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Las dos caras de la soledad
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Pobre corderita —Hola, papá, mamá —entró Dasha en casa volando un domingo—, ¡me caso! Román me ha pedido la mano y he dicho que sí, sin pensármelo dos veces. —¡Virgen santa, Dasha, qué mayor eres ya! —exclamó Lidia, mirando a su marido. Esteban, serio, masticaba la noticia de su hija en silencio. —Claro, ¿qué te creías? Acabé la carrera, ya trabajo en la ciudad. Román también tiene empleo, así que hemos decidido casarnos. A Román, chico madrileño, ya le conocían los padres, vivía solo con su madre en la capital, un joven tranquilo, educado; les caía bien como yerno. Lidia y Esteban, que vivían en el pueblo y tenían su propio terreno, organizaron la boda. Román tenía algunos ahorros, pero Esteban dijo: —Román, guarda ese dinero para cuando tengáis que compraros un piso; de la boda nos ocupamos nosotros. Tu madre puede aportar algo si quiere. Maya, la madre de Román, dijo enseguida: —Dinero no tengo, crié yo sola a mi hijo, vivimos con mi sueldo; como mucho, puedo traer algún regalo. Los padres de Dasha comprendieron la situación, aunque Lidia desde el principio receló de su consuegra. La boda se celebró en una cafetería céntrica, sencilla pero entrañable. Al poco de casarse, los jóvenes compraron un piso con hipoteca; el dinero para la entrada vino de los padres de Dasha, la consuegra otra vez no pudo aportar —alegó tener muchas deudas. Dasha y Román estrenaron piso y poco después nació la nietecita, Marianita. Lidia y Esteban traían cada mes productos del huerto y leche, siempre pensando en la familia de su hija. A veces Lidia llamaba a la consuegra: —Maya, ¿por qué no aportamos entre las dos y le compramos un regalo bueno a la niña? Ya sabes lo mucho que gasta. —Ay, Lidia, dinero no tengo, ya lo sabes —y solía soltar alguna lágrima—, que yo ya estoy sola… Para el cumpleaños de Dasha, los padres llevaban de todo del pueblo, mientras Maya entregó un mísero billete; Lidia no se lo tomó bien, ellos pusieron cinco veces más. No era cuestión de dinero, pero le dolía la falta de implicación de su consuegra. —Esteban —repetía Lidia—, ¿por qué nosotros no escatimamos nada para nuestros hijos y la otra nunca ayuda? Que siempre se está quejando con lágrimas… Ahora dime tú, ¿te gustaría tener una mujer así, todo el santo día en el sofá llorando? Yo me dejo la vida en el campo y en casa, hago de todo y nunca me oyes lamentarme. A Lidia le extrañaba ver siempre a Maya impecable: ropa moderna, peinado, uñas perfectas… Si nunca tenía dinero, ¿con qué se apañaba para eso? Pero la respuesta de Esteban sorprendió a su esposa: —Pues bien que hace, hay que cuidarse. Para eso parece más joven que su edad. Lidia se enfadó: —¡Así cualquiera! Vive en un piso, sin campo, ni animales. ¿Cuándo va a cuidar de sí misma? Pero yo aquí, en el pueblo, todo el día bregando. Mira, a partir de ahora cuidas tú del ganado y la huerta, a ver si te apetece… Esteban, poco amigo de discusiones, se callaba. Y la vida siguió igual: él, conductor en el pueblo, ella tirando de la casa y del campo. La nieta Marianita cumplió tres años y fue a la guardería, pero se ponía mala a menudo. Se decidió que Maya, ya jubilada, cuidara de la nieta en casa. —Me parece bien, ¿qué otra cosa tengo que hacer? —aceptó Maya. Lidia respiró aliviada. —Por fin la consuegra ayuda en algo. Con el tiempo, Lidia notó que Esteban viajaba mucho al centro de la ciudad. —Lidia, prepara nata, huevos y patatas para Dasha, que tengo que ir a por recambios y así veo a la nieta. Lidia, pensando que ayudaba a su hija, veía cómo Esteban tardaba cada vez más en regresar. Al principio no se preocupó, pero, tras varias ocasiones, empezó a sospechar: —¡Madre mía…! Mi Esteban anda en líos con la consuegra. ¡Eso hay que comprobarlo! Cuando Esteban anunció otro viaje, Lidia decidió: —Esta vez voy contigo, echo de menos a Marianita y tengo que comprar algo en la ciudad. El rostro de Esteban mostró cierto malestar. —¿Qué te pasa, Esteban? ¿Te noto raro? —Nada, dolor de cabeza…, contestó él. Al llegar, les abrió la puerta Maya, con bata entreabierta, maquillada y risueña. Pero al ver a Lidia, la sonrisa se desvaneció. —Uy, no esperaba vuestra visita, pasad… —abrochándose la bata apresurada. Jugaron con la nieta y luego Maya les sirvió té con tarta. Lidia no tardó en notar los miraditas de Maya a Esteban, correspondidas por él. —Vaya par de sinvergüenzas, pensó Lidia, todo lo hacen delante de mí… —Salgo a fumar al portal —dijo Esteban. En cuanto salió, Lidia fue directa: —Mira, Maya, no te hagas la inocente, que te he calado. Sé por qué viene tanto mi marido por aquí, y no es por la nieta. Así que deja de coquetearle y búscate otro hombre si lo necesitas. Pero a mi marido, ni olerlo. No seas descarada, ya está bien de hacer el papel de corderita indefensa. A Maya le cambió la cara, no esperaba ser desenmascarada tan rápido —siempre había subestimado a Lidia por ser “una paleta de pueblo”… Al salir, Lidia añadió: —No soy ninguna pava, que lo sepas. Por el camino de vuelta, Lidia descargó: —No pienso dejarte ir solo nunca más. Esta pobre corderita, va a aprender bien quién soy yo. —Lidia, te equivocas, no hay nada. —Bueno, pues ya sabes lo que hay. Esa noche, Dasha llamó: —Mamá, has ofendido a Mayte. Nos ayuda mucho y le estoy agradecida. Recelas de ella sin motivo. Lidia respondió: —Ya entenderás algún día. Y recuerda: aquí la que se desvive por tu familia soy yo, no tu padre. Si tu suegra no quiere cuidar de Marianita, ya me quedaré yo. —Mamá, perdóname, me lo decía mi suegra, pero ya veo cómo es… Desde entonces, Esteban informaba siempre a Lidia de sus viajes y ella le acompañaba cuando podía. Además, él comenzó a ayudar más en casa. —Un hombre necesita ocupaciones para no despistarse…, pensó Lidia con una sonrisa—. Y además, yo también merezco cuidarme. ¿Por qué iba a ser menos que la consuegra? Gracias por leer hasta el final, por vuestros “me gusta” y apoyo. ¡Os deseo lo mejor!
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