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07
A la orden del pez mágico…
4 de diciembre Hoy me he despertado con la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos, como
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015
Ruptura Por Defecto —Tranquila, todo irá bien —susurró Vova, procurando que su voz sonase segura. Inspiró hondo, soltó el aire despacio y pulsó el timbre. La noche pintaba complicada. ¿Pero acaso podía ser de otra manera? Conocer a los padres siempre es una prueba… La puerta se abrió casi al instante. En el umbral, de pie, estaba Doña Alejandra Pérez. Lucía impecable: un recogido pulcro en el cabello, un vestido sobrio que realzaba la elegancia y un maquillaje discreto. Su mirada pasó por encima de Clara, se detuvo en la cesta de pastas y tras unos segundos frunció levemente los labios. El gesto fue fugaz, casi imperceptible, pero Clara lo captó. —Pasad —dijo Alejandra Pérez, sin apenas calidez, haciéndose a un lado para dejarles entrar. Vova dio el primer paso, procurando evitar la mirada de su madre, y Clara le siguió, entrando con suma cautela a la casa. El ambiente les recibió con una luz tenue y el perfume sutil del sándalo. Todo era acogedor, pero denotaba una perfección casi forzada. Ningún objeto fuera de su sitio, ni un libro tirado ni una bufanda olvidada. Cada cosa permanecía en su lugar exacto, imposible no notar el grito silencioso de control y orden. Doña Alejandra les condujo al salón: una estancia espaciosa, dominada por un ventanal cubierto con cortinas crema gruesas. En el centro, un sofá robusto de tela cara, junto a una mesa baja de madera oscura. Con un gesto elegante indicó que se sentaran. —¿Queréis té? ¿Café? —preguntó, sin mirar a Clara, con un tono suave pero tan distante que sonaba casi como una rutina vacía, más que como una muestra de hospitalidad. —Un té estaría bien, gracias —respondió Clara, esforzándose porque su tono sonara cordial. Dejó la cestita sobre la mesa, desató con mimo el lazo y levantó ligeramente la tapa. El olor de las pastas recién hechas se esparció al instante—. He traído pastas, las he horneado yo. Si os apetece probar… Alejandra se detuvo un instante a mirar la cesta antes de asentir. —Perfecto —dijo, desapareciendo hacia la cocina—. Ahora traigo el té. Cuando salió, Vova se inclinó hacia Clara y le susurró al oído: —Perdona. Mi madre siempre es así… distante. —No pasa nada —sonrió ella, tomando su mano—. Lo importante es que tú estás conmigo. La espera se hizo en silencio. Clara observó la decoración: todo de calidad, todo en orden, pero extrañamente frío. Parecía la sala de un museo, no el hogar de alguien. Alejandra regresó al poco con una bandeja: delicadas tazas de porcelana, un precioso tetera plateada y un plato donde las pastas se ordenaban en círculo. Sirvió el té y tomó asiento frente a ellos, cruzando las manos sobre las rodillas. —Bueno, Clara —empezó, escudriñando cada detalle de la joven: el peinado, el brillo de la mirada, la manera de coger la taza—, Vova me dijo que estudias Magisterio, ¿verdad? —Sí, voy por tercero —respondió Clara, intentando esconder cómo le temblaban un poco las manos—. Me encanta el contacto con los niños, es importante ayudarles a crecer y descubrir el mundo. —Con niños… —repitió Alejandra, con una ironía apenas perceptible—. Muy bonito, desde luego. Pero ya sabes que los profesores ganan poco. En estos tiempos hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. Vova alzó la voz: —Mamá, no empieces con el tema del dinero. Lo importante es que a Clara le apasiona su trabajo. Ya nos apañaremos —añadió, más suave—. Al final lo que cuenta es apoyarnos mutuamente. Alejandra giró la cabeza hacia él, aunque tardó en responder. Dio un sorbo al té. —Amar lo que uno hace está bien —acabó diciendo—, pero en la vida real eso no suele bastar. ¿Sabes ya dónde trabajarás cuando termines la carrera? ¿Tienes plan de futuro? Clara respiró hondo. Sabía que aquellas preguntas no eran mera curiosidad. —Por supuesto. Me gustaría empezar en un colegio, coger experiencia e incluso formarme más, quizá especializarme en necesidades educativas. Es difícil, pero es lo que me motiva. Alejandra asintió en silencio, analizando cada palabra. —No pretendo vivir a costa de Vova —añadió Clara—. Quiero trabajar, crecer y aportar. Para mí lo importante no es tanto ganar, sino hacer algo que me llene. —Interesante postura —asintió Alejandra—. ¿No has pensado en algo más lucrativo? Tienes habilidades de sobra para ventas, marketing… allí se paga mucho mejor. Clara detuvo un gesto de Vova y decidió responder ella misma. —¿A qué te dedicas tú? —preguntó, mirándola a los ojos. Alejandra vaciló una fracción de segundo. —Yo no trabajo fuera de casa —dijo—. Mi marido nos mantiene, me ocupo del hogar y le ayudo en todo lo que puedo. Eso también es trabajo, aunque no esté pagado. —Lo entiendo perfectamente —asintió Clara—. Entonces, ¿por qué esperas que yo sí renuncie a mi vocación sólo por dinero? Yo no le pido a Vova que me mantenga. El silencio se espesó. Alejandra la observaba con renovada atención. —Mi marido quiso que no trabajara, podía permitírselo. Vova… Vova se removió inquieto. Miró a su madre, después a Clara, erguida y serena pero con los ojos llenos de dudas. —Clara, tú lo entiendes… —empezó él, dubitativo—. Mamá sólo quiere que estemos bien, que no suframos por algo que se puede evitar. Clara lo miró, sorprendida por su vacilación—. ¿Entonces piensas como ella? ¿Crees que tengo que despreciar mi trabajo sólo por ganar más? ¿Que tengo que sacrificarme aunque eso me haga infeliz? —No digo eso… pero hay que pensar en el futuro. No podemos vivir siempre al día. Hay que ser realistas. Alejandra dedicó a su hijo una fugaz mirada de aprobación, antes de volver hacia Clara: —¿De verdad crees que mi hijo debe renunciar a todo por ti? Su sueño siempre fue el periodismo, viajar, escribir… No es sólo un empleo, es su vocación. ¿Tú podrías pedirle que lo deje por ti? Vova quiso intervenir, pero Alejandra lo cortó en seco: —Responde, Vova. ¿Renunciarías a tu sueño por esta chica? ¿Dejarías tus viajes, tu trabajo soñado, por mantener a una familia de cualquier manera? Vova se quedó en blanco. Miraba a Clara, dolida y en silencio. Dentro sentía el conflicto: protegerla y apostar por su felicidad o ceder ante el miedo de que quizá su madre tuviera razón. —Yo… no quiero renunciar a mi sueño. Pero tampoco quiero perder a Clara. Creo que podremos lograr