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032
Papá
¡Entonces demuéstrame que eres mi hijo! soltó él de pronto, con voz áspera como la de un viejo callejón.
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015
Cuanto más lejos estoy, más cerca me siento de los míos… —¿Sabes qué te digo, nieto mío? Si tanto te molesto, aquí solo queda una opción: no iré más a casa de mis hijas, ni iré de un amigo a otro. Tampoco necesito buscarme ningún abuelo. ¡Anda que menuda idea, casarme a estas alturas! —¡Abuela, si es lo mismo que llevo diciéndote tiempo! ¡Y mamá también! Métete en una residencia de mayores. Mira, si me cedes la casa a mi nombre, te buscan una habitación allí, mamá lo arregla todo. Así tienes vecinas, compañía, y no estás aquí estorbándome. —De mi casa no me voy, Santi. Te voy a hablar claro: si tanto molesto, ahí tienes la puerta bien ancha. Tú eres joven y espabilado, busca un piso y vive como quieras. No quisiste estudiar, pues trabaja. Trae cada día una novia distinta si te da la gana. Yo tengo 65 años ya el mes que viene; busco tranquilidad y silencio. Bastante anduve de aquí para allá estos años; ya es hora de volver a mi hogar. No está bien que me echéis de mi propia casa, ni que tú y tus novias viváis de mi pensión. Que la pensión no es elástico, Santi. Así que tienes una semana para buscar otro sitio. Si no encuentras piso, pues a casa de tus amigos o de esa tal… cómo se llame, que siempre olvido el nombre. Pero hoy quiero mi casa para mí. ¡Mira tú qué ideas, buscarme novio o meterme en una residencia! El nieto, indignado, intentó replicar, pero Lidia Fernández ya no quiso escucharle: se metió en su cuarto y cerró la puerta tras de sí, con la cabeza a punto de estallar. Debería tomar una pastilla, pero tendría que pasar por la cocina y no le apetecía cruzarse con Santi. Al mirar su pequeña habitación, encontró media botella de Solán de Cabras. Pues ya está, justo un trago de agua. *** Lidia ni ella misma se reconocía de tan decidida. Tanto aguantó y calló dos años, de casa en casa, de hija en hija, y siempre, ante la mínima indirecta, “¿no te estarás quedando mucho, mamá?”, a hacer las maletas. Y ahora Santi, vago de veinte años, era el que mandaba en su propia casa, trae una novia un día y otra la semana siguiente, y ella, la abuela, estorba tras la pared porque tose y no deja celebrar la pasión. —Abuela, ¿por qué no vas de visita a alguien? Así Dasha, Inés, Lucía, Irene (tacha la que no interese: las chicas van cambiando) y yo podríamos estar a solas. Y Lidia se iba, sea a casa de la prima, la comadre o la antigua compañera, donde ya notaba que su presencia se hacía pesada con tanto visitarles dos veces por semana. *** Justo cuando ni de visita la querían, su hija mayor dio a luz. Vida en Madrid, hipoteca, el mayor ya en el cole, no había otra: la abuela era la salvación. Así que Lidia se fue a Madrid. Y, al principio, todo perfecto: la casa, los guisos, los niños cuidados… hasta que el yerno, que apenas tenía diez años más que ella, empezó a recelar. —¡Lidia, esas salchichas no, que cualquiera se intoxica! Y si estás todo el día en casa, ¿te costará mucho preparar un buen guiso, unas albóndigas? —¡Lidia, las albóndigas bien, pero te gastas mucho en la compra! Hay que mirar más el céntimo. —¡Lidia! ¿Yo parezco una cabra que solo come lechuga? Ahorra un poco sí, pero carne, hace falta carne… Y así con todo. Que si ya que cuida a los nietos, podía ser más útil con la mayor y ahorrarse academias, que si no hable tanto por teléfono, que si la nieta se avergüenza de la ropa que lleva la abuela al cole… —¿Para qué has venido, abuela? Mejor vete a tu casa de pueblo y allí mandas tú. Lidia callaba, complacía a todos y ayudaba a la nieta y, hasta a Santi, el gandul que ni estudió ni trabajaba: de su mísera pensión enviaba dinero y pagaba facturas atrasadas. A la hija no valía la pena quejarse: bastante tenía con conservar al marido. Ni caso. Cuando la nieta pequeña fue a la guardería, dijeron que ya la abuela no hacía falta. El yerno lo dejó claro: Lidia, gracias, ya puede volver a su casa. Lidia volvió feliz, pensó que por fin sería dueña de su propia casa. Pero no: Santi y