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060
Rumbo a una nueva vida — —Mamá, ¿pero cuánto más vamos a seguir atrapadas en este agujero? Ni siquiera estamos en provincia, estamos en la provincia de la provincia —canturreó mi hija su canción preferida, al volver de la cafetería. —Marta, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo no me voy a ninguna parte. Mamá estaba echada en el sofá, con las piernas subidas sobre el cojín, y llamaba a esa postura “el Lenin gimnasta”. —Que no empieces tú también con lo de las raíces, mamá. Dentro de diez años tu mata se habrá marchitado, y seguro que aparece otro escarabajo de esos a quien me querrás presentar como mi nuevo padre. Molesta, mamá fue al espejo empotrado en el armario. —Está perfectamente mi mata, no digas tonterías… —Eso digo, que de momento está bien, pero un poco más y ya sabrás: nabo, calabaza o boniato… escoge lo que prefieras para el menú. —Hija, si tanto quieres irte, vete tú sola. Ya tienes edad, dentro de la legalidad. ¿Para qué me necesitas? —Por mi conciencia, mamá. Si me voy a una vida mejor, ¿quién cuidará de ti aquí? —La póliza del seguro, el sueldo fijo, Internet, y algún escarabajo se encontrará, como tú dices. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida de ahora, hasta los adolescentes te caen bien, pero yo estoy ya a medio camino del Valhalla. —¡Venga ya! Si tú bromeas como mis amigos, si solo tienes cuarenta… —Ya podrías haberlo callado, solo para fastidiarme el día. —Transformando a años de gato, solo tienes cinco —corrigió rápido la hija. —Estás perdonada. —Mamá, antes de que sea tarde, vámonos en tren y dejamos esto atrás. Aquí no hay nada que nos ate. —Hace un mes conseguí que pusieran bien nuestro apellido en los recibos del gas, y además estamos adscritas al centro de salud —lanzó sus últimos argumentos mamá. —Nos atenderán igual gracias a la póliza, y la casa no hace falta venderla; si no sale bien, siempre podremos volver. Yo te enseño cómo brillar y disfrutar de la vida en la ciudad. —Ya me lo advirtió aquel médico en la ecografía: “no le va a dejar tranquila”. Pensé que bromeaba, pero luego ganó la medalla de bronce en “La batalla de los videntes”. Bueno, vamos, pero si no sale bien, prométeme que me dejas volver sin dramas ni escándalos. —¡Por mi honor, mamá! —Eso mismo prometió tu padre en el registro, y vaya si me salió rana, igualito que tú. *** Marta y su madre no se conformaron con una capital de provincia y decidieron lanzarse directamente a conquistar Madrid. Retiraron todos sus ahorros de tres años y, a lo grande, alquilaron un estudio en el extrarradio, comprimido entre el mercado y la estación de autobuses, pagando el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se esfumó antes incluso de empezar a gastarlo. Marta estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo en tareas aburridas como deshacer maletas o decorar el humilde piso, enseguida se zambulló en la vida urbana —la creativa, la social y la nocturna. Se hizo “de la casa”; se comunicaba con todos, aprendió los lugares de moda, el acento, la ropa; a cualquiera le parecía una madrileña de toda la vida, una que salía del aire del metro y de la esencia del esnobismo capitalino. La madre, en cambio, vivía entre la pastilla de la mañana y el somnífero de la noche. A pesar de los ruegos de su hija, ese primer día se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía empleos absurdos y sueldos incompatibles entre sí. Tras echar cuentas, y sin ayuda de adivinos, llegó a la conclusión: seis meses como mucho y vuelta a casa. Sin aceptar las críticas progresistas de su hija, recurrió al camino conocido y consiguió trabajo de cocinera en un colegio privado y, por la tarde, de friegaplatos en una cafetería cerca de casa. —Mamá, ¡otra vez todo el día entre fogones! Es como si no nos hubiéramos mudado. Así no vas a saborear la ciudad. Podrías estudiar otra cosa: diseño, sumiller, estilista de cejas, viajar en metro, beber café, adaptarte… —Marta, no estoy lista para ponerme a estudiar otra vez. No te preocupes por mí, me adaptaré, tú céntrate en encontrar tu sitio. Suspirando por la falta de mentalidad moderna de su madre, Marta se buscaba la vida: se instalaba cómodamente en cafeterías donde le invitaban chicos llegados de los pueblos, se integraba mentalmente imaginando relaciones cósmicas con la ciudad, tal como decían los influencers; entablaba amistades donde todo era hablar de éxito y dinero. No buscaba trabajo ni pareja fija todavía: ciudad y ella