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059
Leonardo jamás creyó que Ira fuera su hija. Vera, su esposa, trabajaba en una tienda y se rumoreaba en el pueblo que, a menudo, se encerraba en la trastienda con otros hombres, por eso el marido dudaba que la diminuta Ira fuera suya y no la quería. Sólo el abuelo ayudaba a la nieta y le dejó en herencia su casa. Solo el abuelo quería a Ira De niña, Ira era muy enfermiza, siempre delicada y de pequeño tamaño. “En mi familia y en la tuya nunca hubo alguien tan pequeño”, decía Leonardo. “Esta niña mide menos que una maceta”. Con el tiempo, el desamor del padre hacia su hija terminó por contaminar también a la madre. La única persona que de verdad amaba a Ira era el abuelo Mateo. Su casa estaba en el último rincón del pueblo, junto al bosque. Mateo había sido forestal toda la vida y, aunque jubilado, acudía casi cada día al bosque, recogía bayas, plantas curativas y en invierno alimentaba a los animales. Se le tenía por un hombre algo extraño, incluso se le temía un poco. A veces decía cosas que luego se cumplían. Sin embargo, todos acudían a él en busca de hierbas medicinales y remedios. Mateo había enterrado a su mujer hacía tiempo; su consuelo era el bosque y su nieta. Desde que Ira empezó el colegio, pasaba más tiempo en casa del abuelo que en la suya. Mateo le enseñaba los secretos de las plantas y las raíces. Ira aprendía con facilidad y, cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía: “Quiero curar a la gente”. Pero la madre le decía que no había dinero para sus estudios. El abuelo la consolaba, asegurando que no era pobre, que la ayudaría y que, si hacía falta, vendería hasta la vaca. Le dejó la casa y la esperanza de ser feliz La hija, Vera, apenas visitaba al padre, pero un día apareció inesperadamente en su puerta para pedirle dinero: su hijo Andrés había perdido una partida de cartas en la ciudad, le apalearon y exigieron que buscara dinero como fuera. “¿Solo vienes cuando de verdad lo necesitas?”, le dijo Mateo con dureza. “¡Años sin pasar por aquí!”. Y se negó a ayudarla: “No pienso saldar las deudas de Andrés. Yo tengo que ayudar a mi nieta con sus estudios”. Vera, fuera de sí, gritó: “No quiero volver a veros, ¡ya no tengo ni padre ni hija!”, y salió corriendo de casa. Cuando Ira entró en la escuela de enfermería, sus padres ni un céntimo le dieron. Solo Mateo seguía apoyando a su nieta, y además a Ira le ayudaba la beca, porque estudiaba bien. Poco antes de terminar el curso, Mateo enfermó. Sintiendo su cercano final, el abuelo le confesó que le había dejado la casa en herencia. Le recomendó buscar trabajo en la ciudad, pero no olvidar el caserón: la casa vive mientras en ella se siente el alma humana. En invierno hay que encender la chimenea. “No temas quedarte sola. Aquí te encontrará la suerte”, le profetizó Mateo. “Serás feliz, pequeña”. Seguramente sabía algo. La profecía de Mateo se hizo realidad Mateo falleció al llegar el otoño. Ira trabajaba de enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana iba a la casa del abuelo, encendía la estufa y tenía leña para rato, pues Mateo había dejado suficiente. El tiempo prometía nieve continua, pero Ira no quería pasar el fin de semana en el piso donde