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No es un juego
¿Y para qué quieres un niño? Alicia, ya tienes casi cuarenta. ¿Qué hijos podrías tener? se ríe su hermana
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Desesperada, aceptó casarse con el hijo millonario que no podía caminar… Y un mes después se dio cuenta de algo…
Por desesperación, aceptó casarse con el hijo del hombre rico que no podía caminar Y un mes después se
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02
Vitalio, acomodado frente a su escritorio con el portátil y una taza de café, estaba terminando algunos asuntos pendientes cuando una llamada de un número desconocido cambió su vida: desde el hospital materno-infantil de la calle Soria le informan de la muerte de Anna Mijaílovna Izótova durante el parto y le dicen que es el padre de la niña recién nacida. Desconcertado y convencido de que todo ha sido un error, Vitalio recuerda fugazmente a Ana, una joven rubia a la que conoció en septiembre en la Costa del Sol. Al día siguiente, nervioso y sin intención de reconocer a la niña, conoce a Vera, la madre de Anna, en el hospital, quien le suplica desesperada que no renuncie a su nieta para que no acabe en un orfanato. Tras la prueba de ADN que confirma su paternidad y enfrentado a la mirada inocente de su hija —una copia exacta de él—, Vitalio, superado por la emoción, toma la inesperada decisión de asumir su nueva vida como padre junto a la abuela y la pequeña.
Santiago se acomodó en su despacho, con el portátil abierto y una taza de café humeante entre las manos.
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01
No dejaré que se lleven a mi hija. Relato corto. El padrastro nunca les hacía daño. Al menos, nunca les echaba en cara el pan que comían, ni se enfadaba por los estudios: solo cuando Anabel volvía más tarde de lo previsto, podía gritarle. —¡Le prometí a tu madre que cuidaría de ti! —vociferaba ante las tímidas réplicas de Anabel, que ya tenía dieciocho años—. ¡Y yo sé mejor que tú lo que puedes hacer y lo que no! ¡Vaya, mayor de edad! ¿Te crees que por tener el título de secundaria puedes hacer lo que quieras? ¡Anda, búscate primero un trabajo decente y luego presume de adulta! Después, ya más calmado, cambiaba de tono. —Te va a dejar ese chico, ¿qué, crees que no veo al tipo que te recoge? Coche caro, cara bonita… ¿Para qué querría una chica sencilla como tú, Anabel? Llora luego, ya te lo decía yo. Anabel no le creía. Sí, Oleg era guapo y estudiaba tercero en la universidad, aunque de pago, pero a Anabel tampoco le hubiera importado estudiar así. No logró entrar por nota, el colegio no le gustó; ahora repartía folletos, periódicos, y sobre todo se preparaba para el examen del año siguiente. Así conoció a Oleg: le dio un folleto, y él aceptó uno, luego otro, otro más. Y le dijo: —Vamos a hacer una cosa: yo te cojo todos los folletos, y tú vienes al café con nosotros. No sabe qué le dio por acceder, pero aceptó. Ya curtida, guardó los folletos en la mochila y al volver de café los tiró discretamente en la basura. En el café, Oleg la presentó a sus amigos y la invitó a pizza y helado. Anabel y su hermana solo probaban esas delicias en cumpleaños—dinero, tenían poco, y el padrastro no les dejaba gastar la pensión, decía que eso era para emergencias. En realidad, el sueldo de él era decente, pero la mitad se la gastaba en el coche, que siempre estaba averiado, y el resto en apuestas. Anabel no se quejaba: al menos no las echaba de casa. El piso era suyo, el de su madre lo vendieron cuando ella se enfermó. Claro que le habría gustado comer chocolate, pizza, refrescos… pero si alguna vez le tocaba, todo se lo daba a su hermana. Hasta en el café, le pidió permiso a Oleg para llevar un trozo de pizza para su hermana. Él la miró sorprendido y después le compró una pizza entera y una enorme tableta de chocolate con nueces para llevar. El padrastro se equivocaba pensando que Oleg la haría daño. Era bueno. Y Anabel, junto a él, sentía aún más su propia fragilidad, así que se esforzó con los estudios, encontró trabajo de cajera en una tienda, y con el sueldo pudo comprarse un vaquero decente y cortarse el pelo en una peluquería de verdad, para que Oleg se sintiera orgulloso de ella. Cuando él la invitó a su casa de campo, Anabel entendió enseguida lo que iba a ocurrir, pero no se asustó—no era una niña. Además, se amaban. Al principio le preocupaba que el padrastro no la dejara ir, pero él llegó a casa aún más tarde de lo habitual, y a veces ni volvía. Sabía dónde dormía—con la enfermera del ambulatorio, tía Luba. Él le dedicaba