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018
Pensé que mi matrimonio iba bien, hasta que una amiga me hizo una pregunta
Creía que mi matrimonio marchaba como un coche recién enchapado, hasta que una amiga, con su típica franqueza
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08
¿De verdad quieres que crezca siendo un blandengue? La batalla de María con su suegra por el futuro de su hijo: música, fútbol y el precio de ser feliz
¿De verdad quieres convertirlo en un blandengue? ¿Por qué lo has apuntado al conservatorio?
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09
El trastero y las escalas No buscaba recuerdos en el trastero, sino un bote de pepinillos para la ensaladilla. En la balda de arriba, detrás de la caja con luces navideñas, sobresalía una esquina de la funda que hacía años no debería seguir en su piso. La tela había oscurecido, la cremallera se atascaba. Tiró de ella y salió del fondo un cuerpo largo y estrecho, como una sombra alargada: era el estuche. Dejó el bote en el taburete de la puerta para no olvidarlo y se agachó. La cremallera cedió al tercer intento. Dentro estaba el violín. El barniz apagado por zonas, las cuerdas flojas, el arco parecía una escoba vieja. Pero la forma era inconfundible, y algo en el pecho hizo “clic”, como un interruptor. Recordó cuando en tercero de la ESO cruzaba todo el barrio con ese estuche, avergonzada de parecer ridícula. Después llegaron el instituto, el trabajo, la boda, y un día simplemente dejó el conservatorio porque había que llegar a otra vida. El violín se quedó en casa de sus padres, luego se mudó con las demás cosas, y ahora estaba aquí, entre bolsas y cajas. No estaba ofendido, solo olvidado. Lo cogió con cuidado, como si fuese a deshacerse. La madera estaba cálida por su mano, aunque en el trastero hacía fresco. Los dedos encontraron solos el mástil, y enseguida se sintió incómoda: la mano no recordaba cómo sostener el instrumento, era como si fuera algo ajeno, prestado sin permiso. En la cocina hervía el agua. Cerró el trastero, pero no devolvió el estuche. Lo dejó en el pasillo, apoyado en la pared, y fue a apagar el fuego. La ensaladilla podía hacerse sin pepinillos. Se sorprendió buscando ya una excusa. Por la noche, con la vajilla limpia y solo unas migas de pan en la mesa, trajo el estuche al salón. Su marido estaba ante la tele, cambiando canales sin escuchar. Levantó la vista. —¿Qué has encontrado ahí? —Un violín —dijo ella, y se sorprendió de lo tranquila que sonó. —Ah. ¿Aún vive? —él sonrió, irónico pero sin maldad. —No sé. Ahora lo sabré. Abrió el estuche sobre el sofá, puso una toalla debajo para no arañar la tapicería. Sacó el violín, el arco, la cajita de resina. La resina estaba agrietada, como hielo en un charco. Pasó el arco por encima, apenas rozó la superficie. Afinar fue una humillación. Los clavijas estaban duros, las cuerdas chirriaban, una saltó y le dio en el dedo. Maldijo en voz baja, para que no lo oyeran los vecinos. Su marido resopló. —¿No prefieres un luthier? —preguntó él. —Quizá —respondió ella, aunque la rabia ya subía por dentro: no contra él, sino contra sí misma, porque ni siquiera sabía afinar. Buscó una app de afinador en el móvil y la dejó en la mesita. La pantalla mostraba letras y una aguja temblorosa. Ajustó clavijas, escuchó cómo el sonido se hundía o se iba demasiado alto. El hombro se le entumeció, los dedos se cansaban con la tensión. Cuando por fin las cuerdas dejaron de sonar a cables al viento, levantó el violín al mentón. El apoyo estaba frío, sintió la piel de la garganta más fina. Intentó erguirse, como le enseñaron, pero la espalda se resistió. Se rió de sí misma. —¿Vas a dar un concierto? —dijo él, sin mirar la tele. —Para ti —respondió. —Aguanta. La primera nota fue un lamento. El arco saltaba, el pulso no seguía línea recta. Se detuvo, respiró hondo y lo intentó de nuevo. Salió algo mejor, pero aún daba vergüenza. La vergüenza era extraña, adulta. No la de adolescente, cuando crees que el mundo te mira. Ahora solo miraban las paredes, el marido y unas manos que ya se sentían ajenas. Tocó las cuerdas al aire, como de niña, despacio, contando por dentro. Probó la escala de re mayor, y los dedos de la izquierda se hacían un lío. No recordaba la posición, los falanges eran más gordos, no acertaban. No había ese dolor conocido, solo esa sensación torpe de piel blanda. —No pasa nada —dijo él, de pronto. —No sale a la primera. Asintió, aunque no sabía a quién iba dirigida esa frase. ¿A él? ¿A ella? ¿Al violín? Al día siguiente fue al taller cerca del metro. Nada romántico: puerta de cristal, mostrador, guitarras y violines colgados, olor a barniz y polvo. El luthier, joven con pendiente, cogió el instrumento con soltura, como si fuera una herramienta más. —Las cuerdas hay que cambiarlas seguro —dijo él. —Engrasar clavijas, corregir el puente. El arco habría que ponerle crines nuevas, pero es más caro. Oír “caro” la puso tensa. Pensó en la factura de la luz, las medicinas, el regalo de cumpleaños de la nieta. Estuvo a punto de decir: “Mejor no”. Pero preguntó: —¿Y sólo cuerdas y puente? —Se puede. Sonará. Dejó el violín, recogió el recibo y lo metió en el monedero. Al salir sintió que dejaba a reparar algo de sí misma, que devolverían arreglada. En casa encendió el portátil y tecleó: “Clases de violín para adultos”. Le hizo gracia la expresión. Adultos. Como si necesitaran explicaciones más lentas y suaves. Encontró varios anuncios. Unos prometían “resultados en un mes”, otros “trato individualizado”. Cerró las pestañas, porque las palabras la ponían nerviosa. Luego volvió a abrirlas y escribió a una profesora del barrio: “Hola. Tengo 52 años. Quiero recuperar técnica. ¿Es posible?” Al enviarlo, se arrepintió. Quería borrar el mensaje, como si confesara debilidad. Pero ya estaba enviado. Por la tarde llegó el hijo. Entró en la cocina, le besó la mejilla, preguntó por el trabajo. Ella puso la tetera, sacó galletas. El hijo vio el estuche en la esquina del salón. —¿Eso es un violín? —preguntó, genuinamente intrigado. —Sí. Lo he encontrado. Estoy pensando… en probar. —¿En serio, mamá? —sonrió, descolocado pero sin burla. —Ha pasado mucho… —Mucho —confirmó ella. —Por eso quiero hacerlo. El hijo se sentó y giró la galleta entre las manos. —¿Para qué necesitas eso? —preguntó al fin. —Ya tienes bastante con el trabajo. Sintió que surgía la defensa habitual: justificar, explicarse, demostrar que tenía derecho. Pero las explicaciones siempre sonaban tristes. —No lo sé —fue sincera. —Solo quiero hacerlo. El hijo la miró más fijamente, como si por primera vez viera a su madre no solo como quien sostiene todo, sino como alguien que desea algo propio. —Bueno… vale —dijo. —Pero no te agobies. Y ten piedad de los vecinos. Se rieron. —Sobrevivirán. Tocaré de día. Cuando él se marchó, notó que estaba más ligera. No porque le diera permiso, sino porque esta vez no se había justificado. A los dos días recogió el violín del taller. Las cuerdas brillaban, el puente recto. El luthier explicó cómo tensar, cómo guardar. —No lo deje cerca del radiador. Y guárdelo en el estuche. Asintió, casi como una alumna. En casa, lo colocó en la silla, abrió el estuche y lo miró largo rato, temiendo estropearlo otra vez. El primer ejercicio fue el más sencillo: arco largo en cuerdas al aire. De niña era un castigo aburrido. Ahora era una salvación. Sin melodía ni nota, solo sonido y el intento de que fuese limpio. A los diez minutos le dolía el hombro. A los quince, el cuello. Paró, guardó el violín y cerró la cremallera. Sintió rabia: por el cuerpo, por la edad, por lo que cuesta todo. Fue a la cocina, bebió agua y miró por la ventana. En el parque unos chavales se lanzaban en patinete, gritando. Les envidiaba no por ser jóvenes, sino por su falta de vergüenza. Se caían, se levantaban y nadie pensaba que era tarde para aprender equilibrio. Volvió al salón y abrió el estuche otra vez. No por obligación, sino para no terminar enfadada. La respuesta de la profesora llegó por la noche: “Hola. Por supuesto que es posible. Ven, empezamos con postura y ejercicios sencillos. La edad no es obstáculo, pero sí requiere paciencia”. Lo leyó dos veces. La palabra “paciencia” era honesta y le calmó. Al primer día de clase fue con el estuche en las manos, como llevando algo frágil e importante. En el metro la gente miraba, algunos sonreían. Recibía las miradas y pensaba: Que miren. Me da igual. La profesora era una mujer bajita, unos cuarenta años, pelo corto y ojos atentos. En la sala había un piano, partituras en la estantería, una silla con un violín infantil. —A ver, déjame —dijo y le pidió que cogiese el violín. Lo cogió, y se vio enseguida el error: el hombro demasiado alto, el mentón rígido, la muñeca bloqueada. —No pasa nada —dijo la profe —. Hace mucho que no tocas. Primero simplemente quédate quieta. Siente que el violín no es enemigo. Le dio risa, y un poco de vergüenza: a los cincuenta y dos años, aprender a sostener el violín. Pero había libertad en eso. Nadie exigía que fuera buena, solo que estuviese presente. Al terminar la clase le temblaban las manos como después de gimnasia. La profesora le apuntó deberes: diez minutos diarios de cuerdas al aire, luego una escala, no más. “Mejor poco y frecuente”, dijo. En casa, el marido preguntó: —¿Qué tal? —Difícil —dijo. —Pero bien. —¿Estás contenta? Pensó. Contentar no era la palabra. Sentía inquietud, vergüenza y algo de luz. —Sí —contestó. —Es como volver a usar las manos para algo que no sea limpiar o trabajar. Una semana después se atrevió con una melodía sencilla que recordaba de niña. Buscó la partitura en internet, la imprimió en el trabajo y la metió en la carpeta para que nadie preguntara. En casa la puso en un atril improvisado, con un libro y una caja. El sonido temblaba, el arco chocaba con cuerdas vecinas, los dedos fallaban. Reiniciaba una y otra vez. Al rato el marido se asomó: —Eso… es bonito —dijo con cuidado, como si temiera romper el momento. —No mientas —respondió. —No miento. Es… reconocible. Sonrió. Reconocible era casi un piropo. El fin de semana vino la nieta. Seis años, notó enseguida el estuche. —¿Abuela, qué es eso? —Un