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039
Cuida de tu abuela, no te costará nada
A ver, Begoña, que no te cueste nada empezó Doña Carmen, con esa voz que siempre da por sentado que todo
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01
—«Mi madre tenía uno igual», comentó la camarera mirando el anillo del millonario…🤵 Su respuesta la dejó sin habla y la hizo caer de rodillas… Una noche, en pleno centro de Madrid, en un café donde el aroma a café recién molido y flores frescas inundaba el ambiente y las paredes parecían vestidas de terciopelo, una camarera llamada Ariadna terminaba su jornada. El día había sido largo, pero las últimas horas siempre transcurrían con calma, sobre todo cuando el sol teñía el cielo de tonos rojizos y un nuevo cliente hacía su entrada en el restaurante. Él era don Leonardo Pérez, un hombre cuyo nombre conocía todo el mundo pero cuya vida privada estaba envuelta en misterio y rumores. Sus visitas siempre guardaban un halo especial. Ariadna, como siempre, era cortés y reservada, consciente de su necesidad de tranquilidad. Él pidió una cena ligera y una copa de Rioja. Mientras depositaba el plato, Ariadna reparó en el anillo de su mano izquierda: no era de oro ni de piedras preciosas, sino de plata envejecida, con un pequeño zafiro en el centro rodeado de diminutas estrellas grabadas a mano. Ariadna sintió un vuelco en el corazón. Con voz temblorosa, casi en un susurro, se atrevió a decir: —Disculpe… pero mi madre tenía un anillo idéntico. Esperaba una respuesta protocolaria o un gesto distante, pero don Leonardo la miró con unos ojos llenos de emoción. —¿Su madre se llamaba María? ¿María Villalba? El mundo se paró en seco para Ariadna. Aquel nombre solo lo conocían unos pocos. Su madre había fallecido hacía años, llevándose consigo el enigma de aquel anillo y de las viejas cartas que guardaba con tanto celo. —Sí… —balbuceó Ariadna—. ¿Pero cómo lo sabe usted…? —Por favor, siéntese… —indicó don Leonardo, no como una orden, sino como un ruego sincero. Ella se sentó, sintiendo temblor en las piernas. —Hace muchos años yo no tenía nada, salvo grandes sueños y un amor infinito. Estaba enamorado de su madre. Forjé ese anillo como símbolo de mi promesa y de mis más hondos sentimientos. Pero su familia no me consideró idóneo; la obligaron a casarse con otro… su padre. Yo entonces juré hacerme digno… pero cuando lo conseguí, ya era demasiado tarde. Ariadna reconoció, entre lágrimas, al hombre que su madre nunca había logrado olvidar. —Ella solía ponerse el anillo cuando la invadía la melancolía —susurró Ariadna—. Decía que le traía luz. —Una luz que nos engañó a los dos —musitó él—. Ahora lo tengo todo, menos lo que verdaderamente importa. Don Leonardo se quitó el anillo y se lo tendió a Ariadna. —Guárdelo usted. Es lo único que queda de lo que sentimos. Ella sintió el peso, no solo físico sino de la tristeza y el amor que unieron a sus padres y que, a pesar del tiempo, seguían latiendo. Aquella noche terminó su turno como enajenada. Ya en casa, buscó el diario de su madre y descubrió que, más allá de la historia contada por don Leonardo, había otra verdad: entre las cartas y fotos, emergía el nombre de Valentín, el verdadero amor de juventud de su madre; y don Leonardo, aquel hombre exitoso, había reescrito la historia para sí, ocultando sus propios errores. Al día siguiente, Ariadna se lo reveló todo a don Leonardo en el retiro del parque del Retiro, junto a la fuente principal. Entre confesiones y lágrimas, él pidió perdón por su cobardía y suplantó el mito por la verdad de un hombre vulnerable. Arianda no lo llamó padre: era demasiado tarde. Pero le ofreció su escucha y la opción de empezar de nuevo, como dos desconocidos con una historia en común. El tiempo les permitió crear una relación distinta, mientras dos anillos —reunidos en uno solo por un viejo joyero— colgaban del cuello de Ariadna, símbolo de aceptación y reconciliación. Cuando don Leonardo murió dos años más tarde, legado a Ariadna su diario y una nota de gratitud, ella comprendió que el eco más importante vive en el corazón de las personas y que el perdón auténtico transforma cualquier dolor en una serena memoria.
Mi madre tenía uno igual, murmuró la camarera, con los ojos fijos en el anillo del millonario…
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015
La chica estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas, y repetía con irritación:
Se recuerda, como si fuera un eco de los años pasados, aquel día en el Hospital Universitario La Paz
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031
—¡Sin mí no durarías ni un asalto! ¡No eres capaz de nada sin mí!— gritaba su marido, metiendo a toda prisa sus camisas en una bolsa enorme. Pero ella pudo. No se vino abajo. Quizá si se hubiera parado a pensar en cómo iba a apañárselas sola con dos niñas, se habría asustado y hasta habría perdonado la infidelidad. Pero no hubo tiempo: tenía que llevar a las niñas a la guardería y salir corriendo al trabajo. El marido, mientras tanto, regresó a casa hace apenas media hora, feliz como unas castañuelas con su nueva conquista y lleno de una seguridad que apestaba a egoísmo. Así que, abrochándose el abrigo, Tania daba órdenes claras y concisas: —Olga, ayuda a Anabel a cerrar el abrigo y vigila que coma bien en el cole; la profesora se ha quejado de que pone pegas a la papilla. —Alejandro, te pido que hoy mismo te lleves todo tu “patrimonio ganado con sudor”, y no me vengas con rodeos. Y deja la llave en el buzón cuando te vayas. Hasta luego. Olga nació exactamente media hora antes que Anabel y hacía el papel de “hermana mayor”. Ahora tienen cuatro años. Son muy listas y con carácter: si Olga se comerá la detestable papilla solo porque “hay que hacerlo”, Anabel defenderá su opinión: —Eso tiene grumos y yo no lo como. Por suerte la guardería está al lado, apenas diez minutos. Las niñas charlan y ayudan a Tania a distraerse de los fantasmas del futuro. En el trabajo, ni tiempo de pensar en el desamor: la consulta del centro de salud va cronometrada y después hay visitas domiciliaras. Solo al caer la noche, al ver en la entrada las perchas vacías donde solían estar las chaquetas de su marido, se da cuenta de que es de verdad: está sola. Pero no es de las que se rinden ni dramatizan. Todo debe seguir igual, o mejor aún. Siempre se puede venir abajo y quedarse lamentándose, o sentarse serenamente a pensar; buscar una salida y, si se puede, un poco de luz. Para empezar, toca hacer la cena. —¿Qué ha cambiado en casa desde que él se marchó?