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Dame, por favor, un motivo – Que tengas un buen día – dijo Denis, inclinándose para rozar la mejilla de Ana con sus labios. Anastasia asintió de manera automática. La mejilla quedó seca y fría—sin calor ni molestia. Sólo piel, sólo un roce. La puerta se cerró y el piso se llenó de silencio. Se quedó en el recibidor unos diez segundos, intentando escuchar qué sentía. ¿Cuándo pasó? ¿En qué momento se rompió algo por dentro y se apagó la luz? Anastasia recordaba cómo, dos años antes, lloraba en el baño porque Denis olvidó su aniversario. Cómo, hace un año, temblaba de rabia cuando él volvió a dejar a Vasilisa sin recoger en la guardería. Cómo, medio año atrás, todavía intentaba hablar, explicar, pedir. Ahora—vacío. Limpio y liso, como un campo calcinado. Anastasia fue a la cocina, se sirvió un café y se sentó a la mesa. Veintinueve años. Siete de ellos casada. Y ahora, sentada en un piso vacío con la taza enfriándose, pensaba en cómo dejó de amar a su marido sin ruido, sin drama, tan a diario que ni se dio cuenta de cuándo sucedió. Denis seguía su rutina habitual. Prometía recoger a su hija—y no lo hacía. Decía que arreglaría el grifo del baño—el grifo llevaba tres meses roto. Juraba que ese fin de semana irían por fin al Zoo—pero el sábado siempre surgían planes urgentes con sus amigos y el domingo se quedaba tirado en el sofá. Vasilisa había dejado de preguntar cuándo jugaría papá con ella. Con cinco años ya sabía: mamá es seguridad, papá es ese hombre que aparece a veces por la noche y ve la tele. Anastasia ya no montaba escenas. No lloraba en la almohada. No hacía planes para arreglar la situación. Simplemente, había borrado a Denis de la ecuación de su vida. ¿Había que llevar el coche al taller? Se las apañaba sola. ¿Se rompía la cerradura del balcón? Llamaba al cerrajero. ¿Vasilisa necesitaba un disfraz de hada para el festival? Ana lo cosía de noche, mientras su marido roncaba al lado. La familia se había convertido en una extraña construcción de dos adultos que vivían vidas paralelas bajo el mismo techo. Una noche, Denis intentó abrazarla en la cama. Ana se apartó con delicadeza, excusándose con dolor de cabeza. Luego con cansancio. Luego con achaques que no existían. Iba construyendo metódicamente una muralla entre sus cuerpos, y cada negativa la hacía crecer más. “Que se busque a otra”, pensaba fría. “Que me dé un motivo. Un motivo claro y entendible, que mi madre y mi suegra acepten. Que no haya que explicar.” Porque ¿cómo explicar a una madre que dejas a tu marido simplemente porque es… nada? No pega, no bebe, lleva dinero a casa. ¿Que no ayuda en casa? Eso les pasa a todas. ¿Que no juega con la niña? Los hombres no saben tratar con niños. Anastasia abrió una cuenta aparte y empezó a ahorrar parte del sueldo. Se apuntó al gimnasio, no por Denis, sino por ella. Por esa nueva vida que, intuía, venía en el horizonte tras un inevitable divorcio. Por las noches, cuando Vasilisa dormía, Ana se ponía los auriculares y escuchaba pódcast en inglés. Frases de conversación, correspondencia profesional. Su empresa tenía clientes extranjeros y un mejor nivel de idioma podía abrirle otras puertas. Los cursos de formación ocupaban dos tardes a la semana. Denis refunfuñaba porque tenía que quedarse con Vasilisa, aunque en su caso “quedarse” significaba ponerle los dibujos y volverse al móvil. Los fines de semana eran para madre e hija: parques, columpios, cafés con batidos, cine de animación. Vasilisa asumía que ese era su rato—mamá y ella. Papá era un mueble periférico. “No lo notará”, se convencía Ana. “Cuando nos separemos, para ella no cambiará casi nada”. La idea era cómoda, y se agarraba a ella como a un salvavidas. Y entonces, algo cambió. Anastasia no supo de entrada qué. Simplemente, una tarde Denis ofreció acostar a Vasilisa. Otro día se ofreció a recogerla de la guarde. Más tarde, hizo la cena—sencilla, macarrones con queso, pero la hizo sin que Ana le dijera nada. Anastasia lo miraba con suspicacia. ¿Remordimientos? ¿Locura pasajera? ¿Intenta encubrir algo de lo que aún no sé? Pero pasaron los días y Denis no volvió a su indiferencia de antes. Se levantaba temprano para llevar a Vasilisa a la guardería. Arregló por fin aquel grifo. Apuntó a su hija a natación y la llevaba él los sábados. —Papá, papá, ¡mira, ya sé bucear! —Vasilisa cruzaba la casa haciendo de sirena. Denis la cogía y la lanzaba por el aire, entre carcajadas brillantes y verdaderas. Ana observaba desde la cocina y no reconocía a su propio marido. —Puedo quedarme con ella el domingo —dijo Denis una tarde—. ¿Tienes