sonrisas hacía tiempo. Luba no quería líos con hombres con hijas de otro matrimonio, pero también llevaba tiempo divorciada y al final cedió a esas torpes atenciones. Al final aquello le vino bien a Anabel, aunque Aliona, la hermana, lloró al saber que tendría que pasar la noche sola, pero Anabel le compró chocolate, patatas y refresco y se resignó. Que estaba embarazada, Anabel lo supo tarde. Siempre había tenido el ciclo irregular y nunca se preocupó por ello; nadie le había enseñado a estar pendiente. Fue su compañera, Verónica, quien le preguntó en broma: —Pero, ¿no estarás embarazada, que te veo más redonda y radiante? Se rieron, pero en la noche Anabel compró un test. Cuando vio las dos rayas, no lo creyó. ¡No, es imposible! Oleg no se alegró. Dijo que no era el momento y le dio dinero para ir al médico. Anabel lloró toda la noche, pero fue. Era demasiado tarde: dieciséis semanas. Lo que pasó, pasó en la casa de campo, y ella pensaba que en la primera vez no quedabas embarazada. Durante un tiempo lo ocultó al padrastro, pero la barriga creció. Tuvo que confesarlo. ¡Vaya si gritó! —¿Y el chico ese? ¿Piensa casarse contigo? Anabel bajó la cabeza. Hacía un mes que no veía a Oleg; cuando supo que no podía abortar, desapareció. —Ya me lo imaginaba, Anabel… No lo dijo en el momento, seguramente consultó con Luba. —Mira, ya que pasó, tienes que tenerlo. Pero tendrás que dejarlo en el hospital, no quiero otra boca que alimentar. Y hay otra cosa… me voy a casar, Anabel. Luba está embarazada también. Serán gemelos. Entiende que tres bebés en casa son demasiados. —¿Y ella va a vivir aquí? —se extrañó Anabel. —¿Dónde si no? Es mi esposa ya, ¿dónde va a ir, mujer? Parecía broma, pero no lo era. Lo repetía todos los días y prometía echar a Anabel y su hermana si traía al bebé. Sabía que no eran ideas suyas sino de Luba. Pero daba igual: no podía abandonar a la niña. —No te preocupes –dijo Luba–, los bebés así enseguida los adoptan; le querrán como suyo. Anabel lloraba, llamaba a Oleg, buscaba dónde vivir con su hermana y el bebé, pero no encontraba solución. Hasta que Verónica le señaló a una pareja: —Todavía de negro, ¡después de tantos años! Un dolor de por vida, hija… Haber tenido otro, o adoptado. Ella veía a aquella pareja a menudo —amables, de buen aspecto, algo tristes, pero no sabía qué les pasó. —Perdieron a su hija —explicó Verónica—, fue aquel accidente tan sonado, el del autobús escolar. Se fueron de excursión, el conductor se durmió. Murieron él y la niña, qué pena… Son buena gente, él médico, ella profesora. Yo vivía cerca, cuando estaba casada. Cuando fue lo de la niña, todos llevábamos angelitos, figuritas al funeral. La hija compró un angelito en la excursión y lo tenía en la mano. Costó rescatarlo. Y la gente empezó a llevarle más angelitos, aunque yo temía que fuera peor, pero no… parece que le ayuda. Anabel vio en una peli cómo una chica entregaba a su bebé para que lo adoptara una pareja sin hijos. Esta podría pero igual no quería. Pero no podía dejar de pensar en ellos. Ya estaba de ocho meses, y seguía trabajando, no quería perder el trabajo; la pareja pasó por su caja, y el hombre preguntó: —Muchacha, ¿no te toca ya la baja? Vas a dar a luz en la caja. No se quejaba, pero estaba agotada; la espalda le dolía, la acidez no la dejaba en paz, las piernas hinchadas. Nadie le preguntaba cómo estaba salvo la médica, pero eso era distinto. Ese gesto le conmovió, y se le nácearon los ojos de lágrimas, cosa habitual últimamente. Dos días después, estando de camino a casa con la compra, el hombre se ofreció a ayudarle. Anabel se sintió incómoda pero agradecida. Pensó que era buena persona. Al ver un angelito de oferta en una tienda, lo compró. Luego pidió a Verónica la dirección y fue hacia allá. Cuando llamó al timbre, sintió miedo. A lo mejor era un gesto fuera de lugar. Tantos años… Seguro que no recibían más angelitos. Le abrió la puerta la mujer. Pareció reconocerla enseguida. Anabel, nerviosa, le dio la figurita con la cabeza baja, esperando que le cerrara la puerta, o le gritara. Pero no fue así. Cogió el angelito, sonrió y le dijo: —Pasa. ¿Te apetece un té? Con el té, le contó la historia, que Anabel ya sabía, pero en boca de ella era más dura. —¿Por qué no tuvisteis más hijos? —susurró Anabel. —El parto fue difícil. Me tuvieron que quitar el útero. No pude volver a quedarme embarazada. Se sintió incómoda, ¿qué derecho tenía ella a preguntar? Quería preguntar por la adopción, pero no se atrevía. —Pensamos en adoptar —dijo la mujer, como si leyese su mente—. Hicimos el curso de padres adoptivos. Pero al final no