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018
¡Me voy de vacaciones, no pienso hacer de niñera de nadie! Mi suegra me dejó tirada, pero yo le devolví la jugada.
¡Me voy de vacaciones y no pienso cuidar de nadie! Mi suegra me dejó tirada, pero yo le pagué con la
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06
La familia imperfecta: un viaje a través de lo cotidiano y lo extraordinario.
Ya lo he visto todo siseó mamá, apenas nos acomodamos en nuestro viejo Seat Ibiza. ¿Me tienes ciega?
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01
El camarero se acercó y ofreció llevarse al gatito, pero un hombre de casi dos metros lo tomó en brazos, lo sentó en la silla de al lado y ordenó: «¡Un plato para mi amigo felino! ¡Y la mejor carne!» — Pongámonos algo atrevido, casi como las jóvenes ninfas, y vamos a un restaurante carísimo. Hay que lucirse y evaluar hombres… Así lo anunció con total seguridad una de las tres amigas: directora de un prestigioso y selecto colegio privado. Su cargo la obligaba, y siempre tenía palabras inteligentes en la punta de la lengua. Estas «ninfas» tenían treinta y cinco años. Según ellas, la edad perfecta para minifaldas y blusas que resaltan más que ocultan sus virtudes. Profundos escotes, maquillaje impecable: todo el arsenal preparado. Eligieron un restaurante a la altura: sofisticado, exclusivo y muy caro. No era problema permitírselo. Reservaron mesa, se acomodaron y enseguida captaron las miradas admiradas de los hombres y las francamente molestas de sus acompañantes. Las conversaciones giraban, como es costumbre, en torno al tema primordial: los hombres. Fantaseaban, debatían requisitos y soñaban con el ideal: alto, atractivo, elegante y, sobre todo, acomodado. Que las mime, cumpla caprichos, no sea pesado con conversaciones ni las agobie con tareas domésticas. Si además es de buena familia, mejor aún. — Menos como aquellos… Se miraron cómplices y señalaron discretamente a un grupo de tres hombres alegres, algo rellenitos y con entradas. En su mesa abundaban las cervezas, patatas fritas y montañas de chuletón, mientras comentaban fútbol y pesca con risotadas sinceras y ruidosas. — Qué horror. — Qué vulgaridad. — Uf. El veredicto fue unánime: descuidados, brutotes, nada nobles y nada adecuados para damas tan sofisticadas. Y entonces el giro inesperado cambió el rumbo de la velada. Entró Él: un hombre recién llegado en un Ferrari rojo de última generación. — ¡Conde Coburgo Colmenares de Sajonia! — anunció solemne el maître en la entrada. Las amigas se pusieron en alerta, igual que galgos tras la pista. Alto, elegante, con canas distinguidas y traje impecable claramente de un precio desorbitado. Gemelos de diamantes y camisa blanca que deslumbraba. — Oooh… — Qué maravilla… — Mmm… Los escotes se inclinaron aún más, las miradas se hicieron descaradas. — Esto sí es un hombre —susurró una. — Conde, guapo y millonario – continuó otra–. Por cierto, yo siempre he soñado con las Bahamas, desde niña. La tercera callaba, pero su mirada decía más que mil palabras. Menos de diez minutos después, fueron invitadas a la mesa del conde. Caminaron con aires de realeza, lanzando miradas desdeñosas al resto, en especial a la mesa de cerveza. El conde resultó educado, ducho en conversación, contando historias de linaje, castillos y colecciones de arte. La tensión entre ellas crecía: solo una sería la elegida para continuar la noche. La comida relajó la atmósfera: bogavantes, bandejas de mariscos, vino antiguo y exclusivo. Las amigas lanzaban miradas seductoras al conde, la imaginación mucho más allá del restaurante. Los rostros se sonrojaban, estaban especialmente