—se pregunta Tania mientras pica verduras—. ¿Qué hacía él? ¿Qué me toca asumir ahora? Nada que no pueda manejar. Solo tengo que reorganizar un poco el horario. Yo puedo. Todo está bien. Y va a ir a mejor. No quiero vivir pensando todo el rato si está o no con la amante. Prefiero ser libre. Más difícil, sí; pero también más tranquilo. Después de leer otro capítulo de “Las Aventuras de Pinocho” y arropar a las niñas, Tania fue al baño: tocaba tender la colada. Antes de acostarse se preparó una taza de té con su querida melisa, encendió una lámpara suave y se sentó a ordenar ideas y planear el día siguiente. Sus hijas son como dos gotas de agua—gemelas. Dos parece más complicado que uno, pero Tania nunca lo ha visto así. Hasta le extrañaba que la gente la compadeciera. —Estamos bien—contestaba siempre—. Nadie aquí se desvive. Sé apañarme. El agua hervía. Tania preparó el té, puso en la mesa una cesta de galletas y encendió la lámpara. Fuera hacía un tiempo horrible, nieve y lluvia; dentro, todo era calor y silencio, solo el tictac del reloj… Y entonces sonó el timbre. Tania, al ver a la vecina en la puerta, se sorprendió: aquella anciana siempre le había caído mal. Una pensionista solitaria que paseaba a su chucho pulgoso y contestaba el saludo con los labios apretados. Había visto al perro más de una vez husmeando en los contenedores. Debió de apiadarse la vieja y lo adoptó. Nadie la visitaba. Solo salía para hacer la compra y sacar a la perrita. —Perdona que moleste—dijo la anciana, enroscada en una toquilla de lana—, pero vi que tu marido sacaba las maletas al coche. ¿Te ha dejado? —Eso no es asunto tuyo—respondió Tania, cortante. —Tu marido no es de mi incumbencia. Solo quiero que sepas que si alguna vez necesitas ayuda, puedes contar conmigo. Para quedarme con las niñas, lo que sea. —Pase—la invitó Tania. ¿Cómo se llama?—preguntó sirviendo el té y acercándole la cesta de pastas—. —Me llamo Genoveva. Y tú eres Tania. Pues mira, hija—continuó la señora mientras partía una galleta—, no quiero inmiscuirme. Solo que sepas que si algún día necesitas algo, estaré encantada de ayudarte. Y no por dinero, ni mucho menos. Me haría ilusión, simplemente. Genoveva dio un sorbito y asintió: —Está buenísimo. ¿Es melisa? Yo en mi huerto cultivo de todo, también melisa. Vente en verano si quieres desconectar. Tengo sitio de sobra. Una manzana deliciosa… Tania miraba ahora a Genoveva y se preguntaba por qué pensaba que le caía mal. ¿Quizás por no hacerse la simpática ni preguntar si se las apañaba con las mellizas? No se metía en su vida privada, como otros, solo pasaba en silencio. Y Tania pensaba que era creída o altanera. Pero ahí estaba, sin preguntar por el marido, sin remover la herida, solo tendiéndole la mano. Tania la miró de otro modo: iba limpia, con zapatillas nuevas, el pelo recogido en moño, un vestido con cuello de blonda. Olía a un perfume ligero, agradable. Disfrutaba escuchando relatos de huertos, manzanos, un pequeño baño de leña, los patos glotones del lago… y poco a poco las preocupaciones se disipaban y sentía el corazón más cálido. Tania lo recuerda todo perfectamente, aunque hayan pasado cinco años. Se acuerda de los gritos de su marido: —¡Te hundirás! ¡No podrás! Pero eso ya es historia. Genoveva corta manzanas con agilidad, las decora sobre la masa y mete la bandeja al horno. Las ensaladas listas, el guiso burbujeando en el fuego. Hoy es el cumpleaños de la mejor vecina del mundo. Agosto en plena efervescencia. Las puertas y ventanas abiertas de par en par en la acogedora casa de campo. El aroma a tarta de manzana lo inunda todo. —¡Cuánto me ayudó!—piensa Tania mirando emocionada a la anciana arrebolada por el horno—. ¿Qué habría hecho yo sin ella? Las niñas se mueren por la abuela Genoveva. Y pensar que la hubiese podido rechazar… Ahora las gemelas tienen nueve años, van al cole. Y no hay verano que no pasen aquí: lago, amigos y la abuela más buena. —Voy a coger más manzanas, vamos a preparar compota—dice Tania saliendo al jardín con la cesta. A la sombra bajo el manzano descansa la perra Alba. ¿Quién iba a decir que aquella chucha desgreñada sería esta preciosidad de labradora? —Todo es amor. Solo el amor nos salva—piensa Tania, tendiéndole a Alba una galleta en la palma…
¡Sin mí no podrías sobrevivir! ¡No eres capaz de nada! gritaba su marido mientras doblaba apresuradamente
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021
Destinos de mujeres. Mariana Cuando falleció la abuela Anastasia, la tristeza se apoderó por completo de Mariana. Según la suegra, la joven no encajaba en la familia: demasiado flaca, poco trabajadora y vete tú a saber si una chica tan rara podría darle nietos. Mariana lo aguantaba todo, pero cuando sentía que ya no podía más, corría a refugiarse en casa de la abuela, su mayor consuelo tras haber perdido a su padre y, diez años después, a su madre, que murió de tuberculosis. Nadie sabe qué vio Danilo en aquella huérfana. Era un hombre apuesto, fuerte, con una casa próspera, y aun así se encaprichó de una muchacha sin raíces ni fortuna. Así la llamaba Avdotia, su madre, siempre a espaldas de todos. Mariana se desvivía por agradar a su suegra: no paraba en casa y no hacía ascos a ningún trabajo. Pero por más que se esforzase, nunca era suficiente. Mientras Danilo estaba presente, aún podía respirar tranquila, pero en cuanto él se marchaba al pueblo de al lado, todo era aún peor. —Aguanta, Marianita —le aconsejaba la abuela—, ya verás como todo pasa. Pero la abuela ya no está, y pasan los años, pero Avdotia solo la odia más. Aquello no le salió como esperaba: tenía planes mejores para su hijo, una novia buena familia y bien plantada. Se habrían unido dos casas y todo quedaría para los bisnietos… Pero Danilo, testarudo como el padre, se impuso. Era un hombre cabal y, aunque respetaba a su madre, no permitía que le manejase la vida. Danilo adoraba a Marianita. Se enamoró de ella al instante: delicada como un junco, de piel blanca, ojazos azules y nariz respingona. Quién necesita riquezas, pensó, si tiene el alma limpia. Y Mariana se enamoró igual de intensamente. Había oído hablar de la madre de Danilo y su mal genio y avaricia, pero confiaba en la palabra firme del novio. Así, se fue a vivir a la casa del marido y aguantó todos los desprecios de la suegra. Cuando ya no podía contener el llanto, corría con su querida abuela, se sentaba en el suelo junto a sus pies, apoyaba la cabeza en sus rodillas, y la anciana le acariciaba el pelo mientras recitaba una oración a la Virgen, pidiendo consuelo para la nieta. Pero ahora ya no tiene a dónde correr: su única familia se ha ido, y Mariana se siente cada vez más sola. