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021
Un saludo de parte de tu esposa — Cariño, ¿puedes recogerme del trabajo? — Eugenia llamó a su marido con la esperanza de no tener que pasar cuarenta minutos temblando en el autobús después de un día agotador. — Estoy ocupado — contestó él, escuetamente. Al fondo se oía la televisión, así que Artemio estaba en casa. A la joven le dolió hasta las lágrimas. Su matrimonio hacía aguas, y hacía tan solo medio año, él la llevaba en volandas. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Eugenia no lo sabía. Ella cuidaba su figura, pasaba horas en el gimnasio. Cocinaba como los ángeles — no en vano trabajaba en un restaurante conocido. Nunca le pidió dinero, ni montó escenas, siempre dispuesta a hacer feliz a su marido… — Así, le vas a hartar en nada — le decía su madre, escuchando sus lamentos —. No se puede consentirle todo a un hombre. — Yo sólo le quiero — respondía la chica con una sonrisa impotente —. Y él a mí… ****************************** — Al final, le he cansado — murmuraba Eugenia, mordiéndose los labios mientras revisaba el historial del navegador. Resulta que Artemio dedicaba todo su tiempo libre a páginas de citas, chateando con varias chicas a la vez. — ¿Por qué no pudo hablar conmigo? Yo lo hubiera entendido y le habría dejado libre. ¿Para qué seguir martirizándonos? Toca divorcio. Y ella es fuerte, lo superará. Pero no va a dejarle marchar tan fácil. Un poco de venganza se había ganado… Aquella misma noche, Eugenia se abrió un perfil en la misma web que su marido, le buscó y le escribió. Tomó una foto de internet, la retocó un poco, y estaba segura de que Artemio mordería el anzuelo. Y así fue. Se animó un intercambio de mensajes frenético. Él contaba que no estaba casado, listo para una relación seria y hasta para hijos. Vendía sus supuestas virtudes como si fuera el hombre perfecto, lo cual a Eugenia le hacía mucha gracia — si ella sabía bien lo difícil que era convivir con él. — ¿Quedamos en persona? — escribió ella, conteniendo el aliento esperando la respuesta. — Cuando quieras — respondió él enseguida. — Pero mi hermana está en casa preparándose los exámenes — mintió —. Mejor en sitio neutral, seguimos en un hotel. — Vaya, qué seguro — pensó Eugenia al leerlo —. Pero bueno, me viene perfecto. — Mejor quedamos en mi casa, vivo sola en un chalé a las afueras. Nadie nos molestará… — pensaba si aceptaría o no. — ¡Perfecto! — contestó Artemio, encantado por no tener que gastar dinero. — Dime dirección y hora; llegaré volando. — Calle **** número 25, a las diez. ¿Te va bien? — ¡Por supuesto! Espérame. A las nueve, él fingió que le llamaban del trabajo, buscó las llaves del coche y, a desgana, preguntó a su mujer si las había visto. — Estaban en la mesilla — le contestó Eugenia, mirándole muy seria, mientras apretaba las llaves en el bolsillo. — ¿Habrá sido el gato? — Bueno, pediré un taxi. No me esperes despierta. Y ella ni pensó en esperarlo. ¿Para qué? Ocupó ese tiempo en recoger sus cosas. Por suerte tenía su propio piso, herencia de su abuela. Lo único que dejó fue la solicitud de divorcio, bien visible sobre la mesa. Artemio regresó por la mañana, furioso. No sólo tardó más de una hora en llegar al sitio, sino que la tal Ángela ni apareció. La dirección era real, la casa también… pero abrió la puerta una mujer tres veces más grande que él, vestida apenas con una bata translúcida. Por mucho que le pagaran, querría borrar esa imagen de su cabeza. ¡Y aún gracias si logró escaparse de esa loca! Tuvo que pedir otro taxi para huir. El coche tardó una eternidad, casi se congela esperando. Además, el taxista resultó de lo más raro, le dio mil vueltas antes de acercarle de vuelta… en fin, nochecita. Solo al entrar en el piso y ver sobre la mesa la solicitud de divorcio supo quién estaba detrás de esa venganza. Encima, junto a la nota, escrito con pintalabios, podía leerse: Esta dulce venganza…
