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09
— Tío, ¡lleva a mi hermanita! — ¡Hace tiempo que no come nada! — Él se dio la vuelta de repente y quedó atónito.
¡Tío, llévate a mi hermanita! gritó la vocecita, que llevaba días sin haber comido y el hombre dio un
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06
Aguanta un poco más —Mamá, esto es para el próximo semestre de Ana. María dejó el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina. Diez mil euros. Los contó tres veces: en casa, en el autobús, en el portal. Siempre salía justo lo que hacía falta. Elena dejó el ganchillo y miró a su hija por encima de las gafas. —María, estás muy pálida. ¿Te sirvo un té? —No hace falta, mamá. Estoy de paso, tengo que llegar a tiempo para el segundo turno. La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal—tal vez pomada para las articulaciones, o las gotas que María compraba cada mes a su madre. Cuarenta euros el frasco, duraba tres semanas. Más las pastillas para la tensión, más las revisiones trimestrales. —Anita se puso tan contenta cuando supo lo de las prácticas en el banco —Elena cogió el sobre con delicadeza, como si fuera de cristal fino—. Dice que allí hay buenas perspectivas. María guardó silencio. —Dile que es el último dinero para estudios. El último semestre. Cinco años llevando el peso. Cada mes—el sobre para la madre, la transferencia para la hermana. Cada mes—calculadora en mano y sumas a restar: menos alquiler, menos medicinas, menos comida para mamá, menos la universidad de Ana. ¿Qué quedaba? Un cuartito alquilado en una pensión, un abrigo de hace seis años y sueños olvidados de piso propio. En otro tiempo, María soñó con ir a Barcelona. Así, sin más, un fin de semana. Visitar el Prado, pasear por el Retiro. Incluso empezó a ahorrar—hasta que a su madre le dio el primer gran susto y todos los ahorros se esfumaron en médicos. —Deberías descansar, hija —Elena le acarició la mano—. Tienes mala cara. —Ya descansaré. Pronto. Pronto—cuando Ana trabaje. Cuando mamá se estabilice. Cuando por fin se pueda suspirar y pensar en uno mismo. María llevaba repitiéndose ese “pronto” cinco años. Ana sacó el título de economista en junio. Con matrícula—María fue al acto de graduación, pidió el día en el trabajo. Miraba a su hermana menor subir al escenario con su vestido nuevo—regalo suyo, por supuesto—y pensaba: ya está. Todo cambiará. Ana empezará a ganar dinero, y por fin podré dejar de contar cada céntimo. Pasaron cuatro meses. —María, es que no lo entiendes —Ana, en el sofá, las piernas recogidas entre calcetines de lana—. No he estudiado cinco años para matarme por cuatro duros. —Mil euros no son cuatro duros. —Para ti, quizá. María apretó los dientes. En su trabajo ganaba ochocientos cincuenta. Haciendo horas extra, sumaba otros trescientos. Mil ciento cincuenta euros, de los que para ella quedaban, con suerte, doscientos. —Ana, tienes veintidós años. Es hora de empezar a trabajar aunque sea donde sea. —Lo haré. Pero no pienso pringarme por mil euros en cualquier sitio. Elena hacía que no escuchaba, trajinando en la cocina. Siempre lo hacía cuando las hijas discutían. Se iba, se escondía, y luego, al despedirse, susurraba: “No te enfades con Anita, que aún es joven, no entiende”. No entiende. Veintidós años—y no entiende. —No somos eternas, Ana. —Ay, deja el drama. Si no te pido dinero, estoy buscando algo decente. No pide. Técnicamente. Pide mamá. “Mari, a Anita le vendrían bien unas clases de inglés.” “Mari, a Anita se le ha roto el móvil y lo necesita para los currículos.” “Mari, que la niña quería un abrigo nuevo, que se acerca el frío”. María mandaba transferencias, compraba, pagaba. Sin quejarse. Así había sido siempre: ella tiraba del carro, los demás lo daban por hecho. —Me voy, —se levantó—. Luego tengo el extra. —¡Espera, que te pongo unas empanadillas! —gritó su madre desde la cocina. Empanadillas de repollo. María cogió la bolsa y salió al portal frío y húmedo, con olor a gato y moho. Diez minutos andando rápido hasta la parada. Después una hora de bus. Ocho horas de pie. Y si había suerte, otras cuatro con el portátil en casa. Y Ana seguiría en el sofá, mirando ofertas y esperando el puesto soñado: sueldo de dos mil y teletrabajo. La bronca seria llegó en noviembre. —¿Pero tú haces algo? —María no pudo más, viendo a su hermana en la misma postura de la semana anterior—. ¿Has mandado siquiera un currículo? —Sí, tres. —¿Tres en un mes? Ana puso los ojos en blanco. —No sabes cómo está el mercado. Es una jungla, hay que elegir bien. —¿Bien? ¿Dónde pagan por quedarse en el sofá? Elena asomó de la cocina, nerviosa, limpiándose las manos. —Niñas, ¿un té? He hecho tarta… —Mamá, basta —María se frotó las sienes. Llevaba tres días con migraña—. Dime por qué trabajo en dos sitios y ella en ninguno. —Mari, Ana es joven, ya encontrará algo… —¿Cuándo? ¿En un año? ¡A tu edad yo ya trabajaba! Ana se revolvió. —¡Perdona si no quiero ser como tú! Un animal de carga que sólo sabe trabajar… Silencio. María cogió el bolso y se fue. En el bus miraba por la ventana oscura y pensaba: animal de carga. Así me ven. Elena llamó al día siguiente, pidió que no se enfadara. —Ana no quería decir eso, está agobiada. Aguanta un poco más, ya verá cómo encuentra algo. Aguanta. La palabra favorita de mamá. Aguanta hasta que papá se ponga bien. Aguanta hasta que Ana crezca. Aguanta hasta que todo mejore. María llevaba aguantando toda la vida. Las discusiones se volvieron rutina. Cada visita era la misma escena: María intentaba razonar, Ana respondía mal, Elena mediaba rogando paz. Luego llamada de disculpas, y vuelta a empezar. —Tienes que comprenderla, es tu hermana —decía mamá. —Y ella tiene que entender que no soy un cajero automático. —Mari… En enero, fue Ana quien llamó. Su voz sonaba extraña, animada. —¡María, María, que me caso! —¿Qué? ¿Con quién? —Se llama Diego. Llevamos tres semanas juntos. Es… es perfecto. Tres semanas. Y boda. María quiso decir que era una locura, que había que conocerse al menos un poco, pero calló. Igual era lo mejor. Se casaría, el marido la mantendría y podría por fin relajarse. La ilusión duró lo justo hasta la cena familiar. —¡Ya lo tengo todo pensado! —Ana brillaba—. Restaurante para cien, música en vivo, y el vestido es de una boutique cerca de la Castellana… María dejó el tenedor. —¿Y cuánto es todo eso? —Bueno… —Ana encogió hombros—. Unos quince mil euros. O veinte… ¡pero es una vez en la vida! —¿Y quién lo paga? —Mari, entiéndelo… Los padres de Diego no pueden, tienen hipoteca. Mamá con la pensión apenas llega. Tendrás que pedir un préstamo… María miró a su hermana. Después a su madre. Elena apartó la mirada. —¿Vais en serio? —Mari, es una boda —intervino mamá con esa voz dulzona de siempre—. Sólo se casa una vez. Es especial… —¿Debo pedir un préstamo de quince mil euros para pagarle la boda a alguien que ni siquiera ha trabajado? —¡Eres mi hermana! —gritó Ana—. ¡Es tu deber! —¿Deber? María se levantó. La cabeza se le aclaró de golpe. —Cinco años. Cinco años pagando tu carrera. Las medicinas de mamá. La comida, la ropa, la luz. Trabajo en dos sitios. No tengo piso, ni coche, ni vacaciones. Tengo veintiocho y hace año y medio que no me compro ropa nueva. —María, tranquilízate —empezó mamá. —¡No! ¡Basta! Os he mantenido años y años y ahora encima tenéis la cara de hablarme de “deberes”. ¡Hasta aquí! Desde hoy, empiezo a vivir mi vida. Salió casi corriendo, abrigándose a tiempo. En la calle hacía un frío de muerte, pero María no lo sentía. Por dentro le iba entrando un calor extraño, como si al fin se hubiese quitado de encima el saco de piedras que llevaba toda la vida. El móvil sonaba sin parar. María colgó y bloqueó los números. …Pasaron seis meses. María se mudó por fin a un minipiso propio. En verano viajó a Barcelona—cuatro días, Prado, Retiro, noches en la ciudad. Se compró un vestido nuevo. Y otro. Y zapatos. Se enteró de su familia por una antigua compañera del instituto. —Oye, ¿es verdad que se ha cancelado la boda de tu hermana? María se quedó helada con el café en la mano. —¿Qué? —Que el novio se fue. Supo que no había dinero y se largó. Bebió café. Amargo y, por algún motivo, delicioso. —No lo sé. Hace tiempo que no hablamos. Por la noche, sentada junto a la ventana de su piso, pensaba que no sentía ni rencor ni alivio. Sólo la tranquila satisfacción de quien, al fin, dejó de ser un animal de carga…
12 de marzo Mamá, este dinero es para el siguiente trimestre de Carmen. Dejé el sobre encima del hule
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00
La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerto un soleado marzo, cuando una joven desconocida en abrigo gris se acercó a su portón, pidiendo ir al baño. Sin saber que ahí, en la entrada de su modesta finca, la esperaba un reencuentro capaz de dar un vuelco a su destino: “¿No me reconoces, mamá? Soy Olya, tu hija perdida…”. Entre jardines, mermeladas y sacrificios, Ana y Olya reconstruyen lo que nunca tuvieron, aprendiendo que a veces la mayor dicha llega prestada, disfrazada de arrepentimientos, lágrimas y ternura reconquistada, hasta que el pasado vuelve a llamar con una última verdad. La historia de tres generaciones y del anhelo de pertenencia, en una Castilla rural donde las segundas oportunidades se cosechan con las manos curtidas por la vida.
La felicidad ajena Ana revolvía la tierra en su pequeña parcela. Esta primavera había llegado pronto
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05
TODOS LA JUZGÁBAMOS: La historia de Mila, la vecina elegante de nuestro barrio a la que mirábamos por encima del hombro mientras paseaba a sus tres perros y cambiaba de pareja, y que una tarde, sollozando en la iglesia, me reveló su verdadero dolor—la lucha por ser madre, el rechazo de quienes no entendimos su sufrimiento y su esperanza de que una niña la llame, por fin, “mamá”
TODAS LA CRITICÁBAMOS Milagros estaba de pie en la parroquia y lloraba. Llevaba ya quince minutos así.
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04
— Aquí tienes el menú, prepáralo todo para las cinco, no voy a estar en la cocina en mi aniversario, — ordenó la suegra, aunque luego se arrepintió mucho.
