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0276
Al entrar en el piso, Olga se detuvo: junto a la puerta, perfectamente alineados junto a su calzado y el de Iván, estaban unos zapatos de tacón alto que reconoció enseguida—eran los caros de la hermana de Iván. ¿Qué hacía ella allí? Olga no recordaba que Iván le hubiese avisado de la visita de su hermana. —¿Otra vez tu marido de viaje? —le preguntó Pablo, su compañero, alcanzándola en la parada de autobús—. ¿Te apetece un café? Podemos charlar y tomar tu cacao favorito, que siempre andamos a la carrera: hola y adiós. —Lo siento, Pablo, hoy no puedo. Iván prometió llegar temprano; pensábamos elegir la cocina, aún no hemos terminado de instalar todo tras la reforma. Y por cierto, hace mucho que no sale de viaje. —¿Y siempre llega puntual a casa? —preguntó Pablo, con una ironía mal disimulada en la voz. —No siempre —Olga sonrió y negó con la cabeza—. Ahora necesitamos mucho el dinero, por eso Iván se queda más tiempo en el trabajo. Cuando terminemos de amueblar, seguro podrá estar siempre en casa a tiempo. —Ya veo —sonrió Pablo, deseándole buena tarde antes de tomar otro rumbo. Hoy Olga tuvo suerte: el autobús llegó enseguida, y pudo salir antes de trabajar, así que no tuvo que esperar. Se sentó junto a la ventana y se sumió en sus pensamientos. En otro tiempo, ella y Pablo pensaban casarse, pero la ruptura fue absurda, y ni siquiera recordaba el motivo. Poco después apareció Iván, con quien fue al registro sólo para que Pablo viera que no estaba sola, y que debía lamentar haberla perdido. Él intentó reconciliarse, pidió perdón y prometió hacerla feliz, ser fiel, pero Olga ya estaba ilusionada con Iván y pensó que jamás quiso a Pablo, sólo lo creyó. Luego dejó de pensar en él, hasta que lo trasladaron a su sucursal. Pablo fingió sorpresa ante la coincidencia, pero Olga sospechaba que había solicitado el traslado al enterarse de dónde trabajaba ella. Sin embargo, le agradaba que Pablo siguiera solo y tratara con ella con la misma calidez. En el fondo quería verle feliz e incluso sentía cierta envidia por su futura esposa—sabía cómo cortejar hermosamente, todo un romántico. No podía decir que tuviera mala suerte con su marido: Iván trabajaba mucho últimamente, esforzándose para que la familia viviera con todas las comodidades, pero casi no le quedaba tiempo para Olga. Además, vivían en el piso de la hermana de Iván. Ella se lo ofreció mientras sus hijos crecían. Oksana y su marido no tenían problemas económicos, ella jamás trabajó, y prefirieron invertir en pisos para sus hijos en vez de alquilar. Iván y Olga hicieron la reforma a su gusto, Oksana se lo permitió, y estaban amueblando todo. Pero Olga dudaba si hubiese sido mejor alquilar un piso ya montado. El dinero invertido aquí habría servido para el alquiler por años o para una entrada de hipoteca. Pero a Iván se le iluminaron los ojos al aceptar la vivienda de Oksana. Al bajarse del bus y cruzar la calle, Olga se dirigió al bloque. En el aire flotaba ese olor que anuncia la lluvia inminente, pero hoy no tenía ánimo para disfrutar del fresco. Los pensamientos circulaban por su cabeza, sin detenerse, sin aclarar nada. ¿Cuánto tiempo hacía que vivían allí? ¿Un año? ¿Algo más? No lo recordaba, pero sí esa sensación de provisionalidad que le inquietaba. Reparaciones, reformas, esperando siempre algo mejor, como si la vida verdadera empezara más adelante. Se