La amargura que pesa en el alma —¡Hace tiempo que el internado te está esperando! ¡Lárgate de nuest…

AMARGURA EN EL FONDO DEL ALMA

¡Hace mucho que tendrías que haber terminado en un internado! ¡Lárgate de nuestra familia!grité con la voz rota y desbordada por la rabia.

El objeto de mi indignación era mi primo, Javier.

Dios mío, cuánto le quería cuando éramos niños. Aquel pelo rubio como el trigo, los ojos claros de azul castañuela, la sonrisa vivaracha. Todo ese encanto era Javier.

Las reuniones familiares solían ser bulliciosas, con largas mesas de tortilla, jamón y vino tinto. Entre todos mis primos, Javier siempre destacaba para mí. Sabía encandilar con la palabra, rápido de ingenio, además de ser un artista con el lápiz. En un abrir y cerrar de ojos, te dibujaba cinco o seis bocetos, que luego yo, embelesada, escondía entre los cajones de mi escritorio. Guardaba sus dibujos como si fueran un tesoro.

Javier me sacaba dos años. Cuando tenía catorce, su madre la benjamina de la familia, y también la hermana de mi padre falleció de repente, sin despertar una mañana.

Fue entonces cuando surgió la pregunta: ¿adónde iba Javier? Primero intentaron localizar a su padre. No fue fácil; hacía años que estaba separado y tenía otra familia. Para él, todo estaba cerrado: no quiero alterar la paz de mi nuevo hogar, sentenció.

El resto de la familia se encogió de hombros; ya sabes, yo tengo mis propios problemas, mis hijos. Resulta fácil prometer cuando todavía brilla el sol, pero de noche, nadie aparece.

Así que mis padres, ya con dos hijos, se hicieron cargo oficialmente de Javier. Lo cierto es que no lo hicieron por obligación, sino por cariño a la memoria de la tía.

Al comienzo, me alegré de que Javier viviera en casa con nosotros. Pero en cuanto llegó, algo en su actitud me dejó inquieta. Mi madre, intentando consolarle, le preguntó con dulzura:

¿Te apetece algo, Javier? No tengas reparo, pídelo.

Él no tardó en contestar:

Quiero un tren eléctrico.

Aquella petición me dejó fría. Aquella época finales de los ochenta, en Madrid un tren eléctrico costaba un dineral. Mi cabeza daba vueltas: su madre acaba de morir, ¿y él piensa en juguetes? No lograba comprender. Sin embargo, mis padres le compraron el tren sin hacer preguntas. Y así fue una tras otra: me compráis un radiocasete; quiero vaqueros; quiero una cazadora buena, de marca….

Eran tiempos en que todo era caro y difícil de conseguir; mis padres, cediendo a sus deseos, recortaban gastos para nosotros, sus propios hijos. Hermano y yo lo aceptábamos sin queja, por comprensión.

A los dieciséis de Javier empezaron a llegar las chicas. Resultó ser un conquistador nato, con un descaro que pasaba los límites. Incluso intentó cortejarme a mí, a su propia prima. Por entonces yo era deportista, y siempre esquivaba sus insinuaciones. Nos peleábamos a menudo, golpes y lágrimas incluidas.

Nunca conté nada a mis padres; ¿cómo hablarles de temas tan turbios? Normalmente, los niños callan estas cosas.

Cuando frené de lleno sus avances, Javier se lanzó a seducir a mis amigas. Ellas, sin sospechar nada, competían por su atención.

Pero Javier tenía otra manía: robar. Recuerdo que ahorraba mis pesetas de los desayunos del colegio en una hucha, con la esperanza de comprar regalos a mis padres. Hasta que un día, la hucha apareció vacía. Él lo negó todo, sin inmutarse, ni un asomo de vergüenza. Me rompió el alma. ¿Cómo podía alguien robar en su propia casa? Javier destrozaba, como un vendaval, la armonía de nuestra familia. Yo me encendía por dentro, hinchada de rabia, mientras él parecía de verdad no entender mi disgusto. Llegué a odiarle. Y entonces, exploté:

¡Fuera de nuestra vida, Javier!

Recuerdo cómo le acuchillé con aquellas palabras. Dije tantas cosas que ni la Virgen de la Paloma podría recogerlas en su manto. Mi madre tardó en calmarme, pero desde aquel día Javier dejó de existir para mí. Le ignoraba, como si fuera invisible.

Años después supe que los otros familiares conocían bien el carácter de Javier. Vivían cerca y lo veían a diario. Mi familia, en cambio, estaba apartada en otro barrio.

Incluso los antiguos profesores de Javier advirtieron a mis padres: No sabéis el lío que os habéis echado encima. Javier llevará por mal camino a vuestra familia.

Al fin, en el instituto, encontró a Carmen: una muchacha dulce, enamorada a primera vista. Javier se casó con ella apenas terminó el bachillerato. Pronto tuvieron hija, y Carmen aguantó sin chistar todas las mentiras y traiciones de su marido. Como dicen en Castilla: casa tomada, pena doblada.

La vida entera, Javier aprovechó el amor ciego de Carmen, que parecía unida a él por los huesos. Al poco de nacer su hija, Javier fue llamado al servicio militar. Tocó destino en Zaragoza. Allí, durante una salida, formó otra familia. No sé cómo lo hizo, pero al final, tras quedar libre, se quedó en Aragón, donde ya tenía un hijo nuevo esperándole.

Carmen, decidida y valiente, fue a buscarle y logró, de un modo u otro, traerle de nuevo a Madrid.

Mis padres nunca recibieron una palabra de agradecimiento de parte de Javier. Tampoco lo esperaban.

Ahora, Javier Martínez García tiene sesenta años. Es asiduo a misa en la Iglesia de San Ginés. Con Carmen, tiene cinco nietos.

Todo parece en paz, pero la amargura que dejaron aquellos años con Javier pesa todavía en mi corazón

Y ni con miel aquello me pasará.

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MagistrUm
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