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03
¿De nuevo con ella? —¿Vas de nuevo con ella? Marina formuló la pregunta sabiendo de antemano la respuesta. Dmitri asintió sin alzar los ojos. Se puso la chaqueta, revisó los bolsillos —las llaves, el móvil, la cartera. Todo en su sitio. Ya podía marcharse. Marina aguardó. Por lo menos una palabra. Un “perdón”, un “vuelvo enseguida”. Pero Dmitri únicamente abrió la puerta y salió. La cerradura sonó suavemente, casi con delicadeza, como disculpándose por el dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio abajo estaba iluminado por farolas mortecinas y le fue fácil distinguir la silueta conocida: Dmitri caminaba rápido, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. Con ella. Con Ana. Con su hija, la pequeña Sonia, que ya ha cumplido siete años. Marina apoyó la frente en el cristal frío. …Lo sabía. Desde el principio sabía lo que asumía. Cuando se conocieron, Dmitri aún estaba casado. Formalmente. Un papel en el registro, un piso en común, una niña. Pero hacía tiempo que no vivía con Ana: alquilaba una habitación, sólo iba a casa para ver a la hija. “Ella me engañó —le dijo Dmitri entonces—. No he podido perdonar. Pedí el divorcio.” Y Marina le creyó. Dios mío, cómo le creyó. Porque quería creerle. Porque se enamoró: absurdamente, apasionadamente, con la ingenuidad de los diecisiete. Las citas en cafés, horas de charla por teléfono, el primer beso bajo la lluvia delante de su portal. Dmitri la miraba como si fuese la única mujer del universo. El divorcio. Su boda. Un piso nuevo, planes conjuntos, sueños compartidos para el futuro. Y después, empezó todo. Primero, las llamadas. “Dmitri, trae la medicina de Sonia, por favor, que está enferma”. “Dmitri, el grifo pierde agua y no sé qué hacer”. “Dmitri, la niña llora, quiere verte, ven ahora mismo”. Dmitri iba, siempre. Marina intentaba entenderlo. La niña es lo más sagrado. No tiene culpa de que sus padres se separaran. Por supuesto que él tenía que estar presente, ayudar, formar parte. A veces Dmitri la escuchaba, intentaba poner límites con su exmujer. Pero Ana sólo cambiaba de táctica. “No vengas el fin de semana: Sonia no quiere verte.” “No llames, la alteras.” “Me ha preguntado por qué papá nos abandonó. No he sabido qué responder.” Y Dmitri cedía. Siempre. Cuando intentaba negarse a otro “urgente” favor, Ana golpeaba donde más dolía. Y en una semana Sonia repetía las frases de su madre: “No nos quieres. Has elegido a otra señora. No quiero verte, papá.” Una niña de siete años no inventa esas cosas sola. Dmitri regresaba destrozado, culpable, con los ojos apagados. Y apenas pasaba tiempo, volvía a la llamada de su ex —cualquier cosa con tal de no perder la mirada de su hija, de no verla fría y extraña. Marina lo comprendía. De verdad lo comprendía. Pero empezó a cansarse. La figura de Dmitri desapareció tras la esquina del edificio. Marina se apartó de la ventana, se frotó la frente —el cristal le dejó una marca rojiza en la piel. El piso vacío le pesaba. El reloj marcaba casi medianoche cuando la cerradura giró. Marina estaba sentada en la cocina, frente a una taza de té que hacía horas se había enfriado. Ni siquiera la había tocado; miraba la película oscura que flotaba en la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, escuchando cualquier ruido en la escalera. Dmitri entró despacio, se quitó la chaqueta, la colgó del perchero. Se movía con cautela, como quien confía en que nadie lo vea. —¿Y ahora qué ha pasado? Marina se sorprendió por lo firme de su tono. Durante tres horas había ensayado esa frase y, al llegar la medianoche, ya no quedaba emoción por dentro. Dmitri dudó unos segundos. —Se ha roto el termo. Tenía que arreglarlo. Marina levantó los ojos poco a poco. Él estaba en el umbral de la cocina, sin atreverse a entrar. Miraba hacia la ventana oscura, más allá de ella. —Tú no sabes arreglar termos. —Llamé a un técnico. —¿Y tenías que esperar? —Marina apartó la taza—. ¿No podías llamarle desde aquí? ¿Por teléfono? Dmitri frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio se hizo espeso, desagradable. —¿Todavía la quieres? Ahora sí la miró. Brusco, irritado, dolido. —¿Qué tontería dices? Yo lo hago todo por mi hija. ¡Por Sonia! ¿Qué tiene Ana que