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Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
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