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0217
Mi marido me humilló delante de toda nuestra familia – Sufrí en silencio, pero un día decidí vengarme con elegancia
Cuando me casé con Miguel, estaba convencida de que el amor y el respeto serían los pilares de nuestro
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057
Ya no puedo vivir en la mentira – confesó una amiga durante la cena
No puedo seguir viviendo en mentira confesó la amiga entre cuchillos y tenedores. ¿Estás loca?
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031
No toques las cosas de mi madre, – dijo el marido.
No toques nada de lo que era de mi madre dije, pero mi marido me interrumpió. Esa ropa es de mi madre.
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0853
Lina era mala. Muy, muy mala, pobrecilla, con lo mala que fue esa Lina. Todos intentaban hacérselo ver a la mujer, que era mala. Mala, además de desafortunada. Claro, no tiene marido, el hijo ya es mayor, vive solo. Lina está sola, no le importa a nadie. Llega el lunes al trabajo, y todas presumiendo de lo que han limpiado y cocinado el finde. Unas en la casa del pueblo trabajando, otras haciendo mermeladas. Y Lina calla, ¿qué va a contar? No tiene nada que decir: no tiene “hombre”, el hijo ya creció, y se queda callada, pasando desapercibida. Hoy pidió irse antes, todas saben que un par de veces al mes Lina sale antes del curro. Asienten con desaprobación; todas saben a dónde va: a encontrarse con sus supuestos múltiples amantes. En la oficina están convencidas: Lina tiene un montón de amantes, porque claro, Lina es así de mala. Lina es muy mala, sí. Ellas, en cambio, son las buenas, todas casadas y ocupadas, y Lina es la mala. —Lina —dice mamá—, ¿por qué eres así, hija? —¿Así cómo, mamá? —Pues desarreglada… Aunque sea, podrías buscarte un maridito cualquiera, hija mía. Todavía estás a tiempo de tener un segundo hijo, ahora todas tienen hijos después de los cuarenta. —¿Y para qué quiero un hombre cualquiera, mamá? ¿Para qué quiero un segundo hijo de un maridito cualquiera? Mamá —se asombra Lina—, ¿para qué? Si ya tengo a mi hijo, con mi Lucho soy feliz de sobra… ¿Y ese “maridito” del que hablas, para qué lo quiero? ¿Qué hago yo con él? De hecho, ya tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre, dolida—, Lina, ¡reacciona! ¡Óscar no es tu hombre! —¿Y cómo que no es mío? Claro que lo es —ríe Lina—, me invita a salir una vez por semana, me hace regalos, me ayuda con las vacaciones, no me come la cabeza, no me manda a limpiar ventanas al chalet de su madre, no me manda lavar calzoncillos y calcetines, no exige cena, no me carga con sus problemas ni deja el sofá hundido. Una bendición. —¡Claro, bendición! Y todo eso ¿a costa de su pobre esposa? —¿Y quieres que todo eso me toque a mí? No gracias, mamá, tengo cuarenta y pocos, he estado dos veces —te recuerdo, dos— casada, y de esa “felicidad” salí corriendo a toda prisa. Mi primer marido, padre de Lucho, ¿recuerdas? Tú me empujaste a casarme con él apenas cumplí los dieciocho, porque era mayor, supuestamente más listo, más serio, me quería, me respetaba y encima tenía dinero. ¿Verdad, mamá? Cinco años, cinco años de “cárcel”: sin poder estudiar, sin amigas, ni siquiera ocuparme mucho del niño: “eres joven, seguro lo harás mal”. Solo a currar por él y su madre. Eso sí, vestida de oro, claro. Una vez al mes me sacaba del encierro, presumía de “esposa joven y decente”, no como “las muñequitas” de los demás. Él, claro, con las “muñequitas” sí que se entretenía… Y cuando huí y pedí el divorcio, gracias a la abuela querida que me ayudó, él lo quiso todo de vuelta, ¡hasta la ropa interior…! La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba a la vez, ¿te acuerdas, mamá? Por el día estudiaba como una condenada para recuperar la vida perdida, por la noche trabajaba para no ser una carga para vosotros… —¡Lina! ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cuándo te he reprochado nunca ni un trozo de pan o un plato de sopa a ti o a tu hijo? —Tú, no, mamá… Pero no eras solo tú. También estaba él, el que no quería que “me subiera” a tu cuello, ni con mi hijo ni sin él. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién va a ser? Y de Nikito, “el grandote” que, ni oficio ni beneficio, total, ¿para qué, si mamá lo resuelve todo? Tú dos trabajos, de compras, cocinas, limpias, recoges… Y yo, por ansias de amor, volví a casarme. Sin amor ya había vivido. ¿Y qué cambió? Nada. Más líos. Lina la Angélica se convirtió en Lina la-de-todos. Mi “amor” tirado en el sofá, Lina en el curro, luego corriendo al cole, el niño era mío y no se podía molestar al hombre (ni siendo suyo). Sin coche, claro, porque ¿qué iba a hacer el marido yendo en bus? Todas las mujeres lo aceptan, ¿no? “¿Estás cansada? ¿Y quién hace la cena?” Hacía de todo, incluso tenía que “dar cariño” para que no se me despistara el “tesoro” por otro lado… ¿Dinero? “Eso será para tu hijo, el mío no es, si tuvieras uno mío, quizás. Y, oye, búscate otro pringado que os mantenga a los dos.” “No cuentes conmigo para arreglarte el coche… ¿Que es tuyo? ¡Somos familia!” “¡Mira lo que tú ganas sin hacer nada, y lo que yo tengo que trabajar!” “Tú has tenido suerte…” “¿Que te vas? ¡Anda ya! ¿Quién te va a querer, con un crío? Ja-ja-ja.” Así fue, mamá, tuve un marido que ganaba más y otro que ganaba menos. No hubo ninguna diferencia. Todo bien para todos excepto para mí, mamá, yo era la única que no era feliz. —Lina, todas vivimos así, hija… —¡Que lo vivan, mamá! Pero yo no quiero. —¿Y el sábado qué tal? —Nikita y Masha me encasquetaron a Olya y Vanya, los nietos. Paseé, hice tortitas, limpié, cociné, lavé, dormí a los críos, alimenté a tu padre, planché… Me acosté, exhausta. Al día siguiente, lo mismo. —Mamá, no recuerdo que tú te pelearas mucho por cuidar de Lucho… Yo no te metí el niño y me fui de marcha. —Tú has sido siempre muy independiente, hija, pero estos… ay… —¿Quieres saber cómo pasé el otro finde, mamá? El viernes Lucho me preguntó si podía dejarme a Timoteo, el gato de su novia Marina, porque se iban a la sierra. Pues claro, ¿por qué no? Hicieron el favor de traerme una pizza de paso y se fueron. Me la zampé por la noche viendo una serie. Como no tenía que madrugar, dormí tranquila. Por la mañana, cuidé del gato, me hice un café, limpié un poco y te llamé para invitarte a un museo o a charlar. Respondió papá: tú estabas ocupada, con las manos mojadas lavando algo. Me llamó vaga, dijo que tú te matabas, que estabas con los nietos, y yo de “señorona” en los museos. Me dio rabia, pero luego se me pasó: papá siempre tiene razón, ¿verdad? Fui al museo, vi la exposición de tu pintor favorito, me senté en una cafetería, hice unas compras, volví a casa y el gato dormía tranquilo. No me apetecía salir más: me tiré en el sofá y continué mi serie. El domingo dormimos con el gato hasta las once. Quise llamarte para ir en barco, pero cogió el teléfono Masha, masticando, diciendo que estabas ocupada (seguro cocinando o limpiando la mesa). Por la noche me llamó Óscar para invitarme a cenar y fui. ¿Por qué tenía que decir que no? Soy libre, no le pregunto por su mujer ni qué tal le va, no me carga con problemas; yo tampoco hago lo contrario. Pasé una velada estupenda y el lunes fui a trabajar descansada. Probé a salir con hombres solteros, mamá. Horrible. O buscan una “madre” o son divorciados con kilo de problemas y niños. —¿Por qué me miras así, mamá? El mundo ha cambiado, ¿sabes? Uno me dijo que yo tenía que querer a sus hijos por “instinto de mujer”, que él le pasaba pensión y cuidaba de la ex, porque es la madre de sus hijos. Con lo que le sobrara de su sueldo, pescador que es, lo gastaría en su hobby; nosotros viviríamos de mi sueldo. A cambio, me invitaría a pescado. Pregunté si ayudaría con mi hijo y se ofendió: “Lucho tiene su padre”. ¿Justo no? Pues por eso le mandé a paseo: Lucho tiene madre también, y esa soy yo. Ahora de pronto soy mala, interesada, tramposa, mala bestia que quería cargarle mi hijo a un pobre hombre para vivir la vida. Así que, mamá, tengo a Óscar. Sí, soy “mala” para todos, pero yo no siento vergüenza por cómo vivo. Lo que sí me da tristeza y rabia es cómo vives