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026
Estuve dos años en el extranjero y, al regresar, descubrí que mi hijo había vivido una “sorpresa”.
Querido diario, He vuelto a casa después de dos años trabajando como ingeniero en la filial de la compañía en París.
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024
Mi madre siempre apoyó a mi padrastro. Un día, ya no pude soportarlo más y decidí ponerle fin a todo.
Recuerdo que mi madre, María, siempre estaba del lado de mi padrastro, Antonio. Un día ya no soporté
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033
Cuando la esposa recoge sus cosas y desaparece: secretos ocultos, manipulación y fuga en una familia española marcada por el engaño y la lucha por un hijo
Diario de Dina 16 de marzo Hoy he sentido que algo en esta casa ya no volverá a ser igual. Marta se marchó
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053
¡Es tu deber pagarme, porque mi padre hizo lo mismo! ¡Tengo todo el derecho!
Es tu deber pagarme, porque mi padre hizo lo mismo. ¡Tengo todo el derecho! Alba decidió comprar calcetines.
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040
Para mi madre, cuidar de su nieta es algo “imposible”.
Querido diario, Hoy vuelvo a sentir la frustración de que para mi madre cuidar de mi hija sea una imposibilidad.
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034
A él no me cayó bien desde el principio
Entonces, ¿te lanzó al aire? ¿Te parece que te ha tomado del cuello? ¿Será que se ha confundido?
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014
Nadie en Casa Sergio se despertó sin necesidad de despertador, como siempre, a las seis y media. En el piso reinaba el silencio, tan solo el ronroneo suave del frigorífico llegaba desde la cocina. Se quedó un minuto tumbado, escuchando ese sonido, y luego estiró la mano hacia el alféizar para coger sus gafas. Afuera empezaba a clarear; algunos coches susurraban sobre el asfalto mojado. Antes, a esta hora, Sergio se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba cómo el vecino de al lado encendía la radio. Ahora el vecino seguía encendiendo la radio, pero él permanecía en la cama pensando en qué haría ese día. Oficialmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía una rutina estricta. Se levantó, se puso el chándal y fue a la cocina. Puso el hervidor y sacó un trozo de barra de pan del día anterior. Mientras el agua calentaba se acercó a la ventana: séptimo piso, edificio de bloques, el patio de abajo con el parque infantil. Bajo la ventana dormía su viejo “Niwa”, cubierto por una capa fina de polvo. Mentalmente se recordó que tenía que pasar por el garaje, revisar si el techo no filtraba. El garaje estaba en una cooperativa a tres paradas de distancia. Antes pasaba allí medio fin de semana, trasteando con el coche, cambiando el aceite, discutiendo con los vecinos sobre el precio de la gasolina o el fútbol. Luego todo se facilitó: talleres, tiendas online, todo en dos clics. Pero siguió manteniendo el garaje. Allí estaban sus herramientas, neumáticos viejos, cajas con cables, maderas, “trastos”, como él decía. Y la casa de campo. La casita en la urbanización de las afueras. De madera, porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cuando cerraba los ojos, veía aquellas tablas, las grietas en el suelo, escuchaba cómo las gotas martilleaban el tejado. Aquella casa era herencia de los padres de su mujer. Entonces, hacía más de veinte años, solían escaparse cada finde con los niños. Cavaban hortalizas, freían patatas, ponían en el taburete el radiocasete. La mujer llevaba cuatro años muerta. Los hijos habían crecido, se mudaron, formaron sus familias. Quedaban la casa de campo y el garaje. Ellos eran, de algún modo, el eje de su mundo. Aquí el piso. Allí la casa de campo. Allí el garaje. Todo en su sitio, todo bajo control. El hervidor silbó. Sergio preparó el té y se sentó a la mesa. En la silla de enfrente descansaba el jersey doblado de la víspera. Comió el bocadillo, miró el jersey y pensó en la conversación de ayer. Ayer vinieron los hijos. El hijo con su mujer y su pequeño, el nieto. La hija y su marido. Merendaron, hablaron de vacaciones. Luego la charla derivó, como casi siempre últimamente, al dinero. El hijo decía que la hipoteca les asfixiaba, que los intereses subían. La hija se quejaba de la guardería, de las actividades, de la ropa. Sergio asentía; recordaba cuando él también contaba las pesetas hasta llegar a final de mes. Pero en aquel entonces no había ni casa de campo ni garaje, solo una habitación alquilada y esperanza. El hijo, titubeando, dijo entonces: — Papá, hemos estado pensando con Ana… Y también lo hablamos con Caty. Que quizá deberías vender algo. La casa de campo… O el garaje. Total, casi nunca vas. Sergio hizo una broma y cambió de tema. Pero por la noche no pudo dormir, con esa frase dando vueltas en la cabeza: “total, casi nunca vas”. Terminó el bocadillo, apuró el té, fregó la taza. Miró el reloj. Eran las ocho. Decidió que iría hoy a la casa de campo. Había que revisar cómo estaba tras el invierno. Y de paso, demostrarse algo a sí mismo. Se abrigó, cogió las llaves de la casa y el garaje, las metió en el bolsillo. En el pasillo, ante el espejo con marco estrecho, se detuvo un segundo. En el reflejo, un hombre con las sienes