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010
POR SI ACASO Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera que lloraba, se giró hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, de verdad, Vera —escuchó decir a Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Porque aunque a ti en tu vida personal te vaya bien, no significa que a los demás les pase igual. Mírala, la pobre, destrozada, ¿no podías al menos consolarla, darle un consejo, compartir tu experiencia? Que pareces tan feliz con lo tuyo… —¿Yo? ¿Compartir experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadia eso no le iba a gustar. Ya lo intenté hace como cinco años, cuando venía a trabajar con moratones —decía que se caía, claro, para ver mejor el camino, supongo. Vosotras aún no estabais aquí. Y, no, no era el marido el que le pegaba, era ella misma, se caía sola, malabares que hacía, y cuando él se largó, dejaron de aparecerle “faroles”. Era el tercero que la dejaba. En fin, que decidí ayudarla, apoyarla, compartir vivencias. Salí yo como la mala. Luego las demás me explicaron que era un caso perdido, que Nadia todo lo sabe y sólo la fastidia quien interfiere en su felicidad. Iba de bruja a bruja para atar a sus hombres, ahora va de psicólogos y dice que “trabaja sus traumas”. No se da cuenta que repite el mismo patrón, sólo cambia nombres. Así que, no gracias, no voy a llorar con ella ni a acercarle pañuelos. —Aun así, Vera, no deberías actuar así. A la hora de comer, con todas en la misma mesa, sólo se habló del ex de Nadia, un desalmado y mentiroso. Vera se mantuvo callada, luego se sirvió café y se apartó para limpiar la cabeza viendo redes sociales. —Vera —se acercó la simpática y risueña Tania, que hoy, sin embargo, lucía el ceño fruncido—, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Nadia? —Tania, ¿qué queréis de mí? —Déjala ya —saltó Ira—, siempre igual, con su Vasili, y tan feliz. Vive como una reina y es incapaz de imaginar lo que es quedarse sola, sin ayuda, con un crío, y encima, para colmo, ver que ni la manutención te llega. —Eso te pasa por meterte en según qué líos —añadió la veterana Tía Tania, la mayor de todo el grupo—. Vera tiene razón, cuántas veces hemos visto ya el drama de Nadia, y él la volvió loca estando embarazada, y antes de eso… Las mujeres, reunidas en círculo alrededor de la llorosa Nadia, comenzaron una ronda de consejos. ¿Qué pasó entonces? Que nuestra feroz y autónoma Nadia decidió ponerse las pilas y llamar urgentemente a su madre del pueblo para que la ayudase con el niño. Nadia volvió a ser ella misma. Se hizo flequillo, se tatuó las cejas, se puso pestañas, quiso hacerse un piercing en la nariz pero el departamento en pleno la convenció de no hacerlo. Y para allá que fue. Las chicas la animaban. “Ya verás, Nadia, él llorará por ti todavía”. —No, no va a llorar —dijo Vera en voz baja, pensando que nadie la oiría. Pero la oyeron, y medio alcoholizadas, repitieron: ¿cómo que no va a llorar? —No va a llorar ni a arrepentirse. Y Nadia encontrará pronto a otro igual… —Claro, para ti es fácil, tienes a tu Vasili, seguro que no es como los demás… —No, no es como los demás, Vasili es el mejor hombre del mundo, no pega, no bebe, no va con otras… —Sí, sí, todos son iguales. —A que te lo quitamos… —No podréis, él no se va. —No estaría tan segura… —Pues tú verás. Entre bromas y piques, surgió la idea de invadir la casa de Vera para ver si su Vasili resistía la tentación. Allá fueron todas en tropel, contentas y parloteando en su cocina. —Vamos, chicas, hagamos algo rápido para picar, que entiendo que Vasili no está pero en breve vuelve, y le dejaremos la mesa puesta. —No os preocupéis, es muy delicado con la comida y no come mucho, pero sí, llegará en breve. Poco a poco la emoción decaía y las invitadas iban marchando a sus casas. Solo se quedaron Nadia, Olga y Tania. Tomaban té en la acogedora cocina de Vera, medio incómodas esperando a ese misterioso Vasili. Cuando de pronto, alguien llegó. —¡Vasili, mi niño, mi coqueto! —murmuró Vera desde la entrada. Las