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03
Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida empezaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueó tan bruscamente que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía. Después, corrió hacia su hija, luchando por no dejarse vencer por el temblor. Lera comenzó a ahogarse con espuma y la respiración se entrecortó, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca: los dedos le resbalaban, no le obedecían, pero al final lo consiguió. De repente, la niña se quedó inerte y perdió el conocimiento. Cinco o diez minutos — nadie podría haberlo dicho con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino en los latidos del corazón de Irene, que retumbaban en sus sienes. Vigilaba que la lengua no le cortara el aire, sujetaba la cabeza de Lera cuando las convulsiones zarandeaban su frágil cuerpo peor que una descarga eléctrica. Irene no veía nada más que un único objetivo: Lera tenía que volver a respirar. Lera tenía que regresar. Gritaba — a la cocina, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba al teléfono de emergencias 112 el nombre de su hija con tal desesperación que parecía que aquel grito fuera lo que la mantenía con vida. Al llamar a Max, Irene, llorando y sollozando, sólo fue capaz de musitar: — Lera… Lera casi se muere… Pero al otro lado de la línea, Max entendió otra cosa — una palabra breve y terrible: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo que sintió como si le clavaran un cuchillo al rojo vivo. Las piernas le fallaron y, en silencio, se dejó resbalar del sillón al suelo, como alguien a quien de pronto se le hubieran acabado las fuerzas, los pensamientos, el futuro… Intentaron levantarle, ayudarle a ponerse en pie, pero el cuerpo no respondía. Alguien le ofrecía gotas, otro agua, alguien le acariciaba la espalda — todos decían palabras de consuelo, pero las frases chocaban contra su desesperación como las olas contra un malecón. Max no conseguía controlarse. Los dedos le temblaban, el vaso le castañeteaba en los dientes y sólo salían de su garganta sonidos quebrados, como de una máquina rota: — M-m-muer… ta… L–Le-ra… m-muerta… Los labios blancos, la respiración entrecortada, las manos ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, le agarró por los brazos y prácticamente le arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de un portazo que hizo retumbar el interior del coche. — ¿Dónde? ¿Adónde vamos? — gritaba, intentando lograr que Max recobrara el sentido. Él permanecía sentado, ciego, con los ojos abiertos sin comprender. Pasaron unos segundos sin ni siquiera parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. — Al hospital infantil… municipal… — balbuceó al fin Max, cada palabra atravesada de dolor, de miedo, de una angustia que desgarraba la garganta. El hospital estaba lejos — demasiado lejos para alguien que acaba de oír la peor palabra de su vida. Don Víctor pisó a fondo, el todoterreno zigzagueaba de carril en carril y los semáforos se convertían en manchas absurdas. Rojo, verde — ¡qué más daba! Una vez, en un cruce, de pronto un Jeep negro apareció a su lado, como surgido de la nada. Estuvieron a centímetros del impacto. Don Víctor giró el volante y el coche derrapó de lado, los neumáticos chirriaron, saltaron chispas bajo el freno. El otro Jeep pasó rozando, dejó olor a goma quemada y la sensación de que la muerte acababa de pasar a su lado, rozándolos apenas. Max ni lo percibió. Las lágrimas le corrían sin freno. Encogido, apretaba el puño contra los labios para no romperse a llorar a gritos. Y, de pronto… un destello. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lera tiene tres años. Padece una angina tan fuerte que el termómetro muestra cifras que helarían la sangre a cualquiera. La ambulancia le pone una inyección y recomienda supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, está de pie en la cama, toda caliente y empapada en lágrimas. Irene lleva media hora convenciéndola. Lera solloza, se frota los ojos con los puños y, por fin, se rinde y dice triste: — Vale, ponlo… ¡pero no lo enciendas! Max casi se sentó en el suelo de la risa. Hacía un par de días habían ido a la iglesia, y la niña se acordaba de que allí se encienden las velas… Don Víctor sacó el coche a la avenida — larga, bajo las luces de la tarde, fría como una hoja de cuchillo. Y el recuerdo golpeó de nuevo, atizando otra imagen. Unas semanas después, Lera trepa hasta lo alto del gigantesco armario. La monita traviesa — ágil, desobediente. Se encarama casi hasta el techo y desde allí chilla orgullosa. El armario empieza a inclinarse, lento, amenazante. ¡Pum! El mueble cae y el estruendo sacude la casa. Irene grita, Max corre, pero ya es tarde. Lera sobrevivió. Moratones, llanto, susto y una chocolatina enorme con la que intentaron consolar sus lágrimas. Al ver el chocolate, Lera se animó — como si accionaran un interruptor invisible. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó: — ¿Puedo dos de golpe? El chocolate era su botón de felicidad de emergencia. Max pensó entonces que si hubiera chocolate en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna. Más tarde… Silencio en casa, la lámpara encendida suavemente. Irene dice: — Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lera, seria como nunca, pregunta: — ¿En el culo, o qué? Irene se tapó la cara con las manos y Lera les miraba con esa expresión: «A ver si os aclaráis, que no entiendo de qué os reís». Y ahora, en el coche, aquella frase absurda le atravesó el corazón. Porque en esas cosas tan de ella estaba lo esencial de la vida. Su vida. Don Víctor logró llevar a Max hasta el hospital. Pararon en seco, como si el coche temiera perder un solo segundo. — Lera está viva — fue lo primero que escuchó Max —, la han llevado enseguida a reanimación, y los médicos no han dicho nada en horas. Dejaron pasar a Irene. Max sólo podía esperar y rezar… ——— Era la una de la madrugada — esa hora en que el mundo entero parece estancado y solitario. Max levantó la cabeza y buscó con la mirada la ventana del segundo piso en la que su pequeña se debatía entre la vida y la muerte. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Estaba inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija a través del cristal, justo hacia él. Sin gestos, sin suspiros, sin intentar buscar el móvil. Él la saludó, como si pudiera espantar el miedo común con la mano. Llamó — ella no atendió. Sólo miraba, como una sombra, como un fantasma del amor temeroso de desaparecer si se mueve. Y entonces sonó el teléfono. Seco, corto. Sólo dijeron: — Pase. Y colgaron. El terror se volvió tan denso que el aire se hizo jarabe. Intentó levantarse y las piernas no le respondían. El cuerpo se negaba a moverse, como si la tierra quisiera sujetarle para no dejarle entrar y escuchar la peor de las noticias. Sabía que tenía que ir, pero el miedo lo paralizaba. En ese momento salió una enfermera. Joven, agotada, con zuecos blandos y gastados. Se acercó a él. Max la miraba y por dentro todo se derrumbó. Todo. Fin. Ya está, ahora lo dice. La enfermera llegó, se inclinó un poco y le habló claro, con esa voz que pronuncia sentencias, pero de las buenas: — Vivirá. Ya pasó la crisis… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, se sintió ajeno, sin fuerzas, como si la boca no fuera suya. Estaba sentado, intentando decir al menos un «gracias», un «Dios mío», o al menos soltar el aire. Pero sólo le tiritaban las comisuras de la boca, las manos, y por las mejillas le rodaban lágrimas calientes, vivas. ——— Después de aquella noche, para Max muchas cosas dejaron de importar. Ya no temía perder el trabajo. No temía parecer ridículo, absurdo, perdido. Sólo le sostenía de verdad el recuerdo de aquella noche. De cómo el mundo puede pararse en un solo segundo. De cuán fácil puede desaparecer un ser querido, por quien serías capaz de mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si el mundo de antes y el de después los separara una línea fina de miedo. Todos los demás temores se desvanecieron, como el ruido que no sirve de nada antes de la verdadera quietud.
Lo más importante Fue una noche de hace muchos años cuando la fiebre de Leonor subió como un incendio.
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014
