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027
Cada martes Liana apuraba el paso hacia el metro, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Aquella bolsa simbolizaba el fracaso del día: dos horas vagando en vano por centros comerciales sin una sola idea decente para regalar a su ahijada, la hija de su amiga. Masha, que a sus diez años ya no adoraba los ponis y ahora se interesaba por la astronomía, pero encontrar un buen telescopio sin gastar una fortuna resultaba una hazaña de dimensiones galácticas. Ya caía la tarde y bajo tierra se respiraba un cansancio especial, propio del final del día. Liana, esquivando la corriente de pasajeros que salían, consiguió llegar al acceso del ascensor. Fue entonces cuando su oído, aislado hasta ese momento del bullicio ambiente, captó con nitidez un retazo de conversación cargado de emoción. —Yo no me imaginaba que iba a volver a verle, te lo juro —dijo una voz joven y temblorosa tras ella—. Y ahora, cada martes, él es quien va a buscarla al cole. Él mismo. Llega con su coche y se van juntos al mismo parque de las atracciones… Liana se quedó inmóvil sobre el escalón que descendía en el ascensor. Incluso se giró fugazmente y vio a la chica hablar: llevaba un abrigo rojo encendido, el rostro inquieto y los ojos brillantes. La acompañante escuchaba, atenta, asintiendo. “Cada martes”. Ella también tuvo una vez ese día. Tres años atrás. No era un lunes, con su cuesta arriba, ni un viernes lleno de expectativas. Era el martes. El martes daba sentido a su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía corriendo del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura y cruzaba media ciudad para llegar a la escuela de música Glinka, en un viejo caserón de suelos crujientes. Recogía a Mark, un niño serio de siete años y una estuche casi tan largo como él. No era su hijo, sino su sobrino. El hijo de su hermano Antón, fallecido en un accidente terrible tres años atrás. Durante los meses tras el funeral, aquellos martes se convirtieron en una rutina de supervivencia. Para Mark, casi silente y ensimismado. Para su madre, Olga, rota y apenas capaz de levantarse. Para Liana, que intentaba recomponer los pedazos de sus vidas, erigiéndose en ancla, refugio, el pilar de esa tragedia. Recordaba cada detalle: cómo Mark salía de clase cabizbajo, sin mirar alrededor; cómo ella recogía el estuche, cómo él se lo entregaba en silencio. Camino al metro, le contaba algo divertido, una anécdota del trabajo, el día que un cuervo robó el bocadillo a una alumna. Un día de noviembre, bajo la lluvia, él preguntó: “¿Tía Lía, a papá tampoco le gustaba la lluvia?”. Ella, conteniendo punzadas de dolor y ternura, contestó: “La odiaba. Siempre salía corriendo al primer portal.” Entonces él le cogió de la mano, fuerte, como un adulto. No por miedo ni para que le guiara, sino intentando atrapar algo que se escurría: el recuerdo de su padre. En aquel apretón estaba toda la fuerza de su añoranza infantil, mezclada con la certeza de que papá había existido de verdad. Él corría a refugiarse de la lluvia. Él estaba allí, no solo en los suspiros, sino en ese aire mojado de noviembre, en aquella calle. Durante tres años su vida se dividió en “antes” y “después”. Y el único día auténtico, aunque doliente, era el martes. El resto eran fondo, espera. Se preparaba para él: compraba zumo de manzana para Mark, cargaba en el móvil dibujos animados para distraerse en el metro, pensaba temas de conversación. Después… Olga, poco a poco, salió adelante. Encontró trabajo. Y poco tiempo después, un nuevo amor. Decidió empezar desde cero lejos de los recuerdos. Liana ayudó con la mudanza, preparó el estuche de Mark y lo abrazó con fuerza en el andén. “Llámame, escríbeme. Siempre estaré aquí”, dijo, conteniendo las lágrimas. Al principio, Mark llamaba cada martes, puntualmente a las seis. Y ella volvía a ser la tía Lía, aprovechando quince minutos para preguntar por el cole, el violín, los nuevos amigos. Su voz era un hilo a través de cientos de kilómetros. Luego, las llamadas pasaron a ser cada dos semanas. Él fue creciendo. Había deberes, actividades, videojuegos. “Tía, perdona que la semana pasada no llamé, tuve examen”, escribía él, y ella contestaba: “No pasa nada, cariño. ¿Qué tal el examen?”