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De niña sentía curiosidad por saber quién era mi padre. Crecí en un internado y con el tiempo su ausencia se volvió algo “normal” para mí. A los 14 años conocí al padre de mis hijos y entonces ni siquiera insistí en buscar a mi propio padre. La vida siguió adelante. Más tarde me separé y, justo en ese momento –casi sin buscarlo– las circunstancias me guiaron hacia él. Trabajo por mi cuenta y un día, en mi negocio, vino un cliente. Empezamos a hablar, la conversación fluyó con naturalidad y le confesé que nunca había conocido a mi padre. Él me ayudó a encontrarlo. Lo localizamos en el pueblo donde había vivido toda su vida. Cuando por fin lo conocí, sentí una emoción indescriptible. Alegría infinita. Comencé a hacer planes con él: viajes, constantes conversaciones, pequeños detalles. Le compraba ropa, le mimaba, viajábamos juntos y yo pagaba todo, sin importar si él tenía dinero o no. Le veía descuidado, triste, solo, y sentía que debía compensar todos los años perdidos. Él me decía que estaba solo, que tenía hijos en el pueblo, pero que no le dejaban tener pareja porque, según ellos, cualquier mujer que se acercara lo hacía por su dinero. Le pedí que me presentara a la mujer que decía que le quería, y así lo hizo. La conocí: una mujer humilde y trabajadora que le cuidaba. Sus gestos reflejaban bondad. Pero los hijos de mi padre no la aceptaban. La insultaban, llamaban a la policía, la maltrataban en cada ocasión. Cuando le pregunté por qué, me confesó que mi padre tenía casas, tierras y dinero en el banco, y sus hijos no permitían que nadie se acercara a él por miedo a que alguien se quedara con algo. Ahí empezaron los rumores. Decían que yo había aparecido para quitarle todo. Ni siquiera llevaba su apellido. Él insistió en dármelo. No quería problemas, pero era su voluntad y al final acepté. Desde entonces todo empeoró. Las críticas aumentaron, los conflictos se hicieron evidentes. Mi relación con la mujer de mi padre se hizo aún más fuerte. Les propuse casarse en secreto y lo hicieron. Los hijos se enfadaron todavía más, tanto con él como conmigo. Les dije que mi padre tenía derecho a ser feliz. El matrimonio tuvo sus altibajos, pero un día, ya casados, les invité a un viaje. Normalmente viajaba solo con mi padre. Durante ese viaje, su esposa me preguntó cuánto iba a aportar a los gastos. Le dije que nada, que siempre pagaba yo cuando viajaba con él. Entonces me dijo algo que me sacudió por completo: que las cosas no eran como yo pensaba. Que mi padre siempre había estado bien económicamente, por eso sus hijos lo controlan. No le dejan gastar en él mismo, en ropa, en caprichos. Yo creía que tenía recursos limitados porque vivía en una casa inacabada y parecía carente, pero en realidad su dinero lo gestionaban otros. A partir de ahí empecé a animarle a disfrutar de lo que había ganado trabajando. Pero me decía que sus hijos no se lo permiten. Tras casarse, su mujer empezó a pedirle que colaborase en la casa, en la comida y en los gastos diarios. Cada vez que ella le pedía algo, él se enfadaba. Al final lo daba, pero siempre después de una discusión. Ella me lo contaba todo y a mí me parecía completamente justo. Un día, estando juntas, su mujer le pidió que comprara el almuerzo para su padre. Él reaccionó fatal: le dijo que lo pagara ella, que siempre era lo mismo, y empezaron a discutir. Yo la defendí. Le pregunté si le gustaría que mi marido le negara comida a su propio padre. Le dije que no era justo comportarse así con la mujer que le cuida, le cocina, le lava la ropa y está a su lado. Me respondió que estaba harto de que le pidieran dinero constantemente para la casa. Entonces comprendí algo que me dolió mucho: mi padre era tacaño con la mujer que le cuidaba, pero muy generoso con los hijos que no miraban por él y sólo le buscaban por dinero. Al final, su relación acabó. Hoy vive solo. Supuestamente una hija le cuida, pero todos sabemos que él mantiene a ella, a su marido y a sus hijos. Los demás le llaman, le ordenan y él manda dinero sin pensarlo. Siempre le negó todo a la mujer que estuvo a su lado. Ya no soy la misma con él. Le quiero, pero no como antes. Ya no le invito a viajes, casi no tenemos contacto. Si no llamo yo, él no llama. No puedo volver a ser la misma. Me duele reconocerlo porque encontrarle me hizo mucha ilusión, y ahora es como si no existiera.
De pequeña, una niebla de curiosidad sobrevolaba cada noche mi almohada, deseando descubrir quién era mi padre.
