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Una vez al mes Nina Seriéyevna apretó contra el pecho una bolsa de basura y se detuvo ante el tablón de anuncios junto al ascensor. En una hoja cuadrícula, sujeta con chinchetas, se leía en grande: «Una vez al mes — un vecino». Abajo, fechas y apellidos, y en la esquina la firma: «Sergio, piso 34». Al lado alguien ya había añadido a bolígrafo: «Se necesitan dos personas el sábado para ayudar con cajas». Nina Seriéyevna lo leyó maquinalmente dos veces y sintió irritación, como cuando escucha una voz ajena en el pasillo. Llevaba diez años viviendo en ese portal y conocía la norma: se saluda al coincidir en la puerta y cada uno a lo suyo. A veces, un escueto «¿sabe dónde está el electricista?», otras, «por favor, entregue el recibo». Pero ese horario de ayuda, nombres, chinchetas… Le recordaba a aquellas reuniones en su antiguo trabajo, donde fingían que «somos un equipo» y en el fondo cada uno se salvaba solo. En el cuarto de basuras se cruzó con Valle, del quinto, que siempre llevaba dos bolsas, como si temiera que una se rompiera. —¿Ha visto? —dijo Valle señalando el tablón—. Sergio lo ha ideado. Dice que es más fácil así. No cada uno corriendo, sino juntos. —¿Juntos? —repitió Nina Seriéyevna procurando que su voz sonara tranquila—. ¿Y si uno no quiere juntos? Valle se encogió de hombros. —Bueno… aquí nadie obliga. Es solo para cuando haga falta, que haya alguien. Nina Seriéyevna salió al patio y se sorprendió discutiendo mentalmente con ese Sergio del piso treinta y cuatro. «Cuando haga falta» —¿cómo es eso? ¿Quién decide a quién le hace falta? ¿Por qué debería ser asunto de todos? El sábado por la mañana oyó ruidos y voces apagadas en el portal. A través de la puerta se colaban frases como «¡cuidado, esquina!» y «sujeta el ascensor». Nina Seriéyevna estaba en la cocina, con el trapo húmedo en las manos, y no podía evitar escuchar. Se imaginó a los vecinos, que solo conoce de vista, cargando cajas ajenas y un sofá; uno mandando, otro refunfuñando. Le incomodaba pensar que ellos ahora verían la vida de otro entre cartones, y a la vez le daba una extraña envidia: habían sido llamados. Una hora después todo volvió a la calma. Por la tarde, al regresar de la compra, Nina Seriéyevna vio en la entrada una pila de cajas vacías y cinta adhesiva sobre el banco. Sergio, alto y con cara de cansancio, recogía basura en un saco. —Buenas tardes —saludó él, como si fueran viejos conocidos—. ¿Le hemos molestado? —No —respondió Nina Seriéyevna—. Solo hubo mucho jaleo. —Entiendo. Hemos intentado acabar antes de comer. Tania, la del segundo, se muda, sola con el crío. Bueno, sola… —hizo un gesto—. Si alguna vez necesita algo, por favor escríbalo en el tablón. No tiene que ser una mudanza. Cualquier tontería. La palabra «tontería» sonó tan natural que Nina Seriéyevna no encontró por dónde llevarle la contraria. No estaba presionando, ni insistiendo. Solo lo dijo y siguió con el saco. Las semanas siguientes el tablón empezó a tener vida propia. Nina Seriéyevna pasaba y veía nuevos mensajes cada día. «Petrovich del 19 — medicinas, tras la operación, ¿quién puede ir a la farmacia?» «Hace falta taladrar una balda en el 27, tengo taladro.» «Recolectamos 200 para el telefonillo, quien no tenga cambio, avise.» Las letras iban variando: unas cuidadas, otras nerviosas y apretadas. Ella no se apuntaba. Le parecía lo correcto: no meterse. Pero observaba. Una tarde, al salir del trabajo, vio a una chica del portal contiguo llorando junto al ascensor, oculta en la manga. Valle la animaba con la mano en el hombro, hablando bajo: —No llores. Ahora lo encontramos. Sergio dice que él tiene. —¿Qué pasa? —preguntó Nina Seriéyevna aunque podía haber seguido de largo. Valle la miró como si ya supiera que Nina Seriéyevna no iba a reírse. —La abuela está mal, presión alta. Se han acabado las pastillas y la farmacia está cerrada. Sergio va a traer de las suyas, mientras compramos otras por la mañana. Nina Seriéyevna asintió y, al entrar en casa, tardó en quitarse el abrigo. Se preguntaba por qué Valle decía tan fácilmente «lo encontraremos». No «que llamen a una ambulancia» ni «no es cosa nuestra», sino «lo encontramos». Y pensaba en cómo Sergio iba a dejar sus medicinas, sin preguntar si se las devolverían. Unos días después, estalló un pequeño escándalo en el portal. Al anuncio colectivo del telefonillo alguien añadió: «Otra vez nos sacan dinero. Quien lo quiera que lo ponga él». Firmado con letra torcida, sin apellidos. Dos mujeres discutían junto al ascensor, sin tapujos. —Eso es del tercero, reconozco la letra —susurraba una. —¿Y tú qué sabes? —respondía la otra—. Hay quien vive de la pensión, y siempre pidiendo doscientos y doscientos… Nina Seriéyevna pasó de largo, sintiendo cómo le subía un familiar desasosiego: ahí estaba lo colectivo. Ahora empezarían los reproches sobre quién paga, quién no, quién aprovecha. Quería que todo acabara y el tablón volviera a tener solo avisos de fontaneros. Pero por la tarde vio a Sergio en el tablón. Retiró con cuidado la hoja polémica, la dobló y guardó en el bolsillo. Colgó otra nueva y escribió: «Telefonillo. Quien pueda paga. Quien no pueda, no paga. Lo importante es que funcione. Sergio». Y nada más. Nina Seriéyevna notó que respetaba ese «y nada más». Sin sermones ni amenazas. Solo un límite. Mientras tanto, su propia vida empezó a chirriar como la puerta de la escalera que nadie engrasa. Primero fue una fuga en el baño: puso un balde, apretó la tuerca, limpió el suelo. Después le retrasaron la prima en el trabajo y la jefa, sin mirarla a los ojos, le dijo: «Por ahora, aguanta». Nina Seriéyevna aguantó. Sabía hacerlo. Al principio de mes le empezó a doler la espalda. No para llamar a urgencias, pero sí para pasarse un minuto agarrada al borde de la cama cada mañana hasta que la punzada cedía. Compró pomada y se abrigó con un pañuelo, sin decir nada a nadie. Para ella, una queja siempre acababa en charla y la charla en lástima. Una tarde volvió a casa con la compra y escuchó un ruido extraño, como un roce, en la entrada: era la puerta, el bombín no giraba. Forzó un poco, la llave cedió con un crujido. Siente un sobresalto. Quitó los zapatos, dejó el paquete en una silla, sacó el destornillador e intentó desmontar el bombín. Le temblaban las manos y le tiraba la espalda. El silencio del piso se le hacían aún más pesado. Al día siguiente el bombín se atascó de verdad. Llegó tarde, con bolsa y carpeta, y no pudo abrir. Se quedó apoyada en el frío metal, luchando por no entrar en pánico. Pensaba: «Cerrajero. Llaves. Dinero. Noche». Llamó a emergencias: el técnico tardaría dos horas. Dos horas en la escalera; humillante, no por los vecinos, sino por la propia impotencia. Sentada en el peldaño, miró sus manos: secas, con grietas por los detergentes. Manos que siempre habían podido. El ascensor se abrió y salió Sergio. La vio enseguida. —¿Nina Seriéyevna? —preguntó, como verificando. Ella levantó la cabeza sintiendo cómo se le iba encendiendo la cara. —El bombín —dijo escuetamente—. Espero al cerrajero. —¿Mucho rato? —Dos horas, me dijeron. Sergio miró la puerta y luego la bolsa. —Tengo un juego de herramientas. Podemos intentar, mientras espera. Si no sale, al menos sabremos qué pasa. ¿Le parece bien? Ese «¿le parece bien?» era importante. No dijo «déjeme», ni «¿qué hace ahí sentada?»; preguntó. Nina Seriéyevna iba a responder «gracias, no hace falta». Era lo acostumbrado y seguro. Pero la espalda le mataba, el móvil se descargaba y la idea de dos horas allí ya era insoportable. —Inténtelo —dijo, sorprendida de su propia entereza. Sergio subió y bajó con una maleta pequeña. La abrió en el suelo, desplegó las herramientas sobre un periódico que había traído consigo. Nina Seriéyevna lo registró sin pensar: para no ensuciar el suelo. Huellas, orden, respeto por lo ajeno. —No soy cerrajero —advirtió— pero he visto unos cuantos bombines. Retiró la tapa y las piezas con cuidado, en la tapa de una caja, con método. Nina Seriéyevna se sentó cerca, con la bolsa, sintiéndose rara: como si su vida fuera ahora el rellano y eso no tuviera por fuerza que ser malo. —La pieza interior está desgastada —diagnosticó Sergio—. Puedo engrasarla provisionalmente, pero conviene