debían encajar primero. A los cuatro meses, mamá pudo pagar la renta con su propio sueldo, dejó el turno de tarde y aceptó cocinar para otra sede del colegio. Marta, por su parte, dejó varios cursos a medias, fue a un casting, rodó como extra en una película de estudiantes a cambio de macarrones… hasta salió unas veces con dos músicos bohemios, uno burro total y el otro un gato con familia, reacio a sentar cabeza. *** —Mamá, ¿quieres hacer algo hoy? ¿Pedimos una pizza y vemos una peli? Estoy agotada, no me apetece nada —bostezaba Marta, hecha un “Lenin gimnasta” en el sofá mientras mamá se arreglaba ante el espejo. —Pide tú la pizza, te hago una transferencia a la tarjeta. Puedes comértela toda, dudo que yo tenga hambre al volver. —¿Volver de dónde? —se enderezó la hija en el sofá. —Me han invitado a cenar —dijo mamá dejando el espejo, con la risa nerviosa de una adolescente. —¿Por quién? —Marta no pudo esconder la molestia. —Vino una inspección al colegio, yo les preparé tus filetes favoritos. El jefe de la comisión me pidió presentarle al chef, bromeando. Al final tomamos café, como tú me recomendaste, y hoy voy a su casa a preparar una cena. —¿Te has vuelto loca? ¿A casa de un desconocido? ¡A cenar! —¿Y qué? —¿No piensas que lo que espera de ti no es la cena precisamente? —Hija, tengo cuarenta, y estoy soltera. Él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y sin pareja. En el fondo me va a gustar lo que sea que quiera de mí. —Hablas como una pueblerina sin dignidad, como si no tuvieras elección… —No te reconozco. Tú me trajiste para vivir la vida, ¿no? Esos argumentos eran difíciles de combatir. Marta entendió que se habían intercambiado los papeles y, frustrada, pidió la pizza más grande y pasó la noche comiéndola compulsivamente. La mamá volvió pasada la medianoche, resplandeciente incluso sin encender la luz. —¿Qué tal? —preguntó Marta, sombría. —Buen escarabajo, bien local, nada de ese coloradito tuyo —rió mamá y se metió en la ducha. Empezó a salir más: al teatro, stand-up, un concierto de jazz, se hizo el carné de la biblioteca, se apuntó a un club de té y cambió de centro médico. Medio año después, se inscribió en cursos de cocina avanzada y consiguió varios certificados. Marta tampoco perdió el tiempo. No pensaba vivir de la madre eternamente, así que probó suerte en empresas de prestigio, pero las entrevistas la derrotaban sin remedio. Sin trabajo ni amigos nuevos dispuestos a invitarla, terminó de barista y, en dos meses, de camarera de noche en un bar. La rutina le traía ojeras y le robaba la vida. Amor tampoco encontraba: los borrachos del bar dejaban caer propuestas, pero el amor puro ni en el diccionario. Al final, Marta se hartó. —¿Sabes, mamá? Tenías razón, aquí no hay nada que hacer. Lo siento, tenemos que volver a casa —dijo, entrando tras otra noche infernal en el bar. —¿De qué hablas? ¿Volver a dónde? —preguntó mamá mientras metía cosas en una maleta. —A casa, claro —Marta iba echando en la cama toda prenda que encontraba a mano—. Allí donde en las facturas ponen bien el apellido y tenemos centro de salud asignado. Tú tenías razón desde el principio. —Yo ahora ya estoy aquí registrada, y no quiero volver —le detuvo su madre, mirando a sus ojos rojos para entender qué pasaba. —¡Pues yo sí! Quiero volver. No me gusta esto: el metro horrible, el café a precio de solomillo, la gente antipática en el bar. Allí tengo amigas, casa, aquí nada me retiene. Y tú, encima, ya te estás llevando las cosas… —Me voy a vivir con Eugenio —anunció mamá. —¿Cómo que te vas con Eugenio? —He pensado que ya tienes todo arreglado y puedes pagar la casa. ¡Te hago un favor! Eres mayor, guapa, con trabajo, vives en la capital. Tus oportunidades fluyen mejor que el grifo —dijo sin una pizca de ironía—. Gracias, de corazón, por sacarme de aquel lodazal. Aquí sí que se vive, hija. ¡Gracias! —la besó en las dos mejillas, pero Marta no se alegró mucho. —¿Y yo qué? ¿Quién cuida de mí? —lloró Marta. —La póliza, el sueldo, Internet, y algún escarabajo —citó mamá a sí misma. —¡Así que me dejas, tal cual! —No te abandono, pero tú prometiste no montar dramas, ¿recuerdas? —Sí… bueno, dame las llaves de casa. —Están en el bolso. Solo un favor: tu abuela también quiere mudarse. Le expliqué tu plan de vida mejor, los escarabajos y el lodazal. En la oficina de Correos están buscando personal, y nuestra abuela, ya sabes, en esos menesteres, cualquiera le manda una carta al Polo Norte y ella la entrega. Que arriesgue antes de que se le marchite la mata.
