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Jamás habrá perdón —¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta pilló a Vika tan desprevenida que no pudo evitar estremecerse. Mientras disponía en la mesa de la cocina los documentos que acababa de traer de la oficina—una montaña de papeles a punto de desmoronarse que sujetaba cuidadosamente con la mano—se detuvo en seco, bajó las manos muy despacio y alzó la mirada hacia Álex. El asombro puro brillaba en sus ojos: ¿Cómo se le ocurría semejante idea? ¿Por qué iba a buscar a quien, con un simple gesto desganado, destrozó casi por completo su destino? —Por supuesto que no —respondió Vika, esforzándose por mantener la voz serena—. ¿Pero qué tontería es esa? ¿Por qué me iba a poner yo a buscarla? Álex pareció incomodarse. Se pasó la mano por el pelo, como intentando ordenar sus ideas, y sonrío con cierta incomodidad, lo que delataba que ya se estaba arrepintiendo de la pregunta. —Es que… —empezó a decir, buscando las palabras—. Muchas veces he oído que los chavales de hogares de acogida y orfanatos sueñan con encontrar a sus padres biológicos. Pensé que… Si alguna vez quieres hacerlo, estoy dispuesto a ayudarte. De verdad. Vika negó con la cabeza. Algo se le apretó en el pecho, como si una fuerza invisible le oprimiera las costillas. Inspiró hondo, intentando contener la repentina oleada de enfado, y volvió a fijar sus ojos en Álex. —Gracias por el ofrecimiento, pero no hace falta —dijo con firmeza, alzando un poco la voz—. ¡Jamás voy a buscarla! Para mí, esa mujer hace mucho que dejó de existir. ¡Jamás la perdonaré! Sí, había sido un poco brusca, pero no podía ser de otra manera. Si no, tendría que revivir mil recuerdos desagradables y desnudarse el alma ante su prometido. Le quería, le quería de verdad, pero hay cosas que uno no quiere compartir ni con los más cercanos. Así que volvió la vista a los papeles, fingiendo estar ocupadísima. Álex frunció el ceño y no insistió. Estaba claro que su respuesta le había dolido. En su interior, le costaba comprender la postura de Vika. Para él, su madre siempre había sido una figura poco menos que sagrada, independientemente de su implicación en la crianza. El simple hecho de que una mujer gestara un hijo durante nueve meses, de que le diera la vida, la encumbraba, la convertía casi en un ser venerado. Creía sinceramente en ese lazo misterioso e irrompible entre madre e hijo, invulnerable al paso del tiempo o las circunstancias. Vika, sin embargo, no solo no compartía esa creencia: la rechazaba frontalmente y sin un solo titubeo. Lo tenía muy claro: ¿cómo desearía ver a alguien que fue tan cruel contigo? Aquella “madre” ni siquiera se conformó con abandonarla en un orfanato; fue algo muchísimo peor, mucho más doloroso… En su adolescencia, Vika se atrevió por fin a formular la pregunta que había roído su interior durante años. Acudió a la directora del orfanato, doña Tatiana, una mujer severa pero justa a la que todos los niños respetaban. —¿Por qué estoy aquí? —preguntó Vika, en voz baja pero firme—. ¿Mi madre… ha muerto? ¿O le quitaron la tutela? ¿Ocurrió algo grave, verdad? Doña Tatiana se quedó inmóvil, dejando los papeles a un lado. Guardó unos segundos de silencio, sopesando cada palabra, luego suspiró hondo e invitó a Vika a sentarse con un gesto. La niña tomó asiento, apretando los bordes del taburete, mientras la expectativa, ansiosa y aterradora, crecía en su interior. Imaginaba que iba a escuchar algo que cambiaría para siempre su idea del propio pasado. —A tu madre le retiraron la custodia y fue procesada penalmente —dijo al fin doña Tatiana, midiendo bien las palabras. Mantenía una quietud tensa, y en sus ojos se leía la preocupación: iba a contarle una verdad dolorosa a una niña de doce años, algo que cualquier adulto preferiría edulcorar. Pero estaba convencida: Vika tenía derecho a conocer la verdad. No importaba lo dura que fuera, mejor saber que vivir en la ignorancia. Hizo una pausa antes de proseguir: —Llegaste aquí con cuatro años