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La ansiada llegada de mi nieta: la historia de doña Natalia y el destino inesperado de su familia
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Cada vez que mi esposo salía de viaje de negocios, mi suegro me llamaba a su habitación para “charlar”… Pero cuando descubrí la verdad, mi mundo se derrumbó.
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Un regalo tardío El autobús dio un tirón y doña Ana se aferró con ambas manos a la barra, notando el plástico rugoso cediendo apenas bajo sus dedos. La bolsa de la compra golpeó sus rodillas, las manzanas rodaron sordamente en su interior. Permanecía junto a la puerta, contando cuántas paradas quedaban hasta la suya. En su oído crujía a bajo volumen un auricular; su nieta le había pedido que no lo apagase: “Abuela, por si acaso te llamo”. El móvil estaba en el bolsillo exterior del bolso, pesado como una piedra. Aun así, Ana comprobó que la cremallera estuviera cerrada. Ya se imaginaba entrando en el piso, dejando la bolsa sobre el taburete de la entrada, cambiándose de zapatos, colgando el abrigo, doblando cuidadosamente la bufanda en la estantería. Después colocaría la compra, pondría la sopa a cocer. Por la tarde pasaría su hijo a recoger los tuppers. Tenía turno, no le daba la vida para cocinar. El autobús frenó y se abrieron las puertas. Con prudencia, Ana bajó los escalones y salió hacia su portal. En el patio, unos niños jugaban al balón; una niña en patinete casi la rozó, pero viró justo a tiempo. Del portal salía olor a pienso de gato y a tabaco. En la entrada dejó la bolsa, se quitó los zapatos y, por costumbre, los arrimó con la punta hacia la pared. Colgó el abrigo del gancho y la bufanda en el estante. En la cocina fue colocando las cosas: la zanahoria con las demás verduras, el pollo a la nevera, el pan a la panera. Sacó la olla y la llenó con agua hasta cubrir el fondo con la palma. El teléfono vibró en la mesa. Se secó las manos en el trapo y lo acercó. —Sí, Santi —dijo, inclinándose hacia el aparato, como si así oyese mejor la voz del hijo. —Mamá, hola. ¿Cómo estás? —apresurado, de fondo se oía a alguien hacerle otra consulta. —Bien, estoy preparando la sopa. ¿Vas a venir? —Sí, en un par de horas paso. Oye, mamá, en el cole otra vez nos piden para el arreglo del aula. ¿Podrías…? —se quedó en silencio un instante—. Como la otra vez. Doña Ana ya buscaba la libreta gris donde lo apuntaba todo. —¿Cuánto hace falta? —Si pudieras, tres mil. Ya ves… todos ponemos, pero la cosa está complicada —suspiró—. Está duro ahora. —Ya lo sé —respondió—. Tranquilo, te lo doy luego. —Gracias, mamá. Eres un sol. Paso más tarde y te lo cojo. Y un poco de tu sopa. Al colgar, el agua de la olla ya empezaba a hervir. Metió el pollo, lo saló, una hoja de laurel. Se sentó y abrió la libreta. En la columna de “pensión”, la cifra perfectamente copiada. Debajo: luz, medicinas, “nietos”, “imprevistos”. Escribió “cole” y la cantidad, dudando un segundo con el bolígrafo en el aire. Quedaba menos de lo esperado, pero no era la ruina. “Bueno, ya apañaremos”, pensó y cerró la libreta. En la nevera colgaba un imán con un calendario pequeño. Debajo, publicidad: “Centro Cultural. Abonos de temporada. Clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados”. El imán se lo había traído la vecina Mari, junto con una empanada en su cumpleaños. Ana se sorprendía leyéndolo mientras esperaba a que hirviera el agua para el té. Hoy de nuevo fijó la vista en “abonos”. Recordó cuando, antes de casarse, iba con su amiga a la Filarmónica: entradas casi regaladas, pero con largas colas. Pasaban el frío, se reían, ella llevaba el pelo largo, vestido bueno, sus únicos zapatos de tacón. Ahora visualizó el auditorio; hacía años que no pisaba uno. Sus nietos la llevaban a funciones infantiles, pero eso era distinto: ruido, serpentinas, palmas. Aquí era otra cosa. Ni sabía qué conciertos había ya, ni quién iba. Le dio la vuelta al imán. Detrás, venía