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Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez se dio cuenta de que había vivido mal su vida.
Me he jubilado y me siento irremediablemente sola. Recién ahora, en la vejez, me doy cuenta de que no
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Siempre en contacto
En línea La mañana siempre arrancaba igual para Esperanza González. Ponía la tetera sobre el fuego, echaba
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El Valor de una Amistad Duradera
El precio de una amistad de tantos años Siempre anhelábamos, Celia y yo, que acabaran juntos Entiendo
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La vida, como la luna: a veces llena, a veces menguante Siempre creí que nuestro matrimonio era inquebrantable y eterno, como el universo. Por desgracia… A mi futuro marido lo conocí en la Facultad de Medicina, cuando éramos estudiantes. Nos casamos en quinto curso. Mi suegra, como regalo de boda, nos obsequió un viaje a la antigua Yugoslavia (hoy Eslovenia) y las llaves de un piso. Y eso solo fue el principio. …Al casarnos, nos instalamos enseguida en un piso de tres habitaciones. Mis suegros nos ayudaban muchísimo. Cada año, gracias a ellos, mi marido y yo recorríamos Europa. Éramos jóvenes y felices, toda la vida por delante. Dima era virólogo, yo, médico de familia. Trabajar, cuidar, amar. Nacieron nuestros hijos: Daniel y Víctor. Ahora, después de tantos años, comprendo que en aquella época mi vida era un río caudaloso. Puedo afirmar claramente que viví diez años de matrimonio bañada en la abundancia. Todo se desmoronó en un instante. …Suena el timbre. Abro la puerta. Veo a una chica guapa, algo cabizbaja. —¿A quién buscas, chica? —pregunto tranquila. —¿Eres Sofía? Entonces vengo a verte. ¿Puedo entrar? —duda la desconocida. —Pasa —ya siento la intriga. Al mirarla mejor, noto que está levemente embarazada. —Sofía, me llamo Tania. Me avergüenza decirlo, pero estoy muy enamorada de tu marido. Dima también me quiere. Vamos a tener un hijo —Tania lo soltó de golpe. —Vaya… Sorpresa. ¿Eso era todo? —empiezo a calentarme. —No —la chica saca de su abrigo una caja bonita—. Toma, por favor, Sofía. Es para ti. Abro la caja. Hay un anillo de oro. —¿Para qué es esto? ¿Crees que puedes comprar a mi marido? ¡Dima no está en venta! ¡Llévate esto! —cierro la caja de golpe y ya me hierve la sangre. —Sofía, no quiero ofenderte. Me siento fatal contigo. No sé qué hacer. Sé que tú y tus hijos vais a sufrir. Mi madre siempre me advertía: “Hija, si te enamoras de un hombre casado, te arruinas la vida.” Pero no puedo vivir sin Dima. ¡Acepta al menos el anillo! ¡Quizá así me sienta menos culpable! —Tania rompe a llorar de verdad. Por un instante me da pena. Dios mío, ¿quién se apiadará de mí? Esa lagarta me ha robado la felicidad y yo la compadezco… Al recobrarme, le devuelvo el “regalo” y la echo de casa. Precisamente desde aquel instante mi vida empezó a irse cuesta abajo… Mi suegra me llamó para decirme que Dima nos dejaba. Ella misma vino a casa a recogerle todas sus cosas. Le señalé el armario, aún sin creérmelo del todo. Lo guardó todo con mucho esmero en una maleta que ella misma había traído. —Sofita, pase lo que pase, seguiremos siendo familia. Y Dima con Taniuca, como terneros: donde se junten, allí se lamerán —“me consoló” mi suegra. A los seis meses, Dima y Tania tuvieron una hija. Luego me llegó el rumor de que Dima adoptó a la hija de Tania de su primer matrimonio. Durante ese tiempo, Dima no visitó nunca a sus hijos. Les pasaba una miseria a través de mi suegra, lo que contaba como pensión. Eran los años 90. Yo acabé en el hospital con un ataque de nervios. Daniel y Víctor se quedaron en casa de mi suegra, que los cuidaba y mimaba. Al salir corriendo del hospital, fui a buscarlos, pero mis hijos se negaron tajantemente a volver a casa. Que si la abuela cocina mejor, que no les regaña, dulces sin límite. No tenía argumentos. Mi suegra, abrazando a los niños, me pidió: —Sofita, deja que se queden los chicos aquí con el abuelo. Además, tú tendrás que dividir la vivienda de tres habitaciones, qué engorro, y necesitas atenderlo todo. Dima y yo hemos decidido que no puedes pagarla sola. ¿No te basta con un estudio? Así, viendo pasarlas, me volví sola a casa. Es decir, no solo me dejaron sin marido, ahora eran mis hijos los siguientes. Tuve que dividir el piso. Acabé en un minúsculo estudio, sin reformar, con paredes desconchadas, baño de otra época y suelos de madera pasada. Mis hijos se quedaron a vivir con la abuela. Solo me dejaban verlos en días muy señalados. —Sofita, no alteres la paz de los chicos con tus visitas —decía mi suegra—. Haz tu vida. Mis hijos y yo nos fuimos distanciando; el lazo afectivo se perdió durante muchos años. Solo quería acurrucarme en mi gélido refugio y olvidar. Había perdido las ganas de vivir. Mi abuela solía decir: “La vida es como la luna: a veces llena, a veces en menguante.” Yo sabía que aquello no podía durar. Si no, me volvería loca. Quería hacer algo… irracional, loco. Me cansé de ser la niña buena de la que todos abusan. Al fin y al cabo, me gradué en Medicina con matrícula de honor. …Me enviaron por trabajo a un congreso en Francia. Allí conocí a un médico serbio, Jovan. Hasta hoy no sé cómo conseguíamos entendernos. Pero no nos hizo falta hablar. Fue una pasión loca. Pero tras diez días tuve que volver a casa. ¡No quería! Aquella historia con Jovan me devolvió la vida. Estaba llena de energía. Luego vinieron otros romances esporádicos. Nada serio. Mi suegra comentó: —Sofía, ¡estás más guapa! ¡Eres como la primavera! Pero seguía sola. Mi mejor amiga, antes de mudarse a Grecia, me invitó de visita. Olya, soltera y sin hijos. —Sofita, me caso con un griego. Ya estoy harta de borrachos. Por fin quiero vivir como una mujer normal —Olya sollozó. —¿Por qué llorar? ¡Entras en una nueva vida! ¡A los cuarenta todo empieza! —no entendía sus lágrimas. —Pues mira, Sofía. Mi Shuri no sabe nada. Quiero presentártelo. A ver si tú consigues animarle. ¡Vamos, te lo regalo! —hizo un gesto exagerado. Bueno, si hay novio, que haya boda… Así adopté a un hombre abandonado. Así fue como Shuri se convirtió en mi marido legal. Tenía solo un defecto. Pero ese “pero” eclipsaba todo lo bueno de mi hombre regalado. Como decimos, buen abrigo, pero manchado. Shuri bebía sin fin. Pero ya se sabe: el amor es ciego… A veces hasta el diablo parece un bombón. No podía imaginarme sin este borrachín. Y empezó el calvario… …Terapias, centros de rehabilitación, mis lágrimas. En vano. Yo no me separaba de mi marido. Y Shuri me decía: —Sofía, tú quieres que deje de beber, pero yo no quiero. Jamás se me pasó por la cabeza dejarle. Era mi marido, aunque fuese de retales. Me cansé de la soledad amarga como la absenta. Decidí luchar por mi hombre, igual que aquella Tania que me lo quitó sin dificultad. Me costó siete años… Shuri se detuvo. Encontró trabajo como conductor en el tanatorio. Lo que ve cada día le impacta. Pero yo soy feliz. Quizá suene cruel, pero por fin tengo un marido formal. Llega a casa callado y pensativo. Y, lo mejor, sobrio. Olya, cuando viene de Grecia, alucina: —¿Shuri no bebe? ¡No me lo creo! Yo, riéndome, le respondo: —¡No se admite cambio ni devolución! …Mis hijos crecieron. Ahora tienen algo más de 30. Ambos solteros. De tanto ver dramas de adultos, no quieren casarse. Lo han intentado, pero… Veo lo de los nietos difícil. …Y sobre mi exmarido: su segunda mujer, Tania, acabó destrozada por el alcohol. Su hija ahora cría sola a su propio hijo. Dima se volvió a casar, esta vez con su enfermera de la consulta. Antes de eso, preguntó tímidamente a nuestros hijos: —¿No quiere mamá volver a empezar? Yo contesté, como quien cierra una puerta: —¡Solo cuando los burros vuelen! O sea, ¡nunca!
