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01
Amor Sin Fronteras
28 de octubre de 2023 Hoy volvía a casa tras una reunión en la oficina. Al abrir la puerta, Teresa Vázquez
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02
Te demostraré que puedo sola: Cuando mi marido, Marcos, me soltó a la cara “Sofía, yo sé arreglármelas sin ti, pero tú sin mí no”, sentí cómo se me abría el suelo bajo los pies. No solo fue hiriente, ¡fue una provocación directa al corazón! ¿De verdad cree que soy débil, que dependo de él, que mi vida sin él se desmorona? Pues bien, a partir de ese día tomé una decisión: se acabó ser su sombra. Empecé un mini-empleo para construir mi propia vida, sin su “protección”. Tiene que saber que no solo sobrevivo, sino que me hago más fuerte de lo que jamás podría imaginar.
Voy a demostrar que puedo sola. Todo empezó la noche en que mi marido, Álvaro, me lanzó a la cara: Lucía
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01
Tenía ocho años cuando mi madre se marchó de casa. Salió hasta la esquina, tomó un taxi y nunca volvió. Mi hermano tenía cinco. Desde entonces, todo cambió en nuestro hogar. Mi padre empezó a hacer cosas que nunca antes había hecho: levantarse temprano para preparar el desayuno, aprender a lavar la ropa, planchar los uniformes, peinarnos torpemente antes de ir al colegio. Yo le veía fallar con las medidas del arroz, quemar la comida, olvidar separar la colada blanca de la de color. Y, aun así, nunca permitió que nos faltara nada. Volvía cansado del trabajo y revisaba nuestros deberes, firmaba las libretas, preparaba el almuerzo para el día siguiente. Mi madre nunca volvió a visitarnos. Mi padre jamás llevó otra mujer a casa. Nunca nos presentó a nadie como su pareja. Sabíamos que salía, que a veces llegaba tarde, pero su vida personal quedaba fuera de las paredes de nuestro hogar. Dentro de casa, solo estábamos mi hermano y yo. Nunca le oí decir que volvió a enamorarse. Su rutina era trabajar, regresar, cocinar, lavar, dormir y repetir. Los fines de semana nos llevaba al parque, al río, al centro comercial, aunque fuese solo a mirar escaparates. Aprendió a hacer trenzas, a coser botones, a preparar comidas. Cuando había fiestas escolares y necesitábamos disfraces, los hacía con cartón y telas viejas. Nunca se quejaba. Nunca decía: “Esto no es cosa mía”. Hace un año, mi padre se fue con Dios. Fue rápido. No hubo tiempo para despedidas largas. Al recoger sus cosas, encontré viejas libretas donde apuntaba los gastos, fechas importantes, notas como “paga la cuota”, “compra zapatos”, “lleva a la niña al médico”. No encontré cartas de amor, ni fotos con otra mujer, ni rastros de una vida romántica. Solo las huellas de un hombre que vivió por sus hijos. Desde que no está, una pregunta no me deja en paz: ¿fue feliz? Mi madre se fue buscando su felicidad. Mi padre se quedó y parece que renunció a la suya. Nunca rehizo su vida. Nunca tuvo un hogar con pareja. Jamás volvió a ser la prioridad de nadie, salvo de nosotros. Hoy sé que tuve un padre extraordinario. Pero también comprendo que fue un hombre que se quedó solo para que nosotros no lo estuviésemos. Y eso pesa. Porque ahora que él ya no está, no sé si alguna vez recibió el amor que merecía.
Tenía ocho años cuando mi madre se marchó de casa. Salió hasta la esquina, cogió un taxi y nunca volvió.
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02
En España se acoge a niños de los orfanatos, y yo decidí traerme a mi abuela de la residencia: mis amigos y vecinos no lo entendieron, pero hoy en casa somos felices compartiendo su alegría y el aroma de sus deliciosos crepes recién hechos cada mañana.
Mira, últimamente he estado pensando mucho en cómo en nuestro país hay gente que acoge niños de orfanatos
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05
Cuando la puerta se abrió, por un instante pensé que veía un fantasma del pasado.