otras se pusieron nerviosas. Y de repente un chico joven y apuesto apareció. Oh, entendieron todas, el marido es mucho más joven que Vera. —Chicas, os presento a Denis, mi hijo. ¿Denis? ¿Cómo que Denis? —se leía en las miradas. —Mi hijo Denis. ¿Y el Vasili, Denis? ¿Se ha portado bien? —Sí, mamá, ahora necesita reposo, mañana ya correrá. Pero no dejes que se chupe los puntos… Las invitadas se sonrojaron. —Nosotras… ya nos vamos mejor. —¡Un momento! No os he presentado aún a Vasili. Pero sshh, está recién operado, Denis y Lena lo llevaron al veterinario, que yo estaba trabajando… Le han castrado, es que el muy bandido empezó a marcar las cortinas… Venid a ver. ¡Ahí tenéis a Vasili, a mi tesoro, durmiendo! Para no estallar de risa, todas salieron en estampida de la habitación. —¡Pero Vera, es un gato! —Claro, ¿qué os pensabais? —¿Y el marido…? —Nunca he tenido. Lo de Vasili os lo inventasteis vosotras. Dije que tenía un hombre maravilloso, Vasili, y no me dejasteis terminar la frase, os lo imaginasteis. Me casé joven, por mi primer amor, dejé los estudios, tuve a Denis. Tres años mal llevados, nos separamos. La familia me ayudó. El segundo marido apareció cerca de los treinta, buen chico, ilusionado, pero solo pensaba en que le diera hijos suyos, y Denis… bueno, a un internado militar, o con mi madre, decían. Lo mandé a él con su madre. Tiempo después, sola con Denis, me casé una tercera vez, sabiendo que ya no era una joya en el mercado de novias, pero bueno, a la tercera va la vencida. Al poco, una bronca, y de celos me pegó. Denis practicaba artes marciales desde pequeño, yo a veces entrenaba con él, aprendí algún truco y se llevó su merecido. Decidí que ya era suficiente. Denis se casó, yo sola, y adopté a Vasili. Con él voy al cine, de viaje, cocino para los dos. Nadie debe nada a nadie, y nadie me atormenta. Denis al principio no lo entendía. “¿Por qué no vives con nadie?” ¿Para qué, hijo? Cada uno tiene su vida, sus costumbres. Es otra cosa estar juntos desde jóvenes, como mis padres, pero yo no, a mí no me ha salido así. ¿Para ir pregonando que estoy casada? No me compensa. Estoy bien con Vasili. ¿Verdad, tesoro? ¿Ves lo que te advertí si seguías marcando las cortinas? Las chicas se fueron cada una pensativa, especialmente Nadia. Pero Nadia no logró ser como Vera. Al mes ya presumía de nuevo amor, y recibía flores en el trabajo. Vera y la tía Tania sonreían. —¿Qué tal Misha? ¿Cómo va la patita? —Bien, Vera, en el paseo parece que se clavó algo, pero ya está curado, como los perros. Los nietos querían que lo llevase a exposición, pero a mí me da igual… —Parece que Nadia también ha rehecho su vida… —Sí, Tía Tania, unas tienen mascotas y otras, maridos. —Bueno, cada una a lo suyo. ¿Igual esta vez tiene suerte? —A ver si sí… —¿Qué cuchicheáis? —De ti, Nadia, que esperamos que esta vez te salga bien. —Chicas, sé cómo parece todo esto, pero yo sola no puedo. —No tienes que justificarte, cada una vive como quiere… —Vera —oyó la voz de Nadia cuando iba al aparcamiento—, tú, si acaso, me aconsejarías sobre gatos? ¿Qué conviene más, gato o gata? —Anda, ve, te esperan… y si acaso, ya hablaremos —rió Vera. —Por si acaso…
POR SI ACASO Vera observó a su compañera llorosa con una indiferencia casi de otro mundo, dio media vuelta
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09
El Nido de la Golondrina
Nido de golondrina Cuando Juan se casó con Concepción, la suegra se hizo amiga de la nuera de inmediato.
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03
Cómo fingí ser feliz durante nueve años, crié al hijo de otro hombre y recé para que el secreto nunca saliera a la luz. Pero salió el día que mi hijo necesitó la sangre de su verdadero padre y, por primera vez, vi llorar a mi marido.
El sol de la tarde, dorado como miel fundida, se derrama sobre las colinas que rodean el pequeño pueblo
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04
Escapando de las Ataduras del Corazón
Desde el noveno curso recordaba cómo Iñigo, el compañero de clase, no podía apartar la vista de Adriana.
