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0146
Frotó sus manos mojadas, gimiendo de dolor, y se dirigió a abrir la puerta.
Secó sus manos húmedas, gimiendo de dolor, y se dirigió a abrir la puerta. María López se enjugó las
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010
Dos preocupaciones
Madrid, 8 de septiembre, 06:45 El autobús me deja frente a la verja del edificio de la residencia asistida
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0306
Esto no es negociable: —Nina se viene a vivir con nosotros, esto no se discute —dijo Zacarías, dejando la cuchara a un lado. Ni siquiera probó la cena, claramente preparándose para una conversación seria—. Hay habitación libre, justo acabamos de terminar la reforma. Así que en un par de semanitas mi hija se muda con nosotros. —¿No se te olvida nada? —preguntó Ksenia, contando mentalmente hasta diez—. Como, por ejemplo, que esa habitación era para nuestro futuro hijo, el de los dos. Y también que Nina tiene una madre, con la que debería quedarse. —Me acuerdo de que hablábamos de un hijo —gruñó Zacarías, esperando que su esposa aceptara sus palabras sin rechistar y la conversación no tuviera más recorrido—. Pero, mira, podemos posponerlo unos años. Además, tú aún tienes que acabar la carrera, ahora no toca pensar en eso. Y, además, a Nina no le apetece tener hermanos. Y lo de su madre… —hizo una mueca burlona—. Le voy a quitar la custodia. ¡Es peligroso que la niña conviva con esa mujer! —¿”La niña”? —Ksenia arqueó las cejas, sorprendida—. ¿No tiene ya doce años? Bastante mayor, por cierto. ¿Qué peligro hay? ¿Que no la dejen salir a la calle después de las diez? ¿Que la obliguen a hacer los deberes bajo amenaza de quitarle el móvil o cortarle el wifi? Pues tu ex es una santa si aún no ha cogido la zapatilla. —No tienes ni idea —replicó Zacarías entre dientes—. Nina me ha enseñado moratones y mensajes con insultos y amenazas. ¡No voy a dejar que le destrocen la vida a mi hija! —Y eso es justo lo que estás haciendo, cediendo a todos sus caprichos. Ksenia se levantó suavemente de la mesa, dejando el plato de sopa casi intacto. Se le había quitado el apetito y la cara de su esposo solo le daba dolor de cabeza. ¡Bien le decían que no corriera a casarse! Que vivieran primero juntos, que pusieran a prueba la relación… ¡Pero ella, como siempre, todo lo sabe! Había querido adelantarse a sus amigas… ¿Por qué decían que no se precipitara? Pues muy fácil: Zacarías es divorciado, quince años mayor que ella, y con una hija bastante crecida, a la que adora. Tres motivos que, separados, parecen poca cosa, pero juntos… casi un desastre. Las dos primeras razones no le molestaban demasiado; al revés, le gustaba que su marido tuviera experiencia de vida. Sabía incluso que la separación fue amistosa y sin rencores con su anterior esposa, Alba. La tercera razón… era Nina. Una niña mimada hasta el extremo y bastante rebelde, criada por la abuela, pues los padres se deslomaban trabajando por su futuro. La separación apenas la afectó: tenía claro que su padre no la abandonaría, ni aunque se casara de nuevo. Pero el nuevo matrimonio de su madre… eso era otra cosa. Poco le faltó para que el padrastro cogiera las riendas de su educación y, además, la madre, ahora con un trabajo más estable y pasando más tiempo en casa, apoyaba totalmente al nuevo marido. Toque de queda, deberes, profesores particulares porque Nina iba mal en el cole… Todo eso sacaba de quicio a la niña, acostumbrada a pasar horas frente al televisor o al ordenador. Tanto la enfadaba que empezó a inventar historias que ponían de los nervios a su padre. Sí, ella quería vivir con él, porque sabía que sus horarios de trabajo la dejarían prácticamente todo el día sola. Ni pensaba obedecer a la madrastra, solo nueve años mayor que ella. Por conseguir esa “vida libre”, estaba dispuesta a todo. ************************ —Nina viene hoy. Prepárale su habitación y, por favor, no la estreses que ya