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INOCENTE Y ENGAÑADA
María, a sus cinco años, quedó huérfana por completo. Primero murió su madre, enferma, y poco después
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Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía
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Tengo tantas ganas de volver a casa, hijo Petrovich salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un humilde taburete. Un nudo amargo le subió a la garganta; intentó dominarse, pero sus manos temblaban. ¿Cómo iba a imaginar, alguna vez, que llegaría el momento en que ni siquiera cabría en su propio piso? — ¡Papá! No te pongas así, ni te enfades — irrumpió en el balcón Larisa, su hija mayor —. No te estoy pidiendo gran cosa… Deja tu habitación y ya está. Si no tienes compasión por mí, al menos piensa en tus nietos. Pronto empezarán el colegio y tienen que vivir todos apelotonados… — Lorena, no voy a irme a una residencia de ancianos — respondió el anciano con calma —. Si estáis tan apretados aquí, id a vivir a casa de la madre de Miguel. Ella sola tiene tres habitaciones. Tendréis cuarto para vosotros y para los niños. — ¡Sabes que no podría convivir con ella! — gritó su hija, cerrando de un portazo el balcón. Petrovich acarició a su viejo perro, fiel compañero durante tantos años, y al recordar a su querida Nadia, rompió a llorar. Siempre se le llenaban los ojos de lágrimas al pensar en su esposa, fallecida cinco años antes, dejándole solo en la vida. Se sentía huérfano, pese a tener hija y nietos, enfrentado a una soledad implacable. A Larisa la criaron con cariño y esmero, inculcándole siempre los mejores valores. Algo les debió de faltar… La hija se les había hecho dura, egoísta, incapaz de empatía. Barsik gimoteó y se tumbó a sus pies: sabía qué sentía su dueño, sufría por él. — Abuelo, ¿ya no nos quieres? — preguntó el nieto de ocho años, entrando en la habitación. — ¿Qué dices, chiquillo? ¿Quién te ha metido esas ideas? — se sorprendió el anciano. — ¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena dejarnos la habitación? ¿Por qué eres tan tacaño? — le recriminaba el niño, claramente influenciado por su madre. Viktor intentó razonar con el pequeño, pero entendió que repetía las palabras de Larisa. — Está bien, me iré — murmuró sin vida —. Os dejo la habitación. No aguantaba más. Sabía que allí nadie lo quería, ni siquiera su yerno le hablaba, y hasta el nieto lo consideraba un estorbo. — ¿De verdad lo harás, papá? — irrumpió Larisa, radiante de alegría. — De verdad… Sólo prométeme que no maltratarás a Barsik. Siento que le estoy traicionando… — ¡Basta! Cuidaremos de él, lo pasearemos mucho. Y os visitaremos los fines de semana, a ti y a Barsik — prometió ella —. Te he buscado la mejor residencia; verás cómo te gusta. Dos días después, Petrovich terminó en una residencia de ancianos. Larisa lo tenía calculado: esperaba su rendición para internarlo. Al entrar en aquella habitación llena de humedad y bichos, el anciano se arrepintió. Larisa le había mentido sobre el confort: no era privada, sino una residencia común, triste y sin recursos. Dejó sus cosas, bajó al patio y casi lloró. Al ver a otros ancianos abandonados, imaginó su futuro: una existencia miserable y sin esperanza. — ¿Nuevo aquí? — le preguntó una señora, sonriendo al sentarse a su lado. — Sí… — suspiró Viktorr. — No se preocupe… Yo lloré mucho al principio, luego me resigné. Me llamo Valentina. — Viktorr… ¿También la trajeron aquí sus hijos? — No, mi sobrino. Dios no me dio hijos; pensé dejarle el piso, pero quizá me apresuré… Me lo quitó y me trajo aquí. Por lo menos no a la calle… Charlaron hasta el anochecer, evocando sus mejores recuerdos. Al día siguiente, tras el desayuno, volvieron a pasear. Esa mujer era su refugio: con ella, Petrovich encontraba algo de alegría y esperanza. No quería quedarse dentro; pasaba