alquilaba una habitación a unos parientes mayores de una amiga de la escuela de enfermería. Por la tarde llegó al pueblo y, ya de noche, comenzó una ventisca. Por la mañana el viento amainó algo, pero seguía nevando y el camino estaba bloqueado. Un golpe en la puerta puso a Ira en alerta. Al abrir, encontró a un joven desconocido. “Buenos días. Tengo el coche atascado frente a su casa. ¿Tiene una pala?”, preguntó él. “Hay una en la entrada, cójala. ¿Quiere que le ayude?”, respondió Ira. Pero el chico, alto y robusto, miró con sorna a la menuda Ira y dijo: “Solo falta que te quedes tú también atrapada bajo la nieve”. El joven se las apañó con la pala y logró arrancar el coche, pero apenas avanzó unos metros volvió a quedarse atascado. Después volvió a por la pala. Ira le invitó a entrar en casa para tomar un té caliente mientras la tormenta amainaba, pues por esa carretera pasan bastantes coches y no tardarían en despejar la nieve. El desconocido, tras pensarlo, decidió entrar con Ira. “¿No te asusta vivir sola junto al bosque?”, le preguntó. Ella explicó que sólo iba los fines de semana, que trabajaba en la ciudad y ahora le preocupaba cómo regresar si el autobús no llegaba. El joven, que se presentó como Esteban, se ofreció a acercarla, ya que él también necesitaba ir al centro comarcal. Ira aceptó. Al volver del trabajo, Ira decidió ir andando hasta casa y se llevó una sorpresa: de repente, junto a ella apareció Esteban. “Creo que tu té de hierbas es mágico”, bromeó él. “No podía dejar de pensar en volver a verte y, además, podrías invitarme de nuevo, ¿no?” No hubo boda. Ira no quiso. Esteban insistió, pero luego cedió. En cambio, nació entre ellos un amor sincero. Y ahora Ira sabía que no sólo en los libros los hombres llevan a sus esposas en brazos. Cuando nació su primer hijo, en el hospital todos se sorprendían: ¿cómo de una mujer tan frágil podía nacer semejante mocetón? Y al preguntarles cómo se llamaría el niño, Ira respondió: “Se llamará Mateo, en honor a una persona muy buena”.
Leandro jamás creyó que Nuria fuera su hija. Vera, su mujer, trabajaba en el ultramarinos. Se rumoreaba
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023
Le arrebataste a mi padre
He llevado a mi padre ¡Mamá, ya estoy dentro! ¡Imagínate, por fin! Claudia apretaba el móvil entre el
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024
Mi esposo me educó y creía que sin él no podría sobrevivir; por eso me fui.
¡¿Otra vez estás hurgando en mis cosas?! grita Alejandro, con la voz temblorosa. Yo no estoy hurgando
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036
Dio a luz en silencio y decidió entregar a su hija: La historia de Lilka, una joven madre atrapada entre la presión familiar y el valor de seguir adelante en España
Llevo muchos años trabajando como matrona, y en todo este tiempo he vivido situaciones de todo tipo
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093
Diez años trabajando como cocinera en casa de mi hijo y sin un solo gesto de gratitud: La historia de una maestra jubilada que dedicó una década a cuidar de su nieto y ocuparse del hogar sin recibir reconocimiento
Mira, te voy a contar lo que le pasó a Carmen, una profesora jubilada que conozco desde hace años.
