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047
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿o qué?… —murmuró Valera, ajustando el collar improvisado hecho con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se encogió de frío. Aquél febrero se había vuelto especialmente cruel: nieve, lluvia, viento que calaba hasta los huesos. Pelirrojo, un chucho callejero de pelo rojizo desvaído y un ojo ciego, había aparecido en su vida hacía justo un año, cuando Valera volvía de la fábrica después del turno de noche; lo encontró junto a los contenedores, apaleado, hambriento, y el ojo izquierdo cubierto de una opacidad blanquecina. La voz le taladró los nervios. Valera reconoció enseguida al que hablaba: Santi el Bizco, el “chungo” del barrio y con su cuadrilla de tres adolescentes. —¿De paseo, o qué? —respondió Valera sin mirar. —Y tú, abuelo, ¿pagas impuestos por pasear a ese bicho? —se burló uno de los chavales—. Pero mira qué feo, con el ojo torcido. Voló una piedra; le dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a las piernas de su dueño. —Déjame en paz —dijo Valera, con voz de acero. —¡Anda! ¡Don Manitas se atreve a hablar! —Santi se acercó—. ¿No te acuerdas de que este es mi barrio? Aquí los perros pasean con mi permiso. Valera se tensó. En el ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin dudar. Pero aquello fue hace treinta años. Ahora sólo era un mecánico jubilado al que no le apetecían líos. —Vámonos, Pelirrojo —susurró, volviendo hacia casa. —¡Eso, lárgate! —gritó Santi—. ¡Y la próxima vez, a tu monstruo sí que lo remato! Aquella noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente, cayó aguanieve. Valera aplazó el paseo cuanto pudo, pero Pelirrojo se sentaba junto a la puerta y le miraba con tanta devoción que tuvo que rendirse. —Vale, vale. Pero rápido. Evitaron los lugares habituales. Aquella panda no asomaba —el mal tiempo les habría puesto a cubierto. Valera ya se relajaba cuando Pelirrojo se detuvo junto a la vieja caldera abandonada. Enderezó su oreja sana, olfateó el aire. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí llegaban ruidos extraños— llanto, tal vez lamentos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Sin respuesta, sólo el viento. Pelirrojo tiraba del collar, inquieto. —¿Qué tienes? —Valera se agachó a su lado. Entonces oyó, clarísimo: —¡Ayuda! Se le heló el corazón. Liberó a Pelirrojo y siguió los pasos del perro. Entre los escombros, tras una pila de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años, la cara ensangrentada, el labio partido, la ropa hecha jirones. —¡Dios! —Valera se agachó—. ¿Qué te ha pasado? —¿Tío Valera?… ¿Eres tú? Entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés Mínguez, el hijo tímido de su vecina del quinto. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Santi y sus matones —sollozó Andrés—. Querían dinero de mamá. Les dije que lo contaría a la poli… Me cazaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde esta mañana… Mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y lo tapó. Pelirrojo se acurrucó junto a él, calentándolo. —¿Puedes ponerte en pie, Andrés? —Me duele la pierna… creo que está rota. Valera la palpó. Fractura confirmada. Y vete a saber qué más. —¿Tienes teléfono? —No… me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. Ambulancia en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Santi se entera de que estoy vivo? —Andrés temblaba de miedo—. Dijo que acabaría conmigo. —No lo va a hacer —respondió Valera, seguro—. No te tocarán más. El chico le miró sorprendido: —Tío Valera, si ayer tú mismo huiste de ellos… —Eso era distinto. Era sólo por mí y por Pelirrojo. Ahora… No siguió. ¿Qué decir? ¿Que hace tres décadas juró defender a los suyos? ¿Que en Afganistán aprendió que nunca se abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron en la puerta, pensando. Esa tarde, la madre de Andrés, doña Fina, fue a casa de Valera