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El amor de unos padres — Los niños son las flores de la vida — solía repetir mamá. Y papá, riendo, siempre añadía: — Pues florecen en la tumba de sus padres — insinuando las travesuras, caprichos y el jaleo eterno de los hijos. Elia suspiró agotada, pero feliz, acomodando a los niños en el taxi. Milana tenía cuatro años y Davidito año y medio. Se lo habían pasado en grande con los abuelos: galletas, abrazos, cuentos y “un poco más de permisividad que en casa”. Elia también había disfrutado de esa visita. Sus padres, hermanas y sobrinos: el hogar siempre la recibía sin condiciones ni preguntas. La comida de mamá, imposible resistirse; el árbol de Navidad, reluciente con luces y entrañables adornos viejos; los brindis de papá, un poco largos pero siempre sinceros; los regalos de mamá, siempre útiles y cargados de cariño. Por un instante, Elia se sintió niña de nuevo. Le entraron ganas de decir simplemente: “¡Mamá, papá, gracias por existir!” Ese año, ella y Ruslán decidieron hacer a sus padres un regalo especial. No por obligación, sino por agradecimiento: por una infancia feliz, por el amor y los cuidados de aquellos años, por el cariño con el que acogieron a Ruslán y le confiaron lo más precioso: su hija. Por el apoyo, la fe en el camino de la nueva familia, por estar en cada paso importante. — Siempre soñé con regalarle un coche a mi padre —le confesó Ruslán en voz baja—. Pero el mío no llegó a tiempo. Hizo una pausa y añadió convencido: — ¡Pero al tuyo sí se lo vamos a regalar! Elia solo sonrió, mirándole con esa mezcla de gratitud, respeto y esperanza en el futuro. Como habían planeado, Elia llegó a casa de sus padres con los peques, manos llenas de tuppers caseros con ensaladas, carne y dulces: todo propio, hecho con mimo. Davidito le entregó a la abuela un ramo de rosas enorme, casi tan grande como él. Elia abrazó a su padre, lo besó y respiró el aroma familiar de su hogar. — ¿Y Ruslán? ¿Por qué ha venido sin él? —preguntaron inquietos los padres. En ese momento, el móvil de Elia sonó. — Es Ruslán —dijo sonriendo—. Se retrasa un poco. Dice que empecemos sin él. Los niños corrieron al salón, donde esperaban cajas y cajitas con su nombre escritas: “De parte de Papá Noel”. A Milana, como no podía ser de otra manera, le tocaron más regalos: una carroza mágica de Cenicienta, dos caballitos blancos con crines doradas, zapatitos de “cristal”, un vestido vaporoso con falda de tul y guantes largos, joyas, un espejito, maquillaje infantil, manualidades, libros… Davidito recibió una supercaja con garaje de varias plantas, coches brillantes subiendo por el ascensor y bajando en espiral. Había además un dinosaurio con ojos luminosos, un arco con flechas, una minipiscina de bolas y un saco de pelotas de colores, una pistola espacial de luces… ¡y una montaña de pinturas y rotuladores mágicos! ¡Y Elia tampoco se quedó sin regalo! En una cajita con lazo, relucían unos pendientes de oro con piedrecitas que reflejaban las luces del árbol. Sobre la mesa lucía su tarta preferida —un “Hormiguero”— con nueces, pasas, frutas escarchadas y virutas de chocolate, como en su infancia. Bajo el árbol, aparte, esperaban regalos para Ruslán, prohibidísimos de abrir sin el yerno favorito. Elia y sus hijos abrazaron a los abuelos y les entregaron sus presentes: a mamá, un perfume francés auténtico; a papá, una pulsera de plata de eslabones insólitos. Milana regaló con solemnidad un retrato de los abuelos, algo cómico, como de “se busca” policial, pero tan tierno que todos rompieron a reír. ¡Pero el mejor regalo estaba aún por llegar! A la media hora, tras los primeros brindis y mientras todos admiraban sus regalos, Elia se puso los pendientes, que refulgían en sus orejas reflejando la felicidad en su mirada. Milana la miró atenta y de repente dijo: — Mamá, ¿te pusiste