plateadas, ojos algo cansados pero firme aún. No un viejo. Arregló el cuello del abrigo y salió. Paró antes en el garaje por unas herramientas. El candado chirrió, la puerta se abrió con esfuerzo conocido. Dentro olía a polvo, gasolina, a trapos viejos. En las estanterías botes con tornillos, cajas de cables, una cinta de cassette rotulada a rotulador. Bajo el techo, telarañas. Sergio repasó las estanterías con la vista. Allí el gato hidráulico de su primer coche. Las tablas que una vez pensó convertir en banco para la casa de campo. Al final nunca lo hizo. Pero seguían allí, esperando. Cogió la caja de herramientas, varias garrafas de plástico, cerró el garaje y se puso en marcha. Tardó una hora escasa en llegar a las afueras. Quedaban manchas de nieve sucia en la cuneta, algunos tramos de tierra negra. La urbanización estaba casi vacía todavía. La portera, en su abrigo, le saludó con una inclinación de cabeza. La casa de campo le esperaba con la misma quietud de siempre fuera de temporada. Valla de madera, cancelita algo torcida. Abrió, caminó por el sendero estrecho hasta el porche, crujían hojas secas bajo sus pies. Dentro, olor a madera y a cerrado. Sergio abrió las ventanas, retiró la colcha vieja de la cama y la sacudió. En la cocinita, una cacerola esmaltada en la que antes hacían compota. En el clavo junto a la puerta colgaba un manojo de llaves, una de ellas la del cobertizo con los útiles de jardinería. Recorrió la casa tocando las paredes, los pomos. En el cuarto donde dormían los niños aún estaba la litera, arriba un oso de peluche de oreja rota. Sergio recordaba los lloros de su hijo por esa oreja y cómo, sin encontrar pegamento, se la sujetó con cinta aislante. Salió al huerto. Casi no quedaba nieve, los bancales oscuros y húmedos. Al fondo, la barbacoa oxidada. Recordó asar allí chuletas, tomar el té con su mujer en el porche, escuchar la risa alta de algún vecino. Suspiró y se puso manos a la obra. Limpiar el sendero de basura, clavar la tabla suelta del porche, revisar el tejado del cobertizo. Encontró una silla de plástico, la sacó y se sentó al sol, que empezaba a templar el aire. Sacó el móvil, repasó llamadas. El hijo había llamado anoche. La hija escrito por WhatsApp que había que reunirse y hablarlo con calma: “No estamos en contra de la casa de campo, papá, pero pensemos con cabeza”, ponía el mensaje. Con cabeza. Esa palabra era la que más sonaba últimamente. Significaba que el dinero no debía quedarse parado. Significaba que un jubilado no debía matarse con la finca y el garaje. Significaba ayudar a los jóvenes mientras uno puede. Él les entendía. De verdad. Pero sentado en esa silla, escuchando a un perro ladrar a lo lejos, sintiendo el goteo en el tejado, todo ese “con cabeza” se apartaba al fondo. Aquello iba de algo muy distinto. Sergio se levantó, dio otra vuelta, cerró la casa y puso el candado. Subió al coche rumbo a la ciudad. A mediodía ya estaba en casa. Se quitó el abrigo, dejó la bolsa de herramientas en el recibidor. En la cocina puso el hervidor y solo entonces vio la nota en la mesa. En una hoja de bloc, escueto: “Papá, pasamos esta tarde a hablar. S.” Se sentó y puso las manos en la mesa. Así que era hoy. Hoy sí, se hablaría de verdad, sin evasivas. Por la tarde vinieron los tres. El hijo con su mujer, la hija. El nieto se quedó con la suegra. Sergio los recibió, saludó, los hizo pasar. El hijo dejó el abrigo en la percha, casi sin mirar, como de niño. En la cocina se sentaron en torno a la mesa. Sergio sirvió té, galletas, bombones. Nadie los tocaba. Charlas triviales unos minutos: el nieto, el trabajo, los atascos. Luego la hija miró al hermano, él asintió, y ella dijo: — Papá, hablemos en serio. No queremos presionarte, pero tenemos que aclarar las cosas. Sergio sintió un nudo en el pecho. Asintió: — Hablad. Empezó el hijo: — Mira, tienes el piso, la casa de campo y el garaje. El piso es sagrado, ni tocarlo. Pero la casa de campo… tú mismo dices que te cuesta. Huerto, tejado, valla. Cada año se va el dinero allí. — He estado hoy —respondió Sergio en voz baja—. Está todo bien. — Ahora sí —intervino la nuera—. Pero ¿y en cinco años? ¿En diez? No vas a ser eterno, perdona, pero tenemos que pensarlo. Sergio bajó la mirada. Aquello de no ser eterno sonaba demasiado duro. La hija habló más suave: — Papá, no es que lo rechacemos. Pensamos en vender la casa y el garaje, repartir el dinero. Una parte para que vivas tranquilo, otra para Santi y para mí. Podríamos quitar parte de la hipoteca. Siempre nos has dicho que quieres ayudarnos. Y era verdad. Al jubilarse aún hacía algunos trabajillos, se veía fuerte. Sentía que podría ayudar bastante tiempo aún. — Ya os ayudo —dijo—. A veces recojo al crío, os compro cosas. El hijo bufó: — Papá, eso no es lo mismo. Ahora necesitamos un dinero de verdad, para respirar. Has visto los intereses. No te pedimos darlo todo. Solo que… tienes cosas paradas. La palabra “cosas” le sonó extranjera. Sergio notó que entre ellos se alzaba una columna invisible de cifras, gráficos, préstamos. Bebió de su taza, ya fría. — Para vosotros son cosas —dijo despacio—, para mí… Dudó, no quería sonar sentimental. — Son trozos de mi vida. Ese garaje lo hice yo con mi padre, él aún vivía. Ladrillo a ladrillo. Y la casa… allí crecisteis vosotros. La hija bajó la mirada, el hijo calló un momento y añadió con más tacto: — Lo entendemos, de verdad. Pero casi no vas. Todo está parado. Solo tú no puedes. — Hoy fui —repitió Sergio—. Todo bien. — Hoy, pero ¿y antes? ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Sergio oía el tictac del reloj. De pronto vio claro que aquello era una negociación sobre su vejez, como un proyecto. Optimizar gastos, repartir bienes. — Bien —dijo—, ¿y qué proponéis? El hijo fue directo, ya lo tenían hablado: — Hemos hablado con una inmobiliaria. Por la casa te pueden dar mucho. Y el garaje también. Nosotros hacemos las gestiones. Tú solo tendrías que firmar. — ¿Y el piso? —preguntó Sergio. — El piso ni tocar —saltó la hija—. Es tu casa. Asintió. La palabra “casa” sonaba ahora diferente. ¿Era solo ese piso? ¿O también la de campo? ¿El garaje, donde pasó tantas horas sintiéndose útil? Se levantó y fue a la ventana. Fuera, las farolas encendidas, el patio igual que hace veinte años. Solo cambiaban los coches y los niños con móviles. — ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin girarse. Silencio aún mayor. Al fin la hija, con cuidado: — Papá, es todo tuyo. Tú mandas. No podemos obligarte. Pero… nos preocupa tu salud. Tú mismo dices que te faltan fuerzas. — Me faltan —admitió—. Pero de momento, aún decido. El hijo suspiró: — No queremos discutir. Pero sinceramente, parece que te aferras a esas cosas y a nosotros nos pesa. Financiera y emocionalmente. Pensamos qué pasará si de pronto enfermas. Quién se hará cargo de todo. Un pinchazo de culpa. Él mismo lo había pensado. Si faltara de golpe, los hijos tendrían líos con los papeles, herencias, reclamaciones. Sería duro. Volvió a la mesa, se sentó. — Y si… —empezó, dudó—. Si ponemos la casa a vuestro nombre y yo sigo yendo mientras pueda? El hijo y la hija se miraron. La nuera frunció el ceño. — Papá, pero aun así seguirá el problema. No podremos ir tanto como tú quieras. Tenemos trabajo, niños. — No pido que vengáis —replicó—. Yo iré, mientras pueda. Luego… decidís. Era un compromiso. Para él, la oportunidad de mantener el lugar que era más que un terreno. Para ellos, la seguridad de tener ya los papeles y evitar herencias engorrosas después. La hija meditó. — Es una opción —admitió—, pero siendo honestos probablemente nunca vivamos allí. Nuestros planes son otros. De hecho, pensamos irnos a otra ciudad. Allí la vida es más barata. Sergio se sobresaltó. No lo sabía. El hijo, igual, miró a su hermana sorprendido. — No me lo habías dicho. — Lo estamos pensando, nada más —zanjó ella—. Pero la casa de campo para nosotros no es como para ti. No vemos futuro allí. Futuro. Para ellos, el futuro estaba en otro sitio: otra ciudad, otra casa, otros proyectos. Para él, el futuro eran estos tres puntos en el mapa. Piso, garaje, casa de campo. Donde conocía cada rincón. La discusión se repitió durante veinte minutos. Ellos ponían números, él recuerdos. Ellos hablaban de salud, él temía quedar sin oficio. El hijo, cansado, acabó diciendo más duro de lo querido: — Papá, entiende que no estarás siempre cavando la huerta. Y entonces, ¿qué? ¿Todo se pudrirá? ¿Iremos una vez al año a ver las ruinas? Sergio sintió rabia. — ¿Ruinas? —dijo—. Ahí jugabas de niño, en esas “ruinas”. — De niño, sí —contestó el hijo—. Ahora tengo otras responsabilidades. Palabras que flotaron pesa-das. La hija intentó suavizar: — Santi, hombre… Demasiado tarde. Sergio comprendió que hablaban lenguajes distintos. Para él, la casa de campo era vida. Para ellos, un recuerdo simpático. Se levantó. — Vale —dijo—. Dame tiempo. No hoy, ni mañana. Tengo que pensarlo. — Papá —intervino la hija—, no podemos esperar mucho. Tenemos el pago el mes que viene… — Entiendo —cortó él—. Pero no es vender un armario. Se callaron. Pronto empezaron a prepararse para irse. En la entrada se entretuvieron mucho. Al despedirse, la hija le abrazó y le susurró al oído: — Es por ti, papá, de verdad. Solo nos preocupas. Él asintió, sin voz. Cuando se cerró la puerta, el piso quedó en silencio. Sergio fue a la cocina y se sentó. Quedaron tazas a medio terminar, un plato con galletas. Las miró y sintió un cansancio hondo. Estuvo así largo rato, sin encender la luz. Afuera caía la noche, se encendían ventanas frente a la suya. Más tarde fue al dormitorio, sacó la carpeta de documentos: DNI, escrituras, papeles de casa y garaje. Hojéo, se detuvo en el plano de la parcela. El rectángulo, con bancales dibujados. Pasó el dedo por las líneas como si fueran los caminos. Al día siguiente fue al garaje. Necesitaba hacer algo manual. Hacía fresco; abrió la puerta de par en par para dejar entrar luz. Sacó herramientas, repasó cajas. Decidió tirar parte del cacharro: piezas rotas, tornillos oxidados, cables guardados “por si acaso”. El vecino de garaje, Serafín, más mayor, se asomó. — ¿Tirando trastos, Sergio? — Poniendo orden —respondió—. Viendo qué me sirve de verdad. — Así se hace. Yo el mío lo vendí, mi hijo necesitaba dinero para el coche. Ahora sin garaje, pero mi chico contento. Sergio calló. El vecino se marchó, él quedó entre sus cajas y sus cosas. Vendido, el hijo contento. Como si fuera una chaqueta vieja. Cogió una llave inglesa, pesada, pulida del uso. Hizo el ademán de apretar algo, recordó cuando su hijo pequeño le pedía hacerlo él, queriendo imitarle. Pensaba entonces que eso