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013
Mi esposo se niega a ceder a nuestra hija el piso heredado de su tía en el centro de la ciudad: ¿es justo reservarlo para ella o deberíamos venderlo y repartir el dinero a partes iguales entre nuestros tres hijos? Debate familiar sobre el futuro de la vivienda y el equilibrio entre hermanos.
La tía de mi marido le ha dejado un piso en herencia. El piso es pequeño y está situado en pleno centro
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044
¿Otra vez una niña?!
¡¿Otra niña de nuevo?! ¡Ingrata! casi gritaba la suegra, Doña Carmen. ¡Todo lo hicimos por ti!
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026
Mi hermano decidió irse a vivir con su suegra y aún no entendemos por qué hizo algo así… Mi hermano pequeño se casó siendo apenas un chaval, con solo 18 años. Parecía tener mucha prisa en demostrar que podía valerse por sí mismo. Desde el momento en que nació, siempre he cuidado de él; mi infancia terminó cuando llegó a casa del hospital. Cuando creció, se casó y se mudó, su vida cambió por completo, aunque por desgracia no para mejor. Su esposa, igual de joven, tenía un carácter fuerte y bastante desagradable. Desde la primera vez que la conocimos, no nos gustó nada. Carecía de tacto y de buenos modales, y su presencia no nos impresionó. No entendíamos qué veía mi hermano en ella. Se mudaron a un piso cerca de nuestra casa, donde vivía la suegra. El suegro era callado y algo raro; hablaba poco y casi siempre se limitaba a asentir con la cabeza. A su suegra le encantaba mandar y dar órdenes que todos se veían obligados a cumplir. Criticaba y condenaba constantemente a mi hermano, y su mujer también parecía perpetuamente insatisfecha con él. El trato que recibía mi hermano me indignaba. Intenté hablar con él sobre la situación, pero insistía en que todo estaba bien, que su esposa le quería y que eran felices con su vida. Sin embargo, con el tiempo, noté cómo cambiaba su actitud. Se volvió como su suegro, casi nunca opinaba y solo de vez en cuando asentía. Pero, al final, su paciencia llegó al límite; no aguantó más. Un día, hizo la maleta y se marchó sin decir una palabra. Nunca había visto a mi hermano así… Le pesaba enormemente haberse casado tan joven. Todos tenemos un límite de paciencia y, cuando se cruza, puedes decidir marcharte en silencio de una situación que ya se ha vuelto insoportable.
Mi hermano decidió irse a vivir con su suegra y todavía no entendemos por qué tomó esa decisión…
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028
Hace dos semanas que no iba a mi parcela fuera de la ciudad, y al volver descubrí que los vecinos habían montado un invernadero en mi terreno y plantado pepinos y tomates
Han pasado ya dos semanas desde la última vez que estuve en mi casita de campo, y, para mi sorpresa
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016
Olga pasó todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año sin sus padres, junto a su pareja. Llevaba tres meses viviendo con Toñito en su piso. Él, quince años mayor, divorciado, pagando pensión y aficionado a la copa… Pero todo eso daba igual cuando hay amor. Nadie entendía cómo había conseguido enamorarla: lejos de ser apuesto, más bien feúcho, con un carácter horrible, tacaño hasta decir basta, y siempre sin un euro. Y si tenía dinero, sólo para él mismo. Y, sin embargo, de este “personaje” se enamoró Olguita. Durante tres meses, Olya esperó que Toñito reconociera lo buena y hacendosa que era, soñando que le pediría matrimonio: “Hay que vivir juntos, ver cómo te desenvuelves en casa. No vaya a ser que seas como mi ex”, decía él siempre. Qué tenía de especial su ex era un misterio para Olya, pues nunca lo explicaba. Así que ella se esforzaba al máximo: nada de reproches cuando él llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, hacía la compra con su propio dinero (no fuera que pensara que era interesada). Hasta la cena de Nochevieja la preparó con su dinero. E incluso le compró un móvil nuevo de regalo. Mientras Olya preparaba la fiesta, su “genio” Toñito tampoco perdía el tiempo: celebró a su manera, bebiendo con los amigos. Regresó contentillo y le anunció que para Nochevieja vendrían sus amigos (los de él, que Olya ni conocía). Todo estaba listo, faltaba una hora para las campanadas, pero el ambiente ya estaba turbio. Ella lo aguantó todo, para no ser como “la ex”. Media hora antes de medianoche, irrumpió un grupo de invitados borrachos. Toñito, encantado, los sentó a la mesa y la fiesta siguió. Ni la presentó: nadie la notó, sólo hubo risas y chistes internos. Cuando Olya anunció que faltaban dos minutos para Año Nuevo y propuso servir el champán, la miraron como si fuera una extraña. “¿Y esta quién es?”, preguntó borracha una chica. “Mi vecina de cama”, soltó Toñito, y todos rieron a carcajadas. Comían la comida que preparó Olya y se burlaban de ella, haciendo bromas de lo “lista” que fue Toñito encontrando cocinera y sirvienta gratis. Él, lejos de defenderla, se reía con todos. Disfrutaba de la comida y pisoteaba a Olya. Ella, en silencio, recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres. Nunca había vivido una Nochevieja tan terrible. “Ya te lo advertí”, dijo su madre, mientras su padre suspiraba aliviado. Olya, entre lágrimas, vio la realidad. Una semana después, Toñito, sin un euro, se presentó: “¿Te has enfadado? Bien que tú estás a cuerpo de rey con tus padres y yo aquí con la nevera vacía. Empiezas a parecerte a mi ex”. El descaro dejó muda a Olya. Había planeado todo lo que le diría, pero solo atinó a mandarle a paseo y cerrar la puerta de un portazo. Así fue como, desde aquel Fin de Año, la vida de Olya comenzó de nuevo.
