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043
No me lo esperaba de mi marido — Anabel, tenemos que hacer algo… — suspiró Irene al hablar por teléfono. — ¿Qué ha pasado? — preguntó preocupada su hermana pequeña. La llamada de la mayor ya la puso nerviosa. Ellas solían comunicarse por mensajes, pero esta vez Irene insistió en hablar de viva voz. — Mamá ya no puede vivir sola. Si hablaras más con ella lo sabrías — reprochó Irene. — ¡Venga ya! No empieces ahora. ¿Qué está pasando? Cuéntame. Irene suspiró de nuevo — la pequeña siempre saltaba a la mínima, defendiendo su independencia a capa y espada. — Recuerda que mamá ya tiene 73 años. El médico le ha dicho que tiene que cuidarse, pero casi no puede ni hacer la comida ni mantener la casa, — explicó pacientemente la mayor. — Y ya ni hablar de salir a por el pan. Por suerte, la vecina, doña Nines, le lleva algo de vez en cuando. — ¿Me estás diciendo que mamá pasa hambre? — se alarmó Ana. — ¡No, por favor! Yo voy cada dos semanas y le llevo de todo. Pero el problema es otro: mamá ya no puede valerse sola. ¿Y si un día se cae y se rompe algo? Luego, con su peso, ¿quién la cuida? Las hermanas se quedaron en silencio. Elena y en sus años jóvenes ya era rellenita, y con los años aún más. Le gustaba comer a pesar de los problemas de salud, y se ofendía cuando sus hijas mencionaban la dieta. — Y encima se siente sola, casi llora cada vez que me marcho. Dice que todas la hemos abandonado… —prosiguió Irene—, esto no es vida. — Entonces, ¿qué propones? La mayor dudó, hablando con Ana cada vez era más difícil. — Te propongo que te mudes con ella. — ¡Ole, ole! ¿Y por qué no vas tú? ¿A que adivino? ¡Tienes a Fede, el marido modelo, y a tu hijastro, el pequeñín de 25 añazos, todos a tu cargo! ¿No? — Ana, ¿y esa salida ahora? — Porque siempre decides por todos, ¡y te da igual lo que quiera yo! — Ana casi gritaba. Irene también se enojó: — ¿Y cuando mamá se desvivía cuidando de papá enfermo y de ti y Mónica? ¿Cuando iba al pueblo, te traía comida y se quedaba con Mónica para que tú, la hija favorita, pudieras trabajar y descansar? ¿Eso tampoco te importaba? Ana quedó un momento en silencio. Lo que decía su hermana era verdad… tras su breve matrimonio, la suegra tuvo el buen gesto de dejarles vivir en su piso hasta que Mónica fuera mayor. Pero la abuela nunca fue muy cariñosa, y el padre apenas pagaba algo de pensión. Ana tuvo que buscarse la vida y la ayuda de los padres fue un alivio… ¿Pero le iban a estar echando en cara toda la vida que la ayudaron? La ex-suegra cumplió y las dejó vivir hasta que la nieta cumplió los 18, entonces las invitó a irse. Mónica ya estudiaba fuera y tenía pareja, así que Ana cambió de vida y se marchó a Madrid a trabajar. Ya llevaba años en un piso de alquiler en el Corredor del Henares, buscando trabajo aquí y allá — no es fácil encontrar buen empleo después de los 40. Pero estaba contenta con su vida, y no pensaba volver al pueblo. — ¡Y qué sabrás tú lo que es criar sola a una hija! — espetó a Irene, sabiendo que era un golpe bajo. Ahora la mayor guardó silencio más rato. Su vida, en cambio, había ido bien. Tras acabar la carrera se quedó en la ciudad, trabajó de contable y buscaba un buen marido. Pero los candidatos… o borrachín, o mamitis, o un vividor. Hasta que a los 39 conoció a Fede, tres años mayor, viudo y con un hijo de diez años. Trabajaba de electricista en una empresa y, manitas total, arreglaba de todo para otros vecinos. Ni bebía, ni era hablador, incluso algo seco, pero meticuloso y ordenado. Pero Irene se enamoró hasta las trancas. Llevan catorce años casados y ella siempre ha intentado complacerle en todo. Logró ganarse el cariño del hijastro y estaba entregada a su familia. Quiso tener un hijo propio, pero no pudo. Así que Fede y su hijo Vico lo eran todo para ella. No quería perder eso por nada del mundo. — Yo pensé traer a mamá a casa —dijo Irene en voz baja— pero no hay manera, ni quiere oír hablar del tema. — ¿Ah, sí? ¿Y Fede, tu amorcito, está dispuesto a meter a la suegra en el piso? —se burló Ana—. ¿O como siempre, ni le has consultado porque ya sabías que mamá diría que no? — ¡Ana, basta ya! ¡Hablemos en serio! Esto no es una broma. — Hablado está todo —cortó la hermana y colgó. Ahora sí que estaba claro. Irene sostuvo el teléfono mirando al vacío. Sería lo ideal que Ana viniese. Ella seguiría viniendo, trayendo lo que hiciese falta, y Ana podría buscar trabajo online. Si hasta en el pueblo la conexión no iba mal… Pero Ana no quería hacérselo fácil. Así fue siempre, la mimada. Y ya no se la puede mandar ni obligar a nada. “Hoy hablé con mamá. Dice que está bien y no necesita ayuda. ¡Deja ya el espectáculo!”— recibió por WhatsApp al día siguiente. Irene ni respondió. ¿Para qué? Ana apenas llama a su madre una vez al mes y algún mensaje que otro, y la madre no le cuenta nada, por no preocuparla. Pero Irene lo escucha todo, las quejas y las penas, y luego no duerme. Hasta Fede, que no suele fijarse en su humor, le preguntó si pasaba algo. No quiso agobiarle con problemas. Pero, claro, ¿qué hacer? ¿Contratar a alguien? Imposible con lo que cuesta… — ¡Ya está bien! —Fede dejó el vaso sobre la mesa—. Llevas tres meses rara. ¿Qué te pasa? Dímelo. Irene rompió a llorar, aunque se contuvo enseguida (a los hombres no les gustan las lágrimas), y se lo explicó brevemente. — ¿Y por qué no me dijiste nada de que Elena iba a peor? —Fede la miraba fijo. — No quería preocuparte… —musitó sin mirarle. Quizá se equivocó contándoselo. ¿Para qué le iba a cargar con eso? — Ya. —Fede se levantó.— Gracias por la cena. Me voy a dormir. Ni siquiera vio las noticias. ¿Y ahora qué? Irene no pegó ojo y encima se quedó dormida al día siguiente. No tenía que trabajar ese sábado, pero siempre preparaba el desayuno a la misma hora. Otra vez fallando. Sin embargo, su marido estaba en la cocina, tranquilo, leyendo algo en el móvil. — ¿Ya has despertado? —dijo, serio, pero con voz tranquila. — Sí, Fede. Ahora te lo hago —se apresuró Irene. — Siéntate, tenemos que hablar. Irene se sentó, expectante. — Lo he pensado. Hay que ayudar a tu madre. No se puede dejar a los mayores tirados. Mi madre no vivió tanto, por desgracia… Así que nos mudamos con ella, ya está decidido. He mirado y preguntado, puedo trabajar allí con un ganadero, y tú seguro que encuentras algo. A Irene casi le da un mareo. — Fede… ¿Estás seguro? — Por supuesto. ¿Crees que he olvidado cómo tu madre acogía a mi Vico cada verano y nos cuidaba tanto? No, Irene, yo tengo buena memoria. Y además hace tiempo que quiero irme al pueblo. Si a tu madre no le importa, claro. Irene lo miraba incrédula. Jamás se habría esperado esto de su Fede. — ¿Y Vico? —preguntó. — ¿Vico?—se asombró su marido—. Un tío hecho y derecho, con trabajo y carrera. Estará encantado de tener el piso para él solo. — ¡Fede! —Irene le abrazó llorando, olvidando que no le gustaban estas escenas. Pero él no se apartó. Solo le acarició el hombro: — Tranquila. Todo saldrá bien. Eso quería creer ella…
Inés, algo tenemos que hacer suspiró Carmen al otro lado del hilo, su voz deslizándose por el teléfono
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060
Estás de más aquí, mamá
Eres una más, mamá. La puerta tardó en abrirse. Doña Carmen apenas había recuperado el aliento cuando
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017
Cuando la esposa lo dejó todo atrás y desapareció: secretos, traiciones y la lucha de dos mujeres por recuperar su vida y la del pequeño Artur entre la manipulación, el machismo familiar y una verdad que lo cambió todo en Madrid
La esposa hizo la maleta y desapareció hacia un lugar desconocido. Deja ya de hacerte la santa, mujer.