su novia la habían convertido en un desbarajuste, con facturas y suciedad. No quedó otra que pedir un crédito, saldar cuentas y devolver el orden a su hogar. Y, cuando ella respiraba aliviada, Santi se veía molesto: casa pequeña, nada de intimidad… Y justo entonces la hija menor, también en Madrid, iba a dar a luz: “Mamá, ven a ayudarme.” ¿Qué iba a hacer? Volvió a marcharse, otra vez fue útil tres meses… hasta que otra vez era estorbo. Decidió volverse sin esperar a que la echaran. El desencadenante vino tras volver una vez más a casa y topar con Santi, otra vez quejándose. *** —Santi, hoy voy a ver a la comadre, es su cumpleaños. Volveré tarde, si acaso ya entras tú y yo paso por la puerta de la terraza para no despertaros. —¿Y por qué no te quedas allí a dormir? Así no andas entrando por la noche. Quédate, nos dejas descanso. —Pero si hace una semana que estoy en casa, ¿tanto canso? —Una semana ya es bastante. ¿No te quedas? —No, vuelvo a casa. En plena fiesta, llamó la hija mayor a la comadre, que salió al patio y, al volver, le dijo a Lidia: —Me ha pedido tu hija que te quedes aquí esta noche, que así dejan a Santi y su novia solos, que les molestas en casa. —Pero si ya le he dicho que vuelvo… —Casi mejor, quédate, ya me contarás cómo va todo. —Nada, todo bien —mintió Lidia. —Mira, cuando todo va bien, los hijos no llaman a conocidos pidiéndoles que acojan a su madre por una noche. Hasta me pidió hace poco que si conocía a algún abuelo con piso propio, porque Santi necesitaba casarse y no podía mientras tú estabas en casa… Lidia lo confesó todo: los desplantes en Madrid, en la casa de la hija pequeña, Santi empeñado en echarla de la suya… —Kuma, ni en mi propia casa mando. Santi se fue cuando acabó el bachillerato a Madrid, pero el marido de mi hija dejó claro que sobraba, así que volvió. No le llamaron para la mili, ni quiso estudiar. Cuando cumplió dieciocho, hasta mi hija cortó el grifo. Y aquí me lo quedé yo, encima. Lidia no quiso quedarse más en casa de la comadre y volvió. Y esta vez, le dijo todo lo que pensaba a Santi. Santi se quejó a su madre: “La abuela está loca, quiere echarme de casa”, y su madre la llamó para reprenderla. Pero Lidia le dijo lo mismo: “Es mi casa, y ya está bien”. Santi se fue de casa, no sin antes avisar: “No esperes que te ayude más, aquí no vuelvo a poner los pies”. Lidia se quedó sola, y lo celebró: por fin estaría tranquila. Toda la vida, aguantando y adaptándose. Cuando creía que hacía lo mejor para sus hijas, solo crió consumidores. No es justo, no, que a una le expulsen de su propia casa al llegar a vieja. ¿Qué vida es esa, en la que en tu propia casa eres la intrusa? Después Santi recapacitó; volvió a pedirle perdón. Pero Lidia ya le había perdonado. Eso sí, volver a vivir juntos, jamás. De visita, todos los días si quiere, pero a convivir, no. Él es joven, piensa en novias; yo solo quiero mi paz. Las hijas aún la llaman pidiendo ayuda con los niños. Pero Lidia ahora lo tiene claro: que se los traigan si quieren, que en su casa, con aire puro, ella les cuida encantada, pero ella no vuelve a irse a vivir a casa de nadie. Porque aquí, en su casa, es la dueña y nadie le manda. Lidia dice: “Cuanto más lejos estoy, más cerca me siento de los míos”. Y yo creo que no le falta razón.
Cuanto más lejos, más cerca de uno mismo ¡Mira, querido nieto! Si tanto os molesto, entonces sólo queda
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029
Nunca conseguirás conectar con él: la historia de Ana, una madrastra en Madrid enfrentada a la rebeldía de su hijastro adolescente, la incomprensión de su marido y la búsqueda de respeto en su propio hogar
¡No lo voy a hacer! ¡Y no me des órdenes! ¡No eres nadie para mí! Daniel tiró el plato en el fregadero
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045
La amiga de mi marido pedía su ayuda cada dos por tres, y tuve que intervenir
¡Ay, por favor, Manolo! ¡No sé qué hacer! ¡El agua no para de salir! ¡Voy a inundar a los vecinos y ya
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015
El abrigo rojo de su madre
¿Te duele mucho, mamá? No, Aitana, ve a la cama. La miré incrédula. Sentía su sufrimiento como propio.
