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02
Número de expediente La cajera de la farmacia le acercó el datáfono, y él pasó la tarjeta como siempre, sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo y, tras un pitido, apareció el seco mensaje: «Operación rechazada». Intentó de nuevo, más despacio, como si la lentitud pudiera convertirlo en alguien con dinero. — ¿Tiene otra tarjeta? — preguntó la cajera sin levantar la vista. Sacó la segunda, la de la nómina, pero volvió a escuchar esa breve negativa. Detrás, alguien suspiró con resignación y, de repente, le ardían las orejas. Se guardó en el bolsillo la caja de pastillas que ya le habían apartado y murmuró que lo solucionaría enseguida. Ya fuera, se apartó junto a una pared, para no entorpecer el paso, y abrió la app del banco. En lugar de sus números habituales — ventanita gris y una frase que le hundió por dentro: «Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento judicial». Ni importes, ni explicación, solo un botón de «Más información» y un número que se le antojó más ajeno que el de un DNI extraño. Se quedó mirando la pantalla, esperando que se desvaneciera el problema con la mirada. En seguida le vinieron a la cabeza cosas que no podían esperar: dentro de una semana tenía que comprar los billetes para ir a ver a su madre, le habían pedido una revisión y él había prometido acompañarla; su jefe le había concedido dos días libres, a regañadientes, pero accedió. Y, claro, los medicamentos que no pudo pagar. Llamó a la línea de atención del banco. La locución automática le pidió que «valorase la calidad del servicio» incluso antes de escucharlo una persona. — Le escucho — respondió la operadora, voz intencionalmente neutra, con esa distancia que indica que no es cuestión de enfado, sino de protocolo. Dio apellido, fecha de nacimiento, los últimos dígitos del DNI. Explicó que sus cuentas estaban bloqueadas, que se trataba de un error. — Su perfil tiene una restricción por resolución judicial — contestó. — No podemos levantar el bloqueo. Debe acudir a la oficina de la Administración de Justicia. ¿Tiene a mano el número de expediente? — Lo tengo, pero no sé de qué se trata. Yo no tengo deudas. — Lo entiendo, pero el banco solo cumple con la orden. No somos los iniciadores. — ¿Y quién lo inicia entonces? — Se oyó a sí mismo subiendo el tono sin querer. — En el documento figura la oficina de la Administración de Justicia. Le dicto la dirección. Tomó nota en el reverso del recibo de la farmacia, la mano temblando entre enfado y vergüenza, como si le hubieran pillado robando. — ¿Y el dinero? — preguntó. — Aquí pone «retención». — La retención se ha hecho en cumplimiento del procedimiento judicial. Para solicitar el reembolso debe dirigirse al organismo ejecutor o al responsable del expediente. — Entonces, ustedes no pueden ayudarme. — Podemos registrar su reclamación. ¿Desea formalizarla? Él hubiera preferido que alguien dijera: «Sí, es un error; lo solucionamos enseguida». Pero, en vez de eso, escuchó los números que la operadora dictaba. — Su número de expediente es… — lo dijo como si repartiera tickets en un guardarropa. — El plazo de respuesta es de hasta treinta días. Repitió el número en voz alta para que no se le olvidara. Treinta días sonaron a condena, pero aun así dio las gracias, por pura inercia, como un «hasta luego» tras una conversación en la que acabas humillado. En casa abrió el cajón de los papeles: recibos, contratos, antiguos certificados. Siempre se había considerado meticuloso: pagador puntual, evitaba créditos, ni siquiera acumulaba multas de aparcamiento. Colocó el DNI, la tarjeta sanitaria, el certificado de empadronamiento, como si fueran pruebas de decencia. Su mujer salió, vio la mesa y su rostro. — ¿Qué ha pasado? Se lo contó. Intentó sonar sereno, pero se le quebró la voz a media frase. — ¿Será alguna multa antigua? — preguntó ella con cautela. — ¿Multa de qué cantidad y con bloqueo de cuentas? — señaló la pantalla del móvil, donde figuraba la palabra «restricción». — Yo no he salido de casa salvo para ir al trabajo. — Solo preguntaba — levantó las manos. — Estas cosas pasan hoy en día. La palabra «pasan» le hizo hervir por dentro. Como si su vida fuera estadística. — Pasa que te apuntan como deudor y tienes que demostrar que no eres un camello — masculló, arrepintiéndose al instante del tono. Ella dejó una taza de agua y se marchó. Él se quedó a solas con los documentos, con la sensación de que escaseaba el aire en casa. Al día siguiente fue a la sucursal. Había luz, silencio: como un centro de salud recién reformado. Todos sentados mirando el móvil, esperando que el tablero mostrara su número. Sacó un ticket con la leyenda: «Consultas sobre cuentas». Al sentarse sintió crecer la irritación: el papel del turno lo convertía en expediente, no persona. Cuando le tocó, la gestora sonrió de modo profesional. — ¿En qué puedo ayudarle? Mostró la pantalla y explicó el bloqueo. — Sí, veo la restricción — murmuró ella tecleando—. No tenemos acceso a la base de la Administración. Podemos darle un extracto de movimientos y un certificado de la incidencia. — Lo que sea, pero hoy, por favor. — El certificado tarda hasta tres días laborables. — ¿Y si tengo que comprar medicinas? — Detectó un deje de súplica en su voz, peor que la rabia. Por un momento la empleada vaciló. — Lo siento, es el procedimiento. Firmó la solicitud, recibió la copia con sello y fecha. El papel aún tibio del tóner, aferrándolo como único talismán contra la máquina invisible. Del banco se fue al Centro de Atención Integral. Allí olía a café de máquina y desinfectante que no lograba ocultar el cansancio de la gente. Junto al terminal, una chica de chaleco ayudaba a seleccionar el trámite. — Necesito lo de los embargos — dijo. — Aquí no están físicamente; podemos cursar la solicitud, consultar con la Administración Online. ¿Qué tiene usted? Mostró el justificante y el número de expediente. — Le conviene mejor ir directamente a la Administración — le aconsejó—. Pero si quiere, podemos sacar un extracto, si figura. No tenía elección. Sacó ticket y esperó. Números en el tablero, gente de ventanilla en ventanilla, con carpetas, discutiendo en susurros. Miró sus manos, parecían más viejas que ayer. En la ventanilla, la funcionaria pidió el DNI. — ¿Tiene usted clave digital confirmada? — Sí. Entró en su perfil y buscó datos eternos. — El expediente existe — explicó—, pero aquí figura otro NIF. Se acercó más. — ¿Cómo, otro? — Mire. El suyo es… — leyó—. Y en el expediente, un dígito difiere. Un solo dígito. Sintió alivio, recuperando el derecho a indignarse. — Esa deuda no es mía. — Parece un error de cruce, por apellido o fecha de nacimiento similar. — ¿Y ahora? — Puede presentar un escrito de desacuerdo, con copia de sus documentos. Pero la decisión es del organismo ejecutor. Le imprimió el escrito, lo firmó. Adjuntaron copia del DNI, NIF, tarjeta