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013
La bondad siempre vuelve…
Querido diario, Hoy, a las cinco de la mañana, Elena y yo ya estábamos en la carretera con nuestras niñas
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065
Cuando la esposa hace las maletas y desaparece: una historia sobre secretos familiares, manipulación y el valor de romper el silencio en una familia madrileña
La esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro Deja ya de hacerte la santa. Todo se arreglará.
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091
Nos mudamos a vuestro piso — La de Olga es un piso estupendo en pleno centro. Reformado de arriba a abajo, entras a vivir y a disfrutar. — Es un piso ideal para una chica sola —sonrió Rústam condescendiente a Inés, como si hablara con una niña—. Pero nosotros pensamos en tener dos, o mejor aún, tres hijos. Seguidos, uno tras otro. En el centro hay mucho jaleo, apenas se puede respirar y no hay donde aparcar. Y lo más importante, solo tiene dos habitaciones. Aquí, en cambio, tenéis tres, y este barrio es muy tranquilo, con guardería en el portal. — El barrio es buenísimo, la verdad —confirmó Sergio, sin comprender aún adónde quería llegar el futuro yerno—. Por eso nos quedamos por aquí. — ¡Eso es! —chasqueó los dedos Rústam—. Y le digo a Olga: ¿para qué vamos a apretujarnos teniendo una solución perfecta? Vosotros tres, con vuestra hija, tenéis de sobra con este espacio. ¿Para qué queréis tanto? Si ni usáis una de las habitaciones: la tenéis como trastero. Y a nosotros nos va al pelo. Inés trataba de meter la aspiradora en el armario estrecho del recibidor. La aspiradora se resistía, se enredaba con el tubo entre las perchas y no quería ponerse en su sitio. — Sergio, ¡échame una mano! —gritó hacia la habitación—. O el armario se ha encogido, o yo ya no sé guardar las cosas. Sergio se asomó desde el baño, donde acababa de trastear con el grifo. Siempre tranquilo, algo pausado, era la antítesis de su mujer. — Ahora mismo, Inés. Dame eso para acá. Agarró el aparato pesado con destreza y lo encajó de un golpe al fondo del armario. Inés suspiró y se apoyó en el marco de la puerta. — Dime, ¿por qué nunca tenemos suficiente espacio? Si el piso es grande, son tres habitaciones, pero cada vez que limpiamos parece que hay que sacar todo a la calle. — Porque eres una acumuladora nata —rió Sergio—. ¿Para qué queremos tres vajillas? Solo usamos una, y eso, dos veces al año. — Que estén, es un recuerdo. Era el piso de la abuela. Tras la boda, los padres de Sergio repartieron la herencia justamente: a él le tocó este piso amplio de tres habitaciones en una finca señorial y tranquila, el de la abuela; a su hermana Olalla, el de dos habitaciones, pero en pleno centro, en la zona “prime”. Por dinero, ambos pisos valían más o menos igual. Cinco años conviviendo en armonía y sin envidia alguna. Inés creía ingenuamente que así sería siempre, pero… *** Terminaron de limpiar, recogieron todo y al fin se sentaron a descansar. Habían puesto la tele cuando sonó el timbre. Sergio fue a abrir. — Olalla y su novio —le dijo a su mujer tras mirar por la mirilla. Entró primero Olalla como un torbellino. Luego, pisando fuerte, Rústam. Inés lo había visto un par de veces, desde que Olalla lo conoció hacía seis meses en algún gimnasio. Nunca le cayó bien: presumido, altivo, siempre mirando por encima del hombro a todos, incluido Sergio. — ¡Hola! —Olalla dio un beso a su hermano y abrazó a Inés—. Pasábamos cerca y teníamos que contarte nuestra noticia. — Bueno, pasad, ya que estáis. Las noticias siempre son bienvenidas —Sergio les hizo señas hacia la cocina—. ¿Queréis un té? — Mejor un vaso de agua, —cortó Rústam. — Vamos al grano, Sergio. Lo cierto es que no veníamos de paso por casualidad. Tenemos que tratar un asunto contigo. Olvídate del té y siéntate. Inés sintió un escalofrío –el tono de Rústam le inquietaba–. ¿Qué querían ahora? — A ver, dispara —Sergio se encogió de hombros. Olalla fingía no estar allí, entretenida con el móvil y dejando la palabra a su novio. Rústam carraspeó. — El tema es este. Olalla y yo hemos echado los papeles en el registro. Nos casamos dentro de tres meses. Como imaginarás, tengo planes muy serios. Familia, convivencia, felicidad. Pensando en nuestro futuro, hemos estado hablando de nuestra situación con la vivienda… Así que os lo decimos claro: ¡Nos mudamos aquí y vosotros os vais al piso de Olalla! A Inés se le quedó la cara de pasta. Primero miró a su marido, luego a su cuñada, que ni levantó la vista del Instagram. — Rústam, no lo pillo —Sergio frunció el ceño—. ¿Qué insinúas? — No insinúo nada. Propongo una solución práctica: nos cambiamos los pisos. Nosotros venimos aquí, vosotros al piso del centro de Olalla. Olalla está totalmente de acuerdo; creemos que así es lo justo. A Inés se le volvía a desencajar la cara. — ¿Justo? —repitió—. ¿Hablas en serio, Rústam? ¿Vienes a nuestra casa a proponernos que nos vayamos solo porque quieres hijos? — No te lo tomes tan a mal, Inés —Rústam torció el gesto—. Soy realista. Tenéis una niña, y, que yo sepa, no vais a tener más. ¿Para qué tanto espacio? No es eficiente. En cambio, nosotros tenemos proyecto de familia. — ¡Proyecto tiene! —Inés saltó de la silla—. ¿Lo oyes, Sergio? Sergio alzó la mano, pidiendo silencio a su mujer. — Parece que olvidas que este piso me lo dieron mis padres. Igual que a Olalla el suyo. Hemos hecho reformas aquí cinco años, cada detalle escogido a mano. Aquí crece nuestra hija, tiene su cuarto, sus