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08
Mi esposa llevó al perro al veterinario con la sospecha de haber cometido un error fatal. Ahora, en casa, ya no hay solo un gafe, sino dos… Todo empezó con la llegada de un gatito encontrado en un contenedor de basura, al que llamamos Nefasto. Desde el primer día, acumuló desgracias: cayó en el caldo caliente, se empapó de nata, se accidentó saltando de la cama y rompió todas las vajillas de las curanderas a las que fuimos. Hasta los hechiceros se negaban a recibirlo. Tras intentarlo todo, una amiga sugirió traerle un compañero; así adoptamos a Rex, un chihuahua bastante feo cuya valentía solo iguala su torpeza. Pronto en casa, ya no luchábamos solos contra la mala suerte: ahora eran dos desastres, incapaces de cazar ratones pero expertos en meterse en líos, ser emboscados por abejas y picotazos de gallinas y ocas. Pero un día lo cambiaron todo: gracias a su resistencia a dejarnos salir y a sus dramáticas intervenciones, evitaron que acabáramos en un accidente de tráfico fatal. Desde entonces, la rutina incluye rescates, manchurrones de nata, gritos nocturnos y mucha paciencia. Y aunque siguen acumulando incidentes, ya nadie se lamenta; los llevamos en brazos, los mimamos y aceptamos que, a su manera, nos han traído el mayor golpe de suerte: el amor incondicional por estos dos cenizos adorables.
La esposa llevaba al perro al veterinario y ya empezaba a rondarle una sospecha inquietante: quizás había
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029
Mejor sin ti
Él giró la llave y la puerta se abrió, pero el apartamento resultó ser ajeno. Dentro había desconocidos;
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015
De niña sentía curiosidad por saber quién era mi padre. Crecí en un internado y con el tiempo su ausencia se volvió algo “normal” para mí. A los 14 años conocí al padre de mis hijos y entonces ni siquiera insistí en buscar a mi propio padre. La vida siguió adelante. Más tarde me separé y, justo en ese momento –casi sin buscarlo– las circunstancias me guiaron hacia él. Trabajo por mi cuenta y un día, en mi negocio, vino un cliente. Empezamos a hablar, la conversación fluyó con naturalidad y le confesé que nunca había conocido a mi padre. Él me ayudó a encontrarlo. Lo localizamos en el pueblo donde había vivido toda su vida. Cuando por fin lo conocí, sentí una emoción indescriptible. Alegría infinita. Comencé a hacer planes con él: viajes, constantes conversaciones, pequeños detalles. Le compraba ropa, le mimaba, viajábamos juntos y yo pagaba todo, sin importar si él tenía dinero o no. Le veía descuidado, triste, solo, y sentía que debía compensar todos los años perdidos. Él me decía que estaba solo, que tenía hijos en el pueblo, pero que no le dejaban tener pareja porque, según ellos, cualquier mujer que se acercara lo hacía por su dinero. Le pedí que me presentara a la mujer que decía que le quería, y así lo hizo. La conocí: una mujer humilde y trabajadora que le cuidaba. Sus gestos reflejaban bondad. Pero los hijos de mi padre no la aceptaban. La insultaban, llamaban a la policía, la maltrataban en cada ocasión. Cuando le pregunté por qué, me confesó que mi padre tenía casas, tierras y dinero en el banco, y sus hijos no permitían que nadie se acercara a él por miedo a que alguien se quedara con algo. Ahí empezaron los rumores. Decían que yo había aparecido para quitarle todo. Ni siquiera llevaba su apellido. Él insistió en dármelo. No quería problemas, pero era su voluntad y al final acepté. Desde entonces todo empeoró. Las críticas aumentaron, los conflictos se hicieron evidentes. Mi relación con la mujer de mi padre se hizo aún más fuerte. Les propuse casarse en secreto y lo hicieron. Los hijos se enfadaron todavía más, tanto con él como conmigo. Les dije que mi padre tenía