Es interesante
02
Esposa y suegro Carolina sólo fingía interés en conocer a los padres de David. ¿Para qué le iban a interesar? No pensaba convivir con ellos, y del padre de David, un hombre aparentemente adinerado, lo último que podía esperar eran ventajas: más bien, problemas y sospechas. Pero había que seguir el juego hasta el final, ya que había decidido casarse. Carolina se arregló, pero con sencillez, buscando parecer la chica simpática y encantadora. Conocer a los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles, y si además son inteligentes, la prueba es aún mayor. David pensó que ella necesitaba ánimos: —Tranquila, Carolina, no te preocupes. Mi padre es más bien serio, pero es razonable. No van a decirte nada malo. Y te van a querer. Mi padre es algo peculiar, pero mi madre es el alma de la fiesta —insistió cuando llegaban a la casa familiar. Carolina simplemente sonrió, retirándose un mechón del hombro. Así que el padre era serio y la madre era el alma de la fiesta. Menuda combinación, pensó para sí. La casa no la sorprendió. Había conocido hogares mucho más lujosos. Les recibieron enseguida. Carolina no estaba nerviosa. ¿Por qué habría de estarlo? Gente como cualquier otra. Doña Nina, ama de casa de toda la vida y aficionada a los viajes con sus amigas, según sabía por David, no era nada especial. El padre, Don Valerio, un hombre como le habían dicho poco dado a la alegría, pero más bien callado. Su nombre, eso sí, le sonaba remotamente conocido… Y les recibieron… Carolina se congeló en la puerta. No pudo entrar. Era el fin… No conocía a su futura suegra, pero sí al futuro suegro. Le bastó una fracción de segundo para recordarle. Ya se habían visto, tres años atrás. No muchas veces, pero sí con intereses mutuos. En bares, hoteles, restaurantes. Desde luego, ni la esposa ni el hijo de Valerio sabían de ese “conocimiento”. Menuda situación. Valerio también la reconoció. Sus ojos brillaron con una chispa difícil de definir: ¿sorpresa, enfado, amenazas futuras? Pero él no dijo nada. David, ajeno a todo, se apresuró a presentarla: —Mamá, papá, os presento a Carolina. Mi prometida. No la traje antes porque es muy tímida. Vaya… Don Valerio le tendió la mano. Su apretón fue fuerte, quizás un tanto brusco. —Mucho gusto, Carolina —dijo, dejando entrever una nota sutil… algo que Carolina no supo descifrar al momento. Tal vez ira. O advertencia. O… En su mente, Carolina ya sopesaba cómo librarse de aquello, esperando que Valerio fuera a revelar quién era ella en realidad. —El placer es mío, Don Valerio —respondió Carolina, metiéndose en el papel, mientras el corazón le latía fuerte por la adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero no pasó nada. Valerio, forzándose a sonreír, le ofreció el mejor sitio en la mesa. Quizá esperaba pillarla después… Pero nada ocurrió. Entonces Carolina comprendió: él tampoco diría nada. Si la delataba, se delataba a sí mismo ante su esposa. Cuando pudo relajarse, la velada fue incluso amena. Doña Nina relató historias de la infancia de David, y Don Valerio escuchaba a Carolina y le hacía preguntas acerca de su trabajo. Bueno, sabía mucho de eso… Pero la ironía en sus palabras ya no la hería. Incluso bromeó un par de veces, y para sorpresa de Carolina, ella se rió. Eso sí, entre las bromas asomaban segundas intenciones, claras sólo para ellos. Por ejemplo, mirando a Carolina, soltó: —¿Sabe, Carolina? Me recuerda mucho a una antigua… colega. También era muy lista. Y sabía cómo tratar a cada persona. Carolina no se alteró: —Cada persona tiene su propio talento, Don Valerio. David, como buen novio enamorado, la miraba embelesado, sin captar dobles sentidos. La quería de verdad. Y eso era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, hablando de viajes, Don Valerio, sin quitar el ojo a Carolina, soltó: —A mí me gustan los lugares apartados. Sin prisas, en calma, con un buen libro. ¿Y usted, Carolina? ¿Qué prefiere? Intentó ponerla a prueba. —Me gustan los sitios con gente, ruido, alegría —respondió Carolina sin pestañear—. Aunque a veces, demasiadas orejas escuchando pueden ser peligrosas. Tal vez a Nina le saltó una pequeña alarma: frunció el ceño, aunque desechó la idea de inmediato. Don Valerio sabía que Carolina no era de las que buscan silencio. Sabía muy bien por qué. Al terminar la noche y prepararse para dormir, Don Valerio abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a la vez como halago y burla. Nadie, salvo Carolina, entendió el trasfondo. Carolina sintió que bajaba la temperatura a su alrededor. “Especial”. Qué palabra había elegido… *** Aquella noche, cuando toda la casa dormía, Carolina no lograba conciliar el sueño. Daba vueltas pensando en el inesperado encuentro y cómo manejar las nuevas circunstancias. El futuro se presentaba complicado. Sospechaba que Don Valerio tampoco dormiría. Él, por esa coincidencia; ella, por la conversación pendiente. Y por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso la sudadera sobre camiseta y pantalones cortos, esos que sólo usaba en casa, y salió sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, forzó algunos pasos para que, si alguien estaba en vela, la oyera. Fue directa a la terraza, donde intuía que Don Valerio la encontraría. No tardó ni un minuto. —¿No puedes dormir? —le preguntó, apareciendo tras ella. —No hay manera —respondió. Una ligera brisa trajo el familiar aroma de su perfume. Él la examinó en silencio. —¿Qué pretendes con mi hijo, Carolina? —ya no usaba rodeos—. Sé muy bien de lo que eres capaz. Sé cuántos tipos como yo han pasado por tu vida. Sé que solo te mueve el dinero. Nunca lo has ocultado. De forma más o menos discreta, siempre pusiste precio. ¿Por qué David? Carolina no pensaba quedarse corta: —Le quiero, Don Valerio —canturreó—. ¿Por qué no podría? Él no se tragó esa respuesta. —¿Querer tú? No me hagas reír. Sé perfectamente quién eres, Carolina. Y lo contaré todo. Le diré a David a qué te fuiste a dedicar. Quién eres realmente. ¿En serio crees que se casará contigo después? Carolina acortó la distancia, quedándose a un paso. Le miró de arriba abajo, fingiendo interés. —Cuéntalo, Don Valerio —dijo, vocalizando cada sílaba—. Pero entonces tu mujer sabrá también nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, quedará claro qué hacíamos. Yo misma añadiré detalles para hacerlo inolvidable. —No es lo mismo… —¿Seguro? ¿Eso mismo le dirás a tu señora? Don Valerio se quedó helado. No había logrado intimidarla. Estaba acorralado. Estaban en el mismo barco. —¿Y qué vas a contarle? —No sólo a ella. A todos. Incluso a David. Desvelaré qué clase de marido eres y a qué “trabajo” te quedabas hasta tarde. Total, yo ya no tendría nada que perder. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante. Un dilema serio. Convencer al hijo de no casarse era firmar su propio divorcio. —No te atreverías. —¿No? —Carolina sonrió, burlona—. ¿De verdad crees que tú sí y yo no? No lo haré si tú tampoco vas contando lo mía, esa “ambición” que dices que tengo tú, con el pedazo de secreto que guardas. Y ya sabes que para Nines… la fidelidad es sagrada. Alguna vez, borracho, él mismo le confesó a Carolina cómo se sentía mal por engañar a su mujer, lo valiosa que era Nines, lo ruin que era él. Sabía bien que ella no lo perdonaría. Jamás. Así que no le quedaba mucho donde elegir. Sabía que Carolina no mentía. —Está bien —admitió al fin—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie sabrá lo que tuvimos. Por eso Carolina estaba tranquila. Él tenía mucho más que perder. —Como digas, Don Valerio. Al día siguiente dejaron la casa familiar. Bajo la mirada de odio de su futuro suegro, Carolina se despidió de la madre, que ya la llamaba “hija”. A Valerio se le retorcía la cara. Él sufría por no poder advertir a su hijo de la trampa, pero temía destaparse. Perder a Nines suponía perder a medias su fortuna. Y David tampoco se lo perdonaría… En otra ocasión, Carolina y David pasaron dos semanas en casa de los padres de él. Vacaciones, como quien dice. Don Valerio evitaba coincidir con Carolina, con mil excusas de trabajo. Pero una tarde, en casa solo, la curiosidad le pudo. Decidió fisgonear en el bolso de Carolina: por si encontraba algo que le diera ventaja. Revolvió su neceser, agenda, una libreta… y de pronto vio un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos rayitas bien marcadas. —Y yo pensando que la desgracia era que mi hijo se casara con… No, esto sí es una desgracia —dejó el test y ni cerró el bolso. Carolina lo pilló en ese momento. —Feísimo lo de rebuscar en cosas ajenas —le regañó sarcástica, aunque no parecía molesta. Valerio tampoco disimuló. —¿Estás embarazada de David? Carolina se acercó con calma, cogió el bolso, le miró y dijo: —Parece que le he fastidiado la sorpresa, Don Valerio. A él le hervía la sangre. Ahora Carolina no se separaría del hijo. Si hablaba, se hundía todo el mundo. No quedaba margen para nada. Y era difícil callar, sabiendo el peligro para su hijo. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Carolina criaban juntos a Alicia. Don Valerio evitaba ir a verles. No quería verles. Ni pensarlo. A la nieta no la sentía como suya. Y Carolina le daba miedo. Le horrorizaba su pasado y cómo trataba a David. De nuevo, un día, Nines decidió visitar a David y Carolina. —¿Vienes, Valer? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya es preocupante. —No, sólo cansancio. Ve tú. Como siempre, fingió migraña, gripe, dolor de oídos, las piernas… Siempre encontraba una excusa para no ir. Incluso se tomó un par de pastillas para disimular. No soportaba ver a Carolina. Pero tampoco podía abrir la boca. La tarde pasó entre pensamientos tortuosos. Descansó. Leyó un poco. Y entonces se dio cuenta de que Nines se retrasaba mucho. Ya eran las once de la noche y seguía sin aparecer. No respondía al móvil. Llamó a David. —Hijo, ¿todo bien por ahí? ¿Ha salido Nines ya? No la tenemos en casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora mismo. Y le colgó… Valerio ya iba a salir corriendo hacia la casa del hijo cuando vio aparcar un coche. El de Carolina. Cuando la vio, casi le dio un infarto. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carolina estaba increíblemente tranquila. Se sirvió una copa de vino, la bebió. Se sentó cómoda. —Ha pasado lo inevitable. —¿El qué? —Nuestro derrumbe. Todo. David ha encontrado en la web de un restaurante unas fotos nuestras de hace cuatro años. De una fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? David, buscando reservar algo para nuestro aniversario, revisó la web… Y allí estábamos. En pleno esplendor. El fotógrafo… colgó todo. Ahora David está hecho una furia. Tu Nines quiere el divorcio. Y, por cierto, yo, como tú querías, puede que también me divorcie de tu hijo. Don Valerio la miró perplejo. Se le pasaron mil imágenes por la cabeza. La web, la fiesta… Recordó que ya entonces advirtió que nada bueno saldría de todo aquello, les pidió que no hicieran fotos… ¿Pero cómo imaginar semejante catástrofe? Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Pero a mí a qué vienes? —He huido un rato —sonrió Carolina—. En casa todo es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Ella le ofreció su propio vino. Bebieron en silencio, sólo interrumpido por las cigarras. —Todo esto es culpa tuya —soltó él. Carolina no apartó la vista de la copa. —Ya. —Eres insoportable. —Es lo que hay. —Ni siquiera te da pena David. —Me da pena, pero más pena me doy yo. —Sólo te quieres a ti misma. —No lo niego. De pronto, él le acercó y le tomó del mentón, mirándola a los ojos. —Sabes que nunca te quise, ¿verdad? —susurró. —Lo creo sin problema. *** Por la mañana, cuando al fin Nines llegó a reconciliarse, dispuesta a perdonar a su marido aunque le costara la salud, encontró a Carolina y Don Valerio juntos. Todavía dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carolina, despertándose. —Yo —dijo Nines, observando cómo se desmoronaba su vida. Carolina la saludó con una calma implacable. Don Valerio despertó después, pero no salió a buscar a su mujer.