costumbres y sus amigos en la zona. ¿Y nos pides que lo dejemos solo porque a ti te viene mejor? — No te enfades, Sergio —Rústam se echó hacia atrás en la silla—. ¡Sois familia! Olalla es tu sangre. ¿Es que no te importa el futuro de tu hermana? Además, os propongo igualdad de condiciones: vivís en la zona pija, hasta ganáis algo en valoración. — Bien curioso —rió Sergio—. ¡Ni te has casado con mi hermana y ya te estás rifando el piso! Al fin Olalla levantó la vista. — Ay, pero ¿cómo os ponéis así? —protestó con tono de niña mimada—. Rústam solo quiere lo mejor. En mi piso nos vamos a apretar cuando vengan los niños. Y aquí, tenéis un pasillo donde se podría jugar fútbol. Mamá siempre decía que la familia es lo primero. ¿Ya lo has olvidado, Sergio? — Y también decía que la familia es para ayudarse, Olalla, no para echar a uno de su casa —le cortó Inés—. ¿Entiendes lo que está diciendo este chico? — ¿Y qué tiene de malo? —inocente, Olalla pestañeaba—. Lleva razón: a vosotros os sobra. Total, es solo una habitación. — ¡No sobra nada! —Inés casi gritaba—. ¡Es mi despacho! ¡Trabajo ahí! ¿O lo has olvidado? — ¿Trabajar? —Rústam bufó—. ¿Eso de colgar dibujitos en Internet? Eso es un hobby. Puedes usar el portátil en la cocina, no eres marquesa. Sergio se levantó despacio. — Basta —dijo, muy serio—. Se acabó la conversación. Fuera de aquí los dos. — Venga ya, Sergio —Rústam ni se movía—. Queríamos hablarlo como una familia. — ¿Como una familia? —Sergio avanzó hasta la mesa—. Vienes a pedir mi piso, insultas a mi mujer, decides dónde debe vivir mi hija… ¿Y tienes la cara de hablar de familia? ¿Sabes lo que es la decencia? — ¡Decencia la tuya! —Inés se puso de pie a su lado—. ¡Solo buscas tu propio interés! Todavía ni le has puesto el anillo y ya calculas el patrimonio. Olalla, ¿no ves a quién has traído a casa? ¡Te va a echar de tu piso, ya lo verás! — ¡No le hables así! —saltó Olalla—. ¡Rústam se preocupa por nuestro futuro! En cambio vosotros… solo pensáis en vosotros mismos. Encerrados en vuestra burbuja. ¡Vaya familia! — Aquí el egoísta es tu novio —Sergio señaló la puerta—. Última vez que lo repito: fuera. Y olvidaos del intercambio para siempre. Una más y será como si no tuviese hermana. Rústam se levantó, se arregló el cuello. Ni pizca de vergüenza; solo enfado. — Te equivocas, Sergio. Pensaba que íbamos a arreglarlo. Pero visto lo cabezón que eres… ¡Vamos, Olalla! Cuando la puerta se cerró, Inés se dejó caer en el sofá, temblando de rabia. — ¿Has visto eso? ¿Lo has visto? —miraba a su marido, ojos como platos— ¿De dónde saca tal cara? ¿Quién se cree que es? Sergio guardó silencio, mirando por la ventana cómo Rústam abría su coche y gritaba fuera a Olalla. — ¿Sabes qué es lo peor? —dijo al fin—. Que Olalla de verdad piensa que tiene razón. Siempre ha estado en la luna pero esto… — ¡La tiene abducida! —Inés se levantó—. Hay que llamar a tu madre. Y a tus padres. Tienen que saber dónde va su yerno. — Espera —Sergio sacó el móvil—. Primero hablaré yo, a solas con mi hermana, sin ese gallo. Marcó el número. Tardó, hasta que Olalla respondió llorando. — ¿Sí? —dijo entre sollozos. — Escúchame bien, Olalla —serio, categórico—. ¿Sigues con él en el coche? — ¿Qué importa? — Si está al lado, pon el altavoz, quiero que oiga esto también. — No, me ha dejado en el portal y se ha ido. Dice que necesita respirar porque mi familia es un cúmulo de egoísmos. Sergio, ¿por qué sois así? Él solo quería que todo estuviese perfecto… — ¡Reacciona, Olalla! —Sergio casi gritó—. ¿Qué perfecto ni qué niño muerto? Ha venido a exigir nuestro piso. ¿Tú entiendes que ese, tu piso, es tuyo? ¡Y él lo trata como si fuera suyo! ¿Te había dicho algo de la mudanza antes de venir? Silencio. — No —susurró—. Solo que tenía una sorpresa para todos, que había encontrado una solución para todos. — Menuda sorpresa. Decide tu vida y la mía sin preguntar. Olalla, ¿te das cuenta de con quién te vas a casar? Es un aprovechado. Hoy pide casa, mañana querrá coche, pasado dirá que vuestros padres le den la finca “porque necesita aire puro”. — No digas eso… —la voz temblaba—. Me quiere. — Si te quisiera, no montaría estos numeritos. Quería ponernos en contra. Inés sigue temblando. ¿Ves que solo quería enfrentarnos? — Lo hablaré con él —dijo insegura. — Hazlo. Y piensa bien antes de ir al registro. Sergio colgó y dejó el móvil en el sofá. — ¿Qué dice? —murmuró Inés. — Que ni sospechaba nada. Que era “la sorpresa” de Rústam. Inés se rió con amargura. — Ya me lo imagino: repartiendo metros y personas a su antojo. Qué asco. — Tranquila —Sergio la abrazó—. El piso no lo pierde nadie. Pero me da pena mi hermana. Se va a dar un batacazo. *** Las peores sospechas de Sergio e Inés no se cumplieron: no hubo boda. Rústam dejó a Olalla esa misma noche. Ella, llorando, apareció en casa de su hermano para contarlo todo. Rústam llegó, cogió sus cosas y, cuando Olalla le preguntó qué pasaba, dijo que no quería emparentar con gente tan egoísta. — Dice que “familia así no le vale” —sollozaba Olalla—. Que no se puede confiar en vosotros. Y que seguro que ni ayudáis con los niños ni prestáis un euro si algún día hace falta. — Bah, Olalla, ni te molestes en llorar —saltó Inés—. No necesitas a alguien así. No es de fiar, solo piensa en sí mismo. Olvídale. Olalla lo pasó mal un par de meses, pero acabó superando la ruptura. Más tarde entendió todo: ¿cómo no había visto antes el veneno debajo de su buena fachada? Si se hubiese casado, habría sufrido toda la vida. De alguna manera, el destino la salvó.
