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078
Lucía era obesa. Tenía treinta años y pesaba 120 kg. Probablemente padecía alguna enfermedad, un trastorno metabólico o algo similar. Lucía vivía en un pueblo remoto y olvidado por Dios. Ir a un especialista para un examen era costoso y quedaba muy lejos.
María del Pilar era gorda. Tenía treinta años y pesaba 120kg. Seguramente padecía alguna enfermedad
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023
— Ya va siendo hora de que madures — le dijo Nerea a su marido. Su reacción la sacó de quicio ¿Qué te parece vivir con un adolescente eterno atrapado en el cuerpo de un cuarentón? Eso de pedirle: «Óscar, ve tú a la reunión del cole», y que conteste: «No puedo, tengo torneo de tanques online mañana». O recordarle la factura de la luz, que asienta y sonríe, y una semana después cortan el agua caliente porque lo olvidó: estaba enganchado al “LoL”. O que tu hijo de doce años te pida ayuda con física mientras el padre, en el salón y con los cascos puestos, grita «¡Cañones a la izquierda, inútiles!» Nerea convivió con esto diecisiete años. ¿Te imaginas? Se conocieron en la universidad — Óscar era el alma de la fiesta, siempre con su guitarra y un chiste. Nerea, empollona de matrícula, se enamoró de esa ligereza, de su manera de disfrutar la vida real, no solo de existir. Parecía el equilibrio ideal: ella responsable, él divertido, el yin y el yang. Acabó siendo ella la que empujaba del carro, y él el que iba subido arriba, balanceando las piernas. Tras la boda, Óscar trabajaba… de aquello en aquello: gestor, encargado, asesor, siempre donde no hubiera que «esforzarse demasiado». El sueldo mediocre, siempre con la excusa: «Es temporal, Nere, ya verás cómo mejora». Nunca mejoró. Mientras, Nerea se deslomaba en Hacienda: estable, seguro, aburrido. Pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Álvaro al médico, revisaba deberes. Óscar, por su parte, “descansaba de su jornada”… hasta las tres de la mañana, frente al ordenador. — Óscar —le pedía ella agotada—, alguna vez podrías ir tú a la reunión de padres, que no siempre puedo pedir permiso en el trabajo. — Imposible, Nere, mañana tengo una reunión importante. La “reunión” era una caña con el colega de siempre en el bar. — Acordaos de pagar internet. Nos lo van a cortar. — Sí, sí. No lo pagaba. Acababa pagándolo Nerea. Se convirtió en madre, gestora, carcelera… Menos en esposa. Cuando la paciencia explota Álvaro lloraba sobre el libro. — Mamá, no entiendo el problema. Papá, ayúdame. Óscar seguía en el sillón, auriculares puestos, absorto. — ¡Papá! —más alto. Nerea fue y le quitó los cascos. — ¿No oyes a tu hijo? — ¿Eh? —Óscar, molesto—. Nere, ahora estoy ocupado. — ¿Ocupado? —miró la pantalla: tanques, explosiones, insultos en el chat—. ¿A esto llamas estar ocupado? — No empieces. — ¡Tu hijo te pide ayuda y tú llevas horas metido en tu vicio! — Es “LoL” —corrigió él, tranquilo—. Y tengo buen ranking. — ¡Me da igual tu ranking! Álvaro se fue en silencio. Estaba acostumbrado: mejor no interrumpir cuando empezaban. Nerea se quedó frente a Óscar. Un tipo hecho y derecho, con tripa cervecera y cara de niño. — Óscar —musitó despacio, con voz peligrosa—. Ya es hora de que madures. Óscar se levantó de golpe, el sillón rodó hacia atrás. — ¿Cómo? Nerea se sobresaltó. — ¿¡Que madure!? ¡Estoy harto de que me mangonees! ¡De oír que soy un desastre, que no tengo responsabilidad! — Óscar… — ¡Cállate! —cogió la chaqueta—. Ya está. Me voy. Vive como te dé la gana. Portazo. Nerea se quedó sola en medio del salón. Cuando el hijo sabe más que la madre Nerea pasó la noche en la cocina, mirando por la ventana. Pensando. Óscar no volvió. No cogía el móvil ni contestaba. Por primera vez en diecisiete años, Nerea no salió a buscarle. No llamó a los amigos. No se puso nerviosa. Por la mañana apareció Álvaro, medio dormido, pelo alborotado. — Mamá, ¿dónde está papá? — Se fue —respondió ella seca. — ¿Otra vez os habéis peleado? — No exactamente. El niño se sirvió té, se sentó. Silencio largo. De pronto, pregunta: — Mamá, ¿tú sabes que papá está vendiendo el coche? Nerea se quedó tiesa con la taza en la mano. — ¿Cómo? — Me dijo que no lo contara, pero como os habéis peleado… —Álvaro inquieto—. Recogía papeles, vi que sacaba copias de pasaportes, del libro de familia y otros documentos. Un escalofrío. — ¿Cuándo fue eso? — Hace una semana. Dijo que era “por si acaso”. Que no nos preocupáramos. Nerea fue al cuarto de Óscar: llevaba seis meses durmiendo en el sofá “por la espalda”. Abrió su escritorio. Papeles, recibos, trastos. En el fondo del cajón, una carpeta. La abrió y sintió que el suelo se hundía. Contrato de aval. En negro sobre blanco: Óscar Fernández Martín se compromete a avalar un préstamo de 48.000 euros. Prestatario: Rubén Fernández Martín. Su hermano. El mismo hermano gafe que hace cinco años les dejó llenos de deudas, provocó un infarto a los padres y desapareció hasta que los prestamistas se cansaron. Cuarenta y ocho mil euros. Nerea se dejó caer en el sofá. Siguió leyendo. Garantía: el coche de la familia, por el que tardaron tres años de créditos. Y además, documentos para poner como aval el piso: el piso familiar donde vivían todos. — Madre mía —susurró Nerea. Por eso Óscar había montado el espectáculo. Por eso gritaba lo del “mangoneo” y “estoy harto”. Sabía que ella lo descubriría. Decidió irse primero, hacerse la víctima. La “infantilidad” no era pereza ni irresponsabilidad: era huida. Miedo. Se escondía tras los videojuegos y la cerveza para no afrontar lo que hacía. Nerea cogió el móvil. Llamó a Óscar. Colgó. Volvió a llamar. — ¿Qué? —gruñó él. — Vuelve. A casa. Ya. — No pienso volver. No quiero oírte. — Pues yo sí tengo que decirte cosas. De Rubén. Del préstamo. De cómo estás dispuesto a arruinarnos por tu hermano, que ni se acuerda de ti. — ¿Has encontrado los papeles? — Sí. O vuelves, o voy yo misma a ver a Rubén y le explico todo. Apareció una hora después. Cuando