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La vecina tóxica —¡Ni se te ocurra tocar mis cristales! —gritó la que antes fue mi amiga.— ¡Mira tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras? —¿Pero estás celosa o qué? —se sorprendió Tamara Borísovna.— ¡Pero mira de quién te has encaprichado! Ya sé qué te voy a regalar por Navidad: ¡una máquina para enrollar labios! —¿Y por qué no te la quedas tú? —replicó enseguida Loles.— ¿O es que con tus labios ya no puede ninguna máquina? ¿Te crees que no me doy cuenta? La señora Tamara bajó las piernas de la vieja cama y se fue a su rincón del oratorio a rezar la oración matutina. No es que fuera muy devota: algo tendría que haber allá arriba, porque alguien debe de dirigir este mundo. ¿Pero quién? Ese misterio seguía sin resolverse. A esa fuerza superior, cada cual le daba un nombre distinto: el universo, el origen de todo, ¡o, claro, el Diosito bonachón con barba blanca y aureola, sentado en su nube pensando en la gente de la Tierra! Y es que la edad de la señora Toma llevaba años de largo en la segunda mitad y rozaba ya los setenta. A esas alturas es mejor no enfadarse con el de Arriba: si no existe, no se pierde nada creyendo; pero si existe… los incrédulos lo perderán todo. Al terminar su rezo de la mañana, Toma añadió unas palabras propias: ¡cómo no! Cumplido el ritual, el alma quedó más ligera: podía empezar el nuevo día. En la vida de Tamara Borísovna había dos grandes males. Pues no, no eran ni borrachos ni carreteras malas: ¡eso ya está muy visto! Era la vecina Loles y los nietos de Toma. Con los nietos estaba claro: nuevos tiempos y nadie con ganas de hacer nada. Pero al menos ellos tenían padres: ¡que lidien con ellos! Pero con Loles, la cosa era más complicada: ¡ya era puro manual la forma en que le sacaba de quicio a su vecina! Eso solo funciona en el cine, donde los piques entre grandes estrellas parecen entrañables. ¡En la vida real son todo lo contrario! Sobre todo, cuando te buscan las cosquillas sin venir a cuento. Además, Toma tenía un amigo conocido como Pedrito-el-Motillo. Su nombre completo: don Pedro E. Cabezudo, que ya era apodo de por sí. El mote venía porque de joven Pedrito era amante de recorrer el pueblo en motillo. En vez de “moto”, él lo llamaba con gracia “motillo”. Con los años, su vieja motillo quedó arrumbada y el mote se le quedó pegado: ¡cosas del pueblo! Antes eran amigos de familias: el Motillo y su mujer, Nines; Toma y su marido. Pero sus segundas mitades ya descansaban en el cementerio local. Así que Toma seguía siendo amiga del Motillo por pura inercia: lo conocía de la escuela, y Pedro era buen amigo. En el colegio eran un trío: ella, Pedrito y Loles. Entonces eran grandes amigos, ni atisbo de flirteo. Iban siempre juntos: el apuesto caballero en medio y las dos damas, cogidas del brazo, a los lados. Parecían una taza con dos asas: de esas para que no se te caiga. ¡Por si las moscas! Con los años, la amistad cambió y acabó en hostilidad, primero de parte de Loles, y después en un odio rotundo. Como en un dibujo animado: “Últimamente tengo la sensación de que alguien me ha cambiado a mi amiga…” ¡A Loles la cambiaron! Pasó tras la muerte de su esposo: antes, todo era más soportable. Está claro, la gente cambia con los años: el tacaño, en avaro. El charlatán, en parlanchín. Y al envidioso, la envidia lo destripa. Quizá eso fue lo que le pasó a la vecina de Toma: así son las mujeres… ¡y los hombres tampoco van a la zaga! Porque había motivos para la envidia. Para empezar, Toma seguía delgada y esbelta a pesar de la edad; mientras que Loles se había convertido en todo un barrilito: “Señora, ¿dónde le hacemos la cintura?” Perdía por goleada. Además, últimamente el amigo común del cole prestaba a la vivaracha Tamara más atención que a Loles: se reían y cuchicheaban juntos, casi tocándose las cabezas canosas. Con Loles, en cambio, apenas cruzaba palabras secas. Y, para colmo, Pedrito iba más a menudo a casa de Toma que a la de Loles; ¡ella tenía casi que invitarlo a la fuerza! Quizá no era tan lista como la repelente Tomi. Ni tenía su chispa, ¡y Pedrito era de los de reírse a carcajadas! En español hay una buena palabra: “rajeta”. Para dura, la de Loles, que últimamente encontraba cualquier excusa para pelear. Primero le molestó el retrete de Tomi: decía que olía fatal. —¡Tu váter apesta! —soltó Loles. —¡Venga ya! Si lleva ahí toda la vida, ¿desde cuándo te molesta? —replicó Toma, devolviendo el golpe:— ¡Ay sí, tus operaciones te las hicieron gratis con la Seguridad Social! Y de balde, nada es bueno. —¡Ni se te ocurra hablar de mis cristales! —saltó la ex amiga.