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074
¿Por qué te levantas tan temprano? – preguntó el esposo, desconcertado.
¿Por qué llegas tan temprano? pregunta Andrés, algo desconcertado. Marisa abre la puerta de su piso con
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038
Mis familiares esperan que deje este mundo. Creen que asumirán mi piso, pero me he asegurado con antelación.
Mis parientes ya están haciendo fila para adueñarse del piso que me queda. Piensan que, cuando me ponga
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071
A Varuca la condenaron en el pueblo el mismo día que se le empezó a notar la barriga bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza! A su marido, Simón, lo habían enterrado hacía diez años, y ella —mira tú por dónde— aparece embarazada. —¿De quién será? —susurraban las comadres junto al pozo. —¡Vete tú a saber! —contestaban otras—. Callada, decente… ¡y mira ahora! Se ha quedado preñada. —¡Las hijas en edad de casarse y la madre haciendo de las suyas! ¡Una deshonra! Varuca no le levantaba la vista a nadie. Volvía de Correos —el bolso pesado al hombro— mirando al suelo y apretando los labios. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero, ¿cómo no meterse, si su propia sangre lloraba de desesperación? Y todo empezó, en realidad, no con Varuca, sino con su hija Marina… Marina no era una chica, era un cuadro. Clavada al difunto padre, Simón. Él también fue un guapo, el más apuesto del pueblo. Rubio, de ojos azules. Así nació Marina. Todo el pueblo se giraba a mirarla. La menor, Catalina, esa había salido toda a Varuca. Morena, de ojos muy oscuros, seria, discreta. Varuca se desvivía por sus hijas. Las quería con locura y tiraba ella sola de todo, como una burra. Dos trabajos: por el día, cartera; por la tarde, limpiar en la granja. Todo por ellas, por sus niñas adoradas. —Tenéis que estudiar, chicas —les decía—. No quiero que acabéis como yo, toda la vida en la porquería, cargando bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, haceros alguien. Marina no tardó en marcharse a la ciudad. Lo hizo fácil, volando. Entró en la Escuela de Comercio. Y al poco, ya la tenían vista. Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y tenía novio. No uno cualquiera, sino el hijo de un jefe. “¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!” —le escribía. Varuca se sentía feliz. Catalina, en cambio, se quedaba seria. Cuando acabó el cole, se quedó en el pueblo y se puso de auxiliar en el centro de salud. Quería ser enfermera, pero no alcanzaba el dinero. Toda la pensión de viudedad y el sueldo de Varuca iban para Marina, para su “vida de ciudad”. *** Ese verano, Marina volvió. No como otros años, alegre, arreglada, con regalos. Sino callada, pálida. Dos días sin salir de la habitación, y al tercero Varuca entró y la encontró llorando sobre la almohada. —Mamá… mamá… estoy perdida… Y se lo soltó todo. Su precioso novio le había hecho la envolvente y la dejó tirada. Y ella estaba de cuatro meses. —¡Ya no me puedo deshacer del niño, mamá! —lloraba Marina—. ¿Qué hago? ¡No me quiere ver ni en pintura! Que si lo tenía, no le daba ni un duro. Y a ella la iban a echar del instituto. ¡Su vida… acabada! Varuca se quedó petrificada. —Hija, ¿cómo es que… no te cuidaste? —¡Bah!, ¿qué más da ahora? —estalló Marina—. ¿Qué hago? ¿Llevo al niño al orfanato? ¿Lo tiro a la basura? A Varuca se le paró el corazón. ¿Al orfanato? ¿A su nieto? Esa noche Varuca no pegó ojo. Iba y venía por la casa, como un fantasma. Al alba, se sentó en la cama de Marina. —No pasa