la inmadurez no es debilidad, sino cobardía Entró maltrecho, con mal aliento y los ojos inyectados. Álvaro estaba en su cuarto —Nerea lo hizo quedarse ahí. — Siéntate —dijo ella firme. Se sentó. Miraba al suelo. — Cuarenta y ocho mil, —empezó Nerea despacio—. Avalando con nuestro coche y nuestro piso. Por tu hermano, que hace cinco años ya os hizo lo mismo. — No lo entiendes —musitó Óscar. — Explícamelo. — Rubén está en un apuro. Su negocio se fue a pique, le persigue la financiera. Es MI HERMANO. No podía decir que no. Nerea esbozó una sonrisa amarga. — No podías. ¿Y preguntarme, podías? — Sabía que no ibas a dejarme. — Habías hecho bien. Porque es una locura. Óscar, tenemos un hijo. Una hipoteca diez años más. Apenas llegamos a fin de mes. ¿Vas a cargar con cuarenta y ocho mil euros más? — Lo devolverá. — ¿Como devolvió la última vez? —Nerea se incorporó—. Recuerda cómo acabó todo. Tus padres rozando el infarto. Dijiste que era la última vez. — La gente cambia. — La gente no cambia, Óscar. Rubén es un desastre profesional. Vive siempre a costa de otros. Y ahora tú decides ser el siguiente pardillo. Guardó silencio, encogido como un chaval castigado. Cuando tienes que elegir entre un hermano y tu familia Óscar se puso de pie. — Es que… No podía fallarle. Es mi hermano. — ¿Y yo quién soy? —Nerea se irguió—. ¿Álvaro es qué? ¿Extraños? — Sois mi familia. Pero Rubén también lo es. — No —ella negó despacio—. Familia es quien te importa de verdad, a quien debes proteger. Rubén es un adulto que vive pidiendo favores. Y te ha vuelto a enganchar. Óscar callaba, con la mirada fija en el suelo. Nerea abrió el portátil, entró en el banco. — ¿Qué haces? —le inquietó él. — Cambio el acceso a nuestra cuenta. Donde va mi nómina. De donde pensabas pagar el préstamo de tu hermano. — ¡No puedes hacerme esto! — Sí puedo —contestó tranquila—. Son mis ahorros. Yo trabajo. Tú, los últimos cinco años, una chapuza aquí, otra allá, y poco más. Un golpe duro. Pero cierto. Óscar palideció. — Nerea… — Mañana voy al abogado —siguió cambiando contraseñas—. Voy a proteger el piso por si firmas de avalista. Y si hace falta, pido el divorcio. Separación de bienes. Te quito el acceso. — ¿Me amenazas? — Me protejo. Y a mi hijo. De ti. Óscar agarró la chaqueta. — ¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Me voy con Rubén. Lo firmo —y ya. Quédate con tus cuentas. — Si firmas, pido el divorcio. Al instante. Él se quedó de piedra en la puerta. — ¿Hablas en serio? — Por supuesto. Óscar, llevo diecisiete años arrastrando este matrimonio sola. Sola he criado a Álvaro, pagado todo mientras tú “descansabas” jugando a tanques online. Lo soporté porque no bebes, no eres infiel, no pegas. Pero ahora nos hundes en deudas por tu hermano gafe. Eso sí que es la gota que colma el vaso. — ¡Es que es mi hermano! — Siempre pide. Hace cinco años, hace diez. Rubén es un profesional del chantaje emocional. Y tú caes. — Prometió devolverlo. — Óscar —se acercó—. Abre los ojos. Rubén nunca devuelve nada. Siempre pide. Y cuando se lía, desaparece. — Esta vez es diferente. — ¿Diferente? —gritó Nerea—. ¿Qué cambia? ¿Solo la cantidad? Ahora nos arruina a nosotros, no a tus padres. Cuando la verdad duele más que el amor Salió Álvaro. — Mamá… papá… ¿qué pasa? Se callaron. El niño los miraba con miedo, ese miedo cuando se tambalea el mundo. — Papá —preguntó bajito—. ¿De verdad vas a pedirle el préstamo por el tío Rubén? Óscar se estremeció. — ¿Lo has oído? — Todo —Álvaro se secó la nariz—. Papá, si no lo paga, ¿nos quedamos sin casa? — No —mintió Óscar—. No pasará nada. — Sí pasará —zanjó Nerea—. Álvaro, a tu cuarto. — Pero mamá… — ¡A tu cuarto! El niño desapareció. Nerea miró a su marido. — ¿Lo ves? ¿Ves cómo tu hijo tiene miedo? Solo tiene doce años. Debería preocuparse de exámenes y amigos, no si se va a quedar en la calle. Óscar se sentó en el sofá. Se cubrió la cara. — No sé qué hacer. — Sí lo sabes —sentenció Nerea—. Elige: tu hermano o tu familia. Ahora mismo. — No es tan fácil, Nerea. — Sí lo es. Llamas a Rubén y le dices: “Lo siento, tengo mi familia”. Tres frases. — ¿Y si le pasa algo? — Si le pasa, le pasará igual —se encogió ella de hombros—. Rubén siempre acaba igual: deudas, líos y pidiendo. Y así morirá. La pregunta es si quieres ahogarte con él. Silencio de Óscar. Nerea cogió su móvil. — Tienes veinticuatro horas. Mañana a esta hora o llamas a Rubén y renuncias, o pido el divorcio. No hay más opciones. Óscar llamó la tarde siguiente. Nerea estaba en la cocina con la abogada, que le explicaba cómo proteger su casa. El móvil vibró. Óscar. — Dime —contestó ella. — He llamado a Rubén. Silencio. — ¿Y? — Le he dicho que no. Nerea respiró hondo. — ¿Y? — Me ha insultado. Dice que soy un traidor, que no me vuelva a pedir nada, que ya no somos hermanos. —La voz de Óscar temblaba—. Nerea, me da miedo por él. ¿Y si le pasa algo? — No le pasará nada —contestó ella—. Rubén siempre encuentra a otro. Siempre. Él volvió una hora después. La abogada ya se había ido, le había dejado una carpeta de papeles. Óscar entró, y por primera vez en años no tenía cara de niño despreocupado, sino de hombre cansado. — ¿Álvaro está dormido? —preguntó. — Sí. Se sentaron. Nerea le puso delante los papeles del abogado. — Ahora empezamos de cero. Tienes que buscarte un trabajo de verdad, uno estable. Llevar la mitad de los gastos. Encargarte de Álvaro: reuniones, actividades, deberes. Todo a medias. Nada de secretos. Nada de decidir por tu cuenta. Óscar asintió en silencio. — Lo intentaré —dijo. Tres meses después Óscar empezó a trabajar de comercial en una constructora. Nerea dejó de controlar todo. Soltó el lastre. Resultó que él sabía hacer la cena, ayudar con los deberes… incluso fue solo a la reunión del cole. Rubén desapareció. Cambió de móvil. No volvió a llamar. Y por primera vez en diecisiete años, Nerea sintió que vivía. No que iba arrastrando un carro cuesta arriba. Vivía de verdad. Con un marido que, por fin, había madurado.