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Dame, por favor, un motivo — Que tengas un buen día —dijo Denis, inclinándose para rozarle la mejilla con los labios. Anastasia asintió distraída. La mejilla quedó seca y fría: ni calor, ni irritación. Solo piel, solo un roce. La puerta se cerró y la casa se llenó de silencio. Se quedó inmóvil en el pasillo unos diez segundos, intentando escucharse por dentro. ¿En qué momento ocurrió? ¿Cuándo hizo clic algo por dentro y se desconectó? Anastasia recordaba cómo, dos años atrás, lloró en la bañera porque Denis se olvidó de su aniversario. Cómo un año atrás la sacudía la rabia cuando él otra vez no recogió a Vasilisa del colegio. Cómo hace medio año intentaba aún hablar, explicar, pedir. Ahora: vacío. Limpio y liso, como un campo recién quemado. Anastasia fue a la cocina, se sirvió un café y se sentó a la mesa. Veintinueve años. Siete de ellos casada. Y ahí estaba, en un piso vacío, con la taza enfriándose y pensando que había dejado de querer a su marido de forma tan silenciosa y cotidiana que ni se dio cuenta de cuándo pasó. Denis seguía su rutina de siempre. Prometía que iría a buscar a la niña—nunca lo hacía. Decía que arreglaría el grifo—llevaba tres meses goteando. Juraba que ese fin de semana sí irían al Zoo—pero el sábado surgían planes con amigos y el domingo sólo quería tumbarse en el sofá. Vasilisa dejó de preguntar cuándo jugaría su padre con ella. Con cinco años, la niña aprendió que mamá era sinónimo de seguridad. Papá, alguien que aparece a veces por la noche y ve la tele. Anastasia ya no montaba escenas. No lloraba en la almohada. No hacía más planes para arreglar la situación. Simplemente borró a Denis de la ecuación de su vida. ¿Había que pasar la ITV al coche? Ella lo gestionaba sola. ¿Se rompió la cerradura del balcón? Llamaba al manitas. ¿A Vasilisa le hacía falta disfraz de estrella para el cole? Anastasia se lo cosía por las noches, mientras su marido roncaba en la habitación de al lado. La familia se había convertido en una estructura extraña: dos adultos viviendo vidas paralelas bajo el mismo techo. Una noche Denis buscó su abrazo en la cama. Anastasia se apartó con cuidado, habló de jaquecas, de cansancio, de achaques inexistentes. Levantó poco a poco un muro entre sus cuerpos, y con cada negativa ese muro era más alto. “Que se busque a otra”, pensaba, fría. “Que me dé un motivo. Uno normal, comprensible, que acepten mis padres y mi suegra. Que no tenga que explicar”. Porque ¿cómo explicarle a su madre que se iba del matrimonio simplemente porque él… no era nada? No pegaba, no bebía, traía el sueldo a casa. Que no ayudaba–pasa en muchos sitios. Que no estaba con la niña–los hombres no saben tratar con hijos. Anastasia abrió una cuenta aparte y empezó a ahorrar parte de su sueldo. Se apuntó al gimnasio—no por Denis, sino por ella. Por esa vida nueva que asomaba tras el horizonte inevitable del divorcio. Por las noches, cuando Vasilisa dormía, se ponía los cascos y escuchaba podcasts en inglés: conversación, correo profesional. En su empresa trabajaban con clientes internacionales. Tener soltura podía abrirle otras puertas. Los cursos de formación le ocupaban dos noches por semana. Denis se quejaba si tenía que quedarse con Vasilisa—”quedarse” en su caso era poner los dibujos y mirar el móvil. Los fines de semana Anastasia los pasaba con la niña. Parques, columpios, cafeterías con batidos, cine de animación. Vasilisa se acostumbró: ese tiempo era para las dos. Papá existía en la periferia, poco más que un mueble. “No se va ni a enterar”, se convencía Anastasia. “Cuando nos divorciemos, para ella casi nada cambiará”. La idea era cómoda. Se aferraba a ella como a un flotador. Pero luego algo comenzó a cambiar. Anastasia no se dio cuenta enseguida, pero una noche Denis ofreció llevar a Vasilisa a la cama. Otro día fue a recogerla al cole. Otro, le hizo la cena —nada especial, pasta con queso, pero sin que nadie le pidiera nada. Anastasia lo miraba con recelo. ¿A qué venía eso? ¿Remordimientos? ¿Locura momentánea? ¿Tapar alguna culpa que ella todavía desconocía? Pero siguió así: Denis madrugaba para llevar a la niña, arregló el grifo. Apuntó a Vasilisa a natación, la llevaba él mismo los sábados. — ¡Papá, papá, mira, ya sé tirarme al agua! — Vasilisa corría por la casa imitando a una nadadora. Denis la perseguía y lanzaba por los aires. La risa de la niña era sincera y feliz. Anastasia observaba la escena desde la cocina y no reconocía a su propio marido. — Puedo quedarme con ella el domingo—dijo Denis una noche—. ¿Tienes café con amigas, no? Anastasia asintió despacio. No era verdad, solo quería sentarse sola en una cafetería con un libro. Pero, ¿cómo sabía él lo de las amigas? ¿Escuchaba cuando hablaba por teléfono? Las semanas fueron sumando: un mes, dos. Denis no se rindió ni volvió a la vieja rutina. — He reservado mesa en aquel italiano —anunció un día—. El viernes. Mi madre se quedará con Vasilisa. Anastasia levantó la vista del portátil. — ¿A cuento de qué? — Sin motivo. Quiero cenar contigo. Ella aceptó. Por curiosidad, se dijo. Por ver qué tramaba. El restaurante era acogedor, luz suave, música en vivo. Denis pidió su vino favorito. Anastasia se sorprendió: recordaba cuál le gustaba. — Has cambiado —dijo ella, directa. Denis hizo girar la copa entre las manos. — He sido un ciego. Un torpe, de manual, sin remedio. — Eso no es noticia. — Lo sé —sonrió, amarga—. Creía trabajar para la familia. Que hacían falta dinero, piso más grande, mejor coche. Y en realidad… solo huía. De la responsabilidad, de la rutina, de todo esto. Anastasia guardó silencio. — Noté que tú habías cambiado. Te daba igual todo. Y eso… eso daba mucho más miedo que cualquier discusión. Antes