ver? Entró en la cocina, y Marina se echó hacia atrás con la silla. —Sabías que al estar conmigo tendría que ir. Sabías que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Cada vez que vaya a verla vas a armar una escena? La garganta de Marina se cerró. Quiso responderle con dignidad, pero en vez de palabras sintió las lágrimas y la primera cayó por su mejilla. —Pensé… —se interrumpió para tragar el nudo—. Pensé que al menos fingirías que me quieres. Aunque sólo fuese fingir. —Marina, por favor… —¡Estoy harta! —Le tembló la voz en un grito, y ella misma se asustó. —¡Harta de ser ni siquiera la segunda! ¡La tercera! Después de tu ex, de sus caprichos, de los termos rotos a medianoche. Dmitri golpeó el marco de la puerta con la palma. —¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no la vea? —¡Quiero que alguna vez me elijas a mí! —Marina se levantó de golpe, la taza se tambaleó y el té se derramó—. Al menos una vez, di que no. ¡No a ella! ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus escenas! Dmitri se giró, cogió la chaqueta del perchero. —¿Adónde vas? La puerta fue la única respuesta. Marina se quedó en mitad de la cocina, el té goteando al suelo, y el eco aún dentro de sus oídos. Cogió el móvil, marcó su número. Tonos, dos, tres. “El abonado no está disponible”. Otra vez. Y otra. Silencio. Se dejó caer en la silla, abrazando el teléfono. ¿A dónde había ido? ¿A ella? ¿De nuevo con ella? ¿O vagaría por la ciudad de noche, enfadado y herido? No lo sabía. Y ese desconocimiento le pesaba aún más. La noche se hizo interminable. Se sentó en la cama con el móvil, la pantalla se apagaba y encendía. Marcar el número, escuchar los tonos, colgar. Escribir un mensaje: “¿Dónde estás?”. Otro: “Respóndeme, por favor”. Otro: “Tengo miedo”. Enviar —y ver cómo sólo sale una triste marca gris. No entregado. O entregado, pero sin leer. Qué más da. A las cuatro de la mañana Marina ya había terminado de llorar. Las lágrimas se agotaron, se secaron por dentro, dejando sólo vacío. Encendió la luz y abrió el armario. Ya basta. Hasta aquí llegó. El maletón apareció en lo alto del armario, polvoriento, con una etiqueta arrancada de algún viaje. Lo arrojó a la cama y empezó a meter ropa. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin distinguir, sin seleccionar. Allí iba todo. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva a un piso vacío. Que la busque, que la llame, que escriba mensajes que no leerá. Que vea lo que es esto. A las seis de la mañana Marina esperaba en el recibidor. Dos maletas, el bolso al hombro y el abrigo mal abrochado. Miró el manojo de llaves. Tenía que quitar la suya y dejarla sobre el mueble. Los dedos no respondían. Tironeó del aro, lo intentó con la uña, pero la llave no cedía, las manos temblaban y en los ojos volvía la presión, aunque ¿de dónde saldrían más lágrimas? —¡Maldita sea! Las llaves cayeron al suelo, repicaron en la baldosa. Marina las miró unos segundos, y luego simplemente se sentó sobre la maleta, rodeándose con los brazos y estallando en un llanto alto, feo, sollozando como cuando de niña rompió el jarrón favorito de mamá y creyó que el mundo acababa. No oyó que se abría la puerta. —Marina… Dmitri se arrodilló frente a ella, sobre el frío suelo del recibidor. Olía a humo y a noche. —Marina, perdóname. Por favor, perdóname. Ella alzó la cabeza. La cara mojada, hinchada, la máscara de rímel negra. Dmitri con cuidado tomó sus manos entre las suyas. —He estado con mi madre toda la noche. Vaya bronca que me ha dado… Me ha puesto las ideas claras, vamos. Marina callaba. Lo observaba y no sabía si creerle o no. —Voy a denunciar a Ana. Exigiré un horario fijo de visitas con Sonia. Oficial, por la vía legal, como corresponde. Y ya no podrá… ya no podrá manipular así, ni volver a poner a la niña en mi contra. Apretó sus manos con fuerza. —Te elijo a ti, Marina. ¿Me oyes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo se movió. Un brote de esperanza, tonto y obstinado, que durante toda la noche intentó arrancar de raíz. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Decidió creerle. Creerle por última vez. Después, que sea lo que tenga que ser…
¿Otra vez con ella? ¿Otra vez con ella? Carmen formuló la pregunta sabiendo ya la respuesta.
