Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
En un camposanto abandonado, un pastor alemán llamado Max vela día y noche junto a la tumba de su amo fiel.
0
17
Reuniré a todos en mi casa
0
57
Papá siempre será el mejor: Un retrato de familia, divorcio y segundas oportunidades en un hogar esp…
0
8
No me enseñes cómo vivir
0
4
Mamá, ¿y si dejamos que la abuela se pierda? Así todos estaríamos mejor”, retó Mireia con desafío.
0
146
—¡Papá, te presento a mi futura esposa y tu nuera, ¡Varvara! —exclamó Borja, radiante de felicidad. —¿Quién? —preguntó sorprendido el profesor, doctor en ciencias, don Ramón Filimonovich. —¡Si esto es una broma, no tiene mucha gracia! El hombre observaba con desagrado las uñas de los dedos toscos de su “nuera”. Le parecía imposible que esa chica supiera lo que era el agua y el jabón. ¿Cómo explicar la suciedad incrustada bajo las uñas? “¡Madre mía! Menos mal que mi Larita no ha vivido para semejante vergüenza. Nos esforzamos en inculcar a este zángano las mejores maneras…” pensó en silencio. —¡No es ninguna broma! —respondió Borja en tono desafiante—. Varvara se quedará en casa, y dentro de tres meses nos casaremos. Si no quieres participar en la boda de tu hijo, ¡me las arreglaré sin ti! —¡Buenas! —saludó Varvara sonriente, y pasó como si fuese la dueña a la cocina—. Son pasteles, mermelada de frambuesa, setas secas… —la chica enumeraba los productos que sacaba de una bolsa ya bastante maltrecha. Ramón Filimonovich casi se echó mano al pecho al ver cómo Varvara manchaba el mantel blanco, bordado a mano, con mermelada que se había derramado. —¡Borja! ¡Reacciona! Si esto lo haces para fastidiarme, no vale la pena… ¡Es demasiado cruel! ¿De qué pueblo has traído a esta ignorante? ¡No permitiré que viva en mi casa! —gritó desesperado el profesor. —Quiero a Varvara. Mi esposa tiene derecho a vivir en mi casa—se burló el joven. Ramón Filimonovich se dio cuenta de que su hijo simplemente disfrutaba irritándolo. Sin discutir más, fue en silencio a su cuarto. Desde hacía poco la relación con su hijo había cambiado mucho. Tras la muerte de la madre, Borja se descontroló: abandonó la facultad, le faltaba el respeto a su padre y llevaba una vida desordenada y disipada. Ramón Filimonovich confiaba en que su hijo cambiaría, que volvería a ser como antes, sensato y bondadoso. Pero cada día Borja se alejaba más. Y hoy, para colmo, había llevado a casa a esta campesina, sabiendo que su padre nunca aprobaría tal elección… No tardaron Borja y Varvara en casarse. Ramón Filimonovich rechazó presenciar la boda: no quería aceptar a esa nuera tan poco de su agrado. Le corroía la rabia de que el lugar de Larita, la perfecta ama de casa, esposa y madre, lo ocupase ahora aquella joven sin educación, incapaz de hilar dos palabras. Varvara parecía no advertir el mal trato de su suegro; se esmeraba en agradarle, pero sólo conseguía empeorarlo. El hombre no veía en ella ni una sola virtud: sólo su incultura y pésimos modales… Borja, tras cansarse de jugar al marido ejemplar, volvió a su vida de bebida y juerga. El padre escuchaba con frecuencia los gritos de los jóvenes y hasta se alegraba, esperando que Varvara se iría para siempre de su casa. —¡Don Ramón Filimonovich! —entró la nuera una mañana, llorando—. ¡Borja quiere el divorcio y, además, me echa a la calle estando yo embarazada! —En primer lugar, ¿a la calle por qué? No eres ninguna vagabunda… Vete al pueblo de donde viniste. Eso de que estés embarazada no te da derecho a quedarte tras el divorcio. Perdona, pero yo no voy a intervenir en vuestra relación —contestó el hombre, jubiloso interiormente de que pronto se libraría de la molesta nuera. Varvara se fue llorando, sin entender por qué el suegro la había odiado desde el primer momento ni por qué Borja la había tratado como un juguete y la había echado a la calle. ¿Qué importaba ser del campo? También tenía sentimientos y alma… *** Pasaron ocho años… Ramón Filimonovich vivía en una residencia de ancianos. El veterano profesor había decaído mucho últimamente. Como era de esperar, Borja aprovechó para mandarlo allí lo más rápido posible, para ahorrarse molestias. El anciano se resignó a su destino, consciente de que no había alternativa. Durante su larga vida supo enseñar a miles de personas el amor, el respeto y el cuidado. Hasta recibía cartas de agradecimiento de antiguos alumnos… Pero a su propio hijo nunca logró hacer de él una buena persona… —Ramón, ¡tienes visita! —le informó su compañero de cuarto, de vuelta del paseo. —¿Quién? ¿Borja? —se le escapó al viejo, aunque en el fondo sabía que era imposible; su hijo jamás le visitaría, tanto le odiaba… —No sé. Me lo dijo la enfermera, que viniese a avisarte. ¿Por qué estás sentado? ¡Ve rápido! —le animó el compañero. Ramón cogió el bastón y salió despacio de su pequeña y calurosa habitación. Al bajar la escalera, la vio desde lejos y la reconoció, pese al tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron. —¡Hola, Varvara! —dijo bajito, agachando la cabeza. Quizá aún sentía culpa por no haber defendido a esa chica humilde y sincera hace ocho años… —¿Don Ramón Filimonovich? —se sorprendió la mujer, ahora con mejillas sonrosadas—. ¡Ha cambiado mucho…! ¿Está enfermo? —Algo…, —sonrió tristemente él—. ¿Y tú, cómo supiste dónde estaba? —Borja me lo contó. Ya sabe usted que él no quiere ver a su hijo, y el niño siempre pide ir, unas veces con su padre y otras con su abuelo… Ivanito no tiene la culpa de que usted no quiera reconocerlo. El niño necesita cariño de su familia. Estamos solos, los dos—explicó la mujer con la voz temblorosa—. Perdone, quizá me he equivocado viniendo… —¡Espera! —rogó el anciano—. ¿Qué edad tiene ya Ivanito? Recuerdo la última foto, donde solo tenía tres años. —Está fuera, en la entrada. ¿Le llamo? —preguntó Varvara, dudosa. —¡Por supuesto, hija, llámale! —exclamó Ramón Filimonovich, ilusionado. En el vestíbulo entró un niño pelirrojo, una copia pequeña y perfecta de Borja. Ivanito se acercó tímido al abuelo, que nunca había visto. —¡Hola, hijo! ¡Qué grande estás ya…! —sollozó el abuelo, abrazando al nieto. Conversaron largo rato, paseando entre las avenidas otoñales del parque que rodeaba la residencia. Varvara contó lo difícil que había sido su vida, cómo perdió pronto a su madre y tuvo que sacar adelante sola al hijo y la casa. —Perdóname, Varvara. He sido muy injusto contigo. Me tenía por hombre inteligente y culto, pero recién he entendido que lo esencial es valorar a las personas por su sinceridad y bondad, no por sus maneras o educación —dijo el anciano. —Don Ramón Filimonovich, tenemos una propuesta —sonrió Varvara, nerviosa y titubeante—. Véngase con nosotros. Usted está solo, y nosotros también… Nos encantaría tener familia cerca. —¡Abuelo, venga! Iremos juntos a pescar, recoger setas en el bosque… En el pueblo es precioso, ¡y hay mucho sitio en la casa! —pidió Ivanito, agarrando la mano del abuelo. —¡Vamos! —sonrió Ramón Filimonovich—. He cometido errores con mi hijo, pero espero poder darle a ti lo que no le di a Borja. Además, nunca he estado en un pueblo; ¡espero que me guste! —¡Por supuesto que le gustará! —rió Ivanito.
0
103