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Al filo del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse unas botas de monte; prefería unas altas botas elegantes, aunque allí parecería ridícula con ellas. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad vas a vivir en un pueblo? —le preguntó, frunciendo los labios con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, las escapadas a la naturaleza, cualquier sitio que careciese de las comodidades urbanas que tanto valoraba. Goyo era igual, por eso Rita salía rumbo al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir allí, aunque, a diferencia de su padre, disfrutaba de las caminatas, acampadas y el romanticismo que todo eso evocaba. Pero vivir de verdad en el pueblo… no. Aunque al padre le dijo otra cosa. —Sí, lo quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí, atarles la cola a las vacas? Yo pensaba que tú y Goyo os casaríais este verano, que estaríamos preparando la boda… La boda. Su padre le vendía a Goyo como quien sirve un plato de sémola fría, tan desagradable que las ganas de vomitar no la dejaban tranquila durante horas. Goyo no era un ogro, hasta podía decirse atractivo: nariz recta, ojos vivaces bajo unas cejas bien dibujadas, pelo ondulado y recortado, cuerpo firme. Era el hombre de confianza de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía años su padre soñaba con que su hija se casara con alguien tan apropiado. Rita no soportaba a Goyo. Le irritaba su voz monótona, sus dedos gruesos siempre jugando con algo, sus historias presumidas sobre lo que costaban sus trajes, su reloj, su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! Nada les importaba más que el dinero. Pero Rita buscaba amor. Sentimientos que te dejasen sin aliento, como en las novelas. Nunca lo había sentido, pero sabía que algún día llegaría. Se enamoraba a menudo, se dejaba llevar por algún chico u otro, pero nada de aquello le marcaba el alma. Ella quería cicatrices, drama, no la calma predecible de Goyo. Por eso irse al pueblo y enseñar en la escuelita le pareció una idea genial. Goyo no la seguiría. Goyo tenía miedo a quedarse sin internet, sin agua caliente, sin alcantarillado. Rita eligió a propósito un pueblo sin nada de eso. El director de la escuela dudaba en contratarla, pero la antigua profesora falleció de repente y Rita fue muy insistente: llegó hasta la delegación de educación con todos sus certificados y diplomas de formación. —¿Y qué va a hacer en un pueblo una joven tan preparada y cualificada? —le preguntó una señora seria de pelo anaranjado. —Enseñar a los niños —afirmó Rita, con la misma seriedad. Y ahora enseñaba. Vivía en una casita sin agua caliente ni alcantarillado, tenía que encender la estufa ella misma. Como esperaba, Goyo hizo una visita, pasó la noche y se marchó pitando. Le llamaba, le rogaba volver, pero para él, como para su padre, era solo una tontería pasajera. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno: la casa se quedaba helada por la noche, ni bajo el edredón había calor, y acarrear leña era un suplicio. Quería volver, en el fondo, pero no sabía rendirse. Además, ahora no solo respondía por sí misma: también tenía a los niños. La clase era pequeña, solo doce alumnos. Al principio, Rita se desesperó: en el centro de creatividad donde había trabajado el último año y medio los niños eran listos, llenos de talento. Allí… parecían perdidos. Tercero de primaria y apenas sabían leer, no hacían los deberes, en clase no había ni un minuto de silencio. Al principio, claro; luego Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales en madera, piezas preciosas dignas de exponerse en El Corte Inglés. Ana escribía versos blancos; Vovka se quedaba a limpiar el aula, e Irina tenía un corderito que la acompañaba como un perro hasta el cole. En el fondo, sabían leer, solo que no les habían dado los libros adecuados. Rita ignoró el temario oficial y trajo libros nuevos, para lo que tenía que ir al pueblo más grande —el internet casi no llegaba, era imposible pedir por internet. Solo hubo una niña con la que Rita no encontraba el modo de conectar. Y fue a su padre a quien vio, cuando una ráfaga de viento helado le azotó la cara mientras cargaba leña. —Buenas tardes, Margarita Egurrola —la saludó él, deteniéndose a unos pasos de la verja. A Rita le intimidaba ese hombre, en verdad. Tenía el rostro… duro, como un delincuente. Nunca sonreía. Y cada vez que lo veía, su corazón latía tan fuerte que temía que él lo notase y descubriría cuánto miedo le daba. ¿O