Cuando se abrió la puerta, por un instante pensé que estaba viendo un espectro del pasado. Almudena entró
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015
Anna aparcó el coche en una calle antes de llegar a la casa de su suegra. El reloj marcaba las 17:45; había llegado antes de lo acordado. “Quizá esta vez sabrá apreciar mi puntualidad”, pensó, alisándose las arrugas de su vestido nuevo. El regalo —un broche antiguo por el que había buscado durante meses entre coleccionistas— reposaba cuidadosamente envuelto en el asiento trasero. Mientras se acercaba a la casa, Anna se dio cuenta de que la ventana del bajo estaba entornada. Desde dentro se escuchaba claramente la voz de su suegra: “No te lo puedes imaginar, Beatriz: ¡ni siquiera se ha molestado en preguntar qué tarta me gusta! Ha encargado un postre moderno… Nuestro hijo siempre ha adorado la tarta San Marcos de toda la vida, y ella ni entiende eso. ¡Siete años casados!” Anna se quedó helada. Sus pies parecían clavados en el suelo. “Claro que te lo he dicho mil veces… No encaja con David. Se pasa la vida en la clínica y casi nunca está en casa. ¿Qué clase de ama de casa es esa? Ayer pasé por su casa —platos sucios, polvo por todas partes… Y ella como siempre, liada con alguna operación complicada.” Todo quedó en silencio dentro de Anna. Se apoyó en la verja y notó cómo le temblaban las rodillas. Siete años esforzándose por ser la nuera perfecta: cocinar, limpiar, acordarse de todos los cumpleaños, visitar a su suegra cuando estaba enferma. Y todo para esto… “No, si yo no digo nada, pero… ¿de verdad es esta mujer la que merece mi hijo? Necesita una familia de verdad, calor, cuidados… Y ella, siempre de congreso o haciendo guardias nocturnas. ¡Lo de los niños ni se lo plantea! ¿Te puedes imaginar?” Sentía la cabeza a punto de estallar. Casi sin pensar, Anna sacó el móvil y llamó a su marido. “¿David? Voy a tardar un poco. Sí, todo bien, pero hay atasco.” Se dio la vuelta y volvió al coche. Se sentó, inmóvil, mirando al infinito. Las palabras recién escuchadas resonaban en su cabeza: “¿Quizá un poco más de sal?”, “En mis tiempos las mujeres se quedaban en casa…”, “David trabaja tanto, necesita un cariño especial…” El móvil vibró: era un mensaje de David. “Mamá pregunta por ti. Ya estamos todos.” Anna respiró hondo. Se le escapó una sonrisa extraña. “Bien”, pensó, “si quieren a la nuera perfecta, eso es lo que van a tener.” Puso el coche en marcha y regresó a casa de su suegra. El plan se formó en un instante. No más esfuerzos por complacer. Era momento de mostrarles cómo podía ser una “auténtica” nuera. Anna entró por la puerta con su sonrisa más grande y abierta. “¡Mamá, mi querida!”, exclamó abrazando a su suegra con un entusiasmo exagerado. “Perdona el retraso, pero he recorrido tres tiendas distintas para encontrar exactamente las velas que tanto te gustan.” Su suegra se quedó perpleja, sorprendida por tanta energía. “Pensaba…”, empezó a decir, pero Anna ya seguía hablando: “Ah, y fíjate: he coincidido con tu amiga Beatriz de camino. Qué mujer tan encantadora, siempre tan sincera, ¿verdad?” Anna le dedicó a su suegra una mirada significativa y vio cómo se le borraba el color de la cara. Durante toda la cena Anna dio su mejor actuación. Le sirvió a su suegra los mejores trozos, admiró y halagó cada una de sus palabras, y no cesó de pedirle consejos domésticos. “Mamá, ¿crees que el cocido madrileño hay que cocinarlo cinco o seis horas? Y las alfombras, ¿se limpian mejor por la mañana o por la