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03
ÁNGEL DE PELUCHE
ÁNGEL DE PELUCHA ¡Hola, exmarido mío! Siento que probablemente nunca leerás esta carta, y al fin y al
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050
Aún nos quedan cosas que hacer en casa… La abuela Valentina abrió trabajosamente la cancela, llegó con esfuerzo hasta la puerta, se peleó un buen rato con la vieja cerradura oxidada y entró en su antigua casa sin calefacción, sentándose junto a la fría estufa. En la casa olía a vacío. Había estado fuera sólo tres meses, pero las telarañas ya cubrían los techos, la vieja silla chirriaba lastimeramente, el viento aullaba en la chimenea: la casa la recibió de morros, como recriminándole: “¿Dónde has estado, dueña mía? ¿A quién nos has dejado? ¿Cómo vamos a pasar el invierno?” —Ahora mismo, mi vida, espera un poco, que recobre el aliento… Pronto encenderé la estufa y nos calentaremos… Tan solo un año antes, la abuela Valentina se movía con brío por la casa: encalando, arreglando, trayendo agua. Su menuda figura iba de las reverencias ante los santos a comandar la cocina o a recorrer el jardín, donde siempre encontraba tiempo para plantar, limpiar y regar. La casa vivía feliz con su dueña, los suelos crujían contentos bajo sus pasos, puertas y ventanas cedían al primer toque de sus manos laboriosas y la estufa horneaba generosa los ricos pasteles. Habían hecho buen equipo: Valentina y su vieja casa. Tuvo que enterrar pronto al marido. Sacó adelante a sus tres hijos, los educó, los convirtió en personas de provecho. Uno es capitán de barco, el otro militar y coronel, ambos viven lejos y apenas la visitan. Sólo su hija pequeña, Tamara, seguía en el pueblo como jefa de los agrónomos, ocupada de sol a sol, y a la madre solo la veía los domingos, cuando se desahogaban con pasteles —y otra vez, una semana sin verse. El consuelo: su nieta Natalia. Se podría decir que Natalia se crio con la abuela. ¡Y menuda se había hecho! Guapa, de grandes ojos grises, melenón rubio de avena madura —ni los del pueblo podían apartar la vista cuando se paseaba. Esbelta y elegante, con un aire de reina más que de pastora… Listísima. Terminó ingeniería agrónoma en Madrid y volvió a su pueblo como economista. Se casó con el veterinario y, gracias a un programa para jóvenes, les dieron una casa nueva. ¡Y qué casa! De ladrillo, sólida, en aquellos días parecía casi una mansión. Eso sí: el jardín de la abuela era vergel, el de Natalia aún nada, recién plantadas tres ramitas. Y de por sí, la agricultura no era el fuerte de Natalia —demasiado pulida y protegida por la abuela y, enseguida, nació Vasito. Poco tiempo quedaba para jardines. Por eso Natalia insistía: “Abuela, ven a vivir con nosotros”. La casa era nueva, no había que encender la estufa. A la abuela Valentina le pareció lógico; ya tenía ochenta años y sus piernas empezaban a abandonarla. Se dejó convencer. Pero tras un par de meses, oyó: —Abuela, sabes que te quiero, ¡pero no paras quieta! Toda la vida trajinando, y aquí, sentada… Yo quería montar un buen hogar, y tú me ibas a ayudar… —Pero hija, las piernas no me dan ya… —¡Qué casualidad, sólo te fallan aquí conmigo! Al poco, la abuela regresaba sola a su antigua casa, con la tristeza por no haber podido ayudar… De la pena, apenas se movía. Los pies no respondían —demasiado habían andado. Cruzar de la cama a la mesa era un suplicio, llegar a la iglesia, imposible. El padre Borja, su párroco y viejo amigo, la visitaba, le traía pan y pasteles, le encendía la estufa, le ponía agua a calentar y hasta le ayudaba a escribir las direcciones en las cartas a sus hijos. En la mesa, la abuela Valentina mentía piadosamente: “Yo estoy muy bien, hijo mío, gracias a Dios”; mas las lágrimas, esas no mentían. Pronto una vecina, Ana, se hizo cargo de ella; el padre Borja la cuidaba espiritualmente, y la vida se fue encarrilando. Pero la nieta Natalia enfermó y, en seis meses, el cáncer se la llevó. El marido, desolado, se refugiaba en el alcohol; el pequeño Vasito quedó desatendido. Tamara, su tía, lo acogió, pero su trabajo le impedía atenderlo y empezaron los trámites para el internado. Era reputable: buena dirección, buena comida, los niños podían pasar el fin de semana en casa. Pero Tamara no tenía opción. Entonces apareció la abuela Valentina en sidecar de un viejo “Ural”, conducido por el vecino Pedro, eterno marinero tatuado y de espíritu indómito. —Me lo llevo yo a Vasito —sentenció. —¡Mamá, si apenas puedes moverte! —Mientras yo viva, mi nieto no irá al internado. Tamara, sorprendida por semejante determinación, preparó la ropa del pequeño y el vecino se llevó a ambos de vuelta a casa. Los vecinos la tildaban de loca: “¡Con lo mayor que está y encima un niño a cuestas!” El padre Borja fue a visitarlos, con miedo de lo que se encontraría, pero allí reinaba el orden y el calor. Vasito, limpio y contento, escuchaba cuentos; la abuela, rejuvenecida, amasaba pasteles y revoloteaba por la cocina como en sus mejores tiempos. —Estoy haciendo bollos, padre —dijo—. Espere y les llevo un par a la señora y su niño. El padre Borja, asombrado, lo contó a su mujer Alexandra, quien le recordó la historia de su bisabuela Verónica, que pospuso su propia muerte para cuidar a su bisnieta y que solía repetir: “Y aún no es hora de morir, ¡que todavía nos quedan cosas que hacer en casa!” Vivió diez años más ayudando a criar a su adorada bisnieta. Y el padre Borja sonrió, sabiendo que mientras haya alguien en casa que necesite de nosotros, la vida sigue y aún quedan cosas por hacer.