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048
Mi marido se fue con María, y luego me pidió una segunda oportunidad – le dije que no.
17 de octubre de 2023 Hoy he vuelto a pensar en la conversación que tuve con Andrés, y el modo en que
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022
La casa de nadie Santiago se despertó sin alarma, como siempre, a las seis y media. El piso estaba en silencio, solo la nevera murmuraba quedamente en la cocina. Se quedó tumbado un minuto, escuchando ese sonido, y estiró la mano hacia la repisa para coger las gafas. Fuera empezaba a clarear; algún coche deslizaba su rumor sobre el asfalto mojado. Antes, a esa hora, él se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba al vecino encender la radio tras la pared. Ahora, el vecino seguía fiel a la radio, pero él permanecía acostado, pensando a qué dedicaría el día. Formalmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo según rutinas. Se incorporó, se puso un chándal y fue a la cocina. Puso el hervidor de agua, sacó un trozo de barra de pan de la panera. Mientras el agua se calentaba, se asomó a la ventana. Séptimo piso, bloque de hormigón, patio con columpios. Allí abajo, bajo su ventana, estaba su vieja “Renault 4” cubierta de polvo. Pensó, casi sin querer, que debería pasar por el garaje, asegurarse de que el tejado no goteara. El garaje estaba en el barrio de al lado, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí media vida, trasteando con el coche, cambiando el aceite, charlando con los vecinos sobre el precio de la gasolina o el fútbol. Luego, todo se fue volviendo más sencillo: talleres, tiendas en internet, pago a dos clics. Pero nunca abandonó el garaje. Allí se apilaban sus herramientas, neumáticos usados, cajas con cables, madera, “cosas de la casa”, solía decir. Y la casa de campo, el “chalet” de la sociedad de huertos a las afueras. De madera, con un porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cerraba los ojos y veía esos tablones, las grietas en el suelo, escuchaba la lluvia golpear el tejado. El terreno lo heredaron él y su esposa de los padres de ella. Hace veintitantos años iban casi cada fin de semana con los niños. Cavaban huertos, freían patatas, ponían la radio encima del taburete. Su mujer llevaba ya cuatro años ausente. Los hijos habían crecido, se habían mudado a sus propios pisos, fundando familia. La casa y el garaje seguían con él, como si le mantuvieran anclado en algún sistema reconocible. Aquí el piso, allí el campo, allá el garaje. Todo en su sitio, todo claro. El hervidor silbido. Santiago preparó el té, se sentó a la mesa. En una silla de enfrente estaba el jersey que dobló ayer. Comió el bocadillo, miraba el jersey y pensaba en la conversación de la víspera. Ayer por la tarde vinieron los hijos. El hijo con su mujer y el nieto pequeño. La hija con su pareja. Tomaron té, charlaron de las vacaciones. Luego el tema giró hacia el dinero. Como casi siempre últimamente. El hijo explicó que la hipoteca les ahogaba, los intereses subían. La hija se quejaba de la guardería cara, las actividades extraescolares, el gasto en ropa. Santiago asentía escuchando. Él también había contado las monedas hasta final de mes, pero entonces no tenía ni campo ni garaje. Solo una habitación de alquiler y esperanza. Entonces el hijo, vacilante, dijo: ― Papá, hemos estado pensando… y también lo hablé con Lucía. Quizá podrías vender algo. La casa de campo, por ejemplo. O el garaje. Apenas vas. Santiago lo tomó a broma, cambió el tema, pero por la noche no se dormía. “Apenas vas”, ese eco martillaba su cabeza. Terminó el desayuno, fregó la taza. Miró el reloj. Eran las ocho. Decidió que ese día iría al campo. Ver cómo estaba tras el invierno. Y de paso… demostrar algo, al menos a sí mismo. Se abrigó, cogió las llaves del garaje y del terreno, las metió en el bolsillo. Se detuvo un momento ante el espejo viejo del recibidor. En la imagen —canas, ojos algo cansados, pero aún firme. No tan mayor. Alisó el cuello del abrigo y salió. Paró en el garaje a recoger algunas herramientas. El candado chirrió, la puerta costó abrirla. Dentro olía a gasolina, polvo y trapos viejos. En las estanterías, botes con tornillos, cajas de cables, una cinta de casete marcada a rotulador. Telarañas bajo el techo. Santiago paseó la mirada. El gato hidráulico de su primer coche. Listones guardados para la banca del campo que nunca llegó a construir. Pero ahí estaban, esperando. Cogió la caja de herramientas, varias garrafas plásticas, cerró y se marchó. El viaje hasta la finca duró cerca de una hora. La nieve sucia aún manchaba las cunetas, aquí y allá asomaba la tierra negra. Por la urbanización reinaba el silencio. Demasiado pronto para que llegara mucha gente. La portera, envuelta en plumas, le saludó con la cabeza. La casa lo recibió con la misma quietud del entretiempo. La valla de madera, la cancela torcida, el sendero hacia el porche alfombrado de hojas secas. Dentro olía a madera y encierro. Abrió las ventanas. Sacudió la colcha de la cama. En la pequeña cocina seguía la olla esmaltada en que antaño preparaban compota. Un manojo de llaves, colgado en una alcayata, contenía la del cobertizo de las herramientas del huerto. Recorrió la casa, acarició con la mano las paredes, los pomos. En el cuarto de los niños se mantenía la litera. En la parte de arriba, el oso de peluche con una oreja desgarrada. Recordaba al hijo llorando por esa oreja, a él atándola con cinta adhesiva por no tener pegamento. Salió a la parcela. La nieve casi derretida, la tierra húmeda. En la esquina del solar permanecía la barbacoa oxidada. Recordó los días de carne a la brasa, las tardes con su mujer en el porche bebiendo té, oyendo las risas de algún vecino. Suspiró y se puso manos a la obra. Limpiar el sendero, arreglar la tabla coja del porche, revisar el tejado. En el cobertizo halló una silla de plástico vieja; la sacó, se sentó al sol. Ya calentaba. Miró el móvil, la lista de llamadas. El hijo anoche. La hija escribió por mensaje, “tenemos que hablar con calma, papá, no estamos en contra del campo, pero pensemos con cabeza”. “Con cabeza”, esa expresión cada semana más frecuente. Con cabeza: el dinero no debe estar parado. Con cabeza: un mayor no tiene que matarse con el campo y el garaje. Con cabeza: ayudar a los jóvenes mientras puedas. Él los entendía. Lo sabía bien. Pero sentado en la silla, oyendo ladridos lejanos, goteos del tejado, lo de pensar “con cabeza” quedaba al margen. Allí, no todo era cálculo. Santiago