tarde? Quizá debería dejar mi trabajo… Al fin y al cabo, David necesita una familia de verdad, ¿no?” David miraba a Anna boquiabierto; los familiares intercambiaban miradas intrigadas. Pero Anna continuó: “He estado pensando, quizá debería hacer un curso de gestión del hogar. Dejar esa tontería de la cirugía… Al final, una mujer debe ser la guardiana de la casa, ¿verdad, mamá?” Su suegra no paraba de golpear el plato con la cuchara, cada vez más nerviosa. ¿Y qué sucedió después? Algunas historias hay que leerlas hasta el final…
Clara aparcó el coche a una calle del chalet de su suegra en Salamanca. El reloj del salpicadero marcaba
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09
Felicidad Renacida —¡Señor, deje de seguirme a todas partes! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me persiga más! ¡Empiezo a tenerle miedo!— terminé por gritarle. —Lo recuerdo, lo recuerdo… Pero tengo la sensación de que el luto que lleva es por usted misma. Perdóneme —insistía mi pretendiente… …Me encontraba en un balneario, buscando paz y el canto de los pájaros, no la atención insistente de hombres pesados. Hacía poco que había perdido a mi marido de manera repentina. Necesitaba recomponerme y asimilar la dolorosa pérdida. Con Oleg, mi marido, habíamos empezado las obras en casa, estábamos ahorrando, privándonos de caprichos y… de repente, él se puso mal, la ambulancia no llegó a tiempo. Fue su segundo infarto. Al enterrarle, me quedé sin pareja y sin reformas, pero con dos hijos adolescentes. Me sentía derrotada. ¿Cómo superar la pérdida? En el trabajo me adjudicaron un viaje al balneario. Me resistí: no quería ni salir de casa. Las compañeras insistieron: —No eres la primera ni la última viuda. Tienes que vivir, por tus hijos. Anda, Marina, despeja la cabeza. Así que, a regañadientes, fui. Habían pasado cuarenta días desde la muerte de mi marido. El dolor no remitía. En el balneario, compartí habitación con una chica risueña, Vicky. Destilaba alegría y luz, lo cual me irritaba un poco. No quería compartir mi pena con una chica tan joven, ni me parecía algo que ella necesitase. Un animador ya la rondaba. En estos sitios, ya se sabe: tanto solteros como divorciados o viudos abundan. A mí no me engañan… Advertí a Vicky sobre el tipo: seguro que estaba casado dos o tres veces. Ella se reía: —Ay, Marina, no se preocupe por mí. No soy una inocente… Y ese “pajarillo” cada tarde salía a sus citas. Yo pasé la primera semana sin moverme de la habitación. Leía libros sin saber de qué iban, miraba la tele sin ver la pantalla. Una mañana me desperté de mejor humor. Decidí pasear por el bosque y respirar aire fresco: entonces me crucé con un desconocido. Ya le había visto en el comedor: bajito, con mirada descarada, francamente nada de mi gusto. Era un hombre pulcro, impecablemente vestido, afeitado al milímetro. Cada noche me saludaba exageradamente; yo le devolvía el saludo solo por cortesía. Al final, una noche se sentó a mi mesa. —¿Se aburre usted, señora? —preguntó con voz aterciopelada. —Para nada —me puse en guardia. —No mienta, señorita. En su cara se lee tristeza. Quizá pueda ayudarla —insistía aquel hombre. —Acertó. Mi tristeza es por mi marido fallecido. ¿Alguna otra pregunta? —me levanté, dando por finalizada la conversación. —Lo siento, no lo sabía. Le doy mi pésame. Aun así, permítame presentarme. Soy Valentín —se apresuró a decir. Se notaba que Montoro (así lo llamé en mi cabeza) tenía miedo de verme marchar. —Marina —dije a regañadientes y salí