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024
Sin mí, no habrías logrado nada
Sabes, Araceli, los clientes van escasos últimamente dice Ana, frotándose la nariz mientras se recuesta
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0121
Cuando mi madre dijo “nosotros te criamos, ahora tienes una obligación”, yo ya había firmado el contrato de mi propio piso: En este mundo hay palabras que suenan a amor… pero en realidad son cadenas. Mi madre las sabía colocar con elegancia, y durante mucho tiempo creí que era preocupación, hasta que un domingo escuché la verdad, sin adornos, sentada en el salón de la casa familiar, donde creía que todo era seguridad, mientras mi madre sostenía su cuaderno de tapas duras donde anota lo que cada uno debe. —Hablemos en serio —dijo—: te criamos, ahora tienes una deuda con nosotros. Esa palabra cayó como una moneda sobre la mesa. Mi padre guardaba silencio, dejando espacio a las condiciones que bajo la apariencia de “familia” y “orden” pretendían controlar mi vida. Pero yo ya había dado el paso: había firmado un contrato para un pequeño apartamento, nada lujoso, pero mío, donde la llave sólo estaría en mis manos. Y mientras mi madre seguía hablando de deber, de obligación y de devolver todo lo recibido, yo respondía con calma: “Si el amor tiene precio, no es amor”. Ese día marqué el límite y, cuando me amenazaron con el castigo de la soledad, sencillamente respondí: “No me alejo de vosotros, elijo acercarme a mí misma”. Salí, finalmente libre, y esa noche, en mi piso vacío, abrí la carta con mi nueva dirección: un sencillo certificado, pero la mayor prueba de amor propio. Porque no he huido; me he liberado. ¿Y tú…? Si tu familia reclamara tu vida en nombre de la “obligación”, ¿te someterías… o cerrarías la puerta y te elegirías a ti?
Cuando mi madre soltó ese nosotros te hemos criado, ahora nos lo debes, yo ya había firmado el contrato
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040
Mamá, la verdad, deja mucho que desear —¿Ana, otra vez has dejado la toalla mojada en el perchero del baño? La voz de la suegra resonó desde el pasillo, apenas Ana cruzó el umbral después del trabajo. Valentina estaba de pie, con los brazos cruzados, fulminando a su nuera con la mirada. —Ahí se está secando —Ana se quitó los zapatos—. Para eso está el perchero. —En las casas de bien, las toallas se ponen en el tendedero. Aunque eso tú no lo sabrás. Ana pasó de largo, sin dignarse a contestar. Veintiocho años, dos carreras universitarias, un puesto de dirección…, y ahí estaba, escuchando quejas sobre toallas. Día tras día. Valentina la siguió con la mirada, disgustada. Esa forma suya de callar, de ignorarla, de comportarse como si fuera la reina de la casa. Cincuenta y cinco años le habían enseñado a Valentina a entender de personas; y esa chica nunca le gustó. Fría. Altiva. A su hijo, a Maxi, le hacía falta una mujer de hogar, no esa estatua. Los días siguientes, Valentina observó. Tomó nota. Recordó… —Arturo, recoge tus juguetes antes de la cena. —No quiero. —No te estoy preguntando si quieres o no. Recoge. El pequeño de seis años puso morros, pero fue a recoger los soldaditos tirados por el suelo. Ana ni miró hacia él, siguió cortando verduras. Valentina miraba desde el salón. Ya estaba: esa frialdad suya, la que siempre notaba. Ni una sonrisa, ni una palabra de cariño. Solo órdenes. Pobre niño. —Abuela —Arturito se subió al sofá con ella cuando Ana se fue a doblar ropa—, ¿por qué mamá siempre está enfadada? Valentina le acarició la cabeza. El momento era perfecto. —Verás, cariño…, hay personas así. No saben demostrar el amor. Es triste, claro. —¿Tú sí sabes? —Por supuesto, mi niño. La abuela te quiere mucho. La abuela no es mala. El niño se abrazó más a ella. Valentina sonriente. Cada vez que quedaban solos, Valentina añadía pinceladas a su cuadro particular. Con cuidado. Poco a poco… —Mamá hoy no me dejó ver los dibujos —se quejaba Arturo al cabo de unos días. —Pobrecito. Mamá es estricta, ¿verdad? A veces a la abuela también le parece que es demasiado dura contigo. Pero no te preocupes, vente siempre conmigo, yo sí te entiendo. El niño asentía, absorbiendo cada palabra. Abuela es buena. Abuela comprende. Mamá… —¿Sabes? —susurraba Valentina en voz conspirativa—, hay mamás que no saben ser cariñosas. No es culpa tuya, Arturito, tú eres un niño maravilloso. La que es así es tu madre. El niño abrazaba a la abuela. Algo frío y confuso se instalaba en su pecho cuando pensaba en mamá. Un mes después Ana notó el cambio. —Arturo, hijo, ven aquí, dame un abrazo. El niño se apartó. —No quiero. —¿Por qué? —Simplemente no quiero. Se fue corriendo