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011
Llegó tarde al tren, regresó a casa sin avisar y no pudo contener las lágrimas.
**Diario de un hombre** Llegué tarde al tren. Sin avisar, volví a casa y no pude contener las lágrimas.
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06
El corazón de una madre Stas estaba sentado en la mesa de la cocina, acomodado en su sitio de siempre. Delante de él, un plato hondo con el famoso cocido de su madre—aromático, consistente, con ese puntito ácido tan suyo. La cuchara iba y venía del plato a la boca mientras los pensamientos de Stas volaban lejos, reflexionando en lo mucho que había cambiado su vida en los últimos años. Ahora tenía suficiente dinero para desayunar en cafeterías de moda, comer en restaurantes con estrella Michelin y cenar en sitios donde los chefs experimentaban con cocina molecular. Podía pedir ostras traídas de Francia, trufas de Italia, solomillo de ternera de Kobe—lo que le apeteciera. Sin embargo, ningún manjar podía compararse al cocido de mamá. Las salsas más exquisitas, especias exóticas, presentaciones sorprendentes: todo ello le resultaba vacío y sin alma frente a la sencillez y el cariño del plato de su madre. En ese cocido había mucho más que ingredientes y receta. Estaban los recuerdos de una infancia feliz y el calor de unas manos amorosas. Stas comprendía que, por muchos restaurantes que conociera y delicatessen que probara, para él siempre existiría una cocina insuperable: la de su madre. Mientras pensaba en todo esto, María entró en la cocina. Dejó cuidadosamente una taza de té a su lado, intentando no hacer ruido. Estaba inquieta, como si algo le preocupara profundamente. —¿Stas, cuándo tienes que marcharte? Stas levantó la mirada del plato, le sonrió y respondió: —Mañana por la mañana. Se me ha estropeado el coche, así que me lleva un amigo. La observó con atención. Le gustaba verla así: sana, descansada, con un leve rubor en las mejillas. Nadie le echaría más de cuarenta años, aunque hacía tiempo que había pasado de los cincuenta. —Tampoco es tanto camino, apenas unas horas, no te agobies —añadió, intentando tranquilizarla. María se quedó quieta de repente, como si hubiera escuchado algo terrible. Sus dedos buscaron instintivamente el borde de la mesa y lo agarraron con fuerza, buscando apoyo. En la habitación reinó un silencio tenso, solo roto por el tic-tac del reloj de pared. —¿Con un amigo? —repitió casi en susurro, visiblemente más pálida—. No, Stas, hijo, no deberías ir con él. Stas frunció el ceño. Hacía mucho que no veía a su madre tan alterada; generalmente calmada y sensata, ahora estaba visiblemente nerviosa, lo cual empezó a inquietarle de verdad. Dejó la cuchara y la miró fijamente. —Ni siquiera sabes quién es —respondió, esforzándose en sonar tranquilo, aunque su propia inquietud se colaba en la voz—. De verdad, no pasa nada, ya verás. Es Javi, mi amigo de toda la vida. Conduce fenomenal, nunca corre, no se salta normas… Y el coche que tiene, alemán, fiable, con matrícula de la suerte—tres sietes. María se acercó despacio, sin apartar los ojos de él, como si cada paso requiriera un esfuerzo. Le cogió la mano, y Stas notó el frío de sus dedos en contraste con el calor de su piel. —Por favor, hijo… —su voz tembló pero intentó sonar firme—. ¿Por qué no pides un taxi mejor? No tengo paz en el corazón. Me quedaré tranquila, de verdad. —¿Y si el taxista se compró el carné? —intentó bromear él, esbozando una débil sonrisa—. ¡No te preocupes tanto! En cuanto llegue, te llamo, en serio. No te dará tiempo ni de echarme de menos. Stas besó cariñosamente la mejilla de su madre, notando cómo la preocupación de ella le contagiaba. La abrazó con fuerza, intentando transmitirle toda la tranquilidad que a ella le faltaba. María se aferró a él un instante, como si quisiera grabar el calor de su abrazo, y después se separó suavemente. —Todo va a salir bien, mamá —repitió mirándola a los ojos—. Te lo prometo. Al salir de casa, Stas caminó despacio por la calle de su infancia. La tarde estaba tranquila, el aire fresco. Las farolas ya iluminaban el suelo con círculos cálidos. Solo tardó unos minutos en llegar a su piso; mientras caminaba, no podía apartar de su mente la expresión preocupada de su madre. Ya en casa, preparó todo para el viaje: repasó la maleta, comprobó el despertador—las agujas marcaban las 21:45. “Mañana a las seis, arriba. Que no se me peguen las sábanas”, se repitió mentalmente. Se acostó, pero tardó en dormirse, los pensamientos siempre volvían a su madre, imaginándola sin dormir también, dándole vueltas. Al fin, se quedó dormido. ****** La mañana empezó muy diferente a como había planeado Stas. Al abrir los ojos, la luz del sol inundaba la habitación. Durante unos segundos no entendía qué le había despertado. Miró el reloj: las 08:55. —¡Joder! —exclamó. Se incorporó de golpe, irritado; lanzó el despertador a un lado frustrado por no haber oído la alarma—. ¿Por qué Javi no me ha llamado? ¡Quedamos en que me avisaría! Agarró el móvil de