Aún quedan cosas que hacer en casa La abuela Valentina logró, no sin esfuerzo, abrir la cancela del patio
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Rumbo a una nueva vida —Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir aquí, estancadas en este pueblo olvidado de la mano de Dios? Si es que ni siquiera estamos en la provincia, estamos en la provincia de la provincia —dijo mi hija, canturreando su canción favorita al regresar de la cafetería. —Marta, hija, te lo he explicado cien veces: aquí están nuestras raíces, es nuestro hogar. Yo no me muevo de aquí. Mi madre reposaba tumbada en el sofá, con las piernas entumecidas apoyadas en un cojín. A esa postura ella la llamaba “Lenin gimnasta”. —Madre, siempre estás igual con lo de las raíces. Dentro de diez años, tus raíces estarán mustias y entonces me aparecerás con algún nuevo escarabajo a quien querrás que llame papá. Dolida por las palabras, mi madre se levantó y se miró en el espejo empotrado en el armario. —No están tan marchitas, deja de exagerar… —Por ahora se salvan, pero al paso que vamos da igual si eres una remolacha, una calabaza o un boniato; elige lo que más te guste, como buena cocinera. —Si tan claro lo tienes, emigra tú sola. Ya eres mayor de edad, puedes hacerlo todo legal. ¿Para qué me necesitas? —Por conciencia, mamá. Si me voy a buscar una vida mejor, ¿quién te cuida aquí? —El seguro, una nómina fija, internet, y algún escarabajo aparecerá, como tú misma dices. Para ti mudarte es sencillo: eres joven, moderna, entiendes de todo esto y aún no te hartan los adolescentes. Yo ya estoy a medio camino de irme al Valhalla. —¡Venga ya! Si bromeas como mis amigos y sólo tienes cuarenta años… —¿Y para qué sueltas eso en voz alta? ¿Para fastidiarme el día? —Si lo traducimos a “gatuno”, solo tienes cinco —replicó con rapidez mi hija. —Estás perdonada. —Mamá, aún estamos a tiempo, vámonos, saltemos en un AVE y cambiemos de vida. Aquí no queda nada que nos retenga. —Hace apenas un mes conseguí que pusieran bien nuestro apellido en la factura del gas, y estamos adscritas aquí a la Seguridad Social —replicó mamá con sus últimos argumentos. —En cualquier centro te atienden con la tarjeta, y no hace falta vender la casa; si sale mal, siempre podemos volver. Ya verás cómo te saco a relucir. —El médico ya me lo advirtió en la ecografía: “no te dejará tranquila”. Yo pensé que era una broma. No por nada luego ganó el bronce en “El reto de los videntes”. Vale, nos vamos, pero si no sale bien prométeme que me dejas regresar en paz, sin dramas ni broncas. —¡Palabra! —Lo mismo me prometió tu padre en el registro civil, y sois del mismo grupo sanguíneo. *** Marta y su madre no se conformaron con una capital de provincia: pusieron rumbo directo a Madrid. Sacaron todos los ahorros de tres años, alquilaron un estudio en la periferia entre el mercado y la estación de autobuses, y pagaron cuatro meses por adelantado. Cuando apenas habían empezado a gastar, el dinero ya se había esfumado. Marta, imperturbable y llena de energía, no perdió ni un minuto en desempaquetar cajas o amueblar la casa: se lanzó de cabeza a la vida madrileña, social, creativa y nocturna como si hubiese nacido inhalando ese aire capitalino de puro esnobismo. Mientras tanto, su madre sobrevivía entre las pastillas para los nervios y los ansiolíticos para dormir. El mismo primer día, y a pesar de las insistencias de su hija, se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía empleos y salarios que no encajaban, y todo parecía una trampa. Tras echar cuentas, su pronóstico era claro: aguantarían medio año, como mucho, luego a casa. Dando la espalda a las críticas de la progresista hija, ella tiró a lo seguro y se colocó como cocinera en un colegio privado, y por las noches fregaba platos en el bar de la esquina. —Otra vez en la cocina todo el día, mamá. Como si nunca hubiésemos salido del pueblo. Así nunca sabrás lo que es la vida aquí. ¡Haz un curso, sé diseñadora, sumiller o maquilladora! Monta en metro, toma café, intégrate. —Marta, no estoy lista para ponerme a estudiar nada. Tranquila, me adaptaré. Tú céntrate en tu vida, como querías. Marta suspiraba por la mente poco ambiciosa de su madre, pero ella sí se “instalaba”: se acomodaba en cafeterías intentando que chicos de provincias la invitaran, establecía vínculos mentales y esotéricos con la ciudad siguiendo los consejos de influencers de tendencias, se unía a círculos de charla sobre éxito y dinero. No buscaba trabajo ni pareja estable; tenía que rozarse bien con la ciudad primero. Cuatro meses después, mamá pagó el alquiler de su sueldo, dejó la fregona y pasó a cocinar para más colegios. Marta ya había abandonado varios cursos, hecho un casting de radio, participado como extra en un corto estudiantil pagado con macarrones y estuvo liada con dos músicos: uno era un auténtico burro y el otro, un gato casero sin ganas de sentar cabeza. *** —Mamá, ¿te apetece salir hoy? ¿O pedimos pizza y peli? Estoy destrozada… —bostezó Marta en la pose “Lenin gimnasta” mientras su madre se retocaba ante el espejo. —Encárgala, te paso dinero. Ni me dejes nada: dudo que tenga hambre cuando vuelva. —¿De dónde vuelves? —preguntó Marta, fijando la mirada en su madre. —Me han invitado a cenar —respondió, y se rió nerviosa como una adolescente. —¿Por quién? —El otro día vino una inspección al colegio y les gustaron los filetes rusos que tú adorabas. El jefe de la comisión se empeñó en conocer a la chef. Total, tomamos café —como tú aconsejas— y hoy me invita a cenar en su casa. —¿¡Te has vuelto loca!? ¿A casa de un tipo? —¿Y qué pasa? —¿No piensas que espera algo más de ti? —Hija, tengo cuarenta y no estoy casada. Él tiene cuarenta y cinco, está bueno, es listo y soltero. Me encantará lo que espere de mí. —Hablas como la más resignada de las de pueblo, como si no tuvieras opciones. —¿No era para