bastante ha pasado —Zacarías puso a Ksenia frente al hecho, mientras elegía una corbata para su nuevo traje—. Si hubiera sabido que Alba, por un hombre, iba a tratar así a su hija… Pero bueno, no sirve de nada hablar del pasado. —O sea, que, ¿no has cambiado de idea? ¿De verdad piensas traer a tu hija aquí? —Ksenia aún esperaba que su marido no lo lograra—. ¿Quién la va a cuidar? Si llegas a casa, con suerte, a las ocho. —Tú podrás estar pendiente —zanjó Zacarías encogiéndose de hombros—. No tiene tres años, sabe apañarse sola. —Tengo los exámenes a la vuelta de la esquina, tú mismo me dijiste que debía concentrarme en los estudios —se vengó Ksenia con una sonrisa—. Que Nina se porte bien y no me moleste. Espero que sepa fregar platos y barrer, porque durante las próximas dos semanas, ¡eso será su cometido principal! —No es una criada… —Ni yo tampoco —cortó Ksenia las protestas—. Si va a vivir aquí, tendrá que ayudar en casa. Y más te valdría dejarle claras las normas de convivencia. ************************ —Papá, ¿de verdad vas a dejar que ella me trate así? Ni siquiera puedo salir con mis amigas tranquila, tu esposita me ha endosado todas las tareas domésticas y mientras ella se tumba en el sofá viendo la tele. Ksenia, que justo pasaba por allí y escuchó la conversación, sonrió con ironía. Si consiguiera que la niña hiciera algo, ¡sería un milagro! —Hablaré con Ksenia, te lo prometo. Pero tú también intenta llevarte bien con ella. Nina, sé que es duro, pero yo no tengo tiempo para vigilarte. Haz un esfuerzo, demuéstrale que eres una chica responsable. —Vale, lo intentaré —aceptó Nina a regañadientes, sabiendo que de su padre, por hoy, no sacaría más—. Por cierto, ¿es verdad que le has comprado un coche? —Pues sí, ¿por? —Nada, nada… A mí me dijiste que no había dinero para llevarme de vacaciones fuera este verano. ¡Tenía tanta ilusión! —No podías ir sola, recuerda que solo tienes doce años y yo trabajo. Ya nos iremos de viaje toda la familia en verano. —¡Pero yo no quiero ir con toda la familia! Ni siquiera me quieres, ¿verdad? ¿Para qué te la llevaste de mamá entonces? A tu mujer solo le estorbo y tú siempre estás ocupado… Ksenia decidió dejar de escuchar. Sabía que, al final, Nina lograría lo que quisiera. Y no solo en las vacaciones. La niña lista había decidido deshacerse de la “intrusa” que podía quitarle parte del dinero de papá. Y, por desgracia, parecía que lo conseguiría. Harta de reproches, Ksenia se lo pensó muy en serio: una discusión más y pedía el divorcio. Antes de irse, le quitaría a la niña el gusto de ganar: le dejaría bien claro que Zacarías pagaría igualmente, ahora en concepto de pensión. ************************ Llegó la noche, cargada de reproches, como ella había previsto. Los escuchó todos y al final anunció tranquila que pedía el divorcio. —Quiero vivir en paz, no aguantar día tras día que me insulten. Y sí, te advertí que hacerle caso a todo a tu hija era muy mala idea —al ver la sonrisa victoriosa de Nina, le echó un jarro de agua fría—. Y tú, no te alegres tanto. Quién sabe cómo va a acabar tu vida. Por ejemplo, podría darle un ultimátum a tu padre: si alguna vez quiere ver a nuestro hijo… —acarició deliberadamente su vientre—, tendrá que devolverte con tu madre. O algo por el estilo. Mientras Nina intentaba encontrar palabras para protestar y Zacarías digería la situación, Ksenia cogió su maleta, ya preparada, y salió del piso. La verdad, no estaba embarazada. Solo quería poner nerviosa a la niña y dar una lección a un hombre que claramente no sabe nada de psicología infantil…
Ni hablar, Lucía se viene a vivir con nosotros y punto sentenció Eloy, dejando la cuchara sobre el mantel
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034
Ya está bien la cosa: el día en que una nuera española se planta ante su suegra perfecta y el marido por fin toma partido
Lucía, ¿es que ya no aspiras nunca? Mira cómo está el suelo. De tanta pelusa, hasta me lloran los ojos, hija.
