarse. Perder a Nina sería perder a su mujer… y buena parte de su patrimonio. Ni hablar de irse con las manos vacías. Y su hijo tampoco se lo perdonaría. Pasaron otros días, y Carina y Vadim volvieron a alojarse con sus padres por dos semanas de vacaciones. Valerio Alejandro, siempre escurridizo, evitaba cruzarse con Carina poniendo mil excusas. Hasta que, un día quedándose solo en casa, la curiosidad malsana se apoderó de él. Decidió husmear en el bolso de Carina, buscando algo que le diera ventaja. Rebuscó cosméticos, agenda, una libreta… y entonces vio el objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos líneas claras. —Y yo que creía que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí es una catástrofe —devolvió el test, pero no pudo cerrar el bolso a tiempo. Carina lo pilló con las manos en la masa. —No está bien remenar en cosas ajenas, ¿verdad? —le reprochó, sarcástica, aunque no parecía muy molesta. Valerio Alejandro tampoco se molestó en disimular. —¿Estás embarazada de Vadim? Carina se acercó despacio, tomó el bolso y, mirándole de frente, dijo: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valerio Alejandro. Él estaba furioso. Ahora sí que Carina no dejaría escapar a su hijo. Ahora, si contaba algo… se hundirían ambos. Mejor era callar. Aunque dolía callar, sabiendo qué clase de trampa le esperaba a su hijo. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Vadim y Carina criaban juntos a Alicia. Valerio Alejandro procuraba no ir ni a verles. No quería ni pensar en el asunto. No consideraba suya a la nieta. Y Carina le daba miedo. Le aterraba su frialdad hacia Vadim y su oscuro pasado. Y otra vez la historia se repetía. Nina tenía pensado visitar a Vadim y Carina. —Valer, ¿vienes conmigo? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Empieza a ser preocupante. —Bah, estoy cansado. Ve tú sola. Ponía mil excusas para no ir. Hasta tomaba pastillas “por si acaso” y por dar más credibilidad. No podía ni verla. Y tampoco podía revelar la verdad. La tarde se le hizo larga. Micoseaba. Leía. Y entonces se dio cuenta de que Nina tardaba demasiado. Ya eran las once y nada. No cogía el móvil. Llamó a Vadim. —Vadim, ¿todo bien? ¿Se fue ya Nina? No ha llegado. —Papá, eres el último con el que quiero hablar ahora. Y colgó… Valerio se planteaba ir él mismo cuando vio aparcar el coche de Carina. Al verla, casi le dio un ataque. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carina, aparentemente impasible, se sirvió una copa de vino. Bebió. Se acomodó en el sillón. —Ha pasado el desastre. —¿Qué desastre? —Nuestro. Común. Vadim encontró en la web de cierta cafetería unas fotos nuestras de hace cuatro años. De una fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Justo buscaba reservar para nuestro aniversario, y ahí estábamos… En todo nuestro esplendor. El dichoso fotógrafo lo colgó todo. Vadim está fuera de sí. Nina va a pedir el divorcio. Y yo, como deseabas, parece que también me separo de tu hijo. Valerio Alejandro se quedó atónito. Repasó mentalmente aquellos días, la fiesta, la advertencia de no sacarles fotos… Jamás pensó que todo acabaría así. Se hundió en el sofá, derrotado. —¿Y a mí qué se te ha perdido aquí? —Me apetecía huir unas horas —sonrió Carina—. Allí hay mucho jaleo. Alicia se ha quedado con la niñera. ¿Un vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron en la terraza, con el único ruido de los grillos uniendo sus mundos. —Todo esto es culpa tuya —dijo Valerio Alejandro. Carina asintió, mirando el vaso. —Ajá. —Eres insoportable. —Qué más da. —Ni te da pena Vadim. —Me da pena, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No lo niego. De repente él le agarró la barbilla, obligándola a mirarle. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo creo perfectamente. *** Por la mañana, al volver Nina Petrovna para intentar reconciliarse, aunque le costase medio alma, encontró a Carina y Valerio Alejandro juntos. Todavía dormidos. —¿Quién anda ahí? —murmuró Carina. —Soy yo —contestó Nina, contemplando cómo su mundo se desmoronaba. Carina, al verla, solo sonrió con calma. Valerio Alejandro despertó después, pero no fue detrás de su esposa.
Diario de Lucía Hoy, mirando hacia atrás, no dejo de sorprenderme de cómo llegué a esta situación.
MagistrUm