Hacia una nueva vida Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en
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012
Mi nuera tiró mis cosas antiguas mientras yo estaba en el pueblo – pero pronto recibió su merecida respuesta
Pues mira, ahora sí que se respira bien, de verdad, parecía esto una cripta, te lo juro escuché la voz
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011
Tras descender por la depresión que conducía al agua, Miguel evaluó las posibilidades del gato para escapar.
Tras descender por la hondonada que conducía al río, Miguel evaluó las posibilidades del gato para escapar.
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021
Mi nuera tiró mis cosas antiguas mientras yo estaba en el pueblo – pero pronto recibió su merecida respuesta
Pues mira, ahora sí que se respira bien, de verdad, parecía esto una cripta, te lo juro escuché la voz
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028
El secuestro del siglo — ¡Quiero que los tíos corran tras de mí y lloren porque no me alcanzan! — gritó Marina al leer en voz alta el deseo escrito en el papel, antes de prenderle fuego con el mechero. Sacudió la ceniza en la copa y apuró el último sorbo de cava entre las carcajadas de sus amigas. El árbol de Navidad parpadeó con sus luces, como si lo pensara, y de pronto brilló aún más. La música subió de volumen, las copas tintinearon, los rostros giraron y se mezclaron en un solo estallido festivo. Del árbol cayó una nube de polvo dorado — o al menos así lo recuerda ella… — ¡Ma-aa-má… Mamá, despierta! Marina abrió un ojo con dificultad. Delante de ella se alzaba todo un equipo de fútbol infantil. — ¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Los niños, jugando, se presentaron cabeceando uno tras otro: — ¡Mamá, acuérdate! ¡Matías, 9 años, Álex, 7, Santi, 5, David, 3! Plantilla al completo, sin suplentes, todos con una cara traviesa y bien decididos. No eran estos hombres corriendo tras ella los que había pedido en Nochevieja… — ¿Y vuestro entrenador? Bah, digo… ¿dónde está vuestro padre? — acertó a preguntar ella con voz ronca. — Traed un vaso de agua a mamá… Apenas cerró los ojos un instante y de nuevo: — ¡Mamá! Dos vasos de agua, una mandarina y una taza con caldo de encurtidos aparecieron en sus manos al momento. El mayor ya sabe cómo resucitar a su madre después de las fiestas. Así crecen. — Mamá, despierta, que lo prometiste… — suplicaban los pequeños insistentemente. Marina se esforzó por recordar cómo había acabado allí y qué había prometido exactamente. ¿Cine? — Nooo. ¿McDonald’s? — ¡No! ¿Juguetería? — ¡Mamáaa! ¡No te hagas la tonta! ¡Estamos casi listos y tú sigues sin levantarte! — ¿Y adónde vais, que al menos me entere? — se rindió por fin. — Cariño, venga, arriba — sonó una voz masculina. Un hombre alto, moreno, de ojos color avellana en los que chisporroteaban destellos dorados, entró en la habitación. ¡Vaya guapo! — Ya estamos listos, he cargado el coche. Paramos en el súper y nos ponemos en marcha. Marina intentó con todas sus fuerzas recordar quién era ese hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. Su mente estaba en blanco. Ni la más mínima pista. — ¡Mamá, no olvides nuestros bañadores! ¡Y el tuyo! — chilló alguien desde la habitación de los niños. «¿Bañadores? ¿También hay piscina? — pensó ella. — ¿Qué vida es esta y por qué no recuerdo nada?…» Abrió los ojos y observó la habitación. Cada minuto sentía más claro que no reconocía nada. Ni un mueble, ni una foto, ni las cortinas de grueso tejido con dibujos extraños. Era un cuarto ajeno. Sólo la flor roja de Pascua en su maceta blanca adornada con perlitas le resultó extrañamente familiar. Cerró los ojos intentando rebobinar la noche anterior: se habían reunido las amigas en un restaurante para celebrar el Año Nuevo y jugar al amigo invisible. Como en la universidad, solo que ahora con bolsos caros, peinados complicados y falta crónica de tiempo. Vestidas, risueñas, excitadas por esa libertad tan escasa. Brillaban como colegialas que escaparan de clase. Sólo Marina se mantenía serena y elegante, como siempre. Soltera, dueña de sí