Ya va siendo hora de que madures le soltó Inés a su marido. Su reacción me dejó a cuadros. Imagínate
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047
—¿No os gusta? Pues ahí tenéis la puerta — soltó Julia a los invitados no deseados Durante treinta años, Julia vivió en silencio. El marido mandaba — ella obedecía. La suegra llegaba de improviso — preparaba el té. La cuñada aparecía con maletas — la instalaba en el cuarto pequeño. “Sólo unos días”, prometía la cuñada. Vivió tres meses. ¿Y qué hacer? Si montaba una escena, todos pensarían que era una mala esposa. Si se negaba, dirían que no tenía corazón. Julia se acostumbró a aguantar. Incluso aprendió a ignorar cómo su vida se convertía, poco a poco, en un continuo servir los deseos ajenos. Su marido, Don Antonio, era un hombre sencillo. Trabajaba de capataz, le encantaban las sobremesas largas brindando por la amistad y soltando maldiciones sobre los jefes. A Julia la llamaba “mi ama de casa” y de verdad no entendía por qué ella lloraba a veces por las noches. “Si estás cansada, descansa. Si viene la familia, ¡pues a cocinar!” Todo muy fácil. Tras la muerte de Antonio, Julia se quedó sola en un piso de tres habitaciones en La Elipa. El velatorio fue como tocaba: buena mesa, orujo y discursos sobre “lo buen hombre que era”. Toda la familia vino, lloró y se largó después. Julia pensó: “Bueno, por fin podré descansar”. Pues no. A la semana llamó la cuñada Valentina: —Julia, mañana paso por tu casa. Te traigo cosas. —No necesito nada, Valen. —Déjate, mujer, ¿cómo vas a ser tan seca? ¡Que no vengo con las manos vacías! Llegó con dos bolsas de arroz y una petición: que dejara alojarse a su hijo Quique, que “va a estudiar a la Complutense”. Julia intentó negarse con tacto: —Tendrá la residencia de estudiantes, ¿no? —Ya ves tú cuándo entra. Y mientras, ¿dónde vive? ¿En la estación? Julia cedió. Quique ocupó la habitación del fondo. Vivía hecho un desastre: calcetines por el pasillo, platos en el fregadero, la música puesta hasta media noche. Por cierto, ni entró en la universidad. Pero sí encontró curro de repartidor y usaba la casa de Julia como base de operaciones. —Quique, ¿no crees que ya es hora de irte? —se atrevió Julia al mes. —Tía Julia, ¿adónde voy? ¡No tengo dinero para alquilar nada! Y a las dos semanas apareció la hija de Antonio de su primer matrimonio, Lara. Venía con rencores de hace treinta años y con exigencias: —Papá te dejó el piso, ¿y yo qué? ¡También soy su hija! Julia, desconcertada, enmudeció. El piso era legalmente suyo. Pero Lara la miraba como si se lo hubiese robado. —¿Tienes idea de lo mal que lo paso? —insistió Lara—. Estoy sola con mi hija, pagando alquiler… Julia intentó explicarle que esa era su única vivienda, que no tenía más dinero, que tampoco sabía cómo iba a salir adelante. Pero Lara no quería escucharle. No venía buscando compasión — venía buscando justicia. Y empezó el desfile. La familia venía cada dos por tres. Si no era la suegra con su consejo de “vender ese piso y comprarte algo más pequeño”… era la cuñada con otro sobrino a remolque. O Lara, con nuevas reclamaciones. Cada visita, Julia la recibía con mesa puesta y té, aguantando reproches. Hasta que hablaron abiertamente del piso. —Julia, ¿para qué quieres tres habitaciones? —dijo la cuñada, sorbiendo el té—. Vende, cómprate un piso de una habitación y con la diferencia ayudas a los chavales. —¿A qué chavales? —preguntó Julia, desconcertada. —Pues a Lara. A Quique. Que están en apuros. Julia los miró, a la cuñada, a Lara, a la suegra. Y de repente comprendió: no venían a consolar. Venían a repartirse el botín. —¿No os gusta algo? —susurró—. Pues ahí tenéis la puerta. El silencio cayó de golpe. —¿Qué has dicho? —repitió la cuñada, despacio. —He dicho: fuera de mi casa. Todos miraron a Julia como si hubiese hablado en chino o soltado una barbaridad. —¿Pero tú quién te crees? —recuperó el habla la cuñada—. ¡Si somos familia! —¿Familia? —replicó Julia en voz baja—. ¿La que solo venía cuando hacía falta comer o mirar la tele? —¡Mamá, la has oído! —la cuñada se volvió a la suegra—. ¡Te dije que era una creída! La suegra guardaba silencio. Siempre observadora, sólo suspiraba. Todos sabían: la desagradecida era Julia, otra vez hacía algo mal. —Doña Valentina —se dirigió Julia a la suegra—. Treinta años diciéndome cómo vivir, cómo atender a mi marido, cómo poner la mesa… Y cuando yo lloraba por las noches, ¿sabe usted lo que me decía? “Aguanta, mujeres, todas aguantan”. ¿Recuerda? La suegra apretó los labios. —Pues aguanté. Pero ya está. Se acabó la paciencia. Como el aceite en la garrafa: estuvo, pero se terminó. La cuñada agarró su bolso. —¡Ya se lo contaré todo a Quique! ¡Que vea cómo eres de verdad! —Cuéntale. Pero que no se deje aquí sus cosas. Que mañana mismo las saque, o las bajo yo a la portería. Se fueron. Dieron tal portazo que la lámpara vibró. Julia se quedó de pie en la cocina, temblando. El corazón le latía a mil. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió de golpe. Pensó: “Dios mío, ¿qué he hecho?” Luego: “¿Y qué he hecho, realmente? ¿Echar a los invasores de mi propia casa?” No durmió esa noche. Daba vueltas, mirando el techo. Los pensamientos —como ropa en una vieja lavadora soviética— girando siempre lo mismo. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era egoísta y cruel? ¿Debería haber seguido aguantando? Pero por la mañana lo vio claro. Aguantar es cuando es temporal. Ella aguantó treinta años. Eso ya no es aguantar. Eso es rendirse. Quique se fue en dos días. Valentina vino a buscarle con mala cara, sin mirar a Julia a los ojos. El sobrino recogía y refunfuñaba sobre “vieja bruja”. Julia, en el pasillo, callada. Antes se habría puesto a llorar o a justificarse. Ahora, nada. A la semana llamó Lara: —Hemos pensado mi madre y yo… —comenzó con cautela. —¿Qué madre? —interrumpió Julia—. La tuya murió en el 92. Doña Valentina es mi suegra. Y exsuegra, ahora. Tensión al teléfono. Lara no esperaba eso. —Bueno, bueno —prosiguió con prisa—. Que no queremos malos rollos. Ya sabes, papá te quería. —Sí, a su manera. Pero el piso está a mi nombre. Legalmente. Y no tengo que dar explicaciones. —Pero por justicia… —¿Justicia? —sonrió Julia amargamente—. Justicia, sería que alguna vez en treinta años me felicitarais el cumpleaños. O que llamaseis sin pedir nada. Eso sería justo. —Estás amargada —cortó Lara—. La soledad te corroe. —No. Simplemente ya no finjo. Pasaron semanas lentas, como chicle. Julia iba al hospital —trabajaba de auxiliar—, volvía, cenaba sola. A veces la vecina, doña Clotilde, venía con