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043
Intentó enfrentar a su hijo con su esposa embarazada
Intentaba que mi hijo se peleara con su madre embarazada. Es que mi madre dice que te has vuelto rara
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015
La ronda matutina En la puerta del ascensor, alguien había pegado de nuevo un folio con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo ya apenas se sostenía, el papel se doblaba por las esquinas. La luz del rellano parpadeaba, y por eso el mensaje parecía unas veces tajante, otras desvaído, como el tono del chat de vecinos. Nuria Sánchez sostenía las llaves en la mano y escuchaba cómo, tras la pared del sexto piso, una taladradora buscaba su nota, se perdía, volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí. Era otra cosa: cada vez, todo terminaba en juicio vecinal. Alguien escribía con mayúsculas en el chat, otro contestaba con sarcasmo, otro enviaba foto de zapatos ajenos en el portal como prueba de la decadencia moral. Todo eso parecía exigir su participación, aunque hace tiempo que ella solo quería una cosa: silencio en la cabeza. Subió a su piso, dejó la bolsa de la compra en la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el chat. Arriba, un mensaje: «¿QUIÉN HA APARCADO ESTA NOCHE EN EL PARQUE INFANTIL?», seguido de una foto de una rueda invadiendo el bordillo. Después, alguien añadía: «Y QUIÉN NI SALUDA EN EL PORTAL». Nuria Sánchez pasó los mensajes, sintiendo cómo la vieja oleada de irritación crecía en su pecho, y de pronto se sorprendió pensando: estaba cansada de ser testigo de los líos ajenos. Cansada también de su facilidad para echar leña al fuego, aunque fuese en silencio. A la mañana siguiente se despertó temprano, no por haber dormido suficiente. Simplemente el cuerpo, como un despertador viejo, sonaba sin preguntar. La habitación estaba fresca, los radiadores siseaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró en el recibidor las zapatillas que compró «para andar» y apenas usó, y salió al descansillo. Allí olía a portal, como siempre: un poco a polvo, a pintura de las viejas barandillas y a algo neutro, mejor no describir. Junto al ascensor se paró y miró el tablón de anuncios. Había impresos sobre la inspección de los contadores, un gato perdido, «junta de propietarios». Nuria sacó de su bolso el folio que preparó la noche anterior y lo fijó con chinchetas: «Paseos matutinos alrededor del barrio. Sin charla, sin compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en el portal. Simplemente andar una vuelta y cada uno a lo suyo. N. S.». Le sorprendió lo fácil que le salió. Ni «vamos a ser amigos», ni «hay que ser humanos» —solo, pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta principal, tras comprobar que había apagado el gas y cerrado las ventanas. En la mano, llaves y móvil; en la cabeza, un gorro. Imaginó que pasaría un minuto y acabaría marchándose, disimulando que «era su plan». La puerta del portal se cerró de golpe y salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido y cara de quien va preparada para el dolor. —¿Usted… por el anuncio? —preguntó, ajustándose la bufanda. —Sí —respondió Nuria—. Soy Nuria. —Soy Isabel. Me duele la espalda, el médico me mandó andar. Pero sola es aburrido —confesó la mujer, y añadió, excusándose—: No soy habladora. —Y no hace falta —contestó Nuria. Al minuto, apareció un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Asintió, las miró como quien no sabe si debe saludar, y aun así dijo: —Buenos días. Soy Javier. Del quinto. —Del sexto —corrigió automáticamente Nuria, porque sabía quién vivía dónde. Y se sorprendió: el impulso de clasificarlo todo seguía ahí. Javier sonrió: —Pues del sexto, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto de unos sesenta, gorro deportivo, andar que delataba pasado en el estadio. No preguntó nada, se puso a su lado. —Víctor —dijo escueto—. Yo ya paseo por las mañanas. Pensé que era el único. A las 7:16 salieron. Nuria eligió una ruta simple: alrededor del barrio, pasando por el supermercado, cruzando el patio de la finca de al lado, bordeando el cole y de vuelta. Bajo los pies, nieve apelmazada, algunas zonas resbalaban. Se respiraba frío y los primeros minutos reinaron el silencio, cada uno atento a sus propios pasos. Nuria sintió primero la resistencia