misma. Sin avisos, sin esperas, sin dar explicaciones. “La última novia”, bromeaban las amigas mientras llenaban su copa de cava. Ella regaló un set de cosmética “con caviar negro y hebras de oro”. Bromas, fotos, risas, y una caja tratada como si fuera una obra de arte. Recibió ella una flor de Navidad, la misma pascua en maceta blanca, y una botella de un raro espumoso traído de un castillo francés. De esos vinos de los que se habla en susurros y solo se abren “por algo muy especial”. Cuando leyó el papel con el deseo y… blackout. Como dicen: fui, caí, desperté… ¡y escayola! Se miró al espejo. Seguía siendo la misma chica joven, con el mismo maquillaje de Nochevieja. ¿Pero de dónde los niños y el marido? No recuerda dar a luz, ni cuidar bebés, ni siquiera su boda con el guapo. Y sabe los nombres de los niños, pero no el de su “marido”. Aquí algo falla… Salió de la habitación; en el pasillo, maletas de ruedas: dos grandes, de adulto —una negra, otra beige— con logotipos de marca de lujo. A su lado, tres mochilas infantiles. Así que no iban de picnic. ¿Viaje? Regresó el “marido”. Cogió las maletas con soltura, como si lo hiciera a diario, y la empujó suavemente hacia la puerta. — Llegamos tarde —dijo sin pizca de enfado. Marina miró su mano. No hay anillo de casada. Ni en la suya ni en la suya. Otra rareza. ¿O…? Los niños subieron uno tras otro a una furgoneta amplia y cómoda. Mochilas a su sitio, cinturones que encajan perfectos. Él al volante con firmeza; Marina suspiró y ocupó el asiento del copiloto. Le dio enseguida un vaso de café. Caliente, con leche, y a ella no le gusta nada así… Eso fue lo más doloroso de todo. — Vámonos —dijo él sonriendo y guiñando a los niños. Y mientras se alejaban, una sensación de alarma crecía en su corazón. Los niños charlaban, se reían, cuchicheaban. Él conducía seguro, de vez en cuando la miraba con picardía, como si guardaran un secreto juntos. Marina miraba la carretera y se sentía como un erizo en la niebla. Todo parecía lógico: familia, coche, viaje. Pero no entendía nada. Tomaron la autovía y se alejaron del pueblo. Marina ya no se fiaba de nada. En el fondo lo sabía: ¡esa no era su familia! Él la había secuestrado. ¡O quizá la secuestraron todos! ¿Pero entonces cómo sabe los nombres de los niños? Totalmente perdida, sacó la única conclusión lógica: cerca de ella está un desconocido que la ha secuestrado y ¡hay que hacer algo! Enderezó la espalda, apretó el vaso de café y fingió mirar la autopista. Por dentro, el modo “supervivencia” se iba activando. Media hora después los niños protestaron a coro: — ¡Papá, al baño! — ¡Tengo sed! — ¿Hay algo para picar? Pararon en una gasolinera, todos bajaron rumbo a la cafetería. Era su oportunidad. El corazón le retumbaba en los oídos. En cuanto se despistaron, se escabulló y corrió, agazapada, hacia la furgoneta. Abrió la puerta del conductor… Las llaves no estaban puestas. — Aquí estabas, te buscábamos, —dijo él tranquilo desde la ventanilla abierta. — Ya que estamos todos, sigamos —añadió sin perder la calma—. Cariño, conduzco yo, tú descansa. Y así continuaron el viaje. Una hora después, apareció el aeropuerto. Cristal, hormigón, multitud de coches y gente. Aparcaron en la zona abarrotada y toda la troupe entró. Marina iba tensa, no pensaba dejarse llevar a ninguna parte, lucharía. Comenzó a quedarse atrás de esa “familia” tan perfecta, y de repente echó a correr: — ¡Esto es un secuestro! ¡Ayuda! —gritó, lanzándose hacia un guardia de seguridad. El guardia fue fulminante: la redujo, esposas a la espalda, armas, walkie-talkies, caras duras. — ¡Esperen! ¡Un segundo! ¡Lo puedo explicar! — gritó el hombre que ella creía secuestrador. — ¡Es una broma de Nochevieja! ¡Un montaje! ¡Nadie está armado! ¡Esto no es un secuestro! Marina oía su voz como a través del agua. Y de pronto, como en el cine, los vio. Detrás del expositor publicitario estaban sus amigas, sonrientes, confusas, asustadas y felices al mismo tiempo. — ¡Mamá! —gritaron unos niños al correr hacia una de las mujeres, que resultó ser amiga suya. Las otras se abalanzaban sobre los agentes, hablando, riendo, explicando