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050
POR SI ACASO Vera echó una mirada indiferente a su compañera llorando, giró hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, Vera —oyó la voz de Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Porque aunque tengas la vida resuelta, eso no significa que todas estén igual. Mira cómo está la pobre, fatal. Podrías tener un poco de compasión, aconsejarle, compartir tu experiencia… —¿Yo, compartir experiencia con ella? Nuestra Nadya lo tomaría fatal… Lo intenté hace cinco años, cuando venía al curro con más moratones que vergüenza, como si necesitara linterna para ver el camino. No era ningún tío el que le pegaba, era ella misma al caerse… Y cuando él se fue por patas, desaparecieron los moratones. Ese fue el tercero que huyó. Decidí entonces apoyarla, intentar compartir mi experiencia… ¡y acabé yo siendo la villana de la historia! Me explicaron luego las demás que es un caso perdido, que Nadya lo sabe todo mejor que nadie. Simplemente soy una rompehogares, según ella, que fastidia la felicidad de Nadya. Corría a las videntes a hacerse amarres… Ahora se ha modernizado y va a psicólogos. Trabaja sus traumas… Y no se da cuenta de que repite el mismo guion, solo le cambian los nombres a los hombres. Así que, lo siento, pero ni me compadezco ni le doy pañuelos. —Aun así, Vera, no es forma de portarse… A la hora de comer, todos en la misma mesa, solo se hablaba del ex de Nadya, ese sinvergüenza y traidor. Vera comía en silencio, luego se sirvió un café y se fue a un rincón a despejarse y a mirar redes sociales. —Vera… —se le acercó Tania, la risueña, pero hoy con cara larga—, ¿de verdad que ni una pizca te da pena Nadya? —¿Qué queréis que haga? —Déjala, no la líes más —intervino Ira—. Siempre igual: como ella tiene a su adorado Basilio, vive como una reina, no sabe lo que es quedarse sola con un crío y sin que nadie ayude ni un poco… Y estos padres de pacotilla, si pillas algo de pensión, date con un canto en los dientes. —No había que haberse quedado embarazada ahí, que ni se sabe de quién y encima ya… con una edad, chicas —apuntó Tía Tania, la mayor de todas—. Tiene razón Vera, cuántas veces la hemos visto llorar por ese, le amargaba el embarazo y antes también… Las mujeres hicieron piña junto a la llorosa Nadya, cada una intentando dar su consejo. ¿Y qué? Pues que la fuerte y autosuficiente Nadya decidió levantarse… Mandó venir a la madre desde el pueblo, la dejó allí con el pequeño y el inútil, y empezó a rehacerse. Se soltó un flequillo, se tatuó las cejas, se pegó pestañas… hasta quiso un piercing en la nariz, pero la convencieron entre todas. Y empezó de nuevo. —Nada, nada, Nadya, ¡ya verás, él será quien llore! —la animaban. —Que va a llorar él… —dijo Vera bajito, pero la oyeron las colegas con una copa de más. —¿Cómo que no va a llorar? —Que no, ni llorar ni arrepentirse. Y Nadya mañana se busca otro igual… —¡Claro, tú lo tienes fácil con tu Basilio! — “Mi Basilio”, el mejor hombre del mundo, ni pega, ni bebe, ni va de mujeres, me adora… —Sí claro, todos iguales, todos unos perros. —Mira que te quitan a Basilio, Vera… —Ni de coña, él no se va. —No estaría yo tan segura… —Pues sélo tú. El vino se subió a la cabeza y acabaron discutiendo como fieras. —¡Vamos a tu casa, Vera, y a ver si Basilio resiste tanto bombón! Seguro que ni te atreves a invitarnos… —Pues venga, ¡vámonos! —¡Vaaaamos, chicas, a casa de Vera a conquistar a Basilio! ¡Tía Tania, ¿vienes?! —No, niñas. Me espera Miguel… Vosotras id, divertíos —se reía Tía Tania. Irrumpieron en casa de Vera, risas y carreras en la cocina. —A ver, chicas, preparad algo rapidito, que Basilio está trabajando y pronto llega, le tendremos la mesa puesta. —Tampoco comáis mucho, es muy rarito, pero sí, en nada está en casa. Ya más tranquilas, se fueron marchando y quedaron solo Nadya, Olga y Tania tomando té en la cocina. Y entonces, sonó la puerta. —¡Vasilete, mi tesorito! —canturreó Vera. Las mujeres cambiaron la cara al