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018
El secreto de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos vecinos al piso segundo. Era la familia del jefe de taller de la fábrica, una industria importante en nuestra pequeña ciudad de provincias. —¿Y qué necesidad tienen de vivir en un edificio antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, la pensionista, a sus amigas—. Con sus contactos, seguro que podrían haberse agenciado un piso en una de las nuevas urbanizaciones. —No te fijes solo en lo tuyo, mamá. ¿Para qué iban a querer un bloque moderno si aquí tenemos un edificio de los de antes, con techos altos, habitaciones grandes y separadas, un recibidor enorme y una terraza que parece otra sala? —le respondía su hija Aña, de treinta años y soltera, siempre maquillada con vivos colores—. Además, les han puesto teléfono nada más llegar. No todos aquí tenemos teléfono, apenas tres en nueve pisos… —Lo tuyo es pasarte el día pegada al teléfono —le cortaba la madre—. Estarás cansando a los vecinos. Ni se te ocurra ir a molestar a los nuevos, que ellos tienen vida y cosas que hacer… —Tampoco son tan estirados, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de nueve años que se llama Natalia, casi mis años, bueno, unos cinco más. Los vecinos resultaron simpáticos y corteses. Lida trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba ya diez años en la fábrica. Todo esto lo contaba Aña a las vecinas en el patio, al atardecer, sentándose con ellas. —¿Cómo sabes ya tantas cosas? —le preguntaban—. Anda, pareces una investigadora. —Voy a llamar por teléfono a su casa. Ellos, a diferencia de otros, sí dejan —insinuando a quienes le cerraban la puerta sabiendo que se iba a tirar media hora de cháchara. Así Anya fue conociendo a los recién llegados, y cada vez iba más a hacer llamadas, ya fuese a sus amigas o compañeras del trabajo, sin corta alguna, cada vez sentándose más cómodamente. Se presentaba a veces arreglada, otras en bata, claramente buscando amistad con la pareja. Un día vio cómo Iván cerraba con gesto claro la puerta del salón donde veía la tele en cuanto ella entraba a llamar. Volvió a ocurrir varias veces. Aña sonreía a Lida, agradecida, miraba a la cocina, pero Lida tan solo asentía y le pedía que cerrase la puerta al salir. —No puedo cerrarla, tengo las manos llenas de harina —mostraba Lida—. Además, el cerrojo es de los que se cierran solos, un francés. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez bollos? ¡Qué de repostería tienes siempre! Yo ni idea —decía Aña. —Sí, son rosquillas de queso fresco para el desayuno. Por la mañana no da tiempo, así que… —sonreía Lida, dándole la espalda y volviendo a su masa. Aña ponía mala cara y se marchaba, descontenta por cómo la evitaban. —Mira, Lida, entiendo que te corte rechazarla —le comentó una vez Iván—, pero nuestro teléfono se pasa ocupado toda la tarde y así no pueden llamarme mis amigos. Así no puede ser. —Sí, ya lo veo… Se mete tan en confianza que parece su casa —consintió la mujer. Aquella tarde, Aña se sentó de nuevo, elegante y maquillada, en el recibidor y llamó a su amiga. —¿Vas a tardar mucho? Esperamos una llamada —le advirtió Lida tras diez minutos. Aña asintió comprensiva, colgó, pero entonces sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡Hoy vengo con algo dulce! Vamos, tomemos un té para celebrar la amistad. Entró en la cocina y dejó la tableta en la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve, querrá y no puede tomar dulce. Es alérgica. Aquí el chocolate está vetado. —¿Cómo? —se sonrojó Aña—. Yo lo hacía de corazón, para mostrar agradecimiento. —Tranquila, no hace falta agradecer, pero mejor deja de venir tanto a llamar. A no ser que sea una urgencia médica o llames a los bomberos, entonces por supuesto. Para eso sí, a cualquier hora. Sin rencor, pero las llamadas de trabajo de Iván, o Natalia que intenta concentrarse… Ya ves. Aña recuperó el chocolate y se fue sin decir nada. No entendía ese trato y pensó que Lida simplemente le tenía celos. —Claro, sabe que soy más joven y guapa. Por eso está celosa. Quise tratarla con normalidad humana y ni un té me sirve, aunque yo trajera el dulce. —Qué cabezota eres, hija —le replicaba Nina Andréevna—. Me temo que te he enseñado mal. No se debe meter una en casas ajenas a la fuerza. No necesitan tus llamadas. Ese hogar no es un paso de gente. Así te lo hacen ver. Luego te ofendes encima. Mejor busca novio, pon tu propio teléfono y que vengan a llamar a tu casa y así tienes amigas. Anya decidió un último intento de acercamiento con Lida, y fue a pedirle el secreto de las rosquillas: —Vengo con un favor. ¿Me dicta la receta de las rosquillas? Yo también quiero aprender… —Pregúntale mejor a tu madre, seguro que sabe más. Yo hago la masa a ojo, nunca me apunto medidas. Las manos ya se lo saben —rió Lida—. Y ahora tengo prisa. ¡A tu madre, a tu madre! Aña volvió a sonrojarse y se fue. Sabía que su madre tenía un cuaderno viejo, atiborrado de recetas de ensaladas, albóndigas, sopas y, sobre todo, repostería, aunque llevaba tiempo sin preparar nada. Ella tampoco tenía muchas ganas para ponerse pero encontró la receta y sorprendió a su