. Sus martes ya no se marcaban por llamadas, sino por esperar mensajes que a veces no llegaban. Pero no se enfadaba. A veces escribía ella. Después, solo para los grandes días: cumpleaños, Navidad. Su voz era más segura, iba hablando menos de sí mismo y más con frases escuetas: “Todo bien”, “Seguimos”, “En clase”. El padrastro de Mark, Sergio, resultó ser un hombre tranquilo, que no intentó reemplazar a su padre, solo acompañarle. Eso era lo esencial. Hace poco nació su hermanita, Alina. En las fotos Mark la sostiene con torpeza y ternura. La vida, dura y generosa, se rehacía. Iban cerrando heridas con las ocupaciones de cada día, los cuidados del bebé, las tareas escolares. En esa nueva vida para Liana quedaba un pequeño rincón de “la tía de antes”. Y ahora, en el rumor sordo del metro, aquellas palabras al azar —“cada martes”— no sonaban como reproche, sino como eco. Como un saludo de aquella Liana que, durante tres años, llevó en sí misma una responsabilidad ardiente y un amor feroz, una herida abierta y un don inmenso. Aquella Liana sabía quién era: apoyo, faro, la pieza imprescindible en la rutina de un niño. Era esencial. La chica del abrigo rojo tenía su propio drama, su equilibrio complicado entre el dolor y las exigencias del presente. Pero ese ritmo, esa constancia de “cada martes”, era un idioma universal: el lenguaje de la presencia, que significa “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí este día, esta hora”. Ese lenguaje que Liana una vez hablaba con fluidez, y ahora casi olvidaba. El metro arrancó. Liana se irguió, mirando su reflejo en el cristal oscuro del túnel. Bajó en su estación, sabiendo ya que al día siguiente pediría dos telescopios idénticos —económicos pero buenos—. Uno para Masha. Otro para Mark, para enviárselo a casa. Cuando le llegara, le escribiría: “Mark, este es para que podamos mirar el mismo cielo, aunque estemos en ciudades diferentes. ¿Te parece si el próximo martes, a las seis, si hay buen tiempo, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos el reloj. Un beso, tía Lía”. Subió las escaleras hacia la ciudad, bajo el aire nocturno y frío. El siguiente martes ya no estaba vacío. Volvía a tener cita. No como obligación, sino como un pacto amable entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y una invisible, inquebrantable hebra familiar. La vida seguía. Y aún quedaban días para reservar. Para nombrar un pequeño milagro: mirar a la vez el cielo a cientos de kilómetros. Para un recuerdo ya sin dolor, solo calidez. Para un cariño que aprendió a hablar el idioma de la distancia, haciéndose más sereno, sabio y fuerte.
Cada martes Elena se apresuraba por el metro de Madrid, apretando entre los dedos una bolsa de plástico vacía.
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016
— Aquí es donde vivirá Diana, — afirmó el esposo al regresar de sus vacaciones.
Hoy ha sido un día que marcará un punto de inflexión. Andrés regresó de sus vacaciones. Dos semanas enteras
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0304
«Han pasado dos años: mi hija desapareció de mi vida y yo ya estoy casi en los 70…»
Han pasado dos años: mi hija se ha esfumado de mi vida y yo ya rozando los setenta Mi vecina, Concepción
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064
Llegué a la cena de Navidad con el pie enyesado y una grabadora en el bolsillo.
Llegué a la cena de Navidad con el yeso en la pierna y una grabadora en el bolsillo. Todos me miraron
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0149
Mi hermana se fue de viaje de negocios, así que me encargué de mi sobrina de cinco años durante unos días, y todo parecía normal… hasta la cena. Preparé un guiso de carne y se lo puse delante; pero ella solo lo miraba, perdida, como si no existiera. Cuando le pregunté con suavidad: “¿Por qué no comes?”, bajó la cabeza y susurró: “¿Hoy puedo comer?” Sonreí, confundida pero intentando tranquilizarla: “Por supuesto que sí.” En ese momento, rompió a llorar. Mi hermana, Marta, salió corriendo un lunes por la mañana, con la bolsa del portátil y esa sonrisa agotada que los padres llevan como una segunda cara. Ni siquiera pudo terminar de recordarme los límites de pantalla y la hora de dormir, cuando su hija de cinco años, Lucía, se aferró a sus piernas como si quisiera evitar que se marchara. Marta la apartó suavemente, le dio un beso en la frente y le prometió que volvería pronto. Y se cerró la puerta. Lucía se quedó quieta en el pasillo, mirando el hueco vacío donde había estado su madre. No