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0117
Mi suegra se llevó una gran sorpresa cuando vino a nuestro jardín y descubrió que no había ni verduras ni frutas plantadas en él
Tía, no sabes la que me pasó el otro día con mi suegra. Resulta que vino a nuestra casa de campo, una
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…Suena el timbre… Sin saludar y apartando a su hijo del paso, irrumpe la suegra en el piso: “A ver, querida nuera, ¿qué secretos tienes para tu marido?”… – ¿Mamá?… ¿Qué pasa, mamá?…
Suena el timbre Sin previo aviso y apartando a su hijo del pasillo, irrumpe en el piso la suegra.
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0538
Acepté cuidar a la hija de mi vecina durante el fin de semana, pero pronto me di cuenta: algo no iba bien con la niña.
Acepté cuidar a la hija de la vecina durante el fin de semana, pero pronto me quedó claro que algo no
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0461
¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me escapé de casa, empecé a construir mi vida, ¡y habéis vuelto para lo mismo de siempre! – Zina, mujer, ¡no te agobies tanto! Sé que en el pueblo, a ti que eres de ciudad, te costará adaptarte, pero yo te echo una mano – le prometía Dimas a su chica – ¡Sé cómo va esto, me las apaño solo! Sólo quédate conmigo. La joven estaba hecha un lío. ¿Por qué me habré enamorado de un chico de pueblo? ¡Y encima de esa manera, hasta temblar de nervios! Ella ya tiene veintiocho años y una carrera exitosa, y Dimas, de treinta, tiene mucha familia y su propia casa en una aldea muy cerca de la ciudad. Se conocieron en el Parque de Atracciones del Retiro, donde Dimas acabó de casualidad mientras su madre hacía compras, y Zina fue arrastrada por sus amigas. Intercambiaron números y empezaron a hablar. Dimas se esforzaba por sorprenderla, iba a visitarla a Madrid, era atento y cariñoso, y Zina acabó cayendo rendida. Además, a diferencia de otros conocidos, él era sincero, abierto y muy buena persona. Poco después, el chico le pidió matrimonio y ella aceptó. – Bueno, hija, inténtalo. Dimas es un buen chaval, trabajador y con buen fondo – consintió la madre de Zina – Si no sale bien, siempre puedes volver a casa, a la capital. A Zina no le faltaban oportunidades. Podía teletrabajar y ahora en su empresa eso estaba bien visto. Además, ya no tenía dieciocho años, y en el pueblo dicen que el aire es más puro. Sólo que… – Dimas, ¿pero yo, en qué plan voy para allá? – le preguntó Zina. – En plan de prometida. Y dentro de un año celebramos la boda y nos vamos de viaje. Para entonces habré ahorrado lo suficiente, ni tendremos que pensar en el dinero – contestó, algo avergonzado, el chico. – Ya sé que tú estás acostumbrada a lo mejor. Todo parecía perfecto, pero a Zina algo la inquietaba. No sabía qué, así que decidió lanzarse y probar suerte. Así que, cogiendo una semana de vacaciones y una maleta bien grande, cerró su pequeño piso de dos habitaciones al que tanto esfuerzo le había dedicado, y se fue en su Seat Ibiza al pueblo, donde la esperaba Dimas. El primer día allí le gustó. Era un verano tórrido, así que los dos regaron juntos el huerto y prepararon la cena entre risas. Enseguida terminaron las tareas cuando lo hacían en equipo. – ¡Cariño, que vienen mis padres a vernos! – avisó Dimas al llegar antes de lo habitual del trabajo el viernes. – ¿Por qué? – preguntó, un poco asustada, Zina. – Para conocerte y echarnos una mano. Además, vienen mi hermano y su mujer – el chico paseaba inquieto por el salón. – ¿Mucho tiempo? – preguntó Zina, alarmada. – Espero que no… ¡Pero no te rallles! Entre los dos podemos con todo – aseguró Dimas, mirándola con cariño. Tras esas palabras, a Zina le costaba más estar tranquila. – No te preocupes, hija. Considera esto una prueba. Si no la pasas, te vuelves. Lo importante es que tienes donde ir – le dijo su madre, riéndose – Tú haz lo que te salga. Si no les gusta, se acostumbrarán. Y si no, que lidiar con ello te toque a ti, Dimas. “¿Y, oye, por qué me rallo yo tanto?… Si todavía ni siquiera soy su mujer”, pensó para sí Zina. ¿No me morderán, no? Cuando terminaba de poner la mesa, oyó llegar un coche. – ¡Ya están aquí! – anunció Dimas entrando en la cocina. Salieron a recibirlos. – ¡Vaya, así que tú eres la futura nuera! – exclamó una señora robusta, vestida con un vestido ancho y elegante, con el pelo recogido y unas pestañas tan negras que parecía imposible fuesen naturales, mientras abrazaba a Dimas. El padre, tan corpulento como ella, saludó a su hijo y asintió a Zina. El hermano mayor se presentó de broma y con buen rollo, pero su cuñada, una rubia de pueblo con pinta saludable, apenas saludó a Zina y dirigió la mirada a su marido: – ¿Qué miras tanto? ¡Venga, ayúdame! – Y fue al coche por las maletas. Zina los invitó a pasar y pensó que, en la mesa, quizá