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013
Sonó el teléfono. La voz al otro lado dijo: “Su esposo ha tenido un accidente. Pero eso no es todo…
Madrid, 12 de abril Hoy comenzó con un timbre que rompió el silencio de la mañana. Al otro lado de la
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022
Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? —dijo de repente Miguel al volver del colegio. — ¿Y qué? —Mamá miró a su hijo sorprendida. — ¿Cómo que “y qué”? ¿Acaso has olvidado lo que me prometisteis papá y tú para cuando cumpliera diez años? — ¿Prometimos? ¿Pero qué prometimos dejarte hacer? — Tener un perro. — ¡No! —exclamó mamá asustada—. ¡Cualquier cosa, menos eso! ¿Quieres que te compremos un patinete eléctrico? El más caro. Pero solo si no vuelves nunca a hablar del perro. — Así que así sois, ¿no…? —Miguel hizo un mohín ofendido—. Y aún decís que hay que cumplir la palabra dada… Vosotros la olvidáis enseguida… Bueno, bueno… Se encerró en su cuarto y no salió hasta que papá regresó del trabajo. — Papá, ¿recuerdas lo que me prometisteis mamá y tú…? —volvió a la carga, pero su padre le interrumpió: — Ya me ha llamado tu madre para contármelo. Pero no entiendo por qué lo quieres tanto. — ¡Papá, llevo soñando con tener un perro desde hace mucho! ¡Lo sabéis! — Ya, ya… Tanto leer historias de Zipi y Zape o de Los Cinco, y ahora te comportas como un crío. A saber lo que soñamos tu madre y yo y no lo tenemos. ¿Sabes que los perros de raza valen mucho dinero? — ¡No quiero uno de raza! —intervino Miguel—. Me vale uno sin raza. Incluso abandonado. Leí en internet que los perros abandonados lo pasan muy mal. — ¡No! —cortó papá—. ¿Uno sin raza? ¿Para qué? ¡Son feos! Mira, Miguel, lo dejamos así: Aceptamos acoger a un perro abandonado solo si es de raza y joven. — ¿Tiene que ser necesariamente así? —refunfuñó Miguel. — ¡Sí! —Papá miró a mamá astutamente y le guiñó un ojo—. Tendrás que adiestrarlo, llevarlo a concursos… Y a un perro mayor ya es tarde para entrenarlo. Así que si encuentras un perro joven, bonito, de raza y abandonado, quizás accedamos. —…Vale… —suspiró el chico. Nunca había visto en la calle un perro abandonado de raza. Pero la esperanza es lo último que se pierde. El domingo, Miguel llamó a su amigo Pablo, y después de comer comenzaron la búsqueda. Recorrieron medio Madrid a pie hasta el atardecer, pero ni rastro de un perro joven, bonito, de raza y sin dueño. Había muchos perros hermosos, pero todos con sus dueños y con correa. — Ya está bien —dijo Miguel cansado—. Sabía que no encontraríamos a ninguno… — Por qué no vamos el domingo que viene a la protectora —propuso Pablo—. He leído que allí a veces hay perros de raza. Hay que averiguar dónde está. Pero ahora quiero sentarme a descansar. Buscaron un banco vacío, se sentaron y soñaron juntos con adoptar un perro precioso de la perrera y entrenarlo ellos mismos. Después de un rato, se levantaron despacio para volver a su barrio. De pronto, Pablo tiró de la manga de Miguel y señaló algo: — Mira, Miguel. Miguel vio un perrito blanco, sucio y flacucho, que avanzaba torpemente por la acera. — Un chucho —afirmó Pablo y silbó. El perrito, al escuchar el silbido, corrió hacia ellos, pero se detuvo a dos metros. — No se fía —dijo Pablo—. Seguro que algún humano le asustó. Miguel también silbó bajito y extendió la mano. El perrito acercó el hocico y, cuando Miguel estuvo muy cerca, en vez de huir sólo movió la cola temeroso. — Vámonos Miguel —dijo Pablo nervioso—. Ese perro no vale, tú buscabas uno de raza. Uno así solo puede llamarse Botón… —Pablo se giró y se alejó deprisa. Miguel acarició un poco más al perrito y, triste, fue tras su amigo. La verdad, le habría gustado llevárselo a casa. De pronto, el perrito gimió tras ellos. Miguel se detuvo, el perrito volvió a lloriquear. Pablo volvió la cabeza y murmuró: — ¡Date prisa Miguel, ven! ¡No mires atrás! El perrito te mira como… — ¿Como qué? — Como si fueses su dueño y lo abandonaras. Venga, corre. Pablo se alejó corriendo, pero Miguel no podía mover las piernas. Al fin, cuando quiso correr, algo le tiró suavemente del bajo del pantalón. Miró hacia abajo y se encontró los ojos negros y atentos del perrito. Entonces, Miguel, olvidando todo, lo cogió en brazos y lo apretó contra su pecho. Ya lo había decidido: Si mamá y papá no aceptaban, él se marcharía esa noche de casa. Juntos. Pero resultó que sus padres también tenían buen corazón. Por eso, al volver del colegio al día siguiente, le esperaban su madre, su padre… y una preciosa Botón, limpia, blanca y feliz.
Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? dijo de pronto Miguel al regresar del colegio. ¿Y qué? respondió mi
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0121
—¿Y ahora se va a quedar a vivir con nosotros? —preguntó mirando a su esposa, mientras contemplaba a su hijo…
¿Y ahora va a vivir aquí con nosotros? preguntó él a su esposa, mirando a su hijo María del Carmen Fernández
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0108
— Mis nietos solo prueban fruta una vez al mes y ella va y compra pienso carísimo para sus gatos — se queja mi nuera echándome en cara que soy una abuela fría… Mi nuera ha decidido reprocharme porque sus hijos apenas ven fruta una vez al mes, mientras que yo compro buena comida para mis gatos. Pero aquí la cuestión es que los niños tienen un padre y una madre encargados de su alimentación equilibrada, y de mis gatos solo me ocupo yo. Cuando sugerí a mi hijo y a su mujer que ya era hora de frenar el ritmo al que ampliaban la familia, me dijeron que no me metiera en sus asuntos. Y así lo hago: cuido de mis gatos y escucho las quejas de mi nuera, siempre tan maternal. La boda de mi hijo fue cuando ya esperaba un bebé. Ambos aseguraban que se casaban por amor y que el embarazo había sido pura casualidad. Yo, escéptica, solo asentía y no opinaba más. Al fin y al cabo, mi hijo es mayorcito y debe responder por sus decisiones. Mi nuera trabajó de cajera en un supermercado hasta el permiso de maternidad. Durante casi todo el embarazo cogía bajas diciendo que no podía tratar a tanta gente conflictiva. Su carácter, debo decir, deja bastante que desear, así que lo de los conflictos no me extrañó. Realmente, el carácter de la esposa de mi hijo no me importa mucho, ya que vivimos separadas: yo en mi piso y ellos en el suyo, con hipoteca. Vendí nuestro antiguo piso y ellos se metieron en una hipoteca para un piso mayor, que mi hijo paga solo porque su mujer no aportaba ingresos, solo los gastaba, así que siempre andan justos. No me meto en su vida; él eligió a esa mujer y viven aparte, así que cada uno en su casa. El piso de mi hijo está cerca del mío, así que a veces venía a cenar porque su mujer no cocinaba alegando que los olores le daban náuseas, lo cual puede ser cierto. Cuando nació el primer nieto quise ayudar, pero me dejaron claro que se apañaban solos y que para consejos ya tenían internet y su madre. Así que desde entonces solo visito, juego con el niño y les llevo algo, pero ya no ofrezco ayuda. Mi hijo lleva fatal la hipoteca, su mujer y el hijo, pero no se queja, sabe que es su elección. Le animo diciéndole que cuando el niño crezca y su mujer vuelva a trabajar, mejorará la situación. Pero ella no piensa volver a trabajar, y cuando el primero tenía casi dos años, se quedó embarazada otra vez. Les sugerí que quizás era momento de parar, a lo que mi nuera contestó tajante: “¡No se meta en lo que no le importa, todo va bien, no le pedimos ayuda!”. La relación con mi nuera nunca fue buena, pero después de ese comentario, directamente dejé de tratarla. Veo a mi nieto mayor cuando mi hijo lo trae; su madre no me deja aún ver al pequeño. Sigo con mi vida, ellos con la suya. Mi hijo se queja de la falta de dinero, y cada vez es más evidente que discuten por temas económicos porque ella no sabe ahorrar y él tampoco es un millonario. Yo, callada. Al final nació el segundo nieto, y ni me dejaron ir al hospital, ni a la salida; me dolió, pero tampoco insistí. La primera vez que vi al pequeño fue cuando ya cumplía siete meses, porque me dejaron ir al cumpleaños del mayor. Llevé regalos para ambos y algo para la mesa, sabiendo que andan justos. Mi nuera me trató como si estuviera haciéndome un favor, con cara de piedra. Ya no estoy para andar detrás de quienes no quieren trato conmigo. Así que ni invito ni me invitan. Solo me veo con mi nieto mayor gracias a mi hijo, porque el pequeño aún no puede venir. Lo del dinero sigue igual. El materno invertido en la