sorprendió caminando despacio, retrasando el momento de entrar. El portal hizo click y la dejó en el oscuro pasillo, trepando escaleras hacia el cuarto piso. Los tramos pasaban y la tensión crecía. Al entrar en el piso, Olga se detuvo. Junto a la puerta, alineados con sus zapatos y los de Iván, estaban los de Oksana, elegantes y de tacón. ¿A qué venía? Olga no recordaba que Iván le hubiese dicho nada. A punto de anunciar que estaba en casa, algo la frenó. Su intuición le decía que no entrara aún, y se quedó, escuchando. —Íbamos a descansar unos días —sonó la voz de Oksana—. Pero como mi marido no puede coger vacaciones, pensé darte estos billetes. Con una condición —su tono se volvió exigente—: tienes que ir con Viera, no con tu esposa. Olga se bloqueó. ¿Viera? Recordó que Iván mencionó que Oksana intentaba emparejarle con una amiga. No dio importancia a aquella historia. Pero ahora ese nombre le removió por dentro. —No quiero nada con Viera —respondió Iván, irritado—. Te lo he dicho mil veces: ahora estoy con Olga, es mi esposa. ¿Para qué insistes? Olga respiró más tranquila. Todo claro, Oksana imponiendo sus opiniones como siempre. Ya iba a entrar, cuando Oksana siguió hablando. —¿A quién engañas? Te recuerdo cuánto quisiste a Viera. Hasta pensabais casaros, pero te enfadaste por una tontería. No seas terco, tú y Olga no hacéis pareja. Viera es otra cosa. Olga, paralizada, apenas comprendía lo escuchado. ¿Quiso casarse con otra? Pero a ella le decía otra cosa… Miraba el suelo, intentando controlarse; las palabras de Oksana no la dejaban en paz. —¿Y qué? —dijo Iván, un deje de inseguridad en la voz—. Eso es pasado. Sí, no lo niego, fue, pero terminó. Amo a mi esposa. —¿La amas? Va, Iván—Oksana no cedía—. Sabemos que te casaste con Olga sólo para darle celos a Viera, cuando te dejó por otro. Después quiso volver, pidió perdón. Pero tú te casaste para vengarte. Olga sintió el golpe. ¿Venganza? ¿Iván se casó con ella para demostrar algo? Se sintió pesada. Recordó que tras dejar a Pablo, se apresuró a casarse con Iván… ¿Pero ahora se amaban de verdad, no? ¿O sólo eran una revancha mutua? —Pasado es pasado —dijo entonces Iván—. Estoy casado, tengo obligaciones con mi esposa. —¿Obligaciones? —bufó Oksana—. Ni hijos tenéis, menos mal. No olvides dónde vives. Con Olga vagarás de piso en piso. Viera ha recibido un piso de tres habitaciones de sus padres… y todavía te quiere, espera que vuelvas. Olga se apoyó en la pared, perdiendo el control. ¿Cómo podía decir eso Oksana? Pero aún más, ¿qué respondería Iván? Esperó, casi sin respirar. —Oksana, basta —Iván sonó más inseguro—. El piso no es lo más importante. Vivimos aquí, luego buscaremos nuestro hogar. Pero Oksana insistió: —No aceptas los cambios. Viera siempre ha sido lo mejor para ti, pero tu orgullo sigue molestándote. Aún estás a tiempo de arreglarlo. Tendrías casa, estabilidad… ¡Con Olga jamás serás realmente feliz! —Además… —añadió Oksana—. Sabes que no puedo cederos el piso eternamente. Ahora tengo planes, pronto tendréis que iros. —¿Viera sabe lo que tramas? —preguntó Iván. —¡Por supuesto! —respondió rápido Oksana—. Es idea suya, me pidió que te convenciera. Sabe que aún la quieres. Ella propuso el viaje. Silencio. Olga se sintió tambalear. ¿Por qué vacilaba Iván? ¿De verdad consideraba la propuesta? —¿Y qué le digo a Olga? —por fin preguntó él en voz baja. —Dile que me vas a ayudar con el piso de