violín. —¿Sabes tocar? Iba a decir: “Hace años”. Pero ella no sabía de “hace años”. Solo existía el ahora. —Estoy aprendiendo —dijo. La nieta se sentó con las manos en las rodillas, como si fuera en el colegio. —Toca. Sintió cómo se le encogía algo por dentro. Tocar delante de un niño da más miedo. El niño escucha la verdad. —Vale —aceptó y tomó el violín. Tocó la melodía de la semana. En el tercer compás el arco se escapó y el sonido chilló. La nieta no se inmutó, solo ladeó la cabeza. —¿Por qué suena así? —Porque abuela mueve el arco raro —y se rieron las dos. —Toca otra vez —pidió. Y tocó de nuevo. No fue mejor, pero no paró por vergüenza. Solo terminó la pieza. Por la tarde, ya sola, se quedó en el salón. En la mesa los papeles, el lápiz para marcar dificultades. El violín en el estuche, cerrado pero no devuelto al trastero: estaba junto a la pared, recordándole que era parte de su vida diaria. Puso un temporizador: diez minutos. No para obligarse, sino para no agotarse. Abrió el estuche, sacó el violín, comprobó la resina y el arco. Lo puso bajo el mentón, soltó el aire. El sonido salió más suave que por la mañana. Luego volvió a fallar. No maldijo. Solo ajustó la mano y siguió tirando del arco, tratando de mantener la nota firme. Cuando el temporizador sonó, no bajó inmediatamente los brazos. Terminó el arco, guardó el violín y cerró el estuche. Lo dejó junto a la pared, fuera del trastero. Sabía que mañana sería igual: algo de vergüenza, algo de cansancio, unos segundos limpios por los que merece abrir el estuche. Y eso bastaba para seguir.
El trastero y las escalas Se adentró en el trastero, no para buscar recuerdos, sino para encontrar el
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07
Listo para perdonar y aceptar de nuevo – no lo va a conseguir
¿Crees que voy a andar persiguiéndote? Tengo a gente como tú por la monedita. Entonces cómprate tu propio
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025
Cerré los ojos ante la traición y lo lamenté
¡Otra vez con ella! Zaira sostiene la mirada, con una lágrima que se le escapa por el ojo. Daniel traga
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013
¿De verdad quieres que crezca siendo un blandengue? La batalla de María con su suegra por el futuro de su hijo: música, fútbol y el precio de ser feliz
¿De verdad quieres convertirlo en un blandengue? ¿Por qué lo has apuntado al conservatorio?
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035
Lo vi con mis propios ojos Cerraba la caja en la contabilidad cuando la jefa asomó la cabeza por el despacho y le preguntó si podía encargarse mañana del informe de proveedores. Su tono era una suave orden de las que no se rechazan. Ella asintió, aunque en su cabeza ya sumaba la lista: recoger al hijo del colegio, pasar por la farmacia por las pastillas de su madre, revisar los deberes en casa. Hacía tiempo que vivía así: sin discutir, sin llamar la atención, sin dar motivos. En el trabajo lo llamaban fiabilidad; en casa, tranquilidad. Esa tarde caminaba desde la parada hasta casa, apretando la bolsa de la compra contra el costado. El hijo iba al lado, absorto en el móvil, y de vez en cuando pedía “cinco minutos más”. Ella respondía “luego”, porque el luego siempre llegaba. Al cruzar la avenida junto al centro comercial, esperó al verde de peatones. Los coches parados en dos filas; alguno tocaba el claxon de forma nerviosa. Ella pisó el paso de cebra justo cuando de la derecha salió disparado un todoterreno oscuro, adelantó a todos los parados y quiso colarse con el semáforo titilando. El golpe sonó seco, como si se hubiera caído un armario pesado. El todoterreno chocó contra un “Seat Ibiza” blanco que cruzaba el cruce. El Ibiza giró, y la parte trasera se fue al paso de peatones. La gente se echó atrás. Ella sólo pudo agarrar a su hijo por la manga y tirar de él consigo. Un segundo y todo se detuvo. Después alguien gritó. El conductor del Ibiza estaba encorvado, tardó en levantar la cabeza. Del todoterreno saltaron los airbags y tras el cristal vislumbró la cara de un hombre que ya intentaba salir. Ella dejó la bolsa en el asfalto, sacó el móvil y marcó el 112. La voz al otro lado era serena, como si aquello no sucediera allí. —Accidente en el cruce junto al centro comercial, hay heridos —dijo tratando de hablar claro—. El coche blanco está en el paso, no sé si el conductor está consciente. Su hijo, pálido, la miraba como si de repente fuera realmente adulta. Mientras hablaba con la operadora, otro joven corrió al Ibiza, abrió la puerta, habló con el conductor. El hombre del todoterreno salió rápido, seguro, miró alrededor y dijo algo por teléfono. Iba bien vestido, sin gorro, con la actitud de quien cree que todo es un pequeño contratiempo. Llegaron la ambulancia y la policía. El agente pidió que levantara la mano quien había visto el choque. Ella la levantó, era lo natural; estaba justo allí. —Sus datos, por favor —dijo el agente—. Cuéntenos cómo fue. Ella dio apellido, dirección, teléfono. Las palabras salían secas y precisas. Explicó que el todoterreno salió de la