con la abuela. Ana se quedó en medio de la habitación con los brazos abiertos. Algo se rompió en su rutina y no podía entender el momento exacto en que todo cambió. Valentina observó la escena desde el pasillo. Una sonrisa satisfecha asomó en sus labios. —Cariño —por la noche Ana se sentó junto a el niño—, ¿estás enfadado conmigo? —No. —Entonces, ¿por qué ya no quieres jugar conmigo? El niño se encogió de hombros. Su mirada era ajena, distante. —Quiero ir con la abuela. Ana lo dejó marchar. Sentía un dolor sordo en el pecho, una incomprensión absoluta. —Maxi, no reconozco a nuestro hijo —le confesó a su marido una noche, cuando todos dormían—. Me evita. Antes esto no pasaba. —Wow, mujer, los niños son así. Hoy una cosa, mañana otra. —No son caprichos. Me mira como si yo… como si hubiera hecho algo horrible. —Ana, exageras. Mi madre cuida de él cuando estamos trabajando. Tal vez se ha encariñado. Ana quiso decir algo más pero se calló. Maxi ya se había girado, concentrado en su móvil. —Tu madre te quiere —decía por las noches Valentina al acostar al niño cuando los padres se retrasaban—, pero a su manera. Fría. Dura. No todas las madres saben ser buenas, ¿sabes? —¿Por qué? —Así es, cariño. La abuela nunca te haría daño. Siempre te protegeré. No como mamá. El niño dormía con esas palabras. Y cada mañana miraba a su madre con más recelo. Ahora lo demostraba abiertamente. —Arturo, ¿vamos a pasear? —ofreció Ana la mano. —Quiero irme con la abuela. —Arturo… —Con la abuela. Valentina tomó su mano enseguida. —¿Por qué molestas al niño? ¿No ves que no quiere? Ven, Arturito, la abuela te compra un helado. Se marcharon. Ana los vio alejarse sintiendo algo pesado en el pecho. Su propio hijo la rechazaba. Corría hacia Valentina. No entendía qué había hecho mal. Por la noche Maxi encontró a su mujer en la cocina, sobre una taza de té frío, la mirada perdida. —Ana, hablaré con él. Te lo prometo. Ella solo asintió. Ya no le quedaban palabras. Maxi se sentó con el niño en la habitación. —Arturo, cuéntale a papá. ¿Por qué no quieres estar con mamá? El niño desvió la mirada. —Simplemente. —Simplemente no es una respuesta. ¿Mamá te hizo daño? —No… —¿Entonces? El niño guardó silencio. Con seis años no podía explicar lo que ni siquiera entendía del todo. Abuela decía que mamá es mala, fría. Será verdad. Abuela no miente. Maxi salió de allí con las manos vacías… Valentina, mientras tanto, planeaba su próximo movimiento. La nuera estaba por los suelos, se le notaba. Un poco más y esa “bienquista” se iría solita. Maxi se merecía algo mejor. Una esposa de verdad, no ese témpano de hielo. —Arturito —le susurró al niño en el pasillo al día siguiente, mientras Ana se duchaba—, ¿sabes que la abuela te quiere más que nadie? —Sí. —Y mamá… mamá la verdad es que deja mucho que desear, ¿verdad? Ni abraza, ni mima, siempre está gruñona. Pobre mi niño. No oyó los pasos tras ella. —Mamá. Valentina se giró. Maxi estaba en el umbral. Blanco como un papel. —Arturo, vete a tu cuarto —dijo, bajito pero categórico, y el niño salió corriendo. —Maxi, yo solo… —Lo he escuchado todo. Silencio espeso. —¿Has estado poniendo a Arturo en contra de Ana? ¿Todo este tiempo? —¡Solo me preocupo por mi nieto! ¡Ella es una carcelera! —¿Te has vuelto loca? Valentina retrocedió. Nunca le vio esa cara a su hijo. De asco. —Maxi, por favor… —No. Escúchame tú. —Se acercó—. Has puesto a mi hijo en contra de su madre. De mi mujer. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —¡Solo quería lo mejor! —¿Lo mejor? ¡Arturo rechaza a su madre! ¡Ana está destrozada! ¿Eso es lo mejor? Valentina alzó la barbilla. —Muy bien. Ella no es la adecuada para ti. Fría, mala, sin sentimientos… —¡Basta! El grito los sacudió. Maxi respiraba agitadamente. —Haz las maletas. Hoy mismo. —¿Me echas? —Defiendo a mi familia. De ti. Valentina abrió la boca, y la cerró. La sentencia estaba en la mirada de su hijo. Sin negociaciones. Sin segundas oportunidades. Una hora después, se marchó. Sin despedidas… Maxi encontró a Ana en la habitación. —Ya sé por qué Arturo ha cambiado. Ana alzó la vista, los ojos rojos. —Mi madre. Le ha estado diciendo que eres mala, que no le quieres de verdad. Todo este tiempo, ha puesto a nuestro hijo en tu contra. Ana se quedó inmóvil. Luego soltó el aire despacio. —Pensaba que me estaba volviendo loca. Pensaba que era mala madre. Maxi se sentó a su lado, la abrazó. —Eres una madre estupenda. Mi madre… No sé qué le pasó. Pero no volverá a acercarse a Arturo. Las semanas siguientes fueron duras. Arturo preguntaba por la abuela, no entendía su ausencia. Los padres le hablaron —suave, con paciencia. —Cariño —Ana le acariciaba el