derecho a ser feliz. El matrimonio tuvo sus altibajos, pero un día, ya casados, les invité a un viaje. Normalmente viajaba solo con mi padre. Durante ese viaje, su esposa me preguntó cuánto iba a aportar a los gastos. Le dije que nada, que siempre pagaba yo cuando viajaba con él. Entonces me dijo algo que me sacudió por completo: que las cosas no eran como yo pensaba. Que mi padre siempre había estado bien económicamente, por eso sus hijos lo controlan. No le dejan gastar en él mismo, en ropa, en caprichos. Yo creía que tenía recursos limitados porque vivía en una casa inacabada y parecía carente, pero en realidad su dinero lo gestionaban otros. A partir de ahí empecé a animarle a disfrutar de lo que había ganado trabajando. Pero me decía que sus hijos no se lo permiten. Tras casarse, su mujer empezó a pedirle que colaborase en la casa, en la comida y en los gastos diarios. Cada vez que ella le pedía algo, él se enfadaba. Al final lo daba, pero siempre después de una discusión. Ella me lo contaba todo y a mí me parecía completamente justo. Un día, estando juntas, su mujer le pidió que comprara el almuerzo para su padre. Él reaccionó fatal: le dijo que lo pagara ella, que siempre era lo mismo, y empezaron a discutir. Yo la defendí. Le pregunté si le gustaría que mi marido le negara comida a su propio padre. Le dije que no era justo comportarse así con la mujer que le cuida, le cocina, le lava la ropa y está a su lado. Me respondió que estaba harto de que le pidieran dinero constantemente para la casa. Entonces comprendí algo que me dolió mucho: mi padre era tacaño con la mujer que le cuidaba, pero muy generoso con los hijos que no miraban por él y sólo le buscaban por dinero. Al final, su relación acabó. Hoy vive solo. Supuestamente una hija le cuida, pero todos sabemos que él mantiene a ella, a su marido y a sus hijos. Los demás le llaman, le ordenan y él manda dinero sin pensarlo. Siempre le negó todo a la mujer que estuvo a su lado. Ya no soy la misma con él. Le quiero, pero no como antes. Ya no le invito a viajes, casi no tenemos contacto. Si no llamo yo, él no llama. No puedo volver a ser la misma. Me duele reconocerlo porque encontrarle me hizo mucha ilusión, y ahora es como si no existiera.
De pequeña, una niebla de curiosidad sobrevolaba cada noche mi almohada, deseando descubrir quién era mi padre.
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05
Dame, por favor, un motivo — Que tengas un buen día —dijo Denis, inclinándose para rozarle la mejilla con los labios. Anastasia asintió distraída. La mejilla quedó seca y fría: ni calor, ni irritación. Solo piel, solo un roce. La puerta se cerró y la casa se llenó de silencio. Se quedó inmóvil en el pasillo unos diez segundos, intentando escucharse por dentro. ¿En qué momento ocurrió? ¿Cuándo hizo clic algo por dentro y se desconectó? Anastasia recordaba cómo, dos años atrás, lloró en la bañera porque Denis se olvidó de su aniversario. Cómo un año atrás la sacudía la rabia cuando él otra vez no recogió a Vasilisa del colegio. Cómo hace medio año intentaba aún hablar, explicar, pedir. Ahora: vacío. Limpio y liso, como un campo recién quemado. Anastasia fue a la cocina, se sirvió un café y se sentó a la mesa. Veintinueve años. Siete de ellos casada. Y ahí estaba, en un piso vacío, con la taza enfriándose y pensando que había dejado de querer a su marido de forma tan silenciosa y cotidiana que ni se dio cuenta de cuándo pasó. Denis seguía su rutina de siempre. Prometía que iría a buscar a la niña—nunca lo hacía. Decía que arreglaría el grifo—llevaba tres meses goteando. Juraba que ese fin de semana sí irían al Zoo—pero el sábado surgían planes con amigos y el domingo sólo quería tumbarse en el sofá. Vasilisa dejó de preguntar cuándo jugaría su padre con ella. Con cinco años, la niña aprendió que