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero Mariana sabe bien que no es así: el dolor permanece, y a cada pena regresan los recuerdos de las manos buenas de su abuela. Mientras tanto, en casa de Danilo, la tensión crece: Avdotia no para de atormentar a su nuera. Ya llevan tres años y aún no llegan los nietos, la heredera no cumple. Esos comentarios son para Mariana peor que el infierno. Sabe que la suegra le llena a Danilo la cabeza con que está “embrujada” y nunca tendrá hijos. Aunque el marido intenta desoír a su madre, los rumores en el pueblo corren: dicen que la estirpe de Danilo se irá con él a la tumba. Aun así, cuando Danilo regresa a casa y ve a su paloma, todo se le olvida y la vida parece mejor. Y tal vez Dios escuchó las súplicas de Mariana, o tal vez fue el milagro del amor verdadero, pero Mariana queda encinta. Entonces Avdotia se enfurece más que nunca, y Danilo, por el contrario, se vuelve aún más cariñoso. La suegra la sigue tratando como a una esclava y echándole en cara cualquier descanso: “¿Ah, pero ahora que tienes tripa ya no puedes hacer nada? ¡Aquí no hay criados, no eres una señora!”. Sin rechistar, Mariana coge los cubos y va al pozo, aunque apenas puede con el peso. Las vecinas menean la cabeza: “Menuda bruja es Avdotia, no tiene compasión ni por una embarazada”. El niño nació débil, sin fuerza para llorar ni para agarrarse a la vida. Cada vez se pone más azul y deja de respirar. Avdotia, cruel, rechaza tanto al nieto como a la nuera: “¡Así de flojo te ha salido porque la madre no es otra cosa que un trasto!”, y Mariana, llorando, le suplica que no diga eso, que es su sangre, el heredero de Danilo. Pero Avdotia no cede: “A este paso vamos a terminar fabricando un ataúd”. Mariana llora a gritos, y la suegra se alegra pensando que quizá su hijo, al quedarse viudo, aceptará a la esposa que ella le elija. Danilo, sin embargo, mima tanto a su hijo como a su mujer. “Ya veremos, pequeño, saldremos adelante”, piensa. Llega el día del bautizo: Venedí es el nombre del niño. Pero el pequeño sigue sin fortalecerse, cada día más frágil. Una jornada, Danilo debe viajar para trabajar lejos y avisa a su esposa: “Hazte cargo del niño y no escuches a nadie…” Entonces Avdotia se desata: ordena y manda cada vez con más saña, obliga a Mariana a trabajar de sol a sol, aunque apenas duerme porque el bebé no deja de llorar y respirar mal. Y el niño se apaga. Llegan los primeros fríos. Danilo no vuelve. La suegra le insinúa que bien podría buscar otra mujer, mejor y más sana. Esas frases acaban por hundirla. La duda y el dolor consumen a Mariana, que comienza a perder las fuerzas y hasta replica ocasionalmente a la suegra. Pero se siente una intrusa en la casa, y la culpa de que Danilo no regrese. Nunca sospecha que quizá a él le haya pasado algo; la suegra la ha convencido de que nadie la quiere allí. Hasta que, un día, Mariana no puede más: recoge sus pocas cosas, envuelve a Venedí en pañuelos de lana y se marcha en silencio. Avdotia observa satisfecha cómo la nuera se va, confiada en que ya no hay obstáculo para buscarle a su hijo una esposa “de verdad”. Ni le cuenta que, tiempo atrás, llegó la noticia de que Danilo fue atacado en el camino, pero sigue vivo, recuperándose en un hospital de la ciudad. A Mariana, que piensa lo que Avdotia quiere que crea, la da por desaparecida y no dice nada a nadie. Mientras tanto, en el pueblo nadie se escandaliza: Avdotia difunde el rumor de que Mariana ha enloquecido tras morir el niño y ha desaparecido en la noche. Nadie sabe la verdad, y el invierno lo cubre todo de silencio. Mariana camina días cruzando campos y bosques, muerta de miedo por el camino, sobre todo por su hijo. Llega a otra aldea, con la esperanza solo de conseguir un poco de pan y cobijo para el niño. Allí una mujer fuerte y bondadosa, Aculina, la encuentra y la consuela, llevándola a su casa: la cuida, recoge a Venedí, y escucha, sin juzgarla, la historia de su vida. Después la lleva a ver a su madre, la sabia y austera abuela Aglaia, que vive apartada en el bosque porque los aldeanos la consideran una bruja. Pero Aglaia ayuda a sanar al pequeño Venedí y revela a Mariana que fue su propio dolor, y el visitar el cementerio estando embarazada, lo que traspasó el sufrimiento a su hijo. Aglaia le ayuda a curar al niño y le da esperanza para el futuro. Aculina se convierte en el apoyo de Mariana, como una segunda madre. La casa de Aculina se vuelve su refugio: allí, por primera vez, Mariana y su hijo encuentran calor y amor, y el pequeño se recupera. Mientras tanto, Danilo regresa a casa y, engañado por Avdotia, se entera de que ha perdido a su mujer y a su hijo. Se sume en una profunda depresión, e incluso cuando su madre muere, no encuentra consuelo. El peso de la culpa y el duelo casi lo llevan al suicidio. Pero el destino, la ayuda de Aglaia y la fuerza del amor verdadero obran el milagro: en la espesura del bosque, Danilo y Mariana vuelven a encontrarse junto a la ciénaga, rescatándose mutuamente del abismo. Con el tiempo, Danilo lleva su vida y su hacienda al pueblo donde Mariana por fin ha hallado su hogar, y ambos se quedan a vivir junto a Aculina, la mujer que, sin ser de su sangre, fue madre para Mariana y le devolvió la esperanza. La tumba de Avdotia quedó cubierta por la maleza y ni siquiera el recuerdo conserva ya su rastro. Nadie sabe si su alma encontró descanso, después de haber causado tanta desdicha por su egoísmo. ©
Destinos de mujer. Mariana Murió la abuela Águeda y la vida de Mariana se volvió aún más sombría.