— ¡Mira tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras? —¿Pero es que te pones celosa ahora? —dijo Toma, divertida.— ¡Mira de quién te has encaprichado! Ya sé lo que te regalaré: ¡una máquina de enrollar labios! —¿Y por qué no te la quedas? —devolvió el golpe Loles.— ¿O tus labios ya no los enrolla ni la máquina? ¿Te crees que no veo…? Sí que lo ves, sí. No era la primera vez. Y Pedrito, a quien se lo contó Toma, sugirió que tapara el pozo negro y pusiera el baño dentro de casa. Sus hijos juntaron dinero y le pusieron baño nuevo. El pozo lo cubrió Pedro de su propia mano: ¡ya está, Loles, cambia de tema y a otra cosa…! ¡No! Ahora resulta que los nietos de la vecina habían cogido peras del árbol de Loles, cuyas ramas caían sobre el terreno de Tamara. — Pensaban que eran nuestras —intentó justificarse Toma, aunque en su opinión, ni las tocaron; seguían allí tan campantes.— ¡Mira, tus gallinas escarban en mi huerto y tampoco digo nada! —¡Una gallina es tonta! ¡O ponedora o para asar, pero tonta igual! —gritó la vecina.— ¡Y a los nietos hay que educarlos, abuela! ¡No estar todo el día riendo con galanes! Total, vuelta a empezar, siempre acabando en Pedro… Los nietos recibieron bronca y, cuando pasó la época de las peras, creyeron que todo se calmaba, pero ¡no! Ahora resulta que había ramas rotas. —¿Dónde? ¡Enséñame! —pidió Toma: no había daño ninguno. —¡Aquí y aquí! —señalaba con sus dedos nudosos Loles: y las manos de Toma, tan bonitas, lisas y con dedos largos, dejaban en evidencia las suyas. Y es que las manos también forman parte de la imagen. ¡Aunque sea el pueblo! Entonces Pedrito ‘el Motillo’ propuso cortar las ramas. —¡Están en tu terreno, haz lo que quieras! —¡Va a armar un escándalo! —protestó la abuela. —¡Verás como no! No se atreverá: yo te cubro —prometió Pedro. Y tenía razón: Loles vio perfectamente a Pedrito cortando, ¡pero no dijo ni mu! Y con el árbol se acabó la historia… Pero ahora eran las gallinas de la otra las que se metían en el huerto de Toma. Ese año, Loles compró una nueva raza de gallinas. Y claro, las bichas escarbaron todas las siembras. A las peticiones para que controlara las aves, la vecina solo respondía con una sonrisa maliciosa: “Di lo que quieras, ¿qué vas a hacerme?” Una opción era atrapar un par y freírlas de forma ejemplarizante. Pero la buena de Toma no se atrevió. Fue su amigo el que, muy ingenioso, encontró una idea de internet: colocar huevos por el huerto de noche y por la mañana recogerlos a la vista. Como si las gallinas los hubieran puesto allí. ¡Funcionó! ¡Gracias, internet, por una vez! Loles se quedó perpleja viendo salir a Toma con un cuenco lleno de huevos. Y así acabaron las visitas de las gallinas al huerto ajeno. ¿Ahora sí harían las paces? ¿Eh, Loles? ¡Pues no! Lo siguiente que le molestó fue el humo y el olor de la cocina de verano de Toma. —¡Eso es! ¡Ayer no, pero hoy sí me molesta! ¡Y puede que a mí me repugne el olor a carne! Igual hasta soy vegetariana. ¡Que la propia Corte ha aprobado una ley de barbacoas! —¿Pero dónde has visto tú barbacoa? —intentó apaciguar Toma.— ¡Límpiate las gafas, hija! Toma era paciente y educada, pero ahí su paciencia colapsó. La vecina ya era un caso perdido… —¿Y si la donamos para experimentos científicos? —bromeó Toma a Pedrito mientras tomaban té.— ¡Va a acabar devorándome! De hecho, Toma había adelgazado de tanto disgusto. —¡Se atragantará! ¡No dejaré que te pase nada! —aseguró su amigo.— ¡Tengo una propuesta aún mejor! A los pocos días, una mañana radiante, Tamara escuchó una canción: —¡Toma, Toma, sal de la casa! En la puerta estaba el sonriente Pedrito: había arreglado su vieja motillo. —¿Sabes por qué estaba triste? —explicó don Pedro.— ¡Porque la motillo no andaba! ¿Qué, guapa, damos una vuelta y rememoramos la juventud? ¡Y claro que Toma se subió! Porque ahora, según las reformas del Gobierno, la vejez oficial está abolida: ¡ahora somos pensionistas activos 65+! Y se fue, literal y figuradamente, a una nueva vida. Al poco tiempo, Toma fue señora de Cabezudo: ¡Pedro le pidió matrimonio! El puzzle encajó, y Toma se mudó con su marido. Loles se quedó sola, gorda y amargada. Y, ¿no es eso acaso motivo para nueva envidia? Además, ahora ya no podía desquitarse con nadie: todo su veneno le quedó dentro, y eso siempre necesita salir… Así que, ¡ánimo, Toma, y no salgas de casa! A saber lo que vendrá todavía, ¡madre mía! En fin, la vida del pueblo es un sainete. ¿Qué esperabais? ¡Y para eso tanto lío con el váter…!
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