pude. Le pedí a mi hija una señal. Pero nada pasó. En ese momento, se oyó el golpe de un vaso. La mujer se estremeció, Anabel miró hacia allá, pensando que no habría nadie más en casa. Fueron a la sala. Temía encontrarla como un mausoleo—oscura, llena de velas y fotos. No, sólo una foto, la sala luminosa, sin velas, sólo figuras de angelitos. Una estaba rota en el suelo. La mujer recogió los trozos y los miró largo rato. Finalmente, con voz extraña, murmuró: —Es la figurita. La de ella. Las mejillas de Anabel se enrojecieron. ¿No era eso una señal? La niña nació a término. Para entonces, Luba vivía ya con ellos y también tuvo gemelos prematuros. Los bebés seguían en el hospital, pero pronto los traerían—ya les compraron cunas blancas, con colchón de coco. Nadie pensaba comprar nada para la niña de Anabel; debía dejarla allí. Sólo Aliona, por las noches, le susurraba: —¿Y no podemos esconderla? Que no sepan que está, la niña… Yo te ayudo. Esas palabras hacían llorar a Anabel, pero delante de su hermana se aguantaba. La nota la pensó bien antes. Escribió que no podía quedarse al bebé, que estaba sana, que no se preocuparan. Y recordó la señal—el angelito roto. Metió en el sobre el dinero de la pensión—todo lo que había ahorrado. Debería bastar, era buena gente. El alta fue por la mañana pero no se atrevía a dejar el bebé de día. Pasó la tarde sentada en el centro comercial, aunque pesara la cabeza. Importaba la niña, que tuviera padres que le quisieran. Cuando cerraron el centro, esperó una hora fuera, por suerte hacía buen tiempo. Al caer la noche entró en el portal, rápido tras un vecino con perro. Llevaba a la niña en un portabebés que compró con su dinero y pidió a Verónica para el hospital. Ella no preguntó nada. Ya en el rellano, acomodó el portabebés para que no la tuviera la puerta, metió el sobre bajo la manta y iba a llamar al timbre y salir corriendo, cuando la puerta se abrió de golpe. Era el hombre, padre de la niña que murió. —¿Qué haces aquí parada? Anabel dio un brinco de susto. Entonces él vio el portabebés. —¿Eso qué es? Las lágrimas brotaron solas. Anabel le contó todo—lo de Oleg, que la dejó, el padrastro que las mantenía ya siete años y ahora se casaba y tenía gemelos, la tía Luba que decía que lo mejor era firmar los papeles de abandono en el hospital. Él la escuchó con calma y dijo: —Galina ya duerme. Mañana hablamos. Ven, te preparo una cama en el salón. Dormir rodeada de decenas de angelitos era raro. Pero Anabel se quedó dormida pronto, abrazando fuerte a su bebé. Despertó con sensación de vacío. No estaba la niña. Y entonces entendió que no podría separarse nunca de ella. ¡Quería salir corriendo, recogerla, jamás dejarla! Pero antes de moverse, entró Galina con la niña en brazos. —Toma —sonrió—. Dale de comer, la acuné para que descansaras, pero ya no aguanta más. Mientras daba de mamar, no podía mirar a Galina. ¿Qué habría dicho el marido? ¿Ya decidieron adoptar a su hija? ¿Cómo decirles que se arrepiente? —Tu hermana, ¿qué edad tiene? —preguntó de pronto Galina. —Doce —respondió, confundida. —¿Crees que estaría dispuesta a venirse con nosotros? La pregunta era tan inesperada que Anabel la miró boquiabierta. —¿Cómo? —no entendía. —Sasha me lo contó todo. Que no tenéis dónde vivir, que el padrastro os echa. Pensé que si tu hermana se quedaba allí, la harían la criada. Que mejor venga también aquí. —¿”También”? —tartamudeó Anabel. Galina señaló la figurita junto a la foto—pegada, pero reconocible. —Creo que fue una señal. Debemos ayudaros —dijo simplemente—. Hay sitio de sobra, veniros. Yo te ayudaré con la niña. Y olvídate de tonterías. No hay derecho a separar a una madre de su hija. Anabel sintió tanta alegría, y tanta vergüenza, que las mejillas le ardieron de nuevo. —Entonces, ¿aceptas? Asintió, escondiendo el rostro en la mantita de la niña, para que Galina no viera sus lágrimas…
A nadie te voy a dar. Relato. El padrastro nunca les hizo daño. Al menos, nunca les faltó un pedazo de
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03