se relajasen todos un poco. Porque cocinar, eso sí, ella sabía. – ¡Menuda mesa habéis puesto! Así da gusto – aprobó María Milagros, la suegra. Pedro, el padre, asintió satisfecho. – ¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¡Pero quién cocina así! – gruñó la cuñada Elena, removiendo el plato con desdén – Estas modernidades… luego no hay quien se trague esto. – Pues a mí me encanta, está buenísimo – protestó Vlad, el hermano, mirando feo a su mujer. – Claro, tú sólo quieres llenar el buche, da igual lo que te den – bufó ella, dejando el tenedor con gesto indignado. Dimas miró a Zina con cara de disculpa. – Elena, ten un poco de respeto. Y deja de mostrar tanto la envidia. Zina se ha esforzado mucho – la defendió. – ¿Y quién le ha puesto ese nombre? ¡Como nuestra vaca! También se llama Zina – soltó venenosa la cuñada. Zina sonrió disimuladamente. – ¿Qué te hace gracia? – le susurró Dimas. – Es que una amiga tiene una cobaya que se llama Elena – le musitó Zina. Pero la mesa entera la escuchó. María Milagros miró a su nuera con fastidio, los hombres aguantaban la risa, y Elena se encendió. – Pero tú, ¿quién te has creído? ¡Qué descaro! – le gritó. – Si tú misma lo decías antes, pensé que ese tipo de bromas te iban – replicó Zina con calma. Vlad miró orgulloso a la futura cuñada. – Soy la legítima esposa de Vlad, ¿y tú qué eres? ¡La querida! – se levantó Elena. La madre la respaldó. – Por lo menos soy educada y cuando voy de invitada, no falto el respeto – contestó Zina. – ¡Pero si yo no vengo a verte a ti! – replicó triunfante. – ¡Ni yo te he invitado! – se defendió Dimas, cada vez más harto – ¿Para cuánto os quedáis? El silencio reinó de repente. Todos miraron sorprendidos al anfitrión. – En cuanto enseñemos a tu “fifí” cómo se vive en el pueblo, nos vamos – resolvió su madre. – Mamá, no hace falta. Nosotros nos las apañamos bien solos, y seguiremos haciéndolo. – Sí, sí, ahora estás encantado con la ciudadana esta, ¡ya veremos cuánto duras! – siguió Elena implacable. – Aquí la vaga eres tú, y no Zina – le cortó Dimas – Y ahora, gracias por la cena; podéis iros a descansar, queridos e inesperados invitados. Dimas le ofreció la mano a Zina y juntos, bajo las miradas de enfado y asombro de la familia, comenzaron a recoger la mesa. Zina pensó que tener un respaldo así era todo un alivio. Aquí nadie la pisaría; y si hacía falta, siempre podía volver a casa. El sábado empezó animado. – ¿Pero qué hacéis aún en la cama? Aquí a estas horas ya se ha ordeñado la vaca y hecho el desayuno – entró la suegra como un huracán. Zina miró el teléfono. ¡Las ocho de la mañana! – Señora María Milagros, en la nevera hay de todo para desayunar – se tapó más la joven. – ¿Puedo al menos vestirme? – ¡Vaya, qué delicada! Mira, mira – exclamó la mujer – ¡Hay que preparar lo que hay en la nevera! ¡Levanta ya! La suegra salió dando un portazo. Zina, ya vestida y desayunada, bajó a la cocina. – ¡Amor, ya te has levantado! – la recibió Dimas, enredado en cazuelas. – Sí. Si no fuera porque la he despertado yo, seguiría en la cama – resopló la suegra. Zina apretó los dientes. – Mamá, ¿a qué viene eso de entrar en nuestra habitación? – protestó Dimas, atónito – ¿No habíamos quedado en que…? – ¡Aquí no sólo eres lenta, también eres vaga! – se burló Elena. – Nadie te ha pedido opinión – le soltó Zina. – Así es el campo. Aquí madrugar es ley. Cuando os compréis la vaca, habrá que ordeñarla a las seis – comentó la cuñada, con una sonrisilla. – No tenemos previsto comprar vacas – contestó Dimas. – No te conviene, Zina seguro que ni sabe ordeñar… ¡Y lo de madrugar, ni te cuento! – se rió Elena. – Tú tampoco sabes, y aquí estás tan pancha – bromeó Dimas. – Desde que está Zina en tu vida eres más arisco y borde – protestó la cocinera. – Me vuelvo a Madrid, Dimas. Cuando este circo acabe, si acaso, llámame – Zina ya no aguantaba más. – ¿Cómo? ¡Si desde que apareció, mi hijo nos ha olvidado! Ni llama ni viene. Y ahora ¿quieres que la aceptemos? ¡Está rompiendo nuestra familia! – estalló la madre. – ¡Basta! – gritó Dimas. Silencio absoluto. – ¿No os gusta que quiera mi propia familia? Me fui de casa, empecé a vivir por mi cuenta, y habéis vuelto a lo mismo de siempre. – Hijo, ¡pero es que has perdido el juicio! Todo tu tiempo y dinero se lo das a esa… ¡Sólo le interesas por la pasta! ¡Te está exprimiendo! ¡Y nosotros, intentando salvarte porque te queremos feliz! – Mamá, Zina se mantiene ella solita; yo sólo ahorro para nuestra boda – dijo Dimas, agarrando a su chica por si intentaba huir – ¿Queréis que sea feliz? ¡Volved a casa! Y a nuestra casa, sólo por invitación. Especialmente tú, Elena. Mientras la familia asimilaba el shock, Dimas llevó suavemente a Zina al dormitorio y volvió con los suyos, que empezaban a recoger apresurados. – Hijo, ¡elige! O tu madre, o esa – le espetó María