se levantó, dio otra vuelta al jardín, cerró la casa, colgó el candado pesado. Se metió en el coche y regresó a Madrid. A la hora de comer ya estaba en casa. Colgó el abrigo, la bolsa de herramientas en la entrada. Encendió el hervidor y solo entonces vio la nota en la mesa: “Papá, pasamos por la tarde, hablamos. S.” Se sentó con las manos sobre la mesa. Así que era hoy. Hoy hablaría en serio, sin chascarrillos. Por la tarde llegaron los tres. El hijo con esposa, la hija, dejaron al nieto con los suegros. Santiago abrió, saludó, los dejó entrar en el pasillo. El hijo, sin mirar, dejó el abrigo como de niño. En la cocina, rodearon la mesa. Santiago puso té, galletas, dulces. Nadie los tocó. Unos minutos de charla trivial: el nieto, el trabajo, el tráfico. Luego la hija miró al hermano; él asintió y ella dijo: ― Papá, vamos a hablar de verdad. No queremos forzarte, pero… tenemos que decidir algo. Santiago sintió un nudo. Asintió: ― Hablad. El hijo tomó la palabra: ― Mira, tienes este piso, el campo y el garaje. El piso es sagrado, ni lo mencionamos. Pero el campo… Tú mismo dices que cuesta mantenerlo. Año tras año hay gastos. ― He estado hoy, —dijo Santiago en voz baja—. Y está bien. ― Bueno, ahora está bien, —se metió la nuera—. ¿Y dentro de cinco o diez años? No vas a ser eterno, perdona que lo diga. Tenemos que pensarlo. Desvió la mirada. Aquello de no ser eterno sonó duro, aunque quizás no era su intención. La hija, más suave: ― Papá, no es que queramos deshacernos de nada. Pensamos que podrías vender el campo y el garaje, repartir el dinero. Parte para ti, para vivir tranquilo; parte para Santi y para mí. Amortizaríamos hipoteca. Siempre dijiste que querrías ayudarnos. Lo había dicho. Al jubilarse, aún con algún contrato. Entonces creía que aguantaría mucho, que podría seguir ayudando. ― Ya ayudo, —replicó—. Recojo al nieto, os compro víveres. El hijo soltó una risa nerviosa: ― Papá, no es eso. Ahora necesitamos una suma de verdad, para respirar. Los intereses, ya ves… No pedimos que lo des todo. Solo… hay propiedades ahí, paradas. Eso de “propiedades” sonaba extraño en esa cocina. Santiago notaba levantar un muro invisible de cifras y contratos entre ellos. Tomó su taza, un sorbo ya frío. ― Para vosotros son propiedades, —dijo despacio—. Para mí son… Buscó la palabra. ― …trozos de vida. El garaje lo construí con mi padre, él aún vivía. Íbamos los dos con los ladrillos. Y el campo… Allí crecisteis vosotros. Su hija bajó los ojos. El hijo dudó, luego habló más blando: ― Lo sabemos. De verdad. Pero apenas vas. Vemos que está parado. No vas a poder solo. ― Hoy he estado allí, —repitió—. Todo bien. ― Hoy, —contestó el hijo—. ¿Y antes? ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Clavado el rumor del viejo reloj desde el dormitorio. Era como hablar de su vejez como de una empresa: optimizar gastos, repartir activos. ― De acuerdo, —dijo—. ¿Qué proponéis exactamente? El hijo se animó ―se notaba que ya lo tenían hablado―: ― Conocemos a una inmobiliaria. Ha dicho que por el campo dan buen dinero. El garaje también lo vendemos. Nosotros nos encargamos de todo: visitas, papeles. Solo haría falta una autorización. ― ¿Y el piso?—preguntó Santiago. ― El piso no se toca —intervino rápido la hija—. Ese es tu hogar. Él asintió. “Hogar” sonaba distinto. ¿Es solo el piso? ¿El campo también? ¿El garaje donde pasaba horas, jurando contra los tornillos, pero sintiéndose útil? Se levantó, se acercó a la ventana. En el patio empezaban a encenderse farolas. Todo igual que hace veinte años; solo cambiaban los coches, y los críos ahora jugaban con móviles. ― ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin volverse. Más silencio. Por fin la hija, cauta: ― Es tuyo, claro. Tú decides. No podemos forzarte. Solo… nos preocupá. Tú mismo dices que te cuesta. ― Me cuesta, —admitió—. Pero aún decido yo a qué dedicarme. El hijo suspiró: ― Papá, no queremos discutir contigo. Pero honestamente, parece que te aferras a las cosas y nosotros lo pasamos mal. Pensamos en qué pasará si te pones enfermo. ¿Quién irá al campo, quién se ocupa de eso? Sintió un pinchazo de culpa. Él también lo había pensado: ¿qué harían si faltase de repente? Los hijos ceñidos a trámites, herencias, papeles, decidir a quién corresponde cada cosa. Sí, sería duro. Volvió a la mesa, se sentó. ― Y si… —empezó, dudó—. Si pongo el campo a vuestro nombre, pero sigo yendo mientras pueda? Se miraron los dos. La nuera frunció el ceño: ― Papá, entonces el problema seguiría. No podríamos ir tanto como quieres. Tenemos trabajo, niños… ― No pido que vayáis. Yo solo. Mientras pueda. Luego… vosotros veréis. Sabía que ofrecía un compromiso. Para él, conservar el sitio que era más que tierra. Para ellos, asegurarse la titularidad, sin líos hereditarios. La hija lo meditó: ― Es una opción, —dijo—. Pero siendo sinceros, dudo que lleguemos a usar el campo. Tenemos otros planes. Y pensamos, quizás hasta mudarnos de ciudad. Allá la vida es más fácil. Santiago se estremeció. No lo sabía. El hijo también alzó las cejas. ― Eso no lo sabía, —repuso él al hermano. ― Solo estamos pensándolo, —respondió la hija—. Pero para nosotros el campo no es lo que fue para ti. No vemos futuro en él. Captó esa palabra, “futuro”. Para ellos, en otros lugares, planes, pisos. Para él, el futuro cabía en unas coordenadas fijas: piso, campo, garaje. Lugares que conocía palmo a palmo. La charla se enredó veinte minutos. Ellos daban cifras, él recuerdos. Ellos salud, él la certeza de acabar consumido si le privaban de tarea. El hijo, cansado, soltó con brusquedad: ― Papá, no vas a estar siempre cavando. Llegará el día que no puedas ir. ¿Entonces? ¿Se vendrá todo abajo? ¿Iremos una vez al año a ver las ruinas? Santiago notó encenderse rabia. ― ¿Ruinas? —dijo—. ¡¡¡Jugabas ahí de niño… en esas ‘ruinas’!!! ― De niño, —respondió el hijo—. Pero he crecido. Ahora tengo otras prioridades. Palabras suspendidas. La hija trató de suavizar: ― Santi, por favor… Ya era tarde. Santiago vio, brutalmente claro, que hablaban idiomas distintos. Para él, el campo era la vida vivida. Para ellos, un pasado entrañable, pero prescindible. Se puso en pie. ― Está bien —zanjó—. Dejadme pensarlo. Hoy no. Ni mañana. Dadme tiempo. ― Papá, —la hija titubeó— tampoco podemos esperar mucho. Vence la próxima cuota… ― Entiendo —le cortó él—. Pero vosotros entendéis: esto no es como vender un armario. Se hizo el silencio. Empezaron a prepararse para irse. En el recibidor se entretuvieron con los zapatos. La hija le abrazó, la