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06
AMOR LOCAL: UNA CONEXIÓN ÚNICA EN CADA RINCÓN
¡Marisol, serás tú la culpable de su muerte! ¿De quién? ¡Claro, de Luis! Sí, de ti, precisamente. ¡Qué sorpresa!
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061
Te aconsejé que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso llegué a comprarte pastillas especiales, esperando hacerte reflexionar sobre lo que estabas haciendo. Pero parece que mis esfuerzos han sido en vano. —¿Cuántos hijos más tienes pensado tener? —preguntó mi suegra con sarcasmo. —Intentemos no usar el sarcasmo. ¿Estás tan enfadada porque Pedro te contó lo de mi embarazo? —respondió Mónica con calma. —¡Por supuesto que sí! Te dije que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso te compré pastillas especiales, esperando hacerte pensar dos veces sobre lo que estabas haciendo. Pero parece que mis esfuerzos han sido inútiles —se lamentó mi suegra. —Conocemos tu punto de vista, pero no queremos ir en contra de la naturaleza —respondió Mónica. —¿Te estás burlando de mí? Pues entonces ya no puedes contar con mi ayuda —gritó María. Mónica estuvo a punto de contestar cuando, de repente, sonó el teléfono. María nunca ha apoyado a sus hijos. No lleva a sus nietos de visita, no pasa tiempo con ellos y no les trae regalos ni dulces salvo en sus cumpleaños. Económicamente, Mónica y Pedro son completamente independientes. Cuando Mónica se quedó embarazada por tercera vez, su suegra insistió en que abortara, pero la pareja se negó y, finalmente, María terminó amando a su nieta. ¡Y entonces Mónica volvió a quedarse embarazada! La mujer intentó que la relación tensa con su suegra no se notara delante de su marido, mientras todo fuera bien para ella y sus hijos. Pedro tenía un trabajo bien pagado y Mónica trabajaba media jornada desde casa. Cuando su pequeño negocio empezó a crecer, contrató incluso a una asistente para ayudarle con los niños. Todo iba bien si no fuera por la actitud de María. Desde el principio, jamás le gustó su nuera e incluso esperaba que su hijo se divorciara de Mónica. Pero esas esperanzas fueron inútiles. Después empezaron a llegar los hijos, uno tras otro. Según Mónica, su suegra se opone al nacimiento de un cuarto nieto porque eso significa que todos los ingresos de Pedro se destinarán al mantenimiento de la familia, y no a ayudar a su propia madre, quien estaba acostumbrada a vivir cómodamente. Su hijo le pagaba todas las consultas con el dentista, la enviaba al spa e incluso le reformaba la casa. María sentía que estaba a punto de perderlo todo; ya no habría ningún apoyo económico. Le ofendía mucho la idea de tener que privarse de sus comodidades. Mónica intentó ignorar el continuo negativismo de su suegra, pero era evidente que afectaba su estado emocional. Aun así, es poco probable que María pudiera influir en la decisión de su hijo y su nuera. ¡Van a tener un cuarto hijo! ¿Cómo afrontar a una madre que se entromete tanto en la vida de sus propios hijos?
Te aconsejé que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso te compré unas pastillas especiales esperando
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0171
Echó a su hija al frío y, cuando recordó su existencia, ya era demasiado tarde…
¡Papá, tengo hambre y quiero salir a pasear! vuelve a clamar la pequeña Alondra, acercándose a su padre.