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048
La finca de la discordia: la hija que recuperó lo que era suyo — Ksyusha, hija, entiende la situación tan crítica en la que estoy —dijo Valentín Borísovich, apretándose el puente de la nariz y soltando un suspiro pesado—. Marina lleva dos meses taladrándome la cabeza. Que si en Chipre ha visto no sé qué programa educativo para Denis… Para nuestro hijo. Dice que el chaval necesita un empujón, mejorar su inglés. ¿Pero de dónde saco el dinero? Ya sabes que ahora mismo estoy fuera de juego. Ksyusha levantó la vista lentamente hacia su padre. — ¿Y has decidido que vender la finca es la mejor solución? —preguntó en voz baja. — ¿Y cuál si no? —el padre se animó, inclinándose hacia delante—. La finca está ahí muerta de risa. Marina ni va; le aburre, los mosquitos… Ni siquiera sabe que ya hace años que no está a mi nombre. Ella cree que la pondremos a la venta y que, a partir de ahí, empieza nuestra buena vida. Ksyusha, tú eres lista. Hagámoslo así: tú ahora la vendes oficialmente. Recuperas cada euro que hace diez años me prestaste —¡hasta el último céntimo! Y el resto, lo que ha subido de valor según el mercado, me lo das a mí. En familia. No pierdes nada, ¿no es cierto? Recuperas lo tuyo y ayudas a tu padre. El padre se presentó sin avisar. De hecho, hacía años que hablaban poco; hacía tiempo que él tenía otra familia, otras preocupaciones, y en éstas la hija mayor no entraba demasiado. Ksyusha sospechaba que su visita no era casual. Creía que otra vez venía a pedir dinero, pero esta vez… la propuesta de su padre resultaba como mínimo extraña. — Papá, ¿y si recordamos qué pasó hace diez años? —le interrumpió Ksyusha al acabar de escucharle—. Cuando viniste a decirme que te hacían falta para la operación y la rehabilitación. ¿Te acuerdas? Valentín Borísovich frunció el gesto. — ¿Para qué remover el pasado ahora? Si me curé, gracias a Dios. — ¿El pasado? —Ksyusha sonrió y movió la cabeza—. Yo por entonces tenía ahorros que llevaba cinco años reuniendo céntimo a céntimo. Para la entrada de un piso. Trabajaba incluso los fines de semana, no cogía vacaciones, ahorraba en todo. Y entonces viniste tú. Sin trabajo ni ahorros, pero con segunda esposa y un hijo, Denis. ¡Y te llevaste todos mis ahorros! — ¡Era desesperación, Ksyusha! ¿Qué me quedaba? ¿Tirarme en un banco y morirme? — Te ofrecí ayuda —siguió Ksyusha, sin escucharle—. Pero te advertí con total sinceridad: me daba angustia quedarme sin dinero y sin un techo si te pasaba algo. Tienes una heredera legítima, Marina. Ella ni me dejaría entrar en la finca. Estuvimos una semana negociando, ¿te acuerdas? No querías ni escribir un recibo, te ofendías. “¡¿Cómo puedes dudar de tu propio padre?!” Yo sólo necesitaba unas garantías. — ¡Pues las tuviste! —interrumpió Valentín Borísovich—. Firmamos escritura y la finca pasó a ser tuya. Te la vendí prácticamente a precio de saldo, lo que iba justo para mi tratamiento. Pero quedamos en que la usaría y, en cuanto pudiera, te la recompraría. — Han pasado diez años —sentenció Ksyusha—. Diez, papá. ¿Has dicho algo alguna vez de recomprarla? ¿Me devolviste un céntimo? No. Veraneabas allí todos los años, cultivando tus tomates, quemando leña que yo pagaba. El IBI, a mi cargo. La reforma del tejado, hace tres años: yo. Vivías allí como un rey, y mientras tanto yo pagaba la hipoteca. Valentín Borísovich sacó un pañuelo y se secó la frente. — Es que no he trabajado, Ksyusha… Sabes que después de la quimio me costó recuperar, y después, la edad, no me daban empleo en ningún lado. Y Marina… es una persona muy sensible, el trabajo de oficina la mata. Vivimos de lo que gana vendiendo cosas por internet, y apenas llega. — ¿Sensible? —Ksyusha se puso a pasear por la cocina—. Y yo, ¿soy de piedra? ¿Tengo que matarme en dos trabajos para pagar la hipoteca y costear tu “balneario” en la finca? ¿Y ahora Marina ha decidido vender la finca para mandar al niño a Chipre? ¡La finca es mía, papá! ¡Mía! — Ksyushita, formalmente sí, tuya. Pero sabes que sólo era un apaño temporal. Soy tu padre, ¡te di la vida! ¿No vas a ceder unos metros cuadrados cuando tu hermano lo necesita para empezar? — ¿Hermano? —Ksyusha se paró en seco—. Le he visto dos veces en mi vida. Ni felicitarme el cumpleaños. ¿Y Marina, alguna vez te ha preguntado cómo estoy, cómo he pagado todo estos años? Sigue convencida de que eres dueño de empresas, solo que estás en un bache temporal. ¡Le has mentido diez años, papá! Valentín Borísovich bajó la mirada. — Quería evitarle disgustos. Ella es muy emocional, empezaría a protestar si sabe que la finca ya no es “nuestra”. — ¿“Nuestra”? —Ksyusha arrugó la frente—. — ¡No te agarres a las palabras! —gritó el padre—. ¡Te hablo de un negocio! Ahora la finca vale cinco veces más que entonces, el mercado se ha disparado. Te devuelvo tus trescientos mil euros del tratamiento. ¡Es justo! Y el resto, setecientos mil euros, para mí. Tengo que ayudar a Denis, arreglarle los dientes a Marina, cambiar el coche que ya está para el desguace. Esos setecientos mil a ti no te