la mesilla y vio que estaba apagado, aunque recordaba haberlo dejado cargando. Lo encendió; enseguida le llovieron mensajes. El primero era de Javi a las ocho en punto: “Stas, ¿dónde estás? Te llevo esperando más de 15 minutos. Si no bajas en diez me voy solo. Queda mucha carretera.” “Stas, ¿seguro que vienes? Llámame.” “Me marcho, lo siento. No puedo esperar más.” Stas se quedó parado procesando la información. Realmente, Javi le había esperado e intentado localizarle. Se le vino a la cabeza la cara preocupada de su madre la noche anterior—ella había presentido algo, le pidió que no fuese con Javi. Pero ahora ya daba igual. Saltó de la cama, apenas sin tiempo ni motivación: ¿Pedir un taxi? ¿Alquilar un coche? Todo se había torcido. Entonces notó varias llamadas perdidas: su madre había llamado más de veinte veces, una tras otra. El corazón le dio un vuelco. Cogió rápidamente las llaves y salió casi corriendo a la calle, solo una idea en la cabeza: “Que esté todo bien, por favor”. Al llegar a casa de su madre, la puerta estaba abierta. Entró a toda prisa. —¡Mamá! ¿Estás bien? —gritó, angustiado. María estaba en el salón. Tenía la cara blanca, los ojos rojos de tanto llorar, el rostro marcado por la preocupación. Al verle entrar, abrió mucho los ojos, como si no pudiera creerlo. —Stas… ¿De verdad eres tú? Por Dios, gracias… Él se quedó congelado, sin saber qué hacer ante el llanto de su madre. Quiso tranquilizarla, pero no encontraba las palabras. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó acercándose con voz suave pero firme. Le cogió las manos frías y ligeramente temblorosas—. Por favor, cuéntamelo todo. En ese momento, de la televisión encendida, llegó la voz impasible del informativo: —Siniestro en las inmediaciones de la ciudad de Ávila. Colisionaron cuatro vehículos. Solo sobrevivió una persona: el conductor de un Audi… Stas miró la pantalla y las imágenes lo dejaron helado: coches destrozados, objetos esparcidos, luces de ambulancias y policía parpadeando. De pronto, reconoció uno de los coches: un Audi blanco con matrícula 777. Se le heló la sangre: era el coche de Javi. De pronto lo entendió todo: su madre había visto la noticia, había reconocido el vehículo de Javi y, al no contestar él al teléfono, se temió lo peor. Sintió cómo la congoja y el remordimiento le atenazaban por dentro. —Mamá, estoy aquí, estoy bien —pronunció despacio, controlando el temblor en la voz—. Siéntate, por favor. Corrió a la cocina a por un vaso de agua para calmarla. María apretaba la manga de Stas temblorosa, como si temiera que él desapareciera en cualquier momento. Se refugió en su hombro, entre sollozos silenciosos. —Me asusté tanto… —decía en voz apenas audible—. Por la tele dijeron que solo sobrevivió el conductor, y tú ni respondías al móvil… Lo intenté una vez y otra… Y nada. Pensé lo peor. Stas la abrazaba, acariciándole la espalda igual que cuando era niño y su madre estaba triste. Sentía que el susto de ella aún no había pasado del todo. —El móvil se apagó sin darme cuenta… El despertador tampoco sonó. Me he quedado dormido —explicó—. Pero estoy aquí, mamá. Todo está bien. Viendo que ella seguía pálida, llamó al servicio de emergencias. —Urgencias, por favor. Es mi madre, se encuentra muy alterada, por un susto fuerte, tema del corazón… Dirección tal y tal…— explicó con aplomo, aunque el corazón le iba rápido—. Gracias, esperamos. Poco después llegó el médico y aconsejó llevarla al hospital para observación tras el episodio de estrés. Stas no dudó un segundo en acompañarla y quiso que la atendieran en la mejor clínica posible. Tras horas de nervios, de pruebas y revisiones, finalmente la situación pareció estabilizarse. Mientras los días pasaban, Stas no se separaba de su madre. Dormía en la habitación, le traía lo necesario, la acompañaba. El contacto de su mano, su presencia, eran el mayor bálsamo para María. Una tarde, María se atrevió a decir lo que llevaba años callando. —Siempre he temido perderte… Eres tan independiente, hijo… hubiera querido retenerte más a menudo, pero también estaba tan orgullosa de ti… Stas escuchó en silencio, pues nunca se había dado cuenta de que su autonomía le produjera tanto orgullo como desasosiego a su madre. Le cogió la mano con ternura. —Mamá, nunca me iré del todo. Eres lo más importante, lo sabes. Y perdona todas las veces que no te he hecho caso cuando presentías algo. María le acarició la cara, como antaño. —Lo único que quiero es verte feliz, que tengas tu familia, tus hijos; que sepas que siempre tienes una madre que te quiere y cuida de ti. Por primera vez en mucho tiempo, Stas le habló de su novia, Elena, con quien compartía trabajo y sueños. María le escuchaba con ilusión, tranquila por ver a su hijo crecer, pero también por saber que nunca la olvidaría. —Nunca me olvidaré de ti —le aseguró Stas—. Eres el corazón de mi vida. María sonrió, sus ojos llenos de lágrimas de ternura, sabiendo que el vínculo entre madre e hijo seguiría latiendo siempre en sus corazones. El corazón de una madre.