lloró. No protestó. Solo se quedó callada, de esa forma que pesa demasiado para una niña de su edad. Intenté animarla; construimos una fortaleza de mantas, coloreamos unicornios y bailamos en la cocina con música tonta. Consiguió regalarme una pequeña sonrisa, de esas que parecen requerir esfuerzo. Pero conforme avanzaba el día, empecé a notar pequeñas cosas. Pedía permiso para todo. No preguntas de niños como “¿Puedo tomar zumo?”, sino detalles como “¿Puedo sentarme aquí?” o “¿Puedo tocar eso?” Incluso preguntó si podía reírse cuando conté una broma. Me pareció extraño, pero asumí que solo estaba adaptándose a estar sin su madre. Esa noche quise cocinar algo cálido y reconfortante: guiso de carne. Olía genial—carne hecha a fuego lento, zanahorias, patatas… el tipo de plato que te hace sentir seguro solo por tenerlo cerca. Le serví un bol pequeño con su cuchara y me senté enfrente. Lucía miraba el guiso como si fuese algo desconocido. No cogió la cuchara. Apenas pestañeaba. Su mirada fija en el bol, con los hombros encogidos, como si se preparara para algo que no debía llegar. Tras unos minutos, le pregunté con suavidad: “Cariño, ¿por qué no comes?” No contestó enseguida. Bajó la cabeza y, casi sin voz, susurró: “¿Hoy puedo comer?” Por un momento, mi cerebro no procesó sus palabras. Sonreí por reflejo, porque era lo único que podía hacer. Me incliné y le dije despacio: “Claro que sí, siempre puedes comer.” En cuanto escuchó eso, Lucía se vino abajo. Se agarró al borde de la mesa y rompió a llorar—grandes sollozos, temblando, no como quien está cansado, sino como alguien que lleva tiempo aguantando algo muy dentro. Y ahí entendí… que esto no era cuestión del guiso. Corrí y me arrodillé junto a su silla. Ella lloraba más fuerte, temblando entera. La abracé, esperando que se apartara, pero enseguida se aferró a mí, hundiendo la cara en mi hombro como si también necesitara permiso para eso. “Está bien,” le susurré, intentando mantener la calma aunque el corazón me latía muy fuerte. “Aquí estás segura. No has hecho nada malo.” Eso la hizo llorar más. Me empapó la camisa de lágrimas, y sentí cuán pequeña era en mis brazos. Los niños de cinco años lloran por zumo derramado, por un lápiz roto—pero esto era otra cosa, de tamaño duelo, de tamaño miedo. Cuando por fin se le pasó un poco, la miré con ternura. Tenía los mofletes rojos y la nariz moqueando. No quería mirarme a los ojos. Fijaba la vista en el suelo como si esperara un castigo. “Lucía,” le dije despacio, “¿por qué piensas que no puedes comer?” Dudó, retorciendo los dedos tan fuerte que se le pusieron pálidos. Luego susurró casi como guardando un secreto prohibido. “A veces… no puedo.” La habitación se quedó en silencio. Se me secó la boca. Intenté que mi cara siguiera suave. Sin pánico. Sin enfados. Sin emociones de adulto que pudieran asustarla. “¿Qué quieres decir, que a veces no puedes?” pregunté con cuidado. Se encogió de hombros y los ojos se le llenaron otra vez. “Mamá dice que como demasiado. O si me porto mal. O si lloro. Dice que tengo que aprender.” Sentí una punzada caliente y dolorosa en el pecho. No solo enfado—algo más profundo. La rabia de saber que a un niño le han enseñado a sobrevivir como no debería ser necesario. Tragué saliva y mantuve el tono tranquilo. “Cariño, siempre puedes comer. La comida no es algo que se pierde porque estés triste o porque te equivoques.” Lucía me miraba como si no pudiera creerlo. “Pero… si como cuando no toca… mamá se enfada.” No supe qué decir. Marta es mi hermana. La persona con la que crecí. La que llora en las películas y recoge gatos callejeros. No lograba entenderlo. Pero Lucía no mentía. Los niños no inventan reglas así si no las viven. Le pasé una servilleta, le limpié la cara y asentí. “Vale, pues mientras estés conmigo, la regla es que puedes comer cuando tengas hambre. Solo eso. Sin trampas.” Lucía pestañeó despacio, como si no pudiera entender algo tan sencillo. Cogí una cucharada de guiso y se la ofrecí como a una niña pequeña. Temblándole los labios, abrió la boca y la tomó. Luego otra. Comía despacito, mirándome de reojo con cada cucharada, como esperando que cambiara de idea. Después de unas cuantas, los hombros se le relajaron algo. Y de repente susurró: “He tenido hambre todo el día.” Se me apretó la garganta. Conseguí asentir sin que notara cuánto me afectaba. Después de cenar, le dejé elegir un dibujo. Se