LA VIDA, COMO LA LUNA: AHORA LLENA, AHORA MENGUANTE Parecía que nuestro matrimonio era firme e inquebrantable
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026
Las reglas del verano Cuando el tren de Cercanías frenó en el andén diminuto, Carmen ya aguardaba al borde, apretando contra el pecho una bolsa de tela. Dentro rodaban manzanas, un bote de mermelada de cereza y un tupper con empanadillas. Nada de eso era, por supuesto, imprescindible—los nietos venían saciados, de la ciudad, cargados con mochilas y bolsas—pero aun así las manos siempre buscaban algo que cocinar. El tren se estremeció, las puertas se abrieron y del vagón saltaron de golpe tres figuras: Daniel, larguirucho y escuálido; su hermana pequeña, Lara; y una mochila que parecía tener vida propia. — ¡Yaya!—Lara fue la primera en verla, saludó tan enérgica que las pulseras tintinearon. Carmen sintió ascender por la garganta una oleada cálida. Dejó la bolsa cuidadosamente en el suelo para no tirarla y abrió los brazos. — Ay, ¡menuda pinta traéis…!—Quiso decir “cómo habéis crecido”, pero se mordió la lengua a tiempo. Ellos ya lo sabían. Daniel avanzó algo más despacio, la abrazó con un brazo, con el otro sujetando el peso de la mochila. — Hola, abuela. Ya le sacaba casi una cabeza. Barbita incipiente, muñecas flacas, auriculares asomando del cuello de la camiseta. Carmen se sorprendió buscando en él al niño que un día correteaba por la casa rural con botas de agua, pero la mirada tropezaba en rasgos adultos y ajenos. — El abuelo os espera en el coche abajo —informó—. Venga, vamos, ¡que se me enfrían las croquetas! — Un momento, hago una foto—Lara ya tenía el móvil preparado; captó el andén, el tren, a la propia Carmen.—Para historias. La palabra “historias” voló, pájaro fugaz, por su oído. Juraría que ya lo había preguntado a su hija en invierno, pero se le había olvidado la explicación. Lo importante era que la nieta sonriera. Bajaron las escaleras de cemento. Junto al viejo Renault 4L esperaba don Víctor. Se alzó, dio una palmada en el hombro de Daniel, abrazó a Lara, saludó a su mujer con un gesto seco. Era siempre más parco, pero Carmen sabía que dentro hervía igual de emoción. — ¿Entonces, ya vacaciones? —preguntó. — Vacaciones —respondió Daniel, lanzando la mochila al maletero. Durante el camino estuvieron callados. Afuera se sucedían casas, huertas, algún que otro gallinero. Lara revisó un par de veces el móvil, Daniel rió viendo la pantalla, y Carmen se sorprendió espiando sus manos, sus dedos siempre enredados en esos rectángulos negros. No pasa nada, se dijo para sí. Lo esencial es que en casa se viva “a nuestra manera”. Después, que hagan… como sea costumbre hoy. El hogar los recibió con aroma a croquetas y a perejil fresco. La mesa de la galería, vestida con hule de limones, les aguardaba. La sartén chisporroteaba, en el horno se doraba una empanada de repollo. — ¡Madre mía, parece una fiesta! —exclamó Daniel asomando a la cocina. — Fiesta no, hijo, esto es la comida—le corrigió sin pensar, para luego arrepentirse.—Venga, lavad las manos. Está el jabón en el aseo. Lara no soltaba el móvil. Mientras Carmen ponía ensaladas, pan y croquetas, la veía de reojo fotografiando platos, ventanas o a la gata, Mimí, asomada al zócalo. — En la mesa no se usan móviles, ¿eh?—dijo al sentarse, como quien no quiere la cosa. Daniel alzó la vista. — ¿Cómo dices? — Literal —intervino don Víctor.—Coméis y luego ya, lo que queráis. Lara titubeó un instante, giró su móvil boca abajo junto al plato. — Solo era para sacar una foto… — Ya la has hecho—la interrumpió Carmen, amable.—Comamos tranquilos y luego ya publicas… o lo que sea eso. Dijo “publicas” con inseguridad. No tenía claro cómo se llamaba ahora, pero ya valía. Daniel, dudando, dejó también el móvil en el extremo de la mesa. Tenía cara de quien se quita un casco de astronauta. — Aquí vamos por horario—continuó Carmen, sirviendo compota.—Comida a la una, cena a las siete. Por la mañana se madruga, nada de remolonear hasta tarde. Después, hacéis lo que os apetezca. — ¿Qué pasa si quiero ver una peli de noche? —replicó Daniel. — De noche se duerme —sentenció don Víctor sin levantar la vista. Carmen percibió la fina hebra de tensión que crecía entre ellos. Se apresuró a añadir: — No es un cuartel, claro. Pero si dormís hasta las tantas, perdéis el día. Aquí hay río, hay bosque, hay bicis. — ¡Yo quiero ir al río!—saltó Lara—Y en bici. Y una sesión de fotos en el jardín. La palabra “sesión” ya sonaba familiar. — Muy bien —asintió Carmen.—Pero antes hay que ayudar un poco. Habría que desbrozar patatas y regar las fresas. No hemos venido de señoritos. — Abue, que estamos de vacaciones… —protestó Daniel, pero don Víctor lo miró serio. — De vacaciones sí, pero esto no es un balneario. Daniel suspiró, pero no replicó. Por debajo de la mesa, Lara le dio un toquecito furtivo con la zapatilla, y él sonrió. Tras la comida, subieron a colocar sus cosas en las habitaciones. Carmen pasó a verlos más tarde. Lara ya tenía camisetas colgadas, el neceser ordenado, recargando el móvil en la ventana. Daniel, tumbado en la cama, absorto con el móvil. — Os he puesto las sábanas limpias —dijo—. Si algo no está bien me avisáis. — Todo bien, abuela —respondió Daniel sin apartar la vista del móvil. A Carmen aquel “todo bien” la pinchó. Pero solo asintió. — Por la tarde haremos barbacoa. Luego de descansar bajáis un rato al huerto, una horita. — Vale —masculló Daniel. Carmen salió, cerró la puerta despacio y se detuvo en el pasillo. De la habitación llegaba la risa de Lara, hablando por videollamada. Carmen se sintió súbitamente mayor. No de espalda, sino como apartada, fuera de una capa de vida invisible de los jóvenes. Da igual, se consoló. Ya nos apañaremos. Lo esencial es no agobiarles. Aquella tarde, cuando caía el sol, salieron al huerto. La tierra estaba tibia y la hierba crujía bajo los pies. Don Víctor explicaba a Lara qué era hierba y qué zanahoria. — Esto lo arrancas, esto no lo toques. — ¿Y si me confundo? — Nada pasa —terció Carmen.—No somos cooperativa. Daniel, apartado con la azada, miraba al porche. En la ventana brillaba una luz azul: el monitor encendido. — ¿No perderás el móvil? —preguntó don Víctor. — Si lo dejé en la habitación —rezongó Daniel. Aquella confesión alegró más de lo esperado a Carmen. Los primeros días se mantuvo la paz. Carmen los despertaba a las nueve, entre quejas, pero en media hora bajaban a desayunar. Ayudaban en casa, luego Lara hacía sesiones con Mimí, Daniel leía, escuchaba música o se iba en bici. Las normas eran detalles. Sin móviles en la mesa, silencio de noche. Solo una noche, la tercera, Carmen despertó por una risa casi inaudible tras la pared. Miró el reloj: las doce y media. ¿Ignorar o intervenir? Dudó. Al repetirse la risa y el sonido de un mensaje de voz, suspiró, se ajustó la bata y llamó suavemente. — ¿Daniel, estás despierto? La risa se cortó. — Ahora abro —susurró él. Apareció con el móvil, ojos rojos, pelo revuelto. — ¿No te has dormido aún? — Estoy viendo una peli, con mis amigos al mismo tiempo. Carmen imaginó a otros chavales igual, en ciudades lejanas, viendo ese mismo filme y chateando a la vez. — Mira: no me importa que veas pelis. Pero si te desvelas, al día siguiente no rindes y no sales al huerto. Lo pactamos: hasta las doce, bien. Después, a la cama. Se le notó el disgusto. — Pero es que ellos… — Ellos están en sus casas; aquí hay otras costumbres. Tampoco te he dicho de acostarte a las nueve… Él dudó, se rascó el cogote. — Vale —acabó cediendo.