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Durante tres años, ella guardó silencio, hasta que él se arrodilló ante ella.
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Grité desde la ventana: —¡Mamá, ¿qué haces tan temprano? ¡Te vas a helar!—. Ella se volvió, agitó la pala a modo de saludo: —Para vosotros, los perezosos, me esfuerzo—. Y al día siguiente mamá ya no estaba… Sigo sin poder pasar tranquila por nuestro patio… Cada vez que veo ese caminito, el corazón se me encoge, como si alguien lo apretara con la mano. Aquella foto la hice yo el dos de enero… Simplemente pasaba por ahí, vi las huellas en la nieve y me detuve. La fotografié, sin saber para qué. Ahora esa foto es lo único que me queda de aquellos días… Celebramos el Año Nuevo como siempre, toda la familia junta. Mi madre ya estaba de pie desde la mañana del treinta y uno. Me despertó el olor a filetes y su voz desde la cocina: —Hija, ¡levántate! Ayúdame a terminar las ensaladas, que si no tu padre se come todos los ingredientes a escondidas. Bajé aún en pijama, el pelo revuelto. Ella estaba junto a los fogones con su delantal favorito de melocotones, el que le regalé cuando aún iba al instituto. Sonreía, tenía las mejillas coloradas de tanto calor. —Mamá, déjame tomar el café primero —protesté. —¡El café después! ¡Primero la ensaladilla rusa! —se rió y me lanzó un bol con las verduras asadas—. Corta fino, como a mí me gusta. No como la última vez, esos cubos tamaño puño. Cortábamos, charlábamos de todo un poco. Me contaba cómo celebraban el Año Nuevo en su infancia —sin ensaladas exóticas, solo arenques bajo abrigo y mandarinas que su padre conseguía por enchufe en el trabajo. Luego llegó papá con el árbol de Navidad. Enorme, casi hasta el techo. —¿Qué, chicas, aceptáis a la reina de la casa? —preguntó ufano desde la puerta. —¡Ay, papá, parece que has talado todo un bosque! —me asombré. Mamá salió, la miró y suspiró: —Bonita sí es, pero ¿dónde la vamos a meter? La otra era más pequeña… Aun así, nos ayudó a decorarla. Mi hermana Lera y yo colgábamos las guirnaldas, y mamá sacó las viejas bolas, de cuando yo era niña. Recuerdo cuando cogió el angelito de cristal y me dijo en voz baja: —Este te lo compré por tu primer Año Nuevo. ¿Te acuerdas? —Sí, mamá —mentí. En realidad no lo recordaba, pero asentí. Se iluminó de felicidad por mi memoria. Mi hermano llegó ya por la tarde. Ruido, bolsas, regalos y botellas. —Mamá, este año traigo cava del bueno. No como el del año pasado, ¡pura aguachirle! —Ay, hijo, con tal de que no terminéis todos beodos… —rió ella y le abrazó. A medianoche salimos juntos al patio. Papá y mi hermano lanzaban fuegos artificiales, Lera chillaba emocionada, y mamá me abrazó por los hombros. —Mira, hija, qué bonito —me susurró—. Qué buena vida tenemos… La abracé de vuelta. —La mejor, mamá. Bebíamos cava a morro, de la botella, y reíamos cuando algún petardo salía disparado hacia el cobertizo del vecino. Mamá, algo achispada, bailaba con las botas de felpa la canción «En el bosque nació un abeto», y papá la alzó en brazos. Nos partíamos de risa. El uno de enero pasamos el día tirados. Mamá volvió a cocinar —ahora pelmeni y aspic. —¡Mamá, basta! ¡Vamos a reventar de tanto comer! —me quejaba. —Nada, ya lo terminaréis. Si el Año Nuevo se celebra toda la semana —decía, despreocupada. El dos de enero volvió a madrugar, como siempre. Escuché la puerta y me asomé: ella estaba en el patio, pala en mano, despejando el caminito. En su viejo plumífero y con el pañuelo recogido en la cabeza. Dejándolo todo impecable: del portón hasta el portal, una veredita estrecha, perfecta. Arrimaba la nieve a la pared de la casa, como le gustaba. Le grité: —¡Mamá, qué haces tan temprano! ¡Que te vas a congelar! Ella se giró y saludó con la pala: —Que si no, vosotras, flojas, os pasáis el invierno cruzando montículos de nieve. Anda, pon el té. Sonreí y fui a la cocina. Volvió media hora después, con las mejillas ardiendo y los ojos brillantes. —Ya está, todo en orden —dijo y se sentó a tomar café—. ¿A que ha quedado bien? —Sí, mamá. Gracias. Aquella fue la última vez que oí su voz con tanta vitalidad. El tres de enero se despertó y dijo en voz baja: —Chicas, me pincha el pecho. No mucho, pero es molesto. Me preocupé enseguida: —¿Llamamos a urgencias, mamá? —Qué tontería, hija. Solo estoy cansada de tanto cocinar y trajín. Me tumbo un rato, ya se pasa. Se tumbó en el sofá, mi hermana y yo junto a ella. Papá fue a por pastillas a la farmacia. Todavía bromeó: —No me miréis tan trágicamente, que aún os enterraré a todos. Y de pronto empalideció, llevándose la mano al pecho. —Uy… me encuentro fatal… muy mal… Llamamos a la ambulancia. Le cogía la mano y le susurraba: —Aguanta, mamá, ya vienen, todo va a salir bien… Ella me miró y murmuró: —Hija… cuánto os quiero… No quiero despedirme. Los médicos llegaron rápido, pero ya no pudieron hacer nada. Infarto masivo. Todo pasó en minutos. Me quedé sentada en el suelo del pasillo, rota de dolor. No podía creerlo. Ayer bailaba bajo los fuegos artificiales y hoy… Como pude, salí al patio. Apenas caía nieve. Y vi sus huellas —pequeñas, exactas, rectas. Del portón a la puerta, de ida y vuelta. Como siempre. Las miré largo rato. Y preguntaba a Dios: «¿Cómo es posible? Ayer caminaba por aquí y hoy… Sus huellas están, pero ella ya no» Me pareció —o quizá no— que el dos de enero salió por última vez, dejando el camino limpio para nosotros, para que pudiéramos cruzar sin ella. No las quise barrer ni dejar que nadie lo hiciera. Que duren hasta que la nieve las borre para siempre. Eso fue lo último que mamá hizo por nosotros. Su cariño por la familia se veía hasta cuando ya no estaba entre los vivos. Una semana después cayó una nevada enorme. Guardo esa foto de las últimas huellas de mi madre. Cada tres de enero la vuelvo a mirar y luego, observo el sendero vacío del patio. Y duele tanto comprender y saber: bajo toda esa nieve, ella dejó sus últimas huellas. Por ellas todavía sigo caminando tras ella…
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