del cuerpo y luego cómo se adaptaba. En su cabeza, habitualmente llena de reproches ajenos, se hacía un hueco en blanco, no aterrador, sino útil, como una página en limpio. En la esquina, Javier comentó: —Pensé que era broma lo de «sin hablar». Aquí siempre hay conversaciones. —Si apetece, se puede —dijo Nuria—. Pero sin debates. Isabel se rió bajito, luego hizo una mueca y se llevó la mano a la espalda. —¿Vas bien? —le preguntó Nuria. —Se aguanta. Lo importante es no parar de golpe. Víctor andaba como contando los pasos. Al volver dijo: —Bien. Sin asambleas. Simplemente andar. Volvieron a las 7:38. Al llegar al portal, hubo un instante incómodo, como después de una reunión breve. —¿Mañana? —preguntó Isabel. —Si salís… —dijo Nuria. —Saldré —dijo Javier y alzó la mano como despedida. Al día siguiente, eran tres. Víctor no vino, pero apareció la vecina del cuarto, Carmen, poco más de cuarenta, plumífero colorido y mirada de quien viene a comprobar si esto es una secta. —Solo voy a mirar —soltó, sin presentarse. —Mira tranquila —respondió Nuria, echando a andar, sin explicar reglas. Carmen anduvo junto a Javier y no dijo palabra. En la segunda vuelta, una semana después, ya comentaba sobre «estas uniones». Luego, sobre colectas de dinero, sobre rivales si no se paga. Javier opinó lo mismo. Nuria no preguntó nada tras oír la alusión a un divorcio; sabía que la pena ajena era fácil conversación y fácil munición para el grupo. Los paseos se mantuvieron por repetición. A las 7:15 salían, a las 7:40 se disolvían. A veces faltaba alguien, luego volvía. Isabel traía agua, Javier un día vino sin gorro y refunfuñó todo el trayecto pero no se fue. Carmen al principio aparte, después andando al lado. Lo curioso fue el efecto en el portal. Nuria notó que la gente saludaba más. No por obligación, sino porque por la mañana ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, volviendo de la seguridad social, cansada, encontró a Víctor en el ascensor, peleando con el botón atascado. —¿No funciona? —Sí, pero hay que apretarlo con ganas. Lo hizo y subió. En el ascensor, Víctor dijo de pronto: —Gracias por lo de caminar. Pensé que ya no tenía con quién. Ahora… bien. Nuria asintió; sintió calor dentro, pero no se permitió endulzarlo. Solo pensó: alguien se siente mejor. Empezaron a surgir pequeños favores espontáneos. Un día, Javier avisó con la mano a Isabel que se le desataba el cordón. Luego ella lo agradeció en el chat, sin nombres pero con sonrisa. Carmen un día llevó sal para los escalones y dijo: —No es para todos, solo para mí. No me quiero matar bajando. —Gracias igualmente —contestó Nuria. Echaron la sal juntas; luego Carmen refunfuñó algo y dijo: —Bueno, ya que estáis… En el chat disminuyó el uso de mayúsculas. No desapareció, pero sí bajó. Seguían los temas de basura y aparcamientos, pero de vez en cuando se leía: «Hablemos sin gritos, se puede arreglar». Y sonaba menos a consigna y más a recordatorio de que se puede hablar normal. El problema llegó a final de noviembre. En el sexto empezaron obras en la casa de Alex, un joven con perro. No era su primer arreglo, pero el taladro esta vez sonaba por la noche. El chat estalló: «Ya está bien», «Que hay niños», «¿Es que le da igual?», y Carmen sentenció: «Sé quién es. Siempre igual. Le da todo igual». En la caminata de la mañana, Isabel estaba tensa, cada paso le dolía por fuera y por dentro. —Es él —dijo al pasar junto al colegio—. Encima de mi piso. Ayer hasta las diez. Luego me tumbé y seguía oyendo la taladradora por dentro. Javier murmuró: —Por ley, hasta las once puede, si no sobrepasa los decibelios… —No me hables de la ley —cortó Isabel—. No hablo de la ley. Hablo de respeto. Carmen, siempre sarcástica, estaba seria: —Hay que presionarle. Si no, no se entera. Juntar firmas, avisar al presidente. Que lo sepa. Nuria sintió miedo, no del ruido, sino de lo rápido que el grupo se transformaba en «nosotros contra él». —Firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —Carmen se paró—. ¿En serio? Si… —Es una persona —respondió Nuria—. No somos una comisión. Javier la miró fijamente: —¿Quieres ir tú? Nuria no quería. Quería simplemente que cesara el ruido. Pero si convertían el grupo en tribunal, los paseos matutinos se volverían asamblea de quejas y la cosa se rompería. —Hablo yo —dijo—. Pero necesito a alguien