cambian la vida, has comprado piso en Madrid, tienes buena vida. ¡Ayuda a la familia! Ksyusha le miró sin reconocerle. ¿Dónde quedó aquel hombre que le contaba cuentos de niña? — No —zanjó. — ¿Cómo que no? —el padre se quedó boquiabierto. — No pienso vender. Y, desde luego, no te voy a dar “lo de más”. La finca es mía por derecho propio y por justicia. Diez años has vivido ahí gratis, recuperando la salud y disfrutando de la naturaleza. Considéralo mi pensión alimenticia. El resto, asunto cerrado. — ¡¿Me hablas en serio?! —el rostro de Valentín Borísovich se congestionó—. ¿Vas a quitarle a tu padre lo único que le queda? ¡De no ser por mí, ni existiría esa finca! ¡La construyó el abuelo! — Precisamente: el abuelo. Y se revolvería en la tumba si supiera que quieres dilapidar la casa familiar para pagar unos cursillos dudosos en Chipre al chaval que, con diecinueve años, no ha dado ni un palo al agua. — ¡¡Ksyusha, piénsalo bien!! —gritó su padre, poniéndose en pie—. ¡Me lo debes! ¡Te he criado! Si no cedes, lo contaré todo: que eres una egoísta. ¡Se lo diré a Marina, vendrá aquí, montará el espectáculo! Vamos a ir a juicio, ¡verás! La venta es nula, ¡abusaste de mi enfermedad! Ksyusha sonrió con amargura. — Adelante, papá. Conservo todas las facturas de la clínica. Todas las transferencias, todo. Y la venta la firmaste en plenas facultades ante notario, ya estabas en remisión. Por cierto, Marina se sorprenderá al saber que vendiste la finca antes de que Denis entrara en el cole. ¿Tú no le habías dicho que era para su herencia? — Ksenia… —el padre bajó el tono, casi suplicante—. Hija, por favor. Marina está pasando una racha… Si se entera, me pone en la calle. Es quince años más joven y sólo sigue conmigo porque tengo algo estable. Sin finca ni dinero, no le serviré. ¿Quieres que tu padre ande mendigando por las estaciones? — ¿No lo pensaste antes? —Ksyusha sintió hervirle la sangre—. Cuando pasabas de trabajar, cuando permitiste que Marina se endeudara, cuando le prometiste oro y moro a mi costa. — ¿Entonces, no vas a ayudar? —Valentín Borísovich se enderezó—. Menuda hija he criado… — Vete a casa, papá. Cuentaselo todo a Marina. Es la única forma de conservar un mínimo de dignidad. — ¡Ahógate con tu finca! —escupió él, saliendo—. ¡Pero que sepas que ya no tienes padre! ¿Oyes? ¡Olvida mi número! Se fue y Ksyusha sonrió con tristeza: como si alguna vez hubiera tenido padre. El suyo le dejó cuando ella tenía siete años. *** El sábado sonó el teléfono. Número desconocido. — ¿Ksenia? — Sí. — ¡Qué te has creído, niñata! —enseguida reconoció a Marina, la madrastra—. ¿Tú crees que no sabemos cómo engañaste a Valik? ¡Lo tengo todo claro! Le pusiste los papeles delante justo después de la anestesia, ¡cuando ni se enteraba! — Buenos días, Marina —respondió Ksenia con calma—. Si quiere hablar, puede hacerlo sin gritar. — ¡¿Buenos días?! ¡Tenemos la demanda ya casi lista! Mi abogado dice que esa venta se anula en un segundo. Te aprovechaste de la enfermedad del padre y te quedaste con la finca familiar por cuatro duros. ¡Te pondremos en la calle! — Marina, escúcheme bien. Comprendo que Valentín Borísovich le habrá contado a su manera. Pero tengo todos los justificantes de que el dinero fue para su tratamiento. Es más, tengo mensajes conservados de estos diez años, donde él me da las gracias por mantener la finca y dejarle vivir allí. En ellos lo dice claro: “Gracias, hija, por no abandonarme, por tener la finca en buenas manos”. ¿Cree que eso convencerá a un juez? En la línea reinó el silencio; Marina no esperaba tal respuesta. — Eres una… mala persona —susurró—. ¿No tienes suficiente con tu piso? ¿También quieres quitarle a tu hermano lo poco que tiene? ¡Denis necesita estudiar! — Denis necesita empezar a trabajar —le cortó Ksyusha—. Como hice yo a su edad. Y usted, Marina, debería saber la verdad. ¿Se acuerda de las “acciones”? ¿Le dijo que tenía inversiones? — ¿Qué acciones? —la voz de Marina tembló. — Las que nunca existieron. Cogía el dinero que yo le enviaba pensando en ayudarle, y a usted le hacía creer que eran dividendos. Mire su historial de transferencias si no me cree. Su marido vivía de mi ayuda, todo disimulado por la enfermedad. Yo me endeudé pensando que salvaba a mi padre. Yo misma sólo acabo de enterarme de todo esto. Marina colgó. Esa misma tarde, Ksyusha recibió un mensaje de su padre. Sólo tres palabras: “Lo has destrozado todo”. *** No contestó. Unos días después, los vecinos le contaron que Marina había montado una escena monumental en la finca. Arrojó las cosas del marido por la ventana, hasta que vino la Policía. Resulta que Marina, convencida de que la finca se vendería, ya había pedido créditos con intereses desorbitados para el “futuro” de Denis. Valentín Borísovich tuvo que marcharse. Marina pidió el divorcio al descubrir la magnitud de sus mentiras. El hijo, Denis, acostumbrado a la buena vida, ni se apiadó de su padre: se fue a vivir con su novia y dijo que “el viejo era responsable de todo”. Ksyusha no sabe dónde está su padre actualmente. Ni ganas tiene de averiguarlo.