Nos mudamos a vuestro piso La vivienda de Lucía es preciosa y céntrica. Reformada hace poco, ¡lista para
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0319
A los 49 Años, Con Dos Hijos Adultos y un Marido Querido — Él Optó por la Juventud y Lo Perdió Todo
A los 49 años, con dos hijos adultos y un marido amado él eligió la juventud y lo destruyó todo A los
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016
Un banco para dos La nieve ya se había derretido, pero la tierra del parque seguía oscura y húmeda, y sobre los caminos quedaban estrechas franjas de arena. Natividad Jiménez caminaba despacio, sujetando la bolsa de la compra y mirando al suelo. Hace tiempo que había adoptado la costumbre de fijarse en cada bache, cada piedrecita. No era por una naturaleza especialmente prudente, sino porque, tras romperse el brazo tres años atrás, el miedo a caerse se le había instalado en el pecho y no tenía intención de marcharse. Vivía sola en un piso de dos habitaciones en la planta baja; donde antes rebosaban voces, aromas de guiso y puertas dando portazos. Ahora reinaba la calma. El televisor murmuraba de fondo, pero a menudo se sorprendía simplemente mirando cómo desfilaban las letras en la pantalla. Su hijo la llamaba los domingos por videollamada –apresurado, entre obligaciones, pero llamaba–. El nieto aparecía unos segundos en la pantalla, le agitaba la mano, le enseñaba algún juguete. Aquello la alegraba, pero al apagar la llamada sentía cómo el aire de la habitación recobraba su quietud. Tenía su rutina: por la mañana, gimnasia, pastillas y gachas; luego una vuelta corta al parque, para “mover la sangre”, como decía la doctora del centro de salud. A mediodía, cocinar, noticias, a veces un crucigrama. Por la tarde, serie y punto de cruz. Nada especial, pero ese orden la mantenía en forma, como le gustaba repetirle a la vecina en el rellano. Hoy el viento soplaba seco y cortante. Natividad llegó hasta su banco, junto al parque infantil, y se sentó con cuidado en el extremo. Dejó la bolsa a su lado, comprobó que la cremallera estaba bien cerrada. Cerca jugaban dos niños con monos de colores bajo la mirada despreocupada de sus madres. Natividad pensó que se quedaría un rato antes de volver a casa. Desde el otro extremo del parque, Esteban Serrano avanzaba hacia la parada. Él también había adoptado la costumbre de contar los pasos. Al quiosco de prensa, setenta y tres. Al centro de salud, ciento veinte. A la parada, noventa y cinco. Apuntes físicos más sencillos que pensar en que nadie le esperaba en casa. Había sido ajustador en una fábrica, viajado por toda España, discutido con jefes, bromeado con los compañeros. Ahora la fábrica era historia; los amigos, cada vez más lejos. Algunos se habían ido con los hijos, otros estaban ya en el cementerio. El hijo, en otra ciudad, venía una vez al año, tres días, siempre con prisa. La hija, en el barrio de al lado, dos niños, hipoteca. Él no se enfadaba –o eso decía–. Pero algunas noches, cuando toda la casa callaba, se sorprendía atento a ver si la cerradura sonaba. Aquel día había salido a por pan y de paso quería pasar por la farmacia. Mejor tener otra caja de pastillas para la tensión por si acaso. Llevaba en el bolsillo la lista escrita con letra grande. Sus dedos temblaron un instante al sacar el papel para repasar lo que faltaba. Al llegar a la parada vio que el autobús acababa de irse. Quedaban pocas personas y, en el banco, una mujer de abrigo color claro y gorro azul, con la bolsa a un lado, mirando hacia el parque, no hacia la carretera. Dudó. No le gustaba quedarse de pie; la espalda le dolía. El banco estaba medio vacío, pero siempre se cuidaba de no sentarse junto a mujeres desconocidas. Qué pensaría la gente. Sin embargo, el viento helaba hasta los huesos y, finalmente, se decidió. —¿Le importa si me siento? —preguntó, inclinándose ligeramente. Ella giró la cabeza. Los ojos claros y pequeñas arrugas en las comisuras. —Claro, siéntese —respondió, apartando la bolsa un poco. Se sentó, apoyándose en el borde. Un silencio. Pasó un coche, olor a diésel. —Los autobuses hacen lo que quieren últimamente —rompió el silencio él—. Basta con apartar la vista y ya se han ido. —Sí, ayer estuve media hora esperando. Al menos no llovía —contestó ella. La considerada conversación de parada de autobús: unas frases, una pausa, cada uno a su mundo. Pero el hombre parecía cansado y algo desorientado, aunque mantenía el porte lo mejor que podía. —¿Viene de la farmacia? —preguntó ella, señalando su bolsa con el logo verde. —Sí, a por medicinas. La tensión no perdona. ¿Y usted? —De comprar. Y por estirar las piernas, que si no, se hace una moña en casa. Pronunció “casa” y la palabra le supo a hueco. El autobús apareció en la curva, la gente se movió hacia el bordillo. El hombre se levantó, vaciló. —Por cierto, soy Esteban. Serrano. —Natividad Jiménez —ella también se levantó—. Encantada. Entraron en el autobús y la gente les separó. Ella en la puerta, asida a la barra, el vaivén de los baches. En un momento determinado, cruzaron miradas entre las cabezas. Él asintió y ella también. Un par de días después, volvieron a coincidir en el parque. Sentados en el banco, compartiendo confesiones y silencios, la desconfianza fue cediendo paso a la compañía, a las pequeñas ayudas diarias: ir juntos al centro de salud, navegar por aplicaciones confusas, resolver papeleos. Discutieron también, aprendieron a marcar límites, a reírse de los achaques y distraerse del miedo a la soledad. Cuando la salud tambaleó y Esteban entró en el hospital, Natividad no dudó en buscarle y acompañarle; se hicieron compañía en las visitas, compartieron confidencias y defendieron con humor y ternura esa relación indefinible, prudente, que los hijos miran con recelo sin saber si decir amistad, vecindad o cariño de mayores. Poco a poco, la complicidad se volvió natural. Salían a pasear, arreglaban juntos los menudos problemas domésticos, se acompañaban al mercado y hasta discutían sobre cómo enfrentarse a los hijos protectores. Todo bajo la premisa de no ser carga ni enfermera, solo compañeros en la vida diaria. Así, al llegar la primavera y después el verano, su banco en la plaza se consolidó como territorio compartido –un refugio discreto contra la soledad, una charla ante el rumor de los niños jugando y el paso inalterable de las estaciones. Porque aunque la vejez no deja de estar ahí, la certeza de que hay alguien esperando en la otra acera, a quien saludar desde la ventana o buscar con la vista en el parque, convierte la rutina en compañía y le da un sentido nuevo a la próxima cita en la sala de espera del médico. Un banco para dos: Crónica de amistad, rutinas y segundas oportunidades en la España de hoy.
Banco para dos La nieve ya se ha derretido, pero la tierra del parque de barrio sigue oscura y húmeda
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0198
No queda nada bien que tus hijos tengan piso y el mío no: ¡Compremos un piso para mi hijo con una hipoteca! Una historia de segundas familias, herencias, y la presión de equilibrar justicia y sentimientos en la España actual
No queda nada bien que tus hijos tengan piso y el mío no. ¡Vamos a buscarle un piso con una hipoteca!