cambiarla. ¿Tiene usted copia de llave? —No —respondió ella—. No lo pensé. Sergio asintió sin comentarios. En diez minutos cedió la puerta. No a la primera, pero cedió. Nina Seriéyevna pasó al recibidor y notó cómo se soltaba la tensión. Se volvió. —Gracias —dijo. Añadió, para que no sonara a fin de conversación—: Es solo que no quiero que todo el portal se entere. Sergio la miró. —Lo entiendo. No diré nada. Pero el bombín hay que cambiarlo. Si quiere, mañana le paso el contacto de un buen cerrajero, sin complicaciones. Ella asintió. Le importaba que él no propusiera «lo hacemos entre todos y lo cambiamos». Propuso lo concreto y en privado. Cuando Sergio se marchó, cerró con pestillo y se quedó de pie en el recibidor, escuchando el zumbido del frigorífico. Le daban ganas de reír y llorar a la vez, porque la ayuda no se parecía a la compasión. Era un instrumento que te ofrecen cuando tienes las manos ocupadas. Al día siguiente llamó al cerrajero recomendado por Sergio. Vino por la tarde, desmontó el bombín, enseñó la pieza gastada, puso uno nuevo. Pagó, recibió dos llaves y puso una en una caja en la balda de arriba, marcada con rotulador «repuesto». Era su pequeño reconocimiento: sí, a veces no se puede sola. A la semana apareció en el tablón: «El sábado, para ayudar a Petrovich del 19 con la compra y medicinas, vuelve del hospital muy débil. Se necesitan dos personas de 11 a 12». Nina Seriéyevna lo leyó y comprendió que podía hacerlo. El sábado salió antes de casa. Llevaba en la bolsa dos paquetes de galletas y uno de té. No como dádiva, sino como excusa para entrar y no llegar con las manos vacías. Sergio ya la esperaba en el rellano. —¿También viene usted? —preguntó, sin sorpresa, solo para asegurarse. —Sí —respondió Nina Seriéyevna—. Pero hagamos así: yo llevo lo ligero. Y sin hablar de salud, ¿vale? Ella misma se notó firme. Sin excusas, sin «si no le importa», sino poniendo condiciones. —De acuerdo —asintió Sergio. Subieron al piso de Petrovich. Les abrió un hombre mayor con jersey de casa y cara pálida. Sonrió tímido. —Vaya, la comisión —murmuró. —Comisión no —dijo Nina Seriéyevna tendiéndole la bolsa—. Aquí está la compra. Hay té y galletas, si le apetecen. Petrovich la cogió con ambas manos, como si temiera que se le cayera. —Gracias. Yo lo haría, pero las piernas… —No hace falta «yo haría», —lo interrumpió Sergio en tono amable—. Díganos dónde lo dejamos. Entraron en la cocina. Nina Seriéyevna dejó las bolsas en la mesa; vio una lista de medicinas y una caja de pastillas vacía. No preguntó: solo dijo —¿Le llevo el cubo de la basura? —Si puede —dijo él, avergonzado. Nina Seriéyevna cogió el cubo pequeño, lo ató y lo sacó al rellano. Al volver, notó que apenas le dolía la espalda. No porque el dolor se hubiera ido, sino porque por dentro estaba más en calma. Al irse Petrovich intentó dar dinero a Sergio. —No hace falta —dijo él. —Pues al menos… —Petrovich miró a Nina Seriéyevna—. Pase usted cuando quiera. No muerdo. Nina Seriéyevna asintió. —Si hace falta, pasaremos. Pero no se tire el manto de héroe; escriba en el tablón si necesita algo. Lo dijo y sintió en el pecho una tranquila seguridad: tenía derecho a hablar como Sergio. Ni por encima ni por debajo; al lado. Aquella tarde se paró ante el tablón. Alguien había dejado una caja de chinchetas y un cuaderno pequeño. Nina Seriéyevna sacó boli y escribió con calma, sin frases de más: «Piso 46. Nina Seriéyevna. Si alguien necesita que vaya a la farmacia o recoja un paquete entre semana después de las 19, avise. No puedo cargar peso». Sujetó la hoja y guardó el boli. En casa puso la tetera, sacó la llave de repuesto del armario y la metió en un sobre pequeño. En él apuntó el teléfono de Sergio y lo dejó en el cajón de la entrada. No como muestra de dependencia, sino como seguro que ella se concedía. Cuando una puerta sonó y se oyeron pasos en el piso, Nina Seriéyevna no se sobresaltó. Apagó el fuego, se sirvió el té y pensó que «una vez al mes» no va de multitudes. Va de saber que no hace falta sujetarse a todo con una sola mano, si cerca hay otras.
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