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03
Mijaíl se detuvo: detrás del árbol, un perro lo miraba con tristeza, uno que reconocerí a entre mil.
Miguel se quedó paralizado: a la sombra del almez le observaba una perra que, si la conociera, le resultaría
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020
Me quitaste a mi padre
¡Mamá, ya he llegado! ¡Imagínate, por fin! Claudia apretaba el móvil entre el hombro y la oreja, forcejeando
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013
Dio a luz en silencio y estuvo a punto de entregar a su hija: el emotivo testimonio de una matrona en España sobre una joven estudiante, un influyente empresario, y una decisión que cambió sus vidas
Llevo muchos años trabajando como matrona, y durante este tiempo he vivido situaciones agradables y otras no tanto.
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016
— ¡A casa, Varvara! ¡Allí hablaremos! — masculló Maxim, molesto—. ¡No me da la gana montar un escándalo en plena calle para entretener a los vecinos! — Pues mira tú, ¡vaya plan! — bufó Varvara. — ¡Como si me importara! — ¡Varvara, no me hagas pecar! — le advirtió Maxim—. ¡En casa hablaremos! — ¡Ay, ay, ay, qué temible estás! — dijo ella, echándose la trenza hacia atrás mientras se encaminaba hacia la casa. Maxim esperó a que Varvara se alejara lo suficiente, sacó el móvil y dijo al micrófono: — Sí, ya va para casa. Recibidla bien, como sabemos. Lo que hablamos. Y al sótano, para que se le baje un poco el genio. ¡Yo en seguida llego! Metió el móvil en el bolsillo y se dirigía a la tienda para celebrar lo bien que estaba “reeducando” a su mujer, pero un desconocido le sujetó del brazo. — Perdone que le pare así —sonrió el hombre, nervioso—. Hace un momento iba con usted una chica… — Mi mujer. ¿Qué pasa? —preguntó Maxim, frunciendo el ceño. — No, nada —la sonrisa del desconocido se hizo zalamera y casi disculpándose—. Dígame, ¿por casualidad su esposa no se llama Varvara Melnychenko? — Varvara, sí —afirmó Maxim—. Hasta la boda era Melnychenko. ¿Por qué? — ¿Y su segundo apellido es Serhiivna? — Eso mismo —dijo Maxim, cada vez más mosqueado—. ¿De qué la conoce usted? — Y, si no es indiscreción, ¿nació en 1993? Maxim recapacitó un instante y contestó: — Sí. ¿Va a explicar para qué tantas preguntas y cómo conoce a Varvara? —Maxim se puso en guardia. Varvara había llegado a su aldea solo tres años antes; nadie antes sabía nada de ella. Decía que se había escapado de casa porque sus padres querían obligarla a casarse. Así que un desconocido dándoselas de sabiondo acerca de Varvara en un pueblo donde no la conocía nadie era más que sospechoso. — ¡Ay, perdón! No la conozco personalmente —se ruborizó el tipo—. Soy, digamos, seguidor suyo. — Mira, “seguidor”, ahora mismo te cuento las costillas y reparto unas cuantas para que mantengas la línea —gruñó Maxim, amenazante—. ¿Qué historias me cuentas de ser su fan? ¿Vienes a ligarte a mi mujer? — ¡No, no, me ha entendido mal! —el hombre agitó las manos—. No soy fan en ese sentido, sino admirador de su talento. — Vamos, si Varvara no tiene ningún talento especial —dudó Maxim. — ¡Hombre! ¡Que con dieciocho años te descalifiquen de por vida en Muay Thai por exceso de dureza no es moco de pavo! —exclamó el desconocido—. Lástima que dejara de participar tras ganar un par de torneos privados. ¡Era un espectáculo verla en el ring! Las manos de Maxim temblaban mientras intentaba sacar el móvil del bolsillo, pero se le resbaló, cayó al asfalto y se hizo trizas. Cuando consiguió recogerlo, el aparato se negaba a encenderse. Maxim voló hacia casa y murmuraba entre dientes: — ¡Virgen del Carmen, que llegue a tiempo! Cuando en la aldea apareció aquella vecina nueva, Maxim enseguida se fijó en ella—¿y quién no?