hizo un ovillo en el sofá con una manta, agotada de llorar. A mitad del episodio, cerró los ojos. Se quedó dormida con la mano sobre la barriguita—como queriendo asegurarse de que la comida no desapareciera. Esa noche, tras arroparla, me senté en la sala oscura, mirando el móvil, con el nombre de Marta brillando en la pantalla. Quise llamarla y pedirle explicaciones. Pero no lo hice. Porque si actuaba mal… quizá Lucía tendría que pagar. Al día siguiente, me levanté temprano y preparé tortitas esponjosas con arándanos. Lucía entró distraída, en pijama, frotándose los ojos. Al ver el plato, se detuvo como si encontrara un muro invisible. “¿Son para mí?” preguntó cauta. “Para ti,” le dije. “Y puedes repetir todas las que quieras.” Se sentó despacio. Miré su cara mientras probaba la primera. No sonrió. Parecía confusa, como si no pudiera fiarse de algo bueno. Pero siguió comiendo. Y después de la segunda tortita susurró: “Estas son mis favoritas.” El resto del día estuve pendiente de todo. Lucía se sobresaltaba si alzaba la voz—aunque fuera para llamar al perro. Pedía perdón constantemente. Si se le caía un lápiz, murmuraba “lo siento” como si esperase el mundo la castigase. Por la tarde, mientras hacía un puzle en el suelo, me preguntó: “¿Te vas a enfadar si no lo termino?” “No,” le dije, arrodillándome a su lado. “No me enfadaré.” Me miró buscando algo en mi cara, y lanzó otra pregunta que casi me rompe. “¿Me vas a seguir queriendo aunque me equivoque?” Me quedé congelada un segundo y la abracé. “Sí,” contesté firme. “Siempre.” Asintió contra mi pecho, como guardando la respuesta muy dentro. Cuando Marta volvió el miércoles por la tarde, parecía aliviada de ver a Lucía, pero también algo tensa—como temiendo lo que pudiera contar. Lucía corrió a abrazarla, pero fue un gesto cauteloso. No de esos que nacen del sentirse seguro, más bien como quien comprueba el ambiente. Marta me dio las gracias, dijo que Lucía había estado “un poco dramática últimamente” y bromeó con que seguro me había echado mucho de menos. Respondí forzando la sonrisa, pero el estómago se me encogía. Tras irse Lucía al baño, le dije en voz baja: “Marta… ¿podemos hablar?” Suspiró como si ya lo supiera. “¿De qué?” Le contesté sin subir la voz: “Anoche Lucía me preguntó si podía comer. Me dijo que a veces no puede.” La cara de Marta se tensó enseguida. “¿Te dijo eso?” “Sí,” respondí. “Y no lo decía de broma. Lloraba… como si tuviera miedo.” Marta desvió la vista. Tardó en responder. Y luego soltó demasiado rápido: “Es que es muy sensible. Necesita estructura. El pediatra dice que los niños necesitan límites.” “Eso no es un límite,” logré decir, aunque me temblaba la voz. “Eso es miedo.” Frunció el ceño. “Tú no lo entiendes, no eres su madre.” Quizá no. Pero tampoco iba a mirar a otro lado. Aquella noche, llegando a casa, me quedé sentada en el coche, mirando el volante, pensando en la vocecita de Lucía pidiendo permiso para comer. Pensando en cómo dormía con la mano en la tripa. Y me di cuenta de algo: A veces, lo más aterrador no son los moratones visibles. A veces son esas reglas que un niño cree tan profundas, que ni siquiera las cuestiona. Si estuvieras en mi lugar… ¿qué harías? ¿Confrontarías otra vez a tu hermana, llamarías a alguien para pedir ayuda, o intentarías primero ganar la confianza de Lucía y documentar lo que sucede? Cuéntame tu opinión—porque sinceramente, sigo buscando el camino correcto.
Mi hermana mayor, Inés, salió de viaje de negocios el lunes por la mañana, llevándose consigo el ordenador
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09
Hasta que llegue el autobús: Una historia de otoño madrileño, esperas compartidas y un encuentro especial en una parada, entre bufandas, hojas caídas y el primer frío, que acabará llevando a Vika y Nicolás desde el simple retraso de cada día hasta el calor de una casa, puentes construidos a medias, promesas bajo la nieve y el “sí, quiero” en una aldea de la sierra — o cómo perder el autobús puede unir dos vidas en Madrid.
Mientras no llegaba el autobús Finales de octubre en Madrid tienen ese aire denso y frío, un susurro
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033
