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00
Levántate más temprano y prepara sopa para mamá, exigió el marido. — Que la haga quien salió de ella.
Levántate temprano y prepara la sopa a mamá exigió Pedro. Que sea quien haya nacido de ella quien la haga.
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03
Mi hija me entregó una invitación a su boda. Cuando la abrí, casi me desmayé.
Mi hija, Inés, me entregó una invitación a su boda. Al abrirla, sentí que el suelo se me escapaba bajo
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05
MIRANDO AL VACÍO Dani y Ana se casaron cuando ambos tenían 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro. Era un amor desenfrenado. Por eso, sus padres decidieron de inmediato legalizar la relación de sus hijos, para que no ocurriese nada indebido… La boda fue grandiosa e inolvidable, con todos los ingredientes típicos: muñeca sobre el capó, un mar de flores, fuegos artificiales, salón de banquetes, gritos de “¡Que se besen!”… Los padres de Ana no pudieron aportar dinero a la fiesta, pues apenas les alcanzaba para la comida y… el vino. Todos los gastos los asumió la madre del novio, Alexandra Fernández. Sabiendo que su nombre completo resultaba complicado, ella prefería que la llamasen Sandra Fernán. Sandra Fernán, por supuesto, intentó disuadir a su hijo Dani de salir con una chica cuyos padres tenían problemas con la bebida. Pero, ¿se puede impedir eso? Dani aseguraba a su madre que eso no afectaría a Anita de ninguna manera. Que su amor celestial superaría cualquier maldición genética. Sandra Fernán intentó advertirle: -Hijo, de un membrillero no nacen naranjas. No vaya a ser que vuestro amor dure menos que un caramelo en la puerta de un colegio… Ana y Dani veían la felicidad ante sí, creyendo que solo el amor y la alegría les esperaban. Todo el mundo estaba a sus pies. Pero la vida les contó su “fábula”. Sandra Fernán y su marido les regalaron un piso por la boda. “¡Vivid y sed felices, hijos!” Al principio la convivencia fue buena. Ana tuvo dos hijas, Tania y Lucía. Dani las adoraba y se sentía el dueño de su familia. Pero antes de los cinco años, Ana comenzó a desaparecer misteriosamente. Cuando volvía, Dani notaba claramente el olor a alcohol en su mujer. Cuando él le pidió explicaciones, primero ella guardó silencio, luego le soltó que nunca le había amado, que solo fue un enamoramiento juvenil. Ahora, según Ana, había encontrado al hombre de su vida y se iba con él, aun sabiendo que él estaba casado y tenía tres hijas. Dani quedó conmocionado y devastado por la traición. Ana huyó con su amante a un pueblo perdido, alegando que con amor, hasta en una cabaña se es feliz. Abandonó a sus hijas. Sandra Fernán, siempre dispuesta y difícil de atrapar, se hizo cargo de las niñas. Dani, destrozado y solo, terminó metido en una secta religiosa a instancias de un amigo. Ahí le casaron con una viuda madre de dos hijos. Pronto se casó también por el rito de la secta. A Dani no le quedaba tiempo para sus hijas. Su nueva mujer, Clara, siempre tenía problemas y cuando él mencionaba a sus hijas, le decía: -Daniel, tienen madre, que se ocupe ella. Tú lleva a Óscar al cole y dale la merienda a Víctor… Dani obedecía resignado. Aún amaba a Ana, pero sabía que no había camino de vuelta. …Pasaron siete años y un día, Ana se presentó en casa de Sandra Fernán con una niña de cuatro años de la mano. Sandra la observó de arriba abajo: -Te han dado mala vida, Ana. Imposible reconocerte. ¿Es tu hija? —dijo irónicamente Sandra. -Sí, mi hija María. ¿Podemos alojarnos aquí? decía Ana, inquieta. -No esperaba visitas así. ¿Te echaron? -No, me fui. No aguanto más. Mi pareja me pega y no deja de beber —se quejó Ana. -A nadie le pusieron una pistola para casarse. ¿Por qué no vas con tus padres? —insinuaba Sandra. -Echaba de menos a mis hijas. ¿No me dejarás verlas, verdad? —dijo Ana, intentando conquistar a Sandra. -Vaya, ¡por