pitando. Desde entonces, Valentín se sentaba a cenar conmigo y me traía ramitos de campanillas, que crecían por todos lados. No negaré que era agradable. Pero yo no buscaba ninguna relación… No era el momento. Pero Valentín no cejaba. Hasta empezó a sumarse a mis paseos. Yo incluso evitaba llevar tacones para que la diferencia de altura no fuera tan latente. A él le daba igual: parecía invulnerable a los complejos. Finalmente caí en la cuenta: conquistaba a las mujeres con la voz. Una voz masculina y tentadora, como nunca había oído. Y sí, me estaba atrapando. Empezamos a ir juntos a los bailes de la noche para jubilados, a comprar fruta al pueblo… Varias veces intentó que subiese a su habitación. Yo resistía, cual soldado de plomo. Hasta que Valentín me lo soltó: —Marina, mañana te marchas. ¿Vendrás a mi habitación esta noche… a tomar un té? —Me lo pensaré —respondí, sin comprometerme. Llegó la última noche. Decidí no hacerle un feo y fui a su cuarto, sabiendo en el fondo cómo terminaría… La mesa estaba impecable, llena de exquisiteces. “Habrá tomado prestados los utensilios del comedor”, pensé, divertida. Valentín me ofreció sentarme con galantería. A saber de dónde sacó una botella de cava. —¿Empezamos, Marina? No sé cómo mañana podré separarme de ti. Escríbeme tu dirección. Iré sin falta —dijo, algo triste. —Lo olvidarás al segundo día. Ya os conozco a los hombres. ¿Por qué brindamos, Valentín? —ahora sí, estaba dispuesta a todo. —¿No lo ves? Por el amor, Marina, ¡por el amor! —alzó la copa. A la mañana siguiente, despertamos abrazados. Ay, Dios, ¡por qué me hice tanto de rogar! En fin, me había enamorado como una chiquilla, y ahora tocaba hacer la maleta e irme. Me despedí de mi compañera Vicky, que lloraba en la cama. —¿Qué te pasa, Vicky? —le pregunté. —Estoy embarazada, Marina. Y no sé de quién… —lloriqueaba. —¿El animador? —intenté averiguar. —No sé. Conocí a otro… del balneario de al lado. Casado —se explayó el ‘pajarillo’. —Ay, Vicky, llama a tus padres para que vengan. Y, de momento, vamos al despacho del director del balneario a ver si aclaramos algo —sentencié. Así, la chica salió corriendo, entre sollozos. Aprenderá, pensé. Preparé mi equipaje. No quería irme. En poco más de tres semanas todo se había vuelto familiar, sobre todo Valentín… Llegó el autobús. Valentín vino a despedirme con otro ramito de campanillas. Lloré y le abracé con cariño. Ya estaba: el romance relámpago había terminado. Si él me hubiera pedido quedarme, lo habría dejado todo… Vivíamos en diferentes ciudades. Solo cabía cartearse. Un día recibí una carta… de la esposa de Valentín. Decía que lo sabía todo y que, aunque lo intentase, ella tenía treinta años y yo cuarenta, así que nunca conseguiría nada con él. No respondí. ¿Para qué? Seis meses después, Valentín apareció de improviso en mi puerta. Mis hijos se sorprendieron, pero fueron correctos. —¿Valentín? ¿De paso o…? —pregunté, deseando oír: “Me quedo contigo”. —O… ¿me dejas quedarme, Marina? —dudó en el umbral. Mis hijos, cortados, se marcharon a su cuarto. —Pasa. ¿A qué se debe? ¿Una carta de tu esposa, quizás? —ironizaba yo. —Perdóname, Marina. Te escribí y ella la encontró… Asumo mi culpa. Ya estamos divorciados —me informó. —No sabía que estabas casado… Si lo llego a saber, nada hubiese pasado. ¿Y ahora qué? —no adivinaba sus intenciones. —Cásate conmigo, Marina —propuso, de repente. —No sé… Tengo hijos, ya lo ves. ¿Cómo se lo tomarán? No puedo precipitarme —dudé, aunque su propuesta me alegró. —Los hijos son una