mejilla pegada. ― No es que odiemos el campo, papá, —murmuró—. Solo tenemos miedo por ti. Él asintió, sin confiar en la voz. Cuando se cerró la puerta, el piso se llenó de silencio. Santiago fue a la cocina, se sentó. Quedaban las tazas a medio beber, el plato de galletas. Las miró y sintió una fatiga enorme. Quedó allí sentado sin encender la luz. Afuera oscurecía, las ventanas de enfrente se iban iluminando. En algún momento se levantó, buscó en el armario la carpeta de los papeles. DNI, escrituras del campo, el garaje. Hojeó, se detuvo en el plano de la finca. Un rectángulo diminuto, dividido en cuadros del huerto. Pasó el dedo por las líneas, como por caminos de verdad. Al día siguiente fue al garaje. Hacía falta hacer algo físico. Dentro estaba fresco. Abrió la puerta para dejar entrar la luz. Sacó las herramientas, revisó cajas. Parte del viejo trasto la decidió tirar: piezas rotas, tornillos oxidados, cables “por si acaso”. El vecino, Justo, más mayor, asomó: ― ¿Qué, tirando trastos? ― Poniendo orden, —repuso Santiago—. Viendo qué me sirve aún y qué no. ― Muy bien —asintió el vecino—. Yo vendí el mío, el garaje. El chaval necesitaba dinero para el coche. Ahora sin garaje, pero mi hijo contento. Santiago no dijo nada. El vecino se fue, él permaneció entre sus cajas y pensamientos. Vender — hijo contento. Como una chaqueta vieja. Tomó una llave inglesa, pesada, la empuñadura pulida. La manejó como si apretase un tornillo. Recordó cuando el hijo, niño, pedía también girar tornillos. Entonces creyó que estarían siempre cerca. El garaje, el campo, el coche, casi una lengua común. Ahora esa lengua era ajena para su hijo. Por la noche volvió a sacar los papeles. Quedó sentado largo rato, acabó llamando a la hija. ― Lo he decidido, —anunció—. El campo lo ponéis a medias Santi y tú. Pero no lo vendemos aún. Yo sigo yendo mientras pueda. Después… veréis. Pausa. ― ¿Estás seguro, papá? —preguntó ella. ― Seguro —contestó, aunque la seguridad no era plena. Sentía que perdía algo vital, pero no veía otra salida. ― Vale —aceptó la hija—. Mañana nos vemos y lo organizamos. Colgó y siguió sentado. La casa en silencio. Sintió, junto al cansancio, cierto alivio. El tipo de decisión a la que no puedes volver la espalda. En una semana fueron al notario. Hicieron la donación. Santiago firmaba notando el pulso en la mano. La notaria indicaba con tranquilidad dónde firmar, qué documentos. Los hijos agradecidos. ― Gracias, papá, —decía el hijo—. Nos salvas. Él asentía, sabiendo que tanto como salvalos, también le salvaban de pensar en el “después”. Ahora el “después” estaba sellado oficialmente. Decidió guardar el garaje para sí, de momento. Los hijos insinuaron venderlo, pero fue firme. Ellos aceptaron. Les explicó que el garaje le servía para no quedarse en casa viendo la tele todo el día. Eso sí lo comprendieron. En apariencia, todo siguió igual. Vivía en su piso, iba a la casa, ahora como invitado en un lugar ya oficialmente ajeno. Pero tenía las llaves, nadie le prohibía ir. La primera vez, ya formalizada la donación, fue solo, en un día tibio de abril. En el coche pensaba que ya no era suyo, era de otros. Pero abrir la puerta, oír los goznes, pisar el sendero familiar, despejaba esa muda extranjera. Entró, colgó el abrigo en el clavo junto a la puerta. Todo estaba igual: la cama, la mesa, el oso con la oreja remendada. Se sentó en el taburete junto a la ventana. Un rayo marcaba polvo sobre el alféizar. Pasó la mano por la madera, sintiendo cada grieta. Pensó en los hijos, sus vidas de números y proyectos; en sí mismo, cuyo horizonte se reducía a estaciones: llegar a la próxima primavera, labrar otra vez el huerto, otro verano en el porche. Entendía que vender el campo era solo cuestión de tiempo: quizá un año, cinco. Cuando ir ya le resultase imposible, pondrían en venta la casa. Tenían razón, en parte. Pero por ahora, la casa seguía; el tejado aguantaba; las palas en el cobertizo; en el huerto ya asomaban los primeros brotes verdes. Aún podía caminar el terreno, agacharse, palpar la tierra. Salió fuera, rodeó la casa. Se detuvo en la valla, miró los huertos vecinos. En uno alguien sembraba, en otro se secaba ropa. La vida continuaba. Santiago advirtió que su miedo no era solo perder el campo o el garaje; temía volverse sobrante, innecesario para sus hijos, incluso para sí mismo. Aquellos lugares probaban que aún valía, podía arreglar, pintar, cavar. Ahora ese “testimonio” era frágil. Los papeles decían una cosa, la costumbre otra. Pero sentado en el porche, descubrió que la pertenencia va más allá de los documentos. Sacó el termo, sirvió té. Probó un sorbo, se escuchó por dentro. Un regusto amargo, pero menos agudo que aquel anochecer en la cocina. La decisión estaba tomada. El precio entendido. Había entregado a sus hijos una parte de lo que consideró suyo, pero a cambio conservaba algo distinto. El derecho a estar allí, no por papeles, sino por memoria. Miró la puerta, el candado, su llave. La giró en la mano. Algún día la tendría el hijo o la hija, o extraños que compren la casa. Usarán la llave sin saber el peso real de ese gesto. Pensar así le hizo sentirse triste, pero también, curiosamente, tranquilo. El mundo cambia, las cosas pasan de mano en mano. Lo primordial es poder vivir un tiempo en tus lugares, mientras sean tuyos, aunque solo sea por sensación. Acabó el té, se levantó. Fue al cobertizo por la pala. Había que remover al menos un surco de tierra. Para sí. No para futuros dueños, ni para hijos ya contando billetes. Para sentir la tierra bajo los pies y en las manos. Clavó la pala, empujó con el pie. La tierra cedió. El primer terrón se volteó, negro y húmedo. Santiago aspiró ese aroma, volvió a agacharse. Trabajó despacio. Dolía la espalda, pesaban los brazos. Pero cada palada le aligeraba por dentro, como si removiera también los miedos ocultos. Al caer la tarde se sentó en el porche, secó el sudor en la frente. En el huerto, las filas de terrones frescos. El cielo, con un matiz rosa. Una voz de pájaro. Miró la casa, sus huellas en la tierra, la pala apoyada en la pared. Pensó en el mañana, en un año, en cinco. No tenía respuesta. Pero sentía, al menos por un momento, que estaba exactamente donde debía estar. Entró en la casa, apagó la luz, cerró. En el porche se quedó unos segundos, escuchando el silencio. Después, giró la llave en la cerradura. Sonó el clic del metal. Santiago guardó la llave en el bolsillo y fue hacia el coche por el estrecho sendero, evitando pisar la tierra recién removida.