esto para lo que me trajiste aquí? Para vivir, hija, vivir. No había contraargumento. Marta comprendió de repente que los papeles se habían invertido, lo cual ya era demasiado. Entre lágrimas, pidió la pizza más grande y se castigó toda la noche atracándose. Cuando mamá regresó, sólo su cara iluminaba el recibidor. —¿Y qué tal? —preguntó Marta, con humor más bien sombrío. —Un buen escarabajo —rinió mamá—, pero muy de aquí, nada de Colorado. Desde entonces su madre no paraba: iba al teatro, al stand-up, a conciertos de jazz, se hizo el carnet de la biblioteca, se apuntó a un club de té y se adscribió a la Seguridad Social local. Y medio año después, lejos de marchitarse, se matriculó en cursos de cocina avanzada y acumuló diplomas. Marta tampoco perdió el tiempo. No pensaba vivir eternamente del cuello de su madre y probó suerte en empresas de postín, pero cada entrevista terminaba mal. Fracasando en conseguir algo mejor y viendo que hasta sus nuevas amistades dejaban de invitarla, acabó de barista y luego cambió el delantal por la barra del bar. La rutina la atrapó: ojeras, poco tiempo y aún menos ganas para una vida privada que no arrancaba. Los clientes borrachos del bar daban poco juego sentimental. Y así, todo le acabó hartando. —Sabes, mamá, tenías razón: aquí no hay nada para mí. Perdón por haberte traído; toca volver a casa —sentenció Marta nada más entrar tras otra noche interminable en el bar. —¿Cómo? ¿A dónde vas a volver? —preguntó su madre, preparando una maleta. —¡A casa, claro! —Marta recogía cosas, casi histérica—. Allí donde ponen bien el apellido en la factura del gas y donde tenemos centro de salud. Tenías razón desde el principio. —Pues yo ya estoy adscrita aquí, y no pienso irme —la paró su madre, mirándola a los ojos para saber qué le pasaba. —¡Pues yo no! ¡Y quiero irme! Odio el metro, odio los cafés carísimos y los aires de la gente. Aquí no tengo nada. Y tú, además, ya estás haciendo la maleta… —Me voy a vivir con Juan —soltó de pronto su madre. —¿Cómo que te vas a vivir con Juan? —Pensé que ya te las apañabas bien sola y puedes pagar el alquiler. ¡Te hago un favor, hija! Eres adulta, guapa, con trabajo, y en Madrid. ¡Las oportunidades te salen por el grifo! —dijo mamá sin ironía—. Te debo mucho por sacarme de aquel barro; aquí sí que hay vida, de verdad. ¡Gracias! —La besó sin obtener respuesta alegre. —¿Y yo? ¿Quién cuidará de mí? —preguntó Marta entre lágrimas. —El seguro, nómina, internet y algún escarabajo aparecerá —citó su madre sus propias palabras. —¿Así de fácil me dejas sola? —No te abandono, y tú prometiste no hacer escenas, ¿recuerdas? —Lo recuerdo… Dame las llaves, anda. —Busca en mi bolso. Solo te pido una cosa. —¿Cuál? —La abuela está pensando en mudarse también. Ya lo hemos hablado. Échale una mano a hacer las maletas. —¿La abuela aquí? —Sí, la convencí como tú a mí: le hablé de una vida mejor, de escarabajos y de salir del barro. Hay plaza para operadora en Correos y, ya sabes, con cuarenta años de experiencia, puede enviar una carta sin sello al Polo Norte… y aún llega. ¡Que arriesgue, antes de que sus raíces también se mustien!
Diario de Lucía Hacia una nueva vida Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este rincón perdido?
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07
El secuestro del siglo — ¡Que corran tras de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! — leyó Marina en voz alta su deseo del papelito y lo prendió fuego con el mechero. Sacudió las cenizas en su copa y la apuró de un trago entre las risas de sus amigas. El árbol de Navidad parpadeó con sus luces, como pensativo, y al momento brilló aún más. La música subió, los brindis tintinearon, los rostros se mezclaron en un estallido festivo. De las ramas cayó polvo dorado… o al menos así lo recordaba. — ¡Maamá… Mamá, despierta! Marina apenas abrió un ojo. Ante ella, se erguía casi un equipo de fútbol. — ¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Los pequeños, bromeando, se presentaron: — ¡Mamá, recuérdalo! Mateo — 9 años, Álex — 7, Santi — 5, David — 3 años. Todos al completo, todos con caritas traviesas y decididos. No era este tipo de hombres persiguiéndola lo que había pedido en Nochevieja… — ¿Y vuestro entrenador?… Bah, digo, ¿dónde está vuestro padre? — murmuró ella con voz ronca. — Traedle agua a vuestra madre… Y solo se permitió cerrar los ojos un instante… — ¡Mamá! Ya le acercaban dos vasos de agua, una mandarina y una taza de caldo de pepinillos. El mayor ya sabía perfectamente cómo revivir a su madre después de fiestas. Crecen. — Mamá, levanta, que prometiste… — suplicaban los pequeños. Marina intentó recordar cómo había llegado ahí y qué había prometido. — ¿Cine? — Nooo. — ¿McDonald’s? — ¡No! — ¿Juguetería? — ¡Jo, mamá! ¡No te hagas la despistada! ¡Ya casi estamos listos y tú no te levantas! — ¿A dónde vamos, por lo menos informadme? — cedió ella. — Cielo, levántate — sonó una voz masculina. Entró en la habitación un hombre alto y moreno. En sus ojos color avellana brillaban chispas doradas. ¡Vaya guapo! — Ya estamos listos, ya he cargado el coche. Paramos en el súper y nos vamos. Marina intentó recordar quién era ese hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. La cabeza, en blanco. Ni una pista. — Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! Y del tuyo — gritó alguien desde el cuarto rojo. “¿Piscina también? — pensó. — ¿Qué vida es esta y por qué no recuerdo nada…?” Marina abrió los ojos y observó la habitación. No reconocía nada. Ni una foto. Ni el mueble. Ni las cortinas con ese extraño dibujo. La habitación era ajena. Solo reconoció la flor de Pascua roja con pétalos aterciopelados. La maceta blanca, decorada con diminutas perlitas, también le resultaba familiar. Cerró los ojos e intentó hilvanar el hilo de la última noche. Con las amigas en un restaurante, celebrando el Año Nuevo