derecha, que el Ibiza iba con su luz, que había gente en el paso. El agente asentía, anotaba. El hombre del todoterreno se acercó, casualmente. La miró breve, sin amenaza, pero con un aire incómodo. —¿Está segura? —preguntó en voz baja, como de pasada—. Hay cámara, se ve todo. —Vi lo que ocurrió —respondió ella. De inmediato lamentó el tono, demasiado firme. Él sonrió apenas y se fue. El hijo tiró de su manga. —Mamá, vámonos a casa —pidió. El agente le devolvió el DNI y dijo que podría recibir otra llamada para concretar detalles. Ella asintió, recogió la bolsa y llevó al niño por el patio. En casa, se lavó las manos largo rato aunque estaban limpias. El hijo, callado, le preguntó si iban a meter en la cárcel al señor. —No lo sé —respondió—. Eso no lo decidimos nosotros. Esa noche soñó el sonido seco del impacto y el todoterreno empujando el aire. Al día siguiente, en el trabajo, las cifras no la dejaban concentrarse; la mente volvía una y otra vez al cruce. Tras comer, recibió una llamada de número desconocido. —Buenas tardes, usted presenció el accidente ayer —dijo un hombre, educado, sin presentarse—. Le llamo de parte de los implicados. Queremos tranquilizarla. —¿Quién es usted? —preguntó ella. —No importa. La situación es complicada. Sabe usted que a los testigos los presionan, los llevan a juicios. ¿Le merece la pena? Tiene un hijo, trabajo. Hablaba suave, como quien recomienda un detergente. Así daba más miedo. —Nadie me está acosando —dijo ella, notando temblar la voz. —Ni falta que hace —respondió—. Sólo diga que no está segura, que fue todo rápido. Así todos estarán más tranquilos. Colgó y se quedó mirando la pantalla antes de guardar el móvil en el cajón, como si así escondiera toda la conversación. Por la tarde recogió a su hijo, fue a visitar a su madre. Vivía en el barrio de al lado, en un quinto sin ascensor. La recibió en bata, quejándose del médico y la tensión. —Mamá —dijo mientras le daba las pastillas—, si hubieses visto el accidente y te pidieran que no te metieras, ¿qué harías? La madre la miró cansada. —No me metería —respondió—. No necesito heroísmos a mi edad. Tú tampoco. Tienes un hijo. Era casi una frase de cariño, pero a ella le dolió, como si dudara de su fortaleza. Al día siguiente la llamada se repitió, número distinto. —Nos preocupa la situación —dijo la misma voz—. Sabe usted, ese señor tiene familia, trabajo. Un error, a cualquiera le pasa. Los testigos acaban en juicios años. ¿Para qué exponerse? Quizá debería poner que no vio el momento del impacto. —Lo vi —afirmó ella. —¿Está segura de que quiere complicarse? —el tono se enfrió—. ¿En qué colegio estudia su hijo? Sintió un nudo en el estómago. —¿Cómo lo sabe? —preguntó. —El mundo es pequeño —replicó calmado—. No somos enemigos. Queremos tranquilidad para usted. Colgó y se quedó en la cocina mirando la encimera. El hijo hacía los deberes en su cuarto. Luego puso la cadena a la puerta, aunque sabía que no servía de nada frente a llamadas. Unos días después la paró en el portal un hombre sin distintivos. —¿Es usted del piso veintisiete? —preguntó. —Sí —respondió automáticamente. —Por el accidente, no se asuste —alzando las manos en gesto pacífico—. Soy amigo de unos amigos. No querrá que la lleven a juicios, ¿verdad? Se puede arreglar. Diga simplemente que no está segura y ya. —No quiero dinero —le salió sin pensar. Ella misma se sorprendió. —Nadie habla de dinero —respondió, sonriendo—. Hablamos de su tranquilidad. Tiene usted un hijo. El ambiente está tenso. En la escuela, en el trabajo… ¿Para qué complicarse? Dijo “complicarse” como si fuese basura que se puede sacar. Ella pasó junto a él sin responder, subió a casa y sólo entonces notó que las manos le temblaban. Dejó la bolsa, se quitó la chaqueta y fue a buscar a su hijo. —Mañana espérame en la puerta del colegio, no salgas solo —le pidió tranquilo—. Te recogeré yo. —¿Ha pasado algo? —preguntó el niño. —Nada —mintió ella, sabiendo que esa mentira ya vivía aparte. El lunes recibió la citación. Tenía que ir a comisaría a declarar y reconocer al conductor del accidente. El papel era oficial, con sello. Lo guardó entre los documentos, sentía que guardaba una piedra. Esa tarde la jefa la retuvo. —Oye —dijo cerrando la puerta—. Han venido preguntando por ti. Muy educados. Dijeron que eres testigo y sería mejor que no te estresaras. No quiero que vengan por mis empleadas. Ten cuidado. —¿Quién vino? —preguntó. —No se presentaron. Pero… seguros —encogió hombros—. Te lo digo como persona: quizá sería mejor no meterse. Tenemos informes, inspecciones. Si empiezan las llamadas, nos entorpecen. Salió del despacho sintiendo que no sólo le quitaban la palabra, sino también el refugio donde se escondía entre números. En casa se lo contó todo a su marido. Comía sopa sin decir nada. Luego apartó la cuchara. —¿Sabes que esto puede acabar mal? —preguntó. —Lo sé. —¿Entonces por qué? —no era brusco, hablaba cansado—. Tenemos hipoteca, tu madre, el niño. ¿Quieres que nos revuelvan la vida? —No quiero. Pero lo vi. Él la miró como si hubiera dicho algo infantil. —Olvida que lo viste —sentenció—. No le debes nada a nadie. Ella no discutió. Discutir habría sido admitir que tenía elección, y la elección pesaba más que las amenazas. El día de la citación se levantó temprano, preparó el desayuno del hijo, comprobó que llevaba el móvil cargado. Echó en el bolso el DNI, la citación, un cuaderno. Avisó a una amiga: adónde iba y a qué hora debía regresar. Su amiga respondió: “Vale. Avísame cuándo salgas”. La comisaría olía a papel y alfombras húmedas. Se quitó la chaqueta y fue al mostrador. Le indicaron el despacho del investigador. Era joven, rostro cansado. Le ofreció una silla, encendió la grabadora. —¿Es consciente de la responsabilidad de mentir en su declaración? —preguntó. —Sí —respondió. Preguntaba tranquilo. ¿Dónde estaba, qué luz había, de qué lado venía el todoterreno, velocidad? Ella respondía sin añadir nada. En un momento levantó la vista. —¿Alguien la ha contactado? Ella dudó. Contarlo era admitir que la habían tocado. No contarlo era quedarse sola. —Sí. Han llamado y me han parado en el portal. Me pidieron que dijera que no estaba segura. El investigador asintió, como si lo esperara. —¿Tiene los números? Ella mostró el móvil. Él los anotó, le pidió capturas y que las enviara al correo oficial. Lo hizo, aunque los dedos no respondían bien. Después le pidieron esperar para el reconocimiento. Sentada en un banco, con el bolso en el regazo. La puerta al fondo se abrió y vio al hombre del todoterreno. Venía con el abogado, murmurando algo. Al pasar, miró hacia ella un instante. Tranquilo, cansado, como quien está acostumbrado a que todo se solucione. El abogado se paró junto a ella. —¿Es usted la testigo? —preguntó amable. —Sí. —Le recomiendo cuidado al declarar —dijo, igual de suave—. En tensión, la gente se equivoca. No querrá tener que responder por ello después. —Sólo quiero decir la verdad. Él alzó levemente una ceja. —La verdad… cada uno tiene la suya —replicó, y se apartó. En el despacho, le mostraron fotos, tuvo que señalar al conductor. Lo hizo. Firmó el acta. El trazo de la pluma en el papel la tranquilizaba: el rastro quedaba, no se borraba con una llamada. Al salir ya era de noche. Caminó hasta la parada, mirando alrededor aunque nadie la seguía. En el autobús se sentó cerca del conductor, como hacen quienes buscan protección. En casa, el marido la recibió en silencio. El hijo salió al pasillo. —¿Cómo ha ido? —He dicho lo que vi. El marido suspiró hondo. —¿Sabes que ahora no van a dejarte en paz? —Lo sé. Esa noche no durmió. Escuchaba los portazos en el portal, pasos en la escalera. Todo movimiento era señal. Por la mañana llevó al hijo al cole; pidió a la tutora que no se lo entregase a desconocidos, por mucha “mamá” que dijeran. La profesora la miró fija, sin preguntas, y asintió. En el trabajo, la jefa fue más seca. Le encargaban menos, como si fuese peligrosa. Notaba miradas esquivas; a su alrededor se abrió un vacío. Dejaron de llamarla una semana; después llegó un mensaje: “Piensa en tu familia”. Sin firma. Lo enseñó al investigador como le indicó. Él respondió: “Registrado. Si pasa algo más, avise”. No se sintió protegida, pero sí que sus palabras no se disolvían. Un día la vecina la alcanzó en el ascensor. —Me han dicho que te has metido en un lío —susurró—. Mi marido suele estar en casa, cualquier cosa, llama, ¿vale? Y hace tiempo queríamos poner cámara en el portal, ¿nos juntamos y la ponemos? Lo dijo fácil, sin épica. A ella le picó el llanto en la garganta. Al mes la volvieron a llamar. El investigador le informó de que el caso iría a juicio, que habría sesiones, que podían requerirla. No prometía justicia, hablaba de procedimientos y expertos. —¿La han amenazado de nuevo? —No, pero siempre lo espero. —Es normal —dijo él—. Intente vivir como antes. Y avise de cualquier cosa. Salió y el “normal” sonaba extraño. La vida ya no era igual. Era más precavida: cambiaba la ruta, no dejaba al hijo solo, grababa las llamadas, avisaba a la amiga. No se sentía fuerte, sólo alguien que aguanta para no caer. En el juicio vio de nuevo al del todoterreno. Sentado, serio, anotando. No la miró. Eso fue peor que el contacto visual: como si fuera simple trámite. Cuando le preguntaron si estaba segura, sintió el miedo ahogarla. Imaginó al hijo en la puerta del colegio, la jefa seria, la madre aconsejando no meterse. Pero contestó: —Sí, estoy segura. Salió del juzgado y se detuvo en las escaleras. Tenía las manos frías, con guantes. Su amiga escribió: “¿Estás bien?”. Respondió: “Estoy. Voy a casa”. Entró en la tienda y compró pan y manzanas, porque hacía falta cenar. Era curioso: el mundo no se había parado, exigía tareas simples. En casa, su hijo la esperaba en la puerta. —Mamá, ¿vienes a la reunión hoy? —preguntó. Ella lo miró. Por esa pregunta se había sostenido. —Sí, pero antes cenamos. Al cerrar después con dos vueltas y la cadena, lo hizo sin miedo: era rutina de nueva vida. El precio era ese equilibrio reaprendido. No ganó, ni fue heroína. Pero le quedó una certeza sencilla y dura: no retrocedió en lo que había visto, y ya no tenía que esconderse de sí misma.