gritabas, llorabas, exigías… y eso era normal. De repente, nada. Como si no existiera. Dejó la copa sobre la mesa. — Estuve a punto de perderos. A ti y a Vasi. Y ahí entendí que lo estaba haciendo todo mal. Anastasia lo miró fijamente. Ese hombre al otro lado, diciendo lo que ella llevaba años esperando. ¿Demasiado tarde? ¿O no? — Estuve a punto de pedir el divorcio —admitió ella, muy bajo—. Esperaba que me dieras un motivo. Denis palideció. — Dios, Nastia… — Estaba ahorrando. Mirando pisos. — No sabía que era tan grave… — Tendrías que haberlo visto —lo interrumpió—. Era tu familia. Deberías haber notado lo que pasaba. El silencio cayó sobre ellos, espeso. El camarero, al percibir el clima, pasó de largo. — Estoy dispuesto a trabajar en esto —dijo al fin Denis—. En nosotros. Si me das una oportunidad. — Una. — Una ya es más de lo que merezco. Se quedaron hasta el cierre. Hablaron de todo: Vasilisa, dinero, reparto de tareas, lo que cada uno esperaba. Por primera vez en años era una verdadera conversación, no una lista de reproches. La recuperación fue lenta. Anastasia no se lanzó en brazos de Denis a la mañana siguiente. Observaba, probaba, desconfiaba. Pero él seguía firme. Empezó a cocinar los fines de semana. Se hizo cargo de los grupos de padres en el cole. Aprendió a trenzar el pelo de Vasilisa: torcido, desigual, pero él mismo. — ¡Mira, mamá, papá me hizo un dragón! — Vasilisa corría a mostrar un monstruo raro de cajas y papel. Anastasia miraba aquel “dragón” torpe, desastroso, y sonreía… …Medio año pasó casi sin darse cuenta. Era diciembre y los tres fueron a pasar un fin de semana a la casa de los padres de Anastasia. Casa antigua, olor a madera y bizcochos, el jardín nevado, el porche que crujía. Anastasia miraba desde la ventana, taza en mano, mientras Denis y Vasilisa hacían un muñeco de nieve. La niña mandaba—la nariz aquí, los ojos más arriba, la bufanda torcida—y Denis obedecía, de vez en cuando la levantaba al aire. Los gritos de la niña resonaban por todo el campo. — ¡Mamá! ¡Mamá, ven! — la niña saludaba. Anastasia se abrigó y salió. La nieve brillaba con el sol bajo, el frío picaba en las mejillas, una bola de nieve voló por un lado. — ¡Ha sido papá! — le chivó Vasilisa. — Traidora —bufó Denis. Anastasia cogió nieve y la tiró a su marido. Falló. Rieron los tres, y en pocos segundos rodaban por la nieve, olvidando frío, muñeco, todo. Por la noche, Vasilisa se quedó dormida en el sofá, sin llegar al final de los dibujos. Denis la llevó en brazos hasta la cama, la tapó, arregló la almohada, apartó el pelo de su frente. Anastasia se sentó junto a la chimenea, calentándose con la taza. Fuera seguía nevando, el mundo tapado por una manta blanca. Denis se sentó con ella. — ¿En qué piensas? — En lo bien que hice en no llegar a tiempo. Él no preguntó “¿a tiempo de qué?”. Ya lo sabía. Las relaciones exigen trabajo a diario. No hazañas, sino gestos sencillos: escuchar, ayudar, notar, apoyar. Anastasia sabía que vendrían más días difíciles, discusiones absurdas, malos entendidos. Pero ahora, en ese momento, su marido y su hija estaban cerca. Vivos, reales, queridos. Vasilisa se despertó y se metió entre los dos en el sofá. Denis las abrazó, y Anastasia pensó que hay cosas que sí merecen la pena luchar por ellas…
Querido diario, Hoy ha sido uno de esos días en que el silencio pesa más que cualquier palabra.
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Creo que el amor se ha ido — Eres la chica más guapa de toda la facultad —le dijo él entonces, extendiéndole un ramo de margaritas recién compradas en el mercadillo del Metro. Ana se echó a reír al recibirlas. Las margaritas olían a verano y a algo maravillosamente sencillo. Damián se plantó ante ella con la mirada decidida de quien sabe muy bien lo que quiere. Y lo que quería era a ella. Su primera cita fue en El Retiro. Damián llevó una manta, un termo con té y bocadillos caseros que había preparado su madre. Estuvieron sentados en el césped hasta que anocheció. Ana recordaba su risa, su forma de echar la cabeza hacia atrás, las caricias aparentemente casuales en su mano, y cómo la miraba, como si fuera la única persona en todo Madrid. A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que ella no entendió, pero se rio a carcajadas con él. A los seis meses, conoció a sus padres. Un año después, le propuso que se fuera a vivir con él. — Si total estamos juntos cada noche —le dijo Damián, enredando sus dedos en su pelo—. ¿Para qué pagar dos pisos? Ana aceptó. No por el dinero, claro. Sino porque a su lado el mundo tenía sentido. Su pequeño piso de alquiler olía a cocido madrileño los domingos y a sábanas recién planchadas. Ana aprendió a preparar sus albóndigas favoritas con ajo y perejil, tal y como las hacía su madre. Por las noches, Damián le leía en voz alta artículos sobre economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Ana le escuchaba, apoyada en la mano, y le creía. Hacían planes. Primero, ahorrar para la entrada de un piso; luego, tener su hogar propio. Después, un coche. Hijos, por supuesto: uno de cada. — Nos va a dar tiempo a todo —le decía Damián, besándole la cabeza. Ana siempre asentía. Junto a él, nada podía hacerle daño. …Quince años juntos forjaron rutinas, hábitos y rituales. Pisito en barrio tranquilo con vistas a un parque. Hipoteca a veinte años que pagaban adelantando cuotas, renunciando a vacaciones y cenas fuera. Un Toyota plateado aparcado abajo: lo eligió Damián, negoció el precio, lo pulía cada sábado como un tesoro. El orgullo les llenaba el pecho de calor. Nadie les regaló nada. Sin dinero familiar, sin contactos, sin suerte. Solo trabajo, ahorro y perseverancia. Ana nunca se quejaba. Ni tras jornadas extenuantes, dormitando hasta quedarse en la última