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0136
¡Un año entero dando dinero a los niños para saldar una deuda! ¡No daré ni un céntimo más!
Durante todo un año pagamos la hipoteca de los nietos para que saldaran su préstamo; ¡ya no pondré ni
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029
¡Las mamás siempre tienen la razón!
Querido diario, Hoy he escuchado a mi madre, Doña María, decir con total franqueza: «Lucía, ese Carlos
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Me da vergüenza llevarte al banquete –dijo Denis sin levantar la vista del móvil–. Allí habrá gente. Gente normal. Nadia estaba junto a la nevera con un brik de leche en la mano. Doce años de matrimonio, dos hijos. Y ahora, vergüenza. –Me pondré el vestido negro. Ese que tú mismo me compraste. –No es cuestión del vestido –al fin la miró–. Eres tú. Te has dejado ir. El pelo, la cara… ya no eres la misma. Allí estará Vadim con su mujer. Ella es estilista. Y tú… ya sabes. –Entonces no voy. –Eso es. Diré que tienes fiebre. Nadie preguntará. Se fue a la ducha y Nadia quedó sola en la cocina. Los niños dormían en la otra habitación. Kiril tiene diez, Svetlana ocho. Hipoteca, facturas, reuniones en el cole. Ella se había disuelto en esa casa, y su marido se avergonzaba de ella. –¿Pero ese tío se ha vuelto loco o qué? –Olena, la amiga peluquera, miraba a Nadia como si hubiera anunciado el fin del mundo. –¿Le da vergüenza llevar a su mujer al banquete? ¿Pero quién se cree? –Encargado de almacén. Le han ascendido. –¿Y ahora su mujer no le da el nivel? –Olena puso a hervir agua con gesto brusco–. Escúchame. ¿Recuerdas a qué te dedicabas antes de los niños? –Profesora. –No digo el trabajo. Hacías joyas. De abalorios. Aún guardo aquel collar con la piedra azul. Todos me preguntan dónde lo compré. Nadia recordó. Antes hacía joyas por las noches, cuando Denis aún la miraba con interés. –Hace mucho de eso. –Pues puedes volver a hacerlo –Olena se acercó–. ¿Cuándo es el banquete? –El sábado. –Perfecto. Mañana vienes a mi casa. Yo te hago peinado y maquillaje. Llamamos a Olga, que tiene vestidos. Y las joyas, las pones tú. –Olena, mi marido ha dicho… –¡Que se aguante con lo que ha dicho! Vas a ir al banquete. Y se va a morir de rabia. Olga trajo un vestido ciruela, largo, escote en los hombros. Una hora de pruebas y ajustes. –Con este color hace falta joyería especial –decía Olga revoloteando–. Plata no, oro tampoco. Nadia abrió una vieja caja. En el fondo, envuelto con cuidado, estaba el conjunto: collar y pendientes. Aventurina azul, hecho a mano. Lo hizo hace ocho años para una ocasión especial… que nunca llegó. –Pero esto es una maravilla –Olga se quedó boquiabierta–. ¿Lo hiciste tú? –Sí. Olena le hizo un peinado sencillo, suave. El maquillaje, discreto pero elegante. Nadia se vistió, se puso las joyas. La piedra fría le rozaba el cuello. –Mírate –ordenó Olga. Nadia fue al espejo. Y no vio a la mujer que durante doce años lavaba suelos y cocinaba sopas. Se vio a sí misma. La que un día fue. Restaurante en la ribera. El salón lleno de mesas, trajes, vestidos de noche, música. Nadia llegó tarde, a propósito. Las conversaciones callaron un instante. Denis, junto a la barra, reía con algún chiste. La vio y se le quedó la cara rígida. Ella pasó a su lado, se sentó en la mesa más alejada. Espalda recta, manos en el regazo. –¿Está libre este sitio? Un hombre de unos cuarenta y cinco, traje gris, ojos inteligentes. –Sí, pase. –Oleg. Socio de Vadim, de otra empresa. Panaderías. ¿Y usted, si se puede saber? –Nadia. Mujer del encargado de almacén. Él miró las joyas. –¿Aventurina? Es artesanal, lo