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049
Me casé a los 50 años creyendo que había encontrado la felicidad, pero no podía imaginar lo que me esperaba… Soy una de esas mujeres que se casó tarde. Por desgracia, mi relación tardía acabó en ruptura. Siempre me llamaban “la pesada”, y realmente disfrutaba aprendiendo. Terminé mi máster y me convertí en bibliotecaria. Un amigo me presentó al que sería mi futuro marido. Tenía 59 años, pero no había perdido la esperanza y seguía buscando esposa. Yo era nueve años más joven. Marcos me conquistó al instante: era un hombre culto, educado, con pasión por la poesía y la literatura. Empezamos a hablar y, a los pocos meses, me pidió matrimonio. Acepté porque siempre había soñado con formar una familia. Al casarnos, fuimos a vivir a mi piso, ya que su hija y su familia ocupaban la casa de él. Sinceramente, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Siempre había vivido sola, pero ahora todo había cambiado y me sentía frustrada. La mancha en el mantel, la colcha arrugada, los calcetines por el suelo y mil pequeños detalles que jamás había planeado… Todo me irritaba. Era como si él estuviera en un hotel y yo fuera la responsable de todas las tareas. Además, tenía problemas de dinero. Perdí la paciencia cuando, en vez de reparar el grifo, lo rompió aún más y solo entonces llamó al fontanero. Juegos familiares. Aquel día comprendí que no quería resignarme ni soportar más; somos adultos y tenemos costumbres distintas. Poco después tuvimos una conversación y, como descubrí, él estaba conforme con todo. Yo soy tranquila, odio las discusiones; pero no conseguimos llegar a una solución pacífica: la hija de Marcos ya había planeado su vida en el piso de su padre, pensando que él viviría siempre conmigo. Solo tres meses después accedió finalmente al divorcio. Me pidió que le devolviera sus regalos; devolver la papelera y la cadena no me supuso ningún problema. Esta experiencia me ha hecho preguntarme si de verdad se puede construir una vida familiar feliz después de los 50 años.
Me casé a los 50 años, convencida de que por fin había encontrado la felicidad, pero no tenía ni idea
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0231
Una vez me llamó una tía lejanísima para invitarme a la boda de su hija — mi prima tercera, a la que no veía desde que tenía seis años. Por supuesto, intenté escabullirme, pero no coló: “¡Al menos una vez en veinte años podemos vernos, ni se te ocurra faltar!”, me sentenció la tía. Al final, con invitación de palomitas y rosas de parte de Lucía y Alberto, recordatorio incluido dos días antes, no quedó más remedio que ir. Así acabé perdiendo el sábado, con mi ramo y mi mal humor, entrando en el restaurante con la idea de largarme a la francesa al primer descuido, cuando me sentaron en la mesa de los amigos del novio, todos jóvenes, alegres, animados, sorprendiéndose de lo poco de tía que tenía yo, proponiendo pasarlo en grande. La novia, por supuesto, ni la reconocí: de ratoncito oscuro pasó a voluptuosa rubia de escote generoso, y a mí me gustaba más antes… La cosa era un tanto lúgubre: muchas tías y tíos enfurruñados, un novio con cara de asustado, novia convencida de su impactante belleza y, si no fuese por la animada compañía, aquello parecía más un velatorio. Las tías, ojo avizor y miradas de reproche. Me perdí el primer brindis, y justo arranca el segundo: me toca hablar. El maestro de ceremonias averigua quién soy y exclama: “¡Ahora unas palabras de la joven y guapa tía de la novia!” Así que yo, muy sentida: “Queridos Lucía y Alberto…” Y de pronto, silencio