un equilibrio: seguir escribiendo, no tan activamente, pero sí… y que ella esté conmigo, y yo con ella. Alejandra bufó, pero no discutió más. Se recostó en su asiento: la discusión estaba zanjada. Clara sonrió, aunque la sonrisa era amarga. —Curioso —se atrevió—. Vova no debe dejar sus sueños, pero yo sí el mío. ¿No tiene lógica, verdad? Vova bajó la vista, intentando no romper la frágil taza entre los dedos. —Quizá habría que… equilibrar—balbuceó. —¿Equilibrar? —rió Alejandra—. Cuando te dedicas a algo de verdad, o te entregas del todo o no sirve. No hay medias tintas. Vova deseó replicar, pero el valor se le atragantó. —Creo que por hoy está bien —sentenció Alejandra, poniéndose en pie con elegancia—. Ya está anocheciendo y este barrio no es seguro. Será mejor que vuelvas a casa, Clara. Vova, tenemos que hablar. Vova protestó tímidamente: —Mamá, al menos acompaño a Clara al metro… —Ni lo pienses —zanjó ella—. Me preocuparías más si sales. Vova se rindió, hundido en el sofá. —Lo siento, Clara. Es mejor que no vaya. Por favor, coge un taxi. Clara asintió sin discutir, dejando la taza sobre la mesa, recogiendo el bolso. Se irguió con la mejor dignidad que pudo. —Gracias por el té —dijo, y en su tono la amabilidad era sólo un formalismo. —Adiós —contestó Alejandra, sin mirar. Clara caminó tranquila hacia la salida. En el umbral miró atrás: Vova seguía hundido, la mirada baja. No hizo nada. Ese silencio selló lo que llevaba días temiendo. Salió a la noche y respiró hondo. El aire fresco alivió la tensión, aunque no el dolor. Vova, comprendió, no la defendería frente a su madre, por muy difícil que fuera. Mientras se alejaba, primero despacio, luego acelerando sin querer, las ideas la golpeaban: “No me protege. No respeta mi decisión. Prefiere agradar a su madre antes que apoyarme”. Aprieta los puños en los bolsillos, conteniendo el llanto. Al llegar a casa, apaga la luz de entrada y se deja caer en el recibidor. El silencio la arrulla. Por fin puede dejar de fingir y respirar de verdad. Poco a poco, la tormenta amaina. No es el fin del mundo, se dice. Es sólo el final de algo que quizás debía terminar así. Mañana será otro día. ******************* Al día siguiente, Clara ignora las llamadas de Vova. Necesita tiempo para aclararse. Sabe que, aunque siguieran juntos, siempre estarían la madre y la duda entre ellos. Pasan los días. Clara va a la facultad, cumple con sus responsabilidades, queda con sus amigas, pero en modo automático. No quiere pensar en Vova, pero no lo consigue del todo. El último encuentro, su silencio, pesan. Un día, al volver a casa, ve a Vova esperándola. Se acerca titubeante. —Tenemos que hablar —dice, sin apenas mirarla—. Mi madre cree que no eres para mí. Clara levanta las cejas. El corazón se le encoge, pero su voz es serena. —¿Y tú qué crees? Vova titubea. —Es mi madre… No quiero hacerle daño. No hay convicción en sus palabras. Clara lo mira un instante y comprende. —¿Estás de acuerdo con ella? —No es eso —se apresura, levantando por fin la mirada—. Es mi familia. No puedo darles la espalda. Clara guarda silencio. Se pregunta: ¿Y si esto nunca cambia? ¿Si cada decisión depende siempre de su madre? —¿Quieres estar conmigo? —pregunta entonces, directa. Vova no responde. Suspira y baja los hombros. Clara asiente, resignada. Se da la vuelta y sube a casa. Él se queda allí, con una sensación amarga. Esa noche, Clara sale a pasear. El aire de otoño lo llena todo de promesas. Se permite sonreír sin peso, y comprende que, aunque el futuro traiga retos, ya no necesita convencer a nadie ni pedir permiso para ser quien es. Ahora es libre. Y eso, en ese instante, es lo único que importa.
Ruptura por defecto Todo irá bien susurró suavemente Iván, procurando que su voz sonase segura.
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011
Vecinos Extraños en el Piso 222 de la Calle de los Poetas: La Singular Pareja Que Revoluciona la Vida Cotidiana en el Edificio y Despierta las Conversaciones de las Familias Españolas con Sus Peculiares Juegos y Gestos de Amor Maduro
VECINOS EXTRAÑOS Al piso 222, del edificio 8, situado en la calle Machado, llegaron unos nuevos vecinos.
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0489
LA NUERA DEL ALMA —Mamá, me caso con Emilia. En tres meses vamos a tener un hijo—. Mi hijo me lo soltó sin rodeos. No me sorprendió tanto la noticia, porque ya me había presentado a Emilia. Lo que me chirriaba era la edad de la novia: aún no había cumplido dieciocho años. Y el novio, mi hijo, aún tenía por delante el servicio militar obligatorio. Eran dos críos y ya querían boda, y un bebé en camino. Costó un mundo encontrarle vestido de novia a Emilia: la barriga de siete meses se hacía notar. Pasada la boda, los novios se instalaron con los padres de Emilia. Pero mi hijo venía cada semana a verme. Se encerraba en su cuarto y pedía que no le molestara. Como madre, aquello me inquietaba. …Llamo a Emilia: —¿Va todo bien con Román? —Por supuesto, ¿por qué lo preguntas?— mi nuera, más tranquila que un ocho. —Emilia, ¿sabes dónde está ahora tu marido?— intento sacar algo en claro. —Señora Galina, ocúpese de sus asuntos, que nosotros nos apañamos—. Fue la primera, y desde luego no la última, falta de educación hacia mí. —Perdona por quitarte tu tiempo— me retiro y cuelgo el teléfono. Soy una persona pacífica y conciliadora. Así que no me metí en su relación. Que se las arreglasen solos. …Poco después, Emilia dio a luz a Varvara. El nombre no me gustaba nada, así que yo llamé a mi nieta Baśa. A mi hijo lo llamaron a filas. Román sirvió lejos de casa. Los dos años de servicio me dediqué a visitar a Baśa. Cada vez que iba, Emilia estaba más guapa, la condenada. Me preocupaba aquel desparpajo. Emilia entró en la universidad, y tentaciones no faltaban allí. Me temía que esa estudiante pizpireta no esperaría al marido. Diría que Emilia nunca fue muy hospitalaria conmigo. Cuando yo iba a ver a Baśa, Emilia suspiraba con resignación, me plantaba el carrito en la puerta y me largaba a pasear. Vamos, que ni quería verme. Emilia hasta podía ofenderme con la mirada. Había un rechazo abierto por parte de mi nuera. Y, desde luego, tenía muy claro cuánto valía. Yo no intenté enemistarme; solo quería irme cuanto antes de esa casa. …Román, tras licenciarse, volvió a la familia. Y todo parecía bien: paz, armonía, mucho amor. Baśa crecía; Román babeaba por la mujer; la nuera era una belleza, hacendosa y simpática. Me sentía en la gloria. Así pasaron quince años de felicidad doméstica. …Pero luego algo cambió en Emilia: comenzaron los amantes, y muchos. Mi nuera ni lo ocultaba. Se desmadró por completo. Es cierto lo que dicen: a ciertas personas no se las puede tener atadas. Román aguantó tres años esa situación. Amaba a Emilia y sufría. Ella, a su vez, le hacía daño y se burlaba. Me quedé en shock con la actitud de mi nuera. Pero nunca discutí con ella sobre moralidad. Para ser sincera, le tenía miedo: con solo mirarte, te sentías fuera de lugar. —Hijo, ¿qué pasa con Emilia? ¿Desavenencias? ¿Por qué?