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00
El Precio de la Aventura
Oye, te cuento la historia de Andrés, que siempre sentía que su vida iba por un carril secundario, como
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07
Injusticia —Mamá —preguntó Alina, sorprendida—, ¿por qué no me ha llegado el millón? Solo me han ingresado trescientos treinta mil… ¿Qué cantidad es esa? Se oía el secador de pelo de su madre a lo lejos. Lo apagó y le respondió: —Sí, está bien así —contestó su madre, Vera, que había administrado hábilmente el millón ajeno—. Trescientos treinta. Pero a Alina le correspondía bastante más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta mil? Yo esperaba un millón. Prácticamente un millón exacto. Es el dinero de mi padre, deberías haberme hecho la transferencia tras vender la vivienda. —Ay, Alina, no empieces con tus cuentas —respondió—. Ya sabes que he hecho todo con transparencia. —¿Transparencia? —El parquet crujía bajo sus pies, como si también protestara—. Te di un poder para vender MI piso, el que heredé de mi padre. Te pedí que me enviaras el dinero. ¿Y? ¿Dónde está el resto? Alina sintió que había bajado la guardia demasiado pronto. —¡Te lo he enviado! —volvió a sonar el secador de su madre—. Pero he actuado como una buena madre. Dividí el dinero entre todos mis hijos. A partes iguales. Tu legítima tercera parte la tienes. Todo lo que legalmente le correspondía debería estar en su cuenta. —¿Has repartido la herencia de mi padre entre tres? ¿Entre mí y… ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese dinero es solo mío! ¡Mi padre! Tenemos padres distintos, si es que esto te sorprende. —¿Y qué más da quién sea el padre? —mientras se arreglaba el pelo—. El dinero es común. Y ellos son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Pretendes que me quede de brazos cruzados mientras tú gestionas ese dineral y tus hermanos se mueren de envidia? ¡Eso no es justo! Igualé las oportunidades. Todos por igual. Ojalá retroceder al día en que firmó el poder y darse un buen tirón de orejas por ingenua… —¿Por igual? ¡Has dividido mi millón en tres! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Dónde está el resto, mamá? Y el piso valía algo más. —Sí, algo más de un millón después de impuestos y gestiones —dijo Vera—. Redondeé. El resto, me lo quedé yo por las molestias. ¿Te habrías molestado tú en resolver todo el papeleo? ¡No! Lo hice yo mientras tú trabajabas. —¡No te mataste mucho, desde luego! —¡Ni se te ocurra decirme eso! —le espetó—. Puede que tu padre fuese tu padre, pero yo soy tu madre, y decido yo. Además, ya eres mayor, la mayor de los tres, necesitas menos que ellos. Lo repartí a partes iguales. Los chicos pronto tendrán que formar una familia. Tú, siendo mujer, no necesitas tanto. —¿Y yo no tengo familia que formar? ¿O, como soy chica, puedo quedarme a dos velas porque “no necesito mucho”? —ironizó Alina—. Transfiéreme el resto, mamá. Ahora mismo. —No. Seco y tajante. Sabía que Alina no haría nada. ¿Denunciar a su propia madre por dinero? Eso nadie lo entendería, la juzgarían. Y, después de todo, es su madre. Aunque fuera un poco, seguían hablando. Unas semanas más tarde, tras calmarse y cuadrar sus cuentas, Alina vio fotos en redes sociales: Iván posaba junto a un flamante Polo azul. Dima publicó otra: “¡Mi nueva joya!” Sus hermanos se habían comprado coche. En fin. Ella todavía se lo pensaría. Apartó sus trescientos treinta mil euros y decidió esperar. La paciencia, como decía la abuela, es oro. Pasó un año. Alina trabajaba, ahorraba, planeaba. Soltó el tema, pero no lo olvidó. Su madre actuaba con total normalidad: llamaba, contaba cosas. Hasta que un día habló con una voz tan fría que a Alina se le erizó la piel. Se tensó. —¿Qué ocurre, mamá? —La abuela… —Vera titubeó—. La abuela de Iván y Dima… ha fallecido esta mañana. Alina sintió una extraña indiferencia, casi de película. Esa abuela, que nunca fue “su” abuela, jamás influyó en su vida. Allí era “la suegra de mamá” o “la abuela de mis hermanos”. Pero sentía pena, por humanidad. —Vaya… Lo siento, mamá. —Hay que encargarse de los trámites, las gestiones, ya ves, no doy abasto. Los chicos… no se manejan en estas situaciones. ¿Puedes venir? ¿Me ayudas? Por trabajo le era imposible desplazarse. —Mamá, estoy trabajando. De verdad, no puedo dejar todo para ir al funeral de alguien a quien apenas conocía —explicó Alina. A esa abuela, de hecho, nunca la habían invitado a visitarla. —¡Por favor! —suplicó su madre—. Me hace mucha falta. —No podré ir, pero te ayudo con algo de dinero. ¿Cuánto necesitas? Lo transfiero enseguida. Inicialmente su madre dudó, pero aceptó. —Bueno, eso ayuda… ¿pones unos veinte mil? —Por supuesto. Y también te transfiero algo más para imprevistos. Considéralo mi forma de homenajear… a “su” abuela. —Gracias, Alinita. Siempre me sacas de apuros. Colgó, sintiendo una satisfacción desagradable. Así tenía excusa: no fue, pero ayudó. Que no le reclamaran después. Pasó medio año. El entierro era pasado. Dima e Iván, al parecer, ya presumían de nuevos caprichos, quizá motos o teléfonos. Un martes