Yo esto lo vi Estaba apagando la terminal en la contabilidad cuando la jefa se asomó por la puerta y
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027
¿Te gustaría que sacara la maleta con tus cosas ahora? – sugirió la esposa.
¿Me ayudas a llevar la maleta con tus cosas ahora? propuso Celia. ¡Llévala tú! ¿Cómo? se sorprendió la
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030
Una vez al mes Nina Seriéyevna apretó contra el pecho una bolsa de basura y se detuvo ante el tablón de anuncios junto al ascensor. En una hoja cuadrícula, sujeta con chinchetas, se leía en grande: «Una vez al mes — un vecino». Abajo, fechas y apellidos, y en la esquina la firma: «Sergio, piso 34». Al lado alguien ya había añadido a bolígrafo: «Se necesitan dos personas el sábado para ayudar con cajas». Nina Seriéyevna lo leyó maquinalmente dos veces y sintió irritación, como cuando escucha una voz ajena en el pasillo. Llevaba diez años viviendo en ese portal y conocía la norma: se saluda al coincidir en la puerta y cada uno a lo suyo. A veces, un escueto «¿sabe dónde está el electricista?», otras, «por favor, entregue el recibo». Pero ese horario de ayuda, nombres, chinchetas… Le recordaba a aquellas reuniones en su antiguo trabajo, donde fingían que «somos un equipo» y en el fondo cada uno se salvaba solo. En el cuarto de basuras se cruzó con Valle, del quinto, que siempre llevaba dos bolsas, como si temiera que una se rompiera. —¿Ha visto? —dijo Valle señalando el tablón—. Sergio lo ha ideado. Dice que es más fácil así. No cada uno corriendo, sino juntos. —¿Juntos? —repitió Nina Seriéyevna procurando que su voz sonara tranquila—. ¿Y si uno no quiere juntos? Valle se encogió de hombros. —Bueno… aquí nadie obliga. Es solo para cuando haga falta, que haya alguien. Nina Seriéyevna salió al patio y se sorprendió discutiendo mentalmente con ese Sergio del piso treinta y cuatro. «Cuando haga falta» —¿cómo es eso? ¿Quién decide a quién le hace falta? ¿Por qué debería ser asunto de todos? El sábado por la mañana oyó ruidos y voces apagadas en el portal. A través de la puerta se colaban frases como «¡cuidado, esquina!» y «sujeta el ascensor». Nina Seriéyevna estaba en la cocina, con el trapo húmedo en las manos, y no podía evitar escuchar. Se imaginó a los vecinos, que solo conoce de vista, cargando cajas ajenas y un sofá; uno mandando, otro refunfuñando. Le incomodaba pensar que ellos ahora verían la vida de otro entre cartones, y a la vez le daba una extraña envidia: habían sido llamados. Una hora después todo volvió a la calma. Por la tarde, al regresar de la compra, Nina Seriéyevna vio en la entrada una pila de cajas vacías y cinta adhesiva sobre el banco. Sergio, alto y con cara de cansancio, recogía basura en un saco. —Buenas tardes —saludó él, como si fueran viejos conocidos—. ¿Le hemos molestado? —No —respondió Nina Seriéyevna—. Solo hubo mucho jaleo. —Entiendo. Hemos intentado acabar antes de comer. Tania, la del segundo, se muda, sola con el crío. Bueno, sola… —hizo un gesto—. Si alguna vez necesita algo, por favor escríbalo en el tablón. No tiene que ser una mudanza. Cualquier tontería. La palabra «tontería» sonó tan natural que Nina Seriéyevna no encontró por dónde llevarle la contraria. No estaba presionando, ni insistiendo. Solo lo dijo y siguió con el saco. Las semanas siguientes el tablón empezó a tener vida propia. Nina Seriéyevna pasaba y veía nuevos mensajes cada día. «Petrovich del 19 — medicinas, tras la operación, ¿quién puede ir a la farmacia?» «Hace falta taladrar una balda en el 27, tengo taladro.» «Recolectamos 200 para el telefonillo, quien no tenga cambio, avise.» Las letras iban variando: unas cuidadas, otras nerviosas y apretadas. Ella no se apuntaba. Le parecía lo correcto: no meterse. Pero observaba. Una tarde, al salir del trabajo, vio a una chica del portal contiguo llorando junto al ascensor, oculta en la manga. Valle la animaba con la mano en el hombro, hablando bajo: —No llores. Ahora lo encontramos. Sergio dice que él tiene. —¿Qué pasa? —preguntó Nina Seriéyevna aunque podía haber seguido de largo. Valle la miró como si ya supiera que Nina Seriéyevna no iba a reírse. —La abuela está mal, presión alta. Se han acabado las pastillas y la farmacia está cerrada. Sergio va a traer de las suyas, mientras compramos otras por la mañana. Nina Seriéyevna asintió y, al entrar en casa, tardó en quitarse el