mamá era sinónimo de seguridad. Papá, alguien que aparece a veces por la noche y ve la tele. Anastasia ya no montaba escenas. No lloraba en la almohada. No hacía más planes para arreglar la situación. Simplemente borró a Denis de la ecuación de su vida. ¿Había que pasar la ITV al coche? Ella lo gestionaba sola. ¿Se rompió la cerradura del balcón? Llamaba al manitas. ¿A Vasilisa le hacía falta disfraz de estrella para el cole? Anastasia se lo cosía por las noches, mientras su marido roncaba en la habitación de al lado. La familia se había convertido en una estructura extraña: dos adultos viviendo vidas paralelas bajo el mismo techo. Una noche Denis buscó su abrazo en la cama. Anastasia se apartó con cuidado, habló de jaquecas, de cansancio, de achaques inexistentes. Levantó poco a poco un muro entre sus cuerpos, y con cada negativa ese muro era más alto. “Que se busque a otra”, pensaba, fría. “Que me dé un motivo. Uno normal, comprensible, que acepten mis padres y mi suegra. Que no tenga que explicar”. Porque ¿cómo explicarle a su madre que se iba del matrimonio simplemente porque él… no era nada? No pegaba, no bebía, traía el sueldo a casa. Que no ayudaba–pasa en muchos sitios. Que no estaba con la niña–los hombres no saben tratar con hijos. Anastasia abrió una cuenta aparte y empezó a ahorrar parte de su sueldo. Se apuntó al gimnasio—no por Denis, sino por ella. Por esa vida nueva que asomaba tras el horizonte inevitable del divorcio. Por las noches, cuando Vasilisa dormía, se ponía los cascos y escuchaba podcasts en inglés: conversación, correo profesional. En su empresa trabajaban con clientes internacionales. Tener soltura podía abrirle otras puertas. Los cursos de formación le ocupaban dos noches por semana. Denis se quejaba si tenía que quedarse con Vasilisa—”quedarse” en su caso era poner los dibujos y mirar el móvil. Los fines de semana Anastasia los pasaba con la niña. Parques, columpios, cafeterías con batidos, cine de animación. Vasilisa se acostumbró: ese tiempo era para las dos. Papá existía en la periferia, poco más que un mueble. “No se va ni a enterar”, se convencía Anastasia. “Cuando nos divorciemos, para ella casi nada cambiará”. La idea era cómoda. Se aferraba a ella como a un flotador. Pero luego algo comenzó a cambiar. Anastasia no se dio cuenta enseguida, pero una noche Denis ofreció llevar a Vasilisa a la cama. Otro día fue a recogerla al cole. Otro, le hizo la cena —nada especial, pasta con queso, pero sin que nadie le pidiera nada. Anastasia lo miraba con recelo. ¿A qué venía eso? ¿Remordimientos? ¿Locura momentánea? ¿Tapar alguna culpa que ella todavía desconocía? Pero siguió así: Denis madrugaba para llevar a la niña, arregló el grifo. Apuntó a Vasilisa a natación, la llevaba él mismo los sábados. — ¡Papá, papá, mira, ya sé tirarme al agua! — Vasilisa corría por la casa imitando a una nadadora. Denis la perseguía y lanzaba por los aires. La risa de la niña era sincera y feliz. Anastasia observaba la escena desde la cocina y no reconocía a su propio marido. — Puedo quedarme con ella el domingo—dijo Denis una noche—. ¿Tienes café con amigas, no? Anastasia asintió despacio. No era verdad, solo quería sentarse sola en una cafetería con un libro. Pero, ¿cómo sabía él lo de las amigas? ¿Escuchaba cuando hablaba por teléfono? Las semanas fueron sumando: un mes, dos. Denis no se rindió ni volvió a la vieja rutina. — He reservado mesa en aquel italiano —anunció un día—. El viernes. Mi madre se quedará con Vasilisa. Anastasia levantó la vista del portátil. — ¿A cuento de qué? — Sin motivo. Quiero cenar contigo. Ella aceptó. Por curiosidad, se dijo. Por ver qué tramaba. El restaurante era acogedor, luz suave, música en vivo. Denis pidió su vino favorito. Anastasia se sorprendió: recordaba cuál le gustaba. — Has cambiado —dijo ella, directa. Denis