madre: —¿Vas a hornear algo? —preguntó la madre sorprendida. —¿Por qué te extraña? —cerró Aña el cuaderno marcando la página. —¿No será que te has reconciliado con Suso? ¿No os habíais peleado? —No peleamos. Solo que si me lo propongo vuelve detrás de mí —respingó Aña. —¡Póntelo en serio! Ya es hora de que te cases. ¿Qué mirabas en las recetas? ¿Te ayudo? —No hace falta. Solo me estoy mentalizando. A los días, la casa olió a masa recién horneada cuando la madre volvía de paseo: —¡Uy, qué maravilla, huele a bollos! No puede ser, hija, ¡estás enamorada! —No grites —rió Aña—. Ven a probar. No son bollos, son rosquillas de queso fresco, las de toda la vida. Aquel día el té hervía en la tetera, tazas limpias en la mesa, y las rosquillas doradas emanaban calor y dulzor. —Sabes, no lo has olvidado… Está riquísimo, hija. —¿Lo dices de verdad o solo por animarme? —preguntó Aña. —Pruébalas tú misma. ¡Esto sí que es comida! Aña recordó entonces una expresión de su padre: esto sí es comida. El mayor elogio. —Bien, pronto invitaré a Suso a merendar rosquillas. ¿Crees que le gustarán? —Seguro, ni lo dudes. Yo conquisté a tu padre así… ¡y cayó rendido! —rió la madre—. Anda, pídele y cocina, que yo me voy al piso de la vecina a ver la peli. Por fin te veo con cabeza. No solo de arreglos y rulos vive una mujer. El novio de Aña comenzó a ir a su casa. Se reían y discutían menos, la madre se fue acostumbrando a verlos juntos en la cocina, él ayudándola, y el ambiente lleno de carcajadas. Cuando, al poco, Aña anunció que habían ido a inscribirse en el registro civil, Nina Andréevna no pudo contener alguna lágrima: por fin… Aña cambió. Adelgazó para la boda. Suso le decía: —Ya no haces rosquillas. ¿Harás una tarta para la boda? La boda era en casa; cocinaron juntas la madre, la tía y Aña durante dos días, aunque eran apenas veinte invitados, la familia más que nada. Se mudaron a la habitación grande de la casa familiar. Al año pusieron teléfonos a todos los vecinos. Aña estaba feliz. Llamaba menos y no como antes, colgaba pronto. —Rita, tengo que dejarte. Ha subido la masa y Suso está al caer. Corría ilusionada a la cocina, donde la masa levaba en el cuenco. Ya estaba embarazada y pronto entraría en el permiso maternal, pero seguía preparando dulces para su marido, y porque a ella le encantaban las rosquillas de queso fresco. Caseras, nada como eso. Y Suso la adoraba, por la repostería, y por el cariño.
La receta de la felicidad Todo el bloque de vecinos observó cómo se instalaban los nuevos inquilinos
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011
La Nieta. Desde el mismo día en que vino al mundo, Olechka nunca fue deseada por su madre, Juana. La trataba como si fuera un mueble más de la casa, ni le iba ni le venía. Las discusiones entre Juana y el padre de Olechka eran constantes, y cuando finalmente él la dejó para volver con su legítima esposa, a Juana se le fue la cabeza. —¿Así que te has ido? ¡Entonces nunca pensaste dejar a tu fregona! ¡Me has destrozado los nervios! ¡Me has mentido! —gritaba ella por teléfono—. ¿Y ahora me dejas con tu criatura? ¡La tiro por la ventana o la abandono en la estación con los vagabundos! Olechka se tapó los oídos y rompió a llorar en silencio. La falta de cariño de su propia madre la absorbía como una esponja. —Me da absolutamente igual lo que hagas con tu hija. Es más, ni siquiera estoy seguro de que sea mía. ¡Adiós! —respondió Román, el padre, al otro lado del hilo. Juana, fuera de sí, arrojó la ropa de la niña en una bolsa junto a los papeles, y, tomando a la pequeña de cinco años, la metió en un taxi. “¡Ya verás! ¡Os vais a enterar todos!”, mascullaba por dentro mientras daba al taxista, con voz altiva, la dirección de la madre de Román. Nina Ivánovna vivía en las afueras de Madrid. El taxista, hombre acostumbrado a tratar con mil historias, no soportaba a aquella joven arrogante que contestaba con brusquedad a la hija asustada. Él mismo tenía una nieta pequeña, y su nuera la cuidaba como oro en paño. ¡Nada de levantar la voz! —Mamá, quiero ir al baño —dijo Olechka encogida, temiendo la reacción materna. Juana le soltó tal grito que el taxista tuvo que contenerse las ganas de darle una bofetada. —¡Aguanta! Ya lo harás en el baño de tu abuela, que es toda una señorona. Juana se giró hacia la ventanilla, resoplando de rabia. —Tómalo con calma, señora —advirtió el taxista—. O la bajo aquí y llevo a la niña a Servicios Sociales. —¿¡Cómo!? ¡Cállate ya! ¡A ver si te denuncio por mirarla raro y hacerme insinuaciones! ¿A quién van a creer más, al taxista o a una madre aterrada y entre lágrimas? Es mi hija y la educo como me da la gana, así que cállate la boca. El hombre apretó los dientes. Mejor no meterse con una loca, pensó, aunque le dolía la niña. Hora y media después, llegaron a una urbanización cercana a Alcobendas. —¡Espera, que bajo rápido! —Juana dio la espalda y, apenas oyó cómo el taxi salía a toda prisa, escupió al suelo. —¡Vaya imbécil! —gruñó, tirando de la niña rumbo al jardín, empujando la verja con el pie. —¡Tomen! Aquí les dejo su tesoro. Hagan con ella lo que quieran. ¡Su hijo autorizó esto! Yo no la quiero —ladró Juana con voz ronca y, dando media vuelta, echó