Activar a la chica

¿Y no has pensado, Anita, que cuando todo es complicado, hay que buscar soluciones simples? Las más simples, a las que nosotras, las mujeres, a menudo no podemos rebajarnos, porque lo consideramos debilidad.

¿Qué soluciones simples ni qué niño muerto? suspiró Anita. ¿Pedirle ayuda a mi exmarido? O me ignorará o empezará con el rollo de mi incompetencia.

Justo de “pedir” hablo. Pero no como tú acostumbras, desde el puesto de jefa que asigna tareas. Para nosotras, fuertes e independientes, las súplicas y eso de “activar a la niña débil” no tiene valor. Nos parece humillante. Y no entendemos lo esencial: los hombres, en realidad, lo necesitan.

Anita resopló, escéptica. ¿David necesitaba sus súplicas? Venga ya. Doña Carmen no lo conocía bien. Si algo necesitaba él, era que lo dejaran en paz. Él llevaba dinero a casa cumplía con su principal, y en su opinión, única obligación.

***

Ahora, tres años después del divorcio, Ana veía su relación con otros ojos. Las dificultades habían sido obvias desde el principio, pero nadie quiso verlo.

Se conocieron en una fiesta entre amigos: ella, el alma de la reunión, con chispa en la mirada; él, apuesto, con una sonrisa encantadora, recién ascendido. Él vio en ella una compañera bella e inteligente; ella, en él, un pilar firme. La boda fue de esas de las que se dice “un sueño hecho realidad”.

Pero el sueño se convirtió en rutina y en incapacidad para hablar de conflictos.

Ana creció en una familia donde el amor se medía en tareas cumplidas. Su madre, sola tras la marcha de su padre, lo cargaba todo: trabajo, casa, crianza. Su lema era: “Confía solo en ti. Los hombres vienen y van, pero tu independencia es tu fortaleza”. Ana construyó esa fortaleza desde joven: cocinaba sola, arreglaba enchufes, eligió su carrera. Creció con un deseo casi oculto: encontrar a alguien en quien poder apoyarse por fin. Soñaba con una relación donde ser vulnerable no fuera sinónimo de debilidad. Su expectativa del matrimonio era simple y compleja a la vez: seguridad emocional. No económica ella sabía ganarse la vida, sino la posibilidad de quitarse, por fin, la armadura de “chica fuerte”.

David creció en una familia clásicamente patriarcal. Su padre, el proveedor, su palabra era ley. Su madre, guardiana del hogar, ministra de las emociones y la logística doméstica. Los problemas se resolvían así: su madre informaba, su padre pagaba o movía hilos. Nunca se sentaban a negociar. David aprendió un único modelo: el hombre trae el dinero y el estatus; lo demás no es su responsabilidad. En el matrimonio buscaba comodidad: casa limpia, cenas calientes, una esposa guapa, y los problemas resueltos lejos de su paz.

Nunca lo hablaron. Desde el principio, David reconoció en Ana a esa mujer fuerte que no lo agobiaría con tonterías. Ella vio en él al hombre firme que sería su apoyo. Hablaban idiomas distintos sin saberlo. Discutían el destino de su luna de miel, los nombres de sus hijos futuros, el estilo de la reforma. Pero nunca preguntaron: “¿Cómo resolveremos los problemas cuando surjan?” o, peor aún, “¿Cómo repartiremos las tareas?”.

Nadie quería estropear el romanticismo. Ana temía parecer débil o exigente si hablaba de sus expectativas. David daba por hecho que todo se organizaría como en su casa. Navegaban el uno hacia el otro seguros de ver la misma orilla, cuando en realidad miraban continentes distintos.

Cuando nació Pablo, Ana, siguiendo el ejemplo de su madre, lo cargó todo: teletrabajo, noches en vela, médicos, actividades. David existía en paralelo. Se hundía en el trabajo, y en casa descansaba sofá, televisión. Su participación familiar se limitaba a “¿Qué hay para cenar?” y juegos esporádicos con Pablo, solo cuando el niño estaba contento y limpio.

Pablo tenía nueve meses cuando le subió la fiebre por primera vez a 39°. Ana, en pánico, despertó a David a las tres de la madrugada: “David, ayúdame, no sé qué hacer. ¿Llamamos a urgencias?”. Él, sin abrir los ojos, gruñó: “Eres su madre, resuélvelo. No me molestes, mañana tengo reunión importante”. Esa noche, Ana la recordaría a menudo: cómo meció a Pablo sola, llorando de impotencia.

Luego vinieron más cosas. Lo típico. David anteponía sus necesidades; Ana llevaba la contabilidad de sus resentimientos. Una vez, David faltó al festival del cole. Pablo, de tres años, había aprendido su primer poema. Ana le pidió a su marido que reservara la mañana. “Claro, cariño”, dijo él. Pero esa mañana, mientras le anudaba la corbata a Pablo, sonó el teléfono. “Ana, lo siento, un cliente urgente. Sin mí no se puede. Grábalo, lo veré luego”. El “luego” nunca llegó. Para David, fue un imprevisto laboral. Para Ana, otro clavo en el ataúd de su matrimonio.

Ese invierno, Ana, con gripe y 38° de fiebre, le pidió a David que trajera algo de comida: leche, pan, medicinas. Él aceptó. Volvió a las nueve de la noche con una botella de whisky caro y una caja de bombones para su secretaria, que cumplía años. “Lo de la comida se me olvidó, perdona. Tú verás”. Esa noche, mirando el whisky y tiritando de fiebre, Ana entendió: no solo estaba agotada. Se estaba muriendo en un vacío emocional.

Ana se fue de golpe. Con una calma helada que escondía años de cansancio. Mientras David estaba de viaje, hizo las maletas y se marchó. Le envió un mensaje: “Basta. Cansada de cargar con todo. Pablo y yo nos vamos”.

Para David fue un golpe bajo. No entendía por qué. ¡Él mantenía a la familia! ¿Qué más quería? Su rabia y confusión eran tan grandes como su agotamiento.

***

Al principio, Ana se fue a casa de su madre. Luego encontró un segundo trabajo, alquiló un piso minúsculo. Se apuntó al gimnasio para liberar estrés. Poco a poco, la vida mejoró, volvió a sentirse viva. Pero había un problema que ni la fuerza de voluntad ni los hobbies resolvían: la falta crónica de dinero. Mantener a un hijo, incluso con la pensión, era caro.

Un día, tomando un café con una compañera, Ana soltó su rollo de siempre: “Todo lo hago sola, el dinero no llega, los problemas de Pablo caen sobre mí…”. Su compañera, más sabia y con nietos, le dio un consejo:

Ana, eres muy fuerte. Pero hasta los atletas necesitan red. Deja de cargar tú con todo. No busques siempre la solución difícil. Busca la más simple. Aprende a delegar. ¿Sabes eso de “activar a la niña”?

A veces no hay que exigir, sino pedir bien, para que el otro quiera ayudar.

¿En serio? ¿David necesita que me queje y llore?

No quejarte, sino mostrar que no puedes sola. Para ellos, ese estado “de niña”, vulnerable, no es debilidad. Es importante. Les da lo que necesitan: sentirse masculinos, poderosos, útiles. Y eso, en cadena, les hace crecer. Les das la oportunidad de ser héroes. Hasta en lo pequeño.

Suena bonito, pero no me lo creo negó Ana. David dirá que manipulo.

Es como cuando esperamos que un hombre nos admire continuó Doña Carmen. Los que, como tu David, lo ven como manipulación, se resisten. Pero a nosotras nos gusta, ¿no? Un halago nos hace sentir atractivas, seguras. Derret

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