fin te acuerdas de tus niñas! ¡Eres una auténtica “cucú”, Ana! —resopló Sandra. En ese momento llegaron Tania y Lucía, ya adolescentes. Miraron a la invitada con recelo, conscientes de que era su madre, pero sin sentir apego. Solo amargura. Por supuesto, Sandra Fernán acogió a Ana y la niña. Pero al mes, Ana desapareció de nuevo. Resultó que regresó al pueblo con su “dulce verdugo”, dejando a María con su abuela. Ahora Sandra y su marido, acogieron a las tres nietas. La casa rebosaba cariño y respeto. El tiempo voló. Sandra y su marido fallecieron. Tania se casó, pero no tuvo hijos. Lucía llegó a la vejez en soledad. María, a los diecisiete, fue madre de un niño sin padre conocido y se marchó con su madre al pueblo. La juventud se esfumó sin despedirse, la vejez llegó sin saludar. Ana vivía ahora sola, ya que el hombre con el que vivió fue llevado a Madrid por sus hijas, sus cuidadoras y acusaban a Ana de su enfermedad. Los vecinos calificaban a Ana de borracha sinvergüenza; en el pueblo todos los muros tienen oídos y la fama vuela. Dani, mientras tanto, se fue de casa de Clara y huyó de la secta. Vivía solo, en el piso de su madre, intercambiando sopas instantáneas por gazpacho, durmiendo en una cama fría, acompañado de tres gatos para no perder la cabeza. Y pensar que la felicidad llamó a la puerta de Ana y Dani…
MIRANDO AL VACÍO Álvaro y Carmen se casaron cuando aún no habían cumplido los veinte. No podían estar
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01
Mi suegro creía que siempre le íbamos a mantener
9 de marzo Hoy me siento especialmente cansada, así que he decidido escribir para desahogarme un poco.
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02
¡Lo hago de corazón!
Oye, Lidia Mamá ha traído una olla nueva comentó Alejandro, asomándose a la cocina mientras se rascaba la nuca .
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041
La suegra de nuestro hijo se lo ha llevado de nuestro lado: desde que se casó, apenas nos visita, siempre está con su familia política y su madre parece necesitar ayuda urgente a todas horas
Verás, desde que nuestro hijo se casó, parece que se ha olvidado de nosotros. Ahora está siempre enredado
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06
Durante la cena de Navidad, ante todos, mi hija dijo: “Mamá, tus necesidades son lo último que importa.”
En la cena de Nochebuena, justo delante de todos, mi hija exclamó: «Mamá, tus necesidades van siempre al final.
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017
“Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…” Les miró. Ana y Roberto habían vivido siempre en la pobreza. La mujer ya había perdido la esperanza de tener una vida feliz y próspera. Había sido joven, ilusionada y soñaba con un futuro brillante para ambos. Pero la vida no fue como lo imaginaban. Roberto trabajaba duro y ganaba poco. Encima, ella se quedó embarazada. Nacieron tres hijos, uno tras otro. Ana llevaba mucho sin trabajar. El sueldo de su marido no era suficiente. Los niños crecían, necesitaban ropa y zapatos. Todo el salario se iba en comida, más las facturas y otras necesidades. Doce años de vivir así dejaron huella en su familia. Roberto empezó a beber. Traía todo el sueldo a casa, pero cada día volvía borracho. Ana empezó a perder la esperanza por culpa de esa vida. Un día, su marido apareció borracho, con una botella de vodka a medio terminar. Ana ya no pudo soportarlo, se la quitó y bebió. Desde entonces, ella también empezó a beber. Al poco tiempo se sintió mejor. Los problemas parecían desaparecer y hasta se animaba. Desde entonces, esperaba casi cada día que su marido le trajera bebida. Así empezaron a beber juntos. Ana se olvidó de sus hijos. Los vecinos del pueblo se preguntaban cómo podía cambiar una persona por culpa del vodka. Luego, los niños iban por el pueblo pidiendo comida. Un día, una vecina se hartó y le dijo: —Ana, es mejor que los