ABUELA ÁNGEL DE LA GUARDA Lena nunca conoció a sus padres. Su padre abandonó a su madre estando embarazada y no supo nada más de él. Su madre falleció cuando Lena tenía apenas un año: le detectaron un cáncer inesperadamente y se consumió como una vela. Quien crió a Lena fue la abuela Asunción, la madre de su madre. Asunción perdió a su marido siendo joven y dedicó toda su vida a su hija y a su nieta. Desde el primer día, Lena y su abuela desarrollaron un estrecho vínculo espiritual. Doña Asun siempre adivinaba lo que necesitaba su querida Lenita, y entre ellas reinaba una comprensión mutua. Todos adoraban a la abuela Asunción, desde los vecinos hasta los profesores del colegio. Solía acudir a las reuniones escolares con una cesta de empanadillas: no era de recibo que los demás aguantaran el hambre, llegando cansados del trabajo. Nunca juzgaba ni cotilleaba, y muchos le pedían consejo. Lena se sentía feliz de tener una abuela así. En cambio, la vida amorosa de Lena no terminaba de cuajar. Entre los estudios, la universidad, el trabajo y siempre yendo de aquí para allá, los novios iban y venían, pero ninguno era el adecuado. La abuela Asunción se preocupaba: —Bueno, Alenita, ¿vas a estar toda la vida soltera? ¿No hay ningún chico decente por ahí? Si eres una preciosidad y tan lista… — Lena bromeaba, pero en el fondo sentía que ya era hora de formar una familia: al fin y al cabo, tenía treinta años. La abuela se fue de repente: una noche dejó de despertarse; el corazón se le paró mientras dormía. Lena estaba fuera de sí, no podía creérselo. Seguía yendo al trabajo, al súper, pero todo en modo automático. Ahora solo la esperaba en casa su gata, Misi. Lena se sentía muy sola. Un día, iba leyendo en el tren de cercanías cuando, frente a ella, se sentó un hombre de buen aspecto, unos cuarenta años, vestido impecablemente. Él la miraba y, por alguna razón, a Lena no le molestaba. Él inició conversación sobre libros, un tema que a ella le apasionaba. “Como en las películas,” pensó Lena. No quería terminar la charla, pero era su parada. Alex, así se llamaba él, la invitó a seguir conversando en una cafetería y Lena aceptó encantada. A partir de ahí comenzó un romance vertiginoso. Se llamaban y escribían a diario, aunque se veían menos porque él decía que tenía mucho trabajo. Ella sabía poco de su vida: Alex evitaba hablar de su pasado, su familia o su trabajo, pero a Lena no le importaba; por primera vez era feliz con un hombre. Un día, Alex la invitó a un restaurante en fin de semana, dejando claro que iba a ser algo especial: Lena comprendió que le iba a pedir matrimonio. Flotaba de felicidad. Por fin tendría marido, hijos, una familia como cualquier otra. Lástima que la abuela Asunción no viviese para verlo. Por la noche, mientras buscaba vestido en la aplicación de una tienda online, se quedó dormida. Soñó que la abuela entraba en la habitación con su vestido favorito, se sentaba en el sofá y acariciaba el pelo de Lena. Lena, sorprendida y feliz, preguntó: “Abu, si tú ya no estás… ¿cómo has venido aquí?” — “Alenita, nunca me he ido, siempre estoy contigo, te escucho y te veo aunque tú no me sientas. Quiero advertirte: no salgas más con ese hombre, no es bueno. Haz caso a tu abuela.” Dicho esto, la abuela desapareció. Lena despertó, confusa, sin saber si había sido un sueño. Sintió inquietud, pero continuó buscando el vestido. Los días pasaron y seguía dándole vueltas a las palabras de la abuela. Hasta ese momento nunca creía en sueños premonitorios, pero… ¿y si de verdad su abuela la estaba protegiendo? El sábado llegó y, sin un vestido nuevo, Lena se plantó en el restaurante. No tenía buen ánimo; Alex lo notó de inmediato, pero disimuló y trató de animarla. Al final de la cena, como en las películas, de rodillas le ofreció una cajita con un anillo. De repente a Lena le empezó a pitar la cabeza, se mareó, y en la ventana creyó ver a su abuela mirándola con atención. Entendió entonces la señal. — “Lo siento, Alex, no puedo.” — “¿Por qué, qué he hecho mal?” — “Nada… Simplemente, siempre he hecho caso a mi abuela.” Lena salió corriendo. Él la alcanzó fuera, furioso, y la agarró gritándole insultos. “¿Así que no quieres casarte conmigo? ¡Pues quédate sola con tu gata, a ver quién te aguanta, tía rara!”, y se marchó. Lena, conmocionada, reconoció al verdadero Alex. Al día siguiente fue con un antiguo compañero de clase, Andrés, ahora jefe de la policía judicial, y le pidió información sobre Alex. Al cabo de un día, Andrés la llamó: — “Nada bueno, Lena… El tal Alex es un estafador. Engaña a mujeres solas para casarse, poner pisos y créditos a su nombre, y luego las echa a la calle. Ya tiene varios antecedentes. Menos mal que te escapaste a tiempo.” ¡Menuda historia! ¿Cómo supo la abuela que era un mal tipo? Cosas de la vida… Gracias, abuelita, por cuidar de mí y protegerme del peligro. Lena compró comida para ella y comida para Misi, y volvió a casa con paso ligero, sabiendo que no estaba sola: su abuela seguía a su lado. Dicen que las almas de nuestros seres queridos nos cuidan desde el más allá, convertidas en ángeles de la guarda, protegiéndonos de males y desgracias… Ojalá sea verdad.