Aquí tienes el menú, prepara todo para las cinco, que no es mi intención estar yo en la cocina en mi
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06
¡A casa, hombre! —le espetó Maxim con fastidio— ¡Allí hablaremos tú y yo! ¡Solo faltaba montar un numerito delante de los vecinos! —¡Pues perfecto! —bufó Varia— ¡Como si fuera para tanto! —¡Varia, no me busques la ruina! —amenazó Maxim— ¡En casa hablaremos! —Uy, uy, uy, ¡qué feroz! —ella se soltó la trenza y puso rumbo al portal. Maxim esperó a que Varia se alejara, sacó el móvil y murmuró al micrófono: —Ya va para casa, preparaos bien para recibirla como acordamos. Y que baje al sótano, a ver si se calma un poco. ¡Yo llego enseguida! Guardó el móvil en el bolsillo a punto de entrar en la tienda a celebrar “la educación de su mujer” cuando un desconocido lo sujetó del brazo. —Disculpe que le moleste así —sonrió incómodo el hombre—, pero la chica que iba con usted… —Mi esposa, ¿qué pasa? —frunció el ceño Maxim. —Nada, nada —sonrió aún más servil—, ¿por casualidad su mujer no se llama Bárbara Meléndez? —Bárbara, sí, antes Meléndez. ¿A qué viene tanta pregunta? —¿Y su segundo nombre es Sergia? —¡Sí! —respondió Maxim, ya irritable—. ¿De qué conoce usted a mi mujer? —Perdone usted, pero ¿nació en el ’93? Maxim hizo cuentas mentalmente y contestó: —Sí… Pero, ¿a santo de qué tantas preguntas? ¿De qué conoce a mi Varia? —Maxim se puso tenso. Varia llevaba solo tres años en el pueblo. Antes de venir nadie sabía nada de ella. Contó que escapó de sus padres porque querían casarla a la fuerza. Aparecía de la nada un desconocido, suelta detalles y… —Ay, no la conozco personalmente —se apresuró a decir el hombre rojo como un tomate—. Soy, en cierto modo, su fan. —Escucha, “fan”, como digas una tontería más, te cuento las costillas y te arranco un par para ajustar la figura —masculló Maxim entre dientes—. ¿Qué es eso de fan? ¿Te crees que vas a quitarme a la mujer? —¡No, no, no! ¡Me ha entendido usted fatal! —agitó las manos nervioso—. No es ese tipo de admiración. ¡Admiro su talento! —Hasta donde yo sé, Varia no tiene muchos talentos —Maxim, desconcertado. —Bueno, hombre, ¡que la descalificaran de por vida en Muay Thai a los dieciocho por exceso de dureza lleva talento! —exclamó el hombre. —Una pena que después de ganar un par de torneos privados dejase de competir. ¡Mirarla en el ring era un espectáculo! Maxim con manos temblorosas intentó sacar el móvil; se le cayó y se desmontó en el suelo. Cuando lo recogió, no encendía. Maxim echó a correr para casa y murmuraba: —¡Virgen del Rocío, que llegue a tiempo! Cuando Varia llegó al pueblo, Maxim se fijó en ella al instante. ¿Quién no lo haría? Joven, deportista, interesante, alegre. Y encima, profesora de gimnasia con los peques. Al principio pensaron que venía a cubrir una substitución, algo temporal. Pero resultó que tenía veinticinco años y volvía para quedarse. Esperaban que trajera a la familia, pero venía sola. —Aquí hay gato encerrado —cotilleaban las mujeres— Joven y lista, ¿y se viene a este rincón? ¡Seguro que esconde un secreto inconfesable! —¿Secretos, hoy en día? —resoplaba otra— Igual ha tenido un chasco con un hombre y viene a curarse las heridas… —O se habrá peleado con los padres y se fugó, eso lo veo en la tele. Maxim la observaba pero no se acercaba aún. —Quién sabe qué historia lleva a cuestas… Ya veremos. Trabajar en la escuela no es solo cansancio. También hay tiempo para charlas en la sala de profes. En medio año le sacaron a Varia su historia enternecedora: —Mis padres, empresarios, gente buena. Pero se vino una crisis, les falló un proveedor… Todo se fue a pique y mi padre intentó casarme con “el adecuado” para salvar el negocio. Teníais que haber visto al susodicho… Yo preferí largarme. —¿Y estás completamente sola? —una colega experimentada negaba con la cabeza. —Gente buena hay en todas partes —sonrió Varia—. Pero prefiero ganarme la vida sola que casarme con cualquiera. Que no es un matrimonio lo que me imponían, era una venta. Y tampoco quiero ser mercancía. —Tranquila, aquí encontrarás tu amor —la animaban en el colegio—. Nuestro pueblo es pequeño pero queda gente decente. Una vez la historia se propagó por el pueblo, Maxim lo tuvo claro: —Me voy a casar con ella. Las chicas de aquí son interesadas y frescas, pero esta es diferente, y ni familia nos viene a rondar. Así se lo confesaba a su familia: madre, padre y el hermano mayor. —Mírala, joven, sana, deportista, profe de gimnasia… nos dará hijos fuertes y ayudará con la casa. ¿Cuántas clases tiene que dar, total? —¡Un partidazo! —aplaudió la familia— Y si se pasa de lista, ya la enseñaremos a la manera tradicional. ¿Por qué estaban tan seguros de la boda? Porque Maxim era un guapo y, para colmo, subdirector del mayor almacén de verduras. Cuando venía