tranquilo, Alina decidió que había llegado el momento. Llamó a su madre, mientras comía en la cafetería de la oficina, preparándose para la siguiente reunión. —¡Hola, mamá! ¿Qué tal vais? —¡Alinita! Todo despacio. Dima ha encontrado un trabajo mejor. Iván… también está bien, ha conocido a una chica. —Me alegro… —respondió Alina—. Oye, quería preguntarte una cosa… —¿Sobre qué? —saltó su madre, inquieta. —Supongo que han pasado ya seis meses desde que falleció la abuela. ¿Se ha repartido ya la herencia? Esta vez la conversación fue aún más incómoda que la de los trescientos treinta mil euros. —¿A qué viene esto, Alina? Por supuesto, todo repartido. —Ajá. Y… ¿dónde está mi parte de esa herencia? —¿Qué herencia ni qué niño muerto? —su madre fingía no entender, pero Alina reconocía al instante cuando mentía. —La de la abuela. —Pero no era tu abuela. —¿Y qué importa? —Alina recordó las palabras de su madre—. Soy tu hija. Tú dijiste que no se podía dejar a ningún hijo fuera de la herencia. Mi millón lo repartiste entre los tres, igualando todo. —¡Esto es distinto! —Vera contraatacó—. ¡Totalmente distinto! —¿Por qué? Tú misma decías que la herencia debía ser común y que decides tú, como madre, para ayudarnos a todos. —No compares las cosas… —¡Vaya, vaya! —contestó Alina, sarcástica—. ¡Qué bien te conviene la lógica! Cuando repartiste mi millón, la herencia de mi padre se hizo común. Pero la vivienda de la abuela ya solo cuenta según el parentesco, ¿no? —¡No tergiverses mis palabras! —se ofendió su madre—. ¿Insinúas que tengo que decirles a los chicos que tú también te llevas parte? —Solo quiero aplicar tu razonamiento, ese que te gusta tanto: cuando me quitaste mi dinero, justificaste que debía compartirse, porque somos hermanos. Ahora yo quiero mi parte. ¿Has vendido su piso? —El dinero ya se ha gastado. —¿En qué? ¿Coches? ¿Reformas? Pues yo también quiero disfrutarlo. ¿Dónde está mi parte, mamá? Me dijiste que yo debía conformarme con menos por ser mujer, pero no lo acepto. Su madre, parecía buscar cómo salir de la trampa que se había tendido ella misma el año anterior. En esa familia, siempre fue así. Para sus hijos varones, su padrastro era el padre, les tocaba lo mejor. Aquella abuela nunca quiso a Alina, solo era una niña ajena. Y su madre jamás la defendió. —Alina, ¿qué clase de persona eres? —parece que ya no tenía argumentos—. ¿Por qué te importan tanto esos euros? Tú ya trabajas. Eres joven, sana. No necesitas muchas cosas. Dima e Iván ya tienen que pensar en independizarse. ¡Son hombres! ¡Ellos lo tienen más difícil! —Así que tu opinión es: la herencia de mi padre, para todos, porque somos hermanos. Pero la herencia de su abuela es solo para ellos, porque son “hombres” y yo, como mujer, “no requiero tanto”. ¿Verdad? —No seas insolente —dijo su madre—. ¡Qué codicia tienes! Jamás reconocerá que se equivocó. Para su madre, Alina siempre sería la tacaña porque se atrevió a exigir justicia. —Quizá no lo sepas, pero el poder notarial te obligaba a transferirme todo lo de la vivienda. Y aún estoy a tiempo de reclamarlo legalmente. No lo digo por nada, pero… —¡¿Me amenazas, Alina?! —su madre susurró, asustada. —No, mamá. Pero aún puedo reclamar lo que es mío. Piénsalo. En solo un mes, a Alina le transfirieron lo que le debían… y la bloquearon de todas partes.
Injusticia Mamá volví a preguntar, ¿Por qué me han ingresado solo trescientos treinta mil euros?
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013
Una anciana solitaria alimentaba a un perro sin dueño, y lo que ocurrió después la sorprendió por completo.
¡Oye, amiga! Tengo que contarte lo que me pasó la otra semana con una ancianita de nuestro pueblo de
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010
— NO QUIERO UNA HIJA PARALIZADA… — dijo la nuera y se marchó… Pero ni se imaginaba lo que iba a suceder después… En un pequeño pueblo castellano vivía un anciano humilde, don Dionisio, que los fines de semana tomaba algún trago de vino blanco. Tenía un sueño de toda la vida: tener un perro, pero no cualquiera, sino un auténtico pastor español de pura raza. Estaba dispuesto a viajar hasta Andalucía para conseguirlo, si era necesario, y traerlo a su casa. A don Dionisio lo llamaban así todos: por nombre o por apodo, nunca se supo bien, ni él corregía a nadie. Se sentaba tras trabajar en el huerto en su banco de madera y recordaba los viejos tiempos. Solía reunirse la juventud junto a él para escuchar historias de cómo era antes la vida en el pueblo. Ya hacía años que Dionisio había enterrado a su mujer, doña Clotilde, que tenía problemas de corazón. Los médicos le prohibieron ser madre, pero ella deseaba con todo su ser tener un hijo. Dionisio se ocupó del niño, cocinaba y hacía todas las tareas de la casa por ella. Clotilde suspiraba: — ¡Ay, que no me dejas hacer nada! Las mujeres se van a reír, todo el trabajo lo hace el hombre… Pero las vecinas, lejos de reír, le decían: — ¡Cloti, préstanos a Dionisio aunque sea un día para saber lo que es vivir como tú! Clotilde solo sonreía. Así, con esa sonrisa, se fue de este mundo. Dionisio la halló fría por la mañana, lloró días