y medio. Unas personas te vieron deambulando sola por la calle, menuda y confusa, y avisaron. Después se supo que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación, se subió a un tren de cercanías y se fue. Era otoño, hacía un frío tremendo, llovía, y solo llevabas un abrigo fino y unas botas de agua. Varias horas en la calle acabaron en el hospital. Pillaste una bronquitis tremenda y te costó meses recuperarte. Vika se quedó inmóvil, pétrea. Los dedos se le cerraron en puños, aunque en su rostro apenas se notaba nada; sólo sus ojos se oscurecieron, como si de repente cobijaran toda la tormenta. —¿Y… la encontraron? ¿Qué dijo para justificarse? —murmuró Vika, sin abrir los dedos. —La encontraron y fue condenada. ¿Su explicación…? —La directora vaciló, esbozando una mueca amarga—. Dijo que no tenía dinero y le surgió un trabajo. El problema es que allí —era un hostal, o algo así— no le permitían entrar con niños. Dijeron que sería más fácil dejarte y empezar de nuevo… sin ataduras. Vika no se movió. Lentamente aflojó los puños, posó las manos en las rodillas y, perdida en la lejanía, pareció estar viendo aquello que ni siquiera recordaba: aquella mañana de otoño. —Entiendo… —susurró al fin, con voz plana, casi sin vida. Después miró a doña Tatiana y dijo—: Gracias por la sinceridad. En ese instante, Vika supo con certeza que jamás buscaría a su madre. Nunca. Aquella pregunta que a veces le asaltaba la mente de refilón —quizá conocerla por simple curiosidad, mirarla a la cara y decirle “¿por qué?”— se desvaneció para siempre. ¿Dejar a tu hijo en la calle? Era inimaginable. ¿Cómo puede hacerse algo así? ¿No tenía ni pizca de conciencia o compasión esa mujer que le dio la vida? ¡A un niño pequeño le pudo pasar cualquier cosa! “Eso no lo haría ni una fiera”, pensaba Vika, atenazada por un dolor agrio e hiriente. Intentó, de veras que lo intentó, buscarle una excusa. ¿Estaría desesperada? ¿De verdad no le quedaba otra salida? ¿Quizá creyó que así le hacía un favor a su hija? Nada de eso encajaba. Los hechos eran demasiado contundentes. ¿Por qué no renunció oficialmente? ¿Por qué no la entregó al orfanato de manera segura? ¿Por qué jugarse la vida de una niña de cuatro años, en plena calle, bajo el frío implacable del otoño? Vika desechó todas las explicaciones. Nada justificaba ni mitigaba el daño, ni convertía esa traición en un acto forzado: fue una decisión consciente y fría para librarse de un estorbo. Cuanto más lo pensaba, más se arraigaba su decisión. No. No la buscaría. No le preguntaría nada. No trataría de entenderla. Porque, aunque comprendiera, nada borraría lo que ya había pasado. Y perdonar eso… estaba fuera de su alcance. Y con esa determinación, le invadió una extraña sensación de liberación… ******************** —¡Tengo una sorpresa para ti! —Álex parecía un crío en la mañana de Reyes, con la cara iluminada de alegría y los pies inquietos en el recibidor—. ¡Esto sí que te va a gustar! ¡Venga, no hagas esperar a la gente! Vika se quedó clavada en la puerta del salón, sosteniendo la taza del té ya frío. Miró a Álex perpleja, dejó la taza sobre la mesa y frunció el ceño. ¿Qué sorpresa sería esa? Y, sobre todo, ¿por qué sentía un presentimiento tan incómodo, a pesar del tono radiante de Álex? Dentro de ella, era como si una cuerda tensa fuese a romperse de un instante a otro. —¿A dónde vamos? —preguntó, esforzándose por sonar tranquila. —Ya lo verás —Álex sonrió, aún más ancho, le tomó la mano y tiró de ella hacia la puerta—. Créeme: merece la pena. Vika no se resistió, pero sus entrañas se encogieron de un temor difuso. Se puso el abrigo, se calzó y le siguió. Mientras caminaban hacia el Retiro, dio vueltas y más vueltas: ¿habría conseguido entradas para un concierto? ¿Iba a reencontrarla con algún antiguo amigo? Nada le cuadraba. Al llegar al parque, Vika distinguió enseguida a una mujer sentada en un banco, junto a la avenida. Iba con un abrigo oscuro, bufanda ciñendo el cuello y un bolso pequeño sobre las rodillas. Su cara le resultó