y jugando al “Amigo Invisible”. Como en la universidad, pero ahora con bolsos de marca, peinados elaborados y prisas eternas. Todas guapas, risueñas, emocionadas por la libertad poco frecuente. Habían escapado, aunque fuera por una noche, del círculo: maridos, niños, deberes, guarderías, cazuelas… Irradiaban esa libertad como colegialas que se fugan de la última clase. Solo Marina estaba tranquila. Soltera, su propia jefa. Nadie a quien avisar, nadie a quien esperar, a nadie debía dar cuentas. — La última novia — bromeaban sus amigas, guiñándole el ojo y llenándole la copa de cava. Ella regaló un set de cosmética “con caviar negro y hilos de oro”. Todos rieron, que esa crema no desmerece ni para untar en una tostada y servir con champán en el desayuno. Bromas, fotos, la caja parecía un objeto de arte contemporáneo. Marina recibió a cambio una flor de Pascua, esa misma, y una botella de espumoso francés, de esas que sólo se abren en ocasiones muy especiales. Leyó el papelito, brindó… y… ¡nada! No recuerda más. Como en las películas: saliste — caíste — despertaste — ¡esguince! Marina se miró al espejo. Seguía siendo una chica joven; incluso aún llevaba el maquillaje de la Nochevieja. Pero ¿de dónde esos niños, marido? No recordaba ni parirlos, ni cuidarlos, ¡ni siquiera su boda con el guapo! Sabía el nombre de los niños, pero no el del “marido”. Algo raro. Salió al pasillo. Dos maletas grandes, negra y beige, con logos de lujo. Tres mochilas deportivas infantiles. ¿No iban de picnic? ¿Viaje, entonces? En ese momento entró el “marido”. Cargó las maletas con soltura y la animó a salir. — Llegamos tarde — dijo calmado. Marina se miró la mano — se quedó helada. ¡No llevaba anillo! Ni ella, ni él. Otra rareza. ¿O…? Los niños entraron en la gran furgoneta, mochilas colocadas, cinturones abrochados. Él arrancó. Le ofreció un café con leche templado, ¡que ella odia! Eso la sorprendió aún más. — Vámonos — sonrió él y guiñó a los niños. El coche partió. Cuanto más se alejaban, más inquieta se sentía Marina. Los niños detrás cuchicheando y riendo; él, atento y seguro al volante, la miraba sonriente, como si compartieran un secreto. Marina se sintió como un erizo en la niebla. Todo lógico: familia, coche, rumbo, pero nada tenía sentido. Salieron a la autopista, dejando Madrid atrás. Marina ya no se lo creía. ¡No era su familia, era un hombre y unos niños ajenos! ¡La habían secuestrado! No, ¡la habían secuestrado a ella! ¿Pero entonces por qué sabía los nombres de los niños? Al final se rindió a la lógica: tenía delante a un desconocido. ¡Había que hacer algo! Marina se tensó en el asiento, apretó el vaso de café y fingió mirar la carretera mientras interiormente decidía sobrevivir. Media hora después, los niños protestaron al unísono. — Papá, ¡quiero ir al baño! — ¡Quiero agua! — ¡Tengo hambre! Entraron en una gasolinera y todos salieron juntos. ¡Esa era su oportunidad! El corazón le retumbaba. Se escabulló hasta el coche, corrió al volante… Pero no, no había llaves. — Aquí estás, te buscábamos — sonó la voz del hombre desde la ventanilla entreabierta. — Todos listos, seguimos — continuó él amable. — Cariño, conduzco yo. Siguieron su viaje. Pronto apareció el aeropuerto: cristal, asfalto, personas por doquier. Aparcaron y entraron juntos. Marina tensa. No se iba a dejar llevar. ¡Debía defenderse! Se fue retrasando y, de pronto, salió corriendo. — ¡Socorro, esto es un secuestro! — gritó, abordando a un guardia de seguridad. El guardia reaccionó rápido: al suelo, esposas, gente armada apareció. — ¡Esperen! ¡Ahora lo explico! — gritó el hombre al que tomó por secuestrador. — Es una broma de Año Nuevo, ¡no estamos armados, no es secuestro! La voz le llegaba lejana. Entonces, como en el cine, las vio. Detrás de un expositor estaban sus amigas, sonriendo, asustadas y felices a la vez. — ¡Mamá! — chillaron los niños, abrazando a una de las mujeres de su grupo. Las otras amigas corrían hacia los guardias, riendo y excusándose por la “secuestradora”. Le quitaron las esposas. El mundo dejó de girar. Comprendió: ¡no la habían robado! ¿La habían gastado una broma? Cuando por fin bajó la adrenalina, pudo escuchar. Una broma. Monumental. Cara. En equipo. De película policiaca. Las amigas se explicaban entre risas y gritos: querían presentarle a “un buen chico”, el que llevaba años suspirando por ella, pero sabía que Marina era de “Gracias pero no, mejor sola que mal acompañada”. Así que no intentaron convencerla. Mejor, sumergirla sin remedio en “la mañana familiar”: café, niños eficientes, un hombre atento, sonriente. — Queríamos que no pensaras — confesaron —, que solo sintieras en el corazón ese calorcito. Marina ya no podía enfadarse. Sí, polémico. Sí, casi le da un infarto. Pero el experimento fue honesto. A veces, para saber si quieres a un hombre, basta con una mañana, tres niños y un café preparado por tu “secuestrador”. Entonces vio a su “héroe de novela”, con sonrisa traviesa de gato y esos ojos de oro que miraban directo al alma. “Los niños” eran sus sobrinos, encantados con la broma. — ¡Ay, que volvéis a perder el vuelo! — avisaron las amigas. — ¡Corred al embarque! — ¿Secuestro otra vez? — pensó Marina. — ¿Y dónde iban a “llevarme”? ¿Al Mediterráneo, a bucear, a tomar mangos? Él le tendió la mano. — Encantado, soy Víctor. ¿Te dejas secuestrar? — le dijo sonriendo. Miró a sus amigas, pendientes. Luego a las maletas. Después, de nuevo, a los ojos de Víctor. Pensó: ¿por qué no aceptar? — ¡Vamos! — respondió Marina, sonriendo al darse cuenta de que ese “secuestro” era la mejor aventura posible. Y bajito añadió: — Pero que los niños se queden en casa… Todos rieron, él sonrió, y el aeropuerto se transformó en el principio de algo cálido, divertido e inesperadamente acogedor. A veces la vida no nos secuestra. Simplemente nos traslada de golpe allí donde siempre debimos estar.