nada —dijo firme—. Vamos a tenerlo. —¿Mamá? ¿Pero cómo…? ¡Van a enterarse todos! ¡Se va a armar la marimorena! —Nadie se va a enterar —sentenció Varuca—. Diremos… que es mío. Marina se quedó boquiabierta. —¿Tuyo? ¡Mamá, que tienes cuarenta y dos! —Mío —repitió Varuca—. Diré que me voy con la tía al pueblo de al lado, a ayudarla. Allí nazco y allí me quedo un tiempo. Y tú te vuelves a la ciudad, a estudiar. Catalina, tras la delgada pared, oyó todo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada. Le dolía su madre. Y le asqueaba su hermana. *** Un mes después, Varuca se marchó. El pueblo cotilleó y se olvidó. Medio año más tarde, volvió. No sola: con un bebé envuelto en una mantita azul. —Toma, Catalina —le dijo a su hija, pálida de la impresión—. Te presento a tu hermano… Mitín. El pueblo se quedó de piedra. ¡Con que la callada Varuca! ¡La viuda, mira! —¿De quién será? —volvían a murmurar las comadres—. ¿A que ha sido el alcalde? —¡Qué va, ese es muy viejo! Del ingeniero, seguro. ¡Está buen mozo y está solo! Varuca aguantaba, callando los chismorreos. Empezó un calvario. Mitín era un torbellino, berreaba todo el rato. Varuca no daba abasto. El bolso de cartera postal, la granja, y ahora además noches sin dormir. Catalina ayudaba como podía. Lavaba, acunaba al “hermano”. Pero por dentro estaba que bullía. Marina escribía desde la ciudad. “Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora ando fatal de dinero, pero os mandaré algo pronto”. Un año después llegó el dinero… Mil pesetas. Y unos vaqueros para Catalina que le quedaban dos tallas pequeños. Varuca se las apañaba. Catalina, siempre a su lado. Pero su vida también se fue al traste. Los chicos la miraban pero no se acercaban. ¿Quién quiere una novia con ese “paquete”? ¡Madre deshonrada, “hermano” bastardo…! —Mamá —dijo un día Catalina, ya cumplidos los veinticinco—, ¿y si contamos la verdad? —¡Ni se te ocurra, hija! —Varuca se asustó—. ¡No debemos! ¡A Marina le arruinamos la vida! Ahora… está casada. Con un buen hombre. Marina, en efecto, “triunfó”. Terminó sus estudios, se casó con un empresario, se mudó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre de revista. Del “hermano” jamás preguntaba. Varuca le escribía: “Mitín ya va a primero, saca todo sobresalientes”. Marina contestaba mandando juguetes caros —inútiles para la aldea—… Pasaron los años. Mitín cumplió dieciocho. Creció guapísimo. Alto, de ojos azules, igual que Marina. Alegre, trabajador. Adoraba a su “madre” (Varuca) y a “su hermana”, Catalina. Catalina ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal. “Una solterona”, murmuraban a sus espaldas. Ella ya se había resignado. Toda su vida, entre su madre y Mitín. Mitín terminó el colegio con matrícula. —¡Mamá! ¡Me voy a Madrid! ¡Voy a entrar en la uni! —gritó. A Varuca el corazón le dio un vuelco. Madrid… Allí estaba Marina. —Igual podías intentarlo aquí, en la provincia… —sugirió tímida. —¡Qué dices, mamá! ¡Tengo que luchar! —reía Mitín—. ¡Os vais a quedar boquiabiertas! ¡Os llevaré a vivir a un palacio! Y el día que hizo el último examen, una berlina negra reluciente se plantó en la puerta. Se bajó… Marina. Varuca se quedó muda. Catalina, que salió del portal con el trapo, se quedó clavada. Marina bordeaba los cuarenta, pero parecía de revista: delgada, en traje caro, llena de oro. —¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola! —cantó, besando a Varuca en la mejilla—. ¿Dónde está…? Vio a Mitín. El chico estaba limpiándose las manos con un trapo, venía del granero. Marina se quedó fría. No dejaba de