— ¿De quién eres, pequeña?… — Anda, déjame llevarte a casa y entras en calor. La cogí en brazos. La llevé a casa; los vecinos, cómo no, enseguida estaban ahí — las noticias se esparcen rápido por el pueblo. — ¡Por Dios, Ana! ¿De dónde has sacado a la niña? — ¿Y qué vas a hacer con ella? — ¡Ana, te has vuelto loca! ¿Para qué quieres una hija? ¿Con qué vas a alimentarla? El suelo cruje bajo mis pies — tantas veces pienso que habría que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento. Me siento a la mesa, saco mi viejo diario. Las páginas, amarillas como hojas de otoño, pero la tinta aún guarda mis pensamientos. Afuera ventisca, la rama de la berza golpea la ventana como si quisiera entrar. — ¿Por qué tanto alboroto? — le digo. — Espera un poco, ya llegará la primavera. Es gracioso hablar con un árbol, pero cuando vives sola, todo parece cobrar vida. Tras aquellos tiempos horribles me quedé viuda — mi Esteban murió. Su última carta aún la conservo, ya gastada y desvaída de tanto releerla. Escribía que volvería pronto, que me amaba, que seríamos felices… Y a la semana lo supe. Dios no me dio hijos, quizás fue mejor — en aquellos años apenas había con qué alimentarse. El presidente del cooperativo, don Nicolás, siempre me consolaba: — No te apures, Ana. Eres joven, volverás a casarte. — Más no, — respondía firme. — Amé una vez, basta. Trabajaba en la cooperativa desde el amanecer hasta que caía el sol. El capataz, don Pedro, solía gritarme: — ¡Ana, hija, vete ya a casa, se te ha hecho tarde! — Ya llegaré, — respondía, — mientras tenga manos que trabajen, el alma no envejece. Mi corral era pequeño — la cabra Manuela, tan tozuda como yo. Cinco gallinas — me despertaban mejor que cualquier gallo. Mi vecina Clotilde, siempre de bromas: — ¿No serás pavo? ¿Por qué tus gallinas cacarean antes que todas? Cultivaba huerto — patatas, zanahorias, remolacha. Todo de nuestra tierra. En otoño hacía conservas — pepinillos, tomates, setas. En invierno, abrías un bote y parecía que volvía el verano a casa. Aquel día lo recuerdo como si fuera ayer. Marzo húmedo, gris. Por la mañana chispeaba, por la noche heló. Fui al monte por leña — había que encender la estufa. Tras las tormentas invernales, leña caída abundaba, solo había que recogerla. Encontré un buen haz, regresando a casa por el viejo puente escuché — alguien lloraba. Al principio pensé que era el viento jugando. Pero no, eran sollozos de niña. Bajé al puente, y allí estaba — una niña pequeñita, llena de barro, vestido rasgado y mojado, ojos asustados. Al verme, enmudeció, temblando como hoja de álamo. — ¿De quién eres, pequeña? — le pregunté suave, para no asustarla más. Guardaba silencio, solo movía los ojos. Labios azules de frío, manos rojas, hinchadas. — Estás helada, — murmuré. — Anda, ven, te llevo a casa y te doy calor. La cogí en brazos — ligera como una pluma. La envolví en mi pañuelo y la arrimé a mi pecho. Y pensé — ¿qué madre deja así a su hija bajo un puente? No me cabía en la cabeza. Tuve que dejar la leña — ahora lo importante era ella. De camino, la niña callaba, solo se aferraba fuerte a mi cuello con sus deditos fríos. La llevé a casa y los vecinos ya estaban allí — las noticias vuelan. Clotilde la primera: — ¡Por Dios, Ana, ¿de dónde has sacado a la cría? — La encontré bajo el puente, — contesté. — Parece abandonada. — ¡Madre mía! — exclamó Clotilde. — ¿Y qué vas a hacer con ella? — ¿Y qué iba a hacer? La dejo conmigo. — ¡Estás loca, Ana! — dijo la vieja Matilde. — ¿Para qué quieres una niña? ¿Con qué vas a alimentarla? — Con lo que tenga Dios, — sentencié. Antes que nada, encendí la estufa a todo lo que daba, puse a calentar agua. La niña llena de magulladuras, muy flaca, las costillas se marcaban. La bañé en agua caliente, le puse mi abrigo viejo — no había ropa infantil en casa. — ¿Tienes hambre? — pregunté. Asintió tímida. Le serví sopa de ayer, corté pan. Comía con ansia pero con cuidado — se notaba que antes era niña de casa, no callejera. — ¿Cómo te llamas? Silencio. ¿Miedo, o no sabía hablar? Le hice la cama en mi lecho, yo dormí en el banco. Varias veces en la noche desperté para mirarla. Dormía hecha un ovillo, sollozando. Al amanecer fui al ayuntamiento — había que avisar. El alcalde, don Juan Esteban, se encogió de hombros: — Nadie ha denunciado la pérdida de una niña. Igual alguien la ha dejado de la ciudad… — ¿Y qué hacemos? — Según ley, habrá que llevarla a la casa de acogida. Llamaré hoy mismo. Se me encogió el corazón: — Espera, Juan. Dame tiempo, quizá los padres aparecen. Yo la cuido mientras tanto. — Piénsalo bien, Ana. — No hay nada que pensar. Ya lo he decidido. La