quedada con tus amigas? Anastasia asintió despacio. No había ninguna quedada; planeaba sentarse sola en un café con un libro. ¿Cómo sabe de mis amigas? ¿Me escucha cuando hablo por teléfono? Las semanas se encadenaban en meses. Denis no cedía, no se derrumbaba ni volvía a la apatía anterior. —He reservado mesa en aquel italiano —dijo un día—. Para el viernes. Mamá se queda encantada con Vasilisa. Ana levantó la vista del portátil. —¿Y a qué viene eso? —Porque sí. Quiero cenar contigo. Aceptó. Por curiosidad, se dijo. Por ver qué pretendía. El restaurante era acogedor, luz tenue, música en vivo. Denis pidió su vino favorito—y Ana se dio cuenta, sorprendida, de que él recordaba cuál era. —Has cambiado —le soltó, sin rodeos. Denis giró la copa entre los dedos. —He sido un ciego. Un idiota de manual. —No es ninguna novedad. —Lo sé —sonrió torcido, sin alegría—. Creía que trabajaba por la familia. Que hacía falta el dinero, el piso más grande, el coche mejor. En realidad, huía. De la responsabilidad, de la rutina, de todo esto. Ana guardó silencio, dejándole hablar. —Me di cuenta de que tú también habías cambiado. De que te daba igual. Y eso… eso da más miedo que cualquier bronca, ¿sabes? Que grites, que llores, que pidas—eso es normal. Pero de repente, como si yo no existiera. Dejó la copa sobre la mesa. —Estuve a punto de perderos. A ti y a Vasi. Y ahí entendí que algo hacía mal. Ana lo miró mucho rato. Al hombre que tenía delante, diciendo por fin lo que ella llevaba años esperándole decir. ¿Demasiado tarde? ¿O aún no? —Iba a pedir el divorcio —susurró—. Esperaba que me dieses un motivo. Denis palideció. —Dios, Ana… —Había ahorrado. Iba mirando pisos. —No sabía que era tan grave… —Debiste saberlo —le cortó—. Es tu familia. Deberías haberte dado cuenta. El silencio se adueñó de la mesa. El camarero, precavido, ni se acercó. —Estoy dispuesto a trabajar en esto —acabó diciendo Denis—. En nosotros. Si me das una oportunidad. —Solo una. —Una ya es más de lo que merezco. Se quedaron hasta el cierre del restaurante. Hablaron de todo—Vasilisa, dinero, reparto de tareas, lo que esperaban el uno del otro. Por primera vez en años, una conversación de verdad, no reproches ni frases de compromiso. La reconstrucción fue lenta. Ana no volvió a sus brazos a la mañana siguiente. Observaba, valoraba, desconfiaba. Pero Denis se mantenía. Tomó la cocina los fines de semana. Aprendió a manejarse en los chats del cole. Se atrevió con las trenzas de Vasilisa—torcidas, irregulares, pero hechas por él. —Mira mamá, ¡papá me ha hecho un dragón! —Vasilisa entró en la cocina con un monstruo de cartón y papel. Ana miró ese “dragón”—torpe, desigual, con un ala más grande que la otra—y sonrió… …Medio año pasó sin apenas notarlo. Ya era diciembre cuando toda la familia fue a la casa de los padres de Ana. La casa vieja, olor a madera y tartas recién hechas, el jardín cubierto de nieve, el porche que crujía. Ana se sentó junto a la ventana con una taza de té y miraba cómo Denis y Vasilisa hacían un muñeco. La niña mandaba—¡la nariz aquí, los ojos más arriba, la bufanda mal puesta!—y Denis obedecía, tomándola luego en brazos y lanzándola entre risas. El grito de Vasilisa se oía por todo el barrio. —¡Mamá! ¡Mamá, ven! —la llamaba su hija. Anastasia cogió el abrigo y salió al porche. La nieve brillaba al sol bajo, el frío le mordía las mejillas, y de repente le cayó un bolazo de nieve. —¡Fue papá! —acusó Vasilisa sin dudar. —¡Traidora! —bufó Denis. Anastasia agarró un puñado de nieve y se lo lanzó al marido. Falló. Rieron los tres—y acabaron revolcados entre los montones de nieve, olvidándose del frío y de todo lo demás. Por la noche, cuando Vasilisa se dormía en el sofá sin terminar el dibujo animado, Denis la llevó en brazos a la cama. Ana lo veía arroparla, acomodar la almohada, apartar el pelo. Sentada al lado de la chimenea, las manos calientes en la taza, veía la nieve caer fuera—blanca y suave, arropando el mundo en su manta. Denis se sentó junto a ella. —¿En qué piensas? —En que menos mal que no me dio tiempo. No preguntó a qué se refería. Lo supo. Las relaciones hay que construirlas cada día. No con gestas heroicas, sino con pequeñas cosas: escuchar, ayudar, notar, estar. Ana sabía que volverían los días malos, los enfados, los desacuerdos por tonterías. Pero en ese instante, su marido y su hija estaban allí, vivos, de verdad, queridos. Vasilisa se despertó, corrió hacia ellos y se coló entre sus padres en el sofá. Denis las abrazó a las dos, y Ana pensó que, a veces, hay cosas que sí merecen la pena luchar por ellas…
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