sanitaria. Vio su vida convertida en papeles camino del escáner. — ¿Plazo de respuesta? — preguntó. — Treinta días — y, viendo su cara, añadió—: A veces menos. Otra vez treinta. Salió con la carpeta; el registro era más importante que el nombre. Solo pudo acudir a la Administración dos días después. El guardia revisó la bolsa, pidió poner el móvil en silencio. En el pasillo, gente con niños y carpetas de papeles. Un cartel: «Atención con cita previa». Al lado, un folio donde apellidos se apilaban en columna. Preguntó a una señora en la cola: — ¿Es aquí la cita? — Aquí es la vida — contestó, seria—. Quien antes llega antes se apunta. Escribió su apellido y se sentó en el alféizar, faltaban sillas. El tiempo se fragmentaba en incomodidades: quien intentaba colarse, quien discutía por teléfono, quien lloraba en el baño. Por fin entró al despacho. Una mujer, rondando los cuarenta, mirada agotada, tras la mesa con monitor y montones de expedientes. — ¿Apellido? — sin levantar la vista. Lo dijo. — ¿Número de expediente? Alargó el papel del banco. Lo comprobó. — Tiene usted deuda de crédito — anunció. — No tengo créditos, revise el NIF. Es un error. Frunció el ceño y acercó la pantalla. — Cierto, no coinciden. Pero el sistema le asoció por nombre y fecha de nacimiento. — ¿Y eso basta para bloquearme las cuentas? Resopló. — Trabajamos con los datos que recibimos. Si hay error, necesita escrito y prueba documental. ¿Presentó ya? Colocó las copias del Centro. — Aquí. Con sello de entrada. Revisó. — Es solicitud al otro organismo; aquí no ha llegado aún. — No puedo esperar. Me han retenido dinero, no puedo comprar medicinas. Esta vez le miró a los ojos. — ¿Cree que es el único? — pronunció, serena. — Tengo cien casos encima de la mesa. Puedo tramitarle aquí el escrito, pero el plazo sigue siendo el mismo. Sintió ganas de gritar, pero comprendía el cansancio ajeno. Gritar solo lo haría «conflictivo» en la memoria de la funcionaria. — Vale — respiró hondo—. Aquí mismo, ¿qué necesita? Le dio el impreso. Escribió: «Solicito exclusión del procedimiento por identificación errónea». Adjuntó DNI, NIF. Sello de «Recibido». — Diez días hábiles para comprobar. Si se confirma, se anulan las medidas. — ¿Y el dinero? — Para la devolución, otro escrito. El acreedor debe reembolsar. Eso ya no depende solo de mí. Salió con otro sello, pequeña victoria. ¿Victoria sobre qué? Al menos ya lo reconocían como existente. Por la tarde fue al trabajo y pidió medio día más. — ¿Es una broma? — El jefe le miró como si se lo inventara—. Tenemos el informe. — Me han bloqueado las cuentas — respondió —, tengo que resolverlo. — Dímelo claro, ¿ha habido algo? ¿Pensiones, créditos? Eso dolió más que el rechazo de la farmacia. Sintió el rostro endurecerse. — No, es un error de base. El jefe encogió los hombros. — Bueno, pero que no afecte. En contabilidad preguntan por tus retenciones. En su pantalla, correo de contabilidad: «Aclare si tiene expedientes judiciales». Todo se le hizo un nudo. Respondió: «Error, lo estoy solucionando, aportaré documentación». Y entendió que también debía justificarse ante quienes le conocían de años. En casa, su mujer preguntó por novedades. — Han aceptado el escrito. — Algo es algo — murmuró—. ¿Seguro que no es por el viejo crédito de tu hermano? Fuiste avalista… Levantó la cabeza bruscamente. — No avalé — dijo—. Lo recuerdo. Ella asintió, pero en la mirada quedó la duda. La burocracia ya había dejado su grieta. Una semana después llegó la resolución a su portal digital. La leyó con manos temblorosas: «Errores en la identificación del deudor. Anúlense las medidas». Lo releyó tres veces. Fue a la app del banco. Las cuentas activas, el saldo, como si nada. Pero un aviso: «Operaciones restringidas hasta actualizar datos». Pagó la luz; el pago entró tras retraso, esperó a que dejara de girar el círculo. Fue a la farmacia y compró las pastillas de aquel día. La cajera ni lo reconoció. Quiso decir «ya está todo bien», pero le pareció absurdo. Cogió el paquete y salió. Dos días después llamó el banco. — Hemos recibido la resolución de la Administración — informó la operadora—. Pero en la historia de crédito puede quedar constancia hasta la actualización definitiva. Puede tardar hasta cuarenta y cinco días. — ¿Así que quedará huella? — Temporalmente. «Temporalmente» no tranquilizaba. Imaginó pedir un préstamo para arreglar ventanas a su madre y que le dijeran: «Usted tuvo restricciones». Otra vez a explicar. Solicitó por escrito que le devolvieran lo retenido. La funcionaria explicó que el denunciante, un banco que dio préstamo a otro, reembolsaría a través de su contabilidad. Envió la resolución, extracto, datos de cuenta. Respuesta: «Reclamación registrada». Un número más. Ahora se sorprendía a sí mismo hablando más bajo, como si emitir palabras pudiera reactivar la maquinaria. Comprobaba notificaciones varias veces al día, consultaba la web de la Administración para asegurarse de que no había procedimientos. El vacío se convirtió en costumbre. Un día, volvió al Centro por un trámite para su madre. En la sala, un hombre confundido, con una carpeta; sostenía el ticket y miraba el panel sin entender. — ¿Qué necesita? — se sorprendió preguntando. — Me han dicho que tengo una deuda — musitó el hombre—. En el banco mencionaron la Administración. Vio en sus ojos lo mismo que en los suyos días atrás: una mezcla de vergüenza y rabia. — Primero, pida en el banco el justificante con el número de expediente — le aconsejó—. Aquí pueden imprimir de la Administración online, verá si los datos coinciden. Si el DNI o fecha no cuadran, escriba la reclamación por identificación errónea y que le sellen la recepción. El hombre le escuchó como si recibiera un mapa. — Gracias. ¿Usted… ya pasó por esto? Asintió. — Lo pasé. No fue rápido. Ni definitivo. Pero lo pasé. Salió del Centro con la carpeta del poder notarial y, junto a la puerta, guardó los papeles en la bolsa. Pesaban no por el papel, sino por la costumbre de conservar pruebas. Sintió que respiraba más tranquilo. En casa archivó la resolución, los justificantes, las reclamaciones, en una funda marcada a rotulador: «Proc. ejecuciones, error». Antes le hubiera dado vergüenza el rótulo, como reconocer culpa. Ahora le daba igual. Cerró el cajón y, sin subir la voz, le dijo a su mujer: — Si vuelve a pasar, sé cómo actuar. Y no me voy a justificar. Lo reclamaré. Ella le miró un instante, luego asintió. — Bien — musitó—. ¿Te preparo un té? Fue a la cocina y encendió la vitro. El ruido del agua burbujeando le pareció la prueba sencilla de que la vida aún le pertenecía, y no a los números ni a los plazos.
La farmacéutica le acercó el datáfono y él, sin mirar, pasó la tarjeta como de costumbre. La pantalla
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01
Divorcio a causa de la hijastra
Ni lo uno ni lo otro. ¡No quiero volar con tu hija! No soporto seguir fingiendo que me conformo.