a correr. Nina Ivánovna miraba anonadada. —¡Mamá! ¡Mami, no te vayas! —sollozaba la niña, restregando sus lagrimitas con los puños sucios mientras perseguía inútilmente a su madre, que ya salía a la calle. —¡Déjame en paz! ¡Vete con tu abuela, con ella vivirás ahora! —le gritó Juana, tratando de quitarse de encima sus deditos. Los vecinos, curiosos, asomaban entre cortinas. Nina Ivánovna, llevándose la mano al pecho, alcanzó como pudo a la nieta, que lloraba desconsolada. —Ven, vida mía. Ven, corazón —le murmuró la mujer, bañada en lágrimas arrugadas. ¡Si ni siquiera sabía que tenía una nieta fuera del matrimonio! Román nunca se lo había contado. —No tengas miedo, hija. ¿Quieres que te haga unas tortitas? Tengo nata fresquita —susurró llevándola a la casa. Al mirar atrás desde la verja, vio cómo Juana se subía a un coche que paraba y desaparecía. Nunca volvieron a saber de ella. Nina Ivánovna aceptó a su nieta como un regalo del cielo. Suya, de sangre. ¡Era igualita que Román de niño! —Te criaré, Olechka. Te daré todo lo que pueda. Así la educó con amor y ternura, la llevó el primer día al colegio, y el tiempo voló. Llegó el undécimo curso y el ansiado baile de graduación. Olechka se había convertido en una joven guapísima, inteligente y generosa, que soñaba con ser médico aunque por ahora sólo accedía al módulo. —Lástima que papá no quiera reconocerme… —suspiraba abrazada a su abuela en las noches de terraza, despidiendo el sol. Nina Ivánovna, con la mano temblorosa, le acariciaba el pelo. ¿Qué podía decir? Román nunca aceptó cuidar de su hija, y prefería a su otro hijo, al que adoraba. Cada vez que venía, humillaba a Olechka llamándola harapienta. —¡El harapiento eres tú! —no aguantó una vez Nina Ivánovna— Solo vienes el día que cobro la pensión a pedir dinero, y eres tú quien trabaja… ¡Fuera, Román! ¡Y no vuelvas más! Mejor nada que mal acompañado. —¿Así me hablas, madre? ¡Pues cuando te mueras, ni a tu entierro iré! —chilló él, cogiendo al hermano pequeño, que se burlaba de Olechka en la puerta, y se marchó. —Dios le juzgará, Olya. Ven, tómate una infusión y a descansar que mañana recoges el título. El verano pasó entre trabajos en el huerto y llegó el momento de ir a la ciudad. —Con tantos bultos, mejor le pido a Víctor que nos lleve a la residencia, —dijo la abuela. Frente al portal, abrazos y lágrimas. —Tu mayor obligación es estudiar, cariño. Sólo podrás contar contigo. Ya soy vieja… Olya tragó las lágrimas: —¡Basta, abuela! ¡Eres una mujer en tu mejor momento! Nina Ivánovna sonrió, y después pidió ir a la notaría. Trámites en orden, volvió a su aldea tranquila. Olya la visitaba cada fin de semana, preocupada por su salud, empollando libros, decidida a llegar a la universidad de medicina. Pero poco a poco fue espaciando las visitas: se enamoró de Santi, un compañero trabajador y formal. Nina Ivánovna se alegró mucho. Tras graduarse con sobresaliente, se casaron con sólo veinte años. En la modesta celebración, la única invitada de la novia era la abuela. —Eres no sólo mi abuelita querida, sino mi madre y mi padre. Todo estos años me regalaste amor y un hogar. ¡Te quiero, abuela! Olya se arrodilló y la abrazó, entre lágrimas. —Levántate, hija, levántate —susurró Nina Ivánovna, rebosando orgullo. —¡Nada de vergüenza! —afirmó Santi, sentándola a su lado—. ¡Ahora usted es la jefa de nuestra familia! Brindis, alegría y salud para la abuela, que vivió aún un año y medio antes de fallecer tranquila, en su cama. Como temía, al poco aparecieron Román y su familia: —¡Fuera de la casa! —ordenó. Olya se quedó helada, mirando a aquel hombre que nunca le llevó ni un caramelo. El hermano, mascando chicle, ya imaginaba vender la casa para comprarse su primer coche. Al entrar Santi, Román chilló: —¿Y este quién es? ¿Ya te traes amiguitos? —Su marido legal. ¿Quiere ver la donación notarial? —respondió Santi, imperturbable. —¿Qué donación? —balbució Román. —¡Rápido, demanda! —le sopló la madrastra—. ¡Seguro que la bruja de tu madre estaba engañada! —¡No dejaré que una intrusa herede! —amenazó Román. —Empieza a hacer las maletas. Lo vamos a impedir —añadió el hermano, furioso por su coche perdido. Se marcharon, dejando a Olya llorando: —Papá nunca me quiso…¿Tan mal les va? Santi la abrazó: —Se acabó. Vendemos y nos vamos. Recuerda lo que quería tu abuela. La venta fue rápida, la finca era preciosa. Con ese dinero compraron una coqueta vivienda en Madrid, cerca del centro. Esperaban su primer hijo, deseado y amado. Al irse a la cama, Olya murmuraba: «Gracias, abuela, tú me diste la vida…»
La nieta Desde que nació, Lucía nunca fue deseada por su madre, Vanessa. La trataba como quien ignora
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012
Cita a ciegas: Un encuentro inesperado
Después de la discusión con Yolanda, Guillermo se sentía algo culpable. Tras su divorcio, había empezado
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012
Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la vez que logré separar a Andrés de su esposa mayor y descubrí que la felicidad no depende de la edad
Diario de Carmen Díaz Madrid, 15 de octubre Esta mañana me encontré con mi vecina, Pilar Martín, en el rellano.