—: joven, deportista, simpática y con chispa. Además, había entrado a trabajar como profesora de gimnasia en primaria. Todos pensaron que era una universitaria destinada por el Ministerio por un par de años, pero resultó que tenía veinticinco años y había decidido quedarse para siempre. Luego esperaron que trajese a su familia detrás, pero resultó que vivía sola. — Aquí hay gato encerrado —cuchicheaban las mujeres—. Joven y tan mona, ¡y se viene a nuestro pueblo! Seguro que esconde un secreto terrible. — ¿Pero qué secretos va a haber hoy en día? —decía otra—. Seguro que tuvo un despecho y se vino para curarse las heridas. — O discutió con los padres y se largó. Eso pasa, lo he visto en la tele. Maxim no se terminaba de acercar. — Vete tú a saber qué historias trae a cuestas. Cuando sepa de qué va el tema, ya decidiré. Trabajar en el cole era duro, pero las tertulias del claustro, donde todo el mundo acababa desnudando el alma, sacaron a la luz la historia de Varvara en apenas seis meses. — Mis padres son empresarios. Buena gente, pero un proveedor les fastidió justo cuando se hundía el negocio. Para solucionarlo, mi padre quiso casarme con “el adecuado”. Si hubierais visto al susodicho… Preferí huir. — ¿Y te quedaste sin nadie? —compadeció una colega. — Donde vaya siempre hay gente —encogió los hombros Varvara—. Mejor eso que casarme con alguien a la fuerza. Eso no sería boda, sino venta. Y tampoco quería ser “mercancía”. — Mujer, aquí seguro que encuentras tu amor. Nuestro pueblo es chiquito, pero hay buena gente. Cuando la historia se extendió por el pueblo, Maxim lo tuvo claro: — ¡La quiero de esposa! Aquí las chicas propias son todas unas pidonas, y esta es de fuera, sin familia que moleste. Así se lo dijo a su familia: madre, padre y hermano mayor. — Está joven, fuerte, deportiva… ¡Y ni que fuera casualidad que da clase de gimnasia! Nos dará niños sanos y ayudará con la casa. ¿Cuántas horas trabaja en el cole? — Muy buen partido —asintió la familia—. Y si se pone tonta, ya la enderezamos “a la española”. ¿Que por qué estaban tan seguros de que habría boda? Porque Maxim, además de guapo, era subdirector en el almacén de verduras. Cuando venían inspecciones, él era un simple empleado—salvo cuando tocaba “mejorar procesos”, en cuyo caso se ganó el ascenso y demostró ser un gestor estupendo. Eso sí, los empleados decían que Maxim era de mano dura. Su hermano mayor, puesto por él de jefe de seguridad, era aún peor: “No dejan sacar ni una zanahoria podrida. Y, claro, no tienen miedo de usar la fuerza, que uno cubre al otro”. Pero las quejas por eso se aguantaban, ya que con ellos acabaron los robos. ¿Cómo iba a decir Varvara que no a alguien tan cumplidor? Primero salió con él, luego aceptó el cortejo y, por fin, accedió a ser su esposa. Maxim la sacó de la residencia donde vivía y se la llevó a casa. — Mujer, aquí vivimos todos juntos como una gran familia— empezó la suegra. — Todo lo hacemos en común y nos ayudamos siempre. No sé cómo sería en tu casa, pero estas son nuestras costumbres. — Allí no había costumbres, precisamente me escapé de eso —respondió Varvara—. Y ahora que soy esposa de Maxim, aprenderé las nuevas costumbres familiares. Eso les encantó. — Así que, perdonad, no tengo ni idea de nada de la casa —confesó Varvara—. Mis padres tenían personal que lo hacía todo. — Eso se aprende —afirmó el suegro cordial—. ¿Tú eres de las que aprenden? — Sí, en principio. Pero la injusticia, esa no la aguanto. — Ay, hija —intervino la suegra—, la justicia es relativa. Hay unas reglas de vida familiar creadas hace siglos. Respeta a tu marido y a sus padres, que te respetarán a ti. Obedece y sé dulce, que el hombre cuida del hogar y la mujer del cariño. Los hombres se ocupan de los problemas y las mujeres obedecen, que así ha sido siempre. — Bueno, si así se hace… —Varvara encogió los hombros—. Pero espero que los castigos a la antigua no existan. — Ni látigos ni mazmorras por aquí —rió el suegro. Sobre castigos, Varvara tenía razón para sospechar. Le recortaron la libertad al máximo solo un mes después de la boda. Solo al trabajo y al súper, el resto de salidas eran motivo de bronca: — ¿Dónde vas? ¡Aquí no se para nunca! ¡Y encima la huerta, las gallinas, los patos! ¡Varvara! —chillaba Natalia Petrovna—. ¡Esto es una familia y no puedo con todo yo sola! Solo en esto era