hipoteca no fue la solución, y las discusiones por dinero son constantes. Ella no sabe ahorrar y él tampoco puede hacer milagros. Sigo sin meterme. Hace poco encontré a mi nuera en el supermercado, bastante embarazada de nuevo. Miró mi carrito, vio la comida de los gatos y casi escupió: “¡Claro! Los nietos solo prueban fruta una vez al mes y tú comprando pienso carísimo para tus mascotas”. ¿Quién tiene la culpa de que yo pueda permitir comprar buen pienso a los animales y ellos no fruta para los niños? Sabe que están justos, que la hipoteca ahoga y el trabajo va regular, pero sigue trayendo niños al mundo uno tras otro. Podría buscar un trabajo para comprarles fruta, ¿por qué tengo yo que preocuparme? Ahora seguro que prohíbe a los nietos verme, porque no soy la abuela que lo da todo a su hijo. Cada uno debe vivir con sentido común, aunque mi nuera, por lo visto, no lo tiene. Lo más triste es que mi hijo parece que tampoco.
Los nietos ven la fruta una vez al mes y ella les compra pienso carísimo a sus gatos refunfuñaba mi nuera
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033
Así que no soy una extraña
Hace años, recuerdo que surgió una disputa que nunca pensé que tendría que vivir. ¿Cómo te atreves a
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034
El único hombre de la familia Durante el desayuno, la mayor, Vera, miró su móvil y preguntó: —Papá, ¿has visto la fecha de hoy? —No, ¿qué tiene de especial? En lugar de contestar, ella giró el móvil: en la pantalla aparecían los números 11.11.11, es decir, 11 de noviembre de 2011. —Es tu número de la suerte —el 11— y hoy hay tres seguidos. Hoy vas a tener un día genial. —Ojalá tus palabras fuesen miel —bromeó Valerio. —Sí, papá —intervino Nadia, la pequeña, también sin apartar los ojos de su móvil—. Hoy a los Escorpio les espera un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. —Genial. Seguro que en algún lugar de Europa o de América ha muerto un pariente desconocido, somos los únicos herederos, y por supuesto, era millonario… —Billonario, papá —siguió la broma Vera—. Un millón te sabría a poco. —Eso he pensado. ¿Qué haremos con tanta pasta? ¿Os parece si primero compramos una villa en Italia o en Mallorca? Luego un yate… —Y un helicóptero, papá —se sumó Nadia—. Quiero mi propio helicóptero… —Por supuesto. Helicóptero tendrás. ¿Y tú, Vera? ¿Qué quieres? —Quiero salir en una película de Bollywood con Salman Khan. —Menuda tontería. Llamo a Amitabh Bachchan y lo solucionamos… Bueno, soñadoras, acabad el desayuno, que tenemos que salir. —Ni soñar nos dejas… —suspiró Nadia. —Claro que sí, hay que soñar —Valerio apuró el té y se levantó—. Pero no olvidéis el cole… Por algún motivo, aquél desayuno vino a la mente de Valerio al final del día, en el supermercado, mientras pasaba la compra de la cesta a las bolsas. El día no fue genial, sino todo lo contrario: más trabajo, tuvo que quedarse una hora extra, y estaba agotado. Ni encuentro agradable ni regalo para toda la vida. «La felicidad ha volado sobre mí como una tabla por París», pensó con sorna mientras salía del supermercado. Al lado de su viejo y fiel SEAT, que había servido a la familia un cuarto de siglo, merodeaba un chavalín. Un sin techo. Su aspecto lo gritaba: desaliñado, harapos por ropa, un pie en una zapatilla descolorida y el otro en una bota militar destrozada atada con un cable azul. En la cabeza, un gorro orejero raído y quemado por un lado. —Señor… tengo hambre… ¿me da… un poco de pan? —susurró el niño casi inaudible cuando Valerio se acercó. Y la historia, en adelante, continúa en esta familia tan singular, donde Valerio ejerce de único hombre, padre entregado y corazón de una casa llena de sueños, humor y esperanza. (Adaptación reducida según los usos y nombres culturales españoles: Vera y Nadia, móvil por smartphone, SEAT por Moscovich, Mallorca por Maldivas, humor y referencias familiares propias, Bollywood españolizado, y expresiones localmente reconocibles.)