pelo—, lo que decía la abuela de mí… no es verdad. Yo te quiero. Muchísimo. El niño aún dudaba. —Pero eres mala. —No mala, sino estricta. Porque quiero que seas buena persona. Ser estricta también es quererte, ¿sabes? El niño pensaba. Largo rato. —¿Me das un abrazo? Ana lo abrazó tan fuerte que él se echó a reír… Poco a poco, día a día, Arturo volvió. El verdadero. El que corría a enseñarle un dibujo a mamá. El que dormía con sus nanas. Maxi miraba a su mujer y su hijo jugar en el salón y pensaba en su madre. Llamó varias veces. Él no contestó. Valentina se quedó sola en su piso. Sin nieto. Sin hijo. Quiso proteger a Maxi de una mujer inadecuada. Y acabó perdiendo a los dos. Ana apoyó la cabeza en el hombro de Maxi. —Gracias por arreglarlo todo. —Perdona por no darme cuenta antes. Arturo corrió hacia ellos, se subió a las rodillas del padre. —Papá, mamá, ¿mañana vamos al zoo? La vida, parece, sí que mejoraba…
La madre, la verdad, deja mucho que desear Lucía, ¿otra vez has dejado la toalla mojada colgando en el baño?
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042
—Oksana, ¿estás ocupada?— preguntó su madre, asomándose a la habitación de su hija. —Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo— respondió la hija sin apartar la vista de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te importaría bajar al súper antes de que cierren? —Vale. —Perdona por molestarte. Ya te has peinado y todo. Tengo la cabeza hecha un lío con las prisas por la Nochevieja— suspiró la madre. —Ya está.— Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas, el abrigo de piel, pero decidió no ponerse el gorro para no estropear el peinado. El supermercado estaba en el bloque de al lado; no le daría tiempo a pasar frío. En la calle hacía fresco, caía una nevada suave— una verdadera postal navideña. En el súper había poca gente. Solo entraban los despistados que, entre el ajetreo, se habían olvidado de algo. Solo quedaba eneldo en un súper-pack con perejil y cebollino, pero estaba algo mustio. Oksana pensó en llamar a su madre para preguntar si ese servía o mejor pasaban sin él, pero se dio cuenta de que había dejado el móvil en casa. Tras dudarlo, decidió llevarse el pack y una mayonesa escogida de entre lo poco que quedaba en las estanterías, pagó y salió. No había dado ni cinco pasos cuando, al doblar la esquina, un coche la deslumbró con los faros. Se apartó instintivamente. El tacón resbaló sobre una capa de hielo bajo la nieve y Oksana fue al suelo de bruces. El bolso voló hasta el bordillo. Al intentar levantarse, sintió un pinchazo punzante en el tobillo que le hizo saltar las lágrimas. Nadie alrededor. Sin teléfono. ¿Qué hacer? No oyó tras ella el suave golpe de la puerta del coche. —¿Estás bien? —Un hombre joven se agachó junto a ella—. ¿Puedes ponerte en pie? Déjame ayudarte— le ofreció la mano. —Creo que me he roto el pie por tu culpa. Tanto cochecito y la acera es una pista de hielo— gruñó Oksana, rechazando la mano. —Tú verás, pero así no llegas muy lejos. ¿Vas a esperar aquí a que amanezca?— El hombre suspiró—. ¿Dónde vives? —Allí.— Señaló con la cabeza el bloque contiguo. Él desapareció por un momento y volvió con el coche más cerca. —Vamos, te ayudo a levantarte. No apoyes el pie malo, ¿vale? A la de tres…— De un tirón suave la alzó, sujetándola. —¿Puedes estar de pie?— preguntó, abriéndole la puerta del coche. —¡Mi bolso!— reclamó ella. El joven recogió su bolsa y la puso en el asiento de atrás. Al llegar a su portal, la ayudó a bajar y la cogió en brazos subiendo las escaleras hasta el tercero. Oksana rodeó su cuello, escuchando su respiración entrecortada mientras subía; en la penumbra vio el sudor correrle por la sien. “Así aprenderás a no correr con el coche”, pensó con desquite. —Déjame, aquí sigo yo— murmuró Oksana antes de la puerta. La madre abrió en ese momento, sobrecogida al ver la escena. —¿Oksana?, ¿qué ha pasado aquí? El joven, sin mucho miramiento, la dejó pasar, depositó a su hija en una silla y se puso de rodillas ante ella. —¿Se puede saber qué ocurre?— exclamó la madre. Él no contestó, tomó el tobillo de Oksana y le bajó la cremallera al botín con manos seguras. Ella gritó de dolor. —¡Cuidado! ¡Le haces daño!— protestó la madre. —Es solo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo, rápido— ordenó el joven. La madre obedeció y regresó con un paquete de pollo congelado. —Póngalo aquí— indicó el médico—. Bajo al coche a por una venda elástica y traigo tu bolso. —¿Ese quién es?