la web y un teléfono. El ordenador era territorio ajeno, pero teléfono… Volvió a dejar el imán, pero la idea se quedó. “Tonterías”, se reprendió. “Mejor apartar para la cazadora nueva de la niña. Crecen, todo es caro”. Bajó el fuego, regresó a la mesa y sacó el sobrecito de los ahorros “por si acaso”. Billetes apartados durante los últimos meses. No era mucho, pero, apretándose, podría llegar para una avería, para algún análisis. Los dedos pasaban los billetes una y otra vez mientras el eslogan del imán le daba vueltas en la cabeza. A la tarde vino Santi. Colgó la chaqueta de la silla, sacó los tuppers. —¡Uy, borscht! —se alegró—. Mamá, qué arte tienes. ¿Has comido? —Sí, sí, siéntate, sírvete. El dinero lo tengo preparado —sacó el sobre y contó tres mil euros. —Mamá, por lo menos apúntate cuánto queda —dijo al coger el dinero—. No sea que luego falte. —Apunto, no te preocupes. Todo en orden —sonrió. —Eres nuestra economista… Por cierto, ¿el sábado nos puedes echar una mano otra vez? Con Tania vamos a hacer la compra y nadie puede quedarse con los niños. —Claro —asintió—. No tengo ningún compromiso. Él contó del trabajo, del jefe, de nuevas normas. Al calzarse, se giró: —Mamá, ¿te compras alguna vez algo para ti? Que todo es para los peques y para nosotros. —No me falta de nada —respondió ella—. ¿Para qué quiero más? —Bueno, tú verás. Paso en la semana. En cuanto se cerró la puerta, volvió el silencio. Ana fregó y limpió la mesa. Miró de nuevo el imán. Recordó la pregunta de su hijo: “¿Tú algo para ti?”. Por la mañana, tumbada viendo el techo, pensó que el día era suyo: flores, suelo, periódicos viejos. Se ejercitó como le había enseñado el médico, puso el té. Mientras el agua se calentaba, cogió de nuevo el imán. “Centro Cultural. Abonos…” Cogió el teléfono y tecleó el número. Se le aceleraba el corazón. Tras dos tonos y una pausa, respondió una voz amable: —Taquilla, dígame. —Buenos días, llamo por lo de los abonos… —Claro, ¿para qué ciclo? —No sé… ¿Qué hay? Le enumeró: sinfónica, cámara, lied, programas infantiles. —Para jubilados hay descuento —añadió—. Pero el abono son cuatro conciertos. —¿Y por separado? —Sale más caro. El abono es mejor. Ana visualizaba sus cifras y el sobre. Preguntó el precio; sonó a demasiado. Podía permitírselo, pero su fondo “de emergencia” quedaría casi vacío. —Piénselo —dijo la mujer—. Se agotan rápido. —Gracias —colgó ella. El hervidor silbaba. Se sentó, anotó en la libreta: “Abono”. Al lado, la cantidad y “4 conciertos”. “¿A cuánto sale al mes?”. Calculó, no era tan grave. Tachó dulces, pospuso la peluquería. Pensó en sus nietos: el pequeño quería un nuevo Lego; la mayor, zapatillas de baile; su hijo suspiraba por la hipoteca… Y su deseo propio, que parecía un capricho indecoroso. Cerró la libreta sin decidir nada. Siguió con las tareas. Tras comer, el telefonillo sonó: era Mari con un tarro de pepinillos. —Toma, que no me caben —entró sin invitación—. ¿Y tú qué tal? —Aquí, pensando… —¿Pensando en qué? —sentada, sacando el ganchillo. —En lo del concierto —soltó Ana de golpe—. Venden abonos aquí cerca. Yo antes iba a la Filarmónica. Ahora me tienta, pero es caro… Mari subió las cejas. —¿Y qué preguntas? Si quieres, ve. ¿El dinero? —se encogió de hombros—. Llevas toda la vida ayudando a todos, repartiendo para los nietos, el hijo… ¿Y para ti? Siempre la misma rebeca, compras ropa para los demás. ¿No puedes gastar una vez en ti? —Es que luego dirán… —¿Y? ¡No tienes que pedir permiso! Si quieres, no les digas nada. O di que fuiste al médico. Aunque… ¿por qué esconderte? Ya eres mayor. La frase “ya eres mayor” le tocó algo adentro. Orgullo y vergüenza al tiempo. —Al médico voy igual, pero da miedo. Y si no llego, y si hay escaleras, y si el corazón… —¡Hay ascensor! No fuiste a saltar sino a escuchar. ¡Yo fui al teatro el mes pasado y sobrevivo! Me dolieron las piernas, pero lo disfruté. Charlaron un rato más sobre precios y medicinas. Cuando Mari se fue, Ana marcó la taquilla. Sin pensarlo