La tarjeta se la pidió Pablo un miércoles, durante el desayuno. Voz calmada—preocupada, pero sin dramas. —Carmen, el pago de la empresa es urgente, me han bloqueado la tarjeta, solo por dos días, hazme el favor. Me limpié las manos en el delantal, saqué la tarjeta de la cartera. Pablo la cogió rápido, como temiendo que me arrepintiese, y me besó en la coronilla. —Gracias, cariño, como siempre me sacas de apuros. Veinte años de matrimonio me enseñaron a no hacer preguntas de más. Confiaba. O hacía como que sí. El viernes por la noche, mientras planchaba la ropa de cama, oí cómo Pablo hablaba por teléfono en la otra habitación. La puerta entreabierta. Voz animada, nada que ver con la que usa conmigo. —Mamá, no te preocupes, todo bajo control. Restaurante reservado, mesa para seis, el menú genial, cócteles, cava, como te gusta. No, ella no sabe nada. ¿Para qué? Dije que lo celebraríamos en casa, en petit comité. La plancha se detuvo en mi mano. —Mi mujer ingenua ni lo sospecha. Una provinciana, mamá, acuérdate, de un pueblecito viene. Veinte años en Madrid y sigue siendo de campo. Sí, pago con su tarjeta, claro. La mía, bloqueada. Pero menudo festín en la “Costa de Diamante”. Ni se acercará, no te preocupes. Que se quede en casa viendo la tele. Apagué la plancha. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago. No me temblaban las manos. Por dentro todo era vacío y frío, como si alguien hubiese vaciado mi alma. Terrazas, jardines y patios Mujer ingenua… Provinciana… Su tarjeta… Dejé el vaso en el fregadero y miré por la ventana. Fuera, anochecía. Quizá tenía razón. Tal vez sí soy tan simple y confiada como un ratón. Solo que los ratones, cuando los arrinconan, muerden. Por la mañana del sábado bloqueé la tarjeta. Le dije al banco que la había perdido y temía que alguien la usara. Salí del banco y fui al otro extremo de la ciudad, al barrio donde viví de joven. Basilio abrió la puerta en zapatillas, con las cejas en alto. —¿Carmen? ¡Cuántos años! Pasa, mujer, no te quedes ahí. Nos sentamos en su cocina, tomamos té. Le conté todo. Breve, sin adornos. Él escuchó sin interrumpir. —Entiendo —dijo—. Mira, Carmen, tú me salvaste la familia aquella vez, ¿te acuerdas? Cuando mi padre no tenía trabajo, trajiste un saco de patatas y dijiste que te sobraba. Ya sabíamos que diste lo último. Ahora es mi turno. La celebración es el lunes por la noche, ¿no? A las nueve empieza el banquete. Te llamo cuando pidan la cuenta. Entonces entras. Hablo con el camarero. El lunes por la noche me puse el vestido. El burdeos, que cosí hace tres años y nunca estrené—nunca hubo ocasión. Me peiné, me maquillé. Me miré al espejo. No era un ratón… El móvil sonó a las diez y media. Basilio. —Ven. Ya han pedido la cuenta. Enseguida intentarán pagar con tu tarjeta. El taxi me dejó en veinte minutos. El restaurante relucía con sus cristales, todo lujo. Basilio me recibió en el vestíbulo, señalando el salón. Productos Restaurantes —Tercera mesa junto a la ventana. Entré. Salón lleno de risas y copas tintineando. Caminé despacio entre las mesas y allí estaban. Pablo presidía la mesa, Tamara en su traje marrón, su hermana Marina con el marido. Platos vacíos, copas, restos de postre. El camarero trajo la cuenta en una bandeja. Pablo ni miró el total, sacó mi tarjeta y la dejó con aires de gran señor. Terrazas, jardines y patios —Un servicio estupendo —proclamó, mirando la mesa—. Mamá, te dije que te iba a dar una fiesta de verdad. Nada cutre, como una reina. Tamara asentía, tocándose el peinado. —Hijo, qué arte tienes. Así da gusto celebrar. No como otras, que solo saben coser y estar en un rincón. Marina soltó una risita. Pablo sonreía, satisfecho. —Ya sabes, mamá. Lo mejor para ti. Menos mal que tengo estas posibilidades. El camarero pasó la tarjeta. Una vez. Dos. Miró la pantalla, se enfadó. Volvió a la mesa. Terrazas, jardines y patios —Perdone, la tarjeta no pasa. Está bloqueada. Pablo palideció. —¿Cómo que bloqueada? Imposible. Pruébelo otra vez. —Ya lo he hecho tres veces. Tarjeta inválida. Me acerqué a la mesa. Tamara me vio la primera. Se quedó de piedra. —¿Carmen? —balbuceó Pablo, levantándose. —Tú… ¿qué haces aquí? Le miré con mucha calma. —He venido a tu fiesta. Esa que pagabas con mi dinero. Sin mí. Un silencio mortal. Se oían las copas de la mesa de al lado. —Carmen, escucha, esto es un malentendido —intentó Pablo, tendiéndome la mano, pero me aparté. —No es un malentendido, Pablo. Es una mentira. Oí