sepulcral. En ese instante me percato de que mi tía no está y que, seguramente, no ha cambiado tanto como para no reconocerla… “La novia se llama Marta,” — me sisea una señora de rosa enfrente — “y el novio, Óscar.” “¿Cómo que Marta? ¿Qué Óscar?” “Vienen a los banquetes ajenos a hartarse por la cara,” resopla otra tía. “En la despedida del cuñado pasó igual, casi tuvimos que echarlos. ¡Sinvergüenzas!” Ahí entendí que la fiesta iba para largo: todos se giran cortantes, medio incorporados, acechando, preparándose para la gresca. “¡Pero si tengo aquí la invitación!” grito yo, agitando el papel con los nombres Lucía y Alberto, sala Tal, restaurante Cual. El camarero me salva: “Señorita, tenemos otra sala en la planta de arriba, ¿no será ahí?” “¡Claro, quiere una segunda cena! Aquí marca, luego sube; vete tú a saber – ¡menuda caradura!” remata la de rosa. “¡Trepidante la aventurera!” añade la otra, de verde fosforito. No parezco ni busca-vidas ni caradura, pero desde fuera cualquiera sabe… Los amigos del novio me defienden y reciben de la tía morada: “¡Mira tú, ya encandila a los chicos!” y la de rosa remata: “Así le quitó el marido a la contable… Giras la cabeza y ya te la ha liado.” Jamás le quité el hombre a nadie, pero ahí ya una se replantea cosas… Gracias a Dios, el camarero localiza a mi tía en la otra sala, que llega, evalúa la situación y jura conocerme, guiñando el ojo como para que todos entiendan que yo siempre he tenido mis cosillas… Total, que me evacuan al otro salón, donde sí estaban la auténtica Lucía, el verdadero Alberto y, tras muchos brindis, por fin me relajé. Para colmo, los amigos del novio de la primera boda fueron los que me despidieron tras el cóctel.
Un día recibí la llamada de una tía lejana, quien me invitó a la boda de su hija mi prima segunda, a
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033
En la cena de Navidad en casa de mi hijo, me miró y dijo: “Este año la Navidad es solo para la familia cercana, será mejor sin ti”, y mientras yo seguía en shock, cuando todos levantaron sus copas, de repente sonó mi teléfono de un número desconocido diciendo,
En la cena de Nochebuena en casa de mi hijo, me miró y soltó: «Este año la Navidad será solo para la
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038
En la fiesta de mi hijo, tomó el micrófono y anunció: “¡Mi suegro pagó por todo — mi madre ni siquiera compró la tarta!”
En aquel banquete de cumpleaños de mi hijo, él tomó el micrófono y proclamó, ¡Mi suegro pagó todo!
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0142
Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me ha llegado el millón? Solo me han ingresado trescientos treinta mil… ¿Qué clase de cantidad es esa? Se oía el secador de pelo en el baño. Su madre, Vera, lo apagó y respondió con seguridad: —Sí, está bien así —Vera, siempre hábil con el dinero ajeno—, trescientos treinta mil. Pero a Alina le correspondía mucho más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba un millón. Prácticamente un millón, que era de mi padre. Dijiste que me lo transferirías cuando vendieras el piso. —Ay, Alina, no empieces con tus cuentas —respondió—. Sabes que he hecho todo como es debido. —¿Como es debido? Perdona… —la tarima bajo sus pies crujía de indignación—. Yo te di un poder para vender mi piso, que heredé de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿Dónde se ha perdido? Alina sintió que se había relajado demasiado pronto. —¡Que te lo he pasado! —el secador volvió a encenderse—. Lo he hecho como madre, como una buena madre. Repartí el dinero entre todos mis hijos, por igual. Tu parte