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El abuelo Fue una tarde de verano. Regresaba a casa después del entrenamiento. Vi a un abuelo, ya muy mayor, que se había caído en el asfalto y no podía levantarse. La gente que pasaba por su lado se apartaba de él (pensando que estaba borracho), mientras él murmuraba algo para sí y extendía las manos hacia los demás. Desde pequeña, mi madre me enseñó a ayudar a quien lo necesite siempre que pueda. Así que me acerqué y le pregunté: “¿Quiere que le ayude?”. Él no pudo contestar nada coherente, solo murmuraba y extendía las manos hacia mí. Una mujer que pasaba me regañó: “Aléjate de él. ¿No ves que está borracho? Te vas a contagiar de algo. Además va hecho un asco, te vas a manchar”. Al fijarme bien, vi que el abuelo tenía las manos llenas de sangre. En ese momento sentí un miedo terrible. Le pregunté qué le había pasado, pero tampoco obtuve respuesta clara, sólo balbuceos y señaló resignado una bolsa que yacía en el suelo junto a él. Dentro había cristales rotos de botellas de cerveza. Recogió algunos trozos más y los puso en la bolsa. Por eso tenía las manos ensangrentadas. Empecé a limpiarle las manos con toallitas húmedas para luego poder ayudarle a incorporarse y llevarle a casa (quizá fui egoísta, pero no quería mancharme la ropa de sangre…). Cuando terminé de limpiarle, ayudé al abuelo a ponerse de pie. Le pregunté su dirección, pero no respondió. Comenzó a balbucear de nuevo y yo no lograba entenderle. Notando mi confusión, me indicó con la mano por dónde ir. Así que le llevé hasta el bloque de pisos que estaba en ese mismo patio. Señaló el portero automático y con los dedos me indicó dos números. Deduje que era el número de su piso. Toqué al timbre de aquel piso y enseguida se escuchó la voz preocupada de una mujer. El abuelo volvió a balbucear algo. Apenas unos segundos después, una mujer y un hombre salieron corriendo a la calle. Primero se abalanzaron sobre el abuelo, revisándole para ver si estaba bien. Luego el hombre me dio las gracias, cogió al abuelo en brazos y lo llevó a casa. La mujer, por su parte, empezó a preguntarme cómo podían agradecérmelo. Rechacé cualquier recompensa y ya me iba cuando de repente me pidió que esperara un momento, como si recordara algo. Subió corriendo al portal y al minuto volvió con una enorme cesta de frambuesas. “Son nuestras”, presumió. Le di las gracias, pero no quise aceptarlas. “Venga mujer, cógelas” – insistía ella – “Nos íbamos a volver locos cuando llegamos de la casa del pueblo y vimos que el abuelo no estaba en casa. Te cuento el porqué. Durante la guerra, le cogieron prisionero los alemanes. Ocupaba un puesto importante y para no delatarse, se dañó la lengua él mismo. En aquellas condiciones, la higiene era imposible. Para cuando logró salir del cautiverio, la infección estaba tan avanzada que le tuvieron que amputar la mitad de la lengua. Hoy apenas puede hablar, sólo emite sonidos como un sordomudo. En nuestro patio, por las tardes, los adolescentes se reúnen a beber cerveza y tiran las botellas por cualquier sitio. Incluso avisamos varias veces a la policía para que pusieran orden. Los niños juegan entre todos esos cristales, ya han ocurrido varios cortes en pies y manos. Desde que mi hija Sonsoles se cortó el pie, el abuelo se empeñó en recoger todos los cristales que dejan estos gamberros, para que los niños no se lastimen. Pero él es ya mayor y no tiene fuerza en las piernas. Le hemos intentado convencer de todas las formas posibles de que no salga, hasta le hemos escondido las llaves del piso, pero él insiste en salir. Una vez se cayó y estuvimos cinco horas buscándole hasta que volví de trabajar. Nadie le ayudó pese a estar tirado en el suelo. Ya nos preparábamos para salir a buscarle cuando oímos el timbre. No sabes cuánto te lo agradezco”. Después de escuchar la historia de la mujer, me quedé sin palabras. Ella me puso la cesta en las manos y yo, haciendo una reverencia (sí, una reverencia, no se me ocurrió qué decir), me fui a casa. A mitad de camino rompí a llorar. ¿Por qué en nuestro país somos así? ¿Por qué sólo pensamos en nosotros mismos? Os pido a todos: si veis que alguien se ha caído y no puede levantarse, por favor, no penséis enseguida que es un borracho. ¡Acercaos! Puede que necesite vuestra ayuda. Y esto va, sobre todo, para los jóvenes: recordad que somos PERSONAS, no cerdos.