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07
Un regalo de Dios… Aquel amanecer se presentó gris y encapotado; densos nubarrones cruzaban a ras del cielo y, en la lejanía, se escuchaban sordos truenos. Se avecinaba tormenta: la primera tormenta de esta primavera. El invierno finalmente había terminado, pero la primavera aún no se decidía a desplegar su verdadero esplendor. El frío persistía, ráfagas de viento levantaban el polvo y paseaban las hojas muertas de un lado a otro. Los primeros brotes de hierba emergían tímidamente entre la tierra endurecida; los árboles aún se resistían a mostrar los tesoros de sus yemas. La naturaleza entera suspiraba ansiando la llegada de la lluvia salvadora. Aquél año, el invierno fue poco generoso en nieve: frío, ventoso, sin apenas descanso para la tierra, que ahora esperaba la tormenta con impaciencia. La tormenta traería el ansiado riego, lavaría el polvo y la suciedad, lo devolvería todo a la vida. Solo entonces llegaría la verdadera primavera, generosa, rebosante de flores, como una mujer joven llena de amor y ternura. Entonces la tierra engendraría hierba verde y flores multicolores, hojas trémulas y frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían alegres, comenzarían a construir sus nidos entre la hojarasca nueva de los jardines en flor. La vida seguiría su curso. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Bea—. ¡Que se enfría el café! De la cocina llegaba el aroma a café y a huevos revueltos. Era hora de levantarse. Tras la pesada conversación de anoche, los sollozos de Bea, la noche en vela, las preocupaciones, no resultaba fácil. Pero la vida sigue. Bea también tenía el rostro demacrado, ojos enrojecidos, sombras oscuras bajo los párpados. Le ofreció la mejilla pálida para un beso y esbozó una sonrisa débil. —Buenos días, cariño. Parece que hoy tendremos tormenta. ¡Dios mío, qué ganas de lluvia! ¿Cuándo llegará la auténtica primavera? Escucha, me han venido a la cabeza estos versos: Espero la primavera como la salvación De la escarcha invernal, del desamparo. Espero la primavera como aclaración De todos mis enredos diarios. Siempre pienso, cuando llegue ella, Todo se aclarará al instante. Siempre pienso, será ella sola, La que le dé sentido a todo, De forma más honesta, Más sencilla, Más fiable, Más certera. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya, adelante! Santi la abrazó por los finos hombros, besó su cabecita inclinada y rubia, con perfume de campo y manzanilla. El corazón se le encogió de compasión. Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué tenemos que pasar por esto? Al menos nos quedaba la esperanza, durante todos estos años eso nos mantuvo a flote. Ayer, el prestigioso doctor, nuestra última esperanza, sentenció nuestra espera: —Lo siento muchísimo, pero no podrán ser padres. Santi, tu estancia en la central de Cofrentes no fue gratis. Por desgracia, la medicina poco puede hacer en este caso. Siento no poder ayudaros. Bea se secó las lágrimas con determinación y movió la melena. —He estado pensando mucho y lo tengo claro: debemos acoger a un niño de un orfanato. Hay tantos niños desdichados en casas de acogida; cogeremos un niño, le criaremos, será nuestro hijo, por fin. ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo esperando un hijo, tanto—. Las lágrimas volvieron a su rostro. Santi abrazó a Bea contra su pecho y tampoco pudo contenerse. —Por supuesto, mi vida. No llores, amor, no llores. En ese instante, un trueno estremeció la casa. Y comenzó a llover con fuerza: ¡por fin, el cielo respondía a sus plegarias! El tan esperado aguacero lo cubría todo; como si la noche descendiese de golpe. Entre relámpagos y truenos, Santi y Bea, abrazados, miraban por la ventana cómo las gotas mojaban los cristales y el aire se perfumaba de tierra mojada. Todo el dolor y la desesperanza parecían disolverse con esa primera lluvia primaveral. Solo querían que nunca parase de caer ese regalo del cielo, símbolo de vida, de renacimiento y esperanza. Al cabo de unos días, estaban a las puertas del orfanato, la cita concertada. Habían acudido a elegir un hijo, ese hijo soñado, tan largamente esperado: su niño, su pequeño Vasquito. Lo amaban ya sin haberlo visto, con todo el amor acumulado durante años de anhelo. Tenían el corazón en un puño, la respiración entrecortada. Santi tocó el timbre. Les abrieron; ya les esperaban. La entrevista con la directora se produjo días antes; ahora les enseñaban a los niños candidatos. En la primera sala, vieron a una niña en braguitas mojadas