mucho, dijo: —Quiero un abono para “Noches de Romance”. Le explicaron que tenía que ir en persona, con DNI. Apuntó la dirección y clavó el papel con el imán en la nevera. El corazón le latía deprisa, como después de correr. Esa noche llamó su nuera. —Ana, ¿seguro que puedes el sábado? —Sí —aseguró—. Iré. —Eres un ángel. Luego te llevamos algo, ¿té? ¿Toallas? —No hace falta. Gracias. Miró el papel. La taquilla cerraba a las seis. Tendría que salir con tiempo. Esa noche soñó con un auditorio, butacas blandas, luces, gente elegante. Ella sentada en el centro, mirando el programa, temiendo molestar. Amaneció con angustia en el pecho. “¿Para qué me metí en esto?”, pensó. Pero el papel seguía ahí. Desayunó, sacó el abrigo bueno, revisó los botones, eligió bufanda y zapatos cómodos. En el bolso: DNI, monedero, gafas, pastillas, agua. Se sentó en el taburete antes de salir, escuchándose. Nada raro. “Vamos, puedo”. Cerró la puerta. A la parada, despacio. El bus tardó poco. Dentro, un chico le cedió el asiento. Ella le dio las gracias mostrando su mejor sonrisa. El Centro Cultural era dos paradas más allá del centro. Un edificio con columnas, carteles de colores. Dentro, olor a madera y a dulces. En la taquilla, una señora amable. Le mostró los asientos en el plano, Ana apenas los distinguió, pero asintió. Al decirle el precio, la mano tembló al sacar los billetes. Quiso decir “mejor otro día”, pero la cola detrás la empujó a poner el dinero en el mostrador. —Aquí tiene su abono, —dijo la mujer— el primer concierto es en dos semanas. Venga con antelación. El abono era precioso: en la portada, una foto del escenario; dentro, los programas impresos. Ana lo guardó con cuidado, entre el DNI y su libreta de recetas. Al salir, tuvo que sentarse un momento en un banco, beber agua. Dos chicos ruidosos comentaban canciones modernas. Ana los oía como quien escucha otro idioma. “Bueno, ya está: comprado. Ahora no hay marcha atrás”. Pasaron dos semanas de rutina: los nietos malitos, ella de niñera, haciendo compotas, midiendo la fiebre; el hijo trayendo la compra. Varias veces estuvo a punto de contar lo del abono, pero se calló. El día del primer concierto amaneció nerviosa. Dejó la cena lista, avisó al hijo: —Hoy no estaré esta noche. Si hace falta, llámame antes. —¿A dónde vas? —desconcertado él. Dudó, no quería mentir ni decir la verdad. —Al Centro Cultural, a un concierto. Silencio. —¿A un concierto tú? Mamá, ¿te hace falta eso? Eso será de jóvenes, ruido… —No es una disco, Santi. Son romances. —¿Y quién te invitó? —Nadie. Lo he comprado yo. Larga pausa. —Mamá… Entiendo que es tu dinero, pero… sabes que no andamos sobrados. Podrías haberlo… ya sabes. —Ya lo sé —le cortó ella—. Pero es mi dinero. Le salió una voz más firme de lo habitual. —Bueno… —aceptó él— Hazlo. Pero no te quejes si luego falta algo. Abrígate. A tu edad… —A mi edad se puede ir a un auditorio a escuchar música. No estoy escalando el Everest. Suspiró, más resignado. —Bien. Avísame cuando llegues a casa. —Te llamo, sí. Colgó. Las manos le temblaban. Se sentía como si hubiera cometido un pequeño atrevimiento. Por la noche, se vistió con esmero: su vestido azul, medias buenas, los zapatos menos incómodos. El pelo más peinado que de costumbre. Fuera ya era de noche. Luces en las tiendas, la parada llena. Apretó el bolso contra sí: abono, DNI, pañuelo. En el autobús, lleno, alguien le pisó pero pidió perdón. Bajó en la parada indicada. En la puerta del Centro Cultural, gente de todas las edades: mayores en pareja, señoras solas, hasta algún joven informal. Se sintió menos sola. Entregó el abrigo en guardarropa. Tardó un momento en ubicarse. Siguió las flechas hasta la sala. Dentro, penumbra y lucecitas sobre los asientos. En la entrada, una acomodadora le revisó el abono: —Fila seis, asiento nueve, por aquí. Ana avanzó pidiendo perdón a quien debía levantarse. Al llegar a su sitio, sentó el bolso en las rodillas. El corazón le latía todavía fuerte, pero de ilusión. A su alrededor