llorando; le dio las gracias mil veces, entre sollozos: —¡D. Valerio! Los médicos dicen que una hora más y no lo cuenta. ¡Le ha salvado la vida! —No le salvé yo —Valera acarició al perro—. Fue Pelirrojo el que lo encontró. —¿Y ahora, qué será de nosotros? —Fina miró asustada a la puerta—. Santi no se detendrá. El policía dice que de la palabra de un niño no se fía el juez… —Todo irá bien —prometió Valera, aunque él tampoco sabía cómo. Esa noche no pegó ojo, dándole vueltas a un plan. ¿Cómo defender a Andrés? ¿Y a los demás chavales del barrio que sufren lo mismo? A la mañana siguiente, la decisión brotó sola. Valera se enfundó su viejo uniforme militar —el de gala, con medallas—. Se miró al espejo; seguía pareciendo soldado. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos asunto. La panda de Santi merodeaba, como siempre, en el colmado. Al ver a Valera, se rieron. —¡Mira, el abuelo, vestido de carnaval! —gritó uno. Santi se incorporó, chulesco: —Venga, vejestorio, piérdete; tu época ya pasó. —La mía no ha hecho más que empezar —contestó Valera, firme. —¿Qué pintas aquí, disfrazado? —Sirvo a la patria. Protejo a los débiles de tipos como tú. —¿Andrés Mínguez te suena? La risa de Santi se heló. —¿A mí qué? —Te debería, porque es el último chaval al que vas a tocar. —¿Me estás amenazando, viejo? Santi avanzó. Bajo la chaqueta relució un cuchillo. —¡Te voy a enseñar yo quién manda! Valera se plantó. Los años pesan, pero la sangre de soldado se impone. —Aquí manda la ley. —¿La ley? —Santi agitaba el cuchillo—. ¿Quién te ha puesto al mando? —Mi conciencia. Entonces ocurrió lo inesperado. Pelirrojo, hasta entonces quieto, alzó el pelo del lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho qué? —iba a decir Santi. —Mi perro es veterano —le cortó Valera—. En Afganistán. Perros como este detectaban minas y pillaban bandidos. Exageraba, pero todos le creyeron. Hasta Pelirrojo parecía creérselo. —Veinte terroristas cazados —añadió Valera—. Y todos vivos. ¿Tú crees que no va a poder con un macarra drogata? Santi reculó; sus colegas, mudos. —Escúchame: desde hoy este barrio será seguro. Yo patrullaré cada rincón. Y mi perro irá conmigo, oliendo… a maleantes. Así que… Todos entendieron aunque él calló. —¿Me amenazas? —intentó Santi recuperar el tono. —Puedes llamar a quien quieras. Pero tengo contactos mucho más peligrosos que tú. Yo he conocido a mucha gente en… sitios peores. También mentía, pero resultaba convincente. —Me llaman Valerio el Afgano —remató—. No lo olvides. Y deja en paz a los críos. Se alejó con Pelirrojo a su lado, el perro con el rabo muy alto. Tras ellos, el silencio. Y durante tres días, la banda de Santi casi no apareció por el barrio. Desde entonces, Valera empezó a patrullar los portales cada día, Pelirrojo siempre serio y solemne. Andrés salió del hospital y fue a visitar a Valera. —¿Tío Valera, puedo acompañaros en las rondas? —Si tus padres te dejan. Fina estaba encantada. Así que cada noche, allí iban: un hombre mayor con uniforme, un chaval y un viejo perro rojizo. Pelirrojo gustaba a todos. Hasta las madres dejaban que los niños se le acercasen, aunque supieran que era “callejero”. Había en él algo de nobleza. Valera contaba anécdotas del ejército y la amistad verdadera. Y los chicos escuchaban, fascinados. —¿Tío Valera, tú alguna vez tuviste miedo? —preguntó Andrés una noche. —Mucho —contestó Valera. —¿Y ahora, a qué temes? —A no llegar a tiempo, hijo. A estar demasiado cansado. Andrés acarició al perro: —Cuando crezca, seré como tú. Y tendré un perro igual de listo. —Claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo movió la cola. Y en el barrio todos decían: “Ese es el perro de Valerio el Afgano; distingue a los héroes de los sinvergüenzas”. Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era sólo un chucho callejero. Era un guardián.
Bueno, Chispa, vamos, ¿no? murmura Valerio, ajustando una correa improvisada hecha de una cuerda vieja.