Nadie en casa Mira, te voy a contar la historia de Santiago, que a estas alturas es como si fuese mi
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07
Los familiares de mi marido se olvidaron de felicitarme por mi 40 cumpleaños y yo respondí con la misma moneda: así les mostré lo que vale mi esfuerzo y aprendieron que el respeto en la familia es cosa de dos
Diario de Luis, diciembre, Madrid No dejaba de mirar el móvil sobre el mantel impoluto, mientras Clara
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032
Dos columnas Ya se había quitado las botas y puesto el agua a hervir para el té, cuando saltó un mensaje de la jefa en el grupo de WhatsApp: «¿Puedes cubrir mañana a Marta? Está con fiebre y nadie más puede cerrar el turno». Tenía las manos mojadas de fregar los platos y la pantalla del móvil se llenó de marcas. Secó las palmas en el paño de cocina y miró el calendario en su móvil. Mañana era la única noche que pensaba irse pronto a la cama y no responder a nadie: por la mañana tenía que entregar un informe y ya le zumbaba la cabeza. Escribió: «No puedo, tengo que…», y se detuvo. Por dentro, la recorría esa sensación conocida, casi como náuseas: si decías que no, quedabas mal. Y eso era no ser de las que cumple. Borró lo escrito y respondió corto: «Sí, voy». Pulsó enviar. La tetera empezó a silbar. Se sirvió una taza, se sentó en el taburete junto a la ventana y abrió la nota a la que simplemente llamaba «Cosas buenas». Ya tenía apuntada la fecha y un punto: «Cerrado el turno por Marta». Puso un punto y un pequeño más, como si eso compensara algo. Esa nota la acompañaba casi un año. La empezó en enero, cuando tras las fiestas se sentía especialmente vacía y necesitaba pruebas de que los días no pasaban sin dejar huella. Entonces escribió: «Llevé a la señora Carmen del quinto a la consulta». Carmen era mayor, caminaba despacio con la bolsa de análisis, y el autobús le asustaba. Llamó al portero automático: «Como vas en coche, llévame, que si no, no llego». La llevó, esperó en el coche mientras entraba a hacerse la analítica, y la subió de vuelta. Al regresar, se sorprendió irritada. Llegaba tarde al trabajo y en la cabeza daban vueltas quejas ajenas sobre colas y consultas. La irritación le daba vergüenza, la tragó con un café en la gasolinera. En la nota lo puso limpio, como si fuera un gesto puro, sin sombra. En febrero, su hijo tuvo un viaje de trabajo y le dejó al nieto el fin de semana: «Tú, que siempre estás en casa, no te importa», le soltó, sin preguntar, como si fuera obvio. El niño era bueno, bullicioso, incapaz de estarse quieto. Lo quería, pero al anochecer le temblaban las manos del cansancio y en la cabeza solo resonaba ruido, como tras un concierto. Lo acostó, fregó los platos, recogió los juguetes, que al amanecer volvió a esparcir. El domingo, cuando llegó su hijo, soltó: «Estoy agotada». Él sonrió, como si fuera una broma: «Eres abuela, es lo que toca». Y le dio un beso en la mejilla. En la nota escribió: «Cuidé del nieto dos días». Al lado, puso un corazón, para no sentir que era solo por obligación. En marzo llamó la prima pidiendo dinero hasta fin de mes: «Es para medicinas, lo sabes», dijo. Y ella entendía. Hizo el bizum y no preguntó cuándo devolvería. Luego calculó en la cocina cómo sobrevivir hasta la nómina, renunciando al abrigo nuevo que llevaba tiempo queriendo. El viejo ya tenía los codos raídos, no era un capricho. En la lista apuntó: «Ayudé a la prima». No escribió: «Me quedé sin abrigo». Le pareció una tontería demasiado pequeña para registrarla. En abril, en el trabajo, una compañera joven, con los ojos rojos, quedó encerrada en el baño y no podía salir. Lloraba bajito: la habían dejado y sentía que no valía nada. Llamó a la puerta: «Abre, estoy aquí». Se sentaron en la escalera que olía a pintura tras la obra, y escuchó el mismo lamento una y otra vez. Escuchó hasta que oscureció y perdió la clase de espalda, que el médico le mandó por el dolor. Al llegar a casa, el lumbago le ardía. Quiso enfadarse con la chica, pero la rabia era consigo misma: ¿por qué no sabía decir «tengo que irme»? En la nota apareció: «Escuché y apoyé a Ana». Puso su nombre, parecía más cálido así. Y otra vez, no escribió: «Perdí mi clase». En junio, llevó a una colega con bolsas al chalet porque se había quedado sin coche. La colega iba todo el camino discutiendo con su marido por el manos libres, ni preguntó si le venía bien. Ella callaba, atenta a la carretera. Allí descargó todo deprisa y añadió: «Total, te pillaba de camino». No era cierto. Volvió por el atasco y llegó tarde a casa, ni pasó por casa de su madre, que luego se molestó. En la nota escribió: «Llevé a Teresa al chalet». El «de camino» le dolió y se quedó mirando la pantalla apagarse lentamente. En agosto, su madre llamó de noche, voz aguda e inquieta: «Estoy mal, me sube la tensión, tengo miedo». Ella saltó del sofá, se puso la chaqueta, pidió un taxi y cruzó la ciudad desierta. El piso estaba cargado, el tensiómetro y los fármacos regados en la mesa. Tomó la tensión, le dio la pastilla, se quedó hasta que la madre se durmió. Por la mañana fue directamente al trabajo. En el metro, casi se quedó dormida y temía pasarse la parada. Apuntó en la nota: «Por la noche estuve con mamá». Puso un signo de exclamación y lo quitó enseguida, parecía demasiado intenso. Al acercarse el otoño, la lista era ya larguísima. Como un rollo que podía pasar y pasar. Y cuanto más crecía, más sentía lo mismo: no era una vida, sino una entrega de informes. Como si el amor viniera con ticket, y ella los fuera guardando en el móvil, lista para demostrar si le preguntaban: «¿Pero tú haces algo de verdad?» Intentó recordar cuándo había apuntado algo suyo. No “para ella” sino “por ella”. Todo era para otros, por sus penas, sus necesidades, sus ritmos. Sus propios deseos parecían caprichos a ocultar. En octubre, tuvo una escena sin gritos, pero que le dejó marca dentro. Fue a casa de su hijo a dejarle unos papeles impresos que él había pedido. Esperaba en la entrada con la carpeta mientras él buscaba las llaves y hablaba por teléfono. El nieto corría pidiendo dibujos. El hijo tapó el micro y le soltó: «Ya que estás, ¿puedes pasar por el súper? Faltan leche y pan, no me da tiempo». Dijo: «Estoy también cansada». Él ni la miró, solo se encogió de hombros: «Pero puedes. Si siempre puedes». Y volvió a su llamada. Esas palabras sellaron algo. No era una súplica, era un hecho. Sintió una corriente caliente mezclada de vergüenza. Vergüenza por querer decir «no». Por no querer ser siempre útil. Fue igual al súper. Compró leche, pan, también manzanas porque al nieto le gustan. Llevó las bolsas, oyó: «Gracias, mamá». Un gracias plano, como marcar un deber. Ella sonrió, como sabe, y regresó a casa. Abrió la nota y apuntó: «Compré la compra a mi hijo». Miró esa frase mucho. Le temblaban los dedos, pero no de cansancio: de rabia. Vio claro que la lista no era ya un apoyo, sino una correa. En noviembre pidió cita al médico: la espalda le dolía tanto que no podía estar de pie en la cocina mucho tiempo. La sacó por internet, para un sábado por la mañana y no faltar al trabajo. El viernes llamó su madre: «¿Vienes mañana? Tengo que ir a la farmacia y estoy sola». Contestó: «Tengo cita con el médico». Mamá enmudeció un instante: «Bueno. Entonces ya no soy importante». Esa frase siempre funcionaba. Siempre salía a justificarse, a prometer, a aplazar lo suyo. Ya abría la boca para decir: «Paso después del médico», pero se detuvo. No era cabezonería, sino cansancio: sentía peso en su vida, también la suya contaba. Dijo bajito: «Voy después de comer. Tengo que ir». Mamá suspiró, como si la hubiera dejado tirada: «Bueno», y en ese «bueno» cabía todo: enfado, culpa, costumbre. Durmió mal esa noche. Soñó que corría por un pasillo con carpetas y las puertas se cerraban una tras otra. Por la mañana preparó sus cereales, tomó las pastillas que hacía meses no tocaba, y salió. En la sala de espera escuchaba charlas de otros sobre análisis y pensiones, y no pensaba en el diagnóstico, sino en que, por una vez, hacía algo para sí misma y le daba miedo. Luego fue a casa de su madre, como prometió. Compró medicinas, subió al tercer piso. Mamá calló al abrir, luego preguntó: «¿Fuiste al médico?». Respondió: «Fui», sin excusas: «Lo necesitaba». Mamá la miró un rato, como si viera por primera vez a una persona, no a una función. Luego se dio la vuelta y fue a la cocina. La noche, al volver a casa, sentía una extraña ligereza. No alegría, sí espacio. En diciembre, ya acabando el año, notó que esperaba el fin de semana no como descanso, sino como oportunidad. El sábado por la mañana su hijo escribió: «¿Puedes quedarte con el niño un par de horas? Tenemos trámites». Leyó el mensaje y sus dedos enseguida iban a escribir «sí». Se sentó en el borde de la cama, el móvil cálido en la mano. Había paz, solo el clic del radiador. Recordó el plan de ese día: ir al centro, al museo, a esa exposición tantas veces pospuesta. Quería andar entre cuadros y callar, sin que nadie preguntara dónde están los calcetines ni qué falta para la cena. Escribió: «Hoy no puedo. Tengo planes». Envió y dejó el móvil boca abajo, como si así costara menos esperar la respuesta. A los minutos, llegó: «Vale». Después: «¿Te has enfadado?» Levantó el móvil, leyó y notó el viejo impulso de explicarse, justificarse, suavizar. Podía escribir largo: que estaba agotada, que ella también tenía derecho a vivir. Pero sabía que cuanto más se explica una mujer, todo se vuelve regateo, y ya no quería regatear por sí misma. Respondió: «No. Solo es importante para mí». Y nada más. Se preparó tranquila, como para ir a trabajar. Comprobó que el gas estaba cerrado, las ventanas, la cartera, el cargador. En la parada, entre gente con bolsas, sintió que, por fin, no tenía que rescatar a nadie. Era raro, pero no daba miedo. En el museo caminó despacio. Miraba rostros en los retratos, las manos, la luz en las ventanas de los cuadros. Sentía que aprendía a ser atenta, pero no siempre a las necesidades de otros, sino a sí misma. Tomó café en la pequeña cafetería, compró una postal y la guardó en el bolso. El cartón rugoso era agradable bajo los dedos. De vuelta en casa, dejó el móvil en el bolso y no lo sacó inmediatamente. Primero colgó el abrigo, se lavó las manos, puso agua para el té. Luego se sentó y abrió la nota «Cosas buenas». Bajó hasta la fecha de hoy. Miró el espacio en blanco. Pulsó «más» y escribió: «Fui sola al museo. No cogí un encargo ajeno en vez de mi vida». Se paró. Eso, «en vez de mi vida», le sonó demasiado grande, casi una acusación. Lo borró y puso: «Fui sola al museo. Me cuidé». Hizo algo que nunca antes: al principio, arriba de la nota, dibujó dos columnas. A la izquierda escribió: «Para los demás». A la derecha: «Para mí». En la columna «Para mí» por ahora solo había una entrada. La miró y sintió que algo se alineaba dentro, como la espalda tras un buen ejercicio. Ya no quería demostrar a nadie que era buena. Solo necesitaba recordar que existía. El móvil vibró de nuevo. No corrió. Se sirvió el té, dio un sorbo y entonces miró la pantalla. Su madre escribió: «¿Cómo estás?». Respondió: «Bien. Mañana iré, te llevo pan». Y antes de enviar, añadió: «Hoy estuve ocupada». Envió y dejó el móvil al lado, con la pantalla hacia arriba. En la habitación había silencio, pero ya no pesaba. Era como un sitio, por fin, hecho para ella.