veo. Mi madre coleccionaba piedras. Esas piezas no se ven a menudo. –Las hago yo. –¿De verdad? –Oleg se inclinó, admirando los detalles–. De primer nivel. ¿Las vende? –No. Soy… ama de casa. –Raro. Con ese talento, cualquiera lo aprovecharía. Él no se le despegó en toda la noche. Hablaron de piedras, de creatividad, de cómo la vida cotidiana te borra. Oleg la invitaba a bailar, le traía cava, reía. Nadia veía cómo Denis la observaba, cada vez más sombrío. Al irse, Oleg la acompañó al coche. –Nadia, si decides volver a la joyería… llámame –le dio su tarjeta–. Tengo contactos que sabrán apreciarlas de verdad. Ella tomó la tarjeta y asintió. En casa, Denis no tardó ni cinco minutos. –¿Qué te has creído? ¡Toda la noche con ese Oleg! ¡Todos lo han visto! ¡Todos sabían que mi mujer se colgaba de otro tío! –Yo no me colgué de nadie. Hablaba con él. –¡Hablabas! ¡Bailaste tres veces! Vadim me preguntó qué pasaba. Me diste vergüenza. –Tú siempre tienes vergüenza –Nadia se quitó los zapatos–. Vergüenza de llevarme, vergüenza de que me miren. ¿Nunca tienes vergüenza de otra cosa? –Cállate. ¿Crees que por ponerte un trapo ya eres alguien? No eres nadie. Ama de casa. Vives a mi costa y encima te das aires. Antes habría llorado. Se habría metido en la cama. Pero algo cambió por dentro. –Los hombres inseguros temen a las mujeres fuertes –habló bajito, serena–. Tienes muchos complejos, Denis. Tienes miedo de que vea lo poco que eres. –¡Lárgate de aquí! –Me divorcio. Él calló, solo la miró. Y en sus ojos, por primera vez, no había odio, sino desconcierto. –¿Adónde irás con dos niños? Con tus collares no te mantendrás. –Sí podré. Por la mañana, llamó a Oleg. Oleg no la presionó. Se reunían en una cafetería y hablaban de negocio. Tenía una amiga con una galería de piezas de autor. Ahora la gente valora lo hecho a mano, decía. La artesanía importa. –Eres talentosa, Nadia. No abunda el talento con gusto. Nadia empezó a trabajar de noche. Aventurina, jaspe, cornalina. Collares, pulseras, pendientes. Oleg recogía las piezas y las llevaba a la galería. Pronto llamaron: todo vendido. Pedidos y más pedidos. –¿Denis lo sabe? –No me habla. –¿Y el divorcio? –Ya tengo abogada. Empiezo los trámites. Oleg ayudó. Sin exigir nada, sólo contactos, ayuda para encontrar piso. Cuando Nadia hizo las maletas, Denis reía en la puerta. –Volverás a la semana. Arrastrándote. Cerró la maleta y se fue, sin mirar atrás. Seis meses. Un piso de dos habitaciones en las afueras, los niños, el trabajo. Pedidos a raudales. En la galería le ofrecieron una exposición. Nadia abrió una cuenta en redes sociales y subía fotos. Cada vez más seguidores. Oleg venía, traía libros a los niños, la llamaba. No forzaba. Sólo estaba. –Mamá, ¿te gusta ese señor? –preguntó Svetlana. –Sí. –A nosotros también. Él no grita nunca. Al año, Oleg le pidió que se casaran. Sin anillos ni rodillas. En una cena. –Quiero que viváis conmigo. Los tres. Nadia estaba preparada. Pasaron dos años. Denis caminaba por el centro comercial. Tras perder el trabajo terminó de mozo de almacén. Vadim, al enterarse de cómo trataba a su exmujer, lo despidió. Habitación de alquiler, deudas, soledad. Los vio junto a una joyería. Nadia con abrigo claro, peinado impecable, el mismo collar de aventurina. Oleg la tenía cogida de la mano. Kiril y Svetlana reían. Denis miró su reflejo en el escaparate: chaqueta gastada, cara gris, ojos vacíos. Había perdido a una reina. Y ella había aprendido a vivir sin él. Y ese fue su mayor castigo: comprender, demasiado tarde, lo que tuvo en sus manos… ¡Gracias, queridos lectores, por vuestros valiosos comentarios y vuestros “me gusta”!