— intento averiguar. —No te preocupes, mamá, ya se arreglará todo— me tranquilizaba Román. Me daba la sensación de que mi hijo se sentía culpable, por eso soportaba las salidas de la esposa. Decidí hablar con Emilia; me corroía la ruptura. —Emilia, ¿puedo preguntarte algo?— musité, temiendo su enfado. —Señora Galina, pregunte mejor a su hijo qué hace y, mejor dicho, con quién en la empresa. Mi tía trabaja allí y me lo ha contado todo, con detalles. En fin, ¡su hijo me engaña! ¡Él empezó!— Emilia estalló a gritos. Dios mío, ¿para qué me metí? No le conté nada a Román. Que pase lo que tenga que pasar. Una no puede hacerse mala sangre por intentar contentar a todos. …Emilia y Román se divorciaron pronto. Baśa quedó al cuidado de su madre. Román se desató: mujeres pasaban por su vida como si fueran guantes. Morenas, rubias, pelirrojas… Jamás le faltó compañía. Emilia no tardó en casarse de nuevo, según me contó mi hijo, incluso llorando. Había sido una buena esposa. La siguiente mujer querida fue Juana. Pequeña, atractiva, astuta. Román tenía treinta y cinco, ella cuarenta. Mi hijo flotaba por ella, era su alfombra. Juana conquistó su alma y su cuerpo al instante. Puso sus condiciones desde el principio: boda oficial; un piso para su hija; y manutención completa para ella. Román se derretía ante su segunda mujer. Juana, a diferencia de Emilia, se empeñaba en hacerse mi amiga: me llamaba por mi nombre y me tuteaba. No me hacía gracia tanta familiaridad, pero evité conflictos y aguanté. Todos los regalos de mi nuera, comprados con el dinero de mi hijo, siguen sin estrenar en el armario. No les tengo aprecio. Y Juana sonríe forzada, habla sin sinceridad y, en realidad, no quiere a Román. Solo ve en él un saco de dinero, pone condiciones imposibles y actúa con picardía. Emilia, al menos, me gritaba, pero de corazón, y me trataba con respeto, amó a Román de verdad. Juana no cocina, prefiere comprar platos preparados. Un día le solté: —Podrías, al menos, hacerle una sopita a Román. Siempre coméis de microondas… —Galia, no me des lecciones de cómo hacer las cosas— me soltó. …Sus amigas, igual. Salidas a la sauna cara, tardes de café sin sentido, recorridos por boutiques… Así era Juana. Si algo no le va, monta un drama, llora, grita. A Juana dale el huevo, y encima pelado. ¿Cómo puede aguantarla mi hijo? Nunca lo he entendido. Creo que lo suyo fue un error, una equivocación absurda. …Cada vez recuerdo más a la hacendosa Emilia. Ahora sé lo que era bueno: sus pescados rellenos, los deliciosos rollitos de repollo, esos pasteles… ¿Por qué Román no supo conservar una mujer así? Él tiene la culpa. Menos mal que mi nieta Baśa me recuerda y me regala detallitos cada vez que puede. Para mí, Emilia siempre será mi nuera del alma, aunque sea la ex. El valor de las cosas se aprecia al perderlas. Juana es solo una nuera secundaria. Me da pena mi hijo. Creo que en su corazón, aún vive Emilia. Pero ese camino, para él, está cerrado…
NUERA DE CASA Mamá, me caso con Lucía. En tres meses vamos a tener un bebé mi hijo me dejó caer la noticia
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017
Jamás habrá perdón —¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta pilló a Vika tan desprevenida que no pudo evitar estremecerse. Mientras disponía en la mesa de la cocina los documentos que acababa de traer de la oficina—una montaña de papeles a punto de desmoronarse que sujetaba cuidadosamente con la mano—se detuvo en seco, bajó las manos muy despacio y alzó la mirada hacia Álex. El asombro puro brillaba en sus ojos: ¿Cómo se le ocurría semejante idea? ¿Por qué iba a buscar a quien, con un simple gesto desganado, destrozó casi por completo su destino? —Por supuesto que no —respondió Vika, esforzándose por mantener la voz serena—. ¿Pero qué tontería es esa? ¿Por qué me iba a poner yo a buscarla? Álex pareció incomodarse. Se pasó la mano por el pelo, como intentando ordenar sus ideas, y sonrío con cierta incomodidad, lo que delataba que ya se estaba arrepintiendo de la pregunta. —Es que… —empezó a decir, buscando las palabras—. Muchas veces he oído que los chavales de hogares de acogida y orfanatos sueñan con encontrar a sus padres biológicos. Pensé que… Si alguna vez quieres hacerlo, estoy dispuesto a ayudarte. De verdad. Vika negó con la cabeza. Algo se le apretó en el pecho, como si una fuerza invisible le oprimiera las costillas. Inspiró hondo, intentando contener la repentina oleada de enfado, y volvió a fijar sus ojos en Álex. —Gracias por el ofrecimiento, pero no hace falta —dijo con firmeza, alzando un poco la voz—. ¡Jamás voy a buscarla! Para mí, esa mujer hace mucho que dejó de existir. ¡Jamás la perdonaré! Sí, había sido un poco brusca, pero no podía ser de otra manera. Si no, tendría que revivir mil recuerdos desagradables y desnudarse el alma ante su prometido. Le quería, le quería de verdad, pero hay cosas que uno no quiere compartir ni con los más cercanos. Así que volvió la vista a los papeles, fingiendo estar ocupadísima. Álex frunció el ceño y no insistió. Estaba claro que su respuesta le había dolido. En su interior, le costaba comprender la postura de Vika. Para él, su madre siempre había sido una figura poco menos que sagrada, independientemente de su implicación en la crianza. El simple hecho de que una mujer gestara un hijo durante nueve meses, de que le diera la vida, la encumbraba, la convertía casi en un ser venerado. Creía sinceramente en ese lazo misterioso e irrompible entre madre e hijo, invulnerable al paso del tiempo o las circunstancias. Vika, sin embargo, no solo no compartía esa creencia: la rechazaba frontalmente y sin un solo titubeo. Lo tenía muy claro: ¿cómo desearía ver a alguien que fue tan cruel contigo? Aquella “madre” ni siquiera se conformó con abandonarla en un orfanato; fue algo muchísimo peor, mucho más doloroso… En su adolescencia, Vika