Querido diario, Esta tarde, mientras caía la noche sobre Madrid, me llamó Lucía, mi mujer, con la voz
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023
El banco del patio Víctor Esteban salió al patio cuando pasaba la una. Sentía presión en las sienes: la noche anterior se acabaron las últimas ensaladillas y esa mañana estuvo desmontando el Belén y guardando las figuritas. En casa había demasiado silencio. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó las escaleras, como siempre, agarrándose a la barandilla. A mediodía, el patio tenía algo de escenario teatral: caminos despejados, montones de nieve intactos, ni un alma. Víctor Esteban sacudió el banco junto al portal número dos. La nieve cayó suavemente de los tablones. Allí siempre pensaba bien, sobre todo cuando no había nadie: podía sentarse cinco minutos y volver a casa. —¿Le importa si me siento? —escuchó una voz de hombre. Víctor Esteban giró la cabeza. Un hombre alto, con anorak azul marino, unos cincuenta y cinco años. Su cara le resultó vagamente familiar. —Siéntese, hay sitio de sobra —le respondió, apartándose un poco—. ¿De qué piso es usted? —El cuarenta y tres, segundo. Llevo tres semanas por aquí. Me llamo Miguel. —Víctor Esteban —dijo, estrechando su mano por costumbre—. Bienvenido a nuestro rincón tranquilo. Miguel sacó un paquete de tabaco. —¿Le importa? —Fume tranquilo. Víctor Esteban no fumaba desde hacía diez años, pero el olor del tabaco le recordó de golpe la redacción de la revista local, donde pasó la mayor parte de su vida. Notó el impulso de aspirar el humo y enseguida lo reprimió. —¿Hace mucho que vive aquí? —preguntó Miguel. —Desde el ochenta y siete. Acababan de levantar todo el barrio. —Yo trabajé cerca, en la Casa de Cultura de los Metalúrgicos. Era técnico de sonido. A Víctor Esteban se le iluminó la cara: —¿Con don Valerio? —¡Exactamente! ¿Y usted…? —Le escribí un reportaje. En el ochenta y nueve organizamos un concierto por el aniversario. ¿Se acuerda cuando actuó “Agosto”? —¡Ese concierto me lo sé de memoria! —Miguel sonrió—. Trajimos allí una columna enorme, la fuente de alimentación echaba chispas… La conversación fluyó sola. Salieron nombres, historias, unas divertidas, otras tristes. Víctor Esteban se descubría pensando que ya debía volver a casa, pero siempre surgía un nuevo tema: músicos, cacharros, secretos entre bambalinas. Había perdido la costumbre de charlar tanto. Los últimos años en la redacción sólo escribía cosas urgentes, y tras la jubilación apenas hablaba con nadie. Se convencía de que así estaba más tranquilo: sin depender de nadie, sin atarse a nada. Pero ahora sentía que algo se derretía dentro del pecho. —Sabe —Miguel apagó el tercer cigarro—, tengo en casa todo un archivo: carteles, fotos. Y cintas de los conciertos, las grabé yo mismo. Si le apetece… ¿Para qué?, pensó Víctor Esteban. Luego tendría que quedar, hablar más. Igual quiere hacerse amigo de vecino; se me va la rutina. Y tampoco sé si descubriré nada nuevo. —Podría verlo —respondió—. ¿Cuándo le va bien? —Mañana mismo, si quiere. Sobre las cinco, que ya habré vuelto del trabajo. —Perfecto —Víctor Esteban sacó el móvil y abrió los contactos—. Apunte mi número. Si surge algo cambiamos la hora. Esa noche tardó en dormirse. Repasaba la conversación, evocaba detalles de historias antiguas. Varias veces cogió el móvil, tentado de cancelar, poner alguna excusa. Pero no lo hizo. Por la mañana le despertó el timbre. En la pantalla: “Miguel, vecino”. —¿Sigue en pie? —la voz sonaba un poco insegura. —Sí —respondió Víctor Esteban—. A las cinco estoy ahí.