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032
La casa de nadie Sergio se despertó sin necesidad de despertador, como siempre, a las seis y media. El piso estaba en silencio, solo se oía el murmullo del frigorífico en la cocina. Se quedó un minuto escuchando ese ruido y alargó la mano al alféizar en busca de las gafas. Fuera clareaba, y algún coche solitario deslizaba sobre el asfalto mojado. Antes, a esa hora se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba al vecino encender la radio al otro lado de la pared. Ahora el vecino seguía con la radio, y él se quedaba tumbado pensando en qué haría ese día. Formalmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo pegado a un horario. Se levantó, se puso el chándal, fue a la cocina. Puso el hervidor de agua y sacó una rebanada de pan de ayer de la panera. Mientras se calentaba el agua, se acercó a la ventana. Séptima planta, edificio de bloques, un patio con parque infantil. Abajo, bajo su ventana, la vieja “Niva” cubierta por una fina capa de polvo. Apuntó mentalmente que tenía que pasar por el garaje y ver si el techo aguantaba. El garaje estaba en el polígono, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí medio fin de semana, trasteando el coche, cambiando el aceite, hablando con los vecinos de gasolina y fútbol. Luego todo se volvió más fácil: talleres, neumáticos, tienda online en dos clics. Pero no abandonó el garaje. Allí estaban sus herramientas, neumáticos viejos, cajas con cables, maderas, el “cacharreo”, como decía él. Y el chalet. Casita en una urbanización a las afueras. Madera, porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cuando cerraba los ojos veía esas tablas, las grietas del suelo, escuchaba el golpeteo de la lluvia en el techo. La casa la heredaron él y su mujer de los padres de ella. Hace más de veinte años iban casi cada fin de semana con los niños. Cavaban el huerto, freían patatas, ponían el radiocasete encima de la banqueta. Ya hacía cuatro años que su mujer no estaba. Los hijos crecieron, se mudaron, formaron sus propias familias. El chalet y el garaje siguieron con él. Como si fueran su sistema de coordenadas familiar. Aquí el piso. Allí el chalet. El garaje. Todo en su sitio, todo claro. El hervidor silbó. Sergio preparó el té, se sentó a la mesa. En la silla de enfrente, el jersey doblado de ayer. Comía el bocadillo mirando el jersey y pensando en la conversación de anoche. Ayer los hijos vinieron a verle. Su hijo con la mujer y el pequeño, el nieto. Su hija con su marido. Tomaron té, hablaron de las vacaciones. Al rato, la charla giró al dinero, como casi siempre últimamente. El hijo decía que la hipoteca apretaba, que los intereses subían. La hija se quejaba del precio de la guardería, de las extraescolares, la ropa. Sergio asentía. Recordaba cuando contaba la calderilla hasta fin de mes. Pero entonces no tenía ni chalet ni garaje. Solo un cuarto alquilado y esperanza. Entonces, el hijo, titubeando, dijo: — Papá, hemos estado hablando… Y con Ana y con Katia también… ¿No te has planteado vender algo? No sé… el chalet, por ejemplo. O el garaje. Total, apenas vas ya. Sergio bromeó, llevó la conversación a otra parte. Pero esa noche le costó dormir. Esa frase, “total, apenas vas ya”, le daba vueltas en la cabeza. Terminó el bocadillo y el té, recogió. Miró el reloj: eran las ocho. Decidió que hoy iría al chalet. A ver cómo estaba tras el invierno. Y de paso… demostrarse algo a sí mismo. Se abrigó, cogió del recibidor las llaves del chalet y el garaje, las guardó en el abrigo. En el pasillo se detuvo ante el viejo espejo del marco estrecho. Lo reflejaba un hombre con sienes plateadas, la mirada un poco cansada pero aún firme. No era un anciano. Se arregló el cuello y salió. Paró primero en el garaje para coger unas herramientas. La cerradura chirrió, la puerta se abrió con el gesto de siempre. Olía a polvo, a gasolina, a trapos viejos. En las estanterías botes de tuercas, cajas de cables, una cinta vieja marcada a rotulador. Telarañas en el techo. Repasó las baldas con la mirada. Allí el gato hidráulico de su primer coche. Allí esos tablones con los que pensó hacer un banco en el chalet —nunca los llegó a usar, pero ahí estaban, esperando. Cogió la caja de herramientas, un par de garrafas, cerró el garaje y siguió camino. El trayecto fuera de la ciudad fue de una hora. Quedaban restos de nieve, la tierra asomaba aquí y allá. En la urbanización apenas había movimiento: era pronto para la temporada. La portera, conocida, le saludó con un gesto. La casita le recibió con esa quietud entre estaciones. Valla de madera, puerta torcida. Atravesó el sendero hacia el porche. Crujían hojas secas bajo los pies. Dentro olía a cerradura y madera. Sergio abrió ventanas, aireó. Quitó la colcha de la cama, la sacudió. La olla esmaltada seguía en la minúscula cocina, en la mesa. En el clavo junto a la puerta, el manojo de llaves, incluida la del cobertizo con las herramientas de jardín. Recorrió la casa tocando las paredes, los pomos. En la habitación donde dormían los niños, la litera; arriba, un osito de peluche con una oreja pegada con cinta aislante. Recordaba las lágrimas del hijo por esa oreja. Salió al huerto. La nieve ya casi derretida, la tierra negra y húmeda. En la esquina el asador oxidado. Pensó en las barbacoas, en el té en vasos de cristal sentados con su mujer en el porche, en las risas de los vecinos. Suspiró y se puso a trabajar. Limpiando la senda, arreglando la tabla suelta del porche, revisando el techo del cobertizo. Encontró una silla de plástico, la sacó, se sentó. El sol subía, calentaba. Miró el móvil. El hijo había llamado anoche. La hija, por WhatsApp: “Tenemos que hablar tranquilos, papá. No es que no queramos el chalet, solo pensemos con cabeza”. Con cabeza. Esa frase era recurrente. Pensar con cabeza, que el dinero no esté parado. Pensar con cabeza, que un mayor no debe matarse con un campo y un garaje. Pensar con cabeza, ayudar a los jóvenes mientras vivas. Los comprendía, de verdad. Pero ahí, en esa silla de plástico oyendo ladrar un perro a lo lejos, ese “con cabeza” se difuminaba. Allí no iba de números. Dio otra vuelta, cerró la casa, le echó el candado y regresó a la ciudad. A mediodía ya estaba en casa. Dejó la bolsa de herramientas en la entrada. Al ir a la cocina, vio la nota en la mesa: “Papá, pasamos esta tarde, hablamos. S.” Se sentó, puso las manos en la mesa. Así que hoy sería la conversación de verdad. Nada de escaparse por la tangente. Vinieron los tres. El hijo con la esposa, la hija. El nieto, en casa de su suegra. Saludos de costumbre, descalzarse, dejar el abrigo. En la cocina, té y galletas, que nadie tocó. Charlaron de chorradas: el nieto, el trabajo, atascos. Luego la hija miró al hermano, que asintió, y habló: — Papá, tenemos que hablar en serio. No queremos presionarte, pero… tenemos que decidirnos. Sergio notó un nudo en el estómago. Asintió: — Decid lo que penséis. El hijo empezó: — Tienes el piso, el chalet y el garaje. El piso ni tocarlo. Eso es sagrado. Pero el chalet… Tú mismo dices que te cansa. El huerto, el techo, la valla. Cada