“Cómete las naranjas en otro sitio”, me dijo mi compañero de habitación

Mi compañera de habitación del hospital me sugirió que me comiera las naranjas en otro sitio. No, ni siquiera me lo sugirió, sino que me reprendió. Verá, me comí una naranja delante de todos, qué pesadilla, y no la compartí. A ella no le gustó mucho y decidió darme su “fi”.

A principios de diciembre estaba en uno de los hospitales de la ciudad. Me iban a hacer una pequeña y poco complicada operación en la mano y estaba como nuevo. Sabía que iba a estar en el hospital sólo unos días (tres para ser exactos), así que me llevé lo mínimo necesario. Ropa, cubiertos (no puedo comer en los platos del hospital). Y eso lo hacen todos los pacientes. Acabé en una habitación en la que había otras tres mujeres acostadas conmigo. Dos eran más o menos de mi edad, una era muy joven.

En mi vida he estado en hospitales más de una vez, y sé cómo pueden ser los vecinos (compañeros de habitación) en la sala del hospital. Seguro que te encuentras con uno que puede estropear y así no es muy agradable la estancia en una institución de este tipo.

La comida en el comedor era tolerable, pero una vez al día bajaba al primer piso y compraba lo que quería en el buffet. Un yogur, una barra de chocolate y algo de fruta. Era bueno que nuestro pabellón tuviera una nevera y no hubiera problemas con el almacenamiento de alimentos. Le dije a mi hija en casa que no necesitaba venir a mi casa, así que compraría toda la comida que necesitara.

En fin, volviendo a las naranjas y a mi compañera de piso. Por alguna razón no le caí bien de inmediato. Desde el principio decidió “construirme”, pero no funcionó. Yo sé cómo “construirme”. En cuanto entré en la habitación y la saludé, la mujer empezó a decirme qué cama debía coger y en qué estante de la nevera podía poner mis productos. Le dije que yo mismo decidiría qué cama coger. Y que yo mismo elegiría un estante de la nevera, no necesito que me digan lo que tengo que hacer. La mujer se estremeció ante mis palabras. Así es, no llegué a mandar.

Me operaron el mismo día y por la tarde ya me sentía bien. Fui a la cantina y almorcé. A eso de las cuatro de la tarde decidí bajar a la cafetería y comprarme algo de fruta. Quería comprar un par de plátanos, pero no había existencias. Cogí una naranja pequeña. Subí a la habitación. La lavé y quise comerla entera, pero cambié de opinión. Corté la mitad, envolví la otra mitad en una bolsa y la metí en la nevera. Se sentó cómodamente en la cama y empezó a comer la naranja.

Las mujeres de la sala se dedicaban a sus asuntos. La joven estaba sentada comiendo un caramelo. Las otras dos hablaban entre ellas y bebían zumo. Y entonces la que intentaba mandarme se vuelve hacia mí y me dice: “¿Tienes que comer naranjas en la sala? Vete a comer a otro sitio”.

Al principio pensé que la mujer estaba bromeando, pero al ver la forma en que me miraba, me di cuenta de que no era así. “¿Cómo que en otro sitio? ¿Y por qué no puedo comer naranja en mi habitación? Qué tontería” -le respondí a mi compañera de piso. Su argumento me impactó en el acto: “No sólo has apestado la habitación con tu naranja. Así que te la comes delante de todos… Y en general, la gente bien educada primero ofrece a los demás, y luego ellos mismos comen”.

-¿Qué? ¿Hablas en serio? Esto es ridículo. ¿Salí y me compré una naranja y se supone que debo compartirla fraternalmente y ofrecerles a todos? Tienes zumo en tu mesita de noche y te lo estás bebiendo… Ayúdame. No es muy amable de tu parte, no es apropiado. Tenemos que compartir. Y sobre la naranja, baja al buffet y compra una para ti. Y no me digas dónde comer. Comeré donde quiera. Y si no te gusta algo, vete tú mismo, así no tienes que ver cómo comen los demás.

Así que hablé con la mujer y no me hizo más comentarios. E incluso en mi dirección trató de no mirar. Ya escribí al principio, que más de una vez estuve acostado en hospitales. Y por principio no trato a nadie y no comparto la comida con los vecinos en la sala después de un incidente (fue hace mucho tiempo).

Me trajeron albóndigas calientes caseras. Y sin querer se las ofrecí a las mujeres de la sala. No podía creer lo que veían mis ojos… Sólo conseguí cuatro de los veinte dumplings que me trajeron de casa. Se abalanzaron como gaviotas. Desde entonces no ofrezco ni comparto comida con nadie cuando estoy en el hospital.

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