abrigo. Se preguntaba por qué Valle decía tan fácilmente «lo encontraremos». No «que llamen a una ambulancia» ni «no es cosa nuestra», sino «lo encontramos». Y pensaba en cómo Sergio iba a dejar sus medicinas, sin preguntar si se las devolverían. Unos días después, estalló un pequeño escándalo en el portal. Al anuncio colectivo del telefonillo alguien añadió: «Otra vez nos sacan dinero. Quien lo quiera que lo ponga él». Firmado con letra torcida, sin apellidos. Dos mujeres discutían junto al ascensor, sin tapujos. —Eso es del tercero, reconozco la letra —susurraba una. —¿Y tú qué sabes? —respondía la otra—. Hay quien vive de la pensión, y siempre pidiendo doscientos y doscientos… Nina Seriéyevna pasó de largo, sintiendo cómo le subía un familiar desasosiego: ahí estaba lo colectivo. Ahora empezarían los reproches sobre quién paga, quién no, quién aprovecha. Quería que todo acabara y el tablón volviera a tener solo avisos de fontaneros. Pero por la tarde vio a Sergio en el tablón. Retiró con cuidado la hoja polémica, la dobló y guardó en el bolsillo. Colgó otra nueva y escribió: «Telefonillo. Quien pueda paga. Quien no pueda, no paga. Lo importante es que funcione. Sergio». Y nada más. Nina Seriéyevna notó que respetaba ese «y nada más». Sin sermones ni amenazas. Solo un límite. Mientras tanto, su propia vida empezó a chirriar como la puerta de la escalera que nadie engrasa. Primero fue una fuga en el baño: puso un balde, apretó la tuerca, limpió el suelo. Después le retrasaron la prima en el trabajo y la jefa, sin mirarla a los ojos, le dijo: «Por ahora, aguanta». Nina Seriéyevna aguantó. Sabía hacerlo. Al principio de mes le empezó a doler la espalda. No para llamar a urgencias, pero sí para pasarse un minuto agarrada al borde de la cama cada mañana hasta que la punzada cedía. Compró pomada y se abrigó con un pañuelo, sin decir nada a nadie. Para ella, una queja siempre acababa en charla y la charla en lástima. Una tarde volvió a casa con la compra y escuchó un ruido extraño, como un roce, en la entrada: era la puerta, el bombín no giraba. Forzó un poco, la llave cedió con un crujido. Siente un sobresalto. Quitó los zapatos, dejó el paquete en una silla, sacó el destornillador e intentó desmontar el bombín. Le temblaban las manos y le tiraba la espalda. El silencio del piso se le hacían aún más pesado. Al día siguiente el bombín se atascó de verdad. Llegó tarde, con bolsa y carpeta, y no pudo abrir. Se quedó apoyada en el frío metal, luchando por no entrar en pánico. Pensaba: «Cerrajero. Llaves. Dinero. Noche». Llamó a emergencias: el técnico tardaría dos horas. Dos horas en la escalera; humillante, no por los vecinos, sino por la propia impotencia. Sentada en el peldaño, miró sus manos: secas, con grietas por los detergentes. Manos que siempre habían podido. El ascensor se abrió y salió Sergio. La vio enseguida. —¿Nina Seriéyevna? —preguntó, como verificando. Ella levantó la cabeza sintiendo cómo se le iba encendiendo la cara. —El bombín —dijo escuetamente—. Espero al cerrajero. —¿Mucho rato? —Dos horas, me dijeron. Sergio miró la puerta y luego la bolsa. —Tengo un juego de herramientas. Podemos intentar, mientras espera. Si no sale, al menos sabremos qué pasa. ¿Le parece bien? Ese «¿le parece bien?» era importante. No dijo «déjeme», ni «¿qué hace ahí sentada?»; preguntó. Nina Seriéyevna iba a responder «gracias, no hace falta». Era lo acostumbrado y seguro. Pero la espalda le mataba, el móvil se descargaba y la idea de dos horas allí ya era insoportable. —Inténtelo —dijo, sorprendida de su propia entereza. Sergio subió y bajó con una maleta pequeña. La abrió en el suelo, desplegó las herramientas sobre un periódico que había traído consigo. Nina Seriéyevna lo registró sin pensar: para no ensuciar el suelo. Huellas, orden, respeto por lo ajeno. —No soy cerrajero —advirtió— pero he visto unos cuantos bombines. Retiró la tapa y las piezas con cuidado, en la tapa de una caja, con método. Nina Seriéyevna se sentó cerca, con la bolsa, sintiéndose rara: como si su vida fuera ahora el rellano y eso no tuviera por fuerza que ser malo. —La pieza interior está desgastada —diagnosticó Sergio—. Puedo engrasarla provisionalmente, pero conviene cambiarla. ¿Tiene usted copia de llave? —No —respondió ella—. No lo pensé. Sergio asintió sin comentarios. En diez minutos cedió la puerta. No a la primera, pero cedió. Nina Seriéyevna