se atrevió por fin a formular la pregunta que había roído su interior durante años. Acudió a la directora del orfanato, doña Tatiana, una mujer severa pero justa a la que todos los niños respetaban. —¿Por qué estoy aquí? —preguntó Vika, en voz baja pero firme—. ¿Mi madre… ha muerto? ¿O le quitaron la tutela? ¿Ocurrió algo grave, verdad? Doña Tatiana se quedó inmóvil, dejando los papeles a un lado. Guardó unos segundos de silencio, sopesando cada palabra, luego suspiró hondo e invitó a Vika a sentarse con un gesto. La niña tomó asiento, apretando los bordes del taburete, mientras la expectativa, ansiosa y aterradora, crecía en su interior. Imaginaba que iba a escuchar algo que cambiaría para siempre su idea del propio pasado. —A tu madre le retiraron la custodia y fue procesada penalmente —dijo al fin doña Tatiana, midiendo bien las palabras. Mantenía una quietud tensa, y en sus ojos se leía la preocupación: iba a contarle una verdad dolorosa a una niña de doce años, algo que cualquier adulto preferiría edulcorar. Pero estaba convencida: Vika tenía derecho a conocer la verdad. No importaba lo dura que fuera, mejor saber que vivir en la ignorancia. Hizo una pausa antes de proseguir: —Llegaste aquí con cuatro años y medio. Unas personas te vieron deambulando sola por la calle, menuda y confusa, y avisaron. Después se supo que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación, se subió a un tren de cercanías y se fue. Era otoño, hacía un frío tremendo, llovía, y solo llevabas un abrigo fino y unas botas de agua. Varias horas en la calle acabaron en el hospital. Pillaste una bronquitis tremenda y te costó meses recuperarte. Vika se quedó inmóvil, pétrea. Los dedos se le cerraron en puños, aunque en su rostro apenas se notaba nada; sólo sus ojos se oscurecieron, como si de repente cobijaran toda la tormenta. —¿Y… la encontraron? ¿Qué dijo para justificarse? —murmuró Vika, sin abrir los dedos. —La encontraron y fue condenada. ¿Su explicación…? —La directora vaciló, esbozando una mueca amarga—. Dijo que no tenía dinero y le surgió un trabajo. El problema es que allí —era un hostal, o algo así— no le permitían entrar con niños. Dijeron que sería más fácil dejarte y empezar de nuevo… sin ataduras. Vika no se movió. Lentamente aflojó los puños, posó las manos en las rodillas y, perdida en la lejanía, pareció estar viendo aquello que ni siquiera recordaba: aquella mañana de otoño. —Entiendo… —susurró al fin, con voz plana, casi sin vida. Después miró a doña Tatiana y dijo—: Gracias por la sinceridad. En ese instante, Vika supo con certeza que jamás buscaría a su madre. Nunca. Aquella pregunta que a veces le asaltaba la mente de refilón —quizá conocerla por simple curiosidad, mirarla a la cara y decirle “¿por qué?”— se desvaneció para siempre. ¿Dejar a tu hijo en la calle? Era inimaginable. ¿Cómo puede hacerse algo así? ¿No tenía ni pizca de conciencia o compasión esa mujer que le dio la vida? ¡A un niño pequeño le pudo pasar cualquier cosa! “Eso no lo haría ni una fiera”, pensaba Vika, atenazada por un dolor agrio e hiriente. Intentó, de veras que lo intentó, buscarle una excusa. ¿Estaría desesperada? ¿De verdad no le quedaba otra salida? ¿Quizá creyó que así le hacía un favor a su hija? Nada de eso encajaba. Los hechos eran demasiado contundentes. ¿Por qué no renunció oficialmente? ¿Por qué no la entregó al orfanato de manera segura? ¿Por qué jugarse la vida de una niña de cuatro años, en plena calle, bajo el frío implacable del otoño? Vika desechó todas las explicaciones. Nada justificaba ni mitigaba el daño, ni convertía esa traición en un acto forzado: fue una decisión consciente y fría para librarse de un estorbo. Cuanto más lo pensaba, más se arraigaba su decisión. No. No la buscaría. No le preguntaría nada. No trataría de entenderla. Porque, aunque comprendiera, nada borraría lo que ya había pasado. Y perdonar eso… estaba fuera de su alcance. Y con esa determinación, le invadió una extraña sensación de liberación… ******************** —¡Tengo una sorpresa para ti! —Álex parecía un crío en la mañana de Reyes, con la cara iluminada de alegría y los pies inquietos en el recibidor—. ¡Esto sí que te va a gustar! ¡Venga, no hagas esperar a la gente! Vika se quedó clavada en la puerta del salón, sosteniendo la taza del té ya frío. Miró a Álex perpleja, dejó la taza sobre la mesa y frunció el ceño. ¿Qué sorpresa sería esa? Y, sobre todo, ¿por qué sentía un presentimiento tan incómodo, a pesar del tono radiante de Álex? Dentro de ella, era como si una cuerda tensa fuese a romperse de un instante a otro. —¿A dónde vamos? —preguntó, esforzándose por sonar tranquila. —Ya lo verás —Álex sonrió, aún más ancho, le tomó la mano y tiró de ella hacia la puerta—. Créeme: merece la pena. Vika no se resistió, pero sus entrañas se encogieron de un temor difuso. Se puso el abrigo, se calzó y le siguió. Mientras caminaban hacia el Retiro, dio vueltas y más vueltas: ¿habría conseguido entradas para un concierto? ¿Iba a reencontrarla con algún antiguo amigo? Nada le cuadraba. Al llegar al parque, Vika distinguió enseguida a una mujer sentada en un banco, junto a la avenida. Iba con un abrigo oscuro, bufanda ciñendo el cuello y un bolso pequeño sobre las rodillas. Su cara le resultó extrañamente familiar, pero no lograba ubicar de qué. ¿Una pariente de Álex? ¿Una colega del trabajo? Álex se encaminó directamente hacia el banco, mientras Vika intentaba encajar las piezas de la enigmática escena. Al acercarse, la mujer levantó los ojos y le dedicó una tímida sonrisa. De golpe, algo dentro de Vika se removió —ya sabía por qué le resultaba tan familiar. Era su propio rostro, con treinta o cuarenta años más. —Vika —la voz de Álex sonó solemne, como si estuviera presentando algo de suma importancia en público—, me alegro de anunciarte: después de mucho buscar, he encontrado a tu madre. ¿No estás feliz? Vika se quedó sin poder moverse, sintiendo que el mundo se detenía. ¿¡Cómo se atrevía!? ¡Le había dejado claro que no quería ni oír hablar de esa mujer! —¡Hija mía! ¡Qué guapa te has hecho! —La mujer dio un paso, extendiendo los brazos para abrazarla; la voz le temblaba, los ojos le brillaban al borde de las lágrimas, como si estuviera realmente emocionada. Pero Vika retrocedió bruscamente, acrecentando la distancia entre ellas. Su cara se volvió fría, la mirada pétrea. —¡Soy yo, tu madre! —insistía la mujer, haciendo caso omiso a la actitud rígida de Vika—. Llevo