Milagros. – Pero a Elena bien que la aceptasteis – señaló Dimas, decepcionado. – ¡A esa ni la compares! – bufó la rubia. El padre y el hermano vigilaban la escena con interés. – ¿Y bien? – aceleró la madre. – ¡Elijo ser feliz! – respondió Dimas, desafiante. – ¡Entonces dejo de tener hijo! – la madre salió dando un portazo, la cuñada siguiéndola con dramatismo. – Si necesitas algo, cuenta con nosotros – le guiñó el padre. – Yo me encargo de mamá. El hermano le dio un abrazo al chico. – Cuida tu felicidad. Nosotros tendremos que poner orden en la familia. Y así, la familia se fue. A Zina le daba apuro, pero entendió que para Dimas, ella era realmente importante. Volvieron a hacer todo juntos, mientras Zina intentaba darle apoyo a su pareja, porque sabía que lo estaba pasando mal. Ahora, sin embargo, en casa del hermano de Dimas la cosa era divertida. – ¡Mamá, Elena! ¡Os hemos comprado una vaca! – anunció muy serio Vlad. – ¿Pero qué dices, hijo? – respondió María Milagros, horrorizada. – Elena, mañana la ordeñas tú, y luego la sacas a pastar – insistió Vlad, sin titubear. – ¡No tiene gracia! – protestó Elena, nerviosa. – Como tanto enseñabais a Zina, hemos pensado que a vosotras os falta aprenderlo – añadió el padre. – Y, por cierto, madre, todos los días a las siete, el desayuno tiene que estar hecho. Nada de sándwiches, y que sea contundente. Gente de campo, ¡madruga! Y así empezó la educación de las mujeres. No veas cómo se lo pasaron. Todo lo que le reprocharon a Zina, se lo devolvieron multiplicado. La madre comprendió que se había pasado con la nuera, porque ahora también les exigían que ganasen tanto dinero como ella. Pero eso ellas no podían. No tenían formación, y el campo ahora es mucho curro… ¡No llegaban! María Milagros hizo las paces con su hijo, pero seguía temiendo volver a su casa. ¿Y si Zina tenía algún talento más? Por fin, Dimas le pidió matrimonio a su amada como Dios manda. ¡En la boda no faltó nadie! No es que María Milagros y Elena amasen a la nuera, pero procuraban callarse. No fuese a armarse otra vez. Y Zina era feliz; seguían haciéndolo todo juntos, ayudándose uno al otro, y ya no tenían miedo de las visitas sorpresa.
¿No os gusta que quiera tener mi propia familia? Me fui, empecé de cero, ¡y habéis vuelto para empezar
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0118
— Está bien, haremos la prueba de ADN — sonreí a mi suegra. — Pero que su marido también verifique su paternidad…
Querido diario, Vale, hagamos la prueba de ADN le dije con una sonrisa a mi suegra, Begoña.
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0152
Mi nuera se ha enfadado conmigo por no querer cambiar de piso y ahora intenta poner a mi hijo en mi contra
Mi nuera se ha enfadado conmigo por el tema del piso y ha empezado a poner a mi hijo en mi contra.
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022
Con él, las cosas son diferentes, no como con ella
15 de septiembre Hoy, mientras la cafetera de la cocina emitía su habitual silbido, mi esposa, Celia
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014
La madre no fue recibida por sus familiares fuera del hospital, porque ella no renunció a su hija…
12 de octubre de 2024 Hoy, al regresar del Hospital Universitario La Paz, todavía siento el eco de las
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0573
—¿Y a dónde se va a ir ella? Mira, Víctor, entiende: una mujer es como un coche de alquiler. Mientras tú llenes el depósito y pagues las revisiones, va donde tú digas. Pero mi Olguita, yo la compré con todos los extras hace doce años. Yo pago, yo elijo la música. Y así, todo fácil, ¿lo pillas? Ni opinión propia ni dolores de cabeza. Es una seda, la mía. Sergio lo decía en voz alta, agitaba la brocheta sobre las brasas chisporroteantes. Lo decía tan convencido como si fuera ley. Víctor, el viejo amigo de la facultad, sólo resoplaba. Olguita, cuchillo en mano junto a la ventana, cortaba tomates para la ensalada. El zumo resbalaba y zumbaba en sus oídos la frase triunfal: “Yo pago, yo elijo la música”. Doce años. Doce en los que Olguita no fue sólo esposa, fue sombra, borrador y airbag de Sergio. Él, por supuesto, se creía genio de la abogacía, estrella del bufete. Ganaba casos difíciles, traía sobres repletos y los lanzaba en el recibidor como un campeón. Cuando Sergio caía rendido en la cama, Olguita sacaba en silencio del maletín los papeles que él llevaba días peinando y se ponía a corregir barbaridades, reescribir churros, buscar en bases legales enmiendas recientes que él, tan sobrado, ni veía. Por la mañana, como al pasar, decía: — Sergio, le he echado un ojo. Igual deberías mencionar el código de vivienda. Te dejé la marca. Él solía rechazar el comentario. — Siempre con tus consejitos de mujer. Bueno, ya miraré. Y por la noche volvía como un héroe, pero nunca, ni una sola vez en todos