enteros y luego se dedicó a su hijo. El chaval entró pronto en la adolescencia, y tras hacer la mili, se casó temprano y se quedó a vivir donde servía. Así, Dionisio quedó completamente solo, aunque nunca perdió el ánimo y seguía charlando con los jóvenes en el banco. De su hijo nació una niña. Dionisio esperaba a su familia en casa, pero nunca venían: el trabajo, la falta de tiempo, siempre alguna excusa. Solo veía a su nieta en fotos. Un día, los del pueblo notaron que Dionisio andaba sombrío y ausente, no se sentaba en el banco ni bromeaba. Le preguntaron, y resultó que había recibido una noticia: su nuera le comunicaba por carta que habían sufrido un accidente de coche, su nieta estaba grave en el hospital y su hijo había fallecido. — ¡Qué desgracia, qué dolor! — lamentaba todo el pueblo, pero nadie sabía qué decir para consolarle. Dionisio aceptaba condolencias, pero el desconsuelo era profundo. Su hijo era irrecuperable, pero dolía aún más la nieta, una muchacha de 15 años, en coma y postrada. Toda el alma de Dionisio sufría. Y la nuera, desde entonces, no daba señales de vida: no escribía, no respondía llamadas. ¿Cómo saber el estado de la niña? Aunque nunca la había visto en persona, Dionisio la quería como propia, le recordaba a Clotilde en su juventud. Dionisio ya preparaba el viaje a la ciudad donde vivían, cuando de repente, la tarde anterior, llegó un coche a la puerta de su casa. De él descendió una señora, la nuera, seguida de una camilla con la niña. Apenas la depositaron en el sofá y se marcharon. — Está paralizada de pies a cabeza. Yo no quiero una hija así. Aún puedo casarme y tener un hijo sano. — dijo la nuera. — ¡Pero yo no soy médico! — alcanzó a replicar Dionisio. — No hace falta médico, los doctores no pueden ayudarla. Lo que necesita es asistenta. Si no quieres cuidarla, entiérrala viva, yo no voy a arruinar mi vida. ¡No soy su cuidadora! — y se marchó cerrando la puerta de golpe. — ¡De madre nada tienes tú! — gritó Dionisio tras ella. Ahora comprendía por qué su hijo nunca venía de visita con su familia. Con una mujer así solo podía ir al mercado a armar bronca, no de visita. ¿Y cómo se metió su hijo con tal víbora?… Pero ya no podía preguntarle. Si hubiese sabido que rechazaría a su hija, se hubiera revuelto en la tumba. Así quedaron Dionisio y la niña solos. La muchacha estaba completamente paralizada, pero Dionisio era experto en cuidar y faenear. Ahora tenía de nuevo una razón para vivir: curar a la niña. Los médicos le dieron el alta porque no podían hacer más. Solo quedaban remedios caseros y curanderas. La más cercana vivía muy lejos y no salía de casa, así que Dionisio iba cada semana a buscar hierbas y ungüentos. Pasó más de un año sin mejoría: ella seguía sin mover manos ni piernas, sin hablar, solo emitía sonidos. A veces Dionisio veía lágrimas en la mejilla de su nieta, y en esos momentos se le partía el corazón, pensando que extrañaba a su madre y a su padre. Le leía libros y le hablaba, pero ella no podía contestarle. Una noche algo insólito ocurrió. Mientras estaba en la habitación junto a la niña, una cuadrilla de jóvenes borrachos irrumpió en casa. Dionisio, por descuido, había dejado la puerta abierta. Volvían de la discoteca y se les ocurrió divertirse con la muchacha paralítica. — A ver, abuelo, ¡quita la manta y abrele las piernas! Vamos a echar suertes a ver quién primero… — ¡Por favor! ¡Solo tiene 15 años! — repuso Dionisio. — Déjame que me cepille los dientes — dijo él, y corrió a la cocina, abrió la puerta del sótano y gritó — ¡Muxtar! Del sótano salió un gran mastín español, Muxtar, y empezó a morder los pantalones de los muchachos, casi le arranca las partes al jefe y al resto les dejó con los pantalones rotos en el culo. Salieron corriendo por el pueblo, el mastín tras ellos, hasta la afueras. Al volver, Dionisio vio a la niña sentada en la cama, gritando por la ventana: — ¡Muxtar! ¡Muxtar! ¡Dale, abuelo, agárrale que no se escape! Las lágrimas anegaron los ojos del anciano. Desde ese momento la niña empezó a recuperarse: pronto pudo caminar. Tal vez fueron los remedios de la curandera, tal vez el shock; lo cierto es que no paraba de hablar, recuperando todo el tiempo perdido. ¿Y de dónde salió el perro? Os preguntaréis. Era el perro del difunto hijo de Dionisio, y cuando la tragedia ocurrió, la desalmada nuera se deshizo tanto de la niña como del perro, trayéndolos sin avisar a su suegro. Dionisio no podía dejar al perro en la calle, así que se quedó con él. Muxtar le fue siempre leal, y aquella noche, por el calor estival, estaba encerrado en el sótano para no sufrir tanto. Si hubiese estado fuera, los maleantes jamás habrían entrado. La niña confesó luego que lloraba porque echaba de menos al perro; el abuelo solía tenerlo fuera en el patio, no le dejaba entrar. Ella añoraba a Muxtar pero no podía decírselo. El perro, tras espantar a los borrachos, volvió y lamió cariñosamente la cara de su joven dueña. También él la había echado mucho de menos. Así fue como empezaron a vivir los tres juntos: Dionisio, la nieta y Muxtar. De la madre de la niña nunca más volvieron a saber nada.