atropelladamente y pidiendo que soltaran a la “secuestradora”. Por fin la soltaron, el mundo dejó de girar. De repente entendió: no la habían robado. ¡La habían gastado una broma! Cuando el subidón de adrenalina la abandonó, empezó a oír y luego a comprender. Fue una broma. Grandiosa. Costosa. De grupo. Con tintes de thriller criminal. Las amigas le hablaron todas a la vez, algunas justificándose, otras riendo. Querían presentarle a un buen chico, ese que llevaba años “colado” por ella, suspirando de lejos sin atreverse —la conoce demasiado bien y no esperaba que aceptase una cita. Porque Marina siempre responde: — No hace falta, gracias. Estoy bien sola. Y ellas lo sabían. Así que, ¿para qué convencerla? Mejor sumergirla directamente en “ambiente familiar”: mañana juntos, café, niños organizados, un hombre atento, eficiente y sonriendo. Y menudos ojos tiene, por cierto. — No queríamos que lo pensaras —admitieron, sinceras—. Solo que sintieras el calor. Marina no pudo enojarse. Ya lo dicen: la lógica femenina no soporta los asaltos, pero aprecia los resultados. Sí, fue… discutible el método. Sí, casi le da un infarto. Pero el experimento, puro. A veces la clave para saber si necesitas un hombre es solo una mañana, tres niños y un café de tu “secuestrador”. Entonces le vio. El “galán” sonreía con expresión de pícaro, como el Gato con Botas de “Shrek”. Y en los ojos, demonios dorados bailando. Los “niños” se apelotonaron a su lado: primos entusiasmados por la broma de su tío favorito. — ¡Ay, que vais a perder el vuelo! —se animaron las amigas. ¡A la puerta de embarque! — ¿Qué, otro secuestro?, pensó Marina. ¿Y a dónde me querían llevar? ¿A la Costa del Sol? ¿Al Mediterráneo? ¿Bucear y comer mangos? Él le ofreció la mano: — Volvamos a presentarnos: soy Blas. ¿Me dejas secuestrarte? —dijo con una sonrisa serena. Marina miró a sus amigas, quietas y expectantes, a las maletas, y de nuevo a sus ojos color avellana con destellos dorados. Pensó: ¿Y por qué no? — ¡Vamos! —susurró, sonriéndose a sí misma, comprendiendo que aquel “secuestro” sería la mejor aventura. Y añadió, bajito: — Pero solo si los niños se quedan en casa… Todas rieron; él sonrió aún más y el aeropuerto, la gente, el ruido se transformaron en el inicio de algo nuevo, divertido, cálido y sorprendentemente acogedor. A veces la vida no nos roba: solo nos lleva, de golpe, hacia donde siempre tendríamos que haber estado.
Diario de Lucía, 7 de enero ¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no logran alcanzarme!
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014
No lo necesito. Me niego a aceptarlo.
No lo quiero. Me niego. repetía la joven, con los pies recogidos bajo el colchón, irritada.
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0125
Mi hijo no está preparado para ser padre… — ¡Pecadora! ¡Desagradecida, eres una cerda! — chillaba la madre a su hija Natalia cada vez que la veía. La barriguita redondeada de la joven no frenaba en absoluto la furia materna; al contrario, la avivaba. — ¡Vete de casa y no vuelvas jamás! ¡No quiero volver a verte nunca más! La madre realmente la echó. Ya antes la sacaba a la calle por diversos motivos, pero que su hija se hubiera quedado embarazada fue la gota que colmó el vaso. Le dijo que no regresara a casa, salvo si todo quedaba “arreglado”. Llorando a mares y con una pequeña maleta, Natalia acudió a su novio, un chico desorientado. Resultó que Néstor ni siquiera se atrevió a contar a sus padres que Natalia esperaba un hijo suyo. La madre de Néstor fue directa: preguntó si aún era posible “hacer algo”. Por supuesto, ya era tarde; la barriga se notaba demasiado. Natalia, en estado de shock, estaba dispuesta a aceptar cualquier ayuda, aunque un mes antes se hubiese negado en rotundo a lo que ahora le ofrecían. — Mi hijo no está preparado para ser padre — sentenció la madre de Néstor —, es joven y le arruinarás la vida. Por supuesto, te ayudaremos en lo que podamos. Por ahora, he pedido a una amiga que te busque sitio en un centro de acogida para chicas en tu situación, embarazadas que nadie necesita. En el centro le dieron una