hizo girar la copa entre las manos. — He sido un ciego. Un torpe, de manual, sin remedio. — Eso no es noticia. — Lo sé —sonrió, amarga—. Creía trabajar para la familia. Que hacían falta dinero, piso más grande, mejor coche. Y en realidad… solo huía. De la responsabilidad, de la rutina, de todo esto. Anastasia guardó silencio. — Noté que tú habías cambiado. Te daba igual todo. Y eso… eso daba mucho más miedo que cualquier discusión. Antes gritabas, llorabas, exigías… y eso era normal. De repente, nada. Como si no existiera. Dejó la copa sobre la mesa. — Estuve a punto de perderos. A ti y a Vasi. Y ahí entendí que lo estaba haciendo todo mal. Anastasia lo miró fijamente. Ese hombre al otro lado, diciendo lo que ella llevaba años esperando. ¿Demasiado tarde? ¿O no? — Estuve a punto de pedir el divorcio —admitió ella, muy bajo—. Esperaba que me dieras un motivo. Denis palideció. — Dios, Nastia… — Estaba ahorrando. Mirando pisos. — No sabía que era tan grave… — Tendrías que haberlo visto —lo interrumpió—. Era tu familia. Deberías haber notado lo que pasaba. El silencio cayó sobre ellos, espeso. El camarero, al percibir el clima, pasó de largo. — Estoy dispuesto a trabajar en esto —dijo al fin Denis—. En nosotros. Si me das una oportunidad. — Una. — Una ya es más de lo que merezco. Se quedaron hasta el cierre. Hablaron de todo: Vasilisa, dinero, reparto de tareas, lo que cada uno esperaba. Por primera vez en años era una verdadera conversación, no una lista de reproches. La recuperación fue lenta. Anastasia no se lanzó en brazos de Denis a la mañana siguiente. Observaba, probaba, desconfiaba. Pero él seguía firme. Empezó a cocinar los fines de semana. Se hizo cargo de los grupos de padres en el cole. Aprendió a trenzar el pelo de Vasilisa: torcido, desigual, pero él mismo. — ¡Mira, mamá, papá me hizo un dragón! — Vasilisa corría a mostrar un monstruo raro de cajas y papel. Anastasia miraba aquel “dragón” torpe, desastroso, y sonreía… …Medio año pasó casi sin darse cuenta. Era diciembre y los tres fueron a pasar un fin de semana a la casa de los padres de Anastasia. Casa antigua, olor a madera y bizcochos, el jardín nevado, el porche que crujía. Anastasia miraba desde la ventana, taza en mano, mientras Denis y Vasilisa hacían un muñeco de nieve. La niña mandaba—la nariz aquí, los ojos más arriba, la bufanda torcida—y Denis obedecía, de vez en cuando la levantaba al aire. Los gritos de la niña resonaban por todo el campo. — ¡Mamá! ¡Mamá, ven! — la niña saludaba. Anastasia se abrigó y salió. La nieve brillaba con el sol bajo, el frío picaba en las mejillas, una bola de nieve voló por un lado. — ¡Ha sido papá! — le chivó Vasilisa. — Traidora —bufó Denis. Anastasia cogió nieve y la tiró a su marido. Falló. Rieron los tres, y en pocos segundos rodaban por la nieve, olvidando frío, muñeco, todo. Por la noche, Vasilisa se quedó dormida en el sofá, sin llegar al final de los dibujos. Denis la llevó en brazos hasta la cama, la tapó, arregló la almohada, apartó el pelo de su frente. Anastasia se sentó junto a la chimenea, calentándose con la taza. Fuera seguía nevando, el mundo tapado por una manta blanca. Denis se sentó con ella. — ¿En qué piensas? — En lo bien que hice en no llegar a tiempo. Él no preguntó “¿a tiempo de qué?”. Ya lo sabía. Las relaciones exigen trabajo a diario. No hazañas, sino gestos sencillos: escuchar, ayudar, notar, apoyar. Anastasia sabía que vendrían más días difíciles, discusiones absurdas, malos entendidos. Pero ahora, en ese momento, su marido y su hija estaban cerca. Vivos, reales, queridos. Vasilisa se despertó y se metió entre los dos en el sofá. Denis las abrazó, y Anastasia pensó que hay cosas que sí merecen la pena luchar por ellas…
Querido diario, Hoy ha sido uno de esos días en que el silencio pesa más que cualquier palabra.