—Hasta las doce. — Y cierra la puerta, que la luz se cuela. Y el volumen bajito. Al regresar a la cama, Carmen se preguntó si había sido demasiado blanda. Antes era más estricta con su hija. Pero eran otros tiempos. Los roces surgieron en nimiedades. Un día caluroso le pidió a Daniel que ayudara a don Víctor a mover tablas. — Ahora voy —prometió él sin apartar el móvil. Diez minutos después seguía clavado en el porche, las tablas sin tocar. — Daniel, el abuelo ya está cargando solo —le dijo, levemente dura. — Acabo esto y bajo —contestó, exasperado. — ¿De verdad es tan urgente? Como si el mundo se hundiera sin ti. Levantó la cabeza, cortante. — Es importante, tenemos torneo. — ¿Torneo? ¿De qué hablas? — Por internet, en equipo. Si salgo ahora, pierden todos. Estuvo a punto de decir que había cosas más vitales que los juegos, pero vio sus hombros tensos, su gesto crispado. — ¿Cuánto te queda? — Veinte minutos. — Vale. En veinte minutos, bajas. ¿Vale? Él asintió y al cabo del tiempo salió, poniéndose las deportivas. — Ya voy, ya voy. Estos pactos pequeños hacían pensar a Carmen que aún podían gestionar la convivencia. Pero una vez todo se torció. A mediados de julio, debían ir al mercado. Don Víctor advertía que necesitaba ayuda para cargar las bolsas y vigilar el coche. — Mañana vienes conmigo —dijo Carmen a Daniel por la noche—. Yo me quedo con Lara en casa, que vamos a hacer mermelada. — Yo no puedo —saltó él. — ¿Cómo que no? — He quedado para ir con amigos a la ciudad. Un festival, música, puestos… —buscó apoyo en Lara, que se limitó a encogerse de hombros.—Os lo dije. Carmen no lo recordaba. Quizás sí, pero vagamente; últimamente hablaban demasiado y a ratos. — ¿A qué ciudad? — A la nuestra, en Cercanías, junto a la estación. Eso a don Víctor no le agradó. — ¿Sabes el camino? — Van todos juntos. Y ya tengo dieciséis. Ese “dieciséis” fue una barricada. — Tu padre y yo acordamos que no andabas por ahí solo —insistió don Víctor. — Que voy acompañado, vamos en grupo. — Mejor así. Carmen sintió crecer la tensión en el aire de la cocina. Lara acabó sus macarrones sin ruido. — Hagamos esto —intentó mediar ella—: ¿y si vais esta tarde y mañana él sale con los amigos? — El mercado es solo mañana —cortó don Víctor.—Solo no puedo. — Yo puedo —saltó Lara. — Te quedas ayudando en casa —respondió por rutina. — Me apaño—replicó Carmen.—La mermelada puede esperar. Que vaya Lara contigo. Don Víctor la miró, sorprendido y tozudo a la vez. — ¿Y el señorito entonces descansa? —señaló a Daniel. — Es que…—empezó Daniel. — ¿No entiendes que esto no es la ciudad? Aquí respondemos por ti. — Por mí siempre responde alguien —se rebeló Daniel.—¿No puedo decidir una vez en mi vida? La frase dejó un vacío doloroso. Carmen quiso decirle que lo entendía, que ella también había querido su “independencia”, pero en vez de eso se oyó pronunciarse, seca, ajena: — Mientras vivas bajo este techo, respetas nuestras reglas. Él retiró violentamente la silla. — Pues entonces nada—resopló, y salió dando un portazo. La noche fue tensa. Lara intentó hacer bromas, Don Víctor apenas hablaba, Carmen fregaba platos con la cabeza en sus palabras: “nuestras reglas” repicaba como una cuchara en un vaso. Por la noche una calma antinatural cubría la casa. Carmen se despertó sobresaltada y comprobó que no se filtraba ninguna luz de la habitación de Daniel. Al menos dormirá —pensó, girándose. Por la mañana a las nueve menos cuarto, Carmen vio a Lara bostezando en la mesa, Don Víctor leía el periódico. — ¿Daniel? —preguntó. — Dormirá —supuso Lara. Subió y llamó a la puerta. — Daniel, arriba. Nadie contestó. Abrió. Cama deshecha, chaqueta en la silla, el cargador en la mesa, móvil desaparecido. Sintió el estómago hundirse. — No está —anunció bajando. — ¿Cómo que no? —preguntó don Víctor, incorporándose. — Ni rastro. Se ha llevado el móvil. — Igual salió fuera, al patio —propuso Lara. Revisaron el patio, el cobertizo y el huerto. La bici, sin tocar. — El Cercanías sale a las ocho cuarenta —murmuró don Víctor, mirando hacia la carretera. Carmen notó las palmas heladas. — Quizás fue al pueblo… — ¿A qué amigos? Aquí no conoce a nadie. Lara sacó el móvil. — Le escribo. Tecleó deprisa. Al minuto negó con la cabeza. — Nada, ni lo lee. Hay solo un tick. Para Carmen, “un tick” no significaba nada, pero por la cara de Lara comprendió que era malo. — ¿Y ahora qué? —preguntó a don Víctor. — Voy a la estación. A ver si alguien lo vio. — ¿No será exagerado? Puede que… — Desapareció sin decir palabra —cortó él.—No es poca cosa. Se vistió rapidísimo y cogió las llaves. — Tú quédate. Por si vuelve. Lara, si te escribe, avísanos al instante. Al quedarse sola, Carmen agarró con fuerza la bayeta. En la cabeza se cruzaban imágenes: Daniel en el andén, subiendo al tren, perdiendo el móvil, o… Se sacudió. Tranquila. No es tonto, ni un crío. Pasó una hora. Luego otra. Lara revisaba mensajes constantemente. — Nada. Ni conectado—repetía. A las once volvió don Víctor, la cara cansada. — Nadie lo vio.—Fui hasta la estación y nada. — A lo mejor fue a ese festival… — ¿Sin dinero, sin nada? — Lleva dinero en la tarjeta —intervino Lara.—Y en el móvil. Se miraron. Para ellos el dinero era físico; para los chavales, virtual. — ¿Avisamos a sus padres? —sugirió Carmen. — Llama.—Ya da igual, dirá que es culpa nuestra. La llamada fue dolorosa. Su hijo se enfadó, preguntó por qué no vigilaban más. Colgó y Carmen se sentó, tapándose la cara. — Yaya —susurró Lara—, seguro que no ha pasado nada. Solo está enfadado. — Se fue sin avisar—contestó Carmen, apagada.—Como si fuéramos sus enemigos. El día transcurrió lento y pesado. Lara ayudó a hacer mermelada, don Víctor se metió en el cobertizo. Nadie se concentraba. El móvil de Lara permaneció mudo. Al atardecer, mientras Carmen tomaba té en la galería, oyó movimiento. Chirriaron las puertas del jardín; en el hueco apareció Daniel. Y de pronto, entre el polvo de la camisa y la mochila al hombro, estaba su nieto, cansado pero ileso. — Hola —susurró. Carmen se levantó. Por un segundo quiso abrazarlo, pero se contuvo. — ¿Dónde estabas? — En la ciudad.—En el festival. —Bajó la mirada.—Con amigos. Bueno, casi solo. Los conocí allí. Don Víctor se sumó, secándose las manos. — ¿Tienes idea del susto que nos diste…? — Envié mensajes —se apresuró Daniel.—Se fue la cobertura y luego se me apagó el móvil. Me olvidé el cargador. Lara le mostró el móvil. — Yo también te escribí. Solo un tick. — No lo hice a propósito —contestó él, encogiéndose.—Lo que pasa es que pensé que si pedía permiso no me dejaríais ir. Y… Se truncó. — Así que preferiste no avisar —zanjó don Víctor. Silencio. Pero había en el ambiente menos rabia y más cansancio. — Entra y come algo —dictaminó Carmen. Le sirvieron sopa, pan, compota. Daniel comió callado y entero. — Es que en esos food trucks todo cuesta un dineral —masculló—. Vuestros “furgones” estos… El “vuestros” ella lo dejó pasar. Tras cenar, salieron de nuevo a la galería. — Escucha —empezó don Víctor—: quieres libertad, lo entendemos. Pero respondemos por ti. Si quieres salir, avisa con tiempo. Un día antes. Lo hablamos, vemos el plan. Si estás de acuerdo, perfecto. Si no, te aguantas. Pero desaparecer así, nunca más. — ¿Y si no me dais permiso? — Entonces te enfadas, pero te quedas.—intervino Carmen.—Y nosotros también nos enfadamos, pero te llevamos al mercado. Él los miró. En sus ojos se mezclaban enfado y derrota. — No era mi intención preocuparos —admitió—. Solo quería elegir por mí mismo. — Elegir solo está bien. Pero ser responsable es también cuidar de los que se preocupan—afirmó Carmen. Le sorprendieron sus propias palabras: sonaron sinceras, no sermón. Suspiró Daniel. — Vale. Lo entiendo. — Y apunta otra: si se te apaga el móvil, busca cómo cargarlo y avísanos nada más. Aunque te reñamos —añadió don Víctor. — Perfecto —consintió Daniel. Guardaron un rato de silencio. Ladró un perro, mimó la gata en el huerto. — ¿Y el festival?—preguntó Lara. — Normal—contestó él.