No quiero una hija paralizada murmuró la nuera y se marchó como si flotara entre las paredes borrosas
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014
Cada martes Liana corría por el metro de Madrid, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Aquel objeto era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas deambulando por El Corte Inglés y el centro comercial Princesa, sin encontrar ni una sola idea decente de regalo para su ahijada, la hija de su mejor amiga. A los diez años, Mónica, que antes adoraba los caballos andaluces, ahora estaba fascinada con la astronomía, y encontrar un telescopio bueno y asequible parecía una misión de otra galaxia. Ya anochecía y, bajo tierra, todo se sentía impregnado de ese cansancio especial del final de la jornada. Liana, mientras cedía paso a la multitud, se fue acercando al escaleras mecánicas. Fue entonces cuando su oído, hasta entonces abstraído del bullicio, captó un retazo de conversación nítido, intenso y cargado de emoción. — …yo tampoco creía que volvería a verle, de verdad —decía una joven tras de ella, la voz temblorosa pero dulce—. Ahora, cada martes, él viene a recogerla al cole. En su coche. Y juntos se van a ese parque con tiovivos junto a Retiro… Liana se quedó inmóvil en el escalón mecánico bajando al andén. Giró la cabeza un instante: un abrigo rojo, un rostro ilusionado, unos ojos chispeantes. Y, junto a ella, su amiga, escuchando atentamente con una sonrisa. “Cada martes”. Liana también tuvo un día así, alguna vez. Tres años atrás. No el lunes con su cuesta arriba, ni el viernes con promesas de descanso, sino el martes: un día en torno al que giraba su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía disparada del instituto del barrio de Chamberí donde enseñaba Lengua y Literatura. Cruzaba media ciudad hasta la antigua Escuela Municipal de Música Glinka, en un viejo palacete con suelos de parquet crujiente en Chamberí. Recogía a Marco: un niño serio para su edad, de siete años, con su violín casi tan alto como él mismo. No era su hijo, sino su sobrino, el hijo de su hermano Antonio, que falleció en un fatídico accidente hace tres años. En esos primeros meses después del funeral, los martes eran el ritual imprescindible para sobrevivir: para Marco, que vivía aislado y casi no hablaba; para su madre, Olga, rota de dolor y apenas capaz de levantarse de la cama; y para la propia Liana, que intentaba recomponer los fragmentos de sus vidas y volver a ser ancla, apoyo y faro. Recordaba cada detalle: cómo Marco salía de clase con la cabeza baja, cómo ella cogía el estuche, siempre pesado, cómo se dirigían juntos al metro y ella le contaba historias para distraerle: una anécdota escolar, la gaviota que robó un bocadillo a un niño en la playa de la Barceloneta… Una tarde de noviembre, bajo la lluvia, él le preguntó: “¿Tía Liana, a papá tampoco le gustaba la lluvia, verdad?” Contuvo las ganas de llorar para responderle: “La odiaba. Siempre corría a refugiarse bajo una marquesina.” Y Marco la agarró de la mano, fuerte, casi de adulto, como intentando no soltar un recuerdo que amenazaba con desvanecerse. No era solo su mano: era ese pasado, ese padre verdadero, que existía también fuera del recuerdo, justo allí, bajo la lluvia madrileña. Tres años dividían su vida en un antes y un después. Y el martes, y solo el martes, fue el día auténtico, lleno de sentido y, aunque duro, también el día de la esperanza. Los demás solo eran fondo, espera. Se preparaba para ellos: manzanas para Marco, algún vídeo divertido por si acaso el metro se hacía insoportable, temas de conversación nuevos. Después… Olga fue recuperándose poco a poco. Encontró trabajo, más tarde conoció a alguien y quiso empezar desde cero en una ciudad lejana, al otro extremo de España, lejos de los recuerdos. Liana ayudó a embalar las cosas, metió el violín en una funda blanda, le abrazó en el andén: “Llámame, escríbeme. Siempre estaré ahí”, le recordó entre lágrimas. Al principio Marco llamaba cada martes, rigurosamente a las seis. En esos quince minutos Liana volvía a ser “Tía Liana” y tenía que aprovechar para preguntar por todo: el cole, las clases de violín, los nuevos amigos. La voz de Marco se colaba cálida por el teléfono tendiendo un hilo desde cientos de kilómetros. Luego, las llamadas fueron cada dos semanas. Él fue creciendo, más ocupado con sus otros cursos, los deberes y la PlayStation con sus amigos. “Tía, perdona que el martes pasado no te llamé, tuve un examen”, escribía por WhatsApp. Ella respondía: “No te preocupes, cielo. ¿Qué tal el examen?” Ya no era la llamada lo que marcaba el martes, sino la espera, a veces un mensaje que nunca llegaba. Pero no se ofendía; escribía primero, si hacía falta. Después, solo en fechas señaladas: cumpleaños, Navidad… La voz de Marco, cada vez más madura y segura, se fue haciendo menos abierta. “Todo bien”, “Vamos tirando,” “Estudiando mucho.” Su padrastro, Sergio, era buena gente; nunca intentó reemplazar a su padre, solo estuvo ahí, que es lo importante. Hace poco nació una hermana, Alicia. En sus redes