Es interesante
00
Por dinero me volví “más joven”: Años después, mi marido descubrió la verdad y acabamos divorciándonos.
Por dinero me volví más joven. Años después, mi marido descubrió la verdad y terminamos divorciándonos.
MagistrUm
Es interesante
02
Ya no puedo vivir en la mentira – confesó una amiga durante la cena.
Ya no puedo vivir entre mentiras confesó la amiga entre tenedores y copas. ¿Estás loca? ¿Cuánto cuesta eso?
MagistrUm
Es interesante
01
Mi paciencia se agotó: Por qué la hija de mi esposa está prohibida para siempre en nuestro hogar
Mi paciencia se ha agotado: Por qué la hija de mi esposa está prohibida para siempre en nuestro hogar
MagistrUm
Es interesante
01
Por dinero me volví “más joven”: Años después, mi marido descubrió la verdad y acabamos divorciándonos.
Por dinero me volví más joven. Años después, mi marido descubrió la verdad y terminamos divorciándonos.
MagistrUm
Es interesante
03
En la vieja casa olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, la señora Nuria. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa regresa a una aldea de la provincia de Soria, con su hijo en brazos y una verdad que le arde en la garganta… *** La masa olía a hogar. No al hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal de tres alturas donde Elisa creció. No, al verdadero, al que ella se inventó, sentada en un taburete de una cocina amplia, observando las manos de Nuria, enrojecidas por el agua, amasando con fuerza. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba la Elisa de cinco años. —Porque respira —respondía Nuria, sin dejar de trabajar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Qué cosas, ¿verdad? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no lo entendía. Ahora sí. De pie a la vera de una carretera secundaria, abrazaba con fuerza a su hijo Miguelito, de cuatro años. El autobús, al marcharse, los dejó entre las penumbras de un febrero castellano, y sólo quedaba el silencio —ese silencio especial del campo, donde se oye crujir la nieve bajo pasos ajenos a tres casas de distancia. Miguelito no lloraba. En los últimos seis meses apenas había llorado —había aprendido. Solo miraba con sus ojos oscuros, extrañamente serios para un niño, y a Elisa se le encogía el alma: los ojos de su padre, la barbilla de su padre, el mismo silencio tras el que siempre se escondía algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, pequeño. Ya buscaremos. No conocía la dirección. Ni siquiera si Nuria vivía aún —habían pasado veinte años, toda una vida. Solo recordaba: “Pueblo de Pinares, provincia de Soria”. Y el olor de esa masa. Y el calor de aquellas manos que, en toda esa casa enorme, eran las únicas que la acariciaban sin motivo alguno. El camino bordea vallas torcidas. En algunas ventanas brilla la luz amarillo opaca de la vida. Elisa se detiene ante la última casita —sus piernas ya no aguantan y Miguelito pesa cada vez más. La cancela rechina. Dos peldaños cubiertos de nieve. La puerta, vieja y astillada, saluda con el olor de los años. Elisa llama. Silencio. Al cabo, pasos arrastrados. Un cerrojo. Y una voz, gastada y mayor, pero inconfundible, que le corta la respiración: —¿Quién anda por ahí en esta noche tan oscura? La puerta se abre. En el umbral, una anciana en rebeca de lana sobre el camisón. El rostro —como una manzana asada, surcado de arrugas, pero los ojos… los mismos. Azules, desteñidos, vivos todavía. —Nuria… La anciana se queda inmóvil. Luego alza la mano —esa mano trabajada, nudosa— y roza la mejilla de Elisa. —Virgen Santa… ¿Elisita? A Elisa se le doblan las rodillas. No consigue responder —sólo le brotan lágrimas calientes en las mejillas heladas. Nuria no pregunta nada. Ni de dónde, ni por qué, ni qué pasó. Solo le pone el abrigo del perchero sobre los hombros. Luego toma a Miguelito —el niño ni se inmuta— y lo estrecha contra sí. —Ya estás en casa, golondrina —murmura—. Pasa, pasa hija. *** Veinte años. Suficiente para alzar un imperio y caer en la ruina. Para olvidar un idioma, enterrar padres —aunque los de Elisa vivían, eran tan ajenos como los muebles de un piso de alquiler. De niña creía que su casa era el mundo. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre —a tabaco y solemnidad—, el dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo y, abajo, la cocina: su territorio, el reino de Nuria. —Elisita, no estés aquí —intentaban las niñeras—. Tienes que ir arriba, con mamá. Pero mamá hablaba siempre por teléfono —con amigas, socios, amantes (de eso entonces Elisa no era consciente, pero sentía que algo no estaba bien). La cocina, en cambio, era el lugar correcto. Allí Nuria le enseñaba a hacer empanadillas —torcidas, desiguales, llenas de cariño. Esperaban juntas a que subiera la masa —“Shh, Elisi, no hagas ruido, que se ofende y se viene abajo”. Si arriba gritaban, Nuria la sentaba en su regazo y le cantaba una nana campesina. —Nuria, ¿tú eres mi mamá? —le preguntó una vez. —Qué cosas tienes, señorita. Yo solo soy la criada. —¿Entonces por qué te quiero más que a mamá? Nuria calló, alisándole el pelo. Luego susurró: —El amor no pregunta; llega, y se queda. A mamá la quieres, solo de otra manera. Elisa lo sabía: no quería a su madre. Era bella, importante, le compraba vestidos y la llevaba a París, pero nunca le estaba al lado cuando enfermaba. Eso sólo lo hacía Nuria —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego, aquella tarde… *** —Ochenta mil —escuchó Elisa tras una puerta entornada—. De la caja fuerte. Lo recuerdo bien. —¿No será que los has gastado y no te acuerdas? —¡Ildefonso! La voz del padre, cansada, sin brillo. —A ver. ¿Quién tenía acceso? —Nuria limpió en el despacho. Sabe el código, yo se lo di una vez. Silencio. Elisa, con nueve años, entiende demasiado, pero no lo suficiente para cambiarlo. —Su madre tiene cáncer —dice su padre—. El tratamiento cuesta dinero. Pidió adelanto el mes pasado. —No se lo di. —¿Por qué? —Porque es la asistenta, Ildefonso. Si a cada asistenta le damos para sus padres, sus hermanos… —Marina. —¿Qué, Marina? Ya lo ves. Tenía acceso, necesitaba dinero… —No lo sabemos. —¿Quieres llamar a la policía y que todos se enteren de que aquí se roba? Más silencio. Por la mañana, Nuria preparaba su bolsa: su bata, zapatillas, la estampa de San Nicolás que tenía en la mesilla. —Nuria… El rostro sereno, pero los ojos hinchados. —Elisita, ¿no duermes? —¿Te vas? —Me voy, hija. Con mi madre. —¿Y yo? Se arrodilla para mirarla de igual a igual. Huele a masa, a ese calor que nunca se olvida. —Vas a crecer, Elisita. Serás buena persona. Vete a visitarme, si algún día puedes. A Pinares. ¿Te acuerdas? —Pinares. —Eso es. Un beso furtivo en la frente… y se va. La puerta se cierra. El pestillo suena. El aroma de la masa y del hogar desaparece para siempre. *** La casita era minúscula: una sola habitación, la estufa en el rincón, la mesa forrada con hule y dos camas tras la cortina de flores. En la pared, la misma estampa de San Nicolás, oscurecida por el tiempo. Nuria pone a hervir el agua, saca un tarro de mermelada, prepara la cama de Miguelito. —Siéntate, Elisa. No tiene sentido estar de pie. Enseguida entras en calor y hablamos. Pero Elisa no logra sentarse. Hijos de antiguos señores de un palacete, se siente, extrañamente, en paz en esa pobreza. Por primera vez en años, en paz. —Nuria —le tiembla la voz—, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por no hablar en veinte años. Por… No sabe cómo decirlo. Miguelito duerme. Nuria, sentada enfrente, espera mientras sujeta una taza. Y entonces Elisa cuenta cómo, tras la marcha de Nuria, la casa se volvió completamente ajena. Sus padres se divorciaron, el negocio quebró, la madre se fue a Alemania con otro, el padre se hundió en la bebida y murió. Elisa quedó sola. —Luego conocí a Samuel —explica, mirando la mesa—. Desde niños venía a casa, ¿te acuerdas? Flaco, desgarbado, siempre robando caramelos. Nuria asiente. —Le recuerdo. —Creí tener, por fin, una familia. Y resultó… Es ludópata, Nuria. Apostaba a todo. Yo no lo sabía. Cuando