—La música regulera, pero la comida rica. — ¿Y las fotos? — Se me apagó el móvil. — Pues vaya, sin prueba ni memoria digital. Él sonrió, resignado. Aquel día la casa cambió. Las normas siguieron, pero se hicieron más flexibles. Carmen y don Víctor las apuntaron en una hoja: no levantarse más tarde de las diez, ayudar en casa dos horas al día, avisar de salidas y nada de móviles en la mesa. La hoja colgó en la nevera. — Parece un campamento —bromeó Daniel. — Pero de familia —ripostó Carmen. Lara añadió sus propias normas: — Vosotros tampoco me llamáis cada cinco minutos si bajo al río. Y nada de entrar sin llamar a mi cuarto. — Ya ni lo hacemos…—se extrañó Carmen. — Añádelo igual —dijo Daniel.—Por justicia. Pusieron dos líneas más. Don Víctor refunfuñó, pero firmó. Llegaron rutinas comunes. Un día Lara desempolvó un viejo juego de mesa. — Por la noche jugamos —propuso. — Yo jugaba de pequeño —respondió Daniel. Don Víctor se resistió, alegando que tenía que arreglar algo en el garaje, pero acabó participando. Resultó ser el más experto. Disfrutaron, discutieron, hicieron trampas. Los móviles, olvidados. Otra costumbre fue cocinar juntos. Un sábado Carmen se plantó: — Hoy cocináis vosotros. Yo solo oriento dónde está qué. — ¿Nosotros? —doblaron la voz. — Sí. Lo que queráis. Siempre que se pueda comer. Se emplearon a fondo. Lara encontró una receta moderna, Daniel cortaba verdura, discutían. La cocina olía a cebolla, a especias. Había montaña de platos, pero flotaba ánimo festivo. — Si luego toca batalla campal en el baño, no protesis —gruñó don Víctor—. Pero he repetido. También hallaron un pacto en la huerta. En vez de forzarles a desyerbar a diario, Carmen propuso “parcelas propias”. — Esta franja, para ti —a Lara, señalando las fresas.—Esta a ti, Daniel: las zanahorias. Cuidad de ellas. Si ni os preocupáis, sin cosecha después. — Un experimento científico —rió Daniel. — Grupo control y grupo experimental —secundó Lara. Al final, Lara cada anochecer controlaba sus fresas y subía fotos tituladas “mi huerto”. Daniel regó dos veces y luego olvidó su hilera. Al final del verano, la cesta de Lara rebosaba y la de Daniel apenas tenía dos zanahorias. — ¿Conclusión? —preguntó Carmen. — Lo mío no es la agricultura —admitió, serio. Risas generales, ya sin tensión. Llegando septiembre, la casa seguía su ciclo: desayuno juntos, cada uno a lo suyo, cena compartida. A veces Daniel trasnochaba con el móvil, pero a la medianoche apagaba y Carmen, al pasar frente a su cuarto, escuchaba el dulce rumor de su respiración. Lara se iba al río pero mandaba siempre mensaje diciendo dónde estaba y cuándo volvía. Aún discutían. Por la música, por la sal, por si lavar platos a la mañana. Pero ya no eran guerras. Más bien lo propio de quienes comparten un techo. La última tarde, Carmen horneó un bizcocho de manzana. El aroma invadió la casa, el ocaso refrescaba la galería. Las mochilas estaban listas, la ropa doblada. — Foto de despedida —propuso Lara, partiendo el bizcocho. — Otra vez con vuestros… —murmuró don Víctor, y calló. — Es solo para nosotros. No la subo a ningún lado. Salieron al jardín. El sol caía sobre los manzanos. Lara puso el móvil con temporizador sobre un cubo, corrió junto a ellos. — Yaya al centro. Abuelo a la derecha, Daniel a la izquierda. Se juntaron, algo incómodos, hombro con hombro. Daniel rozó el codo de Carmen, don Víctor también se acercó. Lara los rodeó del talle. — ¡Sonrisa! Click. Y otro. — Listo —Lara fue a mirar y se iluminó.—Genial. — Enséñame —pidió Carmen. En la miniatura aparecían cómicos: ella con el delantal, don Víctor en camisa de cuadros, Daniel despeinado, Lara con camiseta chillona. Pero lucían juntos, familiares. — ¿Me la imprimes? —rogó Carmen. — Claro—respondió Lara—. Te la paso por WhatsApp. — ¿Y cómo la imprimo yo del móvil? —se azoró Carmen. — Yo te ayudo —intervino Daniel—. Te vienes a casa un finde y la sacamos. O te la traigo en octubre. Ella asintió. Sintió una calma nueva. No porque se entendiesen sin palabras—seguirían discutiendo, seguro—, sino porque entre sus normas y su libertad había nacido una senda para ir y venir. Aquella noche, cuando los nietos dormían, Carmen salió a la galería. El cielo, salpicado de estrellas tenues, cubría los tejados. Silencio. Se sentó abrazando sus rodillas. Don Víctor se sumó y se sentó a su lado. — Mañana se irán. — Mañana—asintió ella. Guardaron silencio. — Al final, no estuvo tan mal. — No. Nos hemos aprendido algo, quizá. — Y aún queda mucho por aprender, seguro —rió él. Ella sonrió. En la ventana de Daniel no brillaba ya la luz azul. En la de Lara, tampoco; seguro el móvil reposaba conectado, ganando fuerza para el día siguiente. Carmen cerró la puerta, revisó el papel de las reglas en la nevera. Bordes doblados, bolígrafo al lado. Paseó el dedo por las firmas, pensando que el verano siguiente acaso reescribieran el papel. Cambiarían cosas, pero lo principal permanecería. Apagó la luz de la cocina y fue a acostarse, notando cómo la casa respiraba tranquila, aceptando todo lo vivido ese verano y guardando dentro un hueco para lo que estaba por llegar. Las reglas del verano
Reglas para el verano Cuando el Cercanías frenó al llegar a la pequeña estación, Ángeles López ya estaba
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— Cuando yo falte tendrás que dejar el piso, se lo dejo a mi hijo… — Lo siento, Gema, pero cuando yo muera tendrás que desalojar este piso —le dijo Anatolio a su esposa—, se lo dejaré a mi hijo. Ya he hecho los trámites necesarios. Espero que no me guardes rencor por ello. Tú tienes hijos, ellos cuidarán de ti. La vida de Gema fue muy difícil. Creció en un orfanato, no conoció a sus padres, y se casó joven por amor, aunque no encontró la felicidad con su marido. Treinta y cinco años atrás, siendo aún una mujer joven y madre de dos niños pequeños, quedó viuda al morir trágicamente su esposo Nicolás. Cinco años vivió sola trabajando sin descanso para que a sus hijos no les faltara nada, hasta que conoció a Anatolio. Por suerte, contaba con su propia vivienda: un piso heredado de su marido. El elegido de Gema le llevaba trece años, tenía en propiedad un piso de tres habitaciones y ganaba bien. Se unieron enseguida, Gema aceptó la propuesta de Anatolio de irse a vivir juntos. Los hijos de Gema se adaptaron pronto a la nueva familia. La hija mayor, Blanca, fue un poco desconfiada al principio, pero Anatolio supo ganarse su confianza. El hijo menor, Borja, casi de inmediato empezó a llamarle papá. Anatolio crió a los hijos de su mujer como propios, nunca hizo distinciones, y les dio dinero, tiempo y cariño. Tanto Borja como Blanca estaban muy agradecidos por la infancia feliz que les dio su padrastro. *** Borja y Blanca hace tiempo que vivían por su cuenta. Blanca se casó joven y dejó el hogar familiar. Borja, que soñaba con ser militar, tampoco residía ya con sus padres. Diez años atrás, Gema reunió a sus hijos para tratar un asunto importante. — Quiero vender nuestro piso de dos habitaciones —les dijo—, hace falta reformar el nuestro: cambiar los muebles, las cañerías… El otro piso ya lleva tiempo vacío, ¡me gustaría saber si estáis de acuerdo! ¿Vendemos el piso y repartimos el dinero? Blanca se encogió de hombros: — Por mí bien. No reclamo ese piso, pero si te soy sincera, mamá, el dinero no me vendría mal. Ya sabes que mi hijo necesita tratamiento. El hijo mayor de Blanca nació con una enfermedad congénita que le afectó la movilidad, de ahí que requiriesen mucho dinero en rehabilitaciones y viajes a Madrid. Borja apoyó a su hermana: — Yo tampoco me opongo. Mi parte dásela a Blanca, que lleve a Graciano a Madrid. Yo sigo pagando mi hipoteca, ya tengo piso propio. La salud del niño es lo primero. Gema vendió el piso de dos habitaciones, repartió la mitad de la suma a Blanca y usó el resto para remodelar el piso de Anatolio, renovando desde la instalación eléctrica hasta la fontanería y todo el mobiliario con su propio dinero. Lo que no sabía es que invertía en una casa ajena, y ni imaginaba lo que su marido le haría después de tres décadas de convivencia. Los problemas de