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POR SI ACASO Vera echó una mirada indiferente a su compañera llorando, giró hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, Vera —oyó la voz de Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Porque aunque tengas la vida resuelta, eso no significa que todas estén igual. Mira cómo está la pobre, fatal. Podrías tener un poco de compasión, aconsejarle, compartir tu experiencia… —¿Yo, compartir experiencia con ella? Nuestra Nadya lo tomaría fatal… Lo intenté hace cinco años, cuando venía al curro con más moratones que vergüenza, como si necesitara linterna para ver el camino. No era ningún tío el que le pegaba, era ella misma al caerse… Y cuando él se fue por patas, desaparecieron los moratones. Ese fue el tercero que huyó. Decidí entonces apoyarla, intentar compartir mi experiencia… ¡y acabé yo siendo la villana de la historia! Me explicaron luego las demás que es un caso perdido, que Nadya lo sabe todo mejor que nadie. Simplemente soy una rompehogares, según ella, que fastidia la felicidad de Nadya. Corría a las videntes a hacerse amarres… Ahora se ha modernizado y va a psicólogos. Trabaja sus traumas… Y no se da cuenta de que repite el mismo guion, solo le cambian los nombres a los hombres. Así que, lo siento, pero ni me compadezco ni le doy pañuelos. —Aun así, Vera, no es forma de portarse… A la hora de comer, todos en la misma mesa, solo se hablaba del ex de Nadya, ese sinvergüenza y traidor. Vera comía en silencio, luego se sirvió un café y se fue a un rincón a despejarse y a mirar redes sociales. —Vera… —se le acercó Tania, la risueña, pero hoy con cara larga—, ¿de verdad que ni una pizca te da pena Nadya? —¿Qué queréis que haga? —Déjala, no la líes más —intervino Ira—. Siempre igual: como ella tiene a su adorado Basilio, vive como una reina, no sabe lo que es quedarse sola con un crío y sin que nadie ayude ni un poco… Y estos padres de pacotilla, si pillas algo de pensión, date con un canto en los dientes. —No había que haberse quedado embarazada ahí, que ni se sabe de quién y encima ya… con una edad, chicas —apuntó Tía Tania, la mayor de todas—. Tiene razón Vera, cuántas veces la hemos visto llorar por ese, le amargaba el embarazo y antes también… Las mujeres hicieron piña junto a la llorosa Nadya, cada una intentando dar su consejo. ¿Y qué? Pues que la fuerte y autosuficiente Nadya decidió levantarse… Mandó venir a la madre desde el pueblo, la dejó allí con el pequeño y el inútil, y empezó a rehacerse. Se soltó un flequillo, se tatuó las cejas, se pegó pestañas… hasta quiso un piercing en la nariz, pero la convencieron entre todas. Y empezó de nuevo. —Nada, nada, Nadya, ¡ya verás, él será quien llore! —la animaban. —Que va a llorar él… —dijo Vera bajito, pero la oyeron las colegas con una copa de más. —¿Cómo que no va a llorar? —Que no, ni llorar ni arrepentirse. Y Nadya mañana se busca otro igual… —¡Claro, tú lo tienes fácil con tu Basilio! — “Mi Basilio”, el mejor hombre del mundo, ni pega, ni bebe, ni va de mujeres, me adora… —Sí claro, todos iguales, todos unos perros. —Mira que te quitan a Basilio, Vera… —Ni de coña, él no se va. —No estaría yo tan segura… —Pues sélo tú. El vino se subió a la cabeza y acabaron discutiendo como fieras. —¡Vamos a tu casa, Vera, y a ver si Basilio resiste tanto bombón! Seguro que ni te atreves a invitarnos… —Pues venga, ¡vámonos! —¡Vaaaamos, chicas, a casa de Vera a conquistar a Basilio! ¡Tía Tania, ¿vienes?! —No, niñas. Me espera Miguel… Vosotras id, divertíos —se reía Tía Tania. Irrumpieron en casa de Vera, risas y carreras en la cocina. —A ver, chicas, preparad algo rapidito, que Basilio está trabajando y pronto llega, le tendremos la mesa puesta. —Tampoco comáis mucho, es muy rarito, pero sí, en nada está en casa. Ya más tranquilas, se fueron marchando y quedaron solo Nadya, Olga y Tania tomando té en la cocina. Y entonces, sonó la puerta. —¡Vasilete, mi tesorito! —canturreó Vera. Las mujeres cambiaron la cara al ver aparecer un chico joven y guapo. ¡Ah, eso era! El marido era mucho menor que Vera… —Chicas, os presento a mi Denis. ¿Denis? ¿Cómo Denis? ¿Dónde está Basilio? —Mi hijo Denis, ¿cómo está Basilio, cielo? —Bien, mamá. Solo necesita reposar, en dos días salta otra vez por casa. Que no le dejes lamerse la herida… Las mujeres se pusieron coloradas… —Nos vamos, ¿eh…? —¡Un momento! No os he presentado a Basilio; shhh, está recién operado, Denis y su novia lo llevaron a castrar, que últimamente marcaba las cortinas… venid. Aquí está, mi Basilio, dormido, mi niño. Para que no estallaran de risa, salieron todas disparadas. —¡Pero Vera, es un gato! —¡Por supuesto! ¿En serio pensabais otra cosa? —Y… ¿el marido? —Nunca tuve marido. Lo de Basilio lo dedujisteis solitas cuando no me dejasteis explicar que mi “hombre maravilloso” era de cuatro patas… Me casé joven, típico primer amor, no acabé la carrera y nació Denis. Tres años y divorcio. Los abuelos ayudaron mucho. Me volví a casar a los treinta. Parecía perfecto, pero quería hijo propio y Denis fuera “al internado o a casa de mi madre”. Le mandé a él con su madre. Años después, con Denis ya mayor, me lié con el tercero… a los dos meses de novios, me dio un puñetazo. Menos mal que Denis hacía kárate y algo aprendí yo. Le defendí y mandé a ese Otelo a la mierda. Denis se casó y me aburría sola, así que adopté a Basilio, y somos felices. Voy al cine con quien quiero, viajo, cocino a veces y disfruto. Cada uno con su vida, no hace falta aparentar casada para ser feliz. Basilio y yo estamos genial. ¿Verdad, mi niño? Las chicas se marcharon pensando, especialmente Nadya. Pero Nadya no consiguió estar sola como Vera; al mes ya pavoneaba nuevo novio y recibía flores en la oficina. Vera y tía Tania sonrieron cómplices. —Y tu Misha, ¿cómo va esa pata? —Bien, hija, solo fue un pinchazo, como un perro, ya está curado. Los nietos dicen que lo meta en concursos, pero no quiero martirizar al pobre, estamos bien así… —Nadya parece que también ha encontrado lo suyo. —Sí, cada una a lo suyo: unas tenemos animales, otras… maridos. —Veremos si le va bien esta vez. —Ojalá… —¿De qué murmuran ahí? —De ti, Nadya, a ver si tienes suerte. —Si yo lo sé, chicas, pero no sé estar sola… —¡Nosotras nada que objetar, cada una su camino! —Vera… —dijo Nadya—. Oye, ¿tú qué sabes de gatos? ¿Es mejor macho o hembra? —Venga, corre, que te esperan… y luego lo hablamos —rió Vera. —Es solo por si acaso…
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