Corazón de madre Esteban estaba sentado en la mesa de la cocina, hundido en esa silla de paja antigua
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015
¡Apártate de mí! ¡Yo nunca te prometí matrimonio! Además, ¡ni siquiera sé de quién es ese niño! ¿Y si ni siquiera es mío…? Así se despidió Víctor –que estaba en nuestro pueblo por trabajo– de una atónita Valentina. Ella no podía creer lo que oía ni lo que veía. ¿Era ese el mismo Víctor que le juraba amor eterno y la colmaba de atenciones? ¿Aquel que la llamaba Valen y le prometía el cielo? Ahora, ante ella, sólo había un hombre confundido, enfadado y completamente ajeno… Valentina lloró una semana, diciendo adiós para siempre a Víctor. Pero siendo ya treintañera, poco agraciada y con escasas esperanzas de encontrar el amor, decidió que sería madre por su cuenta. Así nació en el tiempo previsto una niña, ruidosa y sana, a la que llamó María. La pequeña creció tranquila y sin problemas, sin darle quebraderos de cabeza a su madre. Como si supiera que, por mucho que gritara, no conseguiría nada… Valentina cumplía con su deber de madre: dar de comer, vestir, comprar un juguete. Pero jamás la abrazaba por gusto, no la mimaba ni paseaba con ella. Era evidente que el instinto maternal no había despertado en ella. María, pequeñita, buscaba su afecto, pero Valentina siempre tenía prisa, mucho trabajo, estaba cansada o le dolía la cabeza… Hasta que, cuando María tenía siete años, sucedió algo extraordinario: Valentina conoció a un hombre. ¡Y no sólo eso, lo llevó a vivir a casa! Todo el pueblo se escandalizó: ¡Menuda es Valentina, qué ligera! Un hombre forastero y sin trabajo fijo; ¿y si era un caradura…? Valentina trabajaba en el autoservicio del pueblo y él, Igor, era quien descargaba los camiones. Así surgió su romance. Pronto, Igor se mudó a su casa. Los vecinos cuchicheaban: “Trae a un desconocido, ¿y no piensa en su hija? Y además, ¡qué callado es ese hombre!” Pero a Valentina no le importaba nada. Sabía que era su última oportunidad para ser feliz… Rápidamente la opinión de los vecinos cambió: la casa de Valentina, que empezaba a venirse abajo, mejoró con las manos de Igor. Arregló el porche, tapó goteras, levantó la valla caída… Todo el día reparando, la casa se transformó. La gente comenzó a buscarlo para pedirle ayuda. “Si eres mayor o pobre, te echo una mano gratis. Si no, págame con dinero o comida”, decía. Cogía dinero de unos, embutidos y leche de otros. Gracias a él ya nunca faltó leche ni nata en la nevera, y Valentina, la mujer que nunca fue guapa, resplandecía y se había dulcificado. Incluso era cariñosa con María y cuando sonreía, salían hoyuelos en sus mejillas. María creció: un día vio a Igor hacer una hamaca en el patio y corrió a probarla encantada. “¿Es para mí? ¡Gracias, tío Igor!” Él le sonrió de oreja a oreja: “¡Para ti, claro que sí!” Empezó a cocinar para ellas. Hacía desayunos, comidas, tartas y guisos riquísimos. También enseñó a María a pescar al amanecer, le compró su primera bici, curó sus rodillas con esmero y le regaló unos patines de hielo en Nochevieja. En invierno la acompañaba al colegio y contaba historias de su vida: cómo cuidó a su madre enferma, cómo perdió su piso por culpa de su hermano… La enseñó a ser fuerte, a caerse y levantarse, a tener paciencia, a ser feliz con poco. Con los años, María se fue a estudiar a la ciudad. Las dificultades no faltaron, pero siempre pudo contar con Igor. Estuvo en su graduación, la acompañó al altar, esperó noticias en la maternidad y cuidó de sus nietos como si fueran propios. Cuando murió, María y su madre lloraron desconsoladas y, echando un poco de tierra al féretro, María susurró: “Adiós, papá… fuiste el mejor padre del mundo. Te recordaré siempre…” Y así Igor se quedó para siempre en su corazón. No como el padrastro, no como el “tío Igor”, sino como su PADRE. Porque padre, a veces, no es quien da la vida, sino quien cría, cuida y acompaña. He aquí una historia real y conmovedora de la vida. ¡Gracias por tus comentarios y me gusta! Síguenos para más historias emocionantes.