radiantes. El conde brillaba también: bromas, anécdotas de la alta sociedad, y a ellas ya no les importaba adónde les invitaría después de cenar. En el local había un pequeño jardín. El aroma de la comida era tan tentador que llegó hasta allí. Pronto apareció, casi flotando, un pequeño gato gris, delgado y hambriento. Se coló entre las mesas y se sentó justo a los pies del conde, buscando atención. Mala idea. El conde frunció el rostro, lleno de desprecio. Sin dudarlo, apartó al gato con el pie. El animalito voló unos metros y chocó contra la mesa de los hombres de la cerveza. En el salón se hizo un silencio sepulcral. — Detesto a esas criaturas sucias y sin raza —declaró el conde en voz alta—. En mi castillo solo hay sabuesos de pedigree y los mejores caballos. El camarero quiso arreglarlo: — Lo solucionamos ahora mismo, disculpe usted… Se dirigió a la mesa de la cerveza, pero uno de los hombres ya se había levantado. Grande, casi dos metros, cara colorada y puño apretado. Sus amigos intentaron retenerlo. Sin decir palabra, levantó al gatito y lo sentó en una silla. — ¡Un plato para mi amigo peludo! —tronó—. La mejor carne. Ahora mismo. El camarero palideció y corrió a la cocina. El local estalló en aplausos. Una de las “ninfas” se levantó sin decir nada, se acercó al gigante y dictó: — Hazme sitio. Y pide un whisky para la dama. El conde se quedó boquiabierto. Al minuto les siguieron las otras dos amigas, dedicando al conde una mirada de desprecio absoluto. Ya no se fueron todas juntas. De allí salieron tres: un hombre, una mujer y el gatito gris. Pasaron los años. Hoy la primera de las amigas está casada con aquel gigante, dueño de una importante empresa de inversiones. Las otras dos con sus amigos, abogados reconocidos. Celebraron las bodas el mismo día. La vida ya es otra: cambiando pañales, cocinando y limpiando. Todos han tenido hijas casi a la vez. Y para ir de vez en cuando a su restaurante preferido, los fines de semana mandan a los maridos a fútbol o pesca, llaman a la niñera y se reúnen las tres, a hablar de lo suyo. De mujeres. De hombres. Al conde Coburgo Colmenares de Sajonia lo detuvieron al año siguiente. Un escándalo: estafador de matrimonios, engañando a mujeres confiadas. A los hombres de verdad eso, por suerte, no les afecta. Hablo de los tres aquel día: barriguita, entradas, ningún artificio, pero corazones genuinamente nobles. Así es. No podría ser de otra manera.
Anoche, al llegar al restaurante en pleno centro de Madrid, me sorprendió una escena que me dejó pensando
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03
Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lidia sufrió mucho tras la traición de su marido. A los cuarenta años se quedó sola, con una hija estudiando en una universidad de otra ciudad. Hace dos meses, Igor llegó del trabajo y anunció: ––Me voy, me he enamorado. ––¿Cómo? ¿De quién? ––Lidia se quedó sin palabras. ––Como se van los hombres de sus esposas. Me enamoré de otra, me siento bien con ella, a tu lado me olvido de todo. Así que ni lo intentes, ya lo he decidido ––contestó Igor de manera cotidiana, como si nada importante hubiese ocurrido. Se marchó rápidamente. Después, tras analizar la situación, Lidia comprendió que su marido no había decidido marcharse de un día para otro: fue recogiendo sus cosas poco a poco, y ese día las metió rápidamente en la maleta antes de cerrar la puerta tras él. Lidia lloró, sufrió y pensó que nada bueno le pasaría nunca más. Parecía como si la vida hubiera terminado, o simplemente detenido. No quería ver ni oír a nadie. No tenía fuerzas para hablar, aunque el teléfono no paraba de sonar: la llamaba su hija, la llamaba su amiga, pero respondía de mala gana y cortaba enseguida. En el trabajo tampoco quería interactuar con nadie, mientras los compañeros la miraban de diversas maneras: unos con lástima, otros con mala intención. Incluso esperaba: ––Quizá Igor se canse de esa mujer que lo alejó de mí, quizá regrese, y yo lo perdone y lo acepte, porque aún lo amo. Un sábado, Lidia se despertó como siempre temprano, pero permaneció tumbada, sin ganas de levantarse ni prisa por hacerlo. Finalmente se levantó. Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. ––¿Quién me está llamando tan pronto? No quiero hablar con nadie ––decidió y no contestó, aunque miró el número por curiosidad. Era desconocido. “¿Y si es Igor?”, pensó, “se le perdió el móvil o le robaron y ha cambiado de número… ¿Y si quiere volver? Debería haber contestado.” Mientras pensaba esto, el teléfono sonó de nuevo. ––¿Diga? ––contestó en voz alta. ––¡Hola! ––escuchó una voz femenina, alegre y vibrante. ––¿Quién es? ––preguntó Lidia, con voz apagada y molesta. ––¡Lidia! ¿Eres tú? ¡Qué voz tan rara! No puedes ni reconocer a tus viejas amigas. Soy yo, ¡Ksenia! Lidia se decepcionó, pues esperaba oír la voz de Igor. ––¿Y qué…? ––Lidia, ¿de verdad eres tú? ¿Estás bien? ––No estoy bien ––respondió, y colgó, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Se sentó en el sofá para calmarse un poco. Al cabo de un rato, llamaron a la puerta. Lidia se sobresaltó, se levantó de golpe y sintió aquella absurda esperanza de nuevo. ––¿Y si Igor ha recapacitado? ––pensó y abrió la puerta. ––¡Hola! ––le saludó con alegría una mujer guapa, a la que apenas reconoció como su antigua amiga y compañera de clase, Ksenia. Ksenia lucía cuidada, con pintalabios llamativo y ropa elegante, y su delicado perfume devolvió a Lidia a la realidad. Tras acabar el instituto, Ksenia se mudó a Madrid y desde entonces solo se habían visto una vez, quince años atrás. En el colegio eran muy amigas, iban juntas a los bailes, salían con chicos y compartían confidencias. ––¡Ksenia, qué guapa estás! ––exclamó espontáneamente Lidia. ––Hola, amiga. Siempre he sido así, eres tú… ––la miró de arriba abajo críticamente––. ¿Me dejas pasar o me quedo aquí fuera? ––Pasa, ––cedió Lidia, dejando entrar a su amiga. Ksenia no venía con las manos vacías. Se fue directa a la cocina y sacó de una bolsa una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. ––Venga, saca las copas, vamos a celebrar este reencuentro; ni me acuerdo de la última vez que hablamos, ¡hace mil años! ––dijo, mientras Lidia colocaba dos copas en la mesa y cortaba la tarta. Ksenia no hizo más preguntas; abrió la botella, sirvió el vino y brindó: ––Por nosotras ––bebió de un trago, y Lidia la siguió. Al segundo brindis, Lidia necesitó desahogarse. Ksenia la escuchó sin interrumpir y, al terminar, se encogió de hombros. ––Madre mía, Lidia. Yo pensaba que te había ocurrido una tragedia de verdad. ––¿No es una tragedia? Tú no lo entiendes, a ti tu marido nunca te ha dejado ––murmuró tristemente Lidia. ––¿Qué dices? No me dejó mi marido, yo lo dejé a él, y le di el golpe primero cuando descubrí que tenía un lío con otra. Le pedí el divorcio sin pensármelo, creía que podría tenerlo todo y tú no te enterarías… ––No sé, quizá no le amabas. ––Claro que sí, ––respondió Ksenia–– pero no aguanto que me humillen. De ese amor hay que desprenderse cuando te engañan; eso no es amor. ––Dios mío, Ksenia, ¡qué sencillo te parece todo! ––Sí, eres tú quien lo complica; en fin, siempre has sido así. ¿Dónde está tu hija? ––Es universitaria, estudia en otra ciudad, vive con una tía. ––Ya veo. Ese “donjuán” tuyo abandonó a las dos y tú aún sufres por