afuera todo el tiempo. Y la comida, espantosa; comía de mala gana por necesidad. Ansiaba ver a Larisa; soñaba que recapacitaría y lo llevaría a casa. El tiempo pasó y ella no apareció. Decidió entonces llamar para preguntar por Barsik, pero nadie respondió. Un día, en la puerta, vio a su vecino, Esteban Ilina, que vino directo hacia él. — Así que aquí estás — exclamó Esteban —. ¿Por qué tu hija dice que te fuiste al pueblo? Yo sabía que algo no encajaba; nunca dejarías a Barsik en la calle. — ¿De qué hablas? ¿Qué pasó con mi perro? — Tranquilo, lo llevamos a un refugio. No sé qué ocurrió. Vi a Barsik esperando días en el portal y a ti no te veía. Pregunté a Larisa, por si te había pasado algo, y me dijo que preferías vivir en el campo y que iba a vender la casa para irse con su marido. Sobre Barsik me contó que era muy viejo y tú no querías cargar con él. ¿Qué está pasando aquí, Viktor? Petrovich le relató todo. Que entregaría cualquier cosa por volver atrás y no cometer ese error. Que su hija lo había echado, y encima a Barsik también. — Sólo quiero volver a casa, hijo — murmuró el anciano. — Justo estaba aquí por ese tema. Yo soy abogado y defiendo a mayores despojados de sus viviendas. ¿No te has empadronado fuera todavía? — No. A menos que ella lo haya hecho por mí. Ya no sé qué esperar… — Prepara tus cosas, te llevo en coche. ¡No podemos permitir esto! ¿Qué clase de hija es esa…? Petrovich subió corriendo, metió sus cosas en una bolsa y bajó. En la puerta se cruzó con Valentina. — Valentina, me voy. Mi vecino me ha dicho que Larisa echó a Barsik y quiere vender el piso… Así están las cosas. — ¿Y yo qué? — preguntó ella, confundida. — Tranquila, cuando arregle todo vendré a por ti — prometió él. — No digas eso… ¿Quién me va a querer? — murmuró ella, triste. — Perdóname. Me esperan… No te pongas triste, cumpliré mi promesa. Viktor no pudo volver a casa: ya no tenía llaves y todo estaba cerrado. Esteban lo acogió con él. Pronto supieron que Larisa había dejado el piso hacía días para irse con su suegra, alquilándolo a unos inquilinos. Gracias a Esteban, el anciano consiguió recuperar su derecho a la vivienda. — Te doy las gracias, de veras — le dijo Viktor —. Pero no sé cómo seguir; mi hija no parará hasta echarme… — Hay una solución — respondió Esteban —. Puedes vender el piso, dar a Larisa su parte, y con lo que quede, comprar una casita en el pueblo. — ¡Perfecto! — se animó Viktor —. Es el mejor plan. Tres meses más tarde, Viktor se mudaba a su nuevo hogar. Esteban le ayudó en todo, incluso ahora, ofreciendo llevarlo junto a Barsik. — Sólo quiero pasar por un sitio — pidió Viktor. Desde lejos vio a Valentina, sentada en su banco, mirando melancólica el horizonte. — ¡Valentina! — la llamó —, Ven con nosotros, Barsik y yo tenemos casa en el pueblo. Aire puro, pesca, frutos, setas… ¡Todo cerca! ¿Te apuntas? — sonrió. — ¿Y cómo voy a ir? — dudó ella. — Levántate del banco y vente con nosotros — se echó a reír —. ¡Vamos! Aquí no pintamos nada. — ¿Me esperas diez minutos? — sonreía ella, lágrimas en los ojos. — ¡Por supuesto que esperaré! — sonrió él. Contra las malas artes y la mezquindad, aquellos dos lograron defender su derecho a la felicidad. Descubrieron que en el mundo aún hay gente buena. Sea como sea, los buenos siempre superan a los malos. Viktor y Valentina lo comprobaron por sí mismos; lucharon por ellos, y finalmente encontraron por primera vez paz y alegría en la vida…
Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Vicente salió al balcón, encendió un cigarrillo, y se sentó
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024