más. Sin multitud. Javier asintió. —Voy contigo. Esa tarde, subieron al sexto. Nuria había escrito antes un privado a Alex: «¿Podemos hablar un momento? Soy Nuria, del portal». En diez minutos Alex contestó: «Sí, pasa, estoy en casa». En la puerta, bolsas de escombros, bien atadas. No una montaña de basura. Nuria tocó. Silencio del taladro. Alex abrió, en camiseta, manos polvorientas. El perro asomó y volvió rápido. —Hola —dijo, tenso—. ¿Qué pasa? —Venimos en son de paz —dijo Nuria, notando lo absurdo de la frase—. Tenemos una petición. Sobre las obras. Javier callaba, pero estaba. —Procuro terminar a las nueve —dijo deprisa Alex—. Pero la empresa no puede por las mañanas, y yo tengo que hacerlo tras trabajar. —Lo entendemos —explicó Nuria—. Solo que encima vive Isabel, tiene la espalda mal, necesita descansar. Y después de las diez, es mucho. Alex suspiró. —No sabía lo de la espalda. Pensé que simplemente… se quejaba el chat, pero a la cara nadie. Nuria sintió una punzada de vergüenza. En persona se hablaba poco. —Hagamos esto —propuso—. Di qué días necesitas trabajar tarde. El resto, termina antes. Y lo de la basura, no la dejes por la noche. Alex miró los sacos. —Mañana los saco en el coche —aseguró—. No me gusta dejarlos aquí. Hoy ya es tarde. —Bien —dijo Javier—. ¿Y el horario? Alex rasco la nuca: —Hasta las nueve garantizado. Algún día hasta las nueve y media. Si me urge, lo aviso en el chat con tiempo y no más de una vez por semana. Nuria asintió. —Y otra cosa. Tu perro, normal, pero por la noche ladra… Alex se ruborizó. —Es cuando me voy. La echo de menos. Le buscaré algo para que no aúlle. Si hay problema, decídmelo… pero no lo pongáis en el chat directamente, ¿vale? Se marcharon, y en la escalera Javier comentó bajito: —Es majo. Solo joven y solo. —Todos aquí estamos solos a nuestra manera —contestó Nuria, asombrada de oírse decir eso. Al día siguiente, Alex puso en el chat: «Vecinos, haré obras hasta las 21:00. Si necesito más, aviso. Basura la saco mañana». Algunos reaccionaron, otros callaron. Carmen posteó: «Veremos». Sin mayúsculas. En el paseo siguiente, Carmen llegó con cara de piedra. —¿Y bien? —preguntó—. ¿Hablasteis? —Sí —respondió Nuria—. Aceptó hasta las nueve y avisar. —¿Eso es todo? —esperaba un triunfo, confirmar su método. —Eso es todo —dijo Nuria—. No hay que ganar. Carmen bufó, siguió andando. Al rato soltó, sin mirar: —Bueno. Si molesta, escribo igual. —Escribe —aceptó pacífica Nuria—. Pero primero a él. Isabel, a su lado, murmuró de pronto: —Gracias por no convertirlo en linchamiento. Yo no aguantaría también eso. Nuria sintió un nudo en la garganta. Inspiró —el aire frío lo disolvió. A la semana, Víctor ya no venía. Nuria le vio junto a los buzones. —¿Ha dejado de venir? —Rodilla —dijo—. El médico me manda parar. —Vaya —respondió. —Os veo pasar por la ventana. Es como si estuviera. Le hizo gracia y le enterneció a la vez. Llegando la Nochevieja, los paseos eran ya costumbre de tres: Nuria, Isabel y Javier. Carmen venía a días, luego desaparecía, luego volvía, comprobando si aquello se había disuelto. Alex salió alguna vez, por desfogarse. Caminaba en silencio, pisando la nieve, marchándose el primero. El portal no era perfecto. Las bolsas seguían apareciendo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat, a veces volvían las viejas voces. Pero ahora, para Nuria, en el edificio había no solo crispación, sino memoria de cómo podía ser de otra forma. En enero, una de tantas mañanas, salió a las 7:14. Javier ya estaba, abrochándose el abrigo. Levantó la cabeza: —Buenos días, Nuria. —Buenos, Javier. Isabel llegó, pisando despacio el escalón espolvoreado de sal. —Buenos días. Hoy la espalda aguanta —sonrió, pequeña victoria. Por la puerta salió Carmen, somnolienta, sin su filo habitual. —Voy con vosotras. Pero nada de hablar del chat —murmuró. —Hecho —dijo Nuria. Empezaron a caminar. Los pasos se acompasaron: no perfectos, pero firmes. En la esquina, Javier sujetó a Isabel al resbalar; lo hizo tan natural que nadie dio las gracias. Al volver, junto al portal, estaba Alex con el perro. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, voy al trabajo. Por cierto… gracias por venir a hablar bien aquel día. Nuria asintió. —Vivimos aquí —dijo. No sonaba a lema. Era solo un hecho, que por fin había dejado de ser motivo para la guerra.