¡Mira, te voy a contar una historia que me ha dejado pensando, la verdad! Imagina la escena: Ana, que
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015
— La suegra quemó mi vestido de novia un día antes de la celebración y afirmó que no soy digna de su hijo…
El aire del jardín parece haberse congelado en el tiempo. Es denso y pesado, cargado no solo con los
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038
— No, mamá, ahora mejor no vengas. Piénsalo bien. El viaje es largo, toda la noche en el tren, y tú ya no eres joven. ¿Para qué quieres meterte en ese lío? Además, seguro que ahora, en primavera, tienes mucho trabajo en el huerto —me dice mi hijo. — Hijo, ¿y cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos. Y también quiero conocer mejor a tu mujer, como dicen, hay que estrechar la relación con la nuera —le digo sinceramente. — Pues mira, mejor esperamos hasta finales de mes y vamos nosotros a verte, justo para Semana Santa, que habrá varios días libres —me tranquiliza mi hijo. La verdad, ya estaba decidida a ir, pero le creí y acepté quedarme en casa para esperarlos. Al final, nadie vino. Llamé varias veces a mi hijo, pero no me cogía el teléfono. Luego me llamó él, me dijo que andaba muy ocupado y que no debía esperarlo. Me sentí fatal. Tenía todo preparado para la visita de mi hijo y su esposa. Se casó hace medio año y aún no he visto a mi nuera ni una sola vez. A mi hijo, Alejandro, lo tuve, como se dice, para mí sola. Yo ya tenía 30 años y nunca me casé. Decidí al menos ser madre. Quizá esté mal, pero nunca me arrepentí de esa decisión. Costó mucho, no teníamos dinero y más que vivir, sobrevivíamos. Siempre trabajé en varios sitios a la vez para que a mi hijo no le faltara de nada. Él creció y se fue a estudiar a Madrid. Para ayudarle al principio, hasta me fui a trabajar a Francia para poder mandarle dinero para sus estudios y su vida en la capital. Mi corazón de madre se alegraba de poder ayudarlo. Alejandro, ya en el tercer año, empezó a trabajar y a valerse por sí mismo. Y al acabar la universidad, encontró trabajo y se mantenía solo. Venía a casa, pero poco, una vez al año, como mucho. Yo, en Madrid, vergüenza me da decirlo, no he estado nunca. Pensé que cuando se casara, iría seguro. Hasta empecé a ahorrar exclusivamente para ese gran día: conseguí juntar seis mil euros. Hace seis meses me llamó mi hijo y me dio la noticia tan esperada: se casaba. — Mamá, pero no vengas ahora; solo vamos a firmar los papeles, la boda la hacemos más adelante —me advirtió. Me dio mucha pena, pero ¿qué iba a hacer? Alejandro me presentó a su mujer por videollamada. Era guapa y parecía simpática. Además, rica. Su padre, mi consuegro, es todo un potentado. Solo me quedaba alegrarme de que a mi hijo le fuera tan bien. Pasó el tiempo, y ni viene él ni me invita a su casa. No aguantaba más las ganas de conocer a mi nuera y de abrazar a mi hijo, así que me animé, compré un billete de tren, preparé comida casera, incluso horneé pan y preparé conservas, y me fui. Llamé a mi hijo antes de subir al tren. — ¡Pero mamá, por favor! ¿A qué vienes? Yo tengo que trabajar, ni siquiera puedo ir a buscarte. Bueno, toma la dirección, coge un taxi al llegar —dijo Alejandro. Llegué a Madrid temprano, pedí un taxi (¡menuda clavada de precio!). Pero Madrid, visto desde el coche, es hermoso. Me abrió la puerta mi nuera, ni una sonrisa, ni un abrazo, solo me invitó seca a pasar a la cocina. Mi hijo ya se había ido a trabajar temprano. Empecé a sacar las bolsas: patatas, remolacha, huevos, manzanas secas, setas en escabeche, pepinillos, tomates, unos cuantos tarros de mermelada… Mi nuera lo miraba todo en silencio y luego me suelta que para qué trajo tanto si ellos no comen esas cosas y que, total, ni cocina en casa. —¿Y qué coméis entonces? —pregunté, sorprendida. — Pedimos a domicilio todos los días. A mí no me gusta cocinar, el olor se queda y cuesta quitarlo —dice Ilona. No me había recuperado de sus palabras cuando entra un niño de unos tres años. — Conoce a mi hijo, Daniel —dice mi nuera. —¿Daniel? —pregunté. — No, Danyil, nada de Daniel, no me gusta que cambien el nombre —responde ella. — Como digas, Ilona. — Y no soy Ilonka, soy Ilona. Aquí nadie cambia los nombres, pero claro… cómo vais a saberlo vosotros… Me entraron ganas de llorar, no porque mi hijo hubiese elegido una mujer con un hijo, sino porque ni siquiera me lo contó. Pero ahí no acabaron las sorpresas. Miro a la pared y veo un gran retrato de boda. — Bueno, si no hubo boda, menos mal que al menos hay fotos bonitas —intento cambiar de tema. — ¿Que no hubo boda? Claro que sí, con 200 invitados. Solo faltaste tú; Alejandro dijo que estabas mala. Igual fue mejor así… —me miró de arriba a abajo mi nuera. —¿Quieres desayunar? — Sí… Me pone una taza de té y dos trozos de queso caro. Para ella, eso es un desayuno. Yo no puedo con eso, a mí me gusta desayunar bien, más después del viaje. Decido freírme unos huevos y sacar mi pan casero, pero mi nuera me lo prohíbe: nada de fritos por el olor en la cocina. Al pan también dice que no, que ellos hacen vida sana. Al final se me quitan hasta las ganas de comer, de lo dolida que estaba al saber que mi hijo tuvo vergüenza de invitarme a su boda. Tantos años esperando, guardando dinero, ¿y para qué…? Me puse a tomar el té en silencio. La nuera también callaba, toda la situación era muy incómoda. De pronto, el chiquillo se me acerca para que le preste atención, lo quiero abrazar pero Ilona no me deja —¡quién sabe con qué vengo yo del pueblo!—, que eso es un niño pequeño. No tenía nada para el crío, le ofrecí un tarro de mermelada de frambuesa: “Para que tengas algo rico con unas tortitas”. Ella me lo quitó de las manos: “¿Cuántas veces hay que decirle? Nosotros comemos sano y nada de azúcar”. Sentí que iba a romper a llorar. Dejé el té a medias y fui al pasillo a ponerme los zapatos. Mi nuera ni preguntó a dónde iba. Salí al portal, me senté en un banco y lloré como nunca en mi vida. Al rato la vi salir a pasear con el niño… Y toda mi comida casera fue directa al contenedor. No tenía palabras. Cuando se fue, lo recogí todo y me fui a la estación. Suerte que encontré un billete para esa misma noche. Cerca de la estación comí en una tasca: un plato de cocido, carne guisada y una ensalada de patatas. Me supo a gloria. Pagué un buen dinero, pero, ¿es que no merezco darme un gusto? Dejé las bolsas en la consigna y me fui a pasear por Madrid. La ciudad me gustó mucho, conseguí hasta distraerme un rato. En el tren no pude dormir. Lloré. Nadie me llamó, ni mi hijo para saber si estaba bien. Jamás hubiese imaginado que mi hijo me trataría así. Es mi único hijo, el que tenía todas mis esperanzas, pero me he dado cuenta de que no me necesita. Ahora no sé qué hacer con el dinero que ahorré para su boda. ¿Dárselo, para que sepa que su madre siempre pensó en él? ¿O guardarlo, porque no se lo merece?