lo supe, era tarde. Deudas, acreedores, Miguelito… Calla. El fuego chisporrotea. —Cuando le pedí el divorcio, quiso confesarme algo, pensando que así le perdonaría. —¿El qué, hija? —Ese robo. El dinero de entonces. Sabía el código de la caja, lo había visto de pequeño. Usó ese dinero… Y te culparon a ti. Silencio. Nuria no mueve un músculo. Solo los nudillos en la taza se ven blancos de apretar. —Nuria, perdóname. Si puedes. Solo lo he sabido hace una semana. Yo no… —Calla. Nuria se levanta, se arrodilla a su lado —con esfuerzo, con dolor en las articulaciones— para mirarla a los ojos, como hace veinte años. —Mi niña. ¿Qué culpa tienes tú? —Pero… tu madre. Necesitabas ese dinero. —Mi madre murió un año después. Descansa en paz. Yo estoy bien. Tengo mi huerta, mi cabra, buena gente. No necesito nada más. —¡Pero te echaron! ¡Como una ladrona! —¿Y no será que a veces Dios nos lleva hacia la verdad a través de la injusticia? Si no me hubiesen echado, no habría tenido ese último año con mi madre. El más importante. Elisa no puede evitarlo: arden dentro de ella la culpa, el dolor, el amor y el agradecimiento. —¿Me dolió? Muchísimo. Nunca robé un céntimo en mi vida. Pero después… se pasa. No enseguida, con los años. Porque quedarse con el rencor dentro te come viva. Y yo quería vivir. Toma las manos de Elisa entre las suyas, frías, ásperas, nudosas. —Has vuelto. Con tu niño. A mi pobre casita de vieja. Eso ¿sabes cuánto vale? Más que cualquier caja fuerte. Elisa rompe a llorar, como una niña, en el delgado hombro de Nuria. *** Por la mañana, Elisa se despierta por el olor. Masa. Abre los ojos. Miguelito duerme al lado. Tras la cortina, Nuria se afana entre ruidos y papeles. —¿Nuria? —¿Ya te has despertado? Venga, Elisa, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa sale, casi soñando. Sobre la mesa, en papel de periódico, empanadillas doradas, irregulares, como en su infancia. Y huelen… a hogar. —Pienso —dice Nuria, sirviéndole té en una taza desconchada— que podrías buscar trabajo. En la biblioteca del pueblo necesitan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco se gasta mucho. A Miguelito lo ponemos en la guardería; allí está doña Valentina, que es un sol. Ya veremos. Lo dice con la naturalidad de quien sabe a dónde pertenece todo. —Pero, Nuria —duda Elisa—, yo no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué me has acogido? ¿Sin preguntas? ¿Así, sin más? Nuria le mira como siempre, con esa transparencia cálida y sabia. —¿Te acuerdas que me preguntaste por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor es igual. Respira, y respira. No lo puedes despedir, no se va. Donde se instala, ahí se queda. Veinte años o treinta, da igual. Le ofrece una empanadilla. —Anda, come. Estás en los huesos, hija. Elisa muerde y, por primera vez en muchos años, sonríe. Fuera amanece. La nieve brilla bajo el primer sol y el mundo —grande, duro, injusto— parece por un instante sencillo y bueno. Como las empanadillas de Nuria. Como sus manos. Como ese amor que no se despide. Miguelito asoma de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, qué bien huele. —La abuela Nuria las ha hecho. —¿A-bue-la? —repite el niño, mirando a Nuria. Ella le sonríe y los ojos le relucen. —Abuela, sí. Siéntate, hijo, vamos a comer. Y él se sienta. Y come. Y por primera vez en medio año, se ríe, de la mano de Nuria haciendo figuritas de masa. Elisa los mira —a su hijo y a la mujer que fue como madre— y lo comprende: esto es el hogar. No los muros, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor, sencillo y callado. Amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente está, mientras lata algún corazón. Curiosa memoria la del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta el último día. Tal vez porque el amor no vive en la cabeza, sino más hondo, allí donde ni el tiempo ni el rencor pueden alcanzar. Y a veces hay que perderlo todo —estatus, dinero, orgullo— para volver a encontrar el camino a casa. A esas manos que siempre esperan.