sociales, Marco sostenía en brazos el pequeño bultito con ternura desmañada. La vida, cruel y generosa al mismo tiempo, seguía abriéndose paso. La cotidianeidad curaba, el cariño por la recién nacida, y los días del colegio, las nuevas rutinas, los futuros proyectos. Para Liana quedaba una esquina cada vez más pequeña, la “tía del pasado”, en esta vida renovada. Y ahora, en medio del ruido del metro, la frase “cada martes” no sonó como una acusación, sino como un eco leve. Un saludo de aquella Liana de tres años atrás, que llevó durante tanto tiempo esa responsabilidad abrasadora como una herida abierta y como el regalo más grande. Aquella Liana sabía quién era: sostén, faro, pieza clave en el martes de un niño. Era necesaria. Esa mujer de abrigo rojo tenía su propio drama, su difícil equilibrio entre pasado y presente. Pero ese ritmo, ese ritual férreo —“cada martes”— era universal. Un idioma sencillo y claro: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Hoy, a esta hora, eres lo más importante”. Liana, que antes hablaba ese idioma con fluidez, ahora casi había olvidado cómo sonaba. El tren arrancó. Liana se enderezó, mirando su reflejo en el oscuro cristal del túnel. Salió en su estación sabiendo ya lo que haría mañana: pediría dos telescopios mellizos —modestos, pero de calidad—. Uno para Mónica. Otro para Marco, con envío a su casa nueva. Y cuando él lo recibiese, le escribiría: “Marquito, para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos cada uno en una ciudad diferente. ¿Qué te parece si el próximo martes, a las seis, si no hay nubes, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos relojes, ¿vale? Besos, Tía Liana.” Ascendió por las escaleras al Madrid nocturno. El aire era frío y limpio. El martes más próximo ya no estaba vacío. Volvía a estar reservado. No como una obligación, sino como un pacto de cariño silencioso entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y una lealtad serena, invisible pero irrompible. La vida seguía. Y seguía habiendo días a los que podía dar un sentido. Días que no solo pasaban, sino que podía designar. Para un pequeño milagro de mirar el mismo cielo a la vez. Para una memoria que ya no dolía sino que abrigaba. Para un amor que, aprendiendo a hablar en la lengua de la distancia, se había vuelto más suave, más sabio, más fuerte. Cada martes
Cada martes Clara se apresuraba en el metro madrileño, sujetando en la mano una bolsa de plástico vacía.
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022
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresa a casa. Ha ido a la peluquería, y a pesar de su respetable edad —acaba de cumplir 68 años—, sigue mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia se arregla el cabello, la manicura, y esos sencillos rituales le insuflan energía y buen humor. —Claudia, ha venido una familiar a verte. Le he dicho que llegarías más tarde. Prometió volver —le informa su marido, Julio. —¿Otra familiar más? Si ya no tengo parientes. Será alguna “prima lejana”… seguro que viene a pedir algo. Mejor le hubieras dicho que me fui a la otra punta del mundo —responde Claudia, algo molesta. —¿Para qué mentir? Me pareció alguien de tu familia, alta y elegante, un aire a tu suegra, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada, parece culta, bien vestida —intenta tranquilizarla Julio. A los cuarenta minutos, la familiar llama a la puerta. Claudia la recibe personalmente. Es cierto, tiene un aire a la madre difunta, muy bien arreglada: abrigo caro, botas, guantes, pendientes discretos de diamante. En eso, Claudia entiende. Invita a la mujer a la mesa ya puesta. —Vamos a conocernos, si somos familia. Soy Claudia, sin apellidos, veo que somos de edad parecida. Él es mi marido, Julio. ¿Por qué parte me eres parienta? —pregunta la anfitriona. La mujer duda un poco, se sonroja: —Soy Galina… Galina Valverde. Solo nos llevamos unos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha? — Claudia palidece. —Veo que recuerdas. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no vengo a pedir nada. Solo quería conocer a mi madre biológica. Siempre viví sin saber por qué mi madre no me quería… Por cierto, falleció hace ocho años. Siempre sentí el cariño solo de mi padre. Él murió hace dos meses y finalmente me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si podías —narra Galina, emocionada. —¿No entiendo nada? Tienes una hija —pregunta sorprendido Julio. —Eso parece. Luego te lo cuento —responde Claudia. —¿Eres mi hija? ¡Genial! ¿Ya me has visto? Si crees que voy a arrepentirme o pedirte disculpas, te equivocas. No es culpa mía —contesta Claudia—. Espero que papá te haya contado todo. Si crees que voy a sentir algo maternal por ti, tampoco, ni una pizca. Discúlpame. —¿Puedo venir otra vez? Vivo aquí cerca, en el chalé, tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y tu marido a vernos. Te traje fotos de tu nieto y bisnieta, quizás quieras verlas —suplica tímidamente Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —responde Claudia, tajante. Julio pidió un taxi para Galina y la acompañó fuera. Al regresar, Claudia ya había recogido la mesa y veía la televisión tranquilamente. —¡Qué sangre fría tienes! Podrías dirigir ejércitos, ¿de verdad no tienes corazón? Siempre sospeché que eras implacable y sin alma, jamás imaginé semejante extremo —le reprocha Julio. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿cierto? Pues ya me habían arrancado y pisoteado el alma mucho antes. Soy una chica de pueblo; siempre soñé con mudarme a la ciudad, así que estudié como nadie y fui la única de mi clase en entrar a la universidad. Tenía 17 años cuando conocí a Volo. Lo amaba con locura. Era mayor por casi 12 años, pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad y la universidad me parecían de cuento. La beca no me alcanzaba. Siempre con hambre, aceptaba con alegría las invitaciones de mi novio a cafeterías, helados… Nunca me prometió nada, pero yo confiaba: si hay amor, me pedirá matrimonio. Una noche me invitó a su casa de campo, acepté de inmediato. Convencida de que el vínculo era fuerte. Las citas en la finca se volvieron frecuentes. Pronto noté que “habíamos hecho amistad” y sería madre. Le avisé a Volo. Estaba feliz. Cuando ya no podía ocultar mi embarazo, le pregunté: ¿Cuándo nos casamos? Ya tenía 18, podía presentar los papeles. —¿Te prometí matrimonio alguna vez? —me respondió con otra pregunta. —No lo prometí, ni me casaré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y… el niño? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven, llena de vida, hasta escultura podría hacerse de ti. Coges baja en la uni, estudias hasta que no se note el embarazo, luego mi esposa y yo te acogemos. No logramos tener hijos; quizás porque ella es mayor. Cuando nazca, nos quedamos con el niño. Los papeles no son asunto tuyo. Aunque joven, tengo buen puesto en el ayuntamiento. Mi esposa dirige un departamento en el hospital. Así que no te preocupes. Tras el parto descansas y vuelves a la universidad. Incluso te pagaremos. En aquel entonces nadie hablaba de “madres de alquiler”. Fui la primera sin saberlo. ¿Qué podía hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a la familia? Viví en su casa hasta dar a luz. La esposa nunca me dirigió la palabra, quizás por celos. Parí la niña en casa, con comadrona. Ni la amamanté, se la llevaron de inmediato. No la volví a ver. Al cabo de una semana me despidieron con discreción. Volo me dio dinero. Regresé a la uni. Luego a la fábrica. Me dieron cuarto en residencia de familias. Primero maestra, luego jefa de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie quiso casarse, hasta que apareciste tú. Ya con 28, no pensaba en boda, pero tocaba. Después tú ya sabes. Hemos tenido buena vida, tres coches, casa completa, finca cuidada. De vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió los 90 porque los aparatos para tractores solo se hacen en un taller, y nadie sabe qué pasa en los demás. Aún está rodeada de alambres y torres de vigilancia. Nos jubilamos. Tenemos de todo. Sin hijos, y bien. Viendo lo que son los niños hoy… —termina Claudia su confesión. —No hemos vivido tan bien. Te he querido siempre. Intenté calentar tu corazón y no pude. Vale que no hubo hijos, pero ni un gato, ni un perro te ha enternecido. Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni la dejaste hospedarse una semana. Hoy ha venido tu hija y ¿cómo la has recibido? ¡Tu hija! Tu sangre y tú… Te juro, si fuéramos más jóvenes, pediría el divorcio, pero ya es tarde. Es frío estar contigo, frío —dice Julio, indignado. Claudia hasta se asusta; nunca le habló así su marido. La paz de su vida la ha roto esa hija. Julio se mudó a la finca. Lleva años allí. Ahora tiene tres perros, recogió cachorros. Nadie sabe cuántos gatos o gata más. A casa apenas va. Claudia sabe que visita a su hija Galina, ya conocen a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue raro, y raro seguirá. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca le ha brotado el deseo de conocer a su hija, nieto ni bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente estupendamente.
SIN ALMA… Claudia Fernández regresó a casa aquella tarde. Había ido a la peluquería, como hacía
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08
La abuela tenía un nieto favorito: una historia sobre Dima, Katia y el legado de una familia marcada por el cariño desigual, las herencias y el perdón, en el corazón de España
La abuela siempre tenía un nieto preferido ¿Y para mí, abuela? le preguntaba ella, en voz baja.
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032
Natasha llevaba tiempo contemplando esta decisión: adoptar a un niño del hogar de acogida.
María había planeado hacía tiempo dar un vuelco a su vida: adoptar a un niño de un centro de acogida.
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07
Mientras paseaba, una chica vio cerca del lago un ganso salvaje que parecía intentar pedir ayuda a los seres humanos.
Mientras paseaba por el borde del lago de Sanabria, Carmen, una chica con más curiosidad que un gato
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