Viernes, 15 de diciembre Regresaba esta tarde a casa, exhausto tras el trabajo, cuando recibí un mensaje
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035
Echando de casa a mi hermana pequeña
El silencio en el piso se parte en mil pedazos por el siseo continuo de una lata de refresco que mi hermano
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015
La carta que nunca llegó La abuela llevaba mucho rato sentada junto a la ventana, aunque realmente no había gran cosa que ver. En el patio enseguida anochecía; la farola de debajo de su ventana titilaba, se apagaba y encendía perezosamente. Sobre la nieve quedaban las huellas solitarias de algún perro y de gente, más lejos se oyó el raspar de la pala de la portera, y otra vez se hizo el silencio. Sobre el alféizar dormían unas gafas de fina montura y un teléfono viejo con la pantalla agrietada. A veces vibraba al recibir fotos o audios en el chat familiar, pero hoy permanecía en silencio. El piso estaba envuelto en calma. El reloj medía los segundos en la pared, demasiado sonoros. Se levantó, fue a la cocina y encendió la luz. La bombilla del techo repartía un círculo amarillo y apagado. Sobre la mesa reposaba un bol de varéniki fríos, protegido por un plato. Los había preparado por la tarde, por si acaso aparecía alguien. Pero nadie había venido. Se sentó, cogió un varénik, le dio un mordisco y enseguida lo dejó. La masa, tras el día entero, se había endurecido, aún comestible, pero ya sin alegría. Se sirvió té de su vieja tetera esmaltada, escuchó cómo el agua caía en el vaso, y de pronto, sin quererlo, suspiró en voz alta. Fue un suspiro hondo, como si algo se descolgara de su pecho y se sentara a su lado en el taburete. “Qué tontería la mía”, pensó. “Todos están bien, gracias a Dios. Techo no me falta. Y sin embargo…” Sin embargo, en su cabeza resonaron retazos de conversaciones recientes. La voz de su hija, tensa como una cuerda: — Mamá, no aguanto más así con él. Otra vez ha… Y la voz del yerno, con un deje burlón: — ¿Te está poniendo verde? Pues dile que la vida no gira a su capricho. Y Sashka, su nieto, con aquel escueto “ajá” cada vez que le preguntaba cómo iba todo. Y esos “ajá” dolían más que nada. Antes podía pasarse horas contándole historias del cole, de los amigos. Ahora, claro, había crecido. Pero aun así… No se peleaban a gritos, ni daban portazos. Pero entre palabra y palabra se intuía un muro invisible. Pequeñas puyas, silencios a medias, resentimientos que nadie reconocía. Y ella, como entre dos orillas, intentando no decir jamás lo que no toca. A veces pensaba que era su culpa, por no haber educado bien, por no haber dicho o callado cuando debía. Dio un sorbo de té, se quemó y frunció el ceño, y de pronto recordó cuando, hace años, Sashka era pequeño y juntos escribían la carta a los Reyes Magos. Él garabateaba con su letra infantil: “Por favor, tráeme el mecano y que mamá y papá no discutan”. Entonces ella reía, lo acariciaba y le decía que los Reyes lo escucharían. Ahora la avergonzaba ese recuerdo, como si hubiera engañado al niño. Mamá y papá nunca dejaron de discutir. Solo aprendieron a hacerlo más bajo. Apartó el vaso, limpió la mesa —aunque ya estaba limpia— y pasó al cuarto, encendiendo la lámpara de escritorio. La luz se derramó sobre la vieja mesa, aquella en la que casi ya no escribía a mano. Ahora todo era por el móvil: mensajes, emojis, audios. Pero allí reposaba su bolígrafo, en el vaso de los lápices, junto a una libreta de cuadros. Se detuvo, pensativa frente a ellos, y de pronto se le ocurrió: “¿Y si…?” La idea era absurda, de niña, pero notó cómo le daba calor en el pecho. Escribir una carta. De verdad. En papel. No por un regalo. Solo para pedir. No a la gente, que bastante líos tiene cada uno, sino a alguien a quien, en teoría, nadie le debe nada. Sonrió a su propia ocurrencia. “Se te va la cabeza, vieja”, se dijo, y sin embargo ya tenía la mano en la libreta. Se sentó, con cuidado se ajustó las gafas, cogió el bolígrafo. En la primera hoja había viejas anotaciones, así que la pasó. Dudó un momento, luego escribió: “Queridos Reyes Magos”. Le tembló la mano. Le avergonzaba, como si la observaran por encima del hombro. Miró la habitación vacía, la cama bien hecha, el armario cerrado. Nadie. — Bueno, qué más da —susurró, y siguió escribiendo: “Ya sé que sois para los niños y yo soy mayor. Pero no os voy a pedir ni abrigo, ni tele, ni cosas así. Tengo lo necesario. Sólo quiero una cosa: por favor, traed paz a mi familia. Que mi hija y mi yerno no discutan, que mi nieto no me hable como si yo fuera una extraña. Que podamos sentarnos todos a la mesa sin tener miedo a lo que se diga. Sé que los humanos solemos tener la culpa, que vosotros en esto no mandáis. Pero tal vez podáis hacer algo, aunque sea un poquito. Quizá no tengo derecho a pediros esto, pero aun así os lo pido. Si podéis, haced que nos escuchemos de verdad. Con cariño, la abuela Nina”. Leyó lo escrito. Le pareció ingenuo, torpe, como dibujos de niño. Pero no lo tachó. Sintió alivio, como si al fin hubiese dicho algo importante. La hoja crujía entre los dedos. La dobló con esmero varias veces. Se quedó un rato con el papel entre las manos, sin saber qué hacer. ¿Tirarla por la ventana? ¿Al buzón? Ridículo. Fue al pasillo a por el bolso. Recordó que el día siguiente iría al súper y a Correos, a pagar los recibos. “Lo meto también, en el buzón de los Reyes Magos”, pensó. “Cada vez ponen más. Así ya no me dará tanta vergüenza. No soy la única”. La guardó en el bolsillito del bolso, junto al DNI y los recibos, y apagó la luz. En la casa sólo marcaban el tiempo los tictacs del reloj. Se acostó, dio mil vueltas, escuchando a la nada antes de dormirse. Por la mañana salió antes de lo habitual, para llegar antes de la comida. Las aceras resbalaban, la nieve crujía bajo los pies. A la puerta, la vecina paseaba el perro; le saludó, preguntó por la salud. Cruzaron unas palabras y Nina siguió, apretando fuerte el bolso. En Correos había cola para pagar. Se situó al final, sacó los recibos y la carta doblada. No había buzón especial de Reyes Magos, solo los normales y el expositor de sellos. Titubeó. “Vaya idea la tuya”. Podía tirarla a la papelera, pero no podía. La guardó otra vez en el bolsillo, pagó los recibos y salió. Junto a Correos había un quiosco con juguetes y espumillón. Colgaba allí una caja de cartón con “Cartas para los Reyes Magos”. Pero estaba vacía y la dependienta la desmontaba. — Ya no recoge nadie —le explicó—. El último día fue ayer. Ahora ya no llegarán a tiempo. Nina asintió; total, tampoco tenía prisa. Dio las gracias, aunque no había por qué, y regresó