— siseó la madre—. ¿Y si es un ladrón? ¿Y si se lleva tu bolso con la tarjeta y las llaves? —Mamá, basta. Si me fuera a dejar tirada, lo habría hecho ya en la calle. Al poco el timbre sonó: era él. Le devolvió el bolso y, tras comprobar que todo estaba, puso rodilla en el suelo. —Ahora va a doler. Aguanta el asiento con fuerza— avisó. Tomando el pie, le devolvió el hueso a su sitio de un tirón experto. El grito de Oksana retumbó en el pasillo, pero tras unos segundos el dolor empezó a ceder. —Todo irá bien. Unos días de reposo y estarás perfecta. —Gracias. Perdón por lo que pensé de ti— admitió la madre—. ¿Quieres quedarte? No llegarás a tu casa antes de las uvas. Aquí tienes sitio y de todo. El muchacho dudó, luego asintió. —Gracias, si no molesto… —En absoluto. Luego me ayudas con el cava— sonrió la madre. Oksana, cojeando y apoyada en él, llegó hasta el sofá, notando la mano del joven rodeándole la cintura. —Gracias— murmuró al sentarse. —No hay de qué. Ha sido culpa mía… —No digas bobadas. Por cierto, ¿cómo te llamas? —Valerio. ¿Te parece que nos tuteemos? —Claro. ¿Y eres médico de verdad? —Cirujano. —Tu mujer debe de estar enfadada, ¿no? —Me dejó hace medio año. El hospital no te deja libre ni en vacaciones. Cogió a la niña y se marchó a casa de su madre. —¿Qué aspecto tengo? —Estás preciosa. Así, de la forma más insospechada, los tres recibieron juntos el Año Nuevo. Y como dice el refrán español: “Como empieces el año, así lo pasarás”. Cuando Valerio se marchó, Oksana apenas pudo dormir, recordando sus manos, sus palabras, sus brazos. Al día siguiente, Valerio volvió a revisar el pie. —Puedes apoyar, pero sin forzar— dijo. —¿Quieres un café?— ofreció la madre. —La próxima vez, gracias. Me toca guardia. —¿Volverás a venir?— preguntó Oksana deprisa. Él sonrió. A los dos meses, Oksana se mudó con él. Su madre dudaba— si la otra volvía, ¿qué harías? Oksana era feliz, pero empezaba a entender el abandono de la exmujer: las guardias, las noches fuera, las enfermeras jóvenes que lo rodeaban. Sin embargo, cuando estaba con ella, todo era felicidad. Pasó un año. Seguía sin divorciarse, y eso inquietaba a Oksana. Su madre le insistía en que aclarase la situación, pero ella no se atrevía a presionar. En Nochevieja, todo preparado y el vestido listo, sonó el teléfono. —¿Te llaman del hospital otra vez?— preguntó Oksana. —No. Es mi ex. La niña llora y no quiere dormirse sin mí. Iré un momento y vuelvo. —Valerio, quedan menos de tres horas para la medianoche… —Estaré de vuelta enseguida. Le dejo su regalo y vuelvo— prometió, besándola. Oksana intentó tranquilizarse y no sentir celos. Cuando vio que se acercaba la medianoche y él no volvía, le mandó un mensaje, pero tampoco contestó. Descorazonada, apagó las velas y el árbol. Por primera vez entendió a la exmujer. ¿Y si tenía razón su madre? ¿Y si volvía? No pudo más y decidió no pasar sola la Nochevieja. Pensó en la vecina del primero, tan sola siempre. Valerio le había contado que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana llevó dos tápers— uno con ensaladilla y otro con tarta— y bajó a ofrecérselo. —¿Tú eres la que vive con Valerio Dmitrievich, no?— preguntó la anciana. —Sí— contestó Oksana. —Esa mujer suya nunca saludaba. Solo vivía para sí. Tú eres diferente. ¿Él está de guardia? —No. Ha ido a ver a su hija. —Volverá. Es buen hombre— asintió la anciana. Oksana preguntó si siempre había estado sola. La mujer suspiró y relató su historia: su primer amor le fue arrebatado por una amiga, creyó que la otra esperaba un hijo suyo, no lo perdonó y jamás encontró otro amor. Se arrepentía de no haberle perdonado. —He visto a Valerio feliz contigo por la ventana. Si de verdad le amas, perdónale, no te carcomas de celos. O mejor, escápate con él. No repitas mis errores. Sigue a tu corazón. Oksana se despidió y limpió todo antes de acostarse. Valerio volvió a la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué me pasó. Me he despertado con un dolor de cabeza terrible. —¿Por qué no te divorcias de ella? ¿Todavía la quieres? —Claro que no. Solo quiero a mi hija. No hubo nada entre nosotros, créeme. Oksana, mirándole a los ojos, le abrazó. —Vámonos. Donde sea. En cualquier sitio hay hospitales y tú eres muy buen cirujano… —Ahora no puedo ni pensar— contestó él—. Pero te quiero. Oksana se acurrucó a su lado recordando las palabras de la anciana: “La hija aún es pequeña. Los niños se adaptan. Es la otra la que lo complica todo. Pero no me rindo. Lucharé por él”. Apagó las luces del árbol y se pegó aún más. “Te quiero. Amar es poco decirlo. Te quiero, te quiero. Se puede decir de mil formas. Pero yo… te quiero.” Annie Hall “Cuando amas, puedes perdonar todo… salvo que dejen de amarte”
Clara, ¿estás ocupada? preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija. Un minuto, mamá.
