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03
¿Y si en realidad no es mi hija? Debo hacerme una prueba de ADN Nicolás observaba pensativo cómo Alicia, su esposa, mimaba a la recién nacida y no podía quitarse una idea de la cabeza: de verdad creía que esa niña no era suya. El año pasado le tocó irse de viaje de trabajo durante un mes. Apenas un par de semanas después de volver, su mujer le anunció la noticia que a ella le parecía maravillosa: iban a tener un hijo. Al principio, Nicolás se alegró. Pero la hermana de Alicia vino de visita y soltó una historia de lo más interesante, sobre que ella misma se hizo una prueba de paternidad a su propio hijo, para que su pareja no dudase. —Alicia, ¿por qué no nos hacemos también nosotros una prueba de ADN? Así yo me quedo tranquilo. La reacción de su esposa no se hizo esperar. El escándalo fue monumental. Hasta los vecinos empezaron a golpear la pared. —¿Pero qué tiene de malo? —insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Seguro que ella le fue infiel; si no, ¿por qué la rabieta por una petición tan inocente?—. Solo quiero estar seguro, nada más. —¿¡Pero cómo se te ocurre!? —gritaba la mujer, lanzándole otro cojín más—. ¿Alguna vez te he dado razones para dudar de mí? —Estuve un mes fuera, —sonrió irónicamente el hombre—. ¿Cómo sé lo que hacías? Hacemos la prueba, sé el resultado y nunca más saco el tema. ¿Cuándo vamos? Podemos preguntarle a tu hermana por la clínica. —Cuando me reencarne, —espetó con rabia Alicia, desapareciendo en la habitación de la niña y dando un portazo final. *************************************************** —Mamá, —se quejaba Nicolás frente a su madre—, no le estoy pidiendo nada del otro mundo… ¿Por qué se ha puesto así? —Tu mujer tiene la conciencia sucia, —contestó doña Ana mientras le servía un café—. Te lo aseguro, ha tenido algo con otro, y ahora teme que salga la verdad. Además, —dudó un momento—, cuando tú te fuiste pasó algo… —¿El qué? —preguntó el hombre, intrigado. —No me gusta entrometerme en tu matrimonio —dijo Ana, evitando su mirada—. Solo pasé para hablar del cumpleaños de tu padre. Alicia tardó un montón en abrir la puerta, aunque estaba en casa. Y salió hecha un desastre… y había unos zapatos de hombre en la entrada. —¿Y qué te dijo? —preguntó Nicolás con enfado, preparado para enfrentarse a su esposa. —Que se le había roto una tubería —Ana puso los ojos en blanco—. Podía haberse inventado algo mejor. —¿Por qué no me contó nada? —No llegué a entrar, así que pruebas no había —respondió bajando la voz—. No quise fastidiaros la relación. —¡Mal hecho! —Nicolás casi volcó la taza—. ¡Muy mal! ¿Y qué hago ahora? —Oblígala a hacerse la prueba, —repuso su madre con calma, disimulando una sonrisa, pues nunca le había caído bien su nuera—. O hazla tú mismo. Tienes derecho como padre. ************************************************ —Puedes estar tranquila, —dijo Nicolás tirando el sobre inutilizado que le acababa de traer un mensajero—. Ariadna es mi hija. Como te prometí, no volveré a sacar el tema. —No me estoy enterando, —contestó con desconfianza Alicia, mirando el sobre abierto—. ¿Te has hecho la prueba de ADN sin mi permiso? —Sí, claro —repuso tan campante Nicolás—. Aproveché un paseo con la niña, no me llevó nada de tiempo. Es mi hija, asunto zanjado. —Sí hay un problema, —dijo ella en voz baja—. Y es una pena que no lo comprendas. Al día siguiente, Nicolás se fue al trabajo como siempre, pero por la tarde le esperaba una desagradable sorpresa: la casa estaba vacía, y ya no había ni rastro de las cosas de Alicia ni de la niña. Solo encontró una nota en la mesa del salón. “Con tu desconfianza has destruido todo lo que había entre nosotros. No pienso vivir con alguien que me traiciona, así que he solicitado el divorcio. No quiero nada de ti, ni piso ni pensión. Solo quiero que desaparezcas de nuestra vida.” Nicolás se puso furioso. ¿¡Cómo se atrevía Alicia a dejarle?! ¡Y encima llevándose a su hija! Cogió el móvil y empezó a llamarla. Le contestó un hombre. Escuchó en silencio todos los insultos antes de pedirle que no llamara más. —¡Sabía que me estaba engañando! —Nicolás temblaba de rabia—. ¡No ha tardado nada en irse con otro! ¡Que le den! Ni siquiera pensó que Alicia podría estar en casa de sus padres y que fuese su hermano quien cogió el teléfono para no molestar a su hermana dormida. Nicolás ya había tomado su decisión. El divorcio fue inmediato y de mutuo acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó con su madre y nunca más volvió a ver a su padre biológico…
¿Y si resulta que no es mi hija? Habrá que hacerse una prueba de ADN Nicolás miraba con el ceño fruncido
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03
Mi marido creía que no sabía de su segunda familia, y se sorprendió enormemente cuando llegué a la graduación de su hija.