mirarlo. Al poco, se le llenaron los ojos de lágrimas. —Buenas tardes —dijo cortésmente Mitín—. ¿Tú eres… Marina? ¿La hermana? —La hermana… —repitió ella, como un eco—. Mamá, tenemos que hablar. Se sentaron en la casa. —Mamá… Lo tengo todo. Casa, dinero, marido… Menos hijos. Rompió a llorar, manchándose el rímel. —Hemos… lo hemos intentado todo. FIV… médicos… Nada. Mi marido se cabrea. Y yo… yo no puedo más. —¿A qué has venido, Marina? —preguntó Catalina en tono seco. Marina alzó la vista, bañada en lágrimas. —He venido… por mi hijo. —¿Tú estás loca? ¿Qué hijo? —¡No grites, mamá! —saltó Marina—. ¡Es mío! ¡Mío! ¡Yo lo parí! ¡Le voy a dar la mejor vida! ¡Tengo contactos! ¡Entra en cualquier universidad! ¡Le compramos un piso en Madrid! ¡Mi marido… él está de acuerdo! ¡Le conté todo! —¿Le contaste todo? —suspiró Varuca—. ¿Y le hablaste de nosotras? ¿De cómo me señalaban en el pueblo? ¿Del sufrimiento de Catalina? —¡Ay, lo de Catalina! —restó importancia Marino—. Se quedó en el pueblo, y ahí sigue. ¡Pero Mitín tiene la oportunidad de su vida! Mamá, ¡dámelo! Tú entonces me salvaste, gracias. ¡Ahora devuélveme a mi hijo! —¡No es un objeto para devolver! —gritó Varuca—. ¡Es mío! ¡Yo lo crié sin dormir, lo eduqué! ¡Yo… Entonces entró Mitín. Lo había escuchado todo. Pálido como la cera. —¿Mamá? ¿Cata? ¿De qué… de qué hablan? ¿Qué hijo? —¡Mitín! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre! ¿Me entiendes? ¡La tuya de verdad! Mitín la miró como un fantasma. Luego a Varuca. —Mamá… ¿es cierto? Varuca se tapó el rostro y se echó a llorar. Catalina estalló. La siempre callada Catalina se acercó a Marina y le dio un bofetón que la tiró contra la pared. —¡Mal bicho! —gritó Catalina, y ahí salió todo: años de humillaciones, su vida truncada, el dolor por su madre—. ¿Madre? ¡Tú nunca lo fuiste! ¡Lo abandonaste como a un perro! ¿Sabes que por tu culpa mamá tuvo que ir cabizbaja por el pueblo mientras todos se burlaban? ¿Sabes que yo… he acabado sola por “tu pecado”? ¡Sin hombre, sin hijos! ¡Y ahora quieres venirte aquí y llevártelo! —Cata, basta… —susurró Varuca. —¡No basta, mamá! ¡Ya está bien! —Catalina se giró hacia Mitín—. ¡Sí! ¡Esa es tu madre! ¡La que te endosó a mi madre para irse a la ciudad a buscarse la vida! Y esa —señaló a Varuca—, ¡tu abuela! ¡La que destrozó su vida por vosotras dos! Mitín guardó silencio. Mucho rato. Luego fue hacia Varuca, que lloraba, y se arrodilló ante ella, abrazándola. —Mamá… —susurró—. Mamá querida. Levantó la cabeza y miró a Marina, allí tirada tras el bofetón. —No tengo madre en Madrid —dijo en voz baja pero firme—. Mi madre es ella. Y mi hermana, Cata. Se levantó y tomó la mano de Catalina. —Y usted… tía, márchese. —¡Mitín! ¡Hijo! —lloriqueó Marina—. ¡Te daré todo! —Ya lo tengo todo —cortó Mitín—. Tengo una familia maravillosa. Y usted ya no tiene nada. *** Marina se marchó esa misma noche. Su marido, que vio toda la escena desde el coche, ni salió a saludar. Cuentan que al año la dejó. Encontró a otra que sí pudo darle un hijo. Marina se quedó sola, con su dinero y su “belleza”. Mitín no fue nunca a Madrid. Entró en la facultad provincial, a ingeniería. —Mamá, aquí hago falta. Hay que construirnos una casa nueva. ¿Y Catalina? Aquella noche, después de todo aquel grito, fue como si le quitasen un tapón. Revivió. Floreció, de repente, a los treinta y ocho. Empezó a fijarse en ella el mismo ingeniero del que murmuraban antaño. Un buen hombre, viudo. Varuca los miraba y lloraba. Pero ahora, de felicidad. El pecado, claro que existió. Pero un corazón de madre… cubre todo eso y mucho más.