esos años, dijo: “Gracias, Olga. Sin ti, lo habría perdido”. Él creía que era su brillantez. Y Olguita, en fin, sólo estaba ahí, haciendo sopas. Aquella tarde en la casa del campo no discutió, no salió corriendo al porche, ni tiró la barbacoa. Cortó la ensalada, la aliñó con nata, la puso en la mesa. “¿Eliges la música?”, pensó observando a su marido devorar carne sin saborearla. “Pues oye, a escuchar silencio”. El lunes, Sergio daba vueltas por casa buscando su corbata de la suerte. — Olguita, ¿mi azul, la de la buena suerte? Que tengo reunión con el promotor. — En el armario, segunda balda —respondió ella desde el baño. El tono era tranquilo, demasiado tranquilo. Cuando la puerta se cerró tras él, Olguita no apuró el café ni encendió la tele. Abrió una vieja agenda. El número de Don Borja, su antiguo jefe y el de Sergio, llevaba veinte años igual. — ¿Don Borja? Soy Olga, la esposa de Sergio. No, él no sabe nada. Necesito hablar. ¿Buscan a alguien en el archivo? O alguien que sepa poner orden en los líos imposibles… Silencio al teléfono. Don Borja recordaba a Olga; sus trabajos brillantes y la capacidad de ver el grano entre la paja. Fue el único, doce años antes, que le dijo: “Olga, te vas a aburrir como ama de casa”. — Vente —gruñó—. Tengo un caso que nadie quiere tocar. Si puedes con ello, te contrato. Por la noche, Sergio volvió de un humor de perros. El promotor, duro de pelar, el caso encallado. Soltó la chaqueta en la silla y gritó: — Olguita, ¿qué hay de comer? Me comía un toro. Y, por cierto, plánchame la camisa blanca para mañana. Silencio. En la cocina, limpieza total. Ni cazuelas ni sartenes. En la mesa, una nota: “La cena en la nevera, los empanadillas congelados. Estoy cansada”. — ¿Qué…? —Sergio miró la notita como si estuviera en chino. En ese momento se oyó la puerta. Olguita entró con una carpeta de documentos. Traje sastre, tacones. Hacía años que Sergio no la veía así. — ¿Dónde has estado? ¿Y esa pinta? — Trabajando, Sergio. En tu bufete, por cierto, en el archivo. Don Borja me ha contratado de ayudante. Sergio soltó una carcajada amargada. — ¿Tú, trabajar? No me hagas reír. Doce años sin levantar nada más pesado que un cucharón. ¿Vas a toserte con el polvo en el sótano? — Ya veremos. Se sirvió un vaso de agua. — ¿Y ahora qué, me alimento de empanadillas? Yo soy el que trae el dinero. Yo mantengo la casa. — Ahora yo también trabajo. De momento poco, pero para empanadillas da. Y la camisa, plánchatela tú. La plancha está donde siempre. Esa fue la primera llamada de atención. Sergio pensó que era una crisis de los cuarenta: hormonas, ya sabes. “Que juegue unas semanas y se calme. Verá lo que cuesta ganar dinero y volverá a ser un guante de seda”. Pero la semana pasó, luego otra. La crisis no se iba. La casa cambió. De pronto los calcetines dejaban de aparecer emparejados y se amontonaban sucios. El polvo, invisible antes, campaba a sus anchas. Las camisas, un suplicio plancharlas, dobleces extrañas, mangas arrugadas. Pero lo peor, otra cosa. Olga ya no era su almohada de quejas. Antes se echaba horas despotricando de todo y todos; ella escuchaba, asentía, le daba consejos. Ahora intentaba hablarle: — ¿Sabes lo que ha hecho Gracia, la juez, hoy? —empezaba él. — Sergio, por favor, baja la voz. Mañana tengo una revisión de una quiebra. Eso es un infierno. — ¿A quién le importa tu quiebra? —Estallaba él—. ¡Mi caso es urgente! — A mí me importa mi trabajo. Necesito sentirme útil. Se enfurecía. Sentía el suelo abrirse. Sin sus consejos, empezó a cometer errores: olvidar plazos, confundir apellidos. Los jefes empezaban a desconfiar. Don Borja, en las reuniones, fruncía el ceño mirando a Sergio, y luego lanzaba una mirada aprobatoria a Olga. Ella, por su parte, sacó adelante el archivo en tres días. Encontró documentos desaparecidos. La subieron al área común, con mesa y todo. Sergio veía cada día la espalda recta y digna de Olga, ya no más arrastrando los pies de ama de casa. Los tacones sonaban firmes. El trueno estalló un mes después. Al bufete llegó una clienta de oro: Ana María Viñuales, dueña de una cadena de clínicas privadas. Mujer de hierro, sin tiempo que perder. Litigaba con un antiguo socio que le quería quitar media empresa con papeles falsos, según ella. El caso, para Sergio. Su oportunidad de redimirse. — Me la como con patatas —se pavoneaba en casa, cortando chorizo en la mesa—. Todo clarísimo: peritaje, testigos… Olga no levantaba la vista del libro. — ¿Me oyes? Caso ganado. Me darán un bonus y te compraré un abrigo de piel, a ver si vuelves a la vida normal. Olga bajó despacio el libro, le miró con una calma extraña. — No necesito un abrigo, Sergio. Quiero que dejes de ser tan gallo. Viñuales no soporta la presión. Es de escuela antigua. No intentes apabullarla. Habla con ella. — Venga ya, psicóloga de salón. El día D en la sala