bendición. Yo también tengo una hija de diez años —me sorprendió Valentín. —¿Una hija? ¿La dejaste? —me escandalicé. —No, Marina, ¿cómo iba a hacer eso? Me la traeré. Su madre bebe. Seremos una familia unida —me dejó atónita. —Un momento, Valentín. No conozco a tu hija y ya me adjudicas de madre. Estás yendo demasiado deprisa. Déjame pensarlo. Hablaré con mis chicos y veremos. Anda, ven, que te pondré de comer, ‘novio’ —sonreí. La familia “unida” no fue idílica: hubo peleas, discusiones y altibajos. Todos diferentes de carácter y no siempre dispuestos a ceder. …El tiempo vuela. Mi hijo mayor, Andrés, y Alena (la hija de Valentín) se casaron y terminaron enfrentándose a nosotros. Salieron a vivir por su cuenta, acusándonos de haber desmontado las familias anteriores. Según ellos, Valentín nunca debía haber abandonado a su mujer, ni yo, viuda, volver a casarme. Se marcharon orgullosos. Valentín y yo solo podíamos encogernos de hombros y seguir queriéndonos. Pasó un año. Los hijos pródigos no volvían. Alena llamaba a Valentín solo por su cumpleaños. Tres años después, nos invitaron a casa de Andrés y Alena. Sopresivamente —y con cierta sospecha— aceptamos. Resultó que acababa de nacer su hijo. Nuestro nieto común. ¡Qué felicidad! En la comida nos pidieron perdón. Dijeron que la vida da muchas vueltas y hay que saber perdonar. A los padres hay que honrarles: nos dieron la vida. Por eso llamaron al niño Miroslav, para que reine la paz en la familia. Así fue como tuvimos con Valentín nuestra felicidad recién nacida…
¡Ay, Juan, por favor, deja de seguirme! ¡Te lo he dicho ya varias veces, llevo luto por mi marido!
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02
El otro día fui a casa de mi nuera y me encontré con una mujer encargada de la limpieza; siempre le dije a mi hijo que la situación económica de su futura esposa no importaba, así que se casó feliz con María, que nunca tuvo dinero y siempre vivió con comodidades. Tras casarse, los chicos se mudaron a la casa que compramos y renovamos para ellos, y ahora les ayudamos económicamente y les llevamos comida. Mi nuera está bien, tuvo a mi nieto y por eso no trabaja, y mi hijo tampoco tiene un puesto con gran prestigio ni un buen sueldo. Imaginaos mi sorpresa al entrar en la casa y ver a una desconocida limpiando: ¡mi nuera ha contratado a una asistenta y no hace nada ella! ¿Cómo puede permitírselo? ¿Dónde está su conciencia? Eché a esa mujer, porque al fin y al cabo sigue siendo mi casa y limpia con mi dinero. Decidí esperar a mi nuera y cuando llegó le pregunté, y me contestó: “Mamá, me he hecho bloguera en mi baja de maternidad y gano un buen sueldo; además, necesito la asistenta porque trabajo mucho”. Y yo me pregunto: ¿qué es eso de ser bloguera? ¿Es un trabajo de verdad? ¿Se gana dinero así? No quiero que una extraña limpie mi casa. Le dije que si tanto dinero tiene, que me lo pague a mí y ya limpio yo, que aquí no hace falta nadie más. Mi nuera se fue a dar de comer al niño en silencio. Esperé a mi hijo y le conté todo, y él me contestó: “Mamá, ya sabía lo de la asistenta. María trabaja mucho y yo después del trabajo quiero pasar tiempo con nuestro hijo, así que no hay problema”. No entiendo a los jóvenes de hoy, ¡¿cómo pueden permitirse esto?! Fui corriendo a decírselo a mi marido y ¿sabéis qué me dijo? “No tienes que meterte en la vida de los jóvenes, ellos ya se apañan solos”. Hacía mucho que no estaba tan enfadada, ¡estoy segura de que tengo razón en todo lo que digo! ¿Qué opináis vosotros?