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027
La Mamá Perfecta que Todos Quisiéramos Tener
Papá, tengo que hablar serio con usted empezó la nuera, Nuria, cuando llegó al pueblo de los padres de
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044
El hijo no está preparado para ser padre… — ¡Descarada! ¡Malagradecida, cerda! — chillaba la madre a su hija Natalia, sin importarle quién escuchara. La tripita redondeada de la joven no calmaba la furia materna, sino que la avivaba aún más. — ¡Vete de casa y no vuelvas jamás! ¡Que no te vea nunca más! La madre realmente la echó. Ya antes había mandado a Natalia a la calle por otros percances, pero por “meterse en líos”, le dijo que solo regresara cuando estuviera todo resuelto. Llorando a mares y con una maleta pequeña, Natalia fue a ver a su novio, que la recibió hecho un lío. Resultó que Nazario ni siquiera había contado a sus padres que iba a ser padre. La madre de Nazario preguntó de inmediato si era tarde para hacer algo. Por supuesto, ya era tarde: la barriga era más que evidente. Natalia, en estado de shock, aceptó cualquier ayuda, aunque un mes antes se oponía firmemente a la idea de su madre. Pero ahora la desesperación y el miedo al futuro la consumían. — Mi hijo no está preparado para ser padre — dijo la madre de Nazario, tajante. — Es joven, arruinarías su vida. Te ayudaremos en lo que podamos. Por ahora, he pedido a una amiga que te busque sitio en un centro de acogida para embarazadas como tú, chicas perdidas y sin apoyo. En el centro le asignaron una habitación y Natalia pudo, por fin, respirar, calmarse y descansar. Nadie la agobiaba y recibía apoyo psicológico para prepararse para el parto. Cuando por fin tuvo a su hija en brazos, Natalia sintió miedo y pánico, pero luego empezó a fijarse en aquella pequeña criatura: su milagro. Llegaba la Navidad, pero en vez de noticias felices le avisaron de que debía buscarse otro sitio, que había lista de espera para ocupar su habitación. Natalia, con la pequeña Eva en brazos, de apenas un mes, no sabía cómo sobrevivirían juntas: dónde conseguir dinero, dónde dormir. El corazón de la madre de Natalia no se ablandó; nunca quiso mirar siquiera a su nieta y las borró a ambas de su vida. — Qué triste es nuestro Nochebuena, pequeñita… — susurró Natalia a su hija. Adoraba la Navidad. De niña salía a pedir el aguinaldo, conocía todos los villancicos, y por estas fechas solía ganar buen dinero recorriendo el barrio cantando con otros niños. Deseó volver a sentir esa alegría — ir de casa en casa, cantar villancicos, vivir el ambiente festivo. “¿Por qué no? Mi niña es tranquila, la abrigo bien, la llevo pegada a mí y salgo a cantar. Si no me abren la puerta, allá ellos”. Al día siguiente eligió un barrio residencial y tranquilo para su recorrido. Como imaginaba, eran reacios a abrir a una “villanciquera” poco habitual: la costumbre era recibir a chicos. Aun así, en varias casas pudo entrar y cantó con tanta emoción y sinceridad que la recompensaron con dinero y dulces. Algunos se enternecían al ver al bebé. Sabían que no era por gusto que una joven madre salía a pedir por las casas. Era agotador ir de casa en casa. “Miro esa villa y acabo. Parece de gente adinerada, quizás recibamos un buen regalo”, pensaba Natalia. El montoncito de dinero le daba cierto consuelo. — ¿Me permite cantarle unos villancicos? — preguntó al dueño al abrir la puerta. Pero el comportamiento del hombre la desconcertó. Al dejarla entrar, la miró fijamente, luego observó al bebé, palideció y se dejó caer, tembloroso, en el sofá. — ¿Nieves? — preguntó en voz baja. — ¿Perdone? No, soy Natalia… Debe confundirme con otra persona. — ¿Natalia?… Es que te pareces muchísimo a mi mujer… Y tu niña… También tuve una hija así… Pero murieron… Fue un accidente. Y el otro día soñé que volvían las dos… y ahora estáis aquí… ¿Será posible? — Yo… no sé qué decir… — Pase, por favor. No se corte. Cuénteme su historia… Al principio, Natalia se asustó del desconocido, pero pronto pensó que tampoco tenía a dónde ir. Entró en la sala, vio en la pared una foto de una mujer y una niña: la esposa fallecida era increíblemente parecida a ella… Entonces Natalia empezó a contar su propia historia, detallada y sincera, como jamás había contado a nadie. Por fin, alguien la escuchaba de verdad. El hombre la oía en silencio, atento, mirando de vez en cuando a la pequeña, que dormía plácidamente y sonreía entre sueños, como si presintiera que por fin estaban en el hogar que pronto sería suyo…
El hijo no estaba preparado para ser padre… ¡Descarada! ¡Maldita desagradecida! le chillaba su
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072