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0400
La suegra trajo su “regalo” a nuestro dormitorio. El dormitorio quedó exactamente como lo habíamos soñado: paredes claras color cielo de la mañana, una ventana amplia con vistas a un pequeño parque, cama de madera de roble claro con cabecero y una cómoda baja. Nada superfluo. Silencio. Aire. Tranquilidad. Era nuestro espacio: el primer espacio realmente nuestro después de años de alquiler. Todo olía a pintura fresca, textiles nuevos y hogar. La suegra vino por primera vez tras la reforma, inspeccionó todas las habitaciones como una revisora estricta. Felicitó con cautela, asintió, pero en su mirada había insatisfacción. Como si le faltara “su toque”. —Está bien, hay luz —dijo en el salón—. Pero falta algo. Alma. Todo es un poco… impersonal. Yo callé. Sabía que “alma” para ella significaba muebles pesados, alfombras y muchas decoraciones—justo lo que nosotros habíamos evitado a propósito. Una semana después volvió… con un paquete enorme Solo siete días después la suegra regresó. Traía en brazos un gran bulto envuelto en una manta. Su cara resplandecía, como si viniera a anunciar una victoria. —Os traigo algo muy importante —dijo solemne—. Especialmente para el dormitorio. Sobre la cama todo está vacío. ¡No está completo! Desenvolvió el paquete… y yo vi un gran retrato en un marco macizo dorado. En él—ella de hace años, su hijo adolescente y el difunto padre de mi marido. Imagen pesada, marco pesado, atmósfera pesada. Las miradas del cuadro parecían observar toda la habitación. —Para daros la bendición—declaró ella—. Sobre la cama de matrimonio debe haber una imagen de la familia. Para proteger. Para recordar las raíces. Por dentro sentí un nudo. Miré a mi marido. Él sonreía confuso, mirando su propio rostro del pasado. —Mamá… gracias, pero es muy grande… y el estilo… no es el nuestro—intentó decir él. —¿Qué estilo ni qué nada?—le cortó ella—. ¡Esto es la familia! ¡La familia no se discute! Mi marido guardó silencio. Me miró a mí—en mis ojos había una súplica. Luego miró a su madre—en los suyos, una orden. Y como siempre, eligió el silencio. —Cariño… mamá lo hace con buena intención. Pongámoslo… y si no nos convence, ya lo quitaremos. Pero “luego” nunca llegó El retrato quedó colgado sobre la cama. Y allí se quedó. La suegra venía de visita y lo primero que hacía era mirar el dormitorio y asentir satisfecha. —¡Ahora sí que es familiar! Mi marido se acostumbró rápido. Uno se acostumbra a todo. Y él poco a poco dejó de fijarse. Pero para mí no era solo un cuadro. Era una señal. Un mensaje. Un recordatorio de que ni siquiera nuestro dormitorio era “nuestro”. Cada mañana, lo primero que veía era ese retrato. La gota que colmó el vaso En la cena familiar por el cumpleaños de la suegra, volvió a hablar de los “verdaderos valores familiares”. Y delante de todos dijo: —Me alegra que mi hijo y su mujer tengan casa. Y yo aporté lo mío—llevé el retrato familiar para su dormitorio. Así debe ser. Para recordar lo importante. Todos asentían, sonreían. También mi marido asintió. Justo ese gesto me lo dijo todo. Entendí que, si esperaba que él pusiera límites, no iba a pasar. Prefería la paz a cualquier precio. Incluso si el precio era mi propio espacio. Al día siguiente, decidí actuar Tenía una amiga fotógrafa que había hecho fotos en nuestra boda. Había una foto—casi accidental, pero muy reveladora: mi marido y yo abrazados y besándonos, y al fondo, la suegra quedando apenas en el borde de la imagen. Parecía que intentaba entrar en la foto, pero no lo lograba—quedaba “al margen”. Llevé la foto a un estudio. La encargué del mismo tamaño que el retrato. Y en el mismo marco—dorado, macizo, llamativo. Cuando vino de visita… le devolví el gesto En su siguiente visita, mientras hablaba en el salón sobre lo que debe haber en un hogar, la interrumpí con mi tono más amable: —Suegra, yo también quiero hacerle un regalo. Como agradecimiento por su cuidado y participación en nuestra casa. Traje un gran paquete y lo puse ante ella. —¿Y esto?—preguntó desconfiada. —Abra. Lo entenderá. Desenvolvió la tela… y vio la enorme foto de nuestra boda. Mi marido y yo delante, felices. Y ella—al lado, apenas en la imagen. Abajo, el pie de foto: “Con amor, 12 de julio” Se hizo el silencio. La suegra palideció, luego se puso colorada. —¿Qué es esto?