legítima está contigo. Pero lo legítimo era todo. —¿Has repartido la herencia de mi padre en tres? ¿Entre mí y ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese es el dinero de mi padre! ¡Yo no tengo el mismo padre que ellos, por si te sorprende! —¿Y qué más da quién es el padre? —su madre se peinaba mientras hablaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Debía quedarme mirando mientras solo tú gestionas esa fortuna y tus hermanos mueren de envidia? ¡Eso no está bien! He igualado las cosas. Todos por igual. Qué ganas de haberle dado una colleja a la Alina de entonces, la que firmó ese poder… —¿Por igual? ¡Te has quedado mi millón dividiéndolo en tres! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Y lo demás, mamá? ¡El piso valía más! —Sí, había algo más de un millón tras impuestos y comisiones —zanjó Vera—. Redondeé la cantidad. El resto me lo quedo por las molestias. ¿Te ibas a ocupar tú de tanto papeleo? ¡No! Lo hice todo mientras tú estabas trabajando lejos. —¡Habrás quedado agotada! —¡No te atrevas a hablar así! —soltó su madre—. Tu padre era tu padre, sí, pero yo soy tu madre y decido. Además, eres mayor. Eres la hermana mayor, necesitas menos que ellos. Y yo repartí por igual. Los chicos tienen que hacer su vida. Tú, como mujer, necesitas menos. —¿Y yo no tengo que formar una familia? ¿Tengo que vivir en la miseria, solo porque soy mujer y no se espera nada de mí? —ironizó Alina—. Pásame el resto, mamá. Ahora mismo. —No. Seco, punto final. Su madre sabía que Alina no haría nada. ¿Demandar a tu propia madre por dinero? Nadie lo entendería y encima te juzgarían. Y después de todo, es su madre, se hablan de vez en cuando al menos. Unas semanas más tarde, tras haber organizado sus cuentas, Alina vio fotos en redes sociales. Iván posaba junto a un flamante Polo azul. Dima colgó otra foto con el mensaje: —¡Mi nuevo bólido! Sus hermanos se habían comprado coche. Pues bien. Ella decidió guardar sus trescientos treinta mil y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba, planeaba. Había soltado la situación, pero no lo olvidó. Su madre actuaba como si nada, llamando y cosa frecuente, contándole novedades. Pero hoy, su madre la llamó con una voz tan tensa que le puso la piel de gallina. Alina se inquietó. —¿Qué ocurre, mamá? —La abuela… —Vera titubeó—, la abuela de Iván y Dima… ha muerto esta mañana. Alina sintió una extraña distancia de película. Aquella abuela, que nunca fue suya, jamás tuvo ningún papel en su vida. Para ella era solo “la suegra de mamá” o “la abuela de los chicos”. Pero, en fin, una muerte siempre impresiona. —Vaya… lo siento —ofreció su pésame. —Hay que organizar el entierro, los papeles, no doy abasto. Estoy sola. Los chicos… no saben bien qué hacer en estas cosas. ¿Vendrás? ¿Me ayudarás? No era por mala fe, pero Alina no podía ir, no le daban permiso en el trabajo. —Mamá, estoy en la oficina. No puedo ir físicamente al funeral de alguien a quien apenas he visto tres veces en la vida —respondió Alina. Nunca la llevaron a casa de aquella abuela. —¡Por favor! —suplicó la madre—. Me haría mucho bien. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo tienes ahora mismo. La madre dudó en aceptarlo, pero pensó que el dinero nunca está de más. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Veinte mil podrías aportar? —Hecho. —Y añadió—: Te enviaré uno extra, para pequeñas cosas. Considera que es mi homenaje a la memoria… a su abuela. —Gracias, Alina. Siempre me salvas. Alina colgó con una desagradable sensación de victoria. Se justificó: no fue, pero ayudó. Ahora nadie puede reprocharle nada. Medio año más tarde, el funeral era cosa pasada. Dima e Iván ya lucían nuevos caprichos, tal vez motos o móviles. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería del trabajo mientras preparaba otra reunión. —¡Hola, mamá! ¿Qué tal todo? —¡Alina! Bien, poco a poco. Dima ha encontrado trabajo nuevo, mejor que el anterior. Iván también va bien, tiene novia. —Me alegro mucho por ellos —respondió Alina—. Mamá, quería hablarte de un tema… —¿Qué tema? —su madre se puso a la defensiva. —Entiendo que ya ha pasado medio año de la abuela. Todos habrán recibido la herencia. La conversación fue aún más tensa que la de los trescientos treinta mil. —¿A qué viene esto, Alina? Claro que han recibido lo suyo. —Eso. ¿Y mi parte de la herencia? —¿Qué herencia? —su madre aparentó no entender, pero Alina notó el tono falso al instante. —De la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Qué más da? —le devolvió Alina la lógica de antes—. Yo soy tu hija, y tú dijiste que ningún hijo debía quedarse sin. Cuando fue mi millón, lo repartiste a partes iguales. Así lo decías. —¡Eso es distinto! —Vera se puso a la defensiva—. No tiene nada que ver. —¿Ah, no? Tú decías que la herencia es de todos, que decides tú porque eres la madre y hay que ayudar a todos los hijos… —No compares situaciones… —¡Qué cómodo, mamá! Cuando era mi millón, la herencia de mi padre era común y había que repartir. Pero ahora, con el piso de la abuela de ellos, de pronto todo va según las ramas familiares. —¡No te pongas puntillosa! —bufó su madre—. ¿Pretendes que reclame la herencia de mi suegra para ti? ¿Cómo voy a explicarles eso a los chicos? —Solo quiero aplicar tu lógica: usaste mi confianza para quedarte un tercio de mi dinero, porque “los hermanos no pueden quedarse atrás”. Bueno, ahora quiero lo mismo a mi favor, ya que tanto te gusta ese argumento. ¿Ayudaste en la venta del piso? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿Coches? ¿Reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Dijiste que debía conformarme con menos, porque soy mujer. Pues no. Su madre estuvo un rato en silencio, digiriendo cómo salir de la trampa en la que ella misma se había metido hacía un año. En su familia, así era siempre: los chicos eran los preferidos, para ellos era todo lo mejor. Aquella abuela nunca aceptó a Alina como nieta, y su madre nunca la defendió. —¿Pero tú qué clase de persona eres? —le espetó por fin, sin argumentos—. ¿Para qué quieres ese dinero? Tú ya trabajas, eres joven, estás sana. Los chicos necesitan empezar su vida. ¡Son hombres! ¡Lo tienen más difícil! —Así que, según tú: la herencia del padre es de todos porque somos hermanos. La de su abuela, solo para ellos porque son hombres y yo “no lo necesito” por ser mujer. —No seas impertinente —replicó la madre—. ¿De dónde tanta avaricia? Jamás admitirá que estuvo mal. Alina es una tiquismiquis por atreverse a exigir justicia. —Quizá no lo sabes, pero por ese poder notarial debías transferirme todo el dinero del piso. Y aún no ha caducado el plazo legal de reclamación. No te estoy amenazando, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —musitó, asustada. —No, mamá. Pero aún puedo reclamar ese dinero. Piénsalo. Un mes después, a Alina le transfirieron todo lo que le debían, y la bloquearon con toda la dignidad del mundo.
Injusticia Mamá dijo Lucía, casi sin voz. ¿Por qué no me ha llegado un millón de euros? Solo trescientos
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025
— Encontré a dos niños en mi jardín, los crié como si fueran míos, pero después de quince años, algunas personas decidieron separarlos de mí.
