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– Pagas la factura de la luz porque gastas más.
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El derecho a no ir con prisas El mensaje de la médica llegó cuando Nina estaba en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Se sobresaltó por la vibración del móvil, que descansaba junto al teclado. «Los análisis están listos, acércate hoy antes de las seis», rezaba el escueto texto. El reloj del ordenador marcaba las cuatro menos cuarto. De la oficina a la clínica había tres paradas en autobús, luego la espera, consulta, de vuelta… Encima, la llamada del hijo, que prometía «pasarse si le daba tiempo», y la jefa había insinuado por la mañana otro informe extra. Al lado del bolso, los papeles de su madre que Nina pensaba llevarle esa noche. — ¿Otra vez vas a salir tarde? — preguntó la compañera de silla, al ver que Nina miraba el reloj. — Qué remedio… — respondió sin pensar, aunque el sudor bajo el cuello de la blusa y un cansancio insistente en el pecho la delataban. El día laboral se arrastraba, espeso como masa sin hacer. Correos, llamadas, el chat del departamento eternamente encendido. A mitad de la jornada, la jefa asomó la cabeza por la puerta. — Nines, mira. Que este finde el proveedor ha pedido un resumen, y yo el sábado me voy fuera. ¿Te puedes encargar tú? Nada importante, es juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer desde casa. El «nada importante» quedó flotando en el aire como una orden. La compañera de la derecha se sumergió en la pantalla, como intentando volverse invisible. Nina abrió la boca para decir el habitual «claro», pero en ese momento el móvil vibró en su bolsillo: recordatorio de la app —«Por la tarde: paseo 30 minutos». Ella misma había puesto esos avisos, en verano, tras otro susto con la tensión, y casi siempre los descartaba sin mirar. Hoy no lo hizo. Miró la línea como si fuera algo vivo, que le pedía una respuesta. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina respiró hondo. Le retumbaba la cabeza, pero en el fondo algo se encendió, una certeza terca: si decía que sí, otra vez se vería trabajando hasta medianoche, luego le dolería la espalda, y el domingo: lavadoras, comida, médico de su madre. — No puedo, — respondió, sorprendiéndose de lo tranquila que le salió la voz. La jefa alzó las cejas. — ¿Cómo que no? Si tú siempre… — Mi madre, — Nina apeló a la excusa de siempre para llegar tarde, aunque nunca la había usado para negarse del todo. — Y además… El médico me ha dicho que evite las horas extra. Perdona. No especificó que el consejo médico no era reciente. Pero lo era, después de todo. Silencio. Por dentro se encogió, esperando el suspiro reprobador, las indirectas sobre el «equipo» y «la confianza». — Vale, — la jefa pareció querer insistir, pero lo dejó. — Ya buscaré a alguien más. Sigue. Al cerrar la puerta, Nina notó la espalda empapada. Le temblaban los dedos sobre el ratón. Una vocecilla, escurridiza, pensó: tendrías que haber aceptado, no te costaba tanto. Solo son tres o cuatro horas. Pero junto a la culpa se instalaba otra emoción, desconocida y por eso inquietante: alivio. Como si, por fin, dejase una mochila y se sentara. Por la tarde, en vez de meterse en el centro comercial y, «de paso», hacer un recado de la oficina, Nina salió de la clínica y no corrió a la parada. Se paró en la puerta, reguló la respiración y sintió el dolor en las piernas de tanta carrera. — Mamá, voy mañana a verte, — dijo por el móvil tras recoger los resultados. — ¿No pasas hoy? — preguntó la madre, con su habitual tono de reproche. — Estoy cansada, mamá. Es tarde, tengo que llegar a casa y cenar tranquila, que hace siglos que no lo hago. Te llevo las medicinas mañana. Se preparó para la bronca, pero en vez de eso oyó un suspiro. — Tú verás. Ya no eres una niña. «Ya no eres una niña», pensó Nina, sonriendo. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca casi pagada y, aún así, esa sensación de necesitar demostrar que es buena hija, buena madre, buena empleada. En casa, silencio. Su hijo escribió en el chat que no le daba tiempo, «lío en el trabajo». Nina puso el agua para el té, partió unos tomates. Su mano fue al aspirador por costumbre —los suelos lo pedían—, pero se sentó a la mesa, dejó que el té se templara y abrió un libro empezado en vacaciones. Siempre hay una vocecilla picando: tienes que tender la ropa, fregar ollas, mirar el informe, buscar clínica nueva para mamá. Pero estaba más baja. Entre tanto «tienes» se abrió una grieta donde cabía un pequeño «puede ser luego». Leyó despacio, releyendo párrafos. En un momento se dio cuenta de que miraba por la ventana, sin prisa. Afuera, los coches iban y venían, pocos paseantes con bolsas, perros caminando tranquilos. — Está bien, — musitó en voz alta, como si cerrara un trato consigo misma. — No pasa nada si el suelo no brilla. Y no le pareció un crimen. * * * Al día siguiente todo volvía a girar. Mamá llamó a las nueve, preocupada: — Nines, ¿seguro que llegas antes de comer? A las once quiero tomarme la tensión, que viene la enfermera. — Sí, mamá, tranquila, — contestó mientras se subía los vaqueros y guardaba el tensiómetro en el bolso. El hijo dejó un audio. — Mamá, tenemos movida con el piso, ¿podemos hablar luego? — tono serio, casi de negocios. — Sí, después de las siete me pillas en casa. Ahora voy a ver a la abuela. — ¿Otra vez? — contestó el hijo. — Otra vez, — dijo Nina, serena. En el autobús, gente discutiendo, bolsas sonando. Nina se durmió ligeramente abrazada al tensiómetro y despertó delante del portal de su madre. Su madre, de bata, con cara de disgusto: — Llegas tarde. Y así está todo patas arriba para cuando venga la doctora. Antes, Nina habría estallado: «Aquí corriendo por todas partes y tú protestas porque hay desorden». Luego, culpa y agotamiento. Hoy, paró en la entrada, apoyó el bolso, respiró. Se imaginó todo su argumento de siempre —palabras, reproches, excusas, lloros. Y cómo luego siempre salía a la calle a secarse los ojos y buscar una excusa para el humor. — Mamá, — dijo suave. — Sé que te pones nerviosa, pero primero preparamos la mesa y luego ya recojo la ropa. No me quedan fuerzas para todo a la vez. La madre frunció el ceño, quiso replicar, pero algo leyó en su cara. No protesta, no súplica, solo firmeza tranquila. — Bueno, — resopló. — Saca el aparato. Más tarde, la madre, retorciendo el cinturón de la bata, habló diferente, no como cuando protestaba viendo las noticias. — No te creas, no es por fastidiar. Es que me asusta estar sola. Nina, fregando tazas, notó un nudo suave y doloroso a la vez. — Lo sé, mamá. A veces a mí también me asusta. La madre bufó, pero algo se relajó en la habitación, como si el hilo invisible que las unía ahora tirara menos fuerte. * * * Al volver a casa, Nina pasó por la farmacia. Una vecina del bloque, la de la sillita de bebé y las bolsas a rebosar, estaba delante. — No sé cuáles son las vitaminas que necesita mi marido, — murmuró la vecina, nerviosa, con la libreta en la mano — El médico me escribió dos y aquí hay mil, encima en oferta, me lío. Nina, otros años, habría asentido y mirado el móvil —bastante tiene una—. Pero hoy reconocía esa angustia: su madre le pedía que le apuntase las pastillas porque se hacía un lío, y ella misma el invierno pasado estuvo igual en una farmacia. — Déjame ver, — ofreció Nina. Revisaron juntas la receta, preguntaron a la farmacéutica, encontraron la caja. — Gracias, chica, de verdad, — la mujer respiró. — Vosotras que tenéis a la madre delicada, por lo menos ya sabéis. Nina sonrió. — Bueno, no es que sepa mucho. Solo… ya he pasado por ahí. Salieron juntas de la farmacia y la vecina dudó: — Si alguna vez me atasco, ¿te puedo preguntar? No te preocupes, llamo de día, que por la noche sé que cada una tiene su lío. Antes, Nina habría dicho: «Sí, claro, cuando haga falta», y luego le daría rabia si llamaba tarde. Hoy, se escuchó antes de responder; no quería más tareas extra. — Sí, pero mejor por la tarde, ¿vale? Por la noche tengo mis cosas. Y, al decir «mis cosas», casi se sorprendió: afirmaba, en voz alta, que su tiempo también contaba. La vecina asintió, sin más. Aquello le alegró más que el agradecimiento. * * * Por la noche hizo una cena sencilla. No sacó todas las ollas como si alimentara a una tropa. Solo pasta, un poco de pollo, pepinos. La cocina algo desordenada, una camisa colgada en la silla, ropa por doblar en una esquina. Hace diez años no habría cenado hasta no dejarlo perfecto. Hoy simplemente apartó la cesta. El hijo llamó, tenso. — Mamá, es complicado. Nos ofrecen hipoteca pero piden mucha entrada. ¿Nos puedes ayudar? Sé que ya pusiste, pero… Nina cerró los ojos. Estas conversaciones siempre le dolían —asaltaban las ideas de «mala madre», «poco dinero», «mal ejemplo». Además, la espina de la vez que gastó todos los ahorros en el fallido negocio de su ex. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, apoyando los codos en la mesa. Él dijo la cifra. No era una fortuna, pero sí mucho. Podía sacarlo de sus pequeños ahorros —los de algún día ir al mar, cambiar la nevera, ponerle dientes a la madre—. Le cruzaron la mente todas las veces que se dejó a sí misma para el final. Grandes planes abandonados, sueños metidos en altillos. — Ya te lo devolveremos, — añadió el hijo, apresurado. — No lo pienso, — contestó. Y era verdad; ella sabía cómo acabaría. Dudó unos segundos. Repasó la infancia del hijo, la adolescencia difícil, los sacrificios. Y también sus propios «algún día» postergados. — Os ayudo, — decidió. — Pero solo la mitad. La otra mitad la tendréis que buscar. — Mamá… — esta vez, pudo oír la decepción. — Santi, — rara vez usaba su nombre así. — No soy un banco. También tengo que pensar en mí. Silencio. Ahora escuchaba su propio corazón, esperando el remordimiento, pero no llegó. Sí inquietud, algo de pudor. Pero, sorprendentemente, mucha calma. — Vale, —concedió el hijo. — Con eso ya avanzamos. Buscaré el resto. Hablaron de trabajo, de su hermana, de series. Al colgar, solo se oía el tic-tac del reloj. Sentada al lado de la cesta, Nina miró la colada y sintió algo extraño. Como si junto a ella se sentara su yo de treinta y cinco —estresada, siempre con culpa, convencida de no llegar nunca. — Bueno… — pensó, dirigiéndose a la joven Nina — vale que nos hemos equivocado, vale que se perdió mucho. Pero no hay que machacarse otros veinte años. No era gran sabiduría, solo un pequeño acuerdo en paz consigo misma. Dobló una camiseta, luego otra, y dejó el resto para mañana. Se permitió no dejarlo perfecto. * * * El sábado, sin recados ni trabajo, Nina despertó sin despertador. Por impulso se iba a levantar —«hay que ir a…», «hay que cocinar…», «hay que lavar…»—, pero se obligó a quedarse diez minutos más, escuchando los pasos en la calle. Después del té y un poco de orden, sacó una pequeña libreta del cajón —la que le regaló su hija en Nochevieja: — Mamá, para que por fin apuntes lo que quieres hacer solo para ti. Entonces Nina solo sonrió y la guardó. La libreta estaba vacía. ¿A qué iba a dedicarse, con su madre, el trabajo y los hijos? Hoy la abrió y, sin grandes planes —nada de inglés, ni cerámica, ni proyectos para Instagram—, escribió: «Quiero salir a pasear algunas tardes, solo por pasear». Y debajo: «Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio». No era nada llamativo: solo manejar el ordenador sin sentirse siempre un paso por detrás. Se había cansado de necesitar al hijo para cualquier trámite en internet. Guardó la libreta en el bolso. Bajó y, en vez del súper, entró en el patio que hacía años no pisaba. Sombra, bancos, dos mujeres de su edad hablando —salud, precios, hijos. Nina siguió su camino, a su ritmo. Por dentro, se sentía más ligera, como cuando dejas ir por fin lo que te sobraba. No sabía vivir «a la nueva». Seguiría cayendo, cediendo, enfadándose. Pero ahora, entre eso y ella misma, había un pequeño espacio donde preguntar: «¿Esto lo quiero yo?». De vuelta a casa, entró a la biblioteca de la esquina, donde nunca había estado. Olía a libros y tiempo. Tras el mostrador, una bibliotecaria de chaleco de punto. — ¿Te puedo ayudar? — Querría información de los cursos, — dijo Nina, de pronto tímida. — Para… adultos. Para manejar mejor el ordenador. La bibliotecaria sonrió. — Tenemos. Son por las tardes, dos días por semana. Justo estamos haciendo grupo. ¿Te apunto? — Apúntame, — dijo Nina. Escribiendo los datos, vio los «55 años» en el formulario. Ya no le parecían una condena. Más bien, un punto de referencia: ha llegado donde tiene derecho a no ir con prisas. En casa seguía la sartén sin fregar, la camisa colgada, los análisis de mamá, el correo de la jefa. Nina dejó el bolso, colgó la chaqueta, se paró un par de minutos ante la ventana. Por dentro, respiraba tranquila. Sabía que ahora iba a fregar, luego llamaría a mamá, luego respondería a la jefa. Pero entre esas cosas, seguro que reservaría una rendija para sí: una taza de té, una página de libro, un paseo pequeño. Y ese saber, ahora, le importaba más que todo lo demás.
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