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No dejaré que se lleven a mi hija. Relato corto. El padrastro nunca les hacía daño. Al menos, nunca les echaba en cara el pan que comían, ni se enfadaba por los estudios: solo cuando Anabel volvía más tarde de lo previsto, podía gritarle. —¡Le prometí a tu madre que cuidaría de ti! —vociferaba ante las tímidas réplicas de Anabel, que ya tenía dieciocho años—. ¡Y yo sé mejor que tú lo que puedes hacer y lo que no! ¡Vaya, mayor de edad! ¿Te crees que por tener el título de secundaria puedes hacer lo que quieras? ¡Anda, búscate primero un trabajo decente y luego presume de adulta! Después, ya más calmado, cambiaba de tono. —Te va a dejar ese chico, ¿qué, crees que no veo al tipo que te recoge? Coche caro, cara bonita… ¿Para qué querría una chica sencilla como tú, Anabel? Llora luego, ya te lo decía yo. Anabel no le creía. Sí, Oleg era guapo y estudiaba tercero en la universidad, aunque de pago, pero a Anabel tampoco le hubiera importado estudiar así. No logró entrar por nota, el colegio no le gustó; ahora repartía folletos, periódicos, y sobre todo se preparaba para el examen del año siguiente. Así conoció a Oleg: le dio un folleto, y él aceptó uno, luego otro, otro más. Y le dijo: —Vamos a hacer una cosa: yo te cojo todos los folletos, y tú vienes al café con nosotros. No sabe qué le dio por acceder, pero aceptó. Ya curtida, guardó los folletos en la mochila y al volver de café los tiró discretamente en la basura. En el café, Oleg la presentó a sus amigos y la invitó a pizza y helado. Anabel y su hermana solo probaban esas delicias en cumpleaños—dinero, tenían poco, y el padrastro no les dejaba gastar la pensión, decía que eso era para emergencias. En realidad, el sueldo de él era decente, pero la mitad se la gastaba en el coche, que siempre estaba averiado, y el resto en apuestas. Anabel no se quejaba: al menos no las echaba de casa. El piso era suyo, el de su madre lo vendieron cuando ella se enfermó. Claro que le habría gustado comer chocolate, pizza, refrescos… pero si alguna vez le tocaba, todo se lo daba a su hermana. Hasta en el café, le pidió permiso a Oleg para llevar un trozo de pizza para su hermana. Él la miró sorprendido y después le compró una pizza entera y una enorme tableta de chocolate con nueces para llevar. El padrastro se equivocaba pensando que Oleg la haría daño. Era bueno. Y Anabel, junto a él, sentía aún más su propia fragilidad, así que se esforzó con los estudios, encontró trabajo de cajera en una tienda, y con el sueldo pudo comprarse un vaquero decente y cortarse el pelo en una peluquería de verdad, para que Oleg se sintiera orgulloso de ella. Cuando él la invitó a su casa de campo, Anabel entendió enseguida lo que iba a ocurrir, pero no se asustó—no era una niña. Además, se amaban. Al principio le preocupaba que el padrastro no la dejara ir, pero él llegó a casa aún más tarde de lo habitual, y a veces ni volvía. Sabía dónde dormía—con la enfermera del ambulatorio, tía Luba. Él le dedicaba sonrisas hacía tiempo. Luba no quería líos con hombres con hijas de otro matrimonio, pero también llevaba tiempo divorciada y al final cedió a esas torpes atenciones. Al final aquello le vino bien a Anabel, aunque Aliona, la hermana, lloró al saber que tendría que pasar la noche sola, pero Anabel le compró chocolate, patatas y refresco y se resignó. Que estaba embarazada, Anabel lo supo tarde. Siempre había tenido el ciclo irregular y nunca se preocupó por ello; nadie le había enseñado a estar pendiente. Fue su compañera, Verónica, quien le preguntó en broma: —Pero, ¿no estarás embarazada, que te veo más redonda y radiante? Se rieron, pero en la noche Anabel compró un test. Cuando vio las dos rayas, no lo creyó. ¡No, es imposible! Oleg no se alegró. Dijo que no era el momento y le dio dinero