era otra cosa? —Buenas tardes. La voz le salió más alta de lo deseado. —¿Por qué Tanita solo saca suspensos? —Porque no hace nada. —Pues haga que los haga. ¿Quién es aquí la profesora, usted o yo? Profesora era Rita. Pero no iba a obligar a nadie. La niña seguramente era autista; necesitaba otro especialista. —¿Siempre ha sido así? —preguntó por si acaso. Vladimir dudó. —No. Antes con Ola hacía todo. —¿Y quién es Ola? Vladimir frunció el ceño, como si a él también se le metiera nieve en el zapato. —Su madre. Rita se quedó helada. Mejor no preguntar lo siguiente. Pero debía hacerlo. —¿Y dónde está ahora? —En el cementerio. Así era. El enigma no era tan difícil, como decía su padre. Cargar leña era incómodo y pesado. Le daba apuro decirlo. Cuando el tronco de arriba le cayó directamente en el pie, Rita se quejó, dejó caer la leña y casi se echó a llorar. Doble motivo: por el dolor y por la vergüenza de hacer el ridículo delante de un adulto. ¿Por qué pensaba eso, si ella también era adulta? Pero no se sentía así. —Déjeme, le ayudo —ofreció Vladimir. —No, de verdad, puedo sola. —Ya veo cómo puede. Le dejó la leña, ajustó la puerta para que no se quedase atascada. —Si necesita algo, avise —dijo y se marchó. ¿Pensaría que por un par de cargas de leña iba a aprobar a Tanita? Poco probable… La niña le preocupaba de verdad. Intentó de mil maneras acercarse a ella, sintiendo al tiempo inseguridad profesional y compasión por la pequeña. Incluso pidió consejo a la jefa de estudios. —Ay, imposible. Ponle suspensos, en verano la pasamos a educación especial. —¿Y eso cómo? —Nada, la enviamos a la comisión, que diagnostiquen discapacidad. Qué se va a hacer, si la niña es así. —Pero su padre dice que antes no era… —¡Da igual antes! La madre la llevaba de la mano, él no podrá solo. No lo escuches, te llenará la cabeza… —¿A usted le desagrada? —dedujo Rita. La jefa de estudios torció la boca. —No es cuestión de gustar o no. La niña necesita un entorno adaptado. Rita no aceptó eso. No estaba segura de que Tanita debiese ir a un colegio especial; por eso llamó a su mentora, la señora Lidia, y tras hablar con ella decidió visitar a la niña. Tenía miedo, mucho miedo, tanta que hasta se hizo una infusión de manzanilla, aunque no le gustaba demasiado. Su madre siempre tomaba manzanilla para calmarse. La madre de Rita también falleció, así que la historia la tocaba especialmente. Vladimir no la recibió con calidez, aunque Rita esperaba que se alegrase de que quisiera ayudar a la niña. —Aquí no recibimos visitas —dijo Vladimir. Rita se puso firme, como la jefa de estudios, y argumentó que la tutora debía comprobar el entorno familiar. La habitación de Tanita era preciosa, con papeles rosados, peluches y montones de libros. Rita hasta sintió envidia: su padre era minimalista y odiaba colores vivos. La habitación de Rita era beige, y los peluches también. La primera vez no consiguió mucho. Rita miraba los libros, preguntaba cuál era el favorito, pedía lápices. Tanita los trajo en silencio, no habló de los libros. Solo al final, cuando preguntó cómo se llamaba el conejo rosa, Tanita dijo: —Pelusa. La próxima vez Rita le trajo un jersey para Pelusa. Su madre le enseñó a tejer y Rita tejía en su memoria. No lo hacía muy bien, y el hilo era demasiado gordo. Pero Tanita se alegró, se lo puso al conejo y dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Pelusa con su nuevo jersey. Tanita lo dibujó. Rita escribió el nombre, a propósito con falta de ortografía. Tanita lo corrigió. De discapacitada, nada. —Iré a ver a Tanita tres veces por semana —informó a Vladimir. —No tengo dinero de sobra —gruñó él. —No quiero dinero —se ofendió Rita. Así quedaron. La jefa de estudios se enteró y tampoco se alegró. —¿Qué es eso de actuar por tu cuenta? ¡No se puede dar trato especial a un niño, es anti-pedagógico! Además es inútil, ya he visto niños así. —Y yo también —le cortó Rita— y sé que es pronto para rendirse. Tanita era poco común: casi siempre callada, evitaba mirar a los ojos, prefería dibujar a escribir. Pero hacía buenas cuentas y entendía rápido la gramática. Al acabar el trimestre, no hubo que regalarle los aprobados: se los ganó. —¿Te vas a algún sitio en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla a los ojos, igual que Tanita. —No, aquí me quedo —dijo Rita, sintiendo que se ponía colorada. —Tanita quiere invitarte. Fue extraño. Tanita no lo había dicho; claro, hablaba poco. Si era cierto, no quería decepcionarla. Aunque celebrar el año nuevo con extraños tampoco le atraía. —Gracias, lo