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02
Me he separado de mi marido, ahora él es muy feliz. Me demuestra que fui yo quien lo limitaba y no le permitía llevar una vida normal.
Me llamo Javier Martínez y hace ya tres meses que corté los lazos con mi exesposo, Antonio García.
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01
Aventuras de una Viaje Compartido
Querido diario, Hoy he pasado dos horas y media apretada en el mismo coche del AVE MadridBarcelona, y
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02
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro! Viví con mi padre biológico hasta los cinco años y fue la época más feliz de mi infancia. Cuando murió, mi madre dejó de cuidarme y empezó a hacer su vida. A los ocho años apareció mi padrastro, que intentó controlar cada paso mío y de mi madre, cambiándome la vida por completo. Desde entonces, vivía bajo el horario y las normas de mi padrastro, que repartía las tareas domésticas, aunque luego él no hacía nada porque “estaba cansado de trabajar”. Mi madre me obligaba a cumplir con todo lo que él quería para evitar discusiones en casa. Cuando fui adolescente, empecé a rebelarme porque tenía que volver de clase y, en vez de estudiar, cocinar, limpiar, lavar el coche de mi padrastro y todo lo que se le ocurría, mientras “la pareja enamorada” se limitaba a ver la tele. Si me quejaba, recibía una bofetada y un sermón sobre lo poco agradecida que era por todo lo que supuestamente hacían por mí. Aparte de un techo y comida que, además, ganaba yo con las tareas de la casa, no me daban nada más. Cuando pedía ir a clases, apuntarme a la academia o al gimnasio, se reían de mí y decían que primero debía aprender a ganar mi propio dinero antes de gastarlo. Rara vez me compraban ropa. Y si lo hacían, me lo recordaban durante semanas… A los 18, tras terminar el bachillerato, mi madre me dijo que tenía que buscarme piso, que no debía ir a la universidad y que debía buscar trabajo cuanto antes, porque ya no podía seguir viviendo con ellos. Vivimos en un pueblo pequeño, donde es difícil encontrar empleo. No quería pasarme toda la vida trabajando, aún confiaba en que mis padres cambiarían de opinión al ver que podía estudiar por mi cuenta. Pero mi madre insistía cada vez más y, durante los tres últimos meses, en vez de preparar la selectividad, trabajé de camarera—de diez a doce de la noche, cobrando muy poco y casi sin propinas, apenas suficiente para dos meses de alquiler sin saber ni qué comer. Saqué malas notas porque falté mucho a clase, así que no entré en la universidad pública y no tenía quién me pagara los estudios. Dejé el trabajo en verano y traté de encontrar uno mejor pagado, ya que mi madre y mi padrastro me preguntaban cada día cuándo me iría por fin, y acabaron echándome de casa… Probé en una droguería, pero tras unos días me intoxiqué. Cuando fui a reincorporarme, me dijeron que habían contratado a otra chica. Se me acababa el tiempo; probé otros trabajos, pero en ninguno podía ganarme la vida. En pleno verano llegó mi cumpleaños y mi tía vino a verme. No le había contado nada, pero cuando me preguntó en privado cómo estaba, no pude aguantar más y rompí a llorar contándole todo. Aquella misma tarde me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Al fin había cumplido el deseo de mis padres y me fui de su lado, con lo cual sentí un gran alivio. Mi tía me ayudó a encontrar un buen trabajo en mi ciudad, trabajé en una librería y pude compaginarlo con el estudio, y cuando por fin aprobé la selectividad al año siguiente, logré entrar en la universidad pública por mis propios medios. Mi tía me apoyó en todo momento, no me dejó sola con mis pensamientos negativos, ni cuando mis padres intentaron hacerme sentir mal, diciéndome lo desagradecida que era. El tiempo ha pasado, terminé mis estudios y encontré un buen trabajo. Ahora agradezco a mi tía que nunca me dejara sola en los momentos duros, la cuido, la llevo de viaje… y siempre será mi familia.
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro! Viví con mi padre hasta los cinco años
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02
Tengo 25 años y desde hace dos meses vivo con mi abuela. Mi tía—su única hija viva—falleció repentinamente hace dos meses. Hasta entonces, mi abuela vivía con ella. Compartían casa, rutina, silencios. Yo las visitaba a menudo, pero cada una tenía su vida. Todo cambió en el momento en que mi abuela se quedó sola. La pérdida no me es ajena. Mi madre murió cuando yo tenía 19 años. Aprendí a convivir con la ausencia como algo cotidiano. Nunca conocí a mi padre. No hay una historia oculta ni una verdad a medias—simplemente, nunca estuvo. Así que, cuando mi tía se fue, lo entendí muy claro: sólo quedamos mi abuela y yo. Los primeros días tras el funeral fueron extraños. Mi abuela no lloraba todo el tiempo, pero el dolor se notaba en los detalles: se movía despacio, olvidaba apagar las luces, se sentaba a mirar al vacío. Me dije que me quedaría “unos días”. Esos días se convirtieron en semanas. Y un día, al ordenar mi ropa, comprendí que ya no me iba. Desde entonces, no han faltado las opiniones. Siempre hay quien opina. Algunos dicen que hice lo correcto—¿cómo dejar sola a una señora mayor que acaba de perder a su hija? Otros aseguran que estoy malgastando mi juventud, que a los 25 debería viajar, salir, tener pareja, “vivir la vida”. Me preguntan si no me pesa, si no me siento atrapada, si no temo quedarme sola después. La verdad es que yo no lo veo así. Trabajo, ahorro, mantengo la casa, llevo a mi abuela al médico, cocinamos juntas, por las noches vemos la tele. No siento que me esté privando de nada. Siento que estoy eligiendo. Ahora mismo no tengo pareja, no pienso en hijos ni en irme al extranjero. Pienso en estabilidad, en estar presente, en no repetir la historia de abandono que conozco demasiado bien. Mi abuela es lo único que me queda de mi familia directa. No tengo madre, no tengo tía, no tengo padre. Y no quiero que pase sus últimos años sintiéndose una carga o un estorbo. No quiero que coma sola cada día, ni que se acueste pensando que no tiene a nadie. Quizá más adelante mi vida tome otro rumbo. Tal vez viaje, me enamore, me vaya. Pero hoy, este es mi lugar. No por obligación. No por culpa. Sino porque quiero a mi abuela y porque me quiero a su lado. ¿Y tú, qué harías en mi lugar?