para ir al médico. Anabel lloró toda la noche, pero fue. Era demasiado tarde: dieciséis semanas. Lo que pasó, pasó en la casa de campo, y ella pensaba que en la primera vez no quedabas embarazada. Durante un tiempo lo ocultó al padrastro, pero la barriga creció. Tuvo que confesarlo. ¡Vaya si gritó! —¿Y el chico ese? ¿Piensa casarse contigo? Anabel bajó la cabeza. Hacía un mes que no veía a Oleg; cuando supo que no podía abortar, desapareció. —Ya me lo imaginaba, Anabel… No lo dijo en el momento, seguramente consultó con Luba. —Mira, ya que pasó, tienes que tenerlo. Pero tendrás que dejarlo en el hospital, no quiero otra boca que alimentar. Y hay otra cosa… me voy a casar, Anabel. Luba está embarazada también. Serán gemelos. Entiende que tres bebés en casa son demasiados. —¿Y ella va a vivir aquí? —se extrañó Anabel. —¿Dónde si no? Es mi esposa ya, ¿dónde va a ir, mujer? Parecía broma, pero no lo era. Lo repetía todos los días y prometía echar a Anabel y su hermana si traía al bebé. Sabía que no eran ideas suyas sino de Luba. Pero daba igual: no podía abandonar a la niña. —No te preocupes –dijo Luba–, los bebés así enseguida los adoptan; le querrán como suyo. Anabel lloraba, llamaba a Oleg, buscaba dónde vivir con su hermana y el bebé, pero no encontraba solución. Hasta que Verónica le señaló a una pareja: —Todavía de negro, ¡después de tantos años! Un dolor de por vida, hija… Haber tenido otro, o adoptado. Ella veía a aquella pareja a menudo —amables, de buen aspecto, algo tristes, pero no sabía qué les pasó. —Perdieron a su hija —explicó Verónica—, fue aquel accidente tan sonado, el del autobús escolar. Se fueron de excursión, el conductor se durmió. Murieron él y la niña, qué pena… Son buena gente, él médico, ella profesora. Yo vivía cerca, cuando estaba casada. Cuando fue lo de la niña, todos llevábamos angelitos, figuritas al funeral. La hija compró un angelito en la excursión y lo tenía en la mano. Costó rescatarlo. Y la gente empezó a llevarle más angelitos, aunque yo temía que fuera peor, pero no… parece que le ayuda. Anabel vio en una peli cómo una chica entregaba a su bebé para que lo adoptara una pareja sin hijos. Esta podría pero igual no quería. Pero no podía dejar de pensar en ellos. Ya estaba de ocho meses, y seguía trabajando, no quería perder el trabajo; la pareja pasó por su caja, y el hombre preguntó: —Muchacha, ¿no te toca ya la baja? Vas a dar a luz en la caja. No se quejaba, pero estaba agotada; la espalda le dolía, la acidez no la dejaba en paz, las piernas hinchadas. Nadie le preguntaba cómo estaba salvo la médica, pero eso era distinto. Ese gesto le conmovió, y se le nácearon los ojos de lágrimas, cosa habitual últimamente. Dos días después, estando de camino a casa con la compra, el hombre se ofreció a ayudarle. Anabel se sintió incómoda pero agradecida. Pensó que era buena persona. Al ver un angelito de oferta en una tienda, lo compró. Luego pidió a Verónica la dirección y fue hacia allá. Cuando llamó al timbre, sintió miedo. A lo mejor era un gesto fuera de lugar. Tantos años… Seguro que no recibían más angelitos. Le abrió la puerta la mujer. Pareció reconocerla enseguida. Anabel, nerviosa, le dio la figurita con la cabeza baja, esperando que le cerrara la puerta, o le gritara. Pero no fue así. Cogió el angelito, sonrió y le dijo: —Pasa. ¿Te apetece un té? Con el té, le contó la historia, que Anabel ya sabía, pero en boca de ella era más dura. —¿Por qué no tuvisteis más hijos? —susurró Anabel. —El parto fue difícil. Me tuvieron que quitar el útero. No pude volver a quedarme embarazada. Se sintió incómoda, ¿qué derecho tenía ella a preguntar? Quería preguntar por la adopción, pero no se atrevía. —Pensamos en adoptar —dijo la mujer, como si leyese su mente—. Hicimos el curso de padres adoptivos. Pero al final no pude. Le pedí