sincera la suegra, porque Maxim y su hermano se pasaban el día fuera trabajando. Desde el alba hasta la noche, a veces ni volvían a dormir. El suegro, con la espalda y las piernas maltrechas, solo daba consejos. Todo recaía en Natalia y Varvara. Tampoco Natalia era ya joven: le afectaba la tensión, el reuma y migrañas, pero la granja no tenía días de descanso. — ¿Y la vida personal? —preguntó Varvara—. No con mi marido, sino personal-personal. Cine, café, pasear. ¡Ni amigas tengo! — Las amigas sobran cuando eres casada. Ya verás, te lo digo por experiencia: solo traen problemas. Cafés y cines, eso con tu marido, pero sola por ahí, jamás. Aquí todos se conocen y si te ven, lo que van a decirte… ni aunque te confieses te limpias. — ¿De verdad? —se extrañó Varvara. — Antes vivías en ciudad, aquí todo se sabe y si das un paso en falso, te ponen un sanbenito del que no te libra nadie. Y tú eres maestra: te pueden echar con deshonor. Era lógico, sí, pero Varvara tampoco iba a enterrarse en el campo. Cumplía, pero exigía. Cuando veía injusticia, alzaba la voz, contestaba, incluso mandaba a paseo a quien fuera. — Si todos trabajan igual, yo también lo hago. Pero si unos descansan y otros curran… yo paso. Dos años y medio después de la boda de Maxim y Varvara, ella aún seguía pidiendo justicia en el reparto de tareas. Si uno no ponía de su parte, ella tampoco. — ¡Vaya genio el de Varvara! —decía Natalia Petrovna cuando mandaba a Varvara al súper—. ¡No hay quien le gane! Le dices algo y te suelta cinco cosas ella. — ¡A mí tampoco me respeta! —decía el suegro—. Le pido una almohada o un vaso de agua y se hace la ocupada. — Maxim, esto no puede seguir así —opinó Nikita, el hermano mayor—. No respeta a tus padres. ¿Y eso es algo que se debe tolerar? — Lo sé, se está riendo de todos. Me contradice y yo soy el hombre de la casa. Habrá que domarla como a una fiera. ¡Y todavía no hemos tenido hijos! Si los tenemos, se subirá a la chepa y nos arruina la familia. — Hay que preparar todo —dijo Nikita—. Sácala a pasear por el centro y que vuelva sola. Nosotros la esperamos en casa y allí “hablamos”. Si entiende razones, bien. Si no, aplicamos fuerza. Si se pone farruca, la encerramos en el sótano y decimos en la escuela que está de vacaciones. Un mes así y escarmienta. Y así fue. Mientras Maxim paseaba a Varvara, la familia se preparó, se pusieron en “cólera sagrada” y esperaban la llamada de Maxim para recibir a Varvara. Pero Maxim no llegó a tiempo. La verja estaba en su sitio, pero las puertas, como si nunca hubieran existido. En la entradita, Nikita lloraba sosteniéndose el brazo roto. Maxim le sacó el móvil del bolsillo, llamó a emergencias y se lo puso en la oreja: — ¡Di la dirección! —gritó Maxim, abriéndose hueco entre el pánico—. ¡Y pide que manden varias ambulancias! Nikita asintió, con el rostro desencajado por el dolor. Entre los restos de los muebles, el padre yacía inconsciente, pero vivo. Eso era un alivio. En la cocina, junto a la puerta, estaba la madre, sentada en el suelo, una brecha descomunal en la cara y una enorme rodillo de amasar partido por la mitad. En la mesa, Varvara tomaba un té tranquila. — ¿Cariño? —levantó la vista Varvara al ver a Maxim—. ¿Vienes a por tu ración? — N-no… —balbuceó Maxim. — Pues no sé qué ofrecerte —reflexionó Varvara—. ¿Quizá un poco de justicia doméstica? — ¡Eso lo tienes que avisar antes! —gritó él—. ¡Has estado a punto de matar a mi familia! — Sé medir—respondió Varvara, serena—. Y cada uno recibió lo que venía a buscar. ¡Y el rodillo, que conste, lo rompí en mi rodilla! A tu madre ni la toqué, fue ella quien se estampó contra la puerta. — ¿Y ahora cómo seguimos viviendo juntos? —preguntó Maxim. — Pues en armonía —sonrió Varvara—. Y, sobre todo, con justicia. Ni pienses en divorciarte, por cierto. Estoy embarazada, y nuestro hijo tendrá padre. Maxim tragó saliva. — De acuerdo, cariño. Cuando todos se recuperaron, las normas de la familia cambiaron bastante. Ahora en la casa reinaban la paz y el respeto. ¡Y nadie volvió a meterse con nadie nunca más!
