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El invierno de 1987 fue de esos inviernos en los que la gente ya no recuerda las temperaturas, sino las colas que se formaban: la nieve cubría todo, pero la ciudad despertaba antes que ella. A las cinco de la mañana, ante el colmado del barrio, las luces seguían apagadas pero la cola ya existía. Nadie sabía seguro qué traerían, se rumoreaba que habría carne y leche. El ambiente era de resignación: botellas vacías en bolsas, abrigos gruesos, rostros cansados. María, de 38 años, empleada de una fábrica textil, había llegado la sexta. Se había despertado a las cuatro y media, tomado el café a oscuras y salido de casa en silencio. Su marido seguía dormido pensando que quizá ese día tendrían algo más en la mesa. La cola creció enseguida y se comenzaron a hacer listas con trozos de papel. En mitad de la espera, María vio a la señora Valeria, su vecina viuda desde hacía poco, temblorosa y con un abrigo demasiado fino. Sin dudarlo, María le ofreció su lugar en la fila. La escena no necesitó explicaciones. Pronto anunciaron que solo había leche y huevos para los doce primeros; María supo que no le tocaría nada, pero se alegró por la señora Valeria. Cuando esta quiso devolverle el gesto, María se negó y le propuso compartir lo que consiguieran. Al llegar a la caja solo quedaba una última ración que la dependienta, en un acto de humanidad, repartió en dos partes y añadió una botella de leche reservada. Salieron abrazadas en la fría mañana, dejando tras de sí una historia sencilla, casi anónima, de solidaridad en tiempos de escasez. Porque aquellos inviernos, aquellas colas, no solo trataban de comida sino de personas, de cómo, a pesar de todo, la humanidad nunca faltó en las calles de nuestras ciudades.
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