toda tu conversación con tu madre el viernes. Cada palabra. Sobre la mujer de pueblo. Sobre la paleta. Sobre que ni sospecharía nada, mientras vosotros os pegabais el festín. Marina miraba su plato. Tamara se aferraba a la servilleta. —¿Me espiabas? —protestó Pablo— ¿Me estás vigilando? —Estaba planchando sábanas y tú gritabas, presumiendo de lo bien que me habías engañado. Quedaste de oro con tu madre y te reías de cómo tu mujer se fiaba. Eso no es espiar, Pablo. Es que no te molestaste ni en disimular. Pensabas que el ratón no muerde. Pablo intentó recomponerse. —Vale, he metido la pata, lo reconozco. Pero, ¿podemos no hacerlo aquí? Vamos a casa y lo hablamos. —No, lo hablamos aquí. Bloqueé la tarjeta el sábado. Avisé al banco de que la robaron. Porque la tomaste engañándome, para una fiesta de la que ni sabía. Así que ahora, querido, te toca pagar. En efectivo. Basilio se acercó, cruzando los brazos. Terrazas, jardines y patios —Si hay problemas con la cuenta, tendré que avisar a la policía. Hay que pagar. La cara de Pablo pasó de blanca a roja, luego morada. —Carmen, ¿te das cuenta de lo que me haces? ¡Me dejas en ridículo! —¿Yo? —sonreí—. Tú mismo lo has hecho, Pablo. Eligiendo que tu mujer “de pueblo” ni merecía la verdad. Tamara se levantó, señalándome con el dedo. —¿Cómo te atreves a contestarle así? ¡Eres una don nadie! ¡Sin él no eres nada! La miré en silencio, y al rato le contesté, despacio: —Puede. Pero ahora, ya no tengo que fingir. Y eso es mejor que ser una ingenua toda la vida. Durante veinte minutos anduvieron contando monedas. Pablo vació la cartera, Tamara el bolso, Marina y su marido los bolsillos. Sumaban en la mesa, cuchicheando, buscando suelto. El camarero, cara de piedra. El resto, mirando. Me quedé cerca, viendo cómo se desmoronaba toda la fachada, el teatro y la mentira. Cuando reunieron el dinero, saqué el sobre del bolso y lo dejé ante Pablo. —Solicitud de divorcio. Léelo en casa. Me di la vuelta y me fui al vestíbulo. Espalda recta, paso firme. Basilio abrió la puerta y susurró: —Eres una valiente, Carmen. La noche madrileña me recibió con una brisa fría y, por dentro, algo cálido y ligero. Libertad. El divorcio salió tres meses después. Pablo llamó, pidió perdón, pero no contesté. Me quedé con la mitad del piso. Pablo volvió a llamar, al año. —Carmen, me equivoqué. Mi madre vive conmigo, no para de darme la lata, perdí el trabajo. ¿Podemos volver a intentarlo? —No, Pablo. Colgué. Y no pensé más en él. A veces recuerdo aquella noche en el restaurante. Caminando entre las mesas, mirando a Pablo, dejando el sobre sobre la mesa. Y me doy cuenta—no fue el final. Fue el principio. Restaurantes Hace poco me crucé con Marina, su hermana, en el supermercado. Se dio la vuelta. No la llamé. ¿Para qué? Vivimos en mundos distintos. Productos Ayer vino Basilio. —Bueno, Carmen, ¿te arrepientes? Miré por la ventana. Afuera, primavera, sol, vida. —Ni un segundo, Basilio. Él asintió. —Así debe ser. Terrazas, jardines y patios —Solo se lamenta uno de lo que no hace. No de lo que hizo.
La tarjeta me la pidió Pablo un miércoles, mientras desayunábamos. La voz era la correcta: un poco preocupado
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052
La nuera de toda la vida —Mamá, me caso con Emilia. En tres meses tendremos un hijo—, mi hijo me dejó sin palabras. No me sorprendió mucho la noticia, ya que conocía a Emilia de antes. Lo que me inquietaba era su juventud: aún no había cumplido los dieciocho, y mi hijo ni siquiera había ido al servicio militar. Dos niños pidiendo boda y un bebé en camino. Costó encontrarle un vestido de novia a Emilia, pues el embarazo de siete meses era evidente. Tras la boda, los recién casados se quedaron a vivir con los padres de Emilia, pero mi hijo venía cada semana a casa. Se encerraba en su cuarto y pedía no ser molestado. Como madre, aquello me preocupaba. …Llamé a Emilia. —¿Todo bien con Román? —Claro, ¿por qué? —respondió mi nuera, tranquila como un lago. —Emilia, ¿sabes dónde está ahora tu marido? —insistí. —Galina Yurievna, atienda a sus cosas. Nosotros ya nos las arreglaremos sin usted —fue la primera, y ni mucho menos la última, vez que me hablaba de esa manera. —Perdona por robarte tiempo —me despedí y colgué. Soy una persona