La venganza de Clara Vázquez: bajo la cama en Nochebuena descubrí la traición de mi prometido y su m…

Tía, tengo que contarte lo que me pasó la pasada Nochebuena. Acabamos de terminar la cena en casa de los Llorente, la familia de mi prometido, y yo me escabullí al dormitorio de invitados, con la idea de darle una buena sorpresa a Alejandro. El aire allí olía a lavanda y a ese polvo viejo típico de las casas de pueblo; fuera, caía una lluvia de copos en plan postal navideña. Dentro, la casa estaba templada, olía a cordero asado y se oían las risas y las conversaciones de fondo, muy de familia acomodada.

Bueno, pues imagíname: yo, Inés Cifuentes, tirada en el suelo bajo una cama con dosel anticuada, enfundada en un vestido rojo de seda que costaba más que toda la casa. 24 años, cara pegada a las tablas del suelo, pensando lo absurdo que era pero claro, el amor te lleva a hacer tonterías.

Llevaba en la mano una cajita de terciopelo con el regalo de Navidad para Alejandro: un reloj Omega antiguo, de los años cincuenta. Me costó tres meses encontrar la pieza. Él adora los objetos con historia, dice que tienen alma, no como las cosas caras de ahora que hay en mi mundo.

Estaba ya emocionada pensando en la cara que iba a poner cuando le sorprendiera. Salí con la excusa de ir al baño y me colé en el cuarto de invitados, esperando a que Alejandro entrara para cambiarse. Mi idea era saltar de debajo de la cama, gritarle ¡Sorpresa! y verle flipar.

Pero de repente, oigo pasos acercándose. No eran los de Alejandro, que camina más ligero. El pomo de la puerta gira y entran unos tacones beige, viejos, y seguidos de unos mocasines de hombre bastante serios.

Se cerró la puerta con pestillo.

Por finsusurró doña Felisa, la madre de Alejandro, con una voz que nada tenía que ver con la dulzura empalagosa con la que me hablaba siempre. Pensé que esa niñata no se iría jamás del salón. Hasta me duele la cara de tanto fingir la sonrisa.

Me quedé petrificada. El terciopelo de la caja me hacía daño en la palma.

Relájate, mamácontestó Alejandro, pero su voz era fría, como si fuese otra persona. Tenemos diez minutos antes de que venga a buscarme. ¿Has avisado ya al doctor Ruiz?

Sí. Felisa daba vueltas por el cuarto, los tacones casi me rozaban la cara. El psiquiatra está dispuesto. Pero, hijo, ¿de verdad quieres esto? Es tan pegajosa y encima me mira como si yo fuera una santa. La detesto.

Aguántalo. Ya queda poco para la bodarespondió él mientras se quitaba la camisa. Solo pienso en sus millones: es un cajero automático con piernas.

Apoyé los dientes en mi muñeca para no gritar. Me sabía la boca a sangre.

¿Entonces todo ocurrirá en la luna de miel?replicó Felisa, casi en un susurro.

Claro. Mallorca. Hotel con playa privada. Allí fingimos una crisis: paranoias, gritos, delirios. Ya le he insinuado a sus amigas que está rara, olvidadiza. El doctor firmará el ingreso. Y en el psiquiátrico leemos la cartilla: como soy su marido, tengo poderes. Vendemos sus cosas y ella, bien atada de por vida.

¿Y no saldrá nunca?

Con los calmantes que le receten, no va a distinguir ni el techo del suelorió Alejandro.

La cama crujió sobre mí cuando él se sentó para ponerse los zapatos; el colchón me aplastó contra las tablas. Las lágrimas se me escapaban, silenciosas, en medio de una nube de polvo: estaba en el suelo de la casa de quienes planeaban encerrarme viva.

Vamos, que le tengo que dar el beso de buenas noches a mi cajerodijo Alejandro. Seguro que me regala un reloj caro; lo puedo empeñar y dar la entrada para el Porsche.

Salieron. El portazo me dejó sola, con la garganta llena de polvo y la caja de terciopelo pesando como una piedra.

Parte 2: La Conspiración

No salté ni monté ninguna escena. Me quedé escondida casi media hora, temblando hasta hacerme castañear los dientes. Vale que he vivido entre algodones con la fortuna de mi padre y que siempre creí que los demás eran tan decentes como yo pero tonta no soy.