inspección, era auxiliar de almacén, pero lo promovieron a subdirector por pesado —impulsor de “mejoras”— y porque tenía enchufe. Se encargó de todo el almacén y no dejó pasar ni una verdura pocha. Cierto era, los empleados temblaban con sus castigos y el hermano, jefe de seguridad designado por él, era aún peor. Pero la familia miraba para otro lado: se acabaron los robos en el almacén. ¿Cómo iba Varia a rechazarlo? Primero aceptó salir, luego sus atenciones, y al final, se casó. Maxim la sacó de la residencia de maestras y la instaló en casa: —En esta familia vivimos juntos y compartimos todo —se lanzó la suegra en su discurso. —Lo hacemos todo en común, nos ayudamos. No sé cómo sería en tu familia, pero aquí las cosas son así. —En la mía, normas, pocas —respondió Varia—. Ya ve usted, las dejé atrás. Si soy esposa de Maxim, aprenderé a seguir las de aquí. La suegra se sintió aliviada. —Eso sí, yo no sé hacer nada —admitió Varia, tímida—. En casa de mis padres había servicio doméstico. —¡Eso se arregla! —rio el suegro— Aprenderás, ¿no eres profe? —Sí, pero la injusticia no la aguanto. —Querida —retomó la suegra—, la justicia es relativa. Hay normas familiares milenarias. Respeta a tu esposo y su familia. La dulzura y obediencia embellecen a la mujer. Y los hombres ya se encargan de los problemas de verdad. —Si así se hace, vale —Varia encogió los hombros—. Pero espero que aquí no haya castigos como en el patriarcado. —Ni látigos, ni establos —se rió el suegro. Varia lo sospechaba, y al mes recortaron su libertad al máximo. Solo podía salir al trabajo y a hacer la compra. Para todo lo demás: —¿Adónde vas? Hay mil cosas por hacer, el huerto, las gallinas, ¡Varia! —le gritaba la suegra— ¡Somos una familia! Y la suegra no mentía: Maxim y su hermano siempre en la faena. El suegro, apenas, por la salud, y solo daba consejos. Natalia y Varia llevaban la casa a cuestas. Pero tampoco la suegra era una jovencita. Si no era la tensión, eran los huesos, o la migraña. Y la casa no tiene festivos. —¿Y la vida personal? —preguntaba Varia— Digo, fuera del matrimonio: un cine, un café, un paseo. ¡Aún no tengo amigas! —Las amigas sobran para una mujer casada. Más problemas que alegrías. Y de cine y café, habla con tu marido. No es decente ir sola a sitios públicos. Aquí no es ciudad: aquí la gente no perdona una y te ponen una etiqueta para siempre. Y tú eres profesora, ¡te pueden echar con deshonra! —¿De veras? —Varia alucinaba. —Viviste en la ciudad, pero aquí todo se ve y se sabe. Un paso en falso y jamás te quitas la etiqueta… Y tú, maestra, cuidado. Lógica aplastante, pero Varia no pensaba enterrarse en casa. Trabajaba, hacía sus tareas, pero exigía respeto. Si había que hacerlo entre todos, bien; si no, ella tampoco lo haría. Dos años y medio después de la boda, Varia seguía rebelde. Quería justicia en el reparto de tareas. —¡Menudo genio tiene Varia! —decía la suegra—. ¡Contesta más que la amarga! —¡A mí tampoco me respeta! —añadía el suegro—. Le pides agua y dice que está ocupada. —Maxim, esto no se puede tolerar —protestaba Miquel, el hermano—. No se ha visto semejante falta de respeto. —Hace falta domarla —dijo Maxim—. Si con palabras no entiende… —Prepara todo —intervino Miquel—. Sácala de paseo y luego mándala sola a casa. Nosotros la recibimos y hablamos claro. Si no entiende, pues se refuerza la lección. Si se rebela, al sótano; diremos en la escuela que se fue de vacaciones. Así lo prepararon. Mientras Maxim paseaba a Varia, la familia se reunió, encendidos y listos para la llegada. Pero Maxim no llegó a tiempo. La cancela, intacta; la puerta de casa, como si nunca hubiera habido. En el recibidor, Miquel se retorcía con el brazo roto. Maxim cogió su móvil, marcó a la ambulancia y le puso el teléfono en la oreja: —¡Di la dirección y pide varias ambulancias! Miquel asintió entre quejidos. El suegro, inconsciente entre los restos del mueble, vivo. En la cocina, la abuela con un moratón, agarrando el rodillo partido por la mitad. En la mesa, Varia tomaba el té tan tranquila. —¿Cariño? —se irguió Varia—. ¿Vienes a por tu ración? —N-no —murmuró Maxim. —Pues ya no sé qué ofrecerte —dijo Varia, pensativa—. ¿Quizá un poco de justicia doméstica? —¡Deberías haber avisado antes! —gritó él—. ¡Casi los matas! —Sé cuándo parar. Cada uno se llevó lo que venía a darme. Y el rodillo lo rompí yo. A tu madre no la toqué, fue culpa de la puerta. —¿Y ahora, cómo seguimos viviendo? —preguntó Maxim. —En armonía, y sobre todo, en igualdad —sonrió Varia—. Ni se te ocurra pensar en divorcio: estoy embarazada y mi hijo tendrá padre. Maxim tragó saliva. —De acuerdo, cariño. Cuando todos sanaron y se calmaron, redefinieron las normas familiares. Desde entonces, la calma y la paz reinaban en casa, y nadie volvió a atreverse a faltarle el respeto a nadie jamás.