«Perdóname, hijo, esta noche no hay cena», gritó Lucía… Un millonario escuchó: «Mamá… tengo hambre.» Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía solo cuatro años, pero su estómago ya hablaba un idioma que ningún niño debería conocer jamás: ese vacío que las promesas no pueden calmar. Le acariciaba el pelo con una mano, mientras que con la otra sostenía una bolsa ligera, casi ridículamente pequeña, con botellas de plástico vacías que había recogido durante el día. «Pronto comeremos algo, mi amor», murmuró. Pero la mentira le arañaba la garganta. Había mentido demasiadas veces esa semana. No por costumbre, sino por sobrevivir. Porque decirle la verdad a un niño es como dejarlo caer al suelo sin colchón. El supermercado brillaba con luces de Navidad. Guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carros rebosantes. Se olía a pan recién hecho y canela, algo que para Lucía era puro lujo. Madrid estaba precioso esa noche, como si la ciudad se hubiese puesto un vestido de fiesta… pero ella caminaba con zapatos desgastados, procurando que Mateo no notara su miedo. Mateo se detuvo frente a una montaña de roscón de Reyes envuelto en papel brillante. «¿Compramos uno este año? Como el año pasado, con la abuela…» El año pasado. Lucía sintió el golpe en el pecho. El año pasado su madre estaba viva. El año pasado, tenía trabajo fijo limpiando casas y, aunque no tenían mucho, al menos había una mesa. Al menos había un techo que no se empañaba por dentro como el cristal del coche prestado donde dormían hacía ya dos semanas. «No, mi vida… este año no.» «¿Por qué?» Porque el mundo puede romperse en cualquier momento. Porque la fiebre de tu hijo pesa más que cualquier turno de limpieza. Porque un jefe puede despedirte por faltar justo ese día en que el niño arde en tus brazos en la sala de urgencias. Porque el alquiler no espera, la comida no espera, y el dolor tampoco. Lucía tragó saliva y se obligó a sonreír. «Hoy haremos otra cosa. Ven, ayúdame a devolver las botellas.» Cruzaron los pasillos donde todo parecía decir «sí», y al mismo tiempo «esto no es para ti». Refrescos, galletas, chocolate, juguetes. Mateo lo miraba todo con ojos enormes. «¿Puedo beber algo de zumo hoy?» «No, cariño.» «¿Y galletas? ¿Con chocolate…?» «No.» «¿Y de las normales…?» Lucía respondió más brusca de lo que hubiera querido y vio cómo la cara de Mateo se apagaba, como una lucecita que se rinde. El corazón se le rompió otra vez. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón antes de desaparecer? Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía introdujo una botella, luego otra. Sonidos mecánicos, números que subían lentamente. Diez botellas. Diez pequeñas oportunidades. La máquina escupió un cupón. Veinticinco céntimos. Lucía lo miró como si la estuvieran tomando el pelo. Veinticinco. En Nochebuena. Mateo se agarraba a su mano con una esperanza que le dolía. «Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucho hambre.» Lucía sintió que algo en su interior se rompía. Hasta entonces se había aferrado al mundo con uñas y dientes, pero la mirada de su hijo, tan confiada, le destrozó la resistencia. Ya no podía mentirle. No esa noche. Le llevó a la sección de frutas y verduras. Las manzanas brillaban, las naranjas eran perfectas, los tomates parecían joyas. Allí, rodeada de abundancia ajena, se arrodilló frente a él y le tomó las manitas. «Mateo… mamá tiene que decirte algo muy difícil.» «¿Qué pasa, mami? ¿Por qué lloras?» Lucía ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba. Las lágrimas le salían solas, como si su cuerpo supiera antes que ella que no podía más. «Hijo… perdóname. Este año… no hay cena.» Mateo frunció el ceño, confundido. «¿No vamos a cenar?» «No tenemos dinero, mi vida. No tenemos casa. Dormimos en el coche… y mamá ha perdido el trabajo.» Mateo miraba la comida a su alrededor, como si el mundo le hubiera engañado. «Pero… aquí hay comida.» «Sí, pero no es nuestra.» Entonces Mateo lloró. No a gritos, sino ese llanto callado que duele más que cualquier rabieta. Sus hombros pequeños temblaban. Lucía lo abrazó desesperada, como si al apretarle podría obrar un milagro en sus