¡Vete a casa! ¡Allí hablaremos! gruñó con disgusto Alejandro. ¡Lo que faltaba, montar un espectáculo
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05
«¿Te han dejado?»: tras perder su empleo, recogí a un perro en la calle y me fui con él…
Querido diario, Hoy, a tres días de haber perdido el trabajo, desperté sin alarma y sin ningún plan.
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037
¡Es tu madre, así que es tu responsabilidad!” – Él insistió, pero ella ya estaba harta
¡Esa es tu madre, así que es tu responsabilidad! dijo él, pero ella ya estaba harta. Carmen abrochó la
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022
En mi familia hay cinco pisos, pero nosotros tenemos que alquilar uno: así es como hemos llegado a esta situación incomprensible
Ya estoy tan acostumbrada a la situación que ni me inmuto. Os cuento cómo es posible que en mi familia
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08
El Amigo de la Infancia
Perdona, Carlos, pero me he enamorado de tu esposa. Lo dije mirando al otro lado de la mesa, como si
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09
El corazón de una madre Esteban estaba sentado en la mesa de la cocina, acomodado en su sitio de siempre. Delante tenía un plato hondo con el cocido madrileño de su madre, tan suyo: sabroso, caliente y con ese punto justo de sabor casero. La cuchara iba y venía pausada del plato a la boca, mientras sus pensamientos se escapaban sin querer. Reflexionaba sobre lo mucho que había cambiado su vida en los últimos años. Ahora tenía una vida cómoda: desayunaba en cafeterías modernas de Malasaña, almorzaba en restaurantes con estrella Michelin por el centro, y cenaba donde los chefs más innovadores de Madrid sorprendían con cocina de autor. Podía encargar ostras gallegas, trufa de Soria o solomillo de ternera avileña, lo que se le antojase. Sin embargo, nada se comparaba al cocido de su madre. Las salsas sofisticadas, las especias exóticas, los emplatados artísticos… todo eso le parecía vacío en comparación con esa comida sencilla, tan suya, tan cercana. En el cocido de su madre había algo más que ingredientes. Había cariño, calor de manos, recuerdos de días despreocupados. Esteban comprendía que por más restaurantes que conociera, por más exquisiteces que probase, para él solo habría una cocina auténtica: la de su madre. Mientras pensaba en esto, María entró en la cocina y apoyó suavemente una taza de té a su lado, procurando no hacer ruido. Parecía inquieta, como si algo la tuviera muy preocupada. —Esteban, ¿cuándo te toca marcharte? Él apartó la vista del plato, sonrió y contestó: —Mañana a primera hora. Se me ha estropeado el coche, así que iré con un amigo. Observó a su madre con atención. Le gustaba verla así: saludable, descansada, con ese rubor alegre en las mejillas. Nadie le echaría más de cuarenta, aunque llevaba tiempo superados los cincuenta. —No vamos tan lejos, mamá, solo son un par de horitas. No te preocupes —añadió con voz tranquilizadora. María se quedó de pie, quieta, como si acabara de oír algo pavoroso. Apretó el borde de la mesa en busca de apoyo. El silencio se hizo espeso, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared. —¿Con un amigo…? —repitió bajito, con la cara desvaída y la voz un poco temblorosa—. No, Estebancito… mejor que esta vez no vayas con él. Esteban se desconcertó. Llevaba mucho sin ver a su madre tan alterada. Generalmente era calmada, lógica, ahora la notaba desbordada por la preocupación. Dejó la cuchara a un lado y la miró fijo. —Pero si ni siquiera sabes de quién hablo —intentó bromear para restarle peso, aunque se le coló cierta inquietud—. Va a ir todo bien, ya lo verás. Es Eugenio, mi amigo de toda la vida. Conduce con cuidadito, el coche es alemán, de lo más seguro, y la matrícula… triple siete, nuestra suerte de siempre. María se acercó despacio y le cogió la mano. Sus dedos, fríos, contrastaban con su piel cálida. —Por favor, hijo… —su voz titubeaba, pero intentó mantenerse firme—. Mejor pide un cabify o un taxi, que me quedo más tranquila. No tengo buen presentimiento… —¡Y si el taxista ni tiene carné, mamá! —intentó bromear él, sonriendo de medio lado—. Va, no te angusties. Te llamo en cuanto llegue, te lo prometo. Antes de que me eches de menos. Esteban besó a su madre en la