él. ––Pero le amo… ––Ya basta, Lidia. Te voy a curar ese bajón. ––¿Cómo? Las pastillas no me van a ayudar. ––¿Qué pastillas? Nada de eso, amiga. Para tu mal sólo valen remedios clásicos: cambio de imagen, compras, y amor nuevo. ––¡Uf, Ksenia…! Venga, prepárate, nos vamos al centro comercial y luego a la peluquería ––anunció Ksenia animada––, y sin excusas. Por cierto, ¿tienes alguna reserva de dinero? ––¿Reserva? Bueno, sí, ahorrábamos para comprarle a Igor un coche nuevo. ––Que se aguante tu Igor, ¡que disfrute de su coche viejo! Deberías pedir el divorcio y dejar de esperarle. Y olvídate de perdonarle… Es más, si quieres, peleamos esa mitad por el coche viejo. ––No, que lo disfrute él ––respondió Lidia de repente––. Ksenia, ¿has vuelto a España para quedarte? Porque no me has contado nada. ––Sí, para siempre, Madrid no es para mí… Pero tú, ¡venga, cámbiate esa ropa casera! Hoy haremos una maratón de compras. Por cierto, me llamó Rita la semana pasada diciendo que tenemos reunión de exalumnos, así que vamos juntas. Habrá muchos, y algunos de nuestros chicos están divorciados. Hay que fijarse… ¿Te acuerdas cómo Víctor te perseguía desde séptimo? ––Madre mía, Ksenia, ¿a quién puedo interesar, ya soy una “cabra vieja”? ––¡Qué cosas dices, Lidia! Prohibido pensar así. Hay que quererse y mimarse. Pronto te convertiremos en pura juventud ––rió la amiga, saliendo del piso––. Por cierto, ¿te acuerdas de mi tía Cati, la que vive cerca de tu madre? Pues se va a casar por quinta vez y no sabe elegir entre dos pretendientes. Un poco más tarde, Lidia no se reconocía en el espejo. ––No me lo puedo creer; ¡menudo cambio! El color de pelo, el corte corto… jamás creí que me favorecería tanto. ¡Pareces joven y guapa! Menos mal que Ksenia me rescató, de otro modo seguiría aquí hundida. La noche de la reunión de exalumnos fue en una cafetería, y casi todos acudieron salvo algunos que vivían lejos. Muchos no reconocieron a Lidia, y Víctor, hecho todo un caballero seguro de sí mismo, no apartaba la mirada. ––Lidia, no te reconocí al principio: ¡qué guapa eres, y aún más que en el colegio! Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor, el de la clase paralela… ¿Dónde está, por cierto? ––Ya no está, me dejó ––sonrió Lidia con ligereza. ––¿Te dejó? No me lo creo, ¿quién dejaría a una mujer como tú? ––dijo Víctor sorprendido. ––Bueno, resulta que sí, pero ha sido para mejor. ––No lo dudo, Lidia. Yo también estoy divorciado, desde hace dos años. Mi esposa me dejó cuando tuve problemas en el negocio; se fue con otro, quizás más joven, o más exitoso. Pero en un año recuperé todo y ahora me va mejor que nunca. Cuando paseaba con Víctor por el paseo marítimo tras salir del teatro, Lidia vio acercarse, solo y demacrado, a Igor. Al parecer no la reconoció de primeras. ––¿Será que su nueva pareja no le cuida mucho…? ––pensó. Al cruzarse, Igor la miró, dudando si era ella. Siguió adelante, pero de repente oyó: ––¡Lidia? Ella se giró despacio, sonrió y presentó: ––Ah, hola, eres tú… Te presento a Igor, mi exmarido, ¿no lo reconoces? ––dijo a Víctor. ––Hola, no lo reconocí ––contestó Víctor––, yo soy el futuro marido de Lidia. Igor se quedó boquiabierto, y Lidia también se sorprendió, pues nunca le había hablado de matrimonio. ––¿Qué tal te va? ––le preguntó Lidia alegremente. ––Bien, todo bien… te has cambiado mucho. Estás estupenda. Lidia le sonrió de nuevo y, agarrando la mano de Víctor, añadió: ––Las mujeres felices siempre lucen radiantes. ––Entonces te va bien ––musitó Igor. ––Por supuesto. Y irá aún mejor ––dijo Lidia, volviéndose y marchándose con Víctor, sintiendo la mirada ardiente de su exmarido en la espalda.