El Secuestro del Siglo ¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alcanzarme!
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017
El Regalo — Bueno, hijo, cuéntame, ¿cómo te ha ido hoy, cómo fue el día? Víctor, que acababa de llegar del trabajo, levantó y sentó a su lado en el sofá a Andrés, su hijo de cinco años, revolviéndole con cariño el pelo rubio. Mientras Polina, la mamá, preparaba la cena, el padre charlaba con su adorado, y por ahora, único hijo. En la casa reinaba el calor y la comodidad; presidiendo el salón, entre el murmullo de la televisión y la estantería, una pequeña pero muy vistosa y colorida Navidad brillaba con luces multicolores. Quedaba justo un día para Nochevieja. — ¡A mí me ha ido genial! —proclamaba el pequeño heredero—. Pero a mi amigo Nico, le ha ido mal. — ¿Y qué le ha pasado a tu amigo? —preguntó Víctor—. ¿Te refieres a Nico, el del portal de al lado? — Sí, ese —asintió Andrés. — Hoy en la fiesta de Navidad del cole no le dieron regalo —anunció Polina, asomando desde la cocina, envuelta en el aroma del pollo al horno—. Pobre niño… Bueno, chicos, lavad las manos que la cena está lista. — ¿Cómo que no le dieron? —se extrañó Víctor, levantándose del sofá—. ¿A todos les dieron menos a Nico? Aquí pasa algo raro. — Sí, a todos menos a él —confirmó Andrés, mientras se bajaba del sofá tras su padre—. Papá Noel y la Señora Claus repartieron regalos a todos, menos a él. Y él los esperaba. — ¿Qué tipo de Papá Noel y Señora Claus son esos que dejan a un niño sin regalo? —se indignó Víctor, acercando una silla y sentándose a la mesa. — Ellos poco pueden hacer —explicó Polina, encogiéndose de hombros—. Lo más seguro es que la madre de Nico no pudo pagar la aportación para el regalo, o se olvidó. Suele pasar. Andrés, ¿te lavaste las manos? — Sí, sí, las lavó conmigo —intervino el padre, cortando con cuidado el pollo dorado y sirviéndolo en los platos—. Bueno, pongamos que por eso no le compraron regalo. Pero, ¿cómo pudo la directora del cole… cómo se llama, Ana Petrina? Pues eso, ¿cómo permitió Ana Petrina semejante humillación delante de todos, dejando a Nico sin regalo? — Ana Petrina era, de hecho, la Señora Claus —informó Andrés. — ¡Más razón aún! —seguía indignado Víctor—. Siendo directora, ¿cómo no pudo encontrar al menos un regalo para ese niño? Y si luego la mamá podía pagar, ya lo arreglaban. No puedo entender tanta insensibilidad. — Pues parece que no pudieron —suspiró Polina—. Aunque yo hubiese encontrado la forma de darle algo a ese chaval. — ¿Y los padres de Nico? ¿Cómo permitieron que su hijo se fuera sin regalo? —seguía Víctor—. No me entra en la cabeza… Por cierto, ¡hijo! Víctor se giró hacia Andrés, que devoraba feliz un muslo de pollo. — Espero que hayas compartido tu regalo con tu amigo, ¿verdad? El niño miró a su padre con cierto reproche. — Sí, papá, quise hacerlo. Y Sergio, Natalia, Alejandro, y otros también. Pero Nico no quiso aceptar nada de nadie. — ¡Vaya, qué digno! —exclamó Víctor—. ¿Y no lloró? — No sé… No lo vi —confesó Andrés, sinceramente. — ¡Pero qué chico! —exclamó Víctor de nuevo—. No se merece ese trato. — Sí, da mucha pena Nico —dijo Polina con compasión—. Imagino lo mal que se habrá sentido. — Y yo digo que hay que arreglar esta injusticia —declaró de repente Víctor, con determinación, ya ideando algo, pues se le encendieron las mejillas y le brillaron los ojos de forma especial. — ¿Cómo? —preguntó Polina, limpiándose los labios con la servilleta. Andrés también miró curioso. — ¡Así! —respondió misteriosamente Víctor—. ¿Quién sabe en qué piso vive Nico? ¿Andrés? — No… —negó el niño—. Nunca he ido; sólo jugamos en el parque y en el cole. — Bueno, puedo averiguarlo —dijo Polina tras dudar—. Tengo una amiga que lo sabe todo sobre los vecinos. Le llamo y lo pregunto. ¿Pero para qué? — Llámala. Y hazlo ahora —insistió Víctor. — Vale —aceptó Polina—. Pero recoged vosotros y lavad los platos. — Viven en el treinta y cinco, se apellidan Shitikov. La madre es Valentina. No hay papá; se fue, o lo echó. Nadie sabe. Viven madre e hijo solos —informó Polina tras unos minutos. — ¿Cómo sabes tanto? —rió Víctor. — ¡Por algo se llama Alicia mi amiga! —sonrió Polina—. Está en la junta de vecinos y conoce a todo el bloque. — Ahora lo veo claro —asintió Víctor—. Andrés, ¿ya te has comido el regalito? — No entero —suspiró el niño—. Mamá dice que mucho dulce es malo. — Hace bien —dijo el padre—. ¿Tienes la bolsa del regalo? — Sí, la abrí con cuidado —dijo Andrés. — Excelente —aprobó Víctor, revolviéndole el pelo—. ¿Podrías pasar lo que te queda a otra bolsa y darme la tuya? — ¿Por qué? —preguntó Andrés, desconfiado, pero fue a su cuarto y volvió con la colorida bolsa del regalo, algo vacía. Pronto vació el contenido en la mesa: caramelos y galletas rodaron entre papeles brillantes. Polina, silenciosa hasta entonces, intervino: — Así que, mis hombres, ¿queréis alegrar a Nico con un regalo? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará? — Lo mejor es hacerlo hoy —respondió Víctor—. ¿Verdad, Andrés? — ¡Sí! ¡Que sea hoy! —se entusiasmó el niño—. ¿Le pongo algunos de mis caramelos? — Si no te importa, por supuesto —sonrió Víctor. — ¿Iremos juntos? —preguntó Andrés, devolviendo algunos dulces a la bolsa. — Ya le ofreciste antes y no quiso, ¿recuerdas? —dudó Víctor—. Es muy orgulloso. Mejor lo hacemos de otra manera… Entró en la habitación y, minutos después, salió convertido en… ¡Papá Noel! De verdad: botas blancas, chaqueta roja de terciopelo ribeteada en blanco, gorro, gran barba blanca, bastón en una mano y saco de regalos en la otra, aunque vacío por ahora. Andrés miraba perplejo. Luego preguntó: — Papá, ¿eras tú Papá Noel otros años? ¿Y antes también? — Pues sí —admitió Víctor—. Perdona por decírtelo ahora, aunque lo descubrirías igual. Me lo pidieron en el trabajo un año, gustó y ahora llevo tres siendo Papá Noel. Y aprovecho para felicitarte a ti y a mamá. ¿El Papá Noel del año pasado te gustó? — ¡Mucho! —aplaudió Andrés—. ¡Y qué suerte tener nuestro propio Papá Noel! Corrió a abrazarse a la pierna de su padre. Polina añadió caramelos, ató el paquete con una cinta brillante y Víctor lo metió en el saco de regalos. Acomodó la barba y dijo: — ¿Os parece bien que vaya a ver al pobre Nico? — ¡Síííí! —contestaron madre e hijo a la vez. El niño pidió: — ¿Puedo ir contigo, papá? — ¿De ayudante? —rió Víctor. — ¡De conejito! —gritó Andrés y corrió a su cuarto. Volvió vestido de conejo blanco: traje con orejas, pompón en el trasero y máscara de cartón con ojos y bigotes pintados. — Vale, vamos, aunque espero que Nico no te reconozca así —aceptó el padre—. ¡Ponte el abrigo, aunque seas conejo blanco, que hace frío! Víctor y Andrés salieron. Polina apenas contenía la risa: junto al alto Papá Noel del bastón caminaba un pequeño conejo con el abrigo y orejas largas, arrastrando el saco de regalos que su padre le confió. Al cabo de diez minutos, sólo Víctor volvió, un poco avergonzado. — ¿Y Andrés? —preguntó Polina, nerviosa. — Tranquila, está bien, se ha quedado jugando con Nico. Voy por él en media hora —dijo Víctor, limpiándose el sudor bajo la barba. Se sentó aún vestido de Papá Noel y murmuró: — ¡Vaya historia! Relató a Polina lo ocurrido: ellos habían sido… ¡los sextos en llevar regalos a Nico! Y probablemente no serían los últimos. Antes había ido la directora, Ana Petrina, que se disculpó mucho con Nico y su madre. Según Víctor, ¡un vídeo de la fiesta se había colgado en el portal del pueblo y ya tenía miles de visitas y comentarios! — ¿De verdad? —se asombró Polina—. Tengo que verlo. — Pero lo principal —añadió Víctor— es que la madre de Nico pudo pagar el regalo un poco tarde… — En cierto modo es su culpa —reflexionó Polina—. Pero vive sola y el dinero no sobra. En el cole deberían haberle hecho un regalo igual. — Pues la dirección, sin más, lo borró de la lista de regalos —aún no se calmaba Víctor—. El niño fue el perjudicado. — Ojalá yo mandase sobre esa Ana Petrina, la echaba —dijo Polina indignada. — Igual la echan o recapacita. Pero en mi opinión, quien trabaja con niños no debe actuar así. Tras un rato de silencio, Víctor comentó: — Por cierto, hasta el papá de Nico apareció. Con regalos y lágrimas… — ¿En serio? —exclamó Polina con alegría. Llamaron a la puerta. Era Andrés. — ¿Por qué has vuelto solo? —sorprendido Víctor—. Iba a buscarte. — ¿Qué soy, pequeño? —se indignó Andrés—. Además, me aburrí. — ¿Por qué? — Porque los padres de Nico discutían y luego lloraban. Entramos en la cocina y estaban abrazados. Cuando Nico salió, abrazaron y lloraron los tres. ¡Qué raros! Ni me vieron irme… Víctor y Polina se miraron y se echaron a reír, aliviados. — Bueno, chicos, vamos a tomar el té —propuso Polina—. Y luego, el que aguante despierto, recibimos el Año Nuevo. Ya falta poco. ¡Que sea un año feliz para todos! — ¡Que lo sea! —respondió generoso Andrés.