empanadillas: —Julia, ¿andas triste? —No, no. —¿Y la familia, ya no aparece? —No, ni falta hace. —Bien hecho —sentenció la vecina—. Siempre pensé: ¿cuándo abrirás los ojos? Menos mal, hija. Julia sonrió. Sincera, por primera vez en tiempo. Lo peor no era el enfado de la familia. Lo peor era el silencio. Por las noches, nadie a quien saludar, nadie para el té. Julia comprendió que toda su vida la había vivido para los demás. ¿Y ahora? Tocaba aprender a vivir para ella. Y eso daba más miedo que todos los reproches de la cuñada juntos. Al mes, Valentina volvió a aparecer. Sin avisar. Quique, la suegra y Lara, todos juntos. Como una comisión política. Julia abrió la puerta: allí estaban, en el rellano. Valentina delante, el resto detrás. —A ver, Julia —empezó la cuñada—. ¿Has recapacitado? —¿Sobre qué…? —El piso. ¿Lo vendes ya? Julia miró de una cara a otra. Venían muy en serio. Pensaban que un mes de soledad y caería. Que llamaría suplicando su regreso. —Pasad —dijo—. Ya que habéis venido. Entraron. Se acomodaron en la cocina. La suegra directa a mirar el frigorífico. Lara con el móvil. Valentina se sentó enfrentada a Julia. —Julia, sabes que tú sola aquí te vas a hundir. El pago, las obras… ¿para qué tanta casa? —Me gusta mi casa —respondió Julia tranquila. —¡Pero si estás sola! —saltó Lara—. Mira, he visto esto: vendes el piso, compras uno pequeño en Vallecas, y te sobran cien mil euros. Un tercio para mí, que tengo hija. Otro para Quique, que necesita estudiar. Y otro para ti, para la vejez. Julia callaba. Observaba el rostro de Lara, sus uñas arregladas, su bolso caro. —¿O sea, —dijo— yo me tengo que exiliar a las afueras para que vosotros cobréis la herencia? —¡Es lo justo! —se indignó Lara—. Papá invirtió aquí toda la vida. —No —respondió Julia bajito—. Se la dieron por funcionario. En 1984. Las reformas las pagué yo. Con mi sueldo. —Julia, no la líes —intervino Valentina—. Vamos a hacer las cosas bien. ¡Somos familia! Y entonces algo hizo ‘click’ en Julia. Como si le apagaran la luz. —¿Familia? —repitió—. ¿Dónde estaba la familia cuando a mí me operaron hace tres años? ¿Quién vino? ¿Tú viniste, Valen? Valentina se removió incómoda: —Bueno, tenía cosas. —¿Y usted, doña Valentina? ¿Llamó alguna vez? La suegra miraba por la ventana. —¿Y tú, Lara? ¿Sabías siquiera que estaba ingresada? —Nadie me avisó —musitó. —Ya. Porque os daba igual. Como ahora. Venís a por el piso, no a verme a mí. —¡Pero Julia, no te pongas así! —intentó Valentina. —No me pongo así —la cortó Julia—. Es que ya. Se acabó la paciencia. Se levantó. Abrió la puerta. —Fuera. Ahora mismo. Y no volváis más. —¡Pero bueno! —Lara explotó—. ¿Tú quién te crees? ¡Si ni eres de la familia! —No —asintió Julia—. Y gracias a Dios. Valentina, roja, se fue. La suegra fruncía el ceño. Lara, portazo y fuera. Julia se quedó en el pasillo, temblando de manos. El corazón a mil. Pasó a la cocina, se sentó y rompió a llorar. No de pena por ella. De alivio. A la semana la llamó doña Clotilde: —Julia, que dicen que te has peleado con todos. —No, solo he dicho la verdad. —Bien hecho. Mira, tengo una nieta, Cata. Treinta años, se separó hace nada. Está sola, no levanta cabeza. ¿Os presento? Es muy buena chica, trabajadora. Las presentaron. Cata era callada, tímida, contable. Pagando una pensión en una residencia. Empezó a tomar el té con Julia, largas charlas. —¿Quieres venirte a vivir conmigo? —le propuso Julia—. Tengo una habitación libre. Sólo pagas la comunidad. Cata se mudó al mes. Resultó fácil convivir con una desconocida cuando se respeta el espacio. Sin críticas, ni exigencias. Julia se apuntó a la biblioteca del barrio —donde antes trabajó—. Iba como lectora, y por fin tenía tiempo de leer para ella. A veces pensaba en la familia: ¿cómo estarían Valentina y Quique? ¿Lara con su hija? ¿La suegra? Pero no sentía ninguna necesidad de llamar. Ninguna. Medio año después, doña Clotilde le contó: —¿Sabes? Tu cuñada ahora vive con el hijo, en una residencia. Decía que en el pueblo ya no podía estar sola. —Me alegro —respondió Julia. —Y Lara se ha casado con un empresario. Dicen que va fenomenal. —Me alegra. Doña Clotilde la miró con curiosidad: —¿Y no te da rabia? —¿Rabia de qué? —De que han hecho su vida sin ti. Julia sonrió: —Clotilde, siempre la hicieron. Yo antes no quería verlo. Por la noche Julia se sentó junto a la ventana. Afuera, anochecía, las farolas encendidas, la gente volviendo a casa. Cata cocinaba en la cocina, tarareando algo. Julia pensó: esto es la felicidad. No que te apruebe la familia, sino poder decir “no” y no morirte de culpa. ¿A vosotros os ha tocado lidiar con familiares que no se van? ¡No olvidéis suscribiros para no perderos las próximas historias!
¿No os gusta? Pues podéis iros afirma Inés a los invitados no deseados. Inés ha pasado treinta años en silencio.
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020
¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué querías ese balneario si en casa tienes un «todo incluido»? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso, Eva comprendió: ¡la Bastilla ha caído! Ningún DiCaprio aguardó el Oscar como Eva esperó a su Dimitri—¡y encima con refugio propio! Desilusionada a sus treinta y cinco, Eva lanzaba miradas compasivas hacia los gatos callejeros y los escaparates de “Todo para Manualidades”. Y ahí estaba él—solitario, con la juventud invertida en la carrera, la dieta sana, el gimnasio y otras tonterías como «buscarse a sí mismo», y, además, sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte; y, tal vez, ahí arriba finalmente entendieron que no bromeaba. —Me queda el último viaje de trabajo del año, y después soy todo tuyo —dijo Dimitri entregando las ansiadas llaves—. Pero no te asustes de mi guarida: suelo ir a casa solo a dormir —añadió, antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva preparó su cepillo de dientes, su crema y salió a inspeccionar la famosa guarida. Los problemas surgieron ya en la entrada. Dimitri avisó que la cerradura a veces se atrancaba, pero Eva no imaginaba tanto. Durante cuarenta minutos asaltó la puerta: empujó, tiró, metió la llave a fondo, la giró tímidamente, pero la puerta se negaba a recibir a su nueva inquilina. Eva empezó a presionar psicológicamente, como en aquellas viejas estrategias escolares detrás del taller de coches. El alboroto hizo que se abriera la puerta de una vecina. —¿Por qué intenta entrar en un piso ajeno? —preguntó una voz femenina, preocupada. —No intento nada, ¡tengo llaves! —respondió Eva, secándose el sudor de la frente, enfadada. —¿Y usted quién es? No la he visto antes —insistió la vecina. —¡Soy su novia! —retó Eva, con las manos en la cintura, aunque sólo divisó una rendijita. —¿Usted? —la mujer se sorprendió. —Sí, ¿algún problema? —No, ninguna. Es que él nunca ha traído a nadie aquí (en ese momento Eva amó aún más a Dimitri), y de repente aparece usted… —¿Y qué tiene de especial? —preguntó Eva, desconcertada. —Bueno, no es asunto mío. Disculpe —dijo la vecina cerrando la puerta. Sabiendo que era ahora o nunca, Eva apretó la llave con toda la fuerza de sus ganas de conquistar ese refugio hasta casi girar el marco entero. Por fin, la puerta cedió. Todo el universo interior de Dimitri se presentó ante Eva; y su alma se cubrió de escarcha. Sí, cierta austeridad es esperada en un joven solitario, pero aquello era un auténtico monasterio. —Pobre… Tu corazón olvidó hace tiempo, o quizá nunca supo, lo que es el calor de hogar —murmuró Eva al recorrer el modesto piso donde ahora tocaría quedarse a menudo. Pero también se alegró: la vecina no mentía; ni un mínimo rastro femenino en esas paredes, suelos, cocina ni ventanas grises. Eva era la primera. Intolerante al vacío, salió corriendo al bazar por una cortina bonita y una alfombra para el baño, y de paso agarró paños y agarraderas para la cocina. En la tienda la sobrevino… A cortina y alfombra se sumaron ambientadores, jabón artesanal y prácticos organizadores de cosméticos. «Añadir detalles así en piso ajeno no es ninguna desfachatez», se tranquilizaba Eva, enganchando otro carrito al primero. La cerradura ya no se rebeló. De hecho, perdió su función y parecía un portero de hockey olvidando el casco. Consciente del estropicio, Eva estuvo hasta medianoche cambiando el viejo cerrojo con cuchillos de cocina, y por la mañana corrió por uno nuevo. Obvio, los cuchillos también debían renovarse. Y los tenedores, cucharas, manteles, tablas y salvamanteles… Y pronto, llegaron las cortinas. El domingo a mediodía llamó Dimitri para quedarse dos días más fuera por trabajo. —Me alegrará mucho si traes calidez y hogar a mi piso —sonreía él al teléfono cuando Eva reconoció sus pequeños cambios de decoración. Por cierto, el acogedor ambiente ya lo iba repartiendo por el piso como si fueran mudanzas con inventario y planos; años y años de soledad acumulados en Eva se liberaron ahora sin poder parar. Al regreso de Dimitri, sólo quedaba una araña junto al conducto de ventilación. Eva pensó en echarla, pero al ver sus ocho ojos perplejos tras los cambios, entendió que mejor dejar a la pobre criatura como símbolo de respeto a lo ajeno. Así, el piso de Dimitri lucía como si hubiese sido felizmente casado desde hacía ocho años, decepcionado después, y finalmente, feliz pese a todo. Eva no sólo remodeló el piso, sino que hizo que el portal entero supiera que ahora ella era la anfitriona oficial; la alianza podía faltar, pero eso, decía, era cuestión técnica. Al principio, los vecinos recelaban, pero pronto se encogieron de hombros: —Lo que digas, nos da igual. Es tu casa. *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena casera, ataviada en un conjunto coqueto y llamativo, puso aromas por las esquinas y, bajando la luz nueva, se dispuso a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva sintió que el lazo se le clavaba en el atributo por el que medio año hizo sentadillas en el gym, una llave entró en la cerradura. —¡La cerradura es nueva, sólo empuja, no está echada! —respondió Eva, entre avergonzada y seductora. No temía el juicio, demasiado bien había trabajado. Todo se le perdonaría. Al abrir la puerta, a Eva le llegó un SMS de Dimitri: «¿Dónde estás? Estoy en casa. Veo que el piso no ha cambiado nada. Mis amigos me avisaron que lo llenarías de cosméticos». Aunque Eva leyó el mensaje mucho después. Ahora entraban cinco extraños: dos jóvenes, dos niños y un abuelo que, al ver a Eva, se irguió y alisó los restos de canas. —¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué ese balneario si en casa tienes ‘todo incluido’? —exclamó el joven, recibiendo un codazo de su mujer por mirar demasiado. Eva se quedó en la puerta, con dos copas en la mano, incapaz de moverse. Quiso gritar, pero no logró salir del shock. En algún rincón, la araña reía. —Perdona, ¿y tú quién eres? —chilló Eva. —El dueño del refugio. Y tú, imagino, eres del ambulatorio, ¿a ponerme una venda? Creo que avisé que ya me apaño solo —respondió el abuelo, observando el disfraz de enfermera de Eva. —Mmm, sí, don Adán Mateo, aquí reina la paz y el confort —se asomó tras Eva la mujer del joven—. Esto está mucho mejor, antes vivíamos como en una cripta. ¿Cómo te llamas, chica? ¿No es muy mayor nuestro Adán Mateo para ti? Aunque, claro, hombre respetable con piso propio… —E-e-Eva… —¡Eso sí! ¡Menuda suerte, Adán Mateo, escogiendo personal, qué arte! El abuelo, por el brillo de sus ojos, también estaba encantado con la coincidencia. —¿Dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios, apuró sus dos copas de golpe. Saber más —¡Yo soy Dimitri! —gritó el niño de ocho. —No, aún te falta para ser Dimitri —la madre bajó su mano y envió a niños y marido al coche. —P-p-perdón, creo que me he equivocado de piso —recuperó Eva, recordando la pelea con la cerradura—. ¿Esto es Buzón, dieciocho, piso veintiséis? —No, esto es Bucovina, dieciocho —respondió el abuelo, listo para desembalar el inesperado regalo. —Ya veo… —suspiró Eva, dramática— Me he confundido. Entren, pónganse cómodos, mientras hago una llamada. Corrió al baño, donde atrancó la puerta y se envolvió en una toalla. Allí vio el SMS de Dimitri. «Dimitri, llego enseguida, me retrasé en el súper», contestó Eva. «Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto», grabó Dimitri en audio. El tinto Eva iba a traerlo, pero ya lo traía puesto. Con alfombra y cortina bajo el brazo, esperó a que los extraños fueran a la cocina y salió del baño. Recogiendo sus cosas en una bolsa, escapó del piso. *** —Te lo contaré, pero luego —explicó Eva su aspecto cuando el joven abrió la puerta. Andando como en trance, pasó sin mirar. Fue directa al baño, cambió la cortina y desplegó la alfombra; luego cayó en el sofá, durmió hasta que el estrés y el tinto se evaporaron. Al despertar, vio frente a sí el joven desconocido esperando explicaciones. —Perdona, ¿qué dirección es esta?… —Butova, dieciocho.
¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué querías ir a un balneario teniendo en casa este “
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018
Acojí a mi amiga tras su divorcio. Con el tiempo, me di cuenta de que poco a poco me estaba transformando en una sirvienta en mi propio hogar.
