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— Lola, creo que… he atropellado a un gato… — balbuceé entre sollozos al teléfono.
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Ahora tendrás a tu propio hijo, y es hora de que ella vuelva al orfanato —¿Cuándo va a darme un nieto mi hijo? —preguntó doña María del Carmen, lanzando una mirada molesta a su nuera, sentada frente a la mesa. —Lo sabe tan bien como yo, llevamos ya tres años intentándolo —respondió Cristina, suspirando con resignación. Cada encuentro empezaba igual. ¿Qué podía hacer?, los médicos insistían en que ni ella ni Álvaro tenían ningún problema. —Pues por eso mismo, tanto tiempo casados y ni rastro de un niño —bufó la señora con desprecio—. Seguro que de joven fuiste muy ligera de cascos. —María del Carmen, ¿a qué viene esa insinuación? —la joven no pudo contenerse y cerró de golpe el portátil. Trabajar hoy iba a ser imposible—. ¿Le he dado yo motivos? ¡Y basta ya de hablarme así! —¿Y si no qué? —ironizó la suegra—. ¿Vas a quejarte a Álvaro? ¿No temes que él me dé la razón? Soy su madre, no lo olvides. Cristina le contestó cerrándole la puerta en las narices. Por supuesto, no pensaba contarle nada a Álvaro; no porque él fuera a ponerse del lado de su madre, sino porque no quería preocuparle. ******************************************** Desde el primer encuentro el trato con su suegra fue complicado; a la mujer no le gustaba nada de ella. Ni su aspecto sencillo, ni su ropa, ni cómo cocinaba… la lista parecía interminable. María del Carmen no aprobaba la relación y presionaba a su hijo, aunque él siempre supo hacerse valer. Celebraron una boda discreta y pronto la pareja se mudó a un piso propio, lejos de la casa de la familia. Pero a los pocos meses la suegra encontró una nueva excusa: la ausencia de hijos. Al principio, Cristina respondía con humor, diciendo que eran jóvenes y que querían vivir un poco, y que además tenía su carrera. Pero la señora insistía en que cuanto antes llegaran los niños, mejor, y si fuera más de uno, mejor aún. Acorralada, Cristina cedió. Y entonces comenzaron los problemas: tras tres años de pruebas, tratamientos y consultas, sin resultados. Un médico sugirió que el estrés podía ser la causa. Su suegra simplemente se rió y le recomendó buscar otro especialista. ****************************************** Una noche, tras otra discusión, Cristina intentó distraerse navegando por las redes, donde una publicación sobre la vida en una casa de acogida infantil la conmovió profundamente. ¿Y si adoptaban? Imaginó a un bebé sonriente tendiéndole los brazos y sintió que podía ser madre de corazón. Reunir papeles y pasar exámenes era laborioso, pero el deseo de ser madre era más fuerte que el miedo. Sólo faltaba la opinión de Álvaro, que aceptó sin reparos, proponiendo buscar un pequeño de una casa-cuna. Con el tiempo, la familia aumentó y se enamoraron de la pequeña Angelines, de cinco meses. Solo María del Carmen se opuso, aunque nadie tenía en cuenta su opinión. Incluso Álvaro amenazó con mudarse de ciudad si su madre no aceptaba la situación. Al final, tuvo que fingir ternura ante los demás. Pasaron siete años. Gely finalizó su primer curso escolar y tenía muchos amigos; era dulce y curiosa, y Cristina no podía estar más feliz. Aquel verano, en la playa, rodeados de sol y mar, la suegra estaba tan lejos que ni podía amargarles las vacaciones. Hacia el final, Cristina empezó a encontrarse mal, pero calló para no preocupar a nadie, hasta que tras volver fue directamente al médico. Pese a su discreción, Álvaro detectó el malestar y anticipó el regreso, prometiendo otras vacaciones para Navidad. La sorpresa llegó con los resultados: iban a tener un hijo. Gely fue la más feliz, entusiasmada con su nuevo papel de hermana mayor. María del Carmen lo supo tarde, cuando la barriga de Cristina ya no dejaba dudas. Un día que pilló sola a la nuera, apareció: —No te cuestionaré por qué no lo dijiste antes —dijo directo al entrar, observando la barriga—. Tengo otra pregunta. —¿Cuál? —Cristina tuvo un mal presentimiento. —¿Cuándo devolveréis a Angelines al orfanato? —preguntó, completamente seria—. Ahora que tendréis un hijo de verdad, la adoptada debe volver. A Cristina le temblaban las manos. ¿Cómo podía decir algo así de una niña que ya era parte de la familia? —¿Habla en serio? —Por supuesto —resopló María del Carmen, mirándola con exigencia—. ¿Entonces cuándo? —Fuera de mi casa —susurró Cristina, conteniéndose para no saltar—. Y no vuelva nunca más. La echó sin contemplaciones. Dudó en llamar a Álvaro —tenía una reunión importante—, pero sabía que esa conversación llegaría. ********************************************* Furiosa, la suegra fue directamente a la oficina de su hijo, ignorando a la secretaria y entrando sin avisar. —Tu mujercita acaba de echarme, ¡como si fuera una cualquiera! —Hola a ti también —suspiró Álvaro—. ¿Qué le has dicho a mi paciente esposa para que reaccione así? —Solo le pregunté cuándo iban a devolver a esa niña al orfanato —la mujer se sentó, indignada—. Ahora por fin tendréis un hijo propio. Necesitará recursos, y la otra sobra. —¿Pero cómo puedes pensar semejante barbaridad? —Álvaro apretó el bolígrafo hasta partirlo—. No vamos a entregar a Gely. Es mi hija, lo aceptes o no. —¿Por qué? No es más que una adoptada y ya es mayor. Lo entenderá si se lo explicas. —Ni se te ocurra mencionarle nada —lanzó medio bolígrafo y golpeó la mesa—. ¿Está claro? —¿Y cómo vas a impedírmelo? —dijo la mujer, saliendo—. Esa niña no tiene sitio en nuestra familia. Haré todo lo posible. Álvaro se quedó mirando la puerta cerrada. La secretaria asomó, disculpándose por dejar pasar visitas. Él ni la oyó, dándole vueltas a su próximo paso. Decidido, tomó el teléfono… **************************************** Paseando por el parque, Cristina sonreía viendo a Gely jugar con su hermanito. Como hermana mayor, era responsable y cariñosa. En un banco, dos señoras cotilleaban sobre sus nueras, y Cristina no pudo evitar acordarse de su suegra. Tras aquella última visita, no volvió a verla. Álvaro, en una semana, trasladó a la familia a mil kilómetros, la única manera de proteger a Gely. Su madre habría sido capaz de airear su origen a todo el mundo. Ahora vivían tranquilos: con su hija maravillosa, el pequeño y otro más en camino. A veces, Álvaro llamaba a su padre; con él supo que su madre seguía igual, pero centrada ahora en su hija recién casada, que parecía no incomodarse. Cada uno llevaba su propia vida. Él, ahora, al mirar a su familia, era feliz. Y eso era lo único importante.
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