Skip to content
Search for:
Home
Disclaimer
Home
Nothing Found
It seems we can’t find what you’re looking for. Perhaps searching can help.
Search for:
You may also like
¡Un Frigorífico No Es Un Restaurante! Cómo Mi Hija Y Sus “Amigos” Me Llenaron De Lágrimas
0
413
Vete y no regreses jamás —¡Vete, ¿me oyes?! –susurraba Miguel con lágrimas en los ojos–. ¡Vete y no vuelvas nunca! Jamás. Con manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de metal y arrastró a Berta hasta la valla; al abrir de par en par la puerta, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no entendía lo que pasaba. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo pido –repitió Miguel, abrazando a la perra–. No puedes quedarte aquí. Él en cualquier momento volverá y… En ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche Basilio, ebrio y con un hacha en la mano… ***** Si las personas pudieran imaginar, aunque solo por un instante, lo dura que puede ser la vida de los perros que terminan en la calle sin quererlo, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y pena, y no con desprecio y desaprobación, como suele ocurrir. Pero, ¿cómo va a saber la gente por lo que tienen que pasar nuestros amigos de cuatro patas? ¿Cómo va a saberlo si los perros no pueden contarlo? Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan dentro. Pero yo sí os lo contaré: una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta fue indeseada desde muy pequeña. ¿Por qué no agradó a su primer dueño? Eso nadie lo sabe con certeza. Tal vez simplemente por haber nacido. Y a su dueño no se le ocurrió nada mejor que llevar a la cachorrita, que apenas tenía dos meses, a un pueblo cercano y… …dejarla en la cuneta. Así, sin más. Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizás algún vecino la habría acogido. En vez de eso, la abandonó junto a la carretera y regresó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada. Un paso en falso y la pequeña Berta podría haber acabado bajo las ruedas. Quizás eso era justo lo que su dueño esperaba. Y aunque no fuera ese el final, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido mucho: demasiado pequeña. Pero aquel día tuvo suerte. Ese día una personita aún sin nombre conoció a Miguel. Y eso le salvó la vida. Resultó que ESE DÍA el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva y el chaval, que acababa de cumplir catorce años, salió a “estrenar” su regalo. —No salgas del pueblo —le gritó Toñi cuando su hijo montó en su “caballo de hierro” y, acelerando con ansia, se fue calle abajo—. ¿Me has oído, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel feliz—. Todo irá bien… Pero al final, Miguel sí salió del pueblo. Las calles no habían sido arregladas desde hacía siglos: baches por doquier y ni caminar era seguro. Habían asfaltado hacía un mes la carretera principal que unía el pueblo con la ciudad y a Miguel le apetecía rodar con el viento por ella. Además, un sábado apenas pasaban coches por allí: la gente descansaba en casa. Ya de vuelta, casi en la carretera, Miguel vio al borde del asfalto un cachorro que corría de un lado a otro sin sentido. Ora se lanzaba hacia los coches, ora se apartaba justo antes de ser atropellada. Daba pavor verlo. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?”, pensó Miguel, bajando de la bici. La dejó en la hierba y se acercó deprisa al animalito… ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel al entrar sonriente en casa—. Alguien lo ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármelo? Es tan bueno… —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Toñi—. ¡Si te lo dije! —Mamá, solo llegué hasta la carretera y volví —el chico bajó la vista, apenado—. Si no llego a recoger a la perra, habría muerto allí… —¿Y tú? —suspiró Toñi—. ¿No pensaste en ti, hijo? ¿Y si te pasa algo en esa carretera? Es peligroso, sobre todo en bici… —No volverá a pasar, te lo prometo. ¿Puedo quedarme con ella? Yo la cuidaré. Además, siempre he querido un perro. Y hoy es mi cumpleaños… —Vaya, tu cumpleaños —negó con la cabeza Toñi—. Y mira que poco castigo tienes por no obedecer… Miguel abrazó fuerte a la perrita, temeroso de que los padres se la quitaran. —Toñi, no le regañes tanto, que ya no es un niño pequeño —intervino el padre, de buen humor tras un par de copas—. Hoy cumple nada menos que catorce años. Y el cachorro no es cualquier cosa, ¡es de raza! Nos cuidará el patio. Déjale, hijo, puedes quedártelo. —Pues si papá está de acuerdo, yo tampoco me opongo —sonrió Toñi, mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel no cabía en sí de contento. Ese mismo día la llamó Berta. Se dio cuenta enseguida de que era una hembra: una perra buena y cariñosa que conectó de inmediato con Miguel. Y el chico, olvidándose incluso de su bici nueva, pasaba todo el día con su amiga peluda. ¿Y qué podía salir mal? El cachorro estaba a salvo, Miguel, feliz con la perra que tanto había soñado… Hasta sus padres, antes tan reacios, le veían radiante. ¿Colorín, colorado? Ojalá… La desgracia llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su empleo y se echó a la bebida. Se gastó todo el dinero ahorrado con Toñi y no hubo forma —ni lágrimas ni súplicas— de hacerle entrar en razón. Ya todo le molestaba. El alcohol lo volvía otra persona: frío, cruel, violento… A veces incluso golpeaba a la esposa, por cualquier motivo o ninguno. Toñi prohibió a Miguel acercarse cuando su padre se enfurecía: mejor no tentar la suerte. Cuando el ambiente se ponía imposible en casa, Miguel salía al patio y acariciaba a Berta en silencio. Ella lamía sus mejillas saladas y le daba consuelo. Una vez, incluso el propio Miguel acabó recibiendo golpes: solo por jugar con Berta. Basilio le llamó a gritos, lo agarró y le propinó un par de bofetones. Berta, siempre tan dócil, de pronto se encaró al padre con furia, ladrando como una fiera… Miguel aprovechó la confusión para soltarse. Pero entendió lo que venía. Su padre volvería, seguramente armado. ¿Qué podía hacer? —Vete, ¿me oyes? —susurraba llorando a Berta—. ¡Vete y no vuelvas nunca! La desató y la empujó fuera, abriendo la puerta del patio de par en par. Berta no entendía nada. ¿La echaban? ¿Por qué? —Vete, por favor —repitió Miguel, abrazándola—. No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces Basilio salió de la casa, tambaleándose y con un hacha en la mano… —¡Miguel! —bramó—. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dicho que lo hagas? —Papá, no por favor —suplicó Miguel, retrocediendo. —¿No por favor, qué? ¡La perra me desafió y ahora yo le enseñaré quién manda! —No lo hagas, Basilio —gritó Toñi, volviendo justo de hacer la compra—. ¡Es solo una perrita! ¡La vas a matar! —No me vengas con tonterías. Esa chucha sabrá quién manda aquí. Miguel sabía que no podía retrasarlo más. Le miró a los ojos, besó su hocico y la empujó hacia la calle: —¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos, Berta. Basilio rugió al comprender que Miguel quería salvar a la perra. Berta miró por última vez a Miguel y corrió hacia el bosque. —¡No vuelvas nunca, Berta, o él te matará! —gritó Miguel. ***** Han pasado siete años desde aquel día. Siete años de espera para Berta, aguardando un milagro y la esperanza de reencontrar a Miguel. Pero cada año la esperanza menguaba, porque ni Miguel ni Toñi volvieron jamás al pueblo. Regresó meses después, pero ya no había ni casa ni familia… Deambuló de aldea en aldea, hasta que un viejo la recogió en la carretera. Era un hombre bondadoso, aunque solitario y bebedor, que trabajaba de vigilante en el cementerio. Allí Berta aprendió a hacerle compañía en sus noches de tristeza, escuchando sus pesares y dándole refugio. Un día, paseando entre tumbas, Berta encontró la de Basilio: —Ese fue el que acabó calcinado en su propia casa —explicó el viejo—. Su mujer y su hijo escaparon al fin. Nadie en el pueblo le echa de menos… Cinco años vivió Berta junto al vigilante, pero cuando él faltó, se quedó de nuevo sola. Decidió quedarse en el cementerio. Era un lugar tranquilo para esperar la muerte. Hasta que, al llegar el primer invierno, sucedió lo inesperado: Un día escuchó voces junto a la tumba de Basilio. Era Miguel, convertido ya en hombre y acompañado de su pareja, Oksana, que le pedía que perdonara a su padre para poder dejar atrás los fantasmas. Miguel lo hizo… Sin saber que a su espalda lo estaba viendo Berta. Ella le reconoció al instante y, aunque habían pasado siete años, ambos corrieron el uno hacia el otro, fundiéndose en un abrazo que borró de golpe todos los sufrimientos. ***** Miguel se llevó a Berta consigo. Ella se hizo amiga de Oksana y juntos formaron una familia: primero tres, luego cuatro (gracias a un gatito recogido por Berta), y finalmente cinco cuando nació Nikita, su hijo. Tiempo después, Miguel reconstruyó la casa rural y cada verano volvían allí todos juntos. A pesar de todas las desgracias, tanto Miguel como Berta tuvieron finalmente una vida feliz.
0
800
Siete motivos para marcharse
0
62
No temas, solo estaré un poco. Me quedaré una semana mientras busco un lugar. Espero que no me eches.
0
266
Soñaba con la felicidad, hacía planes para el futuro, ¡pero solo recibí insultos!
0
137
Un niño fue expulsado de casa por sus padres en Nochevieja. Años después, les abrió la puerta… Les esperaba un giro inesperado que nadie pudo prever.
0
83