habitación propia donde, por fin, pudo relajarse, descansar y prepararse para el parto con ayuda psicológica y cuidados. Cuando le pusieron en brazos aquel pequeño bulto, su propia hija recién nacida, Natalia sintió miedo y pánico. Pero a medida que la observaba, descubría asombrada aquel pequeño milagro. Se acercaban las fiestas navideñas, y en lugar de recibir buenas noticias, le dijeron a Natalia que debía buscar otro alojamiento; su plaza en el centro era temporal y ya había una lista de espera. Así, con la pequeña Eva en brazos, de apenas un mes, Natalia no sabía a dónde ir, dónde conseguir dinero ni quién podría acogerlas. El corazón de su madre no se ablandó; no quiso ni ver a su nieta, y ambas fueron borradas de su vida. — Vaya Nochebuena tan triste nos espera, pequeña… — susurró Natalia a su hija. Le encantaba esa festividad; de niña recorría las casas cantando villancicos, se los sabía todos y, junto con los chicos del barrio, lograba ganar bastante dinero. Ahora deseaba recuperar ese espíritu, ir casa por casa, cantar villancicos y sentir el ambiente festivo. “¿Y por qué no? — pensó la joven madre —. Mi hija es tranquila, la abrigo bien y la llevo conmigo. A quien no le abra la puerta, pues allá ellos”. Al día siguiente, eligió un barrio tranquilo para su recorrido. Como sospechaba, pocos abrían la puerta a una villancica tan insólita. Por tradición, esperaban a un grupo de hombres. Sin embargo, a veces la dejaban entrar y, al escuchar su voz llena de emoción y ternura, no solo le daban dinero sino también dulces y manjares. Muchos se enternecían al ver a la bebé. Entendían que no era buena suerte la que la llevaba a cantar con un recién nacido en brazos. Ir de casa en casa era agotador. “Voy a probar en esa villa; seguro que viven ricos y quizás recibamos un buen regalo”, pensó Natalia. Ya llevaba una buena suma en el bolsillo, lo que le daba tranquilidad. — ¡Buenas noches! ¿Puedo cantar un villancico? — ofreció cuando el dueño abrió la puerta. Lo que ocurrió después la desconcertó. El desconocido la miró fijamente, luego al bebé, palideció y, vacilante, se dejó caer en el sofá. — ¿Nerea? — preguntó en voz baja. — ¿Perdón? No, soy Natalia… Se está confundiendo de persona. — ¿Natalia?… Eres igual que mi mujer… — apenas acertó a decir —. Y esa niña… también fue una niña la que tuve… Pero murieron… Un accidente. Hace poco soñé que volvían… Y ahora tú… ¿Es posible? — No… no sé qué decir… — Pase, por favor. Siéntase como en casa. Cuénteme su historia… Al principio Natalia sintió miedo; aquel hombre se comportaba de manera extraña. Pero al no tener a dónde ir, entró y vio en la pared la foto de la esposa y la hija fallecidas — y, efectivamente, se parecía a ellas… Natalia comenzó entonces a contar su historia con todo detalle, sin poder detenerse. Por fin alguien se interesaba en ella. El hombre la escuchaba en silencio, pendiente de cada palabra. De vez en cuando miraba a la niña, que dormía plácidamente y sonreía en sueños, como si sintiera que por fin había regresado a un hogar… un hogar que, muy pronto, sería suyo.
¡Sinvergüenza! ¡Desagradecida! vociferaba Carmen a su hija Lucía, señalando su vientre abultado con rabia
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073
Mi nuera tiró mis cosas antiguas mientras yo estaba en el pueblo – pero pronto recibió su merecida respuesta
Pues mira, ahora sí que se respira bien, de verdad, parecía esto una cripta, te lo juro escuché la voz
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024
El Abandonado
17 de octubre de 2024 Hoy recuerdo con claridad la madrugada que cambió mi vida y la de Teresa, la viuda
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055