A Violeta la juzgaron en el pueblo el mismo día en que la barriga empezó a asomar debajo de su jersey.
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012
La llave del 13 Llamó por la mañana y lo dijo como quien comenta una tontería: — ¿Te pasas? Hay que subir la bici. Yo solo no tengo ganas de liarme. Las palabras “¿te pasas?” y “no tengo ganas” sonaron juntas de un modo raro. Normalmente mi padre decía “hay que hacerlo” y “ya me apaño yo”. El hijo adulto, con canas ya en las sienes, se sorprendió buscando la trampa en aquella invitación, como en las conversaciones de antes. Pero esta vez no la había, solo una petición breve, y por eso resultó incómodo. Llegó a la hora de comer, subió al tercer piso y se entretuvo en el rellano hasta que la llave giró en la cerradura. La puerta se abrió enseguida, como si el padre estuviera esperando detrás. — Pasa. Quítate los zapatos —dijo el padre y se apartó. En el recibidor todo seguía en su sitio: la alfombrilla, la cómoda, los periódicos doblados con esmero. El padre tenía el mismo aspecto de siempre, solo que los hombros parecían más estrechos y, al remangarse, las manos le temblaron una fracción de segundo. — ¿Y la bici? —preguntó el hijo, para no preguntar otra cosa. — En el balcón. La he metido ahí para que no moleste. Pensé que podría apañarme solo, pero bueno… —el padre hizo un gesto con la mano y fue delante. El balcón estaba acristalado, pero frío, con cajas y botes. La bicicleta esperaba junto a la pared, tapada con una sábana vieja. El padre quitó la sábana con el mismo cuidado que si destapara algo importante, y rozó el cuadro suavemente con la palma. — Es la tuya —dijo—. ¿Te acuerdas? Te la compramos por tu cumpleaños. El hijo lo recordaba. Recordaba correr por el patio, las caídas, cómo el padre le levantaba en silencio, le sacudía la arena de las rodillas y comprobaba la cadena. Entonces el padre apenas elogiaba, pero miraba las cosas como si tuvieran vida y fuera responsable de ellas. — Las ruedas están flojas —notó el hijo. — Eso no es nada. Lo que cruje es el buje y el freno trasero no va. Ayer lo probé y hasta me dio un vuelco el corazón —el padre sonrió, pero la sonrisa se apagó rápido. Llevaron la bicicleta al cuarto donde el padre tenía su “taller”: no uno aparte, claro, sino un rincón en la habitación pequeña; una mesa junto a la ventana, alfombrilla, lámpara y una caja de herramientas. En la pared colgaban alicates, destornilladores, llaves, todo ordenado. El hijo lo registró sin querer, como siempre: el padre mantenía orden donde podía. — ¿Ves el vaso de trece? —preguntó el padre. El hijo abrió la caja. Las llaves estaban alineadas, menos la del trece, que no aparecía. — Aquí hay doce, catorce… de trece nada. El padre arqueó las cejas. — ¿Cómo que no? Si siempre… —calló, como si la palabra “siempre” pesara demasiado. El hijo revisó más herramientas, abrió el cajón. Entre tuercas, arandelas, cinta aislante y un trozo de lija, encontró la llave bajo unos guantes de goma. — Aquí está —dijo el hijo. El padre tomó la llave y la pesó un momento, comprobando su peso. — Así que la metí yo ahí… la memoria —dijo, resoplando—. Venga, pásame la bici. El hijo la tumbó, apoyando la pedalera sobre un trapo. El padre se agachó despacio, con mucho tiento, como si las rodillas pudieran fallarle. El hijo se dio cuenta y fingió no notarlo. — Primero quitamos la rueda —dijo el padre—. Tú sujétala, yo aflojo las tuercas. Agarró la llave, giró. La tuerca se resistía y el padre apretó los labios, tenso. El hijo cogió la llave y ayudó; la tuerca cedió. — Yo podía solo —murmuró el padre. — Era por… — Ya, ya. Aguanta, que