campo. Estamos de reformas —Oksana lo dijo como si fuese la cosa más natural—. Y tú, a la playa con Viera. Sencillo. Olga no pudo soportarlo más. Salió de puntillas y se alejó. Terminó en una pequeña cafetería casi vacía, donde sonaba música suave y se acercaba el anochecer. Exhausta, pidió cacao con vainilla. Los fragmentos de la conversación en casa no la dejaban tranquila. Repasaba las palabras de Oksana. ¿Cómo había podido Iván ocultarle que casi se casa con otra? ¿Que su matrimonio fuese sólo una venganza? Ella pensaba que Iván la eligió de corazón… ¿Pero todo se reducía a cuestiones pasadas? Al menos ella con Pablo ni café en el bar aceptaba, no digamos viaje… y en cambio, amaba a Iván de verdad. Ya había oscurecido. Olga seguía junto a la ventana, sin probar el cacao. El tiempo parecía detenido. Iván ni la llamaba, ni preguntaba dónde estaba. “Seguro ya planea el viaje con Viera”, pensó con amargura. Buscó el móvil para mirar la hora, y lo encontró descargado. Suspiró y decidió que ya era hora de volver. Se puso el abrigo y salió, sintiendo el frescor de la noche. Volvía a casa, convencida de que su relación con Iván había acabado; la ruptura era inevitable y trataba de mentalizarse. Al llegar al edificio, la pesadumbre aumentó. Subió despacio, giró la llave y entró en el piso. La recibió un extraño silencio. En la sala, vio maletas: Iván recogía sus cosas. “Claro, se va”, pensó. —¿Qué haces? —preguntó, aunque ya suponía la respuesta—. Ahora me dirá que va al campo con Oksana. Pero Iván contestó otra cosa: —Nos vamos de aquí. Ya he encontrado piso. De momento será provisional, luego veremos cómo conseguir una hipoteca. —Se detuvo y miró a Olga, notando algo en su mirada—. ¿Por qué tardaste tanto? Te he estado llamando y no cogías el teléfono. ¿Has aceptado algún trabajo extra? Olga no daba crédito. Todo lo que pensaba decirle perdió importancia. Asintió tímida, sin saber cómo reaccionar. —¿Nos vamos? —preguntó en voz baja. Iván percibió su duda y explicó acercándose: —He discutido con Oksana —suspiró—. He decidido que ya basta, no quiero depender de ella. Necesitamos nuestro hogar. Afluía cierta calma a Olga, aunque la inquietud no terminaba. Iván se sentó en el sofá y le contó la charla con Oksana. —Debí decírtelo antes —reconoció—. Sí, tuve historia con Viera, y me casé contigo también por despecho. Pero ya pasó. Eres la única a la que amo, no quiero perderte. Olga sintió alivio. El dolor por las mentiras seguía ahí, pero apreciaba que pudieran hablar con franqueza. —Siento no contártelo antes —añadió Iván—. Cuando me hablaste de Pablo, me pareció que no venía a cuento. Después ya ni quise mencionarlo. Olga suspiró, con lágrimas en los ojos, aunque eran de alivio. —Bueno, está bien —logró decir—. ¿Has alquilado otro piso? —Sí —confirmó Iván—. Provisional, pero será nuestro rincón. Sin Oksana, sin interferencias. Lo lograremos, te lo prometo. Luego pensaremos en la hipoteca, ya veremos. Olga asintió. Sentía que era lo correcto. Al fin vivirían para sí mismos, sin los planes ajenos. —Bueno, ¿nos ponemos a recoger? —sonrió Iván. Olga asintió de nuevo, incapaz de responder. Sólo podía confiar en que, a partir de ahora, su vida realmente seguiría su propio rumbo, dejando el pasado donde debe quedarse.
Te cuento lo que me ha pasado hoy, y necesito desahogarme contigo porque tengo la cabeza hecha un lío.
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