Las mujeres felices siempre lucen estupendas María estaba atravesando el dolor tras la traición de su esposo.
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013
¿ERES MI FELICIDAD? La verdad es que no pensaba casarme nunca. Si no fuera por el empeño con el que mi futuro marido me cortejó, quizás seguiría siendo un pájaro libre. Arturo, como una mariposa loca, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista, intentaba complacerme en todo, me trataba con mimo… Total, que me rendí. Nos casamos. Arturo se convirtió enseguida en alguien cercano, cálido, familiar. Era fácil y cómodo estar con él, como llevar unas zapatillas suaves por casa. Al año nació nuestro hijo Santi. Arturo, por trabajo, tenía que desplazarse a otra ciudad y solo venía a casa una vez por semana. Siempre traía delicias para Santi y para mí. En una de sus visitas, como siempre, fui a lavar su ropa y revisé los bolsillos (ya era costumbre, una vez lavé su carnet de conducir…). Esta vez, de uno de sus pantalones cayó un papel doblado; al abrirlo, descubrí una larga lista de útiles escolares (era agosto). Al final del papel, con letra infantil, ponía: “Papá, ven pronto a casa”. Así es como mi marido se entretenía fuera de casa… ¡Polígamo! No monté un escándalo, simplemente cogí la maleta y al niño (Santi no tenía aún tres años) y nos fuimos a casa de mi madre, donde nos acogió: —Vivid aquí hasta que os reconciliéis. Incluso me planteé vengarme y pensé en Román, un compañero de clase que siempre estuvo detrás de mí. Le llamé: —¿Qué tal, Román? ¿Aún no te has casado? —¡Nadia! ¿Qué más da! ¿Quedamos? Un romance improvisado que duró medio año. Arturo traía la pensión para Santi cada mes, la entregaba a mi madre y se marchaba sin palabras. Supe que mi marido vivía con Catalina Eusebio, madre de una niña de un matrimonio anterior. Catalina quiso que la niña llamara “papá” a Arturo. Vivían en el piso de mi marido. Cuando se enteró de que yo me fui, se mudó con su hija desde otra ciudad. Catalina adoraba a Arturo: le tejía calcetines, jerséis, le cocinaba riquísimo. Supe todos estos detalles después. Siempre reprocharé a mi marido lo de Catalina. En aquel entonces, pensé que nuestro matrimonio había hecho aguas… …Un día, en una cafetería discutiendo el divorcio, nos invadieron los recuerdos más dulces. Arturo confesó su amor incondicional y se arrepintió. Decía que no sabía cómo echar a Catalina de casa. Me dio mucha pena, y nos reconciliamos. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Catalina y su hija se fueron del pueblo y no volvimos a verlas. Pasaron siete años de felicidad. Hasta que Arturo sufrió un accidente de tráfico. Sufrió varias operaciones y estuvo dos años en rehabilitación, caminando con muleta. El proceso le dejó agotado y empezó a beber. Cambió por completo. Se encerró en sí mismo. Fue muy duro de ver. Nada funcionaba para convencerle. En el trabajo apareció Pablo, mi “hombro para llorar”, que escuchaba mis quejas en la zona de fumar, paseaba conmigo tras la jornada, me consolaba. Pablo estaba casado; su mujer esperaba un segundo hijo. No sé cómo acabamos en la cama. Nunca fue mi tipo y ni siquiera era atractivo para mí. Así empezó todo. Pablo me llevó a exposiciones, conciertos, ballets. Cuando nació su hija, puso fin a todo, renunció a nuestro trabajo y se centró en su familia. No le reclamé nada; lo dejé ir, simplemente porque solo era un bálsamo. Nunca pretendí entrometerme en su amor. Mientras tanto, Arturo siguió bebiendo. …Cinco años después, por azar, volví a coincidir con Pablo. Me propuso casarnos. Me hizo gracia. Arturo, por fin, logró recuperarse un tiempo y se fue a trabajar a Chequia. Yo, entonces, fui la esposa ejemplar, centrada en mi familia. Arturo volvió medio año después, hicimos obras en