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023
Os cuento por qué no quiero dejar a mis hijas al cuidado de sus abuelas: tengo 31 años, soy madre a tiempo completo por elección y tras experiencias complicadas, prefiero encargarme yo misma de su crianza
Tengo 31 años y soy madre a tiempo completo de dos hijas, de 3 y 1 año; no trabajo fuera de casa, fue
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0111
El descubrimiento que le cambió la vida por completo Hasta los veintisiete años, Mikel vivía como un arroyo en primavera: ruidoso, turbulento y sin mirar atrás. Era atrevido y vivaracho, conocido en todo el pueblo. Podía, tras una jornada dura de trabajo agrícola, reunir a los amigos, irse a pescar al río a varios kilómetros y, al volver al amanecer, echar una mano al vecino con el granero torcido. —Madre mía, este Mikel vive sin preocupaciones —decían los mayores, moviendo la cabeza. —Vive sin una idea en la cabeza, sólo travesuras —suspiraba su madre. —Tampoco es para tanto, vive como todos —decían sus amigos de infancia, ya con familia y casa propia. Pero cuando cumplió veintisiete, todo cambió, no de golpe, sino despacio, como cae la primera hoja mustia del manzano. Una mañana, el gallo lo despertó al amanecer y el canto sonó, no como inicio de un día divertido, sino como un reproche. El vacío que antes ignoraba, ahora hacía ruido en su cabeza. Miró a su alrededor: la casa de sus padres, sólida pero envejecida, necesitaba manos fuertes, no de paso, sino para siempre. Su padre, encorvado del trabajo doméstico, cada vez hablaba más de la siega y del precio del pienso. El punto de inflexión llegó en la boda rural de un pariente lejano. Mikel, como siempre el alma de la fiesta, bromista, bailarín incansable. Pero vio a su padre en un rincón, hablando en voz baja con otro vecino canoso. Observaban su fiestero desenfreno, no con censura, sino con una tristeza fatigada. En ese momento, Mikel se vio a sí mismo con brutal claridad: ya no era chaval, sino un hombre bailando al ritmo de otros, mientras la vida pasaba de puntillas. Sin rumbo, sin raíces. Sintió vértigo. A la mañana siguiente despertó cambiado. La ligereza alocada se evaporó, llegó el peso sereno, la madurez. Dejó de ir de casa en casa sin motivo. Tomó el solar abandonado de su abuelo, ya fallecido, al borde del bosque, en las afueras del pueblo. Desbrozó, cortó árboles secos. Al principio, los vecinos se reían. —¿Mikel va a construir una casa? Si no sabe ni clavar un clavo recto. Pero él aprendía. Con torpeza, hiriéndose los dedos con el martillo tanto como con los clavos. Cortaba madera con permiso, arrancaba raíces. El dinero que antes gastaba sin control ahora lo ahorraba para clavos, tejas y cristales. Trabajaba de sol a sol, en silencio, con tesón. Caía rendido de noche, pero por fin dormía con la sensación de un día bien invertido. Dos años después, en la parcela se erguía una casa modesta pero firme, con olor a resina y a nuevo. Al lado, una sauna construida a mano. En el huerto, los primeros brotes. Mikel estaba más delgado, curtido al sol, en su mirada no quedaba rastro del chico despreocupado, sólo calma y firmeza. Su padre venía a menudo, ofrecía ayuda, pero él se negaba. El padre recorría la obra, palpando esquinas y mirando bajo el tejado. Al final decía: —Está hecho fuerte… —Gracias, aita —respondía Mikel con sencillez. —Ahora hay que buscar novia, una mujer que cuide la casa —decía el padre. Mikel sonreía, contemplando su obra y el bosque oscuro que la protegía. —Ya la encontraré, todo a su tiempo. Cogía el hacha y se iba a la pila de leña. Sus movimientos eran lentos y seguros. De aquella vida ruidosa y sin preocupaciones ya no quedaba nada. Había llegado otra: con inquietud, con responsabilidad, con trabajo duro. Pero, por primera vez en veintinueve años, Mikel sentía que estaba en casa. No bajo el techo paterno, sino en su propia casa, construida por sus manos. La juventud alocada y vacía se había marchado. El gran descubrimiento llegó en una mañana de verano, cuando Mikel se preparaba para ir al bosque a por leña. Estaba arrancando el motor del viejo Seat cuando, de la verja vecina, apareció ella. Julia. Aquella Julia que recordaba siempre corriendo con los chavales, con dos trenzas rubias y rodillas llenas de raspones. La que había visto por última vez como una adolescente torpe, rumbo a estudiar Magisterio. No salió una niña, sino una mujer guapa. El sol jugaba en su cabello dorado, que caía en ondas sobre los hombros. Caminaba recta, ligera. Un sencillo