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02
Creo que el amor se ha ido — Eres la chica más guapa de toda la facultad —le dijo él entonces, extendiéndole un ramo de margaritas recién compradas en el mercadillo del Metro. Ana se echó a reír al recibirlas. Las margaritas olían a verano y a algo maravillosamente sencillo. Damián se plantó ante ella con la mirada decidida de quien sabe muy bien lo que quiere. Y lo que quería era a ella. Su primera cita fue en El Retiro. Damián llevó una manta, un termo con té y bocadillos caseros que había preparado su madre. Estuvieron sentados en el césped hasta que anocheció. Ana recordaba su risa, su forma de echar la cabeza hacia atrás, las caricias aparentemente casuales en su mano, y cómo la miraba, como si fuera la única persona en todo Madrid. A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que ella no entendió, pero se rio a carcajadas con él. A los seis meses, conoció a sus padres. Un año después, le propuso que se fuera a vivir con él. — Si total estamos juntos cada noche —le dijo Damián, enredando sus dedos en su pelo—. ¿Para qué pagar dos pisos? Ana aceptó. No por el dinero, claro. Sino porque a su lado el mundo tenía sentido. Su pequeño piso de alquiler olía a cocido madrileño los domingos y a sábanas recién planchadas. Ana aprendió a preparar sus albóndigas favoritas con ajo y perejil, tal y como las hacía su madre. Por las noches, Damián le leía en voz alta artículos sobre economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Ana le escuchaba, apoyada en la mano, y le creía. Hacían planes. Primero, ahorrar para la entrada de un piso; luego, tener su hogar propio. Después, un coche. Hijos, por supuesto: uno de cada. — Nos va a dar tiempo a todo —le decía Damián, besándole la cabeza. Ana siempre asentía. Junto a él, nada podía hacerle daño. …Quince años juntos forjaron rutinas, hábitos y rituales. Pisito en barrio tranquilo con vistas a un parque. Hipoteca a veinte años que pagaban adelantando cuotas, renunciando a vacaciones y cenas fuera. Un Toyota plateado aparcado abajo: lo eligió Damián, negoció el precio, lo pulía cada sábado como un tesoro. El orgullo les llenaba el pecho de calor. Nadie les regaló nada. Sin dinero familiar, sin contactos, sin suerte. Solo trabajo, ahorro y perseverancia. Ana nunca se quejaba. Ni tras jornadas extenuantes, dormitando hasta quedarse en la última parada del metro. Ni cuando soñaba con dejarlo todo e irse al mar. Eran un equipo, como decía Damián, y Ana lo creía. El bienestar de Damián era su máxima prioridad. Ana lo convirtió en ley, lo grabó en su ADN. ¿Mal día en el trabajo? Ella preparaba la cena, servía el té y escuchaba. ¿Pelea con el jefe? Le acariciaba el pelo, susurrando que todo pasaría. ¿Dudas sobre sí mismo? Siempre hallaba las palabras correctas para sacarle del pozo. — Eres mi ancla, mi refugio —le decía él entonces. Ana sonreía. ¿No era eso la felicidad, ser el ancla de alguien? Tiempos difíciles los hubo. El primero, al quinto año: la empresa de Damián quebró y él pasó tres meses desempleado, cada día más sombrío. La segunda vez fue peor aún. Unos compañeros le jugaron una mala pasada en el trabajo: no solo perdió el puesto, también le tocó pagar una gran suma. Tuvieron que vender el coche para saldar la deuda. Ana jamás le reprochó. Cogió proyectos extra, trabajó de noche, ahorró en todo lo posible. Solo le preocupaba una cosa: cómo se sentía él, si aguantaría, si perdería la confianza. …Damián salió adelante. Consiguió un trabajo aún mejor. Compraron de nuevo un Toyota plateado. La vida volvió a sonreírles. Hace un año, sentados en la cocina, Ana se atrevió a decirlo al fin: — ¿Quizá ya toca? Ya no tengo veinte. Si esperamos más… Damián asintió con seriedad. — Empecemos a prepararnos. Ana contuvo el aliento. Tras tantos años soñando, aplazando, esperando el momento… Y por fin llegaba. Lo imaginó mil veces: manitas aferradas a sus dedos, olor a polvos de talco, primeros pasos en el salón, Damián leyendo cuentos antes de dormir. Un hijo. Su hijo. Por fin. Los cambios empezaron enseguida. Ana revisó alimentación, hábitos, rutinas. Fue al médico, se hizo