buscándote toda la vida. Siempre he pensado en ti, he sufrido por ti… —¡No sabes lo que ha costado! —interrumpió Álex, ufano—. Tuve que llamar a amigos, recabar información en mil sitios, hacer todas las gestiones… Pero lo logré, y me alegro muchísimo. Sus palabras se vieron cortadas de golpe por una bofetada sonora. La mano de Vika se alzó sin pensar. Sus ojos, llenos de lágrimas de rabia y dolor, miraban al novio con una mezcla de asombro e incomprensión: ¿cómo podía haberle hecho eso? ¡Le había repetido mil veces que no quería saber nada! —¿Pero qué haces? —dijo Álex, llevándose la mano a la mejilla. No esperaba tal reacción—. ¡Todo lo hice por ti! Solo quería ayudarte, darte una alegría… Vika no dijo ni palabra. El corazón le hervía de indignación y de dolor. De pronto, sentía que Álex —su mayor apoyo— había sacudido el suelo bajo sus pies, violando el principio fundamental: jamás remover su pasado. Sus heridas más profundas, celosamente escondidas, quedaban de pronto al desnudo por las buenas intenciones de él. La mujer, a su lado, miraba de uno a otro, perdida y temblorosa, sin saber cómo actuar. Quiso decir algo, pero la cara de su hija la desarmó. —No te pedí que la buscaras —por fin murmuró Vika, muy baja—. Te lo dejé claro: no lo necesito. Igual has hecho lo que tú querías. Álex se retiró la mano del rostro pero calló, sin saber qué decir. Buscó en la mirada de Vika algún atisbo de compasión, de arrepentimiento, pero sólo encontró una firmeza irreductible. —¡Te lo dije claramente: no quiero ni oír hablar de esa mujer! —le temblaba la voz por la rabia contenida—. ¡Esa “madre” me dejó en un banco de la estación, con cuatro años, sola! ¡Sola, en una estación llena de desconocidos, en pleno otoño y casi desnuda! ¿Y pretendes que lo perdone? Álex palideció, aunque se mantuvo en su sitio. Se irguió, como queriendo dar más entidad a sus palabras: —¡Es tu madre! Da igual lo que haga: madre es madre. En ese momento, la mujer —que se había mantenido al margen— dio un paso adelante y habló en voz débil, como pidiendo perdón aunque ni ella se creyera su excusa: —Te ponías siempre mala, y no podía comprar medicinas —empezó, eligiendo cada palabra—. Era mi única oportunidad de ganar algo… Luego iba a volverte a buscar, en cuanto me estabilizara. ¡Íbamos a estar juntas de nuevo! Vika se giró hacia ella. Ni rastro de ternura: solo una amargura helada, forjada durante años. —¿De dónde ibas a buscarme? ¿Del cementerio? —respondió duramente, incapaz de seguir callando—. Podías haber ido a los servicios sociales y pedir ayuda. Podías dejarme en el hospital, si tanto enfermaba. Pero no en la calle, nunca sola y sin amparo. Álex, superado por el conflicto, trató de tomarle la mano. Sus dedos buscaron los de ella en un gesto de consuelo, pero Vika la apartó sin mirarle. —El pasado ya pasó, hay que mirar adelante —insistió él, como si quisiese convencerse a sí mismo también—. Soñabas con tener familia el día de tu boda. Quise cumplirte ese sueño… Vika alzó la vista; su mirada, tan llena de decepción, hizo que Álex diera un paso atrás. —He invitado a doña Tatiana, la directora del orfanato, y a Julia, mi educadora —su voz era más calmada, pero firme—. Ellas fueron mis madres. Estuvieron conmigo en lo peor, me cuidaron, fueron mi familia. ¡A ellas las considero mi verdadera familia! De un tirón, Vika soltó su mano y echó a correr fuera del parque. Recorrió a toda prisa alamedas y parterres; solo quería alejarse de ese diálogo, de esas personas, de aquel en quien confiaba tanto. Por dentro, la rabia y el desgarro no la dejaban ni respirar. Jamás habría esperado semejante traición. No le había ocultado nada. Todo lo contrario: le había desnudado su infancia tal cual fue, sin omitir ni dulcificar nada. Habló de los años en la residencia, de los primeros días con la esperanza de que la madre volviera. Él asintió mil veces, afirmando que entendía. Y aun así la buscó y la trajo. “No importa lo que sea, es tu madre”: sus palabras retumbaban, abriendo una grieta aún más honda. “¡Nunca!”, decidió Vika. Jamás aceptaría a esa mujer en su vida. Jamás fingiría que nada pasó. Sin detenerse, salió del parque y se alejó sin cuidar el rumbo. Los pensamientos le bullían en la cabeza; el rostro de su madre —tal como lo viera esa tarde— volvía una y otra vez a su mente. Cerró los puños y apartó la visión. Solo deseaba estar lejos de todo aquel horror. Ni pasó por casa a por las cosas de Álex. Por fortuna, apenas tenía enseres allí: dos bolsas con ropa y algunos objetos personales. La mudanza definitiva estaba prevista para después de la boda, así que todo seguía en su pisito de protección oficial. Mejor así. Sobre todo, no volver ahora, mientras la herida sangra y cada recuerdo de Álex le arde por dentro. El teléfono vibró sin parar: Álex llamando y llamando. Vika veía su nombre, pero rechazaba la llamada. Temía ceder y, en caliente, soltar cosas de las que luego se arrepintiera. Mejor dejar pasar la tormenta. Álex resultó insistente. Además de llamar, le dejó varios mensajes de voz, con un tono seco y casi furioso. —Vika, ¡te comportas como una cría! He querido hacerte un bien y tú… Eres una desagradecida. Esto es una rabieta, así de claro. El siguiente mensaje, aún más tajante: —Ya está decidido. Ludmila estará en la boda. Punto. No voy a ceder por tus caprichos. Mantendremos los lazos familiares y nuestros hijos la llamarán abuela. Es como debe ser. Vika escuchó los audios en la parada del bus, sintiendo cómo se le helaba el alma. Apagó el móvil, lo metió en el bolsillo, y alzó la mirada al cielo. Su mundo acababa de resquebrajarse, y ya no sabía cómo recomponerlo. Vika contempló mucho rato la pantalla con los últimos mensajes de Álex. En su mente sonaban las palabras, firmes y tajantes, sin espacio para tratar de entenderla. “Ludmila irá a la boda. Punto”. Esas frases se le incrustaban como puñales. Abrió el WhatsApp —o Telegram—, tecleó un mensaje corto y lo leyó varias veces. Las palabras eran sencillas, directas, sin una sola ambigüedad: «La boda no se celebrará. No quiero veros—ni a ti, ni a esa mujer». Envió el mensaje. Miró el tick de entrega. Dejó el móvil a un lado. Inmediatamente, la pantalla se iluminó: Álex llamando de nuevo. No se movió. Llegaron más mensajes, pero ni los abrió. En vez de eso, buscó el número ya de su exnovio en la agenda y lo bloqueó sin dudar. Y el móvil quedó en silencio—sin llamadas, sin notificaciones, sin nuevas tentativas. El silencio la envolvió como una manta cálida, dándole un extraño alivio. Quizá, más adelante, se arrepienta de esta decisión. Tal vez… Pero ahora mismo, era lo único que podía hacer. Poco a poco, la tempestad fue cediendo dentro de ella, dando paso a una claridad resignada y cansada. Era lo correcto. No podía tener futuro junto a alguien capaz de actuar así…