a casa. La carta siguió en el bolso, como una bolita cálida imposible de olvidar y de tirar. En casa se descalzó, colgó el abrigo, dejó el bolso junto a las compras. El móvil vibró en el bolsillo. Era un mensaje de su hija. “Mamá, hola. El finde vamos para allá, ¿vale? Sashka me preguntó por unos libros de historia, dice que tú tienes”. Sintió un nudo y una súbita distensión después. Así que vendrán. Así que no está todo perdido. Escribió: “Por supuesto, os espero”. Luego distribuyó la compra, puso a hervir caldo. Y la carta siguió en el bolso, olvidada sobre el taburete. El sábado por la tarde resonaron pasos en el rellano. Nina miró por la mirilla, reconoció las siluetas. Hija con bolsa, yerno con caja, Sashka con mochila. Crecido ya, delgado, el flequillo asomando bajo la gorra. — Hola, abuela —dijo él, entrando primero y agachándose torpemente para besarla en la mejilla. — Pasad, pasad —se apuró ella—. Quitad los zapatos, os he preparado zapatillas. En el pasillo, de golpe, todo era calor y bullicio. Olía a calle, a nieve, a algo dulce de la bolsa de la hija. El yerno refunfuñaba con que el portal seguía sin limpiar, Sashka se quitaba las deportivas rozando el perchero. — Mamá, venimos poco rato —le avisó la hija, dejando la bolsa en el suelo—. Mañana toca ir con los padres de él, ya sabes. — Ya, hija, ya —asintió Nina—. Venid a la cocina, tengo sopa recién hecha. Allí se sentaron algo dispersos. El yerno más cerca de la ventana, hija junto a él, Sashka frente a Nina. Repartían la sopa en silencio; las cucharas tintineaban en los platos. Poco a poco empezó la charla: trabajo, atascos, precios. Palabras neutras con una corriente subterránea de tensión. — Sashka, tú querías libros de historia, ¿no? —le recordó la madre cuando acabaron de comer. — Ah, sí —Sashka espabiló—. Abuela, ¿tienes algo de la guerra? El profe dijo que podíamos llevar algo extra. — Claro —se animó Nina—, tengo toda una serie en la estantería. Ven, te los enseño. Fueron juntos al cuarto. Nina encendió la lámpara, rebuscó en la balda con los libros de tapas desgastadas. — Mira, este es de la resistencia, este de las memorias… ¿Qué buscas exactamente? — No sé —encogió Sashka los hombros—. Algo entretenido, supongo. Estaba junto a ella, la cabeza algo inclinada. Nina vio en él al niño curioso de antes, el que se sentaba en sus rodillas a preguntar mil cosas. Ahora callaba, pero en sus ojos asomaba el interés. — Llévate este —le tendió un libro de cubierta desvaída—. Es fácil de leer, a mí me gustó mucho de joven. — Gracias, abuela. Comentaron algo más del instituto, el profe de historia —”majo, pero a veces se pasa”, según Sashka—. Nina escuchaba, asentía, preguntaba. Le bastaba tenerle allí, hablando. La hija asomó la cabeza: — Sashka, en media hora nos vamos, vete recogiendo. — Ajá —respondió, metiendo el libro en la mochila y saliendo al pasillo. Cuando se marchaban, el pasillo recuperó de golpe el barullo: bolsas, chaquetas, bufandas, “llama”, “no te olvides”, “te lo mando luego”. Nina les acompañó hasta el ascensor; volvió a entrar y la soledad la envolvió de nuevo. En la cocina empezó a recoger. El bolso seguía en el taburete, la carta dentro. Metió la mano en el bolsillo, tocó el papel doblado. Por un momento casi lo sacó para romperlo, pero sólo lo apretó más dentro y cerró la cremallera. No sabía que, en el pasillo, cuando Sashka se quitaba la mochila, sin querer movió el bolso; el borde de la carta asomó. Él la recolocó, leyó “Queridos Reyes Magos” y se quedó quieto. No la sacó entonces. Había adultos cerca, todo iba deprisa. Pero aquella frase se le quedó grabada. Por la noche, ya en casa, la recordó al vaciar la mochila. Que su abuela, una adulta, escribiese a los Reyes no le pareció gracioso, sino tierno y tristón. Días después, de vuelta del colegio, escribió a la abuela: “¿Abuela, puedo pasar esta tarde? Para libros de historia y tal”. Ella contestó enseguida: “Claro que sí, vente”. Llegó después de clase, mochila a la espalda, con los cascos puestos. El ascensor olía a col hervida y lejía. Ella abrió enseguida, como si le esperara. — Pasa, cariño, quítate el abrigo. He hecho tortitas. Dejó la mochila sobre el taburete —el bolso estaba un poco abierto, el papel asomando— y sintió un pellizco. Mientras ella preparaba las tortitas, él se agachó como para atarse los cordones y deslizó la carta al bolsillo del hoodie. El corazón le latía deprisa. Sabía que no era del todo correcto, pero no paró. — Oh, tortitas —dijo, volviendo a la cocina—. ¡Genial! Comieron, charlaron del cole, del tiempo, de las vacaciones. Ella le preguntaba si tenía frío, si iba bien de zapatos. Él se hacía el duro, bromeaba. Después pasaron al cuarto con el libro anterior y se fue como siempre, para no levantar sospechas. Ya en su cuarto, leyó la carta. Primero se sintió raro, como quien escucha por casualidad una conversación privada. Luego, especialmente incómodo en la parte de “que mi nieto no me hable como si fuera un extraño”. Paró, releyó. Un nudo en la garganta. Recordó cómo últimamente respondía seco, pasaba de largo a las llamadas. No por no quererla, sólo por pereza, por falta de tiempo. Y ella lo sentía como si… Leyó hasta el final. Sobre la paz, la mesa, escucharse. Sintió por su abuela una ternura tan enorme que le dieron ganas de ir a abrazarla y decir que todo estaría bien. Pero enseguida se avergonzó de ese impulso. Se tumbó boca arriba, la carta blanca sobre el cobertor. ¿Y ahora qué? ¿Contárselo a su madre, al padre? Se reirían, o se enfadarían. ¿Devolverle la carta a la abuela? Ella sabría que la leyó; le daría vergüenza a los dos. Dio mil vueltas. En el recreo, lo contó a un amigo: — Tía, mi abuela, que escribe cartas a los Reyes. — Qué cosas, la mía solo cree en las pensiones. — No tiene gracia —le cortó Sashka, sorprendido de sonar tan serio. El amigo se encogió de hombros. Sashka se sintió aún más solo con su carta. Por la noche marcó el número de la abuela, colgó antes de que diera tono. En el chat familiar revisó los últimos mensajes: fotos de ensaladas, chistes, comentarios. Todo ligero, ninguna carta. Escribió “Mamá, ¿y si celebramos Nochevieja en casa de la abuela?” y lo borró. Imaginó la respuesta: “¿Tú estás loco? Ya hemos quedado con los padres de papá”. Y discutían, todo pesaba igual. Sacó la carta y la leyó otra vez. Vio la frase de la mesa. Se le ocurrió una idea simple y hasta graciosa, pero que le dio un poco de miedo. No Nochevieja. Una cena. Sin más. O casi sin más. Se fue al salón, donde su madre trabajaba en el portátil: — Mamá, ¿y si quedamos en casa de la abuela todos juntos? Para cenar, todos. Ella alzó la vista, con