Mi madre me repudió, diciendo que no era su hijo y que no me necesitaba, y cuando necesitó un donante, volvió corriendo.

Mi infancia nunca fue despreocupada por culpa de mi madre. Nos odiaba a mí y a mi padre, y nunca tuvo reparos en decírnoslo abiertamente. Antes de que yo naciera, estaba completamente satisfecha con su matrimonio y su vida. Como dijo mi padre, era popular y participaba en sesiones fotográficas en varias revistas nacionales, y después de dar a luz la demanda de ella disminuyó, no pudo volver a estar en forma durante mucho tiempo, y odiaba a su familia por ello. Cuando yo tenía seis años, nos dejó, regateando con mi padre casi todos sus ahorros, prometiendo volver, cosa que nunca hizo.

Tampoco fue fácil con mi padre, porque sólo trabajaba y me regañaba por las malas notas, diciendo que tenía que estudiar yo misma, porque si no, no entraría ni conseguiría trabajo. Me exigía mucho en la época de mi ingreso. Cuando empecé a ir a la universidad y a trabajar a tiempo parcial, mi padre empezó a tratarme como a un adulto y a considerar mi vida sólo mía.

“Ya eres mayor, tú y yo somos iguales. Así que, ¿quién soy yo para decirte lo que tienes que hacer?” – solía decir.

Era la misma frase que me repitió cuando mi madre se presentó en nuestra casa diecisiete años después. Tenía cáncer y necesitaba urgentemente un donante de médula ósea. Con las estadísticas de nuestro país, ella, a sus cuarenta y pocos años, no podría esperar a recibir ayuda, pero existía la posibilidad de que mi médula ósea sirviera.

– No existiré si no me ayudáis”, suplicó.

Nos suplicó a papá y a mí que la ayudáramos. Resultó que ya estaba en la cola, pero la cola era demasiado larga y nadie sabía aún si realmente se encontraría un donante adecuado para mamá, y yo podía al menos hacerme unas pruebas para saber el porcentaje de compatibilidad. Pero me negué.

No es que sea doloroso o dé miedo, es que no quiero. Tengo trabajo, novia, planes de futuro y nunca he querido ser donante de nada a desconocidos. Y mi madre es una extraña para mí. Otros padres, cuando se van de la familia, mantienen al menos algún vínculo, y ella sólo venía a nuestra antigua casa cuando necesitaba nuestra ayuda. Y yo dije que no. Ese es el tipo de persona cruel que soy: no puedo sentir pena por ella. Tal vez sea el karma, ¿por qué debería estar con ella cuando me abandonó de niño?
 

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