– No he venido a trabajar en su jardín, sino a tomarme unas vacaciones”, se quejó su nieto a su nuera.

Ahora tengo sesenta y dos años, y hace tiempo que estoy jubilada, me tomé un merecido descanso a los cincuenta y cinco. Mi marido dejó esta vida hace cuatro años. Desde su muerte, he encontrado consuelo en mis hijos, mis nietos y mi casa de verano.

Quiero decir de entrada que vivo medio año en la capital y medio año en la dacha. La dacha la construyó mi cónyuge, fue su desahogo.

Compramos una parcela a setenta kilómetros de la capital, en un pueblo remoto. Tengo mi propio coche, así que me siento muy cómodo en la casa de campo. Si necesito algo, siempre puedo ir a comprar lo que necesito.

Adoro nuestra dacha: tengo flores que crecen aquí, hay un jardín, también algunas verduras. Últimamente me gusta cultivar varias verduras exóticas. Tengo un pequeño jardín, así que no me canso por las tardes. Tengo riego por goteo en mi dacha, si tengo que desenterrar el jardín, mi vecino lo hace por mí con su motocultor, y deshierbar los lechos y cortar el césped no requiere mucho esfuerzo.

Mi marido y yo hemos criado a dos hijos. Mi hijo mayor y su familia viven muy lejos de mí, y me traen a sus nietos en verano. A mi nieto y a mi nieta les gusta pasar tiempo conmigo en la casa de campo. Los dos últimos años incluso me han ayudado mucho: recogemos fresas con ellos, o regamos las flores, o plantamos camas. Ahora los niños tienen incluso sus propias camas de jardín, de las que se encargan ellos mismos.

Mi nieta cultiva fresas, y mi nieto prefiere las verduras. Me gusta dar a mi nuera pepinos en conserva que ha cultivado su hijo. La nieta también es una buena chica y hacemos mermelada para el invierno con sus fresas. Mi hijo y mi nuera siempre están contentos, porque enseño a sus hijos a trabajar y los cuido todo el verano.

A mi hijo menor le costó mucho tiempo elegir esposa. Después de graduarse en la universidad, vivió conmigo, y luego se fue a un apartamento alquilado. Hace algo menos de tres años se casó por fin. Su mujer tenía un hijo de once años de su primer matrimonio. Yo no estaba en contra de que mi hijo se casara con una mujer con un hijo, porque era su vida, y no me metía en ella, y no veía nada malo en que mi nuera tuviera un hijo.

Mi hijo empezó a vivir en el apartamento de su mujer. Hace ocho meses, mi hijo y mi nuera tuvieron un hijo juntos. Siempre invitaba a mi hijo y a mi nuera a mi dacha para pasar las vacaciones, pero siempre se negaban porque mi nuera no soporta la vida en el campo.

Cada año sólo venían a felicitarme por mi cumpleaños, no a ir a la dacha. Me di cuenta de que el hijastro de mi hijo, David, tenía muchas ganas de quedarse conmigo en el campo, pero mi nuera se oponía. Después de que mi hijo menor se casara, también dejó de ir a la dacha, aunque antes podía pasar allí todas las vacaciones.

No insistí en que mi hijo viniera a la dacha, pues entendía que los cónyuges debían pasar su tiempo de ocio juntos. Si necesito algo, siempre puedo encontrar a un lugareño que me ayude por un precio razonable.

– Mami, ¿podemos llevar a David a tu dacha para que descanse?”, me preguntó una vez mi hijo. – Yo estoy trabajando 24 horas al día, y mi mujer está ocupada con el bebé, y él está solo todo el día.
– Por supuesto”, le contesté, “te estaré esperando. Hay suficiente espacio en la casa para todos. Tu hermano trajo el suyo hace tres días.

Mi hijo trajo a David el sábado. Intentó darme el dinero, pero me negué. En la mañana del quinto día, mi nieta me dijo que había ido a escardar las fresas y mi nieto mayor había ido a hacer sus camas de jardín. David era el único que se quedaba.

– Tú te encargas de las hortalizas y yo de los arriates”, le sugerí al hijastro de mi hijo.

Al chico no le gustó, pero aun así fue a hacer mi trabajo. A la tarde siguiente, los niños y yo fuimos a escardar las patatas. David no hizo nada, sino que se limitó a estar cerca de nosotros.

– ¿Nos ayudas? – Le dije.
– De acuerdo”, aceptó.

David no lo hacía muy bien, y yo veía que hacía lo que podía. Entonces empezó a quejarse de que le dolían las manos y de que los mosquitos le habían afectado.

– Voy a descansar -dijo-.
– Claro, terminamos en un minuto y volvemos, y tú sacas el pan del congelador y lo calientas en el microondas.

Tiró la azada donde estaba puliendo y se fue corriendo. Mis nietos y yo terminamos y también nos fuimos a descansar. A la hora y media llegaron mi hijo y su mujer. Mi nuera empezó a gritar desde la puerta que me estaba burlando de su hijo y que lo utilizaba como esclavo.

Después resultó que David había llamado a su madre y se había quejado de que yo le hacía trabajar aquí, así que se lo contó a su madre:
– No he venido a ellos para trabajar como esclavo en el huerto, sino para tomarme unas vacaciones.

Después de eso, supe que nunca sería una buena abuela para David y una buena suegra para mi nuera.

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