pensaré. Durmió mal esa noche. No sabía por qué la había inquietado tanto. Había ayudado a la niña durante un mes, era normal que ahora confiara en ella. ¿No era lo que buscaba? ¿Importaba qué pensara Vladimir…? Con esos pensamientos, se durmió. A la mañana siguiente, llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —¿No vas a venir en Nochevieja? No pensarás celebrarlo allí. —Pues sí. —Rita… ¿Ya vale, no? Tu padre está mal, no puede con los nervios. Su padre nunca la llamaba. —Que vaya al médico —le soltó Rita. —¿Entonces de verdad no vas a venir? —No. —Jolín. ¿Y ahora qué? —Haz lo que quieras. Cuando dijo eso, no pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensalada y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita se quedó pasmada. Y no exactamente decepcionada: nunca pensó que él fuese capaz de dar ese paso. Goyo adoraba celebrar el Año Nuevo en restaurantes lujosos, con concursos y música en vivo. Allí ni televisión había. —Bueno. Estás tú y eso es lo que importa. Rita buscó el truco. No lo encontraba. ¿Sería que había juzgado mal a Goyo? —pensó. Se enterneció aún más cuando vio que en los tuppers estaban sus platos favoritos, y en la caja de regalo, libros de pedagogía, un proyector y una agenda para profesores. —Gracias —dijo emocionada—. Pensaba que regalarías bisutería y gadgets. Goyo sonrió. —Rita, he entendido que tú eres lo más valioso que tengo. Si quieres quedarte en un pueblo, nos quedamos en el pueblo. También traje joyas. Sacó una cajita de terciopelo rojo. Y se intuía lo que había dentro. —¿Puedo no responder aún? —preguntó Rita. Goyo no se ofendió. —Temía que dijeras que no. Espero lo que haga falta. Rita no supo qué contestar y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil, pero llamó al fijo. —¿Has pensado? —preguntó. —Perdona, tengo visita. —Entiendo. Y colgó. Al momento, Rita se sintió fatal. ¿Por qué ese tono? ¿Entiende…? ¿Qué entiende? Ella no prometió nada, ¡que no se ofenda! ¿Estaba ofendido? Seguramente, por Tanita. La niña esperaba, y cualquier padre quiere evitar que su hijo se lleve un chasco. La cabeza le daba vueltas. Goyo no percibía nada: sólo intentaba captar algo de señal para ver pelis navideñas. Rita oyó un silbido. Así llamaban al perro. Recordó que Vladimir siempre silbaba así. Se asomó a la ventana. Vladimir y Tanita esperaban en la verja. El rubor le subió al rostro. —¿Quién es ese? —preguntó Goyo, algo picado. —Es mi alumna —balbuceó Rita—. Un momento. Tenía preparado el regalo: una compañera para Pelusa, una conejita rosa. Su padre la llamaría cursi. A Vladimir también le tenía un detalle. Dudaba si debía, pero lo hizo: unas manoplas tejidas. Cogió los regalos y se lanzó fuera, sin gorro, con las piernas desnudas. El frío le entró en los pies, pero ni frunció el ceño. —¡Tanita, hola! —dijo con cariño—. ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te tengo. Le dio el paquete. Tanita sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le pasó dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanita abrió el grande: un cuaderno con un cómic dibujado; reconoció sus dibujos. —¡Gracias, qué cómic más bonito! En el pequeño había un broche en forma de pajarito. Una pequeña colibrí dorada. Rita miró a Vladimir. Él no la miraba. Tanita dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —dijo Vladimir. —Por supuesto. ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente… Rita quiso abrazar a Tanita, pero no se atrevió: la niña seguía agarrada a su regalo, en silencio. En la puerta, Rita se giró. Sintió el pecho apretado al verlos y entró en la casa con los ojos húmedos. —¿Y qué ha pasado ahí fuera? —gruñó Goyo. Rita miró el cuaderno y el broche en su mano cerrada. Recordó que había olvidado dar las manoplas. Y lo que Tanita dijo: de mamá… Y la sonrisa contagiosa de Vladimir, que sólo surge cuando mira a su hija. Algo la rompía y florecía por dentro. Sentía pena por Goyo, pero no tenía sentido mentirle ni mentirse. Rita sacó la cajita de terciopelo del bolsillo, se la dio y dijo: —Vuelve a casa, por favor. Perdóname, no quiero casarme contigo. Lo siento —repitió. A Goyo se le cayó el alma. No estaba acostumbrado a los rechazos. Por un segundo, Rita pensó que se iba a llevar una bofetada. Pero Goyo guardó la caja, cogió las llaves y salió de casa sin mediar palabra. Rita apiló la comida en los tuppers, cogió las manoplas para Vladimir y salió corriendo en pos de personas extrañas, pero ahora tan indispensables para ella…
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