Mira, te cuento lo que pasó. Mi marido, Sergio, siempre creyó que yo no sabía nada de su segunda familia
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04
Sin enterrar el pasado —Ponte el gorro, que fuera hace diez grados bajo cero. Te vas a resfriar. María le tendió el gorro de lana —ese azul con borla, el que Valentina eligió el mes pasado en El Corte Inglés. —¡Tú no eres mi madre! ¿Está claro? El grito rompió el silencio del recibidor. Valentina lanzó el gorro al suelo con tal furia que parecía tóxico. —Valen, solo intento… —¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Nunca! La puerta pegó un portazo. Los cristales reclamaron temblorosos, y una ráfaga de aire frío barrió el piso madrileño desde el rellano de la escalera. María se quedó allí de pie. El gorro en el suelo, desmadejado, inútil. Las lágrimas asomaron en la garganta, calientes y rabiosas. Se mordió el labio, levantó la cabeza, con la vista perdida en el techo de estuco. No llorar. No ahora. Seis meses atrás, se imaginaba la vida de otra manera. Cenas familiares acogedoras. Charlas sinceras. Quizá alguna excursión alrededor de la sierra de Guadarrama. Sergio le hablaba de su hija con tanto cariño —inteligente, talentosa, sólo un poco encerrada tras perder a su madre— “Necesita tiempo”, decía él. “Se soltará”. Pero el tiempo pasó. Valentina no cambiaba. Desde el primer día que María cruzó el umbral de ese piso ya no como invitada, sino como esposa, la niña le plantó una muralla. Cualquier acercamiento se estrellaba contra un muro de hielo. Ofreces ayuda con los deberes: “Me apaño sola”. Propones dar un paseo: “No puedo”. Un cumplido sobre el flequillo nuevo: mirada larga y desdeñosa, sin respuesta. —Yo ya tengo madre —declaró Valentina al segundo día de convivir. Estaban desayunando, y Sergio apuraba el café antes de salir pitando al trabajo. —La tuve y la tendré. Tú aquí no pintas nada. Sergio se atragantó entonces. Musitó algo conciliador. María sonrió —una sonrisa tiesa, dolorida— y no dijo ni una palabra. Desde entonces, las cosas solo fueron a peor. Valentina ya no gritaba delante de su padre; era más sutil. Pasaba junto a María como si fuera invisible. Respondía entre dientes y nunca más de una palabra. Salía de la habitación en cuanto entraba su madrastra. —Papá antes era otro —comentó la niña un día, cenando—. Antes de ti, era normal. Nos hablábamos. Ahora… No terminó la frase. Bajó la vista al plato. Pero Sergio se quedó blanco, y María notó que el tenedor pesaba demasiado. Sergio saltaba entre ambas como un ciervo acorralado. Por las noches venía al dormitorio —su dormitorio, aunque nunca se sintió verdaderamente suyo— y le suplicaba paciencia a María. —Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo. Después iba a la habitación de Valentina a pedirle que fuera menos dura. —María es buena, hace lo que puede. Intenta aceptarla. María alcanzaba a oír aquellos diálogos a través de la pared. La voz de Sergio —cansada, al borde de quebrarse— y las respuestas de Valentina —breves, ásperas, hirientes. El hombre se consumía. Lo veías en la arruga entre las cejas, cada día más marcada. En el respingo cada vez que las dos coincidían en la misma estancia. En las ojeras, que se habían instalado bajo sus ojos. Pero escoger bando, no podía. O no quería. María recogió el gorro del suelo. Lo sacudió, lo colgó en el perchero. Entró al salón… y se quedó quieta en el umbral, igual que cada vez. Fotos. Decenas de fotografías enmarcadas: en las baldas, en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia de sonrisa suave. La misma mujer con Valentina de niña en brazos. Con Sergio —joven y feliz, irreconocible—. Fotos de boda, de vacaciones, de Navidad. Elena. La primera esposa. La difunta. Su ropa seguía en los armarios. Vestidos, jerséis y bufandas —bien doblados, perfumados con lavanda. Su maquillaje aguardaba en una baldita del baño. Sus zapatillas rosas y suaves, listas en la entrada. Como si su dueña hubiera bajado a por el pan y estuviera a punto de volver. —Mamá lo hacía mejor —observaba Valentina a la hora de comer. —Mamá jamás hacía eso. —A mamá no le gustaría. Cada comparación, un puñal. María sonreía, asentía, masticaba el enfado con la comida. Por las noches no dormía, pensando: ¿cómo se compite con un fantasma? Con una memoria idealizada de una mujer cada año más perfecta. Sergio seguía queriendo a Elena. María lo supo pronto. Miraba sus fotos con la melancolía apretada, el rostro se le transformaba cada vez que Valentina hablaba de su madre. ¿Para Sergio, qué era ella? ¿Un intento de avanzar? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer adecuada en el momento oportuno? Por las noches, cuando Sergio se dormía, María se quedaba mirando el techo —el techo de una casa ajena, donde ella era una inquilina prestada— y aceptaba, cruelmente lúcida, que el matrimonio hacía aguas. Sergio se había casado sin enterrar el pasado. Y Valentina nunca la aceptaría. Y entonces pensó, quizá por primera vez con toda claridad, que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Esa idea cristalizó en mitad de la noche, entre las tres y las cuatro, mientras escuchaba la respiración pareja de Sergio. Él dormía siempre sin problemas: se daba la vuelta y a los cinco minutos, caía rendido. Ella se quedaba varada junto al techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena en el sinfonier, que Sergio nunca quitó. Basta. La decisión vino de golpe, calmada. Una certeza fría: esa batalla no la iba a ganar. No se vence a los recuerdos. No puedes ocupar el sitio de una santa. María se sentó en la cama. Sergio no se movió. Tres días después presentó la solicitud. Sola, sin abogado ni avisos. Se plantó en el Registro Civil con su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario y firmó de mano firme. La funcionaria la miró con la compasión profesional de quien ve decenas como ella cada semana. —María… Sergio encontró los papeles por la noche. Se quedó clavado en la cocina, el folio en la mano, pálido y perdido. —¿Qué es esto? —Lo pone ahí. —María seguía fregando. —He pedido el divorcio. —¿Por qué? ¿Cómo? No lo hemos ni hablado… —¿Para qué, Sergio? Cerró el grifo. Se secó las manos, se giró. —Me he cansado de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija repetir que no soy nadie. —Valen solo es una niña, no entiende… —Valen entiende. Y tú también. El problema es que no quieres admitirlo. Sergio avanzó hacia ella. Le sujetó los hombros —con suavidad, como si fuera de porcelana. —María, por favor. Hablamos. Lo arreglo todo. Hablo con Valen, guardo las fotos, empezamos de cero… —Tú la quieres. No era pregunta, era certeza. María le sostuvo la mirada y vio la respuesta incluso antes de que intentara negarlo. —Aún quieres a Elena. ¿Y yo qué soy para ti? ¿Un reemplazo? ¿Una compañera? ¿La que hace la compra y plancha tus camisas? —Eso no es así… —Entonces dime que no la amas. Dilo. ¿A ver? Silencio. Sergio apartó las manos. Retrocedió un paso. El rostro —gris, desfondado— había envejecido diez años. María asintió. No esperaba otra cosa. Valentina estaba en su cuarto. La puerta entreabierta, tal vez a propósito. Cuando María pasó, la niña levantó la vista del móvil y sonrió. Muy levemente, apenas un gesto orgulloso. Había vencido. Las siguientes horas fueron un ritual mecánico. El armario. Las perchas. La maleta. El vestido que Sergio regaló por su aniversario —tres meses, toda una vida. El perfume que eligió en la perfumería del barrio, olisqueando probadores. El libro que no terminaron de leer. María hizo la maleta con cuidado, doblando bien cada prenda. Sin pensar. Sin recordar. Sólo recoger. La tarde fue eterna. María se sentó en la cama, junto a las dos maletas cerradas. Maletas: el saldo de su intento de hacer una familia. Se marchó a las ocho. Pidió un taxi con antelación, bajó sus maletas sola —el ascensor ni chirrió, ninguna puerta se abrió. Dejó las llaves en la mesa del recibidor. El conductor le ayudó con el equipaje; el coche arrancó. María no miró atrás. Madrid, al anochecer, era extraño y vacío. Farolas encendidas, pocos transeúntes corriendo al metro. Atrás quedaba el piso lleno de recuerdos. Sergio con su amor intacto; Valentina y su lealtad feroz. María miró por la ventanilla y respiró. Por primera vez en seis meses, libre. La soledad daba miedo. Pero más miedo daba vivir bajo la sombra de un fantasma. Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones. Pero al menos, sin la carga de medirse a la mujer perfecta —la que ya no vivía allí.