Círculo matinal Alguien había pegado una nota en la puerta del ascensor con celo barato: NO DEJÉIS BOLSAS
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058
El secreto de Larisa: la vida de una joven en un pueblo castellano, entre supersticiones, maternidad misteriosa y el inesperado romance con el director de la fábrica de lácteos
El misterio En una aldea de la provincia de Segovia, que más bien parecía un pueblo alejado, vivía una
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0283
Después de celebrar la Semana Santa, escuché a mi marido decirle a su sobrina: ‘Ella estaba arruinada cuando la conocí. Por supuesto que solo se casó conmigo por la casa.’ No sabían que estaba escuchando. No dije nada.
Después de la cena de Pascua, escuché a mi marido susurrarle a su sobrina: «Cuando la conocí estaba en la ruina.
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0164
Mi hijo ha traído a una chica a nuestro piso y no sé cómo pedirle que se marche
Mi hijo ha traído a una chica a nuestro piso y no sé cómo hacer para que se vaya. Solo en el anonimato
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0211
La amante de mi marido era espectacular. Yo misma la hubiera elegido si fuera hombre. ¿Sabéis? Existen mujeres que saben lo que valen: caminan con dignidad, te miran de frente, escuchan atentas. No necesitan gestos nerviosos ni mostrar escote o espalda para llamar la atención; son majestuosas y nunca pierden la calma. Yo habría elegido a una así. Justo lo contrario que yo misma. Porque, ¿cómo soy yo? Siempre corriendo, gritándole a los niños y a mi marido, todo se me cae de las manos, no llego a nada, el trabajo me supera, el jefe está descontento. Voy siempre en vaqueros y camisetas o jerséis, porque planchar un vestido o una blusa es una odisea. Ni recuerdo la última vez que planché volantes o lazos. Menos mal que la secadora última generación deja la ropa tan lisa que ya no hace falta el planchado. Pero la amante era deslumbrante: figura, postura, piernas, pelo, ojos, rostro… ¡Para quitar el aliento! Y así me quedé yo desde que me enteré. O mejor dicho, desde que la vi. Fue por trabajo, en un barrio alejado de la ciudad. Entré en el primer bar a comer algo. El trabajo hecho, el hambre manda. Había un rincón libre y me senté; al mirar, vi a mi marido de espaldas. Y la vi a ella. Él le sujetaba las manos y le besaba los dedos. Qué cursilada, pensé. Pero la mujer era guapa, objetivamente guapa. Sentí algo extraño, como después de una quemadura, cuando ves la marca pero todavía no duele, y esperas el dolor. Debía doler, pero por dentro estaba vacía. Nada. Mi marido volvió a casa a tiempo. Siempre está de buen humor. Era yo la que se alteraba y siempre tenía prisa; él, tan sanguíneo y calmado, siempre con su humor fácil. En esa situación, me hubiera venido bien un poco de ese humor. El mío no sirve para esto. Toda la noche me tentó preguntarle, con voz neutra: ¿Qué tal tu amante? Os vi el otro día en el bar N., sí que está estupenda, te entiendo, yo tampoco habría resistido la tentación. Preguntarle y mirarle, viendo cómo se pone nervioso y suda intentando disimular. Y continuar: Bueno, ¿y ahora qué? ¿Presentarás a los niños? Seguro que les encanta la nueva “mamá”, ¿y qué harás conmigo? ¿Ella viene con casa o la meterás en la nuestra? No dije nada. Él, como siempre, me abrazó en la cama y se quedó dormido al instante. Quizás aún no han llegado al sexo, pensé mientras me apartaba a mi lado de la cama. Y me reí en silencio. Ahora pienso como esas mujeres que ven cómo les ponen los cuernos a la cara y luego insisten en que es paranoia. Quizás no hay sexo todavía. Apenas el principio, la simpatía, el respirar y pensar al unísono. Y qué bien se le da disimular al tío. Ni un músculo, ni una palabra. Di vueltas y vueltas, dormí a ratos, soñé con flores de colores y amantes en vestidos rojos. Me desperté con la cabeza peor que nunca. Fui despacio por la casa, preparé a los niños para el cole con calma. Y todo el rato pensando: ¿qué hago? ¿Qué hacen las mujeres que descubren a su marido con una amante? ¿Lo busco en Google? Google no ayudó. Ni yo tengo respuestas. ¿Intentar seguir adelante? ¿Intentar qué? Si ya sigo igual que siempre. Misma rutina, marido puntual sin mancha de carmín ni perfume ajeno, niños saltarines, cine los domingos, nada