año cuesta más dinero. — He estado hoy —dijo Sergio, bajo—. Todo bien. — Hoy sí —intervino la nuera—. ¿Y dentro de cinco años? ¿O diez? Perdona, pero no serás eterno. Tenemos que tenerlo en cuenta. Sergio bajó la mirada. Lo de que “no serás eterno” sonó demasiado frío, aunque seguramente no quería herirle. La hija intervino, más suave: — Papá, no decimos que abandones nada. Pero podrías vender el chalet y el garaje, y repartimos el dinero. Una parte para que vivas tranquilo, otra para Santi y para mí. Podríamos eliminar parte de la hipoteca. Tú mismo decías que querías ayudarnos. Y era verdad. Cuando empezó la jubilación pensaba que podría seguir haciendo chapuzas, ayudarles. — Ya os ayudo ahora —dijo—. A veces me quedo con el niño, os compro cosas… El hijo sonrió, incómodo: — Papá, eso no es suficiente. Ahora necesitamos un buen dinero para respirar. Tú mismo hablas de esos intereses. No te pedimos todo. Solo… bueno, tienes propiedades vacías. La palabra “propiedades” sonaba extraña en su cocina. Sergio sintió erigirse entre ellos una muralla invisible de cifras, gráficos, papeles del banco. — Para vosotros son propiedades —dijo, despacio—. Para mí son… Buscaba la palabra. No quería sonar dramático. — Son partes de mi vida —acertó a decir—. Ese garaje lo hice con mis propias manos. Con mi padre, que entonces vivía. El chalet… allí crecisteis. La hija bajó la cabeza. El hijo guardó silencio, luego habló más suave: — Lo sabemos, de verdad. Pero apenas vas ya. Está vacío. Tú solo no puedes. — He estado hoy —repitió Sergio—. Todo va bien. — Vale, pero la última vez… ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Sergio oía el tic-tac del reloj. Se dio cuenta de que hablaban de su vejez como un proyecto: optimizar recursos, repartir propiedades. — Bien —dijo—. ¿Qué proponéis exactamente? El hijo se animó: ya todo lo tenían hablado. — Hemos hablado con una agente inmobiliaria. Nos ha dicho que puedes sacar buen dinero del chalet. Del garaje también. Nosotros nos ocupamos de gestión, papeles, todo. Solo habría que firmar una autorización. — ¿Y el piso? — El piso, nada —intervino rápido la hija—. Eso es tu casa. Asintió. La palabra “casa” sonaba diferente. ¿Solo son estas paredes? ¿O incluye el chalet? ¿El garaje, aquel banco de herramientas, era casa también? Fue a la ventana. Afuera, los faroles encendidos. El patio igual que hace veinte años. Solo los coches y los niños con móviles, distintos. — ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin darse la vuelta. Silencio profundo. Al final, la hija, con cuidado: — Es tuyo, papá. Decides tú. No te obligamos. Solo… nos preocupa. Has comentado que te faltan fuerzas. — Faltan —reconoció—. Pero aún puedo decidir qué hago. El hijo suspiró: — No queremos discutir, pero parece que te aferras a cosas, y nosotros vamos ahogados. Y además, si te pasa algo, ¿quién se ocupa de todo eso? Sergio notó una punzada de culpabilidad. También le preocupaba. Si faltaba de pronto, ¿gran lío e herencias? Sería duro para ellos. Volvió a la mesa. — Y si… —empezó, y dudó—. Si ponemos el chalet a vuestro nombre, pero sigo yendo mientras pueda? Los hermanos se miraron. La nuera frunció el ceño. — Papá, sería igual. Seguirá ahí el problema. Nosotros no podríamos ir tanto como tú. Tenemos trabajo, niños. — No os pido que vayáis. Solo yo, mientras pueda. Luego hacéis lo que queráis. Un intento de compromiso. Para él, seguir con su lugar; para ellos, tranquilidad y evitar después gestiones. La hija reflexionó: — Es una opción. Pero hay que ser sinceros. No iremos mucho. Estamos pensando en mudarnos a otra ciudad. Vivienda más barata, trabajo… Sergio se estremeció. No lo sabía. Tampoco el hermano. — No me lo habías dicho —le dijo. — Aún lo pensamos —respondió ella—. Pero el chalet no es nuestro futuro. Igual que para ti… Atrapó esa palabra: “futuro”. Para ellos, el futuro era otro sitio. Para él, su futuro se resumía en tres lugares. Piso, garaje, chalet. Discutieron veinte minutos más. Ellos citaban cifras, él recuerdos. Hablaban de salud, él de la necesidad de hacer cosas. Finalmente el hijo, exasperado, dijo, más brusco de lo que quería: — Papá, entiende que no vas a poder siempre. Llegará el día que no puedas ir y todo se perderá. ¿Vamos a ir una vez al año? ¿A ver ruinas? Sergio estalló: — ¿Ruinas? ¡Ahí jugabas de niño! — De niño, sí. Ahora tengo otras responsabilidades. Siguió un silencio tenso. La hija intentó mediar: — Santi, por favor… Pero ya era tarde. Sergio comprendió que hablaban idiomas distintos. Para él, el chalet era vida; para ellos, pasado, cariñoso pero prescindible. Se levantó. — Vale —dijo—. Lo pensaré. No hoy. Ni mañana. Dadme tiempo. — Papá —la hija—, no podemos esperar demasiado. El mes que viene tenemos plazo de la hipoteca… — Entiendo —la interrumpió—. Pero esto no es vender un armario. Silencio. Empezaron a despedirse. En la entrada, zapatos, abrigos. La hija lo abrazó, se apoyó en su mejilla. — No estamos en contra del chalet, de verdad —susurró—. Solo queremos lo mejor para ti. Él asintió, sin fiarse de su voz. Cuando se cerró la puerta, el piso se llenó de silencio. Sergio fue a la cocina. En la mesa, tazas sin terminar, plato con galletas. Una enorme fatiga le invadió. Se quedó allí, sin encender la luz. Fuera oscurecía. Al rato, se levantó, fue al armario por la carpeta de documentos. Pasaporte, escrituras del chalet y el garaje, planos del huerto. Repasó con el dedo ese plano: el minúsculo rectángulo de tierra, los surcos. Como si caminara los senderos de verdad. Al día siguiente fue al garaje, necesitaba hacer algo manual. Abrió de par en par para que entrara luz. Sacó herramientas, revisó cajas. Se animó a tirar trastos viejos. Su vecino, Paco, entró a saludar. — ¿Tirando cosas, hombre? — Sí, haciendo hueco. Pensando qué me sirve y qué no. — Bien hecho —asintió Paco—. Yo vendí el mío. Mi hijo necesitaba dinero para coche. Sin garaje, pero mi chico está contento. Sergio no dijo nada. El vecino se fue y él quedó, rodeado de sus cajas y pensamientos. “Vendido, hijo contento”. Fácil, como si fuera un abrigo. Cogió una llave inglesa gastada. Recordó cuando el hijo, pequeño, le pedía ayudar. Entonces creía que estarían siempre juntos, que esos lugares serían su idioma común. Ahora ese idioma para su hijo era ajeno. Por la tarde volvió a los papeles. Llamó a la hija. — Ya lo he pensado —dijo—. Pondremos el chalet a nombre vuestro, de los dos. Pero no lo vendáis. Yo seguiré yendo y, cuando yo no pueda más, haced lo que queráis. Silencio en el teléfono. — Papá —ella, cauta—, ¿de verdad lo tienes claro? — Sí —afirmó, aunque realmente no estaba seguro. Era como cortar algo vital, pero no había salida. — Bueno… mañana quedamos y lo formalizamos. Colgó. Silencio en casa. Y, junto al cansancio, una especie de alivio. Como si aceptara lo inevitable. Una semana después, notario, papeles, firmas. Los hijos junto a él, agradecidos. — Papá, gracias, de verdad. Nos ayudas mucho. Sergio asentía. Pero sentía que no solo les ayudaba, sino que ellos también le aliviaban de pensar en el “después”. Ahora el “después” era un papel. El garaje