El banco del patio Víctor Alonso salió al patio poco después de la una. Sentía una presión en las sienes
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043
Sin “tienes que”: Una tarde cualquiera en Madrid, Antón regresa a casa y descubre los platos con macarrones resecos, el yogur volcado sobre la mesa, los deberes a medio hacer y el móvil en manos de Vera en el sofá. Cansado de ser solo el padre que pone orden, propone a sus hijos dejar atrás el “hay que” y, por una vez, hablar de verdad —sin dobles, sin aparentar que todo está bien, sin ocultar miedos ni dudas—. Entre confesiones de cansancio, inseguridad ante el futuro y pequeñas heridas cotidianas, los tres descubren que la familia no es solo cumplir rutinas, sino atreverse a compartir lo que de verdad pesa… y, juntos, empezar de nuevo.
Sin el hay que Víctor abrió la puerta y se encontró con tres platos con restos de macarrones resecos
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031
El último verano en casa
Último verano en casa Llegué un miércoles, cuando el sol ya caía a plomo sobre el tejado y las tejas
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079
Sigamos adelante viviendo el uno para el otro: Tras la muerte de su madre, Egor intentó recomponerse. La madre llevaba tiempo ingresada en el hospital, donde finalmente falleció. Antes de eso, estuvo postrada en casa, y Egor y su esposa Vera se turnaban para cuidarla. Las casas estaban juntas, aunque él le propuso a su madre mudarse con ellos, ella jamás aceptó. —Hijo, aquí murió tu padre y aquí moriré yo. Así me resulta más fácil —lloraba ella, y Egor no pudo llevarle la contraria. Claro que para Egor y su esposa habría sido más fácil si su madre hubiese estado en su casa, pero su hija tenía trece años y no querían que su abuela se apagara ante sus ojos. Egor trabajaba a turnos y Vera era maestra de primaria en la escuela. Por eso, su madre siempre estaba atendida, incluso pasaban las noches en su casa por turnos. —Mamá, ¿la abuela va a morir pronto? —preguntaba Ksyusha—, me da mucha pena, es que es muy buena. —No lo sé, hija, pero ese día llegará en algún momento, así es la vida. La abuela empeoró y la llevaron al hospital. Egor tenía una hermana, Rita, tres años menor. Tenía un hijo, Antón, a quien la abuela y Vera solían cuidar, ya que Rita vivía viajando, decía que por trabajo. Hacía años que se había divorciado y no quería cuidar de su madre, ya que sabía que su hermano y su cuñada se ocupaban de ella. Rita era todo lo contrario a Egor: dura, fría y conflictiva. Tres días después, la madre de Egor y Rita falleció en el hospital. Tras el funeral decidieron vender la casa materna, pues si nadie la cuidaba, acabaría deteriorándose. La madre había dejado la casa en donación para Egor; la relación con Rita nunca fue buena y esta no mantenía contacto. Rita lo sabía y por eso tampoco la trataba. Tras vender la casa, Vera insistió: —Cuando tengas el dinero en mano, repártelo a partes iguales con Rita. —Vera, Rita ya tiene su piso; su exmarido le dejó una buena vivienda y se fue sin nada. Igualmente se gastará el dinero sin sentido. —Da igual, Egor. Así nuestra conciencia estará tranquila. Si no, irá hablando mal de nosotros por ahí. Egor se convenció y le entregó la