ABUELA ÁNGEL GUARDIÁN Lucía nunca llegó a conocer a sus padres. Su padre abandonó a su madre cuando estaba
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06
Pianista alemán tachó el son jarocho de “ruido sin técnica”… hasta que una joven veracruzana hizo llorar en el Teatro Principal de Veracruz durante la inauguración del Festival Internacional de Música Clásica
El Teatro Real de Madrid resplandecía bajo la luz cálida de la Gran Vía, engalanado para la apertura
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019
Grité por la ventana: —¡Mamá, qué haces tan temprano! ¡Te vas a congelar!— Ella se giró y me saludó con la pala: —Estoy esforzándome por vosotros, los perezosos.— Al día siguiente, mi madre ya no estaba… Sigo sin poder pasar tranquilamente por nuestro portal… Cada vez que veo aquel caminito, el corazón se me encoge, como si una mano invisible lo apretara. Aquella foto la hice yo el dos de enero… Caminaba, vi las huellas en la nieve, y me detuve. Sin saber por qué, las fotografié. Y ahora esa foto es lo único que me queda de aquellos días… Celebramos el Año Nuevo como siempre, toda la familia reunida. Mi madre ya estaba de pie desde primera hora el treinta y uno. Me desperté con el olor a filetes fritos y su voz en la cocina: —¡Hija, despierta! ¿Me ayudas a terminar las ensaladas? ¡Que tu padre otra vez se come todos los ingredientes cuando no miramos! Bajé aún en pijama, el pelo revuelto. Ella estaba en la cocina con su delantal favorito, el de los melocotones que le regalé siendo aún una cría. Me sonreía, las mejillas rojas por el calor del horno.— Mamá, déjame tomar el café primero… —me quejé. —¡El café después! ¡Primero la ensaladilla! —se rió y me lanzó un bol con verduras asadas—. Corta finito, como a mí me gusta. No como la última vez, que los trozos parecían dados de mus. Picábamos, charlábamos de todo un poco. Ella contaba cómo celebraban el Año Nuevo en su niñez, sin esas ensaladas extranjeras, solo con arenque bajo abrigo y mandarinas que su padre conseguía “por enchufe” en el trabajo. Al rato, papá llegó con el abeto para el salón. Enorme, casi tocando el techo. —Bueno, chicas, ¡aquí está la reina de la casa! —dijo orgulloso desde el recibidor. —Pero papá, ¿vas a talar un bosque cada año? —exclamé. Mamá salió, miró al árbol y se encogió de hombros: —Muy bonito, sí, pero ¿dónde lo metemos este año? El del año pasado era más humilde. Pero igual ayudó a adornarlo. Mi hermana Lera y yo íbamos colgando guirnaldas y mamá sacó las bolas viejas, las de mi infancia. Recuerdo cuando cogió ese angelito de cristal y me susurró: —Este te lo compré para tu primer Año Nuevo, ¿te acuerdas? —Sí, mamá, —mentí. En realidad, no me acordaba, pero asentí. Su rostro se iluminó porque pensó que sí… Mi hermano llegó al anochecer, como un vendaval, cargado con bolsas, regalos y botellas. —Mamá, ¡esta vez el cava sí que es bueno! ¡Nada de ese aguachirri del año pasado! —Ay, hijo mío, mientras no os durmáis en el sofá todos… —rió ella dándole un abrazo. A medianoche salimos al patio: papá y mi hermano tirando cohetes, Lera chillando de alegría y mamá abrazándome: —Mira, hija, qué bonito todo esto —me susurraba—. Qué buena vida tenemos… La rodeé con el brazo. —La mejor del mundo, mamá. Brindamos con cava a morro, reímos cuando un petardo casi se mete en el cobertizo del vecino. Mamá, alegre con la música de “Ya viene la Vieja”, bailaba en sus zapatillas de estar por casa y papá la cogió en brazos. Acabamos todos llorando de la risa. El uno de enero fue de pereza: mamá cocinando pelmeni y gelatina. —Mamá, para ya… ¡vamos a reventar! —protestaba yo. —Tenéis para toda la semana, que en España el Año Nuevo se festeja largo, —contestaba, quitándole importancia con la mano. El dos de enero madrugó, como siempre. Oí la puerta, miré por la ventana: ahí estaba, limpiando el caminito con la pala, con su viejo plumas y el pañuelo anudado a la cabeza. Todo medido: del portón al umbral, una veredita recta, estrecha, con la nieve apilada donde a ella le gustaba. Grité por la ventana: —¡Mamá, qué haces tan pronto! ¡Que te vas a congelar! Se volvió, saludó con la pala: —¡Luego os quejáis si vais saltando como cabras por los montones! Anda, pon el agua para el té. Sonreí y fui a la cocina. Volvió al rato, las mejillas encendidas, los ojos brillando. —Ya está, todo en orden —dijo con orgullo, sentándose a tomarse un café—. ¿A que ha quedado