salud de Anatolio se agravaron hace cuatro años. Dolores de rodillas continuos, hasta tal punto que a veces no podía levantarse. Gema insistía en llevarlo a consulta, le preparó menús saludables tras consultar a especialistas, eliminó dulces y cambió por frutos secos, pero él se negaba a hacer dieta ni seguir recomendaciones. Gema, pese a todo, logró que se pusiera en tratamiento y perdiera algo de peso, pero poco sirvieron los fármacos, y Anatolio seguía sufriendo y moviéndose con dificultad; ella le asistía hasta en ir al baño. A la enfermedad de las articulaciones se sumaron problemas cardíacos y de presión. Blanca y Borja, preocupados, iban a verle a menudo. *** Varias veces hospitalizaron a Anatolio. Gema le cuidaba día y noche. Un día, al ir a visitarle, abrió la puerta a un joven desconocido. Había algo familiar en él: — Buenas tardes, ¿puedo ver a Don Anatolio? — Ahora mismo no está… ¿Quién es usted? — Me llamo Sergio. Soy hijo de Anatolio. Gema se quedó perpleja al ver lo parecido que era a su marido en juventud. Sergio, tras conocer la situación, quiso acompañarla al hospital: — Recuerdo a mi padre joven y fuerte… Me gustaría verle. Gema le animó y Sergio pudo conocer a su padre tras años sin verlo. Ella hasta entonces ignoraba que Anatolio había estado casado antes y que tenía un hijo, pues siempre le había dicho que no logró nunca ser padre. Anatolio tardó en reconocerle y sólo después, a solas con Gema, le contó parte de su vida anterior: — Con la madre de Sergio conviví solo cuatro años, la pillé engañándome con un primo mío y me fui de la casa; ella se casó con él y me prohibió ver al niño. Dos años estuve intentando encontrarle, luego me rendí… Y la vida nos ha vuelto a reunir. Ahora no sé cómo tratarle: es mi sangre, pero me siento como ante un extraño… — Es tu hijo —le aconsejó Gema—, no le rechaces, no es culpa suya lo que hizo su madre. Ábrele tu corazón antes de que sea tarde. Anatolio siguió su consejo y comenzó a tratar con Sergio, que fue a visitarle cada semana y llegó a conocer a Blanca y Borja, quienes le acogieron con cortesía. Gema se alegraba por esa reconciliación familiar. Ambos, Anatolio y Gema, tenían una pequeña reserva de ahorros alimentada principalmente por ella con su sueldo mensual de contable, trabajando a distancia. En una ocasión, Gema recibió una alerta bancaria: se habían retirado 150.000 euros de la cuenta conjunta. Interrogando a Anatolio, este le explicó con frialdad: — Le di la tarjeta a Sergio, necesitaba el dinero y le ayudé. — ¿Y por qué no me lo consultaste? —protestó Gema, notando que era dinero ahorrado solo por ella—. Quiero que devuelva la tarjeta. Anatolio, cada vez más brusco, defendía a su hijo, y tras la bronca, Gema canceló la tarjeta. Sergio apareció poco después quejándose de que ya no podía sacar más dinero y Gema le cortó tajantemente el acceso a su cuenta. — Mi padre me dijo que podía sacar lo que hiciera falta —arguyó Sergio. — Ese dinero es mío y solo resuelvo yo sobre él —dijo ella—. Desde hoy, los asuntos de dinero me los consultas a mí. Sergio se fue enfadado. Anatolio atacó a su esposa acusándola de codiciosa y avara, y por primera vez en muchos años, Gema sintió que estaba cansada de su marido. *** Días después, para distraerse, Gema se fue a casa de su hija con el portátil, dejando a Anatolio varios días solo. Al regresar por la noche, encontró a su esposo especialmente animado. Cuando comenzaron a hablar, él se lo soltó: — Fui hoy al notario. He donado este piso a Sergio. Gema le miró con dolor: — ¿En virtud de qué méritos? — Sergio es mi hijo, el único heredero por ley. Cuando yo falte, será dueño de todo. Por cierto, deberías ir ya pensando con cuál de tus hijos te vas a vivir… Gema sintió una tremenda injusticia. Legalmente quizás no tendría derecho, pero por todo lo invertido en ese piso, al menos la mitad debería corresponderle. Allí no había nada que no lo hubiese costeado o reformado ella misma. — Pues gracias, Anatolio —dijo con amargura—. Es hora de que yo también piense en mi futuro. Llama a tu hijo, dile que venga a cuidarte. — ¿Cómo? ¿Para qué iba a venir? — Ya no quieres estar solo, ¿verdad? Pues que Sergio te acompañe por las noches. — ¿Pero adónde vas tú? —se alarmó—. ¡Gema, explícate! — No hay nada que explicar, Anatolio: me marcho. Me divorcio y me quedo tranquila. Voy a recoger mis cosas y avisar a mis hijos, ya haré planes sobre mi nuevo hogar. Gema se mudó con Borja, que vivía solo en un piso de tres habitaciones. Blanca también le ofreció su casa, pero Gema prefirió no invadirla. Anatolio acudió a la vista de divorcio negándose inicialmente a conceder la separación, pero finalmente el juez accedió, quedando Gema para su exmarido y para su hijo como una interesada cazadora de pisos ajenos.
Después de mi muerte tendrás que marcharte, dejaré el piso a mi hijo Perdóname, Carmen, pero cuando yo
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09
La traición de los hijos propios Dasha, una vez más, miraba con admiración a su hermano y su hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, de pelo negro y ojos azules. Los premiaban de nuevo por haber ganado otra competición. Dasha se levantó para intentar llegar la primera, avanzando cojeando sobre su pierna derecha. Les había tejido a su hermano y a su hermana unos conejitos de lana, uno con faldita y otro con pantalones de cuadros, para regalárselos. Ella, torpe, muy gordita, con poco pelo mal recogido y una sonrisa ingenua en los labios. Cristina y Marcos fingieron no verla mientras ella se abría paso. —Por favor, déjenme pasar. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Déjenme! —decía Dasha alegre. —Cris, hay una chavala gorda por ahí gritando que es vuestra hermana. ¿Es verdad eso? —preguntó la amiga rubia de Cristina, Lidia. Cristina giró la cabeza y vio a Dasha. —¡Idiota gorda! Ha tenido que venir. Seguro que fue cosa de mamá. ¡Qué vergüenza! —pensó Cristina. En voz alta contestó: —No, claro que no. Solo tengo un hermano, Marcos. —Ya me lo imaginaba. Querrá arrimarse, vaya desgraciada. Encima os quiere dar esos muñecos —se rio Lidia. —Será nuestra “fan” local. Llévate tú las figuritas, Lidia. Y luego nos alcanzas, que Marcos y yo vamos ya —Cristina mandó un beso al aire, cogió del brazo a su hermano y tiró de él fuera de la multitud. Lidia cogió los conejitos de manos de Dasha, prometiendo que se los daría. —¡Genial! ¡Yo los voy a esperar en casa! ¡Haré bollitos de requesón! —y la niña, cojeando, se alejó. —Toma, que ya te pasé lo tuyo. Dice que os esperará en casa. Que hará bollitos. Como si ella misma fuera uno… Cris, ¿seguro que no es parienta vuestra? ¿Por qué se empeña tanto en acercarse? —insistía Lidia. —¡No! ¡No la conozco! Mucha gente intenta acercarse por la fama, supongo. Venga, larguémonos —Cristina tiró los conejitos a la papelera y se fue con su amiga y Marcos a la entrega de premios. Había engañado a su amiga. Dasha en realidad sí era su hermana, hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés, acogió a Dasha cuando falleció una pariente lejana. Toda la familia volvía de vacaciones juntos… y sólo quedó Dasha, pequeña, herida. En realidad, Inés apenas era parienta, “parientes lejanísimos”, ni siquiera apellido compartían. Los parientes más cercanos se desentendieron. Pero Inés la recogió igualmente, tras soportar una tormenta de protestas de su marido y sus hijos. Cristina y Marcos, consentidos de siempre, montaron en cólera al enterarse: —¡Mamá, no la traigas! Es gorda, coja y tonta. ¡Da vergüenza salir con ella! —Hijos, me da mucha pena. Está sola. Hay quien acoge perros y gatos, y aquí hablamos de una personita. ¡No nos va a molestar, la casa es grande! —intentaba razonar Inés. A regañadientes, accedieron. Ella era directora de un supermercado, la principal fuente de ingresos de la familia. El padre, León, era su ayudante y rara vez se