—soltó agria. —Mi foto favorita de boda—respondí tranquila—. Entendí que los retratos son importantes. Si su retrato está en nuestra casa para recordar la familia, este estará en la suya para recordar nuestra boda. Que su hijo tiene su propia familia. Entonces puse la elección Dijo que no quería esa foto en su casa. Asentí: —Entiendo. Entonces, seamos justos: si esto no es apropiado para su casa, tampoco el retrato es apropiado para nuestro dormitorio. Entré al dormitorio, subí a un taburete y quité el retrato de la pared. Le di el cuadro a mi marido: —Ayuda a tu madre a guardarlo. En el trastero. Final A la mañana siguiente, la pared sobre la cama estaba vacía. Y, por primera vez en mucho tiempo, el dormitorio volvió a sentirse nuestro. A veces la justicia no llega con un escándalo. A veces llega solo mostrando a alguien sus propias acciones… vistas desde el otro lado. ¿Y vosotros qué habríais hecho en el lugar de la mujer? ¿Habríais aguantado el “regalo” y la intromisión de la suegra por tener paz… o habríais puesto el límite enseguida—aun si eso significaba una pelea? ¿Quién tiene razón—la mujer o la suegra? ¿Y debe el marido defender a su esposa en una situación así?
La suegra trajo su regalo a nuestro dormitorio. La habitación había quedado exactamente como la habíamos
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0352
Mi marido propuso que viviéramos separados para “poner a prueba nuestros sentimientos”… y yo cambié la cerradura — Sabes, Elena, creo que nos hemos vuelto unos desconocidos. La rutina nos ha devorado. Estaba pensando que, quizá, deberíamos vivir cada uno por su lado un tiempo —lo dijo Sergio como quien propone comprar pan integral en vez de blanco para la cena, sin apartar la vista de su plato de sopa, mojando un trozo de tocino. Elena se quedó paralizada, con el cucharón en la mano, sintiendo cómo una gota caliente le bajaba por la muñeca, pero apenas notó el dolor… (continúa la historia). ¿Y tú? ¿Crees que Elena hizo bien? Cuéntanos en los comentarios y no olvides suscribirte al canal y dar like para más historias reales de la vida.
Mira, Carmen, creo que nos hemos vuelto unos desconocidos. La rutina nos ha comido. Estaba pensando necesitamos
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022
Ya he reclamado lo que es mío
Querido diario, No, Carmen, usted ya ha tenido su parte, ahora dedíquese a Andrés usted misma me contestó
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024
Igor no volvió de vacaciones — La historia de Ludmila, su marido perdido y la verdad ocultada al borde del mar: ecos de un otoño español en 1988
De las vacaciones, Ignacio no regresó ¿Nada de tu marido, ni una llamada ni una carta? Nada, Verónica
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024
— ¡Cómo me tienes harta!!!… Que si como mal…, que si visto fatal…, ¡que si todo lo hago mal!!! — la voz de Pablo terminó en un grito. — ¡Es que tú no sirves para nada!!!… ¡Ni puedes ganar dinero, de verdad! … ¡En casa nunca puedo contar contigo para nada! … — sollozaba Marina, — …Y no tenemos hijos…, — añadió casi en un susurro. Belka — una gata blanco-naranja, de unos diez años, subida al armario, observaba en silencio la enésima «tragedia» familiar. Ella sabía muy bien, incluso lo sentía, que papá y mamá se querían, y mucho… Por eso no entendía por qué se decían esas palabras tan amargas, que solo hacían daño a todos. Mamá, entre lágrimas, se encerró en la habitación, y papá comenzó a fumar un cigarro tras otro. Belka, comprendiendo que la familia se desmoronaba ante sus ojos, pensó: «Hace falta que vuelva la felicidad a casa… y la felicidad son los niños… hay que encontrar niños de alguna parte…». Belka no podía tener crías —la esterilizaron hace años— y mamá…, según los médicos podía, pero algo «no terminaba de cuajar»… Por la mañana, cuando los padres se marcharon a trabajar, Belka, por primera vez, salió por la ventana y fue a visitar a su vecina Patitas para hablar y pedirle consejo. — ¿Para qué queréis niños? — resopló Patitas — si cuando los míos traen a sus crías vienen corriendo para esconderse…, que si me pintan el morro de carmín, que si me estrujan tanto que casi ni respiro. Belka suspiró: — Nosotros necesitamos niños buenos… Pero ¿dónde encontrarlos?… — Pues mira… La callejera Misha acaba de parir… tiene cinco… — dijo Patitas pensativa — elige uno… Belka, arriesgándose, saltando de balcón en balcón, bajó a la calle. Temblando de nervios, se coló entre los barrotes de la ventana del sótano y llamó: — Misha, ¿puedes salir un momento, por favor?