No, de verdad, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien. El viaje es largo, pasarte toda la
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035
Alex, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que te vas? —Exactamente eso. ¡Hace tiempo que tengo una amante! Es 16 años más joven que yo. ¡He decidido que con ella voy a estar mejor! —¡Podría ser tu hija! —¡Nada de eso! Ya tiene 20. Alejandro se acercó a ella. —Además, Valeria tiene un padre muy rico. ¡Por fin podré vivir como siempre soñé! ¿Entiendes? Y además, ella me dará un hijo, cosa que tú… Cada palabra de Alejandro era como una puñalada para Tania. Sabía que esto podía pasar tarde o temprano desde que supieron que no podían tener hijos. Pero nunca habría imaginado que sucedería de forma tan humillante. Llevaban casi 15 años juntos. Como todos, habían pasado por momentos buenos y malos. Pero Tania siempre creyó que el respeto era fundamental en una familia. —Tania, al menos podrías llorar un poco por cortesía, que me siento raro… La mujer levantó la cabeza con dignidad. —¿Por qué tendría que llorar? Estoy muy contenta por ti, de verdad. Al menos uno de los dos cumplirá su sueño. Alejandro torció el gesto. —¿Por qué siempre me lanzas en cara lo de tus pinceles? Eso ni es trabajo ni nada… —Será un hobby, pero si tú trajeras más dinero, igual yo podría dedicarme a lo mío. —Bah, no me hagas reír. ¿A qué más te vas a dedicar? Total, no puedes tener hijos, así que trabaja y ya está. Ella se volvió hacia Alejandro, que intentaba cerrar la maleta. —¿Y tu nueva… pasión? No va a trabajar, ¿cómo vais a vivir? Tú tampoco eres muy trabajador que digamos. —¡Eso ya no es asunto tuyo! Pero hoy estoy generoso y te lo cuento: sólo tendremos que vivir con nuestro dinero un tiempo. Luego, cuando Valeria esté embarazada, su padre nos cubrirá de dinero. Y mientras tanto, no nos va a faltar. Alejandro por fin cerró la maleta y salió dando un portazo. A Tania le molestaban los ruidos fuertes. Volvió a la ventana. Un coche rojo precioso aparcó casi junto al portal. De él salió una jovencita que se lanzó al cuello de Alejandro. Por supuesto, todas las vecinas del barrio miraban la escena. Vaya, ni siquiera pudo irse sin humillarla ante todos. Curiosamente, Tania sintió alivio. Últimamente su vida era una pura farsa. Alejandro apenas volvía a casa. Tania lo sabía todo, pero no conseguía cortar el nudo de su familia. Cogió el móvil. —Rita, ¿tienes planes esta noche? Su amiga se sorprendió. —¿Pero tú qué? ¿Por fin sales de tu depresión? —Que va, nada de depresión, sólo un poco de bajón. ¿Por qué no salimos a tomar algo hoy? Así celebramos algo. Hubo un silencio y Rita preguntó con cautela: —Tania, ¿estás bien? ¿Has tomado algo raro hoy? ¿Tienes fiebre? —Rita, ¡corta el rollo! —Pues claro que salgo. Ya no aguanto verte con esa cara toda mustia. Pero… ¿y tu Alex? ¿Te dejará salir? ¿Quién le llevará la comida al sofá y le limpiará los mocos? —A las siete en “El Diamante”. Tania colgó. A veces mataría a su amiga, y eso sería pronto. Sonrió para sí. Quería hacerle algo desde que se conocieron. Aunque nunca había afectado a su amistad. Cogió el bolso y salió. Ya era mediodía y tenía mucho que hacer. Rita miraba el reloj impaciente. Tania nunca llegaba tarde. Ya llevaba cinco minutos de retraso. Cuando entró en el restaurante, todos se quedaron boquiabiertos. Tania siempre había llevado el pelo largo y recogido. Ahora lo llevaba corto, muy claro. Tania no usaba maquillaje, sólo rímel y crema. Ahora lucía un maquillaje perfecto. Siempre vestía pantalones, pero hoy llevaba un vestido suelto que decía más de su cuerpo que unos vaqueros ajustados. —Tania, pero bueno… Tania dejó el bolso triunfalmente y se sentó. —¿Te gusta? —¡Vaya si me gusta! Pareces diez años más joven. No me digas que has echado de casa a tu Alejandro. —No, se ha ido solito. Las dos se miraron, y luego se echaron a reír. Media hora después, un hombre de unos cinco años mayor que ellas les envió unos cócteles. Rita sonrió pícara. —Mira, ya tienes admiradores. Tania le saludó e invitó a la mesa. Rita la miraba alucinada: —Hoy sí que me gustas. Salieron tarde. El hombre se llamaba Íñigo, era divertido, inteligente y agradable. Tras acompañar a Rita al taxi, propuso llevar a Tania. —Estoy dispuesto a ir a pie a la otra punta de Madrid. Tengo coche, pero no conduzco así. —No hace falta, vivo a dos manzanas de aquí. Llegaron a casa ya de día. Habían estado paseando y charlando. —Tania, ni te he preguntado: ¿celebrabais algo? ¿Es tu cumpleaños? Porque en ese caso, ¡debo regalarte algo! —No… Bueno, según como se mire. Ayer mi marido me dejó. Y Tania sonrió con su mejor sonrisa. Íñigo se sorprendió. —Tania… sí que sabes sorprender. Tres semanas después, Tania y Rita tomaban café. —Tania, ¿qué tal con Íñigo? Tania sonrió. —Rita, nunca he sido tan feliz. Puedo contarle todo, me entiende con una facilidad alucinante. —¿Pero estás preocupada por algo? —Bueno… Alejandro no se calma. No sé por qué, pero me ha invitado a su boda. —¿En serio? ¿Para qué? —Supongo que para presumir de nueva mujer o para que me vean destrozada. —Jo, qué caradura… Tania, llévate a Íñigo. Entras, felicitas y te largas. ¡Le dejas bien clarito lo que hay! … Alejandro miraba a Valeria. —Estás preciosa… —Lo sé. ¿Vendrá mi padre? —¿Cómo no va a venir? ¡Eres su niña! —Sí… Un año sin darme un euro, intentando que trabaje. Vaya padre… Alejandro la abrazó. —Tranquila, mujer. Se le pasará, y al final estará orgulloso de ti. La boda era a crédito. Ambos confiaban en que el padre de Valeria lo perdonaría y abriría el grifo del dinero. —Alejandro, ¿y tu ex viene? —¡Imagínate, sí! Llamó ayer. —¿En serio? —¡Sí! Seguro que viene a rogarme que vuelva. —Eso espero. Me encantan esas escenas… Cuando Tania explicó a Íñigo lo que planeaba, él se sorprendió. —¿A qué hora es la boda? —A las dos. ¿Por? —¿Cómo se llama tu ex? —Alejandro. ¿Y eso? —No, nada, es que… Por supuesto que te acompaño. Sólo le contó el secreto de camino a la boda. Tania estaba tan alucinada que ni quiso cambiar el plan. Fueron juntos hasta la mesa de los novios. Tania iba del brazo de Íñigo, radiante. Alejandro y Valeria parecían cualquier cosa menos felices. Se acercaron. Valeria susurró: —¿Papá? Y Alejandro sólo pudo decir: —¿Tania? No la reconoció. No podía imaginarla así. Íñigo entregó a la novia unas flores, un sobre y dijo: —Me alegro de que ya seas independiente. Tania y yo nos vamos a recorrer mundo. Miró a Alejandro: —Supongo que entiende que su futura suegra también necesita vacaciones. Le dejo mi hija en sus manos. Disculpe, tenemos prisa. Salieron del restaurante. Tania quería reír, pero no sabía si Íñigo lo vería bien. Él de pronto se volvió y le dijo: —¿Sabes? Ahora tendrás que casarte conmigo. Tania se lo pensó y respondió: —Si hay que hacerlo, se hace… Y se marcharon abrazados, mientras Íñigo ya buscaba billetes para algún sitio de mar y sol.
Álvaro, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que te vas? Eso mismo. Llevo ya tiempo con otra mujer.
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018
— Pero si tú no me querías. Te casaste conmigo sin amor. Ahora me vas a dejar, ahora que estoy enfermo… — ¡No te dejaré! – respondió Marina, abrazando a Íñigo. – ¡Eres el mejor marido del mundo! Jamás te abandonaré… Íñigo no podía creer que fuera cierto. Su ánimo seguía sombrío… Marina estuvo casada veinticinco años y, durante todo ese tiempo, siguió atrayendo las miradas de los hombres. De joven fue la chica más codiciada del barrio. ¡Y no solo de joven! Hasta en el colegio todos los chicos corrían detrás de Marina. Y eso que, para belleza, no era ninguna reina. A pesar de todo, nunca se divorció de su marido, aunque fuera un hombre muy peculiar. No, Marina vivió con Vadim hasta su último día. Criaron a su hija, la casaron. Su yerno Rodrigo se la llevó a Italia y, desde entonces, enviaban fotos preciosas y la invitaban a visitarles. Pero ella y Vadim nunca llegaron a viajar… Marina quizás vaya algún día. Vadim, ya no. El marido de Marina falleció en un accidente de coche. Tan absurdo… Aunque luego le dijeron que seguramente le ocurrió algo al volante. Un fallo cardíaco, se puso nervioso, perdió el control. — ¿Quizás perdió el conocimiento? – pensó ella. — Ya no lo sabremos nunca – suspiró su amiga Elena, que es médica – Motivo: lesiones múltiples, incompatibles con la vida. Marina estaba en shock. Elena la ayudó a organizarlo todo. Y fue ella quien averiguó los detalles por sus contactos. Una vez Vadim fue enterrado, Marina se quedó sola en la gran casa que habían construido juntos. No, para dos, o incluso para invitados, la casa hasta parecía acogedora. Pero sola… para una mujer era una carga y muy grande. El hogar necesita manos de hombre… Dasha vino a despedirse de su padre. Propuso a su madre vender la casa, comprar un piso, y quizá mudarse con ellos. — ¡De ninguna manera! – exclamó Marina – No he construido esta casa para venderla. Y no me iré a vuestra Italia. Ya la