bien? —Sí, mamá. Gracias. Fue la última vez que oí su voz tan animada. La mañana del tres de enero se despertó y dijo bajito: —Niñas, me duele un poco el pecho. No mucho, pero es molesto. Me alarmé: —Mamá, ¿llamamos a urgencias? —Qué dices, hija. Es solo el cansancio, tanto trajín y cocina. Me tumbo un rato y se pasa. Se tumbó en el sofá, Lera y yo a su lado. Papá salió a por medicinas. Ella aún soltó una broma: —No me pongáis esa carita, que os entierro a todos. Pero palideció, se llevó la mano al pecho. —Ay… Qué mal… Muy mal… Llamamos a la ambulancia. Le sostenía la mano y le murmuraba: —Mamá, aguanta… todo va a ir bien… Me miró y susurró apenas: —Hija… os quiero tanto… No quiero despedirme… Los médicos llegaron rápido, pero ya no se podía hacer nada. Infarto fulminante. Todo pasó en minutos. Me quedé en el pasillo llorando, sin creerlo. Aún ayer bailabas bajo los fuegos artificiales, mamá… Casi arrastrándome, salí al patio. Apenas caía nieve. Y allí vi sus huellas. Pequeñas, rectas, iguales a siempre, del portón a la puerta y de vuelta. Me quedé mucho rato mirándolas. ¿Cómo puede ser, Dios mío, que quien ayer mismo caminaba y dejaba sus rastros, ya no esté? ¡Las huellas siguen, pero ella no! Quise pensar que aquel dos de enero salió una última vez para dejarnos el camino despejado. Para que pudiéramos seguir andando, aunque ya sin ella. No las barrí. Pedí a todos que las dejasen en paz. Que se queden hasta que la nieve las borre del todo. Es lo último que hizo por nosotros. Su cuidado estaba presente incluso cuando ya había partido. A la semana cayó una nevada enorme. Guardo aquella foto con sus últimas huellas. Y cada tres de enero la miro, luego contemplo el camino vacío junto a la casa. Y qué dolor, saber que debajo de esa nieve se esconden sus pasos. Esos pasos que aún intento seguir, año tras año…
¡Mamá, qué haces levantada tan temprano! ¡Vas a coger frío! grité desde la ventana. Ella se giró, me
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02
Una Invierno Mágico: Una Noche de Cuentos y Sorpresas
Querido diario, Esta madrugada de invierno desperté antes del alba. Salí de casa cuando la nieve caía
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010
— ¡Ludita, te has vuelto loca en la vejez! ¡Tus nietos ya van al colegio, ¿cómo que boda ahora?! — Estas palabras me soltó mi hermana cuando le conté que me casaba. Pero, ¿para qué esperar más? En una semana Toli y yo firmamos, tengo que decírselo a mi hermana, pensaba. Por supuesto, ella no vendrá a la ceremonia; vivimos en extremos opuestos del país. Ni pensamos organizar un fiestón con gritos de “¡que se besen!” a los sesenta años. Será una boda tranquila y una celebración a solas. Podríamos no casarnos, pero Toli insiste. Todo un caballero: me abre la puerta del portal, me ayuda a bajar del coche, me sujeta el abrigo. No acepta vivir sin el sello en el libro de familia. Me lo dijo claro: “¿Qué soy, un chaval? Quiero algo serio”. Y para mí, Toli es un chaval, aunque tenga canas. En el trabajo le respetan, le llaman don Anatolio, es serio y formal. Pero cuando me ve, se le olvidan veinte años y me arremolina en plena calle. Yo, feliz pero cohibida: “Que la gente mira, Toli, nos van a señalar”. Y él: “¿Qué gente? Si sólo te veo a ti”. Y es cierto: cuando estamos juntos, parece que el mundo desaparece. Pero aún tengo una hermana a la que contárselo. Temía que Tania me juzgara igual que otros, pero yo necesitaba su apoyo más que nada. Al final me atreví y la llamé. — Luditaaa —me soltó, medio atónita al escuchar que iba a pasar por el altar—. ¡Si hace sólo un año que enterraste a Paco y ya tienes sustituto! Yo sabía que la noticia la dejaría muda, pero no esperaba que la indignación viniera por mi marido fallecido. — Lo sé, Tania —la interrumpí—. Pero dime, ¿quién pone el plazo para volver a ser feliz sin que te juzguen? Dame un número. ¿Cuánto hay que esperar para que no me critiquen? Tania se quedó pensando: — Hombre, por lo menos cinco años de luto por dignidad. — O sea, tendría que decirle a Toli: “Vuelve en cinco años, que ahora toca sufrir”. Tania se quedó callada. — Y, ¿eso para qué? —seguí—. ¿Crees que en cinco años no habrá quien hable mal? Siempre habrá lenguas largas, pero te digo, me dan igual. Tu opinión sí cuenta: si insistes, cancelo la boda. — No quiero ser la mala. Casaos cuando queráis, pero yo ni te entiendo ni te apoyo. Siempre fuiste a tu aire, pero pensaba que con