charlaban, hojeaban programas. Hizo lo mismo. No reconocía los nombres de las canciones, pero en la esquina leyó uno de un compositor que de joven escuchaba en la radio. Se fue apagando la luz. Salió la presentadora, dio la bienvenida. Ana la oyó de lejos: el caso era estar allí, no otra vez en la cocina de casa. Al empezar la música, se le erizó la piel. La voz de la solista era grave, un poco áspera. Palabras de amor, despedida, viajes le sonaban propias. Recordó otros auditorios, otra vida, otras compañías. Se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Solo escuchó, aferrando el bolso, dejando que la música le llenase la vida, olvidando cuentas y obligaciones. En el intermedio, con las piernas entumecidas, fue al vestíbulo a estirar. Conversaciones sobre el programa. Alguien tomaba té, otros comían dulces. Se compró una chocolatina, pese a que solía verse eso como gasto innecesario. —Qué rica —se sorprendió en voz alta. A su lado, una señora de su edad con traje claro: —Buen concierto, ¿a que sí? —Sí, hace mucho que no venía —contestó. —Yo también, los nietos, la huerta, siempre hay excusas. Pero pensé: si no ahora, ¿cuándo? Conversaron un rato, luego sonó el timbre y volvieron a la sala. La segunda parte voló. Ana ya no pensaba en el dinero ni en la cifra por entrada. Solo escuchaba. Al acabar, la ovación fue larga; ella aplaudió hasta el cansancio. Salió al fresco, notando agotamiento y a la vez un calorcito nuevo. No era entusiasmo, sino la sensación de haber hecho algo importante para ella, por pequeño que fuese. Al llegar a casa, llamó a Santi. —Ya estoy en casa. Todo bien. —¿Cómo ha ido? ¿No pasaste frío? —No, ha sido… bonito. —Bueno. Que tú estés contenta. Pero no te emociones, aún hay que ahorrar. —Ya lo sé. Pero el abono lo tengo. Aún quedan tres conciertos. —¿Tres? Bueno, ya que está, aprovéchalo. Esa tarde Ana anotó las fechas de los conciertos en el calendario, rodeándolas en rojo. La semana siguiente, cuando Santi pidió ayuda para otra colecta, Ana miró su libreta antes de responder: —Solo puedo la mitad. El resto lo necesito yo. —¿Para qué? —Para mí. Yo también lo necesito. Él se calló. Luego cedió: —Vale, mamá. Lo que tú digas. Aquella noche, sola, Ana sacó el álbum de fotos. En una, ella misma, joven, ante una Filarmónica de otra ciudad, programa en la mano y sonrisa tímida. Observó largo rato esa cara, intentando unirla a la del espejo. Cerró el álbum y lo guardó. En la nevera, junto al imán, pegó otro papel: “Próximo concierto: día 15”. Debajo: “Salir antes de casa”. Su vida no cambió. Seguía cocinando, lavando, yendo al centro de salud. El hijo seguía pidiendo ayuda, ella lo hacía cuando podía. Pero al fondo, entre las costuras del día, se abría una rendija: su propio tiempo, planes chiquitos que ya no pedían permiso. A veces, al pasar junto a la nevera, acariciaba el papel con la fecha. Por dentro sentía un orgullo rebelde: todavía estaba viva, aún tenía derecho a desear. Una tarde, hojeando el periódico, leyó un anuncio de clases de inglés para mayores en la biblioteca. Eran gratis, pero había que apuntarse pronto. Recortó la noticia y la metió cerca del abono. Luego se sirvió té, pensando si aquello no sería ir demasiado lejos. “Acabaré mis noches de romance —se convenció—. Después ya veré”. Guardó el papel, pero la idea de aprender algo nuevo ya no era tan remota. Esa noche, antes de acostarse, miró por la ventana: farolas encendidas, un joven con auriculares, un niño con el balón. Doña Ana se apoyó en el alféizar, sintiendo una paz tranquila. La vida seguía. Había quehaceres y recortes, pero entre ellos cabían cuatro noches en un auditorio y quizá, quién sabe, nuevas palabras extranjeras. Apagó la luz de la cocina, se fue despacio a la cama, el edredón bien estirado. Mañana todo volvería a empezar: compras, llamadas, cocina. Pero el círculo en el calendario ya estaba ahí. Y eso, aunque nadie más lo notase, cambiaba lo esencial.
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