17 de mayo Madrid Lucía, tienes que entender, la situación es insostenible dijo mi padre, Rodrigo Álvarez
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098
La sorpresiva llegada de la suegra: Una visita inesperada que puso todo patas arriba «Entro en la casa de mi hijo»: Cómo la visita imprevista de la suegra lo trastocó todo
La sorprendente llegada de la suegra: Una visita que lo cambió todo Regina había acompañado a su maridoEstebanhasta
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032
El nieto no importa — Mamá piensa que Irka es débil — murmuró por fin mi marido —, que hay que ayudarla más porque no tiene marido. Y que nosotros, en cambio, estamos estables… — ¿Estables? — Vero se giró —. Slava, después del parto he engordado quince kilos. No puedo enderezar la espalda, las rodillas me crujen. El médico me ha dicho: o empiezo a cuidar mi salud ya, o en un año no podré ni coger a Pablo en brazos. Necesito ir al gimnasio. Dos veces por semana, hora y media. Tú siempre estás en el trabajo, tienes turnos locos. ¿A quién le pido que se quede con el niño? ¡A tu madre el nieto ni le importa, si ya tiene a su nieta! Slava guardó silencio. ¿De verdad, a quién? Vero apoyó la frente en el frío cristal de la ventana, observando cómo el viejo Renault de su suegra salía lentamente del barrio. Las luces traseras titilaron en despedida y se apagaron en la curva. El reloj de la cocina marcaba las siete en punto. Nieves, la madre de Slava, había estado con ellos exactamente cuarenta y cinco minutos. En el salón, Slava intentaba entretener a su hijo de un año. El pequeño Pablo giraba fascinado la rueda de un camión de juguete de plástico, de vez en cuando lanzando una mirada a la puerta por la que su abuela acababa de desaparecer. — ¿Se ha ido ya? — Slava asomó la cabeza en la cocina, frotándose el cuello agarrotado. — Volando, — respondió Vero sin girarse —. Dijo que Pablito ya “estaba muy cansado” y que no quería alterarle la rutina. — Bueno, la verdad es que se quejó un poco cuando ella lo cogió — Slava intentó sonreír, pero le salió forzado. — Chilló porque no la reconoce, Slava. Hace tres semanas que no la ve. ¡Tres! Vero se apartó bruscamente de la ventana y empezó a apilar tazas sucias en el fregadero. — Déjalo ya, Vero — Slava se acercó por detrás, intentó abrazarla por la cintura, pero ella se le escurrió hábilmente, cogiendo una esponja —. Mamá, simplemente… está acostumbrada a Lucía. Ya es mayor, tiene cuatro años, es más fácil con ella. — No es que sea fácil, es que le resulta más interesante — dijo Vero —. Lucía es la hija de Irene. Y Irene es la favorita. Y nosotros…, bueno. Simplemente estamos de paso. El viernes pasado la escena fue igual. Nieves apareció “solo un momento”, le trajo a Pablo un sonajero cutre y acto seguido empezó a mirar de reojo la puerta, impaciente. Slava apenas tuvo tiempo de mencionarle que el sábado tenía que ir a una obra y que sería genial si su madre pudiera quedarse con Pablo un par de horas, mientras Vero fuera a la farmacia y al súper. — ¡Ay, hijo, imposible! — exclamó Nieves —. Es que vamos a ir con Lucía al teatro de marionetas y luego Irene me ha pedido que me la quede todo el fin de semana. La pobre está agotada en el trabajo, necesita organizarse la vida. La hermana de Slava criaba sola a su hija, pero ese “sola” era muy relativo. Mientras Irene “buscaba su camino” y cambiaba de novios, Lucía pasaba semanas enteras en casa de la abuela. La abuela la recogía del cole, la llevaba a baile, le compraba ropa cara y conocía de memoria el nombre de cada muñeca en su habitación. — ¿Has visto su estado? — Vero señaló el móvil — Mira lo que ha puesto tu madre. Slava cogió el teléfono a regañadientes. Desfilaron imágenes: Lucía comiendo helado, la abuela empujándola en un columpio, las dos modelando plastilina juntas en sábado por la tarde. La leyenda: “Mi mayor felicidad, mi alegría”. — Se ha pasado TODO el fin de semana con ellas — Vero se mordió el labio, a punto de llorar—. ¡Y aquí, diez minutos! Allí, en cambio, sólo tranquilidad. Slava, Pablo sólo tiene un año. Es su nieto. ¡Tu hijo! ¿Por qué le trata así? Slava calló — No tenía nada que decir. De repente se acordó de cuando su madre llamó de madrugada porque “se le había estropeado el grifo y se estaba inundando todo”, y cruzó media ciudad a arreglárselo. Se acordó de aquel microcrédito que tuvo que tapar con sus ahorros para que su madre pudiera regalarle a Irene un móvil de última generación. Se acordó de tanto arar el huerto del pueblo en mayo, mientras su hermana y su sobrina tomaban el sol en la tumbona. — Vamos a pedírselo otra vez — dudó Slava —. Le hablaré claro; es por salud, no por capricho. Vero no contestó. Sabía de sobra cómo acabaría la escena. *** La conversación fue el martes por la tarde. Slava puso el móvil en altavoz para que Vero escuchara todo. — Mami, ¿qué tal? Mira, es que… Vero tiene que ir al gimnasio por recomendación médica. Le va fatal la espalda… — Pero, hijo mío, ¿qué gimnasio ni qué historias? — contestó Nieves animada, de fondo se escuchaban las risas de Lucía —. Que haga ejercicio en casa. Si comiera menos bollos, no le dolería la espalda. — Mamá, es por prescripción médica. El médico le ha mandado entrenar y masajes. ¿Podrías quedarte con Pablo martes y jueves de seis