llamé María — como mi madre. Pensé que aparecerían sus padres, pero nunca vinieron. Mejor, porque yo ya la quería con todo mi corazón. Al principio costó — no hablaba nada, solo buscaba con la mirada algo en la casa, se despertaba de noche gritando, temblando. La abrazaba, le acariciaba la cabeza: — Ya está, hija, ya está. Ahora todo irá bien. De trapos viejos le cosí ropa. Los teñí en azul, verde, rojo. No era elegante, pero sí alegre. Clotilde, al verla, exclamó: — Ana, ¡tienes manos de oro! Pensé que solo servías para la azada. — La vida enseña a ser modista y niñera, — contesté, contenta por el halago. Pero no todos en el pueblo eran comprensivos. La vieja Matilde en especial; cuando nos veía, rezaba: — No es bueno, Ana. Meter un expósito en casa trae desgracias. Será que su madre no valía, por eso la abandonó. La manzana nunca cae lejos… — Cállate, Matilde, — le corté. — No te toca juzgar pecados ajenos. La niña ahora es mía, y punto. El jefe del cooperativo también dudaba: — Piénsalo, hija. Mejor que vaya al centro, allí la alimentarán y vestirán bien. — ¿Y quién la querrá? — pregunté. — En el centro hay huérfanos de sobra. Al final me ayudó — me traía leche, cereales. María fue cambiando poco a poco. Primero dijo palabras sueltas, luego frases. Recuerdo la primera vez que se rió — yo me caí del taburete colgando cortinas. Estaba en el suelo, quejándome, y ella soltó una carcajada de niña alegre. Hasta me quitó el dolor. Quería ayudar en la huerta. Le daba una azadilla pequeña — imitaba a mi lado con solemnidad. Aunque pisoteaba más hierbas que las que arrancaba, yo no la regañaba; me alegraba ver la vida floreciendo en ella. Pero la desgracia no tarda — cogió fiebre. Ardiendo, delirando. Fui al médico del pueblo, don Simón: — Por caridad, ¡ayúdame! Mejor se encogía de hombros: — ¿Medicinas, Ana? En todo el pueblo solo tengo tres aspirinas. Espera, quizá en una semana traen algo. — ¿¡Una semana!? — grité. — ¡No aguanta hasta mañana! Corrí entonces al hospital de la ciudad, nueve kilómetros de barro. Me rompí los zapatos, los pies llenos de ampollas, pero llegué. El médico joven, don Alejandro: — Espere aquí. Trajo medicinas y explicó cómo darlas: — No hace falta dinero, — dijo, — solo cuide bien de la niña. Tres días sin despegarme de su cama. Susurrando oraciones, cambiando compresas. Al cuarto la fiebre bajó, abrió los ojos y musitó: — Mamá, tengo sed. Mamám… Por primera vez me llamó así. Lloré — de felicidad, de cansancio, de todo. Y ella me secó las lágrimas con su manita: — Mamá, ¿te duele? — No, — contesté. — Lloro porque estoy contenta, hija. Después de aquello cambió del todo — cariñosa, habladora. Pronto fue a la escuela — la maestra la adoraba: — Qué niña tan lista, lo capta todo al vuelo. Con el tiempo, el pueblo aceptó la situación, ya no cuchicheaban. Hasta Matilde se ablandó — nos traía tartas. Se encariñó con María tras aquel invierno cuando la ayudó a encender la estufa. La anciana estaba postrada, sin leña. María se ofreció: — Mamá, ¿vamos a ver a doña Matilde? Está sola y pasará frío. Y se hicieron amigas — la vieja gruñona y mi niña. Matilde le contaba cuentos, le enseñó a tejer, y nunca más mencionó la mala sangre. Pasó el tiempo. María tenía ya nueve cuando preguntó por el puente. Una noche, mientras cosía calcetines y ella mecía a su muñeca: — Mamá, ¿recuerdas cómo me encontraste? El corazón me dio un vuelco pero me contuve: — Claro que sí, hija. — Yo también lo recuerdo un poco. Hacía frío. Y miedo. Alguien lloraba, luego se fue. Solté las agujas. Ella siguió: — No supe ver su cara. Solo su pañuelo azul. Y que decía mucho: “Perdóname, perdóname…” — María… — No te preocupes, mamá, no estoy triste. Lo recuerdo a veces. ¿Sabes? Me alegro de que me encontraras. La abracé fuerte, y tenía un nudo en la garganta. Cuántas veces pensé — ¿quién será aquella mujer del pañuelo azul? ¿Qué la llevó a dejar a su hija? Quizás hambre, quizá el marido bebía… Nunca se sabe. No soy yo quién para juzgar. Aquel día no dormí. Pensando en cómo la vida da vueltas. Vivía sola, creyendo que me castigaba la soledad. Y era preparación para lo más importante — acoger y dar calor a una niña perdida. Desde entonces, a menudo María preguntaba por su pasado. No oculté nada, solo procuré explicárselo sin herirla: — Hija, a veces la vida obliga a decisiones imposibles. Tal vez tu madre sufría mucho. — ¿Tú nunca lo hubieras