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022
Vete y no regreses jamás —¡Vete, ¿me oyes?! –susurraba Miguel con lágrimas en los ojos–. ¡Vete y no vuelvas nunca! Jamás. Con manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de metal y arrastró a Berta hasta la valla; al abrir de par en par la puerta, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no entendía lo que pasaba. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo pido –repitió Miguel, abrazando a la perra–. No puedes quedarte aquí. Él en cualquier momento volverá y… En ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche Basilio, ebrio y con un hacha en la mano… ***** Si las personas pudieran imaginar, aunque solo por un instante, lo dura que puede ser la vida de los perros que terminan en la calle sin quererlo, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y pena, y no con desprecio y desaprobación, como suele ocurrir. Pero, ¿cómo va a saber la gente por lo que tienen que pasar nuestros amigos de cuatro patas? ¿Cómo va a saberlo si los perros no pueden contarlo? Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan dentro. Pero yo sí os lo contaré: una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta fue indeseada desde muy pequeña. ¿Por qué no agradó a su primer dueño? Eso nadie lo sabe con certeza. Tal vez simplemente por haber nacido. Y a su dueño no se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorrita, que apenas tenía dos meses, a un pueblo cercano y… …dejarla en la cuneta. Así, sin más. Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizás algún vecino la habría acogido. En vez de eso, la abandonó junto a la carretera y regresó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada. Un paso en falso y la pequeña Berta podría haber acabado bajo las ruedas. Quizás eso era justo lo que su dueño esperaba. Y aunque no fuera ese el final, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido mucho: demasiado pequeña. Pero aquel día tuvo suerte. Ese día una personita aún sin nombre conoció a Miguel. Y eso le salvó la vida. Resultó que ESE DÍA el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva y el chaval, que acababa de cumplir catorce años, salió a “estrenar” su regalo. —No salgas del pueblo —le gritó Toñi cuando su hijo montó en su “caballo de hierro” y, acelerando con ansia, se fue calle abajo—. ¿Me has oído, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel feliz—. Todo irá bien… Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles no habían sido arregladas desde hacía siglos: baches por doquier y ni caminar era seguro. Habían asfaltado hacía un mes la carretera principal que unía el pueblo con la ciudad y a Miguel le apetecía rodar con el viento por ella. Además, un sábado apenas pasaban coches por allí: la gente descansaba en casa. Ya de vuelta, casi en la carretera, Miguel vio al borde del asfalto un cachorro que corría de un lado a otro sin sentido. Ora se lanzaba hacia los coches, ora se apartaba justo antes de ser atropellada. Daba pavor verlo. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?”, pensó Miguel, bajando de la bici. La dejó en la hierba y se acercó deprisa al animalito… ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel al entrar sonriente en casa—. Alguien lo ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármelo? Es tan bueno… —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Toñi—. ¡Si te lo dije! —Mamá, solo llegué hasta la carretera y volví —el chico bajó la vista, apenado—. Si no llego a recoger a la perra, habría muerto allí… —¿Y tú? —suspiró Toñi—. ¿No pensaste en ti, hijo? ¿Y si te pasa algo en esa carretera? Es peligroso, sobre todo en bici… —No volverá a pasar, te lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Yo la cuidaré. Además, siempre he querido un perro. Y hoy es mi cumpleaños… —Vaya, tu cumpleaños —negó con la cabeza Toñi—. Y mira que poco castigo tienes por no obedecer… Miguel abrazó fuerte a la perrita, temeroso de que los padres se la quitaran. —Toñi, no le regañes tanto, que ya no es un niño pequeño —intervino el padre, de buen humor tras un par de copas—. Hoy cumple nada menos que catorce años. Y el cachorro no es cualquier cosa, ¡es de raza! Nos cuidará el patio. Déjale, hijo, puedes quedártelo. —Pues si papá está de acuerdo, yo tampoco me opongo —sonrió Toñi, mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel no cabía en sí de contento. Ese mismo día la llamó Berta. Se dio cuenta enseguida de que era una hembra: una perra buena y cariñosa que conectó de inmediato con Miguel. Y el chico, olvidándose incluso de su bici nueva, pasaba todo el día con su amiga peluda. ¿Y qué podía salir mal? El cachorro estaba a salvo, Miguel, feliz con la perra que tanto había soñado… Hasta sus padres, antes tan reacios, le veían radiante. ¿Colorín, colorado? Ojalá… La desgracia llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su empleo