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01
Ay, muchacha, en vano le sonríes, que no se casará contigo. A Varita apenas le acababa de cumplir dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se fue a trabajar a la ciudad hace siete años y nunca volvió ni envió noticias ni dinero. Casi todo el pueblo acudió al funeral y ayudó como pudo. La tía María, madrina de Varita, venía a menudo y le enseñaba las tareas del hogar. Cuando terminó la escuela, la colocaron a trabajar en la oficina de correos del pueblo vecino. Varita era una chica fuerte, de esas que se dice “de buena sangre y buena leche”. Rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises, luminosos. La trenza rubia gruesa le bajaba hasta la cintura. El muchacho más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que volvió del servicio militar y era el favorito de todas las chicas. Incluso las de la ciudad, que pasaban el verano allí, se fijaban en él. No debería trabajar de chófer en el pueblo, sino actuar en películas de Hollywood. No tenía prisa por sentar cabeza y elegir esposa. Un día la tía María fue a pedirle que ayudara a Varita a arreglar la cerca, que se caía. Sin fuerza masculina es difícil vivir en el pueblo. Ella podía con el huerto, pero la casa era otro cantar. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Miró, inspeccionó y empezó a dar órdenes: trae esto, ve allá, pasa lo otro. Varita obedecía sin rechistar, las mejillas cada vez más rojas y la trenza saltando de lado a lado. Cuando el joven se cansaba, ella le preparaba un buen cocido y un té fuerte. Lo miraba comer pan negro, maravillada de sus dientes fuertes y blancos. Durante tres días Nicolás arregló la cerca y el cuarto día vino de visita sin motivo. Varita lo invitó a cenar, charlaron y acabó quedándose a dormir. Y así empezó a ir con frecuencia, marchándose antes del amanecer para que nadie los viera. Pero en el pueblo todo se sabe. —Ay, muchacha, en vano te alegras con él, que no se casará —repetía la tía María—. Y si lo hace, te va a hacer sufrir. En cuanto llegue el verano, regresan las de la ciudad y ¿qué harás tú? Te vas a quemar de celos. No es el tipo de hombre que necesitas. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha a la sabiduría de los mayores? Al cabo, Varita comprendió que estaba encinta. Al principio pensó que sería un resfriado o que había comido algo en mal estado. Debilidad y náuseas. Pero, de pronto, comprendió que llevaba dentro un hijo de Nicolás, el guapo. Tuvo la tentación de deshacerse del niño, pensaba que era demasiado joven. Pero luego se convenció de que sería mejor, así no viviría sola. Su madre la sacó adelante, ella también podría. El padre tampoco sirvió mucho, siempre estaba ausente. La gente comenta, pero pronto se olvida. En primavera, cuando dejó el abrigo, todo el pueblo notó la barriga que sobresalía. Sacudían la cabeza, lamentando la suerte de la muchacha. Nicolás fue a preguntarle qué pensaba hacer. —¿Qué voy a hacer? Tenerlo. No te preocupes, yo sola criaré al hijo. Sigue con tu vida —dijo sentándose junto al fuego, con el resplandor rojizo en el rostro y en los ojos. Nicolás la miró con cariño, pero se marchó. Ella lo había decidido sola. Como agua sobre el pato. Llegó el verano, regresaron las chicas de ciudad y Nicolás se olvidó de Varita. Ella seguía trabajando en el huerto, y la tía María venía a ayudar. Le costaba agacharse con la barriga, llevaba agua del pozo en cubos a medio llenar. Era grande y las mujeres del pueblo decían que tendría un niño fuerte. —Lo que Dios mande —bromeaba Varita. A mediados de septiembre comenzó a sentir un dolor agudo, como si le partieran la barriga en dos. Acudió corriendo a la tía María, que lo entendió todo solo con verla. —¿Ya está? Siéntate, que voy ahora —y salió corriendo. Fue a buscar a Nicolás, que tenía la furgoneta cerca de casa. Los veraneantes ya se habían ido. Justo el día anterior, él había bebido demasiado. La tía María lo zarandeó y Nicolás despertó sin entender. Cuando captó lo que pasaba, exclamó: —¡Pero si hay diez kilómetros hasta el hospital! Para cuando vaya y vuelva con el médico, ella ya habrá tenido al niño. Mejor llevarla yo mismo, prepárala. —¿Cómo vas a ir en la furgoneta? La sacudirás tanto que tendrá al niño en el camino —protestó ella. —Pues vienes con nosotros, por si acaso —decidió Nicolás. Anduvo dos kilómetros por el camino de tierra con sumo cuidado, esquivando pozos. La tía María iba detrás, sentada sobre sacos. Al llegar al asfalto, aceleró. Varita sufría en el asiento de al lado, apretando los dientes para no gemir y sujetándose el vientre. Nicolás se puso serio, miraba a la muchacha de reojo, los nudillos blancos en el volante, perdido en sus pensamientos. Llegaron a tiempo. La dejaron en el hospital y regresaron. La tía María regañaba a Nicolás: —¿Para qué le estropeaste la vida a la muchacha? Sola, sin padres, todavía una niña y le sumaste preocupaciones. ¿Cómo se las apañará con el niño sola? La furgoneta aún no había vuelto al pueblo cuando Varita ya era madre de un niño fuerte y sano. Al día siguiente lo llevó a alimentar y no sabía ni cómo cogerlo ni cómo darle el pecho. Miraba con temor el rostro rojo y arrugado de su hijo. Aguantó las lágrimas y siguió las indicaciones, el corazón le vibraba de felicidad, soplaba en la frente del pequeño y se llenaba de orgullo. —¿Vendrán a por ti? —le preguntó el médico al darle el alta. Varita encogió los hombros y negó con la cabeza. Él suspiró y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta para que solo aguantara hasta casa. Le pidió que la devolviera. —Federico te llevará en el coche de la consulta hasta el pueblo. No vas a ir en autobús con el recién nacido —le dijo con severidad. Varita se lo agradeció, toda roja de vergüenza. Viajaba acurrucando al niño y preocupada por cómo vivirían ahora. La paga maternal era escasa. Le daba pena de sí misma y del niño inocente. Miró el carita arrugada del pequeño dormido y el amor le llenó el corazón, apartando los pensamientos tristes. De repente el coche se detuvo. Varita miró nerviosa a Federico. —¿Qué pasa? —Ha estado lloviendo dos días. Mira qué charcos, ni avanzar ni rodear. Aquí solo con furgoneta o tractor. —Lo siento. Quedan unos dos kilómetros. ¿Te ves capaz de caminar? —señaló una enorme poza de agua que parecía un lago interminable. El bebé dormía. Hasta sentada se cansaba de sostenerlo, era un auténtico fortachón. Pero ¿cómo caminar con él por ese camino? Varita bajó con cuidado, acomodó al niño y siguió por el borde del charco. Los pies se hundían en el barro hasta los tobillos y temía resbalar. Los zapatos viejos chorreaban. De haber sabido, habría ido al hospital con botas de goma. Uno se quedó atrapado en el barro. Intentó sacarlo, pero no podía con el niño en brazos. Siguió solo con uno. Al llegar al pueblo ya anochecía y los pies estaban helados. No pudo sorprenderse al ver luz en las ventanas. Subió los escalones secos. Las piernas estaban frías pero ella sudaba por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó inmóvil. Junto a la pared había una cuna, un cochecito, ropa bonita para el bebé. Nicolás dormía sobre la mesa, la cabeza hundida en los brazos. Al sentirla entrar, levantó la cabeza. Varita, roja y despeinada, apenas se sostenía sobre las piernas con el niño en brazos. El vestido mojado y las piernas de barro hasta las rodillas. Al verla sin un zapato, Nicolás corrió a ayudarla, tomó al niño y lo acostó en la cuna. Fue directo al fuego a calentar agua. La sentó, la ayudó a cambiarse y lavarse los pies. Cuando Varita terminó de cambiarse, ya había patatas cocidas y una jarra de leche sobre la mesa. Entonces el niño lloró. Varita lo abrazó, se sentó y lo amamantó sin rubor. —¿Cómo lo has llamado? —le preguntó Nicolás con voz ronca. —Sergio. ¿Te parece bien? —le miró con los ojos claros y radiantes. En ellos había tanta tristeza y amor, que a Nicolás se le encogió el corazón. —Bonito nombre. Mañana vamos a registrarlo y de paso nos casamos. —No es necesario —empezó Varita, mirando cómo el pequeño comía. —Mi hijo tiene que tener un padre. Ya está, ya he vivido bastante. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no lo abandono. Varita asintió con la cabeza baja. Dos años después tuvieron una niña, la llamaron como la madre de Varita: Esperanza. No importa qué errores cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Así fue esta historia real. ¿Tú qué opinas? ¿Qué hubieras hecho? Déjanos tu comentario y tu “me gusta”.