Olga llevaba todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando la casa, cocinando y poniendo la mesa.
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010
Don Fernando Ruiz salió a la terraza, apoyándose en su bastón de madera.
Sevilla, 12 de octubre. Hoy me he apoyado en mi bastón de madera y he salido al balcón de la casa de
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05
Encontré la razón perfecta para hacer una propuesta. Un relato.
Gracias por vuestro apoyo, por los me gusta, por los comentarios y las suscripciones, y un inmenso GRACIAS
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022
Ricardo estaba seguro de que su esposa le iba a ser infiel. Así que decidió darle una lección y se quedó boquiabierto.
Diario de Miguel, 17 de febrero Siempre he tenido la sospecha, quizá absurda, de que mi mujer podría
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029
Con la ex en la mezcla
Lola, no puedes echar a la niña así, ¡ni aunque sea en una ciudad que no conoce! ¿Te has puesto a imaginar
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06
Vitya, no quiero que te enfades, pero deseo que sea mi padre quien me lleve al altar. Al fin y al cabo, es mi papá de sangre. Un padre es un padre. Y tú… bueno, entiendes, solo eres el marido de mamá. Las fotos quedarán más bonitas si voy con papá, él luce muy elegante con traje. Víctor se quedó quieto, con la taza de té en la mano. Tenía cincuenta y cinco años. Sus manos eran toscas, llenas de callos de conductor de camiones, y la espalda le dolía. Enfrente estaba sentada Alina. La novia. Guapísima. Veintidós años. Víctor la recordaba cuando tenía cinco años, la primera vez que cruzó ese umbral. Ella se escondió detrás del sofá y gritaba: “¡Vete, eres un extraño!”. Pero él no se fue. Se quedó. Le enseñó a montar en bici. Se pasaba las noches a su lado cuando tenía varicela y su madre, Vera, caía rendida. Pagó sus brackets (vendiendo su moto). Pagó la universidad (trabajando el doble, destrozándose la salud). Y el “padre biológico”, Igor, solo aparecía cada tres meses, con un osito de peluche, una visita a la heladería, cuentos grandilocuentes sobre su éxito en los negocios y luego desaparecía. No se vio un euro de manutención. — Por supuesto, Alinita —susurró Víctor, posando la taza en la mesa. Taza que tintineó—. Un padre es un padre. Lo entiendo. — ¡Eres un sol! —Alina lo besó en la mejilla sin afeitar—. Ah, por cierto, hay que adelantar más dinero al restaurante. Papá prometió transferirlo, pero tiene la cuenta bloqueada por Hacienda temporalmente. ¿Podrías adelantar cien mil, por favor? Luego te lo devuelvo… de los regalos. Víctor se levantó en silencio, fue al viejo aparador y sacó un sobre bajo la ropa. Eran los ahorros para reparar su viejo Toyota. El motor estaba fallando, necesitaba una revisión. — Toma. No tienes que devolvérmelo. Es mi regalo para ti. La boda fue espectacular. En un club de campo, con arco de flores naturales y maestro de ceremonias de lujo. Víctor y Vera en la mesa de los padres. Víctor, en su único traje bueno, que le apretaba los hombros. Alina resplandecía. Al altar la condujo Igor. Igor estaba magnífico. Alto, moreno (recién llegado de Turquía), con esmoquin alquilado, sonrisa perfecta para las cámaras, fingiendo una lágrima. Los invitados susurraban: “¡Qué porte! ¡Qué igualita es la hija al padre!”. Nadie sabía que el esmoquin era alquilado y el dinero para pagarlo se lo había dado Alina en secreto. Durante el banquete, Igor tomó el micrófono. — ¡Hija mía! —entonó su voz melosa—. Recuerdo la primera vez que te tuve en brazos, eras mi princesita. Siempre supe que merecías lo mejor. Que tu marido te lleve en volandas, como yo te llevaba. Ovación. Lágrimas en los ojos de las mujeres. Víctor agachó la cabeza. No recordaba que Igor la hubiera llevado en brazos. Lo que sí recordaba era que no fue él quien fue a recogerla al hospital. En mitad de la fiesta, Víctor salió a fumar. Se sentía agobiado: música muy alta, ambiente asfixiante. Fue hacia la parte trasera de la terraza, a la sombra de los árboles. Escuchó voces. Era Igor, hablando por teléfono con un amigo. — Todo bien, Sergio, esto es una fiesta. Una boda por todo lo alto. Los pringados pagan y nosotros lo disfrutamos. ¿Mi hija? Bueno, ha crecido, es guapa. Ya he hablado con su novio, tiene pasta, el padre trabaja en la