mitad a su hermana, pero en lugar de agradecerle, ella dijo: —¿Solo esto? ¿Y el resto? Pasó el tiempo, Ksyusha ya tenía quince años, pero otro infortunio asoló a la familia: Vera enfermó gravemente. Ya antes no se sentía bien, lo atribuía al cansancio de su trabajo en la escuela, hasta que perdió el conocimiento en el patio de casa. Tras unas pruebas, descubrieron que tenía una enfermedad grave y era demasiado tarde. —¿No hay manera de ayudar a mi esposa? —preguntaba Egor, desesperado. —Hacemos todo lo que podemos, pero vino demasiado tarde al hospital… Ni siquiera vino, sino que la trajeron inconsciente. ¿No notaba que su esposa estaba enferma? —Sí que lo noté, pero Vera siempre ha vivido para los demás y nunca piensa en sí misma… —y se encogió de hombros. Vera volvió a casa para ser cuidada por su marido y su hija. La enfermedad avanzaba deprisa y Egor se ocupaba de los cuidados, incluso pidió vacaciones en el trabajo. Cuando se le acabaron, Ksyusha se ocupó tras la escuela, dándole de comer y aseándola como podía. Un día apareció Rita: —Egor, se me ha estropeado la lavadora, échale un vistazo, que tú entiendes de eso. —Vale, mañana salgo del trabajo y paso a verla. Reparó la lavadora y, al marcharse, pidió a su hermana: —Pásate de vez en cuando por casa, así Ksyusha no está sola con Vera. Tiene solo quince años y esto es duro, incluso para un adulto. Le toca cuidarla hasta por la noche cuando tengo turno. Vera no te es ajena, ayudó a criar a Antón casi hasta los diez años y te ayudó a quedarte con el piso cuando tu ex quería repartíroslo. —Bah, no me saques cosas de hace mil años. Antón ya tiene diecisiete, fui más rápida casándome. Sí, tu Vera me ayudó con el crío, pero es que yo estaba siempre de viaje. Por eso le regalé un anillo de oro. —Y Vera te lo devolvió enseguida, y tú te lo llevaste contenta. —Si no lo quería, pues me lo llevé. Además, no es lo mismo cuidar de un niño sano que de un enfermo terminal. De eso nada, yo no me apunto —contestó tajante, ni siquiera dio las gracias por la reparación. Egor, tras escucharla, solo atinó a decir: —No vuelvas a pedirme ayuda. Eres cruel y fría. No volvió a pensar en su hermana. Vera empeoraba cada día. Aquella tarde, Ksyusha lo vio por la ventana y salió corriendo a su encuentro. —¡Papá, a mamá le va muy mal, no quiere comer, se ha dado la vuelta y no dice nada! Intenté darle agua y medicinas, pero… —Tranquila hija, saldremos adelante, lo superaremos. Esa misma noche, Vera falleció. Padre e hija lloraron juntos, solos en el mundo. Egor sintió cierta paz al pensar que su mujer ya no sufría, y que Ksyusha ya no tenía que verla experimentar tanto dolor. Amaba a su esposa, pero la enfermedad les robó la energía a ambos. Tras el funeral, cayó en una profunda tristeza: le faltaban el cariño, la risa y el apoyo de su esposa. Ksyusha también sufría, pero intentaba consolarle. —Papá, hicimos todo cuanto estaba en nuestras manos. Hay que aceptarlo, ahora ya no sufre. Poco a poco nos acostumbraremos. Lo más importante es que nos tenemos el uno al otro. —Hija, qué mayor te has hecho… Lo que pasó con mamá te obligó a madurar. Se cuidaban mutuamente: Egor volvía del trabajo pensando en su hija, ella aprendió a cocinar y cenaban juntos, contándose cómo les