Madrid, 12 de octubre Hoy he vuelto a releer mi propio pasado, como si en las líneas de este diario encontrara
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013
El marido exigió una prueba de ADN – la madre se complicó la vida
El marido insistió en hacerse una prueba de ADN; la madre había urdido una trama. En resumidas cuentas
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06
Mientras Quede Tiempo Natalia sostenía en una mano una bolsa con medicamentos y en la otra una carpeta con informes médicos, intentando que no se le cayeran las llaves al cerrar de un empujón la puerta del piso de su madre. Su madre, de pie en el pasillo, se negaba con terquedad a sentarse en el taburete, aunque tenía las piernas temblorosas. — Yo sola, — dijo la madre y se estiró para coger la bolsa. Natalia la apartó suavemente con el hombro, igual que se aparta a un niño pequeño de los fogones. — Te sientas. Y no me discutas. Conocía ese tono en sí misma, el que aparecía cuando todo amenazaba con desmoronarse y había que reconstruir, aunque sólo fuera el orden mínimo: dónde están los papeles, cuándo tocará tomar las pastillas, a quién llamar. A su madre le molestaba ese tono, pero callaba. Hoy, ese silencio pesaba aún más. En el salón, su padre estaba sentado junto a la ventana, en su camisa de estar por casa, con el mando a distancia en la mano, pero la televisión apagada. Miraba no hacia el patio, sino hacia el propio cristal, como si en el reflejo hubiera otro canal. — Papá — Natalia se acercó — he traído lo que recetó el médico, y aquí está el volante para el TAC. Mañana iremos temprano. Él asintió, un gesto preciso, como una firma al pie de un documento. — No hace falta que me lleves — dijo —, yo solo. — ¿Tú solo? — cortó la madre, y enseguida ablandó la voz, quizá asustada de sí misma —. Iré contigo. Natalia iba a decir que su madre no aguantaría las colas, que la tensión la dejaría hecha polvo y fingiría que no pasa nada. Pero se contuvo. Por dentro le brotó esa irritación de siempre: por qué siempre cae todo sobre ella, por qué no puede nadie simplemente aceptar y hacer lo que se debe. Extendió los papeles sobre la mesa, revisó las fechas, enganchó con un clip los análisis de la semana pasada y sintió el cansancio familiar de quien lleva siempre el papel de “la responsable”. Tenía cuarenta y siete años, su propia familia, trabajo, la hipoteca del hijo, y aun así, en cuanto pasa algo a sus padres, ella acaba siendo la jefa, aunque nadie la designe. Sonó el teléfono y Natalia vio en pantalla el número del centro de salud. Salió a la cocina y cerró la puerta. — ¿Natalia Serrano? — la voz era joven y formal —. Soy el oncólogo del hospital. El resultado de la biopsia… La palabra “biopsia” le sonaba ya conocida, pero seguía resultando ajena, como si no fuera con su vida. — …hay sospecha de un proceso maligno. Hace falta completar pruebas urgentemente. Sé que es duro, pero el tiempo es clave. Natalia se aferró al borde de la mesa para no sentarse. Imágenes no invitadas le estallaron en la cabeza: pasillos de hospital, goteros, desconocidos, la espalda de su madre bajo un pañuelo. Escuchó la tos de su padre al fondo y esa tos se le antojó de repente una prueba. — ¿Sospecha…? — repitió —. O sea, que no es seguro, pero… — Hablamos de alta probabilidad. Recomiendo no demorarse — contestó el médico —. Mañana traiga toda la documentación, la atenderé sin cita. Natalia dio las gracias y colgó, quedándose unos segundos mirando la cocina, la vitro apagada, como si ahí pudiera verse un manual de instrucciones. Volvió al salón. Su madre la miraba ya de frente. — ¿Qué pasa? Dímelo. Natalia abrió la boca y las palabras salieron secas. — Sospecha de cáncer. Han dicho urgentemente. La madre se sentó. Su padre no cambió de rostro, sólo apretó el mando hasta que se le pusieron los nudillos blancos. — Ya está, — musitó él —. Ya hemos llegado. Natalia quiso protestar, decir “no digas eso”, “aún no está confirmado”, pero tenía un nudo en la garganta. De repente supo cuánto en su familia se sostenía por no nombrar nunca lo horrible. Ahora lo nombraron y las paredes parecían más frágiles. Esa noche Natalia regresó a casa, incapaz de acostarse. Su marido dormía, el hijo chateaba cerrado en su habitación, y ella repasaba una lista en la cocina: qué documentación llevar, qué análisis repetir, a quién avisar. Llamó a su hermano. — Santi — intentó sonar sosegada —. A papá le han detectado una sospecha. Mañana vamos al hospital. — ¿Sospecha de qué? — preguntó el hermano, como si no hubiera oído bien. — Cáncer. Se hizo una larga pausa. — Yo no puedo mañana — respondió él por fin —. Me toca turno. Natalia cerró los ojos. Sabía que Santi de verdad trabajaba, que no era jefe y no podía irse cuando quisiera. Pero por dentro surgió la ola de siempre: él nunca puede y yo siempre puedo. — Santi — el temblor se le coló en la voz —. No es cuestión de turno. Es papá. — Iré por la tarde — contestó enseguida —. Ya sabes, yo… — Ya sé — lo interrumpió —. Tú sabes desaparecer cuando hay miedo. Se arrepintió al instante, pero ya estaba dicho. El hermano calló, suspiró. — No empieces — soltó —. Siempre lo controlas todo y luego nos lo echas en cara. Colgó y sintió el hueco en el pecho. Sabía que no era el momento de pelear razones. Pero cuando hay miedo, todo asoma. Al día siguiente iban al hospital los tres: Natalia al volante, la madre al lado, el padre detrás, abrazado a la carpeta como si fuera algo que pudiera perderse para siempre. En el mostrador, Natalia rellenaba formularios, mostraba el DNI, la tarjeta sanitaria, las derivaciones. La madre intentaba ayudar y se liaba con fechas y apellidos. El padre esperaba algo apartado, mirando a la gente del pasillo — cabezas calvas, pañuelos, rostros grises — con una mirada no de pena, sino de reconocerse en ellos. — Natalia Serrano — la llamó la enfermera —. Pase por aquí. El médico hojeaba papeles con soltura. Natalia seguía el movimiento de sus manos, tratando de adivinar en su rostro cuán grave era todo. El médico hablaba sereno, pero dejaba anzuelos: “agresividad”, “estadificación”, “hay que precisar”. El padre se sentó muy recto. — Repetiremos parte de los análisis y la biopsia. A veces el material no es suficiente. — O sea, ¿no está seguro? — preguntó Natalia. — En medicina, cien por cien sin comprobación es muy poco común — replicó el médico —. Pero debemos actuar como si fuera grave. Esa frase dolió más que la sospecha: actuar como si el tiempo fuera escaso. Natalia notó cómo en su interior se disparaba el modo acelerado. Todo lo demás — trabajo, planes, fatiga — pasó a un segundo plano. Los días siguientes se comprimieron: mañana de llamadas, trámites, desplazamientos; tardes de colas, papeles y firmas; noches en la cocina de sus padres, todos fingiendo que sólo hablan de logística. — Me cojo vacaciones — anunció Natalia la segunda noche, sirviendo la sopa —. En el trabajo se apañarán. — No hace falta — replicó el padre —. Tienes tu vida. — Papá — le puso la sopa delante. — No es momento de hacerse el orgulloso. La madre los miraba; Natalia vio temblar su labio inferior. Siempre fue la fuerte. Cuando el padre se quedó sin trabajo en los noventa, cuando Natalia se divorció, cuando el hermano tenía problemas, siempre resistió. Tanto que luego nadie preguntaba cómo estaba ella. — No quiero que… — empezó la madre, y se cortó. — ¿Qué no quieres? — bajó los ojos Natalia. — Que luego no os lo perdonéis entre los dos. Natalia pensó decir que ya llevan mucho tiempo sin perdonarse y ni lo nombran. Pero calló. Esa noche no durmió. Oía respirar a su marido y pensaba en la vejez de su padre. Se acordó de cuando él le enseñó a montar en bicicleta y la sujetaba hasta que iba sola. Entonces no temía caer, sabía