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Herencia de sangre ajena
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Presentimiento de desgracia Julia despertó en mitad de la noche y ya no pudo volver a conciliar el sueño hasta el amanecer. No sabía si era por una pesadilla terrible o por unas inquietudes que no lograba entender, pero su corazón se llenó de una pesada angustia y las lágrimas rodaron solas por sus mejillas. Julia no comprendía el motivo: simplemente no podía explicarlo. Respirar le costaba y una premonición aterradora de que se avecinaba una desgracia la invadió con una fuerza arrolladora. Se acercó a la cuna donde dormía su hijo pequeño. Eugenio sonreía mientras dormía y hacía un ruidito gracioso con los labios. Julia le acomodó la mantita y salió a la cocina. Tras los ventanales, reinaba la más absoluta oscuridad. —Julia, ¿otra vez sin poder dormir? —se oyó la voz de Andrés a su espalda. —Otra vez… No entiendo, Andri, qué me pasa —contestó la joven en voz baja. —Será la famosa depresión posparto —intentó bromear su marido. —No sé… Eugenio ya tiene casi medio año, no ha habido depresión y de pronto empieza… —Nunca se sabe. Hormonas, nervios… No te preocupes, todo pasará. —Tengo miedo, Andrés —susurró Julia, acurrucándose junto a él. —Todo irá bien —le contestó él, abrazándola. Tres semanas después, Julia fue citada por la pediatra del centro de salud. Antes, habían pasado el control médico de los seis meses de Eugenio: análisis y especialistas. La llamada de la enfermera la pilló por sorpresa. —¿Ha pasado algo? —preguntó Julia. —No te preocupes, Julia, la doctora te lo explicará todo —le respondió la enfermera. En la consulta, como siempre, había cola, y Julia estaba cada vez más nerviosa. Cuando por fin entraron al despacho, estaba hecha un manojo de nervios. —Siéntate —dijo la doctora en voz baja—. Julia Olegovna, tengo que decirte algo. No te alarmes, pero necesitamos más análisis. —¿Qué ha pasado? —susurró Julia, comprendiendo de golpe que sus presentimientos quizá se fueran a cumplir. —Los análisis de Eugenio no están bien. La cifra de leucocitos en sangre es muy superior a lo normal, y hay otros valores preocupantes. Hay que repetir los análisis, en un centro especializado. —¿En cuál? —preguntó Julia temblorosa. —En el onco-centro regional —contestó la médica. Julia no recordaba cómo llegó a casa. Andrés la esperaba, había salido antes del trabajo tras leer su mensaje. —¿Qué ha pasado, Julia? —preguntó. Las lágrimas corrían por la cara de Julia, que no parecía ni notarlas: —Nos mandan a hacer pruebas en el onco-centro —susurró, derrotada. —¡Tal vez no sea nada! Sólo son pruebas —intentó calmarla su marido. —No bastará con el examen —dijo agotada Julia—. Yo lo sentía, sabía que algo no iba bien, pero no entendía qué, ni de dónde venía ese temor… Julia abrazó a su hijo y rompió a llorar. El niño se removió en sueños, inconsciente aún de lo que ocurría en su vida. —Leucemia aguda —diagnosticó el médico, un hombre mayor, tras estudiar los análisis—. Hay que empezar el tratamiento inmediatamente. Julia lloraba. No podía aceptar lo que estaba sucediendo. El niño entró en reanimación para la quimioterapia, ella esperaba fuera, destrozada. —¡Vete a casa! —le insistía la enfermera de guardia—. Hoy no te dejarán entrar a ver a tu hijo. —¡No puedo! ¿Qué haré yo en casa sin mi hijo? Julia y Andrés se habían casado ocho años atrás. Julia no lograba quedarse embarazada, ambos se hicieron pruebas, pero no encontraban ninguna causa. La maternidad llegó sólo en el octavo año de matrimonio. Fue el momento más feliz, pero también el más inquietante: Andrés la cuidaba con mimo, no la dejaba cargar nada más pesado que una taza… El último mes, Julia lo pasó ingresada, por riesgo de parto prematuro. Medio año antes por fin nació el ansiado niño. Lo llamaron Eugenio, como el padre de Andrés, fallecido años atrás en un accidente. —No