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de eso, él apagó la luz. —Todavía hay suficiente luz y no hace falta gastar electricidad— gruñó Iván con cara de pocos amigos. —Quería poner la lavadora— respondió Valeria. —La pondrás por la noche— contestó Iván seco— Cuando la electricidad es más barata. Y no hace falta abrir tanto el grifo cuando uses el agua. Gastas demasiado, Valeria. Muchísimo. Así no puede ser. ¿De verdad no entiendes que así tiras nuestro dinero por el desagüe? Iván bajó la presión del grifo. Valeria miró a su marido con tristeza, apagó el agua, se secó las manos y se sentó a la mesa. —Iván, ¿has intentado alguna vez mirarte desde fuera?— preguntó ella. —Cada día, no hago otra cosa— respondió Iván con rabia. —¿Y qué puedes decir de ti?— insistió Valeria. —¿Como persona?— preguntó Iván. —Como marido y como padre. —Marido como marido, padre como padre— contestó Iván— Normal. Como todo el mundo. Ni mejor ni peor. ¿Por qué me acosas? —¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú?— le recriminó Valeria. —¿Qué pretendes? ¿Quieres discutir?— dijo Iván. Valeria sabía que no había vuelta atrás y que tenía que seguir la conversación hasta que él, al fin, comprendiera que vivir con él era un suplicio. —¿Sabes por qué no me has dejado todavía, Iván?— preguntó ella. —¿Y por qué tendría que dejarte?— respondió Iván, esbozando una sonrisa torcida. —Al menos porque no me quieres. Ni a mí, ni a nuestros hijos— respondió Valeria. Iván quiso replicar, pero Valeria continuó. —No digas que no es verdad. No quieres a nadie. Ni vale la pena discutirlo, no hay que perder tiempo. Yo quería hablarte de otra cosa: de por qué aún no nos has dejado. —¿Y por qué?— preguntó Iván. —Por tu tacañería, Iván. Porque eres tan sumamente avaro que separarte de mí sería para ti una pérdida económica enorme. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿En qué se han invertido todos estos años? ¿Qué hemos logrado? Al margen de casarnos y tener hijos, ¿qué hemos conseguido en estos quince años? —Aún nos queda toda la vida, Valeria— dijo Iván. —No, Iván— corrigió Valeria— No toda. Solo lo que queda. Durante todo este tiempo, Iván, nunca hemos ido de vacaciones al mar. Nunca. Ni siquiera dentro de España, ya no digo al extranjero. Siempre de vacaciones en la ciudad. Ni una vez hemos ido siquiera a recoger setas al campo. ¿Por qué? Porque es caro. —Porque ahorramos para el futuro— argumentó Iván. —¿Ahorramos? ¿O tú ahorras?— inquirió Valeria. —Es para vosotros— insistió Iván. —¿Para nosotros?— repitió Valeria, muy seria— ¿De verdad para mí y para los niños? ¿Quince años dedicados a reunir cada mes mi dinero y el tuyo en una cuenta para nosotros? —Claro. ¿Sabes cuánto tenemos ahorrado?— presumió Iván. —¿Tenemos? ¿O tienes tú? A ver…, vamos a comprobarlo. Dame dinero para comprar ropa para mí y los niños. Hace quince años que visto lo mismo con lo que me casé o la ropa que me pasa tu cuñada. Igual que los niños, siempre heredan de sus primos. ¡Y lo más importante! Voy a alquilarme por fin un piso propio, porque estoy harta de vivir en casa de tu madre. —Mi madre nos ha dado dos habitaciones— respondió Iván. No te quejes de ella. Y ¿para qué gastar en ropa para los niños si los hijos de mi hermano mayor ya crecieron y su ropa les sirve? —¿Y yo? ¿De quién heredo la ropa? ¿De tu cuñada? —¿Y para quién vas a arreglarte?— protestó Iván— Es ridículo. Eres madre de dos hijos, ya tienes treinta y cinco años. No deberías pensar en trapitos. —¿Y en qué debería pensar?— replicó Valeria. —En el sentido de la vida— respondió Iván. En cosas más importantes que ropa, piso y demás chorradas. En el desarrollo personal, en lo verdaderamente valioso. —Ya veo— ironizó Valeria— Por eso guardas todo el dinero en tu cuenta y no nos das nada. Para nuestro feliz futuro. Para que crezcamos espiritualmente. ¿Es así? —Porque no se os puede confiar nada— gritó Iván— Os lo gastaríais todo de golpe. ¿Y si pasa algo? ¿De qué viviríamos? —¿De qué viviríamos si pasa algo? Muy bueno, Iván. ¡Pero dime, cuándo vamos a empezar eso de “vivir”? ¿No ves que ya vivimos como si ese “si pasa algo” hubiera ocurrido? Iván la miraba con odio. Valeria siguió. —Hasta en el jabón, el papel higiénico y las servilletas ahorras. Te traes el jabón y la crema del trabajo. —Un euro ahorrado, un euro ganado— gruñó Iván— Todo empieza por las pequeñas cosas… —¿Al menos podrías decirme cuánto más vamos a aguantar así? ¿Diez, quince, veinte años más? ¿Cuándo vas a parar de ahorrar para que podamos vivir como personas? ¿Ahora con treinta y cinco años es demasiado pronto? ¿Quizás a los cuarenta podré tener papel higiénico bueno? Iván callaba. —Déjame adivinar— continuó Valeria— ¿Cuarenta? ¿No? ¿Cincuenta quizás? Y si gastamos antes en papel higiénico bueno y luego nos arruinamos, ¿qué? Mejor seguir esperando. ¿Sesenta? Quizás entonces podremos empezar de verdad… Iván seguía callado. —¿Y si no llegamos a los sesenta?— preguntó Valeria preocupada— Comemos fatal, porque tu tacañería no nos deja comprar bueno y encima comemos demasiado de cosas baratas que llenan pero no alimentan. ¿No te has planteado que eso es malo? Pero lo peor, Iván, es que estamos siempre de mal humor y así no se vive mucho tiempo. —Si nos vamos de casa de mi madre y comemos bien, no podremos ahorrar— señaló Iván. —Cierto— convino Valeria— Por eso me voy de ti. Estoy harta de ahorrar. No quiero seguir haciéndolo. A ti te gusta, a mí no. —¿Y cómo vas a vivir?