… Desde el fondo del sótano se oyó un desesperado piar. Belka, arrastrándose con cuidado y mirando a todas partes, se acercó lloriqueando. Debajo del radiador, sobre unas piedras, había cinco gatitos ciegos, de varios colores, buscando a su madre y llamándola a gritos. Ella, al olerlos, entendió — Misha llevaba al menos tres días sin aparecer y los pequeños pasaban hambre… A punto de llorar, Belka llevó con delicadeza y determinación, uno a uno, a los gatitos hasta el portal. Intentando mantener a los hambrientos y chillones en su sitio, se tumbó junto a ellos, mirando ansiosa hacia el final del patio por donde debían venir papá y mamá. Pablo, que recogió a Marina del trabajo en silencio, llegaron igual de callados a casa. Pero al acercarse al portal se quedaron atónitos: en el escalón estaba su Belka (que jamás había estado sola en la calle), y cinco gatitos de colores intentaban mamar de ella piando. — ¿Pero esto… cómo ha pasado?, — balbuceó Pablo. — Un milagro…, — murmuró Marina, y cogiendo a la gata y los pequeños en brazos, corrieron a casa… Examinando a la gata, feliz en su caja rodeada de bebés ronroneando, Pablo preguntó: — ¿Y ahora qué hacemos con ellos? — Los alimentaré con biberón…, cuando crezcan los daremos…, llamaré a mis amigas…, — respondió Marina, bajito. Tres meses después, Marina, aún sin creerse la noticia, acariciaba la «manada» felina mientras repetía mirando al vacío: — Esto no puede estar pasando…, no puede ser… Pero luego lloraron de alegría, Pablo la levantó en brazos, bailaban, y ambos hablaban y hablaban sin parar… — ¡No he terminado la casa en vano! — Sí, ¡le irá genial al niño tomar aire en el jardín! — ¡Y que jueguen los gatitos también! — ¡Cabemos todos! — ¡Te quiero! — ¡Y yo más aún te quiero! La sabia Belka se secó una lágrima — la vida por fin volvía a sonreírles…
¡Pero qué pesada eres, de verdad! Que si como mal, que si visto peor, y que si todo lo hago como el culo
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071
La invitación al aniversario era una trampa… pero yo llevé un regalo que lo cambió todo. Cuando recibí la invitación, la leí dos veces, luego una tercera —como si las letras fueran a desvelar la verdad. “Aniversario de boda. Nos encantaría que vinieras.” Tan amable. Tan elegante. Tan… poco propio de ella. Nunca he tenido problema en ser testigo de la felicidad ajena. Ni siquiera cuando esa felicidad se construye sobre mi silencio. Sí, sabía que el hombre que esta noche estaría a su lado, una vez estuvo al mío. Y no, no me sentía humillada por haber sido “reemplazada”. Nadie puede reemplazar a una mujer—solo se abandona una versión de sí mismo para escoger otra. Pero la razón por la que la invitación me inquietó no era el pasado. La razón era el tono. Como si no me invitaran como amiga… sino como público. Y aun así acepté. No porque quisiera demostrarles nada, sino porque no tenía miedo. Soy de esas mujeres que no entran a una sala para medirse con otras mujeres. Entro para recuperar el aire que es mío. Prepararme me llevó tiempo, pero no por el vestido. Fue por decidir cómo quería verme ante ellos. No quería ser “la herida”. Ni tampoco “la orgullosa”. Quería ser la precisa—esa mujer a la que nadie usa de telón de fondo para su autoestima. Elegí un vestido color champán—sencillo, sin adornos. El pelo recogido—no coquetamente, sino con seguridad. El maquillaje—suave, natural. Me miré al espejo y me dije: “Esta noche no te vas a defender. Esta noche vas a observar.” Al entrar en el salón, la luz era cálida—muchas lámparas, muchas risas, copa tras copa. Había música que hace sonreír a la gente, aunque no estén felices. Ella me vio enseguida. No podía no verme. Sus ojos titilaron un segundo y luego se abrieron—esa alegría ensayada que aquí se vende como “buena educación”. Se acercó con una copa en la mano. Un beso al aire en la mejilla, sin tocar de verdad mi piel. —¡Qué sorpresa verte aquí! —dijo, más alto de lo necesario. Conocía ese truco. Cuando dices algo lo bastante fuerte, quieres que todos oigan lo “generosa” que eres. Le sonreí levemente. —Me invitasteis. Y acepté. Me señaló hacia la mesa. —Ven, te presentaré a algunas personas. Entonces lo vi. Estaba en la barra, hablando con dos hombres y riendo. Reía como reía hace años, cuando aún sabía ser tierno. Por un segundo, mi corazón recordó que tiene memoria. Pero yo tenía algo más fuerte que la memoria: claridad. Él se giró. Su mirada me atravesó, como si una cortina se corriera. No había culpa. No había valentía. Solo ese reconocimiento incómodo: “Ella está aquí. Ella es real.” Se acercó a nosotras. —Me alegro de que vinieras —dijo. No “perdona”. No “¿cómo estás?”