Si armaba un escándalo allí, en su casa, aislada en la sierra ¿quién sabe cómo habría acabado? Alejandro es fuerte y su madre, una arpía. Ya habían confesado el plan: encierro, estafa. Si sabían que lo había oído, acabaría accidentalmente rodando por las escaleras.

Me sequé la cara, salí de debajo de la cama, y me miré en el espejo. Los ojos rojos, el vestido lleno de polvo. Tenía aspecto de víctima.

No. No iba a serlo.

Saqué el móvil del bolso, abrí el micro y grabé un memo:

Soy Inés Cifuentes, si me pasa algo, han sido Alejandro Llorente y su madre. Esto fue lo que oí

Lo conté todo y subí el audio a la nube, enviando el enlace al jefe de seguridad de mi padre, con un temporizador.

Me sacudí el vestido, me retocqué el maquillaje y dibujé la sonrisa más falsa del mundo. Bajé al salón.

¡Aquí está mi niña!soltó Alejandro, junto a la chimenea, con una copa de ponche. Me abrazó: sentí su piel helada, como la de alguien capaz de traicionarme así. Aguanté.

Estaba arreglándome el maquillajele dije, con voz dulce, como si nada. Quería estar perfecta para ti.

Siempre lo estásme susurró, besándome la frente.

Casi se me olviday le di la caja de terciopelo.

¿Un Omega de los años cincuenta? Inés ¡Esto es una locura!

¿Te gusta?le pregunté, viendo el ansia en sus ojos.

Me encanta. Eres la mejor.

Haría cualquier cosa por ti, Alejandro. Cualquier cosa.

Incluido destruirte.

Durante dos meses me comporté como la novia bobalicona y feliz. Pero por dentro, investigaba todo. Contraté a un detective, descubrí que el doctor Ruiz era un sinvergüenza al que Alejandro le pagaba las deudas. Saqué los emails con la clínica suiza. Monté un dossier capaz de hundirlos de por vida.

Pero cárcel me parecía poco. ¿Querían mi dinero y dejarme en ridículo? Les daría justo lo que pedían.

Una semana antes de la boda, fuimos a la oficina de la mejor organizadora de bodas de Madrid. Presupuesto: medio millón de euros.

Es demasiado fingió Alejandro.

¡Nada de eso!dije riendo. Mi padre quiere que todo sea por lo alto. Pero hay un pequeño problemilla

¿Cuál?interrumpió Felisa, con tono seco.

Mi padre ya sabes, es de los de antes. Dice que si el novio y su familia no pagan ni un duro, quedan fatal ante los invitados, que todos pensarán que os estamos comprando.

Alejandro se tensó. Me da igual lo que piensen.

Lo sé, vida, pero por protocolo, ¿no podrías firmar los contratos de la boda? Señor y señora Llorente, como anfitriones en los papeles. Luego, el mismo día os transfiero el dinero, más un agradecimiento de 50.000 euros, para vosotras. Quedáis genial y mi padre se calla.

Se miraron con codicia.

¿De verdad mandas la transferencia antes de las 8?preguntó Alejandro.

Palabra de honor.

Él firmó todos los contratos. Banquete, flores, sitio, música. Se responsabilizó legalmente de cada céntimo.

Perfectole sonreí.

Parte 3: El Caballo de Troya

Llegó el gran día. En el Palace, maquillaje perfecto, vestida de Rosa Clará. Mi móvil vibrando.

Alejandro: ¿Has hecho la transferencia? El director del hotel me presiona.

Yo: El banco dice que va para allá. Cosas de las transferencias internacionales, ten paciencia. Besos.

Claro, el dinero jamás iba a llegar. El mismo día había blindado mi patrimonio con mi padre.

Llamé al DJ y le di un pendrive.

Tengo una sorpresa para Alejandro. Cuando el cura pregunte si alguien se opone, dale al play. Yo te aviso tocándome el collar, ¿vale? Es por una broma interna.

El DJ, flipando, aceptó los 500 euros que le pasé.

La iglesia estaba a rebosar: empresarios, primos, familia de Alejandro.

Cuando llegué al altar, él temblaba. Hablamos de amor, lealtad, la ceremonia seguía.

Si alguien ve algún motivo para que no se celebre este matrimonio, que hable ahora

Silencio.

Toqué mi collar.