— se escandalizó Iván. —Como sea— contestó Valeria— No peor que ahora. Alquilaré un piso para mí y para nuestros hijos. Mi sueldo es igual al tuyo. Me llegará para ropa, comida… Y lo mejor de todo, no tendré que aguantarte hablando de ahorrar luz, gas o agua. Pondré la lavadora de día, y no me angustiaré si me olvido una luz encendida. Comprar é el mejor papel higiénico y siempre habrá servilletas en mi mesa. Y me compraré lo que me apetezca sin esperar rebajas. —¡No vas a poder ahorrar nada!— gritó Iván. —¿Por qué no? Muy bien podré. Tus pensiones para los niños, eso ahorraré. Aunque… tienes razón, Iván, probablemente no ahorre nada. No porque no pueda, sino porque no quiero. Gastaré todo. Incluso tu dinero. Viviré de nómina en nómina. Y los fines de semana los niños se quedarán contigo y con tu madre. ¡Imagínate el ahorro para mí! Mientras, yo iré al teatro, al restaurante, a exposiciones… E incluso iré a la playa. Aún no he decidido adónde, pero lo haré cuando por fin me libre de ti. A Iván le dio un vuelco el corazón. No por Valeria ni por los niños, sino por él mismo. Mentalmente calculó cuánto le quedaría tras la pensión alimenticia y los gastos de los fines de semana. Pero lo peor era que Valeria gastaría dinero en viajes. En SU dinero. —No te he dicho lo mejor, Iván— continuó Valeria— El dinero de la cuenta lo vamos a dividir. —¿Dividir? ¿Cómo?— no entendía Iván. —A medias— respondió Valeria— ¿Cuánto has acumulado en quince años? Seguro que una buena suma. La voy a gastar. No voy a ahorrar para vivir, Iván. Voy a vivir ahora. Iván movía los labios sin lograr articular palabra. Estaba paralizado por el terror de lo que acababa de oír. —¿Sabes cuál es mi sueño, Iván?— concluyó Valeria— Que cuando me toque irme de este mundo, no me quede ni un euro en la cuenta. Así sabré que me lo he gastado todo disfrutando de la vida. Dos meses después, Iván y Valeria se divorciaron.
Marina friega los platos en la cocina cuando entra Javier. Antes apaga la luz de la estancia.
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037
Una nueva familia vale más que la antigua: La madre que lo dio todo por su hijo, una boda de ensueño en Madrid y una nuera intrigante que acabó destruyendo la armonía familiar, hasta que la inesperada herencia cambió el destino de todos
Una nueva familia vale más que la antigua Mamá, te presento a Inés, mi prometida anunció Rodrigo desde
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05
VETERINARIO: Cuidando a Nuestros Amigos de Cuatro Patas
Cuando me piden cuidar al gato, a ver si con los años no se le ha ido la cabeza, primero no miro al felino
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027
Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida comenzaron las convulsiones. Su cuerpo se arqueaba con tal violencia que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía, y luego corrió hacia su hija, conteniendo el temblor. Lera se atragantaba con espuma, la respiración se desacompasaba como si la asfixiaran desde dentro. Irene intentó abrirle la boca—los dedos resbalaban, no respondían, pero al final lo logró. La niña de pronto se derrumbó, cayó inconsciente. Cinco o diez minutos—nadie podría decir cuántos; el tiempo fluía no en segundos, sino al ritmo de los latidos de Irene, resonando en sus sienes. Ella vigilaba que la lengua no bloquease la garganta y sostenía la cabeza de Lera cuando las convulsiones sacudían peor que una descarga eléctrica. Irene no percibía nada, sólo una obsesión: Lera tiene que volver a respirar. Lera tiene que regresar. Gritaba—al pasillo, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba el nombre de su hija al teléfono de emergencias 112 con tal desesperación que parecía que aquel grito era lo único que la mantenía viva. Cuando llamó a Marcos, Irene, entre sollozos, sólo consiguió balbucear: —Lera… Lera casi se nos muere… Pero a través del teléfono, Marcos entendió otra cosa—sólo captó una palabra, corta, devastadora: muerta. Se llevó la mano al pecho, sintiendo una punzada aguda, como si le hubieran clavado un cuchillo ardiente. Las piernas le fallaron y se dejó caer despacio, casi sin hacer ruido, al suelo, como si en su interior se hubiera vaciado todo—fuerzas, esperanza, futuro… Intentaron levantarle, sostenerle de los codos, pero su cuerpo no respondía. Alguien le acercó gotas, otro un vaso de agua, alguien le dio unas palmaditas en la espalda—todos murmuraban palabras reconfortantes, pero todo chocaba contra su desesperación, igual que las olas contra un dique. Marcos era incapaz de recomponerse. Los dedos le temblaban, el vaso castañeaba contra sus dientes, y de su garganta sólo brotaban retazos incomprensibles: —Mu…mu…muerta… Le… Le…ra… mu… muerta… Los labios se le pusieron blancos, la respiración irregular, las manos ajenas. El jefe, Don Víctor, sin perder ni un segundo, le sujetó por debajo de los brazos y casi le arrastró a su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe y todo resonó en el interior. —¿A dónde? ¿A dónde vamos?