Mi mujer y mi padre Aitana solo fingía querer conocer a mis padres. ¿Para qué los necesitaba?
MagistrUm
Es interesante
09
Cuando la esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro: una historia de silencios rotos, manipulaciones familiares y el precio de la maternidad en la España actual
Mi mujer hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro Deja ya de hacerte la santa. Todo se arreglará.
MagistrUm
Es interesante
023
La cuidadora de la esposa — ¿Cómo dices? — A Lidia le pareció que no había entendido bien. — ¿A dónde se supone que tengo que irme? ¿Por qué? ¿Para qué? — Ay, venga, no montes un numerito — resopló él con fastidio. — ¿Qué parte no entiendes? Ya no tienes a nadie de quien cuidar. Y a dónde te vayas tú, la verdad, me da igual. — ¿Pero qué dice, Edu? ¡Si íbamos a casarnos! — Eso te lo habrás montado tú sola. Yo no pensaba en nada de eso. Con 32 años, Lidia decidió dar un giro radical a su vida y marcharse de su pueblo natal. ¿Para qué quedarse? ¿A escuchar los reproches de su madre? Aquella no dejaba de culparla por el divorcio. “¡Cómo se te ocurre dejar escapar a un marido así!” Y aquel Vasco no valía ni el saludo: borracho y mujeriego. ¿Cómo pudo casarse con él hace ocho años? Lidia ni siquiera se apenó por el divorcio, al contrario, que sentía que podía respirar mejor. Solo que, desde entonces, las discusiones con su madre no paraban. También se peleaban por el dinero, que siempre era escaso. Así que se iría a la capital provincial y allí encontraría su sitio. Su amiga del colegio, Silvia, llevaba ya cinco años casada con un viudo. Bueno, sí, él tenía dieciséis años más y tampoco era un galán, pero tenía piso y dinero. Y Lidia no se sentía en nada inferior a Silvia. — ¡Menos mal! ¡Ya era hora de que espabilaras! — celebró Silvia. — Prepara la maleta rápido, puedes quedarte en casa hasta que encuentres trabajo. — ¿Y tu marido, don Manuel? — dudó Lidia. — ¡Pero qué va! Él me hace caso en todo, ¡no te preocupes! Aun así, no tardó en independizarse: bastaron un par de semanas y consiguió una habitación cuando ya empezó a ganar sus primeros euros. Y fue entonces cuando la suerte le sonrió. — ¿Y cómo es que una mujer como tú está vendiendo en el mercado? — le preguntó Eduardito, cliente habitual, con pena. Lidia ya conocía a los asiduos por su nombre desde hacía tiempo. — Frío, hambre, y bueno, hay que ganarse la vida — le contestó. — ¿Tienes otra propuesta? — añadió, coqueta. Eduardito, para Lidia, distaba mucho de ser el hombre de sus sueños: le sacaba unos veinte años, tenía la cara como hinchada, la frente clareando y unos ojos algo fríos. Siempre seleccionaba los tomates con minuciosidad y pagaba exacto hasta el último céntimo. Pero iba bien vestido, tenía buen coche; no era ningún desgraciado ni borracho. Eso sí, llevaba alianza, así que Lidia no le veía como posible marido. — Eres una mujer responsable, seria, limpia — Eduardito, de repente, tuteó — ¿Alguna vez has cuidado enfermos? — Sí, ya cuidé a la vecina cuando le dio un ictus. Los hijos viven lejos y no les apetecía cuidar a su madre, así que me lo pidieron a mí. — ¡Perfecto! — El hombre se animó, aunque puso cara triste — Pues mi mujer, doña Tamara, ha caído enferma. También un ictus. Los médicos dicen que apenas tiene opciones. Me la traje a casa, pero yo no tengo tiempo para cuidarla. ¿Me ayudarías? Te pagaría como corresponde. Lidia ni se lo pensó. Mejor estar en un piso calentito —aunque hubiera que limpiar bacinillas— que pasar diez horas en la calle con clientes caprichosos. Además, Eduardito le ofreció vivir allí, así que ni siquiera tendría que pagar alquiler. — ¡Si tienen tres habitaciones! Allí cabe hasta un equipo de fútbol — contaba Lidia a Silvia. — No tienen hijos. La madre de Tamara, doña Milagros, era de armas tomar: a los 68 se había vuelto a casar y pasaba de todo salvo de su nuevo marido. Nadie para cuidar a la hija enferma. — ¿Tan mal está? — Pues sí… No ha tenido suerte la pobre mujer: está postrada y solo emite gemidos. Dudo que se recupere. — Y tú, ¿estás contenta por ello? — preguntó Silvia mirándole a los ojos. — No, claro — Lidia apartó la mirada —, pero al menos, cuando falte, Eduardito quedará viudo… — ¿Estás fatal, Lidi? ¿Deseándole la muerte a alguien por un piso? — Yo no deseo nada, solo no pienso dejar pasar la oportunidad. ¡Tú hablas desde el privilegio, que vives como una reina! Aquel día se enfadaron tanto que Lidia no le contó hasta medio año después que tenía un romance con Eduardito. Vivían una pasión irrefrenable, aunque, claro, él nunca dejaría a su esposa — ¡no es ese tipo de hombre! — así que serían amantes clandestinos. — ¿Me quieres decir que hacéis vuestra vida mientras la mujer de al lado se muere? — volvió a no aprobar Silvia. — ¿Te das cuenta de lo ruin que es eso? ¿O solo ves su supuesto dinero? — Nunca espero palabra buena de ti — se molestó Lidia. Y de nuevo dejaron de hablarse. Pero Lidia no sentía culpa (quizá solo un poco). ¡Todos van de santos! Nadie entiende a quien pasa hambre, como dice el refrán. ¡Ya se apañará sin amigas! Lidia cuidó de Tamara con todo esmero, y desde que empezó con Eduardito también se encargó de toda la casa. No solo hay que complacer a un hombre en la cama, hay que darle de comer rico, lavar y plancharle las camisas, limpiar la casa. Hasta creía que su amante estaba encantado, y ella también disfrutaba de su nueva vida. Incluso se despistó y no se dio cuenta de que