tranquila, así que no quise meterme. Que resolvieran sus líos. …Al poco nació Varvara, nombre que no me gustaba nada, así que yo la llamaba Baśia. A mi hijo lo llamaron a filas y yo visité a la pequeña todo el servicio. Siempre veía lo guapa que se ponía Emilia: era una belleza, quizá demasiado. Me daba mala espina, con todos los peligros de la universidad, y temía que mi hijo no tuviera sitio a su regreso. No era bienvenida en casa de Emilia. Cuando iba, me entregaba enseguida el carrito y me mandaba a pasear con Baśia, deseando perderme de vista. Me ofendían hasta sus miradas. Sabía lo que valía y lo dejaba claro. Yo solo deseaba irme pronto. …Al volver Román del servicio, parecía que todo marchaba. Baśia creció, Emilia era una ama de casa ejemplar y los dos iban de la mano. Quince años de armonía. …Hasta que Emilia cambió. Empezaron los amantes, muchos. Ella ni intentaba ocultarlo, y Román aguantó tres años por amor. Sufría, pero no dejaba a Emilia. Yo nunca le hablé de moral: sinceramente, temía a mi nuera. Su mirada me helaba la sangre. —¿Qué pasa con Emilia, hijo? —pregunté. —Tranquila, mamá, se solucionará —me dijo Román. Nunca le conté mis charlas con Emilia. Lo que fuera, sería. …Se divorciaron y Baśia se quedó con su madre. Román se lanzó al desenfreno. Pasaba de una mujer a otra, morenas, rubias, pelirrojas. Emilia se casó enseguida, cosa que me contó Román llorando. La siguiente esposa fue Juana: menuda, enérgica, mandona. Román tenía 35, Juana 40. Ella le marcó el territorio: matrimonio oficial, un piso para su hija, y que no le faltara de nada. A diferencia de Emilia, Juana quería ser mi amiga y me llamaba por mi nombre. No me convencía esa confianza. No me iba con ella y sus regalos nunca los usé. Juana sonreía forzada, hablaba sin sinceridad y, desde luego, no amaba a mi hijo. Solo era una “buscadora de posiciones”, siempre exigente y calculadora. Emilia me gritaba, pero al menos era honesta y le quería. Juana ni cocina: todo lo compra hecho. Cuando le sugerí que preparara sopa para Román, respondió: —Gala, no me des lecciones, que yo ya me las sé todas. Sus amigas, lo mismo: saunas caras, cafés, tiendas. Si algo le molesta, monta un drama monumental. No soporto a esta esposa. No entiendo cómo Román aguanta. …Echo de menos a la eficiente Emilia, sus platos exquisitos y su energía incansable. ¿Por qué rompió mi hijo aquella felicidad? Él mismo perdió a una gran mujer. Menos mal que Baśia no me olvida. Para mí, Emilia sigue siendo mi verdadera nuera, aunque sea la ex. Solo reconocemos el valor de lo perdido. Juana es solo la nuera de repuesto. Lo siento por mi hijo. Estoy convencida de que en su corazón, Emilia sigue viva. Pero ese camino ya está cerrado…
NUERA DE MI PROPIA SANGRE Mamá, voy a casarme con Lucía. Dentro de tres meses vamos a tener un hijo mi
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011
El camarero se acercó corriendo y ofreció llevarse al gatito, pero un hombre de casi dos metros lo tomó entre sus brazos, lo sentó en la silla de al lado y exclamó: — ¡Un plato para mi amigo felino! ¡Y la mejor carne para él! — Nos pondremos algo atrevido, como las jóvenes ninfas, y nos vamos al restaurante más exclusivo de Madrid. Para lucirnos y evaluar a los caballeros… Así, con seguridad, lo propuso una de las tres amigas: directora de un prestigioso y costoso colegio privado madrileño. Su oficio le exigía elocuencia, y tenía siempre las palabras justas a mano. Estas “ninfas” rondaban los treinta y cinco, la edad perfecta —según ellas— para lucir minifaldas y blusas que realzaban más que ocultaban. Escotes pronunciados, maquillaje impecable: el equipamiento completo para la batalla social. Eligieron el restaurante acorde: glamuroso, de renombre, carísimo. Sin problema podían permitírselo. Reservaron mesa, se acomodaron y de inmediato empezaron a captar las miradas admiradas de los hombres y las de claro disgusto de sus acompañantes. Como es habitual, la conversación giraba en torno a lo más importante: los hombres. Discutían sueños, expectativas y requisitos propios. Cada una buscaba su ideal: alto, atlético, seductor y, por supuesto, adinerado. Que las consintiera, cumpliera caprichos, no las aburriera con charlas insulsas ni exigiera tareas domésticas. Si