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«¿Si te cuesta tanto cocinar, por qué no te vas y lo hacemos sin ti?», me dijo mi suegra y mi esposo la apoyó…
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Sin enterrar el pasado —Ponte el gorro, que fuera hace diez grados bajo cero. Te vas a resfriar. María le tendió el gorro de lana —ese azul con borla, el que Valentina eligió el mes pasado en El Corte Inglés. —¡Tú no eres mi madre! ¿Está claro? El grito rompió el silencio del recibidor. Valentina lanzó el gorro al suelo con tal furia que parecía tóxico. —Valen, solo intento… —¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Nunca! La puerta pegó un portazo. Los cristales reclamaron temblorosos, y una ráfaga de aire frío barrió el piso madrileño desde el rellano de la escalera. María se quedó allí de pie. El gorro en el suelo, desmadejado, inútil. Las lágrimas asomaron en la garganta, calientes y rabiosas. Se mordió el labio, levantó la cabeza, con la vista perdida en el techo de estuco. No llorar. No ahora. Seis meses atrás, se imaginaba la vida de otra manera. Cenas familiares acogedoras. Charlas sinceras. Quizá alguna excursión alrededor de la sierra de Guadarrama. Sergio le hablaba de su hija con tanto cariño —inteligente, talentosa, sólo un poco encerrada tras perder a su madre— “Necesita tiempo”, decía él. “Se soltará”. Pero el tiempo pasó. Valentina no cambiaba. Desde el primer día que María cruzó el umbral de ese piso ya no como invitada, sino como esposa, la niña le plantó una muralla. Cualquier acercamiento se estrellaba contra un muro de hielo. Ofreces ayuda con los deberes: “Me apaño sola”. Propones dar un paseo: “No puedo”. Un cumplido sobre el flequillo nuevo: mirada larga y desdeñosa, sin respuesta. —Yo ya tengo madre —declaró Valentina al segundo día de convivir. Estaban desayunando, y Sergio apuraba el café antes de salir pitando al trabajo. —La tuve y la tendré. Tú aquí no pintas nada. Sergio se atragantó entonces. Musitó algo conciliador. María sonrió —una sonrisa tiesa, dolorida— y no dijo ni una palabra. Desde entonces, las cosas solo fueron a peor. Valentina ya no gritaba delante de su padre; era más sutil. Pasaba junto a María como si fuera invisible. Respondía entre dientes y nunca más de una palabra. Salía de la habitación en cuanto entraba su madrastra. —Papá antes era otro —comentó la niña un día, cenando—. Antes de ti, era normal. Nos hablábamos. Ahora… No terminó la frase. Bajó la vista al plato. Pero Sergio se quedó blanco, y María notó que el tenedor pesaba demasiado. Sergio saltaba entre ambas como un ciervo acorralado. Por las noches venía al dormitorio —su dormitorio, aunque nunca se sintió verdaderamente suyo— y le suplicaba paciencia a María. —Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo. Después iba a la habitación de Valentina a pedirle que fuera menos dura. —María es buena, hace lo que puede. Intenta aceptarla. María alcanzaba a oír aquellos diálogos a través de la pared. La voz de Sergio —cansada, al borde de quebrarse— y las respuestas de Valentina —breves, ásperas, hirientes. El hombre se consumía. Lo veías en la arruga entre las cejas, cada día más marcada. En el respingo cada vez que las dos coincidían en la misma estancia. En las ojeras, que se habían instalado bajo sus ojos. Pero escoger bando, no podía. O no quería. María recogió el gorro del suelo. Lo sacudió, lo colgó en el perchero. Entró al salón… y se quedó quieta en el umbral, igual que cada vez. Fotos. Decenas de fotografías enmarcadas: en las baldas, en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia de sonrisa suave. La misma mujer con Valentina de niña en brazos. Con Sergio —joven y feliz, irreconocible—. Fotos de boda, de vacaciones, de Navidad. Elena. La primera esposa. La difunta. Su ropa seguía en los armarios. Vestidos, jerséis y bufandas —bien doblados, perfumados con lavanda. Su maquillaje aguardaba en una baldita del baño. Sus zapatillas rosas y suaves, listas en la entrada. Como si su dueña hubiera bajado a por el pan y estuviera a punto de volver. —Mamá lo hacía mejor —observaba Valentina a la hora de comer. —Mamá jamás hacía eso. —A mamá no le gustaría. Cada comparación, un puñal. María sonreía, asentía, masticaba el enfado con la comida. Por las noches no dormía, pensando: ¿cómo se compite con un fantasma? Con una memoria idealizada de una mujer cada año más perfecta. Sergio seguía queriendo a Elena. María lo supo pronto. Miraba sus fotos con la melancolía apretada, el rostro se le transformaba cada vez que Valentina hablaba de su madre. ¿Para Sergio, qué era ella? ¿Un intento de avanzar? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer adecuada en el momento oportuno? Por las noches, cuando Sergio se dormía, María se quedaba mirando el techo —el techo de una casa ajena, donde ella era una inquilina prestada— y aceptaba, cruelmente lúcida, que el matrimonio hacía aguas. Sergio se había casado sin enterrar el pasado. Y Valentina nunca la aceptaría. Y entonces pensó, quizá por primera vez con toda claridad, que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Esa idea cristalizó en mitad de la noche, entre las tres y las cuatro, mientras escuchaba la respiración pareja de Sergio. Él dormía siempre sin problemas: se daba la vuelta y a los cinco minutos, caía rendido. Ella se quedaba varada junto al techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena en el sinfonier, que Sergio nunca quitó. Basta. La decisión vino de golpe, calmada. Una certeza fría: esa batalla no la iba a ganar. No se vence a los recuerdos. No puedes ocupar el sitio de una santa. María se sentó en la cama. Sergio no se movió. Tres días después presentó la solicitud. Sola, sin abogado ni avisos. Se plantó en el Registro Civil con su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario y firmó de mano firme. La funcionaria la miró con la compasión profesional de quien ve decenas como ella cada semana. —María… Sergio encontró los papeles por la noche. Se quedó clavado en la cocina, el folio en la mano, pálido y perdido. —¿Qué es esto? —Lo pone ahí. —María seguía fregando. —He pedido el divorcio. —¿Por qué? ¿Cómo? No lo hemos ni hablado… —¿Para qué, Sergio? Cerró el grifo. Se secó las manos, se giró. —Me he cansado de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija repetir que no soy nadie. —Valen solo es una niña, no entiende… —Valen entiende. Y tú también. El problema es que no quieres admitirlo. Sergio avanzó hacia ella. Le sujetó los hombros —con suavidad, como si fuera de porcelana. —María, por favor. Hablamos. Lo arreglo todo. Hablo con Valen, guardo las fotos, empezamos de cero… —Tú la quieres. No era pregunta, era certeza. María le sostuvo la mirada y vio la respuesta incluso antes de que intentara negarlo. —Aún quieres a Elena. ¿Y yo qué soy para ti? ¿Un reemplazo? ¿Una compañera? ¿La que hace la compra y plancha tus camisas? —Eso no es así… —Entonces dime que no la amas. Dilo. ¿A ver? Silencio. Sergio apartó las manos. Retrocedió un paso. El rostro —gris, desfondado— había envejecido diez años. María asintió. No esperaba otra cosa. Valentina estaba en su cuarto. La puerta entreabierta, tal vez a propósito. Cuando María pasó, la niña levantó la vista del móvil y sonrió. Muy levemente, apenas un gesto orgulloso. Había vencido. Las siguientes horas fueron un ritual mecánico. El armario. Las perchas. La maleta. El vestido que Sergio regaló por su aniversario —tres meses, toda una vida. El perfume que eligió en la perfumería del barrio, olisqueando probadores. El libro que no terminaron de leer. María hizo la maleta con cuidado, doblando bien cada prenda. Sin pensar. Sin recordar. Sólo recoger. La tarde fue eterna. María se sentó en la cama, junto a las dos maletas cerradas. Maletas: el saldo de su intento de hacer una familia. Se marchó a las ocho. Pidió un taxi con antelación, bajó sus maletas sola —el ascensor ni chirrió, ninguna puerta se abrió. Dejó las llaves en la mesa del recibidor. El conductor le ayudó con el equipaje; el coche arrancó. María no miró atrás. Madrid, al anochecer, era extraño y vacío. Farolas encendidas, pocos transeúntes corriendo al metro. Atrás quedaba el piso lleno de recuerdos. Sergio con su amor intacto; Valentina y su lealtad feroz. María miró por la ventanilla y respiró. Por primera vez en seis meses, libre. La soledad daba miedo. Pero más miedo daba vivir bajo la sombra de un fantasma. Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones. Pero al menos, sin la carga de medirse a la mujer perfecta —la que ya no vivía allí.
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