no caiga. Trabajaron en silencio, con frases cortas: “sujeta”, “no tires”, “aquí”, “cuidado con la arandela”. El hijo pensó que así hasta era más fácil; cuando solo cuentan los gestos, no hay que adivinar lo que hay debajo. Dejaron la rueda en el suelo. El padre sacó el hinchador, comprobó la manguera, el mango desgastado. — La cámara estará entera. Solo está algo reseca —dijo el padre. El hijo estuvo a punto de preguntar cómo lo sabía, pero se calló. El padre siempre sonaba convencido, incluso cuando dudaba. Mientras el padre inflaba, el hijo revisaba el freno: las zapatas gastadas, el cable oxidado. — Habrá que cambiar el cable —dijo. — Cable… —el padre paró, se limpió la mano en el pantalón—. Tengo uno de repuesto por ahí. Rebuscó bajo la mesa, sacó una caja, luego otra. Cada una repleta de piezas, con las bolsitas rotuladas. El hijo lo observaba: no era solo orden, era la forma del padre de combatir el paso del tiempo. Si todo está apuntado y en su sitio, nada se escapa. — No lo veo —dijo el padre, cerrando la tapa con fastidio. — ¿Y en el trastero? —propuso el hijo. — El trastero es un desastre —dijo el padre, como quien confiesa una falta grave. El hijo sonrió. — ¿Tú, desastre? Eso sí que es novedad. El padre le lanzó una mirada reprobatoria, pero asomó un destello de gratitud por la broma. — Anda, mira tú. Yo sigo con esto… El trastero era minúsculo, lleno de cajas. El hijo encendió la luz, apartó bolsas. En la balda superior encontró un rollo de cable envuelto en periódico. — Lo tengo —avisó. — Ya sabía yo —respondió el padre. El hijo trajo el cable. El padre lo examinó, mirando los extremos. — Está bien. Solo faltan los terminales. Rebuscó de nuevo y sacó unos capuchones diminutos. — Vamos con el freno —indicó. El hijo sujetó el cuadro, el padre desatornilló la fijación. Los dedos del padre eran secos, agrietados, uñas cortas. El hijo recordó cuánto le habían impresionado de niño: fuertes, invulnerables. Ahora tenían otra fuerza: paciente, medida. — ¿Por qué me miras así? —preguntó el padre. — Pienso cómo te acuerdas de todo. El padre rió por lo bajo. — Me acuerdo. Lo que no sé es dónde dejo las llaves. Gracioso, ¿no? El hijo iba a responder “no tiene gracia”, pero entendió que no hablaba de reír, sino de miedo. — Es normal —dijo el hijo—. A mí también me pasa. El padre asintió breve, aceptando con ello no ser perfecto. Al desmontar el freno faltaba un muelle. El padre estuvo un rato mirando el hueco, después levantó la vista. — Ayer estuve trasteando, igual lo tiré. Busqué en el suelo y nada. — Busquemos otra vez —ofreció el hijo. Se arrodillaron y palparon el suelo, miraron bajo la mesa. El hijo encontró el muelle junto al zócalo, al pie de la silla. — Aquí está. El padre lo examinó de cerca. — Menos mal. Ya pensaba que… El hijo supo que iba a decir “ya pensaba que se me va del todo”. Pero no lo hizo. — ¿Quieres un té? —preguntó el padre, cerrando así la pausa. — Vale. En la cocina el padre puso el agua, sacó dos tazas. El hijo se sentó y observó el ir y venir tras la encimera. Los movimientos eran los de siempre, pero un poco más lentos. El padre sirvió el té, dejó delante una bandeja de galletas. — Come. Estás más delgado. El hijo iba a decir que no, que era la chaqueta, pero lo dejó. Aquella frase resumía todo lo que el padre sabía decir sobre el cariño. — ¿Y en el trabajo? —preguntó el padre. — Bien. Han cerrado un proyecto y empiezo otro. — Ajá. Lo importante es que paguen a tiempo. El hijo se rió. — Siempre tan realista. — ¿Y de qué crees que debería hablar? ¿De emociones? El hijo notó un tirón por dentro. No esperaba oír al