Me da vergüenza llevarte a la cena dijo Daniel, sin levantar la vista del móvil. Van a estar todos ahí.
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Estuve dos años en el extranjero y al regresar descubrí que mi hijo había vivido una “sorpresa”.
Hola, amiga, quiero contarte lo que me ha pasado últimamente, como si te lo estuviera diciendo al oído
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024
Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría se imagina: no es sacarle a pasear bajo la lluvia o el frío, ni renunciar a planes y viajes porque “sin el perro, por favor”, ni el pelo en las sábanas, la ropa o la comida, ni limpiar el suelo una y otra vez sabiendo que pronto estará igual, ni las facturas del veterinario o el miedo a no ver lo importante, ni perder algo de libertad porque la libertad ahora es “nosotros”, ni siquiera ese corazón que ya nunca será solo tuyo… Todo esto es amor, es vida, es elección propia. Lo realmente difícil llega despacio—como ese frío húmedo que no notas hasta que lo tienes dentro—cuando un día ves en sus ojos cansados que él lo sigue intentando, pero ya no puede igual, y recuerdas lo que fue y miras lo que es, enteramente tuyo y confiado, sabiendo que él creyó siempre en ti y que tú le has salvado de todo, menos de envejecer. Lo más doloroso es entender que para ti fue consuelo y, para él, tú eras TODO: su vida, su cielo, su esperanza… y no estás preparado para dejarlo ir, ni para ver apagarse a quien te enseñó a amar sin medida. Luego, cuando llegue el silencio y el hueco en la almohada y el cuenco sin dueño y tu corazón roto y la costumbre de buscarle aunque ya no está… sabrás que, si pudieras, volverías a elegirle y repetirlo todo, porque ese amor fue de verdad. Tener un perro es invitar al fuego en tu vida, ese que te calienta para siempre aunque él ya no siga contigo, porque la única misión del perro en este mundo es regalarte su corazón.
Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría imagina. No es tener que sacarlo a la
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0283
Tengo 42 años y estoy casado con la mujer que fue mi mejor amiga desde que teníamos 14. Nos conocimos en el instituto. No hubo chispa, ni interés romántico; solo éramos dos chavales que coincidieron en el mismo pupitre y empezaron a pasar cada día juntos. Al principio fue una amistad pura: deberes, recreos, confidencias, secretos. Yo conocía a sus novios y ella a mis novias. Nunca hubo besos, insinuaciones ni se cruzaron límites: éramos literalmente mejores amigos. Durante la adolescencia y la entrada a la vida adulta, cada uno siguió su camino. A los 19 me fui a estudiar a otra ciudad, ella se quedó. A los 21 tuve mi primera relación seria y a los 24 me casé con otra mujer. Mi mejor amiga estuvo en mi boda sentada con mi familia. Por aquel entonces, ella también tenía pareja estable. Seguimos llamándonos, contándonos los problemas, pidiéndonos consejos, escuchándonos. Mi primer matrimonio duró casi seis años. Por fuera parecía estable, por dentro era todo silencio, discusiones y distancia. Mi mejor amiga lo sabía todo: sabía cuándo dormíamos en habitaciones separadas, cuándo dejamos de hablarnos, cuándo empecé a sentirme solo aunque estuviera acompañado. Jamás habló mal de mi exmujer ni me puso en su contra: solo escuchaba. Al mismo tiempo, ella terminó una relación larga y pasó varios años sola, centrada en el trabajo. El divorcio llegó cuando tenía 32. Fue un proceso largo, complicado en lo legal y en lo emocional. Empecé de cero solo. Y en ese periodo fue mi mejor amiga la que más estuvo a mi lado: me ayudó a buscar piso, venía conmigo a por