extrañamente familiar, pero no lograba ubicar de qué. ¿Una pariente de Álex? ¿Una colega del trabajo? Álex se encaminó directamente hacia el banco, mientras Vika intentaba encajar las piezas de la enigmática escena. Al acercarse, la mujer levantó los ojos y le dedicó una tímida sonrisa. De golpe, algo dentro de Vika se removió —ya sabía por qué le resultaba tan familiar. Era su propio rostro, con treinta o cuarenta años más. —Vika —la voz de Álex sonó solemne, como si estuviera presentando algo de suma importancia en público—, me alegro de anunciarte: después de mucho buscar, he encontrado a tu madre. ¿No estás feliz? Vika se quedó sin poder moverse, sintiendo que el mundo se detenía. ¿¡Cómo se atrevía!? ¡Le había dejado claro que no quería ni oír hablar de esa mujer! —¡Hija mía! ¡Qué guapa te has hecho! —La mujer dio un paso, extendiendo los brazos para abrazarla; la voz le temblaba, los ojos le brillaban al borde de las lágrimas, como si estuviera realmente emocionada. Pero Vika retrocedió bruscamente, acrecentando la distancia entre ellas. Su cara se volvió fría, la mirada pétrea. —¡Soy yo, tu madre! —insistía la mujer, haciendo caso omiso a la actitud rígida de Vika—. Llevo buscándote toda la vida. Siempre he pensado en ti, he sufrido por ti… —¡No sabes lo que ha costado! —interrumpió Álex, ufano—. Tuve que llamar a amigos, recabar información en mil sitios, hacer todas las gestiones… Pero lo logré, y me alegro muchísimo. Sus palabras se vieron cortadas de golpe por una bofetada sonora. La mano de Vika se alzó sin pensar. Sus ojos, llenos de lágrimas de rabia y dolor, miraban al novio con una mezcla de asombro e incomprensión: ¿cómo podía haberle hecho eso? ¡Le había repetido mil veces que no quería saber nada! —¿Pero qué haces? —dijo Álex, llevándose la mano a la mejilla. No esperaba tal reacción—. ¡Todo lo hice por ti! Solo quería ayudarte, darte una alegría… Vika no dijo ni palabra. El corazón le hervía de indignación y de dolor. De pronto, sentía que Álex —su mayor apoyo— había sacudido el suelo bajo sus pies, violando el principio fundamental: jamás remover su pasado. Sus heridas más profundas, celosamente escondidas, quedaban de pronto al desnudo por las buenas intenciones de él. La mujer, a su lado, miraba de uno a otro, perdida y temblorosa, sin saber cómo actuar. Quiso decir algo, pero la cara de su hija la desarmó. —No te pedí que la buscaras —por fin murmuró Vika, muy baja—. Te lo dejé claro: no lo necesito. Igual has hecho lo que tú querías. Álex se retiró la mano del rostro pero calló, sin saber qué decir. Buscó en la mirada de Vika algún atisbo de compasión, de arrepentimiento, pero sólo encontró una firmeza irreductible. —¡Te lo dije claramente: no quiero ni oír hablar de esa mujer! —le temblaba la voz por la rabia contenida—. ¡Esa “madre” me dejó en un banco de la estación, con cuatro años, sola! ¡Sola, en una estación llena de desconocidos, en pleno otoño y casi desnuda! ¿Y pretendes que lo perdone? Álex palideció, aunque se mantuvo en su sitio. Se irguió, como queriendo dar más entidad a sus palabras: —¡Es tu madre! Da igual lo que haga: madre es madre. En ese momento, la mujer —que se había mantenido al margen— dio un paso adelante y habló en voz débil, como pidiendo perdón aunque ni ella se creyera su excusa: —Te ponías siempre mala, y no podía comprar medicinas —empezó, eligiendo cada palabra—. Era mi única oportunidad de ganar algo… Luego iba a volverte a buscar, en cuanto me estabilizara. ¡Íbamos a estar juntas de nuevo! Vika se giró hacia ella. Ni rastro de ternura: solo una amargura helada, forjada durante años. —¿De dónde ibas a buscarme? ¿Del cementerio? —respondió duramente, incapaz de seguir callando—. Podías haber ido a los servicios sociales y pedir ayuda. Podías dejarme en el hospital, si tanto enfermaba. Pero no en la calle, nunca sola y sin amparo. Álex, superado por el conflicto, trató de tomarle la mano. Sus dedos buscaron los de ella en un gesto de consuelo, pero Vika la apartó sin mirarle. —El pasado ya pasó, hay que