Las bocinas retumbaron:

Voz de Felisa: No la soporto, nos mira por encima del hombro, solo es una niñata consentida

Toda la gente se quedó boquiabierta. Felisa se quedó blanca.

Voz de Alejandro: Mamá, déjala estar. No es una persona, es un cajero automático

El murmullo se hizo imparable. Mi padre, de pie, morado.

Alejandro, al borde del pánico, intenta quitar el micro. El DJ no acertaba a apagar nada; la grabación siguió.

Alejandro: Simulamos una crisis en la luna de miel, la encerramos para siempre

La sala estaba petrificada. Yo, impasible.

¡Alejandro!gritó Felisa.

La pista se cortó.

Él se giró hacia mí, temblando. ¡Eso es mentira, es inteligencia artificial! ¡Nos han hackeado!

Cogí el micro del cura. No es mentira, es de Nochebuena. Yo estaba escondida bajo la cama.

Me acerqué aún más.

Tú intentaste declararme loca y encerrar a la heredera equivocada. Pero no soy la princesa tonta de la que os reíais.

Miré al público. No he dicho sí, quiero. He dicho ya lo sé todo.

Solté el micro. Plaf.

Me di la vuelta, cogí el vestido y empezaba a caminar hacia la puerta.

Todavía faltaba mi toque final.

Parte 5: La Factura

Justo al salir, me pararon el director del hotel, la responsable del catering y la florista, indignados.

¡Señorita Cifuentes!exclamó el director. ¿Dónde va? ¡La boda no está pagada! Exigimos los 500.000 euros ya.

Sonreí con inocencia y señalé hacia el altar, con Alejandro rodeado de los de seguridad y Felisa al borde del colapso.

Yo no soy la anfitriona. Mírenlo en los papeles, él firmó todo.

Pero nos dijo que usted pagaba.

Les mintió. Vayan a por sus tarjetas, que tenía pensado comprarse un Porsche.

Seguí andando.

Detrás, se desató el caos:

¡Señor Llorente, la factura!
¡Las flores me deben cuarenta mil!
¡Llamamos a morosos!

Felisa chillaba: ¡No tenemos ese dinero! ¡Ella lo prometió!

Me paré en la puerta y mandé un mensaje a Alejandro. No lo leería ahora, pero la policía sí.

Inés: No te he robado nada. He donado los 500.000 euros que iba a gastar en la boda a la Unidad de Salud Mental San Juan de Dios. En tu nombre. Eres oficialmente benefactor. De nada.

Fuera ya sonaban las sirenas.

Mi padre me esperaba en el coche. Me miró, luego al follón dentro.

¿Lo supiste dos meses?preguntó.

Necesitaba pruebas sólidas, papá. Las firmas los arruinan. Así se cobra el delito.

Él negó con la cabeza, entre asustado y orgulloso. Recuerda que nunca quiero verte enfadada conmigo.

Lo anoto.le respondí riendo.

Los municipales entraban cuando yo ya subía al coche.

Al aeropuerto, por favor.

Parte 6: Jaque Mate

Tres horas después.

El Falcon privado nivelaba a diez mil metros. Silencio. Olor a cuero y cava.

Sentada junto a la ventanilla, sola, con mi chándal de cachemir. Libre. Sin prometido. Sin suegra. Solo yo, rumbo a Mallorca, a la playa privada donde Alejandro pensó encerrarme. Yo, en cambio, iba a tomar el sol.

Abrí el bolso, saqué la caja de terciopelo. El Omega relucía.

Tenías razón, Felisasusurré al asiento vacío. Estoy malcriada

Me puse el reloj, contundente, elegante, un poco grande: perfecto.

Las niñas ricas pueden permitirse el mejor bufete del país. Vosotros a Soto del Real, y sin vistas.

Di un sorbo de cava.

Abrí la agenda del móvil: Alejandro Llorente. Felisa Llorente.

Seleccionar todo. Eliminar.

Borré también todas las fotos, la pedida, la boda, las mentiras.

Pantalla negra.

Miré por la ventanilla: un océano de nubes blancas. Había pasado dos meses callada bajo una cama, fingiendo, aterrorizada.

Ahora, respiraba. Por fin.

Cerré los ojos y escuché el rugido sereno del avión. Ya no era ruido. Era el sonido de mi libertad.

No fui una víctima. Tampoco una princesa. Fui la reina del tablero. Y el jaque mate, amiga mía, nunca me supo tan dulce.

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MagistrUm
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