cambia. Mismo sexo dos veces por semana. O tres, siendo precisos. ¿Y si me equivoqué en el bar? No me equivoqué. Le llamé al mediodía y no contestó. Cogí un taxi al mismo bar; inventé al taxista que íbamos a recoger un paquete para el trabajo. El coche de mi marido estaba aparcado enfrente. Salieron juntos, subieron en su coche y se fueron. Me quedé pálida, pedí agua al taxista, fingí una llamada reclamando por el “paquete”, grité al teléfono vacío que no podía esperar más, que me iba a trabajar. Como si me importara lo que pensara el taxista. Saber que existe una amante te cambia la vida. ¿Divorcio? Probablemente. ¿Y vivir así? ¿Aguantar? ¿Para qué? Recordé cuando, hace un par de años, una amiga descubrió la amante de su marido. Él negaba todo aunque lo pillaran con pruebas en el móvil. Decía que le habían hackeado, que era cosa de enemigos. Entonces mi marido dijo: “Yo nunca mentiría. Si la lío, tengo el valor de confesarlo. O corto, o me voy pero dejo a la familia bien”. Me sentí orgullosa de él. Qué responsable, pensé. Claro, visto desde fuera todo es sencillo. No es igual cuando la situación te toca a ti y ves a la mujer y la amante a la vez. Entonces, el valor se esfuma. Me acerqué a su mesa en el bar y me senté con ellos. Ella me miró sorprendida. Él se quedó quieto y luego empezó a moverse incómodo en la silla. Todos callados. Yo los miraba divertida. Ella entendió enseguida quién era yo. O quizás ya lo sabía. Mi marido quiso hablar. Yo le paré con la mano: Esto no es lo que parece, ¿verdad? Mirad, no hay nada extraño aquí. Suele pasar. Ahora pensad cómo lo arregláis: están los niños, la casa compartida, los padres mayores. Vosotros sois listos, lo solucionaréis. Y me fui despacio. El vestido recién planchado me quedaba bien. Lástima que no lo usara más a menudo.
La amante de su marido era bellísima. Incluso ella la habría elegido, si hubiera sido hombre.
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021
Escucha a tu interior
Crisanta, ya lo habíamos acordado. El abuelo nos espera. Yo estaba en el umbral de la habitación de mi
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017
Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez se dio cuenta de que había vivido su vida equivocadamente.
Me jubilé y me sentí irremediablemente sola. Sólo al llegar a la vejez me di cuenta de que no había vivido
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0199
— ¿Qué tienes con esa Sofía? ¿Por qué necesitas una esposa así? Dio a luz, se ha vuelto blanda y ahora se mueve como un pato. ¿Crees que va a adelgazar? Claro, sigue esperando— ¡solo va a empeorar!
¿Y qué tienes con Almudena? ¿Para qué necesitas una esposa así? Dio a luz, se ha puesto blanda y ahora
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060
El Número de Expediente En la farmacia, la dependienta le acercó el datáfono y, por costumbre, él pasó la tarjeta sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo, pitó y mostró un escueto «Operación denegada». Probó una vez más, ahora más despacio, como si la velocidad decidiera si seguía siendo alguien con dinero. — ¿Quizá otra tarjeta? —sugirió la farmacéutica, sin levantar la vista. Sacó la segunda, la de la nómina, y volvió a oír la negativa. Detrás, alguien resopló sonoramente y notó cómo se le encendían las orejas. Se metió en el bolsillo la caja de pastillas que había pedido y balbuceó que enseguida lo solucionaría. Fuera, se detuvo junto a una pared, fuera del flujo de peatones, y abrió la app del banco. En vez de las cifras habituales, vio una ventana gris y la frase que le dejó el cuerpo hundido: «Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento ejecutivo». Sin cuantía, sin explicación, sólo el botón de «Ver más» y un número, como de un DNI que no era el suyo. Se quedó mirando la pantalla, como si pudiera desvanecerse. De inmediato le vinieron a la cabeza cosas que no podía posponer: en una semana debía comprar billetes para viajar al pueblo de su madre, le tocaba revisión médica y había prometido acompañarla. Había hablado con el jefe para que le diera dos días; le puso pegas, pero accedió. Y luego estaba lo de las pastillas, que justo no había podido pagar. Llamó a la línea de atención del banco. Una voz automática le pidió «valorar la atención recibida» antes de que contestara nadie. — Dígame —dijo la