¡Vete a casa! ¡Allí hablamos! soltó Fernando, visiblemente molesto. Lo que faltaba, montar una telenovela
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05
¡Huye de él! —¡Eh, Lidia! —dijo Natalia tomando asiento junto a su amiga—. Cuánto tiempo sin vernos, ¿cómo te va? —Hola, Nati —respondió la chica con desgana—. Todo bien. —¿Y por qué no me miras a los ojos? —Natalia le clavó la mirada—. ¿Otra vez te ha liado algo Rubén? ¿Qué ha sido esta vez? —Ay, no exageres —Lidia rodó los ojos, arrepintiéndose de haber entrado en esa cafetería—. Todo va genial. Y con Rubén tenemos una relación perfecta, de verdad. Es un buen chico. Mejor cambiemos de tema. Sin querer escuchar nada más, Lidia abandonó la mesa dejando un trozo de tarta sin terminar. No quería oír nada, pensando ingenuamente que solo le tenían envidia. Rubén era… Bueno, espectacular. Guapo, con dinero, detallista. Eso sí, a veces tenía unas manías muy extrañas. Por ejemplo, le prohibió a Lidia teñirse de rubia. Fue su primera gran bronca. ¡A punto estuvieron de romper! Y por una tontería. Lidia fue a la peluquería a arreglarse el pelo. Un estilista conocido le decía siempre que había nacido para ser rubia. No pudo resistirse. Volvió a casa con unos rizos platino. Rubén se puso blanco de ira. Le tiró el libro que hasta entonces leía plácidamente en el sofá. Le soltó mil barbaridades y le exigió que se tiñera de nuevo. Inmediatamente. Porque en su casa no tenía sitio ninguna rubia. Entre lágrimas, Lidia salió corriendo al primer salón que encontró. Las peluqueras intentaron disuadirla porque el color le quedaba fenomenal, pero al verla sollozar, lo hicieron todo rápido. Rubén solo asintió satisfecho y no volvió a hablar del asunto. Al día siguiente, eso sí, le regaló una pulsera carísima, en compensación. Y tampoco podía vestir de blanco. Rojo, azul, verde… Cualquiera, menos blanco. Una vez Lidia bromeó preguntándole de qué color sería su vestido de novia. La mirada que recibió la dejó helada y le quitó las ganas de preguntar más cosas. —Lidia, sal de ahí mientras puedas —le insistía entonces Natalia—. Sal sin mirar atrás. Hoy no puedes vestir de blanco, ¿mañana qué? ¿No poder salir a la calle? Por muy “bueno” que sea, tienes que buscarte a otro, uno normal. —Cada uno tiene sus rarezas —encogía los hombros Lidia—. Lo nuestro va en serio. Incluso hemos decidido tener un hijo. Rubén quiere mucho tener niña. Hasta le ha puesto nombre: Ángela. Anda ya, déjalo estar. **************************************** Qué pena que Lidia no escuchara a su amiga. Porque no se equivocaba al hablar de las rarezas de Rubén. Muy pronto, Lidia lo comprobaría con sus propios ojos. Había una habitación en la casa a la que Lidia no tenía acceso. Siempre cerrada con llave. Un día le preguntó: —¿No serás pariente del mismísimo Barba Azul? —No te preocupes —rió Rubén de forma extraña—, no guardo cadáveres de ex en ese cuarto. Y ahí quedó la conversación. Hasta que, por casualidad, Lidia pudo echar un vistazo. Volvió a casa antes de lo habitual: el profesor había cancelado la última clase. Sabía que Rubén estaba en casa, pero no lo encontraba. Al pasar frente a la puerta prohibida, escuchó una voz. Empujó la hoja, apenas entreabierta, y vio algo que la dejó helada. Un retrato de una chica enorme, ocupando toda la pared. Y Rubén, de rodillas ante él. La chica del cuadro sonreía con dulzura y tendía las manos a alguien invisible. Además, era idéntica a Lidia, salvo por el color del pelo: aquella muchacha era rubia. —Aguanta un poco más, Ángela. Pronto estaremos juntos —murmuraba él. Lidia sintió un escalofrío y estaba dispuesta a irrumpir en la habitación y decirle todo a la cara, pero lo que oyó entonces la paralizó. —Ella me dará una hija, seguro que sí. Y así tu alma podrá vivir en ese cuerpecito. Entonces estarás conmigo para siempre. Te cuidaré. Y cuando crezcas, volveremos a amarnos. “¡Qué perturbado!” fue lo único que pasó por la cabeza de Lidia antes de salir corriendo, presa del pánico. ¡Cuánta razón tenían sus amigas! ¿Pero ahora qué? ¿Cómo se escapa una de un psicópata? Y lo peor: de verdad esperaba un niño, aunque aún era pronto para saberlo. Su familia estaba lejos, solo tenía a Natalia de amiga cercana. Y allá fue. —Ni me lo imaginaba, Nati, juro que si no lo veo con mis propios ojos, no lo creo —susurraba temblorosa. —Tranquila —le sirvió un vaso de agua, que Lidia tomó de un trago—. ¿Y ahora qué harás? ¿Piensas volver con él? —¡Jamás! —negó rotundamente—. ¡Está demente! Tengo miedo por mí y por el bebé —esbozó una sonrisa amarga—. Ahora entiendo lo del tinte y la ropa blanca: así me parecía demasiado a ella. —Menos mal que ahora lo sabes y no después de casaros —dijo Natalia con sensatez—. ¿No le has contado nada del embarazo? —Pensaba darle la sorpresa… —Mejor así. Le dices que hay otro y te vas. —suspiró—. Lo mejor será que vuelvas a casa, te matriculas en la universidad de allí y ya está. Pero lo más lejos posible de él. —Eso haré… ***************************************** Los siguientes seis meses fueron los más duros de su vida. Más por lo emocional que lo físico. Mudanza, explicaciones a los padres… Tuvo que dejar los estudios por el embarazo. No quiso abortar, el bebé no tenía culpa de nada. Más bien, la bebé: Lidia tuvo una niña, justo como quería Rubén. Él, contra lo que temían las chicas, la dejó marchar con facilidad. Solo le advirtió que no hablara demasiado. Ni preguntó a dónde iba, como si de verdad no le importase. A veces, Lidia dudaba si había hecho bien dejando a Rubén y ocultándole la existencia de la niña. Como esa noche, tras acostar a la pequeña Geli, se quedó pensando junto a la ventana. Llamaron al timbre: era el repartidor de comida que había pedido. Comer no se le daba bien, así que prefería pedir. Cenó rápido y se sumergió en los libros, decidida a retomar la carrera. Las letras se difuminaban, la cabeza le daba vueltas. Intentó coger el móvil para llamar al 112, pero no podía moverse. Antes de desmayarse, vio a Rubén, sosteniendo a la recién nacida con ternura. *********************************************** Despertó en el hospital. Su madre había acudido a visitarla justo a tiempo. La policía buscó a la niña por todas partes, sin éxito. Rubén, con la pequeña, había desaparecido del mapa. Solo años después, la desconsolada madre recibiría una postal. Una foto de Rubén abrazando a una preciosa niña rubia.