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de entrar, apagó la luz. — Todavía hay suficiente luz. No hay que malgastar electricidad —gruñó con gesto hosco. — Quería poner una lavadora —dijo Valeria. — Hazlo de noche —respondió Iván con sequedad—. Cuando la luz es más barata. Y no abras tanto el grifo cuando pongas el agua, que derrochas demasiado, Valeria. Mucho. Así no se puede. ¿No entiendes que, de esa manera, tiras nuestro dinero por el desagüe? Iván redujo el caudal de agua. Valeria miró a su marido con tristeza. Finalmente cerró el grifo, se secó las manos y se sentó a la mesa. — Iván, ¿alguna vez te has mirado desde fuera? —preguntó. — Todos los días no hago más que mirarme desde fuera —contestó Iván con rabia. — ¿Y qué puedes decir de ti? —insistió Valeria. — ¿Como persona? —aclaró Iván. — Como marido y como padre. — Marido igual que cualquier otro —replicó Iván—. Padre normal. Ni mejor ni peor. Como todos. ¿Qué quieres ahora? — ¿De verdad crees que todos los maridos y padres son como tú? —insistió Valeria. — ¿Qué buscas? ¿Quieres bronca? —bufó Iván. Valeria sabía que no había vuelta atrás y que debía seguir con la conversación hasta que él comprendiera, por fin, que vivir con él era un suplicio. — ¿Sabes, Iván, por qué no te has ido todavía de mi lado? —preguntó. — ¿Y por qué tendría que irme? —Iván contestó con otra pregunta y esbozó una sonrisa torcida. — Pues porque no me quieres —respondió Valeria—. Tampoco quieres a nuestros hijos. Iván estuvo a punto de responder algo, pero Valeria continuó: — No me digas que no es así. No quieres a nadie. Ni discutamos sobre esto, para no perder tiempo. Yo quería hablarte de otra cosa. Del motivo verdadero por el que no nos has dejado a los niños y a mí. — ¿Y cuál es ese motivo? —preguntó Iván. — Tu tacañería —sentenció Valeria—. Eres tan avaro que separarte de mí lo vives como una gran pérdida económica. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿En qué se han invertido estos años? ¿Qué hemos conseguido? Si no contamos el hecho de casarnos y tener hijos, ¿qué logros nos quedan después de quince años? — Todavía tenemos toda la vida por delante —dijo Iván. — No toda, Iván —respondió Valeria—. Justamente ése es el problema, que no toda. Lo que nos quede. En todos estos años, Iván, jamás hemos ido de vacaciones al mar. Jamás. No hablo de viajar al extranjero. Ni por España nos hemos movido. Siempre pasamos las vacaciones en la ciudad. Ni siquiera vamos al campo a coger setas. ¿Por qué? Porque es caro. — Porque estamos ahorrando para el futuro —replicó Iván. — ¿Estamos? ¿Estás seguro de que somos los dos los que ahorramos? —se sorprendió Valeria. — ¡Hombre, claro! Por vosotros lo hago —contestó Iván. — ¿Por nosotros? —preguntó Valeria muy seria—. ¿De verdad crees que ahorras para mí y para los niños? ¿De verdad cada mes apartas tu sueldo y el mío para nosotros? — Y para quién si no —respondió Iván—. ¿Sabes todo lo que tenemos gracias a mí en la cuenta? — ¿Tenemos? —volvió a preguntar Valeria—. Será que tú tienes dinero en TU cuenta, pero yo no. Aunque igual me equivoco… Hagamos una prueba. Dame dinero, quiero comprarme ropa nueva para mí y para los niños. Porque hace quince años que uso la misma ropa con la que me casé, o la que me da la mujer de tu hermano mayor. Y lo mismo los críos, que visten lo de sus primos. ¡Y eso que vivimos en casa de tu madre! — Mi madre nos ha dado dos habitaciones —contestó Iván—. No tienes derecho a quejarte. Y lo de la ropa, no hace falta gastar en tonterías cuando tenemos todo lo de los primos. — ¿Y yo? —preguntó Valeria—. ¿La ropa usada de quién me queda a mí? ¿De la mujer de tu hermano? — ¿Para qué vas a arreglarte a estas alturas? —bufó Iván—. Eres madre de dos niños. ¡Ya tienes treinta y cinco años! No tienes que pensar en trapitos. — ¿Y en qué debo pensar entonces? —insistió Valeria. — En el sentido de la vida —contestó Iván—. Hay cosas más importantes: el crecimiento espiritual, lo verdaderamente valioso, mucho más que ropa, pisos o esas miserias. — ¿Eso es lo que piensas? —dijo Valeria sin comprender. — Pienso en el desarrollo interior —afirmó Iván—. En que hay que elevarse por encima de esas nimiedades. — Ya veo —ironizó Valeria—. Por eso tú guardas todo tu dinero y no nos das nada. Por nuestro bien, por nuestro crecimiento espiritual. ¿Es así? — Porque no se puede confiar en vosotras —gritó Iván—. Os lo gastaríais todo de inmediato. ¿Y de qué viviríamos si pasa algo? ¿Te lo has planteado? — ¿De qué vamos a vivir si pasa algo? —repitió Valeria—. Eso está muy bien dicho, Iván. ¡Muy