mejilla, notando cómo la ansiedad de ella se le contagiaba. La abrazó fuerte, transmitiéndole toda la seguridad que pudo. Ella se aferró a él ese instante, como intentando retener el calor de su abrazo, luego se separó con ternura. —Ya verás cómo todo va bien, mamá —repitió mirándole a los ojos—. Te lo juro. Cuando salió de casa, caminó despacio por la calle donde había crecido. El aire fresco de la noche y el resplandor de los faroles lo envolvían en calma. No tardó en llegar a su piso. Todo estaba recogido, la maleta lista para la mañana. Dejó la mochila junto a la puerta y revisó el móvil y el despertador. Las agujas marcaban las nueve y cuarenta y cinco. “A las seis en pie. No quedarse dormido”, se repitió, memorizando la rutina de la mañana. Esteban se tumbó en la cama, apagó la luz y se quedó oyendo los sonidos de la ciudad tras la ventana, pensando en su madre, en la inquietud que no lograba quitarse de encima. Para distraerse, repasó en silencio su plan para el día siguiente, hasta que se fue quedando dormido. ***************** La mañana comenzó de forma muy distinta a lo planeado. Despertó cegado por la claridad y con la vaga sensación de que algo le había hecho saltar. Miró el reloj: las ocho y cincuenta y cinco. —¡Maldición! —exclamó, incorporándose sobresaltado. Cogió el despertador y volvió a mirar la hora: imposible, se había quedado dormido. —¿Por qué no me avisó Eugenio? ¡Lo tenía todo preparado! Miró el móvil, apagado. Juraría haberlo puesto a cargar. Lo encendió y enseguida sonaron avisos de mensajes. “El corazón de madre nunca se equivoca”, pensó mientras leía rápidos los WhatsApps de Eugenio: “Esteban ¿estás? Llevo un cuarto de hora bajo. Si en diez minutos no bajas, me voy solo. La carretera es larga y no quiero perder tiempo”. “Estás seguro, ¿vienes? Llámame”. “Me voy, lo siento. Esperé todo lo posible”. Esteban se quedó de piedra. Así que Eugenio sí había venido, sí le había esperado. El rostro preocupado de su madre del día anterior le vino de golpe a la mente… Ella lo presentía, le pidió que no fuera con Eugenio. Pero ya daba igual. Se levantó deprisa, haciendo balance. Iba a tener que tirar de taxi o alquilar un coche, aunque ya no merecía la pena el disgusto. Cuando iba a llamar a Eugenio para disculparse, vio varias llamadas pérdidas: todas de su madre, más de veinte intentos seguidos. El estómago se le encogió por la ansiedad. Sin pensarlo, cogió las llaves y salió escopetado hacia el piso de su madre con el corazón dándole golpes en las sienes. Solo podía pensar: “Que todo esté bien, por favor”. La puerta estaba sin echar. Esteban entró casi sin aire. —¿Mamá, estás bien? —gritó inquieto. María, sentada en el salón, tenía el rostro desencajado, los ojos irritados de llorar y el gesto agotado. Al ver a su hijo, sus ojos se abrieron desmesuradamente, sin creérselo. —¿Esteban? ¿Eres tú de verdad? Dios mío… gracias… Él se quedó parado sin entender qué pasaba. Nunca había visto a su madre así. Quería calmarla, pero no acertaba a empezar. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó por fin, tomándole las manos frías y temblorosas—. ¿Por qué estás tan asustada? Cuéntamelo todo. En ese instante, en la tele, la voz sin emociones de un presentador decía: —Accidente múltiple en la A2 cerca de Alcalá de Henares. Hay cuatro vehículos implicados; las primeras informaciones confirman que solo hay un superviviente, el conductor de un Audi… Esteban miró instintivamente la pantalla. Las imágenes eran sobrecogedoras: coches destrozados, pertenencias esparcidas, luces azules de ambulancias. Su mirada se clavó en un coche blanco con matrícula 777. Un escalofrío le recorrió la espalda: era el Audi de Eugenio. Comprendió al fin. Su madre lo había visto en las noticias, había reconocido el coche de su amigo y, al no poder contactar con él, se imaginó lo peor. Sintió un nudo en la garganta, sabiendo hasta qué punto María había sufrido. —Mamá, soy yo. Estoy bien —le dijo con la voz más serena que pudo, intentando contener el temblor. La sentó con cuidado y corrió a la cocina a buscar agua. De vuelta, la ayudó a beber un sorbo. María, aún temblando, le apretaba el brazo como si temiera perderle de nuevo. Se abrazó a él sollozando en silencio. —Esteban, me asusté tanto… —susurró, cortada por la emoción—. Dijeron que