además era de sangre noble, perfecto. — Pero no como esos… Las amigas se miraron y señalaron a tres hombres divertidos y algo entrados en carnes, con entradas en la cabeza. En su mesa había cervezas, patatas y una montaña de chuletas; la conversación giraba en torno al fútbol y la pesca. Las risas eran francas y sonoras. — Horroroso. — Qué vulgaridad. — Vaya… Unánime veredicto: descuidados, rústicos, sin nada de nobleza, totalmente inapropiados para unas damas tan sofisticadas. Y entonces algo cambió el tono de la noche. Apareció Él: un hombre llegado en su Ferrari rojo último modelo. — ¡Conde Covarrubias de Alcántara! — anunció solemnemente el maître. Las amigas se tensaron al instante, como cazadoras siguiendo una presa. Alto, fibroso, con cabello canoso distinguido, traje impecable evidentemente carísimo, gemelos de diamantes y una camisa blanca deslumbrante: la imagen de la elegancia. — Ah… — Impresionante… — Mmm… Los escotes se inclinaron aún más, las miradas se tornaron seductoras. — Así se ve un caballero — susurró una. — Conde, guapo y millonario — añadió la otra. — Yo siempre soñé con Bahamas… desde niña. La tercera no dijo nada, pero sus ojos lo contaban todo. Antes de diez minutos, las damas fueron invitadas a la mesa del conde. Caminaban con altivez, despreciando al resto de los comensales, sobre todo al trío cervecero. El conde era cortés, sabía conversar, hablaba de su antiguo linaje, castillos familiares y colecciones de arte. La tensión entre las amigas se disparaba —sabían que solo una sería invitada a continuar la velada. La comida sirvió de pausa: bogavantes, mariscos y vino antiguo muy selecto. Las damas comían echando miradas intensas al conde y fantaseando ya con algo más allá del restaurante. Estaban radiantes. El conde también brillaba: contaba bromas, anécdotas de la alta sociedad, y a las amigas ya no les importaba dónde irían después de la cena. El restaurante tenía un pequeño jardín. El aroma del comedor era tan delicioso que llegó hasta allí y pronto apareció —más bien, salió— un gatito gris, flaco y hambriento. Se coló entre las mesas y se sentó a los pies del conde, buscando calor y atención. Pero no obtuvo nada. El rostro del conde se torció de asco. Sin titubear, apartó al gatito de una patada. El animalito voló unos metros y fue a dar bajo la mesa de los tres hombres. El silencio reinó. — Odio a esos bichos callejeros y sin raza — sentenció el conde. — En mi palacio solo hay galgos y los mejores caballos. El camarero intentó mediar: — Disculpe, lo arreglaremos de inmediato… Se dirigió a la mesa “cervecera”, pero uno de los hombres ya se había puesto de pie. Era enorme, casi dos metros, con el rostro encendido y el puño apretado. Sus amigos trataron de sujetarlo. Sin decir palabra, el gigante alzó al gatito y lo sentó en su silla. — ¡Un plato para mi amigo peludo! — tronó. — ¡La mejor carne, ya! El camarero palideció y salió corriendo. El restaurante estalló en aplausos. Una de las “ninfas” se levantó sin decir una palabra, se acercó al gigante y le dijo: — Hazme sitio. Y pide un whisky para la señora. El conde se quedó sin habla. En un minuto las otras dos amigas se unieron, dedicando al conde una mirada de desprecio. No todos se marcharon juntos del restaurante. En un grupo iban tres: un hombre, una mujer y el gatito gris. Pasó el tiempo. Hoy la primera de las amigas está casada con aquel gigante —propietario de una importante empresa de inversiones. Las otras dos se casaron con sus amigos, prestigiosos abogados. Se casaron el mismo día. Ahora, la vida de las antiguas “ninfas” es distinta: pañales, cocina, limpieza. Todas tuvieron hijas casi al mismo tiempo. Y para poder ir alguna que otra vez al restaurante favorito, los fines de semana mandan a sus maridos al fútbol o a pescar, llaman a la niñera y se reúnen de nuevo —para hablar de lo suyo. De lo femenino. De los hombres. Al conde Covarrubias de Alcántara lo arrestaron al año siguiente. Fue un escándalo —un estafador matrimonial que engañaba a mujeres crédulas. Por suerte, los hombres de verdad no tienen nada que ver con eso. Me refiero a aquellos tres —con barriga, entradas, sin glamour ni ostentación, pero con un corazón realmente noble. Así es la vida. De otra manera, simplemente no sería.
