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Finalmente tengo vida propia, pero mi hija cree que estoy loca y me prohíbe ver a mi nieta.
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Un camarero ofreció la cena a dos huérfanos. Veinte años después, lo encontraron de nuevo… La conmovedora historia de los huérfanos, el mesero y el milagro que llegó dos décadas después
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Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida empezaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueó tan bruscamente que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía. Después, corrió hacia su hija, luchando por no dejarse vencer por el temblor. Lera comenzó a ahogarse con espuma y la respiración se entrecortó, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca: los dedos le resbalaban, no le obedecían, pero al final lo consiguió. De repente, la niña se quedó inerte y perdió el conocimiento. Cinco o diez minutos — nadie podría haberlo dicho con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino en los latidos del corazón de Irene, que retumbaban en sus sienes. Vigilaba que la lengua no le cortara el aire, sujetaba la cabeza de Lera cuando las convulsiones zarandeaban su frágil cuerpo peor que una descarga eléctrica. Irene no veía nada más que un único objetivo: Lera tenía que volver a respirar. Lera tenía que regresar. Gritaba — a la cocina, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba al teléfono de emergencias 112 el nombre de su hija con tal desesperación que parecía que aquel grito fuera lo que la mantenía con vida. Al llamar a Max, Irene, llorando y sollozando, sólo fue capaz de musitar: — Lera… Lera casi se muere… Pero al otro lado de la línea, Max entendió otra cosa — una palabra breve y terrible: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo que sintió como si le clavaran un cuchillo al rojo vivo. Las piernas le fallaron y, en silencio, se dejó resbalar del sillón al suelo, como alguien a quien de pronto se le hubieran acabado las fuerzas, los pensamientos, el futuro… Intentaron levantarle, ayudarle a ponerse en pie, pero el cuerpo no respondía. Alguien le ofrecía gotas, otro agua, alguien le acariciaba la espalda — todos decían palabras de consuelo, pero las frases chocaban contra su desesperación como las olas contra un malecón. Max no conseguía controlarse. Los dedos le temblaban, el vaso le castañeteaba en los dientes y sólo salían de su garganta sonidos quebrados, como de una máquina rota: — M-m-muer… ta… L–Le-ra… m-muerta… Los labios blancos, la respiración entrecortada, las manos ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, le agarró por los brazos y prácticamente le arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de un portazo que hizo retumbar el interior del coche. — ¿Dónde? ¿Adónde vamos? — gritaba, intentando lograr que Max recobrara el sentido. Él permanecía sentado, ciego, con los ojos abiertos sin comprender. Pasaron unos segundos sin ni siquiera parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. — Al hospital infantil… municipal… — balbuceó al fin Max, cada palabra atravesada de dolor, de miedo, de una angustia que desgarraba la garganta. El hospital estaba lejos — demasiado lejos para alguien que acaba de oír la peor palabra de su vida. Don Víctor pisó a fondo, el todoterreno zigzagueaba de carril en carril y los semáforos se convertían en manchas absurdas. Rojo, verde — ¡qué más daba! Una vez, en un cruce, de pronto un Jeep negro apareció a su lado, como surgido de la nada. Estuvieron a centímetros del impacto. Don Víctor giró el volante y el coche derrapó de lado, los neumáticos chirriaron, saltaron chispas bajo el freno. El otro Jeep pasó rozando, dejó olor a goma quemada y la sensación de que la muerte acababa de pasar a su lado, rozándolos apenas. Max ni lo percibió. Las lágrimas le corrían sin freno. Encogido, apretaba el puño contra los labios para no romperse a llorar a gritos. Y, de pronto… un destello. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lera tiene tres años. Padece una angina tan fuerte que el termómetro muestra cifras que helarían la sangre a cualquiera. La ambulancia le pone una inyección y recomienda supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, está de pie en la cama, toda caliente y empapada en lágrimas. Irene lleva media hora convenciéndola. Lera solloza, se frota los ojos con los puños y, por fin, se rinde y dice triste: — Vale, ponlo… ¡pero no lo enciendas! Max casi se sentó en el suelo de la risa. Hacía un par de días habían ido a la iglesia, y la niña se acordaba de que allí se encienden las velas… Don Víctor sacó el coche a la avenida — larga, bajo las luces de la tarde, fría como una hoja de cuchillo. Y el recuerdo golpeó de nuevo, atizando otra imagen. Unas semanas después, Lera trepa hasta lo alto del gigantesco armario. La monita traviesa — ágil, desobediente. Se encarama casi hasta el techo y desde allí chilla orgullosa. El armario empieza a inclinarse, lento, amenazante. ¡Pum! El mueble cae y el estruendo sacude la casa. Irene grita, Max corre, pero ya es tarde. Lera sobrevivió. Moratones, llanto, susto y una chocolatina enorme con la que intentaron consolar sus lágrimas. Al ver el chocolate, Lera se animó — como si accionaran un interruptor invisible. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó: — ¿Puedo dos de golpe? El chocolate era su botón de felicidad de emergencia. Max pensó entonces que si hubiera chocolate en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna. Más tarde… Silencio en casa, la lámpara encendida suavemente. Irene dice: — Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lera, seria como nunca, pregunta: — ¿En el culo, o qué? Irene se tapó la cara con las manos y Lera les miraba con esa expresión: «A ver si os aclaráis, que no entiendo de qué os reís». Y ahora, en el coche, aquella frase absurda le atravesó el corazón. Porque en esas cosas tan de ella estaba lo esencial de la vida. Su vida. Don Víctor logró llevar a Max hasta el hospital. Pararon en seco, como si el coche temiera perder un solo segundo. — Lera está viva — fue lo primero que escuchó Max —, la han llevado enseguida a reanimación, y los médicos no han dicho nada en horas. Dejaron pasar a Irene. Max sólo podía esperar y rezar… ——— Era la una de la madrugada — esa hora en que el mundo entero parece estancado y solitario. Max levantó la cabeza y buscó con la mirada la ventana del segundo piso en la que su pequeña se debatía entre la vida y la muerte. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Estaba inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija a través del cristal, justo hacia él. Sin gestos, sin suspiros, sin intentar buscar el móvil. Él la saludó, como si pudiera espantar el miedo común con la mano. Llamó — ella no atendió. Sólo miraba, como una sombra, como un fantasma del amor temeroso de desaparecer si se mueve. Y entonces sonó el teléfono. Seco, corto. Sólo dijeron: — Pase. Y colgaron. El terror se volvió tan denso que el aire se hizo jarabe. Intentó levantarse y las piernas no le respondían. El cuerpo se negaba a moverse, como si la tierra quisiera sujetarle para no dejarle entrar y escuchar la peor de las noticias. Sabía que tenía que ir, pero el miedo lo paralizaba. En ese momento salió una enfermera. Joven, agotada, con zuecos blandos y gastados. Se acercó a él. Max la miraba y por dentro todo se derrumbó. Todo. Fin. Ya está, ahora lo dice. La enfermera llegó, se inclinó un poco y le habló claro, con esa voz que pronuncia sentencias, pero de las buenas: — Vivirá. Ya pasó la crisis… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, se sintió ajeno, sin fuerzas, como si la boca no fuera suya. Estaba sentado, intentando decir al menos un «gracias», un «Dios mío», o al menos soltar el aire. Pero sólo le tiritaban las comisuras de la boca, las manos, y por las mejillas le rodaban lágrimas calientes, vivas. ——— Después de aquella noche, para Max muchas cosas dejaron de importar. Ya no temía perder el trabajo. No temía parecer ridículo, absurdo, perdido. Sólo le sostenía de verdad el recuerdo de aquella noche. De cómo el mundo puede pararse en un solo segundo. De cuán fácil puede desaparecer un ser querido, por quien serías capaz de mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si el mundo de antes y el de después los separara una línea fina de miedo. Todos los demás temores se desvanecieron, como el ruido que no sirve de nada antes de la verdadera quietud.
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Mi esposo me dejó por mi amiga de la escuela tras mi pérdida, tres años después los vi en una gasolinera y no pude dejar de sonreír.