parada del metro. Ni cuando soñaba con dejarlo todo e irse al mar. Eran un equipo, como decía Damián, y Ana lo creía. El bienestar de Damián era su máxima prioridad. Ana lo convirtió en ley, lo grabó en su ADN. ¿Mal día en el trabajo? Ella preparaba la cena, servía el té y escuchaba. ¿Pelea con el jefe? Le acariciaba el pelo, susurrando que todo pasaría. ¿Dudas sobre sí mismo? Siempre hallaba las palabras correctas para sacarle del pozo. — Eres mi ancla, mi refugio —le decía él entonces. Ana sonreía. ¿No era eso la felicidad, ser el ancla de alguien? Tiempos difíciles los hubo. El primero, al quinto año: la empresa de Damián quebró y él pasó tres meses desempleado, cada día más sombrío. La segunda vez fue peor aún. Unos compañeros le jugaron una mala pasada en el trabajo: no solo perdió el puesto, también le tocó pagar una gran suma. Tuvieron que vender el coche para saldar la deuda. Ana jamás le reprochó. Cogió proyectos extra, trabajó de noche, ahorró en todo lo posible. Solo le preocupaba una cosa: cómo se sentía él, si aguantaría, si perdería la confianza. …Damián salió adelante. Consiguió un trabajo aún mejor. Compraron de nuevo un Toyota plateado. La vida volvió a sonreírles. Hace un año, sentados en la cocina, Ana se atrevió a decirlo al fin: — ¿Quizá ya toca? Ya no tengo veinte. Si esperamos más… Damián asintió con seriedad. — Empecemos a prepararnos. Ana contuvo el aliento. Tras tantos años soñando, aplazando, esperando el momento… Y por fin llegaba. Lo imaginó mil veces: manitas aferradas a sus dedos, olor a polvos de talco, primeros pasos en el salón, Damián leyendo cuentos antes de dormir. Un hijo. Su hijo. Por fin. Los cambios empezaron enseguida. Ana revisó alimentación, hábitos, rutinas. Fue al médico, se hizo pruebas, tomó vitaminas. Su carrera pasó a segundo plano, justo cuando iban a ascenderla. — ¿Estás segura? —le preguntó su jefa, mirando por encima de las gafas—. Esta oportunidad no la tienes otra vez. Ana lo tenía claro. El ascenso suponía viajes, horarios irregulares, estrés: no lo ideal para un embarazo. — Prefiero trasladarme a la sucursal. La jefa se encogió de hombros. La nueva oficina quedaba a quince minutos de casa. El trabajo, rutinario y sin perspectivas, le permitía salir a las seis y olvidar todo el fin de semana. Ana se adaptó rápido. Sus compañeros eran agradables, aunque poco ambiciosos. Cocinaba en casa, paseaba a mediodía, dormía ocho horas. Todo por su futuro hijo. Por su familia. El frío llegó de golpe, casi sin notarlo. Al principio pensó que Damián solo estaba cansado del trabajo. Pero dejó de preguntarle cómo le había ido el día. De abrazarla antes de dormir. De mirarla como antaño, cuando decía que era la más guapa de la facultad. La casa se llenó de un silencio extraño. Antes hablaban durante horas de todo. Ahora Damián se pasaba la tarde en el móvil, contestando en monosílabos. Se iba a la cama dándole la espalda. Ana yacía a su lado mirando el techo: entre los dos, una fosa del tamaño del colchón. La intimidad se evaporó. Semanas, meses… Ana dejó de contar. Él siempre encontraba una excusa: — Estoy agotado. Mañana, ¿vale? Mañana nunca llegaba. Un día, decidida, Ana le interceptó camino a la ducha. — ¿Qué pasa? Dímelo de verdad. Damián miró al vacío, hacia el quicio de la puerta. — No pasa nada. — No es cierto. — Te lo imaginas. Solo es una mala racha. Pasará. La esquivó y se encerró en el baño. El sonido del agua llenó el pasillo. Ana se quedó en medio del corredor, con la mano en el pecho, donde dolía. Un dolor sordo, constante. Aguantó un mes más. Luego preguntó sin rodeos: — ¿Me quieres? Pausa. Esa pausa horrible, interminable. — Yo… no sé lo que siento por ti. Ana se sentó en el sofá. — ¿No lo sabes? Por fin la miró. Sus ojos estaban vacíos, confusos. Ningún atisbo de la pasión de quince años antes. — Creo que el amor se ha ido. Hace tiempo, de hecho. No lo decía para no hacerte daño. Meses enteros vivió Ana en ese infierno, ignorante de la verdad. Analizaba sus miradas, pesaba sus palabras, buscaba excusas. Quizá problemas en el trabajo, crisis de los cuarenta, simple mal humor. Pero era más sencillo: había dejado de quererla y callaba, mientras ella planeaba el futuro, posponía su carrera y preparaba su cuerpo para un hijo. La decisión llegó sin aviso. Nada de “quizá”, de “todo pasará”, de “esperemos un poco”. Basta. — Voy a pedir el divorcio. Damián palideció. Ana vio cómo tragaba saliva. — Espera. No lo hagas tan deprisa. Podemos intentarlo… — ¿Intentarlo? — ¿Y si tenemos un bebé? A veces los hijos unen… Ana soltó una carcajada amarga y sin gracia. — El niño solo lo complicaría todo. Ya no me quieres. ¿Para qué tener hijos? ¿Para separarnos con un bebé? Damián no replicó. No tenía argumentos. Ana se marchó ese mismo día. Recogió lo justo y se fue a casa de una amiga. Tramitó el divorcio en cuanto le temblaron menos las manos. Repartir lo conseguido prometía ser largo: piso, coche, años de compras y decisiones en común. El abogado explicaba papeles, valoraciones, acuerdos. Ana asentía, anotaba, evitando pensar en que su vida juntos se reducía a metros cuadrados y caballos de potencia. Pronto encontró un estudio en alquiler. Aprendió a vivir sola. Cocinar para una. Ver series en silencio. Dormir en toda la cama. Las noches eran duras. Lloraba en la almohada, recordando las margaritas, el parque, las risas, su voz susurrando “eres mi ancla”. El dolor era insoportable. Quince años no se tiran al contenedor. Pero entre esa tristeza surgía algo más: alivio, certeza. Dio el paso a tiempo. No se ató a él con un hijo. No quedó atrapada años en un matrimonio vacío solo por “la familia”. Treinta y dos años. La vida entera por delante. ¿Miedo? Tremendo. Pero saldrá adelante. No le queda otra opción.