y se echó a la bebida. Se gastó todo el dinero ahorrado con Toñi y no hubo forma —ni lágrimas ni súplicas— de hacerle entrar en razón. Ya todo le molestaba. El alcohol lo volvía otra persona: frío, cruel, violento… A veces incluso golpeaba a la esposa, por cualquier motivo o ninguno. Toñi prohibió a Miguel acercarse cuando su padre se enfurecía: mejor no tentar la suerte. Cuando el ambiente se ponía imposible en casa, Miguel salía al patio y acariciaba a Berta en silencio. Ella lamía sus mejillas saladas y le daba consuelo. Una vez, incluso el propio Miguel acabó recibiendo golpes: solo por jugar con Berta. Basilio le llamó a gritos, lo agarró y le propinó un par de bofetones. Berta, siempre tan dócil, de pronto se encaró al padre con furia, ladrando como una fiera… Miguel aprovechó la confusión para soltarse. Pero entendió lo que venía. Su padre volvería, seguramente armado. ¿Qué podía hacer? —Vete, ¿me oyes? —susurraba llorando a Berta—. ¡Vete y no vuelvas nunca! La desató y la empujó fuera, abriendo la puerta del patio de par en par. Berta no entendía nada. ¿La echaban? ¿Por qué? —Vete, por favor —repitió Miguel, abrazándola—. No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces Basilio salió de la casa, tambaleándose y con un hacha en la mano… —¡Miguel! —bramó—. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dicho que lo hagas? —Papá, no por favor —suplicó Miguel, retrocediendo. —¿No por favor, qué? ¡La perra me desafió y ahora yo le enseñaré quién manda! —No lo hagas, Basilio —gritó Toñi, volviendo justo de hacer la compra—. ¡Es solo una perrita! ¡La vas a matar! —No me vengas con tonterías. Esa chucha sabrá quién manda aquí. Miguel sabía que no podía retrasarlo más. Le miró a los ojos, besó su hocico y la empujó hacia la calle: —¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos, Berta. Basilio rugió al comprender que Miguel quería salvar a la perra. Berta miró por última vez a Miguel y corrió hacia el bosque. —¡No vuelvas nunca, Berta, o él te matará! —gritó Miguel. ***** Han pasado siete años desde aquel día. Siete años de espera para Berta, aguardando un milagro y la esperanza de reencontrar a Miguel. Pero cada año la esperanza menguaba, porque ni Miguel ni Toñi volvieron jamás al pueblo. Regresó meses después, pero ya no había ni casa ni familia… Deambuló de aldea en aldea, hasta que un viejo la recogió en la carretera. Era un hombre bondadoso, aunque solitario y bebedor, que trabajaba de vigilante en el cementerio. Allí Berta aprendió a hacerle compañía en sus noches de tristeza, escuchando sus pesares y dándole refugio. Un día, paseando entre tumbas, Berta encontró la de Basilio: —Ese fue el que acabó calcinado en su propia casa —explicó el viejo—. Su mujer y su hijo escaparon al fin. Nadie en el pueblo le echa de menos… Cinco años vivió Berta junto al vigilante, pero cuando él faltó, se quedó de nuevo sola. Decidió quedarse en el cementerio. Era un lugar tranquilo para esperar la muerte. Hasta que, al llegar el primer invierno, sucedió lo inesperado: Un día escuchó voces junto a la tumba de Basilio. Era Miguel, convertido ya en hombre y acompañado de su pareja, Oksana, que le pedía que perdonara a su padre para poder dejar atrás los fantasmas. Miguel lo hizo… Sin saber que a su espalda lo estaba viendo Berta. Ella le reconoció al instante y, aunque habían pasado siete años, ambos corrieron el uno hacia el otro, fundiéndose en un abrazo que borró de golpe todos los sufrimientos. ***** Miguel se llevó a Berta consigo. Ella se hizo amiga de Oksana y juntos formaron una familia: primero tres, luego cuatro (gracias a un gatito recogido por Berta), y finalmente cinco cuando nació Nikita, su hijo. Tiempo después, Miguel reconstruyó la casa rural y cada verano volvían allí todos juntos. A pesar de todas las desgracias, tanto Miguel como Berta tuvieron finalmente una vida feliz.
Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos Vete y no vuelvas jamás.
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013
BARBA CANA, ALMA LOZANA: “Tú siempre me mentiste. Doy por terminada nuestra correspondencia. Muy decepcionado de las mujeres. ¿Cómo has podido fingir y mentir durante tanto tiempo? Yo quería casarme contigo y has echado todo por tierra. No se puede empezar una vida en común con mentiras y desconfianza. Adiós. No me escribas más. No contestaré. Tu ex caballero.” Esto es lo que me escribió un inglés. Llevábamos casi un año escribiéndonos, todo iba encaminado a nuestro encuentro en Sheffield, en su tierra. Pero nunca ocurrió… Por entonces tenía cuarenta y nueve años, hacía tiempo que me había divorciado y ya tenía hijos y nietos. Quería sentirme mujer una vez más, que los años van corriendo. Mis hijos ya tienen sus intereses. Yo no podía quedarme entre cuatro paredes recordando viejos tiempos, acabando por amargarse, tejiendo calcetines kilométricos o bordando sábanas a punto de cruz. Mis amigas