decidió quedárselo. Por ahora. Los hijos insinuaron venderlo, pero fue tajante: —No. Y explico que lo necesita para no acabar delante del televisor. Eso sí lo entendieron. Después, nada parecía cambiar. Siguió en su piso, iba de vez en cuando al chalet, ahora como “invitado” en una casa que dejó de ser suya en los papeles. Pero seguía con las llaves. No le prohibían ir. La primera vez tras la firma fue una tarde tibia de abril. Por el camino pensaba en que la casa ya no era suya, era “de otros”. Pero al abrir la puerta, el presentimiento de extrañeza se disolvió. Colgó el abrigo en el clavo de siempre. Todo igual que antes: la cama, la mesa, el oso con la oreja arreglada. Se sentó junto a la ventana, la luz cortando el polvo. Pasó la mano por la madera. Pensó en los hijos, en sus vidas de recibos y planes. En él mismo: sus planes ya cuentan primaveras, no años. Querer llegar a otro verano, hacer el huerto una vez más, sentarse una tarde en el porche. Sabía que, algún año, venderían el chalet. Cuando ya no pudiera ir. Dirían que no tiene sentido un sitio vacío. Y tendrían razón. Pero por ahora el chalet existía. El techo resistía. En el cobertizo, las herramientas de jardín. Brotes nuevos asomando en los surcos. Todavía podía caminar, agacharse, tomar tierra en sus manos. Salió, rodeó la casa, miró a los vecinos. En una parcela, alguien ya plantaba hortalizas. En otra, una cuerda con ropa tendida. La normalidad de siempre. Sintió que su miedo no era perder el chalet: era perder su sitio, volverse innecesario para los hijos y para sí mismo. Esos lugares eran prueba de que seguía vivo, que aún podía cavar, pintar, arreglar. Ahora, mantener esa evidencia era frágil. Los papeles decían una cosa, la costumbre, otra. Pero allí, en el porche, entendió que no todo lo decide una escritura. Sacó el termo, se sirvió té en un vaso. Probó. Había amargura, pero menos aguda que la noche de la discusión. Decisión tomada, la cuenta clara. Había dado a los hijos parte de lo suyo, y a cambio había recibido otra cosa: el derecho a estar allí no por un documento, sino por la memoria. Miró la puerta, el candado, la llave en su mano. Una llave gastada y roma. La giró en la palma. Algún día esa llave la usarán sus hijos, o unos desconocidos. No sabrán todo lo que encierra ese giro. Pensar eso le puso triste, pero también en paz. El mundo cambia, todo pasa de unas manos a otras. Lo importante es vivir en tus lugares, mientras sean tuyos, no por papeles, sino por el corazón. Terminó el té, se levantó, fue por la azada. Tenía que cavar al menos un surco. Para él. No para los próximos dueños, ni para hijos que tal vez ya pensaban en cifras. Para él, para sentir la tierra. Hincó la azada, pisó con fuerza. La tierra cedió. El primer terrón dejó a la vista el manto oscuro. Aspiró el aroma, se inclinó de nuevo. Fue trabajando despacio. Dolor en la espalda, manos cansadas. Pero, tras cada palada, notaba menos peso. Como si, al cavar, removiera también sus miedos. Al atardecer se sentó en el porche, pasó la mano por la frente. Los surcos alineados en la tierra. El cielo se iba tiñendo de rosa. Se oyó un pájaro a lo lejos. Miró la casa, las huellas en la tierra, la azada sobre la pared. Pensó en el mañana, en el año próximo, en lo que vendría. No había respuestas. Solo la certeza de que, en ese momento, estaba allí donde debía estar. Entró, apagó la luz, cerró puertas. En el porche se detuvo un segundo, captando la quietud. Luego giró la llave en la cerradura. Guardó la llave en el bolsillo y volvió al coche, procurando no pisar la tierra recién removida.
Casa de Nadie Isidro despertó sin ayuda de despertador, como siempre, a las seis y media. En el piso
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051
Cuando subí al avión, descubrí que nuestros asientos estaban ocupados.
Al subir al avión, noto que nuestros asientos están ocupados. Mi esposa, María González, y yo teníamos
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057
– Єгор, ¿de verdad te estás burlando de mí?
¿Te estás burlando, Javier? le espetó Begoña, irritada. ¿Otra vez vas a la casa de tu madre?
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025
La carta que nunca llegó La abuela llevaba mucho rato sentada junto a la ventana, aunque fuera apenas había nada que ver. En el patio anochecía temprano; la farola bajo su ventana se encendía y apagaba perezosa. Sobre la nieve se marcaban las huellas sueltas de perros y personas, a lo lejos la portera arrastraba la pala, y otra vez todo quedaba en silencio. En el alféizar reposaban unas gafas de montura fina y un viejo móvil con la pantalla agrietada. El móvil a veces vibraba brevemente cuando caían fotos o audios en el chat familiar, pero hoy estaba callado. En el piso reinaba el silencio. Los segundos del reloj de la pared sonaban más altos de lo deseable. Se levantó, fue a la cocina y encendió la luz. La bombilla, en el techo, formó un círculo amarillento y débil. Sobre la mesa había un bol con varéniki fríos, tapados por un plato. Los había cocido por la tarde, por si acaso venía alguien. Pero nadie asomó. Se sentó a la mesa, cogió un varénik, le dio un mordisco y enseguida lo apartó. La masa, tras el día, se había puesto correosa. Se podía comer, pero no daba alegría. Se sirvió un té de la vieja tetera esmaltada, escuchó el agua al caer en el vaso y, para su sorpresa, suspiró en voz alta. Un suspiro tan pesado, como si algo se le descolgara del pecho y se sentara a su lado en el taburete. ¿Por qué me quejo? —pensó—. Están todos sanos, gracias a Dios. Tengo techo. Y sin embargo… Sin embargo, le vinieron a la cabeza fragmentos de conversaciones recientes. La voz de su hija, tensa como cuerda: —Mamá, no puedo seguir así con él. Otra vez ha… La voz de su yerno, con un matiz burlón: —¿Que te se está quejando? Dile que la vida no es como a ella le gustaría. Y su nieto Santi, lanzando un “vale” cortante por teléfono cada vez que le preguntaba cómo le iba. Esos “vale” eran lo que más dolía. Antes podía pasarse horas contándole del cole, de los amigos. Ahora, claro, se había hecho mayor. Pero, aun así… No discutían fuerte delante de ella, ni daban portazos. Pero entre las palabras había una especie de muro invisible. Pequeños roces, silencios, rencores que nadie confesaba. Y ella entre dos orillas, con la hija, con el yerno, procurando no decir de más. A veces sentía que la culpa era suya, por no haber criado bien, por no haber aconsejado o callado a tiempo. Dio un sorbo al té, hizo una mueca, se había quemado, y recordó de golpe, cuando Santi era pequeño, escribiendo una carta a los Reyes Magos con él. Él trazaba letras torcidas: “Por favor, que me traigan un mecano… y que mamá y papá no discutan”. Entonces ella se reía, le acariciaba la cabeza y le decía que los Reyes lo escucharían. Ahora ese recuerdo le daba vergüenza, como si entonces hubiera engañado al niño. Mamá y papá nunca dejaron de discutir; solo aprendieron a hacerlo bajito. Corrió el vaso a un lado, limpió la mesa con una servilleta aunque ya estaba limpia. Luego fue al salón y encendió la lámpara de mesa. La luz cayó sobre el viejo