vestido oscuro marcaba su silueta. En sus grandes ojos, antes siempre risueños, brillaba ahora una profundidad cálida y apacible. Cruzaba la calle, pensativa, arreglando la bolsa en el hombro, sin repararlo al principio. Mikel quedó paralizado, olvidó el motor y el bosque. El corazón le latía con fuerza y torpeza. —¿Cuándo…? —pasó por su cabeza—. Madrecita, ¿cuándo te hiciste tan bella? Hace nada eras una niña. Ella notó su mirada clavada, se detuvo, sonrió. Ya no era la sonrisa traviesa de la vecina pequeña, sino algo dulce y turbador. —¡Hola, Mikel! ¿Se te ha parado el coche? —la voz era suave, sin la nota chillona de antes que le llamaba “chiquitín”. —Ju… Julia —balbuceó él—. ¿A clase? —Eso es —respondió ella—. Tengo pronto clase, mejor no llegar tarde… Y siguió caminando por la polvorienta carretera del pueblo. Él la miraba y, entre cálculos de vigas y esquinas, una idea brillante y nítida se cruzó en su mente: —Es ella. Ella es con quien debo casarme. No sabía que para la chica de al lado aquel amanecer era uno de los más felices en años. Porque por fin, ese Mikel a quien nunca parecía notar, la había mirado de verdad. No como quien ve muebles o paisaje, sino que la había visto a ella. —¿De verdad lo he conseguido? Qué ganas tenía, desde los trece me gustaba, pero yo para él era sólo la “pequeña”. Lloré cuando se fue al Ejército. Las chicas mayores lo despedían, le colgaban de la ropa, y a mí me daba rabia. Volví al pueblo para trabajar en la escuela, sólo por él. Su apego infantil y secreto había ardido poco a poco en su interior, hasta que aquel día revivió la esperanza. Caminaba conteniendo la sonrisa, sintiendo la mirada ardiente y confusa de Mikel en la espalda. Ese día no fue al bosque. Dio vueltas alrededor de la casa, cortó leña frenéticamente, y en la mente sólo rondaba una cosa: —¿Cómo es posible que no la haya visto antes? Siempre estuvo aquí. Crecía, y yo cambiaba de novia… Por la tarde, junto al pozo, volvió a encontrar a Julia, cansada, con la bolsa al hombro. —Julia, Julia —la llamó, sorprendido de su propio arrojo—. ¿La escuela, qué tal? ¿Tus alumnos, aún así revoltosos y traviesos…? Ella se apoyó en la valla, ojos cansados pero amables. —El trabajo es el trabajo. Los niños son niños… Son ruidosos pero alegran el corazón. Me gusta estar con ellos, son imaginativos… Y tu casa, es nueva, firme. —Aún no acabada —murmuró él. —Todo lo que no está acabado se puede terminar —respondió ella suave, algo tímida, ya marchándose—. Bueno, me voy. —Todo se puede terminar —repitió Mikel para sí—. No sólo la casa. Desde entonces, la vida de Mikel tenía nueva dirección. Ya no construía sólo para él, sino pensando en a quién quería llevar a ese hogar. Imaginaba su vida con la mujer querida. Que en la ventana habría geranios en vez de tarros con clavos. Que en el porche no estaría solo, sino con ella, aquella chica sencilla y luminosa. Sin prisa, temía asustar su tímida fantasía. “Por casualidad” empezó a coincidir con ella. Al principio saludaba con la cabeza. Luego preguntó por la escuela y los alumnos. —¿Qué tal tus clases? —pasaba a menudo cerca y la veía saliendo del colegio, rodeada de niños que la despedían cariñosos: “hasta luego, señora Julia…” Un día le regaló una cesta de nueces del bosque, Julia aceptaba sus tímidas atenciones con calidez comprensiva. Veía su transformación, cómo aquel chico loco se volvía un hombre fuerte y fiable. Y en su corazón, tantos años guardado por él, comenzó a arder un amor verdadero. El otoño pesaba sobre el pueblo, las nubes bajas ya amenazaban invierno. Cuando la casa casi estaba lista, Mikel no pudo aguantar más. Esperó a Julia en la verja, con un ramo de las últimas bayas rojas de serbal, recogidas en el bosque. —Julia —dijo, con nervios—. La casa está casi acabada… pero está muy vacía. Me da miedo esa soledad. ¿Quizá podrías venir algún día a verla…? En realidad, te ofrezco mi corazón. Hace tiempo que sé lo importante que eres para mí. Mikel la miró, los ojos serios y temerosos. Julia leyó ahí todo lo que había esperado tanto tiempo. Tomó despacio el ramo de su mano, lo acercó al pecho. —Sabes, Mikel —susurró—, he seguido este trabajo desde la primera viga. Siempre me preguntaba cómo sería por dentro. Esperaba que me invitaras algún día… Lo he soñado. Así que sí, acepto… Por primera vez en meses, en su mirada brilló la chispa traviesa infantil que él nunca había notado y que, al final, sólo esperaba el instante para encenderse. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Suerte y que te vaya bonito!