pasó al recibidor y notó cómo se soltaba la tensión. Se volvió. —Gracias —dijo. Añadió, para que no sonara a fin de conversación—: Es solo que no quiero que todo el portal se entere. Sergio la miró. —Lo entiendo. No diré nada. Pero el bombín hay que cambiarlo. Si quiere, mañana le paso el contacto de un buen cerrajero, sin complicaciones. Ella asintió. Le importaba que él no propusiera «lo hacemos entre todos y lo cambiamos». Propuso lo concreto y en privado. Cuando Sergio se marchó, cerró con pestillo y se quedó de pie en el recibidor, escuchando el zumbido del frigorífico. Le daban ganas de reír y llorar a la vez, porque la ayuda no se parecía a la compasión. Era un instrumento que te ofrecen cuando tienes las manos ocupadas. Al día siguiente llamó al cerrajero recomendado por Sergio. Vino por la tarde, desmontó el bombín, enseñó la pieza gastada, puso uno nuevo. Pagó, recibió dos llaves y puso una en una caja en la balda de arriba, marcada con rotulador «repuesto». Era su pequeño reconocimiento: sí, a veces no se puede sola. A la semana apareció en el tablón: «El sábado, para ayudar a Petrovich del 19 con la compra y medicinas, vuelve del hospital muy débil. Se necesitan dos personas de 11 a 12». Nina Seriéyevna lo leyó y comprendió que podía hacerlo. El sábado salió antes de casa. Llevaba en la bolsa dos paquetes de galletas y uno de té. No como dádiva, sino como excusa para entrar y no llegar con las manos vacías. Sergio ya la esperaba en el rellano. —¿También viene usted? —preguntó, sin sorpresa, solo para asegurarse. —Sí —respondió Nina Seriéyevna—. Pero hagamos así: yo llevo lo ligero. Y sin hablar de salud, ¿vale? Ella misma se notó firme. Sin excusas, sin «si no le importa», sino poniendo condiciones. —De acuerdo —asintió Sergio. Subieron al piso de Petrovich. Les abrió un hombre mayor con jersey de casa y cara pálida. Sonrió tímido. —Vaya, la comisión —murmuró. —Comisión no —dijo Nina Seriéyevna tendiéndole la bolsa—. Aquí está la compra. Hay té y galletas, si le apetecen. Petrovich la cogió con ambas manos, como si temiera que se le cayera. —Gracias. Yo lo haría, pero las piernas… —No hace falta «yo haría», —lo interrumpió Sergio en tono amable—. Díganos dónde lo dejamos. Entraron en la cocina. Nina Seriéyevna dejó las bolsas en la mesa; vio una lista de medicinas y una caja de pastillas vacía. No preguntó: solo dijo —¿Le llevo el cubo de la basura? —Si puede —dijo él, avergonzado. Nina Seriéyevna cogió el cubo pequeño, lo ató y lo sacó al rellano. Al volver, notó que apenas le dolía la espalda. No porque el dolor se hubiera ido, sino porque por dentro estaba más en calma. Al irse Petrovich intentó dar dinero a Sergio. —No hace falta —dijo él. —Pues al menos… —Petrovich miró a Nina Seriéyevna—. Pase usted cuando quiera. No muerdo. Nina Seriéyevna asintió. —Si hace falta, pasaremos. Pero no se tire el manto de héroe; escriba en el tablón si necesita algo. Lo dijo y sintió en el pecho una tranquila seguridad: tenía derecho a hablar como Sergio. Ni por encima ni por debajo; al lado. Aquella tarde se paró ante el tablón. Alguien había dejado una caja de chinchetas y un cuaderno pequeño. Nina Seriéyevna sacó boli y escribió con calma, sin frases de más: «Piso 46. Nina Seriéyevna. Si alguien necesita que vaya a la farmacia o recoja un paquete entre semana después de las 19, avise. No puedo cargar peso». Sujetó la hoja y guardó el boli. En casa puso la tetera, sacó la llave de repuesto del armario y la metió en un sobre pequeño. En él apuntó el teléfono de Sergio y lo dejó en el cajón de la entrada. No como muestra de dependencia, sino como seguro que ella se concedía. Cuando una puerta sonó y se oyeron pasos en el piso, Nina Seriéyevna no se sobresaltó. Apagó el fuego, se sirvió el té y pensó que «una vez al mes» no va de multitudes. Va de saber que no hace falta sujetarse a todo con una sola mano, si cerca hay otras.
Una vez al mes Hoy, tras ajustar el saco de basura contra mi pecho, me detuve frente al tablón de anuncios
MagistrUm
Es interesante
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Invité a mi madre y a mi hermana a celebrar la Nochevieja con nosotros”, comunicó el marido la noche del treinta de diciembre. “¿Te dará tiempo a preparar todo?
He llamado a mi madre y a mi hermana para que vengan a pasar Año Nuevo con nosotros me dice mi marido
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