ver aparecer un chico joven y guapo. ¡Ah, eso era! El marido era mucho menor que Vera… —Chicas, os presento a mi Denis. ¿Denis? ¿Cómo Denis? ¿Dónde está Basilio? —Mi hijo Denis, ¿cómo está Basilio, cielo? —Bien, mamá. Solo necesita reposar, en dos días salta otra vez por casa. Que no le dejes lamerse la herida… Las mujeres se pusieron coloradas… —Nos vamos, ¿eh…? —¡Un momento! No os he presentado a Basilio; shhh, está recién operado, Denis y su novia lo llevaron a castrar, que últimamente marcaba las cortinas… venid. Aquí está, mi Basilio, dormido, mi niño. Para que no estallaran de risa, salieron todas disparadas. —¡Pero Vera, es un gato! —¡Por supuesto! ¿En serio pensabais otra cosa? —Y… ¿el marido? —Nunca tuve marido. Lo de Basilio lo dedujisteis solitas cuando no me dejasteis explicar que mi “hombre maravilloso” era de cuatro patas… Me casé joven, típico primer amor, no acabé la carrera y nació Denis. Tres años y divorcio. Los abuelos ayudaron mucho. Me volví a casar a los treinta. Parecía perfecto, pero quería hijo propio y Denis fuera “al internado o a casa de mi madre”. Le mandé a él con su madre. Años después, con Denis ya mayor, me lié con el tercero… a los dos meses de novios, me dio un puñetazo. Menos mal que Denis hacía kárate y algo aprendí yo. Le defendí y mandé a ese Otelo a la mierda. Denis se casó y me aburría sola, así que adopté a Basilio, y somos felices. Voy al cine con quien quiero, viajo, cocino a veces y disfruto. Cada uno con su vida, no hace falta aparentar casada para ser feliz. Basilio y yo estamos genial. ¿Verdad, mi niño? Las chicas se marcharon pensando, especialmente Nadya. Pero Nadya no consiguió estar sola como Vera; al mes ya pavoneaba nuevo novio y recibía flores en la oficina. Vera y tía Tania sonrieron cómplices. —Y tu Misha, ¿cómo va esa pata? —Bien, hija, solo fue un pinchazo, como un perro, ya está curado. Los nietos dicen que lo meta en concursos, pero no quiero martirizar al pobre, estamos bien así… —Nadya parece que también ha encontrado lo suyo. —Sí, cada una a lo suyo: unas tenemos animales, otras… maridos. —Veremos si le va bien esta vez. —Ojalá… —¿De qué murmuran ahí? —De ti, Nadya, a ver si tienes suerte. —Si yo lo sé, chicas, pero no sé estar sola… —¡Nosotras nada que objetar, cada una su camino! —Vera… —dijo Nadya—. Oye, ¿tú qué sabes de gatos? ¿Es mejor macho o hembra? —Venga, corre, que te esperan… y luego lo hablamos —rió Vera. —Es solo por si acaso…
POR SI ACASO Hoy ha sido un día curioso en la oficina. Al principio, he visto a mi compañera Lidia llorar
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041
La nieta: La historia de Olga, rechazada por su madre y su padre, y el amor incondicional de su abuela Nines que la crió con dedicación en un pueblo castellano, enfrentándose a la indiferencia familiar y los retos de la vida hasta convertir a su nieta en una joven fuerte y generosa, que honra la memoria de su abuela cuando llegan las disputas por la herencia y el legado familiar.
La nieta. Desde el instante en que nació, Carmencita nunca fue deseada por su madre, Eugenia.
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035
Mi esposo me pidió que me mudara para hacer espacio para su amigo.
¿Me pides que me marchara y deje hueco para tu colega? me revolví el interior, como queriendo pellizcarme.
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031
En mi familia hay cinco pisos, pero nosotros seguimos teniendo que alquilar: así es como hemos llegado a esta situación
Ya estoy tan acostumbrada a esta situación que nada me sorprende. Voy a explicar cómo es posible que
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0110
Cuando salí a la calle aquella noche, no sabía adónde me llevaría el camino. Mi maleta parecía pesada como si estuviera llena de piedras, pero la sujetaba como si llevara mi libertad dentro.
Cuando salí a la calle aquella noche, no sabía adónde me llevaría el camino. Mi maleta parecía pesada
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