Mi marido fue mi mayor respaldo hasta que nuestro hijo cumplió tres años. Entonces se largó.
¡Me voy! anuncio. ¿A dónde? no comprende mi esposa, Iria, que sigue pensando en la lista de la compra. ¡De una!
Pero, ¿de verdad te cuesta tanto? Si solo son tres días. A Lucía le ha salido un viaje de última hora
Tengo 89 años. Me llamaron para intentar estafarme. Pero yo era ingeniera.
Cuando sonó el teléfono aquel martes por la mañana, estaba tomando mi té de menta y resolviendo un sudoku. Tengo 93 años y mi mente sigue tan despierta como cuando en los años 60 programaba.
—¿Doña Marín? —sonó una voz melosa al otro lado—. La llamamos por irregularidades en su cuenta bancaria. Hemos detectado una actividad sospechosa.
Ajá.
Otro más.
—Ay, qué susto —le contesté con mi mejor voz temblorosa de “abuelita”—. ¿Qué tengo que hacer, hijo mío?
—Necesitaríamos que nos confirmara el número de su tarjeta bancaria.
—Por supuesto, por supuesto… déjame que busque las gafas… —dejé pasar un momento de silencio—. ¿Sabes qué? Mejor dime tú las últimas cuatro cifras y yo te confirmo. Así me aseguro de que eres legítimo.
Silencio incómodo.
—No va así, señora. Es necesario el número completo.
—Entiendo —suspiré—. Solo respóndeme algo… la línea desde la que llamas, ¿utiliza protocolo VoIP estándar o cifrado punto a punto?
Otra pausa.
—Señora, necesitamos que…
—Lo pregunto porque mientras hablamos —proseguí tranquila— ya he rastreado tu IP. Curioso… una llamada desde un locutorio. ¿Sabes? He diseñado sistemas de seguridad durante cuarenta años. Soy ingeniera de sistemas. Eso enseña muchas cosas.
—Yo… señora…
—Y otra cosa curiosa —añadí—. Acabo de activar un script en mi línea. Ahora mismo está extrayendo datos de tu dispositivo. ¿Te leo la lista de contactos o prefieres que la envíe directamente a las autoridades competentes?
Le oí tragar saliva.
—Eso es ilegal…
—¿Ilegal? —me reí—. Chaval, yo escribía código cuando tu abuela aún gateaba. Por cierto, estoy grabando toda la conversación —con metadatos. ¿Y sabes lo mejor? Estoy viendo tu pantalla. Hola, Iván. Bonita foto de perfil. ¿Tu madre sabe a qué te dedicas?
Click.
Colgó.
Me reí tanto que casi tiro el té. Luego llamé a mi nieto, ese que siempre bromea diciendo que no entiendo nada de tecnología.
—Álvaro —le dije al descolgar—, acabo de darle una lección a un estafador que intentó robarme. ¿Sigues pensando que no sé de “internet”? Tengo 89 años. Intentaron timarme por teléfono. Pero resulta que soy ingeniera. Justo aquella mañana
¡Si es que no es más que una manipuladora con mi marido! protestaba Clara. Clara miraba el móvil y sentía
Estuve dos años trabajando en el extranjero y, al volver a España, descubrí que mi hijo me había preparado
Tengo setenta años y fui madre antes, incluso, de aprender a pensar en mí misma. Me casé siendo muy joven
Cuando mi madre se enteró de que estaba casada, tenía un buen trabajo y mi propio piso en Madrid, no
Querido diario, Hoy mi mujer, Begoña, me ha regalado un obsequio digno de la realeza por mi cumpleaños
El piso fue comprado por mi hijo: declaraciones de la suegra
Conocí a mi marido en la universidad; teníamos los dos 20 años y éramos estudiantes. Me fijé enseguida en el que sería mi futuro esposo; destacaba por su fuerza, inteligencia y, ante todo, amabilidad. Al principio fuimos amigos, pero enseguida supe que mis sentimientos por él eran mucho más profundos.
A los pocos meses comenzamos nuestra relación de pareja. Recuerdo aquellos años con gran cariño y estoy convencida de que la etapa universitaria fue una de las mejores de mi vida.
Un año después, Marcos me pidió matrimonio y nos casamos. No teníamos dinero suficiente para una gran celebración, así que organizamos una pequeña fiesta con la familia más cercana.
En nuestro segundo año de matrimonio, Marcos ya había empezado a trabajar. Al principio vivimos en una residencia universitaria y tener nuestro propio piso parecía un sueño lejano, aunque estábamos convencidos de que algún día lo conseguiríamos. Finalmente, tras la muerte de mi abuela, heredé 100.000 euros y Marcos logró ahorrar también algo de dinero. Esta cantidad nos permitió solicitar una hipoteca para un piso de dos habitaciones, ya que planeábamos ampliar la familia pronto.
Estuvimos casados diez años, aunque no llegamos a tener hijos. Hace algunos años, Marcos tuvo problemas en el trabajo: cuando la empresa entró en crisis, el dueño culpó a mi marido —que trabajaba como jefe de contabilidad— de las deudas y de la mala gestión. Tras un juicio, Marcos fue injustamente condenado a cuatro años de cárcel.
Quería lo mejor para él
Luchamos mucho, buscamos abogados, pero no conseguimos nada. Los papeles estaban redactados de forma que Marcos acabó siendo declarado culpable, aunque solo seguía instrucciones de su jefe.
Fue muy duro, pero hice todo lo posible por apoyar a mi marido. Sin embargo, un año después me di cuenta de que yo misma necesitaba apoyo…
Mi suegra vino a casa y me comunicó que ya no podía seguir viviendo allí. Me culpó de lo ocurrido a Marcos y alegó que el piso lo había comprado él con su dinero, por lo que yo no tenía ningún derecho sobre la vivienda. No supe qué decir, no me esperaba tal crueldad de mi suegra.
Resultó que antes del juicio, mi marido dio poderes a su madre para representarle y, con estos, ella elaboró documentos bancarios que mostraban que la hipoteca se pagaba desde la cuenta de Marcos. Mi suegra sostiene que estos papeles son suficientes para que un juez determine que yo no participé en la compra del piso.
Estoy desconcertada y no sé qué hacer. El piso lo compró mi hijo: suegra en modo declaración Conocí a mi marido en la universidad.