los pendientes para que te dijera que eres guapa? — Sí, justo para eso —admitió Elia, sincera. — ¡Eres muy guapa! —afirmó Milana—. ¡Y yo también! ¡Y papá! ¡Y hasta Davidito! De nuevo risas en la sala. — ¿Dónde está nuestro yerno favorito? ¡Ya es hora de que llegue! A ese mismo tiempo, se encendió una luz en el patio, se abrieron las puertas y entró una flamante coche blanca, reluciente, pitando y decorada con globos en espejos y capó. Todos salieron al patio, entre empujones, risas y el fresco del atardecer navideño. Allí estaba: el coche nuevo, reluciente, con globos festivos. Ruslán bajó del coche serenamente y, sin palabras, entregó las llaves al padre de Elia. — Esto es para usted… de corazón. Le dio un abrazo fuerte, sincero, masculino. El padre retrocedió un paso, sonriendo, aturdido. — Pero, hijos, estáis locos… no puedo aceptarlo… —balbuceó, sin atreverse a creerlo. Pero ya le estaban sentando al volante. Acarició el volante, vio la consola —futurista, casi de nave espacial—. El cuero nuevo olía a viajes por venir. Se secó las lágrimas —esas, que casi nunca veían luz. — Esto no me lo esperaba… —fue lo máximo que atinó a decir. Luego abrazó, uno a uno, a Elia, a Ruslán, a los nietos, a su mujer. No hubo mejor Navidad. Todos estaban felices. Esos dos días compartidos llenaron de alegría tanto corazones infantiles como adultos. Pero todo llega a su fin, y tocaba volver a casa. Por la mañana Ruslán se fue a trabajar. Su suegro, orgulloso, lo llevó en la nueva máquina, rejuvenecido, más ligero. Elia, mirando desde la ventana, sonreía: el regalo había cobrado vida propia, justo como se había imaginado. Por la tarde, ella y los niños llamaron a un taxi. Las maletas pesaban menos, pero el corazón iba lleno. Milana abrazó una vez más a la abuela, Davidito saludó al abuelo con su cochecito “para el camino”. Subieron al taxi. El trayecto era tranquilo, los niños, exhaustos y felices, se acurrucaron y enseguida cayeron dormidos en el asiento trasero. De camino a casa, Elia pidió al taxista que parara en una tiendecita junto a la carretera. — Solo un minuto. Voy a por pañales y agua, —le dijo. Cinco minutos después, salió, se sentó… y se le heló el corazón. ¡No estaban los niños! El conductor charlaba animadamente con una chica desconocida en el asiento delantero. — ¿PERDÓN? —musitó Elia con lentitud. La chica se giró de golpe: — ¿Y tú, quién eres? ¡¿Qué hace esta mujer aquí?! El taxista encogió los hombros: — Ni idea. —Y dirigiéndose a Elia—: ¿Tú quién eres? ¿Qué quieres? — ¿Pero estáis locos? ¿Dónde están mis hijos? — ¡Eres un cerdo! —gritó la chica pegándole con el bolso—. ¡¿Encima tienes hijos?! — ¡Pero tú a cualquiera metes en el coche! —gritaba Elia—. ¡¿Dónde están mis hijos?! Durante unos minutos, el coche fue un auténtico caos: gritos, insultos, guerra de bolsos, injusticia total. Y entonces se abrió la puerta. Un hombre se asomó serenamente y dijo: — Señorita… este no es su coche. El suyo está un poco más adelante. El mundo se detuvo. Elia salió con furia, corrió hacia un coche igualito, aparcado unos metros delante. Abrió la puerta. En el asiento de atrás, dormían plácidamente sus hijos. Dos angelitos que ni se enteraron. Elia suspiró como si regresara del abismo. Se sentó y dijo al conductor: — Vámonos. Y entonces le dio un ataque de risa. De esos nerviosos, liberadores y sanadores. El taxista también se dobló de la risa, aliviado en el fondo porque todo acababa bien, con una historia que nunca olvidarían. Elia miró a sus hijos dormidos y comprendió algo sencillo: los padres pueden parecer blandos, cansados, alegres, despistados. Pero ante el peligro, despierta el león. Sin pensarlo, sin dudar, sin miedo. Sólo existe un instinto: proteger. Así es el amor. Silencioso mientras todo va bien, invencible cuando toca defender a los hijos.
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