mirar adelante —insistió él, como si quisiese convencerse a sí mismo también—. Soñabas con tener familia el día de tu boda. Quise cumplirte ese sueño… Vika alzó la vista; su mirada, tan llena de decepción, hizo que Álex diera un paso atrás. —He invitado a doña Tatiana, la directora del orfanato, y a Julia, mi educadora —su voz era más calmada, pero firme—. Ellas fueron mis madres. Estuvieron conmigo en lo peor, me cuidaron, fueron mi familia. ¡A ellas las considero mi verdadera familia! De un tirón, Vika soltó su mano y echó a correr fuera del parque. Recorrió a toda prisa alamedas y parterres; solo quería alejarse de ese diálogo, de esas personas, de aquel en quien confiaba tanto. Por dentro, la rabia y el desgarro no la dejaban ni respirar. Jamás habría esperado semejante traición. No le había ocultado nada. Todo lo contrario: le había desnudado su infancia tal cual fue, sin omitir ni dulcificar nada. Habló de los años en la residencia, de los primeros días con la esperanza de que la madre volviera. Él asintió mil veces, afirmando que entendía. Y aun así la buscó y la trajo. “No importa lo que sea, es tu madre”: sus palabras retumbaban, abriendo una grieta aún más honda. “¡Nunca!”, decidió Vika. Jamás aceptaría a esa mujer en su vida. Jamás fingiría que nada pasó. Sin detenerse, salió del parque y se alejó sin cuidar el rumbo. Los pensamientos le bullían en la cabeza; el rostro de su madre —tal como lo viera esa tarde— volvía una y otra vez a su mente. Cerró los puños y apartó la visión. Solo deseaba estar lejos de todo aquel horror. Ni pasó por casa a por las cosas de Álex. Por fortuna, apenas tenía enseres allí: dos bolsas con ropa y algunos objetos personales. La mudanza definitiva estaba prevista para después de la boda, así que todo seguía en su pisito de protección oficial. Mejor así. Sobre todo, no volver ahora, mientras la herida sangra y cada recuerdo de Álex le arde por dentro. El teléfono vibró sin parar: Álex llamando y llamando. Vika veía su nombre, pero rechazaba la llamada. Temía ceder y, en caliente, soltar cosas de las que luego se arrepintiera. Mejor dejar pasar la tormenta. Álex resultó insistente. Además de llamar, le dejó varios mensajes de voz, con un tono seco y casi furioso. —Vika, ¡te comportas como una cría! He querido hacerte un bien y tú… Eres una desagradecida. Esto es una rabieta, así de claro. El siguiente mensaje, aún más tajante: —Ya está decidido. Ludmila estará en la boda. Punto. No voy a ceder por tus caprichos. Mantendremos los lazos familiares y nuestros hijos la llamarán abuela. Es como debe ser. Vika escuchó los audios en la parada del bus, sintiendo cómo se le helaba el alma. Apagó el móvil, lo metió en el bolsillo, y alzó la mirada al cielo. Su mundo acababa de resquebrajarse, y ya no sabía cómo recomponerlo. Vika contempló mucho rato la pantalla con los últimos mensajes de Álex. En su mente sonaban las palabras, firmes y tajantes, sin espacio para tratar de entenderla. “Ludmila irá a la boda. Punto”. Esas frases se le incrustaban como puñales. Abrió el WhatsApp —o Telegram—, tecleó un mensaje corto y lo leyó varias veces. Las palabras eran sencillas, directas, sin una sola ambigüedad: «La boda no se celebrará. No quiero veros—ni a ti, ni a esa mujer». Envió el mensaje. Miró el tick de entrega. Dejó el móvil a un lado. Inmediatamente, la pantalla se iluminó: Álex llamando de nuevo. No se movió. Llegaron más mensajes, pero ni los abrió. En vez de eso, buscó el número ya de su exnovio en la agenda y lo bloqueó sin dudar. Y el móvil quedó en silencio—sin llamadas, sin notificaciones, sin nuevas tentativas. El silencio la envolvió como una manta cálida, dándole un extraño alivio. Quizá, más adelante, se arrepienta de esta decisión. Tal vez… Pero ahora mismo, era lo único que podía hacer. Poco a poco, la tempestad fue cediendo dentro de ella, dando paso a una claridad resignada y cansada. Era lo correcto. No podía tener futuro junto a alguien capaz de actuar así…
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