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026
Traición, chantaje y condiciones: Cuando tu marido te es infiel y aun así dicta las reglas del juego familiar en Madrid
Mira, Lucía, no tengo ni tiempo ni ganas de escuchar otra vez tus quejas sin fin. O dejas de hacerte
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08
La cuñada me dejó a sus hijos con la excusa de un imprevisto urgente y desapareció durante tres días
¡Venga, Lucía, por favor! ¡Te lo suplico! ¡Es algo de vida o muerte, de verdad! ¡No tengo a quién más acudir!
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07
¿Quién, si no yo?
Querido diario, En el patio del bloque de cinco plantas del barrio de Carabanchel, todos conocían a la
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09
El Derecho de Esperar en la Cola
A la madrugada, Domingo Pérez se despertaba antes de que el despertador del viejo móvil sonara.
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07
¿Por qué pisotear mi amor?
Una noche silenciosa. La calle está desierta, sólo las farolas escasas pintan manchas amarillas sobre
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017
La nuera dijo que en la casa de campo no pensaba trabajar, pero luego sí quería llevarse toda la cosecha
Ay, Carmen Fernández, ¿otra vez con lo mismo? Si ya dijimos que la casa de campo es para desconectar
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055
Tengo 58 años y tomé una decisión que me ha costado más de lo que la mayoría podría imaginar: dejé de ayudar económicamente a mi hija. Y no fue porque no la quiera… ni porque me haya vuelto “tacaña”. Mi hija se casó con un hombre que, desde el principio, dejó claro que no le gustaba trabajar. Cambiaba de empleo cada pocos meses, siempre con una excusa distinta: el jefe, el horario, el sueldo, el ambiente… Siempre había algo que no le cuadraba. Ella sí trabajaba, pero el dinero nunca les alcanzaba. Y cada mes, él se presentaba en casa con el mismo discurso: el alquiler, la comida, las deudas, el colegio de los niños. Y yo… acababa ayudando, siempre. Al principio pensé que sería algo temporal. Una mala racha. Que maduraría, asumiría responsabilidades, se convertiría en un hombre. Pero los años pasaban y nada cambiaba. Él seguía en casa, dormía hasta tarde, salía con sus amigos, prometía que “casi” había encontrado algo. Y en realidad, el dinero que yo le daba a mi hija cubría gastos que él debería asumir… o peor aún, financiaba sus salidas de copas. No buscaba trabajo porque sabía que, pasara lo que pasara, yo acabaría “solucionando” todo. Mi hija tampoco le pedía explicaciones. Le resultaba más fácil recurrir a mí que enfrentarse a él. Así que yo pagaba facturas que no eran mías, y cargaba con el peso de un matrimonio que tampoco era el mío. El día que decidí parar fue cuando mi hija me pidió dinero para una “emergencia” y, sin querer, mencionó que necesitaban cubrir una deuda que su marido había acumulado jugando al billar con sus amigos. Le pregunté: —¿Por qué no trabaja él? Y me contestó: —No quiero presionarle. Entonces lo dejé claro: Seguiré apoyándola emocionalmente. Siempre estaré ahí para ella y para mis nietos. Pero no volveré a dar más dinero mientras ella siga con un hombre que no hace nada y no asume ninguna responsabilidad. Ella lloró. Se enfadó. Me acusó de abandonarla. Y fue uno de los momentos más duros que he vivido como madre. Decidme… ¿he hecho mal?
Tengo 58 años y tomé una decisión que me ha costado más de lo que la mayoría podría imaginar: dejé de
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011
Los celos me destruyeron: En el instante en que vi a mi esposa bajando del coche de otro hombre, perdí el control y lo arruiné todo
Estaba apoyado junto a la ventana, aferrado a un vaso de brandy, tan fuerte que los nudillos se me quedaron lívidos.