Diario de Lucía, 12 de mayo Anoche vivimos una velada para recordar. Todo empezó cuando el camarero propuso
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010
— ¡Don Vasilio, que se le ha vuelto a pasar el autobús! — La voz del conductor suena amable, pero con un deje de reproche. — Es la tercera vez esta semana que corre detrás del autobús como un rayo. El pensionista, con la chaqueta arrugada, respira fatigado apoyado en la barra del autobús. Su pelo canoso está despeinado, las gafas caídas en la punta de la nariz. — Disculpe, Andrés… — dice el anciano cuando recupera el aliento, sacando unos billetes arrugados del bolsillo. — El reloj se me debe de haber atrasado. O igual soy yo, que ya… Andrés, conductor veterano de unos cuarenta y cinco años, curtido por años de ruta, lleva dos décadas transportando viajeros y conoce de vista a la mayoría. Pero a este abuelo le tiene especial cariño: siempre educado y discreto, siempre sube a la misma hora. — Anda, suba usted. ¿Hasta dónde va hoy? — Al cementerio, como siempre. El autobús arranca. Don Vasilio ocupa su sitio habitual: tercera fila junto a la ventana. Lleva en la mano una bolsa de plástico gastada con algunas cosas. Hay pocos viajeros — es una mañana cualquiera entre semana. Unas estudiantes charlan de sus cosas, un hombre trajeado absorto en el móvil. Una escena normal. — Oiga, Don Vasilio —le pregunta Andrés mirándolo por el retrovisor—, ¿usted va todos los días? ¿No le pesa ya? — ¿Y adónde iba a ir si no? —responde el pensionista, mirando al exterior—. Mi mujer está allí… Hace ya año y medio. Le prometí venir cada día. A Andrés se le encoge el corazón. Él también está casado y adora a su mujer. Ni imagina… — ¿Le queda lejos la casa? — Qué va, en autobús son treinta minutos. Si lo hiciera andando, tardaría una hora… las piernas ya no me responden. Pero para el bus la pensión me llega. Las semanas pasan. Don Vasilio es fijo en el primer viaje del día. Andrés se acostumbra e incluso lo espera. Si el abuelo se retrasa, a veces se permite un par de minutos de cortesía. — No me espere, hombre —le reprocha discretamente Don Vasilio—. Cada uno con su horario. — No diga tonterías, hombre —le responde Andrés—. Dos minutos no es nada. Un día, Don Vasilio no aparece. Andrés espera, pero nada. Tampoco al día siguiente. Ni al otro. — Oye, ese abuelete que iba siempre al cementerio, hace días que no se le ve —le comenta preocupado a la cobradora, Doña Tamara—. ¿Estará enfermo? — Quién sabe —la mujer se encoge de hombros—. Igual han venido familiares, o vete tú a saber… Pero Andrés no puede evitar preocuparse. Echa de menos el “gracias” educado al bajar, la sonrisa triste. Una semana después, Don Vasilio sigue desaparecido. Andrés decide investigar, y en su descanso acude al cementerio, la última parada. — Disculpe —le pregunta a la encargada de la entrada—. ¿No ha visto a un señor mayor, Don Vasilio? Pelo canoso, con gafas, siempre con una bolsita… — ¡Ah, claro que sí! Venía cada día, a visitar a su mujer. Pero hace una semana que no se le ve. — ¿Y sabe si le ha pasado algo? — Me dio una vez su dirección, vive cerca. Calle Jardín, número tal. ¿Y usted quién es? — Soy el conductor del autobús, le traía todos los días. Calle Jardín, 15. Un bloque antiguo, con la pintura desconchada en la entrada. Andrés sube al segundo piso y llama a la primera puerta que ve. Abre un hombre de unos cincuenta, serio. — ¿A quién busca? — Pregunto por Don Vasilio, el que viajaba todos los días en mi bus… — El señor del piso doce… Lo han ingresado, tuvo un ictus hace una semana. A Andrés se le cae el alma a los pies. — ¿En qué hospital está? — En el municipal, en la Avenida de Machado. Dicen que fue grave, pero se va recuperando. Al acabar la jornada, Andrés va a verle al hospital. Encuentra la sala, pregunta a la enfermera. — ¿Don Vasilio? Sí, está en la habitación seis. Pero está débil, que no se canse mucho. Don Vasilio está junto a la ventana, pálido pero consciente. Al ver a Andrés, al principio no lo reconoce, luego se le ilumina la cara de sorpresa. — ¿Andrés? ¿Usted aquí? ¿Cómo me encontró? — Me preocupaba —sonríe Andrés de forma tímida, dejando una bolsa de fruta en la mesilla—. Llevo días sin verle. — ¿Usted… se ha preocupado por mí? —los ojos del anciano brillan—. Si solo soy un pasajero más… — ¿Cómo que solo? ¡Si le veo todas las mañanas! Don Vasilio guarda silencio, mira al techo. — Llevo diez días sin ir al cementerio —murmura—. Es la primera vez en año y medio. Le fallé a mi promesa… — No diga eso, Don Vasilio. Seguro que su esposa le entiende. Estar enfermo es serio. — No sé… —sacude la cabeza—. Yo iba cada día, le contaba todo… Ahora aquí tirado, y ella sola allí… Andrés ve el sufrimiento del hombre y la respuesta le sale sola. — Mire, si quiere, voy yo. Le cuento que usted está ingresado y que pronto va a ir… Don Vasilio le mira sin atreverse a creerlo. — ¿Haría eso? ¿Por mí? — ¿Cómo no voy a hacerlo? Si le veo todos los días desde hace año y medio. Usted es de la familia. Al día siguiente, en su día libre, Andrés va al cementerio. Descubre la tumba: en la lápida, la foto de una mujer de ojos bondadosos. “Ana Morales Pérez. 