sobre una sábana húmeda. Camisita sucia, naricita llena de mocos resecos, enormes ojos azules tristes siguiendo a los adultos que pasaban de largo. Fue un puñal en el corazón. Qué realidad la de este sitio: orfanato, asilo de niños sin nadie. En la sala siguiente había bebés limpios en sus cunas, la enfermera los mostraba, informaba de la edad, explicaba procedencias. Les enseñaban a los pequeños con mimo, como si fueran piezas en un extraño mercado. Santi pensó: solo falta preguntar el precio al kilo. —Santi, volvamos a ver a aquella niña tan desdichada—susurró Bea. Él le apretó el hombro. —¿Podemos volver a ver a la pequeña de la primera sala, la de los ojos azules? —Pero vosotros queríais un niño. Esa niña no la teníamos preparada para mostraros… —Queremos verla. Llévenos, por favor, de nuevo. La enfermera titubeó, meditó qué decir, pero al final les llevó atrás. —Avisaré a doña Ana López. Esperad aquí—indicó unas sillas. Bea se apoyó en el hombro de Santi. —Santi, quiero a esa niña, me dio un vuelco al verla. —A mí también. Se parece a ti: los ojos, el pelo… Y tan desamparada. Vino la enfermera con la directora, Ana estaba preocupada. —No es una buena elección, esa niña no es lo que buscáis. —¿Por qué? Nos gusta, ¡es igualita que Bea! Mírela, es idéntica—. Santi entró con determinación en la sala. Ya la habían limpiado, cambiado, y la niña parecía distinta, con mejillas encendidas y curiosidad en los ojos. Al ver que se detenían junto a su cuna, sonrió, mostrando hoyuelos en las mejillas. Extendió los bracitos para levantarse… Fue entonces cuando Bea apretó fuerte la mano de Santi: la niña tenía los pies completamente deformados hacia atrás. Sin dudar, Santi la levantó en brazos; ella se pegó a su rostro mojada y se quedó quieta. Las lágrimas acudieron a los ojos de ambos. Ana se apartó discretamente a secarse las lágrimas. —Vamos a mi despacho. Enfermera, lleve a la pequeña Lucía—. Y se dirigieron al despacho. La niña había nacido en un pequeño pueblo de Galicia en una familia numerosa y humilde. Por lo visto, trataron de deshacerse del bebé recién nacida con malformaciones: los pies totalmente torcidos y deformes. El padre se negó a llevarla a casa y alegó que ni tenía recursos para operarla, ni pensaba criar una “lisiada”. Lucía acabó así en el orfanato. —Ahora decidid: requiere mucho esfuerzo, dinero y, sobre todo, paciencia y amor. Si lo pensáis bien, conozco un médico en Santiago que os puede orientar. Os doy un mes para decidir. No volváis antes de estar seguros: nuestros niños se acostumbran rápido y no quiero que sufran más. Pasó el mes. Bea y Santi lo tuvieron claro desde el primer día: Lucía sería su hija. El profesor confirmó que varias operaciones corregirían prácticamente todo. Santi calculó si podrían costearlo: bastaría con vender el coche y la casa en construcción. De momento vivirían en el piso pequeño; si Lucía estaba sana, todo lo demás llegaría. Y allí estaban de nuevo, nerviosos, con flores y regalos. Ana tenía los ojos empañados. ¡Una niña más tendría por fin familia! Lucía había crecido, sus ricitos dorados brillaban, mejillas sonrosadas, ya empezaba a balbucear. Santi la cogió en brazos y ella se aferró a su cuello. Les quedaba por delante el complicado proceso judicial de adopción; los padres biológicos perdieron todos los derechos tras la sentencia. Por fin pudieron llevar a Lucía a casa. Bea dejó el trabajo y se dedicó a su hija. La prepararon para la primera operación en la clínica en Santiago. Un mes después, Lucía ya comía sola con cuchara, imitaba al gato, a la cabra… De momento, sus piernas solo podían ocultarse bajo pantalones largos, y al andar se tambaleaba como un patito. Pero era vivaracha, sociable, precoz en el habla. A quien más quería era a Santi. Mi papi, así lo llamaba siempre, y Bea también. Y Santi, encantado, decía siempre que Lucía era su sol. Al año, más operaciones. Varios viajes a Santiago, días duros y noches en vela para Bea. Hasta que al fin, ¡triunfo!: piernas como las demás niñas. Ya podía correr y saltar. A los cinco años, Lucía empezó el colegio. Pronto la notaron con talento para el dibujo y la apuntaron a la Escuela de Arte. A los seis, sus cuadros llenaban las exposiciones infantiles; paisajes llenos de luz, historias de alegría, admiradas por todos. Brillaba el talento. A los siete años arrancó el colegio primaria: enseguida fue líder en la clase, simpática, extrovertida, excelente estudiante. Pintaba, bailaba, tenía amigos allá donde iba; donde estaba Lucía, había alegría. Los padres asistían a las reuniones escolares con orgullo: solo parabienes de todos. Nadie sospechaba lo que habían superado esa niña y esos padres, no de sangre, sí de corazón. Dios no dejó de protegerles: desde la llegada de Lucía, la suerte acompañó a Santi y Bea. Su pequeño negocio floreció; pudieron mudarse a Santiago, comprar una buena casa y llevar a su hija a un colegio de prestigio. Lucía, ya en sexto, seguía siendo la mejor. Asiste a la Escuela de Arte, es preciosa, rubia de ojos azules y trenza dorada. Cariñosa y alegre, es la niña de todos. Un regalo de Dios: así la llaman…