tú, por eso intento sacarte de casa, engañarte o lo que sea para que salgas conmigo, como hoy. Mamá, yo estoy bien, ¡pero hoy vamos a dedicarnos un poco a nosotras, y vas a disfrutar un rato, conmigo, tu hija! —¡Estás loca, Lina! ¿Y papá? —¿Qué le pasa a papá? ¿Está enfermo? —No, pero… la comida… —No me creo que no tengas preparada la comida. —Pero hay que calentarla y, además, Nikita… —Mamá, me voy a enfadar, de verdad… Sé que soy la mala, déjame ser buena un rato, vámonos a descansar… Te lo pido por favor… El lunes, en el trabajo, todas las mujeres comparten lo cansadas que están de “descansar” el finde. Y Lina sonríe con picardía: todos saben que Lina es mala, y ella va por la oficina bailando bajo una música que solo ella escucha, feliz de algo que solo ella comprende. Y todas lo tienen claro: ¡vaya pensamientos tiene esa Lina! Por supuesto, pensamientos de los malos…
Elena era mala. Muy mala, de verdad, hasta daba pena lo mala que era esa Elena. Todos intentaban convencer
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037
MIRANDO AL VACÍO Dani y Ana se casaron con sólo 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro, era un amor desaforado. Por eso, sus padres decidieron rápidamente formalizar la relación de sus hijos, no fuera a pasar algo “indebido”… Celebraron una boda espléndida e inolvidable, con todos los ingredientes típicos: la muñeca sobre el capó del coche, mares de flores, fuegos artificiales, banquete y los clásicos gritos de “¡Que se besen!” Los padres de Ana no pudieron aportar nada al convite, pues apenas les llegaba el dinero para comer y… para la bebida. Todos los gastos recayeron en la madre del novio, doña Alejandra Alejandrovna, a quien, viendo que su nombre y apellido resultaba un trabalenguas, todos llamaban Sagrario Sagrariana. Sagrario Sagrariana intentó disuadir a Dani de salir con una chica hija de padres tan dados a la botella, pero él aseguraba que en Ana no se notaría, que su amor superaría cualquier herencia negativa. Sagrario Sagrariana quiso advertirle: “Hijo, de una encina no nacen naranjas. Que tu amor no sea tan efímero como el pico de un gorrión…” Pero Dani y Ana, a las puertas de lo que creían sería la felicidad perfecta, sólo veían amor, alegría y fiesta interminables. Ante sus pies, el mundo entero. Pero la vida tenía su propio cuento. Como regalo de bodas, Sagrario Sagrariana y su marido les dieron un piso. “¡Vivid y sed felices, hijos!” Al principio, todo fue bien. Ana dio a luz dos niñas: Tania y Lucía, a quienes Dani adoraba. Sentía ser el dueño orgulloso de su familia. Pero antes de los cinco años, Ana empezó a desaparecer misteriosamente de casa, y al volver, Dani notaba fuertemente el olor a alcohol. Al pedir explicaciones, al principio ella callaba y luego, de pronto, le dijo con descaro que nunca le había amado, que sólo fue un enamoramiento de juventud. Ahora por fin había encontrado al hombre de sus sueños, y se iba con él. No le importaba que estuviese casado ni que tuviese tres hijas. Dani quedó clavado, el alma envuelta en niebla. Consideraba, con razón, que la mujer de su vida le había traicionado cruelmente. Ana huyó con su amante a una aldea perdida. Según ella, “con el hombre adecuado hay paraíso bajo una caña, y con el equivocado, ni el campo basta”. Las niñas quedaron a su suerte. Sagrario Sagrariana, enérgica como siempre, se quedó con las nietas. Dani, tras un duelo y una vida sin rumbo, se metió en una secta religiosa por consejo de un amigo. Allí le casaron pronto con una viuda llamada Clara con dos hijos. Con el tiempo, se casó por el rito de la secta. Dani cada vez tenía menos tiempo para sus hijas; su nueva mujer le cargaba de problemas. Al nombrar a sus propias niñas, ella le atajaba: “Dani, ellas tienen madre. ¡Que se ocupe ella! Tú lleva a Óscar al cole y da de comer a Víctor…” Dani obedecía todo. Seguía amando a Ana, pero entendía que no había regreso. Pasaron siete años y de pronto Ana apareció en casa de Sagrario Sagrariana, de la mano de una niña de cuatro años. Sagrario la examinó con ojo crítico: “Vaya, Ana, la vida te ha pasado por