escritorio donde casi nunca escribía ya a mano; casi todo en el móvil: mensajes, emoticonos, audios. Pero el boli seguía en un vaso de lápices, al lado de una libreta cuadrículada. Se quedó mirando todo eso y de pronto pensó: ¿Y si…? Era una idea absurda, infantil, pero le calentó el pecho. Escribir una carta. De verdad, en papel. No para pedir un regalo. Solo por pedir. No a personas, que cada uno tiene su guerra, sino a alguien que, en teoría, no debe nada a nadie. Se rió para sí. Una vieja que se ha vuelto loca y le escribe a un mago. Pero la mano ya iba a la libreta. Se sentó, se ajustó las gafas, cogió el boli. En la primera hoja había otras notas, pasó la página, buscó un folio en blanco. Dudó un segundo, y escribió: “Queridos Reyes Magos”. La mano tembló. Le daba apuro, como si alguien le estuviera leyendo por encima del hombro. Echó un vistazo a la habitación vacía, la cama hecha, el armario cerrado. Nadie. —Pues ya está, —se dijo en voz baja, y siguió: “Sé que vosotros sois para los niños, y yo ya soy mayor. No os voy a pedir abrigo, tele ni nada de eso. Tengo lo que me toca. Solo quiero una cosa: por favor, que en la familia haya paz. Que mi hija y mi yerno no discutan, que mi nieto no se quede callado como un extraño. Que podamos sentarnos juntos a la mesa sin miedo de decir algo que moleste. Sé que las personas son como son, que no es cosa vuestra. Pero tal vez podéis echar una mano, aunque sea un poco. Quizá no debería pediros esto, pero igual lo hago. Si podéis, haced que nos escuchemos”. Firmado: la abuela Nines. Leyó lo escrito. Las palabras le parecieron infantiles, torcidas, como garabatos de niño. Pero no tachó nada. Se sintió más ligera, como si por fin hubiera dicho algo en vez de tragárselo al vacío. El papel crujía bajo los dedos. Lo dobló con cuidado y se quedó mirando la hoja doblada, sin saber qué hacer con ella después. ¿Echarla por la ventana? ¿Al buzón? Qué rídiculo. Fue al pasillo a por el bolso. Recordó que mañana tenía que ir a la compra y a Correos, pagar la comunidad. Pues lo tiro ahí, a ver si hay urna de Reyes Magos —decidió—. Ahora se ven en todos lados. Así no parecía tan ridículo; no sería la única. Guardó la carta en el bolsillo junto con el DNI y los recibos, y apagó la luz. En el piso seguía el tictac del reloj. Se acostó, dio vueltas un rato, escuchó el silencio y por fin se durmió. A la mañana siguiente salió antes de lo habitual para aprovechar la mañana. La calle estaba resbaladiza, la nieve crujía bajo los pies. Junto al portal la vecina paseaba el perro, la saludó, preguntó por la salud. Intercambiaron un par de frases y Nines siguió, apretando el asa del bolso. En Correos había cola. Se puso al final, sacó los recibos y la carta aún doblada. No vio ninguna urna de Reyes. Solo buzones normales y una vitrina con sobres y sellos. Se sintió perdida. Menuda tontería me he montado, pensó. Podría tirarla a la basura, pero le daba cosa. La metió de nuevo en el bolsillo, pagó los recibos y salió. Junto a Correos había un puesto de juguetes y espumillón; colgaba de él una caja de cartón con el cartel: “Cartas a los Reyes Magos”. Pero estaba vacía y la vendedora la desmontaba ya. —Ya no recoge, —dijo la mujer viendo su mirada—. Ayer era el último día. Ya van tarde, no llega a tiempo. Nines asintió, aunque no es que tuviera prisa. Dio las gracias y se fue. La carta siguió en el bolso, un pequeño bulto tibio que no apetecía tirar, pero tampoco recordar. Al llegar a casa, dejó el abrigo en el perchero, el bolso en el taburete para ordenar la compra más tarde. El móvil vibró discretamente en el abrigo. Un mensaje de su hija. “Mamá, hola. ¿Te viene bien si vamos a verte el finde? Santi pregunta por unos libros de historia antiguos”. Sintió un nudo que se aflojaba en el pecho. Así que van a venir. Así que no está todo tan mal. Tecleó: “Por supuesto, venid, os espero”. Luego fue a la cocina, guardó la compra, puso caldo a hervir. La carta quedó en el bolsillo del bolso olvidado en el taburete. El sábado por la tarde sonaron pasos en el rellano, la puerta de la entrada. Nines miró por la mirilla y vio las siluetas conocidas. La hija con una bolsa, el yerno con una caja, Santi con la mochila. Había crecido casi hasta el marco de la puerta, delgado, con el pelo sobresaliendo de la gorra. —Abuela, hola —dijo, entrando el primero y dándole un beso en la mejilla, bastante torpe. —Pasad, pasad, que os he preparado zapatillas. En el recibidor de pronto todo era caras, abrigos, voces, olor a calle, nieve y algo dulce de la bolsa. El yerno se quejaba del ascensor, la hija decía que al día siguiente iban a casa de los padres de él, y Nines asentía: sí, sí, lo recuerdo. Ya en la cocina, se sentaron algo distantes. El yerno junto a la ventana, la hija a su lado, Santi frente a la abuela. Sirvieron el caldo en silencio, sólo las cucharas sonaban. Luego hablaron, insulsamente, de trabajo, del tráfico, de precios. Bajo las palabras, seguía la corriente oculta de siempre. —Santi, tú querías preguntar algo de historia, ¿no? —dijo la hija cuando terminaron. —Ah, sí —despertó de repente—. Abuela, ¿tienes algún libro de historia sobre la guerra? El profe dice que miremos algo extra. —Claro, en la estantería tengo toda una colección. Ven, que te enseño. Fueron al salón. Nines encendió la lámpara, se subió a buscar en lo alto los libros de tapas desgastadas. —Mira, aquí hay de todo: sobre el cerco de Leningrado, los partisanos… Tú dime. —No sé, algo que no sea un tostón. Él estaba junto a ella, inclinando la cabeza, y Nines vio en él al niño que se sentaba en sus rodillas y hacía preguntas sin parar. Ahora callaba, pero brillaba el interés en sus ojos. —Llévate este —le pasó un tomo con la portada desgastada—. Está bien escrito, yo lo leía de joven. Tardaron un rato en encontrar lo que buscaba; Santi lo metió en la mochila y volvieron al pasillo. Al marcharse, fue todo el lío de siempre: bolsas, abrigos, “llámame”, “no te olvides”, “luego te mando el enlace”. Ya sola, Nines recogió la mesa. El bolso estaba aún en el taburete; metió la mano en el bolsillo y palpó la carta. Por un instante pensó en romperla, pero la guardó aún más profundo. No supo que Santi, al dejar la mochila, vio asomar el sobre blanco del bolso. Se inclinó para acomodarlo y leyó “Queridos Reyes Magos”. No lo sacó en ese momento: había adultos, mucho movimiento. Pero se le quedó grabado el rótulo. Ya en casa, al deshacer la mochila, lo recordaba. Que su abuela, tan mayor, escriba a los Reyes. Al principio le hizo gracia, luego le pareció raro, luego le dio lástima. Pasaron dos días. De repente, después del colegio, escribió a su abuela: “Abuela, ¿puedo pasar? Necesito más cosas de historia”. Ella contestó en seguida: “Claro, ven cuando quieras”. Fue a su casa con los auriculares, el frío en la cara, y se repitió el recibimiento de siempre. Dejó la mochila en el taburete con el bolso, del que asomaba otra vez el sobre. Se tensó por dentro. Mientras la abuela andaba entre la cocina y la mesa, aprovechó un descuido y, fingiendo atarse una zapatilla, sacó la carta. El corazón se le aceleró. Sabía que hacía