REGALO Bueno, hijo, cuéntame cómo ha ido el día, ¿qué tal en el cole? Javier, recién llegado del trabajo
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¡NO LLEGASTE A TIEMPO, MARINA! ¡EL AVIÓN YA SE HA IDO! Y CON ÉL, TU PUESTO Y TU BONO TAMBIÉN SE HAN ESFUMADO. ¡ESTÁS DESPEDIDA! — GRITÓ EL JEFE POR TELÉFONO. MARINA SE QUEDÓ PARADA EN MEDIO DE UN ATASCO, MIRANDO UN COCHE VOLCADO DEL QUE ACABABA DE SACAR A UN NIÑO QUE NO ERA SUYO. PERDIÓ SU CARRERA, PERO SE ENCONTRÓ A SÍ MISMA. Marina era la ejecutiva perfecta. Con 35 años, directora regional. Dura, eficiente, siempre disponible. Su vida organizada al minuto en su Google Calendar. Aquella mañana le esperaba el trato más importante del año: un contrato con chinos. Tenía que estar en Barajas a las 10:00 en punto. Salió con antelación. Nunca llegaba tarde. Iba volando con su flamante SUV, repasando la presentación mentalmente. De repente, a unos cien metros, un viejo SEAT Panda derrapó, tocó el arcén y dio vueltas hasta acabar volcado. Marina pisó el freno, casi sin pensar. Enseguida sintió la presión: “Si paro, llegaré tarde. El contrato vale millones. Me van a machacar.” Los demás coches pasaban de largo, alguno grabando con el móvil. Miró el reloj. 08:45. Justísimo de tiempo. Ya aceleraba para esquivar el atasco, cuando vio una manita con un guante apoyada en el cristal del coche volcado. Marina soltó un taco, golpeó el volante y se apartó al arcén. Corrió hacia el coche con sus tacones, hundiéndose en la nieve. Olía a gasolina. El conductor, un chico joven, inconsciente, la cabeza sangrando. En el asiento trasero, una niña de unos cinco años, atrapada y llorando. —Tranquila, cariño, tranquila —gritaba Marina mientras forcejeaba con la puerta atascada. Cogió una piedra y rompió el cristal, sin importarle su abrigo caro. Sacó a la niña. Luego, con ayuda de un transportista que paró, sacaron al padre. Al minuto, el coche ardió. Sentada en la nieve, Marina abrazaba a la niña, con las medias rotas, la cara manchada y el móvil sin parar de sonar: era el jefe. —¿Dónde estás? ¡La puerta de embarque se cierra! —No voy a llegar, Víctor. Ha habido un accidente. Estaba ayudando a unas personas. —¡Me da igual a quién ayudes! ¡Has perdido el contrato! ¡Estás despedida! ¿Lo oyes? ¡Fuera de la profesión! Colgó. La ambulancia llegó veinte minutos más tarde. El médico la miró. —Van a sobrevivir. Es usted un ángel de la guarda. Si no hubiera parado, habrían muerto calcinados. Al día siguiente, Marina se despertó en paro. El jefe cumplió su amenaza y le arruinó la reputación. Su sector, pequeño, se cerró para ella. El dinero se esfumaba, la letra del coche apretaba. Cae en depresión. —¿Para qué paré? —se repetía. —Si hubiera seguido, estaría en Shanghái tomando champán… Ahora no tengo nada. Un mes después, le llama un número desconocido. —¿Marina? Soy Andrés, el chico del coche. La voz es débil pero feliz. —¿Andrés? ¿Y la niña? —Vivas gracias a ti. Queremos verte, por favor. Fue a su modesto piso. Andrés seguía con corsé. Su mujer Lena lloraba agradecida y su hija le regaló un dibujo: un ángel con melena negra, como la de Marina. Tomaron té con galletas baratas. —No sé cómo agradecerte —dijo Andrés—. No tenemos dinero… Yo soy mecánico, Lena profesora. Pero si necesitas algo… —Necesito trabajo —suspira Marina—. Me despidieron por aquel retraso. Andrés piensa. —Tengo un amigo que es ganadero en Ávila. Busca a alguien que le ayude con la gestión, los papeles, los permisos, la comercialización… Pagan poco, pero incluye casa. ¿Lo quieres intentar? Marina, antes exquisita hasta con el polvo de sus zapatos, acepta, ya sin nada que perder. La finca era enorme, pero muy descuidada. El dueño, un auténtico entusiasta, no entendía de burocracia. Marina se arremangó. En vez de mesa de caoba, pupitre de madera. En vez de traje de Massimo Dutti, vaqueros y katiuskas. Puso en orden la contabilidad, consiguió subvenciones, encontró mercados nuevos. Al año, la granja era rentable. Empezó a disfrutarlo. No había intrigas, ni sonrisas de plástico. Solo olor a leche y heno. Aprendió a hornear pan, adoptó un perro, y dejó de maquillarse cada mañana. Pero, sobre todo, se sentía viva. Un día, una delegación vino de la ciudad a comprar productos para restaurantes. Entre ellos, su exjefe Víctor. La reconoció, miró sus vaqueros y su cara curtida. —Bueno, Marina, ¿a esto has llegado? ¿La reina del estiércol? Podrías estar en la junta directiva. ¿Te arrepientes de hacerte la heroína? Marina lo miró y de repente supo que le era indiferente, como un vaso de plástico. —No, Víctor —sonrió—. No me arrepiento. Salvé dos vidas. Y una tercera: la mía. Me salvé de ser como tú. Él bufó, se fue. Marina se fue al establo. Acababa de nacer un ternero. Le empujaba la mano son su hocico. Por la tarde, Andrés y su familia vinieron a pasar el día. Ahora eran amigos. Hicieron barbacoa y rieron juntos. Marina miró las estrellas —enormes y brillantes, nada que ver con Madrid— y supo que estaba, por fin, en su lugar. Moraleja: A veces perderlo todo es la única forma de encontrar lo verdadero. La carrera, el dinero y el estatus son solo decorados: pueden arder en un minuto. Lo que importa es la humanidad, una vida salvada y la conciencia tranquila. No temas desviarte del camino si tu corazón te lo pide. Puede que ese sea tu gran giro de la vida.
¡NO HAS LLEGADO A TIEMPO, ROCÍO! ¡EL AVIÓN YA SE FUE! ¡Y CON ÉL, SE HA IDO TAMBIÉN TU PUESTO Y TU BONIFICACIÓN!