que estaba cerca. Ahora cerca estaba ella, pero sentía que debía sostener no una bici sino toda la casa. El tercer día el hermano apareció con una bolsa de fruta y sonrisa de disculpa. — Hola — y la rabia le subió por dentro porque esa sonrisa sobraba. — Hola — contestó seca ella. Se sentaron en la cocina. La madre troceaba manzanas, el padre callaba. Santi empezó a hablar del trabajo, llenando el silencio con temas de seguridad. — Santi — saltó Natalia —. ¿Sabes lo que está pasando? — Sí — cortó él. — No soy idiota. — Entonces, ¿por qué ayer no viniste? — la voz le subió —. ¿Por qué siempre eliges lo más cómodo para ti? El hermano palideció. — Porque alguien tiene que trabajar — gritó —. No creas que el dinero llega solo. Tú eres la que va por el libro, la perfecta. Y yo… — ¿Y tú qué? — ella se inclinó adelante —. Eres ya un hombre, Santi, no un adolescente. El padre levantó la mano. — Basta — dijo bajito. Pero Natalia ya no detenía el impulso. Miedo y años de reproches mezclados con rabia. — Cuando mamá estaba mal, cuando papá bebía, ¿te acuerdas? Tú huías. Yo siempre me quedé. La madre golpeó el cuchillo en la tabla. — No hablemos de eso — pidió —. Fue hace mucho. — Hace mucho… — repitió Natalia —. Pero sigue aquí. El hermano golpeó la mesa. — ¿Crees que es fácil quedarse? — gritó —. A ti te gusta ser la principal. Que todos dependan de ti y luego los reprochas. Natalia sintió la punzada justa. Sí, era adicta a ser necesaria. Era dulce y pesado. Ser necesaria era tener derecho. — No te odio — murmuró, pero no se lo creyó. El padre se levantó. Lo hizo lento, como si lo pensara mucho. — ¿Creéis que no veo? ¿No entendéis que me repartís como una cosa, como si yo ya…? No terminó la frase. La madre se acercó, le tomó la mano. — No sigas — susurró. De repente, Natalia vio a su padre no como “papá”, sino alguien sentado en salas de espera, oyendo diagnósticos ajenos y fingiendo que no se asusta. Siente vergüenza. El teléfono vibró. Natalia miró: laboratorio de análisis. — ¿Sí? — contestó. — ¿Natalia Serrano? Habla el laboratorio. Hubo un error en el etiquetado de las muestras. Estamos revisando, pero hay posibilidad de que hayamos mezclado los resultados de su padre. Natalia no entendió al principio. Las palabras “error” y “mezclados” no cuadraban. — ¿Mezclados cómo? — Encontramos discrepancias en los códigos de barras. Les pedimos mañana acudir a repetir la extracción, sin coste. Y repetiremos la biopsia también. Disculpe. Colgó y se quedó mirando la pantalla como esperando una confirmación de que no se equivocó. — ¿Qué pasa? — preguntó el hermano. — Dicen que pudieron mezclar los análisis — murmuró. La madre se tapó la boca con la mano. El padre se sentó, como si no le aguantaran las piernas. — Entonces… — soltó Santi —. ¿Puede que no…? Natalia asintió. Y, en ese momento, no sintió alegría sino un vacío extraño, como si se apagara la sirena y el silencio lo destapara todo. Al día siguiente repitieron todo. Natalia llevó a sus padres, el hermano vino en autobús. Nadie bromeaba, nadie hablaba del tiempo. Esperaban en fila, con su número, oyendo a la enfermera llamar apellidos. El padre cedió su sangre en silencio. Natalia miraba la aguja clavarse y la sangre entrar en un tubito, pensando en que esto no es película ni teoría, sino vida real, donde un simple error de código puede volcarlo todo. Prometieron resultados en dos días. Esos dos días fueron diferentes. No hubo pánico, pero sí incomodidad. La madre se desvivía por atenderlos, preguntando si Natalia estaba cansada. El padre callaba más. El hermano llamaba y decía solo: “¿Cómo están?” Y Natalia respondía igual. Esperaba que alguien dijera: “Lo siento”. Pero nadie lo decía. Ella tampoco, porque no sabía por dónde empezar a pedir perdón. Cuando, desde el hospital, dijeron que la revisión de la biopsia no confirmaba malignidad, Natalia estaba atrapada en la M-30. Oyó al médico explicar que el resultado anterior se debió a la confusión de etiquetas y a insuficiencia de tejido, que ahora todo parecía distinto y solo hacía falta revisar en seis meses. — ¿Entonces no hay cáncer? — preguntó y la voz se le quebró. — En este momento no hay indicios de oncología, pero el control es necesario — respondió el médico. Colgó y quedó unos segundos agarrada al volante, mientras los coches piteaban y ella sentía las lágrimas correrle. No era alegría, sino la tensión al irse, algo más profundo soltándose con ella. Esa noche se reunieron de nuevo en casa de los padres. Natalia trajo una tarta comprada — no le quedaban fuerzas para hornear. El hermano llegó con flores para la madre. El padre estaba en su sillón, mirándolos como si volvieran de un viaje largo. — Bueno — intentó bromear el hermano —, ya se puede respirar. — Respirar sí — dijo el padre —. Pero, ¿cómo volver a inspirar de verdad? Natalia lo miró. No había reproche, había fatiga. — Papá — quiso decirlo, pero las palabras se atrancaron. Sabía que si empezaba a justificarse, volverían la rutina: “quise ayudar”, “estaba nerviosa”. Tenía que decirlo de otra manera. — Tenía miedo — confesó al fin —. Y empecé a mandar, como siempre. Y a volcarme en Santi. Perdóname. El hermano bajó los ojos. — Yo también — dijo —. Me asusté y me refugié en el trabajo. Perdóname. La madre sollozó, pero no lloró de verdad. Se sentó junto al padre, le cogió la mano. — Y yo — los miró a los dos —. Siempre finjo que todo va bien. Para que no discutáis. Y para que yo misma no tema. Pero así sólo termináis más lejos. El padre apretó su mano. — No necesito hijos perfectos — murmuró —. Los necesito cerca. Y sin usarme de excusa. Natalia asintió. Duele, porque sabe que quedan huellas. Las frases de “tú sabes desaparecer” o “te encanta mandar” no se esfuman con un solo “perdón”. Pero algo se ha movido. Han dicho en voz alta lo que siempre silenciaron. — Así que — intentó hablar tranquila —. No decidiré yo por todos. Puedo ayudar, pero vosotros también tenéis que llevar parte. Santi, ¿puedes venir una vez a la semana cuando empiece el control médico de papá? No “si puedes”, sino “cuándo”. El hermano asintió, tras dudar. — Los miércoles libro. Yo vengo. — Y yo — dijo la madre — dejaré de fingir que puedo con todo. Si me siento mal, lo diré. Y no me saltaré después. El padre los miró y sonrió, apenas. — Y a las revisiones iremos juntos — añadió —. Así no habrá… sospechas. Natalia sintió dentro ese calor prudente. No es alivio festivo, ni celebración, pero se parece a una oportunidad. Después de cenar la ayudó a recoger. Los platos sonaban en el fregadero, el agua caía. Natalia secó las manos y se detuvo en la puerta. — Mamá, — murmuró — de verdad no quiero ser la jefa. Tengo miedo de que, si suelto, todo se venga abajo. La madre la miró despacio. — Prueba a soltar poco a poco — le dijo —. No todo de golpe. Nosotros también estamos aprendiendo. Natalia asintió. Cruzó el pasillo, se enfundó en el abrigo, comprobó que la luz de la cocina estaba apagada, que la puerta estaba bien cerrada. En el rellano se detuvo un instante, escuchando el silencio. No había ni gritos ni golpes, solo voces apagadas. Bajó y caminó hasta el coche con la certeza de que “mientras quede tiempo” no era una llamada de alarma puntual. Es la oportunidad diaria de hablar antes de que el temor los convierta en extraños. Y ese deber hay que cumplirlo, no con palabras, sino con miércoles, con visitas, con confesiones pequeñas que, aunque cuesten, sostienen mucho mejor que el control.
Mientras Queda Tiempo Recuerdo aquellos días en que sostenía con una mano la bolsa con medicamentos y
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010
– ¡¿Yegor, te estás burlando de mí?!
¡Eusebio, ¿estás de coña o qué? le dije, alzando la voz mientras él rebuscaba en la mochila.