Ponte el abrigo, fuera hace un frío de mil demonios. Vas a pillar una pulmonía. Isabel me tendió el gorro
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02
Iván y María: Sueños, desencuentros y segundas oportunidades en la España rural — De la vida en el campo al bullicio de la ciudad, pasiones, desengaños y el valor de volver a empezar junto al verdadero amor
Juan y María A Juan nunca le había seducido la idea de mudarse de su pueblo a la ciudad. Amaba los paisajes
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08
¡Elige: o tu perro o yo! ¡Estoy harto de aguantar el olor a perro! — sentenció su marido. Ella escogió a su esposo y llevó al perro al monte… Pero esa misma noche él le dijo que se iba con otra
ELIJE: ¡O TU PERRA O YO! ¡ESTOY HARTO DE OLER A ANIMAL! GRITÓ MI MARIDO. ELLA ESCOGIÓ AL MARIDO, LLEVÓ
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02
Abuelo en apuros: Una tarde de verano en Madrid, volviendo a casa después del entrenamiento, vi a un anciano caído en el asfalto, incapaz de levantarse mientras todos pasaban de largo pensando que estaba borracho; me acerqué para ayudarle, a pesar de los comentarios de una mujer que me advertía que no lo hiciera porque estaba sucio y sangrando, y al limpiarle las manos descubrí que se había cortado recogiendo cristales de botellas de cerveza en el parque para proteger a los niños —finalmente lo acompañé hasta su portal, donde su familia me contó que en la guerra quedó sin hablar, que limpia los parques por su nieta, y me agradecieron emocionados con una cesta enorme de frambuesas— Me fui a casa llorando, preguntándome: ¿Por qué en nuestro país miramos para otro lado? No juzguéis a quien cae en la calle; quizás necesita vuestra ayuda. ¡Demostremos que somos personas, no cerdos!
Diario personal, julio. Hoy me ha pasado algo que no quiero olvidar, aunque ojalá el mundo me lo quitara
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04
Regresó de la baja médica y su puesto en la oficina fue ocupado por la hermana de su marido.
Regresó del baja médica y descubrió que su puesto en la oficina lo había ocupado la hermana de su marido.
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00
¡No llames más! ¿Para qué perder el tiempo con algo que no necesitas? Hace tiempo que me di cuenta de que ni tú ni tus hijos os interesáis por saber si la abuela vive y está bien.
**Diario Personal** ¡No llames más! ¿Para qué perder el tiempo con algo que no necesitas? Hace mucho
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011
Una nueva familia vale más que la antigua – Cuando el corazón de un hijo se enamora y pone a prueba los lazos de madre en la España de hoy
Una nueva familia vale más que la vieja Mamá, quiero que conozcas a Inés, mi prometida anunció Álvaro
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03
Descubrí que alguien había dejado a este bebé en la Ventana de la Vida junto al área de maternidad del hospital. Decidí adoptar al niño abandonado por sus padres tres meses después de la muerte de mi marido. Tuve que reunir rápidamente toda la documentación necesaria, y lo logré. Después de múltiples inspecciones de diversos organismos y de una evaluación favorable sobre mí y mi entorno, unos días más tarde mi hijo ya estaba conmigo. Le quise como si fuera mío y le puse el nombre de mi marido. Fue una emoción indescriptible volver a oír y decir ese nombre. Mi hijo fue creciendo y comenzó a preguntar por un hermano. La verdad es que no me molestaba la idea. Trabajo en remoto y puedo gestionarlo todo desde el portátil, así que era una opción ideal para mí. Cuando regresé a casa para ocuparme de nuestro nuevo bebé, fui muy feliz. Me llevaron a una habitación y me enseñaron a una niña de apenas tres días en la cuna. Desde que la vi supe que sería nuestra. Ya conocía los documentos y pruebas necesarias, así que todo el proceso fue mucho más rápido de lo esperado. Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo. Somos la familia más feliz del mundo.
Soñé que vagaba por las antiguas calles de Toledo, cuando escuché que alguien había dejado un bebé en
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