a ocho? Yo paso a buscarte. En la línea, silencio. — Slava, sabes que a esa hora tengo que recoger a Lucía, luego clases extraescolares y después nos vamos al parque. Irene sale tarde de trabajar, cuenta conmigo. No puedo dejar a la cría para que tu Vero se meta al gimnasio. — Mamá, Pablo también es tu nieto. También necesita atención. ¡Lo ves una vez al mes! — No empieces. Lucía es una niña, me adora, necesita estar conmigo. Pablo es pequeño aún, no se entera de nada. Que crezca y ya hablaremos. Ahora estamos dibujando, adiós. Slava dejó el móvil sobre la mesa, despacio. — ¿Lo has escuchado? ¿Mi hijo tiene que ganarse su atención? ¿Llegar a cierto nivel para que la abuela quiera prestarle atención? — Slava, yo sí lo sabía… — Vero se vino abajo —. Lo supe desde el día en que salimos del hospital y ella llegó dos horas tarde porque tenía que comprarle leotardos nuevos a Lucía. No me da pena por mí. Da igual que piense que soy gordísima o una vaga. Me da pena por Pablo. Un día me preguntará: “Mamá, ¿por qué la abuela siempre está con Lucía y a mí nunca me hace caso?” Y ¿qué le digo? ¿Que su tía es la hija preferida, y su padre solo es la cartera y el manitas de su madre? Slava se puso a pasear por la cocina, volvió a pararse en seco, decidido: — Escucha. ¿Te acuerdas del dinero para arreglar la cocina de mi madre? Vero asintió. Llevaban medio año ahorrando, pensando sorprender a Nieves por su cumpleaños. Ya había elegido muebles, cuadrado fechas, conseguido un descuento. El presupuesto daba justo para el mejor gimnasio con piscina y entrenador personal para Vero durante un año. — No hay reforma — sentenció Slava —. Mañana llamo y cancelo el pedido. — ¿Hablando en serio? — Vero le miró boquiabierta. — Nunca tan en serio. Si mi madre solo tiene fuerzas para una nieta, también tendrá que valerse por sí sola. Que le pida ayuda a Irene. Que sea Irene quien le arregle grifos, le lleve patatas del pueblo y le cubra las deudas. Nosotros contrataremos una niñera en el horario que haga falta, y punto. *** A la mañana siguiente, Nieves llamó por sí misma. — Slava, que decías que esta semana podías venir a ver la campana de la cocina… No tira nada y se me llena la casa de humo. Y Lucía pregunta por su tío todo el tiempo. Slava, desde la oficina, cerró los ojos. Antes ya se habría lanzado a buscar herramientas y piezas. Pero ahora… — Mamá, no voy a ir. — ¿Cómo que no? ¿Y la campana? ¡Me voy a asfixiar! — Que le pidas a Irene. O a su novio. Yo tengo otros planes: ahora dedico mi tiempo libre a la salud de Vero. Voy a cuidar de mi hijo. — ¿Por esa tontería? — la madre bufó. — ¿Tiras a tu madre por los caprichos de tu mujer? — No tiro a nadie. Simplemente, pongo mis prioridades, igual que tú. Tus prioridades son Lucía e Irene. Las mías, Pablo y Vero. Me parece lo más justo. — ¡¿Me hablas así, desagradecido?! — gritó su madre — ¡Yo te he dado todo! ¡Te he hecho un hombre! ¿Y me pagas así? — ¿Todo, mamá? — Slava preguntó tranquilo — ¿Como ayudarle a Irene con mi dinero? ¿Dejarle descansar mientras yo me partía la espalda en el huerto? Y otra cosa… el mueble de cocina que íbamos a regalarte… ya lo he cancelado. Ese dinero es para nuestra familia. Contrataremos una niñera. Si la abuela está demasiado ocupada para su propio nieto… A los tres segundos, el móvil vibró con la voz chillona de su madre: — ¡¿Pero cómo te atreves?! ¡Soy tu madre! ¡He dado mi vida por vosotros! ¡Te ha comido el coco esa Verónica! ¡Lucía es una huérfanita de padre, necesita cariño! ¡Y vuestro Pablo vive como un rey! ¿Y de dónde sacas que tengo que quererlo? ¡Mi corazón es de Lucía, ella es mi tesoro! ¡Ingrato! ¡No me llames, no te quiero volver a ver por casa! Slava colgó en silencio. Le temblaban un poco las manos, pero sentía una íntima y extraña tranquilidad. Sabía que ese escándalo era solo el principio. Su madre llamaría a Irene, ella se desahogaría por WhatsApp, les acusaría de egoísmo y crueldad. Habría lágrimas, reproches, chantajes emocionales. Y así fue. Por la noche, cuando volvió a casa, Vero lo esperaba en la puerta. Ya lo sabía todo: su suegra le había dejado un audio de cinco minutos en el que lo más suave era llamarla “víbora”. — ¿Estás seguro de que lo estamos haciendo bien? — le preguntó bajito cuando acostaron a Pablo y se sentaron a cenar —. Sigue siendo tu madre. — Madre es quien quiere a todos sus hijos y nietos por igual, Vero. No quien tiene favoritos y usa a los demás de comodines. Llevo años mirando para otro lado. Pensando: así es ella. Pero cuando ha dejado claro que le dan igual tu salud y Pablo porque “tiene el horario ocupado con Lucía”… No. Basta. ** El escándalo duró días. Irene y su madre, sin las ayudas de siempre, les llenaron el móvil de insultos, ruegos y hasta amenazas. La pareja aguantó firme, bloqueando mensajes y llamadas. Dos semanas después, Irene apareció en casa de Slava. Entró gritando: que si su hermano era un calzonazos, que si debía pagar las facturas de mamá, que si dinero para la compra y las medicinas. Slava simplemente le cerró la puerta en las narices. Ya tuvo bastante de ser “el buen hijo”.
Mi madre piensa que Ainhoa es débil terminó admitiendo Rubén al fin . Que hay que ayudarla más porque
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¡Desiste! ¡Me prometiste que te ibas a ir!
