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Al final de este verano Trabajando en una biblioteca, Diana siempre consideró su vida aburrida: ahora casi no vienen visitantes, todos están en Internet. Cambiaba de sitio los libros en las estanterías y les quitaba el polvo. La única ventaja de su trabajo, pensaba, es que había leído una cantidad indecente de libros de todo tipo: románticos, filosóficos… Y a los treinta años comprendió de pronto que la propia vida romántica se le había escapado. A su edad, debería haber formado ya una familia. No era especialmente llamativa, y su trabajo estaba mal pagado. Pero nunca se le había ocurrido cambiar: todo le resultaba cómodo. Solo venían por la biblioteca estudiantes, a veces algún escolar o jubilado. Hace poco, tuvo lugar un concurso profesional a nivel provincial. Para su sorpresa, Diana ganó el premio principal: dos semanas pagadas en la costa, junto al mar. —¡Qué suerte! Esta vez sí que iré, —le dijo contenta a su amiga y a su madre—, con mi sueldo, nunca habría podido permitírmelo. Pero a veces la vida te sorprende. El verano estaba llegando a su fin. Diana caminaba por la orilla de una playa vacía; la mayoría de turistas se refugiaban en los cafés, porque el mar estaba especialmente bravo aquel día. Era su tercer día junto al mar y, esa tarde, necesitaba pasear sola, pensar y soñar. De repente, vio cómo una ola arrancaba de un muelle a un chico y se lo llevaba. Sin pensar en sí misma, corrió a ayudarle. Por suerte, estaban cerca de la orilla. Aunque no era gran nadadora, sabía mantenerse a flote desde pequeña. Las olas ayudaban a arrastrar al chico hacia la orilla, pero luego lo devolvían atrás. Diana logró sostenerse en pie, ya casi con el agua al pecho. Finalmente, lo consiguió. Miró entonces al chico, con su bonito vestido pegado por el agua, y se sorprendió: —Parece un adolescente, no tiene más de catorce, aunque es alto, incluso un poco más que yo, —pensó, y preguntó—: ¿Pero cómo se te ocurre bañarte con este mar? El chico se puso en pie, le dio las gracias y, aún tambaleándose, se alejó de ella. Diana se encogió de hombros y le siguió con la mirada. Al despertar a la mañana siguiente en la habitación del hotel, sonrió. Hacía un día espléndido. El sol brillaba, el mar resplandecía con esa limpieza azul y una pequeña brisa lo hacía vibrar, pero nada que ver con lo de ayer. Como si el mar pidiera disculpas por sus olas. Desayunó y fue a la playa, donde se tumbó gustosa al sol. Por la tarde decidió pasear y se acercó al parque, donde entró en una galería de tiro. De adolescente y estudiante había tenido buena puntería, aunque el primer disparo falló, pero el segundo fue directo. —¡Mira, hijo, así hay que disparar! —oyó la voz de un hombre tras ella. Al girarse, reconoció al chico del día anterior. El chico la miró asustado, también la reconoció, y Diana entendió que el padre no sabía nada de lo ocurrido. Ella sonrió. —¿Nos da usted un curso exprés? —preguntó el hombre, simpático y alto—. Mi chico, Javi, no acierta ni una, y yo… reconozco que tampoco. Caminaron juntos después, se sentaron en una terraza y comieron un helado, y subieron a la noria. Diana pensó que quizá pronto llegaría la madre de Javi, pero nadie acudía; los dos estaban tranquilos. El padre, quien se presentó como Antonio, era un excelente conversador, y cada minuto a su lado le gustaba más. Descubrieron que ambos vivían en la misma ciudad. Se rieron del azar: “No nos cruzamos en la ciudad, ¿y aquí, en la playa…?” Javi se integró poco a poco al grupo, dándose cuenta de que Diana no diría nada sobre el incidente del mar. Se despidieron cerca de medianoche, los hombres acompañaron a Diana a su hotel y quedaron en verse de nuevo en la playa. Los días siguientes fueron de ensueño: cada mañana se encontraban en la playa, se despedían tarde. Excursiones, paseos, charlas. Diana sentía que Javi llevaba algo dentro; quería hablar con él a solas. Por fin tuvo ocasión; un día, Javi apareció sin su padre. —Hola, papá está con fiebre —le contó el chico—. Me dejó venir contigo, así no tengo que quedarme aburrido en el hotel. Le di tu teléfono… Llamó a Antonio. —Buenos días… Bueno, no tan buenos. Tengo fiebre. Por favor, cuida de mi chico, que hará todo lo que le digas… —No te preocupes, recupérate. Aquí está a salvo, y, además, es casi un hombre. Javi salió del agua, se tumbó junto a ella y le dijo: —Eres una amiga de verdad. —¿Por qué lo dices? —Por no contarle a mi padre lo del muelle. Me caí, fue un caos, me asusté… —No fue nada —sonrió Diana. Luego preguntó—: ¿Y tu madre, Javi? ¿Por qué solo venís tú y tu padre? El chico dudó, pero acabó contándole lo ocurrido: la familia feliz era solo apariencia. La madre, Marina, tenía desde hacía tiempo una aventura con su compañero de trabajo, lo supo todo cuando su padre marchó a un curso en Madrid. Marina le pidió que entretuviera a la hija del compañero mientras ella y aquél trabajaban juntos “en unos planos”. La historia de Javi se le hizo dura a Diana: infidelidad, separación, la marcha de Marina con su nueva pareja… Él había decidido quedarse con su padre, al que quería, y no le nacía ver a su madre por ahora. Aquella tarde, después de la playa, llevaron frutas a Antonio, que ya se encontraba mucho mejor. Volvería con ellos al arenal al día siguiente. Tres días más tarde, Antonio y Javi tuvieron que marcharse, pero Diana aún se quedaba en la costa. El verano llegaba a su fin. Se despidieron junto al mar. Antonio prometió esperarla en el aeropuerto. Javi sonreía. Diana no hacía planes. Solo leía y releía los dulces mensajes que Antonio le enviaba, confesándole que ya la echaba de menos. Poco después, Diana se mudó al piso de Antonio y Javi: quizá el más feliz de todos era el hijo, por él, por su padre y por Diana. Al filo de este verano.
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