El descubrimiento que le cambió la vida Hasta los veintisiete años, Miguel vivió como un arroyo en primavera
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019
Mandé a mi marido a ayudar a una amiga y me arrepentí
14 de diciembre Hoy he vuelto a sentir esa extraña mezcla de rabia y resignación que parece seguirme
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0236
Devuélveme la llave de nuestro piso
Entrega la llave de nuestro piso Ya lo hemos decidido tu padre y yo dijo Olga, posando la mano encima
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054
El Derecho a Elegir
Cruz se despertó un minuto antes del despertador. Todavía reinaba la penumbra en su habitación, pero
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01.7k.
Vamos a celebrar el Año Nuevo en tu casa de campo. Vine a recoger las llaves, – dijo la hermana de mi marido.
Vamos a pasar el fin de año en tu casa de campo. He venido a recoger las llaves dijo la cuñada de mi marido.
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045
La viuda negra La encantadora y perspicaz Lilia, a punto de graduarse en la Facultad de Periodismo, conoce a Vlado, mucho mayor que ella. Como es natural, fue Vladislao Romanovich quien se fijó primero en la esbelta y delicada Lilia. Hombre muy conocido en la ciudad, autor de canciones que, además, gustaban y sonaban en emisoras locales. Vlado era uno más entre la gente, casi todos en la televisión local le conocían, y eso hizo sencillo que Lilia, tras acabar sus estudios, entrase como presentadora en su programa. Poco después, su primera emisión, titulada “Conversaciones del alma”, contó con un psicólogo famoso y otros invitados, desarrollándose en formato de preguntas y respuestas sobre situaciones cotidianas. —Muy bien, Lilia —la felicitó Vlado tras ver el programa—, esto hay que celebrarlo. A sus cuarenta y cinco años, Vladislao Romanovich había estado casado tres veces, pero su energía inagotable y multitud de amistades no encajaban en la vida familiar. Hombre creativo y autodenominado casi compositor laureado, frecuentaba restaurantes, cafeterías y saunas, era siempre bien recibido y solía beber bastante. Lilia se hizo popular en la ciudad, se casó con Vlado y su programa reunió gran audiencia. Siempre impecable y amable, jamás tenía nada demoníaco: una auténtica estrella de televisión. Pero el matrimonio pronto le demostró que no había elegido bien; al poco tiempo su marido estaba casi siempre bajo los efectos del alcohol. —Vlado, no te pases —le advirtió su amigo Simón cuando intentó humillar a Lilia estando borracho—, esa chica te va a dar vuelta y media. —No, Simón, nunca he escogido esposas inteligentes —respondió Vlado, dándose a sí mismo toda la razón y pellizcando a Lilia en la mejilla mientras estrechaban en el café. Mientras intentaba conquistarla, Vlado se comportaba como un caballero, flores y canciones incluidas. Pero tras la boda, la atención se esfumó, tratándola igual que a un gato doméstico, con voces de por medio. —Ingenuamente creí que su ayuda me convertiría en estrella —pensaba Lilia. Pero la realidad fue distinta. En la universidad estudió francés, nada útil para viajar, y Vlado la presionaba: —Aprende inglés, que en el extranjero pareces paleta. Ir al gimnasio es perder el tiempo, mejor aprovecha para el inglés. Lilia, por despecho, no quiso aprender inglés, aunque cuando Simón —culto y leído— proclamó: —El inglés para una mujer elegante es tan natural como los tacones, Ella buscó cursos y profesor al día siguiente. Vlado bromeaba sobre la influencia de Simón en Lilia. Vivían en un piso heredado por él del abuelo médico. Tenían una asistenta, Vera, mujer de 43 años, sola y envidiosa, pero hábil disimulando; toda la vida de la pareja pasaba por sus ojos. Una mañana, Lilia vio a Vera sujetando una botella vacía de coñac. Su marido apareció borracho y la asistenta avisó de acudir a urgencias. Tras quince minutos, Lilia llegó con Vlado a la clínica; ingresado de