bien! Solo que dime, ¿cuándo exactamente vamos a empezar… a vivir? ¿Eh? ¿No ves que ya ahora vivimos como si eso que tú temes “por si acaso” ya hubiera pasado? Iván guardó silencio, mirándola con odio. — Incluso ahorras con el jabón, el papel higiénico y las servilletas —prosiguió Valeria—. Te traes a casa el jabón y la crema de manos de la fábrica. — El céntimo ahorrado es un euro ganado —dijo Iván secamente—. Todo empieza con las pequeñas cosas. Gastar en jabón bueno, cremas, papel o servilletas es de risa. — Entonces dime al menos una fecha, ¿cuánto tiempo más tengo que aguantar? —pidió Valeria—. ¿Diez años? ¿Quince? ¿Veinte? ¿Cuánto vas a seguir ahorrando para que podamos vivir dignamente? Con el mejor papel higiénico. Yo tengo treinta y cinco… ¿Aún falta mucho? Iván no respondió. — Lo adivinaré —continuó Valeria—. ¿Cuarenta? ¿Empezaremos a vivir cuando cumpla los cuarenta? Iván seguía callado. — Demasiado pronto, lo entiendo. Cincuenta, ¿quizá? ¿A los cincuenta podré vivir? Silencio. — También es pronto… Tienes razón. ¿Y a los sesenta? ¿A los sesenta sí podremos vivir a gusto? ¿Cuánto habrá en la cuenta? ¡Un buen pico! Pero hasta entonces… ¿Podré entonces, por fin, comprar ropa nueva para mí y los niños? Iván no respondía. — Iván —la voz de Valeria temblaba—, ahora me pregunto, ¿y si no llegamos a los sesenta? Podría pasar. Comemos fatal por tu tacañería y además en exceso, porque todo lo que compramos es barato y de mala calidad. ¿Nunca has pensado que eso es malo para la salud? Pero lo peor es que estamos siempre tristes, Iván. ¿No lo notas? Y con ese ánimo, mucho no se vive. — Si nos mudamos de casa de mi madre y nos alimentamos mejor, no podremos ahorrar —dijo Iván. — Ya lo sé —le dio la razón Valeria—. Por eso precisamente me marcho, porque estoy cansada de ahorrar. No quiero hacerlo más. A ti te gusta, a mí no. — ¿Y cómo vas a vivir? —se horrorizó Iván. — Ya me apañaré —contestó Valeria—. No será peor que ahora. Alquilaré piso para mí y los niños, con mi sueldo me alcanza. Me sobrará para ropa y comida, y, sobre todo, no tendré que escuchar tus sermones sobre lo que gasto en agua, luz o gas. Pondré la lavadora de día, no de noche, y no me preocuparé si dejo la luz encendida. Compraré el mejor papel higiénico y siempre habrá servilletas en la mesa. Y en las tiendas compraré lo que quiera sin esperar a las rebajas. — ¡Pero no vas a poder ahorrar nada! —exclamó Iván. — Claro que podré —replicó Valeria—. De hecho, ahorraré tu pensión alimenticia para los niños. Aunque, pensándolo mejor, seguro que no ahorro nada. No porque no pueda, sino porque no quiero. Gastaré todo hasta el último céntimo: mi sueldo y tu pensión. Viviré de nómina en nómina. Los fines de semana, llevaré a los niños contigo y con tu madre. ¿Sabes el dinero que ahorraré así? Mientras tanto, iré al teatro, a restaurantes, a exposiciones. Y en verano me iré al mar. Aún no sé a dónde, pero lo decidiré. En cuanto me libre de ti, lo decidiré. Iván sintió vértigo. El miedo se apoderó de él, no por Valeria ni por los niños, sino por sí mismo. Rápido calculó en su mente cuánto le quedaría tras la pensión y el gasto de los niños los fines de semana. Pero lo que más le dolía eran los futuros viajes de Valeria al mar. Para Iván, eso no era solo dinero tirado, era SU dinero. — No he dicho lo más importante, Iván —prosiguió Valeria—. La cuenta donde tienes el dinero la vamos a repartir. — ¿Repartir? ¿Cómo? —preguntó Iván, sin entender. — A partes iguales —contestó Valeria—. Y también me lo gastaré todo. ¿Cuánto hay tras quince años? Seguro que bastante. Y también ese dinero lo gastaré. No voy a ahorrar para vivir: voy a vivir ya, ahora. Iván movía los labios sin poder decir ni palabra. El espanto lo paralizaba, incapaz de hablar o de pensar. — ¿Sabes cuál es mi sueño, Iván? —concluyó Valeria—. Que, cuando me llegue la hora de irme para siempre, no quede en mi cuenta ni un solo céntimo. Eso querrá decir que lo he gastado TODO en vivir. Dos meses después, Iván y Valeria se divorciaron.
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de entrar, apagó la luz. Todavía hay
MagistrUm