padre pronunciar la palabra. — No sé —dijo, sincero. El padre se quedó callado, luego se cogió la taza con las dos manos. — Yo, mira… —empezó y se paró, como midiendo si era demasiado—. A veces pienso que vienes por cumplir. Pasas, te apuntas y te vas. El hijo dejó la taza. Quemaba, pero no apartó la mano. — ¿Y tú crees que me resulta fácil venir? Aquí todo… parece que soy niño otra vez. Y tú lo sabes todo mejor. El padre sonrió, sin malicia. — En realidad, aún creo que sé más. Costumbre. — Y, además —añadió el hijo, soltando el aire—, nunca preguntabas cómo estoy. De verdad. El padre miró la taza, buscando allí la salida. — Me daba miedo preguntar. Si preguntas, tienes que escuchar. Y… no siempre sé. El hijo sintió alivio, aunque fuera tan sencillo. El padre no decía “perdón”, ni explicaba. Solo admitía que no sabía. Y eso era más cierto que cualquier discurso. — Yo tampoco sé. El padre asintió. — Pues a aprender. Empezamos por la bicicleta —añadió, irónico, como sorprendiéndose a sí mismo. Terminaron el té y volvieron al cuarto. La bicicleta, la rueda, el cable sobre la mesa. El padre retomó la faena con renovada energía. — Haz una cosa: tú pasa el cable, yo ajusto las zapatas. El hijo obedeció, metiendo el cable. Sus dedos eran menos hábiles que los paternos, y se fastidió consigo mismo. El padre lo notó. — No corras. No hace falta fuerza, sino paciencia. El hijo lo miró. — ¿Me hablas del cable o de todo? — De todo —respondió el padre, volviéndose. Ajustaron las zapatas, apretaron las tuercas. El padre apretó varias veces la maneta, comprobó el recorrido. — Mucho mejor. El hijo infló el neumático, asegurándose de que no fugaba. Aguantaba bien. Montaron la rueda, apretaron todo. El padre pidió la llave del trece y el hijo la pasó en silencio. La llave encajó en la mano del padre como una prolongación natural. — Listo —dijo el padre—. Vamos a probarla. Bajaron la bici al portal. El padre llevaba el manillar, el hijo al lado. Había poca gente; una vecina con la bolsa asintió al pasar. — Sube y prueba —dijo el padre. — ¿Yo? — ¿Quién si no? Yo ya no estoy para acrobacias. El hijo se montó. El sillín, bajo como cuando era niño; las rodillas muy arriba. Dio un par de vueltas a la jardinera y frenó. Respondió perfecto. — Funciona —anunció al bajarse. El padre probó a rodar un poco, lento. Se detuvo y apoyó el pie. — Bien. No hemos estado de más. El hijo lo miraba y supo que no hablaba de la bicicleta. Hablaba de haberle llamado. — Déjate aquí el juego de llaves —soltó el padre—. Este… —señaló las herramientas—. Me valen las que tengo. A ti te servirán. Siempre lo haces tú todo. El hijo iba a objetar, pero reconoció ese idioma: no “te quiero”, sino “llévatelo, así es más fácil para ti”. — Vale, me lo llevo. Pero la del trece no la pierdas. Es la importante. El padre sonrió. — Ahora la guardo en su sitio. Subieron. El hijo se puso la chaqueta en el vestíbulo. El padre no se apresuraba. — ¿Te pasarás la semana que viene? —preguntó, como de pasada—. Tengo que engrasar la puerta del altillo. Ahora… las manos. Lo dijo sin justificaciones. Y el hijo oyó, por fin, una invitación real. — Iré. Llámame con tiempo, para no llegar corriendo. El padre asintió. Ya casi cerrando la puerta, murmuró: — Gracias por venir. El hijo bajó las escaleras con el puñado de llaves y destornilladores envueltos en un paño. Pesaban, pero no molestaban. En la calle miró hacia el tercer piso. La cortina se movió, como si el padre mirase desde allí. No saludó. Solo siguió hacia el coche, sabiendo que podía volver no solo “por hacer”, sino por ese hacer que ahora ambos entendían como importante.