Acogí a Crisanta después de su divorcio. Con el paso de los días, sentí que me convertía en sirvienta
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012
—No pude abandonarlo, mamá —susurró Miguel—. ¿Lo entiendes? No pude Miguel tenía catorce años, y sentía que todo el mundo estaba en su contra. Es más, nadie quería comprenderlo. —¡Otra vez el gamberro ese! —murmuraba la tía Clavita del tercer portal, cruzando deprisa al otro lado del patio—. Criado solo por su madre… ¡Así salen después! Miguel pasó de largo, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros rotos, fingiendo que no escuchaba. Aunque sí escuchaba. Su madre trabajaba hasta tarde. En la mesa, una nota: «Las albóndigas están en la nevera, caliéntalas». Y silencio. Siempre silencio. Ahora volvía del colegio, donde los profesores le habían dado otra charla sobre su conducta. Como si él no supiera que era un problema para todos. Lo sabía. ¿Y qué? —¡Eh, chaval! —le llamó el tío Víctor, vecino del primero—. ¿Has visto un perro cojo por aquí? Habría que echarlo. Miguel se detuvo y miró. Junto a los cubos de basura yacía un perro adulto, pelirrojo con manchas blancas. No se movía, sólo los ojos seguían a la gente. Ojos inteligentes. Y tristes. —¡A ver si alguno lo echa! —asentía la tía Clavita—. Estará enfermo… Miguel se acercó. El perro no se movió, sólo agitó débilmente el rabo. En la pata trasera, una herida sanguinolenta. —¿A qué esperas? —insistió el tío Víctor—. Coge un palo y échalo. Algo en Miguel estalló entonces. —¡Que nadie se atreva a tocarle! —soltó, protegiendo al perro con su cuerpo—. ¡No hace daño a nadie! —Vaya con el defensor, —se sorprendió el tío Víctor. —¡Y lo defenderé! —Miguel se agachó junto al perro y le ofreció la mano. El animal la olió y la lamió suavemente. Miguel sintió algo cálido dentro de él. Por primera vez en mucho tiempo, alguien le trataba con cariño. —Ven, —susurró al perro—. Ven conmigo. En casa le preparó una cama de viejas chaquetas en la esquina de su cuarto. Su madre no volvería hasta la noche: nadie iba a echarle la bronca ni echar al «contagio». La herida era fea. Miguel buscó en Internet cómo curar animales, leyendo con dificultad las palabras médicas pero memorizándolas con perseverancia. —Hay que lavar con agua oxigenada, —murmuraba revolviendo el botiquín—. Luego yodo por los bordes. Despacio, para que no duela. El perro se dejaba hacer, confiando. Le miraba con gratitud; hacía tiempo que nadie miraba así a Miguel. —¿Cómo te llamas, chico? —preguntó mientras le vendaba—. Eres pelirrojo… ¿Te llamo Peluso? El perro ladró bajito, como si aceptara. Por la tarde volvió su madre. Miguel se preparó para el griterío, pero sólo le miró el vendaje. —¿Tú se lo has curado? —preguntó en voz baja. —Sí. En Internet lo explicaban. —¿Y qué le vas a dar de comer? —Ya me las arreglaré. Ella le observó. Luego acarició al perro, que le lamió la mano. —Mañana iremos al veterinario, —decidió—. Veremos esa pata. ¿Ya tiene nombre? —Peluso, —respondió Miguel con una sonrisa. Por primera vez en meses entre ellos no había una pared de incomprensión. A la mañana siguiente Miguel se levantó una hora antes de lo habitual. Peluso intentó incorporarse, gimoteando. —Quieto, tranquilo, —le tranquilizó—. Ahora te traigo agua y comida. No había pienso en casa. Tocó una albóndiga, pan empapado en leche. Peluso comió ansioso pero con cuidado. En el cole Miguel no se rebeló por primera vez en mucho tiempo. Sólo pensaba en Peluso. ¿Tendrá dolor? ¿Me echará de menos? —Hoy estás diferente, —notó la tutora. Miguel se encogió de hombros. No quería hablar, le tomarían a broma. Corrió a casa, ignorando las miradas de los vecinos. Peluso le recibió moviendo el rabo: ya podía andar sobre tres patas. —¿Quieres salir, amigo? —Miguel improvisó una correa—. Con cuidado. En el patio ocurrió lo increíble. La tía Clavita casi se atraganta al verles: —¡Que se lo ha metido en casa! ¡Miguel! ¡Estás loco! —¿Por qué? —respondió él con calma—. Lo estoy cuidando. Pronto estará sano. —¡¿Lo cuidas?! ¿Y el dinero para medicinas? ¿Le robas a tu madre? Miguel apretó los puños, pero se contuvo. Peluso se pegó a su pierna. —No robo. Uso mi dinero. El del desayuno, —dijo en voz baja. El tío Víctor negó con la cabeza: —Chaval, ¿sabes que has acogido a un ser vivo? No es un juguete. Hay que cuidarlo, curarlo, sacarlo. Ahora cada día empezaba con un paseo. Peluso se recuperaba rápido, aunque aún cojeaba un poco. Miguel le enseñaba con paciencia. —¡Siéntate! ¡Muy bien! ¡Dame la pata! Así… Los vecinos observaban de lejos. Algunos negaban la cabeza, otros sonreían. Miguel sólo veía los ojos leales de Peluso. Miguel cambió. No de golpe, poco a poco. Dejó de ser grosero, ayudaba en casa, mejoró en los estudios. Ahora tenía un propósito. Y era sólo el principio. Pasaron tres semanas y ocurrió lo que Miguel más temía. Volvía de paseo con Peluso cuando apareció una jauría por los garajes. Cinco o seis perros callejeros, agresivos, con ojos brillando. El jefe, negro y enorme, se adelantó. Peluso se refugió detrás de Miguel. La pata aún le dolía. Los otros notaron la debilidad. —¡Atrás! —gritó Miguel, agitando la correa—. ¡Fuera! Pero la jauría cercaba. El negro gruñía más fuerte, listo para saltar. —¡Miguel, corre! ¡Abandona al perro y corre! —se oyó el grito de la tía Clavita desde la ventana. Más vecinos miraban. —¡No seas héroe! —gritó el tío Víctor—. Cojea, no te servirá de nada. Miguel miró a Peluso. Él temblaba pero no huía, pegado a la pierna de su dueño. El perro jefe saltó. Miguel se protegió con los brazos, pero le mordió el hombro. Peluso, pese a la pata mala y el miedo, salió en defensa de Miguel, mordiéndole la pierna al líder. Comenzó la pelea. Miguel golpeaba, trataba de cubrir a Peluso. Recibía mordiscos, rasguños, pero no retrocedía. —¡Ay Dios, qué barbaridad! —clamaba la tía Clavita arriba—. ¡Víctor, haz algo! Él corría escaleras abajo, cogía un palo, cualquier cosa. —¡Resiste, chaval! —gritaba—. ¡Ahora ayudo! Miguel caía bajo la jauría cuando oyó una voz familiar: —¡Eh, fuera de aquí! Era su madre con un cubo de agua: empapó a los perros que saltaron atrás, gruñendo. —¡Víctor, ayuda! —gritó ella. El tío Víctor llegó con palo, más vecinos bajaban. Los perros callejeros, al ver la desigualdad, huyeron. Miguel yacía en el asfalto, abrazando a Peluso. Sangrando y temblando. Pero vivos. —Hijo, —su madre se arrodilló a su lado, revisando los rasguños—. Me has asustado tanto. —No pude abandonarlo, mamá, —susurró Miguel—. ¿Lo entiendes? No pude. —Lo entiendo, —respondió ella. La tía Clavita bajó al patio, mirándole como si le viera por primera vez. —Chico, —balbuceó—. Podías haber muerto… por un simple perro. —No «por un perro», —intervino el tío Víctor—. Por un amigo. ¿Comprende la diferencia, Clavita? La vecina asintió, con lágrimas en los ojos. —Vamos a casa, —dijo la madre—. Hay que curar las heridas. Y las de Peluso. Miguel se levantó, cargó al perro. Peluso gimió pero movió el rabo: feliz por no estar solo. —Espera, —les detuvo Víctor—. ¿Mañana vais al veterinario? —Sí. —Os llevo. Y pago el tratamiento: ese perro resultó ser un héroe. Miguel miró sorprendido. —Gracias, tío Víctor. Pero puedo solo. —No discutas. Cuando consigas dinero ya me lo das. Por ahora… —le dio una palmadita—. De momento estoy orgulloso de ti. ¿Verdad? Los vecinos asintieron en silencio. Pasó un mes. Una tarde de octubre, Miguel volvía de la clínica veterinaria, donde ayudaba como voluntario los fines de semana. Peluso corría a su lado, casi sin cojear. —¡Miguel! —le llamó la tía Clavita—. ¡Espera! Él se detuvo, preparado para un sermón. Pero la vecina le entregó una bolsa de pienso. —Esto es para Peluso, —dijo en voz baja—. Buena comida, es caro. Se nota que te preocupas. —Gracias, tía Clavita, —respondió él con honestidad—. Pero ya tengo pienso. Trabajo en la clínica, la doctora Ana me paga. —Aun así, quédatelo. Te hará falta. En casa su madre preparaba la cena. Al verle, sonrió: —¿Qué tal en la clínica? ¿Ana contenta contigo? —Dice que tengo buenas manos. Y paciencia. —Acarició a Peluso—. Igual me hago veterinario. Lo estoy pensando. —¿Y los estudios? —Bien. Hasta el de física, Don Pedro, me felicita. Dice que he mejorado. Su madre asintió. El cambio en Miguel era increíble. Ya no era grosero, ayudaba en casa, saludaba a los vecinos. Tenía una meta. Un sueño. —Mañana viene Víctor. Quiere ofrecerte otro trabajo. Un amigo suyo tiene criadero y busca ayudante. Miguel se iluminó. —¿Puedo llevar a Peluso? —Creo que sí. Casi es un perro de servicio. Por la noche, Miguel y Peluso entrenaban la orden de «vigilar» en el patio. Peluso obedecía, mirándole con lealtad. Víctor se acercó y se sentó a su lado. —¿Mañana vas al criadero, entonces? —Sí, con Peluso. —Pues acuéstate pronto. Te espera un gran día. Cuando se fue, Miguel y Peluso se quedaron un rato más. El perro apoyó el hocico en sus rodillas, suspiró. Se habían encontrado. Y nunca más estarían solos.