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010
Cortar el salpicón más fino — dijo doña Galina y de inmediato se contuvo. — Ay, perdona, hija. Ya vuelvo a lo mío… — No, — sonrió Oksana. — Tiene razón. A Kosti le gusta la picadita. Muéstrame cómo lo hace usted. La suegra le enseñó. — Hola, Oksana. ¿Está Kostik en casa? Doña Galina, con su abrigo infaltable y cuello de visón, completamente arreglada: ojos grises delineados, labios pintados, rizos canosos peinados al detalle. En su mano derecha brillaba un viejo anillo con amatista opaca. — Está de viaje, — respondió Oksana. ¿No lo sabía? — ¿De viaje? — Doña Galina frunció el ceño. — No me lo había dicho. Pensaba venir solo un día, ver a los nietos antes de Año Nuevo. Regalos para la suegra. De la habitación salió corriendo Paulina: trenzas rubias, ojos castaños, esa gracia de una ventanita entre los dientes. — ¡Abuela! Y doña Galina ya cruzaba el umbral, ya se quitaba el abrigo, ya besaba a su nieta en la coronilla. Oksana observaba aquello y sentía cómo todo se le encogía por dentro. Seis años. Seis años soportando ese “control”. — No me quedo mucho, — dijo doña Galina, repasando el recibidor con la mirada. — Solo vengo a ver a los niños y luego me marcho. Pero el destino decidió lo contrario. Pasó dos horas después. Doña Galina salió al portal — no fumaba delante de los niños, y Oksana lo respetaba — y no vio el peldaño helado. Oksana oyó un grito y un golpe seco. Al salir corriendo, la suegra estaba sentada en el suelo, blanca como la tiza, sujetando su pierna. — Quietita, — corrió Oksana. — Ahora llamo a la ambulancia. Las siguientes cuatro horas fueron un torbellino: hospital, radiografías, cola en el ambulatorio, olor a medicinas. Fractura de tobillo. No grave, pero yeso durante seis semanas: no es poca cosa. — No puede marcharse — dictaminó el médico joven rellenando el parte — como mínimo una semana en reposo absoluto. Luego, muletas. Con ese yeso no se sube a un tren. Oksana asintió sin palabras. Camino a casa no hablaron. Doña Galina miraba por la ventana, jugueteando nerviosa con el anillo. Oksana conducía pensando, simplemente, que las fiestas estaban arruinadas. Siete días. Mínimo siete días bajo el mismo techo. Sin Konstán. Las dos solas. Bueno, cuatro, contando a los niños. Pero los niños no cuentan cuando lo que hay es guerra fría doméstica. El treinta y uno de diciembre Oksana se levantó a las seis de la mañana. Había que picar ensaladas, asar carne, pensar algo caliente. Los niños se desperezarían — querrían desayunar. Doña Galina se despertaría — querría enseñarle. Encargos de ensaladas. Y así fue. — Picas demasiado grande — dijo la suegra, arrastrando despacio las muletas hacia la mesa. — La ensalada pide picadillo, así queda suave. — Lo sé, — contestó Oksana bajito. — Y eso es demasiado mayonesa. Se hunde todo. — Lo sé. — A Kostik le gusta con más maíz. Oksana dejó el cuchillo sobre la tabla. Regalos para la suegra. — Doña Galina. Llevo preparando esta ensalada doce años. Sé cómo se hace. — Solo quería ayudar… — Gracias. No hace falta. Doña Galina apretó los labios — ese gesto Oksana lo tenía ya memorizado — y se fue al cuarto. El yeso blanco parpadeó en el umbral, las muletas retumbaban en el suelo. Oksana cogió el móvil y salió al balcón. Afuera estaba tranquilo — ahora aquí no hay fuegos artificiales, solo algunas guirnaldas titilando tras las ventanas. — Elena, no lo soporto — susurró al teléfono a su amiga. — De veras, no lo soporto. Aquí se quedará toda la semana. Y Kostik se ha ido como si nada. Llevo seis años viviendo al límite. No puedo más. Si sigue así — cojo a los niños y me voy. No sabía que, al otro lado de la puerta de cristal del balcón, en el sillón junto al árbol, estaba doña Galina. Oyendo todo. Recibieron el año sin hablar. Paulina y Iván se durmieron antes de las once, sin esperar la medianoche. Oksana y doña Galina sentadas a la mesa — ensaladas, embutidos, la tele cantando bajita. Sin mirarse. — Feliz Año Nuevo — dijo Oksana cuando el reloj marcó las doce. — Feliz Año Nuevo — respondió la suegra. Chocaron las copas. Bebieron un sorbo. Se marcharon a dormir. El uno de enero llamó el marido. — ¿Qué tal, mamá? Oksana, ¿cómo está ella ahí? — Bien — respondió Oksana. — El yeso. Una semana de reposo, ya veremos. — ¿Os lleváis bien? Oksana se quedó callada, mirando la puerta cerrada del salón. — Nos apañamos. — Oksana, sé que no es fácil… — Tú estás de viaje, Kostik. Tú allí, yo aquí. Con tu madre. En plenas fiestas. Mejor no lo hablemos. Colgó y se echó a llorar. En silencio, para que nadie oyera. En el baño, abriendo el grifo a tope. Sus ojos castaños, rodeados de ojeras, la miraban desde el espejo. Treinta y dos años, dos hijos, seis años de matrimonio. Y la sensación de estar atrapada en una vida ajena, fría. El uno de enero doña Galina pidió los documentos de su bolso. — Necesito el pasaporte y la clave, — explicó. — Quiero pedir cita en “Helsi”. Oksana abrió el viejo bolso de piel y rebuscó. Recibos, libreta, pasaporte… De repente, encontró una fotografía. La sacó sin pensar, creyendo que sería un papel más. Era una foto antigua, en blanco y negro, con las esquinas dobladas. Una joven en vestido de novia. Veintisiete años, quizá más. Preciosa… y completamente llorando. Ojos hinchados, rimel corrido, labios temblando. Oksana giró la foto. Al dorso, con tinta desvaída: “El día que comprendí que nunca me aceptarían. 15 de agosto de 1990”. Oksana se quedó mucho rato mirando aquella inscripción. Luego la foto. Otra vez el reverso. 1990. Treinta y seis años atrás. Doña Galina tiene ahora sesenta y uno. Entonces tenía veinticinco. Novia. Llorando. — ¿Has encontrado los papeles? Oksana se sobresaltó. Doña Galina estaba en la puerta, con muletas. — Yo… — Oksana quiso esconder la foto, pero no llegó a tiempo. La suegra la vio. Regalos para la suegra. Su rostro cambió al instante. Algo doloroso cruzó sus ojos grises — miedo, tal vez vieja vergüenza. — Dámela. Oksana le entregó la foto sin palabras. Doña Galina la miró largo rato, luego la guardó en el bolsillo del batín. — El pasaporte está en el lateral. A la izquierda. Y se fue. En la noche del tres de enero, Oksana se despertó por un ruido. Iván dormía abrazado a ella — se metió en su cama al irse el padre. Paulina respiraba en su camita. El ruido venía del salón. Oksana salió. En la penumbra, solo iluminada por la guirnalda azul del árbol, estaba sentada doña Galina. La pierna, con el yeso, estirada sobre el puf. Sostenía la foto. — ¿No puede dormir? — preguntó Oksana bajito. La suegra se sobresaltó. — Me duele la pierna… — Calló. — Y todo lo demás… Oksana se sentó al lado, en el brazo del sillón. Olía a mandarina y a pino. La guirnalda parpadeaba — azul, amarillo, azul… — ¿Es usted en esa foto? ¿Con el vestido de novia? Largo silencio. — Soy yo. — ¿Qué pasó entonces? Doña Galina tardó en hablar. Su voz baja y apagada, mirando más allá del árbol. — Mi suegra. La madre de Víctor. Me destruyó. En tres años me rompió del todo. Oksana contuvo la respiración. — Me odió desde el primer día. Yo no era de su nivel. Muchacha sencilla de barrio, ellos “gente de cultura”. Víctor me eligió y jamás lo perdonó. Ni a él, ni a mí. Todos los días me enseñaba. Cada palabra mía, cada gesto. Nunca el puchero cocinado como ella quería, las camisas mal planchadas, la educación de Kostik mal llevada. Decía que yo no era digna de su hijo. Lo repetía delante de él, de las visitas, de los vecinos. Oksana escuchaba y se veía en cada palabra. — Tras tres años, acabé en el hospital. Colapso nervioso. Tomaba calmantes a puñados. Las manos me temblaban tanto que ni sopa podía servir. Los médicos dijeron a Víctor: o ella se va, o nunca se recuperará. Víctor me eligió. Plantó cara a su madre. Se marchó. — ¿Y después? — Después ya no estuvo. Medio año después. El corazón… No llegué… no hubo tiempo. Ni para perdonar, ni para despedirme. Solo me dejó este anillo. En su testamento escribió: “Para la nuera que robó a mi hijo”. Llevo treinta años usándolo. Cada día. Para recordar. — ¿Recordar qué? Doña Galina miró por fin a Oksana. A la luz de las guirnaldas, sus ojos brillaban con lágrimas. — Me prometí en aquel momento — jamás ser como ella. Nunca torturar a la mujer de mi hijo. Jamás romperle la familia por mis celos. Bajó la cabeza. — Y no me di cuenta de que terminé siendo aún peor. Solo sonaba el zumbido del cargador de la guirnalda. — Oí tu conversación — dijo doña Galina — esa noche en el balcón. Dijiste que te irías. Que te llevarías a los niños. Por mi culpa. Oksana se quedó sin aire. — Doña Galina… — No hace falta. Lo entiendo. Seis años viniendo y arruinando vuestra vida. Enseñando, señalando, metiéndome donde no debía. Pensaba — ¡es por ayudar! ¡sé cómo hacerlo mejor! ¡soy la madre!