– ¡Ay, cuánto tiempo, amiga! dijo Carmen sentándose al lado de Clara en la terraza del café.
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012
¡A casa, hombre! —le espetó Maxim con fastidio— ¡Allí hablaremos tú y yo! ¡Solo faltaba montar un numerito delante de los vecinos! —¡Pues perfecto! —bufó Varia— ¡Como si fuera para tanto! —¡Varia, no me busques la ruina! —amenazó Maxim— ¡En casa hablaremos! —Uy, uy, uy, ¡qué feroz! —ella se soltó la trenza y puso rumbo al portal. Maxim esperó a que Varia se alejara, sacó el móvil y murmuró al micrófono: —Ya va para casa, preparaos bien para recibirla como acordamos. Y que baje al sótano, a ver si se calma un poco. ¡Yo llego enseguida! Guardó el móvil en el bolsillo a punto de entrar en la tienda a celebrar “la educación de su mujer” cuando un desconocido lo sujetó del brazo. —Disculpe que le moleste así —sonrió incómodo el hombre—, pero la chica que iba con usted… —Mi esposa, ¿qué pasa? —frunció el ceño Maxim. —Nada, nada —sonrió aún más servil—, ¿por casualidad su mujer no se llama Bárbara Meléndez? —Bárbara, sí, antes Meléndez. ¿A qué viene tanta pregunta? —¿Y su segundo nombre es Sergia? —¡Sí! —respondió Maxim, ya irritable—. ¿De qué conoce usted a mi mujer? —Perdone usted, pero ¿nació en el ’93? Maxim hizo cuentas mentalmente y contestó: —Sí… Pero, ¿a santo de qué tantas preguntas? ¿De qué conoce a mi Varia? —Maxim se puso tenso. Varia llevaba solo tres años en el pueblo. Antes de venir nadie sabía nada de ella. Contó que escapó de sus padres porque querían casarla a la fuerza. Aparecía de la nada un desconocido, suelta detalles y… —Ay, no la conozco personalmente —se apresuró a decir el hombre rojo como un tomate—. Soy, en cierto modo, su fan. —Escucha, “fan”, como digas una tontería más, te cuento las costillas y te arranco un par para ajustar la figura —masculló Maxim entre dientes—. ¿Qué es eso de fan? ¿Te crees que vas a quitarme a la mujer? —¡No, no, no! ¡Me ha entendido usted fatal! —agitó las manos nervioso—. No es ese tipo de admiración. ¡Admiro su talento! —Hasta donde yo sé, Varia no tiene muchos talentos —Maxim, desconcertado. —Bueno, hombre, ¡que la descalificaran de por vida en Muay Thai a los dieciocho por exceso de dureza lleva talento! —exclamó el hombre. —Una pena que después de ganar un par de torneos privados dejase de competir. ¡Mirarla en el ring era un espectáculo! Maxim con manos temblorosas intentó sacar el móvil; se le cayó y se desmontó en el suelo. Cuando lo recogió, no encendía. Maxim echó a correr para casa y murmuraba: —¡Virgen del Rocío, que llegue a tiempo! Cuando Varia llegó al pueblo, Maxim se fijó en ella al instante. ¿Quién no lo haría? Joven, deportista, interesante, alegre. Y encima, profesora de gimnasia con los peques. Al principio pensaron que venía a cubrir una substitución, algo temporal. Pero resultó que tenía veinticinco años y volvía para quedarse. Esperaban que trajera a la familia, pero venía sola. —Aquí hay gato encerrado —cotilleaban las mujeres— Joven y lista, ¿y se viene a este rincón? ¡Seguro que esconde un secreto inconfesable! —¿Secretos, hoy en día? —resoplaba otra— Igual ha tenido un chasco con un hombre y viene a curarse las heridas… —O se habrá peleado con los padres y se fugó, eso lo veo en la tele. Maxim la observaba pero no se acercaba aún. —Quién sabe qué historia lleva a cuestas… Ya veremos. Trabajar en la escuela no es solo cansancio. También hay tiempo para charlas en la sala de profes. En medio año le sacaron a Varia su historia enternecedora: —Mis padres, empresarios, gente buena. Pero se vino una crisis, les falló un proveedor… Todo se fue a pique y mi padre intentó casarme con “el adecuado” para salvar el negocio. Teníais que haber visto al susodicho… Yo preferí largarme. —¿Y estás completamente sola? —una colega experimentada negaba con la cabeza. —Gente buena hay en todas partes —sonrió Varia—. Pero prefiero ganarme la vida sola que casarme con cualquiera. Que no es un matrimonio lo que me imponían, era una venta. Y tampoco quiero ser mercancía. —Tranquila, aquí encontrarás tu amor —la animaban en el colegio—. Nuestro pueblo es pequeño pero queda gente decente. Una vez la historia se propagó por el pueblo, Maxim lo tuvo claro: —Me voy a casar con ella. Las chicas de aquí son interesadas y frescas, pero esta es diferente, y ni familia nos viene a rondar. Así se lo confesaba a su familia: madre, padre y el hermano mayor. —Mírala, joven, sana, deportista, profe de gimnasia… nos dará hijos fuertes y ayudará con la casa. ¿Cuántas clases tiene que dar, total? —¡Un partidazo! —aplaudió la familia— Y si se pasa de lista, ya la enseñaremos a la manera tradicional. ¿Por qué estaban tan seguros de la boda? Porque Maxim era un guapo y, para colmo, subdirector del mayor almacén de verduras. Cuando venía