Encontré dos niños diminutos en mi huerto y los crié como propios; pero, quince años después, unas personas
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09
El gato dormía con mi mujer. Se apoyaba en su espalda y me empujaba con las cuatro patas, echándome de la cama. Por la mañana, me miraba desafiante y burlón. Yo protestaba, pero nada podía hacer: era el mimado de la casa, la joyita, el sol de su vida. Mi esposa se reía, pero a mí no me hacía gracia. A ese “cielo peludo” se le freía el pescado, se le quitaban las espinas y la piel crujiente, deliciosa, se ponía ordenadamente junto a los trozos humeantes en su platito. El gato me miraba con una media sonrisa, como diciendo: “Aquí el favorito y el verdadero dueño soy yo”. A mí me tocaban los restos del pescado, lo que él no quería. En resumen, se burlaba de mí cuanto podía. Yo, claro, le devolvía la jugada: le apartaba de la mesa o le bajaba del sofá. Era una guerra, vamos. A veces me encontraba minas de acción retardada en zapatillas y zapatos. Y mi mujer, muerta de risa, le acariciaba y me decía que no le molestase. El gato, gris y desdeñoso, me miraba por encima del hombro. Yo suspiraba resignado: sólo tenía una esposa y con eso basta. Así que me tocaba aguantar. Pero esa mañana… Esa mañana, preparándome para salir al trabajo, un grito desesperado de mi mujer me hizo correr al recibidor. Allí vi la escena: seis kilos de pelo erizado y mal humor saltando sobre mi esposa como un toro ante el capote. Al verme, la fiera saltó a mi pecho y me empujó con tal fuerza que salí volando y caí al suelo. Me levanté, cogí una silla como escudo, agarré a mi mujer y la arrastré al dormitorio. El gato, al saltar, se dio un golpe contra la pata de la silla y gritó tan fuerte… Pero ni eso le detuvo. Siguió atacándonos hasta que cerramos la puerta. Desde dentro escuchábamos bufidos y, mientras nos curábamos las heridas con alcohol y yodo, mi mujer tuvo que llamar al trabajo para decir que nuestro gato se había vuelto loco y que en vez de trabajar, iríamos al hospital. Yo repetí la historia con detalle al jefe. Y entonces… La tierra tembló y la casa se balanceó. En la cocina, los cristales volaron en pedazos; en el baño, el ventanal se agrietó. Solté el teléfono, se hizo un silencio absoluto. Olvidándonos del gato, corrimos a la cocina y asomamos a la calle. Frente a la casa había un enorme socavón y restos de un furgón de nuestro vecino, cargado con bombonas de gas, que había explotado. En el parking los coches volcadísimos giraban sus ruedas como tortugas, y a lo lejos sonaban sirenas de policía y ambulancias. Atónitos, mi mujer y yo giramos al unísono hacia el gato. Sentado en un rincón, apretaba contra el pecho la pata delantera rota y lloriqueaba quedamente. Mi esposa corrió a abrazarlo. Yo, sin pensarlo, cogí las llaves del coche y bajamos los siete pisos a toda velocidad, olvidándonos de ascensores. Que me perdonen los damnificados de la explosión, pero nosotros teníamos nuestro propio herido. Por suerte, el coche estaba entero detrás del edificio y volamos al veterinario. Me sentía fatal, y por si fuera poco, en la radio sonaba Mijaíl Tariverdíev y su “Dos en el café”. Una hora después, salíamos del veterinario: mi mujer llevaba a su tesoro, y él, mostrando la patita vendada a todos los dueños de mascotas, escuchaba sus “pobrecito” mientras nos acariciaban al gato. Al llegar a casa, mi esposa le preparó su pescado favorito, quitando las espinas y colocando la piel crujiente con mimo. A mí, los restos. El gato, cojeando sobre tres patas, se acercó a su plato y, dolorido, intentó mirarme con desprecio, pero sólo le salió una mueca de dolor. Yo, sin pensar, limpié mi parte del pescado y la añadí a la suya. El gato me miró, asombrado, apretó la pata herida contra el pecho y maulló interrogante. Yo lo alcé en brazos y, mirándole a la cara, le susurré: —Quizá no soy un triunfador, pero si tengo una mujer así y un gato como tú, ya soy el hombre más feliz del mundo. Y le di un beso en el hocico. El gato ronroneó y me empujó la mejilla con su gran cabeza. Lo bajé al suelo y, a pesar del dolor, empezó a comer su pescado mientras mi mujer y yo, abrazados, lo mirábamos y sonreíamos. Desde entonces, el gato sólo duerme conmigo. Me mira a la cara y yo sólo le pido a Dios una cosa: que me dé el mayor número de años posible para ver a mi mujer y a mi gato al lado. No quiero nada más. Palabra de honor. Porque eso es, de verdad, la auténtica felicidad.