brazos. «Perdóname… perdóname por no poder darte más.» «Disculpe, señora.» Lucía levantó la vista. Un vigilante de seguridad los miraba, incómodo, como si la pobreza fuese una mancha en el suelo. «Si no va a comprar nada, tiene que marcharse. Está molestando a los demás clientes.» Lucía se secó la cara, avergonzada. «Ya nos vamos…» «Ahora mismo, por favor, señora… Ya se lo he dicho.» La voz vino desde atrás, firme pero serena. Lucía se dio la vuelta y vio a un hombre alto, traje oscuro, pelo plateado en las sienes. Llevaba un carro vacío y una presencia imponente. Miró al vigilante sin levantar la voz, pero con una autoridad que le hizo retirarse. «Ellos son mi familia. He venido a por ellos para hacer la compra juntos.» El vigilante dudó, miró la ropa gastada de Lucía, al niño hambriento, al hombre impecable… y al final tragó su duda. «Bien, señor. Disculpe.» Cuando se fue, Lucía permaneció inmóvil, sin saber si dar las gracias o salir corriendo. «No sé quién es usted», dijo incorporándose, «y no necesitamos…» «Sí, sí lo necesitan.» No era cruel su expresión. Era verdad. La miró a los ojos. «Les escuché. Y nadie debería pasar hambre en Navidad. Menos un niño.» Se agachó a la altura de Mateo, con una sonrisa amable. «Hola. Me llamo Sebastián.» Mateo se escondió tras la pierna de su madre, pero miró de reojo. «¿Tú cómo te llamas?» Silencio. Sebastián no insistió. Solo preguntó: «Dime algo… Si pudieses cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué pedirías?» Mateo miró a Lucía, buscando permiso. No entendía nada, pero los ojos del hombre no reflejaban burla, ni lástima, ni curiosidad insultante. Había algo sencillo: humanidad. «Puedes contestar, mi vida», susurró. «Albóndigas rebozadas… con puré de patata», dijo Mateo casi inaudible. Sebastián asintió como si recibiera un encargo fundamental. «Perfecto. Es mi cena favorita también. Ven, ayúdame.» Y empezó a andar, empujando el carro. Lucía le siguió con el corazón desbocado, esperando el truco, la condición, la humillación oculta. Pero no había nada de eso. Sebastián llenó el carro de carne, patatas, pan rallado, lechuga, zumo y fruta. Cada vez que Mateo señalaba algo, Sebastián lo añadía sin mirar el precio. En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio el total y se mareó: era más de lo que había ganado en dos semanas cuando aún tenía trabajo. «No podemos aceptar esto», intentó decir, temblando. Sebastián la miró serio. «Lo que le dijiste a tu hijo… nadie debería tener que decir eso. Déjame hacerlo, por favor.» En el parking, Lucía se acercó al viejo Renault de doña Paz. El coche parecía más triste junto al Mercedes negro de Sebastián. Él entendió todo de un solo vistazo: el desorden en el asiento trasero, la manta, la bolsita con ropa. «¿Dónde van después?», preguntó. La respuesta fue un abismo. «A ningún sitio», acabó admitiendo Lucía. «Dormimos aquí.» Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó la mano por el pelo como si la realidad le pesase de repente. «Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Venid a cenar conmigo. Después… veremos. Pero al menos hoy no os quedaréis en el coche.» Le dio una tarjeta: Hotel Emperador. Lucía sostenía el papel como si quemase. Cuando Sebastián se fue, Mateo tiró de la manga de su madre. «Vamos, mamá. Tomaremos albóndigas rebozadas.» Lucía miró a su hijo, al coche, a la tarjeta. No había alternativa. Y, sin saberlo, al aceptar aquella cena, abría también una puerta… una puerta que podía salvarles o hundirles del todo si era solo una ilusión. El restaurante parecía otro mundo: manteles blancos, luz cálida, música suave, flores frescas. Mateo no soltaba la mano de su madre. Lucía, en ropa gastada, sentía que todos la miraban, aunque nadie lo hacía realmente. «Son invitados míos», dijo Sebastián al camarero. «Pidan lo que deseen.» Al principio, Mateo comió despacio, como temiendo que le quitaran el plato. Luego, más deprisa, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía le miraba, con la garganta prieta: su hijo decía «es lo más rico que he comido nunca» y a ella le sonaba a tragedia disfrazada de alegría. Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas sencillas, preguntó por dinosaurios. Mateo sacó un Tyrannosaurus rex pequeño y gastado del bolsillo, con marcas de garras. «Se llama Rex», dijo orgulloso. «Me protege cuando duermo.» Sebastián le miró con tristeza contenida. «Los tiranosaurios son los más fuertes», respondió. Más tarde, con Mateo relamiendo la cara por el postre, Sebastián preguntó al fin, con respeto: «Lucía… ¿cómo has llegado a esto?» Y Lucía contó su historia. Su madre muerta. Los trabajos perdidos. El hospital. El desahucio. El padre ausente desde que Mateo era bebé y nunca volvió. Sebastián escuchó sin interrumpir, como si cada palabra le confirmase algo. «Mi hotel necesita personal de limpieza», dijo al final. «Contrato legal, horario fijo, todo en regla. Y tenemos piso para empleados. Pequeño, pero digno.» Lucía le miró con sospecha, porque tener esperanza también asusta. «¿Por qué haría esto?» «Porque necesito empleados», respondió, y añadió bajito: «y porque ningún niño debería vivir en un coche.» Al día siguiente, Lucía volvió. La gerente, Patricia Méndez, hizo una entrevista normal, sin dramatismos. Tres días después, Lucía y Mateo entraban por primera vez en un piso con ventanas de verdad. Mateo corría como si descubriera un planeta nuevo. «¿Es nuestro, mamá? ¿De verdad?» «Sí, mi vida… es nuestro.» La primera noche, Mateo durmió en una cama… pero se despertó varias veces tras comprobar que la madre seguía allí. Lucía encontró galletas escondidas bajo la almohada. Su hijo guardaba comida por si el hambre volvía. Y entendió que la pobreza no desaparece cuando cambias de sitio: se queda dentro un tiempo, como ruido de fondo. Sebastián aparecía de vez en cuando. Llevaba libros, jugaba con Mateo al fútbol en el parque, y por su cumpleaños llevó una tarta gigante con forma de dinosaurio. Mateo pidió un deseo en voz alta, sin vergüenza: «Quiero que el tío Sebas se quede para siempre. Que no se vaya nunca.» Sebastián se agachó, con los ojos empañados. «Haré todo lo posible para conseguirlo.» El problema vino por un cotilleo en el edificio… y el chisme llegó al único que no debía saberlo. Roberto, el padre biológico, apareció un martes en el vestíbulo del hotel, oliendo a cerveza y con sonrisa falsa. «He venido a ver a mi hijo», dijo. «Tengo derecho.» Lucía sentía que no podía respirar. Sebastián se puso delante de ella como un muro. Roberto gritó, amenazó, prometió juicios. Y cumplió: llegaron papeles reclamando visitas, custodia compartida. En el escrito Lucía era «una mujer en circunstancias discutibles». Sebastián era «el empleador» que confundía al niño. Todo sonaba elegante. Todo era veneno. La primera visita supervisada fue un desastre. Mateo no quería soltar la pierna de Sebastián. Roberto intentó cogerle y Mateo chilló. Esa noche tuvo pesadillas. Lloró, diciendo que se lo iban a llevar, que no vería más a su mamá, que perdería a «papá Sebas». «Ojalá pudiera ser tu padre», confesó Sebastián una mañana, sentado en la cama del niño. «Más que nada.» «¿Por qué no puedes serlo entonces?» No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil. La abogada fue clara: casados, Sebastián podría iniciar la adopción. Ante el juez, serían una familia estable. Lucía temía, pero también crecía la verdad de meses: Sebastián no se quedaba por deber, sino por amor. «No sería una mentira», le dijo una tarde, con la voz temblando. «Me enamoré de ti viendo cómo eres madre. Y me enamoré de él… porque es imposible no hacerlo.» Lucía, que había sobrevivido años sin permitirse soñar, dijo «sí» con lágrimas que eran algo reciente: alivio. La boda fue sencilla. Civil. Patricia fue testigo. Mateo, con traje