No podía dejarle solo, mamá, susurré, casi sin voz. ¿Lo entiendes? No podía. Tengo catorce años, y a
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017
Indispensable
La primera vez que Luz María vio a Andrés fue en la oficina de Recursos Humanos, justo cuando él acudía
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010
¡Me han robado la ropa, vaquero! ¡Sálvame!, suplicó la mujer apache junto al lago!
«¡Robaron mis ropas, vaquero! ¡Sálvame!», gritó la mujer del pueblo al borde del embalse, mientras el
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016
Las circunstancias no se dan por sí solas: las creamos nosotros. Tú creaste las circunstancias para abandonar a un ser vivo en la calle. Y ahora, cuando te conviene, quieres cambiarlas. Oleg volvía a casa tras el trabajo en una típica tarde de invierno, cuando todo parece cubierto por el manto rutinario de la monotonía. Al pasar frente a una tienda de ultramarinos, vio a un perro sentado allí. Un mestizo, pelirrojo y despeinado, con los ojos de un niño perdido. —¿Qué haces aquí? —rezongó Oleg, pero se detuvo. El perro alzó el hocico y lo miró. No pedía nada, solo observaba. “Seguro espera a sus dueños”, pensó Oleg y siguió su camino. Pero al día siguiente, la misma imagen. Y al otro, igual. El perro parecía haberse quedado anclado a aquel lugar. Oleg reparó en que los vecinos pasaban de largo, alguno le tiraba un trozo de pan, otro una salchicha. —¿Por qué sigues aquí sentado? —le preguntó agachándose junto a él—. ¿Y tus dueños? Entonces, el perro se acercó despacio y apoyó el hocico en la pierna de Oleg. Oleg se quedó petrificado. ¿Cuánto hacía que no acariciaba a nadie? Llevaba tres años divorciado. El piso estaba vacío: sólo trabajo, televisor y nevera. —Ay, mi Lada —susurró, sin saber de dónde sacaba ese nombre. Al día siguiente, le trajo salchichas. Una semana después, publicó un anuncio en Internet: “Se ha encontrado un perro. Busco a sus dueños”. Nadie llamó. Un mes más tarde, tras salir de una guardia nocturna —trabajaba de ingeniero y a veces debía pasar noches enteras en la obra—, Oleg vio un corrillo frente a la tienda. —¿Qué ha pasado? —preguntó a la vecina. —Que han atropellado al perro. El que llevaba aquí sentado un mes. Se le cayó el alma a los pies. —¿Dónde está? —La han llevado a la clínica veterinaria de la Avenida de Rosalía de Castro. Pero allí piden mucho dinero… ¿A quién le interesa un perro sin hogar? Oleg no dudó. Se dio la vuelta y corrió. En la clínica, el veterinario negó con la cabeza. —Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento será costoso. Y no se sabe si sobrevivirá. —Trátela —dijo Oleg—. Pagaré lo que haga falta. Cuando le dieron el alta, la llevó a casa. Por primera vez en tres años, su piso se llenó de vida. La vida cambió. Radicalmente. Oleg ya no se despertaba con el despertador: Lada le rozaba la mano con el hocico, como diciendo “es hora, amo”. Él se levantaba, sonriendo. Antes el día empezaba con café y noticias. Ahora, paseando por el parque. —¿Vamos a respirar aire fresco, niña? —decía mientras Lada movía el rabo alegre. En la clínica registraron todos los papeles. Pasaporte, vacunas. Oficialmente, ya era su perra. Oleg fotografió cada documento —por si acaso. Los compañeros de trabajo se sorprendían. —Oleg, parece que has rejuvenecido. ¡Se te ve radiante! Y sí, por primera vez en años, se sentía necesario. Lada era lista. Muchísimo. Entendía al vuelo cada palabra. Si Oleg tardaba en volver, ella lo esperaba en la puerta con una mirada como diciendo “te echaba de menos”. Por las tardes paseaban largo rato por el parque. Oleg le contaba sus cosas, sus días. ¿Ridículo? Quizá, pero a ella le interesaba escucharlo. Ponía atención, a veces respondía con un leve gemido. —¿Sabes, Lada? Antes pensaba que era más fácil estar solo. Nadie molesta. Pero resulta… —le acariciaba la cabeza—, que en realidad me daba miedo volver a querer a alguien. Los vecinos se acostumbraron a ellos. La señora Aurora, del portal de al lado, solía guardar un hueso. —Qué perra más guapa —decía—. Se nota que está bien cuidada. Pasó un mes, luego otro. Oleg pensó incluso en abrirle perfil en redes. Lada era fotogénica: el pelaje rojizo brillaba al sol como oro. Y una tarde ocurrió lo inesperado. Paseo por el parque, Lada olfateaba los matorrales, Oleg sentado en un banco, enfrascado en el móvil. —¡Gerda! ¡Gerda! Oleg levantó la vista. Se acercaba una mujer de unos treinta y cinco años, muy arreglada, con chándal caro, melena rubia, maquillada. Lada se puso tensa y bajó las orejas. —Perdón —dijo Oleg—. Se equivoca, es mi perra. La mujer plantó las manos en la cintura. —¿Cómo que “suya”? ¡Veo que es mi Gerda! ¡La perdí hace medio año! —¿Cómo? —Eso mismo. Se escapó delante del portal y la busqué por todas partes. ¡Usted me la robó! Una náusea recorrió a Oleg. —Espere. ¿Dice que la perdió? Yo la recogí en la tienda. Se pasó un mes allí, abandonada. —¿Y por qué estaba allí? Se habría perdido, claramente. ¡La adoro! La compramos de raza con mi marido a propósito. —¿De raza? —Oleg miró a Lada—. Es un mestizo. —Es una cruzada muy cara. Oleg se levantó, Lada se pegó a su pierna. —De acuerdo. Si es su perra, muéstreme los papeles. —¿Qué papeles? —Pasaporte veterinario. Vacunas. Lo que sea. La mujer titubeó. —Están en casa. Pero da igual, la reconozco. ¡Gerda, ven aquí! Lada no se movió. —¡Gerda! ¡Ven ahora mismo! La perra se encogió aún más junto a Oleg. —¿Ve? —dijo él, suave—. No la conoce. —Se ha enfadado conmigo por perderla. Pero es mi perro y exijo que me lo devuelva. —Yo tengo todos los documentos —respondió sereno—. Parte de la clínica tras el accidente. Papeles de registro. Tickets de comida. De juguetes. —¡Me da igual sus papeles! ¡Esto es un robo! La gente empezó a mirar. —¿Sabe qué? —Oleg sacó el