Creo que el amor se ha acabado Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces Daniel, alargándole
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Una niña entra en un restaurante en Madrid, ve un plato con restos en una mesa y empieza a comer. Un camarero la ve, se acerca y, sin decir una palabra, le quita el plato de delante. Una historia que no puedes dejar de leer hasta el final: María, 8 años, hija mayor de cinco hermanos, luchando cada día junto a su madre en el corazón de la ciudad tras ser abandonadas por el padre. Un sábado cualquiera, regresando del mercado donde ayuda a una señora con su puesto para llevar unas monedas a casa, María cede por primera vez a la tentación de entrar en aquel restaurante de aromas irresistibles, dispuesta a probar bocado. Lo que sucede después cambiará su visión del mundo y sembrará una semilla de generosidad en su corazón… Una lección de vida imperdible sobre solidaridad, esperanza y la amabilidad inesperada de un desconocido.
Una niña entró en un restaurante de Madrid. Al pasar, vio un plato con restos de comida en una mesa y
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— Señorita, cuando termine ese viejo su sopa barata, por favor désenme su mesa, ¡no tengo tiempo que perder! Hoy me siento generoso, ponga la cuenta a mi nombre. Pero aquel anciano humilde le dio una gran lección al ricachón de una forma inesperada. En ese pequeño restaurante, en un rincón tranquilo de España, el tiempo parecía ir a otro ritmo. Era un lugar sencillo y acogedor, con aroma a pan recién hecho y caldo humeante, donde la gente venía no solo a comer, sino a sentirse… como en casa.
Diario personal Madrid, 2024 Hoy he vivido una de esas escenas que te dejan pensando todo el día.
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La suegra intrigante: un viaje a través de relaciones familiares complejas
No había puerta que la Doña Violeta Serrano no pudiera abrir. Si alguien le escondía algo, lo hallaba
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Un regalo del destino Antón llegó a casa de su madre ya tarde; a ella no le sorprendió, pues su hijo suele aparecer así. Tras el divorcio, Antón vive solo y su hijo, Miki, se ha quedado con su madre. —Miki te ha estado esperando. Le prometiste llevarle a patinar sobre hielo. Se ha dormido hace poco, así que no le despiertes. Ahora te caliento la cena, comes y te echas a dormir. Antón cenó y fue a la habitación de Miki, se tumbó a su lado. No podía conciliar el sueño de inmediato; por alguna razón recordó a su primera mujer, Dina, y después de ella hubo dos más, pero ninguna fue igual. Nunca había olvidado a Dina. Habían crecido juntos desde el parvulario, jugando y siendo vecinos. Fueron compañeros de clase en el colegio y después ingresaron en la misma universidad. Así, siempre juntos, terminaron casándose. Los padres de ambos se alegraron; llevaban años acostumbrados a ver a la pareja. Todo el mundo admiraba su belleza y complicidad. Vivían bien, en un piso que Dina heredó de su abuela. El tiempo pasaba, pero su vida de casados estaba ensombrecida porque Dina no podía quedarse embarazada. Tenían de todo y los dos gozaban de buena salud, pero no venía ningún hijo. A Dina le ofrecieron ir al balneario en la costa para hacerse un tratamiento, pero su marido no quiso que fuera. —¡Lo que me faltaba, que trajeras de allí un hijo de otro! —Antón, ¿no confías en mí? —le preguntó, con lágrimas en los ojos. Los padres sugerían adoptar un niño del orfanato, pero él ni siquiera quería escuchar la idea. —Quiero un hijo propio, y punto… Para su décimo aniversario de bodas invitaron a familiares y amigos a casa. Todos esperaban a Antón, pero seguía retrasándose. Los invitados aguardaron mucho tiempo, sentados sin ánimo, y finalmente se marcharon, dejando la mesa llena de viandas casi intactas. Antón no regresó a dormir esa noche. Dina sufrió, lloró, se sentía sola y entendía que tal vez era lo que debía esperarse. Antón había cambiado mucho últimamente. Por la mañana apareció él y le soltó la noticia más brutal: había pasado la noche con una mujer que tenía dos hijos, y le había prometido tener un hijo para él, un hijo que después les entregaría para criar juntos. —¿Antón, cómo has podido hacerme esto? Me has sido infiel… ¿Por qué no lo hablaste conmigo? No te perdonaré la traición, vete… O mejor, ayúdame antes a adoptar un niño del orfanato —suplicaba entre lágrimas. —¿Para qué? ¿Para que luego le pongas mi apellido y me reclames la pensión? Ni hablar… Dina sufrió terriblemente aquella ruptura. Ser abandonada era doloroso, menos mal que sus familiares, amigas y compañeras la apoyaron. Quería adoptar un niño, pero a una mujer sola no se lo permitían. Cerró la puerta de su piso tras él para siempre. Diez años. Diez años de espera, de esperanzas, de pastillas amargas, inyecciones, olor a hospital y un silencio cada vez más espeso. Él se fue de la manera más fría, como si fuera un trámite. —Perdona, Dina. Estoy agotado. A los seis meses, se enteró por conocidos comunes que Antón había tenido un hijo. El mundo no se le vino abajo, pero le pareció que se había apagado todo, como una foto desvaída por el sol. Un año vivió casi en piloto automático: trabajo, casa, insomnio. Un día, resguardándose de la lluvia en una cafetería, vio a Oleg, un amigo de Antón, siempre el alma de la fiesta, bromista y