corto, llevó los anillos, solemne, como si custodiara un tesoro. «¡Ahora somos una familia de verdad!», gritó el niño tras ser declarados marido y mujer, y todos rieron entre lágrimas. La audiencia fue la revelación real. Roberto, con traje, hizo de víctima arrepentida. Sebastián habló de aquella Nochebuena en el súper, de Lucía arrodillada pidiendo perdón por no cenar, de cómo no pudo mirar para otro lado. Lucía habló de cuatro años de ausencia y silencio. El juez lo miró todo: papeles, cartas, informes médicos donde Roberto jamás aparecía. Testimonios de la guardería, del hotel, vídeos de rutinas sencillas: cuentos, risas, desayunos. Y pidió hablar a solas con Mateo. Lucía casi se desmayó de pánico. En el despacho del juez le pusieron zumo y galletas. Mateo respondió con el único auténtico que existe: «Antes vivía en un coche y no estaba bien. Ahora tengo mi propia habitación. Hay comida. Mamá se ríe.» «¿Quién es tu padre?», preguntó el juez. Mateo no dudó. «Sebas. Mi papá es Sebas. El otro señor… no le conozco. Él hace llorar a mamá. Y no quiero que mamá vuelva a llorar.» Cuando el juez dio su decisión, el tiempo se detuvo. Custodia total para Lucía. Visitas solo si Mateo las quería y solo un tiempo limitado. Y autorización para que Sebastián iniciase la adopción. Roberto salió furioso, lanzando amenazas que se perdieron en el eco del vestíbulo. No volvió jamás. Nunca pidió visita. No quería a un hijo: quería control, ventajas, dinero. Al no obtenerlo, desapareció. En las escaleras del juzgado, Mateo estaba entre sus dos padres, abrazado al fin sin miedo ninguno. «¿Puedo quedarme contigo para siempre?», preguntó. «Para siempre», dijeron ambos. Meses después llegó el certificado de adopción, con sellos oficiales que solo confirmaron lo que su corazón sabía desde tiempo: Mateo Romero Ortiz. Sebastián lo enmarcó y colgó en la pared como una medalla de la batalla más importante. Cambiaron el piso por una casa con jardín. Mateo eligió habitación y colocó a Rex en un lugar especial; aunque a veces, por si acaso, lo llevaba cerca. No porque dudara de su familia: sino porque el niño que fue un día aún no había desaparecido del todo y apenas aprendía poco a poco que la seguridad también puede ser real. Un sábado, Sebastián sugirió ir al supermercado. El mismo de aquella Nochebuena. Entraron juntos, de la mano. Mateo iba en medio, saltando y hablando sin parar. Eligió naranjas, manzanas y cereales con dinosaurio en la caja. Lucía lo observaba y sentía algo dentro que hasta entonces creyó imposible: tranquilidad. En la sección de frutas, Mateo se detuvo donde ella se arrodilló meses atrás, llorando. Cogió una manzana, la puso en el carro con cuidado y dijo, orgulloso: «Para nuestra casa.» Lucía parpadeó rápido para aguantar las lágrimas. Sebastián le apretó la mano. No dijeron nada, porque a veces lo más grande, no se dice: se respira. Aquella noche, los tres cenaron en su mesa. Mateo contó chistes malos sobre el jardín, Sebastián fingió que eran los mejores del mundo, y Lucía reía con esa risa de corazón que brota cuando el cuerpo ya no está en guardia. Luego, como siempre, Sebastián leyó cuentos. Tres. Mateo se durmió en el segundo, con Rex descansando tranquilo en su pecho. Lucía se quedó un rato contemplando desde el quicio. Pensó en la mujer que fue: la que pedía perdón por no cenar, la que dormía en un coche prestado, la que creía que sobrevivir era suficiente. Y entendió algo que no sale en los papeles ni en las sentencias: a veces, en el momento más oscuro, un gesto humano puede desencadenar una cadena de milagros. No milagros de película. Milagros de verdad. Trabajo. Techo. Pan fresco. Cuentos. Una mano tendida. Y, sobre todo, un niño que ya no tenía hambre… ni miedo… porque al fin tenía lo que siempre mereció: una familia que no se va.
Perdóname, hijo, hoy no hay cena gritó mi madre aquella Nochebuena Un hombre rico lo escuchó.