había ido el día. Un día, al volver de trabajar, Ksyusha comentó: —Papá, tía Rita apareció tras la escuela y entró en casa detrás de mí. Me pidió el abrigo de piel de mamá y otras cosas. Dijo que tú estabas de acuerdo. —Yo no le autoricé nada, hija, y no quiero que vuelva a entrar. Cierra siempre la puerta cuando llegues, no tiene nada que hacer aquí. Tiempo después, Egor, estando en el trabajo, sufrió un fuerte dolor en el pecho, con dificultad para respirar y perdiendo la conciencia. Su compañero llamó a emergencias y lo llevaron al hospital. Ksyusha salió corriendo a verle, el médico le aseguró: —Tranquila, está consciente, pero ha tenido un amago de infarto y necesita tratamiento. Sobre Ksyusha recayeron todas las tareas: padre, casa, estudios… Visitaba a Egor en el hospital y le llevaba comida. Un día, Rita apareció con un pastel: —Ksyusha, hice un pastel para tu padre, pero no quiero ir a verle, ya sabes cómo es conmigo. Llévaselo tú, pero no digas que lo he hecho yo. —Vale, tía, gracias —dijo Ksyusha. Poco después llegó Antón, que a veces ayudaba a su prima. —Olvidé las llaves de casa y vine a ver si estabas. ¿Has hecho tú ese pastel? —No, lo trajo tu madre para papá. Toma un trozo, seguro que tienes hambre. Antón aceptó y se fue con ella al hospital. Al llegar, Antón se puso blanco, empezó a sudar y se desplomó en la entrada. Menos mal que estaban en un hospital. Descubrieron que tenía una sustancia tóxica en la sangre. —¿Qué comió? —preguntó el médico. —El pastel que trajo tía Rita para mi padre. —No se lo des a tu padre. Lo necesitamos para analizarlo. Avisaron a Rita, que llegó alarmada: —¡Ay Dios, hijo, ¿qué te ha pasado?! ¿Con qué te has intoxicado así? —Comió el pastel que trajiste, tía —dijo Ksyusha, y Rita se puso pálida. Al poco, la policía se llevó a Rita. Había puesto algo en el pastel para envenenar a Egor, pensando luego vender la casa. No pensó que Antón pudiera probarlo. Quería el dinero, sin preocuparse por las consecuencias. Cuando Egor salió del hospital, fue con Ksyusha y Antón a visitar a Rita a prisión. —Perdóname, Egor, Antón, Ksyusha… me arrepiento de verdad. Por el amor de Dios, perdonadme —lloraba ella. Egor retiró la denuncia y, al poco, Rita quedó en libertad. Antón, sin embargo, no la perdonaba, pasaba más tiempo con Egor y Ksyusha. —Tío Egor, nunca podré perdonar a mi madre. La odio, ¿cómo pudo hacerme esto? —Antón, uno no elige a los padres. Lo que hizo tu madre estuvo muy mal, pero está arrepentida. Hay que saber perdonar. Poco a poco la vida volvió a la normalidad. Antón entró en la universidad, Ksyusha terminó el colegio y se preparaba para continuar sus estudios, aunque le pesaba dejar a su padre solo. —No te preocupes, hija, yo me las arreglaré. Debes estudiar. Viviremos el uno para el otro: vendrás a verme los fines de semana y en vacaciones. A tu madre le hacía mucha ilusión que fueras maestra.
Después del fallecimiento de mi madre, poco a poco fui recuperando la compostura. Mi madre llevaba un
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025
Barcín esperaba junto a la puerta; pasó un día, dos, ¡una semana! Cayó la primera nevada y aún seguía allí. Sus patitas temblaban de frío y su estómago rugía de hambre, pero él persistía en su espera.