inspección, era auxiliar de almacén, pero lo promovieron a subdirector por pesado —impulsor de “mejoras”— y porque tenía enchufe. Se encargó de todo el almacén y no dejó pasar ni una verdura pocha. Cierto era, los empleados temblaban con sus castigos y el hermano, jefe de seguridad designado por él, era aún peor. Pero la familia miraba para otro lado: se acabaron los robos en el almacén. ¿Cómo iba Varia a rechazarlo? Primero aceptó salir, luego sus atenciones, y al final, se casó. Maxim la sacó de la residencia de maestras y la instaló en casa: —En esta familia vivimos juntos y compartimos todo —se lanzó la suegra en su discurso. —Lo hacemos todo en común, nos ayudamos. No sé cómo sería en tu familia, pero aquí las cosas son así. —En la mía, normas, pocas —respondió Varia—. Ya ve usted, las dejé atrás. Si soy esposa de Maxim, aprenderé a seguir las de aquí. La suegra se sintió aliviada. —Eso sí, yo no sé hacer nada —admitió Varia, tímida—. En casa de mis padres había servicio doméstico. —¡Eso se arregla! —rio el suegro— Aprenderás, ¿no eres profe? —Sí, pero la injusticia no la aguanto. —Querida —retomó la suegra—, la justicia es relativa. Hay normas familiares milenarias. Respeta a tu esposo y su familia. La dulzura y obediencia embellecen a la mujer. Y los hombres ya se encargan de los problemas de verdad. —Si así se hace, vale —Varia encogió los hombros—. Pero espero que aquí no haya castigos como en el patriarcado. —Ni látigos, ni establos —se rió el suegro. Varia lo sospechaba, y al mes recortaron su libertad al máximo. Solo podía salir al trabajo y a hacer la compra. Para todo lo demás: —¿Adónde vas? Hay mil cosas por hacer, el huerto, las gallinas, ¡Varia! —le gritaba la suegra— ¡Somos una familia! Y la suegra no mentía: Maxim y su hermano siempre en la faena. El suegro, apenas, por la salud, y solo daba consejos. Natalia y Varia llevaban la casa a cuestas. Pero tampoco la suegra era una jovencita. Si no era la tensión, eran los huesos, o la migraña. Y la casa no tiene festivos. —¿Y la vida personal? —preguntaba Varia— Digo, fuera del matrimonio: un cine, un café, un paseo. ¡Aún no tengo amigas! —Las amigas sobran para una mujer casada. Más problemas que alegrías. Y de cine y café, habla con tu marido. No es decente ir sola a sitios públicos. Aquí no es ciudad: aquí la gente no perdona una y te ponen una etiqueta para siempre. Y tú eres profesora, ¡te pueden echar con deshonra! —¿De veras? —Varia alucinaba. —Viviste en la ciudad, pero aquí todo se ve y se sabe. Un paso en falso y jamás te quitas la etiqueta… Y tú, maestra, cuidado. Lógica aplastante, pero Varia no pensaba enterrarse en casa. Trabajaba, hacía sus tareas, pero exigía respeto. Si había que hacerlo entre todos, bien; si no, ella tampoco lo haría. Dos años y medio después de la boda, Varia seguía rebelde. Quería justicia en el reparto de tareas. —¡Menudo genio tiene Varia! —decía la suegra—. ¡Contesta más que la amarga! —¡A mí tampoco me respeta! —añadía el suegro—. Le pides agua y dice que está ocupada. —Maxim, esto no se puede tolerar —protestaba Miquel, el hermano—. No se ha visto semejante falta de respeto. —Hace falta domarla —dijo Maxim—. Si con palabras no entiende… —Prepara todo —intervino Miquel—. Sácala de paseo y luego mándala sola a casa. Nosotros la recibimos y hablamos claro. Si no entiende, pues se refuerza la lección. Si se rebela, al sótano; diremos en la escuela que se fue de vacaciones. Así lo prepararon. Mientras Maxim paseaba a Varia, la familia se reunió, encendidos y listos para la llegada. Pero Maxim no llegó a tiempo. La cancela, intacta; la puerta de casa, como si nunca hubiera habido. En el recibidor, Miquel se retorcía con el brazo roto. Maxim cogió su móvil, marcó a la ambulancia y le puso el teléfono en la oreja: —¡Di la dirección y pide varias ambulancias! Miquel asintió entre quejidos. El suegro, inconsciente entre los restos del mueble, vivo. En la cocina, la abuela con un moratón, agarrando el rodillo partido por la mitad. En la mesa, Varia tomaba el té tan tranquila. —¿Cariño? —se irguió Varia—. ¿Vienes a por tu ración? —N-no —murmuró Maxim. —Pues ya no sé qué ofrecerte —dijo Varia, pensativa—. ¿Quizá un poco de justicia doméstica? —¡Deberías haber avisado antes! —gritó él—. ¡Casi los matas! —Sé cuándo parar. Cada uno se llevó lo que venía a darme. Y el rodillo lo rompí yo. A tu madre no la toqué, fue culpa de la puerta. —¿Y ahora, cómo seguimos viviendo? —preguntó Maxim. —En armonía, y sobre todo, en igualdad —sonrió Varia—. Ni se te ocurra pensar en divorcio: estoy embarazada y mi hijo tendrá padre. Maxim tragó saliva. —De acuerdo, cariño. Cuando todos sanaron y se calmaron, redefinieron las normas familiares. Desde entonces, la calma y la paz reinaban en casa, y nadie volvió a atreverse a faltarle el respeto a nadie jamás.
