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EN MI VIDA NUNCA TOQUÉ LO QUE NO ERA MÍO Marta, ya desde el colegio, despreciaba a Nastia mientras envidiaba su magnetismo y dulzura. Despreciaba a Nastia porque sus padres eran alcohólicos incurables y vivían al día, lo que condenaba a la niña a la penuria, el hambre y la tristeza. Su madre no la defendía de su padre y solo la abuela era su refugio, dándole cada mes una pequeña “paga”, con la que Nastia compraba helado para ambas y dulces que intentaba hacer durar, aunque siempre terminaban pronto. Mientras, en la casa de Marta no faltaba nada; sus padres trabajaban bien, ella lucía la última moda y hasta prestaba ropa a sus compañeras. Sin embargo, Marta no soportaba el encanto natural de Nastia, ni su capacidad de caer bien a todos, especialmente al popular y bromista Max, a quien las chicas adoraban y que en bachiller se hizo novio de Marta. Pronto se casaron y tuvieron una hija, Sofía. Nastia tuvo que ponerse a trabajar tras terminar el colegio; su abuela falleció, y sus padres exigían que los mantuviera. Nunca encontró un amor verdadero y sentía vergüenza de su familia. Pasaron diez años y, en la sala de espera de un centro de salud de adicciones, se cruzaron: Nastia con su madre alcohólica, y Marta hundida por el alcohol, junto a un Max apesadumbrado. Pronto Max y Nastia reanudaron el contacto. Compartieron experiencias y apoyo: Max ya vivía solo con su hija, después de que Marta pusiera en peligro la vida de la niña. Finalmente, el matrimonio se rompió y, tras muchas confidencias, Max confesó a Nastia que siempre la había amado. Comenzaron una vida juntos; la hija de Max aceptó a Nastia como madre, y después llegó otra hija, Masha. Un día, Marta apareció en su puerta, destrozada por la bebida. —¡Tú me robaste a mi marido y a mi hija! ¡Siempre te he odiado! —susurró envenenada por el rencor. Nastia, firme y serena, solo respondió: —En mi vida nunca toqué lo que no era mío. Tú renunciaste a tu familia sin entender nada. Nunca he hablado mal de ti, y, sinceramente, me das lástima, Marta… Y cerró la puerta a su pasado, lista para disfrutar de su nueva vida.
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Una “escoba” para Viti — y para toda la familia
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En el umbral esperaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor estuvo enamorado de Juana. Le escribía notas y buscaba llamar su atención de cualquier modo. Pero a Juana le gustaba Diego, un alto rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo escolar. El torpe Víctor, que además tenía malas notas, no lograba interesarla. Pronto, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase paralela. Al terminar el colegio, Víctor volvió a intentar conquistar a Juana. Incluso le pidió matrimonio en la fiesta de fin de curso… Pero ella le contestó tajante: “¡No!”. Ni siquiera quería pensar en ese chico. Después de la universidad, Juana empezó a trabajar como contable. Su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor. Juana admiraba su profesionalidad, su inteligencia y su carisma. Entre ellos surgió una complicidad especial; a Juana no le preocupaba que él estuviera casado y tuviera un hijo pequeño. Valeriano Borja le prometía separarse y juraba que solo la amaba a ella. Pasaron los años; Juana se acostumbró a pasar fines de semana y fiestas sola, siempre esperando que su amado cumpliera lo prometido y por fin estuvieran juntos. Un día Juana los vio a ambos en el supermercado. Su esposa estaba embarazada y él la sujetaba de la mano con ternura. Después cogió las bolsas y se marcharon juntos en coche. Con lágrimas en los ojos, Juana observó aquella escena familiar perfecta. Al día siguiente se despidió del trabajo… Se acercaba la Nochevieja, y a Juana no le apetecía comprar comida, decorar la casa, ni celebrar nada. Al volver un día encontró la casa helada; la caldera no funcionaba y ella vivía en un chalet a las afueras. Intentó llamar a un técnico, pero las vísperas de las fiestas los precios se disparaban, sobre todo cuando sabían que había que ir a las afueras de la ciudad. Ya casi desesperada, llamó a una amiga. El marido de esta trabajaba en el sector y quizá pudiera ayudar. Larisa prometió avisarle enseguida. Dos horas después, Juana oyó el timbre de la puerta. En el umbral estaba un desconocido… aunque viéndolo bien, reconoció a Víctor, su antiguo compañero de clase. —Hola, Juana, ¿qué te ha pasado por aquí? —¿Eh? ¿Cómo lo supiste? —El jefe me llamó y me pidió que viniera a esta dirección, que aquí hacía frío. ¿Has vaciado el agua para que no se congelen los radiadores? —No… no sé cómo hacerlo. —¡Vaya! Así puedes quedarte sin calefacción. Menos mal que no hace mucho frío afuera. Víctor vació el sistema rápidamente, toqueteó la caldera y se marchó. En menos de una hora regresó con las piezas necesarias. Pronto, la casa de Juana volvió a estar caliente. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Juana, tienes un grifo que gotea y la bombilla de la entrada parpadea… ¿No puedes pedirle a tu marido que lo arregle? —No tengo marido… —¿Y eso? ¿Sigues esperando al hombre perfecto? —¿Qué hombre perfecto…? No tengo a nadie —confesó Juana de repente. —¿Y entonces por qué me rechazaste? —sonrió Víctor. Ella no respondió… Arreglando el grifo y cambiando la bombilla, el hombre se fue a casa. Juana recordó su infancia y juventud, a aquel niño regordete que estuvo enamorado de ella. Víctor había cambiado mucho: ahora era alto, atlético y de ojos castaños, pero la sonrisa seguía siendo la misma. Ella ni siquiera había podido preguntarle si estaba casado. La noche del 31 de diciembre alguien volvió a llamar a la puerta. Juana fue a abrir, sorprendida; no esperaba visitas. En el umbral estaba Víctor. Vestía un traje nuevo y llevaba un ramo de flores en la mano. —¡Juana! Te lo pregunto otra vez. ¿Quieres casarte conmigo o vas a esperar a un príncipe hasta la jubilación? Ella se echó a llorar y asintió alegremente. A la segunda, la propuesta por fin fue aceptada…
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