—gritaba, intentando que Marcos reaccionase. Él se sentaba como un ciego, con los ojos muy abiertos sin comprender. Tardó en responder; parecía atascado entre el mundo real y la pesadilla. —Al hospital… infantil municipal…—consiguió decir, cada palabra un puñal, una lucha contra el miedo y la garganta desgarrada por la angustia. El hospital estaba lejos—demasiado lejos para quien acaba de escuchar la peor palabra del mundo. Don Víctor pisó el acelerador; el todoterreno cambiaba de carril sin sentido y los semáforos se volvían manchas de color. ¡Rojo, verde—qué más daba ya! En un cruce, un coche negro les salió de repente; sólo unos centímetros les separaron del impacto. Don Víctor giró en seco, el coche derrapó, los neumáticos chirriaron y saltaron chispas bajo los frenos. El otro coche desapareció, dejando sólo olor a goma quemada y la sensación de que la muerte había pasado demasiado cerca, rozándolos. Marcos no se dio cuenta. Lloraba sin parar, encorvado, mordiéndose el puño para no derrumbarse de dolor. Y entonces… un fogonazo. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos: Lera, con tres años, enferma de anginas, el termómetro marcando cifras de miedo. La ambulancia le pone una inyección, recomiendan supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, empapada en sudor y con lágrimas. Irene lleva media hora tratando de convencerla. Lera solloza, se frota los ojos y por fin se rinde: —Vale, ponla… pero que no la enciendas, ¿eh? Entonces, Marcos casi se cae de la risa: hacía unos días habían ido a la iglesia y la niña recordaba que allí se encienden velas. Don Víctor salió a la avenida—larga, fría y repleta de luces nocturnas. La memoria volvió a golpearle: Semanas después, Lera trepando al armario. Una pequeña mona—ágil y traviesa. Casi llega al techo, chillando de orgullo, hasta que el armario se inclina y cae con estrépito. Irene grita, Marcos corre, pero llega tarde. El golpe estremece toda la casa. Lera sobrevivió: moratones, lágrimas, susto y una enorme tableta de chocolate para consolarla. Al ver el chocolate, la niña se calma de repente, como si alguien accionara un interruptor invisible. Se limpia la nariz y pregunta: —¿Puedo tomar dos mejor? Para ella, el chocolate era su botón de emergencia de la felicidad. Marcos pensó entonces que si en los hospitales repartieran chocolate, la humanidad ya habría descubierto la inmortalidad. Después… La calma en casa, la lámpara suave por la tarde. Irene dice: —Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Lera, seria como nunca, pregunta: —¿Pero… en el culo? Irene se tapa la cara… y Lera los mira como diciendo: “¿Y ahora, de qué os reís?”. En el coche, la frase vuelve a golpearle en el corazón. Porque era en esas tonterías donde residía toda la vida. La vida de ella. El jefe consiguió llevar por fin a Marcos al hospital. Aparcó a trompicones, como temiendo perder un segundo más. —Está viva, Lera está viva,—fue lo primero que escuchó Marcos—la llevaron corriendo a cuidados intensivos; los médicos llevan horas sin decir nada. Dejaron pasar a Irene. A Marcos sólo le quedaba esperar y rezar… ——- Era la una de la madrugada—hora en la que el mundo parece pararse, tornarse infinitamente solitario. Marcos levantó la mirada buscando con los ojos la ventana de la segunda planta donde su niña luchaba por su vida. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Impasible, brazos pegados al cuerpo, la mirada perdida a través del cristal, fija en él. Ni gestos, ni suspiros, ni ganas de contestar el teléfono. Él agitó la mano, como si pudiera espantar así el miedo que los envolvía. Llamó: ella no contestó. Solo miraba, como la sombra del amor, que teme desaparecer si se mueve. Entonces sonó su móvil. Breve y agudo. Le dijeron: —Pase dentro. Y colgaron. El pánico le envolvió tanto que el aire se volvió espeso. Intentó levantarse, pero las piernas no respondían. El cuerpo se negaba moverle—como si el suelo quisiera retenerlo, no dejarle entrar… para que no oyera lo más temido. Sabía que debía ir, pero estaba paralizado por el miedo. En ese momento, apareció una enfermera. Joven, agotada, con unos zuecos blandos muy gastados. Se acercó. Marcos miró y se le derrumbó el mundo. Ya está. Fin. Ahora lo dirá. La enfermera se inclinó y le habló con la solemnidad del que dicta una sentencia—pero esta vez luminosa: —Va a vivir. Ya ha pasado el peligro. Y el mundo titubeó. Los labios temblaron, se tornaron ajenos, como de otro. Quiso hablar, aunque sólo fuera decir “gracias”, aunque fuera un “Dios mío”, aunque sólo fuera respirar, pero sólo le temblaban las comisuras, las manos y unas lágrimas calientes y vivas le surcaban la cara. —– Tras esa noche, para Marcos casi nada volvió a tener importancia. Ya no temía perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni mostrarse torpe. Lo único que de verdad le sostenía era el recuerdo de esa noche. Saber que el mundo puede acabarse en un segundo. Saber lo fácil que es perder a quien te hace mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si una fina línea de miedo separara el mundo de Antes y el de Después. Todos los demás temores se diluyeron, ahogados por el silencio después del auténtico susto.
