Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
Estoy sin hogar. El nuevo hombre de ella vive ahora en mi lugar.
0
38
Un hombre no cedió su asiento a una madre y su hijo. ¿Debería ser juzgado por ello?
0
12
¡Así era más cómodo moverse! Mi vecino derribó la valla para poder usar mi jardín.
0
79
Después del divorcio el marido mostró sus verdaderas agallas
0
15
Mi hijo tardó mucho en encontrar a la mujer adecuada para casarse, pero nunca cuestioné su decisión….
0
37
Hombre, por favor, no empuje. Uf. ¿Ese olor viene de usted? —Perdone —murmuró él, apartándose y murmurando algo más, molesto y triste, mientras contaba unas monedas en la mano. Quizás no le alcanza ni para una botella, pensó Rita, que sin querer se fijó en la cara del hombre. Curioso… no parecía ebrio. —Perdóneme, no era mi intención —balbuceó Rita, sin poder irse. —No se preocupe. Él levantó la vista; tenía unos ojos azulísimos, intensos, sin signo de envejecimiento. Aunque debía tener la edad de Rita, qué curioso… Y nunca había visto ojos así, ni de joven. Rita lo cogió del brazo y lo apartó de la pequeña cola de la caja. —¿Le ha pasado algo? ¿Necesita ayuda? —intentó no arrugar la nariz. Al fin comprendió el olor: sudor, simplemente sudor rancio. Él callaba y metió las monedas en el bolsillo. —Me llamo Rita. ¿Y usted? —Yuri. —¿Necesita alguna ayuda? —se sorprendió ofreciéndose casi a la fuerza a un desconocido, quizá un vagabundo. Él la miró un instante con esos ojos azules, luego desvió la vista. Cuando iba a marcharse, él soltó por fin: —Necesito trabajo. ¿Sabe si aquí puedo encontrar alguna chapuza? Algo de reparación, o tareas de casa. El pueblo es grande, pero no conozco a nadie… Rita escuchó y Yuri empezó a balbucear avergonzado. Ella pensó si sería sensato meter a un extraño en casa, pero justo le venía bien cambiar la plaqueta del baño, y su hijo nunca tenía tiempo para hacerlo… —¿Sabe poner azulejos? —Sí, lo sé hacer. —¿Cuánto cobraría por el baño, son 10 metros cuadrados? Yuri se quedó atónito por el tamaño, pero accedió. —Hay que verlo. Lo que me dé, me vale. Yuri hizo el trabajo de maravilla y con precisión. Hasta pidió usar la ducha, y Rita le dio ropa de su difunto marido; él lavó la suya. En todo el fin de semana hizo la reforma. Al terminar, Rita temía que se fuera. No sabía si dejarle quedarse una noche más, pero tampoco quería echarle a la calle de noche. El sábado apenas durmió, pero Yuri dormía profundamente en el sofá. —¡Venga, revise el trabajo, Margarita! Estaba todo perfecto. —Yuri, ¿cuál es su profesión? —Profesor de física, de la antigua Universidad de Leningrado. —¿San Petersburgo, quiere decir? —Entonces era Leningrado. Pero sobre poner azulejos, todo hombre debe saber hacer esas cosas. Rita asintió, le pagó como a un profesional y él aceptó sin rechistar. —¿Eso es todo? —protestó Rita—. Al menos, coma algo. Al final, compartieron un trozo de pescado. Resultó agradable conversar con él: educado, inteligente, pero profundamente marcado por la pérdida. —¿Y qué le pasó, Yuri? —Si le cuento, parecerá una de esas historias increíbles. Solo que la mía, lamentablemente fue real… Yuri le relató cómo, por defender a un alumno, acabó en prisión por homicidio involuntario. Tras ocho años, al salir, nadie le esperaba: la madre muerta, la esposa le había dejado. En Madrid no tuvo suerte, y al final acabó en un pueblecito madrileño donde nadie le daba trabajo ni cuarto. Llevaba dos semanas durmiendo en la calle. Aquella noche, Rita, conmovida, le permitió quedarse. Lograron rehacer sus vidas modestamente: Rita le ayudó a regularizarse, Yuri trabajó como dependiente y de profesor particular. Dos meses después, el hijo de Rita apareció: —Mamá, échale de casa. —¿Cómo? —No quiero compartir mi herencia con un don nadie. Rita, dolida, se enfrentó a su hijo. Pero Yuri, lejos de querer problemas, le propuso irse y empezar de nuevo juntos, construyendo una casa en las afueras de Madrid con sus propios ahorros y el apoyo de Rita. Levantaron un hogar poco a poco. A veces compartían una manta viendo las estrellas. —¿Qué sientes? —preguntaba Yuri abrazándola. —Siento mi segundo aliento —respondía Rita. —Yo también siento amor, tu amor. Cuando Rita volvió a casa a por sus cosas para el invierno, el hijo la encontró radiante: —¿Qué te pasa, mamá? —Segundo aliento, Dimi. Y amor, mucho amor. Y salió corriendo a ayudar a Yuri, que la esperaba para montar el porche. El segundo aliento: una historia de amor, segundas oportunidades y nuevas vidas en la España de hoy
0
50