20 de octubre Madrid Me despierto con la sensación de que el día ya está cargado de decisiones que no
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Eres más pudiente que los demás, así que tus regalos deberían reflejarlo, refunfuñó la suegra. Era una noche tranquila en Madrid cuando Reinaldo se dejó caer en el sofá junto a su mujer, Amalia. —¿Qué le regalamos a tu madre? No tengo ni idea —dijo pensativo. Amalia suspiró. Elegir un regalo para su suegra siempre había sido un reto. La relación con Magdalena Muñoz había sido tensa desde el principio. Reinaldo entendió enseguida la actitud distante de su madre, así que la pareja decidió mantener cierta distancia. Nadie le debía nada al otro. Solo intercambiaban llamadas ocasionales y se veían en celebraciones familiares si ambos lo deseaban. Ese año, Magdalena decidió celebrar su cumpleaños redondo por todo lo alto, invitando a casi toda la familia, incluidos los jóvenes esposos. —Por cierto, mamá ha dicho que le hace ilusión cualquier regalo —recordó Reinaldo de repente. —Eso lo dice siempre, y luego hace mala cara —replicó Amalia, frunciendo el ceño—. ¡Tu hermana puede regalarle lo que quiera, pero nosotros no! Amalia recordaba bien cómo Magdalena nunca estaba satisfecha con los regalos que recibía. —Pensemos en el último Día de la Madre. ¿Qué le regalamos? Un set de cosmética de lujo. ¿Y cómo reaccionó? Con lágrimas y reproches, diciendo que la considerábamos vieja y poco atractiva —lamentó Amalia—. ¿Cuándo ha valorado alguno de nuestros regalos? Oro o tecnología, porque su valor es inmediato. —Quizá debería llamar y preguntarle directamente —sugirió Reinaldo, vacilante. —Haz lo que quieras —contestó Amalia, negando con la cabeza. Reinaldo llamó a su madre, esperando que le diera alguna pista sobre un regalo adecuado. —Ay hijo, no me falta de nada. Que vengáis ya es el mejor regalo —respondió Magdalena tímidamente. —Mamá, ¿de verdad? ¿Y no te enfadarás con nosotros? —insistió Reinaldo. —¡Claro que no! Me alegra cualquier pequeño detalle —rió ella, y Reinaldo decidió hacerle caso. —Mamá ha dicho que podemos regalarle lo que queramos —le contó Reinaldo a su esposa. Amalia miró a su marido con escepticismo; no se fiaba de las palabras de su suegra. Aun así, accedió, porque Reinaldo insistía en que eligieran un regalo a su gusto. —Propongo que le regalemos un robot aspirador, así no tendrá que ir arrastrando el tubo de la aspiradora por la casa —dijo Amalia después de revisar el presupuesto. Así lo decidieron: compraron a Magdalena Muñoz un regalo de más de mil euros y fueron a la fiesta de cumpleaños con el corazón ligero. La cumpleañera recibió a su hijo y nuera con alegría, pero su expresión cambió al ver la caja del robot aspirador. —¿Y esto? —murmuró, suspirando—. Déjalo por favor en la habitación, hijo. Amalia se quedó unos minutos desconcertada porque Magdalena no valoró el regalo. Poco después, entraron la cuñada y su marido. Ella abrazó a su madre y exclamó alegremente: —¡Mami, esto es para ti! —¡Gracias, cariño! ¡Sois fantásticos! —gritó Magdalena, abrazando a su hija. Amalia tenía curiosidad por saber qué regalo tan caro había hecho su cuñada para entusiasmar tanto a su suegra. Con asombro vio que se trataba de un simple set de cosmética del supermercado, que no costaría más de diez euros. Al mirar a Reinaldo, vio que él también se había dado cuenta del regalo de su hermana. El ceño fruncido de Reinaldo revelaba su irritación ante la reacción de su madre. Reinaldo aguantó horas, pero al escuchar de nuevo elogios para el regalo de su hermana, no pudo callarse más. —Mamá, ¿podemos hablar? —llamó aparte a su madre. —¿Qué ocurre? —preguntó ella al acercarse—. ¿Pasa algo? —¡Sí, mamá! ¿Recuerdas lo que dijiste sobre el regalo? —preguntó Reinaldo, serio. —Sí, claro. —¿Por qué entonces despreciaste nuestro regalo y en cambio el de mi hermana te entusiasma, siendo tan modesto? No me digas que me lo imagino. —No lo voy a decir. Sois más adinerados que Elena, así que vuestros regalos deben estar a la altura —soltó Magdalena Muñoz. —¿Y qué deberíamos regalarte entonces? ¿Algo barato? ¿Te tengo que adjuntar el ticket de compra para que estés contenta? —Ay, ya estamos otra vez… —respondió ella, dejando claro que no quería seguir—. ¿Qué le voy a hacer si los regalos de Elena me gustan más? —¿Porque no sabes lo que ha costado el nuestro? Para que lo sepas, ¡vale más de mil euros! —soltó Reinaldo. —¿Tan caro? —exclamó Magdalena, fingiendo sorpresa. Pero enseguida supo cómo salir del paso. —¿Sabes por qué valoro más los regalos de Elena? Porque regala dentro de sus posibilidades; lo vuestro parece hecho por cumplir —dijo Magdalena, orgullosa levantando la barbilla. —¿Hablas en serio? —Reinaldo se pasó la mano por el pelo. —¿Parece que bromeo? Con el dinero que ganáis, un viaje de balneario sería más apropiado —contestó la mujer, alzando la cabeza. Reinaldo quedó tan asombrado por las palabras de su madre que la miró sin parpadear durante unos segundos. —¿De verdad crees que a Amalia y a mí nos cae el dinero del cielo? —preguntó al recuperar la voz. La discusión atrajo a Amalia y a la cuñada, que se quedaron en la puerta sorprendidas por el enfrentamiento. Elena entendió, antes que Amalia, cuál era el problema y sin dudarlo apoyó a su madre. —Mamá no necesita un robot aspirador, sino un humidificador; el suyo se rompió hace tres días. Si os interesarais mínimo por su vida, lo sabríais —les reprochó la cuñada. —¡Pregunté expresamente qué quería de regalo! —siseó Reinaldo, apretando los dientes—. ¿Os estáis riendo de mí? ¡A partir de ahora, no habrá más regalos! Nos esforzamos por alegrarte y solo recibimos reproches. ¡El robot aspirador no te vale, tiene que ser un humidificador! ¡Perdona por no cumplir tus expectativas! ¡Nos vamos! —dijo, dirigiéndose a Amalia. Magdalena Muñoz rompió a llorar y, mientras Elena trataba de consolarla, Reinaldo y Amalia salieron del piso con el gesto duro. Reinaldo cumplió su promesa. Para no tener que comprar nada más ni sentirse ridículo, decidió no acudir a más celebraciones familiares y ahorrarse disgustos innecesarios.
Eres más acomodado que los demás, así que tus regalos deberían estar a la altura, rezongaba la suegra
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