están casadas, atadas a su hogar y su familia. Revisé a conciencia todos los “pretendientes” del trabajo, pero ninguno me convenció. Siguiendo el consejo de una compañera, entré en una web de citas. Total, no tenía nada que perder. Rellené un largo cuestionario, me describí lo mejor posible y colgué una foto favorecedora. Y me senté a esperar el milagro, sin escribir yo a los hombres, guardando la dignidad. Al par de semanas, recibo un único correo, que leo con emoción sentada en mi casa de Albacete. Era un inglés, Connor, de 59 años, empresario, divorciado, con dos hijos adultos. En la foto, elegante, apuesto y distinguido, frente a una casa de tres plantas. Me propone conocernos. Y por qué no, quizá casarnos luego… La felicidad parecía a un paso, bastaba escribir bien la respuesta. Me daban ganas de contestar que sí, que me plantaba en Sheffield y me casaba ya mismo, o como lo llamen allí. Pero fingí ponerme difícil: “Demasiados candidatos, no me da la vida para todos… No se ofenda, señor Connor.” Connor fue cortés y fino: “Es natural, una mujer como usted cautiva a muchos hombres, incluyéndome.” Supe en ese instante que yo, dama española de provincias, podía encontrar príncipe extranjero. Comenzamos una correspondencia diaria, confidencial y tierna. Parecíamos hechos el uno para el otro. ¿Por qué habríamos nacido en países distintos? Connor me llamaba “mi Rosa Misteriosa”, yo lo bauticé “mi caballero”. Yo ya no podía vivir sin sus cartas. Me veía casada, paseando por una gran casa inglesa, charlando cada mañana con mi esposo. Cuanto más nos conocíamos, más sentía que el destino nos unía. Llegué a decir a mis hijos que pronto me iría, que les dejaba el piso, que dejaría el trabajo. Ellos, mi hijo y mi hija, intentaron devolverme a la realidad: — Mamá, ¿estás bien? ¿Te has vuelto loca? Casi en la jubilación, y tú pensando en casarte… ¿A qué vas allí? Tu inglés es casi tan mayor como tú, pronto estará enfermo, y te tocará hacer de enfermera… Piénsatelo, mamá, no vayas tan rápido a servir a un inglés. Pero yo no les hice caso. ¡Quería ser lady, y punto! Me compré ropa nueva, cambié de peinado, pulí mis modales. Esperaba el visado cuando, de repente, recibo la dura carta de Connor: “Tú no eres ninguna Rosa Misteriosa, sino una mentirosa cualquiera. No me escribas — no responderé.” No entendía nada. ¿Cuándo mentí yo? Dándole mil vueltas, acabé escribiéndole de nuevo… Esperé medio año en vano su respuesta. Cuando ya lo tenía olvidado, y estaba a punto de dejar a mis hijos el piso, llegó una carta de “mi caballero”: “Rosa Misteriosa, perdóname. He estado ingresado largo tiempo, pensando que iba a morir. No quise preocuparte. Encargué a mi hijo Oliver seguir nuestra correspondencia. Le pedí discreción, pero me dijo que tú habías cortado el contacto de repente. ¿Por qué? Ahora estoy de nuevo saludable y dispuesto a recibirte como esposa en mi casa.” Leí la carta varias veces y rompí a llorar. No supe qué contestar. Oliver no quería que su padre se casara. Él fue quien me acusó injustamente de mentir. Pensándolo bien, imagina que viajo a Sheffield y el hijo, en cualquier ocasión, me envenena el desayuno o llena de mentiras los oídos del padre… Connor seguro que cree antes a su hijo, y adiós “diosa” y adiós palacio. ¿Para qué pasar por eso? Que resuelvan ellos sus líos familiares. …Y además mis nietos van al cole en septiembre. Hay que repasar con ellos lectura y cuentas, y no vendrá mal escaparse al chalet a plantar tomates o regar las flores. Que lo propio, como dice el refrán, hasta al conejo le tira el monte. Descansaré de nuevas aventuras sentimentales. Demasiada energía gastan. Y la vida va pasando, sin esperas. —¡Buenos días, vecina! No esperaba verte, llevabas tiempo sin venir. ¿Preocupaciones, o te has casado? —el vecino no me dejaba en paz, mirando con picardía. —¡Hola, Nicolás! Pues sí, te he echado de menos. ¿Tú no has encontrado novia en mi ausencia? ¿Me echas una mano con la leña? Te invito a un té luego. Se me han acumulado las tareas, no te haces una idea…— no cabía en mí de la alegría al verle. —¿Qué dices, Anita? ¿Cómo iba a casarme, si la novia llevaba un año sin aparecer?— y me sonrió con su socarronería habitual. —¿Cómo es eso?— quise seguir el juego, aunque había entendido perfectamente. —Cásate conmigo, Anita. ¿Qué más vamos a esperar? Nos conocemos hace cien años… Como dice el dicho: “Árbol viejo cruje, pero vive”. Y así es: Mi pretendiente tendrá barba cana, pero un alma hermosa. …Llevamos siete años felices de matrimonio.
BARBA CANOSA, PERO ALMA HERMOSA ¡Me has mentido todo este tiempo! No quiero seguir con esta correspondencia.
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053
Ya está bien la cosa: el día en que una nuera española se planta ante su suegra perfecta y el marido por fin toma partido
Lucía, ¿es que ya no aspiras nunca? Mira cómo está el suelo. De tanta pelusa, hasta me lloran los ojos, hija.