hecho? — me miraba a los ojos. — Jamás, — dije firme. — Eres mi alegría, mi suerte. Los años volaron. María era la mejor de la clase. Venía corriendo a casa: — ¡Mamá, hoy recité un poema en el aula, y la maestra dice que tengo talento! Nuestra maestra, doña María, hablaba conmigo: — Ana, tu hija tiene que seguir estudiando. Hay que aprovechar su don para las letras, para los idiomas. ¿Has visto sus relatos? — ¿Dónde va a estudiar? — suspiraba yo. — Dinero no hay… — Yo la preparé gratis. Es pecado desperdiciar ese talento. La maestra empezó a ayudar a María. Por las tardes, en casa, con libros. Yo les llevaba té y mermelada, escuchando cómo hablaban de Cervantes, Galdós, Lorca. Y mi corazón feliz — mi niña aprende y comprende. En el instituto María se enamoró, de un chico nuevo que vino al pueblo con sus padres. Sufría, escribía versos y los guardaba bajo la almohada. Yo hacía como no me daba cuenta, pero sentía el amor — siempre así, dulce y amargo. Al graduarse, María pidió plaza en Magisterio. Le di todos mis ahorros. Vendí la vaca — me dolió dejar a Estrella, pero no había otra. — No, mamá, — protestaba María. — ¿Cómo vivirás sin vaca? — No pasa nada, hija, me las arreglaré. Hay patatas, y las gallinas ponen. Pero tú necesitas estudiar. Llegó la carta de admisión y el pueblo entero festejó. Hasta el presidente vino a felicitar: — ¡Bien hecho, Ana! Has criado una hija y la has hecho universitaria. Ahora tenemos quien nos represente. Recuerdo el día en que se fue. La acompañé a la parada del autobús. Me abrazó, y las lágrimas rodaron. — Te escribiré cada semana, mamá. Vendré en vacaciones. — Claro, hija, — respondí, aunque el corazón se me rompía. El autobús se fue, y yo seguí esperando en la parada. Clotilde se acercó y me abrazó: — Vámonos, Ana. Hay mucho que hacer en casa. — ¿Sabes, Clotilde? Soy feliz. Otros tienen hijos propios, y yo, uno que Dios me ha dado. Cumplió su promesa — escribía a menudo. Cada carta era una fiesta. La leía y releía, hasta aprender los párrafos. Me contaba sus estudios, sus amigas, la ciudad. Y entre líneas se veía — añora el pueblo, su hogar. En segundo curso conoció a su Sergio, estudiante también de historia. Empezó a mencionarlo en las cartas, como quien no quiere la cosa — yo noté que se enamoraba. En vacaciones lo trajo a conocerme. Buen muchacho, trabajador. Me ayudó con el tejado, con la valla. Los vecinos lo aceptaron; por la tarde en el porche contaba historias, todos embelesados. Se notaba — quería de verdad a mi María. Cuando venía de vacaciones, el pueblo se asomaba para ver la belleza que creció. Matilde, ya muy anciana, rezaba: — ¡Por Dios! Yo me oponía cuando la recogiste. Perdóname, vieja tonta. Mira qué felicidad trajo. Ahora es maestra en la ciudad. Da clase como la vieja María a ella. Casada con Sergio, viven felices. Me regalaron una nieta — Anita, como yo. Anita igualita a María de niña, pero más atrevida. Cuando vienen, no hay paz — todo le interesa, todo lo toca, todo lo explora. Y yo feliz — que grite, que corra. Una casa sin risas infantiles es como iglesia sin campanas. Aquí estoy, escribiendo en mi diario. Afuera otra vez ventisca. El suelo cruje, la berza golpea el cristal. Pero el silencio ya no pesa. Es calma y agradecimiento — por cada día, por cada sonrisa de mi María, por el destino que me llevó al viejo puente. En la mesa, la foto — María con Sergio y Anita. Junto está el pañuelo deshilachado, en el que la envolví aquella noche. Lo guardo como recuerdo. A veces lo acaricio, y vuelve el calor de esos días. Ayer llegó carta — María dice que espera otro bebé. Un niño. Sergio ya lo ha nombrado — Esteban, para honrar a mi marido. El linaje sigue, la memoria se conserva. El puente viejo ya no está; han hecho uno nuevo, de hormigón y fuerte. Paso poco por allí, pero cuando lo hago, siempre me detengo un rato y pienso: cuántas cosas puede cambiar un día, un accidente, el llanto de una niña en una noche húmeda de marzo… Dicen que la soledad es prueba del destino para que valoremos a quienes tenemos. Pero yo creo distinto — nos prepara para encontrar a quienes más nos necesitan. La sangre importa poco, lo que pesa es el dictado del corazón. Y el mío, aquella noche bajo el viejo puente, no se equivocó.
¿De quién eres, pequeña?… Ven, te llevo a casa para que entres en calor. La alcé en brazos.
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014
El hijo del tío Vania.