1952-2024”. Al principio le da vergüenza, pero le habla: — Buenas tardes, Ana. Soy Andrés, el conductor del autobús. Su marido iba cada día a verla. Ahora está hospitalizado, pero se recupera. Me ha pedido que le diga que la quiere y que pronto volverá… Dice algo más, le cuenta lo buen hombre que es Don Vasilio, lo mucho que la echa de menos, lo fiel que le ha sido. Se siente extraño, pero algo le dice que está bien hacerlo. En el hospital encuentra a Don Vasilio tomando té. Se le ve más fuerte, con mejor color. — Ya fui —le dice Andrés, breve—. Le transmití lo que me pidió. — ¿Y qué tal? —pregunta con voz temblorosa. — Muy bien. Alguien ha llevado flores frescas, seguro que los vecinos. Todo limpio. Lo está esperando. Don Vasilio cierra los ojos y dos lágrimas le bajan por la mejilla. — Gracias, hijo. Muchas gracias… Dos semanas después, Don Vasilio recibe el alta. Andrés lo espera a la salida y lo lleva a casa. — ¿Nos vemos mañana? —le pregunta cuando el abuelo baja del autobús. — Por supuesto —afirma Don Vasilio—. A las ocho, como siempre. Y ahí está, a la mañana siguiente, en su sitio de siempre. Pero algo ha cambiado entre ellos. Ya no son solo conductor y pasajero; son algo más. — Mire, Don Vasilio —le sugiere un día Andrés—, los fines de semana le llevo yo en mi coche. No es por trabajo, es por gusto. Tengo tiempo y a mi mujer le parece bien. — Qué va, hijo, no se moleste… — Que sí, hombre. Ya estoy acostumbrado. Y además, mi mujer dice: “Si es tan buena persona, hay que ayudarle”. Y así lo hacen: entre semana, el bus; en fin de semana, Andrés en su coche particular. A veces va su esposa también; se conocen y se hacen amigos. — ¿Te das cuenta? —le dice una noche Andrés a su mujer—. Yo pensaba que esto era solo trabajo. Pasajeros, rutas… Pero cada persona en el autobús lleva consigo una vida, una historia. — Claro que sí —le responde ella—. Qué bueno que no hayas mirado para otro lado. Y Don Vasilio les dice un día: — ¿Sabéis, cuando murió Ana pensé que se acabó todo? Que yo ya no pintaba nada en este mundo. Pero resulta que sí, a la gente le importo. Y eso lo es todo. *** Y vosotros, ¿habéis visto alguna vez cómo las personas normales pueden hacer cosas grandes?
¡Don Basilio, que se le han vuelto a pegar las sábanas! La voz del conductor del autobús suena cordial
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Mi hijo adulto siempre me había evitado. Cuando ingresó en el hospital, descubrí su otra vida y a las personas que lo conocían de una forma completamente diferente a la mía…
Querido diario, Hoy mi corazón parece una brújula que, después de años sin saber a dónde apuntar, ha
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Temporada de Confianza: La Importancia de Creer en los Demás
**Temporada de Confianza** A principios de mayo, cuando la hierba ya estaba verde y jugosa, y por las
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Mi marido se fue de viaje de trabajo y no regresó. La verdad resultó ser más aterradora de lo que imaginaba.
¡Hola, amiga! Tengo que contarte lo que ha pasado, y lo digo como si fuera una charla de sobremesa, así
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Y además se dio cuenta de que su suegra no era tan mala mujer como ella pensó todos estos años La mañana del treinta de diciembre no tenía nada de especial, igual que las otras en los doce años que llevan Nadya y Dima juntos. Como siempre, él se fue temprano de caza y no volvería hasta el treinta y uno a mediodía, el hijo estaba en casa de la abuela, y Nadja otra vez sola en casa. Después de tantos años ya se había acostumbrado; Dima era un apasionado de la pesca y la caza, y pasaba todos los fines de semana y fiestas en el monte, lloviera o nevara, mientras ella esperaba en casa. Pero hoy, no sabía por qué, se sentía especialmente triste y sola…
30 de diciembre La mañana del treinta de diciembre no se distinguía en nada de las demás que he vivido
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El regreso de Julia a casa en Nochevieja: lágrimas, sonrisas y la sorpresa que cambió su destino en la cena familiar
Julia bajó del autobús con el frío cortándole las mejillas y las manos cargadas de bolsas pesadas.
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