Barí se quedó junto al portal esperando. Día tras día, dos, una semana Cuando cayó la primera nevada
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049
Desde que era una niña pequeña, mis padres me decían que nadie me necesitaba y que no valía para nada. Se suele decir que los miembros de la familia son los más cercanos, especialmente las madres. Al fin y al cabo, han llevado a su hijo durante nueve meses, han dado a luz, han pasado noches en vela y se han entregado por completo por el bien de su hijo. En parte es cierto, pero no fue mi caso. Mi madre y yo somos personas completamente diferentes. Nunca encontramos un idioma común. Jamás me apoyó en nada. Cada vez que sentía ilusión por algo, ella se encargaba de apagar mis sueños con su actitud negativa. Según mi madre, yo era una niña torpe y poco inteligente, incapaz de hacer nada ni de lograrlo nunca. No entendía por qué me trataba así. Pero en cuanto necesitaba algo, era la primera en pedirme ayuda. Sí, sí, la hija que, según ella, no podía hacer ni lograr nada. Por suerte, al menos mi padre me quería y me apoyaba. Por eso decidí irme de mi ciudad natal a Madrid en busca de una vida mejor y de mi propia felicidad. En cuanto mi madre se enteró, entró en cólera. Me lo dijo todo, pero su único objetivo era retener a quien ella consideraba su esclava útil. Sin embargo, no me dejé manipular por su presión psicológica e hice todo tal y como yo quería. Y aquí estoy. Vivo en la capital, tengo un piso grande, mi propia empresa, dos hijos y un marido maravilloso. Y pensar que mi madre siempre decía que no podría lograrlo. Pero sí pude, y cualquiera que sepa taparse los oídos, ignorar las críticas y creer en sí mismo, también puede hacerlo.
Desde que era una niña pequeña, mis padres me decían que nadie me necesitaba y que no servía para nada.
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0119
Natalia, ya no estás desde hace cinco años, no te importa cómo vivo ni qué es de mí
Natalia, llevas cinco años sin estar aquí, sin preocuparte en absoluto de cómo vivo o qué ha sido de mí.
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053
Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían en la mesa. Marina los miraba sin verlos, pero veía perfectamente los números del reloj, que parecían avanzar despacio, burlándose de ella. 22:47. Kike prometió llegar a las nueve. Como siempre… El móvil no sonaba. Marina ya no estaba enfadada. Todo lo que quedaba vivo por dentro se había quemado por completo, dejando sólo un cansancio frío. Sobre las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni siquiera volvió la cabeza. Sentada en el sofá, arropada con una manta, miraba un punto fijo. —Hola, cariño. Perdona, se me hizo tarde en el trabajo —en la voz cansada de Kike sonó el tono falso y forzado de siempre. Kike siempre hablaba así cuando mentía. Se acercó para besarla en la mejilla. Marina se apartó de manera automática, apenas perceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, desenroscando la bufanda. —¿Te acuerdas qué día es hoy? —la voz de Marina era baja, apagada. Se quedó un segundo inmóvil, pensando. —Miércoles. ¿Por? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a verla con la tarta. Dijiste que vendrías. La expresión de Kike cambió de inmediato. La sonrisa se esfumó, dando paso a la culpa y al pánico. —Dios, Mari, se me ha ido por completo… Lo siento, de verdad, el trabajo me tiene desbordado. Mañana la llamo, te lo prometo. Kike fue a la cocina. Marina oía cómo rebuscaba en la nevera, el tintineo de platos y cubiertos. Siempre se refugiaba así, en la rutina de la cocina, como si las tazas y los tenedores pudieran esconderlo de las preguntas incómodas. Pero aquella noche ella no pensaba ahorrarle nada. Se levantó y fue a la puerta de la cocina. —Kike, ¿con quién estuviste hoy “liado” en el trabajo hasta las once de la noche? Él se volvió. La mano que sujetaba el brick de leche tembló. —Con el equipo. Estamos lanzando un proyecto nuevo. Ya sabes cómo es esto. Todo a contrarreloj. —Sí, ya —asintió Marina—. Y también sé que a las tres llamaste y dijiste: “Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglar esto”. Elena. Su exmujer. El fantasma que llevaba tres años viviendo con ellos. Ese frío de reproches y heridas sin cerrar. Kike se quedó blanco. —¿Me estabas escuchando? —No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño, que se te oía perfectamente. Le dejó el brick en la mesa y se sentó, pesadamente. —No es lo que tú crees. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué debería pensar? —por primera vez la voz de Marina se rompió—. ¿Que llevas medio año inquieto? ¿Que desapareces por las noches? ¿Que ya no me miras? ¿Qué pasa, intentas volver con ella? Dímelo de una vez, puedo soportarlo. Kike miró sus manos. Esas manos que eran buenas con las cosas, pero no supieron construir felicidad. —No pienso volver con ella —dijo en un susurro. —¿Entonces qué? ¿Vuelves a acostarte con ella? —¡No! —había tanta sinceridad y desesperación en sus ojos que Marina dudó de sus propias sospechas—. Mari, créeme, nada de eso. —¿Entonces qué? ¿Qué “arreglas” tú ahí? —casi gritaba—. ¿Pagas sus deudas? ¿Le solucionas la vida? ¿Vives para ella y no para mí? Kike guardó silencio. Las palabras que Marina llevaba meses callando rompieron el dique. —Vete, Kike. Vete con ella, si te importa tanto. O con quien sea. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. No quiero vivir así. Se encaminó a la salida, pero él le cortó el paso: —¡Que no tengo a nadie! ¡Ni a Elena ni a nadie! ¡No sé qué me pasa! Sólo… quiero arreglarlo todo. Se volvió, tragando saliva. —No hables en acertijos —logró decir Marina. —¿Quieres saber qué arreglo? —estalló Kike—. ¡A mí mismo! Intento arreglarme. Y no puedo. ¿Entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena. Creíste en mí cuando ni yo creía. Contigo todo iba a ser distinto. Yo iba a ser mejor. Pero no me sale. Lo estoy echando todo a perder: olvido fechas, paso más horas en el trabajo aunque sé que me esperas. Me encierro. Cuando te miro, veo cómo se apaga la luz en tus ojos. Exactamente como le pasó a ella. Marina permaneció en silencio. —No quiero buscar a otra —siguió Kike en voz baja—. Tengo miedo de que vuelva a pasar lo mismo. Que otra vez lo importante se me escape de las manos. Otra vez lágrimas, desesperación o rencor. No sé… ser marido. No sé compartir la vida, el día a día, sin dramas. Lo destrozo todo. Vivo al borde de la cuerda floja, temiendo caerme. Y tú… tú también pareces muerta conmigo… Kike la miró. Esta vez, su mirada era honesta y perdida: —Así que el problema no eres tú. Ni Elena. Soy yo… Marina escuchó todo aquel desvarío y vio la verdad: Kike no le fue infiel con otra mujer, le fue infiel a su vida por miedo. No era un villano, sino un hombre perdido, sin saber cómo seguir. —¿Y ahora qué, Kike? —preguntó aún sin reproche—. Ya lo has reconocido. ¿Y ahora? —No lo sé —reconoció él. —Pues aclárate tú solo —le cortó Marina—. Ve al psicólogo, lee, date de cabezazos, lo que quieras, pero deja de dar vueltas y buscar el botón mágico para arreglar tus errores. Ese botón no existe. Sólo hay trabajo. Contigo mismo. Hazlo tú solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó rozándole y se puso el abrigo en el recibidor. *** La puerta se cerró. Kike se quedó solo, rodeado sólo por el golpeteo de la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo la silueta de Marina se desvanecía bajo la lluvia, y de golpe sintió el peso insoportable de lo que le quedaba. Su fracaso ya no era un fantasma. Estaba allí, en el piso vacío, en la cena fría, en sus propias manos que ya no sabían agarrar nada. En vez de salir corriendo tras Marina, abrió una botella de brandy…
Los platos con la cena fría seguían en la mesa como islas olvidadas entre la niebla. Eugenia los contemplaba
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0199
Natalia, ya no estás desde hace cinco años, no te importa cómo vivo ni qué es de mí
Natalia, llevas cinco años sin estar aquí, sin preocuparte en absoluto de cómo vivo o qué ha sido de mí.
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