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Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? —dijo de repente Miguel al volver del colegio. — ¿Y qué? —Mamá miró a su hijo sorprendida. — ¿Cómo que “y qué”? ¿Acaso has olvidado lo que me prometisteis papá y tú para cuando cumpliera diez años? — ¿Prometimos? ¿Pero qué prometimos dejarte hacer? — Tener un perro. — ¡No! —exclamó mamá asustada—. ¡Cualquier cosa, menos eso! ¿Quieres que te compremos un patinete eléctrico? El más caro. Pero solo si no vuelves nunca a hablar del perro. — Así que así sois, ¿no…? —Miguel hizo un mohín ofendido—. Y aún decís que hay que cumplir la palabra dada… Vosotros la olvidáis enseguida… Bueno, bueno… Se encerró en su cuarto y no salió hasta que papá regresó del trabajo. — Papá, ¿recuerdas lo que me prometisteis mamá y tú…? —volvió a la carga, pero su padre le interrumpió: — Ya me ha llamado tu madre para contármelo. Pero no entiendo por qué lo quieres tanto. — ¡Papá, llevo soñando con tener un perro desde hace mucho! ¡Lo sabéis! — Ya, ya… Tanto leer historias de Zipi y Zape o de Los Cinco, y ahora te comportas como un crío. A saber lo que soñamos tu madre y yo y no lo tenemos. ¿Sabes que los perros de raza valen mucho dinero? — ¡No quiero uno de raza! —intervino Miguel—. Me vale uno sin raza. Incluso abandonado. Leí en internet que los perros abandonados lo pasan muy mal. — ¡No! —cortó papá—. ¿Uno sin raza? ¿Para qué? ¡Son feos! Mira, Miguel, lo dejamos así: Aceptamos acoger a un perro abandonado solo si es de raza y joven. — ¿Tiene que ser necesariamente así? —refunfuñó Miguel. — ¡Sí! —Papá miró a mamá astutamente y le guiñó un ojo—. Tendrás que adiestrarlo, llevarlo a concursos… Y a un perro mayor ya es tarde para entrenarlo. Así que si encuentras un perro joven, bonito, de raza y abandonado, quizás accedamos. —…Vale… —suspiró el chico. Nunca había visto en la calle un perro abandonado de raza. Pero la esperanza es lo último que se pierde. El domingo, Miguel llamó a su amigo Pablo, y después de comer comenzaron la búsqueda. Recorrieron medio Madrid a pie hasta el atardecer, pero ni rastro de un perro joven, bonito, de raza y sin dueño. Había muchos perros hermosos, pero todos con sus dueños y con correa. — Ya está bien —dijo Miguel cansado—. Sabía que no encontraríamos a ninguno… — Por qué no vamos el domingo que viene a la protectora —propuso Pablo—. He leído que allí a veces hay perros de raza. Hay que averiguar dónde está. Pero ahora quiero sentarme a descansar. Buscaron un banco vacío, se sentaron y soñaron juntos con adoptar un perro precioso de la perrera y entrenarlo ellos mismos. Después de un rato, se levantaron despacio para volver a su barrio. De pronto, Pablo tiró de la manga de Miguel y señaló algo: — Mira, Miguel. Miguel vio un perrito blanco, sucio y flacucho, que avanzaba torpemente por la acera. — Un chucho —afirmó Pablo y silbó. El perrito, al escuchar el silbido, corrió hacia ellos, pero se detuvo a dos metros. — No se fía —dijo Pablo—. Seguro que algún humano le asustó. Miguel también silbó bajito y extendió la mano. El perrito acercó el hocico y, cuando Miguel estuvo muy cerca, en vez de huir sólo movió la cola temeroso. — Vámonos Miguel —dijo Pablo nervioso—. Ese perro no vale, tú buscabas uno de raza. Uno así solo puede llamarse Botón… —Pablo se giró y se alejó deprisa. Miguel acarició un poco más al perrito y, triste, fue tras su amigo. La verdad, le habría gustado llevárselo a casa. De pronto, el perrito gimió tras ellos. Miguel se detuvo, el perrito volvió a lloriquear. Pablo volvió la cabeza y murmuró: — ¡Date prisa Miguel, ven! ¡No mires atrás! El perrito te mira como… — ¿Como qué? — Como si fueses su dueño y lo abandonaras. Venga, corre. Pablo se alejó corriendo, pero Miguel no podía mover las piernas. Al fin, cuando quiso correr, algo le tiró suavemente del bajo del pantalón. Miró hacia abajo y se encontró los ojos negros y atentos del perrito. Entonces, Miguel, olvidando todo, lo cogió en brazos y lo apretó contra su pecho. Ya lo había decidido: Si mamá y papá no aceptaban, él se marcharía esa noche de casa. Juntos. Pero resultó que sus padres también tenían buen corazón. Por eso, al volver del colegio al día siguiente, le esperaban su madre, su padre… y una preciosa Botón, limpia, blanca y feliz.
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