casa, compramos electrodomésticos, arregló el coche. Todo pintaba maravilloso. Pero cayó otra vez en el alcohol. Volvieron las calamidades. Las amistades le traían a casa a rastras, le encontraba dormido en bancos con los bolsillos vacíos, lo arrastraba a casa… Lo he vivido todo. Un día de primavera, parada en una marquesina, rodeada de pajarillos y rayos de sol, yo estaba triste. De repente, una voz susurró en mi oído: —¿Puedo ayudarla con su pena? Me giro: ¡un hombre apuesto y con un aroma embriagador! ¡Y yo con 45 años! ¿Seré otra vez una “frutita madura”? Me puse nerviosa como una colegiala. Por suerte, llegó el autobús y me fui corriendo. El hombre me saludó con la mano mientras me iba. En el trabajo no dejaba de pensar en él. Durante semanas, me resistí… Pero Egor, como un tanque, derribó mis defensas. Cada mañana me esperaba en la misma parada. Yo ya quería no llegar tarde por verle. Egor me lanzaba besos. Un día me trajo un ramo de tulipanes rojos. —¿Y ahora qué hago con flores por la mañana? Me delatarán las compañeras. Egor sonrió, se lo dio a una abuela espectadora de la escena. La abuela rejuveneció y le deseó “una amante apasionada”. Me sonrojé; menos mal que no le deseó una jovencita. Egor se dirigió a mí: —Nadia, ¿y si somos cómplices? No se arrepentirá. Confieso que la propuesta era tentadora y oportuna. Con Arturo en estado calamitoso, no había relación posible. Egor no fumaba, ni bebía, era un exdeportista (57 años) y conversador genial. Divorciado. Con un magnetismo especial. Me dejé llevar por ese amor apasionado. Tres años saltando entre casa y Egor. Mi alma se trastornó. Sin fuerzas para acabarlo, cuando por fin quise encontrar valor Egor intentó levantarme la mano. Ese fue el final. Mi amiga, la experta en matrimonios, ya advertía: —El mar está en calma… hasta que sales del muelle. Me quité la venda. El mundo recuperó el color. Tres años de tormento, ¡por fin libre! Egor aún mucho tiempo intentó recuperarme, esperando, suplicando, hasta de rodillas. Yo me mantuve firme. Mi amiga celebró mi decisión y me regaló una taza con el mensaje: “¡Eres correcta!” En cuanto a Arturo, sabía todo lo mío; Egor se lo contó. Mi amorío creía que dejaría la familia. Arturo me confesó: —Mientras oía las historias de tu pretendiente, solo quería morir. Yo tuve la culpa. Te perdí por el alcohol. Un idiota. …Hace diez años de todo eso. Ahora tenemos dos nietas. Un día, en la mesa, tomando café, miro por la ventana. Arturo me toma la mano y dice con ternura: —Nadia, no mires a otro lado. Yo soy tu felicidad. ¿Lo crees? —Por supuesto, mi único amor…
¿ERES MI FELICIDAD? La verdad, no tenía ninguna intención de casarme. Si no fuera por la insistencia
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060
¡Deberíais haberme hecho la reforma y no iros de vacaciones! Mi suegra está enfadada porque nos fuimos de vacaciones y no pagamos la reforma de su piso, que está en buen estado, pero ella lo quiere renovar por puro capricho. Nos ve como sus patrocinadores, aunque podría pagarla ella misma. Mi marido y yo somos muy ahorradores. Pagamos nuestra hipoteca y criamos a dos hijos adolescentes. Tras años de matrimonio, este verano por fin salimos de viaje. Antes solo podíamos ir al campo o a una casa en la sierra. Nuestros hijos no conocían nada más, así que decidimos ahorrar y contratar un viaje a Italia. Nos costó, pero mereció la pena. Cuando nos casamos, mi suegra dejó claro que no cuidaría de sus nietos. Lo entendí y nunca le pedí ayuda. Por eso, durante vacaciones y fines de semana, nuestros hijos siempre se quedaban con mis padres, ya que nosotros trabajamos. Nunca la juzgué: criar dos hijos ya es bastante reto. Ella está jubilada y tiene derecho a descansar. Ahora va a la piscina, hace excursiones y visita