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Teníamos 22 años cuando rompimos. Un día él me confesó que ya no sentía lo mismo, que necesitaba “otras cosas”. Solo unos días después, me llamó una amiga común: — ¿Es cierto que él sale con una mujer mayor? Le pregunté qué quería decir y me envió una foto: él sentado en un bar, abrazando a una mujer mucho más mayor. No era un rumor, era verdad. Y cuando la gente me preguntaba, no me inventaba nada: decía directamente que me había dejado por una mujer mucho mayor. Así empezó todo. Una semana después, una amiga me escribió por WhatsApp: — Oye, ¿estás bien? Le pregunté por qué y me respondió: — Es que… él va diciendo cosas raras sobre ti. Como no entendía, le pedí que me lo explicara. Me contó que él decía que yo no me duchaba, que me olían las axilas, que tenía mal aliento y que una vez vio piojos. Me quedé helada mirando la pantalla, sin saber qué responder. Luego comenzaron a llegar más comentarios. Otra amiga me llamó para decirme que él lo contaba entre risas en una reunión, delante de varias personas. Literalmente dijo: — No sabéis lo que aguanté. Y cuando le preguntaron por qué no me dejó antes, contestó: — Por lástima. Empecé a notar miradas. Personas que antes me saludaban con normalidad ahora me miraban raro. Una compañera, que siempre me tuvo envidia, me ofreció desodorante “por si acaso”. No podía creer lo rápido que se propaga una mentira. Él la dijo una vez y luego la repetía, la reforzaba, la adornaba. Decidí escribirle. Le envié un mensaje corto: — ¿Por qué dices esas cosas de mí? Me respondió horas después: — Tú empezaste mintiendo sobre mí. Le dije que solo había contado la verdad: que estaba con otra mujer. Y me contestó: — Eso no le importa a nadie. Jamás negó lo que había dicho. Nunca pidió que parasen los comentarios ni corrigió a nadie. Dejó que todo siguiera girando. Mientras tanto, él aparecía en público con esa mujer, pero exigía que nadie hablase sobre la diferencia de edad. Yo era el daño colateral. La relación terminó, pero el ruido siguió durante meses. Tuve que cambiar mi entorno, dejar de ir a ciertos sitios, romper con gente que repetía lo que él decía. Él siguió con su vida. Nosotras, las mujeres, casi siempre cargamos con la peor parte cuando ellos son inseguros.
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*Meses después, Esteban se había convertido en una parte esencial del hogar de Ana. Plantaban flores juntos, cocinaban al alimón, y Boris dormía a sus pies cada noche. La tristeza no se había esfumado del todo, pero ahora pesaba menos. Más ligera. Más llevadera.*
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