inmediato, los médicos no daban esperanzas. Por teléfono, esa noche le comunicaron que su marido había fallecido. —No puedo creerlo… aún era joven —musitó, devastada. El entierro fue multitudinario, Simón dedicó palabras de homenaje y consuelo, la gente murmuraba que Vlado lo tuvo todo en la vida. Lilia al principio no soportó la ausencia, sólo el silencio triste en casa, Vera esperando su destino y colegas animándola por la herencia de Vlado, que compartió con el hijo de su primer matrimonio, aunque Lilia ya ganaba bien. Buscaba estar con sus amigos, evitaba quedarse sola. Tras grabar un nuevo programa, entró en un café cerca de casa, degustando pausadamente un vino español. Se le acercó un robusto hombre, sonriente y educado, pidió sentarse con ella. —¿Puedo? —Ella asintió. —Inocencio —se presentó. Charlaron, y aunque no era guapo, su encanto y sentido del humor conquistaron a Lilia, que acabó aceptando una cita. Al día siguiente, despidió a Vera, quien tras suplicar y lágrimas, consiguió quedarse. Inocencio, apodado “Kesha” por Lilia con ternura, la adoraba. Tres meses después se casaron y, aunque la boda fue sencilla, él la llevó de luna de miel a Maldivas, viajando en primera clase y alojándose en villa de lujo. Lilia no preguntaba por el dinero, sólo disfrutaba la ternura de Inocencio, que cuidaba de ella al detalle, aunque vio que se administraba insulina por su diabetes. Él lo minimizó y dijo vivir plenamente. En Maldivas pensó: —¿Será mi billete de la suerte? Aun así, añoraba compartir la estancia con un hombre atlético y no con su “oso de peluche”, hasta que Inocencio confesó que no podría adelgazar por problemas metabólicos. Lilia lo aceptó, pero pronto sintió que lo suyo no era amor verdadero; anhelaba pasión y emociones fuertes. Los colegas, entre bromas, le insinuaban que no engañaba a su “peluche”. Pero ella simplemente no quería herirlo. En la fiesta de Año Nuevo en la oficina, algo ebria, aceptó que la llevasen a casa en coche; el amigo de un compañero, Arturo, la conoció y se mostró irresistible. Al despedirse, la besó: Lilia no lo rechazó, se sentía atraída por él. Arturo se convirtió en su amante ideal: directo y potente, sin dulzuras innecesarias. Inocencio, siempre ocupado, no sospechaba nada. Una noche, mientras estaba con Arturo, sonó el timbre: era Inocencio, quien al descubrir la infidelidad, se sintió mal y colapsó. Lilia reaccionó rápido, usó la insulina de emergencia, pero no logró salvarlo. El médico certificó su muerte. Vera le sugirió que la amiga podía haber avisado a Inocencio, pero Lilia no insistió. Tras el entierro, apareció la hija del primer matrimonio de Inocencio con su marido-abogado y despidió a Lilia de la casa, ofreciéndole un fajo de dinero y sólo tres días para marcharse junto a Vera. Lilia aceptó y regresó al piso de Vladislao Romanovich. El tiempo pasó y Lilia, apoyada por Arturo, nunca recibió propuesta de boda, pero lo aceptó. Pronto, un colega llamó: —Lilia, siéntate… Arturo ha muerto, accidente instantáneo… Lilia reflexionó: —¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo tener un aura negra que los hace desaparecer. Después, conoció a Macario en su programa y se enamoró perdidamente. Él también se enamoró y le dijo que quería casarse. Un día, curiosa, buscó información sobre Macario y descubrió que era uno de los más ricos del país, algo que la sorprendió y asustó pensando que también podría perderlo. Finalmente, Macario fue hospitalizado por un problema cardíaco, pero los médicos tranquilizaron a Lilia, asegurando que viviría. Él la recibió sonriente y le confesó su amor, que quería casarse en cuanto saliera del hospital. Lilia aceptó y pensó que ahora sí tenía ante sí una vida y una felicidad verdaderas. Gracias por leer, suscribirte y tu apoyo. ¡Te deseo toda la suerte y felicidad!
La Viuda Negra La encantadora y lista Lucía, justo cuando terminaba la carrera de Periodismo en la Universidad
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