solo había un superviviente… y tú no cogías el teléfono… Pensé… pensé que nunca más te vería… Él la abrazó con mimo, acariciándole la espalda para reconfortarla. Sentía cómo se le iba desprendiendo la tensión, pero intuía que necesitaba tiempo y atención médica. Marcó rápido el 112: —¿Urgencias? Vengan por favor lo antes posible; mi madre está muy afectada, le doy la dirección… Al llegar el médico, comprobó sus constantes y sugirió llevarla al hospital, por prevención. —Sí, sí, vamos ahora mismo —contestó Esteban, sin dudar. Pensaba en cómo organizar el ingreso y qué papeles harían falta. En la clínica privada la atendieron enseguida; la enfermera fue cálida y eficaz, el médico profesional, atento, midió el pulso, la presión y pidió pruebas, sin transmitir nerviosismo, pero tampoco indiferencia. —Lo mejor es quedarse un par de días en observación —sentenció—. Más vale ser prudentes. Esteban se sentó junto a ella, sin soltarle la mano. Sentía la inquietud a flor de piel, los dedos de su madre fríos, la mirada agotada, y su propio corazón latiendo más deprisa de lo normal. —Tú tranquila, mamá, solo ha sido un susto. Ya verás cómo pronto estamos en casa —le repetía. María le sonrió débilmente. En sus ojos ya no brillaba el pánico de aquella mañana. —Sabía que algo no iba bien —susurró—. La intuición de madre nunca me falla… Esteban tragó saliva, sumido en una oleada de culpa y ternura. Por primera vez comprendía cuánto lo quería su madre, todo lo que había sacrificado por él. Hoy casi la había hecho vivir, por un instante, el mayor temor de una madre: perder a su hijo. —Perdón por asustarte, mamá. A partir de ahora, haré caso a tu intuición. Prometido. María le acarició la mejilla con ternura, como cuando era niño. —Lo importante es que estás conmigo —respondió. Y esa sencillez tenía más amor que mil palabras. Esperando las siguientes pruebas, Esteban siguió sujetándole la mano. Para cualquier madre, pensaba, ver a su hijo vivo y cerca es la mejor cura. ******************** No se separó de ella en el hospital. Dormía mal en la butaca al lado de su cama, pero se sentía seguro: podía verificar en cada instante que su madre respiraba, que descansaba, que despertaba y le sonreía por la mañana. Una tarde, cuando el último sol de Madrid encendía en rosa y oro las paredes de la habitación, María habló en voz baja, como si al fin se atreviera a decir algo que llevaba tiempo guardando: —Siempre temí que algún día te fueras y no volvieras. Esteban la miró, descubriendo a la mujer tras la madre, una mujer que llevaba años viviendo con un miedo callado. —¿Por qué? —preguntó él, sin solemnidad, solo con calor humano. —Porque siempre fuiste muy independiente —contestó María, sonriendo un poco—. Con cinco años te atabas solo los cordones, aunque acabaran hechos un lío. No te dejabas ayudar. Y en el colegio, ordenabas la mochila y no se te olvidaba un libro jamás. Me sentía orgullosa, pero a veces me daba miedo perderte, ya no eras mi pequeño; eras un hombre yendo por su camino. Él le apretó la mano, como cuando era pequeño y ella lo llevaba de la calle a casa. —Nunca te dejaré, mamá. Pase lo que pase, siempre serás lo más importante para mí, aunque a veces no sepa cómo decírtelo. María le acarició el dorso de la mano. —Eso ya lo sé con verte, cariño. Él volvió a sonreírle y, conmovido, pensó en Elena, su compañera desde hacía poco: una chica dulce, sensata, que entendía sin palabras. Siempre habría querido contárselo a su madre, pero por miedo, nunca encontraba el momento. —Hay una chica que me gusta —se atrevió por fin—. Se llama Elena. Trabaja conmigo. Es especial. Me entiende y me da paz. María se iluminó. —Cuéntame cómo es, ¿cómo os conocisteis? Y Esteban empezó a hablar. Descubrió que abrirle su corazón a su madre le reconfortaba. Lo fue contando despacio, compartiendo detalles, emociones, momentos con Elena, y escuchando de María las palabras cálidas de siempre. —Lo importante, hijo, es que seas feliz —le aseguró su madre—. Y yo, solo por verte sonreír, ya tengo el corazón en paz. Esteban la abrazó una vez más. —Nunca voy a olvidarlo, mamá. Y gracias: por quererme tanto, por preocuparte, por comprenderme siempre. En silencio, sintiendo el calor de la mano de su madre, Esteban comprendía más que nunca lo que significa el corazón de una madre.