sería siempre cosa suya y de su hijo. Que el garaje, la casa, el coche eran un idioma común. Ahora ese idioma se había vuelto ajeno para el hijo. Esa tarde volvió a sacar los papeles. Al fin llamó a su hija. — He decidido —dijo—. La casa queda a nombre tuyo y de Santi. Pero ahora no la vendemos. Yo seguiré yendo mientras pueda. Luego, lo que decidáis. En el teléfono, silencio. — Papá —dijo ella por fin—, ¿seguro? — Seguro —mintió. Por dentro dudaba. Sentía que recortaba parte de sí, pero no había otra opción. — Vale. Mañana vemos qué trámites hay que hacer. Colgó. La habitación estaba silenciosa. Sintió cansancio, pero también una extraña ligereza. Como si hubiera aceptado finalmente algo inevitable. Una semana después fueron al notario. Firmaron la donación. Sergio rubricaba temblando apenas la mano. La notaria despachaba tranquila las instrucciones. Los hijos, agradecidos. — Gracias papá —decía el hijo—. Nos salvas. Asentía. No solo les salvaba a ellos. A sí mismo también, evitando pensar en el “después”. Ahora el “después” figu-raba en un papel. El garaje quiso conservarlo, de momento. Los hijos insinuaban venderlo, pero él se negó. Les explicó que lo necesita para no estar todo el día viendo la tele. Eso lo admitieron. Por fuera, la vida siguió igual. Siguió en su piso; de vez en cuando iba ya como invitado a una casa que ya no era suya formalmente. Pero aún tenía las llaves. Nadie le impedía ir. La primera vez tras la donación fue en un cálido abril. Pensó todo el trayecto que esa casita ya no era suya. Una propiedad ajena. Pero al abrir la puerta, al oír el crujido, caminar hacia el porche conocido, se le pasó el sentimiento de extranjería. Entró, colgó el abrigo. Todo seguía igual: la cama, la mesa, el oso de peluche remendado. Se sentó en el taburete junto a la ventana. El sol recortaba el mármol, levantaba motas de polvo. Sergio pasó la mano por la madera, notando cada rugosidad. Pensó en los hijos. Ellos con sus pisos, sus cuentas, sus proyectos. Él con los suyos, cada vez más ligados a estaciones que a años. Llegar a la próxima primavera, volver a cavar, a sentarse en el porche en verano. Sabía que vender la casa algún día sería inevitable. Quizá en uno, quizá en cinco años. Cuando ya no pueda ir. Dirán: “no merece la pena mantener una casa vacía”. Y no les faltará razón. Pero ahora la casa estaba en pie. El tejado aguantaba. Las herramientas seguían en el cobertizo. Los bancales reverdecían. Aún podía recorrer la finca, agacharse, recoger algo del suelo. Salió al jardín, rodeó la casa. Se detuvo junto a la valla, contempló los huertos vecinos. En uno plantaban algo, inclinados sobre los surcos. En otro, ropa colgada al sol. La vida seguía. De repente entendió que su miedo no era solo perder la casa o el garaje. Temía volverse prescindible. Inútil para los hijos y para sí mismo. Esos lugares le recordaban que aún servía. Que podía arreglar, pintar, cavar. Ahora esa evidencia era frágil. Los papeles decían una cosa, los hábitos otra. Pero, sentado en el porche, entendió que no todo viene dictado por el papel. Sacó el termo, llenó una taza. Bebió un sorbo, buscó en sí mismo. Sentía ya menos amargor que la noche de la charla familiar. Había tomado una decisión. Sabía el precio. Cedía a los hijos parte de lo que creía suyo pero ganaba otra cosa: el derecho de estar en esa casa no por escrituras, sino por memoria. Miró la puerta, la cerradura, la llave en su mano. Era vieja, la cabeza desgastada. La miró, la apretó fuerte. Algún día pasará a manos del hijo, de la hija, o de quien compre la casa. Meterán la llave, ignorando todo lo que va con ese gesto. Esa idea le entristeció y le sereno al tiempo. Todo cambia, los objetos pasan de unos a otros. Lo importante es haber estado, haberlo vivido mientras era suyo de verdad. Sergio apuró el té y se puso en pie. Fue por la pala al cobertizo. Tenía que cavar aunque fuera un surco. Para él. No para futuros dueños, ni para los hijos pensando ya en el dinero. Para él, por sentir la tierra bajo los pies y en las manos. Hincó la pala en el suelo, pisó fuerte. La tierra cedió. El primer terrón se dio la vuelta, asomando la capa negra y húmeda. Sergio olió ese aroma, se agachó otra vez. El trabajo fue lento. La espalda dolía, los brazos pesaban. Pero con cada golpe sentía el alivio por dentro. Como si cavara no solo la tierra, sino también sus temores. Al anochecer se sentó en el porche, secándose la frente. En los bancales quedaban alineados los surcos volteados. El cielo se teñía de rosa. Chilló un pájaro. Miró la casa, sus huellas en la tierra, la pala recostada en la pared. Pensó en el mañana, en el año que viene, en el siguiente lustro. No tenía respuesta. Pero sentía que, en ese preciso instante, estaba en su sitio. Se levantó, entró en la casa, apagó las luces y cerró. En el porche se detuvo un segundo, escuchando el silencio. Luego giró la llave en la cerradura. Sonó el clic metálico. Sergio guardó la llave en el bolsillo y se fue hacia el coche por el sendero, cuidando de no pisar la tierra recién aireada.
Casa de Nadie Santiago se despertó sin necesidad de alarma, como siempre, a eso de las seis y media.
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028
No visito a nadie, no invito a nadie, no comparto mi cosecha ni mis herramientas: en mi pueblo me creen un loco.