… Y en realidad solo tengo miedo. Miedo de perder a Kostik. Miedo de que él te prefiera y se olvide de mí. Igual que Víctor me eligió y olvidó a su madre. Y por ese miedo hago todo para que pase más pronto. Oksana callaba. No sabía qué decir. — En esa foto yo lloro porque un minuto antes mi suegra me dijo: “Jamás serás de esta familia. Aquí eres forastera y lo seguirás siendo”. ¿Yo te he dicho algo parecido? Oksana miró al suelo. Regalos para la suegra — No con palabras. Pero… — Pero te hice sentir así. — Sí. Doña Galina asintió. Lento, dolorido. — Perdóname, Oksana, mi niña. No quería. De verdad no quería. Creía que era diferente. Pero no vi cómo el miedo me transformó. Se quedaron así hasta el amanecer. Hablaron. Callaron. Volvieron a hablar. Doña Galina contó su historia con Víctor, que ya no está hace siete años. Lo que es vivir en un piso vacío, temer que el hijo único te olvide, deje de llamar… Oksana contó su cansancio. Cómo se siente invisible en su propia casa. Cómo intentó ser buena y aún así todo salía mal. Al amanecer, cuando el cielo clareaba, doña Galina dijo: — ¿Sabes a qué le temo más? Que algún día Paulina se case y yo sea para su marido el mismo fantasma que he sido para ti. Es como una enfermedad, pasa por la sangre. Mi suegra me lo hizo a mí, yo a ti. Hay que romper esa cadena. Oksana le cogió la mano. Por primera vez en seis años. — Entonces rómpala. — Lo intentaré, hija. Lo intentaré. El cinco de enero cocinaron juntas. — Pica más fino la ensalada — dijo doña Galina, y se contuvo rápido. — Ay, perdón hija. Otra vez como siempre… Encargos de ensaladas — No, — sonrió Oksana. — Tiene razón. A Kostik le gusta la picada. Enséñeme cómo lo hace. La suegra le mostró. Luego enseñó a salar, a mezclar, que los vegetales no se volvieran puré. Paulina daba vueltas, birlaba maíz de la lata. Iván jugaba en la habitación. — Abuela — preguntó la niña — ¿por qué antes no te quedabas tanto tiempo en casa? Doña Galina miró a Oksana. Ella sonrió cálida: — Porque la abuela estaba muy ocupada. Ahora vendrá más seguido. ¿Verdad? — Verdad — respondió doña Galina . — Si me invitan. — ¡Claro que sí! ¡Siempre! Por la tarde, doña Galina llamó a Oksana al cuarto. — Ven, hija. Oksana se sentó junto a ella en el sofá. La suegra se quitó el famoso anillo con amatista. Lo giró entre las manos. Regalos para la suegra — Es el anillo de mi suegra. Lo único que me dejó. Treinta años lo llevé como recordatorio del daño. De ser la “forastera”. Le tomó la mano a Oksana y le puso el anillo en el dedo. — Ahora es tuyo. Que te recuerde algo distinto. Que todo se puede cambiar. Que las heridas viejas se pueden soltar. — Doña Galina… — Mamá. Puedes llamarme mamá. Si quieres, claro. Oksana quisiera decir algo, pero la voz le tembló traicionera. Simplemente abrazó a su suegra — por vez primera en esos largos seis años. Afuera caía la nieve tranquila, ese aire de cuento en las fiestas navideñas. El árbol titilaba de luces. De la habitación llegaba la risa de Paulina. Y Oksana entendió de repente: las fiestas no estaban arruinadas, apenas comenzaban de verdad. Así suele pasar: a veces hay que resbalar en un peldaño para hallar el camino al corazón ajeno. Los nudos más difíciles se deshacen, no con fuerza, sino con un sincero «perdóname». ¡Feliz Año Nuevo, queridos lectores! ¡Paz y amor para todos! ¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis encontrado entendimiento con alguien justo cuando ya habíais perdido toda esperanza de reconciliación?
Corta la ensalada más finita dijo María Eugenia, y enseguida se dio cuenta. Ay, perdona, hija.
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035
El exmarido se enfrenta a su destino: ¡preparado para escapar!
¡Me has sacado los nervios! exclamó con irritación Nayira. ¿Ahora vas a firmar los papeles?
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051
— Ignacio, ¿dónde me siento yo? — susurré, mientras él finalmente me miraba con fastidio en los ojos. — No sé, apáñatelas. Todos están hablando. Oí detrás una risita de alguno de los invitados. Sentí cómo me subían los colores. Doce años de matrimonio, doce años soportando el desprecio. Me quedé en el umbral del salón de banquetes con un ramo de rosas blancas en las manos, sin poder creer lo que veía. A lo largo de la mesa principal, vestida con manteles dorados y copas de cristal, se sentaban todos los parientes de Ignacio. Todos, menos yo. No habían dejado sitio para mí. — Elena, ¿qué haces ahí parada? ¡Entra! — gritó mi marido sin apartar la vista de la conversación con su primo. Recorrí la mesa con la mirada. No había sitio, cada silla ocupada y nadie hizo el esfuerzo de moverse para ofrecerme asiento. Mi suegra, Doña Tamara, ocupaba la cabecera del banquete vestida de dorado, como una reina en su trono, fingiendo no verme. — Ignacio, ¿dónde me siento yo? — pregunté en voz baja. Él al fin me miró, con el ceño fruncido. — No tengo ni idea, apáñatelas sola. ¿No ves que todos están hablando? Escuché carcajadas a mi espalda. Me ardían las mejillas. Doce años casada, soportando desprecios de su madre, intentado encajar en esa familia. Y al final no había ni sitio para mí en la celebración del setenta cumpleaños de mi suegra. — Que Elena se siente en la cocina — sugirió mi cuñada Irene, con un tono burlón. — Hay un taburete libre. En la cocina. Como una criada, como de segunda categoría. Di media vuelta en silencio, con el ramo tan apretado que los tallos me pinchaban a través del papel. Detrás de mí estallaban las risas — alguien contaba un chiste. Nadie me llamó, nadie trató de detenerme. En el pasillo del restaurante tiré el ramo a la papelera y llamé a un taxi, temblándome las manos. — ¿Dónde vamos? — preguntó el taxista al subir. — No sé, tú conduce. A cualquier parte… Recorrí la ciudad nocturna mirando los escaparates iluminados, las parejas paseando bajo farolas. Y de pronto lo supe: no quería volver a casa. No quería el piso donde me esperaban los platos sucios de Ignacio, sus calcetines tirados por el suelo y mi rol de ama de casa infinitamente servicial. — Párese junto a la estación — le dije. — ¿Está segura? Es tarde, ya no salen trenes. — Párese, por favor. Bajé y me fui a la estación. En mi bolsillo tenía la tarjeta bancaria del fondo común — los ahorros para el coche nuevo, doscientos cincuenta mil euros. En la taquilla, una empleada adormilada. — ¿A dónde hay tren mañana por la mañana? — pregunté. — Me da igual la ciudad. — Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona… — Madrid — contesté sin pensarlo. — Un billete. Pasé la noche en la cafetería de la estación, tomando café y pensando en mi vida. Doce años atrás, enamorada de un chico de ojos castaños, soñaba con una familia feliz. Acabé hecha sombra, cocinando, limpiando, callando. Olvidé mis sueños. Y soñaba. En la universidad estudié Diseño de Interiores, me imaginaba mi propio estudio, proyectos creativos, trabajo interesante. Pero tras la boda Ignacio dijo: — ¿Para qué vas a trabajar? Ganó suficiente. Mejor cuida de la casa. Eso hice. Doce años. Por la mañana cogí el tren a Madrid. Ignacio me mandó varios mensajes: «¿Dónde estás? Vuelve a casa.» «Elena, ¿dónde andas?» «Mi madre dice que te ofendiste ayer. No seas niña.» No respondí. Viajaba mirando campos y bosques, por primera vez en años me sentía viva. En Madrid alquilé una habitación cerca de la Gran Vía, con Doña María, una señora mayor que no hizo preguntas. — ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? — preguntó. — No lo sé. Puede que para siempre. La primera semana solo paseé por la ciudad, admirando arquitectura, visitando museos, sentada en cafés, leyendo libros. Hacía años que no leía nada más que recetas y trucos de limpieza. ¡Había salido tanto interesante! Ignacio llamaba cada día: — Elena, deja de hacer estupideces. Vuelve ya. — Mi madre está