los años te centrarías. De verdad, por respeto, espera al menos un año más. Yo no me rendí. — ¿Y si sólo nos queda un año de vida? ¿Nos lo vamos a perder? Tania suspiró, casi sollozando. — Haz lo que quieras. Entiendo que quieras ser feliz, pero has tenido una vida plena… Me reí. — ¿En serio, Tania? ¿Tú también creías que yo era tan feliz todos esos años? Yo misma lo pensaba. Hasta ahora no he entendido lo que es realmente disfrutar la vida. Paco era buen hombre; criamos dos hijas, ahora tengo cinco nietos. Siempre repetía: lo primero, la familia. Yo nunca discutí. Primero trabajamos para la familia, luego para los hijos, luego para los nietos. Viendo mi vida, era una carrera sin pausa. Cuando mi hija mayor se casó, ya teníamos casita en el campo, pero Paco quiso criar animales para los nietos. Alquilamos una hectárea y nos pusimos al yugo durante años. Nos acostábamos pasada la medianoche y a las cinco en pie. Todo el año en el campo, la ciudad sólo para gestiones. A duras penas podía llamar a mis amigas, unas iban con la nieta a la playa, otras con el marido al teatro. Yo ni al teatro ni al súper podía ir. A veces, sin pan días enteros porque los animales no nos dejaban ni respirar. Sólo nos animaba saber que los hijos y nietos estaban bien. Gracias a nuestra finca, una hija cambió de coche, la otra arregló el piso. Así que al menos todo el sacrificio sirvió de algo. Recuerdo que una amiga me visitó y me dijo: — Ludita, casi no te reconozco. Pensé que aquí recargabas pilas, pero pareces agotada. ¿Por qué te machacas así? — Hay que ayudar a los hijos —respondí. — Son adultos, apáñatelas tú, vive para ti. Entonces no entendí qué significaba “vivir para mí”. Ahora sí: dormir lo que quiero, pasear por tiendas, cine, piscina, esquiar, nadie sufre por ello. Los hijos no se han arruinado, los nietos no pasan hambre. Y, lo mejor, he aprendido a mirar la vida diferente. Antes, recogiendo hojas en el campo, me enfadaba por tanto trabajo, ahora juego con ellas por el parque y me hace ilusión como a una niña. Me encanta la lluvia, porque ya no tengo que correr tras las cabras, ahora la miro desde la cafetería. Me maravillo con las nubes, con un paseo por la nieve. ¡Qué bonito es nuestro pueblo y yo sin verlo! Todo eso me lo ha enseñado Toli. Tras la muerte de Paco, vagaba perdida. Todo fue de repente: un infarto, Paco murió antes de llegar los sanitarios. Los hijos vendieron todo y me trajeron al pueblo. Los primeros días me levantaba a las cinco por costumbre, sin saber a dónde ir. Entonces apareció Toli. Era vecino y amigo del yerno, ayudaba a cargar las cosas del campo. Me confesó que al principio sólo me compadecía, vio a una mujer apagada y triste, pero supo que sólo necesitaba despertar. Me sacó al parque, nos sentamos en el banco, me compró un helado, luego fuimos al estanque a ver patos. En la finca tenía patos, pero nunca tuve tiempo de observarlos. ¡Y son tan divertidos! Chapotean, bucean, se tiran el pan… Le dije: — Ni me creo que se pueda mirar patos así, sin prisas. Los míos era cebarlos y limpiar, limpiar y cebar. Toli sonrió, me cogió la mano: — Espera, que esto es solo el principio. Vas a renacer. Tenía razón. Como una chiquilla, cada día descubría el mundo de nuevo. Hasta que un día supe que ya no podía estar sin él, sin su voz, su alegría, su roce. Y así, todo era real, y no quiero vivir de otra manera. Mis hijas no aceptaron la relación. Decían que traicionaba la memoria de su padre. Me dolía, me sentía culpable. Los hijos de Toli, en cambio, encantados: ahora sabían que su padre estaba atendido. Solo faltaba contárselo a mi hermana. Y ese momento lo retrasaba. — ¿Y cuándo es la boda? —preguntó Tania tras una larga charla. — Este viernes. — ¿Qué te voy a decir? Suerte en el amor, aunque sea a la vejez. —Y colgó. El viernes, Toli y yo compramos unos dulces, nos pusimos elegantes y cogimos taxi al registro. Y allí, ante el registro, me quedé de piedra: estaban mis hijas con yernos y nietos, los hijos de Toli, ¡y mi hermana! Tania con un ramo de rosas blancas, sonriéndome entre lágrimas: — ¡Tania! ¿Has venido por mí? —no podía creerlo. — Tendré que ver a quién te entrego, ¿no? —rió. Se ve que días antes lo organizaron todo, reservando mesa en un bar. Hace poco celebramos un año de casados. Ahora Toli es uno más en la familia. Y yo todavía no creo todo lo que estoy viviendo: estoy tan indecentemente feliz, que temo que se esfume.