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0159
Ahora tendrás tu propio hijo, y a ella le toca volver al orfanato —¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero? —preguntó doña Luisa, con fastidio, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Ya sabe usted tan bien como yo que llevamos tres años intentando tener un hijo —suspiró con pesar Cristina. Cada visita empezaba siempre igual. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Sergio tenían problemas. —Eso mismo digo yo. Lleváis casados un montón de tiempo y, sin embargo, el niño no llega —se burló la mujer con desdén—. Seguro que tuviste una juventud… movidita. —Doña Luisa, ¿me está insinuando algo? —Cristina no aguantó más y cerró el portátil de golpe. Trabajar, desde luego, ya no podría. —¿Le he dado motivos acaso? Y, en general, ¡deje de hablarme en ese tono! —¿Y si no… qué? —La suegra fingió sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Sergio? ¿No temes que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de golpe. Por supuesto, Cristina no pensaba decirle nada a su marido. No porque él fuera a ponerse de parte de su madre, sino simplemente por no preocuparle. ************************************************** Desde el primer día, la relación entre Cristina y su suegra no iba bien. A doña Luisa no le gustaba nada de ella: la encontraba demasiado sencilla, le disgustaba su forma de vestir, de cocinar… La lista era interminable. Se opuso rotundamente al noviazgo y presionó a su hijo, aunque él supo hacerse valer. Se casaron. Durante un tiempo, la suegra pareció calmarse, y mudarse a un piso lejos de la familia ayudó. Pero pronto Luisa encontró otra cosa que criticar: la ausencia de hijos. Al principio Cristina intentó quitarle hierro, diciendo que todavía eran jóvenes, que quería centrarse en su carrera… Pero la suegra insistía en que debían tener hijos cuanto antes, y mejor más de uno. La joven se rindió ante la insistencia de la suegra. Pero entonces llegaron los problemas. Tres largos años de análisis y tratamientos sin resultado. Un médico sugirió que quizá el estrés influía. Luisa solo se rió y recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otro encontronazo con doña Luisa, Cristina trataba de distraerse mirando las redes sociales y vio fotos de niños. El corazón se le encogió: realmente quería ser madre, no por complacer a la suegra, sino por sí misma. De pronto, leyó un mensaje de una mujer que trabajaba en un centro de acogida. Pensó en la posibilidad de acoger a un niño sin familia. Se imaginó con un bebé sonriendo y al instante buscó información. La burocracia era enorme, con papeles, certificados médicos y demás, pero las ganas pesaban más que el miedo. Solo faltaba el sí de Sergio. A ella le inquietaba la reacción de su marido, pero, para su sorpresa, aceptó sin poner pegas, solo sugirió acoger a un bebé de la casa cuna. Decidido. Al poco tiempo, su familia creció con la llegada de Angelines, una preciosa niña de cinco meses. Tanto Sergio como Cristina se enamoraron de ella nada más verla. La única que se oponía era, por supuesto, doña Luisa, aunque nadie le preguntó. Sergio incluso amenazó con mudarse a otra ciudad si su madre seguía con sus escenas. Así que tuvo que fingir ante los demás que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines acabó primero de Primaria y tenía muchísimos amigos. Era una niña adorable, responsable y cariñosa. Cristina no podía estar más orgullosa de su hija. Aquel verano, toda la familia se fue de vacaciones a la costa: sol, olas, arena blanca… Felicidad absoluta, con la suegra bien lejos. Al final del viaje, Cristina no se encontraba bien, aunque no dijo nada para no preocupar a nadie. Pero, de vuelta a casa, fue al médico. Sergio, atento como siempre, lo notó. Insistió en regresar, prometiendo unas nuevas vacaciones en Navidad. Ella aceptó a regañadientes. Los resultados sorprendieron a ambos: ¡Cristina estaba embarazada! La noticia hizo especialmente feliz a Angelines, entusiasmada con la idea de ser hermana mayor. Luisa no se enteró hasta meses después, cuando la barriga de Cristina era evidente. Aprovechó un momento en casa a solas para aparecer sin avisar. —No te pregunto por qué no me lo dijiste antes —soltó nada más cruzar el umbral, estudiando la barriga—. Tengo otra pregunta. —¿Cuál? —a Cristina le entró mala espina. —¿Cuándo vais a devolver a Angelines al orfanato? —preguntó muy seria—. Ahora que vais a tener un hijo vuestro, la adoptada debe volver. Cristina se quedó helada. ¿Cómo se podía decir algo así de una niña que ya era parte de su familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó Luisa, mirándola con exigencia—. ¿Cuándo? —¡Váyase! —le espetó Cristina, a punto de saltar—. ¡Y no vuelva nunca más! Tras echar a la suegra, Cristina intentó serenarse. ¿Avisar a Sergio? Hoy tenía una reunión importante… Pero tendrían que hablarlo. ********************************************* Luisa se fue directamente a la oficina de su hijo. Sin atender a la secretaria, irrumpió en su despacho. —¡Tu mujer acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera! —Y hola a ti también —suspiró Sergio—. ¿Qué le has dicho para que mi paciente esposa reaccionara así? —Solo pregunté cuándo vais a devolver a esa niña al orfanato —Luisa se sentó indignada—. Por fin vais a tener un hijo propio. Ahora todo el tiempo y el dinero deben ser para él. —¿Pero cómo se te ocurre tal barbaridad? —Sergio apretó el bolígrafo con rabia hasta partirlo—. No vamos a devolver a Angelines. Es mi hija, te guste o no. —¿Y eso por qué? No es más que adoptada. Y ya mayorcita. Si se lo explicáis, lo entenderá. —Ni se te ocurra decirle nada —tiró el bolígrafo roto y golpeó el escritorio—. ¿Lo has entendido? —¿Y cómo piensas impedirlo? —se burló ella al marcharse—. Esa niña no tiene sitio en esta familia. Y haré todo lo posible para que así sea. Sergio miró la puerta cerrándose. La secretaria asomó indignada por haber dejado pasar a la visita, pero él no la oyó. Se quedó pensando. Debía tomar una decisión. Cogió el teléfono… **************************************** Cristina paseaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines jugando con su hermanito pequeño. Estaba siendo una hermana mayor ejemplar. En un banco cercano, dos señoras hablaban de sus nueras. Cristina no pudo evitar recordar a su suegra. Desde aquella visita, no habían vuelto a verla. Sergio, apenas una semana después, se llevó a toda la familia a vivir muy lejos del pueblo natal. Era la única forma de proteger a Angelines: su madre podría ir contando a todo el mundo que era adoptada. Ahora vivían tranquilos. Tenían una hija maravillosa, un hijo pequeño y pronto vendría un tercero. Sergio llamaba a veces a su padre. Así se enteró de que su madre seguía igual, solo que ahora había volcado toda su energía en su hija recién casada. Él sentía pena por su hermana, pero ella parecía más tolerante a tanta atención. Ellos tenían su propia vida, y Sergio la suya, feliz con su familia. No podía pedir más, y así deseaba que fueran felices los demás.