sonriente. Ahora tenía enfrente a un hombre cansado, jugando con una taza vacía. —¡Oleg, hola!, —le saludó, pues él parecía no ver a nadie. Levantó la mirada y sonrió, triste. —Dina… ¿pero de dónde sales tú? Charlaron y él le contó abiertamente sus desgracias: —Rita y yo nos separamos, ya sabes, siempre le importó más el dinero y yo tuve un problema en mi taller. Se quemó todo en un incendio y acabé lleno de deudas. Mi mujer me echó de casa por no traer suficiente dinero. Hace años que perdí a mis padres… No tenía a dónde ir. —Vente conmigo —le ofreció Dina, sorprendida de haberse decidido a decirlo. No era compasión, era una decisión: ayudar a un amigo. No pensaba en rescates ni en historias románticas. Simplemente, por fin, tenía a alguien en su mansión silenciosa a quien las cosas aún le iban peor. —¿Seguro? ¿Y qué pasa con Antón? —¿No lo sabes? Antón me abandonó porque no pude tener hijos… se fue con una que sí le dio uno… Oleg estaba pasmado. —Perdona, Dina, no estaba al tanto, vivimos en barrios diferentes y hace años que no nos veíamos. Así nos ha jugado el destino. —Ya me he acostumbrado. Oleg empezó durmiendo en el sofá. Los primeros días era casi invisible, pidiendo disculpas por cada trozo de pan. Luego fue volviendo a la vida: arregló el grifo que goteaba, montó la estantería rota, preparó la cena. Era increíblemente atento y tranquilo. Con él, el silencio dejó de ser opresivo y se volvió paz. Conversaban cada noche, Dina le consiguió un empleo en su oficina. Oleg estaba encantado. Paso a paso, empezaron a compartir la vida; después se casaron. Un día se cruzaron con Rita, la ex de Oleg. Les miró con superioridad y dijo con sorna: —Aprovecha, es todo tuyo… Igual te hace un niño —hablaba como si Oleg no estuviera allí. —Ojalá. Gracias por los buenos deseos —respondió Dina. Con Oleg volvió a sentirse querida; alguien se preocupaba por ella, era importante para alguien. Por primera vez en años, Dina reía de verdad, no por compromiso. Ahora vivía: con discusiones sobre películas y café por las mañanas. Hasta que un día, hablando en serio, Oleg lo mencionó: —Dina, ¿por qué no adoptamos un niño del orfanato? Ella apenas pudo creer lo que oía, estaba sobrecogida. —Sí, Dina, no es broma. ¿Te has quedado sin palabras? —sonreía él. Recuperándose, contestó: —Sería la mayor felicidad de mi vida. Críar a un niño es mi sueño. Oleg, no sé cómo agradecértelo, llevo años deseando esto y no sabía si tú lo aprobarías. Gracias por anticiparte a mis pensamientos… A Oleg le encantó sorprender a su esposa. —Entonces no lo pensemos más, es un deseo común. Mañana mismo pedimos información y nos asesoramos. —Eres el mejor —Dina reía a carcajadas, sintiendo que la suerte por fin le sonreía. Prepararon los papeles para la adopción, y mientras esperaban la autorización, empezaron a visitar el orfanato… Hasta que Dina se dio cuenta de que llevaba un mes viviendo en un ritmo diferente. No dijo nada a su marido, fue a la farmacia. El test mostró dos rayas. Dos marcas vivas y nítidas, casi burlonas, como diciendo: “Este es tu camino. Tuyo, solo tuyo”. Incrédula, fue corriendo a ver a su esposo. —Oleg, no te lo vas a creer… —le enseñó el test—. ¡Vamos a tener un bebé! —Dios mío, ¿de verdad? Mañana mismo vamos al médico… La doctora confirmó el embarazo y le abrió su historial. Oleg y Dina comenzaron una etapa de felicidad, la más intensa y verdadera. Catorce años de espera para Dina… convertidos en pura alegría. Oleg mimaba a su esposa, no le dejaba hacer esfuerzo, la colmaba de antojos y caprichos. Por fin, llegó el tesoro: una hija. Nació Alina, una niña de ojos claros y saludable. Oleg lloró sin complejos cuando la cogió en brazos a la salida del hospital y murmuró, ronco: —Por fin en casa. Nos espera una vida larga y feliz. Nuestra hija es ahora nuestro mayor tesoro. Su hogar adquirió un nuevo sentido: gritos, risas, olor a polvos de bebé, noches en vela, todo compartido, mano a mano. La felicidad no era perfecta; había discusiones, cansancio, problemas. Pero era firme, como una encina creciendo en la roca. Una tarde de verano paseaban por el parque con el cochecito. Alina dormía y ellos, de la mano, pensaban hacia qué lado ir. Y casi chocaron de frente con Antón, que iba solo. Parecía envejecido, la mirada cansada, una cerveza en la mano. Se detuvieron, dudaron un instante en silencio. —Hola… —logró decir por fin Antón. Su mirada recorrió el rostro radiante de Dina, a Oleg, al cochecito. —He oído que os va muy bien… —Sí —sonrió Dina—. Todo perfecto. ¿Y tú? Él hizo un gesto con la mano, mirando a otro lado. —Bueno… Me he casado otras dos veces, nada funcionó. El niño vive con mi madre, yo voy a verles. Yo… en fin. No hay suerte. No sonaba amargado, solo resignado. Miró a Oleg, como si recordara algo, hizo un chasquido y negó con la cabeza. —Bueno, no os molesto más. Hasta luego. Se alejó encorvado, una figura solitaria en el parque soleado y lleno de vida. Oleg rodeó los hombros de Dina. —Vamos, cielo —le susurró—. Alina pronto se despertará. Es hora de volver a casa. Dina cogió el carro y se marcharon juntos, hacia ese hogar que quizá no era perfecto, pero sí real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre nuevas certezas. Porque eso era la vida: verdadera, inquebrantable. Gracias por leer, por vuestras suscripciones y vuestro apoyo. ¡Suerte y mucha felicidad para todos!