Lo más importante La fiebre de Lucía se disparó en cuestión de minutos. El termómetro llegó a 40.
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026
— ¡Otra vez está relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro de en medio! Nuria contemplaba con fastidio a Teo, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió acabar con un chucho tan desastre? Se lo pensaron tanto, mirando razas, consultando con adiestradores. Comprendían la responsabilidad. Al final, decidieron traer un pastor alemán, para tener un amigo fiel, un buen guardián y un defensor del hogar. Como un champú de esos: todo en uno. Solo que a este supuesto protector había que salvarlo hasta de los gatos… — Que es muy cachorro aún, espera a que crezca y verás. — Ya. Estoy deseando ver cuándo ese caballo termina de crecer. ¿Has notado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, burro, que vas a despertar a la niña! — rezongaba Nuria mientras recogía los zapatos desperdigados por Teo. Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo de un señor edificio antiguo, con ventanas bajas, casi pegadas al asfalto. Era buen sitio, si no fuera por una pega: las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches se movían sombras, se reunían algunos para beber y, a veces, había broncas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién llegada Lucía. Maxi se iba temprano a trabajar al Museo del Prado y, en su tiempo libre, recorría el Rastro y las tiendas de libros de viejo. Su ojo de historiador del arte –el mejor, decía Nuria bromeando– encontraba tesoros insospechados: cuadros, libros raros, cacharros antiguos. Maxi era un apasionado coleccionista. Sin darse cuenta, habían llenado el piso de pinturas, porcelanas españolas de los años sesenta, figuritas de realismo social y cubertería de plata. A Nuria le inquietaba quedarse sola tantas horas con ese tesoro y una niña pequeña, y los robos no eran raros en la finca. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Teo a pasear, ahora o después de comer? — No sé. ¡Y la verdad es que no es asunto mío de perros! Teo, al oír el ansiado “pasear”, salió disparado al recibidor, casi derrapando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Un caballo, no un perro. Quiere a todos, saluda a todo el mundo, les lleva la pelota, menos a los invitados: por ahí no pasan. Un alma abierta, muy campechano, aunque lo trajeron para guarda… ¡y resulta que ni persigue a los gatos del patio! Va hacia ellos feliz, pelota en boca, pensando que va a jugar, y claro, lleva dos hostias en el morro. Los gatos del patio sí son duros, a esos habría que haberlos traído de guardianes… Mañana otra vez sola en casa. El marido se va a Aranjuez a la Feria de los Pintores, ¿y ella? ¿Guardar la porcelana y pasear con el orejudo? Por si no hubiese bastante… Al amanecer, Maxi se levantó en silencio para no despertar a su mujer. ¿Pero cómo? Nuria escuchó cómo silbaba la tetera, el tintineo de la correa, las susurrantes órdenes a Teo para que no gimoteara ni pisara fuerte. Con esos ruidos de fondo, se quedó dormida, y cuando Lucía la despertó, Maxi ya no estaba. La jornada comenzó como siempre. Una mañana tranquila, normal. ¿Acaso no es eso ser feliz? Las amigas decían: “Nuria, te has casado muy joven, tirando entre esposo y niña, metida todo el día en casa, atrapada por la rutina…” Pero, ¿no tiene la vida cotidiana su encanto? Puede que no todo saliese como soñaba: fastidiaba la falta de espacio, el dinero justo y, sobre todo, esa pasión de Maxi por coleccionar, que devoraba tantos ahorros… Ahora, el amigo de cuatro patas lo había traído él, pero quien tenía que bregar con él era Nuria. Pero sabía que a los que uno quiere hay que quererlos enteros, con sus virtudes y defectos. Nadie promete la perfección. Cuando comprendió esa simple verdad, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de llorar por lo que faltaba. Sentada en la habitación de la niña, daba el pecho a Lucía, que siempre se dormía mamando y tocaba esperar a que despertara para seguir. Sonó el timbre, pero Nuria no acudió. No esperaba a nadie y, sin aviso, nadie cruza Madrid para visitarla. Eran sus preciadas horas matutinas, cómo las disfrutaba. En casa solo sonaba el tictac del reloj antiguo