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Mermelada de Diente de León El invierno, aunque suave y cubierto de nieve este año, por fin ha terminado. Ya me cansé de los días blancos y largos y deseo ver hojas verdes, colores nuevos y guardar la ropa de abrigo. La primavera ha llegado a nuestro pequeño pueblo. Taísia adora esta época, espera ansiosa el despertar de la naturaleza y por fin lo ha conseguido. Observando desde la ventana del tercer piso, piensa: —Con los cálidos días de primavera, parece que la ciudad despierta de su largo sueño invernal. Hasta los coches suenan distintos y el mercado cobra vida. La gente sale con chaquetas y abrigos coloridos, por las mañanas los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué bien es la primavera, y el verano aún mejor… Taísia lleva años viviendo en ese bloque de cinco plantas, ahora comparte el piso solo con su nieta Varya, que estudia cuarto de Primaria. Hace un año, los padres de Varya se fueron a trabajar a África con un contrato —ambos son médicos— y dejaron a la niña con la abuela. —Mamá, te dejamos a nuestra Varya, que allí no podemos llevarla, sabemos que cuidarás de tu nieta querida —decía la hija de Taísia. —Claro que sí, estarán tranquilos. Con ella es más divertido, ¿qué otra cosa haré yo que estoy jubilada? Marchad, nosotros nos apañaremos —respondía la madre. —¡Bien, abuela! Ahora sí me lo pasaré bien contigo, iremos al parque, mis padres nunca tienen tiempo, siempre están ocupados —se alegraba la nieta. Tras dar el desayuno a su nieta y enviarla al colegio, Taísia se pone con las tareas domésticas y el tiempo pasa sin darse cuenta. —Iré a la tienda y luego vendrá Varya del cole —piensa cuando sale del piso. Al bajar, ve a dos vecinas ya sentadas en el banco, con cojines templados, porque aún está frío. La señora Semenova, una mujer sin edad —ni se sabe si tiene setenta o más, siempre guarda en secreto su año de nacimiento— vive en el primero, en un piso pequeño. Valentina, otra vecina mayor y también sola, tiene setenta y cinco, lee mucho, sabe historias interesantes, ríe fuerte, una alegría, completamente opuesta a Semenova, que todo le parece mal. Cuando el sol derrite la nieve, el banco nunca está vacío, alguien siempre lo ocupa. Y Semenova y Valentina son habituales, pueden pasar ahí el día entero, solo van a casa para la comida y después vuelven. Todo lo controlan, no escapa ni una mosca. Taísia, de vez en cuando, también se sienta con ellas a comentar las noticias, lo que han leído en la revista o visto en la tele. A Semenova le gusta hablar de su tensión. —¡Hola, chicas! —saluda Taísia sonriendo—, ¿ya estáis en el puesto? —Hola, Tasi, claro, si no controlamos el banco nos ponen falta. ¿A la compra vas, no? —observa Semenova al verle la bolsa. —Eso es, voy aprovechando antes de que llegue Varya, le he prometido algo dulce por sus sobresalientes —dice rápida Taísia y se va. El día pasa como todos, recibe a su nieta del colegio, la alimenta, la niña se pone a hacer deberes, Taísia hace sus cosas y ve la tele. —Abu, voy a baile —oye de repente. Varya, mochila en mano, móvil en la otra. Lleva seis años bailando, le gusta, participa en todos los eventos posibles, y Taísia está orgullosa de su guapa nieta. —Muy bien, Varya, corre, —contesta amorosa la abuela y la despide en la puerta. Taísia se sienta sola en el banco del portal esperando a su nieta. —¿Aburrida? —se le acerca el vecino del segundo, don Egor. —¡Aburrirse en un día así! Con este sol y los pájaros… —le responde Taísia. —Sí, el sol calienta, todo amarillo por las flores de diente de león, parecen pequeños soles —comenta Egor sonriendo, Taísia asiente. En ese momento Varya salta por detrás y se lanza al cuello de la abuela gritando: —¡Guau, guau…! —¡Menuda traviesa, casi me matas del susto! —ríe Taísia. —Eh, estas bromas tan pronto, —dice el vecino riendo y la palmea. —Venga, traviesa, te he rallado zanahoria con azúcar, y también tus albóndigas favoritas, seguro que estás cansada —le dice cariñosa la abuela. Egor también se levanta con ellas del banco. —¿Y por qué os vais de la calle? —pregunta Taísia sorprendida. —Es que has hablado de comida y me ha