Edu ya no le pagaba por cuidar a su esposa. Pero, ¿qué importaba el dinero si ya eran casi marido y mujer? Solo le daba dinero para la compra, y ella se apañaba con el presupuesto, que justo alcanzaba. A pesar de que el jefe de taller ganaba muy bien. Pero bueno, ya la regularían cuando se casaran. Con el tiempo, la pasión se fue apaciguando, y Edu no tenía tanta prisa en volver a casa. Lidia lo atribuía al cansancio de cuidar a su mujer enferma. De qué se cansaba —si apenas se asomaba a la habitación una vez al día—, eso no lo sabía, pero le tenía lástima. Y aunque era previsible, cuando falleció Tamara Lidia lloró: había dedicado año y medio a aquella mujer. Ella organizó el entierro —Edu no estaba en condiciones del disgusto. El dinero que le dio fue justo, pero ella puso todo para que la ceremonia fuera digna. Nadie pudo reprocharle nada. Ni las vecinas, que la miraban mal por el idilio con Edu, ni la suegra. Esta última, incluso, le agradeció. Jamás esperaba Lidia la reacción de Edu tras el funeral. — Como comprenderás, ya no requiero tus servicios. Así que te doy una semana para irte — dijo seco a los diez días de la muerte. — ¿Cómo dices? — A Lidia le pareció que no había entendido. — ¿A dónde tengo que irme? ¿Por qué? — Ay, por favor, no me montes el espectáculo — resopló el amante. — Ya no tienes a nadie de quien cuidar. Y tu destino no me interesa en absoluto. — Pero Edu, ¿y lo nuestro? ¿No íbamos a casarnos? — Eso te lo has hecho tú en la cabeza. Yo nunca lo prometí. Al día siguiente, sin dormir, Lidia intentó volver a hablar con Edu, pero él repitió lo mismo, y le urgió a irse cuanto antes. — Mi novia quiere reformar la casa antes de la boda — soltó Edu. — ¿Novia? ¿Quién es? — No es asunto tuyo. — ¿Ah, sí? Pues me iré, pero antes tienes que pagarme por el trabajo. ¡Sí! Y no me mires así. Prometiste pagarme 1.200 euros al mes. Solo me diste dos veces. Así que me debes 19.200 euros. — ¡Vaya! ¡Qué rápidez para sacar cuentas! — se burló el amante. — Ni lo sueñes… — ¡Y añade los servicios de ama de casa! Mira, no me pondré exigente: Dame 30.000 y aquí paz y después gloria. — ¿Y si no qué? ¿Vas a ir a juicio? Ni contrato tienes. — Se lo contaré a doña Milagros — murmuró Lidia. — La que os compró el piso. Créeme: después de lo que le cuente, hasta tu empleo estará en peligro. Tú sabes mejor que yo cómo es tu suegra. El rostro de Eduardo cambió, pero recuperó la compostura. — ¿Y quién te va a creer? ¡Venga, vete ya que no quiero verte! — Tienes tres días, querido. Sin dinero, habrá escándalo — Lidia hizo la maleta y se fue a un hostal. Algo había ahorrado comprando. El cuarto día, sin noticia alguna, fue al piso. Y qué suerte: allí estaba doña Milagros. Por la cara de Edu, Lidia comprendió que nunca le pagaría, y soltó todo delante de la suegra. — ¡Eso es todo mentira! No la crean — saltó Edu, indignado. — Ya oí cosas en el funeral, pero no les di crédito — le cortó la suegra. — Ahora lo tengo claro. Y espero que tú también; ni olvides que el piso está a mi nombre. Edu se congeló. — Así que, ni te quiero ver por aquí en una semana. Mejor: en tres días. Doña Milagros ya iba a salir, pero se detuvo junto a Lidia. — ¿Y tú qué esperas? ¿Una medalla? ¡Fuera de mi casa! Lidia salió huyendo, sin posibilidad de cobrar un euro. Tendría que volver al mercado, allí siempre habría trabajo…
Cuidadora para la esposa ¿Cómo dices? A Lucía le pareció que no había oído bien. ¿Que tengo que irme?
MagistrUm
Es interesante
082
La petición del nieto. Relato — Abuela, necesito pedirte un favor, me hace mucha falta dinero. Bastante. El nieto vino a verla por la tarde. Se notaba que estaba nervioso. Normalmente, Denis pasaba un par de veces por semana por casa de doña Lilia Victoria. Si hacía falta, iba a la tienda, sacaba la basura. Incluso le arregló el sofá una vez, todavía aguanta. Siempre tan tranquilo, seguro de sí mismo. Pero esta vez estaba todo alterado. Lilia Victoria siempre tenía cierto temor — ¡con tantas cosas que pasan hoy en día! — Denis, hijo, ¿puedo preguntarte para qué necesitas el dinero? ¿Y cuánto es eso de “bastante”?, — Lilia Victoria se puso algo tensa por dentro. Denis era su nieto mayor. Un buen chaval, generoso. Había terminado el bachillerato el año pasado. Trabajaba y estudiaba por la UNED. Sus padres nunca habían visto nada raro en él. Pero, ¿por qué necesitaba tanto dinero? — Ahora no te lo puedo decir, pero te lo devolveré fijo, — Denis titubeó, — aunque será poco a poco, a plazos. — Sabes que vivo de la pensión, — Lilia Victoria no sabía qué hacer, — ¿cuánto necesitas exactamente? — Cien mil. — ¿Por qué no se lo pides a tus padres? — preguntó Lilia Victoria automáticamente, ya sabiendo lo que contestaría Denis. Su padre, yerno de Lilia Victoria, siempre fue muy estricto. Opinaba que su hijo debía aprender a resolver sus propios problemas, según su edad. Y no meterse donde no debía. — No me lo darán, — respondió Denis, confirmando sus pensamientos. ¿Y si se ha metido en un lío? Y si le deja el dinero, ¿sería peor? ¿O acaso, si no le ayuda, Denis tendrá problemas? Lilia Victoria le miró inquisitivamente. — Abuela, no te preocupes, no es nada malo, — Denis interpretó su mirada a su manera, — te lo devolveré en tres meses, ¡lo prometo! ¿Es que no confías en mí? Quizá deba dárselo. Aunque no lo devuelva. Tiene que haber al menos una persona en el mundo que le apoye. No debe perder la fe en las personas. Tengo ese dinero guardado