Corazón de madre Te cuento Imagina a Álvaro sentado en la cocina de la casa de su madre en Salamanca
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0120
Alejandro, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que ‘me voy’? —Eso mismo. Llevo tiempo con otra mujer, ¡mi amante! Es 16 años menor que yo, y he decidido que estoy mejor con ella. —¡Pero si podría ser tu hija! —Nada de eso, tiene ya 20 años. Alejandro se acercó a ella. —Además, Valeria tiene un padre riquísimo. Por fin viviré como siempre he soñado, ¿lo entiendes? Después ella me dará un hijo, ¡no como tú! Cada palabra suya era un golpe para Tania. Ella sabía que tarde o temprano ocurriría, porque nunca tuvieron hijos. Pero jamás imaginó que todo pasaría de una forma tan humillante. Habían estado casados casi 15 años. Hubo de todo, como en cualquier familia. Pero Tania siempre creyó que el respeto era imprescindible en una pareja. —Tania, ¿ni siquiera vas a llorar por las apariencias? Me haces sentir incómodo. Ella levantó la cabeza, orgullosa. —¿Y por qué debería llorar? ¡Me alegro por ti, de verdad! Al menos uno de los dos cumplirá su sueño. Él frunció el ceño. —¿Por qué siempre me hablas de tus pinceles? ¡Eso no es un trabajo, ni se le parece! —Bueno, es un hobby. Pero si yo trabajara menos y tú ganases más, también podría dedicarme a mi pasión. —Anda ya… ¿A qué vas a dedicarte? Como no puedes tener hijos, trabaja y punto. Tania se volvió hacia Alejandro mientras él intentaba cerrar la maleta. —¿Y tu nueva… pareja? Ella no trabajará, ¿cómo vais a vivir? Tú tampoco eres muy trabajador. —¡Eso ya no es asunto tuyo! Pero mira, te voy a contar: nos apañaremos con nuestro dinero poco tiempo. Luego, cuando Valeria esté embarazada, su padre nos colmará de dinero. ¡Y aun así, tendremos de sobra! Así que no te preocupes… Por fin, Alejandro cerró la maleta y salió dando un portazo. Tania se contrajo; nunca soportaba los ruidos fuertes. Volvió a mirar por la ventana. Casi junto al portal, un coche rojo reluciente frenó. De él bajó una joven y corrió a abrazar a Alejandro. Por supuesto, todas las vecinas fisgonas del barrio no perdieron detalle de la escena. ¿No podía haberse ido discretamente, sin ridiculizarla? Sin embargo, Tania sintió alivio. Sus vidas los últimos tiempos eran farsa pura. Alejandro apenas dormía en casa. Ella lo intuía todo, pero no era capaz de romper ese ovillo llamado familia. Cogió el móvil: —Hola, Rita, ¿qué planes tienes para esta noche? La amiga, sorprendida: —¿Pero qué pasa? ¿Por fin has salido de esa depresión? —¡Que va! Si nunca estuve deprimida, sólo algo baja de ánimos. ¿Y si salimos esta noche? Lo necesito, y tengo motivo. Hubo un silencio, luego Rita preguntó, tanteando: —Tania, ¿estás bien? ¿Qué has tomado hoy, paracetamol, ibuprofeno? ¿Tienes fiebre? —¡Rita, déjalo ya! —En serio, si lo dices de verdad, adelante. Ya era hora de ver otra cara tuya. Pero… —¿Qué pasa? ¿No puedes? —No es eso. ¿Y Alejandro te deja salir? ¿Quién le llevará la cena al sofá, quién le aguantará las quejas? —Rita, a las siete en el Diamante. Colgó. Algún día mataría a su amiga, y no tardaría mucho. Tania se sonrió. Siempre quiso hacerle algo desde que se conocieron. Pero nunca afectó a su amistad. Cogió el bolso y salió a la carrera. Ya era mediodía y le quedaban mil cosas por hacer. Rita miraba el reloj. Tania nunca llegaba tarde, pero ya llevaba cinco minutos de retraso. Entonces, su amiga entró al restaurante y a Rita casi se le cae la mandíbula. Lo mismo les ocurrió a todos los comensales. Tania siempre llevaba el pelo largo recogido en moño; ahora lucía un corte bob claro y