Hace poco tuve un sueño extraño en el que visitaba a mi nuera, y una mujer desconocida se encargaba del
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030
— ¡Lárgate! — Gritó Borja. — ¿Qué haces, hijo…? — La suegra empezó a incorporarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió su bolso y lo lanzó al pasillo. — ¡Que no quede ni rastro tuyo aquí! — ¡Lárgate! — Gritó Borja. María se sobresaltó. En seis años, jamás lo había escuchado gritar así. — ¿Qué haces, hijo…? — La suegra empezó a levantarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió su bolso y lo tiró al pasillo. — ¡Ni el más mínimo rastro tuyo quiero aquí! …Anita dormía, con los bracitos extendidos como una pequeña estrella de mar. María ajustó la manta. Le gustaba quedarse de pie, mirando a su pequeña. Había soñado tantos años con ella, luchado tanto por ser madre… Su marido regresó del turno de noche — lo supo por el ruido en el recibidor. María salió del cuarto infantil y cerró suavemente la puerta. Borja se quitaba los zapatos. Cansado, visiblemente demacrado. Trabajaba como una mula para pagar cuanto antes los préstamos del tratamiento de fertilidad. — ¿Duerme? — susurró él. — Duerme. Comió y cayó rendida. Borja atrajo a María hacia sí, hundiéndole la cara en el cuello. Él hablaba poco de amor, pero ella sabía que le estaba agradecido hasta la locura. Por no haberlo dejado, por no haberlo cambiado por un hombre sano, por hacerlo feliz. A los dieciséis años Borja padeció las paperas “sin decir nada”, avergonzado de contar a su madre que aquello le dolía y se le hinchaba. Cuando finalmente lo contó, era tarde. La complicación trajo casi total infertilidad. — Ha llamado mamá — dijo Borja en voz baja, sin soltarla. María se tensó. — ¿Y qué quiere doña Pilar? — Viene. Al mediodía estará aquí. Dice que hizo empanadas, que nos extraña mucho. María suspiró, soltándose de los brazos de su marido. — Borja, ¿de verdad hace falta? La última vez me provocó una crisis de nervios con sus remedios absurdos. — María, es mi madre… Quiere ver a su nieta. Un año ha pasado y sólo ha visto a Anita en fotos. Al fin y al cabo, es la abuela. — La abuela — Sonrió María amargamente — Que considera a nuestra hija una “bastarda”. Adoptaron a Anita el año anterior. Las listas de espera para bebés sanos en Madrid eran eternas. Ayudaron los contactos, el sobre con dinero “para necesidades del hospital” y la sagacidad de una buena matrona. La niña había nacido de una joven escolar, asustada e incapaz de criarla. María recordaba el día: un paquetito de tres kilos y doscientos gramos, con ojitos azules mirándola. — Bueno, — María se giró — que venga. Lo soportaremos. Si vuelve a empezar… — No lo hará, — prometió Borja. — De verdad. La suegra apareció en el almuerzo. Doña Pilar entró llenando la casa con su presencia. Era una mujer grande, ruidosa, con ese temple de pueblo capaz de atajar un toro, arreglar una casa y volver locos a todos. — ¡Ay, Virgen! — Exclamó dejando la bolsa de cuadros en el recibidor. — El viaje, horrible; el tren sofocante, el metro un agobio. — ¿Por qué vivís tan alto? El ascensor hace un ruido… pensé que moría. — Buenos días, mamá, — Borja la besó en la mejilla y tomó la bolsa. — Pasa, lávate las manos. Doña Pilar se quitó el abrigo, luciendo un vestido floreado ceñido a su poderosa figura, y miró a María de arriba abajo. La examinó como si fuese una yegua en una feria. — Buenas, doña Pilar, — sonrió María. — Hola, María, — la suegra frunció los labios. — Te veo como traslúcida, puro hueso. ¿De qué se agarra mi hijo? También veo que Borja está demacrado. ¿No lo cuidas bien? ¿Tú a dieta y él muerto de hambre? — Borja come estupendamente, — cortó