y, por la ventana, el rumor de la ciudad: el trolebús, los coches, la escoba del barrendero, voces infantiles… ¿Y el orejudo? ¿Hace rato que no aparece? Claro que de orejudo nada, las tiene bien tiesas, solo que de carácter era un poco zoquete. Ahora a vivir con él, a darle de comer, sacarle, y para nada. ¿No habría acertado más con un bichón? Nuria se quedó embobada mirando a Lucía, que tras mamar se había soltado del pecho como una sanguijuela saciada. ¡Qué niña les había salido! Mi tesoro, susurraba, acostándola. Crece, hija… ¿qué más necesitamos? En ese momento, un ruido extraño le llegó desde el salón. Como un crujido, como un chasquido. Se quedó quieta. El ruido se repitió. Sin respirar, se descalzó y fue resbalando en silencio al salón. Lo primero que le inquietó fue la espalda de Teo. Estaba como escondido tras la cortina que separaba la entrada del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, en postura tensa, con la lengua fuera, observaba el fondo de la habitación. Nuria siguió la dirección de la mirada y se le heló la sangre: en la ventana, o más bien en la ventanilla, asomaba medio hombre. Una cabeza rapada y patibularia, brazos y hombros dentro del cuarto, y el tipo forcejeando para empujar su cuerpo flaco hacia el interior. Nuria no podía creerlo. ¡Eso no le estaba pasando a ella! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El tipo casi dentro! Un segundo, y… Un alarido la sobresaltó. Una sombra negra saltó hacia la ventana y solo entonces comprendió que era Teo. De un salto subió al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. —¡Aaaay!— chilló el hombre con voz ronca, desorbitado, a punto de caérsele los ojos. Nuria corrió al descansillo a pedir ayuda a los vecinos, y a partir de ahí, el miedo pasó. Acudió todo el mundo, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque poco podían hacer: su compañía era lo mejor. ¿Qué habría hecho ella sola? Al volver a mirar al intruso, temió que Teo acabara por morderle de verdad en la garganta. ¡Solo faltaba eso! Pero Teo, tan listo, le había mordido por el cuello de la camisa, sujetándole fuerte pero sin hacerle sangre. Solo apretaba si el hombre forcejeaba, en cuanto se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? Ese tontorrón de la pelota actuaba como un profesional. Oyó el ruido, fue a mirar y ni ladró. ¿Por qué? Lo natural sería ladrar. Pero prefirió esconderse y esperar. Dejó que el ladrón entrara justo hasta atascarse, así no podría escapar y entonces saltó encima y le sujetó como un experto: sin herir, sin ahogar. Lo suyo era detener, lo demás, que lo resolviera la justicia. Ni los policías más veteranos recordaban ver a un ladrón tan feliz de dejarse detener. El tipo lo había pasado tan mal con Teo que se rindió enseguida, pero el perro se resistía a dejar su trofeo. Tan metido estaba en su papel y tan orgulloso estaba, que hubo que convencerle hasta que llegó el entrenador de la policía. Dio una orden y Teo soltó inmediatamente. Escupido el ladrón, el perro se sentó ante la ventana y miró al agente como diciendo: “A sus órdenes, señor”. Solo le faltó hacer el saludo. — Qué suerte tienes con este perro, —dijo el agente, dándole unas palmaditas—. Uno así nos vendría bien en la patrulla… Esa noche Maxi llegó muy tarde. Abrió la puerta con sigilo y se quedó pasmado en el umbral. Y tenía motivos. Primero: Teo estaba tumbado en el sofá, absolutamente prohibido. Segundo: estirado de espaldas, pata arriba, en la postura más desvergonzada y relajada, mientras Nuria le rascaba la barriga y lo mimaba, casi dándole besos, diciendo: “¡Ay, mi alegría, polluelito, caballito mío! Crece y disfruta, que nos das a papá y a mamá muchas alegrías. ¡Qué mala fui contigo, no te lo merecías, no te enfades conmigo!” Esta historia me la contó un día en Aranjuez el verdadero protagonista: Maxi, el historiador del arte. Teo lo habría contado aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón a la policía. De esto hace ya años, pero la historia sigue viva, siento a Teo rascar la puerta pidiendo salir, así que he querido compartirla con vosotros…
¡Otra vez se está lamiendo! ¡Javier, quita al perro! Lucía miraba, frustrada, a Trufo, que saltaba a
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