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0102
– “La llevaré a mi clase si no le importa,” dijo la maestra al escuchar la conversación entre mi madre, el director y otra profesora.
Me llevaré a tu niña a mi clase, si no te importadijo la maestra, que había escuchado la conversación
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014
RECONCILIACIÓN
Querido diario, Papá, no vuelvas más a casa. Cada vez que te vas, mamá empieza a llorar y no cesa hasta
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09
Un regalo del corazón.
¡Vaya, te tengo que contar una historia que me dejó con la boca abierta! Resulta que en el pueblito de
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062
El hijo no está preparado para ser padre… «¡Descarada! ¡Desagradecida, eres una cerda!», chillaba la madre de Natalia cada vez que la veía. La barriguita redonda de su hija no calmaba su furia, al contrario, la encendía aún más. «¡Vete de esta casa y no regreses nunca! ¡Que no te vuelva a ver jamás!» Y fue así como su madre la echó de casa de verdad. Ya antes la había echado por pequeños errores, pero esta vez, por haberse «quedado embarazada», le dijo que no volviera jamás, salvo quizá cuando hubiese pasado todo… Empapada en lágrimas y con una pequeña maleta de pertenencias, Natalia fue a buscar refugio con su querido, un joven desconcertado. Nazar ni siquiera había contado a sus padres que Natalia esperaba un hijo suyo. La madre de Nazar preguntó enseguida si aún era posible hacer algo. Pero ya era tarde: la barriga sobresalía bastante. Natalia, en un estado de shock, estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de que alguien la ayudara. Y aunque un mes antes se oponía con firmeza a las ideas de su madre, ahora, asustada y desesperada por el futuro, se rendía. —Mi hijo no está preparado para ser padre —sentenció la madre de Nazar—. Es joven, le destrozarías la vida. Por supuesto, te ayudaremos en lo que podamos. Por ahora, he pedido a una conocida que te busque sitio en un centro de acogida para casos como el tuyo —jóvenes embarazadas a quienes nadie quiere. En el centro, a Natalia le asignaron una pequeña habitación donde por fin pudo respirar, tranquilizarse y descansar de verdad. Nadie la acosaba. La joven se preparaba física y mentalmente para el parto, recibía apoyo psicológico. Y cuando llegó el gran momento y pusieron en sus brazos aquel pequeño angelito, Natalia sintió miedo, incluso pánico. Al calmarse, comenzó a observar y a descubrir aquel milagro desconocido: su pequeña hija. Se acercaban las fiestas de Navidad. En vez de buenas noticias, le advirtieron a Natalia que debía buscarse otro sitio: había una lista de espera para su habitación. Con la pequeña Eva, que acababa de cumplir un mes, Natalia se sentó en su cuarto, sin saber cómo seguirían viviendo: ¿de dónde sacar dinero, a quién pedir alojamiento? El corazón de la madre de Natalia nunca se ablandó: no solo se negó a conocer a su nieta, sencillamente las borró a ambas de su vida. —Vaya, pequeña, qué Nochebuena más triste nos espera… —dijo Natalia en voz baja a su hija. Siempre había amado esa fiesta. De niña salía a cantar villancicos de casa en casa, conocía todas las canciones y ganaba buen dinero recorriendo los barrios con los demás niños del vecindario. Ahora deseaba recuperar esa sensación: recorrer casas cantando, sentir de nuevo el espíritu de aquellas fiestas. «¿Por qué no?», se preguntó la joven madre. «Eva es buena, tranquila; la envolveré bien, la llevaré conmigo, cantaré y abrazaré la alegría. Quien no me abra la puerta, que les vaya bien.» Al día siguiente de Nochebuena, Natalia eligió para sus villancicos un barrio tranquilo de chalets. Como temía, a una mujer como ella no le abrían fácilmente la puerta: la tradición es que canten hombres. Aun así, en algunas casas logró entrar, y allí Natalia cantaba con tanto sentimiento y sinceridad que la agradecían con generosidad: con dinero, dulces y hasta regalos, sobre todo al ver a la niña en brazos. La gente entendía que una madre con su bebé cantando villancicos no lo hacía por gusto, sino por necesidad. Ir de casa en casa era duro. «Aún pasaré por ese chalet, parece de ricos; igual recibo un buen regalo», pensó feliz Natalia. Ya llevaba una suma nada despreciable en el bolsillo, lo que transmitía cierta tranquilidad. —¿Me dejan cantar un villancico? —preguntó cuando el dueño la invitó a pasar. Pero la reacción del hombre la desconcertó. Nada más entrar, la miró fijamente, luego a la niña. Se puso pálido, tembló y se dejó caer en el sofá. — ¿Nieves? —susurró. —¿Perdón? … No, soy Natalia… Seguro que me confunde con otra persona. —¿Natalia?… Es increíble lo mucho que te pareces a mi mujer … —respondió cabizbajo—. Y esa niña… ¿Es una niña? —Sí. —Yo también tenía una hija así … Pero murieron… un accidente… y hace poco soñé que mi mujer y mi hija volvían a casa… Y ahora aparecéis vosotras. ¿No es increíble? —Yo… no sé qué decir… —Por favor, pasad, no tengáis miedo; contadme vuestra historia… Al principio, Natalia temió aquel hombre desconocido, tan extraño y emocional. Pero decidió quedarse, total, no tenía a dónde ir. Entró en el amplio salón de aquel hombre solitario, y vio en la pared una foto de una mujer con una niña: era verdad, la fallecida esposa se le parecía mucho. Entonces Natalia comenzó a contar su historia, sin poder parar, detallando todo hasta el mínimo detalle. Por fin alguien se interesaba por ella. El hombre guardaba silencio, la escuchaba con atención, de vez en cuando miraba a la niña, que dormía plácidamente y sonreía en sueños. Tal vez presentía que, por fin, regresaba a un hogar que pronto sería el suyo…
El hijo no está preparado para ser padre… “¡Desvergonzada! ¡Malagradecida, eres una puerca!”
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