de reuniones, la tensión se cortaba. Ana María, en la cabecera de la mesa, pequeña pero implacable. Sergio iba y venía, soltando tecnicismos y gráficos. — Les bloqueamos las cuentas, les presionamos hasta que cedan. — Usted no me escucha. No quiero humillar a nadie. Ese hombre es mi ahijado. Actúa mal, sí, pero no le deseo cárcel. Quiero mi empresa y que desaparezca de mi vida, sin escándalos. ¿Y usted qué me ofrece? Sergio se atragantó. — Pero, doña Ana, si no mostramos fuerza… — Está usted fuera del caso —dijo ella con frialdad, ya de pie—. Don Borja, estoy decepcionada. Pensaba que aquí había profesionales, no demoledores. Don Borja palideció. Perder esa clienta era un agujero descomunal. Sergio, rojo como un tomate. En ese instante se abrió la puerta. Olga entró, con una bandeja de té. La secretaria estaba enferma y tocaba a los juniors ayudar. Vio la escena: la espalada de Ana María alejándose, la desesperación en los ojos de Sergio. Cualquiera en su lugar se habría regodeado. Pero Olga era profesional. El profesional que llevaba dormido doce años salió por fin. — Doña Ana. La voz de Olga se oyó tranquila, pero firme. Viñuales se paró en la puerta. — Perdón, sólo traigo el té que le gusta, con tomillo. Y tiene razón respecto a su ahijado. En el noventa y ocho hubo un caso igual. Se evitó el juicio con un acuerdo extrajudicial y una cesión de acciones como donación. Nadie perdió la cara. Viñuales giró. Su mirada taladró a Olga. — ¿Cómo lo sabe? Aquello era confidencial. — Revisé el archivo. Olga puso la bandeja en la mesa. Mano firme. — Y, si me permite, hay un detalle: los pagarés pueden anularse no por la firma, sino por defecto de forma. Falta un requisito. Un detalle técnico, sin implicación penal. Su ahijado cometió un error. Él saldrá indemne, y usted mantendrá las clínicas, y la discreción. Silencio. Sergio miraba a su esposa como si tuviera dos cabezas. ¿Él había visto ese defecto…? Ni se asomó a los papeles; fue directo al ataque. Viñuales volvió a la mesa, se sentó. — ¿Té con tomillo, dice? —Por primera vez sonrió, el rostro ablandado como una manzana asada—. Sirva, por favor, y cuénteme lo del defecto de forma. Y usted —asintió hacia Sergio, sin mirarle—, siéntese y aprenda. Durante dos horas Olga fue la protagonista. Sergio en silencio, pasando su bolígrafo de mano en mano. Oyó cómo su mujer, su “comodísima” mujer, desmontaba un laberinto legal en llano. No presionaba, escuchaba, proponía alternativas. Cuando Viñuales se marchó firmando el contrato, Don Borja se acercó a Olga y le estrechó la mano. — Doña Olga, mañana nos vemos. Hablaremos de ascenso. El archivo ya es pequeño para usted. Sergio y Olga volvieron a casa en silencio. En la radio, música pop. Sergio solía cambiar a las noticias, pero hoy no se atrevía. Su cómodo reino, donde era rey y dios, y la esposa un servicio más, se había venido abajo. Y sobre las ruinas reinaba una mujer extraña, poderosa, inteligente, hermosa. Y, por fin, comprendió que siempre había sido así. Solo que él era ciego. Entraron en casa. Oscuro, en silencio. Su hijo aún no había vuelto del colegio. Sergio dejó los zapatos, fue a la cocina, se sentó. Olga fue al dormitorio, a cambiarse. Él miraba sus propias manos. Sintiéndose quemar de vergüenza: no por la negociación, sino por aquella frase: “yo pago”. Olga volvió, ya en ropa de estar por casa, sin maquillaje. Cansada, pero con los ojos vivos como nunca. Abrió la nevera, sacó huevos, puso la sartén. — Olguita… La voz de Sergio temblaba. Ella no se giró; cascó el huevo. — Ya lo hago yo. Él saltó, fue a ayudarle, torpe, intentando quitarle la espátula. — Déjame, siéntate, tú has trabajado demasiado. Olga dejó la espátula. Se sentó, mirando cómo él se apañaba a duras penas con los huevos y la sartén, mientras el huevo se rompía y se le quemaban los bordes. — Perdóname —dijo él, mirando la mesa. Olga cogió el tenedor. — Tiene pinta de comestible. — Hoy he entendido… —balbuceó él—. Me has estado salvando, y no solo hoy. Recuerdo cómo corregías mis papeles de madrugada. Solo que yo… me lo creí. Le miró con miedo a que ella se pusiera en pie y se fuese. Porque ahora podía. Tenía trabajo, respeto, un sueldo. Ya no dependía de él. — No me iré, Sergio —respondió al miedo apenas pensado—. De momento, no me voy. Aún nos queda vida que compartir, no solo bienes. Veinte años, al fin y al cabo. Pero las reglas cambian. — ¿Cómo…? ¿Qué debo hacer? — Respetar. Tomó un trozo de pan. — Solo eso. Yo no soy de seda, soy una persona. Y tu pareja. En casa y en el trabajo. Mitad para cada uno. No “ayudar a la esposa”, sino hacer tu parte. ¿Entendido? — Entendido —afirmó él. Y era verdad. — ¿Me puedo comer el huevo? —Sergio sonrió, cogiendo el tenedor. Los huevos estaban sosos y chamuscados, pero más ricos que nunca. Porque aquella cena no era un servicio. Era una cena de iguales.