Diario, miércoles. Anoche, el gato durmió pegado a mi mujer. Apoyaba bien la espalda en ella y a mí me
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012
Cada martes Liana apuraba el paso entre la multitud del metro madrileño, aferrando una bolsa de plástico vacía: símbolo de una tarde infructuosa buscando sin éxito un regalo para su ahijada, la hija de su mejor amiga. A sus diez años, María había dejado de soñar con ponis y, como tantos niños curiosos de hoy, había caído rendida ante la astronomía, pero encontrar un telescopio decente —y asequible— estaba resultando una odisea. La tarde caía, y bajo tierra pesaba el cansancio del final del día. Liana, esquivando el flujo de pasajeros que salían, logró alcanzar el ascensor. Fue entonces cuando el trasiego del andén, hasta entonces lejano, se coló en su mundo con unas palabras cargadas de emoción. “—…No creí que volvería a verle, de verdad —decía tras ella una voz joven, temblorosa—. Pero ahora, cada martes, va a buscarla al cole. Él mismo. Llega con su coche y van juntos al parque ese de Las Vistillas, el de las atracciones…” Liana se detuvo de golpe en la escalera mecánica. Se giró, lo justo para ver de reojo a la chica del abrigo rojo, el rostro encendido, los ojos chispeantes. Y a su amiga, asintiendo mientras escuchaba. “Cada martes.” También ella tuvo un día así. Tres años atrás. No era el lunes del comienzo pesado, ni el viernes de la espera ansiosa por el fin de semana. No, el suyo era aquel martes. Ese día en torno al cual giraba su mundo. Cada martes, justo a las cinco, salía corriendo del instituto donde daba clase de lengua y literatura y cruzaba media ciudad. Iba a la Escuela de Música Glinka, en una casona antigua de Retiro, con el parqué siempre quejumbroso. Allí recogía a Marcos. Siete años, serio más allá de su edad, una pequeña figura con un violín casi tan grande como él. No era su hijo —era su sobrino. El hijo de su hermano Antonio, a quien un accidente se había llevado demasiado pronto. En los primeros meses tras el funeral, sus martes se convirtieron en un ritual de supervivencia. Para Marcos, que se había encerrado en sí mismo y casi no pronunciaba palabra. Para su madre, Olga, rota, sin fuerzas para levantarse de la cama. Y para la propia Liana, que intentaba recomponer los pedazos de una vida en común, siendo el ancla, el apoyo, la adulta en aquella tragedia. Recordaba cada gesto. Cómo Marcos salía de clase, la cabeza baja, sin mirar a nadie, cómo ella le quitaba el violín de las manos, y él se lo entregaba en silencio. Caminaban juntos hasta el metro, ella le contaba historias: un gazapo gracioso en un dictado, una gaviota que había robado el bocata a un chaval en el recreo. Una tarde de noviembre, bajo un aguacero, él le preguntó: “Tía Liana, ¿a papá tampoco le gustaba la lluvia?”. Y ella, tragando dolor y ternura, contestó: “La odiaba. Siempre era el primero en refugiarse bajo un soportal”. Entonces él le apretó la mano. Fuerte, como hacen los mayores. No para que le guiaran, sino como si intentara retener un recuerdo que se escapa. No era su mano lo que aferraba, sino esa imagen. Sus dedos, tensos, contenían toda la fuerza y la añoranza pueril, mezcladas con esa certeza desgarradora: sí, papá era real. Corría bajo los soportales. Odiaba la lluvia. Existía no sólo en la memoria y los susurros de la abuela, sino allí mismo, en el aire húmedo de Madrid, en esa acera. Durante tres años, su vida se dividió en un “antes” y un “después”. Y el martes se convirtió en el único día auténtico, aunque pesado, el día de la verdad. El resto eran mera espera. Se preparaba: compraba zumo de manzana —el favorito de Marcos—, bajaba episodios de dibujos graciosos al móvil, planeaba conversaciones. Pero después… Olga poco a poco fue recuperándose. Encontró trabajo. Y más tarde, otra oportunidad para amar. Decidió empezar de cero en Valencia, lejos de los recuerdos. Liana les ayudó a empaquetar todo, preparó el violín de Marcos con cariño