esforzaba. Dasha creció. Pequeñita, graciosa, con el pelo clarito, los ojos de un azul casi transparente, como los de los hermanos. —Parecen leche aguada sus ojos. ¡Gorda! —se reía Cristina. Dasha era como un bollo, tierna y dulce. Muy buena. Pero siempre jugaba sola. Su hermano y hermana nunca la incluían. Y siempre le hacían cargar con las culpas. Marcos rompió el jarrón caro, y echaron la culpa a Dasha. Cristina rompió la blusa de mamá, lo mismo. Dasha ni protestaba, asentía y se disculpaba. Sabía quién era el verdadero culpable, pero no quería que castigaran a sus guapos hermanos. Enés, la madre adoptiva, tampoco le reñía. Pero León sí estallaba: —¡Para qué has traído a esa espantapájaros! ¡Da vergüenza frente a los invitados! ¡No camina bien, pesa como un elefante. Los hijos nos han salido guapísimos, ¿traes a la fea para contrastar? Nadie más fue tan tonta de recogerla. ¿Quién va a quererla cuando crezca? ¿Ese monstruo? —gritaba León. Dasha lo escuchaba tras la puerta. Luego iba al espejo. No le gustaba su imagen. Deseaba ser tan bella como Marcos y Cristina. Pero… Fue al colegio en otro sitio. Los gemelos obligaron a su madre, amenazando con dejar de estudiar y sacar malas notas. Inés, frustrada, aceptó. Veía que el frágil puente entre sus hijos y la niña adoptada casi se venía abajo y no podía hacer nada. Pasó el tiempo. Marcos y Cristina se marcharon a estudiar. Dasha pidió quedarse en casa. —¿Cómo que quedarte? ¡Vas donde quieras! ¡Yo te lo pago! ¿Te gustaría ser diseñadora, traductora? —Inés la abrazó. Dasha, como un gatito, la abrazó y la mujer se calmó. Sus otros hijos apenas le daban un beso. Nunca sentía la calidez que recibía de Dasha. Siempre esperaba a su madre al volver, aunque fuera tarde. La familia, a lo suyo, ni la saludaba. Unos días Inés se atrevía a decir que, por lo menos, fueran a recibir a mamá: —¡Mamá, estamos ocupados! Esta tonta te espera como un perrito porque no tiene nada que hacer. Ni siquiera sabe soñar. Dasha miró a su madre con sus ojos transparentes. —Mamá, ¿puedo curar animales? Perros, gatos… Quiero ser veterinaria. Aquí se puede estudiar. Era normal. Dasha acogía animales sin hogar. Gatos, perros, lo que fuera. Sólo un perro grande y peludo, que se quedó en casa. Cristina protestaba, había querido un perro de raza, pero Inés apoyó a Dasha. Así vivían. Inés enfermó y tuvo que quedarse en casa. El marido, viendo que los ingresos peligraban, rápidamente se fue con la dueña de una peluquería, buena amiga de Inés. Los hijos sólo pasaban por casa por el dinero de mamá. Menos mal que había ahorros. Solo Dasha se quedó cerca, cojeando, cocinando delicias, dándole masajes, preparándole infusiones… Por las noches tomaban té bajo el manzano —no había en el mundo persona más feliz que Dasha entonces. Cristina y Marcos se casaron. Mamá ayudó con la compra de una vivienda para ambos. Un día, Marcos llegó a las cuatro de la mañana desesperado: debía una suma enorme. —¿Y ahora qué? ¿Has preguntado a tu padre? No tiene dinero, claro. ¡Aunque yo venda todo, no llegamos ni a un décimo de esa suma! ¿Qué hacemos, hijo? —se lamentaba Inés. —Bueno, mamá, pues nada. No tendrás más hijo —dijo Marcos, sonriendo cruel. —¿Cómo que no? —y lo abrazó. Marcos propuso vender el chalet. Así cubrían la deuda. —Pero hijo… ¿Y nosotros? ¿Y Dasha? ¿A dónde vamos a ir? —se asustó Inés. —Dónde acabe esa tonta gorda, no me importa. Es mayor, que se busque la vida. Ya basta, la hemos mantenido bastante. ¡Tú te vienes conmigo! Mi Lidia estará encantada. Lidia era su mujer, y a Inés le costaba creer que estuviera encantada. Pero no discutió; había que salvar al hijo. Sólo puso otra condición: Dasha iría con ella. Marcos aceptó a regañadientes. Luego Dasha le dijo a la madre: —Mamá, tú vete sola. Yo me voy… con una persona. Estamos juntos desde hace tiempo. No te preocupes por mí. —¿Cómo? ¿Quién es? ¡Deberías habérnoslo contado! —sonrió Inés. —Después le conocerás, mamá. No te preocupes —y la abrazó. Hasta Marcos se alegró: así no habría lío para echar a Dasha. Pero había mentido. No tenía a nadie. Entendió que no la querían allí, y no quería que la madre sufriera más. Se buscó una habitación en una casa de pueblo. Allí vivía don Procopio, un anciano solitario. Buscaba a alguien para ayudarle con las gallinas, cabras y cerdos. Cuando supo que su inquilina era veterinaria, se puso contentísimo y hasta le quiso perdonar el alquiler, pero Dasha insistió en pagar. Le iba bien. Tenía casa, trabajo, la gente la respetaba, los animales la adoraban. Siempre tenía una caricia, un dulce para cada uno. Al despedirse, recomendaba llamar si había cualquier problema. —Toma, Sharik, cielo mío, esto es para ti. No temas, pequeño. Te he dejado las gotas. Y si pasa algo, llámame —decía Dasha. —Anda que… ¡ni en el hospital me tratan como a mi gato! ¡Eres un sol! —le decía doña Antonia, orgullosa de su animal. Dasha florecía. Solo le preocupaba su madre. Llamaba a menudo, pero Inés, cada vez más rara, apenas le respondía, y últimamente era Marcos quien le contestaba, de mala gana, diciendo que la madre descansaba. —No sé… Hace medio año que no la veo —suspiró Dasha una noche tomando té con don Procopio. —¿Y por qué no vas a verla? Vente conmigo. Yo tengo un “Seat Panda”. Es viejo, como yo, pero funciona —propuso el abuelo. Dasha se alegró. Tenía la dirección de Marcos. Fueron juntos. Tras mucho llamar, abrió una rubia alta en bata corta. —¿Quiénes sois? Si venís a vender, no queremos nada —quiso cerrar la puerta. —¿Eres Lidia, la esposa de Marcos? —arriesgó Dasha. —Sí —respondió la joven. —¿Y vosotros quiénes sois? —Soy Dasha, su hermana —intentó pasar, pero Lidia se interpuso. —Claro… ¿Y qué quieres aquí? Yo me voy al esteticien. No tengo tiempo. —Sólo un momento. Este es don Procopio. ¿Dónde está mamá? Quiero verla y me voy. No os molestaré —suplicaba Dasha. —Aquí no está. Marcos la llevó… a una residencia. Se quedó encamada. ¿Quién iba a cuidarla? Él trabaja, yo tengo mis cosas. ¿Dónde? Yo qué sé, ni he ido. Llamo a Marcos. Hola, pásate, está aquí Dasha y un viejo raro. Quieren la dirección. Vale, se la doy y que no vuelvan —dijo Lidia, lanzando un perfume caro en el aire. Dasha se fue con la dirección y don Procopio. —¿Por qué no me avisaron? Ya sé que no tengo casa, pero… ¡Habría encontrado algo! —musitaba Dasha. —¿Qué dices? ¡Tu madre con nosotros tendría casa! ¡Así que deberían haber avisado! —protestó don Procopio. Fueron a la residencia. ¿Esa viejecita pequeña y delgada de ojos hundidos era su madre? Antes era alta, robusta, resolutiva. Ahora permanecía inmóvil, mirando al techo. —¡Mamá! Soy yo, Dasha. Perdóname por no venir. No merezco tu perdón, mamá. ¡Te llevo a casa! Nos iremos con don Procopio, tiene gallinas, te haré tortilla, vas a beber leche fresca. ¡Mamá, háblame! ¡Te quiero! ¡Nos vamos a casa, mamá! —lloraba Dasha, sujetando la mano ligera como el aire de Inés. Consiguieron llevársela. Dasha era su hija legal, y don Procopio impuso respeto contando historias de su época de excombatiente. Incluso amenazó con llamar a un general amigo si no les devolvían a la madre, ya que Marcos había querido dejarla allí para siempre. Inés se levantó al décimo día. Miró por la ventana. El cerdo Fulgencio paseaba digno, el gallo cantaba. Olía a hierba, a leche y a bollitos dulces. Dasha estaba horneando, entrando cojeando con una sonrisa cuando vio a su madre de pie llorando. Corrió, la abrazó, pidiéndole perdón por no haber ido antes, disculpándose por tener que vivir ahora con ella en vez de con los hijos “perfectos”. Inés abrazó a su hija con fuerza. Como si viera otra vez a la niña graciosa, no de su sangre, pero sí la única que se quedó a su lado al final, cuando sus hijos guapos y exitosos la abandonaron. —No pasa nada, Dasha. Ahora todo irá bien. No pasa nada, hija —susurraba Inés. —¡Chicas! ¿Qué, vamos ya a tomar el té? —entró don Procopio en la habitación. Y, entre risas, cogidos de la mano, los tres se marcharon juntos a la sala. Y hacia una nueva vida…