María, sintiendo cómo le ardían las mejillas. — Pase al comedor, por favor. En la cocina doña Pilar empezó a descargar la bolsa — sacó empanadas, pepinillos, un buen trozo de tocino. — Comed, que aquí en Madrid todo es química. Plástico. Se sentó a la mesa, apoyando los codos pesadamente. — Contad, ¿cómo vivís? ¿Ya pagasteis el préstamo por vuestros “experimentos”? María apretó el tenedor. ¡Experimentos! Así llamaba ella a seis años de dolor, esperanzas y desesperación. — Casi, mamá, — murmuró Borja, sirviéndose ensalada. — No hablemos de dinero. — ¿Y de qué vamos a hablar? ¿Del tiempo? En el pueblo, a tu tío Julio, le nació una niña. Sana y guapísima, ¡cuatro kilos! Y tu hermana Marta espera mellizos. ¡Esa sí tiene raza! Nuestra familia es fuerte, Borja, gente fértil. — Miró a María con significado. — Si no estropeas los genes, claro… María dejó el tenedor en la mesa con lentitud. — Doña Pilar, hemos hablado esto mil veces. El problema no soy yo. Los médicos lo han dejado claro. — Bah, ¡tonterías! — agitó la mano doña Pilar. — Esos papeles los escriben para sacar dinero. ¿Las paperas? ¡Y qué! — En el pueblo la pasaron muchos chicos y todos tienen hijos por doquier. — Borja, tu mujer te ha engañado con eso para disimular su defecto. — ¡Mamá! — Borja dio un golpe seco en la mesa. — ¡Basta! Doña Pilar se llevó la mano al pecho teatralmente. — ¡No levantes la voz a tu madre! He criado a cinco, sé lo que digo. ¡Si se ve! Tan flaca, las caderas de niña, ¿de dónde van a salir hijos? ¡Estéril! — Somos felices, mamá, — dijo Borja bajito. — Tenemos a nuestra hija Anita. — Hija… — Doña Pilar bufó. — Enséñamela, anda. Fueron al cuarto infantil. Anita estaba despierta, jugando con su osito de peluche. Al ver a la extraña se puso seria, pero no lloró. Tenía carácter tranquilo. Doña Pilar se acercó a la cuna. María permanecía lista para defender a la niña. La mujer observó largo rato, entornando los ojos. Finalmente, alargó la mano y tocó una mejilla regordeta. Anita se apartó. — ¿De quién habrá sacado eso? — preguntó con disgusto. — Ojos negros… En nuestra familia todos los tenemos claros. — Son azules, — corrigió María. — Azules oscuros. — ¿Y la nariz? De patata. Tú, María, tienes la nariz afilada, Borja recta. Y ella… Se sacudió las manos, como si se hubiera ensuciado. — ¡Es sangre ajena, ajena es! Volvieron a la cocina. Borja se sirvió agua, le temblaban las manos. — Mamá, escucha, — empezó con voz suave — Amamos a Anita. Es nuestra. En los papeles, en el corazón, todo. — Y seguimos intentando tener un hijo propio. Los médicos dicen que hay alguna esperanza. Pero incluso si no sale, ¡ya tenemos una familia! Doña Pilar apretó los labios. Parecía que iba a estallar. Madre de cinco, abuela de doce, le dolía ver a su hijo “gastando la vida en ajenos”. — Eres un inútil, Borja, — suspiró. — ¡Un inútil! Treinta y cinco años, ¡el mejor momento! Y te dedicas a cuidar una hija de nadie. — ¡No la llames así! — gritó María. — ¿Y cómo debo llamarla? ¿Princesa, quizá? — Tú calla, bonita — escupió doña Pilar — tú misma no puedes tener hijos, has liado a mi hijo, os habéis comprado una niña como quien compra un gato. — ¡Es nuestra hija! — Una hija es la propia, la que crías desde la noche en vela, el embarazo, el parto… — Y esa… — hizo un gesto desdeñoso hacia la habitación — es un juego, de “mamá y papá”. Cogisteis algo listo. ¡De una cualquiera jovenzuela! — ¿Pensáis que los genes son de cera? ¡Cuando crezca os enseñará lo que vale! Va acabar como la madre, ¡devolvedla antes de que sea tarde! María vio cómo Borja abría mucho los ojos. Se levantó despacio. — Fuera, — dijo suave. Doña Pilar se extrañó. — ¿Cómo? — ¡Lárgate ya! — gritó