¿Y dónde iba a ir ella, hombre? Mira, Víctor, una mujer es como el Seat León de alquiler: mientras le
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062
La cuidadora del viudo Hace un mes la contrataron para cuidar a Regina Vojtyuk, una mujer que tras un ictus había quedado postrada en cama. Durante un mes la giró cada dos horas, cambiaba las sábanas, vigilaba las vías y el gotero. Tres días atrás, Regina falleció. Discretamente, mientras dormía. Los médicos firmaron el certificado: nuevo ataque. Nadie tenía la culpa. Nadie, excepto la cuidadora. Al menos eso pensaba la hija de la fallecida. Zina se frotó la cicatriz en la muñeca —una fina línea blanca, recuerdo de una quemadura de su primer trabajo en el ambulatorio. Hace quince años, joven y algo torpe. Ahora, rondando los cuarenta, divorciada, con un hijo que vive con su padre. Y una reputación que están a punto de destrozar. —¿También te presentas aquí? Cristina apareció a su lado como salida de la nada. El pelo recogido en una coleta tirante —tan fuerte que le había puesto las sienes blancas. Los ojos rojos de no dormir. Por primera vez parecía mayor que sus veinticinco años. —He venido a despedirme —dijo Zina tranquila. —¿A despedirte? —Cristina bajó la voz a un susurro—. Sé lo que has hecho. Y todos lo sabrán. Y se marchó —hacia el ataúd, hacia su padre, que esperaba con el rostro de piedra y la mano derecha en el bolsillo de la americana. Zina no la siguió. No intentó explicar nada. Ya había comprendido que, pasase lo que pasase, la culpa acabaría cayendo sobre ella. La publicación de Cristina apareció dos días después. —Mi madre ha muerto en circunstancias misteriosas. La cuidadora contratada para atenderla pudo haber adelantado su final. La policía no quiere abrir una investigación. Pero yo llegaré hasta el fondo. Tres mil compartidos. Comentarios, en su mayoría, comprensivos. Algunos piden “que encuentren a esa desalmada”. Zina leyó la publicación en el autobús, volviendo del centro de salud. Mejor dicho: volviendo de donde hasta hace poco tenía su empleo. —Zinaída Pavlovna, comprenderá… —dijo el director médico, sin mirarla—. Se ha montado mucho revuelo… Los pacientes hablan, el personal está nervioso. Será sólo temporal. Hasta que se calme un poco. Temporal. Zina sabía bien lo que eso significaba. Nunca. La recibieron el silencio y los veintiocho metros cuadrados de su piso de tercera planta sin ascensor —todo lo que le quedó tras el divorcio. Lo suficiente para sobrevivir, no para vivir. El teléfono sonó cuando ponía el agua a hervir. —¿Zinaída Pavlovna? Soy Ilya Vojtyuk. Por poco se le cae la tetera. La voz grave, con ese deje ronco que recordaba bien. Casi no le habló durante el mes que cuidó de su esposa. Pero, cuando lo hacía, ella retenía cada palabra. —Le escucho. —Necesito su ayuda. Las cosas de Regina… Yo no puedo. Ni Cristina, mucho menos. Usted es la única que sabe dónde está cada cosa. Zina dudó. Y luego dijo: —Su hija me acusa de haber matado a su madre. ¿Lo sabe? Pausa. Larga, pesada. —Lo sé. —¿Y aun así me llama? —Aun así le llamo. Cualquier persona sensata habría dicho que no. Pero había algo en la voz de Ilya —no una petición, algo más cercano a una súplica— que le llevó a contestar: —Mañana a las dos. La casa de los Vojtyuk estaba a las afueras —dos plantas, espaciosa y vacía. Zina la recordaba de otro modo: con el ajetreo de enfermeras, el pitido de los aparatos, la tele puesta en la habitación de Regina. Ahora el silencio lo cubría todo, como el polvo. Ilya abrió la puerta él mismo. Cerca de cincuenta, canas en las sienes, hombros aún anchos, pero encorvados como no hace un mes. La mano derecha en el bolsillo, donde Zina adivinó algo metálico. ¿Una llave? —Gracias por venir. —No tiene que darme las gracias. No lo hago por usted. Él arqueó una ceja. —¿Por quién entonces? “Por mí misma”, pensó ella. “Para entender qué está pasando. ¿Por qué calla? ¿Por qué no me defiende, sabiendo que no soy culpable?” En voz alta, preguntó: —¿Dónde están las llaves de la habitación? La habitación de Regina olía a lirios del valle —dulzón, un poco asfixiante. Perfume. El aroma impregnado en las paredes. Zina trabajaba metódica: despejó armarios, apiló ropa en cajas, clasificó papeles. Ilya no subió. Permaneció abajo. Ella oía sus pasos de un lado a otro. Sobre la mesilla había una foto. La cogió para guardarla y se quedó inmóvil. En la imagen, Ilya era joven, de veintitantos años. A su lado, una mujer rubia, sonriente —no era Regina. Dio la vuelta a la foto. Detrás una inscripción desvaída: “Ilyusha y Lara. 1998”. Extraño. ¿Por qué guardaba Regina la foto de su marido con otra junto a su cama? Zina la metió en su bolso y siguió. Se agachó junto a la cama, alargó la mano y los dedos tocaron algo de madera. Una caja. De