Regalo del destino Anochecía cuando llegué a casa de mi madre en Madrid. Como de costumbre, no pareció
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04
Creo que el amor se ha ido — Eres la chica más guapa de toda la facultad —le dijo él entonces, extendiéndole un ramo de margaritas recién compradas en el mercadillo del Metro. Ana se echó a reír al recibirlas. Las margaritas olían a verano y a algo maravillosamente sencillo. Damián se plantó ante ella con la mirada decidida de quien sabe muy bien lo que quiere. Y lo que quería era a ella. Su primera cita fue en El Retiro. Damián llevó una manta, un termo con té y bocadillos caseros que había preparado su madre. Estuvieron sentados en el césped hasta que anocheció. Ana recordaba su risa, su forma de echar la cabeza hacia atrás, las caricias aparentemente casuales en su mano, y cómo la miraba, como si fuera la única persona en todo Madrid. A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que ella no entendió, pero se rio a carcajadas con él. A los seis meses, conoció a sus padres. Un año después, le propuso que se fuera a vivir con él. — Si total estamos juntos cada noche —le dijo Damián, enredando sus dedos en su pelo—. ¿Para qué pagar dos pisos? Ana aceptó. No por el dinero, claro. Sino porque a su lado el mundo tenía sentido. Su pequeño piso de alquiler olía a cocido madrileño los domingos y a sábanas recién planchadas. Ana aprendió a preparar sus albóndigas favoritas con ajo y perejil, tal y como las hacía su madre. Por las noches, Damián le leía en voz alta artículos sobre economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Ana le escuchaba, apoyada en la mano, y le creía. Hacían planes. Primero, ahorrar para la entrada de un piso; luego, tener su hogar propio. Después, un coche. Hijos, por supuesto: uno de cada. — Nos va a dar tiempo a todo —le decía Damián, besándole la cabeza. Ana siempre asentía. Junto a él, nada podía hacerle daño. …Quince años juntos forjaron rutinas, hábitos y rituales. Pisito en barrio tranquilo con vistas a un parque. Hipoteca a veinte años que pagaban adelantando cuotas, renunciando a vacaciones y cenas fuera. Un Toyota plateado aparcado abajo: lo eligió Damián, negoció el precio, lo pulía cada sábado como un tesoro. El orgullo les llenaba el pecho de calor. Nadie les regaló nada. Sin dinero familiar, sin contactos, sin suerte. Solo trabajo, ahorro y perseverancia. Ana nunca se quejaba. Ni tras jornadas extenuantes, dormitando hasta quedarse en la última parada del metro. Ni cuando soñaba con dejarlo todo e irse al mar. Eran un equipo, como decía Damián, y Ana lo creía. El bienestar de Damián era su máxima prioridad. Ana lo convirtió en ley, lo grabó en su ADN. ¿Mal día en el trabajo? Ella preparaba la cena, servía el té y escuchaba. ¿Pelea con el jefe? Le acariciaba el pelo, susurrando que todo pasaría. ¿Dudas sobre sí mismo? Siempre hallaba las palabras correctas para sacarle del pozo. — Eres mi ancla, mi refugio —le decía él entonces. Ana sonreía. ¿No era eso la felicidad, ser el ancla de alguien? Tiempos difíciles los hubo. El primero, al quinto año: la empresa de Damián quebró y él pasó tres meses desempleado, cada día más sombrío. La segunda vez fue peor aún. Unos compañeros le jugaron una mala pasada en el trabajo: no solo perdió el puesto, también le tocó pagar una gran suma. Tuvieron que vender el coche para saldar la deuda. Ana jamás le reprochó. Cogió proyectos extra, trabajó de noche, ahorró en todo lo posible. Solo le preocupaba una cosa: cómo se sentía él, si aguantaría, si perdería la confianza. …Damián salió adelante. Consiguió un trabajo aún mejor. Compraron de nuevo un Toyota plateado. La vida volvió a sonreírles. Hace un año, sentados en la cocina, Ana se atrevió a decirlo al fin: — ¿Quizá ya toca? Ya no tengo veinte. Si esperamos más… Damián asintió con seriedad. — Empecemos a prepararnos. Ana contuvo el aliento. Tras tantos años soñando, aplazando, esperando el momento… Y por fin llegaba. Lo imaginó mil veces: manitas aferradas a sus dedos, olor a polvos de talco, primeros pasos en el salón, Damián leyendo cuentos antes de dormir. Un hijo. Su hijo. Por fin. Los cambios empezaron enseguida. Ana revisó alimentación, hábitos, rutinas. Fue al médico, se hizo pruebas, tomó vitaminas. Su carrera pasó a segundo plano, justo cuando iban a ascenderla. — ¿Estás segura? —le preguntó su jefa, mirando por encima de las gafas—. Esta oportunidad no la tienes otra vez. Ana lo tenía claro. El ascenso suponía viajes, horarios irregulares, estrés: no lo ideal para un embarazo. — Prefiero trasladarme a la sucursal. La jefa se encogió de hombros. La nueva oficina quedaba a quince minutos de casa. El trabajo, rutinario y sin perspectivas, le permitía salir a las seis y olvidar todo el fin de semana. Ana se adaptó rápido. Sus compañeros eran agradables, aunque poco ambiciosos. Cocinaba en casa, paseaba a mediodía, dormía ocho horas. Todo por