Borja. María se estremeció. Jamás lo había oído gritar así. — ¿Qué haces, hijo…? — Doña Pilar comenzó a levantarse, agarrándose al borde de la mesa. — ¡No soy tu hijo! — Borja cogió la bolsa y la lanzó al pasillo. — ¡No quiero ni tu sombra aquí! ¿¡Dejar a mi hija!? ¿¡Dejarla!? ¿Confundes a una persona con un objeto? ¡Es mi hija! ¡Mía! Y tú… tú… Se quedó sin aire. — ¡Eres un monstruo, no una madre! Vuelve a tu pueblo, cuenta tus “de pura cepa”, ¡y no te metas más con nosotros! ¡Nunca más! Un llanto sonó en el cuarto infantil. María corrió, pero se detuvo al ver la cara de la suegra. El rojo se volvió gris ceniza. Doña Pilar abrió la boca, boqueando como un pez fuera del agua. La mano que le oprimía el pecho apretó convulsamente el vestido. — Borja… — gimió. — Quema… Me quema… Y se desplomó, como un saco de harina, tirando la silla. El ruido se mezcló con el llanto de la niña. María llamó al 112. Borja, de rodillas junto a su madre, le desabrochaba el cuello del vestido con manos temblorosas. — Mamá, ¿qué te pasa? ¡Mamá, respira! Doña Pilar jadeaba. Los médicos llegaron rápido. Nada más entrar, el enfermero gritó: — ¡Infarto agudo! ¡Camilla, deprisa! Cuando se cerró la puerta, Borja se quedó sentado en el suelo del recibidor, apoyado contra la pared. Miraba el pañuelo olvidado de su madre sobre el mueble. — ¿La he matado yo? — preguntó. María se sentó a su lado y le tomó la mano helada. — No. Ella sola, con su odio. — Es mi madre, María. — Ella nos propuso que echáramos a nuestra niña como producto defectuoso. Borja, despierta. Defendiste a tu familia. El móvil vibró una hora después: su hermana, Marta. Luego su hermano, Julio. Borja no respondió. Después llegó el mensaje de una tía: — Mamá está en reanimación. Los médicos dicen que no hay esperanza. La has matado, desgraciado. ¡Te maldecimos toda la familia! ¡No aparezcas! — Pues ya está, no tengo familia. María lo abrazó, sintiendo cómo temblaba. — Sí que tienes — dijo firme. — Me tienes a mí. Tienes a Anita. ¡Somos tu familia! La de verdad, la que no traiciona. Se levantó y lo instó a seguirla. — Vamos, que Anita tiene que comer. Se ha asustado. Por la noche estaban en la cocina. Anita jugaba ya tranquila con unos bloques en la alfombra a sus pies. Borja la miraba como si la viera por primera vez. — ¿Sabes? — dijo de pronto, — mamá tenía razón en una cosa. María se tensó. — ¿En qué? — Los genes no se borran. Pero los genes no son sólo el color de ojos, o la forma de la nariz. Son la capacidad de amar. Mi madre tiene cinco hijos, pero amor… como una piedra. ¿Y si yo soy adoptado? Porque sí sé amar… ¿A que sí, mi pequeña? Se agachó y tomó a Anita en brazos. La niña le agarró la nariz y se rió.— Papá, — dijo de repente, claro. Por primera vez. Hasta ahora sólo había balbuceado. Borja se quedó quieto. Las lágrimas que contenía se deslizaron por sus mejillas, cayendo sobre el pijamita rosa. — Papá — repitió él. — Sí, pequeña. Soy tu papá. Y no dejaré que nadie te arrebate. La madre se recuperó, pero Borja jamás volvió a verla. Para la familia es el enemigo número uno. A María le da vergüenza admitirlo, pero está más tranquila así. Sin rencores, sin humillaciones se vive mucho mejor. ¿Para qué necesitamos familiares así? Mejor sin ellos… ¿Qué os parece el monólogo de la madre? Escribid vuestras opiniones en los comentarios y dadle a “Me gusta”.
¡Vete de aquí! bramó Borja. ¿Pero qué dices, hijo? la suegra empezó a levantarse, aferrándose al borde
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07
Seguir siendo humano
A mediados de diciembre, la estación de autobuses de Zaragoza estaba grisácea y soplaba un viento que
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