madera, sin cerradura. Al abrirla, aparecieron decenas de sobres, apilados cuidadosamente. Todo el mismo trazo redondo, femenino. Todos abiertos y vueltos a pegar. Tomó el de arriba. Destinatario: Ilya Andreevich Vojtyuk. Remitente: Melnikova L.V., ciudad de Járkov. La fecha, noviembre de 2024. Un mes atrás. Revisó el resto. El más antiguo era de 2004. Veinte años. Veinte años alguien escribió a Ilya —y Regina interceptó las cartas. Y las guardó. No las tiró, las escondió. ¿Por qué? Zina olió el sobre. El mismo perfume. Regina los había sostenido en sus manos. Los leyó, los releyó —se notaban los dobleces gastados. Dejó la caja en la cama y se sentó. Le temblaban las manos. Aquello lo cambiaba todo. —Ilya Andreevich. Él levantó la cabeza, sentado ante la mesa de la cocina, el té intacto. —¿Ha terminado? —No. —Dejó el sobre ante él—. ¿Quién es Larisa Melnikova? Su cara cambió. No se volvió pálida: se endureció. La mano en el bolsillo se tensó aún más. —¿Dónde ha encontrado eso? —En una caja bajo la cama. Hay centenares. Veinte años de cartas. Todas abiertas y pegadas de nuevo. Su esposa las ocultó. Él no contestó. Se levantó, fue a la ventana, dio la espalda. —¿Lo sabía? —preguntó Zina. —Lo supe. Tres días atrás. Tras el funeral. Ordenando sus cosas, yo solo. Creí que podría… y di con la caja. —¿Y calla? —¿Y qué quiere que diga? —Se giró brusco—. Mi mujer robó mi correspondencia durante veinte años. Interceptó las cartas de la mujer que amé antes de casarme. —Las guardó: no sé si como trofeo o como castigo a sí misma. ¿Y qué hago ahora? ¿Contárselo a mi hija, que idolatraba a su madre? Zina se incorporó. —Su hija me culpa de la muerte de su madre. Me han despedido. Ensucian mi nombre en Internet. ¿Y usted calla, por miedo a la verdad? Él se acercó. Los ojos oscuros, vencidos. —Callo porque no sé cómo vivir con esto. Veinte años, Zinaída. Veinte años escribiéndome Larisa… y yo creyendo que me había olvidado. Que rehízo su vida. Y en realidad… No terminó la frase. Zina alzó el sobre. —Remite: Járkov. Iré ahí. —¿Para qué? —Alguien debe saber la verdad. Si no usted, lo haré yo. Larisa Melnikova vivía en un bloque de cinco plantas en las afueras de Járkov. Bajo. Ventanas con geranios, un gato tras los cristales. Zina llamó al timbre sin saber qué decir. Abrió una mujer de la edad de Ilya. Pelo claro hecho un moño. Arrugas en los ojos, mirada cauta, no hostil. —¿Es usted Larisa Vladimirovna? —Sí. ¿Y usted? Zina le tendió un sobre. —Encontré todas sus cartas. Cada una. Abiertas, leídas, escondidas. Larisa miró el sobre como si le fuera a morder. Luego alzó la mirada. —Pase. Sentadas en la cocina, tazas de té enfriadas. —Le escribí durante veinte años —Larisa se mordió el labio—. Cada mes. A veces más. Jamás tuve respuesta. Pensé que me odiaba. Por haber… por haberle dejado marchar. —¿Dejarle? Larisa cogió la taza con ambas manos. —Salimos tres años, desde la facultad. Quería casarse. Yo… temía. Tenía veintidós años. Creía que todo estaba por delante, ¿por qué precipitarse? —Le dije que esperara. Esperó seis meses. Luego apareció ella: Regina. Preciosa, decidida, que sabía lo que quería. Y yo… perdí. Zina callaba. —Cuando se casaron, me fui a casa de mi tía en Járkov. Creí que olvidaría. Pero no. Cinco años después le escribí. No para recuperarle, sólo… para que supiera que seguía aquí. Que pensaba en él. —Él nunca contestó. —Nunca —Larisa sonrió amargamente—. Ahora comprendo por qué. Zina sacó la foto. —Esto estaba en su mesilla: “Ilyusha y Lara, 1998”. Larisa la cogió. Le temblaban los dedos. —¿La tenía… junto a su cama? —Sí. Silencio. —¿Sabe? —dijo Larisa—. He odiado toda la vida a esa mujer que me quitó el amor. Pero ahora… ahora me da pena. —Vivir veinticinco años con miedo de que te comparen, cada día leyendo mis cartas y guardándolas en secreto… Debe de ser un infierno. Un infierno hecho por ella misma. Zina se levantó. —Gracias por hablarme. —Espere, —Larisa se puso en pie—. ¿Por qué hace esto? No es familia, ni siquiera amiga… Zina dudó. —Me acusan de su muerte. La hija de Ilya. Cree que quería arrebatarle a su padre, ocupar su lugar. —¿Quiere defender su inocencia? Zina negó con la cabeza. —Quiero entender la verdad. Lo demás viene solo. Llamó a Ilya por el camino: volvía ya. Él la esperaba en el porche, el sol poniente llenando de sombras larguísimas el césped. —Tenía razón —le dijo Zina al llegar—. Le escribió durante veinte años. Nunca se casó. Le esperó. No contestó. Sólo la mano en el bolsillo se cerraba y abría. —Tiene usted algo en la caja fuerte —dijo Zina—. Siempre toca la llave, como si temiera perderla. Pausa. —Vamos, —dijo él. La caja fuerte estaba en el despacho. Antigua, maciza. Ilya la abrió. Sacó un sobre con otra letra: acelerada, nerviosa. Letra de Regina. —Escribió esto dos