¡Lucía, estás perdiendo el juicio en tu vejez! ¡Si ya tienes nietos en el colegio, ¿cómo que boda ahora?
MagistrUm
Es interesante
087
La Pardilla Todos consideraban a Ana una pardilla. Llevaba quince años casada. Tenían dos hijos: Alicia, de catorce años, y Sergio, de siete. Su marido le era infiel casi descaradamente. La primera vez le puso los cuernos fue al segundo día de la boda, con una camarera. Después, perdió la cuenta de las veces. Las amigas intentaban abrirle los ojos, pero ella solo sonreía y callaba. Ana trabajaba de contable en una fábrica de juguetes infantiles. Según sus propias palabras, el sueldo era ridículo y el trabajo, infinito; hasta los fines de semana tenía que currar. Entre los cierres trimestrales y anuales, a veces ni volvía a dormir a casa. El marido cobraba muy bien, pero como ama de casa, Ana tampoco daba la talla. Por mucho dinero que le diera, nunca alcanzaba para llenar la nevera: siempre estaba vacía y, en el mejor de los casos, había sopa y macarrones con filetes rusos. Así seguían. Todos se asombraban al ver a Valerio con una nueva amante. También solía llegar a casa “más seco que la mojama”. — Vaya lerda que es Ana, no entiendo cómo aguanta a ese golfo. El día que Sergio cumplió diez años, el marido llegó y anunció que quería divorciarse. Que estaba enamorado y la familia ya no le servía. — Ana, no te enfades, pero me separo. Eres más fría que el hielo. Si al menos fueras buena en casa, pero ni eso. — Bien, acepto el divorcio. A Valerio casi le da un pasmo: esperaba drama, lágrimas e histeria, no esa tranquilidad. — Vale, entonces haz las maletas que no te molesto. Cuando vuelva mañana, deja tu llave bajo la alfombra. Ana le miró en silencio y con una sonrisa sospechosa. A Valerio se le hizo raro, pero lo olvidó al soñar con su nueva vida, sin hijos ni la esposa plasta. Al día siguiente, llegó con su nueva pasión bajo el brazo. Buscó la llave bajo la alfombra, pero nada. Mal empezamos. — Bueno, cambio la cerradura y en paz… Intentó abrir con su llave, pero no encajaba. Llamó al timbre. Abrió la puerta un hombre grande, vestido con bata y zapatillas. — ¿Tú qué quieres, chaval? — Esta es mi casa —contestó Valerio, inseguro. — Si tienes papeles, enséñalos. No llevaba encima los papeles de la vivienda y no le dejaron entrar. Se acordó del DNI; ahí tendría el domicilio. Lo mostró. El hombre lo ojeó y se lo devolvió con mueca de sonrisa. — ¿Hace cuánto no miras tu libreta? Valerio abrió el DNI y vio dos sellos: uno de inscripción y otro de baja, de hacía dos años. ¿Cómo podía ser? No discutió con el tiarrón. Llamó a su mujer, pero no estaba localizable. Decidió esperar fuera. Otra decepción: resulta que hacía un año que Ana no trabajaba allí. La hija estudiaba en el extranjero y el hijo habría de estar en el cole… Tampoco. Sergio había cambiado de colegio el año anterior y, si el padre no lo sabía, no podían decirle nada. Hundido, se sentó en un banco, hecho polvo. ¿Cómo lo había logrado? Su ex, la mosquita muerta, y de pronto todo esto… ¿Cómo pudo vender la casa? Bueno, lo aclararía en el juzgado. En una semana sería el divorcio. Llegó furioso y dispuesto a desenmascarar a la estafadora y recuperar lo suyo. Y sí, el juez lo dejó claro: dos años atrás, mientras cortejaba a Elisa, una mujer despampanante, firmó un poder general a favor de su esposa, aconsejado por un abogado para unos papeles de la hija. Así, se quedó sin nada. Solo y en la calle. Y, para colmo, al enterarse de que ya no tenía casa, Elisa desapareció. — Bueno, que me pida la pensión. Ni de broma, por ahí no paso. Pero nuevo chasco: en vez de pensión, recibió una citación para impugnar la paternidad. Resultó que los dos hijos de Ana eran de otro hombre. El día de la boda, Ana había visto a su marido liándosela con la camarera. Sufrió un cortocircuito. Y juró venganza, pero a su estilo. Lo primero, ponerle los cuernos; después, ahorrar: todo el dinero que el marido daba para la casa, ella lo guardaba. En casa no había de nada, pero los niños comían y vestían en casa de la abuela. Su madre intentó disuadirla: — La venganza te va a destruir y a los niños también. Pero Ana, obsesionada, cumplió su objetivo. Confirmó con pruebas de ADN lo que ya sabía de sobra. A Valerio le dolió más este golpe bajo que perder el piso. Tened miedo a las mujeres agraviadas; enfurecidas, son capaces de todo.
DIARIO DE UNA TONTA Siempre me han considerado una tonta. Llevo quince años casada con mi marido, Álvaro.
MagistrUm