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018
Margaritas para el abuelo
Gregorio Pérez vivía al final de la calle, en una casita pequeña pero sólida. Las paredes, apiladas por
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019
La nuera aguantó a su suegra: este fue el resultado — ¿Mellizos?! — soltó doña Irene Álvarez. La mujer se esforzaba en disimular su disgusto, pero no lo conseguía. Asun sabía perfectamente que era difícil esperar un gesto de sinceridad por parte de su suegra. Irene nunca la había querido, siempre la veía como una chica poco apropiada para su hijo. Aunque la gente opinaba justo lo contrario: era el bueno de Iván el que a menudo parecía demasiado sencillo para una muchacha como Asun. Asun era amable y cultivada. Con solo veintitrés años, había terminado Económicas y trabajado en una cadena de clínicas privadas. Sí, venía de un pueblo pequeño, pero su padre era director de una empresa y su madre daba clases en la universidad local. En definitiva, no se podía decir que Asun fuera una inculta. Sin embargo, doña Irene seguía considerándola una simplona. — Bueno, ¡enhorabuena! ¡Qué alegría! ¡Doble felicidad! — murmuró la mujer. Pero participar en esa felicidad no entraba en sus planes. Asun tuvo un embarazo muy complicado: primero hubo amenaza de aborto y luego de parto prematuro. Pasó meses de baja, ingresada. Iván la visitaba a diario, pero su madre, que vivía apenas a dos paradas de autobús, ni se asomó. Tampoco fue a la salida del hospital para conocer a sus nietas. Por mucho que Iván insistía, tampoco consideró oportuno presentarse en los primeros cuarenta días. — ¡No es adecuado! ¿Y si les llevo un virus? Mejor cuando se fortalezcan, conocerán a la abuela. Las niñas tenían tres meses cuando Asun se topó con su suegra en el supermercado. Doña Irene lució una sonrisa forzada y, a regañadientes, preguntó. — ¿Qué tal estáis, chicas? Asun respondió con amabilidad genuina. — ¡Pues paseando! El carrito es un monstruo, pero el aire fresco les viene bien. Irene asintió y quiso marcharse, pero una antigua conocida la llamó desde lejos. — ¡Irene! ¿Esa preciosidad son tus nietas? — Sí, Geli… mi mayor tesoro. Asun recordó a Geli, la saludó y la conversación se transformó. La suegra, tan esquiva minutos antes, se envolvió de pronto con el papel de la abuela ejemplar, presumiendo de nietas y de tener una nuera valiente. Pero cuando la amiga desapareció, la sonrisa beatífica se desvaneció de la cara de Irene y se despidió seca, marchándose a casa. Aquella doble vida de su suegra seguía dejando a Asun con el corazón en un puño. Pasaron los años y nada cambió. Hasta que, un día, Irene se rompió la pierna al bajar del taxi y anunció: —¡Me vengo a vivir con vosotros! Aquel fue el principio del infierno en casa. Ella ocupó la habitación principal y todo giraba en torno a sus exigencias: había que cocinarle, limpiar, ayudarla a asearse y estar pendiente de sus recados. Las mellizas tenían dos años y medio y Asun intentaba reincorporarse al trabajo a media jornada, lo que obligó a llevar a las niñas a la guardería. Las mañanas eran un caos, con las pequeñas protestando y la suegra quejándose por el ruido. Hasta que Iván, harto, un día explotó. Tras un encontronazo, Irene recogió sus cosas y se fue, incluso antes de que le retiraran la escayola. A Asun, sin embargo, le quedó un extraño sentimiento de culpa, por ver a su marido tan enfadado con su madre. Un viernes, de esos de cine y chuches con las niñas, llamaron a la puerta: doña Irene, esta vez con su nieto Pedro, hijo de su hija Elena. —Elena me lo ha dejado hasta la noche, pero tengo unos asuntos urgentes. Quédatelo una horita, por favor. Antes de que Asun pudiera reaccionar, Irene ya desaparecía en el ascensor. La hora se convirtieron en cinco y cuando Iván volvió y se enteró, se quedó indignado: ni su hermana ni su madre les habían avisado. Esa noche, Elena llegó a casa a recoger a Pedro y los tres, Iván, Elena y Asun, discutieron el asunto. Justo en ese momento, sonó el timbre: era Irene, tan campante. —¡Ya vengo a por Pedro! Pero esta vez, ni Iván ni Elena se callaron. Le echaron en cara el egoísmo, las mentiras y el desprecio hacia la familia. Irene intentó justificarse y terminó perdiendo los nervios: “¡¿Pero qué corte de pelo ni qué manicura para esta mocosa de Zalamea?! Siempre fue y será una mindundi”. El silencio se hizo espeso, hasta que Iván se levantó, tomó del brazo a su madre y la acompañó a la puerta. Cerró de golpe y, al ver a Asun llorar, corrió junto a ella para consolarla. Aquella noche algo cambió para siempre. Desde entonces, el contacto con la suegra prácticamente desapareció. Iván y Elena apenas ayudaban a su madre, y ésta continuó ajena a la vida de sus nietos. Solo una vez, Asun vio en el WhatsApp de su suegra una foto de todos los nietos con la frase: “Feliz Día de las Abuelas, a todas las que crían a sus nietos”. Asun no pudo evitar una sonrisa amarga. Aquella vez, al menos, no la sentía como su propia herida, sino simplemente como la prueba de que a veces, nunca serás suficiente para quien no quiere verte bien.
Querido diario, ¿Gemelos? soltó de pronto Carmen Ortega, mi suegra. Noté en su mirada la lucha por reprimir
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