En el viejo caserón de Salamanca todo olía a colonia francesa y a una soledad gélida. La pequeña Inés
MagistrUm
Es interesante
09
Mi marido solo piensa en sí mismo: se lo come todo, ¡ni siquiera le deja nada a nuestro hijo! —Adam, ¿dónde han acabado los plátanos? —le pregunto a mi marido. —Me los he comido, me apetecía. —¿No podías haber dejado alguno para la merienda del niño? —Menudo drama por nada. Como si no vendiesen plátanos en el supermercado. —Pues ve tú y compra algunos. —Tengo partido de fútbol, ¿cómo voy a ir? En mi familia esto pasa siempre: queso fresco, galletas, manzanas… hasta tengo que esconder la comida para que mi hijo no pase hambre con un padre así. Llevamos cinco años casados y nuestro hijo pronto cumplirá dos. Tenemos una hipoteca, así que sabes lo justo que vamos de dinero. Mi marido se cree el sostén de la familia porque nos dio el piso. En realidad, vendió su estudio para la entrada, pero mis padres también ayudaron. Mi madre dice que Adam es un egoísta de manual. Yo, en parte, le doy la razón. Un día, preparábamos la fiesta de cumpleaños: yo cocinando para agasajar a los invitados y él dando vueltas por la casa, vaciando los platos. Lo peor fue que se lanzó a por la tarta. La dejé en la terraza porque la nevera estaba llena. Cuando fui a cortarla, solo quedaba un trozo decorado con chocolate. Imaginad la vergüenza que pasé. Así es siempre. Sí, él trabaja, pero todo se puede organizar pensando en los demás. Su única excusa: “¡Ya compraremos más, no te preocupes!” Vale, que no piense en mí, ¿pero en su hijo tampoco? Y más estando justos de dinero… En una semana podemos comernos la compra del mes entero. —¿Por qué le reprochas nada? Es un hombre, déjale que coma. Él mantiene la casa. Y tú en vez de quejarte, cocina más —me defiende mi suegra. Da igual cuánto cocine, él nunca tiene suficiente. Se lo acaba todo. No podemos comprar más: hay que pagar la hipoteca, ropa, lo básico para la casa. El caso es que le advertí a mi marido que si vuelve a hacerlo, nos separamos. Partimos el piso y que cada uno haga su vida. Se ofendió, fue a quejarse a su madre. Ahora mi suegra ni me habla. Pero yo creo que tengo razón. ¿Tú qué opinas?
Querido diario: A veces siento que mi marido vive como si solo él existiera. En casa tengo que esconder
MagistrUm
Es interesante
028
Tarde en la noche en el supermercado.
Tarde en la noche en el supermercado. Una tarde tardía en el supermercado del barrio. Irene estaba sentada
MagistrUm
Es interesante
027
¡Lo llevas claro! El pretendiente pensaba instalarse en mi piso a mi costa Tuve la enorme suerte de ser siempre una persona con las ideas claras. Antes de cumplir los 25 ya había ahorrado lo suficiente para comprar mi propio piso. No recibí ninguna ayuda de mis padres ni de ningún familiar, todo me lo gané sola. Y cuando conocí a un chico del que me enamoré, fui tan ingenua que le confesé que tenía vivienda propia. Aun así, le dejé claro que no iba a mudarme a su piso, así que él tendría que alquilar uno para nosotros y yo pondría en alquiler el mío, para ir ahorrando para un coche. Él accedió a ese acuerdo y me dijo que pronto tendría suficiente para el alquiler y podríamos vivir juntos. Medio año después apareció en mi puerta con una maleta diciendo que lo habían despedido y no tenía dinero. Me pidió que le acogiera por un tiempo. Menos mal que tiene padres, pensé. No, no le recibí. Considero que solo era un pretexto para vivir a mi costa, nada más. Acabé cortando con él.
¡Eso quisieras! El pretendiente pensaba que iba a vivir en mi piso a mi costa. Recuerdo con orgullo la
MagistrUm
Es interesante
021
Todo sucede para bien: La historia de Violeta y su madre Inés, el peso de las expectativas familiares, amores perdidos y segundas oportunidades en Madrid
Todo lo que sucede, sucede para bien Carmen Fernández era la madre de Lucía, y desde siempre quiso moldearla
MagistrUm
Es interesante
027
A veces la vida nos hace cruzar caminos con las personas equivocadas y nos lleva a casarnos con quienes no deberíamos: El destino de Vero, entre el matriarcado, los sacrificios rurales y los sueños urbanos, aprendiendo a fuerza de esperanza y desencanto que cada uno carga con su propia verdad y no siempre la dicha llega del primer amor
No siempre encontramos a la persona adecuada, ni siempre nos casamos con quien debemos El camino de la
MagistrUm