La llave del 13 Llamó temprano, con esa voz que disimula lo importante: ¿Te pasas por aquí?
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040
Se ha divorciado de su marido y su suegra le exige dinero para ayudarlo
Dolores y yo nos unimos en matrimonio hacía poco más de diez años, cuando ambos rondábamos los treinta y tantos.
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056
Cuando llegó el otoño y Vladimir cayó enfermo, todo cambió. Los vecinos llamaron: – Andrés, ven enseguida. Tu padre está acostado, no puede levantarse solo.
Cuando llegó el otoño y Don Vicente García enfermó, todo cambió. Los vecinos llamaron al teléfono: ¡Carlos, ven ya!
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032
Tengo 58 años y ya no sé qué hacer con mi vecina cotilla: vive justo enfrente, controla todos mis movimientos, comenta mi basura y hasta sabe cuándo ladra mi perro—¿cómo se convive en España con una vecina así sin perder la calma ni permitir que invada tu vida?
Tengo 58 años y ya no sé cómo manejar la situación con mi vecina. Vive justo enfrente de nuestro piso
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0105
— Los quisiste a los dos, pues ahora cuídate de los dos. Yo ya me cansé, me voy, le dijo su marido sin mirar atrás La puerta se cerró despacio, pero el eco de aquel sonido se quedó grabado en el alma de Alina, como un susurro imposible de apagar. No fue un portazo. No hubo discusión. Sólo una despedida fría y definitiva. Bogdan no regresó jamás. Ni con la mirada, ni con el corazón. Meses antes, su vida se había quebrado en silencio, ante un test de embarazo con dos rayas… y una ecografía mostrando dos corazones latiendo. Gemelos. Un milagro doble. Para Alina fue una emoción llena de lágrimas, miedo y una felicidad difícil de explicar. Para Bogdan, sólo un problema más. — No tenemos posibilidades, Alina… apenas llegamos a fin de mes. No hay para uno, ¿cómo va a haber para dos?, le decía él sin mirarla a los ojos. Sus palabras dolieron más de lo que admitiría jamás. Pero fue aún más doloroso cuando le pidió renunciar. A ellos. A esas dos vidas por las que ya se sentía madre. Aquella noche, Alina estuvo largo rato ante el espejo, con las manos sobre su vientre aún plano, sintiendo ese vínculo silencioso y profundo. ¿Cómo renunciar? ¿Cómo vivir sabiendo que eligió el miedo en vez del amor? — Donde come uno, también come el otro, le contestó un día con voz temblorosa y una determinación inquebrantable. Siguió adelante con el embarazo. Llevó a sus hijos con dignidad, incluso cuando Bogdan se volvía cada vez más distante, duro y ajeno. Ella esperaba… esperaba que al tenerlos en brazos, algo en él cambiara. Pero el cambio fue todo lo contrario. Tras el parto, el cansancio se acumulaba, todo faltaba más y Bogdan se perdió del todo. Sus quejas se tornaron reproches, los reproches silencios, los silencios muros infranqueables. Hasta que un día… — Los quisiste a los dos, ahora cuídate de los dos. ¡Yo me voy! Eso fue todo. Sin explicaciones. Sin remordimientos. Alina se quedó en el umbral, dos bebés dormidos en las cunas, las manos temblando y el corazón hecho pedazos… pero sin rendirse. Días duros. Noches en vela. Llantos en silencio para no asustarles. Y, aun así, mañanas donde cuatro ojitos la miraban como si ella fuese su universo. Sonrisas pequeñas, pero suficientes para darle fuerzas. Aprendió a ser madre, padre, consuelo y refugio. Pudo descubrir que era más fuerte de lo que nunca imaginó. Que el amor