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DOS HERMANAS… Había una vez dos hermanas. La mayor, Valentina, era una mujer guapa, exitosa y acomodada. La menor, Zoila, se había perdido en el alcoholismo. Ya poco se podía decir de su belleza a la edad en la que transcurre esta historia: con 32 años, Zoila parecía más una anciana que una joven. Delgada, con el rostro amoratado e hinchado hasta taparle los ojos, el pelo apagado y sin peinar, como estopa sucia enmarañada en todas direcciones. Valentina no tenía culpa alguna, dedicó tiempo y dinero en intentar sacar a su hermana del pozo: la llevó a clínicas de prestigio, buscó ayuda en curanderas, todo fue en vano. Le compró un pequeño y acogedor piso, a su nombre para evitar que Zoila lo cambiara por una botella. Medio año después, solo quedaba un colchón sucio, sobre el que yacía su hermana moribunda cuando Valentina fue a despedirse; se iba a vivir al extranjero. Zoila ya no podía ni hablar, solo tenía fuerzas para entreabrir los ojos y, entre los párpados hinchados, distinguir la silueta recortada sobre la ventana sucia. Cerca, botellas vacías compartidas por los borrachos del barrio. Valentina no fue capaz de abandonarla, ¿cómo vivir luego con la conciencia? Para quedarse tranquila, decidió llevar a Zoila con la tía Olga al pueblo. Apenas tenían contacto con la tía, hermana de su difunta madre, que años atrás les visitaba llevando manjares del pueblo: mermeladas, manzanas olorosas, setas secas. Valentina sólo recordaba el nombre del lugar. Si no las invitaron al funeral, suponía que la tía seguía viva. Un amigo la ayudó a envolver a Zoila en una manta, la tumbaron en el asiento trasero y se fueron al pueblo de Samovar. Hallaron el pueblo y la casa de la tía Olga, que no era difícil: cuatro casitas formaban todo el lugar. Dejaron a Zoila en la cama de la tía, Valentina puso dinero sobre la mesa: “Va a morir y yo tengo que irme, tía Olga. El dinero es para el entierro, quizá vuelva algún día aunque sea para encontrar la tumba. Esto da para la lápida y la verja”, y dejó la llave del piso. Rechazó el té y se marchó… Olga, de 68 años, aún vital y sola, desabrigó a Zoila, comprobó que aún respiraba y puso el samovar al fuego. Mientras el agua hervía, llenó el termo con hierbas secas, algo de frutos del bosque, lo cubrió con agua hirviendo y tapó bien. Tres días fue dando a Zoila infusión con miel, casi a la fuerza, cada media hora, incluso de noche. Al cuarto día añadió leche de su cabra Marta, también con cucharilla. Luego caldos de verduras y de gallina, sacrificando dos de sus siete gallinas para su sobrina moribunda. Un mes después, Zoila pudo sentarse sola. Tía Olga la llevaba en trineo al baño turco en pleno invierno, arropada en un mantón y manta, y allí la lavaba con infusiones de hierbas. Luego le peinaba los cabellos: olían a pasto y verano… Tía Olga, sola en el mundo, volcó todo su amor no gastado en su sobrina y logró sanarla, cucharada a cucharada, como si con cada infusión le transmitiera un trocito de su alma generosa. Ni clínicas de lujo ni curanderas, solo la tía pudo salvar a la joven. Zoila sobrevivió. Se fortaleció con la leche fresca de Marta, los desayunos de tortilla recién hecha. Su melena se volvió sedosa y brillante. Sus mejillas recobraron el color y resultó que era guapa, de ojos azules. Poco a poco ayudaba en la casa y el establo, aprendió a ordeñar a Marta y recoger los huevos cada mañana. Cocinaban platos sencillos de la huerta. Resucitada, Zoila no pensaba en su antigua vida: le gustaba empezar la nueva, desde cero. Descubrió los amaneceres, las nubes blancas, el brotar de las flores en primavera. Iba a la ribera a dar pan a los patitos y aprendió, gracias a tía Olga, a tejer con ganchillo. Al principio hizo tapetes, luego, tras un viaje a la ciudad para comprar lanas, empezó a tejer grandes y esponjosos chales de bellos dibujos. Pronto le llovieron los encargos y Zoila prosperó. Tres años después, la bella Zoila llevó a su querida tía de la remota Samovar a un tranquilo pueblo costero, donde, sumando los ahorros de ambas y las ganancias de los chales, compró una casita acogedora con pequeño jardín. Por las mañanas, la cabra Marta, llegada en furgón especial costeado por Valentina, mordisquea manzanas bajo el manzano y mira el mar con calma. No lejos, en el agua, se bañan las dos mujeres a las que más quiere. ¿Y saben lo mejor de esta historia? Que es real.
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