entrado hambre. Voy a picar algo. Luego salís otra vez, igual damos un paseo —propone el vecino. —No prometo nada, tengo muchas cosas que hacer, pero… veremos. Taísia al final salió en la tarde al banco y Egor la esperaba allí. Raro, esa vez no estaban las habituales. —Semenova y Valentina acaban de irse, a cenar —informa feliz el vecino. Desde ese día, Taísia y Egor se ven más seguido, incluso van al parque que hay cruzando la calle. Leen juntos los periódicos, discuten recetas, artistas, comparten historias. La vida de Egor no fue fácil. Tuvo mujer, hija y nieto, pero quedó viudo joven y crió a su hija solo, como pudo. Trabajó en dos sitios para que no le faltara de nada a su hija Verónica. Claro, apenas la veía, salía de casa y la niña dormía, volvía y ella ya dormía otra vez. La hija creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo. Luego vino unas veces, pero nada más. Incluso cuando venía, nunca se mostró muy alegre. Luego se divorció tras quince años de matrimonio, crió al hijo sola. —Tasi, mi hija viene en dos días. Me ha llamado hoy. ¿A qué vendrá ahora? Tantos años sin contacto… —le cuenta Egor, que ya le habla de todo y ambos se conocen bien. —Quizá echa de menos a la familia, a cierta edad uno quiere estar cerca —supone Taísia. —No lo sé, no me fío… Verónica vino. Seca, fría, no sonríe, va a lo suyo. Egor temía que le hablara de algo serio, y así fue. —Papá, vengo a proponerte algo. Vamos a vender tu piso, te mudas con nosotros, así estarás con tu nieto, más animado —hablaba la hija de forma decidida, era obvio que lo había decidido por él. Eso no terminó de convencer a Egor, no quería salir de su casa ni mudarse a la ciudad de la hija para vivir bajo su control. Se negó, dijo que estaba acostumbrado a estar solo. Verónica no se rindió. Averiguó que su padre era amigo de Taísia y fue a verla. Saludó educadamente y, tras entrar en la cocina, se sienta. Taísia le pone té, caramelos y mermelada en la mesa. —Dime, Verónica —le dice Taísia amablemente. —He visto que eres muy amiga de mi padre, —comienza la hija— ¿Podrías ayudarme a convencerle en algo importante? —¿En qué asunto? —Ayúdame a convencerle de vender su piso… ¿Para qué quiere tanto espacio solo? ¿No puede pensar un poco en los demás? —concluye con rudeza. Taísia se sorprende ante el cálculo y el interés de Verónica y le responde que no. Verónica cambia radicalmente. Rojo como un tomate, llena de ira, grita chillona a Taísia. —Ah, ya veo… Quieres quedarte tú con el piso. Has encontrado a un viejo solitario para conseguirle dote a tu nieta… Os vais de paseo, habláis de dientes de león… Dos solitarios del parque, vaya… ¿Todavía no habéis ido al registro civil? Te aviso, ¡no conseguirás nada! —pasa al tuteo y añade amenazante— Nada conseguirás, vieja, —y se va de un portazo. Taísia pasa vergüenza por el escándalo, esperando que los vecinos no hayan oído. Pronto Verónica se marcha del pueblo. Taísia empieza a evitar a Egor, si le ve, se mete rápido a casa. …Y tomaba té con mermelada de diente de león. Pero, por mucho que uno intente huir, la vida pone todo en su sitio. Un día, tras volver del supermercado, Taísia ve a Egor sentado fuera del portal, esperándola con flores amarillas, ya incluso estaba haciéndole una corona. —Taísia, no corras, siéntate un momento. Perdóname por mi hija. Sé… sé lo que te dijo y cómo puede ser ella. Hablamos serio y al nieto seguiré ayudando. Pero ella… no se puede ser así. Se ha ido y dice que no tiene padre… Y yo… —calla y le da la corona de flores— Toma, he hecho mermelada de diente de león, muy rica y sana, tienes que probarla. También se pueden echar a la ensalada, —sonríe el vecino. Tras aquella charla sobre los dientes de león, prepararon juntos una ensalada y Taísia probó el té con la mermelada, le encantó. Por la tarde, salieron de nuevo al parque: —Tengo el nuevo número de nuestra revista favorita, —dijo Egor, —leemos en el banco bajo el tilo, —caminando hacía el banco, asiente. Taísia se sienta a su lado y se ríe. La charla fluye y se olvidan de todo, están bien juntos. Gracias por leer, seguirme y apoyarme. ¡Mucha suerte en la vida!
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