De alguna manera, los hijos no educan correctamente a sus nietos, los miman demasiado a menudo y luego los niños tienen rabietas si no consiguen lo que quieren.

Mi hijo lleva a sus nietas a nuestra casa todos los fines de semana si es posible. Una tiene ahora once años y la otra seis, ambas son en su mayoría obedientes y buenas chicas. Los fines de semana les gusta dormir, luego mi abuelo y yo les ayudamos con los deberes, las llevamos a pasear, a veces las llevamos a la tienda. No muy a menudo, ya que los niños en el supermercado siguen encontrando algo a lo que agarrarse y empezar a pisar fuerte, para que lo compremos por el último dinero, pero lo compramos. Pero incluso si mi marido va solo a la tienda, las niñas le dan una lista de la compra con dulces. Yo intento explicarles que no se puede comprar todo, y se conforman con las chocolatinas, las piruletas y los puffs con cerezas, pero si mi marido se olvida de coger algo para ellas, se produce una rabieta. La mayor siempre la empieza, y la pequeña, como una copia, se deja llorar y gritar.

– Es bueno animar a los niños por algo, mimándolos con dulces, pero es malo para los dientes. Y además, ¿cómo los educan que sin una chocolatina se ponen a llorar? – Me indigné en la cocina después de que mi marido apenas calmara a mis nietas y las sentara a ver la tele. – Si traían una buena nota a casa, pues bien, pero darles algo sabroso para los deberes es demasiado. Tienen que hacerlos seis días a la semana, claro, cualquiera se echaría a perder.
– Pues a mí no me lo digas”, respondió mi marido. – Nuestros padres también intentaban mimarnos.
– Pero no todos los días.
– Los tiempos eran diferentes entonces, pero papá siempre me traía una chocolatina del trabajo.
– Claro -murmuré-, trabajaba en la fábrica de chocolate, se las daban gratis.

– Pero sólo una. La compartíamos con todo el mundo, y de todos modos éramos felices. Pero era prácticamente un regalo diario, que nos hacía mucha ilusión. Nuestros nietos esperan lo mismo, quizá más, pero los padres y los abuelos tienen que mimarlos, son niños.
– Sólo hay que mimarlos, no mimarlos, y no nos respetan en absoluto. No reciben caramelos, y ya están lanzando palabras sobre que no les gustamos y que “mamá y papá son mejores”.

Mi marido se encogió de hombros, como si no viera el problema.

– No son los dulces. Simplemente no tienen respeto. Es sólo su edad. Hay que trabajar en su comportamiento y actitud hacia los mayores, y no creo que los caramelos o la falta de ellos solucionen nada.
 

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