Ahora, tendrás tu propio hijo, y a ella le toca regresar al orfanato. ¿Cuándo va a ser que mi hijo vea
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055
Vete y no regreses jamás —¡Vete, ¿me oyes?! –susurraba Miguel con lágrimas en los ojos–. ¡Vete y no vuelvas nunca! Jamás. Con manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de metal y arrastró a Berta hasta la valla; al abrir de par en par la puerta, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no entendía lo que pasaba. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo pido –repitió Miguel, abrazando a la perra–. No puedes quedarte aquí. Él en cualquier momento volverá y… En ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche Basilio, ebrio y con un hacha en la mano… ***** Si las personas pudieran imaginar, aunque solo por un instante, lo dura que puede ser la vida de los perros que terminan en la calle sin quererlo, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y pena, y no con desprecio y desaprobación, como suele ocurrir. Pero, ¿cómo va a saber la gente por lo que tienen que pasar nuestros amigos de cuatro patas? ¿Cómo va a saberlo si los perros no pueden contarlo? Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan dentro. Pero yo sí os lo contaré: una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta fue indeseada desde muy pequeña. ¿Por qué no agradó a su primer dueño? Eso nadie lo sabe con certeza. Tal vez simplemente por haber nacido. Y a su dueño no se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorrita, que apenas tenía dos meses, a un pueblo cercano y… …dejarla en la cuneta. Así, sin más. Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizás algún vecino la habría acogido. En vez de eso, la abandonó junto a la carretera y regresó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada. Un paso en falso y la pequeña Berta podría haber acabado bajo las ruedas. Quizás eso era justo lo que su dueño esperaba. Y aunque no fuera ese el final, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido mucho: demasiado pequeña. Pero aquel día tuvo suerte. Ese día una personita aún sin nombre conoció a Miguel. Y eso le salvó la vida. Resultó que ESE DÍA el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva y el chaval, que acababa de cumplir catorce años, salió a “estrenar” su regalo. —No salgas del pueblo —le gritó Toñi cuando su hijo montó en su “caballo de hierro” y, acelerando con ansia, se fue calle abajo—. ¿Me has oído, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel feliz—. Todo irá bien… Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles no habían sido arregladas desde hacía siglos: baches por doquier y ni caminar era seguro. Habían asfaltado hacía un mes la carretera principal que unía el pueblo con la ciudad y a Miguel le apetecía rodar con el viento por ella. Además, un sábado apenas pasaban coches por allí: la gente descansaba en casa. Ya de vuelta, casi en la carretera, Miguel vio al borde del asfalto un cachorro que corría de un lado a otro sin sentido. Ora se lanzaba hacia los coches, ora se apartaba justo antes de ser atropellada. Daba pavor verlo. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?”, pensó Miguel, bajando de la bici. La dejó en la hierba y se acercó deprisa al animalito… ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel al entrar sonriente en casa—. Alguien lo ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármelo? Es tan bueno… —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Toñi—. ¡Si te lo dije! —Mamá, solo llegué hasta la carretera y volví —el chico bajó la vista, apenado—. Si no llego a recoger a la perra, habría muerto allí… —¿Y tú? —suspiró Toñi—. ¿No pensaste en ti, hijo? ¿Y si te pasa algo en esa carretera? Es peligroso, sobre todo en bici… —No volverá a pasar, te lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Yo la cuidaré. Además, siempre he querido un perro. Y hoy es mi cumpleaños… —Vaya, tu cumpleaños —negó con la cabeza Toñi—. Y mira que poco castigo tienes por no obedecer… Miguel abrazó fuerte a la perrita, temeroso de que los padres se la quitaran. —Toñi, no le regañes tanto, que ya no es un niño pequeño —intervino el padre, de buen humor tras un par de copas—. Hoy cumple nada menos que catorce años. Y el cachorro no es cualquier cosa, ¡es de raza! Nos cuidará el patio. Déjale, hijo, puedes quedártelo. —Pues si papá está de acuerdo, yo tampoco me opongo —sonrió Toñi, mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel no cabía en sí de contento. Ese mismo día