he visto… — ¡Mamá! — ¡Ay, hija, qué poca luz tienes! – sonrió Marina entre lágrimas – Qué broma, mujer. — Entonces, si bromeas… igual no está todo tan mal. Todo era ambiguo. Como lo era el difunto. Por un lado, Vadim era atento y cariñoso. Por otro, un hombre de genio cambiante. Cuando tenía mal día, era capaz de agotarle los nervios a Marina, hasta arrepentirse luego, pedir disculpas. Pero Marina era sencilla: no se aferraba a esas cosas. Así pasaron veinticinco años. Una locura… Dasha se fue a casa. Marina volvió a quedarse sola. Aunque, conociéndose, ella sabía que eso sería temporal. Y así fue. Pasó la tristeza medio año y, al secarse las lágrimas, vio que ya tenía a su alrededor un pequeño club de pretendientes. Hasta su madre se sorprendía de lo solicitada que era su hija. — ¿Qué te verán? ¡Si caen rendidos a tus pies! No eres ninguna belleza, hija… salvo que yo no entienda algo. — Ay mamá – sonreía Marina, dándose un retoque de labios – La belleza es lo de menos. Es pura apariencia. Una mujer tiene que ser encantadora, carismática. Con chispa. — Ale, sal a pasear, mujer – reía la madre – O el novio se cansa y se va. — Ya vendrá otro – respondía Marina encogiéndose de hombros. Treinta años después de aquella charla, nada ha cambiado. Hay mujeres que se quejan de que no hay hombres libres, de que después de los cuarenta ya no hay con quién casarse. Marina no entendía ese problema. Tenía cuarenta y seis y dos pretendientes, ¡y los dos estupendos! De corazón, Marina sentía más por Diego. Le atraía mucho: buen aspecto, culto, conversación interesante, un hombre con el que dar la cara en cualquier parte. Eso sí, Diego era el rey del verbo. Marina se enamoró a través del oído, pero con la edad y la experiencia supo ver que no era hombre de vida práctica. No para su gran casa. El otro pretendiente, Íñigo, era un tipo corriente y fuerte. De esos que en las fiestas pueden beberse media bodega, pero que tienen las manos de oro. Un hombre de los que en casa todo funciona. De carácter afable y con corazón firme. Con su mujer era dócil como un corderito, pero si hacía falta, movía montañas por ella. Curiosamente, Íñigo le gustaba menos a Marina, cosas de la lógica femenina. No le decía palabras bonitas. Sobrio, Íñigo era silencioso. Si bebía, podía contar una historia graciosa, un chiste, animar cualquier tertulia. Eso sí, podía beber mucho, pero al día siguiente ya estaba como nuevo. Trabajo, vida activa, pocas palabras pero mucho hecho. A él eligió Marina. Diego se ofendió por no haber triunfado con sus halagos, y desapareció. Marina se casó con Íñigo y él era feliz como un niño. En la boda se pasó con el vino, cantó, bailó… — Vaya, Marina – le dijo Elena – Ni un año ha pasado desde lo de Vadim, ¡y ya te casas! Nada cambia: las mujeres no encuentran ni con linterna un hombre, y tú, con salir de casa, ya tienes pretendientes. — No vayas a decir: “¿Pero qué te ven? ¡Si ni guapa eres!” — No, no, no diré nada de eso. Pero que siempre fuiste improbablemente solicitada, es verdad. — Yo tampoco sé lo que ven en mí. Anda, pregunta mejor a mi madre. Marina guiñó y se fue a bailar con su marido — acababa de invitarla. Mientras bailaba, ahuyentaba sus últimas dudas. ¿Qué hay si Íñigo es sencillo? Pero es fuerte, habilidoso, y muy resultón. ¿Demasiado callado? ¡Mejor! ¿Y si hubiera elegido a Diego…? De las palabras bonitas nadie se alimenta. Al cabo de unos meses, Íñigo había transformado el jardín de Marina en un edén. Plantas, huerto, pérgola. Manos de hombre por todo. No, había elegido bien. Perfectamente. Y además, trabajaba y le hacía regalos a Marina. Ella comparaba su nueva vida con los veinticinco años de su anterior matrimonio y lamentaba no haber conocido antes a Íñigo. ¡Un hombre de oro! Con el buen tiempo, salían a cenar en la pérgola. Él preparaba el brasero, ella se quedaba como una gata satisfecha después de comer. Íñigo la miraba sonriendo. — ¿Qué pasa, Íñigo? — Nada. Soy feliz. Su primera esposa era una sosa. Jamás pensó que hallaría otra mujer así. Disfrutaron de esta felicidad cuatro años. Y un día, Íñigo empezó a notar que no se encontraba bien… Se cansaba, adelgazaba sin motivo. Y cuando bebía, se sentía aún peor. — Íñigo, tienes que ir al médico – le rogó Marina. – Está claro que algo no va bien. — Bah, tonterías, Marín. Ya pasará. — ¿Pero qué es esto? ¿La Edad Media? ¿Y si no pasa? ¿Tienes miedo?, como la mayoría de los hombres. — No. Pero Íñigo temía una cosa: que si caía enfermo, Marina lo dejaría. No