moderno. Casi nunca usaba maquillaje, salvo rímel y crema; hoy traía un maquillaje impecable. Siempre vestía pantalón, pero ahora llevaba un vestido fluido que insinuaba más de lo que mostraban sus vaqueros ajustados. —Tania… no me lo creo. Tania dejó el bolso triunfalmente en la silla y se sentó: —¿Te gusta? —¡Vaya si me gusta! Pareces diez años más joven. Dime que no has echado a Alejandro. —No te lo diré. ¡Se ha ido él solo! Las dos se miraron y estallaron en carcajadas. Media hora después, un camarero les llevó unas bebidas de parte de un hombre cercano, de algunos años más. Rita miró cómplice a Tania: —Ya tienes admiradores… Tania sonrió, y saludó al hombre haciéndole gesto de acercarse. Rita soltó: —¡Hoy me encantas! Se quedaron hasta tarde. El hombre se llamaba Íñigo, y resultó gracioso, atento y muy simpático. Depois de llevar a Rita al taxi, Íñigo propuso acompañar a Tania a casa: —¡Camino contigo hasta el otro extremo de la ciudad! Tengo coche, pero no conduzco así. —No hace falta, vivo a dos manzanas. Llegaron al portal al amanecer. Habían paseado y charlado toda la noche. —Tania, vi que celebrabas algo. ¿Tu cumpleaños? Tendré que hacerte un regalo… —No… aunque, según se mire, sí. Ayer mi marido me abandonó. Y Tania lució su sonrisa más radiante. Íñigo la miró sorprendido. —Vaya, Tania… sí que sabes sorprender. Tres semanas después, Tania y Rita tomaban café. —¿Qué tal con Íñigo? Tania sonrió. —Nunca he sido tan feliz. No tengo secretos con él. Y es increíble cómo gestiona mis emociones. —¿Pero te pasa algo? —Bueno…, Alejandro no termina de calmarse. No sé, pero me ha invitado a su boda. —Vaya… ¿para qué? —Imagino que quiere ver a su exmujer hundida, o lucirse ante la otra. —Qué cabrón… Tania, ve con Íñigo. Llegáis, saludáis y os vais. ¡Déjale flipando! …Alejandro contemplaba a Valeria. —Estás guapísima… —Ya lo sé. ¿Vendrá mi padre? —¿Cómo no va a venir? —¡Claro! Un año sin darme un duro, siempre diciendo que tengo que trabajar. ¡Qué padre! Alejandro la abrazó: —No te preocupes, hoy tu padre estará. Se casaron endeudados, convencidos de que el padre perdonaría y abriría el grifo del dinero. —Alejandro, ¿crees que vendrá tu ex? —¡Imagínate, sí! Me llamó ayer. —No puede ser. —¡Sí! Seguro viene a pedirme que vuelva. —Adoro estas escenas… Cuando Tania explicó a Íñigo el plan para la boda, él se sorprendió: —¿A qué hora es? —A las dos. ¿Tienes plan? —¿Cómo se llama tu ex? —Alejandro. ¿Por? —Vaya, qué cosas. ¡Por supuesto que iré contigo! Sólo le contó la verdad a Tania de camino al evento. Ella quedó tan en shock que ni pensó en dar marcha atrás. Caminaron juntos hacia la mesa nupcial, Tania agarrada de Íñigo, sonriendo orgullosa. Pero ni Alejandro ni Valeria parecían felices. Al acercarse, Valeria murmuró: —¿Papá? Y Alejandro apenas pudo balbucear: —¿Tania? Ni la reconoció a primera vista. Íñigo entregó flores y un sobre a la novia: —Bien hecho; te has casado y eres independiente. Tania y yo nos vamos a viajar por el mundo. Se giró hacia Alejandro: —Supongo que sabe que su futura suegra también necesita vacaciones. Le dejo a mi hija en buenas manos. Disculpen, debemos marcharnos. Salieron del restaurante. Tania quería reír a carcajadas, pero no sabía cómo lo tomaría Íñigo. Y entonces él se volvió y le dijo: —Sabes que ahora tendrás que casarte conmigo, ¿no? Tania lo pensó y respondió seria: —Bueno, si hay que hacerlo, se hace. Se abrazaron y caminaron hacia el coche. Íñigo ya buscaba billetes a algún lugar donde hiciera calor y hubiera mar.
Álvaro, no te entiendo. ¿Te has vuelto loco? ¿Qué significa eso de que te vas? Eso mismo. Hace tiempo
MagistrUm