administración. Le he dejado caer que el suegro necesitaría un empujoncito en los negocios, a ver si cuela. En cuanto me acabe la copa voy a apretarle para un par de cientos de miles, como préstamo. ¿Alina? Bah, está enamorada, me adora. Le dije dos piropos y se derrite. La madre, Vera, está ahí sentada con su “pringado” el camionero. Vaya vieja que se ha quedado. Menos mal que me largué a tiempo. Víctor se quedó congelado. Los puños se le cerraron solos. Le entraron ganas de reventar la cara a ese figurín. Pero no salió. Porque vio que al otro lado del porche, entre las enredaderas, estaba Alina. Había salido a tomar aire. Y escuchó todo. Alina se quedó paralizada, con la mano en la boca. El maquillaje corrido. Miraba al “padre biológico”, que se reía a carcajadas, llamándola “recurso” y “tonta”. Igor acabó la conversación, se acomodó la pajarita y regresó al salón sonriente. Alina se deslizó hecha un ovillo hasta el suelo. Su vestido blanco tocando el suelo sucio. Víctor se acercó. Con cuidado. No le dijo: “Te lo advertí”. No se regodeó. Solo se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros. — Levántate, hija. Te vas a constipar, el suelo está frío. Alina lo miró, con terror y vergüenza infinita en los ojos. — Tío Viti… papá… Viti… él… — Lo sé —dijo Víctor, tranquilo—. No hace falta. Levántate, tienes tu boda. Los invitados esperan. — No puedo entrar —lloró, sin quitarse el rímel—. ¡Te he traicionado! ¡Lo invité a él y a ti te senté en una esquina! ¡Qué tonta he sido! ¡Dios mío, qué tonta! — No eres tonta. Solo querías un cuento de hadas —Víctor le tendió la mano, fuerte, cálida y rugosa—. Y a veces los cuentos los escriben embusteros. Vamos. Te lavas la cara, te arreglas y sales a bailar. No dejes que él vea que te ha hundido. Esta fiesta es tuya, no su espectáculo. Alina volvió al salón. Pálida, pero firme. El maestro de ceremonias anunció: — ¡Ahora, el baile de la novia con su padre! Igor, sonriente, avanzó con los brazos abiertos. Todos callaron. Alina cogió el micrófono. La mano le temblaba, pero su voz resonó. — Quiero cambiar la tradición —declaró—. Mi padre biológico me dio la vida, y se lo agradezco, pero el baile de padre e hija hay que bailarlo con quien te ha cuidado, con quien curó tus heridas, quien te enseñó a no rendirte, quien lo dio todo para que yo hoy esté aquí con este vestido. Se volvió a la mesa. — Papá Viti. Vamos a bailar. Igor se quedó clavado, con su sonrisa tonta. Se oyó un murmullo en la sala. Víctor se levantó despacio, rojo de vergüenza. Caminó hacia ella. Torpe, desgarbado, con el traje estrecho. Alina lo abrazó fuerte. — Perdóname, papá —lloraba mientras bailaban—. Perdóname, por favor. — Tranquila, pequeña. Todo está bien —la acarició con su mano grande y pesada. Igor, viendo que su show había quedado en nada, desapareció discretamente hacia la barra y luego se largó de la boda. Pasaron tres años. Víctor está en el hospital. El corazón no aguantó. Infarto. Está bajo el gotero, pálido y débil. Se abre la puerta. Entra Alina, de la mano de un niño pequeño, de dos años. — ¡Abuelo! —grita el niño corriendo a la cama. Alina se sienta, coge la mano de Víctor y le besa cada callo. — Papá, te hemos traído naranjas. Y caldo. El médico dice que el pronóstico es bueno. Tú tranquilo, te vamos a sacar de aquí. Ya he comprado los billetes para el balneario. Víctor la mira y sonríe. No tiene millones, ni coche nuevo. Tiene la espalda maltrecha. Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es Papá. Sin el “padrastro”. La vida puso todo en su sitio. Lástima que a veces la verdad llegue tras pagar un precio tan caro: humillación y arrepentimiento. Pero más vale tarde que nunca descubrir que padre no es el que figura en el papel, sino quien te sostiene cuando vas a caer. Moraleja: No te dejes deslumbrar por el envoltorio bonito: muchas veces, dentro, sólo hay vacío. Valora a quien está contigo en lo cotidiano, el que te apoya sin reclamar nada. Porque cuando acabe la fiesta y se apague la música, a tu lado sólo quedará quien de verdad te quiere, y no el que disfruta luciéndose ante ti. ¿Has tenido un “padrastro” más padre que tu propio padre? ¿O crees que la sangre es lo más importante? 👇👨‍👧
SANTIAGO, NO TE LO TOMES A MAL, ¿VALE? PERO ME GUSTARÍA QUE FUERA MI PADRE QUIEN ME LLEVE AL ALTAR.
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