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07
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía
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06
El Misterioso Patito en Busca de su Identidad
Salía del hospital del Hospital Universitario La Paz en Madrid y, justo al pasar la puerta, se topó con
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07
CELEBRACIÓN DE UNA BODA MAGNÍFICA
En un sueño sin tiempo, Óscar decidió casarse con Nerea a propósito, sólo para herir a Marta.
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018
Mi suegra me llamó “para dos horas” a ayudar con el aniversario y esperaba obediencia total: así se cayó la máscara familia, ollas gigantes, veinte invitados y yo—¿camarera gratuita?
Diario, 12 de febrero Esta mañana, la voz de mi suegra sonaba casi cariñosa por teléfono: Ven a casa
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063
Mi suegra se burlaba porque mi madre limpiaba casas ajenas… hoy limpia en la mía. Nunca olvidaré la primera vez que llevé a mi marido a casa de mis padres: mi madre preparó su famoso asado y yo estaba nerviosa como una adolescente en su primera cita, pero no por mis padres… sino por su madre. – ¿Y tú, querida, a qué te dedicas? – preguntó mi madre sirviendo la ensalada. – Es ingeniero, trabaja en una gran empresa de construcción. Lo que no dije entonces fue que su madre nunca perdía ocasión de recordarme mi origen. La primera vez que fui a su casa fue hace tres años. Me recibió con una sonrisa fingida, traje impecable, perlas, muebles que gritaban “dinero”. – Mi hijo dice que tu madre limpia casas… – insinuó mientras tomábamos té. El modo en que dijo “limpia casas” sonaba como si dijera “roba bancos”. – Sí. Es una mujer honrada y trabajadora. – Por supuesto… todo trabajo honrado es digno – replicó, aunque su tono decía lo contrario –. Aunque siempre se desea algo mejor para los hijos… educación, profesión… – Estudio en la universidad – respondí. – Administración. – ¿Y quién te paga la carrera? Con los ingresos de tu madre… Entonces él intervino. Por primera vez. – Tiene beca. Es de las mejores de su curso. Pero el mensaje ya estaba dado. Los años siguientes fueron un goteo de humillaciones. – Tú puedes recoger los platos, ¿no tienes más experiencia? – soltaba en reuniones familiares; – Es raro que una chica de tu situación sea tan exigente con la comida; – Podía haberse casado con la hija de un médico… Mi madre me decía: – No les hagas caso. Hay gente que no cambia. Pero yo cambié. Me gradué con honores. Conseguí un trabajo excelente en una multinacional. Nos casamos. Y ella estuvo en mi boda con cara de funeral, sin posibilidad de réplica. Luego la vida jugó sus cartas. El negocio de su marido quebró. Perdieron todo: casa, coches, estatus. Se mudaron a un modesto piso. El orgullo se hundió junto a la cuenta bancaria. Mi carrera, sin embargo, despegó. Fui nombrada directora regional. Compramos una casa preciosa. Un día él me miró preocupado: – Mis padres están mal. Mi madre está deprimida. ¿Crees que…? – ¿Qué vengan a vivir con nosotros? – completé yo. Podría haberme negado. Tenía motivos. Pero recordé a mi madre, cómo limpiaba casas ajenas con dignidad y por la noche volvía cansada, pero sonriente. – Que vengan – dije. Cuando entró en nuestra casa, algo en ella se rompió. Lo vi en su mirada: el espacio, la luz, la calma. – Es precioso… – susurró. – También es su hogar – respondí. Al principio estuvo reservada. Luego, una mañana la encontré limpiando la cocina. – No es necesario – le dije. Se giró con lágrimas en los ojos. – Fui cruel. Contigo. Con tu madre. Y ahora… entiendo. La dignidad no está en el trabajo, sino en cómo se hace. En el amor por los tuyos. Nos abrazamos. Hoy cocina junto a mi madre. Se ríen juntas. Juega con mis hijos. Ayer, mientras doblábamos la ropa, me dijo: – Antes me burlaba de que tu madre limpiara casas. Hoy limpio aquí, y es el trabajo más digno que he hecho, porque lo hago con gratitud. – No limpias mi casa – respondí suavemente –. Estás en tu hogar. La vida tiene formas muy curiosas de enseñarnos las lecciones que más necesitamos. ¿Alguna vez has perdonado de verdad a alguien que te hirió… y has descubierto que, en el fondo, la mayor liberación era para ti?