Tengo 25 años y desde hace un par de meses vivo con mi abuela. Mi tía su única hija viva falleció de
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08
La Familia Insaciable
¿Entonces, invitados, ya han saciado el hambre? ¿Se han tomado algo? ¿Les he servido bien? pregunté
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013
Saqué mi traje de boda del armario y de repente un sobre cayó al suelo.
Sacé mi traje de boda del armario y, de pronto, un sobre cayó al suelo. Aquella noche no cerré los ojos;
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09
¡No quiero vivir con la familia de mi hija! Os contaré mis razones.
¡No quiero vivir con la familia de mi hija! Os contaré por qué. Mi hija y su familia se quedaron sin
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013
Leonardo nunca creyó que Irene fuera su hija. Vera, su esposa, trabajaba en un supermercado y se rumoreaba que solía encerrarse en el almacén con hombres que no eran su marido. Por eso, Leonardo no aceptaba que la pequeña Irene, tan menudita, fuera suya, y no llegó a quererla. Solo el abuelo quiso y ayudó siempre a su nieta, dejándole en herencia la casa del pueblo. La única persona que adoraba a Irene era su abuelo De niña, Irene enfermaba a menudo. Era frágil y menuda. “En ninguna de nuestras familias hay nadie tan pequeño”, decía Leonardo. “Esta cría parece de juguete”. Con el tiempo, el rechazo del padre acabó contagiando también a la madre. El único que de verdad quería a Irene era el abuelo Mateo. Vivía al borde del pueblo, junto al bosque. Mateo había sido forestal toda la vida y, ya jubilado, seguía paseando por el bosque, recogiendo bayas y plantas medicinales, alimentando animales en invierno. Algunos del pueblo lo veían raro, incluso le temían; decían que lo que decía, se cumplía. Sin embargo, todos acudían a él buscando remedios. Mateo había perdido pronto a su mujer y encontró consuelo en el bosque y su nieta. Cuando Irene empezó el colegio, pasaba más tiempo en casa del abuelo que en la suya. Mateo le enseñaba las propiedades de las plantas y raíces. A Irene le gustaban los estudios y decía que de mayor curaría a la gente. Pero su madre aseguraba no tener dinero para sus estudios, y Mateo la animaba: “No soy pobre, te ayudaré. Si hace falta, hasta vendo la vaca”. Le dejó a su nieta la casa… y le prometió un destino feliz Vera, su hija, apenas iba a visitar a Mateo, pero apareció cuando su hijo perdió todo jugando a las cartas en la ciudad y necesitaban dinero. Unos matones golpearon a Andrés y amenazaron con ir a por él si no pagaba. “Solo vienes cuando te ves apurada”, le recriminó Mateo. “Años sin venir por aquí y ahora esto”. Y se negó a ayudarla: “No pienso pagar las deudas de Andrés. Tengo que ayudar a mi nieta a ser alguien”. Vera salió furiosa: “No quiero volveros a ver, para mí ya no tenéis ni padre ni hija”. Cuando Irene entró en la Escuela de Enfermería, sus padres no la apoyaron con nada. Solo Mateo la ayudó, junto con la beca de estudios que logró por sus buenas notas. Antes de que terminara los estudios, Mateo enfermó. Intuyendo que su final estaba cerca, le anunció a Irene que le dejaba la casa. Le pidió que buscara trabajo en la ciudad, pero que no olvidara la casa del pueblo: “Mientras en ella se sienta espíritu humano, seguirá viva. Enciende la chimenea en invierno. No temas dormir aquí sola, aquí el destino te encontrará”. Y añadió: “Serás feliz, hija mía”. La profecía de Mateo se cumplió Mateo falleció en otoño. Irene comenzó a trabajar de enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana iba a la casa del abuelo, encendía la chimenea y usaba la leña que él había dejado. Un día de invierno, una nevada tapó el pueblo. Llamaron a la puerta: era un joven que pedía una pala—su coche había quedado atascado frente a la casa. Irene le ofreció té caliente y refugio hasta que la tormenta amainase. El chico, que se presentó como Esteban, luego la acompañó al centro de salud y empezaron a verse. Irene decidió no casarse, aunque Esteban insistió primero. Pero fueron muy felices. Irene descubrió que no solo en los cuentos los hombres llevan a sus mujeres en volandas y, cuando tuvieron su primer hijo, todos se sorprendieron de que una mujer tan frágil hubiera tenido un bebé tan fuerte. Cuando preguntaban cómo se llamaría, Irene contestaba: “Se llamará Mateo, como alguien maravilloso que conocí”.
Diario de Iria Todavía me sigue asombrando la firmeza con la que mi padre, León, se negaba a creer que
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028
“– No. Hemos decidido que es mejor que no traigas a tu esposa e hijo a este apartamento”
Querido diario, Hoy vuelvo a repasar la conversación que tuve con Miguel y las consecuencias que se desencadenaron.
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014
De repente anunció que asumiría los gastos principales de la boda, por lo que debería costear todo el viaje yo misma.
De pronto me dice que se hará cargo de los gastos principales de la boda, así que yo tendré que pagar
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