dispuesta a pedirte perdón. ¿Qué más quieres? — ¿Te has vuelto loca? ¡Eres adulta! Escuchaba aquellos gritos y me preguntaba: ¿cómo me acostumbré a que me hablaran como a una niña desobediente? La segunda semana fui a la oficina de empleo. Los interioristas tenían salida, sobre todo en ciudades como Madrid. Pero mis estudios eran demasiado antiguos, las tecnologías habían cambiado. — Hay que actualizarse — me dijo la orientadora. — Aprender los nuevos programas, tendencias. Pero tienes buena base, puedes lograrlo. Me apunté a cursos. Cada mañana acudía a estudiar software 3D, nuevos materiales, tendencias. Mi mente, acostumbrada a tareas domésticas, al principio se resistía, pero fui cogiendo ritmo. — Tienes talento — valoró el profesor tras mi primer proyecto. — Se nota el gusto artístico. ¿Por qué llevas tanto tiempo parada? — La vida — contesté. Ignacio dejó de llamar tras un mes, pero sí lo hizo su madre. — ¿Qué barbaridad es esta, insensata? — chilló. — ¿Dejas a tu marido y arruinas la familia por esto? ¿Por no tener sitio en la mesa? Es que no nos dimos cuenta. — Doña Tamara, no se trata del sitio — respondí tranquila. — Se trata de doce años de humillaciones. — ¿Humillaciones? ¡Mi hijo te tenía en palmitas! — Y le permitía que me trataran como criada. Él mismo, peor aún. — Desagradecida — gritó ella y colgó. Dos meses después obtuve el diploma de especialización y busqué trabajo. Las primeras entrevistas salieron mal; nervios, torpeza, me costó presentarme. En la quinta me aceptaron como ayudante en un pequeño estudio de diseño. — El sueldo es bajo — avisó el jefe, José, un hombre afable de ojos grises. — Pero el equipo es bueno, los proyectos interesantes. Si demuestras lo que vales, irás ascendiendo. Me daba igual el salario: lo importante era trabajar y sentirme útil, no como cocinera y limpiadora, sino como profesional. El primer proyecto era pequeño: un piso para una pareja joven. Lo afronté con pasión, eligiendo cada detalle, realizando decenas de bocetos. Los clientes quedaron encantados. — ¡Has entendido lo que queríamos vivir! — me dijo la chica. José me felicitó: — Muy buen trabajo, Elena. Se nota que pones el alma. Por primera vez en años hacía algo que me gustaba. Cada mañana amanecía con ganas de nuevos retos e ideas. En seis meses subió mi sueldo, me dieron proyectos mayores. Al año era diseñadora principal. Los clientes me recomendaban, los colegas me respetaban. — Elena, ¿estás casada? — preguntó un día José, después de trabajar hasta tarde. — Formalmente sí, pero llevo un año sola. — ¿Piensas divorciarte? — Sí, pronto lo haré. No insistió ni se metió en mi vida. Eso me gustaba: no juzgaba, no daba consejos, solo apoyaba. Llegó un invierno frío en Madrid, pero yo no sentía el hielo: era como si después de años congelada, por fin descongelara. Me apunté a inglés, a yoga, fui al teatro sola… y hasta me gustó. Mi casera, Doña María, me dijo: — Elena, ha cambiado usted mucho en este año. Llegó aquí temerosa, apagada. Ahora se ve usted preciosa y segura. Me miré en el espejo; tenía razón. Solté el pelo, me maquillé, vestí colores vivos. Pero sobre todo, cambió mi mirada: ahora tenía vida. Un año y medio después me llamó una desconocida: — ¿Elena? La señora Ana me ha recomendado, usted diseñó su piso. — Sí, dígame. — Quiero que reforme todo mi chalet de dos plantas. ¿Nos vemos? El proyecto fue grande y ambicioso, me dieron carta blanca y presupuesto generoso. Trabajé cuatro meses con dedicación absoluta. Las fotos salieron en una revista de diseño. — Elena, ya puedes trabajar sola — me dijo José, mostrando el reportaje. — Tu nombre empieza a sonar, los clientes piden por ti. ¿Abres tu propio estudio? La idea asustaba y emocionaba a la vez, pero me lancé. Con los ahorros de dos años alquilé una pequeña oficina en el centro y me di de alta como autónoma. “Estudio de Interiorismo Elena Sanz” — era un letrero sencillo, pero para mí la frase más bella del mundo. Los primeros meses costó: clientes escasos, dinero justísimo. Pero seguí adelante. Trabajé 16 horas al día, estudié marketing, monté la web, abrí redes sociales. Poco a poco crecí. El boca a boca funcionó — los clientes satisfechos me trajeron otros. Al año contraté asistente, al segundo, a otro diseñador. Una mañana revisando correos, vi uno de Ignacio. El corazón me tembló — hacía años que no sabía nada de él. «Elena, he visto tu estudio en Internet. No puedo creer lo que has logrado. Quiero verte, hablar. He aprendido mucho en estos tres años. Perdóname.» Lo leí varias veces. Hace tres años me habría dejado todo y corrido a él. Ahora sentía solo una leve tristeza: por la juventud, la fe ingenua en el amor, los años vividos en vano. Le contesté breve: «Ignacio, gracias por tu mensaje. Soy feliz en mi nueva vida. Te deseo lo mejor.» Ese mismo día solicité el divorcio. En verano, para celebrar mi tercer aniversario de libertad, me llamaron para diseñar un ático en una zona exclusiva. El cliente resultó ser José, mi antiguo jefe. — Felicidades por el éxito — me dijo. — Siempre supe que lo lograrías. — Sin tu apoyo no habría sido posible. — Tonterías. Lo lograste sola. Y ahora, permíteme invitarte a cenar para hablar del proyecto. Durante la cena hablamos de trabajo, pero al final José preguntó: — Elena, quería consultarte algo… ¿Tienes pareja? — No, y sinceramente no estoy segura de estar preparada. Me cuesta volver a confiar. — Lo entiendo. ¿Y si nos viéramos de vez en cuando? Sin compromisos ni presiones. Dos adultos interesados el uno en el otro. Lo pensé y acepté. José era íntegro, sensato, cálido. Me sentía tranquila y segura. La relación avanzó despacio y con naturalidad. Teatro, paseos, charlas de todo tipo. José jamás aceleró nada, ni pidió promesas, ni quiso controlar mi vida. — ¿Sabes? — le confesé un día — Contigo por primera vez siento que soy igual. No una criada, ni un matiz decorativo, ni un lastre. Igual. — Y cómo no — se sorprendió — Eres una mujer admirable: fuerte, talentosa, independiente. A los cuatro años de mi marcha, mi estudio era de los más reconocidos de Madrid. Tenía un equipo de ocho y mi propio despacho en el centro histórico, con vistas al Manzanares. Y lo más importante: tenía una nueva vida. Una vida que yo elegí. Una noche, desde mi sillón favorito junto a la ventana, tomando té, recordé aquel día de hace cuatro años: el salón dorado, las rosas blancas tiradas, la humillación y el dolor. Pensé: gracias, Doña Tamara. Gracias por no hacerme hueco en vuestra mesa. De no ser así, seguiría en la cocina, conformándome con las migajas de la atención ajena. Ahora tengo mi propia mesa. Y me siento a ella — dueña de mi destino. Sonó el móvil interrumpiendo mis pensamientos: — ¿Elena? Soy José. Estoy bajo tu casa. ¿Puedo subir? Quisiera hablarte de algo importante. — Claro, sube. Abrí la puerta y le vi con un ramo de rosas blancas. Como entonces, hacía cuatro años. — ¿Pura coincidencia? — le pregunté. — No — sonrió él — Recuerdo lo que me contaste de aquel día. Pensé que ahora las rosas blancas te traigan algo bueno. Me entregó las flores y sacó una cajita. — Elena, no quiero apurar las cosas. Solo que sepas que estoy listo para compartir tu vida. Como es. Tu trabajo, tus sueños, tu libertad. No cambiarte, sino acompañarte. Abrí la caja. Dentro, una alianza sencilla, elegante, sin excesos. Justo la que elegiría. — Piénsalo — dijo José. — No hay prisa. Miré a José, a las rosas, la alianza. Y pensé en el largo camino desde aquella ama de casa asustada a la mujer feliz y libre que soy hoy. — José — dije — ¿Seguro que quieres casarte con alguien tan voluntariosa? No volveré a callarme si algo no me gusta. No seré nunca la esposa sumisa. Y no dejaré que nadie me trate como de segunda. — Así te quiero — respondió él — Fuerte, independiente, consciente de tu propio valor. Me puse el anillo. Era mi talla. — Pues sí — acepté. — Pero el banquete lo vamos a diseñar juntos. Y en nuestra mesa habrá sitio para todos. Nos abrazamos y justo entonces entró el viento de Madrid por la ventana, agitando las cortinas y llenando la estancia de frescura y luz. Como símbolo del nuevo comienzo que estaba por llegar.
¿Javier, dónde puedo sentarme? murmuré, insegura. Por fin alzó la vista hacia mí, y en sus ojos vi una
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