encima. ¿Esta es tu hija?” “Sí, se llama María. ¿Podemos quedarnos aquí unos días?”, pidió Ana, indecisa. “No esperaba esta visita. ¿Te han echado?” “Salí yo. No soporto más esa vida. Mi marido me pega y no para de beber”. “Nadie te obligó a elegirlo. ¿Y por qué no vas con tus padres?” “Extrañaba a mis hijas. ¿De verdad no me permitirás verlas?”, se atrevió Ana, sabiendo el corazón blando de su exsuegra. “¡Hoy te acuerdas de ellas! ¡Eres una madre-cuco, Ana!” Pero en ese momento, llegaron las niñas. Eran ya adolescentes. Miraban a Ana con recelo y ningún cariño; guardaban un amargo rencor hacia su madre. Sagrario siempre lamentó que sus nietas fuesen huérfanas con sus padres aún vivos. Por supuesto, acogió a Ana con la niña. No la iba a dejar en la calle. Pero al mes, Ana se esfumó. Después se supo que volvió con su “dulce torturador” al pueblo. Su hija María quedó al cuidado de Sagrario y su esposo; ahora tenían tres nietas. Las chicas adoraban y cuidaban a sus abuelos, y en casa reinaban el afecto y el respeto. Pero el tiempo no perdona… Los abuelos fallecieron. Tania se casó pero no tuvo hijos. Lucía, ya mayor, eligió la soledad. María, a los diecisiete, tuvo un hijo “de nadie” y se marchó a ver a su madre al pueblo. …La juventud se fue sin despedirse, la vejez entró sin saludar. Ana hacía mucho que vivía sola. La abandonó su compañero, enfermo, llevándoselo sus hijas a la ciudad. Le responsabilizaban de la enfermedad del padre: “¡No te metas donde no te llaman!” decían. En el pueblo, la gente tildaba a Ana de bebedora y desvergonzada; en el campo todo se sabe y los chismes vuelan. Ana tenía mala fama. Dani, por su parte, huyó de Clara y apenas sobrevivió cuando dejó la secta. Se quedó solo, viviendo en el piso de su madre, entre el “agua de borrajas”, durmiendo en una cama fría, rodeado de tres gatos. Para no enloquecer. Y así acabó todo el amor. Y sin embargo, la felicidad una vez llamó a la puerta de Ana y Dani…
MIRANDO AL VACÍO Carlos y Lucía se casaron cuando ambos tenían 19 años. No podían vivir ni respirar el
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017
Nadie Creyó Por Qué Un Hombre Sin Hogar Abofeteó a Una Madre Millonaria Hasta Que Salió a La Luz La Verdad
Nadie creyó por qué un hombre sin techo dio una bofetada a una madre multimillonaria hasta que salió
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03
El invierno de 1987 fue de esos inviernos en los que la gente ya no recuerda las temperaturas, sino las colas que se formaban: la nieve cubría todo, pero la ciudad despertaba antes que ella. A las cinco de la mañana, ante el colmado del barrio, las luces seguían apagadas pero la cola ya existía. Nadie sabía seguro qué traerían, se rumoreaba que habría carne y leche. El ambiente era de resignación: botellas vacías en bolsas, abrigos gruesos, rostros cansados. María, de 38 años, empleada de una fábrica textil, había llegado la sexta. Se había despertado a las cuatro y media, tomado el café a oscuras y salido de casa en silencio. Su marido seguía dormido pensando que quizá ese día tendrían algo más en la mesa. La cola creció enseguida y se comenzaron a hacer listas con trozos de papel. En mitad de la espera, María vio a la señora Valeria, su vecina viuda desde hacía poco, temblorosa y con un abrigo demasiado fino. Sin dudarlo, María le ofreció su lugar en la fila. La escena no necesitó explicaciones. Pronto anunciaron que solo había leche y huevos para los doce primeros; María supo que no le tocaría nada, pero se alegró por la señora Valeria. Cuando esta quiso devolverle el gesto, María se negó y le propuso compartir lo que consiguieran. Al llegar a la caja solo quedaba una última ración que la dependienta, en un acto de humanidad, repartió en dos partes y añadió una botella de leche reservada. Salieron abrazadas en la fría mañana, dejando tras de sí una historia sencilla, casi anónima, de solidaridad en tiempos de escasez. Porque aquellos inviernos, aquellas colas, no solo trataban de comida sino de personas, de cómo, a pesar de todo, la humanidad nunca faltó en las calles de nuestras ciudades.