verdadero no huye cuando vienen los problemas. Los años pasaron y Alina renació. No porque la vida se hiciera fácil, sino porque ella se hizo fuerte. Luchó, trabajó y crió a dos hijos hermosos, buenos, que siempre supieron que eran amados más allá de cualquier carencia. Y un día, viendo a sus gemelos reír al sol, Alina entendió: No había sido abandonada. Había sido liberada. Y al contrario, ahora tenía dos corazones que la querían, no solo uno. Porque la felicidad a veces no está con quien promete quedarse, sino con quien realmente se queda. Y ella se quedó. Por ellos. Y por sí misma. ❤️ Deja un ❤️ en los comentarios por todas las madres que crían solas, por las mujeres que no se rindieron ni aunque las dejaran atrás. Cada corazón es un abrazo.
Los has querido a los dos, pues ahora críalos a los dos. Yo me largo, ¡estoy harto! soltó su marido sin
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047
ÉL VIVIRÁ CON NOSOTROS…
Él va a vivir con nosotros Suena el timbre con un repiqueteo molesto que avisa de que ha llegado alguien.
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061
Ganas un dineral, ¿verdad? La hermana de mi esposa me pidió dinero prestado y se fue de vacaciones a la costa. Este verano, la querida hermana de mi mujer vino a visitarnos. La llamo “la mimada”, porque en las reuniones familiares la madre, el padre y todos no hablan de otra cosa: fue una estudiante genial, terminó la universidad, encontró trabajo en su especialidad, ¿acaso no es la hija perfecta? En cambio, la hermana mayor ni siquiera terminó sus estudios y se casó joven, pero eso no les preocupaba porque yo tenía una posición desahogada, con mi propio negocio, un piso, coche y buenos ingresos. Desafortunadamente, la mejor hija siempre fue la hermana menor de mi esposa. Y este verano la hermana de mi mujer vino y me pidió un préstamo para ahorrar para la entrada de un piso porque quería pedir una hipoteca y no tenía dinero para el depósito. Para mí no era tanto, así que accedí sin problema. Me dijo que trabajaba en la administración pública y que me devolvería el dinero puntualmente. Así que le dejé el dinero y casi me juró que cada mes me lo devolvería. Solo una semana después se marchó de vacaciones a la playa. La verdad, me quedé perplejo, porque una persona que no tenía dinero para una hipoteca, sí encontraba para unas vacaciones. Cogió unos días libres y les iba diciendo a los familiares que se había pasado el año ahorrando para esas vacaciones, pero había algo curioso: aún no había pedido ninguna hipoteca. Le pregunté y me dijo que lo había pensado mejor y que ya no le interesaba el piso. Le pedí que me devolviera el dinero y me respondió que no tenía nada, que se lo había gastado todo en la playa. Fue entonces cuando entendí que nunca pensó en comprarse ningún piso. Le pedí educadamente que devolviera la deuda cuanto antes, ya que ese dinero se lo di para comprarse un piso, no para irse de vacaciones. Su respuesta fue muy ofensiva: -Voy a ganar muchísimo dinero, puedes esperar, ahora mismo no tengo nada. ¿Adivinas cómo terminó la historia? Pues sí, porque le contó a su madre que yo le había pedido el dinero antes de tiempo y que así no se puede tratar a la familia, con lo que la hija pequeña volvió a ser un angelito y nosotros pasamos a ser los ricachones despiadados.
¿Ves qué cantidad de dinero tenía? La hermana de mi esposa pidió un préstamo y luego se fue a la playa.
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