operadora. Voz uniforme, distante, no por desgana sino por manual. Él dio nombre, fecha de nacimiento, los números finales del DNI. Explicó que le habían bloqueado las cuentas, que era un error. — Su perfil tiene una restricción por un procedimiento ejecutivo —respondió ella—. No podemos levantar el bloqueo. Debe acudir a la Agencia de la Administración de Justicia. ¿Ve el número del expediente? — Sí. No sé qué es. Yo no tengo deudas. — Lo comprendo. Pero el banco no es el iniciador. Cumplimos el requerimiento. — Entonces, ¿quién es el iniciador? —descubrió que hablaba más alto de lo habitual. — En el documento indica cuál es el juzgado. Puedo dictarle la dirección. Lo anotó en el reverso del ticket de la farmacia. La mano le temblaba, mezcla de rabia y vergüenza, como si le hubieran pillado robando una chorrada. — ¿Y el dinero? —preguntó—. Me han retenido… aquí pone «retención». — El cargo se hizo en el marco del procedimiento. Para recuperar el dinero debe dirigirse al ejecutante o al juzgado. — O sea, que ustedes no pueden ayudarme. — Podemos registrar una reclamación. ¿Desea que abra expediente? Él no quería un número, quería que alguien dijera: «Sí, es un error, lo solucionamos ahora». Pero escuchó cómo le dictaban la cifra. — Número de expediente… —ella lo pronunció como quien entrega una ficha de guardarropa—. El plazo de resolución es de hasta treinta días. Repitió el número en voz alta para no olvidarlo. Treinta días sonaban a condena, pero igual dio las gracias. Le salió un gracias automático, como un «adiós» al final de una conversación que te ha humillado. Ya en casa, abrió el cajón de los papeles: recibos, contratos, certificados antiguos. Siempre se había sentido ordenado: pagaba puntual, no pedía préstamos, ni se saltaba una multa de zona azul. Puso sobre la mesa el DNI, el NIF, la vida laboral, casi como pruebas de buena conducta. Su mujer salió de la habitación y le vio la cara y el despliegue de documentos. — ¿Te ha pasado algo? Se lo contó. Intentó sonar calmado, pero a la mitad la voz se le quebró. — ¿Será alguna multa antigua? —aventuró ella. — ¿Qué multa te bloquea todo y por esas cantidades? —dio un golpecito a la pantalla donde ponía lo de las restricciones—. Yo sólo salgo de casa para ir a trabajar. — Es que a veces pasa —se defendió alzando las manos—. Es más habitual de lo que parece. Que dijeran «es habitual» le sacaba de quicio. Como si su vida fuera estadística. — Ocurre que te confunden con un deudor y luego tú explicando que no eres un camello —dijo, y se arrepintió en el acto del tono. Ella dejó en silencio una taza de agua y se fue. Se quedó solo con los papeles y la sensación de que faltaba el aire en casa. Al día siguiente fue a la sucursal. Dentro todo era blanco y pulido, como un ambulatorio tras reforma. La gente sentada, mirando el móvil, esperando a que saliera su número en la pantalla. Sacó turno. En el papel ponía: «Consultas sobre cuentas». Al sentarse sintió el enfado crecer por el hecho mismo de estar esperando: el resguardo lo convertía en caso, no en persona. Al atenderle, la gestora sonrió con profesionalidad. — ¿En qué puedo ayudarle? Mostró la pantalla, explicó lo del bloqueo. — Sí, aquí aparece la restricción —dijo ella, clicando el ratón—. No tenemos acceso a la base judicial. Sólo puedo darle un extracto de movimientos y certificado de la situación. — Dame todo lo que puedes —pidió—. Lo necesito hoy. — El certificado tarda hasta tres días laborables. — ¿Y si necesito comprar medicinas? —notó que en su voz empezaba a colarse la queja; peor que el enfado. La gestora titubeó un instante. — Entiendo. Pero es el procedimiento. Firmó la solicitud, recibió la copia, todavía tibia por la impresora, y la sujetó como si fuera la única defensa contra esa fuerza invisible. Del banco fue al Registro Único. Olía a café de máquina y lejía, pero ni eso tapaba el cansancio de la gente. Junto a la entrada, un terminal de turnos y una chica del chaleco ayudando a elegir qué gestión pedir. — Vengo por lo de un embargo —dijo él. — Los del juzgado aquí no trabajan —respondió—. Podemos tomar su escrito, mandar la solicitud, ayudarle con la web de la Administración. ¿Qué tiene usted? Le mostró el certificado del banco y el número. — Mejor vaya directo al juzgado —opinó la chica—. Pero, si quiere, podemos imprimirle un