pongas a tu hijo el nombre de quien murió en accidente —le dijo su abuela al saberlo. —¡Bah, abuela, eso son supersticiones! —respondió Julia. Era feliz y no deseaba escuchar malos augurios… …Julia se sentaba junto a la cama de Eugenio. En un mes, el niño había adelgazado y se notaba desmejorado. Ya no tenía mejillas sonrosadas, sino un rostro alarmantemente pálido y ojeroso. Julia lloraba y no se secaba las lágrimas. Había logrado que la dejaran entrar tras discutir con el jefe médico: temían que Julia podría contagiar algo al niño, con su débil inmunidad, pero ella no podía soportar estar separada de él. Eugenio dormía, y Julia trataba de grabar en su mente su carita. —Aquí no hacemos ese tipo de operaciones —le informó al día siguiente el director médico, Don Genaro Vázquez. —¿Y dónde se hacen? —preguntó Julia con decisión. —En Israel. Sólo allí pueden salvar a tu hijo, pero es muy caro. —Encontraremos el dinero. Prepare los informes médicos, por favor. Los informes fueron enviados a una clínica en Israel especializada en leucemia. Pronto confirmaron que podían intervenir a Eugenio, pero la cifra superaba los 240.000 euros. —Julia, aunque vendamos piso y coche, no llegamos ni a la cuarta parte —dijo Andrés—. He puesto anuncios, pero no es tan fácil… —¡No tenemos más de dos meses! —lloró Julia—. Hay que pensar algo… Todo el pueblo se movilizó para juntar el dinero: compañeros de trabajo, una ONG local, tiendas y conocidos. Parte llegó desde la administración y otro tanto de voluntarios. Alcanzaron un poco más de la mitad. El tiempo jugaba en su contra. —Julia, ve tú con el niño —dijo Andrés—. Yo seguiré recaudando. Aún es posible vender el piso. En su localidad era imposible reunir semejante suma. Con los papeles en orden, Julia y su hijo volaron a Israel. El dinero reunido no bastaba. Eugenio empezó las pruebas y la preparación para la operación. Julia se aferraba a un milagro. En un mes el niño cumpliría un año. En la habitación de al lado otra madre cuidaba a su niño, Miguel, de tres añitos y de la ciudad vecina. Oksana, su madre, había conseguido reunir el dinero para la operación; sin embargo, el caso era más complicado: la leucemia de Miguel se detectó tarde, la enfermedad avanzaba y la operación se posponía una y otra vez. —No llores —consolaba Oksana a Julia—. Todo irá bien. Llevarás a Eugenio al circo, al zoo… El año pasado llevé a Miguel y le encantaron los osos, se quedó media hora mirándolos. No sabía que estaba enfermo. En el zoo le sangró la nariz por primera vez… y después varias veces antes de ir al hospital. Era ya la fase 3… ¿Cómo no lo vi antes? —No llores, Oksana, todo saldrá bien. Iremos juntas con los peques al zoo —ahora era Julia quien intentaba animar a su amiga de infortunio. —Yo notaba que algo andaba mal: Miguel empezó a adelgazar, a no comer, tenía diarreas… ¿Por qué no reaccioné antes? ¡Es mi culpa! Mi madre también me decía que algo pasaba… ¡pero no quise creerlo! —se lamentaba Oksana en llanto. Julia no sabía cómo consolarla: no hay palabras para ese dolor. Pocos días después, Miguel empeoró y fue llevado a reanimación. Oksana no podía entrar y aguardaba fuera llorando desconsolada. —Oksana, ven, échate un rato —le imploraba Julia. —Tengo que estar aquí, él me siente cerca, le ayuda. Sabe que mamá está —replicaba Oksana. —Lo sabe aunque no te vea, venga… Pero Oksana no se movía. Una enfermera le puso un calmante; ya no lloraba, sólo miraba al vacío y esperaba. Confiaba en un milagro. Por la tarde llamó Andrés. Julia acunaba a Eugenio todo el tiempo posible, sin saber cuántos momentos así les quedaban: —Julia, transferí unos 1.000 euros, de momento no tengo más. Hoy vino una pareja a ver el piso, bajé el precio, dicen que lo piensan. —Vale… y tú… Un grito en el pasillo interrumpió la llamada. El teléfono cayó al suelo. Eugenio se despertó y lloró. Julia lo tranquilizó, lo acostó y salió corriendo al