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¡Apretados!
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Mamá, papá tenía razón cuando decía que no estabas bien de la cabeza. Ahora lo veo yo mismo, estás loca. ¿No has intentado tratarte?” – Dijo el hijo
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Me voy. Las llaves de tu piso las dejo bajo el felpudo – escribió el marido
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Ana Pérez lloraba sentada sola en un banco del jardín del hospital el día que cumplía 70 años: ni su hijo ni su hija habían venido a felicitarla. Solo la compañera de habitación, Eugenia Romero, la felicitó y le hizo un pequeño regalo, y también la auxiliar, María, le dio una manzana por su cumpleaños. La residencia era buena, pero el personal era distante. Todos sabían que los mayores iban allí porque sus hijos no querían cargar con ellos. Su propio hijo la llevó “a descansar y curarse”, solo porque molestaba a su nuera, y la convenció tiempo atrás para poner el piso a su nombre prometiendo que todo seguiría igual. Pero en cuanto firmó, él y su familia se mudaron y empezó la tensión con la nuera, que nunca estaba contenta. Al principio el hijo la defendía, pero después también se volvió distante. Finalmente la convencieron para “descansar un tiempo” en la residencia, y aunque él prometió volver pronto, solo apareció una vez. Tras un mes, Ana llamó a casa y contestó otra familia: el hijo había vendido el piso y desaparecido. Ana lloró un par de noches, ya que de todos modos sabía que no volvería a casa. Lo que más le dolía era haberse distanciado de su hija por ayudar siempre a su hijo. Cuando eran pequeños, Ana, viuda joven, limpió portales para sacarles adelante. Su hijo se metió en problemas y necesitó dinero; luego su hija Dasha pasó un mal momento y pidió ayuda para su pareja enferma, pero Ana se negó porque ahorraba para su hijo, y la hija, dolida, se marchó sin querer volver a verla más. Veinte años sin hablarse. Dasha rehizo su vida en la costa con el marido y sus hijos. Si pudiera volver atrás, Ana haría todo distinto, pero el pasado no se puede cambiar. Pensando en esto, Ana se levantó del banco para volver al edificio, cuando escuchó: “¡Mamá!”. Era Dasha, que la abrazó y, emocionada, le contó que por fin la había encontrado tras mucho buscar, tras soñar con ella y sentir que debía reconciliarse. “Ven conmigo, tenemos una casa grande junto al mar. El marido me ha dicho que si mi madre está mal, la lleve conmigo.” Ana, agradecida, lloró de alegría en brazos de su hija. “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor tu Dios te da.”
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Un instante… y de repente soy el villano
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El invierno había cubierto el patio de Andrés con un manto suave de nieve, pero su fiel perro Graf, un enorme pastor alemán, se comportaba de forma extraña. En vez de acomodarse en la espaciosa caseta que Andrés le construyó con cariño el verano pasado, se empeñaba en dormir fuera, directamente sobre la nieve. Andrés lo observaba desde la ventana y sentía un nudo en el pecho — Graf jamás se había comportado así. Cada mañana, al acercarse, veía cómo Graf lo miraba con tensión. Si Andrés intentaba acercarse a la caseta, el perro se interponía entre él y la entrada, gruñía suavemente y lo miraba suplicante, como diciendo: «Por favor, no entres». Este comportamiento, tan inusual tras tantos años de amistad, dejó pensativo a Andrés — ¿qué ocultaba su mejor amigo? Decidido a descubrir la verdad, Andrés ideó un pequeño plan — tentó a Graf hacia la cocina con un trozo de chuletón bien jugoso. Mientras el perro, encerrado en casa, ladraba desesperado en la ventana, Andrés se acercó a la caseta y se agachó para mirar en su interior. El corazón le dio un vuelco cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra y vio algo que le heló la sangre… …Dentro, recogido en una manta, había un gatito diminuto — sucio, aterido y casi sin aliento. Apenas abría los ojos y su cuerpecito temblaba de frío. Graf lo había encontrado en algún lugar y, en vez de espantarlo o dejarlo allí, lo había rescatado. Dormía fuera para no asustarlo y vigilaba la entrada como si dentro de la caseta guardase un tesoro invaluable. Andrés contuvo la respiración. Alargó las manos, recogió con delicadeza la pequeña criatura y la apretó contra su pecho. En ese momento, Graf corrió hacia él y se acomodó a su lado — sin gruñir, solo atento, dispuesto a ayudar. — Eres un buen perro, Graf… — susurró Andrés, abrazando al gatito. — Mejor que muchas personas. Desde aquel día, ya no vivían solo dos amigos en el patio, sino tres. Y la caseta, construida con tanto amor, recuperó su sentido — convertirse en un hogar para almas rescatadas.
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