informe del portal estatal, si sale ahí. No había mucho a elegir. Sacó turno y se sentó. Los números pasaban por la pantalla; la gente iba de las ventanillas a los bancos, protestando en voz baja. Miró sus manos y pensó que parecían más viejas que ayer. Ya en la ventanilla, le pidieron el DNI. — ¿Tiene usted cuenta verificada en la web estatal? —le preguntaron. — La tengo. Abrieron su perfil, buscaron bastante rato. — Sí aparece un procedimiento abierto —dijo la funcionaria—, pero con otro NIF diferente. Se asomó. — ¿Cómo que otro? — Mire, el suyo tiene… (leyó números). El expediente es distinto en una cifra. Una sola cifra. Sintió alivio, como si de golpe se le devolviera el derecho a indignarse. — Esa deuda no es mía. — Parece un error al relacionar datos —dijo—. Sucede a veces con homónimos o fechas similares. — ¿Y ahora qué? — Podemos tomar un escrito de disconformidad y adjuntar copia de los documentos. Pero decidirá el juzgado. Imprimió la solicitud, él la firmó. Adjuntaron copias de DNI, NIF, vida laboral. Observaba cómo su vida de repente cabía en una pila de papeles que desaparecían en el escáner. — ¿Plazo de resolución? —preguntó. — Treinta días —contestó. Y como adivinando su mirada—: A veces menos. Otra vez treinta. Salió del registro con la carpeta de copias y el justificante. El número importaba ya más que su nombre. Tardó aún dos días en conseguir cita en el juzgado. En la entrada, el de seguridad revisó su bolsa y pidió silenciar el móvil. En el pasillo, gente de pie, niños, montones de papeles. En la pared, un cartel: «Atención con cita previa». Al lado, una lista escrita a boli con nombres apilados. Preguntó a una mujer de la fila: — ¿Aquí va la lista? — Aquí va la vida —respondió ella, seria—. El que antes llega, primero apunta. Agregó su apellido al final. Se sentó en un alféizar, ya que de sillas no había. El tiempo no pasaba, se partía en pequeños enfados: colados, móvilazos contando que «los del juzgado no hacen nada», algún llanto desde el baño. Cuando le tocó, entró al despacho. La funcionaria, unos cuarenta años, ojos cansados, tras la mesa con el monitor y el sello. — ¿Nombre? —preguntó sin levantar la vista. Dio el suyo. — ¿Número de expediente? Le entregó el papel del banco. Miró el ordenador. — Aquí sale deuda de crédito —dijo. — No tengo ningún crédito —se le agrió la voz—. Mire el NIF. Es un error. Frunció el ceño, acercó la pantalla. — Realmente, el NIF no coincide —admitió—. Pero el sistema le vinculó por nombre y fecha de nacimiento. — ¿Con eso les basta para bloquear cuentas? Suspiró. — Trabajamos con los datos que nos llegan. Si hay error, hay que poner escrito de incidencia adjuntando identidad. ¿Usted lo ha tramitado? Le dejó las copias del registro. — Esto es de allí. Aquí está el justificante. Revisó. — Ese escrito aún no ha llegado. — No puedo esperar a que «llegue». Me han retenido dinero, no puedo ni pagar medicinas. Por fin la miró de frente. — ¿Cree que es el único? —le dijo bajo, sin ira—. Tengo cien expedientes encima. Puedo tomarle la reclamación aquí. Pero la resolución tampoco será instantánea. Le hubiera apetecido gritar, pero vio el cansancio en esa cara y supo que sólo empeoraría el recuerdo del funcionario. — Bien —dijo, controlando el aire—. Aquí. ¿Qué necesita? Le dio el impreso. Rellenó: «Solicito mi exclusión del procedimiento ejecutivo por error en la identificación». Adjuntó DNI, NIF. Ella estampó el sello de «Recibido». — Diez días máximo para la comprobación —dijo—. Si se confirma, se revocan las medidas. — ¿Y el dinero? — Para reembolsos, otro escrito. Y el que ha reclamado la deuda debe devolverlo. Yo sólo tramito la revocación. Salió del despacho con el nuevo sello. Como una pequeña victoria, pero sobre qué, no sabía: sobre haber logrado que reconocieran su existencia. Esa tarde pidió más horas fuera del trabajo. — ¿Me tomas el pelo? —el jefe le miraba como si se lo inventara para no venir—. Tenemos cierre de mes. — Me han bloqueado las cuentas —dijo—. Estoy yendo a oficinas. — Dime la verdad. ¿Son embargos, créditos, pensiones? Eso le dolió mucho más que la negativa del datáfono. Noto cómo se le endurecía la cara. — Nada de eso, un error del sistema —contestó. El jefe se encogió de hombros. — Pues que no nos salpique. Contabilidad ya ha preguntado por tus retenciones. Se fue a su