móvil—. Lo resolvemos por la ley. Llamaré a la Policía. —¡Llame! —bufó la mujer—. Tengo testigos. —¿Quiénes? —Los vecinos vieron cómo se escapó. Oleg marcó el número, el corazón a mil. ¿Y si la mujer tenía razón? ¿Y si Lada de verdad se había escapado de su casa? ¿Por qué entonces pasó un mes en la tienda sin buscar el camino de vuelta? Y sobre todo, ¿por qué ahora se escondía temblando junto a él? —¿Hola? Policía, tengo una situación aquí… La mujer sonrió con malicia: —Lo verá. La justicia preponderará. ¡Devuélvame mi perro! Lada no se apartaba de Oleg. Ahí Oleg comprendió: lucharía por ella hasta el final. Porque ya no era sólo una perra. Era familia. El policía de barrio llegó media hora después. Sargento Fernández, hombre tranquilo y serio. Oleg lo conocía por las gestiones en la comunidad de vecinos. —A ver, cuéntenme —dijo sacando la libreta. La mujer empezó primero. Rápida y confusa: —Es mi perra, Gerda. La compré por mil euros. Hace medio año se escapó, la busqué por todos lados y este señor me la robó. —No se la robé, la recogí —replicó Oleg serenamente—. Llevaba un mes hambrienta en la tienda. —Eso fue porque se perdió. El agente miró a Lada, pegada a Oleg como antes. —¿Papeles? —Tengo yo —Oleg sacó la carpeta. Por casualidad, la tenía consigo tras el último control en la clínica. —Aquí está el informe veterinario. La traté tras el atropello. Aquí el pasaporte registrado. Todas las vacunas. El agente revisó los documentos. —¿Y usted? —Están en casa, ¡pero da igual! Es mi Gerda. —¿Puede detallar cómo la perdió? —Paseábamos. Se soltó de la correa y huyó. La busqué, puse anuncios. —¿Dónde paseaba? —En el parque, aquí cerca. —¿Dónde vive? —Avenida Rosalía de Castro, número quince. Oleg se sorprendió: —Espere. Eso está a dos kilómetros de la tienda donde la encontré. Si se perdió en el parque, ¿cómo terminó allí? —Se desorientaría, supongo. —Normalmente los perros encuentran el camino a casa. La mujer se sonrojó. —¿Qué sabrá usted de perros? —Sé —contestó Oleg, suave—, que un perro querido no pasa un mes hambriento en la calle. Buscaría a sus dueños. —¿Una pregunta? —intervino el agente—. Dice que puso anuncios, ¿pero por qué no acudió a la Policía? —¿A la Policía? Ni se me ocurrió. —¿En medio año? Perdió un perro de mil euros y no vino a denunciarlo. —Pensé que aparecería. El agente frunció el ceño. —Su DNI y dirección, por favor. La mujer rebuscó nerviosa en el bolso. —Aquí está. El agente revisó. —Está en Avenida Rosalía de Castro, quince. ¿Qué piso? —El veintitrés. —Bien. ¿Recuerda la fecha exacta de la pérdida? —Veinte de enero, más o menos. Oleg sacó el móvil: —La recogí el veintitrés de enero. Llevaba casi un mes en la tienda. Así que el perro “se perdió” antes. —¡Quizá me equivoqué de fecha! —La mujer se puso nerviosa. Hasta que se rindió: —Vale, quédese con ella. Pero de verdad la quería. Silencio. —¿Por qué ocurrió esto? —preguntó Oleg. —Mi marido dijo que nos mudábamos y en el piso nuevo no admitían perros. No pude venderla —no era de raza realmente. Así que la dejé junto a la tienda. Pensé que alguien la recogería. A Oleg se le revolvió el estómago. —¿La abandonó? —No abandoné, sólo la dejé allí. Gente amable, pensé que alguien la tomaría. —¿Por qué ahora quiere volver a tenerla? La mujer sollozó: —Mi marido y yo nos hemos separado. Él se fue, yo me quedé sola. Me siento fatal. Pensé en recuperar a Gerda. De verdad la amaba. Oleg la miraba, incrédulo. —¿La amaba? —repitió lentamente—. A quien se ama no se abandona. El agente cerró la libreta. —Queda claro. Legalmente el perro es del señor… —miró el DNI—. Vázquez. Lo trató, lo registró, lo mantiene. No hay más asuntos pendientes. La mujer gimoteó: —¡Pero he cambiado de opinión! ¡Lo quiero de vuelta! —Demasiado tarde para cambiar de opinión —zanjó el agente—. Si abandonó al animal, ahora no puede reclamar nada. Oleg se sentó junto a Lada, la abrazó. —Ya está, pequeña. Todo ha salido bien. —¿Puedo al menos acariciarla? —suplicó la mujer—. Por última vez. Oleg miró a Lada. Esta bajó las orejas y se pegó a su mano. —¿Ve? Le tiene miedo. —No fue a propósito… es que las circunstancias… —¿Sabe qué? —Oleg se levantó—. Las circunstancias no vienen solas. Las hacen las personas. Usted creó las condiciones para abandonar a un ser vivo. Y ahora quiere cambiarlas cuando le parece bien. La mujer rompió a llorar: —Lo sé. Pero me siento tan sola… —¿Y qué tal estuvo sentada ella esperando un mes? Silencio. —Gerda… —la llamó la mujer. La perra ni se movió. Ella se fue rápido, sin mirar atrás. El agente le dio una palmada en el hombro. —Has hecho lo correcto. Se nota que ella te quiere. —Gracias por entenderlo. —Nada. Yo también tengo perro. Sé lo que significa. Cuando se fue, Oleg y Lada se quedaron solos. —Bueno —dijo acariciando su cabeza—, ya nadie nos va a separar. Te lo prometo. Lada le miró y Oleg vio no sólo agradecimiento. Era amor de perro. Amor sin límites. —¿Vamos a casa? Ella ladró feliz y se puso a su lado. Por el camino Oleg pensaba: en eso tenía razón la mujer. Las circunstancias pueden variar: trabajo, dinero, vivienda. Pero hay cosas que nunca se pierden. Responsabilidad, amor, compasión. En casa, Lada se acurrucó en su alfombra favorita. Oleg preparó té y se sentó junto a ella. —¿Sabes, Lada? —dijo pensativo—. Quizás todo haya salido para mejor. Ahora sabemos de verdad que nos necesitamos. Lada suspiró, satisfecha.
Las circunstancias no aparecen las tejemos nosotros. Vosotros habéis lanzado a una criatura viva a la
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087
«Me casé con mi vecino de ochenta y dos años… para evitar que lo envíen a una residencia de ancianos».
«Me casé con el vecino que tiene ochenta y dos años para que no lo echen a la residencia de ancianos».
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