Desasosiego en casa: la espera de un regreso tardío

Carmen paseaba de un lado a otro por el salón, incapaz de calmar sus nervios. Era el tercer día consecutivo que Antonio llegaba a casa tarde. La noche anterior, ni siquiera había vuelto hasta el amanecer. Le había reprochado que al menos podía avisar, llamar para que ella no se preocupara. Discutieron. Y ahora, allí estaba otra vez, midiendo cada paso, clavando la mirada en el reloj una y otra vez.

“Me quiere, claro que me quiere. Pero podría llamar. Tarde o temprano se casará. Tendré que acostumbrarme. Y quién sabe qué clase de mujer encontrará, solo serán más preocupaciones. Mejor no pensarlo. Es adulto, pero el corazón de una madre nunca descansa.” Carmen no podía evitar darle vueltas a todo.

Antes se reía de esas madres que sobreprotegían a sus hijos ya mayores, y ahora era igual que ellas. Cada chica con la que salía Antonio, si llegaba a presentársela, le parecía indigna de él. Como todas las madres, creía que su hijo debía consultarle algo tan importante como elegir esposa. Ella sabía mejor que nadie lo que necesitaba. Los pensamientos se amontonaban en su cabeza sin tregua. Ojalá llegara ya.

El rumor de la cerradura al girar la hizo estremecerse, aunque llevaba horas esperándolo. “¡Por fin!” Corrió hacia el recibidor, pero a mitad de camino se detuvo, dio media vuelta y se sentó en la cocina, cruzando las manos sobre la mesa.

—Mamá, ¿por qué no estás durmiendo? —Antonio se detuvo en el umbral.

—Sabes que me preocupo. Podrías haber llamado —replicó ella, con un dejo de reproche.

—Mamá, soy un adulto. No voy a darte cuentas de cada paso que doy.

—¿Dónde estabas? —Carmen lo retó con la mirada.

—Con Lucía —su voz se suavizó, casi un susurro.

—Otra chica más, supongo. Y no será la última. Pero madre solo tienes una —no pudo ocultar los celos que le corroían.

—¿Otra? Es la única, como lo eres tú, mamá —Antonio se acercó, se inclinó y le dejó un beso en la mejilla—. Y no hables mal de ella. Acabarás lamentándolo. Además, ¿cómo iba a elegir esposa sin salir con nadie? Tú misma decías que no hay que casarse con la primera que aparezca. ¿O no?

—Lo decía —admitió Carmen—. Entonces, ¿ya has elegido?

Antonio se arrodilló junto a ella, buscando su mirada. El corazón de Carmen se llenó de ternura. ¡Era el vivo retrato de su padre! La misma mirada, la misma sonrisa.

—Sí, mamá —apoyó la cabeza en sus rodillas, como un niño arrepentido.

—Pues preséntamela —dijo Carmen, más calmada.

—Claro, solo que… —levantó la vista.

—¿Qué pasa? ¿Hay algo malo en ella? —Carmen contuvo las palabras que quería soltar. ¿Acaso iba a traer a casa a alguna vagabunda, como hacía de pequeño cuando recogía perros y gatos de la calle?

Compadecerse de los animales era una virtud. Pero no se podía alimentar a todos. Entonces fingía tener alergia, empezaba a estornudar. Antonio se los llevaba y encontraba un hogar para cada uno. Ahora no podría engañarlo así, no caería.

Las palabras le quemaban la lengua, pero al ver la advertencia en la mirada de su hijo, calló.

—No tiene nada de malo, mamá. Es guapa, cocina bien… A mí me gusta, al menos. Pero no está sola.

—¿Te has enamorado de una mujer casada?

El miedo debió reflejarse en su rostro, porque Antonio respondió al instante:

—No, claro que no. Pero tiene un hijo. Tiene cinco años.

—¿Cinco? —exclamó Carmen—. ¿Qué edad tiene ella?

—Mamá, no grites. Sí, es mayor que yo.

—Ya veo. —Carmen sintió que se ahogaba de rabia.