pasillo. Ya intuía la tragedia, aunque no quería creerlo. Oksana, de rodillas junto a la puerta de reanimación, lloraba desconsolada. Las enfermeras trataban en vano de consolarla. Jamás Julia había visto tanto dolor en una mirada: lo entendió todo. —Oksana, aguanta —lloraba mientras la abrazaba—, tienes que vivir por Miguel… —¿Para qué vivir? ¡Mi hijo ha muerto! ¡Es mi culpa! ¿Cómo seguir viviendo con esto? —gritaba Oksana, presa de la histeria. Julia la sostuvo hasta que le pusieron un calmante. La acompañó a la habitación. —Que descanse —murmuró el médico de guardia—. Ya tendrá tiempo de llorar. Julia no durmió esa noche, temía cerrar los ojos y no poder mirar a su hijo. Aprovechó cada minuto a su lado. Al día siguiente, Oksana fue a verla. No lloraba: en una noche había envejecido diez años y en sus ojos habitaba ahora el vacío. Permanecieron abrazadas un buen rato. —Que todo os salga bien, Julia, tenéis una oportunidad: aprovechadla. Ahora tengo que cuidar de mi hijo: el entierro, los nueve días, los cuarenta, le pondré una lápida, y después… —enjugándose las lágrimas, le entregó a Julia un sobre cerrado—. Léelo cuando me haya ido, no tengo fuerzas para decirlo en voz alta. —Está bien —asintió Julia en voz baja. Tras marcharse Oksana, Julia se sintió aún más sola. Se llevaron a Eugenio para las curas. Abrió el sobre: «Querida Julia: Deseo con todo mi corazón que Eugenio viva. Que viva por mi Miguel, que crezca, que estudie, que disfrute cada día, que juegue al fútbol y salga a esquiar. Id por favor al zoo y saludad al oso negro grande. —Las lágrimas la cegaron y tuvo que secarlas para leer—. Tenéis una oportunidad. En el sobre hay dinero para la operación. A Miguel no le hizo falta, que ayude a Eugenio a sanar.» Julia lloraba. Lloraba de felicidad, porque ahora podría operar a su hijo… y de dolor, porque ese dinero tenía un precio demasiado alto. —¡Andrés, no vendas el piso! —decía por teléfono al día siguiente—. ¡Eugenio y yo necesitaremos a dónde volver! —¿Y el dinero? —preguntó, sorprendido. —El dinero ya está. Todo irá bien. Andrés colgó y, por primera vez, sonrió: en las palabras de Julia sintió la esperanza de un nuevo comienzo, la seguridad de que todo saldría bien. Julia también estaba convencida. La operación se hizo al día siguiente del primer cumpleaños de Eugenio. Julia, igual que Oksana, pasaba los días sentada junto a la reanimación. Pero el pronóstico era positivo. Pronto la dejaron ver a su hijo y luego compartir la habitación. Les esperaba un mes de aislamiento y varios más de rehabilitación, pero eso ya era lo de menos: la operación salió bien y Eugenio mejoraba día a día. El niño volvía a interesarse por los juguetes, comía poco a poco y hasta sonreía. Cuando balbuceó por primera vez algo parecido a «mamá», Julia rompió a llorar: el milagro se había hecho. —¡Oso! —decía Eugenio señalando al animal negro y grande en la jaula. —No se dice ‘oso’, sino «oso» —le corregía, riendo, Julia. Fueron al zoo de la ciudad, el mismo en el que años atrás Miguel miró a los osos. —Saludos de Misha, el osito —susurró Julia al animal. Eugenio corría y reía, comiendo helado y subido a hombros de Andrés, admirando a todos los animales. Su vida se llenó por fin de nuevas experiencias y alegrías infantiles. El hospital ya era sólo un recuerdo, y sólo a veces, al despertar en mitad de la noche, Julia se acercaba a la cunita de Eugenio a escuchar su respiración tranquila. La angustia se desvanecía: ahora tenían toda una vida por delante, una vida por ambos niños, por su propio hijo y aquel que le regaló el milagro de vivir.
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— ¡Ay, madre mía… qué rico huele aquí contigo… Me hace mucha ilusión! ¿Podrías darme uno de esos? Nunca he probado algo así…, dijo la abuelita, abrazando la bolsa con la que había estado paseando todo el día por la ciudad.
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