El hijo del tío Vázquez. La casa desvencijada del tío Vázquez estaba al margen del pueblo, y todo el
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092
Jamás imaginé que una broma inocente destruiría mi matrimonio antes incluso de empezar: tenía que ser la noche perfecta, después de meses de estrés, preparativos e ilusiones. Cuando salieron los últimos invitados y se cerró la puerta de la suite del hotel tras nosotros, por fin sentí que podía respirar. Quería hacer algo sencillo, tonto, nuestro: me escondí bajo la cama para asustar a mi recién estrenado marido —infantil, lo sé, pero sabía que le haría gracia. Pero él no entró. En vez de eso, oí el sonido firme de unos tacones sobre el parquet. Entró una mujer, con la seguridad de quien siente que ese sitio le pertenece. No reconocí su voz ni su perfume. Puso el móvil en altavoz y marcó un número. Cuando escuché quién respondió, todo mi cuerpo se heló. Era él. —¿Te has librado ya de ella? —apresuró la mujer—. Seguro que está dormida. Solo necesito esta noche. Después de la luna de miel, estará todo arreglado. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que lo escucharían. «¿Te has librado de ella?» «¿Arreglado?» ¿Qué significaba aquello? La mujer soltó una carcajada burlona, que me revolvió el estómago. —No me lo puedo creer. Casarte con ella solo por el dinero de su fondo de inversión… Y ella creyendo que la amas. Entonces todo encajó. El dinero de mi fondo de inversión personal —el que había transferido a nuestra cuenta común dos días antes de la boda porque él insistió en que era un gesto de unión. Sus palabras de que todo estaría “más seguro” gestionándolo él, porque “entendía de finanzas”. Bajo la cama, con polvo en la boca y el pelo, tuve que taparme la boca para no gritar. Seguían hablando como si yo fuera una moneda de cambio. —Mañana vendo el piso —dijo la mujer—. Tomas su parte y desapareces. Nunca lo sabrá. —Lo sé —contestó él—. Confía demasiado. Así es todo más fácil. En ese momento, algo dentro de mí cambió. El dolor se transformó en rabia. La rabia, en lucidez. La lucidez, en fuerza. Una parte de mí murió allí. Pero otra —que ni sabía que existía— despertó. El enfrentamiento Con las manos temblorosas, salí en silencio de debajo de la cama. La mujer, de espaldas, rebuscaba en su bolso. Me acerqué, respiré hondo y dije: —Qué curioso… yo también pensaba que confiaba demasiado. Se giró despacio, lívida. El móvil se le cayó de la mano, seguía en altavoz. Al otro lado se hizo el silencio… y después susurró: —Por favor… déjame explicártelo… —No me llames así —mi voz fue firme, aunque los ojos me ardían de lágrimas. Cogí el móvil, colgué la llamada y señalé la puerta. —Fuera. Ahora. Ella vaciló. Me acerqué aún más. —Si no sales tú, sales con la policía. Se marchó, sin mirar atrás. El plan No grité. No lloré. No rompí nada. Usé la misma arma que pensaban usar contra mí: la frialdad. Recogí mis cosas, pedí un coche y fui directamente a comisaría. Denuncié: la conversación, el intento de estafa, el plan para vender mi piso ilegalmente. Luego fui al banco. Bloqueé la cuenta común. Anulé tarjetas. Avisé a mi gestor. Después llamé a mi abogado —a las tres de la mañana— y le conté todo. No dormí esa noche. Pero no estaba rota. Estaba en pie de guerra. El final… y mi comienzo Cuando él volvió al hotel, me comunicaron que intentó hablar conmigo —pero ya era tarde. Nunca imaginó que yo sería la primera en marcharme. Mucho menos, que me iría más fuerte. En el divorcio no obtuvo nada. La investigación por fraude sigue en curso. Y la mujer, al ver el lío, desapareció. ¿Y yo? Pensé que aquella noche sería el final de mi vida amorosa. Pero fue el principio de mi libertad. Aprendí que la confianza no tiene precio —y cuando alguien la destruye, la persona que nace de las cenizas nunca vuelve a dejarse engañar del mismo modo. Nunca más. ¿Y tú? ¿Qué harías si, en una sola noche, la verdad pusiera tu mundo patas arriba?
Jamás imaginé que una broma inocente sería el detonante que acabaría con mi matrimonio antes, siquiera
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023
¿Y este tarrito para qué es, cariño? El niño ni levantó la vista. «Para comprarle una tarta al abuelo… él nunca ha tenido una.» Lo dijo con tal pureza y seriedad que a la madre se le hizo un nudo en la garganta antes siquiera de asimilar lo que escuchaba. Sobre la mesa sólo había unas monedas y un pequeño montón de céntimos, que él guardaba con el mayor de los cuidados, como si fueran un tesoro. No fue el dinero lo que le conmovió… Sino el corazón de ese niño, que aún no entendía de precios, pero conocía el verdadero valor de la gratitud. El abuelo cumplía años en una semana. Un hombre de manos gastadas, silencioso, acostumbrado a dar sin esperar. Nunca pedía nada. Pero un día, casi de broma, había dicho: «Yo nunca he tenido una tarta sólo para mí…» Palabras que para un adulto serían apenas una frase. Pero para el niño se convirtieron en una misión. Desde entonces: — Ahorraba las monedas en vez de gastarlas; — No compraba chucherías al salir del cole; — Vendió dos de sus dibujos; — Y cada noche metía otra moneda en ese tarrito que sonaba a esperanza. Llegó el domingo de cumpleaños. En la mesa, una sencilla tarta de pastelería. Una vela puesta de lado. Un niño temblando de emoción. Y un abuelo que se quebró en el acto. No lloró por el sabor. Ni por el tamaño. Ni por el precio. Lloró porque, por primera vez en su vida… alguien había pensado en él con un amor tan pequeño por fuera y tan infinito por dentro. Porque a veces el mayor gesto cabe en la hucha más humilde. Y, a veces, el amor más sincero viene de quien menos tiene… pero más siente.
¿Y para qué es este tarrito, cariño? La niña ni siquiera levantó la mirada. Para comprarle una tarta
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