¡Su niño, su solecito, por quien habría dado la vida sin dudarlo, enamorado de una mujer mayor y con un hijo!

—¿Qué es lo que ves, mamá? La quiero. Todos tenemos derecho a equivocarnos. Tú misma lo has dicho.

—Claro. Solo que algunos errores duran toda la vida. ¿Y las chicas jóvenes ya no te interesan? —espetó con amargura.

—Por eso no te lo había dicho, por eso no te la presenté. Sabía que no lo entenderías —Antonio se levantó de un salto—. ¿Recuerdas a esa chica de tu trabajo, la que dejó embarazada un chico y luego la abandonó? Cuánto la compadecías. Decías que era joven, que algún buen hombre llegaría y sería padre para su hija. ¿Por qué ese hombre no podría ser yo?

—Hijo, el amor va y viene. Yo también amé a tu padre con locura, y nos abandonó por otra.

—Exacto, mamá. No hay garantías. Con Lucía soy feliz. Y con su hijo también. Es un niño maravilloso. Aunque te opongas, no la dejaré. ¿Entiendes? Mejor dejémoslo aquí.

—Antonio, te crié para que fueras feliz…

—Basta. Es mi vida. Si sigues metiéndote, me iré. —Dio media vuelta y se encerró en su habitación.

—Hijo…

A la mañana siguiente, salió al trabajo sin desayunar. No cruzaron palabra. Antonio volvía tarde, se encerraba. Carmen no sabía cómo arreglar aquella distancia que los separaba.

Parecía que fue ayer cuando lo mecía en brazos, le curaba las rodillas raspadas. Y ahora tenía su propia vida. No era fácil aceptarlo.

—Antonio, hablemos —intentó un día.

—Hablamos cuando estés dispuesta a escucharme de verdad.

—La quiere de verdad. Si no cedes, lo perderás, Carmen —le advirtió Manuela, la más veterana de su trabajo.

No pudo guardarse más el dolor. Durante la pausa del almuerzo, se desahogó. Quería consuelo, un consejo, alguien que la escuchara.

—Sé que me equivoqué, pero no pude contenerme. Le dije tantas cosas… —casi sollozando, confesó.

—¿Querías que se quedase soltero para siempre? Él necesita tu apoyo, no tus reproches. ¿Acaso tu suegra te aceptó a la primera?

—No. Pero yo era más joven que mi marido y no tenía hijos —Carmen se secó una lágrima.

—Y aún así te encontraba defectos. Las madres somos así, celamos a los hijos, nunca nos conformamos con su elección. Unas aprenden a convivir con la nuera; otras, declaran la guerra. Y eso no lleva a nada. Saliste sin hijos, y aún así acabaste criándolo tú sola.

—Antonio me dijo lo mismo.

—Pues acéptalo. Todavía no se ha casado. Sigue viniendo a casa. Él también sufre. Espera que reacciones, que muestres amor de madre. Ve a conocer a esa Lucía, mira qué clase de mujer es. Y no llores. No se va a la guerra, solo se casa. El corazón no entiende de razones.

Carmen empezó a calmarse. Llevaban tres semanas como extraños. No podía seguir así. Decidió ir a ver a Lucía, hablar con ella, pedirle que dejara libre a Antonio. Se armó de valor. Consiguió la dirección gracias a un vecino, amigo de su hijo.

Los martes y viernes, Antonio iba al gimnasio después del trabajo. Tendría hora y media. Pero no podía ir con las manos vacías. Parecería una declaración de guerra. ¿Una tarta? La tarta era para hacer las paces, y ella iba con otra misión. Un juguete sería un detalleCarmen entró en el apartamento de Lucía con el juguete en la mano, respiró hondo y, al ver los ojos iluminados del pequeño Javier, sintió que el miedo se desvanecía y algo cálido florecía en su pecho, como si el destino le susurrara que, al fin, todo iba a estar bien.

Rate article
MagistrUm
Desasosiego en casa: la espera de un regreso tardío