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Esposa y suegro Carolina sólo fingía interés en conocer a los padres de David. ¿Para qué le iban a interesar? No pensaba convivir con ellos, y del padre de David, un hombre aparentemente adinerado, lo último que podía esperar eran ventajas: más bien, problemas y sospechas. Pero había que seguir el juego hasta el final, ya que había decidido casarse. Carolina se arregló, pero con sencillez, buscando parecer la chica simpática y encantadora. Conocer a los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles, y si además son inteligentes, la prueba es aún mayor. David pensó que ella necesitaba ánimos: —Tranquila, Carolina, no te preocupes. Mi padre es más bien serio, pero es razonable. No van a decirte nada malo. Y te van a querer. Mi padre es algo peculiar, pero mi madre es el alma de la fiesta —insistió cuando llegaban a la casa familiar. Carolina simplemente sonrió, retirándose un mechón del hombro. Así que el padre era serio y la madre era el alma de la fiesta. Menuda combinación, pensó para sí. La casa no la sorprendió. Había conocido hogares mucho más lujosos. Les recibieron enseguida. Carolina no estaba nerviosa. ¿Por qué habría de estarlo? Gente como cualquier otra. Doña Nina, ama de casa de toda la vida y aficionada a los viajes con sus amigas, según sabía por David, no era nada especial. El padre, Don Valerio, un hombre como le habían dicho poco dado a la alegría, pero más bien callado. Su nombre, eso sí, le sonaba remotamente conocido… Y les recibieron… Carolina se congeló en la puerta. No pudo entrar. Era el fin… No conocía a su futura suegra, pero sí al futuro suegro. Le bastó una fracción de segundo para recordarle. Ya se habían visto, tres años atrás. No muchas veces, pero sí con intereses mutuos. En bares, hoteles, restaurantes. Desde luego, ni la esposa ni el hijo de Valerio sabían de ese “conocimiento”. Menuda situación. Valerio también la reconoció. Sus ojos brillaron con una chispa difícil de definir: ¿sorpresa, enfado, amenazas futuras? Pero él no dijo nada. David, ajeno a todo, se apresuró a presentarla: —Mamá, papá, os presento a Carolina. Mi prometida. No la traje antes porque es muy tímida. Vaya… Don Valerio le tendió la mano. Su apretón fue fuerte, quizás un tanto brusco. —Mucho gusto, Carolina —dijo, dejando entrever una nota sutil… algo que Carolina no supo descifrar al momento. Tal vez ira. O advertencia. O… En su mente, Carolina ya sopesaba cómo librarse de aquello, esperando que Valerio fuera a revelar quién era ella en realidad. —El placer es mío, Don Valerio —respondió Carolina, metiéndose en el papel, mientras el corazón le latía fuerte por la adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero no pasó nada. Valerio, forzándose a sonreír, le ofreció el mejor sitio en la mesa. Quizá esperaba pillarla después… Pero nada ocurrió. Entonces Carolina comprendió: él tampoco diría nada. Si la delataba, se delataba a sí mismo ante su esposa. Cuando pudo relajarse, la velada fue incluso amena. Doña Nina relató historias de la infancia de David, y Don Valerio escuchaba a Carolina y le hacía preguntas acerca de su trabajo. Bueno, sabía mucho de eso… Pero la ironía en sus palabras ya no la hería. Incluso bromeó un par de veces, y para sorpresa de Carolina, ella se rió. Eso sí, entre las bromas asomaban segundas intenciones, claras sólo para ellos. Por ejemplo, mirando a Carolina, soltó: —¿Sabe, Carolina? Me recuerda mucho a una antigua… colega. También era muy lista. Y sabía cómo tratar a cada persona. Carolina no se alteró: —Cada persona tiene su propio talento, Don Valerio. David, como buen novio enamorado, la miraba embelesado, sin captar dobles sentidos. La quería de verdad. Y eso era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, hablando de viajes, Don Valerio, sin quitar el ojo a Carolina, soltó: —A mí me gustan los lugares apartados. Sin prisas, en calma, con un buen libro. ¿Y usted, Carolina? ¿Qué prefiere? Intentó ponerla a prueba. —Me gustan los sitios con gente, ruido, alegría —respondió