El único hombre de la familia Era por la mañana y durante el desayuno, la hija mayor, Carmela, miró la
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019
El día que Rodrigo, a lomos de su caballo y junto a su elegante prometida Valentina, atravesó los senderos de su pueblo castellano y se paralizó al descubrir a Gabriela —su exesposa, con el rostro curtido por el trabajo y el orgullo intacto— cargando leña y luciendo un vientre de siete meses, entendió que hay historias rurales capaces de helar la sangre y transformar destinos. Porque en esos campos donde los divorcios aún eran escándalo y los apellidos pesaban más que el trigo, lo que realmente importaba no era la grandeza de imperio, sino la fuerza simple y misericordiosa del hogar. Esta es la travesía de Rodrigo y Gabriela: del desencuentro por sueños encontrados y la distancia que sembró heridas, al reencuentro inesperado, la paternidad descubierta y la lucha por preservar el derecho a criar un hijo castellano en la tierra que los vio crecer. Es la crónica de una familia en tierra de campos, de lealtad rota y recuperada, de segundas oportunidades y del valor que cobra la vida cuando se abandona la ambición por la paz sencilla de una mesa compartida. Porque en Castilla, como en el corazón de quienes cultivan con sus manos, cada historia merece ser contada, cada sangre encontrar su linaje y cada niño crecer entre la verdad, la honra y el amor.
El agricultor cabalgaba con su novia y se paralizó al ver a su exmujer embarazada acarreando leña Javier
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027
No es un juego
¿Y para qué quieres un niño? Alicia, ya tienes casi cuarenta. ¿Qué hijos podrías tener? se ríe su hermana
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0150
Desesperada, aceptó casarse con el hijo millonario que no podía caminar… Y un mes después se dio cuenta de algo…
Por desesperación, aceptó casarse con el hijo del hombre rico que no podía caminar Y un mes después se
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0103
Vitalio, acomodado frente a su escritorio con el portátil y una taza de café, estaba terminando algunos asuntos pendientes cuando una llamada de un número desconocido cambió su vida: desde el hospital materno-infantil de la calle Soria le informan de la muerte de Anna Mijaílovna Izótova durante el parto y le dicen que es el padre de la niña recién nacida. Desconcertado y convencido de que todo ha sido un error, Vitalio recuerda fugazmente a Ana, una joven rubia a la que conoció en septiembre en la Costa del Sol. Al día siguiente, nervioso y sin intención de reconocer a la niña, conoce a Vera, la madre de Anna, en el hospital, quien le suplica desesperada que no renuncie a su nieta para que no acabe en un orfanato. Tras la prueba de ADN que confirma su paternidad y enfrentado a la mirada inocente de su hija —una copia exacta de él—, Vitalio, superado por la emoción, toma la inesperada decisión de asumir su nueva vida como padre junto a la abuela y la pequeña.
Santiago se acomodó en su despacho, con el portátil abierto y una taza de café humeante entre las manos.
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