lleves al orfanato que dejarlos morir de hambre. ¿Hasta cuándo vas a beber sin pensar en tus hijos? Ana recordaba bien esas palabras. La idea no dejaba de perseguirla. Sería más fácil que los niños no estuvieran en medio. Después de un tiempo, Ana y Roberto finalmente se rindieron y abandonaron a los niños. Así acabaron los tres en un orfanato. Lloraban y esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía a verles. Ana y Roberto ni siquiera se acordaban de sus hijos. Pasaron varios años así. Uno a uno, los chicos salieron del orfanato. Recibieron pequeños pisos de una habitación. Por lo menos tenían dónde vivir. Todos encontraron trabajo y siempre se apoyaron entre ellos. No hablaban de sus padres, pero seguían deseando verles y preguntarles por qué les hicieron eso. Un día, se reunieron y fueron en coche a la casa donde vivían. Por el camino, se encontraron con su madre, que intentaba llegar a casa a duras penas. Pasó a su lado sin mirar siquiera a sus hijos. —Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Ella les miró con ojos vacíos. Y de repente los reconoció. Empezó a llorar y a pedirles perdón. Pero, ¿cómo podía ser perdonada? Los hermanos se quedaron de pie, sin saber qué decir. Finalmente, decidieron que, fuese como fuese, era su madre. Y la perdonaron.
Mamá, somos nosotros, tus hijos Mamá La miraron, sin saber si les reconocería. Mira, te voy a contar
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011
El Derecho a Elegir
Natalia se despierta un minuto antes de que su despertador suene. La habitación aún está algo oscura
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022
Mi marido siempre ha dicho que no soy lo suficientemente femenina. Al principio lo dejaba caer como quien no quiere la cosa —que si me maquillara más, que si llevara vestidos, que si fuera “más delicada”. Yo nunca he sido así. Siempre he sido una mujer práctica, directa, poco coqueta. Trabajo, resuelvo problemas, hago lo que hay que hacer. Él me conocía así. Nunca fingí ser otra persona. Con el tiempo, esos comentarios se hicieron más frecuentes. Empezó a compararme con mujeres que veía en las redes sociales, con las esposas de nuestros amigos, con compañeras del trabajo. Decía que parecía más una amiga que una esposa. Yo le escuchaba, a veces discutíamos y seguíamos adelante. Nunca pensé que fuese algo serio. Lo asumía como diferencias normales en una relación. El día que enterré a mi padre, todo eso dejó de parecerme trivial. Estaba en shock. No dormía, no comía, no pensaba en otra cosa que en cómo aguantar el funeral. Me puse la primera ropa negra que encontré, no me maquillé, no hice nada con el pelo salvo lo imprescindible. Simplemente no tenía fuerzas. Antes de salir de casa, mi marido me miró y dijo: —¿Vas a ir así? ¿No podrías arreglarte un poco al menos? Al principio no lo entendí. Le dije que no me importaba mi aspecto, que acababa de perder a mi padre. Él respondió: —Ya, pero aún así… la gente hablará. Pareces descuidada. Sentí algo raro en el pecho, como si alguien me aplastara por dentro. En el tanatorio, él estaba con los demás. Saludaba, daba el pésame, parecía serio. Pero conmigo era distante. Apenas me abrazó. No me preguntó cómo estaba. En un momento, al pasar junto a un espejo en el salón, me dijo en voz baja que “tendría que espabilarme más”, que a mi padre no le gustaría verme así. Tras el funeral, ya en casa, le pregunté si de verdad eso había sido lo único que notó ese día. Si no vio que yo estaba destrozada. Me dijo que no exagerara, que simplemente daba su opinión, que una mujer no debe descuidarse “ni siquiera en estos momentos”. Desde entonces, lo veo de otra manera. Pero no puedo dejarle. Siento que no puedo vivir sin él. ❓ ¿Qué le diríais a esta mujer si la tuvierais delante?
Mi marido siempre me ha dicho que no soy suficientemente femenina. Al principio lo soltaba de pasada
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