No visito a nadie, no invito a nadie, no comparto mi cosecha ni mis herramientas; en mi aldea me consideran
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037
La madre de mi amigo me humilló delante de todos sin saber que estaba saliendo con su hijo.
La madre de mi novio me avergonzó delante de todos, sin saber que yo estaba saliendo con su hijo.
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018
La carta que nunca llegó La abuela llevaba mucho rato sentada junto a la ventana, aunque no había casi nada que mirar. En el patio anochecía temprano, la farola bajo la ventana parpadeaba perezosa. La nieve guardaba huellas dispersas de perros y gente; en la distancia, la portera arrastró la pala y todo volvió al silencio. Sobre el alféizar descansaban sus gafas de fina montura y un móvil antiguo de pantalla rajada. A veces el móvil vibraba brevemente cuando caía alguna foto o audio al chat familiar, pero hoy guardaba silencio. La casa estaba en calma. El tic-tac del reloj apenas dejaba respirar. Se levantó, fue a la cocina y encendió la luz. La bombilla dibujó un círculo amarillento. En la mesa, un cuenco de varéniki fríos, protegido por un plato. Los había cocido al mediodía, por si acaso alguien aparecía. Nadie apareció. Se sentó a la mesa, cogió uno de los varéniki, lo mordió y lo dejó. La masa, tras horas, estaba gomosa. Comestible, pero sin gracia. Se sirvió té de una vieja tetera esmaltada, escuchó cómo el agua llenaba el vaso y, sin querer, suspiró en voz alta. El suspiro le salió tan pesado que pareció que algo se escapaba del pecho y se sentaba junto a ella en el taburete. ¿Qué hago quejándome? pensó. Estamos todos vivos, gracias a Dios. Tengo techo. Y aun así… Aun así, le dieron vueltas en la cabeza fragmentos de conversaciones recientes. La voz de su hija, tensa como una cuerda: — Mamá, no aguanto más así. Él otra vez… Y la voz de su yerno, algo burlón: — ¿Te ha estado quejando? Pues dile que en la vida no todo es a su manera. Y su nieto, Santi, respondiendo escuetamente con un “vale” cada vez que ella le preguntaba cómo le iba. Y esos “vale” dolían más que nada. Antes podía pasar horas contándole sobre el colegio, los amigos. Ahora, claro, ha crecido. Pero aun así. Nunca discutían en su presencia, no daban portazos. Pero entre las palabras se cerraba una especie de muro invisible. Pequeños dardos, silencios, ofensas que nadie reconocía. Y ella, entre dos aguas, ora con la hija, ora con el yerno, procurando no decir de más. A veces sentía que era culpa suya, por no haber educado mejor, no haber dado el consejo o el silencio adecuado. Probó el té, se quemó, se acordó de cuando Santi era pequeño y escribían juntos la carta a los Reyes Magos. Él, con letra de niño, pedía: “Por favor, trae un Lego y que mamá y papá no discutan”. Entonces ella se reía, le acariciaba el pelo y le decía que los Reyes lo oirían. Ahora esa memoria le daba casi vergüenza, como si entonces hubiese engañado al niño. Mamá y papá nunca dejaron de discutir. Solo aprendieron a hacerlo más bajo. Retiró el vaso, limpió la mesa aunque ya estaba limpia y luego fue al despacho a encender la lámpara. La luz cayó sobre el viejo escritorio, donde ya casi no escribía nada a mano. Ahora todo era en el teléfono: mensajes, emoticonos, audios. Aun así, la pluma descansaba en el bote con los lápices, al lado de un cuaderno de cuadrícula. Se quedó mirando y de pronto pensó: ¿Y si…? Era una idea absurda, infantil, pero la calentó por dentro. Escribir una carta. De verdad, en papel. No para pedir un regalo. Solo para pedir algo. No a las personas con sus propias cuentas pendientes, sino a alguien que, supuestamente, no debe nada a nadie. Sonrió a solas. Vaya ocurrencia la de la vieja, escribir a un personaje de cuento. Pero ya tenía la mano en el cuaderno. Se sentó, se ajustó las gafas, cogió la pluma. En la primera página había notas viejas; pasó la hoja y encontró una limpia. Dudó un poco, luego escribió: “Queridos Reyes Magos”. La mano tembló. Le dio vergüenza, como si alguien espiara por encima del hombro. Miró la habitación vacía, la cama hecha, el armario cerrado. Nadie. — Bah, qué más da —murmuró, y siguió: “Sé que sois para los niños, y yo ya soy mayor. No os pido un abrigo, una tele ni otras cosas; ya tengo lo que necesito. Solo os pido una cosa: por favor, traed paz a mi familia. Que mi hija y mi yerno no discutan, que mi nieto no se quede callado como un extraño. Que podamos sentarnos juntos sin miedo a que alguien diga algo fuera de lugar. Sé que la culpa es de las personas y vosotros no podéis hacer mucho. Pero quizá podéis ayudar, aunque sea un poquito. Quizá no tengo derecho a pediros esto, pero lo hago. Si podéis, haced que volvamos a escucharnos. Con cariño, la abuela Nina”. Releyó lo escrito. Las palabras le parecieron ingenuas y torpes, como dibujos de niño. No tachó nada. Se sintió aliviada, como si por fin hubiese dicho algo que no se quedaba en el vacío. El papel crujía en sus dedos. Lo dobló con cuidado, luego otra vez. Se quedó sentada con la carta en la mano, sin saber qué hacer. ¿Tirarla por la ventana? ¿Al buzón? Ridículo. Fue