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Cuando regresó del trabajo, el gato no estaba. Patricio era un joven sencillo, sin malas costumbres. El día que cumplió 25 años, sus padres le regalaron un piso propio. ¿Cómo lo hicieron? Le ayudaron a conseguir el dinero para la primera cuota de la hipoteca. Así que Patricio empezó a vivir solo. Trabajaba como programador, prefería llevar una vida tranquila y no tenía mucho trato con nadie. Para no aburrirse tanto, decidió adoptar un gatito. El gatito tenía una malformación en las patas delanteras. Las personas que tenían a la madre del minino querían sacrificarlo, pero Patricio sintió lástima por él y lo llevó a casa. Le llamó Guapetón. Y así vivían bien juntos: Patricio se apresuraba desde el trabajo para ver a Guapetón, que siempre le esperaba en el felpudo del pasillo. Al cabo de un tiempo, Patricio comenzó a salir con una chica del trabajo. Resultó ser espabilada, conquistó rápido a Patricio y menos de un mes después se mudó con él. Desde el principio no le cayó bien Guapetón y pidió a Patricio que lo regalara, pero él se negó, explicando que Guapetón era muy importante para él. Sin embargo, María no se dio por vencida y volvió a insistirle a Patricio para que se deshiciera del gato. Entonces Patricio le dijo que el gato se quedaría. María le explicó que el animal arruinaba su imagen porque los invitados se sentían incómodos al ver sus patitas. Patricio estaba dividido entre María y Guapetón, porque los quería a ambos. Por cierto, sus padres no aprobaban la elección de su hijo. Les parecía que María era descarada y maleducada. Le pidieron que no se apresurase a formalizar la relación, que la observara mejor. Cuando los padres de María les visitaron, Patricio comprendió que no quería compartir su vida con ella. El padre de María se rió nada más ver a Guapetón al entrar por la puerta. Lo llamó “el rarillo”. Patricio defendió al gato, pero durante toda la velada, María y su padre se burlaron de lo feo que era el animal y aconsejaron que se deshicieran de él. Se entretenían ideando lugares donde dejar al gato. La madre de María también se reía de Guapetón. Al día siguiente, cuando Patricio regresó del trabajo, Guapetón no estaba. Le preguntó a María dónde estaba el gato, y ella le respondió que lo había llevado a la clínica veterinaria y lo dejó allí. Patricio salió corriendo a buscar a su gato. Lo estuvo buscando durante cinco horas… Y lo encontró. Guapetón ronroneaba suavemente en los brazos de Patricio, feliz de que su dueño lo hubiese encontrado. Al regresar a casa, Patricio ordenó a María que recogiera sus cosas y se marchara. No quería verla nunca más. Para él, se había vuelto repulsiva. Por la mañana, María hizo las maletas y se fue. Sin hacer ruido. Ofendida. Nunca imaginó que el gato sería para Patricio más importante que ella. Ahora Guapetón y Patricio viven juntos, y el gato sigue esperando con alegría a su dueño cada día después del trabajo.
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