Estuve mucho tiempo callada ante la indignación de mi suegra, y cuando me atreví a hablar, me echaron de la casa

Bárbara siempre me recordaba que yo tenía derechos de pájaro en su piso y que, por tanto, tenía que comer lo que me daba y salir de la casa para no molestarla, ya que era “su propiedad”. Mi suegra se las arreglaba para tener estas incómodas conversaciones cuando mi mujer no estaba en casa, y yo no podía quejarme con ella. Al fin y al cabo, soy un hombre y la mujer inquieta es su madre. Era muy probable que ella escuchara a su madre, no a mí. Así que me quedé callado. Sabía que mi suegra no me soportaba, que intentaba desalojarme por todos los medios y que le decía en voz baja a mi hija que me había casado sólo por el espacio vital que tendríamos después, porque mi suegra no tenía más hijos.

Hice caso omiso de su comportamiento hasta que, en una de mis discusiones con mi mujer, María me reprochó las palabras de su suegra de que no vivía en mi piso y que pagaba “sólo el alquiler”. Como si eso no fuera suficiente y por eso ella y su madre no ahorran todo el dinero que ganan y reciben de la jubilación para vacaciones, viajes a salones de belleza y demás. No tuve miedo de contestar a mi mujer, me atreví a hablar y mi suegra recogió mis cosas en bolsas de basura y las puso en el hueco de la escalera. No sólo tiró mi ropa, sino también mi portátil y mis accesorios de baño. Fue un milagro que nadie tuviera tiempo de tirar mi equipo. Mi esposa no estaba en casa en ese momento, no lo sabía, pero eso no cambiaba el hecho de que la actitud de las dos mujeres hacia mí era evidente.

Metí mis cosas en el coche y me fui a casa de mi madre. Un día después, mi mujer se presentó en mi puerta. Me rogó que volviera porque me quería, y no dijo las palabras hirientes por despecho. Tampoco se dio cuenta de lo sarcástica que era mi madre, hasta que me desalojó y empezó a lavarle el cerebro a su hija con nuevos pretendientes.

No siempre es bueno vivir más barato, pero con los suegros, siempre trae peleas y disgustos a algunos de los inquilinos. Por eso ahora alquilamos un apartamento juntos y lo pagamos a partes iguales. Es más caro, pero nadie nos zumba en las orejas e intenta chocarnos. Y Bárbara llora y pide volver porque es duro y solitario para ella, pero hemos vivido con ella, sabemos cómo es.
 

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