**El Regreso**
—¡Lola! ¿Dónde estás? ¡Lola! —Carmen entró corriendo en la casa, miró la habitación vacía y salió al porche, haciendo sonar sus tacones y golpeando las puertas.— ¿Dónde demonios puede estar? —De frustración e impaciencia, dio una patada al suelo.
Desde la esquina de la casa apareció una chica bajita con un barreño de plástico en las manos.
—Por fin. Llevo media vida llamándote… —Carmen bajó corriendo los peldaños del porche hacia su amiga.
—Estaba colgando la ropa en el huerto. ¿Qué pasa? —Lola dejó el barreño en el suelo.
—Pasa. —Carmen brilló con sus ojos castaños bajo un flequillo negro espeso.
Quería hacerle sufrir un poco, no soltar la noticia de golpe, pero no pudo contenerse y la soltó de un tirón:
—Paco ha vuelto.
—¿En serio? —Los ojos de Lola pasaron de la incredulidad a la alegría, luego a la confusión y de nuevo a la duda.
—No miento. Lo vi yo misma. Su madre tampoco lo va a soltar; también lo había extrañado.
—Vamos —dijo Lola, riendo, y echó a correr del patio la primera.
El sol bañaba generosamente el pueblo con su luz cálida, el río serpenteaba entre las orillas cubiertas de maleza, y el mundo entero parecía increíblemente hermoso. Pero Lola no veía nada a su alrededor. Su corazón latía al ritmo de: «¡Paco! ¡Paco!», ansioso por el reencuentro con su amor.
—¡Mira, ahí está! —Carmen agarró a Lola del brazo.
Paco venía hacia ellas con su uniforme militar. Al verlas, echó a correr.
Una ola de felicidad inundó el corazón de Lola. Se soltó y corrió hacia él, cayendo en sus brazos, apretándose contra su cuerpo tembloroso.
Carmen se quedó aparte, mirando con envidia cómo se abrazaban los enamorados. A ella también le gustaba Paco, pero él solo tenía ojos para Lola. Había terminado el instituto dos años antes y se quedó en el pueblo ayudando a sus padres. Tenían una granja, vivían de la venta de cosechas, leche y carne. Un año después, lo llamaron a filas.
«¿Qué ve en ella? Yo soy más guapa. ¿Por qué siempre ella?», pensó Carmen con rabia, mordiéndose los labios. Unas lágrimas traicioneras asomaron a sus ojos. Corrió a casa, se tiró sobre la cama, hundió la cara en la almohada y dejó escapar el llanto.
—¿Qué te pasa? —su madre salió de la cocina.
—Nada —refunfuñó Carmen.
—Venga ya. ¿Celos? ¿Crees que no habrá más chicos para ti? Mira, el Alexeo no te quita los ojos de encima. Gana bien, es buen mozo y tiene casa propia.
—¡Mamá! —Carmen lloró aún más fuerte—. Me iré. En cuanto termine el instituto, me voy. A Madrid.
—Qué cosas dices. Como si te esperasen con los brazos abiertos. No, cariño, donde naciste es donde debes quedarte. Te vas, y ellos se quedan… —empezó a decir su madre con cuidado.
«Ni hablar —Carmen levantó la cabeza de la almohada—. Soy más guapa, tengo mejor cuerpo. Lola, si tiene hijos, se le caerá todo. Tengo que hacer algo. Lo importante es que no estén solos». Las lágrimas se secaron en sus ojos.
—Eso es —dijo su madre, aprobando, y volvió a la cocina.
Poco después llegó Lola. Carmen vio cómo sus ojos brillaban de felicidad, y su corazón volvió a encogerse de envidia. Forzó una sonrisa.
—¿Tan rápido os habéis separado? —No pudo evitar el tono burlón.
—Ahora se reunirá toda la familia para celebrar su vuelta. Y esta noche Paco irá al baile. ¡Ay, Carmen, estoy tan contenta! ¿Y tú qué? —preguntó Lola, sin entender el humor de su amiga.
—No os molestaré. Además, no tengo nada que ponerme para el baile. Ya sabes que mi madre no me da ni un euro para un vestido nuevo.
—Te presto el mío, ese que tanto te gustaba. A mí me queda pequeño, pero a ti te sentará perfecto. Vente a casa y te lo pruebas —propuso Lola.
Carmen apenas pudo contener un grito de alegría. Pasó un buen rato frente al espejo en la habitación de Lola, admirándose. El vestido le quedaba como un guante.
—¿No te importa? —preguntó, dudando.
—Para nada —respondió Lola con naturalidad y la abrazó—. Quédate con él. Ahora tengo que preparar la cena.
—¡Hasta esta noche! —Carmen le dio un beso en la mejilla y salió corriendo.
Por la noche, Lola pasó a buscar a Carmen, y juntas fueron al local municipal.
Por las ventanas del edificio de ladrillo salía una luz brillante y música animada. En el centro de la sala, varias chicas ya bailaban. Un par de chicos jugaban al billar en una esquina. Lola buscó a Paco con la mirada.
—No está. Vamos a bailar. —Carmen se adentró en la pista, girando con alegría y levantando los brazos, sin dejar de mirar hacia la puerta por si llegaba Paco.
Cuando la música paró, salió afuera, abanicándose la cara colorada. A principios de junio, las noches aún eran frescas. Carmen se estremeció. A un lado, Alexeo fumaba.
Carmen miró fijamente hacia el crepúsculo hasta que distinguió la silueta de Paco. Lo reconoció por el uniforme. Sin pensarlo, bajó las escaleras y se acercó a Alexeo, rodeándole el cuello con los brazos. Su vestido blanco resaltaba en la penumbra.
—¿Qué haces, Carmen? —preguntó Alexeo, sorprendido.
En lugar de responder, Carmen se lanzó a besarlo. Alexeo no se hizo de rogar y la abrazó. Cuando ella lo apartó y miró hacia atrás, Paco se alejaba rápidamente. Alexeo, molesto, volvió a atraerla hacia sí.
—¡Déjame! —le espetó y corrió de vuelta al local.
Todo había salido incluso mejor de lo planeado. El vestido le había jugado una mala pasada a Paco. Seguro que creyó que era Lola besando a otro. ¡No habría boda!
—¿Has visto a Paco? —preguntó Lola cuando Carmen entró.
—Sí. Se quedó en la puerta un momento y se fue. Vamos a bailar.
—¿Se fue? —Lola salió corriendo.
Mientras, Carmen, como si nada, se unió a las que bailaban.
Lola lo alcanzó casi llegando a su casa.
—¡Espera! ¿Por qué te fuiste? —Le agarró del brazo.
—¿Me estabas esperando, buscando vestido? Pues póntelo para el que estabas besando —masculló Paco entre dientes, liberándose de su mano y entrando en casa.
Lola no entendía nada. Se quedó un rato quieta, con los brazos caídos. Luego se fue a casa caminando lentamente. A la mañana siguiente, fue a ver a Paco.
—Buenos días, tía Marisa —saludó a su madre.
Ella le lanzó una mirada fría.
—No sé qué habrás hecho, pero Paco volvió hecho polvo ayer. Dijo que no habría boda.
Lola corrió a casa de Carmen. ¿A quién más podía contárselo? Llorando, se lo explicó todo.
—Vamos aFinalmente, años después, cuando las sombras del pasado se disiparon, Lola y Paco encontraron la paz en sus corazones y aprendieron que el amor verdadero perdona, pero las heridas de la traición nunca se olvidan.