Diario de Adela, 17 de abril Hoy, como tantas otras veces, no puedo evitar quedarme mirando a mis hermanos
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017
La abuela se aburre
Querido diario, Hoy me he sumido en recuerdos de aquella casa en la que mi madre, la Señora Carmen García
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020
La elección —Y resulta que Fede estaba casadísimo… —suspiraba Sonia, sentada en un banco del parque, apretando en el bolsillo el volante para la consulta. Sus compañeras de residencia la envidiaban cuando la veían con ese moreno de ojos azules, impecablemente afeitado, y decían que qué suerte tenía con un galán tan atento. Al final, no había nada que envidiar. Sonia se estremeció al recordar aquel primer y último encuentro con la esposa de Fede, que la esperó en la entrada de la fábrica para dejarle las cosas claras. —¡Hola! Si no me equivoco, tú eres Sofía —empezó ella. —¿Y usted quién es? —replicó Sonia, encogiéndose bajo la mirada escrutadora de la alta mujer de pelo platino. —Yo soy Olga, la esposa de Federico Mínguez. —¿Qué? —Lo has oído bien. —Otra ingenua —dijo Olga con calma—, sois legión las cazadoras de felicidades ajenas. —¿Pero qué se cree usted? —Mira —le tomó el codo con firmeza—, la que se lo cree eres tú. Soy su esposa legítima. Te he visto con mi marido y aún así te atreves a plantarte delante de mí, en vez de pedir perdón y marcharte con la cabeza gacha… Así actúa la gente decente, aunque veo que no es tu caso. Mujeres como tú —la miró de arriba abajo— han pasado tantas por su vida, que no alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas. Te has liado con un casado, ¡qué poca vergüenza! Él es hombre, un cazador. ¿Lo entiendes? Para él solo eres una aventura pasajera. Te usará y adiós, muy buenas. Mantente lejos. Por cierto, tenemos dos hijas. ¿Te enseño una foto familiar? —Olga sacó una imagen y se la tendió a la atónita Sonia—. ¡Mira! Prueba de un gran amor. Fuimos a Benidorm hace dos meses… ¿Y ahora qué? —¿Y qué quiere usted de mí? Arregle sus asuntos con su marido. —Y los arreglaré, tranquila. Hace poco empezó a trabajar en esta fábrica. Un buen sueldo… y justo apareces tú para fastidiarlo todo. Déjalo antes de que sea tarde. No te creas sus promesas, Fede no piensa divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos tienes? ¿Treinta? —¡Veinticinco! —replicó Sonia con ofensa. —Aún mejor. Todavía puedes casarte y tener tus propios hijos. Así que deja a Fede en paz. Sonia no aguantó más la charla y se alejó a pasos vacilantes, escapando de la esposa que se había colado en su pequeño y feliz mundo, destrozando de golpe sus ilusiones. —Traidor… —murmuraba Sonia, sintiendo un nudo en la garganta, pero no se dejó caer en público; no quería chismes ni miradas en el trabajo. Esa misma tarde, Fede apareció en casa de Sonia con flores, como si nada. Ella, con los ojos hinchados, lo echó de allí, pese a sus promesas de eterno amor y su juramento de que pronto se separaría, pues entre él y su mujer hacía tiempo no había nada. Durante dos semanas Sonia hizo por recomponerse. Fede ya no la molestó. Fingía no verla y se giraba si se cruzaban. Pero las desgracias nunca vienen solas… Sonia atribuyó las náuseas y mareos a los nervios, hasta comprender que su romance ingenuo y apasionado con Fede le había dejado una huella: —Seis semanas —sonó como una sentencia. No quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía que todos a su alrededor lo sabían y la juzgaban por fiarse de un hombre al que apenas conocía. Fede le ocultó su matrimonio. ¿Qué podía hacer? ¿Pedirle el DNI al conocerlo? No llevaba alianza, y no todos los casados la usan. ¿Por qué no sospechó cuando le pidió mantener su relación en secreto en la fábrica? Él la había engañado y, aunque Sonia no supiera nada, eso no la consolaba. Para colmo, sus compañeros cuchicheaban, comentando la visita de Olga. —Estoy embarazada —le confesó Sonia a su ex-amante en la hora de la comida, desesperada. —Te daré dinero, haz lo que tengas que hacer —murmuró él. Al día siguiente, Fede se fue de la fábrica. Y desapareció de su vida para siempre. Sonia no quiso demorarlo más, olvidó los consejos de la doctora y cogió la cita para la intervención. Y ahí estaba, sentada en el banco, apretando el papel, como si temiera perderlo. —¿Corres mucho? —le preguntó un chico en traje y con un ramo gigante de crisantemos granate, acomodándose a su lado. —¿Perdón? —respondió ella, con ojos vacíos. —Que tu reloj va adelantado —señaló él sus pulseras doradas. —Siempre me corre diez minutos. Lo pongo en hora, pero nunca dura —dijo con desgana, apartando la vista. —El día está maravilloso, ¿no te parece? Auténtico veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta. Dice que en un día así tomó la mejor decisión de su vida… ¿Sabes? —prosiguió el parlanchín—. ¡Mi madre es la caña! —y alzó el pulgar—. Le estoy muy agradecido. —¿Y tu padre? —le brotó espontáneo a Sonia. —De él nunca cuenta nada. Yo tampoco pregunto, no le gusta recordar… Vengo de una entrevista. ¡Imagínate, me han elegido entre diez para un puesto estupendo! Y no tengo experiencia. No me lo creo. Mi madre siempre me ha dado confianza… Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: un viaje al mar para mi madre. Nunca ha visto el mar. ¿Y tú? —No… —Sonia clavó la mirada en la corbata burdeos del chico, que resplandecía de felicidad. —Me la regaló mi madre —sonrió, acariciándola. —Perdona si te aburro, es que necesitaba compartir mi alegría. Te veo tan triste… Pensé que te vendría bien hablar. ¿Hablo demasiado? Sonia negó con la cabeza. El desconocido no le molestaba. Logró romper el bucle de pensamientos oscuros. Y su devoción por la madre le merecía respeto. «¡Qué amor tan grande! —pensaba, ya más interesada en el chico—. Ojalá tuviera yo un hijo así…» —Bueno, me voy. Mamá me espera y estará nerviosa… ¡Tú no corras! —¿Qué dices? —Lo digo por tu reloj —se rió. —Ah… —ella también sonrió. Al minuto, el chico desapareció, y Sonia rompió el volante que apenas antes apretaba temiendo perderlo. Y luego se quedó largo rato, embelesada, respirando el aire otoñal. Se sentía ligera y cálida gracias a ese extraño tan cercano. Ya no estaba sola. Alguien crió sola un hijo estupendo. Lástima no haberle preguntado el nombre, pero ya no importaba… La decisión estaba tomada. *** Veintitrés años después… —Mamá, llego tarde —decía Esteban, atusándose el nudo de la corbata granate comprada la víspera para su entrevista de trabajo. —¿Seguro que la llevas? —Me da seguridad. Confía, me irán a coger. —le ajustó Sonia la corbata y se apartó con orgullo para mirar a su hijo. —Estoy nervioso. ¿Y si…? —Ese trabajo es tuyo. Responde seguro y sonríe. ¡Estás guapísimo! —Gracias, mamá —Esteban la besó y salió disparado. Sonia lo despidió mirando por la ventana. Su tesoro iba camino de la parada lleno de energía. De repente, un escalofrío… ¿Dónde había visto ya esto? Aquel chico del parque, más de veinte años atrás… Esteban con su traje le recordaba a él… ¡Había olvidado aquel momento! Ahora volvía a su memoria… ¿Realmente el destino le permitió ver, años atrás, a quien quería apartar de su vida (¡qué fea palabra!) y así tomar el rumbo correcto? ¿Por qué no se presentaría a aquel chico, si tenían casi la misma edad? ¿Por qué no preguntó cómo se llamaba su madre? En fin, ya no importa… Todo salió bien. A la hora de comer, Esteban volvió con un enorme ramo de crisantemos burdeos, a juego con la corbata, y anunció a Sonia que lo habían cogido. Prometió que irían juntos al mar, pues ella nunca lo había visto. Llegó el momento en que él cuidaría de su adorada madre. Por ella movería montañas y cambiaría el curso de un río. Sonia nunca se arrepintió de su elección. Lo había hecho bien. Así debía ser.