. Solo algo correcto. Su mujer intervino enseguida: —¡Insistí yo! —sonrió. —Ya sabes que soy de… los bonitos gestos. Bonitos gestos. Sí. Le encantaba el teatro. Le gustaba parecer buena. Ser el centro. Y le gustaba especialmente demostrar que “no hay problema”. No dije nada. Solo les miré y asentí. Me sentaron en una mesa cerca de ellos, como sospechaba. Ni lejos, ni cómodo. A la vista de todos. A mi alrededor, risas, brindis, flashes de fotos, mientras ella—ella desfilaba como una anfitriona de revista. A veces dirigía una mirada hacia mí, como comprobando si ya me había roto. No me rompí. Soy una mujer que ha sobrevivido tormentas en silencio. Después de eso, los ruidosos te parecen… ridículos. Entonces llegó el momento planificado. El presentador subió al escenario y empezó a hablar de “una pareja ejemplar”, “cómo su amor inspira a todos”, y “cómo una relación verdadera lo supera todo”. Luego, ante todos, ella tomó el micrófono. —Quiero decir algo especial —anunció—. Esta noche tenemos entre nosotros una persona muy importante… porque gracias a ciertas personas aprendemos a valorar el amor auténtico. Las miradas se giraron hacia mí. No todos conocían la historia, pero todos notaban que era “ese” momento. Ella sonrió dulcemente. —Me alegra mucho que estés aquí. Oí murmullos, como alfilerazos. Era justo lo que buscaba. Colocarme como “el pasado”, allí de pie, aplaudiendo al presente. Su marido estaba como una estatua. Ni me miró. Y entonces me levanté. Sin escenificar nada. Solo me puse en pie, ajusté mi vestido y saqué de mi bolso la pequeña caja de regalo. La sala se hizo un silencio natural—no de miedo, sino de expectación. A la gente le fascinan las tensiones ajenas. Me acerqué a ellos. Ella estaba preparada. Esperaba que dijera algo amable, compasivo—“os deseo felicidad” y “todo lo mejor”. Eso no lo iba a recibir. Tomé el micrófono, pero no lo apreté. Lo sostuve como se sostiene la verdad—con cuidado. —Gracias por la invitación —dije en voz baja—. A veces hay valentía en invitar a alguien del pasado a una celebración. Ella forzó una sonrisa. El público se removió. —He traído un regalo —añadí—. No os robaré la noche. Le tendí la caja. A ella, exactamente. Sus ojos se iluminaron—no de alegría, sino de recelo. La abrió. Dentro, un pequeño pendrive negro y una hoja doblada. Su rostro se congeló. —¿Esto…? —intentó hablar, pero la voz le salió quebrada. —Un recuerdo —dije—. Un recuerdo muy valioso. Él dio un paso adelante. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Ella abrió la hoja. Leía, y el color se le iba del rostro. No hubo que gritar la verdad. Ella sola la iba leyendo en las líneas. Porque el papel solo tenía unas frases—no largas, pero precisas. Fragmentos de conversaciones. Fechas. Pruebas. Nada vulgar. Nada bajo. Solo hechos. Y una frase final: “Cuida este aniversario como un espejo. En él se ve cómo empezó todo.” Ya todos sospechaban. Nada hace más ruido que la sospecha en un salón de lujo. Ella intentó sonreír. Salir con una broma. Pero le temblaban los labios. La miré tranquila. No como enemiga. Como una mujer que ha llegado al final de una mentira. Luego miré a él. —No diré nada más —dije—. Solo te deseo una cosa: que seas honesto al menos una vez. Si no ante los demás… al menos delante de ti mismo. Él no podía respirar con normalidad. Le conozco. Cuando no tiene salida, se encoge. El público esperaba espectáculo, pero yo no les di uno. Devolví el micrófono al presentador. Sonreí ligeramente e hice una inclinación de cabeza. Me dirigí hacia la puerta. Detrás, se movían sillas. Alguien preguntaba: “¿Qué ha pasado?” Alguien más: “¿Le viste la cara?” Pero yo no miré atrás. No porque no me importara. Sino porque ya no estaba allí para luchar. Estaba allí para cerrar una puerta. Fuera, el aire era frío y limpio. Como la verdad tras una larga mentira. Me miré en el reflejo del cristal de la entrada. No tenía aspecto de ganadora ruidosa. Parecía… en paz. Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí odio, ni tristeza, ni celos. Sentí libertad. Mi regalo no era venganza. Era un recordatorio. De que hay mujeres que no gritan. Que simplemente entran, dejan la verdad sobre la mesa y se marchan como reinas. ❓¿Y tú qué habrías hecho en mi lugar: habrías callado “por la paz”, o habrías dejado que la verdad hiciera su trabajo por ti?
La invitación al aniversario era una trampa… pero el regalo que llevé lo cambió todo.
MagistrUm