pruebas, tomó vitaminas. Su carrera pasó a segundo plano, justo cuando iban a ascenderla. — ¿Estás segura? —le preguntó su jefa, mirando por encima de las gafas—. Esta oportunidad no la tienes otra vez. Ana lo tenía claro. El ascenso suponía viajes, horarios irregulares, estrés: no lo ideal para un embarazo. — Prefiero trasladarme a la sucursal. La jefa se encogió de hombros. La nueva oficina quedaba a quince minutos de casa. El trabajo, rutinario y sin perspectivas, le permitía salir a las seis y olvidar todo el fin de semana. Ana se adaptó rápido. Sus compañeros eran agradables, aunque poco ambiciosos. Cocinaba en casa, paseaba a mediodía, dormía ocho horas. Todo por su futuro hijo. Por su familia. El frío llegó de golpe, casi sin notarlo. Al principio pensó que Damián solo estaba cansado del trabajo. Pero dejó de preguntarle cómo le había ido el día. De abrazarla antes de dormir. De mirarla como antaño, cuando decía que era la más guapa de la facultad. La casa se llenó de un silencio extraño. Antes hablaban durante horas de todo. Ahora Damián se pasaba la tarde en el móvil, contestando en monosílabos. Se iba a la cama dándole la espalda. Ana yacía a su lado mirando el techo: entre los dos, una fosa del tamaño del colchón. La intimidad se evaporó. Semanas, meses… Ana dejó de contar. Él siempre encontraba una excusa: — Estoy agotado. Mañana, ¿vale? Mañana nunca llegaba. Un día, decidida, Ana le interceptó camino a la ducha. — ¿Qué pasa? Dímelo de verdad. Damián miró al vacío, hacia el quicio de la puerta. — No pasa nada. — No es cierto. — Te lo imaginas. Solo es una mala racha. Pasará. La esquivó y se encerró en el baño. El sonido del agua llenó el pasillo. Ana se quedó en medio del corredor, con la mano en el pecho, donde dolía. Un dolor sordo, constante. Aguantó un mes más. Luego preguntó sin rodeos: — ¿Me quieres? Pausa. Esa pausa horrible, interminable. — Yo… no sé lo que siento por ti. Ana se sentó en el sofá. — ¿No lo sabes? Por fin la miró. Sus ojos estaban vacíos, confusos. Ningún atisbo de la pasión de quince años antes. — Creo que el amor se ha ido. Hace tiempo, de hecho. No lo decía para no hacerte daño. Meses enteros vivió Ana en ese infierno, ignorante de la verdad. Analizaba sus miradas, pesaba sus palabras, buscaba excusas. Quizá problemas en el trabajo, crisis de los cuarenta, simple mal humor. Pero era más sencillo: había dejado de quererla y callaba, mientras ella planeaba el futuro, posponía su carrera y preparaba su cuerpo para un hijo. La decisión llegó sin aviso. Nada de “quizá”, de “todo pasará”, de “esperemos un poco”. Basta. — Voy a pedir el divorcio. Damián palideció. Ana vio cómo tragaba saliva. — Espera. No lo hagas tan deprisa. Podemos intentarlo… — ¿Intentarlo? — ¿Y si tenemos un bebé? A veces los hijos unen… Ana soltó una carcajada amarga y sin gracia. — El niño solo lo complicaría todo. Ya no me quieres. ¿Para qué tener hijos? ¿Para separarnos con un bebé? Damián no replicó. No tenía argumentos. Ana se marchó ese mismo día. Recogió lo justo y se fue a casa de una amiga. Tramitó el divorcio en cuanto le temblaron menos las manos. Repartir lo conseguido prometía ser largo: piso, coche, años de compras y decisiones en común. El abogado explicaba papeles, valoraciones, acuerdos. Ana asentía, anotaba, evitando pensar en que su vida juntos se reducía a metros cuadrados y caballos de potencia. Pronto encontró un estudio en alquiler. Aprendió a vivir sola. Cocinar para una. Ver series en silencio. Dormir en toda la cama. Las noches eran duras. Lloraba en la almohada, recordando las margaritas, el parque, las risas, su voz susurrando “eres mi ancla”. El dolor era insoportable. Quince años no se tiran al contenedor. Pero entre esa tristeza surgía algo más: alivio, certeza. Dio el paso a tiempo. No se ató a él con un hijo. No quedó atrapada años en un matrimonio vacío solo por “la familia”. Treinta y dos años. La vida entera por delante. ¿Miedo? Tremendo. Pero saldrá adelante. No le queda otra opción.
Creo que el amor se ha acabado Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces Daniel, alargándole
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