Carolina sin pestañear—. Aunque a veces, demasiadas orejas escuchando pueden ser peligrosas. Tal vez a Nina le saltó una pequeña alarma: frunció el ceño, aunque desechó la idea de inmediato. Don Valerio sabía que Carolina no era de las que buscan silencio. Sabía muy bien por qué. Al terminar la noche y prepararse para dormir, Don Valerio abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a la vez como halago y burla. Nadie, salvo Carolina, entendió el trasfondo. Carolina sintió que bajaba la temperatura a su alrededor. “Especial”. Qué palabra había elegido… *** Aquella noche, cuando toda la casa dormía, Carolina no lograba conciliar el sueño. Daba vueltas pensando en el inesperado encuentro y cómo manejar las nuevas circunstancias. El futuro se presentaba complicado. Sospechaba que Don Valerio tampoco dormiría. Él, por esa coincidencia; ella, por la conversación pendiente. Y por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso la sudadera sobre camiseta y pantalones cortos, esos que sólo usaba en casa, y salió sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, forzó algunos pasos para que, si alguien estaba en vela, la oyera. Fue directa a la terraza, donde intuía que Don Valerio la encontraría. No tardó ni un minuto. —¿No puedes dormir? —le preguntó, apareciendo tras ella. —No hay manera —respondió. Una ligera brisa trajo el familiar aroma de su perfume. Él la examinó en silencio. —¿Qué pretendes con mi hijo, Carolina? —ya no usaba rodeos—. Sé muy bien de lo que eres capaz. Sé cuántos tipos como yo han pasado por tu vida. Sé que solo te mueve el dinero. Nunca lo has ocultado. De forma más o menos discreta, siempre pusiste precio. ¿Por qué David? Carolina no pensaba quedarse corta: —Le quiero, Don Valerio —canturreó—. ¿Por qué no podría? Él no se tragó esa respuesta. —¿Querer tú? No me hagas reír. Sé perfectamente quién eres, Carolina. Y lo contaré todo. Le diré a David a qué te fuiste a dedicar. Quién eres realmente. ¿En serio crees que se casará contigo después? Carolina acortó la distancia, quedándose a un paso. Le miró de arriba abajo, fingiendo interés. —Cuéntalo, Don Valerio —dijo, vocalizando cada sílaba—. Pero entonces tu mujer sabrá también nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, quedará claro qué hacíamos. Yo misma añadiré detalles para hacerlo inolvidable. —No es lo mismo… —¿Seguro? ¿Eso mismo le dirás a tu señora? Don Valerio se quedó helado. No había logrado intimidarla. Estaba acorralado. Estaban en el mismo barco. —¿Y qué vas a contarle? —No sólo a ella. A todos. Incluso a David. Desvelaré qué clase de marido eres y a qué “trabajo” te quedabas hasta tarde. Total, yo ya no tendría nada que perder. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante. Un dilema serio. Convencer al hijo de no casarse era firmar su propio divorcio. —No te atreverías. —¿No? —Carolina sonrió, burlona—. ¿De verdad crees que tú sí y yo no? No lo haré si tú tampoco vas contando lo mía, esa “ambición” que dices que tengo tú, con el pedazo de secreto que guardas. Y ya sabes que para Nines… la fidelidad es sagrada. Alguna vez, borracho, él mismo le confesó a Carolina cómo se sentía mal por engañar a su mujer, lo valiosa que era Nines, lo ruin que era él. Sabía bien que ella no lo perdonaría. Jamás. Así que no le quedaba mucho donde elegir. Sabía que Carolina no mentía. —Está bien —admitió al fin—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie sabrá lo que tuvimos. Por eso Carolina estaba tranquila. Él tenía mucho más que perder. —Como digas, Don Valerio. Al día siguiente dejaron la casa familiar. Bajo la mirada de odio de su futuro suegro, Carolina se despidió de la madre, que ya la llamaba “hija”. A Valerio se le retorcía la cara. Él sufría por no poder advertir a su hijo de la trampa, pero temía destaparse. Perder a Nines suponía perder a medias su fortuna. Y David tampoco se lo perdonaría… En otra ocasión, Carolina y David pasaron dos semanas en casa de los padres de él. Vacaciones, como quien dice. Don Valerio evitaba coincidir con Carolina, con mil