y le abrazó fuerte en el andén: “Llámame, escríbeme —le dijo conteniendo las lágrimas—. Siempre estaré al otro lado”. Los primeros meses, él la llamaba cada martes, puntual a las seis. Por unos minutos, Liana volvía a ser tía Liana, apurando cada pregunta: el cole, el violín, los nuevos amigos. La voz de Marcos era un hilo tenue entre dos ciudades. Luego, las llamadas se espacian cada quince días. Marcos crece, aparecen nuevas actividades, deberes, videojuegos con amigos. “Tía, perdón por no llamar el martes pasado, tenía examen”, le escribe por WhatsApp y ella responde: “No pasa nada, cielo. ¿Cómo fue el examen?” Los martes ya no son llamadas, sino la espera de un mensaje que puede no llegar. Ella no se enfada: a veces le escribe primero. Más tarde, sólo en los días grandes: cumpleaños, Nochevieja. Su voz suena más segura. Habla poco de sí mismo: “Bien”, “Todo ok”, “Estudiando”. El padrastro, Sergio, es como debe ser: un buen tipo, discreto, que no asume el papel de padre, pero siempre está ahí. Es suficiente. Hace poco, nació una hermanita, Alba. En las fotos de redes, Marcos la sostiene torpemente, pero con ternura. La vida, generosa y cruel a la vez, ofrece lo suyo. El futuro se llena de rutinas, de colegios y pañales, de planes nuevos. Para Liana queda una esquina ordenada, aunque cada vez más pequeña: la “tía del pasado”. Ahora, en el susurro sordo del metro, aquellas palabras al azar —”cada martes”— no son una herida sino un eco: un saludo de la Liana que durante tres años fue puro compromiso y amor, portando dolor y gratitud a la vez. Aquella Liana sabía quién era: apoyo, refugio, el engranaje esencial en el martes de un niño. Ella era necesaria. La joven del abrigo rojo tendría su propia historia, su difícil equilibrio entre la pena antigua y las demandas del presente. Sin embargo, ese compás —”cada martes”— es un idioma universal. El idioma de quien está, de quien dice: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí, hoy, a esta hora”. Liana lo hablaba con fluidez, aunque casi lo había olvidado. El tren se puso en marcha. Liana se irguió, contemplando su reflejo en la ventanilla negra del túnel. Bajó en Sol, sabiendo ya lo que haría: pediría dos telescopios —buenos y económicos—, uno para María, otro para Marcos, con envío a domicilio. Al recibirlo, le escribiría: “Marquitos, es para que miremos el mismo cielo, aunque vivamos en ciudades distintas. ¿Qué te parece si el martes que viene, a las seis, si no hay nubes, buscamos juntos la Osa Mayor? Pongamos el reloj. Un beso, tía Liana”. Salió del metro y subió la escalinata hacia Madrid ya encendido por las farolas. El aire era frío y limpio. El próximo martes dejaba de estar vacío: tenía lugar. No como una obligación, sino como un acuerdo silencioso entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y la irrompible hebra de la familia. La vida seguía. Y en su agenda aún quedaban días que no sólo se viven, sino que se pueden citar. Citar para el pequeño milagro discretísimo de mirar juntos las estrellas desde cientos de kilómetros. Para una memoria que ya no duele, sino reconforta. Para un amor que, aprendido el idioma de la distancia, se vuelve —si cabe— más suave, más sabio, más firme.
Cada martes Elena se apresura por el Metro de Madrid, apretando con fuerza una bolsa de plástico vacía.
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0209
Mi madre fue amiga de un hombre casado, del cual nací yo.
Mi madre, Isabel, era amiga de un hombre casado, de quien nací. Desde que tengo memoria, nunca tuvimos
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0113
Mi hijo me llamó y me dijo: “Mamá, la semana pasada nos mudamos a otra comunidad. Mi esposa dice que necesita su propio espacio.” Me quedé paralizada durante cinco segundos, y luego respondí: “Está bien, hijo. Buena suerte.
Mi hijo me llamó y soltó, Mamá, la semana pasada nos mudamos a otra comunidad autónica. Vanessa dice
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