Nunca podré olvidar el primer día que llevé a mi marido a casa de mis padres, en el corazón de Salamanca.
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049
— Tú no tienes familia, deja la casa a tu hermana, ella lo está pasando peor ahora —dijo mi madre—. Para ti es más fácil, y tu hermana tiene una familia numerosa, tienes que entenderlo. — ¿Por qué estás tan seria? Mi hermana se sentó a mi lado en el sofá, sujetando un vaso de zumo. Alrededor de la mesa los niños correteaban, su marido le contaba algo a mi suegra, agitando el tenedor con un trozo de tarta. — Todo está bien —aparté la mirada—. Sólo estoy cansada. Hoy fue un día horrible en el trabajo. Ella sonrió y se apartó un mechón de pelo. — Llevo varios días queriendo hablar contigo. Sobre la casa de papá. — Te escucho. Se inclinó más cerca y bajó la voz. — Estuvimos pensando… ¿Para qué quieres esa casa tú y tu marido? Sois dos, ya tenéis piso. Nosotros vivimos con tres niños en un alquiler de dos habitaciones. Si nos mudamos allí —aire puro, jardín, espacio para todos. Guardé silencio mirando a mi sobrina, que soplaba las velas de la tarta. Seis años. La mayor de los tres. — Realmente no necesitas esa casa —siguió ella—. Sólo son gastos. El tejado gotea, la valla está torcida, una obra sin fin. “¿Y cómo pensáis arreglarla?” pensé, pero callé. — Mamá también piensa que es razonable —añadió—. No queremos que nos la regales, sólo renuncia a tu parte. Ya nos arreglaremos después. Asentí, aunque por dentro sentí un nudo. Camino a casa, mi marido conducía en silencio. — ¿Qué ha pasado? — Quieren que renuncie a mi parte de la casa. — ¿En serio? ¿Que la regales? — Sí. Dicen que la necesitan más. Que nosotros ya lo tenemos todo. — ¿Todo? —sonrió con amargura—. ¿Nuestro minipiso hipotecado? Al día siguiente llamó mi madre. — ¿Lo has pensado? — No tengo que pensarlo. La casa es mitad mía. — Siempre hablando de derechos —dijo—. ¿Y la familia? Ellos tienen tres niños. Tú estás sola. — Nuestro piso está hipotecado. Nos quedan diez años por pagar. — Ellos ni eso tienen. — Yo cuidé a papá estos últimos meses. Le llevé a hospitales. Compré medicinas. Mi hermana vino dos veces. — Eres la mayor. Tienes que entenderlo. Tú eres libre. Libre. Esa palabra me dolió. Por la noche, me senté en la cocina con una taza de té. — ¿También ella insiste? —preguntó mi marido. — Sí. Al día siguiente, me reuní con una amiga. — ¿Cuándo fue la última vez que tu hermana te ayudó? —preguntó. No supe qué responder. — ¿Saben cuánto os habéis gastado en tratamientos de fertilidad? — No. — Casi un millón. Y ni un embarazo. Y aun así piensan que tú lo tienes fácil. Decidí ir a la casa. Fui sola. Jardín abandonado. Puerta que chirría. Olor a polvo y recuerdos. Encontré un cuaderno con su letra —cuentas de la reforma. Él tenía planes. No le dio tiempo. El manzano que plantamos juntos cuando era niña. Esa casa no era sólo una propiedad. Era memoria. Cuando vino mi madre y dijo: — No tienes familia, para ti es más fácil… No lo tragué. — Tres intentos de fecundación in vitro. Tres. Y por primera vez dije: — La casa es mía. Y no la voy a ceder. Hubo silencio. Pero ya no era vacío. Era liberador. La primavera llegó temprano. La vecina dijo: — Sólo te estaba esperando a ti. Me senté en la galería, con una taza de té, su jersey sobre los hombros, el manzano delante de mí. Ese era mi hogar. No porque me resigné. Sino porque tenía derecho.
Mira, tú no tienes familia propia, deja la casa a tu hermana, que ahora lo tiene más complicado soltó
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