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Harto de mi suegra y mi mujer Aquella noche vino a verme el hombre más callado y sufrido del pueblo, Esteban Ibáñez. Sabéis, de esos hombres que parecen hechos de otra pasta. Espalda recta, manos fuertes y curtidas, y en la mirada la calma profunda de un lago entre pinos. Nunca una palabra de más, nunca una queja. Que si hay que arreglar el tejado o preparar leña para una vecina vieja, allí está Esteban. Lo hace en silencio, asiente y desaparece. Pero esa noche se presentó… Dios mío, le estoy viendo aún. La puerta del consultorio se abrió tan despacio que parecía pasar sólo una ráfaga de otoño. En el umbral, con su gorra entre las manos, sin mirarme, la vista clavada en el suelo. Abrigo empapado de la lluvia, botas llenas de barro. Y me pareció tan encogido, tan vencido, que hasta el corazón se me encogió de pena. —Pasa, Esteban, ¿qué haces ahí parado? —le dije suave, poniendo el agua a calentar para un té, porque sé que hay males que sólo se curan con paciencia y algo calentito más que con pastillas. Entró, se sentó en la camilla, cabizbajo y callado. Sólo se oía el tic-tac del reloj, marcando la gravedad de su silencio, más duro que cualquier grito. Le puse un vaso de té en las manos, que tenía heladas. Abrazó el vaso, lo acercó a los labios, pero le temblaban tanto las manos que derramaba el té. Vi entonces cómo le caía por la mejilla una lágrima, única, silenciosa y pesada como el plomo. Y después, otra. No lloriqueaba ni gemía. Se le escapaban las lágrimas mudas, perdiéndose en la barba. —Me voy, Simona —susurró tan bajo que casi no lo oí—. Ya no puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado, le tapé la mano con la mía, áspera. Se sobresaltó, pero no se apartó. —¿De quién te vas? —De mis mujeres —gruñó—. De mi mujer, de Olalla… y de mi suegra. Me tienen harto, Simona. No puedo más. Como dos águilas. Siempre todo mal: si guiso, lo he salado; si clavo una balda, torcida; si remuevo la tierra, poco honda. Día tras día, año tras año. Ni una palabra buena, ni una mirada cálida. Sólo reproches, uno tras otro. Se calló, bebió un sorbo. —No soy nadie especial, Simona, sé que la vida no es fácil. Olalla en el campo todo el día, agotada y de mal humor. La suegra, Carmen, con las piernas malas y mala leche por la impotencia. Lo entiendo. Pero siempre callo, pringo más que nadie en casa, me levanto el primero, caliento el hogar, traigo agua, cuido los animales, y después al trabajo. Vuelvo ya de noche y siempre hay un pero. Y si digo algo, gritos tres días. Si callo, peor: “¿Por qué callas, tienes algo entre manos?”. El alma, Simona, no es de piedra. Se cansa también. Clavaba la vista en el fuego y hablaba, como si se hubiera roto una presa. Que si ni le hablan a veces, que murmuran a sus espaldas, que le esconden la mermelada buena. Le regaló a Olalla un buen pañuelo por su santo y lo tiró a un cajón: “Mejor te compras botas, que vas hecho un desastre”. Le miraba, grande y fuerte, capaz de pelear con un toro, y ahí estaba derrotado, llorando en silencio. Me partía el alma. —Esa casa la levanté yo mismo, Simona —susurró—. Quise que fuera un nido, una familia. Pero ha sido una jaula, con pájaros enfadados dentro. Hoy la suegra otra vez: “Esa puerta chirría, no dejas dormir. No eres ni hombre”. Cogí el hacha, iba a tensar la cuerda… Y mirando la rama del manzano, una idea negra… Me he librado por poco. He metido un mendrugo en la mochila y he venido. Dormiré donde sea y mañana, a la estación, a donde sea. Que se apañen sin mí. Igual entonces me echan de menos. Ya cuando sea tarde. Ahí supe que no era sólo cansancio, sino el grito de un alma al borde del abismo. No podía dejarle marchar. —Vamos a ver, Ibáñez —le solté, firme—. Se acabó el llanto. Nada