No habrá perdón ¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta llegó con tal brusquedad
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092
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la caradura familia de mi marido, cambié la cerradura y recuperé la paz en mi propia casa en Madrid El telefonillo no solo sonó, sino que aulló, exigiendo atención. Miré el reloj: siete de la mañana, sábado. El único día en el que pensaba dormir hasta tarde después de entregar el cierre trimestral, y no recibir visitas inesperadas. En la pantalla apareció la cara de mi cuñada. Lucía, la hermana de mi marido Javier, tenía la expresión de quien está a punto de tomar la Bastilla, y detrás de ella asomaban tres melenas despeinadas. — ¡Javi! —grité sin descolgar—. Es tu familia. Apáñatelas tú. Mi marido salió tambaleando de la habitación, poniéndose los pantalones del revés. Sabía que ese tono significaba que mi paciencia para con sus parientes había llegado a su límite. Mientras balbuceaba algo por el telefonillo, yo ya estaba plantada en el recibidor, brazos cruzados. Mi casa, mis normas. Este piso de tres habitaciones en el centro de Madrid lo compré yo dos años antes de casarnos, sudando cada letra de la hipoteca, y lo que menos quería era extraños invadiéndolo. La puerta se abrió y el séquito entró en mi impoluto pasillo, que olía a difusor caro. Lucía, cargada de bolsas, ni saludó; me empujó con la cadera como si fuera un taburete. — ¡Ay, menos mal, llegamos! —suspiró soltando los bultos sobre el porcelánico italiano—. Carmen, ¿te vas a quedar mucho en la puerta? Pon el agua para el té, que los niños vienen muertos de hambre. — Lucía —dije con voz firme, mientras Javier encogía los hombros—. ¿Qué pasa? — ¿Es que Javi no te ha contado? ¡Tenemos obras en casa! Una reforma integral. Tuberías, suelos levantados… Imposible vivir allí, la polvareda es mortal. Solo estaremos una semanita. Con el pedazo piso que tenéis no os molestaremos… Miré a Javier, que parecía hipnotizado por el techo. Sabía que esa noche tendría bronca asegurada. —¿Javi? —Venga, cariño, solo es mi hermana con los críos, no pueden estar en la obra. Solo una semana. —Una semana —dije—. Exactamente siete días. Vosotros os encargáis de la comida. Los niños no corren ni tocan las paredes. Prohibido entrar en mi despacho. Y silencio total después de las diez. Lucía bufó: —Vaya, Carmen, qué carácter tienes. Eres peor que la directora de una cárcel. Bueno, ¿dónde dormimos? Espero que no sea en el suelo. Así empezó el infierno. La “semanita” se alargó dos, luego tres… Mi piso, decorado al milímetro con mi interiorista, se convertía en un lodazal. Siempre un montón de zapatos sucios en la entrada, la cocina patas arriba: manchas de grasa en la encimera de Silestone, migas, charcos pegajosos. Lucía no era una invitada, parecía la dueña. —Oye, Carmen, ¿no hay nada en la nevera? Los niños quieren yogures, y una carnita para Javi y para mí tampoco vendría mal. Con lo que ganas, podrías cuidar un poco de la familia, ¿no? —Tienes tarjeta y supermercado a la vuelta. Pide comida a domicilio si quieres. —Tacaña —refunfuñó cerrando la nevera a portazos—. Recuerda que no te vas a llevar nada a la tumba. Pero el día clave fue otro: volví antes de la oficina y pillé a mis sobrinos en mi dormitorio. La mayor saltaba sobre mi colchón ortopédico, carísimo, y la pequeña… dibujaba en la pared con mi barra de labios de edición limitada. —¡Fuera! —rugí, y salieron volando. Llegó Lucía: —¿Por qué gritas? ¡Son niños! Ya limpiarás la raya esa. Y el pintalabios, mujer, ni que fuera oro. Por cierto, el arreglo se alarga. La cuadrilla es un desastre. Nos quedamos hasta verano. Así os animamos un poco el piso, que solos es muy aburrido. Javi se quedó callado. No respondí. Me encerré en el baño a respirar. Esa noche, Lucía dejó el móvil en la mesa y vi aparecer un mensaje de “Alquiler Marina”: “Lucía, ya te hice la transferencia del mes. Los inquilinos encantados, preguntan si pueden quedarse hasta agosto”. Y después, el banco: “Ingreso: 800€” Lo entendí todo: no había ninguna obra. Lucía alquiló su piso para ganar dinero fácil y se instaló en el mío con manutención gratis. Fotografié la pantalla con mi móvil. Por primera vez en semanas, sentí calma. —Javi, ven a la cocina. Le enseñé la foto. —¿Carmen, y si es un error? —El error es que no los hayas echado todavía. Mañana a mediodía, quiero su marcha o la tuya. Tú decides. —¿A dónde van a ir? —Me da igual. Al día siguiente, Lucía salió de compras con el dinero de su alquilada. —Javi, llévate a los niños al parque. Ahora mismo. Cuando salieron, llamé al cerrajero y al policía de barrio. Se acabó la generosidad. Empezaba la limpieza. Al llegar Lucía vio sus bolsas en el rellano y al policía a mi lado. —¿Pero qué haces? ¡Son mis cosas! —Recógelas y lárgate. El hotel está cerrado. Intentó entrar: —¿Vive usted aquí? ¿Está empadronada? —preguntó el agente. —¡Soy la hermana de Javi! —Llámale. No te va a contestar. —¡No tienes derecho! ¡Tenemos reforma y los niños— —No mientas. Pregunta a Marina si puede prorrogar el alquiler de tu piso. Lucía enmudeció. —Deberías bloquear el móvil, lista. Has vivido de mi cuenta, vendiendo tu piso y ahorrando para el coche. Pues enhorabuena, pero se te ha acabado el chollo. Bajé la voz: —Ahora mismo te llevas tus cosas. Si vuelves a aparecer por aquí, aviso a Hacienda por alquiler en negro y a la policía por robo. Hasta he “perdido” un anillo, y seguro que aparece en una de esas bolsas si lo registran. Empalideció. —¡Eres una bruja, Carmen! Que Dios te lo pague. —Dios está ocupado. Mi piso, por fin, está libre. Lucía se marchó a regañadientes, vigilada por el policía. Javi regresó solo. —Ya se fue… —Lo sé. —Ha dicho barbaridades de ti… —Me da igual lo que griten las ratas cuando las echas del barco. —¿Sabías lo del alquiler? —No, te lo juro… —Pues escucha bien: si tu familia vuelve a intentar algo así, tus maletas estarán con las de ellos. ¿Entendido? Asintió, cabizbajo. Sabía que iba en serio. Me bebí mi café, sola, en silencio. No me pesa la corona. Me sienta de maravilla.