al pasillo a por el bolso. Recordó que al día siguiente iba al mercado y a Correos, a pagar recibos. Bueno, la dejo ahí y la echo en el buzón de los Reyes Magos —pensó—. Ahora los ponen en todas partes. Le bajó la vergüenza: no sería la única. Guardó la carta en el bolsillo del bolso, junto al DNI y los recibos, y apagó la luz. El reloj seguía marcando los segundos. Se acostó, dio vueltas escuchando el silencio y al fin se durmió. Por la mañana salió antes de lo habitual, para llegar antes del almuerzo. Había hielo fuera, la nieve crujía bajo las suelas. En la entrada, la vecina paseaba el perro; la saludó y preguntó por la salud. Cruzaron unas palabras y Nina siguió, apretando la correa del bolso. Correos estaba lleno. La cola avanzaba hacia la ventanilla de los recibos. Ella sacó los papeles y la carta. No había buzón de Reyes en la oficina, solo los normales y la vitrina con sobres y sellos. Se quedó sin saber qué hacer. Puede que fuera buena idea tirarla a la papelera, pero no pudo. Volvió a guardarla, pagó y salió. Frente a la oficina había un quiosco de chucherías y espumillón. Tenía una caja de cartón: “Cartas a los Reyes Magos”, pero la dependienta la desmontaba ya. — Se acabó —le dijo al notar la mirada de Nina—. El plazo fue ayer. Ahora ya no llegan a tiempo. Nina asintió, aunque ella ya no tenía prisa. Dio las gracias por puro reflejo y volvió a casa. La carta seguía en el bolso, ese pequeño bulto cálido que dolía recordar y no se podía tirar. En casa se descalzó, colgó el abrigo. Dejó el bolso sobre el taburete para sacar luego la compra. El teléfono vibró en el bolsillo. Miró: mensaje de su hija. “Mamá, hola. El sábado vamos a tu casa, ¿vale? Santi necesita mirar unos libros para el cole, dice que tienes de los antiguos”. Sintió un apretón dentro, que en seguida se aflojó. Así que vendrán. No está todo tan mal, entonces. Tecleó: “Claro, venid. Os espero”. Luego fue a la cocina, guardó la compra, puso caldo en el fuego. La carta quedó olvidada, en el bolsillito del bolso. El sábado por la tarde sonaron pasos en la escalera, la puerta de entrada golpeteó. Nina miró por la mirilla: eran ellos. Hija con una bolsa, yerno con una caja, Santi con la mochila al hombro. Había crecido, delgado, el pelo saliéndole por la gorra. — Abue, hola —dijo entrando el primero y besándola en la mejilla. — Pasad, pasad —se apuró ella, apartándose—. Dejad los zapatos, os tengo zapatillas. En el recibidor se amontonaron y el olor de calle, nieve, y dulces llenó el aire. El yerno protestó del estado del portal; Santi se quitaba las zapatillas a toda prisa. — Mamá, no estamos mucho rato —anunció la hija dejando la bolsa—. Mañana estamos con sus padres, ¿te acuerdas? — Me acuerdo, me acuerdo —asintió Nina—. Vamos a la cocina, he preparado sopa. En la cocina se acomodaron a la mesa. El yerno cerca de la ventana, la hija a su lado, Santi frente a Nina. Sirvieron la sopa en silencio, apenas ruido de cucharas. Luego la conversación empezó sola: trabajo, atascos, precios. Todo fluía, pero por debajo se notaba la tensión, como corriente subterránea. — Santi, ¿no decías que necesitabas libros para clase? —le recordó su madre cuando terminaron. — Ah, sí —Santi pareció despertar—. Abue, ¿tienes algo de historia, de la guerra? El profe dijo que mirásemos cosas aparte. — Sí, claro —se alegró Nina—. Tengo toda una colección. Vente. Se fueron juntos a la sala. Nina encendió la lámpara, subió a la estantería y fue sacando libros. — Mira, aquí sobre el sitio de Leningrado, aquí sobre los partisanos, aquí memorias… ¿Cuál quieres? — No sé —encogió Santi los hombros—. Uno que no sea aburrido. Estaba junto a ella, cabeza inclinada, y de pronto Nina vio al mismo niño que antes se acurrucaba con mil preguntas. Ahora callaba, pero le brillaban los ojos. — Llévate este —le alcanzó un tomo gastado—. Ese me lo leí yo de joven, muy entretenido. Él hojeó el libro. — Gracias, abue. Un rato hablaron de colegio, del profe de historia, que según Santi “bien, pero a veces se pasa”. Nina escuchaba, preguntaba detalles. Le bastaba con oírle contar algo. Su hija entró por la puerta: — Santi, nos vamos en media hora, ve preparándote. — Vale —metió el libro en la mochila y se fue al recibidor. Al irse, otra vez el lío de siempre. Bolsas, chaquetas, bufandas, consejos de llamada y mensajes. Nina les acompañó a la puerta, escuchó el ascensor cerrarse y volvió al comedor. El silencio la envolvió casi en seguida. Fue a la cocina, empezó a recoger. Sobre el taburete, su bolso y la carta. Casi sin pensar, la buscó en el bolsillo, tocó el papel doblado. Un segundo pensó en romperla, pero la escondió más hondo y cerró la cremallera. No supo que, mientras sacaba libros, Santi tropezó con el bolso y un extremo blanco apareció. Por instinto lo colocó bien, leyó “Queridos Reyes Magos” y se quedó de piedra. No se atrevió a sacarla. Los mayores, el alboroto… Pero aquello se le quedó grabado. En casa, ya de noche, Santi sacó el libro y recordó el papel de la abuela a los Reyes Magos. Al principio le hizo gracia, luego le resultó triste. Al día siguiente fue a casa