muebles, cenaba conmigo solo para que no estuviera solo. Seguíamos llamándonos “amigos”, pero empezaron a pasar cosas pequeñas: silencios largos sin incomodidad, miradas que duraban más, celos que nadie reconocía. A los 33, una noche tras cenar en mi casa, supe que no quería que se fuera. No pasó nada físico, no hubo beso, pero esa noche apenas dormí porque me di cuenta de algo que no quería aceptar: ya no era solo mi amiga. Días después ella me dijo algo similar, con ejemplos y momentos concretos: que le dolió cuando salí con otra, que le molestaba enterarse por otros, que se preguntaba desde cuándo sentía esto. Tardamos casi un año en aceptarlo. Durante ese tiempo salimos con otros, intentando convencernos de que no era amor, pero no funcionó. Siempre volvíamos a hablar, a buscarnos, a comparar todo con lo que teníamos juntos. A los 35 decidimos intentarlo. Al principio fue raro: pasar de 20 años de amistad a una relación, con miedos, con culpa, con temor a perderlo todo si no salía bien. Nos casamos dos años después —yo con 37, ella con 36. No hubo gran boda, fue una decisión meditada, hablada y madura. La gente decía que “era evidente”, que siempre habíamos sido el uno para el otro. Pero nosotros no lo veíamos así. Fuimos amigos dos décadas sin tocarnos, sin cruzar una sola línea. El amor no estuvo desde el principio; surgió cuando ya habíamos vivido, sufrido y perdido. Hoy llevamos años casados. No digo que sea perfecto, pero sí estable. Nos conocemos a fondo: sabemos cómo reaccionamos bajo presión, cómo discutimos, cómo callamos, cómo pedimos perdón. A veces pienso que si no hubiera pasado por un divorcio, nunca habría valorado lo que tenía al lado. No me casé con mi mejor amiga por comodidad; me casé con ella porque, después de todo, era la única persona ante la que nunca tuve que fingir ser otro.
Tengo 42 años y estoy casado con la mujer que fue mi mejor amiga desde que teníamos catorce.
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0299
En la boda, el hijo insultó a su madre llamándola “presidiaria” y “mendiga” y le ordenó que se fuera. Pero ella tomó el micrófono y pronunció un discurso…
En la boda, el hijo llamó a su madre paria y vagabunda y le ordenó marcharse. Pero ella tomó el micrófono
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056
Para mi madre, cuidar de su nieta es algo “imposible”.
Para mi madre el cuidado de su nieta es un imposible. Todas mis amistades tienen madres que pueden encargarse
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058
Mi marido me dejó por mi hermana, se fue a vivir con ella. Pero tres años después la abandonó también… por su mejor amiga.
Mi esposo me dejó por mi hermana. Se fue a vivir con ella. Y tres años después, la abandonó también
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0445
No me lo esperaba de mi marido — Ana, tenemos que hacer algo… — suspiró Irene por el auricular. — ¿Pero qué ha pasado? — respondió su hermana pequeña, algo alarmada. La llamada de la mayor ya la había puesto nerviosa. Normalmente, solo cruzaban mensajes rápidos por WhatsApp, pero esta vez Irene insistió en hablar por teléfono. — Mamá ya no puede vivir sola. Si hablaras más con ella, lo sabrías — le reprochó Irene. — ¡Ay, venga! ¡No empieces! Ve al grano. ¿Qué es lo que no sé? Irene volvió a suspirar — a la pequeña siempre le salía rebelarse, llevaba años demostrando independencia y toda mínima crítica la enfrentaba como si le fueran a la guerra. — Recuerda que mamá ya tiene 73 años. La tensión la tiene disparada cada dos por tres, está constantemente débil. Con esfuerzo se prepara la comida y mantiene un poco la casa, solo por obligación — enumeró con paciencia la mayor. — Y ya ni te cuento que a veces ni puede salir a por el pan. Menos mal que la vecina, Doña Margarita, siempre le trae algo. — ¿Estás diciendo que mamá pasa hambre? — se alarmó Ana. — ¡No, mujer! Yo voy cada dos semanas, le llevo todo lo necesario. No hablo de eso, hablo de que sola ya no puede arreglárselas. ¿Y si se cae? ¿Si se rompe algo? Con el peso que tiene va a ser complicadísimo cuidar de ella. Las hermanas guardaron silencio. Elena, su madre, de joven ya era rellenita y, con los años, el peso fue a más. A pesar de algún problema de salud, la buena vida le gustaba y se molestaba mucho cuando sus hijas le insinuaban lo de hacer dieta. — Y además, está muy sola. Se le salen las lágrimas cuando me voy. Se queja de que todos la tienen olvidada… — prosiguió Irene. — Es insoportable esta situación. — Entonces, ¿qué propones? No te entiendo. La mayor calló, haciendo acopio de valor — cada año era más difícil razonar con Ana. — Te propongo que te vayas a vivir con ella. — ¡Menuda gracia! ¿Y por qué no te vas tú a su casa? ¿Eh? ¡Ya sé! ¡Tienes a Fede, tu marido maravilloso, y al hijastro ese tan pequeño, que solo tiene 25 añitos! ¿No? — Ana, ¿a qué viene eso? — A que siempre decides por todos, y te importa un pepino lo que me pase a mí. — Ana casi gritaba ya. Irene también se encendió: — ¿Y cuando mamá no paraba de ir de aquí para allá por papá y por ti y Marisa? ¿Cuando iba al pueblo contigo a llevarte comida y te cuidaba a la niña para que pudieras trabajar y descansar? ¿Te molestaba entonces? ¿No te venía bien? Ana se quedó callada. Su hermana tenía razón. Así fue cuando acabó aquel breve matrimonio con el padre de Marisa, y su suegra —una santa, para qué negarlo— tuvo el detallazo de permitirles quedarse en el piso hasta que la niña fuera mayor. La exsuegra no le hacía mucho caso a su nieta, y el “ex” pagaba cuatro perras de manutención. Así que no tenía más remedio: dar mil vueltas para salir adelante. La ayuda de mamá entonces fue vital, pero tampoco era para que se lo restregaran toda la vida, ¿no? La suegra cumplió su palabra: no molestó hasta que Marisa fue mayor de edad. Luego les pidió, sin rodeos, que se marcharan. Marisa ya estudiaba en la capital y tenía novio, así que Ana decidió que era momento de cambiar y se fue a buscarse la vida a Madrid. Llevaba ya años viviendo de alquiler en las afueras, encadenando trabajos: después de los 40, no es fácil encontrar algo bueno. Pero no se quejaba de su vida, y desde luego, no pensaba volver al pueblo. — ¡Como si tú supieras lo que es criar a un hijo sola! — le soltó a Irene, sabiendo que eso dolía. — Vive lo que he vivido yo y luego vienes a dar lecciones. Ahora fue la mayor quien calló largo rato. Al principio, a Irene las cosas le fueron bien. Se quedó en la ciudad, trabajó como contable y pensaba casarse bien. Pero siempre había problema con los novios: borracho, niño de mamá o vividor. Solo a los 39 conoció a Fede — tres años mayor, viudo y con un hijo, Víctor, de diez. Fede era electricista, un manitas que arreglaba de todo. No bebía, era de pocas palabras (hasta seco), pero ordenado hasta la exasperación. Aun así, Irene se enamoró a lo bestia. Y los 14 años de matrimonio (se casaron un año después de conocerse) se desvivió por él. Tardó, pero se ganó el cariño del hijastro y vivía pendiente de ellos. Le hubiera gustado tener un hijo propio, pero no pudo. Por eso, Fede y Víctor eran el centro de su vida. Y no quería perder eso por nada. — Yo quería traerme a mamá, — confesó Irene con voz apagada, — pero ni hablar, ella no quiere. — ¿Qué? ¿Y Fede, tu adorado Fede, no se oponía a meter a su