su futuro hijo. Por su familia. El frío llegó de golpe, casi sin notarlo. Al principio pensó que Damián solo estaba cansado del trabajo. Pero dejó de preguntarle cómo le había ido el día. De abrazarla antes de dormir. De mirarla como antaño, cuando decía que era la más guapa de la facultad. La casa se llenó de un silencio extraño. Antes hablaban durante horas de todo. Ahora Damián se pasaba la tarde en el móvil, contestando en monosílabos. Se iba a la cama dándole la espalda. Ana yacía a su lado mirando el techo: entre los dos, una fosa del tamaño del colchón. La intimidad se evaporó. Semanas, meses… Ana dejó de contar. Él siempre encontraba una excusa: — Estoy agotado. Mañana, ¿vale? Mañana nunca llegaba. Un día, decidida, Ana le interceptó camino a la ducha. — ¿Qué pasa? Dímelo de verdad. Damián miró al vacío, hacia el quicio de la puerta. — No pasa nada. — No es cierto. — Te lo imaginas. Solo es una mala racha. Pasará. La esquivó y se encerró en el baño. El sonido del agua llenó el pasillo. Ana se quedó en medio del corredor, con la mano en el pecho, donde dolía. Un dolor sordo, constante. Aguantó un mes más. Luego preguntó sin rodeos: — ¿Me quieres? Pausa. Esa pausa horrible, interminable. — Yo… no sé lo que siento por ti. Ana se sentó en el sofá. — ¿No lo sabes? Por fin la miró. Sus ojos estaban vacíos, confusos. Ningún atisbo de la pasión de quince años antes. — Creo que el amor se ha ido. Hace tiempo, de hecho. No lo decía para no hacerte daño. Meses enteros vivió Ana en ese infierno, ignorante de la verdad. Analizaba sus miradas, pesaba sus palabras, buscaba excusas. Quizá problemas en el trabajo, crisis de los cuarenta, simple mal humor. Pero era más sencillo: había dejado de quererla y callaba, mientras ella planeaba el futuro, posponía su carrera y preparaba su cuerpo para un hijo. La decisión llegó sin aviso. Nada de “quizá”, de “todo pasará”, de “esperemos un poco”. Basta. — Voy a pedir el divorcio. Damián palideció. Ana vio cómo tragaba saliva. — Espera. No lo hagas tan deprisa. Podemos intentarlo… — ¿Intentarlo? — ¿Y si tenemos un bebé? A veces los hijos unen… Ana soltó una carcajada amarga y sin gracia. — El niño solo lo complicaría todo. Ya no me quieres. ¿Para qué tener hijos? ¿Para separarnos con un bebé? Damián no replicó. No tenía argumentos. Ana se marchó ese mismo día. Recogió lo justo y se fue a casa de una amiga. Tramitó el divorcio en cuanto le temblaron menos las manos. Repartir lo conseguido prometía ser largo: piso, coche, años de compras y decisiones en común. El abogado explicaba papeles, valoraciones, acuerdos. Ana asentía, anotaba, evitando pensar en que su vida juntos se reducía a metros cuadrados y caballos de potencia. Pronto encontró un estudio en alquiler. Aprendió a vivir sola. Cocinar para una. Ver series en silencio. Dormir en toda la cama. Las noches eran duras. Lloraba en la almohada, recordando las margaritas, el parque, las risas, su voz susurrando “eres mi ancla”. El dolor era insoportable. Quince años no se tiran al contenedor. Pero entre esa tristeza surgía algo más: alivio, certeza. Dio el paso a tiempo. No se ató a él con un hijo. No quedó atrapada años en un matrimonio vacío solo por “la familia”. Treinta y dos años. La vida entera por delante. ¿Miedo? Tremendo. Pero saldrá adelante. No le queda otra opción.
Creo que el amor se ha acabado Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces Daniel, alargándole
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08
Una ancianita encuentra un collar en el suelo de la iglesia y decide no devolverlo… En la iglesia antigua del pueblo, donde el tiempo parece detenerse, una abuelita humilde y trabajadora tropieza con un collar con medallón en forma de corazón. Al abrirlo, descubre dos fotos diminutas y, de repente, siente que sus raíces tiemblan bajo sus pies, pues una de las imágenes refleja su propio rostro, como visto en un espejo del pasado. Con el corazón latiendo, decide quedárselo hasta descubrir la verdad, aunque sepa que no le pertenece. Tras la misa, lleva el collar al párroco, quien le revela la visita reciente de una mujer de ciudad que vino a buscar a su hermana perdida. La abuelita, guiada por un presentimiento y la fe, se deja llevar hasta una casa del pueblo, donde dos vidas separadas por el destino y los secretos vuelven, por fin, a encontrarse en un abrazo que sana viejas heridas. A veces, Dios no olvida; a veces, lo perdido es solo una señal de que el reencuentro está por llegar. Escribe en los comentarios “DIOS NO OLVIDA” si también crees que nada ocurre por casualidad. 🙏
Una abuelita encontró un collar en la iglesia y decidió no devolverlo En la vieja iglesia del pueblo
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030
El último día de felicidad
¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? exclamó la voz de Ana, convertida en un siseo. Le traes dulces.
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