de otros abuelos, entre ensaladas, conversación y móvil. Pero en el fondo seguía revoloteando el recuerdo del papel blanco. Un par de días después, de vuelta del colegio, escribió a su abuela: “Abue, ¿puedo pasar? Necesito más cosas de historia”. Ella contestó enseguida: “Por supuesto, ven”. Fue después de clase. El recibidor olía a col cocida y detergente. Abrió en seguida, como si le esperase tras el timbre. — Pasa, Santi, desabrígate. Hice crepes —dijo llevándolo a la cocina. Dejó la mochila junto al bolso de la abuela. El bolsillo asomaba otra vez el papel blanco. Notó un golpe en el pecho. Mientras la abuela iba y venía, él simuló atarse la zapatilla, sacó la carta a escondidas. Le temblaban las manos. Sabía que no era muy honesto, pero no pudo evitarlo. Metió la carta en el bolsillo de la sudadera, se irguió y fue a la mesa. — Mmm, crepes —dijo, disimulando—. Buena pinta. Comieron, charlaron de colegio, del tiempo, las vacaciones próximas. Ella preguntaba si tenía frío, si los zapatos aguantaban, él esquivaba respondía bromeando. Más tarde se sentó en la habitación, fingió leer el libro y se marchó a su hora habitual para no despertar sospechas. Ya solo en su cuarto, en casa, abrió el papel y lo desplegó sobre las rodillas. El papel algo arrugado, las esquinas dobladas. La letra cuidada, curvada. Al principio fue incómodo, como espiar una conversación ajena. Luego peor, al leer “que el nieto no se quede callado como un extraño”. Se detuvo, releyó. Un nudo en la garganta. Recordó sus monosílabos por teléfono, no por falta de cariño, sino de ánimo, de costumbre. Ella lo tomaba por distancia… Terminó la carta. Sobre la paz, la mesa común, volver a escucharse. Sintió tanta ternura y compasión que casi deseó abrazarla y prometer que todo iría bien. Aunque luego le dio vergüenza por la cursilería. Se quedó mirando el techo. La carta, una mancha blanca sobre la colcha oscura. ¿Y ahora? ¿Se lo cuento a mamá? ¿A papá? Dirán que son tonterías, que para qué escribe eso. O se molestan, o discuten más aún. ¿Devolver la carta a la abuela fingiendo haberla encontrado? Ella sabrá que la ha leído. Le dará apuro. A él también. Se dio la vuelta; las palabras seguían en su cabeza: “que el nieto no se quede callado como un extraño”, “que podamos sentarnos juntos”. No sonaban pedido a un rey, sino a él mismo. En la cena empezó a decir varias veces: “Mamá, la abuela…”, pero algo se interponía siempre. El padre, la madre, nimiedades. Acabó callando, mirando los macarrones. La noche fue larga. Guardó la carta en el cajón, bien doblada. Saber que estaba ahí le inquietaba. Al día siguiente, en el recreo, contó a su amigo lo de la carta a los Reyes Magos. El amigo se rió: — Mi abuelo solo cree en la pensión. — No tiene gracia —saltó Santi, y él mismo se sorprendió del tono. El amigo encogió los hombros. Santi se sintió más solo aún. Por la tarde marcó el número de la abuela, pero colgó antes del tono. Abrió el chat familiar, miró los últimos mensajes: foto de ensalada, chiste de tráfico, invitación a una cena del trabajo. Todo superficial, seguro. Ninguna carta. Casi escribió: “Mamá, ¿por qué no cenamos todos en casa de la abuela en Nochevieja?”, pero lo borró enseguida. Se imaginó la respuesta: “Estás loco, ya hemos quedado con los padres de papá”. Rencor, discusiones. Se sentó en el escritorio, abrió la carta, la releyó. Volvió a las palabras sobre la mesa común. Y entonces se le ocurrió una idea tonta, que daba un poco de vergüenza y graciosa a la vez. No Nochevieja. Una cena. Sin motivo. O casi. Entró en la habitación de su madre, sentada con el portátil. — Mamá —dijo desde la puerta—. ¿Y si vamos… bueno… todos juntos a casa de la abuela? A cenar, tranquila. Ella le miró, entrecerrando los ojos. — ¿No vamos ya? — Pero no así. No solo una hora. Como antes. Voy, ayudo a preparar. Ella sonrió. — ¿Tú? ¿Cocinar? Eso sí que quiero verlo. Pero no hay tiempo. Tu padre llega tarde, yo tengo trabajo. — En fin de semana, el sábado, da igual —insistió—. Lo de siempre en casa. Suspiró, se recostó. — No sé, Santi. Papá siempre protesta, necesita descansar. Y… — Mamá —la cortó—, ella está sola, tú misma lo decías. Una vez. Solo eso. Se sorprendió de su propia insistencia. Ella le miró raro, como si viera algo nuevo. — Vale —dijo por fin—. Hablo con él. No prometo nada. Asintió y salió; tenía las orejas al rojo. Era solo un pasito, no heroico, pero un paso adelante. Oyó luego a sus padres en la cocina. — Lo pide él —decía su madre—. Imagínate: lo ha propuesto él. — ¿Y qué hacemos allí? Otra vez temas de salud, pensiones —rezongaba el padre. — Está sola —dijo ella bajito—. Y a Santi le importa. Silencio y un suspiro. — Está bien. El sábado vamos. Santi volvió a su cuarto sintiéndose ganador de una pequeña batalla. Faltaba otra: la abuela. Al día siguiente la llamó él mismo. — Abue, hola. El sábado vamos a tu casa. A cenar. Quiero ir antes, ayudarte a cocinar. Breve silencio al otro lado. — Claro, ven —contestó—. ¿Qué cocinamos? — Lo que quieras. Yo pico ensalada o patatas. — Todavía no sabes picar, pero te enseñaré. El sábado llegó con su madre y