para un imprevisto. Quizá este sea el momento. Denis ha venido a mí. Mis propias exequias, todavía no toca pensar en ellas. Y si pasa algo, me enterrarán igual. Hay que pensar en los vivos, eso es. En los vivos. ¡Y confiar en los propios! Dicen que, si prestas dinero, olvídate de él. Los jóvenes de ahora son imprevisibles. A veces no sabes qué tienen en la cabeza. Pero, por otro lado, mi nieto jamás me ha fallado. — Está bien, te lo dejo. Son tres meses, como pides. Pero, ¿no crees que sería mejor que lo supieran tus padres? — Abuela, sabes que te quiero muchísimo. Y siempre cumplo mis promesas. Pero si no puedes, intento pedir un crédito; ya lo sabes, trabajo. Por la mañana, Lilia Victoria fue al banco, sacó el dinero y se lo entregó. Denis sonrió, besó a su abuela y le agradeció: — Gracias, abuela, eres lo más importante para mí. Te lo devolveré, — y se fue corriendo. Lilia Victoria volvió a casa, se preparó un té y se quedó pensando. Cuántas veces en la vida el dinero le había hecho falta urgentemente. Y siempre había alguien que la ayudaba. Ahora los tiempos han cambiado, cada uno va a lo suyo. ¡Qué tiempos difíciles! Una semana después, Denis apareció muy animado: — Abuela, toma, aquí tienes una parte, he cobrado el adelanto. ¿Puedo venir mañana con alguien? — Claro que sí, y te haré tu tarta favorita, de amapola, — sonrió Lilia Victoria. Y pensó que era buena idea, quizá así se aclarase todo. Quería asegurarse de que Denis estaba bien. Denis vino por la tarde. No venía solo. A su lado estaba una chica delgada: — Abuela, te presento a Liza, Liza, esta es mi querida abuela Lilia Victoria. Liza sonrió amablemente: — Encantada, doña Lilia Victoria, muchísimas gracias por todo. — Pasad, un placer conocerte, — Lilia Victoria suspiró aliviada. La chica le cayó bien desde el primer momento. Todos se sentaron a merendar con la tarta. — Abuela, no te lo conté antes. Liza estaba muy angustiada, a su madre le surgieron problemas de salud repentinos. Y nadie podía ayudarla. Liza es algo supersticiosa, me prohibió decir para qué eran los euros. Pero ahora ya está todo bien, han operado a su madre y el pronóstico es bueno, — Denis miró a Liza con ternura, — ¿a que sí?, — le cogió la mano. — De verdad, muchas gracias, usted es muy buena, estoy muy, muy agradecida, — Liza se giró y se sonó la nariz. — Tranquila, Liza, ya ha pasado todo, — Denis se levantó de la mesa, — abuela, tenemos que irnos, ya es tarde. — Venga, chicos, que vaya todo bien, — Lilia Victoria les hizo la señal de la cruz al despedirse. El muchacho ha crecido. Es un buen chico. Hice bien en confiar en él. Al final, no era solo cuestión de dinero. Ahora estamos más unidos. Dos meses después, Denis devolvió todo el dinero y le contó a Lilia Victoria: — Fíjate, el médico dijo que llegamos a tiempo. Si no me hubieras ayudado, todo podría haber acabado mal. Gracias, abuela. No sabía cómo ayudar a Liza aquel día, y ahora sé que siempre habrá alguien que te tienda la mano en momentos difíciles. Para ti haría cualquier cosa, ¡eres la mejor del mundo! Lilia Victoria le revolvió el pelo como cuando era niño: — Venga, corre. Venid a verme con Liza, que me hace ilusión. — Claro, — Denis abrazó a su abuela. Lilia Victoria cerró la puerta y recordó las palabras de su propia abuela: “Siempre hay que ayudar a los tuyos. Así lo hacemos en España de toda la vida. Quien da la cara por los suyos, nunca está solo. No hay que olvidarlo.”
Abuela, tengo que pedirte un favor, de verdad necesito dinero. Mucho. Mi nieto vino a verme por la tarde
MagistrUm
Es interesante
014
– ¡Svítlana, pero allí en invierno hace frío!
¡Celia, pero en invierno hace mucho frío! Tendremos que usar la leña para calentar la casa.
MagistrUm
Es interesante
029
No dejamos entrar a nuestra hija en casa —¿Y por qué no la dejasteis pasar? —Verónica se atrevió a preguntar lo que más le dolía—. Antes siempre la acogíais… La madre esbozó una amarga mueca. —Porque te tengo miedo por ella, Nica. ¿Crees que no vemos cómo te escondes en un rincón cuando tu hermana irrumpe en casa de madrugada? ¿No vemos cómo escondes los libros para que no te los destroce? Ella te mira y se enfada. Se amarga porque tú eres normal. A ti te espera otra vida, y la suya hace tiempo que la perdió entre copas… Verónica encogió los hombros, encorvada sobre el libro abierto, mientras en la habitación de al lado volvía a estallar el escándalo. El padre ni se había quitado la cazadora: de pie en medio del pasillo, móvil en mano, gritaba: —¡No me vengas con historias! —bramaba al auricular—. ¿Dónde te lo has fundido todo? ¡Han pasado solo dos semanas desde la nómina! ¡Dos semanas, Laura! Desde la cocina miró Tania. Escuchó un instante el monólogo de su marido y preguntó: —¿Otra vez? Valerio solo hizo un gesto y puso el altavoz: del teléfono salieron llantos. La hermana mayor de Verónica tenía un don natural para dar pena incluso a una piedra. Pero tras tantos años de sufrimiento, los padres se habían forjado una coraza. —¿Qué quieres decir con eso de “te ha puesto de patitas en la calle”? —Valerio comenzó a recorrer de nuevo el estrecho pasillo—. Y hace bien. ¿Quién aguantaría ese estado continuamente? ¿Te has mirado alguna vez al espejo? Tienes treinta años y… la cara como un perro apaleado. Verónica entreabrió la puerta de su habitación solo un par de centímetros. —Papá, por favor… —dejó de sonar el llanto de golpe—. Ha sacado mis cosas al portal. No tengo a