suegra en el piso de dos habitaciones? — se burló Ana. — ¿O, como siempre, ni le comentaste nada por si acaso? Sabías que mamá iba a decir que no, ¿eh? — ¡Ana, basta ya! ¡Vamos a ser serias, que no estoy para bromas! — Pues hemos hablado ya suficiente, — bufó Ana y colgó. Desde luego, ya habían hablado bastante. Irene apretó el móvil y se quedó mirando un punto fijo. Sería la solución perfecta: Ana mudándose a casa. Ella iría más a menudo, ayudaría con dinero y cosas, y Ana podría hasta buscarse un trabajo online. En ese pueblo pequeño no había problema de internet, por raro que parezca. Pero Ana no pensaba ponérselo fácil. Igual que de cría, la consentida. ¡Y ya no se le puede ordenar nada! “No seas pesada, que ya hablé con mamá y está de maravilla, no necesita ayuda. Déjate de montar el numerito.” — leyó Irene en el WhatsApp la mañana siguiente. Ni contestó. ¿Para qué? Su hermana igual hablaba con mamá una vez al mes, le mandaba algún mensajito… La madre no se quejaba con la pequeña. Se alegraba de ese poco, no quería disgustarla. Un disgusto y se enfada, y ya ni la llama… Solo Irene aguanta el chaparrón de quejas, mínimo una vez por semana, y luego ni duerme. Hasta Fede, que nunca se fija mucho, ya le preguntó si le pasaba algo. Pero no le contó nada: para qué molestarle con sus problemas. ¿Qué hacer? Ni idea. ¿Pagar a una cuidadora? Imposible, no habría sueldo que alcanzara. — Mira, basta ya — Fede dejó el vaso con un golpe en la mesa. — Llevas tres meses rara. ¿Qué pasa? ¿Eh? Irene rompió a llorar de repente, pero trató de recomponerse. Los hombres no llevan bien las lágrimas, así que resumió la situación. — ¿Y por qué no me dijiste lo de Elena? — Fede la miraba serio. — No quería preocuparte… — murmuró sin mirarle. Quizá no debería haberle contado nada a su marido. Él no tiene por qué cargar con eso… — Vale — Fede se levantó. — Gracias por la cena. Me voy a dormir. Ni se quedó a ver las noticias, como siempre. ¿Y ahora qué? Irene no pegó ojo en toda la noche y se quedó dormida, sin oír el despertador. No tenía que ir a trabajar, era sábado, pero siempre servía el desayuno a Fede a la misma hora… ¡Otro fallo! Sin embargo, su marido estaba en la cocina tan tranquilo, leyendo en el móvil. — ¿Ya te has despertado? — le dijo, serio. Pero voz tranquila. — Sí, Fede. Ahora mismo te preparo el desayuno — se apresuró Irene. — Siéntate. Tenemos que hablar. Irene se sentó en la banqueta, en vilo. — He estado pensando. Hay que ayudar a tu madre. No está bien dejar a los mayores solos. Mi madre no llegó a vieja, por desgracia… Así que nos vamos a vivir al pueblo. Ya he mirado; puedo encontrar curro con el labrador de allí, y algo encontrarás tú también. Irene casi se cae de la sorpresa. — ¿Fede… Lo dices en serio? — Totalmente. ¿O te crees que se me olvida cómo Elena trataba a mi hijo en vacaciones y cómo me atendía a mí? No, Irene. Tengo buena memoria. Y además, llevo tiempo con ganas de mudarme al campo. Si a tu madre, claro, no le importa. Irene no daba crédito. De su Fede no esperaba esto, ni en sueños. — ¿Y Víctor? — preguntó, no sabía ni por qué. — ¿Y qué le pasa a Víctor? — se extrañó él. — Ya es todo un hombre, con su carrera, su trabajo… Encantado de que le dejemos el piso para él. — ¡Ay, Fede! — Irene se lanzó a abrazarle, se le escapó una lágrima, olvidando lo poco que le gustaban estas cosas a su marido. Pero él no la apartó. Solo le dio unas palmadas cariñosas: — Venga, mujer. Todo irá bien. Ella, por primera vez, quiso creerlo.
Carmen, hay que hacer algo suspiró Marta al teléfono, apoyando la cabeza en la mano como si sostuviese
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