excusas de trabajo. Pero una tarde, en casa solo, la curiosidad le pudo. Decidió fisgonear en el bolso de Carolina: por si encontraba algo que le diera ventaja. Revolvió su neceser, agenda, una libreta… y de pronto vio un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos rayitas bien marcadas. —Y yo pensando que la desgracia era que mi hijo se casara con… No, esto sí es una desgracia —dejó el test y ni cerró el bolso. Carolina lo pilló en ese momento. —Feísimo lo de rebuscar en cosas ajenas —le regañó sarcástica, aunque no parecía molesta. Valerio tampoco disimuló. —¿Estás embarazada de David? Carolina se acercó con calma, cogió el bolso, le miró y dijo: —Parece que le he fastidiado la sorpresa, Don Valerio. A él le hervía la sangre. Ahora Carolina no se separaría del hijo. Si hablaba, se hundía todo el mundo. No quedaba margen para nada. Y era difícil callar, sabiendo el peligro para su hijo. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Carolina criaban juntos a Alicia. Don Valerio evitaba ir a verles. No quería verles. Ni pensarlo. A la nieta no la sentía como suya. Y Carolina le daba miedo. Le horrorizaba su pasado y cómo trataba a David. De nuevo, un día, Nines decidió visitar a David y Carolina. —¿Vienes, Valer? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya es preocupante. —No, sólo cansancio. Ve tú. Como siempre, fingió migraña, gripe, dolor de oídos, las piernas… Siempre encontraba una excusa para no ir. Incluso se tomó un par de pastillas para disimular. No soportaba ver a Carolina. Pero tampoco podía abrir la boca. La tarde pasó entre pensamientos tortuosos. Descansó. Leyó un poco. Y entonces se dio cuenta de que Nines se retrasaba mucho. Ya eran las once de la noche y seguía sin aparecer. No respondía al móvil. Llamó a David. —Hijo, ¿todo bien por ahí? ¿Ha salido Nines ya? No la tenemos en casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora mismo. Y le colgó… Valerio ya iba a salir corriendo hacia la casa del hijo cuando vio aparcar un coche. El de Carolina. Cuando la vio, casi le dio un infarto. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carolina estaba increíblemente tranquila. Se sirvió una copa de vino, la bebió. Se sentó cómoda. —Ha pasado lo inevitable. —¿El qué? —Nuestro derrumbe. Todo. David ha encontrado en la web de un restaurante unas fotos nuestras de hace cuatro años. De una fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? David, buscando reservar algo para nuestro aniversario, revisó la web… Y allí estábamos. En pleno esplendor. El fotógrafo… colgó todo. Ahora David está hecho una furia. Tu Nines quiere el divorcio. Y, por cierto, yo, como tú querías, puede que también me divorcie de tu hijo. Don Valerio la miró perplejo. Se le pasaron mil imágenes por la cabeza. La web, la fiesta… Recordó que ya entonces advirtió que nada bueno saldría de todo aquello, les pidió que no hicieran fotos… ¿Pero cómo imaginar semejante catástrofe? Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Pero a mí a qué vienes? —He huido un rato —sonrió Carolina—. En casa todo es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Ella le ofreció su propio vino. Bebieron en silencio, sólo interrumpido por las cigarras. —Todo esto es culpa tuya —soltó él. Carolina no apartó la vista de la copa. —Ya. —Eres insoportable. —Es lo que hay. —Ni siquiera te da pena David. —Me da pena, pero más pena me doy yo. —Sólo te quieres a ti misma. —No lo niego. De pronto, él le acercó y le tomó del mentón, mirándola a los ojos. —Sabes que nunca te quise, ¿verdad? —susurró. —Lo creo sin problema. *** Por la mañana, cuando al fin Nines llegó a reconciliarse, dispuesta a perdonar a su marido aunque le costara la salud, encontró a Carolina y Don Valerio juntos. Todavía dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carolina, despertándose. —Yo —dijo Nines, observando cómo se desmoronaba su vida. Carolina la saludó con una calma implacable. Don Valerio despertó después, pero no salió a buscar a su mujer.
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