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Hija nos reúne con una noticia alegre, pero después de la cena los echamos de casa.
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Cada martes Liana corría por el metro de Madrid, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Aquel objeto era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas deambulando por El Corte Inglés y el centro comercial Princesa, sin encontrar ni una sola idea decente de regalo para su ahijada, la hija de su mejor amiga. A los diez años, Mónica, que antes adoraba los caballos andaluces, ahora estaba fascinada con la astronomía, y encontrar un telescopio bueno y asequible parecía una misión de otra galaxia. Ya anochecía y, bajo tierra, todo se sentía impregnado de ese cansancio especial del final de la jornada. Liana, mientras cedía paso a la multitud, se fue acercando al escaleras mecánicas. Fue entonces cuando su oído, hasta entonces abstraído del bullicio, captó un retazo de conversación nítido, intenso y cargado de emoción. — …yo tampoco creía que volvería a verle, de verdad —decía una joven tras de ella, la voz temblorosa pero dulce—. Ahora, cada martes, él viene a recogerla al cole. En su coche. Y juntos se van a ese parque con tiovivos junto a Retiro… Liana se quedó inmóvil en el escalón mecánico bajando al andén. Giró la cabeza un instante: un abrigo rojo, un rostro ilusionado, unos ojos chispeantes. Y, junto a ella, su amiga, escuchando atentamente con una sonrisa. “Cada martes”. Liana también tuvo un día así, alguna vez. Tres años atrás. No el lunes con su cuesta arriba, ni el viernes con promesas de descanso, sino el martes: un día en torno al que giraba su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía disparada del instituto del barrio de Chamberí donde enseñaba Lengua y Literatura. Cruzaba media ciudad hasta la antigua Escuela Municipal de Música Glinka, en un viejo palacete con suelos de parquet crujiente en Chamberí. Recogía a Marco: un niño serio para su edad, de siete años, con su violín casi tan alto como él mismo. No era su hijo, sino su sobrino, el hijo de su hermano Antonio, que falleció en un fatídico accidente hace tres años. En esos primeros meses después del funeral, los martes eran el ritual imprescindible para sobrevivir: para Marco, que vivía aislado y casi no hablaba; para su madre, Olga, rota de dolor y apenas capaz de levantarse de la cama; y para la propia Liana, que intentaba recomponer los fragmentos de sus vidas y volver a ser ancla, apoyo y faro. Recordaba cada detalle: cómo Marco salía de clase con la cabeza baja, cómo ella cogía el estuche, siempre pesado, cómo se dirigían juntos al metro y ella le contaba historias para distraerle: una anécdota escolar, la gaviota que robó un bocadillo a un niño en la playa de la Barceloneta… Una tarde de noviembre, bajo la lluvia, él le preguntó: “¿Tía Liana, a papá tampoco le gustaba la lluvia, verdad?” Contuvo las ganas de llorar para responderle: “La odiaba. Siempre corría a refugiarse bajo una marquesina.” Y Marco la agarró de la mano, fuerte, casi de adulto, como intentando no soltar un recuerdo que amenazaba con desvanecerse. No era solo su mano: era ese pasado, ese padre verdadero, que existía también fuera del recuerdo, justo allí, bajo la lluvia madrileña. Tres años dividían su vida en un antes y un después. Y el martes, y solo el martes, fue el día auténtico, lleno de sentido y, aunque duro, también el día de la esperanza. Los demás solo eran fondo, espera. Se preparaba para ellos: manzanas para Marco, algún vídeo divertido por si acaso el metro se hacía insoportable, temas de conversación nuevos. Después… Olga fue recuperándose poco a poco. Encontró trabajo, más tarde conoció a alguien y quiso empezar desde cero en una ciudad lejana, al otro extremo de España, lejos de los recuerdos. Liana ayudó a embalar las cosas, metió el violín en una funda blanda, le abrazó en el andén: “Llámame, escríbeme. Siempre estaré ahí”, le recordó entre lágrimas. Al principio Marco llamaba cada martes, rigurosamente a las seis. En esos quince minutos Liana volvía a ser “Tía Liana” y tenía que aprovechar para preguntar por todo: el cole, las clases de violín, los nuevos amigos. La voz de Marco se colaba cálida por el teléfono tendiendo un hilo desde cientos de kilómetros. Luego, las llamadas fueron cada dos semanas. Él fue creciendo, más ocupado con sus otros cursos, los deberes y la PlayStation con sus amigos. “Tía, perdona que el martes pasado no te llamé, tuve un examen”, escribía por WhatsApp. Ella respondía: “No te preocupes, cielo. ¿Qué tal el examen?” Ya no era la llamada lo que marcaba el martes, sino la espera, a veces un mensaje que nunca llegaba. Pero no se ofendía; escribía primero, si hacía falta. Después, solo en fechas señaladas: cumpleaños, Navidad… La voz de Marco, cada vez más madura y segura, se fue haciendo menos abierta. “Todo bien”, “Vamos tirando,” “Estudiando mucho.” Su padrastro, Sergio, era buena gente; nunca intentó reemplazar a su padre, solo estuvo ahí, que es lo importante. Hace poco nació una hermana, Alicia. En sus redes sociales, Marco sostenía en brazos el pequeño bultito con ternura desmañada. La vida, cruel y generosa al mismo tiempo, seguía abriéndose paso. La cotidianeidad curaba, el cariño por la recién nacida, y los días del colegio, las nuevas rutinas, los futuros proyectos. Para Liana quedaba una esquina cada vez más pequeña, la “tía del pasado”, en esta vida renovada. Y ahora, en medio del ruido del metro, la frase “cada martes” no sonó como una acusación, sino como un eco leve. Un saludo de aquella Liana de tres años atrás, que llevó durante tanto tiempo esa responsabilidad abrasadora como una herida abierta y como el regalo más grande. Aquella Liana sabía quién era: sostén, faro, pieza clave en el martes de un niño. Era necesaria. Esa mujer de abrigo rojo tenía su propio drama, su difícil equilibrio entre pasado y presente. Pero ese ritmo, ese ritual férreo —“cada martes”— era universal. Un idioma sencillo y claro: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Hoy, a esta hora, eres lo más importante”. Liana, que antes hablaba ese idioma con fluidez, ahora casi había olvidado cómo sonaba. El tren arrancó. Liana se enderezó, mirando su reflejo en el oscuro cristal del túnel. Salió en su estación sabiendo ya lo que haría mañana: pediría dos telescopios mellizos —modestos, pero de calidad—. Uno para Mónica. Otro para Marco, con envío a su casa nueva. Y cuando él lo recibiese, le escribiría: “Marquito, para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos cada uno en una ciudad diferente. ¿Qué te parece si el próximo martes, a las seis, si no hay nubes, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos relojes, ¿vale? Besos, Tía Liana.” Ascendió por las escaleras al Madrid nocturno. El aire era frío y limpio. El martes más próximo ya no estaba vacío. Volvía a estar reservado. No como una obligación, sino como un pacto de cariño silencioso entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y una lealtad serena, invisible pero irrompible. La vida seguía. Y seguía habiendo días a los que podía dar un sentido. Días que no solo pasaban, sino que podía designar. Para un pequeño milagro de mirar el mismo cielo a la vez. Para una memoria que ya no dolía sino que abrigaba. Para un amor que, aprendiendo a hablar en la lengua de la distancia, se había vuelto más suave, más sabio, más fuerte. Cada martes
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