mesa. Tenía un email de la contable: «Por favor, confirme si existen procedimientos judiciales». Notó el pecho encogido. Respondió: «Ha sido un error, lo estoy aclarando, aportaré documentos». Se dio cuenta de que ya tenía que demostrar su inocencia no sólo ante la justicia, sino frente a los compañeros de diez años. En casa, la mujer preguntó qué le habían dicho. — Han admitido el escrito —respondió. — Menos mal —dijo ella, y añadió—: ¿Estás seguro que no es por aquel préstamo de tu hermano? Tú eras avalista… Levantó la cabeza de golpe. — No lo era, me negué. Lo recuerdo. Ella asintió, pero el recelo seguía en la mirada. La máquina ya había hecho de las suyas: dejar una grieta casi imposible de tapar. Una semana después recibió el auto judicial en la web oficial. Lo abrió con las manos temblorosas. Decía: «Detectada identificación errónea del deudor. Anular medidas de ejecución». Lo leyó tres veces. Nada más verlo, consultó el banco. Las cuentas estaban operativas, los números de vuelta, como si no hubiera pasado nada. Pero el aviso seguía: «Las operaciones podrán estar restringidas hasta actualizar datos». Probó pagar una factura. Tardó, pero pasó, y no se movió hasta ver desaparecer la ruedecita de carga. Volvió a la farmacia por las pastillas que no pudo pagar el primer día. La dependienta ni se acordó de él. Quiso decirle «ya está», pero sería raro. Recogió la bolsa y se fue. Dos días después, le llamaron del banco. — Nos ha llegado el auto de anulación —la teleoperadora—. Pero puede que en su historial quede constancia hasta que actualice la central. Puede llevar hasta cuarenta y cinco días. — Entonces deja huella —dijo él. — Temporalmente. La palabra «temporalmente» no le tranquilizaba. Imaginó que, dentro de un mes, pedía financiación para arreglar las ventanas a su madre y le respondían: «Aquí consta un embargo». De nuevo, a dar explicaciones de que no era culpable. Hizo la reclamación para que le devolvieran el dinero retenido. Del juzgado le dijeron que el ejecutante era un banco que había dado crédito a otro, y que dependía de su contabilidad. Enviaron copia del auto, extracto de la retención, los datos. Respondieron: «Su reclamación está registrada». Un número más. Todo ese tiempo notó que hablaba bajito. Como si cualquier palabra pudiera volver a activar el mecanismo. Repetía las notificaciones a diario, entraba en la web estatal, buscaba su sección de procedimientos ejecutivos y comprobaba que ya no había nada. El vacío se convirtió en su nueva normalidad. Un día volvió al Registro Único por lo de su madre; necesitaba solicitar un poder. En la sala, un hombre con carpeta, desorientado como un chaval, miraba el ticket y el panel, sin saber a dónde ir. — ¿Qué consulta tiene? —le preguntó, sorprendiéndose a sí mismo. — Me sale una deuda, pero no sé de qué. En el banco me dijeron que pregunte al juzgado. Vio en esos ojos la mezcla de rabia y vergüenza que él mismo había sentido. — Pide primero un informe en el banco, que tenga el número de expediente —le aconsejó—. Luego aquí pide el informe en la web estatal; a veces ves si el NIF, fecha o nombre no corresponden. Si no es tuyo, haz escrito de error, y siempre pide justificante. El hombre escuchaba atento, como si le dieran el mapa de un territorio hostil. — Gracias —susurró—. ¿Y usted…? ¿Ya ha pasado por esto? Asintió. — He pasado. No es rápido, ni se borra del todo. Pero se sale. Salió con el poder en la carpeta y se detuvo a guardar los papeles. La carpeta pesaba, más de costumbre, no por los folios, sino por la manía de documentarlo todo. Notó que respiraba más tranquilo. En casa, clasificó el auto judicial, el certificado bancario y las copias de los escritos en un archivador, y rotuló: «Expediente ejecutivo, error». Antes le habría dado vergüenza, como si confesara algo. Ahora le daba igual. Guardó el archivador, cerró el cajón y, sin levantar la voz, avisó a su mujer: — Si vuelve a pasar, sé lo que hacer. No me voy a justificar. Lo reclamaré. Ella le miró largo y asentó. — Bien —dijo—. Vamos a por un té. Fue a la cocina y puso la tetera. El sonido del agua hirviendo le supo a victoria: prueba sencilla de que la vida, por fin, era suya, y no de expedientes ni de plazos.
El turno La cajera de la farmacia me acercó el datáfono, y yo, como siempre, acerqué la tarjeta sin mirar.
MagistrUm