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El Salvador Peludo
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¡Estás criando a un blandengue! —¿Por qué has apuntado al niño a música? Luz María se cruzó con su nuera quitándose los guantes. —Buenos días, Luz María. Pase, por favor. Yo también me alegro de verla. El sarcasmo no dio en el blanco. La suegra lanzó los guantes a la mesa y se giró hacia María. —Kostia me lo ha contado por teléfono. ¡Está radiante! Dice: “¡Voy a tocar el piano!” ¿Pero esto qué es? ¿Es que tienes una niña? María cerró despacio la puerta de entrada. Cuidado. Sólo quería no perder los nervios y gritar. —Esto significa que su nieto va a aprender música. Le encanta. —¡Le encanta! —Luz María resopló como si María hubiera dicho una tontería monumental—. Tiene seis años, ni sabe lo que le gusta. Lo tienes que guiar tú. Un niño, un heredero, mi nieto… ¿y tú en qué lo estás convirtiendo? La suegra avanzó hasta la cocina, y activó la tetera como si fuera su casa. María la siguió apretando los dientes hasta hacerse daño. —Estoy criando a un niño feliz. —¡Lo estás criando blando y flojo! —Luz María se plantó ante ella, con las manos en la cintura—. ¡Debías haberlo apuntado a fútbol! ¡A judo! Para que sea un hombre, y no… un pianista cualquiera. María se apoyó en el marco. Contó hasta cinco. No ayudó. —Kostia lo pidió él. Le gusta la música. —¡Que le gusta dice! —La suegra agitó la mano—. Sergio, a su edad, estaba todo el día en la calle con los chicos, jugando al hockey. ¿Y el tuyo qué? ¿Tocar escalas? ¡Qué vergüenza! Algo en María se rompió de verdad. Se apartó del marco y avanzó hacia ella. —¿Ya ha terminado? —¡No, no he terminado! Hace tiempo que quería decirte… —Pues yo también hace tiempo que quería decirle algo —María bajó la voz casi a susurro—. Kostia es mi hijo. Mío. Y yo decido cómo educarlo. Y usted no va a meterse. Luz María se puso roja. —¿Pero cómo me hablas así? —Fuera de mi casa. —¿Qué? María pasó a su lado, cogió su abrigo y se lo puso en las manos. —Ya se puede ir de mi casa. —¡¿Me estás echando?! ¿A mí? María abrió la puerta. La tomó del codo y la arrastró hacia la salida. Luz María se resistía, intentaba soltarse, pero María fue más firme. Logró empujarla fuera. —¡Me las vas a pagar! —La suegra giró desde el rellano, el rostro torcido de ira—. ¿Me oyes? ¡No voy a dejar que arruines a mi único nieto! —Adiós, Luz María. —¡Sergio se va a enterar! ¡Le contaré todo! María cerró la puerta. Se apoyó en ella y soltó el aire. Largo, despacio, vaciando los pulmones. Aún se oían gritos amortiguados tras la puerta. Luego pisadas por las escaleras. El silencio llegó después. La suegra la había sacado de quicio. Reproches, consejos, sermones continuos —cómo criarle, qué darle de comer, qué ponerle. Pero Sergio no veía el problema. “Mi madre quiere ayudar”, “Sabe mucho”, “¿Qué te cuesta escuchar?” La idolatraba. Para él, su palabra era ley. María había tenido que soportarlo. Día tras día, visita tras visita. Pero hoy no. Sergio llegó de trabajar cerca de las ocho. María oye el clic de la cerradura y supo al instante que su madre le había llamado —por cómo tiró las llaves sobre la mesa, cómo entró en la cocina sin mirar la sala donde Kostia veía dibujos. —Kostia, cielo, quédate aquí —María se inclinó ante su hijo, le puso los cascos grandes, le puso su serie de robots favorita—. Ahora hablamos papá y yo. Kostia asintió y se abstrajo. María cerró la puerta y fue a la cocina. Sergio estaba de espaldas, brazos cruzados. No giró cuando María entró. —Has echado a mi madre. No era una pregunta. Una declaración. —Le pedí que se fuera. —¡La has empujado por la puerta! —Sergio se giró exasperado—. ¡Ha estado llorando dos horas por teléfono! Dos horas, María. María se sentó a la mesa. Las piernas le dolían tras la jornada, y ahora esto. —¿No te importa que se haya metido conmigo? Sergio vaciló un segundo, después hizo un gesto. —Sólo se preocupa por el nieto. ¿Qué