La Decisión Y resulta que Fernando está casado hasta las trancas… suspiraba Nieves, sentada en
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025
La suegra nos propone mudarnos a su piso pensando que le salgamos a cuenta — Muchísimas gracias por la oferta, de verdad. Es muy generosa. Pero vamos a rechazarla. La cara de la suegra se descompuso. — ¿Y eso por qué? ¿Demasiado orgullo? — No, no es por orgullo. Simplemente tenemos nuestra vida organizada. Cambiar a los niños de colegio a mitad de curso les supondría un estrés innecesario. Además, ya nos hemos hecho a nuestra casa. Allí tenemos todo nuevo, recién reformado. Y en su piso… — Cristina hizo una pausa, buscando las palabras justas, pero decidió recurrir a los hechos. — En su casa están los recuerdos, cosas valiosas para usted. Los niños son pequeños, podrían romper o manchar algo. ¿Para qué exponernos a ese estrés? Al volver Cristina del trabajo, su marido la esperaba claramente en el pasillo. Se quitó los zapatos, fue a la habitación a cambiarse, y luego hacia la cocina. Su marido la siguió en silencio. Cristina no aguantó más: — ¿Otra vez vas a insistir? Ya te he dicho que no. Denis soltó un largo suspiro. — Hoy ha vuelto a llamar mi madre. Dice que le sube la tensión. Que allí se le está haciendo pesado: los abuelos cada vez peor, se quejan y se comportan como críos. No se apaña sola. — ¿Y qué? — Cristina bebió un trago de agua fría, intentando calmarse. — Ha elegido estar en la casa del pueblo ella sola. Alquila el piso, saca dinero, respira aire puro. A ella le gustaba. — Le gustaba cuando tenía fuerzas. Ahora todo es quejarse de lo aburrido y difícil que es. Total… — Denis respiró hondo. — Nos ha propuesto mudarnos a su piso de tres habitaciones. Cristina se quedó mirando a su marido y soltó un rotundo: — No. — ¿Por qué directamente «no»? ¡Ni me dejas explicarte! — Denis levantó las manos. — Fíjate: el barrio es una maravilla. A quince minutos de tu trabajo, veinte del mío. El colegio bilingüe está justo enfrente, la guardería al lado. ¡Se acabaron los atascos! Y este piso lo alquilamos, la hipoteca se paga sola. Hasta sobra algo. — ¿Pero tú te oyes? — Cristina se le acercó. — Llevamos aquí más de dos años. ¡Hasta el último enchufe lo elegí yo! Los niños tienen amigos en el edificio de al lado. Por fin tenemos nuestra casa. ¡La nuestra! — ¿Y qué importa dónde vivamos, si sólo vamos a casa a dormir? ¡Nos pasamos horas en los atascos! — replicó él. — El otro piso es un edificio antiguo, techos altos, paredes gruesas, no se oyen los vecinos. — Y una reforma que hicieron cuando yo iba al colegio — contestó Cristina tajante. — ¿Te acuerdas lo que olía aquello? Y sobre todo, no es nuestra casa. Es la de Ana Leonor, tu madre. — Dice mamá que no se meterá en nada. Ella se queda en el pueblo, solo quiere saber que el piso está cuidado. Cristina sonrió con amargura. — Denis, ¿tienes memoria de pez? ¿Te acuerdas de lo de comprar el piso? Su marido apartó la vista. Por supuesto que lo recordaba. Siete años pasándose la vida en pisos de alquiler, guardando cada euro. Cuando juntaron para la entrada, Denis fue a hablar con su madre. El plan era ideal: cambiar el tremendo piso céntrico de su madre por un buen piso de dos habitaciones para ella y algo decente para la pareja joven. Ana Leonor les sonreía: «Claro, hijos, tenéis que ir a mejor». Ya tenían varias opciones vistas. Hasta que el mismo día de ver al agente inmobiliario, ella llamó. — ¿Te acuerdas de lo que dijo? — insistía Cristina. — “He estado pensando… Mi zona es tan elegante, con vecinos tan formales. ¿Cómo voy a irme a esos pisos nuevos y llenos de gente corriente? Que no, que no quiero”. Y nos fuimos al banco, nos metimos en una hipoteca brutal y compramos esto, a cinco kilómetros de la M-30. Solos. Sin sus “metros de prestigio”. — Bah, entonces se asustó del cambio, era la edad — murmuró Denis. — Ahora habla distinto. Se siente sola. Quiere a los nietos cerca. — ¿Nietos cerca? Si los ve una vez al mes, cuando vamos con comida. Y a los treinta minutos ya está suspirando por el ruido. Entró corriendo el pequeño Arturo, tras él marchaba Elisa. — ¡Mamá, papá, tenemos hambre! — gritó Arturo. — ¡Y Elisa ha roto mi avión! ¡Tres horas tardé y va ella y lo rompe! — ¡Mentira! — chilló Elisa — ¡Se cayó solo! Cristina respiró hondo. — A lavarse las manos. Ya vamos a cenar. ¿Has hecho macarrones, papá? — He hecho — gruñó Denis. — Y salchichas. Mientras los peques movían sillas y Cristina ponía la mesa, la conversación terminó. Volvieron a hablarlo ya en la cama. *** El sábado tocó ir al pueblo — Ana Leonor llamó temprano diciendo que se había acabado la medicación del abuelo y que a ella “le apretaba el corazón”. El viaje fue largo. Ana Leonor esperaba en la puerta. Con sus sesenta y tres años, impecable: peinado, manicura, y un pañuelo de seda al cuello. — Ay, al fin. — Ofreció la mejilla para el beso. — Cristinita, ¿has engordado? ¿O es la blusa? — Buenos días, Ana Leonor. Es la blusa suelta — Cristina soportó el comentario con resignada costumbre. Entraron al salón. Los padres de la suegra — ya muy mayores — dormitaban delante de la tele. Cristina los saludó, apenas respondieron con la cabeza. — ¿Queréis té? — Ana Leonor pasaba a la cocina. — Tengo galletas, un poco duras… No salgo a comprar, me duelen las piernas. — Trajimos tarta — Denis puso la caja en la mesa. — Mamá, hablemos. Lo del piso… Ana Leonor se entusiasmó. — Sí, Denis, hijo. No puedo más. Aquí se necesita a alguien todo el rato, el aire bien, pero el invierno es un suplicio. Y el piso, allí parado; gente extraña lo estropea. Se me parte el alma. — Pero los inquilinos son gente decente, una familia — apuntó Denis. — ¡Decentes! — bufó la suegra. — La última vez que fui, tenían la cortina torcida. Y olía… diferente. No es mi casa. Por eso pienso: ¿por qué sufrís a las afueras? Mudáos conmigo. Hay espacio. Cristina cruzó una mirada con su marido. — Ana Leonor, ¿y usted dónde viviría? — preguntó directa. La suegra alzó asombrada las cejas. — ¿Cómo dónde? Aquí, claro. Con mis padres. Bueno, de vez en cuando subir al piso, hacerme un chequeo en la seguridad social. Conozco a todos los médicos del barrio. — ¿De vez en cuando cada cuánto? — insistió Cristina. — Pues dos veces por semana, quizá. O una semana entera si el tiempo es malo. Tengo mi habitación, mi cama. No pongáis a los niños allí, que usen el salón. Mi dormitorio, ni tocarlo. Por si acaso. Cristina se indignó. — Entonces, nos ofrece mudarnos al piso de tres habitaciones, pero una es intocable para usted. ¿Y a vivir nosotros y los niños en solo dos? — ¿Quién ha dicho intocable? — se sorprendió la suegra. — Usadlo, pero no toquéis mis cosas. Y el aparador. Y los libros. Denis, ¿te acuerdas? ¡La biblioteca nadie la mueve! Denis se removía inquieto. — Mamá, si vamos, habrá que organizar todo, montar la habitación de los niños, poner camas… — ¿Para qué camas? El sofá es buenísimo, se abre. Lo compró tu padre. No hay que gastar. Cristina se levantó. — Denis, ¿podemos salir un minuto? Salió a la entrada, sin mirar atrás. Denis la siguió un instante después, cabizbajo. — ¿Has oído? — susurraba Cristina. — “El sofá no se toca”, “mi habitación”, “vendré una semana”. ¿Te enteras de lo que significa? — Sólo tiene miedo al cambio… — ¡No, Denis! ¡Nos quiere de guardadores gratis! ¡Ni mover los muebles podríamos! Irá cuando le dé la gana, abrirá la puerta con su llave, me dirá cómo colgar cortinas, cómo hacer la comida y la cama. — Pero al trabajo nos pilla más cerca… — protestó débil su marido. — Me da igual el trabajo. Prefiero aguantar los atascos y volver a mi casa, donde soy yo quien manda. Denis callaba, mirando sus zapatos. Lo entendía, claro que sí. Pero dejarse llevar era tan tentador… — Y otra cosa — Cristina cruzaba los brazos —. ¿Te acuerdas del cambio frustrado? Entonces nos dejó tirados porque el “prestigio” era más importante. Ahora está aburrida y quiere compañía para tener a quién mandar. En ese momento, la puerta se abrió y Ana Leonor asomó. — ¿Qué murmuráis ahí fuera? Cristina se volvió hacia ella. — No vamos a molestarla. No nos mudamos. — ¡Qué tontería! — bufó la suegra. — Denis, ¿no tienes nada que decir? ¿Tu mujer manda y tú asientes? Denis alzó la cabeza. — Mamá, Cristina tiene razón — anunció —. No vamos. Ya tenemos casa. Ana Leonor apretó los labios. Lo había perdido pero no lo admitiría. — Bueno, vosotros veréis. Era por ayudaros. Si os gusta pasaros la vida en atascos… luego no os quejéis. — No lo haremos — prometió Denis. — Mamá, ¿necesitas más medicinas? — No me hace falta nada vuestro — se dio la vuelta, se metió en la casa y cerró de un portazo. El regreso fue en silencio. Ya no había atasco entrando en la ciudad, aunque el GPS marcaba atasco delante de su barrio. — ¿Estás enfadado? — preguntó Cristina en un semáforo. Denis negó. — No. Me he imaginado a Arturo saltando en el “sofá de papá” y a mi madre con un infarto. Tienes toda la razón. Era mala idea. — No me importa ayudar, Denis — habló ella más suave, tocándole la rodilla. — Si hace falta llevamos comida, medicinas. Si el tema se complica, pondremos una asistenta. Pero vivir, viviremos por separado. La distancia es la clave para llevarse bien. — Sobre todo con mi madre — rió él. *** Por supuesto, Ana Leonor se quedó resentida con su nuera y su hijo. Resulta que incluso ya había echado a los inquilinos, segura de que se mudarían ellos. Casi un mes estuvo machacando a Denis con llamadas. Denis aguantó — aprendió a decir “no” cuando la situación lo exige.
De verdad, muchísimas gracias por la propuesta, de corazón. Es un detallazo. Pero vamos a rechazarlo.
MagistrUm