iba a quedarse con un hombre enfermo. No era tonto. Sabía que Marina se casó con él por cuestiones prácticas y no por pasión. Pero él sí la amaba. Contra todo. La había visto en la tienda, buscando perdida el monedero y se enamoró de su vulnerabilidad. Su madre le dijo entonces: — Es tu vida, hijo. Pero yo no lo entiendo: ni joven ni guapa… Puedes tener a cualquier chica. Él no quería a nadie más que a Marina. Y si ahora caía enfermo, ¿la necesitaría ella? No la convenció para ir al médico. Un sábado, Elena y su marido Borja vinieron a cenar. Ellos preparaban la barbacoa. Elena, cortando ensalada en la cocina, le preguntó a Marina: — ¿Está enfermo Íñigo? — ¡No lo sé! – exclamó Marina – Le ruego que vaya al médico y no hay manera. Tú eres médico, ¿cómo lo ves? Yo lo veo mal… — Ha adelgazado y la piel la noto amarillenta… — ¡Dios mío! Elena, te lo suplico: convéncelo tú. Quizá a ti te haga caso. Elena miró a su amiga fijamente. — Marina… ¿Tú le quieres? Recuerdo tus dudas… Marina mordió los labios y no respondió. Pero Elena no llegó a convencerle: Íñigo se desmayó durante la cena. Llamaron a una ambulancia. Marina le acompañó. No recobró el sentido. Marina le dio la mano y rezó. Le operaron casi de inmediato. — Tumor en el hígado. — ¿Cáncer? – se asustó Marina. — Esperamos los resultados. El tumor resultó benigno, pero era grande. Los médicos le prohibieron casi todo y avisaron: la recuperación sería larga y no estaba garantizada, ya tenía su edad. Íñigo se entristeció. En el hospital le visitó su madre. Marina estaba trabajando y, mientras, la madre le llevó comida permitida: una lista bien corta. — Hijo, no te reconozco – dijo doña Tatiana – ¡Sobreviviste, no es cáncer! ¡Alégrate! Come tus albóndigas al vapor. — No quiero comer. — ¡Tienes que! ¿Cuál es el problema? ¿Viene Marina a verte? — Viene… de momento – respondió Íñigo. — ¿Temes que te deje? ¡Sería una tonta! — Ya no valgo. Ni puedo trabajar. A punto de cumplir cincuenta, y voy de inválido. ¿Quién quiere a un inválido? — ¿Qué pasa aquí? – preguntó Marina, entrando – Estáis gritando. Buenas tardes, Tatiana. — Me voy, que estéis bien. — ¿Qué pasa? La madre de Íñigo se fue. Marina se lavó las manos y se acercó a la cama de su infeliz esposo. — ¿Qué haces, inválido? Manos y pies tienes, todo se cura. ¿Sabes lo que he leído? — ¿Qué? — Que el hígado se regenera solo. Con el 51% basta para volver a estar bien. ¡Y tú tienes el 60%! Dale tiempo, ya verás. — ¿Y tengo tiempo? — ¿Cómo? — Tiempo. — Íñigo, ¿me ocultas algo? ¿Les has pedido a los médicos que no me digan nada? — No, no es eso… Le dieron el alta. Comenzó la peor etapa: en cuanto trabajaba un poco, se agotaba. Eso lo hundía. Se acercaba el cumpleaños, que le llenaba de tristeza: ni comer ni beber lo que le gustaba. Marina parecía no darse cuenta y comía con él las cosas de dieta. — Marín… – se atrevió por fin – Dime, ¿qué va a pasar ahora entre nosotros? — ¿Cómo que qué? – no entendía. — Bueno, como tardo en recuperarme… ¿me vas a dejar? Dímelo ahora. — ¿Y cómo iba a dejarte? Estoy genial contigo. — Sí, cuando me valía, sí… ¿y ahora qué? Ni yo me soporto. — Pues muy mal. ¡Anímate! — ¡Lo intento! Pero si trabajo un poco, acabo molido. Marina se acercó por detrás y lo abrazó. — Te quiero. Nunca te dejaré. No te preocupes por recuperarte, todo tiene su ritmo. — ¿Me quieres? ¿De verdad? — De verdad, de verdad. Marina no abandona a Íñigo. Él mejora poco a poco. Le organizó el cumpleaños sin alcohol, para que no se sintiera raro. Vinieron algunos amigos, charlaron en la pérgola, jugaron a juegos de mesa. — Qué suerte tienes con tu mujer, Íñigo – le dijeron. — ¿Os iréis ahora a tomar algo por mí? – bromeó. La velada acabó. Por la noche, en el porche bajo las estrellas, estaban felices. Esa noche, por primera vez en meses, Íñigo se sintió mejor. Creyó que sí podía recuperarse. Y creyó que su mujer no le abandonaría nunca. La abrazó fuerte. — ¿Qué pasa, Íñigo? — ¡Todo bien! – respondió él. — Por fin… – sonrió Marina y le dio un beso en la mejilla. Eran felices… 💬 Amigos, si os apetece leer más de nuestras historias, dejad vuestros comentarios y no olvidéis darle a “me gusta”. ¡Eso nos inspira para seguir escribiendo!
Pero si tú nunca me has querido. Te casaste conmigo sin amor. Ahora me vas a dejar, ahora que me he puesto
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El día en que descubrí que vivía con un monstruo Durante once años, creí tener una familia.
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