museos. Lleva una vida muy activa. Solo había un problema: la economía. Todos sus caprichos debían financiarlos sus hijos, incluso pasando apuros en casa. No le importaban nuestras hipotecas ni los niños: había que ayudar a mamá. Además, cada fin de semana le daba encargos a mi marido: arreglar, ayudar… Y este año perdió el juicio: quería renovar el piso. Todos deseamos cosas, pero no siempre se pueden cumplir, ¿verdad? Hace cinco años ya le hicimos la reforma, todo luce nuevo y bonito. Mi suegra no sabía que nos íbamos a Italia. En realidad, preferimos no decírselo: cerramos la casa y nos fuimos. Eso hicimos. Pero durante nuestra ausencia vino a nuestra casa. Al ver la puerta cerrada, llamó a mi marido y él le contó que estábamos en Italia. Colgó de inmediato, pero al volver nos esperó el apocalipsis. —Podíais haberme avisado. Y encima, ¿de dónde habéis sacado el dinero? Deberíais haberme hecho la reforma, no iros de vacaciones. Mi marido, que suele callar ante su madre, esta vez se plantó: le dijo que nuestro dinero es cosa nuestra. Desde entonces, mi suegra no nos habla. Ni siquiera llama a sus nietos. Pero sí lo hacen otros familiares, criticándonos. Mi marido y yo no nos sentimos culpables. Mis padres nos apoyan. Tenemos que viajar mientras somos jóvenes, sobre todo si los suegros piden dinero para caprichos y no para algo serio.
¡Deberíais haberme hecho la reforma, no iros de vacaciones! Mi suegra está indignada porque nos hemos
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017
Papá: El Corazón de la Familia Española
Entonces demuéstrame que eres mi hijo soltó de repente, como un reto que no esperaba. Podría haberle
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034
Julia regresa a casa con sus pesadas bolsas y es recibida con alegría por su familia, pero una inesperada visita durante la cena familiar revela un secreto que Julia jamás habría imaginado Julia viaja en autobús lejos de su pueblo natal, aferrada a una gran bolsa llena de lo esencial y los deliciosos bollos recién horneados de su abuela, cuyo aroma invade todo el vehículo Comparte los bollos con Esteban, un joven simpático que va al mismo destino para entrar en la universidad, y una amistad especial surge durante el trayecto Ambos superan las pruebas de acceso y celebran en una cafetería llamada “Hipopótamo”, donde sus encuentros pronto se convierten en costumbre y su relación en romance Cuando Esteban le propone irse a vivir juntos y casarse en verano, las dudas surgen en Julia tras una charla con sus amigas sobre los riesgos del matrimonio informal El tiempo pasa, y una tarde fría Julia ve a Esteban en “su” cafetería con otra chica; dolida por lo que considera una traición, evita al joven y regresa al pueblo para las fiestas navideñas, buscando consuelo entre sus seres queridos En la cena familiar, alguien llama a la puerta; la madre de Julia recibe a unos invitados inesperados, entre ellos Esteban disfrazado de Papá Noel junto a la joven desconocida: ¡es su hermana! Con alborozo y alivio, Julia acepta la propuesta de matrimonio de Esteban delante de todos, celebrando el mejor Año Nuevo de su vida y prometiendo resolver cualquier malentendido siempre con sinceridad
Cuando pienso en aquella época, veo a Julieta bajando del autobús con las bolsas pesadas, avanzando con
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015
El abrigo rojo de su madre
¿Te duele mucho, mamá? No, Azucenita, ve a la cama. La miro y no lo creo. Siento su dolor, una angustia
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082
—¿Y ahora va a vivir aquí con nosotros? —preguntó él a su mujer, mirando a su hijo…
¿Y ahora se va a quedar a vivir con nosotros? preguntó él a su esposa, mirando a su hijo…
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