dónde ir. Fuera llueve, hace frío… ¿Puedo ir a casa, aunque sea unos días? Solo para descansar un poco… La madre se adelantó queriendo coger el teléfono, pero Valerio se apartó bruscamente. —¡No! —cortó—. No quiero verte por aquí. ¿No quedamos en algo la última vez? Después de que te llevaste la tele al empeño mientras estábamos en el pueblo, ¡esta casa está cerrada para ti! —¡Mamá! ¡Díselo tú! —chilló la voz desde el teléfono. Tatiana se cubrió la cara con las manos y los hombros se le sacudieron. —Laura, hija, ¿qué has hecho…? —murmuró la madre, sin mirar al padre—. Te llevamos al médico. Nos lo prometiste. Dijeron que la última cura te serviría tres años. ¡Y no aguantaste ni un mes! —¡Esa “cura” vuestra es una tontería! —replicó Laura, con tono de víctima que de golpe se volvía agresivo—. ¡Solo quieren sacaros el dinero! ¡Yo estoy mal, por dentro, siento que me quemo, que no respiro! Y vosotros con la tele… ¡La tele, él la quiere! ¡Ya os compraré otra! —¿Con qué dinero? —Valerio se quedó mirando un punto en la pared—. ¿Con qué, si te lo has fundido todo? ¿Otra vez has pedido a tus “amigos”? ¿O te has llevado algo del piso de ese tal…? —¡Da igual! —soltó Laura—. ¡Papá, no tengo dónde dormir! ¿Queréis que acabe bajo un puente? —Vete a un albergue. A donde quieras —la voz del padre era peligrosamente calmada—. Aquí no entrarás. Cambiaré la cerradura si vuelves a acercarte. Verónica se abrazaba las piernas encima de la cama. Normalmente, cuando la hermana mayor sacaba de quicio a los padres, la ira acababa cayendo sobre ella. —¿Y tú qué haces? Otra vez con el móvil, ¡serás igual de inútil que tu hermana! —frases que oía desde hacía tres años. Pero ese día se olvidaron de ella. Nadie gritaba, nadie reprochaba. El padre colgó, se quitó la cazadora, y ambos padres se retiraron a la cocina. Verónica salió al pasillo de puntillas. —Valerio, no puedes hacerle eso —sollozaba la madre—. Se va a perder, del todo. Sabes cómo es cuando está… así. No controla lo que hace. —¿Y yo tengo que controlarla? —el padre ponía el hervidor con estrépito en el fuego—. Tengo cincuenta y cinco, Tania. Solo quiero llegar a casa y sentarme en mi butaca. No quiero esconder la cartera bajo la almohada. Ni aguantar las quejas de los vecinos porque la han visto colarse con gente rara o insultándolos. —Es nuestra hija —dijo bajito la madre. —Lo fue hasta los veinte. Ahora es una carga que nos deja sin vida. Es una alcohólica, Tania. Esto no se cura si no se quiere. Y ella no quiere. Le gusta vivir así. Se levanta, encuentra, se lo bebe y se cae… Sonó el teléfono otra vez. Los padres callaron un segundo, y después el padre contestó. —Dime. —Papá… —la voz de Laura—. Estoy en la estación. Por aquí ronda la policía, si me quedo me llevan. Por favor… —Escúchame bien —le interrumpió el padre—. No volverás a casa. Punto. —¿Y entonces qué, me mato? —el tono de Laura retaba—. ¿Eso es lo que queréis? ¿Que os llamen del tanatorio? Verónica se sobresaltó. Ese era el as que siempre sacaba Laura cuando ya no quedaban argumentos. Antes eso funcionaba. La madre lloraba, el padre se agarraba el pecho, y le daban dinero, la acogían, la alimentaban y la ponían a punto. Hoy, él no picó. —No amenaces —dijo—. Te quieres demasiado para eso. Vamos a hacer lo siguiente. —¿Qué? —en la voz de Laura brillaba una chispa de esperanza. —Te buscaré una habitación. La más barata, en la periferia. Te pagaré el primer mes. Algo de dinero para comida, y punto. Después te las apañas sola. Encuentras trabajo, espabilas y vives. Si no, en un mes —a la calle—, y me dará igual. —¿Habitación? ¿Solo una habitación y no un piso? Papá, yo sola… me da miedo. Y allí… puede haber vecinos raros. Y además, ¿cómo voy a vivir de alquiler sin nada? Ni sábanas tengo, ¡ese cabrón se quedó con todo! —La ropa de cama la prepara mamá y la dejamos con la conserje. Vas, la recoges. No subas, está avisado. —¡Sois unos animales! —rompió a gritar Laura—. ¡Desterráis a vuestra propia hija! ¡A un cuchitril! Vosotros tan tranquilos aquí, y yo como una rata escondida… La madre no aguantó más y cogió el teléfono. —¡Laura, calla ya! —le gritó tan fuerte que Verónica tembló—. ¡Escucha a tu padre! Es tu última oportunidad. O la habitación, o la calle. Elige ahora, porque mañana ni eso tendrás. Al otro lado hubo silencio. —Vale —murmuró Laura al fin—. Mandadme la dirección. Y dinero… mandad a la tarjeta ya. Necesito comer. —No habrá dinero —zanjó Valerio—. Yo misma te llevo la comida con la bolsa. Sé “en qué comida” te lo gastarías. Colgó. Verónica decidió salir de su cuarto, fingiendo que solo iba a beber agua. Estaba segura de que ahora recibiría el impacto de toda esa frustración. El padre juzgaría su camiseta, acusándola de ir hecha un desastre. La madre diría que no le importa nada, que hay dramas en casa y ella anda de un lado a otro, tan tranquila. Pero ni siquiera la miraron. —Verónica —susurró la madre. —¿Sí, mamá? —Arriba, en el armario, en la balda de arriba, hay sábanas y fundas viejas. Búscalas, por favor, y mételo en la bolsa azul del trastero. —Vale, mamá. Verónica fue a buscar la bolsa, vació la porquería que tenía. No podía imaginar cómo Laura se apañaría sola. No sabe ni cocerse unos macarrones. Y encima… Estaba segura de que su hermana no duraría ni dos días sin beber. Volvió al dormitorio de sus padres, se subió a un taburete y fue sacando todo. —No olvides las toallas —gritó el padre desde la cocina. —Ya las puse —respondió ella. Vio al padre irse calzando y salir sin decir nada. Seguramente a buscar esa “cueva”. Verónica entró a la cocina. La madre seguía sentada, igual que antes. —Mamá, ¿quieres que te traiga una pastilla? —preguntó bajito acercándose. La madre alzó la mirada. —¿Sabes, Nica…? —empezó con voz extraña—. Cuando era pequeña, pensaba: crecerá y me ayudará. Charlaremos de todo… Y ahora me veo aquí sentada pensando… solo espero que no olvide la dirección de la habitación, que llegue… —Llegará —dijo Verónica, sentándose a su lado—. Siempre acaba apañándose. —Esta vez no —la madre negó despacio—. Tiene otra mirada. Vacía. Como si por dentro ya no quedara nada. Solo la carcasa que habita esa… miseria. Veo cómo le tienes miedo… Verónica calló. Siempre creyó que los padres no veían su miedo, demasiado enfrascados en “salvar” a la perdida Laura. —Yo pensaba que ya ni os importaba —confesó. La madre le acarició el pelo. —Nos importa. Pero ya no nos quedan fuerzas. ¿Sabes lo que dicen en los aviones? Primero ponte la máscara tú y luego al niño. Diez años intentamos ponérsela a ella primero. ¡Diez! La llevamos a curanderos, la ingresamos en clínicas carísimas… Y casi acabamos sin aire nosotros. Sonó el timbre. Verónica se sobresaltó. —¿Es ella? —preguntó asustada. —No, tu padre tiene llaves. Serán los de la compra, que él encargó. Verónica fue a abrir. El repartidor entregó dos bolsas pesadas. Llevó todo a la cocina y empezó a ordenar. Legumbres, conservas, aceite, té, azúcar. Nada superfluo. —Esto no lo va a comer —observó, apartando el paquete de arroz—. Solo quiere cosas preparadas. —Si le apetece vivir, lo cocinará —dijo la madre, con repentina firmeza—. No la vamos a consentir más. De tanto mimarla, la vamos a llevar a la tumba. Una hora después volvió el padre. Tenía el aspecto de quien lleva tres turnos seguidos. —Ya está —dijo escuetamente—. Tengo las llaves. La casera es una vieja profesora, muy severa. Me ha dicho claramente que, al mínimo problema, la echa. Le he dicho que lo haga sin contemplaciones. —Valerio… —suspiró la madre. —¿Qué, Valerio? Basta de mentir a la gente. Que lo sepa. Cogió la bolsa de ropa, los paquetes de comida y se fue. —Llevaré todo a la portera. La llamo para avisarle dónde recogerlo. Verónica, ciérrame con llave. Si llaman al fijo, no contestes. El padre salió y la madre se encerró en la cocina a llorar. A Verónica se le encogió el corazón. ¿Cómo se puede vivir así? Ni vivir ni dejar vivir… *** Pero los padres se equivocaron: a la semana llamó la casera, diciendo que la inquilina se había ido con la policía. Laura había llevado a tres hombres y montado la fiesta toda la noche. Y otra vez los padres no pudieron abandonarla: a Laura la ingresaron en un centro de rehabilitación. Un lugar cerrado, con vigilancia: allí prometen “curar” al alma perdida en un año. ¿Quién sabe? ¿Quizás esta vez ocurra el milagro…?
¿Y por qué no la dejasteis entrar? se atrevió a preguntar Verónica, por fin, la pregunta que más la atormentaba.
MagistrUm
Es interesante
08
Dos ramos para mamá
Dos ramos para mamá Mi lugar favorito en casa siempre ha sido el armario viejo del rincón de la habitación
MagistrUm
Es interesante
023
Sin nadie con quien hablar. Relato —Mamá, ¿qué dices? ¿Cómo que no tienes con quién hablar? Si te llamo dos veces al día —preguntó su hija, ya cansada. —No, hija, no me malinterpretes —Nina Antónova suspiró con tristeza—. Es solo que ya no me quedan amigos ni conocidos de mi época. De mi tiempo. —Mamá, no digas tonterías. Tienes a tu amiga del colegio, Irene. Y además eres muy moderna y pareces mucho más joven. Mira, mamá, ¿qué te pasa? —insistió preocupada su hija. —Sabes bien que Irene tiene asma, no puede hablar por teléfono porque le da tos. Y vive muy lejos, al otro lado de la ciudad. ¿Recuerdas que te contaba que éramos tres amigas inseparables? Pues Marina ya murió hace tiempo. Ayer vino a verme Toñi, la vecina de al lado. Le invité a tomar un té; es buena mujer, suele pasarse. Trajo bollos que había horneado para su familia. Me contó de sus hijos y sus nietos… ella también tiene nietos, y eso que es quince años más joven que yo. Pero sus recuerdos de infancia y de colegio son tan distintos de los míos. Me gustaría tanto hablar con personas de mi edad, de mi generación —comentaba Nina Antónova a su hija, sabiendo de sobra que ella no la entendería. Es joven aún, aún es su tiempo el que está ahí fuera, aún no siente esa nostalgia por los recuerdos. Y aunque Svetlana es una buena chica, muy cariñosa, no es esa la cuestión. —Mamá, tengo entradas para el recital de romances del martes. ¿Recuerdas que te apetecía ir? Y nada de tristezas, ponte tu vestido burdeos, ¡estás guapísima con él! —Vale, hija, no te preocupes, ya se me pasará, ni yo misma sé qué me entró… Buenas noches, ya hablamos mañana. Descansa y acuéstate temprano, que andas agotada —Nina Antónova cambió de tema. —Sí, mamá, buenas noches —dijo Svetlana y colgó. Nina Antónova miró en silencio por la ventana las luces parpadeantes de la noche… Décimo de bachillerato, también en primavera. Tantos planes, tan reciente le parecía. Su amiga Irene gustaba de Sergio Morán, el compañero de clase. Pero Sergio estaba enamorado de ella, de Nina. La llamaba por las noches al fijo y la invitaba a pasear. Pero Nina lo veía solo como amigo, no quería darle falsas esperanzas. Después Sergio hizo la mili. Volvió, se casó. Vivió en el edificio antiguo de Irene. Por entonces