de cobardías. ¿Has pensado en ellas? ¿Tirará Olalla sola con todo? ¿Qué hace Carmen, coja y vieja, sin ti? Tú respondes por ellas. —¿Y yo? —se rió amargo—. ¿Quién responde por mí? ¿Quién me cuida? —Yo te cuido —le aseguré—. Y te voy a curar. Tienes el alma gastada. Y sólo hay un remedio. Escúchame y hazme caso. Ahora vuelves a casa, sin decir ni media. Aguanta, no discutas y te tumbas en la cama mirando a la pared. Mañana me tendrás allí bien pronto. Y no te vas a ningún lado. ¿Me entiendes? Dudó, pero en su mirada chispeó una pizca de esperanza. Acabó el té, me asintió y salió en la fría oscuridad. Yo me quedé pensando: ¿qué médico soy si la medicina más potente —la palabra amable— nunca nos la damos? Apenas amaneció, ya llamaba yo a su casa. Olalla abrió, cara de mosqueo y recién levantada. —¿Qué quieres tan temprano, Simona? —Vengo a atender a Esteban —le solté, y me metí en la cocina. Hacía frío e incomodidad en el ambiente. Carmen sentada, tapada con un chal, mirándome mal. Esteban tumbado, tal como le mandé. —No ves, fuerte como un toro pero ahí tumbado —bufó la suegra—. Hay que trabajar, no vaguear. Me acerqué a Esteban, le palpé la frente, le ausculté como quien sabe que da igual. Sus ojos quietos, sólo los músculos tensos de tanto aguantar. Me irguí. Y a las dos mujeres les hablé sin sonreír, muy seria: —Tenéis un problema grave, muchachas. Muy grave. El corazón de Esteban está al límite, como una cuerda tensa a punto de romperse. Lo habéis exprimido con vuestros reproches. ¿Pensabais que era de piedra? Pues tiene alma y ahora le duele tanto, que de verdad peligra. Prescribo reposo total: ni un encargo, nada de quejas. Mucho mimo, silencio y cuidados, que está delicado como un jarrón. Si no, puede acabar en el hospital, y de ahí no se sale siempre. Vi el miedo en sus miradas. Porque, por mucho que rajen, él era su escudo y sin él se veían perdidas. La idea de perder esa fuerza silenciosa… les heló la sangre. Olalla, en silencio, le tocó el hombro. Carmen apretó los labios, los ojos buscando refugio. Me marché, dejando la semilla en su conciencia. Esteban luego me contó que los días siguientes reinaron el silencio y el andar de puntillas. Olalla le subía caldo sin decir nada. Carmen le santiguaba de paso. Tosco y raro, pero ya no discutían. Poco a poco, fue cambiando el ambiente. Una mañana Esteban despertó oliendo a manzanas asadas, su manjar favorito desde niño. Olalla, en el taburete, pelando fruta. —Come, Esteban —le dijo bajito—. Está caliente. Por primera vez en años sintió ternura, aunque torpe, de su mujer. Unos días después Carmen le trajo calcetines de lana recién tejidos: —Que no se te enfríen los pies, que por la ventana se cuela el aire —farfulló, sin enfado esta vez. Esteban miraba al techo y, por fin, sentía que era más que una bestia de carga; alguien a quien no querían perder. Llegó la semana y volví a verles; la casa olía a pan y a calor. Esteban a la mesa, pálido pero vivo. Olalla le sirviendo leche, Carmen acercando empanada. Había aún quejas y resoplidos, pero el veneno desapareció. Me sonrió Esteban, y ese raro agradecimiento suyo llenó la casa de luz. Olalla titubeó y le sonrió también. Carmen, vuelta la cara al cristal, secó una lágrima. No les receté nada más. Se curaron juntos, con pequeños gestos. Siguieron discutiendo a veces, pero todo fue cambiando. Y ahora, al pasar por su portal, les veo sentados al atardecer: Esteban con su navaja, ellas pelando pipas y charlando bajito. Entonces pienso: ¿no es la felicidad esto? El olor a bizcocho, los calcetines calientes, y la certeza de que uno es importante en su casa. Así que, decidme, ¿creéis que hace falta pasar miedo para empezar a valorar lo que de verdad importa?
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