Regalo de Dios… Aquel amanecer en Madrid fue gris y nublado; las nubes bajas arrastraban sus pesadas
MagistrUm
Es interesante
011
El banco del patio comunitario Víctor Esteban salió al patio poco después de la una y media. Le palpitaban las sienes: ayer acabó los últimos restos de ensaladilla, y esa mañana había estado desmontando el belén y guardando los adornos. En casa reinaba un silencio demasiado profundo. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó despacio, como siempre, apoyándose en la barandilla. A mediodía, el patio en enero parecía sacado de un decorado: pasillos de baldosas despejadas, montones de nieve intacta, ni un alma a la vista. Víctor Esteban sacudió la nieve del banco junto al portal dos. La nieve caía suave sobre las maderas. A él le gustaba pensar allí, sobre todo cuando no había nadie cerca: se podía estar cinco minutos y volver a casa renovado. — ¿Le importa si me siento aquí al lado? — preguntó una voz masculina. Víctor Esteban giró la cabeza. Un hombre alto, con anorak azul marino, de unos cincuenta y cinco años. El rostro le resultaba vagamente conocido. — Claro, siéntese, hay sitio de sobra — contestó haciéndose a un lado — ¿De qué piso es usted? — Del cuarenta y tres, segundo. Llevo tres semanas instalado. Miguel. — Víctor Esteban, encantado — le estrechó la mano por reflejo — Bienvenido a nuestro rinconcito tranquilo. Miguel sacó un paquete de tabaco. — ¿Le molesta si fumo? — Fume tranquilo. Víctor Esteban llevaba diez años sin probar el tabaco, pero el olor le recordó de pronto la redacción del periódico local donde había trabajado casi toda su vida. Se sorprendió deseando inspirar profundamente el humo, aunque enseguida descartó esa idea. — ¿Es usted de aquí de toda la vida? — preguntó Miguel. — Desde el ochenta y siete. Este bloque estaba recién estrenado. — Yo antes trabajaba aquí cerca, en el Antiguo Centro Cultural de Metalurgia, de técnico de sonido. A Víctor Esteban le dio un vuelco el corazón: — ¿Con don Valerio? — ¡Ese mismo! ¿Le conocía? — Le hice un reportaje una vez. En el ochenta y nueve, en su concierto de aniversario, ¿recuerda cuando actuó el grupo Agosto? — ¡Podría contarle ese concierto de principio a fin! — Miguel sonrió — Trajimos una columna enorme de sonido, la fuente de alimentación echaba chispas… La conversación fluyó sola. Aparecían nombres e historias, algunas graciosas, otras amargas. Víctor Esteban se sorprendió pensando que debería marcharse ya, pero siempre surgía un nuevo tema: músicos, cables, secretos de bastidores. Llevaba años sin conversaciones largas. Los últimos en la redacción estuvo sólo con urgencias, y desde que se jubiló, más bien retraído. Había terminado creyendo que así la vida era más tranquila: sin depender de nadie, sin atarse a nada. Pero ahora sentía que algo en el pecho se le iba descongelando. — Oiga — apagó Miguel el tercer cigarro —, en casa tengo archivados todos aquellos años: carteles, fotos, hasta las cintas de los conciertos, grabadas por mí. Si le gustaría verlas… ¿Para qué me meto en esto? — pensó Víctor Esteban. Luego habrá que quedar, relacionarse. Igual hasta quiere hacerse amigo, y yo con lo tranquilo que vivo… ¿y qué me va a contar que no sepa? — Bueno, podemos echarles un vistazo — respondió — ¿Qué día le viene bien? — Cuando quiera, ¿mañana a las cinco? Justo vuelvo del trabajo. — De acuerdo — Víctor Esteban sacó el móvil y abrió contactos — Apunte mi número. Si surge algo, nos llamamos. Esa noche no lograba dormir. Repasaba la charla, sacaba detalles de recuerdos antiguos. Varias veces se tentó a coger el móvil y cancelar, poner una excusa. Pero no lo hizo. A la mañana siguiente le despertó la llamada. En la pantalla: “Miguel, vecino”. — ¿Sigue en pie la cita? — preguntó la voz, ligeramente vacilante. — Sí — contestó Víctor Esteban —. A las cinco estoy allí.
El banco del patio Mira, te cuento: Julián Fernández salió al patio del bloque cuando pasaban de la una.
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