trampa, pero no pudo parar. Se la guardó y fue a la cocina. —¡Oh, crêpes! —dijo, disimulando—. Genial. Hablaron del cole, del tiempo, de las vacaciones que venían. Ella preguntaba si no tenía frío, si las botas seguían enteras. Él respondía con bromas. Luego, ya solo en su cuarto, leyó la carta. Al llegar a la frase “que el nieto no calle como si fuera un extraño”, se le hizo un nudo en la garganta. Recordó el tiempo reciente: “vale”, “sí”, apenas hablar. No por no querer; por no tener ánimo, ganas, tiempo. Siempre algo. Leyó hasta el final, y sintió una pena y una ternura hacia la abuela que le dieron ganas de ir y abrazarla. Pero a la vez le dio pudor por sentirse tan dramático. ¿Y ahora qué? —pensó—. ¿Contárselo a mamá, a papá? Se reirán, o se enfadarán. ¿Devolver la carta y fingir que la encontró por azar? Ella adivinaría que la ha leído. Sería incómodo para los dos. Pasaron los días. Contó a un amigo que la abuela escribía a los Reyes: —Qué chorrada. Mi abuelo sólo cree en la pensión —le dijo el otro. —No es gracioso —respondió Santi, sorprendiéndose de lo cortante que sonó. La carta le pesaba como un secreto propio. Intentó decir algo en la comida: “Mamá, y si…”, pero se dispersó la conversación. Por la noche, miraba el chat familiar: foto de ensalada, broma sobre atascos, convite al curro. Todo superficial. Nada sobre cartas. Escribió: “Mamá, ¿pasamos la Nochevieja en casa de la yaya?”. Lo borró sin enviar. Se imaginó la respuesta: “¿Estás loco? Ya quedamos con los abuelos”. Y el consiguiente lío. Abrió la carta, volvió a leer el fragmento de “juntarnos a la mesa”, y de pronto se le ocurrió una idea tan absurda como valiente. No Nochevieja. Solo una cena, sin motivo. O casi. Fue al salón donde su madre estaba con el portátil. —Mamá, ¿y si vamos a casa de la yaya todos juntos algún día? Una cena, en serio. Ella levantó la cabeza, escudriñando. —¿No vamos ya? —Pero no es lo mismo. No un rato y fuera. Sentarnos. Puedo ayudar yo a preparar las cosas. —¿Tú? Cocinar. Eso es nuevo. Pero no hay tiempo. Y papá llega tarde… —Pues el sábado. Si total, estamos en casa —insistió. Ella suspiró. —No sé… tu padre querrá descansar… y además… —Mamá, —le cortó él, notando una firmeza nueva en su voz—, ya sabes que le hace ilusión. Me lo has dicho tú. Por una vez. Ella le miró como dándose cuenta de algo. —Vale, —asintió—. Hablo con él. No lo prometo. Esa noche oyó desde el pasillo la conversación en la cocina. —Lo pide él —decía la madre—. Imagínate, lo sugiere él. —¿Y qué pintamos? Todo el día lo de siempre… —Está allí sola, —respondía en voz baja la madre—. Y a Santi parece que le importa. Silencio, y luego un suspiro resignado. —Vale. El sábado vamos. Santi se fue a dormir sintiendo que había ganado una pequeña batalla. Faltaba la otra: la yaya. Al día siguiente la llamó. —Abuela, ¿puedo venir antes el sábado y te ayudo a preparar la cena? Silencio un segundo. —Por supuesto, ven cuando quieras… ¿qué preparamos? —Lo que quieras: ensalada, patatas… yo puedo picar. —Eso nunca lo has hecho, —se rió ella—. Ya verás cómo se aprende. Llegó el día. Santi apareció temprano con bolsas de la compra, a lo grande. —¿A quién vamos a alimentar, una tropa? —bromeó la abuela. —Así sobra, mejor, —esquivó él. Se pusieron juntos a pelar patatas, cortar verduras. Nines le corregía: “Así no, los dedos”. “Ya sé”, protestaba él. En la cocina olía a cebolla y carne frita, la radio murmuraba, ya oscurecía el patio. —Abuela, ¿todavía crees en los Reyes Magos? —soltó Santi de repente, cortando pepinos. Ella se sobresaltó tan visiblemente que la cuchara tintineó. —¿Por qué preguntas eso? —Nada, cosas del cole, —fingió él. Ella revolvió, apagó el fuego, Se giró pensativa. —De niña sí. Luego, no sé. Puede que existan, pero no como dicen en la tele. ¿Por? —Por nada. Molaría, eso sí. Siguieron cortando en silencio. Santi no se atrevió a sacar el tema de la carta. Pero la conversación ya había cambiado algo. Sabían de qué hablaban sin decirlo. Después vinieron los padres. El padre cansado, pero no arisco; la madre con un bizcocho. Comentaron el festín, Santi orgulloso de haber ayudado. Se sentaron a la mesa. Al principio con cautela, escogiendo palabras. Pero la comida ayudó. Las historias de infancia trajeron risas, anécdotas del trabajo… Nines reía, escondiendo a veces la boca. En un momento la madre, sirviendo té, dijo: —Perdona, mamá, vamos muy poco. Es que siempre vamos deprisa… No lo dijo como excusa, sino como reconocimiento. Nines bajó la mirada: —Lo entiendo, tenéis vuestra vida. No me enfado. Santi sintió una punzada: sabía que un poco sí se enfadaba, aunque dijera otra cosa. Pero había compasión, no reproche. —Pero bueno, —se atrevió él—, podemos venir de vez en cuando. Como hoy. El padre asintió: —Sí, está bien, incluso muy bien. La madre también. —Habrá que repetir —dijo, y había algo nuevo, no promesa, sino intención. Siguieron hablando; la abuela escuchando, sin entender todo sobre cursos online y oposiciones, pero trataba de seguir el hilo. Al despedirse, más lío, abrigos, padres buscando un táper. La madre: —La próxima vez, igual, ¿vale? Te aviso con tiempo. —Perfecto, —asintió Nines—, me encantaría. Santi, antes de salir, se acercó al escritorio donde la abuela tenía la libreta. La carta ya estaba en su bolsillo. Había decidido no devolverla ni confesar nada. —Abuela —dijo bajito cuando ya debían irse—, si alguna vez quieres que cambiemos algo, dínoslo. No hace falta escribir a nadie. Solo dinos. Ella le miró sorprendida, y luego con ternura. —Vale, si lo pienso, os lo digo. Asintió y salió. La puerta se cerró y el ascensor bajó. Nines quedó en el piso en calma. Fue a la cocina, recogió la mesa. Sentía algo extraño en el pecho, como una corriente de aire fresco tras abrir la ventana. Los conflictos no se habían ido, sabía que aún habría roces. Pero, ese día, alrededor de esa mesa, se habían acercado un poco. Pensó en su carta. Ya no importaba tanto si seguía en el bolso o si alguien la había encontrado. Miró por la ventana: fuera, los niños jugaban en la nieve; uno reía tan fuerte que se oía hasta el tercer piso. Nines apoyó la frente en el cristal frío y sonrió, apenas perceptible. Como quien responde a una señal lejana pero clara. En el bolsillo de la chaqueta de Santi, en su recibidor, la carta seguía guardada. A veces él la leía, una línea, y volvía a doblarla. No como ruego a un mago, sino como recuerdo de lo que de verdad necesita quien te cocina el caldo y espera tu llamada. Nunca contó a nadie lo de la carta. Pero la próxima vez que su madre dijo que no quería ir, Santi respondió sereno: —Yo sí, voy yo solo. Y fue. No por una fiesta. Solo porque sí. No era un milagro. Pero era otro pequeño paso hacia esa paz que alguien una vez pidió en una hoja cuadriculada. Nines, abriéndole la puerta, se sorprendió, pero no preguntó. —Pasa, Santi. Acabo de poner el agua para el té. Y con eso bastaba para que, en casa, volviera a sentirse un poco más cálido.
La carta que nunca llegó Mira, te cuento Era una de esas tardes apagadas en Madrid, cuando el cielo plomizo
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