recelo. — Pero si ya vamos. — Ya, pero… En plan bien. No solo pasar una hora. Charlamos, comemos. Si quieres yo ayudo a cocinar. Ella sonrió. — ¿Tú, ayudar en la cocina? Eso sí que es nuevo. Pero no tenemos tiempo, papá llega tarde, yo estoy a tope. — En fin de semana. El sábado, por ejemplo. Mejor eso que estar en casa. Suspiró, recostándose: — Sashka, no sé. Tu padre dirá que necesita descansar, yo tengo un informe… — Mamá —interrumpió firme—, ella está allí sola. Tú misma decías que te daba pena. Una vez, vaya. Solo una cena. Ella lo miró de un modo diferente. — Vale —concedió—. Lo hablaré. No prometo nada. Esa noche escuchó a sus padres en la cocina: — Lo pide él —decía la madre—, lo ha sugerido. — ¿Y qué hacemos allí? —refunfuñó el padre—. Otra vez a oír hablar de salud y facturas. — Sólo está —contestó suave la madre—. Y a Sashka parece que le importa. Silencio, luego un suspiro. — Vale. El sábado vamos. Sashka se sintió como quien gana una pequeña batalla. Faltaba la siguiente: decírselo a la abuela. Al día siguiente llamó él mismo. — Abuela, hola. El sábado vamos todos, ¿vale? Pensaba llegar antes, te echo una mano cocinando. Una pausa. — Claro, ven. ¿Pero qué haremos? — Lo que quieras. Puedo preparar la ensalada. O pelar patatas. — La ensalada aún no la has hecho —rió ella—. Te enseño. El sábado llegó con dos bolsas; la madre le ayudó a comprarlas. — Pero bueno —exclamó la abuela al ver tanto—. ¿Vamos a dar de comer a un ejército? — Más vale que sobre —respondió él. Cocinaron juntos. Ella le corregía al ver cómo sujetaba el cuchillo: — Así no, vas a cortarte. — Que no, que controlo. Cebolla, carne friéndose, la radio de fondo, afuera oscurecía. — Abuela —dijo él de pronto, picando pepino—, ¿tú… crees en los Reyes Magos? Ella dio un respingo tan claro que la cuchara tintineó en la sartén. Hubo silencio, hasta la radio parecía bajar el volumen. — ¿Y eso? —preguntó cauta. Él encogió los hombros. — Por el cole, discutíamos. Removió el guiso, apagó el fuego y se volvió a mirarle, un brillo en la mirada. — De niña sí creía. Luego… no sé. Igual existen, pero no como en la tele. ¿Por? — Por nada —respondió rápido—. Molaría que existieran. Luego guardaron silencio. Siguieron cocinando, pero algo había cambiado. Los dos sabían de qué hablaban, aunque no lo dijeran. Por la tarde llegaron los padres. El padre, cansado pero menos hosco de lo habitual. La madre traía un bizcocho hecho por la mañana. — Anda —se sorprendió el padre ante la mesa puesta—. ¡Menudo festín! — Todo obra de tu hijo —presumió Nina. — ¿Tú? —miró el padre a Sashka—. No me lo creo. — A ver, tampoco me he roto —bufó él. Se sentaron. Al principio, algo tensos, midiendo cada palabra. Pero la comida suele obrar milagros. Poco a poco, el ambiente se relajó. Recordaron anécdotas de la infancia de la madre, cómo una vez se perdió en una tienda. El padre contó bromas del trabajo. Nina reía, a veces tapándose la boca. Sashka los observaba, pensando en la carta. Creía percibir, entre palabras y miradas, ese otro diálogo, el que anhelaba la abuela: que se escucharan. Al servir el té, la madre, casi en confesión, dijo: — Mamá, perdona que vengamos tan poco. Yo… bueno, siempre corriendo. Lo dijo sin excusas, como quien asume. Nina bajó la mirada, acarició el borde del plato. — Lo entiendo —contestó bajito—. Tenéis vuestra vida. No me enfado. Sashka sintió un pinchazo. Sabía que sí se dolía, aunque lo negara. Pero no era reproche, sino una forma de no cargarles. — Da igual —saltó él sin querer—. Podemos venir a veces. No sólo por Navidad. Los dos adultos lo miraron, extrañados pero atentos. — Así, como hoy. Está bien. — Está bien —concedió el padre, sin ironía—. Incluso muy bien. La madre asintió. — Lo intentaremos —prometió, pero no como obligación, sino con una voluntad genuina. Siguieron hablando: estudios, posibles carreras, profesores. Nina intervenía lo que podía; las palabras nuevas le costaban, pero no quería quedarse atrás. Al irse, de nuevo el bullicio del recibidor. Abrigos, guantes, el padre ayudando con la olla, la madre recogiendo la mesa. — Mamá, la próxima vez, repetimos. Yo te aviso antes, ¿vale? — Vale. Encantada, hija. Sashka se quedó un poco en la puerta del cuarto. Se acercó a la mesa donde reposaban cuaderno y bolígrafo. La carta no estaba, la tenía él en el bolsillo, doblada. No iba a devolverla; ya había dicho demasiado para dejarla de nuevo en el bolso de la abuela. — Abuela —dijo bajito, ya en el pasillo—, si alguna vez quieres que hagamos algo distinto, sólo dínoslo. No escribas a nadie. Solo a nosotros. Ella lo miró largo rato, suave. — Lo haré —respondió—. Si surge, lo haré. Él asintió y salió. La puerta se cerró, el ascensor los alejó. Nina recuperó la soledad. Fue a la cocina, se sentó. Restos de la cena, tazas, migas de bizcocho, olor a carne, a té. Reunió las migas con la mano. En su pecho una sensación desconocida: no euforia, no felicidad, más bien como el aire limpio de abrir una ventana. Sabía que seguiría habiendo conflictos, discusiones entre hija y yerno, secretos de Sashka. Pero hoy, sentados juntos, estaban más cerca. Recordó la carta. Ya no sabía dónde estaba. Tal vez en el bolso, quizá perdida. Tal vez alguien la hubiera leído. Se dio cuenta de que ya no importaba tanto. Fue a la ventana. Bajo la farola jugaban niños, hacían figuras en la nieve. Uno, con gorro rojo, reía y su voz subía hasta el tercero, clara, alegre. Nina apoyó la frente en el cristal frío y esbozó una sonrisa apenas visible. Como quien responde a una señal lejana, pero perfectamente comprensible. Y en el bolsillo de la chaqueta de Sashka, en el recibidor de su casa, estaba la carta doblada. Él la sacaba a veces, leía una línea y la guardaba. No como petición mágica, sino como recordatorio de lo que quería de verdad quien le espera con sopa y llamada. No contó a nadie lo de la carta. Pero la próxima vez que su madre dijo que no iría donde su abuela por cansancio, contestó sin dudar: — Pues voy yo solo. Y fue. Sin fiesta ni excusa. Simplemente. No fue milagro. Fue otro paso pequeño hacia esa paz que alguien una vez escribió en una hoja a cuadros. Nina, al abrirle la puerta, se sorprendió, pero no preguntó. — Pasa, Sashka. Justo acabo de poner el agua a hervir. Y eso bastaba para que, en la casa, volviera a sentirse un poco más de calor.
La carta que nunca llegó Carmen llevaba rato sentada junto a la ventana, aunque no había mucho que ver.
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0430
La nuera desafiante
Todo el clan del marido aceptó unánimemente que Dominga, como nuera, resultaba inútil e impúdica.
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