«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: cómo eché a la descarada familia de mi marido y cambié las cerraduras
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013
La suegra intentó mandar en mi cocina, y yo le señalé la puerta.
25 de octubre de 2023 Hoy ha sido uno de esos días en los que la cocina se convirtió en campo de batalla
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013
Hijo de sangre —¡Len, ni te imaginas! ¡Resulta que Matvéi y yo hemos decidido volver a Turquía el año que viene! —el padrastro brillaba de alegría—. Dice que necesita otra vez ese hotel con vistas al mar. ¿A dónde me voy a escapar yo de mi hijo de sangre? Cómo, sin querer, dejó claro que era precisamente su “hijo de sangre”. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo feliz que había sido antes de que Matvéi apareciera en su vida—. Hijo de sangre… Y siempre me dijiste que éramos una familia. Que no había diferencia entre ser hijo de sangre o no serlo. Eso decía. Que ella era su hija, y que daba igual si era de sangre o no. —Ya estás otra vez… ¡Len, no digas tonterías! ¡Tú eres mi hija, eso ni se discute! Sabes que te quiero como si fueras de mi sangre. Pero Matvéi… Él mismo no se dio cuenta de que acababa de confirmar lo que ella pensaba. —Matvéi es el hijo. Y yo, por lo visto, solo una conocida. —Len, ¿pero qué dices? ¡Si para mí eres como una hija de verdad! —Como una hija… ¿Y alguna vez me llevaste a mí al mar? ¿En estos quince años que te llamas mi padre? Nunca la llevó. Arturo repetía a menudo que no había diferencia entre ella y Matvéi, pero al oír cuánto hacía por el hijo, Elena comprendía que la diferencia era enorme. —No pudo ser, Len. Ya sabes que antes el dinero no abundaba. Ya no eres una niña: entiendes perfectamente lo que cuesta pasar dos semanas en un hotel cinco estrellas… Es caro. —Entiendo… —asintió Elena—. Gastos. Sale caro llevarme a mí. Pero en cambio, a Matvéi —del que te enteraste hace solo medio año— ya le quieres comprar un piso con hipoteca para que “pueda llevar a su futura esposa”. Eso, entiendo, son gastos insignificantes. Si se trata de un hijo. —No le estoy comprando ningún piso. ¿Quién te ha dicho eso? —Gente bienintencionada. —Dile a esa gente bienintencionada que no propaguen chismes. Elena se animó un poco. —¿De verdad que no? —Claro que no. ¡Ah, por cierto! ¿Sabes a dónde vamos el sábado? —y él mismo le respondió—: ¡A hacer karting! ¡En la uni participó hasta en carreras, y yo voy a acompañarle! —Karting… —repitió Elena—. Suena emocionante. —¡Y tanto! —¿Puedo ir con vosotros? —preguntó antes de pensarlo. Arturo, que no quería llevarla, empezó a balbucear: —Eeeh… Len… Te aburrirías allí. De verdad. Es una… cosa de chicos. Matvéi y yo queremos hablar de nuestras cosas, de padre e hijo. Qué dolor… —O sea, que para ti puede ser interesante y para mí, no. —No es exactamente eso… —Arturo se removía nervioso—. Es que, como no nos hemos visto nunca, queremos aprovechar y pasar tiempo juntos. Los dos solos, ¿sabes? Vaya si lo entendía. Ese “¿sabes?” era lo más cruel del nuevo vocabulario familiar. Había que entender que lo de sangre es prioritario. Había que entender que su sitio ahora estaba en la cuneta. Y es que Matvéi realmente era estupendo. Criado sin padre, porque su madre nunca quiso decirle a Arturo que tenía un hijo, Matvéi, pese a todo, era capaz de todo y había triunfado en todo. Inteligente, guapo, generoso. —Papá, he estado ayudando en una protectora. Reparando jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Aquella misma tarde, cuando Arturo, tras un rato más en casa de Elena, se marchó, ella estuvo ordenando viejas fotos… La boda de Arturo y su madre (su madre había muerto ya hacía cinco años, dejando solos a Elena y Arturo). Aquí estaban en la casa del pueblo… Aquí Elena el día que acabó sus estudios… Ya nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo que preguntarte algo urgente —el padrastro apareció a las ocho de la mañana. —¿Qué urgencia es esa? Elena se apartó el flequillo y puso la cafetera. —Es sobre la vivienda para Matvéi. —¿Entonces era verdad? —susurró ella. —Me sabe mal, pero sí… es verdad. —¿Y a mí me mentías? —No quería preocupar. Pero tengo que consultarlo contigo. Creo que hay que hacerlo rápido. Él querrá casarse, tarde o temprano. Y mientras es joven, al menos hay que ayudarle a tener su propio sitio. Porque ya sabes cómo lo pasé yo… —Pues pide la hipoteca entonces —escupió Elena, a quien no le apetecía hablar del piso de Matvéi. Qué bien le iba, oiga. —Sí, sí, ya lo sé. Pero sabes que mi historial con los bancos… no me van a dar el crédito. Y Matvéi merece que su padre, que no estuvo con él nunca, le compre un piso. —¿A qué quieres llegar? —¿Me ayudarías? Si te lo pido. —Depende de en qué. —Te explico. Tengo doscientos mil euros. Me da para la entrada. Pero el banco no me concede el crédito. A ti sí, tienes los papeles limpios. Lo firmamos a tu nombre, nos metemos en la hipoteca. Pero pagar pago yo. Por supuesto. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se rompió de una vez. Sí la había. Porque a quien se ponía en la diana era a Elena, no a Matvéi. —O sea, que para Matvéi es el piso, y para mí, la deuda. ¿Así es? Arturo negó con una sinceridad herida, como si la idea hubiera sido de Elena. —¡Qué cosas dices! ¡Pago yo! Solo hace falta que esté a nombre de alguien. Piénsalo… —Sabes, Arturo, no estoy pensando si firmo la hipoteca o no. Estoy pensando en que ya no me consideras hija. Ahora tienes un hijo. Que conoces de hace seis meses, y a mí de quince años… pero lo que cuenta es que él es de sangre. —¡No es verdad! —saltó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Len, eso es injusto! ¡Es que él sí es de sangre…! Fin del cuento. Ya no era hija. Era adoptada, útil, tolerada. Sirvió mientras no apareció un verdadero hijo. —Entiendo —Elena intentó ser educada—. No puedo, Arturo. Yo también querré comprarme un piso. Y una segunda hipoteca, seguro que no me la dan. Parecía que Arturo se acordaba en ese momento de que ella también tenía que buscarse la vida. —Ah, claro, tú también necesitarás… —se acomodó el reloj—. Pero ahora, antes de que hagas planes, podrías ayudarme. Tengo el dinero de la entrada. Y no me falta tanto por pedir. Son solo un par de años. —No. No voy a poner nada a mi nombre. Ni esperaba que Arturo entendiera. —Bien —dijo él—, si no puedes ayudarme como hija… pues no pasa nada. Me las arreglaré. Fuese o no realmente su hija algún día, ya no importaba. A Arturo solo le veía en las fotos. Una tarde, hojeando las redes, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matvéi. Ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano en el hombro de Matvéi, y el pie de foto: “Volando a Dubái con papá. La familia es lo primero”. La familia. Elena dejó el móvil. Recordó entonces un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Ella tenía unos cinco años. Vivían humildemente, y un día se le rompió la muñeca que le había regalado la abuela. Lloró, y su padre biológico le dijo: “Len, ¿por qué lloras por tonterías? ¡No me molestes!” Nunca se le podía molestar. Su interés era, sobre todo, la botella. Se podría decir que Elena nunca tuvo padre. Y pensó que Arturo se lo había suplido… Poco después, Arturo hizo otro intento de convencerla. —Len, deberíamos hacer algo con tu desconfianza… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te lo he dejado claro: no. —Es que no entiendes la situación. Matvéi… nunca supo que tenía padre. Hay que compensárselo. Es adulto. Necesita casa. A ti no te pido nada, solo que firmes, y te aseguro que tú no pagarás ni un euro. —¿Y quién compensará mis carencias? Y esto inesperadamente le molestó. —¡Lena, basta ya! No quiero discusiones. ¡Te quiero, de verdad! Pero entiende: Matvéi es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos, verás. Sí, os quiero de forma diferente, pero eso no significa que no te necesite. —Me necesitas. Como recurso. —¡Len, cálmate, exageras! —En seis meses te volcaste con él, Arturo —dijo Elena—. No te pido elegir. Y total, está claro. Dijiste la verdad: Matvéi es tu hijo de verdad. Yo… nunca lo fui. Pasaron seis meses. Arturo no llamó. Ni una sola vez. Un día, hojeando la misma red, apareció otra foto. Arturo y Matvéi. De fondo, unas montañas. Arturo llevaba ropa moderna de esquí. Leyenda: “¡Enseñando a papá a hacer snow! Ya es mayor, pero con su hijo, todo es posible”. Elena miró la foto durante mucho tiempo. Iba a ponerse con un informe cuando le llegó un mensaje. Número desconocido. “Hola, Elena. Soy Matvéi. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quería decirte que ya ha encontrado solución para lo del piso sin ti, y que está preocupado por ti. Y, además, que quiere que vengas con nosotros en el puente de mayo. No sabe cómo pedírtelo, pero le gustaría mucho.” Elena empezó a responder, borró y volvió a escribir varias veces. “Hola, Matvéi. Dile a Arturo que me alegro mucho de que esté bien. Y yo también pienso en él. Pero no iré. Tengo mis propios planes para el puente. Me voy al mar”. No precisó que los billetes los había comprado ella y que el mar no era Turquía, sino la Costa Brava. Y que no iba con su padre, sino con una amiga. Elena pulsó “enviar”. Y pensó que también podía ser feliz sin él.
Diario personal, 16 de marzo Elena, ¡ni te imaginas! decía mi padrastro con brillo en los ojos.
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014
Mi exmarido regresó para pedir perdón al enterarse de mi ascenso
¡Enhorabuena, Carmen Ruiz! Ahora eres directora regional. La silla todavía conserva el calor del anterior
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031
Y además comprendió que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La mañana del treinta de diciembre no se diferenciaba en nada de las demás de esos doce años que llevaba viviendo con Dimi en Madrid: como siempre, él se marchó de caza temprano y no volvería hasta el treinta y uno a la hora de comer, el hijo estaba en casa de la abuela y ella, Nati, otra vez sola en casa. Durante años se acostumbró a que Dimi, gran aficionado a la pesca y la caza, pasara todos los fines de semana y festivos en el monte, hiciera el tiempo que hiciera, y ella le esperase en casa. Pero hoy se sentía especialmente triste y sola. Normalmente, dedicaba esos días a limpiar o cocinar, siempre había algo que hacer. El fin de año lo pasarían, como siempre, en casa de su suegra, todos juntos, como tantas veces. Pero hoy, simplemente, no tenía ganas de hacer nada, ni le salían las cosas. El oportuno telefonazo de su mejor amiga de la infancia, Irene, le alegró el día. Tras algunas dudas, acabó yendo a su casa, donde se juntaron viejos amigos del colegio y Nati se lo pasó genial —sobre todo porque allí estaba Gracián, su primer amor de juventud. Fue una de esas noches en las que, entre risas y recuerdos, los sentimientos se desbordaron y acabó pasando la noche con él. Al volver a casa, Nati se llevó el susto de su vida al ver que Dimi había regresado antes de lo previsto. Temió lo peor, se culpó mil veces, pero justo entonces sonó el teléfono fijo: era su suegra, Zinaida, que con voz tranquila cubría su ausencia del modo más natural, como si de una confidente improvisada se tratase. Por la tarde fueron a casa de la suegra para celebrar la Nochevieja. Durante un momento a solas en la cocina, Nati quiso disculparse y dar las gracias, pero su suegra cortó la conversación: “Anda, déjalo. ¿Te crees que nunca he pasado por lo mismo? Mi Petru, igual que Dimi, siempre en el monte… Lo importante es que no se haga costumbre, ¿me entiendes?”. Nati comprendió, y se dio cuenta de que su suegra no era en realidad esa temida bruja, sino una mujer que lo entendía todo. Y así, la historia terminó bien, con Nati resuelta a no irse nunca más de casa sin su marido. Tomado de la red.
30 de diciembre Hoy me he despertado igual que todos los treinta de diciembre de los últimos doce años.
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