a mi hija una señal. Pero nada pasó. En ese momento, se oyó el golpe de un vaso. La mujer se estremeció, Anabel miró hacia allá, pensando que no habría nadie más en casa. Fueron a la sala. Temía encontrarla como un mausoleo—oscura, llena de velas y fotos. No, sólo una foto, la sala luminosa, sin velas, sólo figuras de angelitos. Una estaba rota en el suelo. La mujer recogió los trozos y los miró largo rato. Finalmente, con voz extraña, murmuró: —Es la figurita. La de ella. Las mejillas de Anabel se enrojecieron. ¿No era eso una señal? La niña nació a término. Para entonces, Luba vivía ya con ellos y también tuvo gemelos prematuros. Los bebés seguían en el hospital, pero pronto los traerían—ya les compraron cunas blancas, con colchón de coco. Nadie pensaba comprar nada para la niña de Anabel; debía dejarla allí. Sólo Aliona, por las noches, le susurraba: —¿Y no podemos esconderla? Que no sepan que está, la niña… Yo te ayudo. Esas palabras hacían llorar a Anabel, pero delante de su hermana se aguantaba. La nota la pensó bien antes. Escribió que no podía quedarse al bebé, que estaba sana, que no se preocuparan. Y recordó la señal—el angelito roto. Metió en el sobre el dinero de la pensión—todo lo que había ahorrado. Debería bastar, era buena gente. El alta fue por la mañana pero no se atrevía a dejar el bebé de día. Pasó la tarde sentada en el centro comercial, aunque pesara la cabeza. Importaba la niña, que tuviera padres que le quisieran. Cuando cerraron el centro, esperó una hora fuera, por suerte hacía buen tiempo. Al caer la noche entró en el portal, rápido tras un vecino con perro. Llevaba a la niña en un portabebés que compró con su dinero y pidió a Verónica para el hospital. Ella no preguntó nada. Ya en el rellano, acomodó el portabebés para que no la tuviera la puerta, metió el sobre bajo la manta y iba a llamar al timbre y salir corriendo, cuando la puerta se abrió de golpe. Era el hombre, padre de la niña que murió. —¿Qué haces aquí parada? Anabel dio un brinco de susto. Entonces él vio el portabebés. —¿Eso qué es? Las lágrimas brotaron solas. Anabel le contó todo—lo de Oleg, que la dejó, el padrastro que las mantenía ya siete años y ahora se casaba y tenía gemelos, la tía Luba que decía que lo mejor era firmar los papeles de abandono en el hospital. Él la escuchó con calma y dijo: —Galina ya duerme. Mañana hablamos. Ven, te preparo una cama en el salón. Dormir rodeada de decenas de angelitos era raro. Pero Anabel se quedó dormida pronto, abrazando fuerte a su bebé. Despertó con sensación de vacío. No estaba la niña. Y entonces entendió que no podría separarse nunca de ella. ¡Quería salir corriendo, recogerla, jamás dejarla! Pero antes de moverse, entró Galina con la niña en brazos. —Toma —sonrió—. Dale de comer, la acuné para que descansaras, pero ya no aguanta más. Mientras daba de mamar, no podía mirar a Galina. ¿Qué habría dicho el marido? ¿Ya decidieron adoptar a su hija? ¿Cómo decirles que se arrepiente? —Tu hermana, ¿qué edad tiene? —preguntó de pronto Galina. —Doce —respondió, confundida. —¿Crees que estaría dispuesta a venirse con nosotros? La pregunta era tan inesperada que Anabel la miró boquiabierta. —¿Cómo? —no entendía. —Sasha me lo contó todo. Que no tenéis dónde vivir, que el padrastro os echa. Pensé que si tu hermana se quedaba allí, la harían la criada. Que mejor venga también aquí. —¿”También”? —tartamudeó Anabel. Galina señaló la figurita junto a la foto—pegada, pero reconocible. —Creo que fue una señal. Debemos ayudaros —dijo simplemente—. Hay sitio de sobra, veniros. Yo te ayudaré con la niña. Y olvídate de tonterías. No hay derecho a separar a una madre de su hija. Anabel sintió tanta alegría, y tanta vergüenza, que las mejillas le ardieron de nuevo. —Entonces, ¿aceptas? 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