dos bolsas de compra. — Madre mía, ¿a quién vamos a invitar? —rió la abuela al verlas. — Mejor que sobre. Pelar patatas, cortar verdura, la abuela corrigiendo la posición de los dedos. Olor a cebolla, carne dorándose, radio bajito en la cocina, anocheciendo ya afuera. — Abue —dijo de pronto Santi mientras cortaba pepino—. ¿Tú… crees en los Reyes Magos? Ella se sobresaltó, la cuchara tintinea en la sartén. Silencio incluso en la radio, parecía. — ¿A qué viene eso? —respondió, seria. Él se encogió de hombros. — Por nada. Discutimos en clase. Ella removió, apagó el fuego y se giró. Había algo receloso en su mirada. — De niña, sí. Después… quién sabe. Quizá existen, pero no como en la tele. ¿Por qué? — Por nada —dijo él deprisa—. Sería bonito si existieran. Quedó un silencio más, ella volvió a los fogones. Por dentro a él le temblaba todo. No se atrevió a decirle nada de la carta, pero la conversación movió algo en los dos. Como si supieran de qué va todo, sin decirlo. Por la tarde llegaron los padres. El padre algo cansado, la madre llevó un bizcocho. — Vaya —dijo el padre al ver la mesa—. Se puede alimentar a un regimiento. — Haberle dicho a tu hijo, que ayudó en todo —rió la abuela. — ¿De verdad? —miró el padre a Santi—. No te lo creo. — Tampoco es para tanto —replicó encogido—. No me deshice. Empezaron la cena, algo torpes, cada uno midiendo las palabras. Pero la comida abrió paso, como suele pasar. Salieron anécdotas, risas, historias de cuando la madre era pequeña. El padre contó alguna broma del trabajo. Nina reía, a veces tapándose la boca. Santi les miraba pensando en la carta. Entre los silencios sentía el eco de otro diálogo, el de la escucha verdadera. En un momento, su madre sirviendo el té dijo: — Mamá, perdón por venir tan poco. Yo… vamos siempre de cabeza. No lo dijo para justificarse, sino como confesión. Nina bajó la mirada y acarició el borde del platillo. — Lo entiendo —dijo suavemente—. Tenéis vuestra vida. No me enfado. Eso, Santi lo notó, no era cierto del todo. Pero no acusaba, sino que procuraba no herir. — Aun así —intervino Santi, sorprendiéndose—. Se puede venir de vez en cuando. Sin fiesta. Los padres lo miraron. Se sonrojó, continuó: — Como hoy. No está mal. El padre sonrió, insólitamente amable. — Bastante bien, sí. La madre asintió. — Lo intentaremos —dijo, y en su voz había algo nuevo, menos promesa que intención de probar. La charla derivó a planes de estudios, exámenes, profesores. Nina intervenía cuanto podía, a su ritmo. Al recoger, el pasillo bullía otra vez con abrigos y guantes. El padre ayudó a guardar la cazuela, la madre a limpiar. — Mamá, la próxima vez lo montamos igual, ¿vale? Te aviso —prometió la hija cerrando el abrigo. — Cuando queráis —asintió Nina—. Yo encantada. Santi dudó en la puerta de la sala. Se acercó al escritorio, la pluma, el cuaderno. La carta no estaba, seguía en su bolsillo. Ya había decidido no devolverla; era demasiado. — Abue —dijo él bajo, mientras los demás salían ya—. Si alguna vez quieres que hagamos algo distinto… dínoslo. No hace falta escribir a nadie. Dínoslo a nosotros. Ella le miró largo; en los ojos asomó la sorpresa y luego dulzura. — Lo haré —dijo ella—. Si hace falta, te lo diré. Él asintió. Salió. La puerta se cerró, el ascensor bajó. Nina se quedó en la calma. Pasó a la cocina, se sentó. Olor de comida, el té, migas de bizcocho en el mantel. Pasó la mano por la tela, recogiendo las migas. En el pecho, una sensación rara. No alegría, ni euforia: como si en la estancia hubieran abierto una ventana y entrara un poco de aire fresco. Los conflictos seguían ahí, lo sabía. Su hija y el yerno seguirían discutiendo, Santi tenía sus secretos, pero esa tarde, al menos, habían estado un poco más cerca. Recordó la carta. No sabía qué había sido de ella. Puede que siguiera en el bolso. Puede que se hubiera extraviado. Puede que alguien la hubiera encontrado. De pronto, ya no le importó tanto. Fue hasta la ventana. Abajo, en el patio, unos niños hacían figuras con la nieve bajo la farola. Uno en gorro rojo reía alto, su voz llegaba clara hasta el tercero. Nina apoyó la frente en el cristal frío y sonrió. Apenas, leve. Como si respondiera a una señal lejana pero reconocible. En el bolsillo de la cazadora de Santi, en la entrada de su casa, la carta seguía bien doblada. De vez en cuando la sacaba, leía unas frases y la guardaba. Ya no como súplica de alguien a los Reyes Magos, sino como recuerdo de lo que de verdad quiere quien te hace la sopa y espera tu llamada. No contó nunca lo de la carta. Pero la próxima vez que su madre dijo que no iría a ver a la abuela por estar cansada, él simplemente contestó: — Entonces, voy yo. Y fue. No era un milagro. Solo un pasito más hacia esa paz que alguien, alguna vez, escribió en un papel cuadriculado. Nina, al abrirle la puerta, se sorprendió, pero no preguntó demasiado. Solo dijo: — Pasa, Santi. Acabo de poner el agua al fuego. Y eso bastó para que la casa volviera a sentirse un poco más cálida.
La carta que nunca llegó La abuela Julia permanecía sentada junto a la ventana desde hacía horas, aunque
MagistrUm