tenía… teléfono fijo. El número… Nina Antónova marcó el número que de pronto le vino a la memoria. Tardó en sonar el tono, finalmente alguien descolgó. Primero solo hubo un susurro, luego oyó… una voz masculina, suave, diciendo: —¿Sí? Le escucho, adelante. ¿Será muy tarde? ¿Por qué le he llamado? ¿Y si ya no me recuerda, o ni siquiera es él? —Buenas noches —la voz de Nina Antónova tenía un timbre ronco, por la emoción. A través del auricular sonó otra vez un susurro, y de pronto oyó, asombrada: —¿Nina? ¿Eres tú? ¡Por supuesto que eres tú! Jamás olvidaría tu voz. ¿Cómo me has encontrado? Yo ni siquiera suelo estar… —¡Sergio, me has reconocido! —Nina Antónova notó una oleada de alegría y recuerdos. Nadie la llamaba así desde hace años, solo “mamá”, “abuela” o “Nina Antónova”. Bueno, y alguna vez Irene. Pero “Nina”, a secas, sonaba tan alegre, tan primaveral, como si no hubieran pasado los años. —Nina, ¿cómo estás? Me alegra tanto oírte —esas palabras le emocionaron. Temía que no la reconociera, o que molestara. —¿Recuerdas décimo? Cuando Vítor y yo os paseábamos a Irene y a ti en barca? Se dejó las manos en los remos y se quitaba las ampollas. Y luego nos comimos un helado en el Paseo del Prado mientras sonaba la música… —¡Por supuesto que sí! —Nina rió feliz—. ¿Y la vez que fuimos de excursión al campo con la clase, a dormir una noche? ¡No había manera de abrir las latas y estábamos muertos de hambre! —Ya ves —rió Sergio—. Luego lo logró Vítor y después nos pusimos a cantar alrededor de la hoguera, ¿verdad? Desde aquel día quise aprender a tocar la guitarra. —¿Y lo lograste? —la voz de Nina rejuvenecía con cada recuerdo compartido. Sergio estaba resucitando su pasado común, trayendo detalles olvidados. —¿Y tú qué tal? —preguntó Sergio, y enseguida añadió—. Aunque, en realidad, por tu voz se nota que eres feliz. Hijos, nietos… ¿sí? ¿Y sigues escribiendo versos? ¡Me acuerdo! “Disolverse en la noche y renacer con el alba”. ¡Qué fuerza de vida! ¡Siempre fuiste un sol! A tu lado uno calentaba el alma, nunca pasabas frío. Deben ser afortunados tus hijos y nietos con una madre y abuela así. —No exageres, Sergio, me pones colorada… mi tiempo ya pasó, yo… Él la interrumpió: —Déjalo ya. Con la energía que desprendes, hasta el teléfono se me está calentando. Es broma. No me creo que hayas perdido el gusto de vivir, no va contigo. Así que tu tiempo aún no ha acabado, Nina, vive y sé feliz. El sol brilla para ti. Y el viento persigue las nubes en el cielo para ti. Y los pájaros cantan para ti. —Sergio, sigues siendo un romántico. ¿Y tú qué tal? Que estoy aquí yo sola, hablando y hablando…, —pero el teléfono crujió, hizo clic y se cortó la llamada. Nina Antónova se quedó un rato mirando el aparato, dudó si volver a marcar, pero le pareció tarde y poco apropiado. En otro momento. Qué conversación tan bonita, cuántos recuerdos… El brusco timbrazo del teléfono la sobresaltó. Era su nieta. —Sí, Dasha, cariño, no, no duermo aún. ¿Qué dice tu madre? No, estoy de buen ánimo, mañana vamos al concierto. ¿Pasarás por casa? Perfecto, te espero. Un beso. Nina Antónova se fue a dormir de muy buen humor. ¡Cuántos planes! Mientras se quedaba dormida, inventaba versos en su cabeza… A la mañana siguiente, Nina Antónova decidió visitar a su amiga Irene. Un par de paradas en tranvía, al fin y al cabo, aún no soy un saco de huesos, pensó. Irene la acogió con entusiasmo: —¡Por fin! Llevabas tiempo prometiéndolo. Vaya, has traído una tarta de albaricoque, mi favorita. Cuéntame —Irene tosió y se agarró el pecho, pero pronto hizo un gesto, restando importancia. —Estoy bien, con el nuevo inhalador mejoro. Vamos a tomar té. Ninka, tienes otra cara; ¿qué ha pasado? —Pues no sé, debe ser la quinta juventud; imagínate, ayer llamé por casualidad a Sergio Morán. Sí, tu amor de décimo. Se puso a recordar y, madre mía, cuántas cosas olvidadas. Irene, ¿por qué te has quedado callada de repente? ¿Estás bien? Irene estaba pálida, miraba a su amiga en silencio. Susurró: —Nina, ¿no sabías que Sergio falleció hace un año? Y vivía en otro barrio, ya no estaba en aquel piso. —¿Cómo? ¿Qué me dices? ¿Y con quién hablé entonces? Sabía todos los detalles de nuestra juventud. Primero tenía el ánimo por los suelos, pero después de hablar con él sentí que la vida continúa, que aún me quedan fuerzas y ganas de vivir… No puede ser —Nina no podía creerlo—. Reconocí su voz, le escuché claramente. Me dijo cosas preciosas: “El sol brilla para ti. Y el viento empuja las nubes en el cielo para ti. Y los pájaros cantan para ti”. Irene negó con la cabeza, dudando de la historia. Pero de pronto afirmó: —Nina, no sé cómo ha pasado, pero parece que fue él, de verdad. Sus palabras, su estilo. Sergio te quiso. Yo creo que quiso animarte… desde donde esté. Y, mira, lo ha conseguido. Hace mucho que no te veía tan alegre y llena de vida. Algún día, alguien recogerá tu corazón hecho pedazos. Y entonces recordarás… que eres, simplemente, feliz.
Mamá, ¿pero qué cosas dices? ¿Cómo que no tienes con quién hablar? Si te llamo dos veces al día, suspiró
MagistrUm
Es interesante
055
La finca de la discordia: una hija reclama lo que es suyo
Lucía, corazón, entiéndeme, la situación es catastrófica suspiró hondo Julio Fernández, frotándose el
MagistrUm
Es interesante
034
La ilusión de un príncipe desvanecida…
**5 de junio, 2024** No era el príncipe de sus sueños Todo comenzó cuando conocí a Lucía, una chica dulce
MagistrUm