la llamó Berta. Se dio cuenta enseguida de que era una hembra: una perra buena y cariñosa que conectó de inmediato con Miguel. Y el chico, olvidándose incluso de su bici nueva, pasaba todo el día con su amiga peluda. ¿Y qué podía salir mal? El cachorro estaba a salvo, Miguel, feliz con la perra que tanto había soñado… Hasta sus padres, antes tan reacios, le veían radiante. ¿Colorín, colorado? Ojalá… La desgracia llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su empleo y se echó a la bebida. Se gastó todo el dinero ahorrado con Toñi y no hubo forma —ni lágrimas ni súplicas— de hacerle entrar en razón. Ya todo le molestaba. El alcohol lo volvía otra persona: frío, cruel, violento… A veces incluso golpeaba a la esposa, por cualquier motivo o ninguno. Toñi prohibió a Miguel acercarse cuando su padre se enfurecía: mejor no tentar la suerte. Cuando el ambiente se ponía imposible en casa, Miguel salía al patio y acariciaba a Berta en silencio. Ella lamía sus mejillas saladas y le daba consuelo. Una vez, incluso el propio Miguel acabó recibiendo golpes: solo por jugar con Berta. Basilio le llamó a gritos, lo agarró y le propinó un par de bofetones. Berta, siempre tan dócil, de pronto se encaró al padre con furia, ladrando como una fiera… Miguel aprovechó la confusión para soltarse. Pero entendió lo que venía. Su padre volvería, seguramente armado. ¿Qué podía hacer? —Vete, ¿me oyes? —susurraba llorando a Berta—. ¡Vete y no vuelvas nunca! La desató y la empujó fuera, abriendo la puerta del patio de par en par. Berta no entendía nada. ¿La echaban? ¿Por qué? —Vete, por favor —repitió Miguel, abrazándola—. No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces Basilio salió de la casa, tambaleándose y con un hacha en la mano… —¡Miguel! —bramó—. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dicho que lo hagas? —Papá, no por favor —suplicó Miguel, retrocediendo. —¿No por favor, qué? ¡La perra me desafió y ahora yo le enseñaré quién manda! —No lo hagas, Basilio —gritó Toñi, volviendo justo de hacer la compra—. ¡Es solo una perrita! ¡La vas a matar! —No me vengas con tonterías. Esa chucha sabrá quién manda aquí. Miguel sabía que no podía retrasarlo más. Le miró a los ojos, besó su hocico y la empujó hacia la calle: —¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos, Berta. Basilio rugió al comprender que Miguel quería salvar a la perra. Berta miró por última vez a Miguel y corrió hacia el bosque. —¡No vuelvas nunca, Berta, o él te matará! —gritó Miguel. ***** Han pasado siete años desde aquel día. Siete años de espera para Berta, aguardando un milagro y la esperanza de reencontrar a Miguel. Pero cada año la esperanza menguaba, porque ni Miguel ni Toñi volvieron jamás al pueblo. Regresó meses después, pero ya no había ni casa ni familia… Deambuló de aldea en aldea, hasta que un viejo la recogió en la carretera. Era un hombre bondadoso, aunque solitario y bebedor, que trabajaba de vigilante en el cementerio. Allí Berta aprendió a hacerle compañía en sus noches de tristeza, escuchando sus pesares y dándole refugio. Un día, paseando entre tumbas, Berta encontró la de Basilio: —Ese fue el que acabó calcinado en su propia casa —explicó el viejo—. Su mujer y su hijo escaparon al fin. Nadie en el pueblo le echa de menos… Cinco años vivió Berta junto al vigilante, pero cuando él faltó, se quedó de nuevo sola. Decidió quedarse en el cementerio. Era un lugar tranquilo para esperar la muerte. Hasta que, al llegar el primer invierno, sucedió lo inesperado: Un día escuchó voces junto a la tumba de Basilio. Era Miguel, convertido ya en hombre y acompañado de su pareja, Oksana, que le pedía que perdonara a su padre para poder dejar atrás los fantasmas. Miguel lo hizo… Sin saber que a su espalda lo estaba viendo Berta. Ella le reconoció al instante y, aunque habían pasado siete años, ambos corrieron el uno hacia el otro, fundiéndose en un abrazo que borró de golpe todos los sufrimientos. ***** Miguel se llevó a Berta consigo. Ella se hizo amiga de Oksana y juntos formaron una familia: primero tres, luego cuatro (gracias a un gatito recogido por Berta), y finalmente cinco cuando nació Nikita, su hijo. Tiempo después, Miguel reconstruyó la casa rural y cada verano volvían allí todos juntos. A pesar de todas las desgracias, tanto Miguel como Berta tuvieron finalmente una vida feliz.
Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos Vete y no vuelvas jamás.
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011
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