hay de malo? —Le llamó blandengue. Nuestro hijo, Sergio. ¡Sólo tiene seis años! —Ha exagerado, sí. Pero… por algo tiene razón. A los niños les viene bien deporte. Compañerismo, fuerza… María le miró a los ojos. Él evitó su mirada. —A mí me obligaron a gimnasia de niña. Mi madre se empeñó: “Serás gimnasta” y punto. Cinco años, Sergio. Cinco años llorando antes de cada clase. Haciendo ejercicios dolorosos, adelgazando, rogando que me sacara de allí. Sergio callaba. —Aún hoy no puedo ni pisar un gimnasio. Y a mi hijo no le haré eso. Si quiere fútbol, sí. Pero sólo si lo pide. Por obligación, nunca. —Mi madre sólo quiere ayudar… —Pues que se tenga otro hijo y lo eduque como quiera —María se levantó—. Y que deje de meterse con Kostia. Y tú también, Sergio, si te pones de su parte. Sergio amago decir algo, pero María ya salía. No hablaron el resto de la tarde. María acostó al niño y se quedó mucho tiempo escuchando su respiración tranquila. Los dos días siguientes, apenas palabras. El jueves, Sergio rompió el hielo con una broma, María sonrió. El viernes hablaban con normalidad, pero evitaban la palabra “suegra”. Sábado por la mañana, María se despertó sobresaltada. Eran las ocho. Demasiado temprano para sábado. Sergio dormía a su lado, Kostia seguro también. ¿Qué la había despertado? Y entonces lo oyó —el clic metálico en la entrada. Un giro de llave. María se levantó de golpe, el corazón desbocado. ¿Ladrones? ¿De día? Buscó el móvil y salió de puntillas al pasillo. La puerta se abrió. En el umbral estaba Luz María, con un manojo de llaves y sonrisa triunfal. —Buenos días, nuera. María, descalza y con pijama, miró a su suegra, que estaba encantada de irrumpir en casa ajena a las ocho en sábado. —¿De dónde ha sacado esas llaves? Luz María las agitó ante su cara. —Sergio me las dio. Pasó anteayer, las trajo. Dijo: “Mamá, perdónala, no quería ofenderte”. Así se disculpó por tus desplantes. María achicó los ojos. Intentando digerir lo que oía. —¿Qué hace aquí? A esta hora. —Vengo por mi nieto —ya colgaba el abrigo—. ¡Venga, Kostia, prepárate! ¡La abuela te ha puesto en fútbol, hoy es tu primera clase! La rabia la envolvió, brutal y cegadora. María se lanzó al dormitorio. Sergio fingía dormir, espalda a la pared. María veía la tensión de sus hombros. —¡Levántate! —María, por favor, luego… María le arrancó la manta y lo llevó al salón. Sergio forcejeó, tropezó, pero ella no cedió. Luz María estaba sentada con las piernas cruzadas hojeando una revista. —Le diste las llaves —María se plantó en mitad de la sala, sin soltar la mano de su marido—. De mi casa. Sergio callaba. De pie, incómodo. —Es MI casa, Sergio. Mía. La compré antes de casarnos. Mi dinero. ¿Cómo le diste las llaves a tu madre? —¡Qué quisquillosa! —Luz María soltó la revista—. Mío, tuyo… ¡Siempre pensando sólo en ti! Sergio pensaba en el niño, por eso le dio llaves. Para que tuviera relación con su abuela, ya que tú no la dejas entrar. —¡Cállese! Luz María se quedó sin aire, pero María miraba sólo a su marido. —Kostia no va a fútbol. Hasta que él lo quiera. —Eso no te toca decidirlo —la suegra se levantó de golpe—. ¡No eres nadie! Un accidente en la vida de mi hijo. ¿Crees que eres indispensable? Sergio sólo te aguanta por el niño. Silencio. María se giró despacio a Sergio. Cabeza baja. Callado. —¿Sergio? Nada. Ni una palabra. —Bien —María asintió, fría—. Accidente temporal. Pues se acaba hoy mismo. Puede llevarse a su hijo, Luz María. Él ya no es mi marido. —¡No te atreverás! —la suegra palideció—. ¡No puedes dejarle así! —Sergio —María le miró a los ojos—. Media hora. Haz la maleta y vete. O te echo tal cual —me da igual. —María, espera, hablemos… —Ya hemos hablado. Se giró a la suegra y sonrió irónicamente. —Quédese con las llaves. Cambio la cerradura hoy. …El divorcio tardó cuatro meses. 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Así es como debe actuar una madre…
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