días antes de morir. Lo encontré buscando papeles para el funeral. Zina abrió el sobre. Dentro, un folio lleno hasta los márgenes. “Ilya: si lees esto, es que ya no estoy, y encontraste la caja. Sabía que pasaría, y aun así no supe parar. —Empecé a interceptar las cartas en 2004. Cinco años tras la boda. Cambiaste: te alejaste, te volviste callado. Pensé que ya no me amabas. Luego hallé la primera carta en el buzón. Comprendí… —Ella nunca te soltó. Jamás. —Debí haberte enseñado esa carta. Preguntar. Pero me asusté. Temí que te irías. Que la eligieras a ella. Así que la escondí. Después escondí la segunda. Y la siguiente. —Veinte años robando tu correspondencia. Veinte años leyendo el amor de otra. Y odiándome día tras día. Pero no pude parar. —Te quise tanto que destruí todo: tu posibilidad de elegir, su esperanza, mi conciencia. —Perdóname si puedes. Sé que no lo merezco, pero aun así lo pido. Regina”. Zina bajó el papel. —¿Cristina lo sabe? —No. —Debe enterarse. Lo sabe, ¿verdad? Ilya dio la espalda. —Adoraba a su madre. Eso la rompería. —Ya está rota —dijo Zina quedo—. Ha perdido a su madre y teme perder al padre, así que busca culpables. —Me ataca a mí. Necesita un enemigo, porque admitir que el enemigo es su dolor es imposible. Ilya no respondió. —Si le cuenta la verdad, puede que le odie. Un tiempo. Luego lo entenderá. Si calla, nunca le perdonará. Ni a usted, ni a sí misma. Él se volvió. Los ojos, humedecidos. —No sé hablar con ella. Desde que Regina enfermó… dejamos de hablarnos. —Aprenda. Empiece hoy. Cristina llegó en una hora. Zina la vio desde la ventana, bajando del coche, tensando su coleta. Se quedó petrificada al ver a su padre en el porche. Hablaron mucho. Zina apenas oyó los tonos. Primero gritaba Cristina. Luego lloró. Después se quedó callada. Cuando se abrió la puerta, Cristina traía la carta de Regina en la mano. La cara hinchada de tanto llorar, pero los ojos diferentes. No hostiles, perdidos. Se acercó a Zina. Esta se preparó para el reproche, el insulto… lo que fuera. —He borrado la publicación —dijo Cristina—. Subí una rectificación. Y… perdón. Me equivoqué. Zina asintió. —Lo entiendo. El dolor nos vuelve crueles. Cristina negó. —No el dolor. El miedo. Temía quedarme sola. Primero se fue mamá, luego papá se volvió… otro. Y usted estaba cerca. Vio sus últimos días. Sabía cosas… distintas. Pensé que quería ocupar su lugar. Robarme a mi padre. —No quiero robar nada. —Lo sé. Ahora lo sé. Le tendió la mano —torpemente, como si hubiera olvidado cómo hacerlo— y Zina la apretó. —¿Mamá… fue infeliz, verdad? ¿Siempre? Zina pensó en la carta, en veinte años de miedo y celos. En un amor convertido en cárcel. —Quiso mucho a su padre. A su manera. No bien. Pero de verdad. Cristina asintió. Se sentó en los escalones y se echó a llorar, sin ruido. Zina se sentó a su lado. No la abrazó: sólo estuvo allí. Pasaron dos semanas. A Zina la readmitieron —después de que Cristina llamara personalmente al director médico. La reputación es frágil, pero a veces se recompone. Ilya llamó en la noche, igual que la primera vez. —Zinaída Pavlovna. Quería dar las gracias. —¿Por qué? —Por la verdad. Por no dejar que me escondiera. Pausa. —Mañana salgo para Járkov —dijo—. A ver a Larisa. No sé qué diré. No sé si me aceptará. Pero… tengo que intentarlo. Veinte años callando son muchos. Zina sonrió —él no la veía, pero quizá lo notó. —Suerte, Ilya Andreevich. —Ilya. Sólo Ilya. Al mes, volvió. No solo. Zina se enteró por casualidad; los vio en el mercado. Ilya cargando bolsas, Larisa eligiendo tomates. Una escena común: dos personas haciendo la compra. Pero algo en su forma de moverse —la compenetración, la ligereza— indicaba otra cosa. Ilya la vio. Saludó con la mano. Con la derecha. Sin esconderla. Zina devolvió el saludo y siguió andando. Aquel atardecer, abrió la ventana de su pequeño piso. Mayo olía a lilas y a gasolina. Un aroma común. Vivo. Pensó en Regina: en sus lirios del valle, en la caja de cartas, en el amor que se convirtió en prisión. Pensó en Larisa —veinte años esperando, cartas sin respuesta, esperanza viva. Pensó en Ilya —en su silencio, en la llave en el bolsillo, en el hombre que al fin eligió. Y luego dejó de pensar. Sólo se sentó al lado de la ventana, escuchó la ciudad y esperó —sin saber qué. El teléfono sonó. —¿Zinaída Pavlovna? Soy Ilya. Sólo Ilya. Aquí estamos cenando. Larisa hace tarta. ¿Se anima? Zina miró su habitación —veintiocho metros de silencio. Luego miró la ventana abierta. —En una hora estoy. Colgó. Cogió las llaves y salió. La puerta se cerró con un suave clic. Sobre la ciudad, el crepúsculo anaranjado prometía, por fin, un mañana en paz.
Diario de Zinaida Pérez Hace un mes me contrataron para cuidar a Regina Valverde. Un ictus la dejó postrada en cama.
MagistrUm