¡Vete a casa! ¡Allí hablamos! soltó Fernando, visiblemente molesto. Lo que faltaba, montar una telenovela
MagistrUm
Es interesante
011
Olga pasó todo el día preparando la Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año sin sus padres, celebrándolo junto a su pareja. Llevaba ya tres meses viviendo con Toñín en su piso. Él le sacaba 15 años, estuvo casado, pagaba la pensión a sus hijos y le gustaba el vino de vez en cuando… Pero cuando se quiere de verdad, todo lo demás es secundario. Nadie entendía por qué ella se había enamorado de él: ni guapo era, más bien poco agraciado, de carácter difícil, tacaño hasta decir basta y sin un euro en el bolsillo. Y si tenía algo, era solo para él. Pues de este espécimen, Olguita se enamoró. Todo este tiempo Olya había esperado que Toñín valorase lo buena y apañada que era y acabara pidiéndole matrimonio. Él siempre decía: “Hay que vivir juntos para ver cómo eres de ama de casa. No vaya a ser que seas como mi ex”. Pero cómo era ella, nunca lo aclaraba. Así que Olya se esmeraba: no protestaba cuando él llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, compraba la comida con su propio dinero (por si Toñín pensaba que era una interesada). Hasta la cena de Nochevieja la pagó ella, y también le compró un móvil nuevo como regalo. Mientras Olya preparaba la fiesta, su “maravilloso Toñín” se entretuvo como mejor sabía: saliendo de copas con los amigos. Volvió tan contento y le anunció que vendrían sus amigos a celebrar el Año Nuevo allí. Olya no los conocía de nada. Preparó la mesa, faltaba una hora para las campanadas. Aunque estaba disgustada, se contuvo para no reprochárselo: quería demostrar que no era como la ex de Toñín. Media hora antes de las doce llegó una troupe de amigos, hombres y mujeres, claramente pasados de copas. Toñín se puso animado, los sentó a todos en la mesa y la juerga continuó. Ni siquiera presentó a Olya, que para todos fue invisible: comían y bebían haciendo chistes entre ellos, sin incluirla en nada. Cuando Olya sugirió servir cava para brindar por el nuevo año, la miraron como si fuera una intrusa. —¿Y esa quién es? —preguntó una con voz de borracha. —La vecina de cama —rió Toñín, y todos se rieron con él. Se burlaron de Olya, comieron su comida y la dejaron a un lado. Reían bajo las campanadas, alabando a Toñín por haber encontrado “una cocinera gratis y criada para todo”. Él no la defendió, se sumó a las risas, comiendo lo que ella había preparado y “limpiándose los pies” con ella. Olya salió sin hacer ruido, recogió sus cosas y se fue con sus padres. Nunca había tenido una Nochevieja tan terrible. La madre soltó su típico “Ya te lo decía yo”, su padre respiró aliviado y Olya, tras llorar todo el dolor, se quitó la venda de los ojos. Una semana después, cuando a Toñín se le acabó el dinero, apareció en casa de Olya tan campante: —¿Te fuiste enfadada o qué? —y, viendo que ella no cedía, insistió—. Muy bonito lo tuyo: tú en casa de papá y mamá tan tranquila, y yo con la nevera vacía. ¡Ya empiezas a parecerte a mi ex! Olya se quedó muda ante semejante descaro. Había imaginado mil veces cómo le diría todo lo que pensaba, pero solo pudo mandar a Toñín a paseo y cerrarle la puerta en las narices. Así fue como, a partir de Año Nuevo, Olya empezó una vida nueva.
Olalla lleva todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando, poniendo la mesa.
MagistrUm
Es interesante
017
La nieta indeseada pero necesaria: cuando la abuela española intenta arrebatar a la niña que jamás quiso criar, pero que ahora es lo único que le queda de su hijo muerto
Fíjate bien, mira, ¡es ella, te lo digo yo! susurró una mujer de porte distinguido a un hombre de aspecto
MagistrUm