El invierno de 1987 fue uno de esos inviernos en los que la gente ya no hablaba del frío, sino de las
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06
Cásate con un inválido. Una historia cautivadora
Gracias por el apoyo, los me gusta, las reseñas, las suscripciones y, sobre todo, el inmenso agradecimiento
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09
Reeducando a mi esposo: Una historia reveladora
Recuerdo, con la claridad que da la nostalgia, los primeros días después de aquella terrible hospitalización
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031
“Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…” Les miró a los ojos. Ana y Roberto habían vivido en la pobreza toda su vida. La mujer ya había perdido la esperanza de una vida feliz y próspera. Alguna vez fue joven y enamorada, soñando con un futuro brillante para los dos. Pero la vida no fue como lo imaginó. Roberto trabajaba muy duro y ganaba poco. Además, quedó embarazada. Tuvieron tres hijos, uno tras otro. Ana llevaba mucho tiempo sin trabajar. Solo el sueldo de su marido no alcanzaba para nada. Los niños crecían y necesitaban ropa y zapatos. Todo el salario se iba en comida. Además, los gastos de la casa y otras necesidades. Doce años de vida así dejaron huella en la familia. Roberto empezó a beber. Seguía trayendo todo el dinero a casa, pero cada día volvía borracho. Ana comenzó a perder la esperanza en su marido por culpa de esa vida. Un día, él llegó borracho con una botella de vodka en la mano. Ana no aguantó más, se la quitó y se la bebió. Desde ese momento, ella también empezó a beber. Con el tiempo, se sentía mejor. Todos sus problemas parecían desaparecer. Incluso empezó a alegrarse. Así que esperaba casi cada día a que Roberto le trajera algo de beber. Y comenzaron a beber juntos. Ana se olvidó de sus hijos. Los vecinos del pueblo se preguntaban cómo podía el alcohol cambiar tanto a una persona. Más tarde, los niños iban por el pueblo pidiendo comida. Un día, un vecino no pudo más y dijo: —Ana, será mejor que lleves a los niños a un orfanato antes de que mueran de hambre. ¿Hasta cuándo vas a beber sin pensar en tus hijos? Ana recordaba esas palabras perfectamente. Le rondaban día y noche por la cabeza. Hubiera preferido que los niños no anduvieran todo el día por casa. Después de un tiempo, Ana y Roberto finalmente abandonaron a sus hijos. Así que los chicos acabaron en un orfanato. Lloraban y esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía por ellos. Ana y Roberto ni siquiera se acordaban de sus hijos. Así pasaron varios años. Uno a uno, los chicos dejaron el orfanato. Les dieron pequeños pisos de una sola habitación. Al menos tenían dónde vivir. Todos consiguieron trabajo. Siempre se apoyaron entre ellos. Nunca hablaban de sus padres, pero seguían deseando verles y preguntarles por qué les habían hecho aquello. Un día, se reunieron y fueron en coche hasta la casa donde vivieron. Por el camino, se encontraron con su madre, que arrastraba los pies para llegar a casa. Pasó delante de ellos sin mirar siquiera a sus hijos. —Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Ella les miró con la mirada perdida. Y entonces, les reconoció. Empezó a llorar y a pedir perdón. Pero, ¿cómo podía ser perdonada? Los hijos se quedaron de pie, sin saber qué decir. Al final decidieron que, fuera como fuera, era su madre. Y la perdonaron.
Querido diario, Hoy no pot evitar să rememorez una imagen grabada en mi memoria Mamá, somos nosotros
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